William Faulkner
(1897-1962)


La cacería del oso
“A Bear Hunt”
Originalmente publicado en Saturday Evening Post, XXVI (10 de febrero de 1934).
Collected Stories (1950)


      Esto es Ratliff quien lo cuenta. Es un vendedor de máquinas de coser; hubo un tiempo en que viajaba por todo el condado en una carreta ligera, robusta, con un tiro de dos caballos recios, flacos, desparejados; ahora usa un Ford T, en el que también lleva la máquina de muestra en una caja de hojalata, en la trasera, dentro de una funda que tiene forma de caseta de perro y va pintada de tal modo que recuerda una casa.
      A Ratliff se le suele ver en cualquier parte sin que a nadie sorprenda: es el único hombre que está presente en las tómbolas para recaudar fondos, en las reuniones de costura de las mujeres; se le ve andar a su antojo entre hombres y mujeres en las congregaciones de los coros que duran un día entero, en las iglesias del medio rural, y se le oye además cantar con una agradable voz de barítono. Estuvo incluso en este campamento de la cacería del oso del que habla ahora, el campamento anual de caza que organiza el comandante De Spain en la llanura aluvial, a unas veinte millas de la ciudad, por más que allí no hubiera nadie a quien de ninguna manera le hubiera sido posible encasquetar una máquina de coser, toda vez que la señora de De Spain sin duda ya era dueña de una, a no ser que se la hubiese regalado a una de sus hijas casadas, puesto que el otro hombre —el hombre llamado Lucius Provine—, con el que se lió en virulento perjuicio de su propia cara y de otros integrantes de la partida de caza, nunca hubiera estado en condiciones de comprarle una para su esposa, ni siquiera queriendo, a menos que Ratliff se la vendiese a plazos y dándole un margen indefinido.
      Provine también es nativo del condado. Pero ahora ya tiene cuarenta años, y ha perdido la mayor parte de los dientes y las muelas, y años han pasado desde que, con su hermano muerto y con otro coetáneo también muerto y olvidado, que atendía por el nombre de Jack Bonds, formase la famosa banda de Provine, que aterrorizó nuestra sosegada localidad a la manera, tan poco imaginativa, de los jóvenes asilvestrados que se ponían a disparar las pistolas en la plaza los sábados por la noche, a altas horas, o a abrirse paso con los caballos al galope por las callejas llenas de histéricas señoras que acudían a la iglesia los domingos por la mañana. Los ciudadanos más jóvenes no le conocen de nada, saben a lo sumo que es un hombre alto, al parecer fuerte, sano, que haraganea con aire meditabundo y saturnino allí donde se le permite pasar el rato sin hacer nada, sin que nunca lo acepte exactamente ninguno de los grupos, y que no hace además el menor esfuerzo por garantizar el sustento de su esposa y de sus tres hijos.
      Hay otros hombres entre nosotros cuyas familias pasan necesidades, hombres que tal vez tampoco iban a ponerse a trabajar de ninguna manera, pero que ahora, desde hace ya unos cuantos años, no encuentran trabajo. Todos ellos adquieren y conservan cierta respetabilidad actuando en calidad de agentes de venta de los fabricantes de artículos de necesidad más bien secundaria, como son el jabón y los accesorios de aseo para hombres, o los utensilios de cocina, y a los que se ve de continuo por la plaza y por las calles adyacentes, acompañados siempre por un pequeño maletín negro en el que llevan las muestras. Un día, con gran sorpresa para todos nosotros, Provine también apareció con uno de esos maletines, aunque en menos de una semana los agentes del municipio descubrieron que llevaba whiskey en botellas de medio litro. A saber cómo, el comandante De Spain logró sacarlo del atolladero,[1] tal como era el comandante De Spain quien sustentaba a su familia estirando al máximo el dinero que mal que bien ganaba la señora Provine con sus labores de costura y similares, acaso en un gesto a la romana de saludo y despedida de aquella figura destacada que fue Provine antes de que el tiempo le zurrase y se lo llevara por delante.
      Y es que hay entre nosotros hombres de mayor edad que recuerdan a aquel matón que era Provine —se da el caso de que además ha perdido, a saber cómo, en algún vericueto de su desaliñado historial, la sabrosa temeridad de su sobrenombre, «el Matón»— veinte años atrás; recuerdan a aquel jovenzano que no tenía el menor sentido del humor, aunque sí era dueño de un irresistible, inexpresado afán de seguir respirando, que tiempo atrás parece que se hubiera extinguido en él, en el mismo que llevó a cabo con espléndido frenesí, que tal vez fuese debido más que nada al alcohol, algunas hazañas espontáneas e insultantes, una de las cuales fue la merienda campestre con los negros. La merienda tuvo lugar en una iglesia para negros que estaba a no mucha distancia de nuestro pueblo. En plena merienda, los dos Provine y Jack Bonds, que regresaban de un baile en el campo, aparecieron a caballo con las pistolas desenfundadas y unos cigarros puros recién encendidos, y tomando a todos los negros uno por uno les aplicaron la brasa del cigarro en aquellos populares cuellos duros, de celuloide, que se gastaban en la época, dejando a cada una de las víctimas marcada con un brusco, tenue e indoloro anillo carbonizado. De éste es del que ahora habla Ratliff.
      Pero hay una cosa más que conviene tomar buena nota aquí para terminar de armar el escenario en el que intervendrá Ratliff. Cinco millas más allá del río, contando a partir del campamento del comandante De Spain, y en una zona aún más silvestre, en la jungla de cañaverales que crecía a la orilla del río, entre los gomeros y los robles de agua, existe un montículo de enterramiento de los indios. Aborigen, cobra una altitud notable y resulta honda y oscuramente enigmático, por ser la única elevación de esa clase que hay en la llanura aluvial por la que entorpece toda penetración la espesura de la vegetación. Para algunos de nosotros, aun cuando fuésemos niños y descendiésemos de familias leídas y escribidas, de gente del pueblo y de la ciudad, encerraba connotaciones de sangre violenta, de salvaje y súbita destrucción, como si los alaridos de guerra y las hachas que asociábamos con los indios gracias a las ocultas, secretas noveluchas de medio pelo que nos pasábamos los unos a los otros, no fueran sino manifestaciones triviales y pasajeras de ese poder siniestro que aún habitaba o acechaba por aquellos pagos, tenebroso, algo sardónico, como una bestia oscura y sin nombre que se hubiese adormilado perezosa y con las fauces ensangrentadas, todo ello debido acaso al hecho de que un remanente del que fuese otrora poderoso clan de la tribu de los chickasaw aún vivía allí mismo, acogido a la protección del Gobierno. Ya todos tenían nombres americanos y vivían tal como vivían a su vez los escasos pobladores blancos que los rodeaban.
      Pero no los veíamos nunca, puesto que nunca venían al pueblo, ya que tenían su propio poblado e incluso un colmado en donde se vendía de todo. Cuando nos fuimos haciendo mayores caímos en la cuenta de que no eran ni más salvajes ni más analfabetos que la población blanca, y que seguramente su mayor alejamiento de la norma —y esto, en nuestro país, no es desviación muy digna de nota— era el hecho de que fuesen algo más que simples sospechosos de destilar whiskey casero en las ciénagas cercanas al río. Con todo, para nosotros, de niños, eran más bien seres de fábula, y sus vidas recluidas en las ciénagas eran inseparables de la vida de aquel tenebroso montículo de los indios, que algunos ni siquiera habíamos visto jamás, por más que todos hubiésemos oído de su existencia, como si ellos fuesen, por designio de las potencias tenebrosas, los guardianes del túmulo.
      Como ya digo, algunos nunca habíamos visto el montículo de los indios, aunque todos teníamos noticia de su existencia, y todos hablábamos de él como suelen hablar los chicos. Formaba tan gran parte de nuestra vida y nuestro trasfondo como la tierra misma, como la guerra de Secesión perdida y la marcha del general Sherman,[2] o como el hecho de que hubiera entre nosotros negros que vivían en competencia económica y que llevaban los mismos apellidos que nosotros,[3] sólo que eran algo más inmediato, más poderoso, más vivo. Cuando yo tenía quince años, junto con un compañero, y por una apuesta, por ver quién era el valiente, fuimos al montículo de los indios un día a la puesta de sol. Vimos a algunos de los indios por vez primera; nos dieron ellos indicaciones y llegamos a lo alto del montículo cuando se ponía el sol. Habíamos llevado útiles de acampada, pero no hicimos una fogata. Ni siquiera nos preparamos dónde dormir. Estuvimos sentados los dos, uno junto al otro, en el montículo de los indios, hasta que hubo luz suficiente para encontrar el camino de regreso. No hablamos. Cuando nos miramos uno al otro con la grisácea luz del alba, teníamos los dos la cara también grisácea, callada, seria, muy seria. Cuando llegamos al pueblo tampoco nos dijimos nada. Nos despedimos y cada cual se fue a su casa y se metió en la cama. Eso era lo que pensábamos o sentíamos sobre el montículo de los indios. Éramos niños, es cierto, pero éramos descendientes de aquellos que leían y escribían y que debieran haber estado por encima de toda superstición y ser impermeables a un temor irreflexivo.
      Ahora es Ratliff quien cuenta lo de Lucius Provine y su ataque de hipo.
      Cuando volví al pueblo, el primer tío al que me encuentro va y me dice:
      —¿Qué te ha pasado en la cara, Ratliff? ¿Es que De Spain se ha servido de ti en vez de azuzar a sus perros para cazar al oso?
      —Qué va, chicos —le digo—. Ha sido un puma.
      —¿Y qué pretendías hacer con un puma, Ratliff? —dice uno.
      —Chicos —le digo—, a mí que me cuelguen si lo sé.
      Y era verdad. Pasó un buen rato, cuando por fin me arrancaron de encima a Luke Provine, hasta que por fin me pude enterar. Y es que nunca llegué a saber quién era el viejo Ash, tal como tampoco lo llegó a saber Luke. A lo sumo supe que era el negro del comandante, que echaba una mano con las cosas del campamento. Todo lo que llegué a saber, cuando empezó todo el lío, era que mi intención, o lo que me propuse hacer, fue ayudar a Luke, eso seguro, o a lo mejor al principio sí me propuse pasar un buen rato sin hacerle ningún daño, e incluso a lo mejor pensé en hacerle un favorcito al sacarlo, al sacar a Luke, fuera del campamento, porque… pero sólo quise sacarlo de allí un rato. Y entonces va y resulta que a eso de la medianoche aparece un tío corriendo a tontas y a locas, como un poseso, y llega desde el bosque más asustado que un ciervo acosado por la jauría, y aparece a todo correr en donde se estaba montando la partida de póquer, así que le digo:
      —Vaya, contento tendrías que estar. Has huido sano y salvo, te los has quitado de encima.
      Y él se para en seco y me lanza una mirada fulminante, de pavor y de asombro; ni siquiera se había enterado de que ya no lo perseguían; y a tontas y a locas va y se lanza a por mí como un granero que se derrumba.
      Así acabó, de golpe y porrazo, la partida de póquer. Tres o cuatro fueron necesarios para quitármelo de encima, mientras el comandante se revolvió en su silla con un trío de treses en la mano y aporreando la mesa y despotricando y soltando maldiciones. Claro que gran parte de la ayuda que me prestaron no fue otra que pisotearme la cara y las manos y los pies. Fue como un incendio: son los tíos de la manga de agua los que causan la mayor parte de los destrozos.
      —¿Qué infierno condenado significa todo esto? —vocifera el comandante mientras tres o cuatro tíos sujetan a Luke, que se ha echado a llorar como un bebé.
      —¡Él me los ha echado encima! —dice Luke—. ¡Es él quien me mandó allá arriba, y lo voy a despanzurrar!
      —¿Que te ha mandado dices? ¿Y adónde te ha mandado? —dice el comandante.
      —¡A los indios! —dice Luke llorando sin parar. Acto seguido intentó lanzarse de nuevo a por mí, sacudiendo a los tíos que lo estaban sujetando por los brazos como si fuesen muñecos de trapo, hasta que el comandante lo calló en seco a fuerza de improperios y maldiciones. Sigue estando hecho un hombre. No os dejéis engañar ninguno cuando diga que ya no tiene fuerzas para trabajar como antes. A lo mejor es porque nunca le ha dado por llevar de paseo su fuerza y lucirla en uno de esos bolsos negros que van llenos de tirantes rosa y de jabón de afeitar. El comandante me preguntó entonces a qué se debía todo aquel follón, así que le conté que yo sólo quise echarle una mano a Luke para que se le curase el hipo de una vez por todas.
      A mí que me cuelguen si no sentí verdadera lástima de lo que le pasaba. Resulta que yo por un casual pasé por allí, así que se me ocurrió que podía acercarme a hacerles una visitilla y ver qué tal se les iba dando la caza, si hubo suerte o no, y me acerqué con la puesta del sol, y el primer tío al que me encuentro resulta que es Luke. No me extrañó, puesto que ésa era por lo común la reunión más concurrida, sólo de hombres, en todo el condado, y eso por no hablar de las comilonas y del whiskey gratis, así que voy y le digo:
       —Caramba, qué sorpresa.
      A lo que va y dice él:
      —¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… oh! ¡Dios!
      Tenía hipo desde las nueve de la noche anterior; no había parado de darle al jarro cada vez que el comandante le ofrecía un trago, además de todas las veces en que pudo echarle el guante sin que el viejo Ash lo viese; dos días antes, el comandante había cazado un oso, y digo yo que Luke ya se había zampado más chuletas grasas de oso bien cebado de zarigüeyas, por no decir nada de toda la carne de venado que habrían comido, añadiendo de paso a lo mejor algún mapache y alguna ardilla para dar sabor a la salsa, más de lo que se hubiera podido llevar en una carreta. Y allá que estaba, al menos a tres hipidos por minuto, como una de esas bombas de relojería, sólo que era carne de oso y whiskey lo que llevaba entre pecho y espalda, por lo que no estaba en su mano explotar para librarse de semejante penuria.
      Me contaron que ya les había dado la noche a todos, que apenas ni uno solo fue capaz de pegar ojo, y que el comandante se levantó con un enfado que no veas, y que se largó con la escopeta y con Ash para que se encargase de los dos perros, y que Luke los siguió supongo que por pura penuria, digo yo, puesto que no había podido dormir más que ninguno de los otros, y que iba pegado al comandante y que no paraba de decir:
      —¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… oh! ¡Ay, Señor! —y así hasta que el comandante se vuelve a él y le dice:
      —Tú vete ya mismo al infierno con aquellos de las escopetas que han ido a los puestos del ciervo. ¿Cómo leches cuentas con que siga yo el rastro de un oso o que oiga a los perros cuando lo azucen, eh? Tal como vas, igual me daría ir montado en una motocicleta.
      Así que Luke regresó a donde estaban los de las escopetas en los puestos del ciervo, situados a lo largo de un terraplén de contención hecho con troncos. Digo yo que más que ir para allá se debió de apagar por el camino, como la motocicleta que había traído el comandante a colación. Ni siquiera se propuso guardar silencio. Me parece que se daba cuenta de que no serviría de nada. Tampoco quiso mantenerse en campo abierto, alejado del bosque. Para mí que seguramente pensó que cualquier idiota sabría sólo con oírlo que por allí no había ni rastro de ciervo alguno. No. Me parece que era tanta su penuria para entonces que sólo pudo albergar la esperanza de que alguien le pegara un tiro. Pero no, nadie, nunca, así que va y llega al primer puesto, donde estaba el tío Ike McCaslin, y se acomodó en un tronco, detrás del tío Ike, con los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos, y dale que te pego:
      —¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hip… oh! ¡Hip… oh! —hasta que el tío se vuelve y le dice:
      —Así se te lleven los perros del infierno, muchacho. Anda, larga de aquí. ¿Tú te crees que hay alimaña en el mundo que vaya por gusto a una compresora de heno? Lárgate y bebe algo de agua.
      —Eso ya lo he probado —dice Luke sin mover un dedo—. No he hecho otra cosa que beber agua desde las nueve de ayer noche. Ya he bebido tanta agua que si me caigo me voy a rebosar como un pozo artesiano.
      —Pues igual me da: largo de aquí —dice el tío Ike—. Desaparece de aquí ahora mismo.
      Total que Luke, hecho una pena, se levanta y se larga dando tumbos, y los hipidos mueren a lo lejos como si viajase en uno de esos motores de gasolina de un solo cilindro, sólo que con un golpe de pistón más frecuente y más regular. Bajó hasta el terraplén de contención en busca del siguiente puesto, y de allí también lo echaron con cara de pocos amigos, y siguió hasta el tercero. Digo yo que aún albergaba esperanzas de que alguien se compadeciera de él y le pegase un tiro sin más contemplaciones, porque en ese momento pareció que se rindiera ya del todo. A esas alturas, cuando llegaba a la parte del «ay, Señor» con que remataba cada sarta de hipidos, dicen que se le oía desde el mismísimo campamento. Dicen que el eco rebotaba por todo el cañaveral, al otro lado del río, como si fuera uno de esos altoparlantes que se colocan en el fondo de un pozo. Dicen que hasta los perros que iban siguiendo el rastro dejaron de aullar, así que fueron llegando todos y lo mandaron de vuelta al campamento.
      Ahí es donde aparezco yo. Y allí estaba también el viejo Ash, pues resulta que el comandante había vuelto a echarse una siestecita, y ni yo ni Luke nos fijamos en él, más que como se fija uno en un negro más de los que andan por ahí.
      Ésa fue la cosa. Ninguno de los dos estaba al tanto, ninguno de los dos sabía nada de él. A mí que me cuelguen si a veces no parece como si, cuando uno se decide a gastar a otro una broma, no resulta que es él quien se va a llevar una broma de las lindas; es como si existiera un gran poder escondido en alguna parte a oscuras, al que se propone uno tomarle el pelo porque sí, y sin saberlo, y todo depende de que el poder de marras sepa cómo tomarse una broma o no, sepa o no cuándo le estalla en toda la cara, como me pasó a mí con ésta. Y es que va y le digo:
      —¿Y dices que tienes hipo desde las nueve de anoche? Caramba, eso ya casi son veinticuatro horas. A mí me da que más te vale hacer algo para que se te pase de verdad.
      Y él me mira como si no supiera decidir si saltarme al cuello y arrancarme la cabeza de un mordisco o si tratar de arrancarse la suya de cuajo, y me dice:
      —¡Hip… oh! ¡Hip… oh! —lento y constante. Y va y dice—: Si es que no me lo quiero quitar. Es que resulta que me gusta. Pero si lo tuvieras tú, ya te lo quitaba yo, ya. ¿Quieres que te cuente cómo?
      —¿Cómo? —le digo.
      —Te arrancaba la cabeza. Ya ibas a ver como así no tenías ni con qué hipar. Así no te daría la lata el hipo. Y a mí, qué quieres, me encantaría quitarte el hipo así.
      —Ya te digo… —le digo, y lo miro allí sentado en los peldaños de la cocina, como si acabara de cenar, y eso que no había cenado nada, natural, teniendo el gaznate como lo tenía, convertido en una calle de sentido único, y entre tanto, dale que te pego:
      —¡Hip… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… oh! ¡Hic… ah! —porque digo yo que el comandante le tenía que haber dicho qué le iba a pasar como le diera por ponerse otra vez a hipar a voz en cuello. Yo nunca quise hacerle nada malo, la verdad. Además, ya me habían contado que no dejó a nadie pegar ojo en toda la noche, la noche anterior, y que para colmo había espantado a toda la caza que hubiera en esa parte del llano, junto al río, y que, para rematarla, con tanto caminar pues se había entretenido en pasar el tiempo. Así que voy y le digo:
      —Creo que de veras sé cómo te lo podrías quitar, en serio. Claro que si tú no quieres, pues allá penas.
      Y va y me dice:
      —Ojalá me dijera alguien qué hay que hacer. Diez dólares le daba sólo a cambio de estar aquí un minuto sin decir «hip».
      Bueno, pues está claro que eso lo puso en marcha. Fue como si hasta ese momento las tripas se le hubieran quedado contentas con cada «¡hic… oh!», constante, pero ya sin armar mucho alboroto, y como si en ese momento, cuando se acordó, se le hubiese abierto un corte, una herida, porque en menos que canta un gallo se puso a dar unos hipidos morrocotudos.
      —¡Hip… oh! ¡Dios mío!
      Igualito que cuando los tíos de los puestos del ciervo lo echaron para atrás y le hicieron volver al campamento, y oí los pasos del comandante entonces. Hasta sus pasos sonaban a enfado monumental, así que voy y le digo, deprisa:
      —¡Chsst! No querrás que el comandante se vuelva a enfurecer contigo, digo yo.
      Así que se sosegó un poco, allí sentado en los peldaños de la cocina, mientras el viejo Ash y los otros negros se ocupaban de sus cosas yendo y viniendo por la cocina, y va y me dice:
      —Dispuesto estoy a probar todo lo que me digas. Ya he probado todo lo que yo sé y todo lo que me han dicho que se puede hacer. He contenido la respiración a más no poder, y he bebido y he respirado agua, tanta, hasta sentirme como uno de esos anuncios de neumáticos grandes de automóvil,[4] y me he colgado por las rodillas de esa rama, ¿la ves?, durante un cuarto de hora, y he bebido hasta medio litro de agua boca abajo, y no sé quién me dijo que me tragase lo que lleva un cartucho dentro, y ya lo he hecho. Y sigo teniendo hipo. ¿Qué sabes tú que me pueda aliviar?
      —Bueno —le digo—, no sé qué harías tú. Pero si fuese yo el que tuviese hipo, te aseguro que me iba ahora mismo al montículo de los indios y le pedía al viejo John Basket que me lo curase.
      Se enderezó en donde estaba sentado y se volvió despacio y me miró, y a mí que me cuelguen si pasó un minuto entero sin que tuviese un ataque de hipo.
      —¿John Basket? —dice.
      —Pues claro —le digo—. Los indios saben toda clase de estratagemas y remedios de los que los médicos blancos aún no han oído hablar. Seguro que está encantado de hacerle un favor así a un blanco, date cuenta, eso lo haría cualquiera de los pobres aborígenes, porque los blancos los han tratado de maravilla, y no sólo les han dejado conservar ese amontonamiento de tierra que hoy en día nadie quiere para nada, sino que además les han dejado ponerse nombres como los nuestros y vender harina y azúcar y aperos de labranza a un precio más que razonable, semejante al que tendría que pagar un blanco. Tengo entendido que de aquí a nada les van a dejar que vengan al pueblo una vez a la semana. El viejo Basket estaría encantado de curarte el hipo, te lo digo yo.
      —John Basket —dice—. Los indios… —dice, y se queda parado hipando despacio y en voz baja y sin cesar. Y va y dice de pronto—: ¡A mí que me cuelguen si voy!
      Así, qué quieres, a mí que me cuelguen si lo que dijo no sonó como si estuviera llorando. Se puso en pie de un salto y empezó a despotricar, aunque cada maldición sonaba como si estuviese llorando.
      —Aquí no hay un solo hombre que tenga compasión de mí, ni blanco ni negro. He sufrido sin parar durante más de veinticuatro horas, sin comer y sin dormir, y ninguno de esos hijoputas se ha compadecido de mí.
      —Bueno, eso es lo que yo intentaba —le digo—. No soy yo el que tiene hipo. Sólo había pensado en eso al ver que has llegado a un extremo en el que no hay hombre ni blanco ni negro que te pueda ayudar. Pero no existe ninguna ley que te obligue a ir allá arriba para quitártelo de una vez.
      Así que hice como que me iba. Di la vuelta a la esquina de la cocina y lo vi sentarse de nuevo en los peldaños, y dale que te pego:
      —¡Hip… oh! ¡Hip… oh! —de nuevo despacio y sin armar mucho alboroto, y entonces, por la ventana de la cocina, veo al viejo Ash parado ante la puerta, completamente quieto, con la cabeza ladeada, como si hubiera aguzado el oído. Pero seguí sin sospechar nada. Ni siquiera sospeché nada cuando, al cabo de un rato, vi a Luke levantarse de nuevo, de repente, pero tranquilo, y quedarse un minuto largo mirando por la ventana a la partida de póquer que estaban jugando los demás, y luego lo vi mirar hacia la oscuridad, por el sendero que conducía al llano. Entró entonces en la cabaña, muy tranquilo, y salió al cabo de un minuto con un farol encendido y una escopeta. No sé a quién le había cogido la escopeta y no creo que ni él lo supiera, ni que tampoco le importase. Salió tan tranquilo, decidido, y echó a caminar por el sendero. Vi bastante bien el farol, pero aún lo seguí oyendo a lo lejos, mucho después de que el farol se lo tragase la oscuridad de la noche. Volví a la cocina y aún escuchaba morir a lo lejos sus hipidos por el llano cuando el viejo Ash me habló a mi espalda:
      —¿Pallá arriba que se fue?
      —¿Arriba? ¿Adónde? —le digo.
      —Pallá arriba, al monte los indios —dice.
      —Bueno, pues a mí que me cuelguen si lo sé —le digo—. La última vez que hablé con él no parecía que estuviera resuelto a ir a ninguna parte. A lo mejor sólo ha decidido darse un paseo. Puede que le siente bien; a lo mejor le ayuda a dormir esta noche y se le abre el apetito mañana a la hora del desayuno. ¿A ti qué te parece?
      Pero Ash no llegó a decir nada. Se volvió a la cocina. Y yo seguí sin sospechar nada de nada. ¿Cómo iba a sospechar? Nunca había visto Jefferson en aquellos tiempos. Ni siquiera había visto un par de zapatos, y menos aún el colmado y las dos tiendas en fila, ni un arco de luces había visto. Así que me fui a donde estaban jugando al póquer, y voy y les digo:
      —En fin, caballeros. Pues me parece que esta noche sí que vamos a poder dormir.
      Y les conté lo que había ocurrido, porque muy probablemente se iba a quedar por allá hasta que asomase la luz del alba, en vez de volver andando a oscuras, cinco millas a la ida y cinco a la vuelta, porque a lo mejor a los indios no les importaba mucho una tontería como era que uno tuviese hipo, cosa que sí molestaba a los blancos. Y a mí que me cuelguen si el comandante no se encabritó al enterarse de esto.
      —Maldita sea, Ratliff —me suelta—, no deberías haber hecho una cosa así.
      —Bueno, comandante, yo sólo se lo sugerí por pura broma —le digo—. Le he dicho que el viejo Basket es una especie de médico. Pero no contaba yo con que se lo tomase en serio. En fin, a lo mejor ni siquiera se ha ido allá arriba. A lo mejor sólo se ha ido a ver si caza un mapache.
      Pero la mayoría pensó lo mismo que yo.
      —Que se vaya si quiere —dice el señor Fraser—. Así se pase toda la noche caminando. Maldita sea, si no he pegado ojo en toda la noche por su culpa… Reparte las cartas, tío Ike.
      —Ahora ya no hay quien lo pare —dice el tío Ike repartiendo las cartas—. Y quién sabe: a lo mejor John Basket sí que puede remediarle ese hipo del demonio. Será botarate el jovenzuelo, que se ha puesto de comer y de beber tan hasta arriba que ya no puede ni tragar un bocado. Esta mañana se me puso detrás de mí y aquello sonaba como una compresora de heno. Llegué a pensar que iba a tener que pegarle un tiro para librarme de él… Apuesto un cuarto a la reina.
      Así que me senté a verlos jugar, pensando de vez en cuando en el chalado de la escopeta y el farol, que iría dando traspiés, a tientas por el bosque, resuelto a recorrer cinco millas a oscuras con tal de poner remedio al hipo que lo traía a mal traer, mientras todas las alimañas del bosque lo estarían viendo y estarían preguntándose qué clase de cacería era ésa, qué clase de alimaña bípeda era la que hacía un ruido como ése, y pensando también en los indios del montículo cuando lo vieran llegar caminando, y no me pude contener las ganas de reír, hasta que va y dice el comandante:
      —¿Se puede saber qué demonios murmuras y qué te hace tanta gracia?
      —¡Nada, nada! —le digo—. Sólo estaba pensando en un tío que conozco yo.
      —Pues maldito seas si no deberías haber ido allá con él —dice el comandante. Decidió entonces que ya era hora de ponerse a beber y se puso a dar voces llamando a Ash. Al final fui yo hasta la puerta y llamé a gritos a Ash, gritando hacia la cocina, pero fue otro de los negros el que contestó. Cuando entra con el caneco y lo demás, el comandante lo mira y dice—: ¿Dónde está Ash?
      —Sa marchao —dice el negro.
      —¿Cómo que se ha marchado? —dice el comandante—. ¿Se ha marchado adónde?
      —Dice que sa marchao pal monte los indios —dice el negro.
      Y yo seguía sin saber nada, sin sospechar ni recelar nada. Me dije entonces: «A ese viejo negro se le ha reblandecido de repente el corazón, y mucho, temeroso de que Luke Provine se vaya caminando él solito en la oscuridad. O a lo mejor es que a Ash le gusta cómo suenan los hipidos».
      —¿Al montículo de los indios? —dice el comandante—. Caramba, como cuando vuelva se haya puesto hasta las orejas del whiskey ese que destila John Basket, ese whiskey que te revienta la sesera, juro que lo despellejo vivo.
      —Si na dicho a qué iba —dice el negro—. A mí sólo ma dicho que siba pal monte los indios y que volvía pal amanecé.
      —Más le vale —dice el comandante—. Más le vale volver bien sobrio.
      Así que allá nos quedamos y siguieron ellos jugando a las cartas y yo mirándolos como un jodido bobo, sin sospechar nada de nada, pensando sólo que era una pena que el jodido negro hubiese decidido echar a perder el paseíto de Luke, y a eso de las once les da por decir que se van a ir a la cama, que al día siguiente iban todos a los puestos de caza, cuando oímos el ruido. Aquello fue como si una manada de caballos salvajes llegara al galope por el sendero, y sólo nos dio tiempo de llegar a la puerta a asomarnos, preguntándonos unos a otros qué demonios podía ser aquello, cuando el comandante va y dice:
       —Pero en nombre de… —y va y cruza el porche como un huracán y la puerta se abre de golpe y allá que aparece Luke. Ni escopeta ni farol llevaba, y le habían arrancado la ropa a tiras, y venía con una cara de susto como la que ponen los chalados del manicomio de Jackson. Pero lo principal y lo primero que noté fue que ya no hipaba. Y esta vez además estaba a punto de llorar.
      —¡Si querían matarme! —dice—. ¡Si me iban a pegar fuego! Quisieron atarme a la pila de la leña y uno de ellos ya venía con una tea prendida cuando logré por los pelos soltarme y echar a correr como un loco.
      —¿Quiénes? —dice el comandante—. Por todos los demonios del infierno… ¿se puede saber de qué estás hablando?
      —¡Los indios! —dice Luke—. Querían…
      —¿Cómo? —vocifera el comandante—. Me voy a acordar de toda tu parentela como no te expliques bien.
      Y fue en ese momento cuando tuve que meter la pata hasta el corvejón. Hasta ese momento ni siquiera me había visto.
      —Pues al menos se te ha curado el hipo —le digo.
      Fue en ese momento cuando se quedó quieto parado. No me había llegado a ver, pero en ese momento me vio. Se quedó quieto parado y me miró con esa cara de susto, que parecía que se hubiera escapado del manicomio de Jackson y hubiera que llevarlo allí cuanto antes.
      —¿Qué? —dice.
      —Pues que por lo menos te has librado del hipo —le digo.
      En fin, qué quieres: se quedó quieto parado durante un minuto entero. Se le pusieron los ojos desorbitados y allí se quedó con la cabeza ladeada, escuchándose los entresijos. Digo yo que debió de ser la primera vez en que tuvo tiempo de descubrir que ya no tenía hipo. Allí se quedó un minuto entero con esa especie de cara de asombro como un pasmarote. Y entonces se me tiró al cuello. Yo seguía sentado en mi silla, y a mí que me cuelguen si durante un minuto entero no pensé que se nos había caído el tejado encima.
      Bueno, pues al final me lo pudieron quitar de encima y lo tranquilizaron, y me limpiaron un poco y me dieron de beber y me sentí mejor. Pero ni siquiera con ese trago me sentí bien del todo, y no llegué a pensar que tuviera el deber por mi honor de sacarlo a la calle para poner las cosas en claro, como se suele decir por ahí. No, ni mucho menos. Yo sé bien cuándo he metido la pata y me he equivocado; el comandante De Spain no fue el único que cazó un oso durante aquella cacería; no, ni mucho menos. A mí que me cuelguen, porque si hubiera sido de día habría arrancado mi Ford y me habría largado con viento fresco. Pero es que era medianoche, y además no me podía quitar de la cabeza a aquel negro, a Ash. Y es que había empezado a sospechar que allí había más tomate del que saltaba a la vista. Y no era buena hora para volver a la cocina a preguntar por él, porque era Luke el que estaba sirviéndose en la cocina. El comandante también le dio un trago a él, y se había largado a la cocina a compensar los dos días que llevaba sin probar bocado, y estaba hablando por los codos el muy fanfarrón de lo que tenía pensado hacer con no sé qué hijoputa que le había querido gastar una broma de mal gusto, sin dar nombres, aunque más que nada se estaba ganando a pulso un nuevo hipo, un hipo que no veas, y eso que no iba a ser yo el que volviese a verlo.
      Y así esperé hasta que se hizo de día, hasta que oí a los negros trajinar en la cocina, y entonces sí que volví. Y allí estaba el viejo Ash con la misma pinta de siempre, dando grasa a las botas del comandante antes de colocarlas cerca del fogón, y empuñando la escopeta del comandante para cargar los cartuchos. Sólo me miró a la cara una vez cuando entré, y siguió metiendo los cartuchos en el cargador.
      —Así que anoche fuiste al montículo de los indios —le digo. Me volvió a mirar, pero enseguida agachó la cabeza. No dijo nada de nada, y siguió con la misma pinta de simio viejo, con el pelo todo crespo y alborotado—. Seguro que conoces a algunos de los que paran por allá arriba —le digo.
      —A algunos sí conozco —dice, y sigue metiendo los cartuchos en la escopeta.
      —¿Conoces a John Basket? —le digo.
      —A algunos sí conozco —dice, pero sin mirarme.
      —¿Lo viste anoche? —le digo. No dijo nada de nada, así que cambié de tono, como se suele hacer por ahí cuando algo se le quiere sonsacar a un negro—. Vamos a ver —le digo—. Mírame —me miró—. ¿Quieres hacer el favor de contarme qué fue lo que hiciste anoche allá arriba?
      —¿Quién, yo? —dice.
      —Vamos, hombre —le digo—. Esto ya es agua pasada. El señor Provine ha conseguido que se le cure el hipo y los dos nos hemos olvidado de lo que pudo suceder cuando regresó anoche al campamento. Anoche tú no fuiste allá arriba sólo para pasar el rato. O a lo mejor es que algo les dijiste allá arriba, algo le tuviste que decir al bueno de John Basket. ¿Es eso? —ya no me estaba mirando, y no dejaba de meter los cartuchos en la escopeta. Miró rápidamente a un lado y a otro—. Vamos, hombre —le digo—. ¿Quieres hacer el favor de contarme qué fue lo que hiciste anoche allá arriba, o prefieres que le diga al señor Provine que algo tuviste que ver en todo ello? —siguió cargando la escopeta y siguió sin mirarme, pero a mí que me cuelguen si por poco no llegué a ver cómo se estrujaba la sesera—. Vamos, hombre —le digo—. ¿Quieres decirme de una vez qué hiciste allá arriba anoche?
      Y por fin me lo contó. Supongo que se tuvo que dar cuenta de que de nada iba a servirle empeñarse en ocultarlo, y que aun cuando no se lo dijera yo a Luke aún se lo podía decir al comandante.
      —Pues ná, que le di esquinazo y llegué antes que él y les dije que a no mucho tardá llegaría un inspectó dacienda, pero que era un mequetrefe y que seguro le podían da un buen susto y que con eso se iba largá por piernas. Y así lo hicieron.
      —¡Bueno! —le digo—. ¡Vaya, vaya! Y yo que pensaba que era muy bueno gastándoles una broma a los demás… —le digo—. Pero tú me ganas de largo. ¿Cómo fue la cosa? —le digo—. ¿Lo llegaste a ver?
      —Pues no fue pa tanto —dice—. Bajaron por la senda en fila india y al poco aparece ése soltando hipidos y dando traspiés con el farol y la escopeta. Le quitaron el farol y la escopeta en un visto y no visto y se lo llevaron a lo altol monte y le hablaron allí en la lengua los indios un buen rato. Apilaron un poco leña y lo ataron allí mismo, pero sabiendo que se podía soltar cuando quisiera, y uno aparece con una tea ardiendo y de lo demás se encargó él solo.
      —¡Vaya! —le digo—. ¡Ésta sí que es buena! ¡Al infierno que me voy de cabeza! —y de repente caí. Ya me había dado la vuelta y me iba a marchar cuando caí en la cuenta, así que me paro y le digo—: Una cosa más que me gustaría saber. ¿Por qué lo has hecho?
      Siguió sentado en la caja de madera, frotando la escopeta con la mano, sin mirarme a la cara.
      —Pues pa ayudarle a usté a curarle el hipo.
      —Vamos, hombre —le digo—. No me lo creo. ¿Cuál es la razón de verdad? No te olvides que tengo unas cuantas cosas que le puedo contar tanto al señor Provine como al comandante, a los dos. Y no sé qué hará el comandante, pero te aseguro que sé muy bien lo que hará el señor Provine si le voy con el cuento.
      Y él siguió frotando la escopeta con la mano. Estaba cabizbajo, como si pensara. No como si estuviera decidiendo si decírmelo o no, sino como si se acordase de algo ocurrido tiempo atrás. Y eso es exactamente lo que estaba haciendo, porque va y me dice:
      —Ya no me da miedo que lo sepa. Una vez hubo una merienda en el campo. Hace mucho tiempo, ya va pa veinte años. Él era joven entonces, y en medio la merienda aparece con su hermano y con otro, no macuerdo su nombre, a caballo y con pistolas, y nos pillan a tos los negros de uno en uno y nos queman los cuellos la camisa. Él fue quien me quemó el mío.
      —¿Y has esperado todo este tiempo y te has tomado tantas molestias para ajustarle las cuentas? —le digo.
      —No es por eso —dice, frotando la escopeta con la mano—. Es por el cuello de la camisa. En aquellos tiempos un buen jornalero negro ganaba dos dólares a la semana. Yo pagué cincuenta centavos por el cuello. Era un cuello azul, con un dibujo en rojo de la carrera entre el Natchez y el Robert E. Lee.[5] Y él me lo quemó entero. Ahora gano diez dólares a la semana. Ojalá supiera dónde se puede comprar otro cuello como aquél aunque me costara la mitad. Ojalá.[*]
      Dos soldados
      Pete y yo bajábamos a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio. Esperábamos a después de la cena, a después de que anocheciera, y nos plantábamos ante la ventana del salón del Viejo Killegrew, y la escuchábamos porque la mujer del Viejo Killegrew estaba sorda como una tapia, así que el viejo ponía la radio a todo el volumen que la podía poner, y por eso Pete y yo la escuchábamos igual de bien o mejor que la mujer del Viejo Killegrew, o a mí me lo parece, pese a estar allí de pie, fuera, con la ventana cerrada.
      Y aquella noche le dije:
      —¿Cómo? ¿Japoneses? ¿Y qué es una bahía de perla?[6]
      Y Pete me dijo que me callara.
      Y así que allí nos quedamos, y vaya si hacía frío, escuchando hablar al tipo de la radio, sólo que para mí aquello no tenía ni pies ni cabeza. El tipo de la radio dijo entonces que no habría más noticias hasta pasado un rato, y Pete y yo volvimos caminando hasta casa, y Pete me explicó de qué iba todo aquello. Porque ya rondaba los veinte y había terminado de estudiar en el colegio de la Concentración Escolar el mes de junio anterior y sabía que no veas si sabía: me contó que los japoneses habían tirado bombas en Pearl Harbor y que Pearl Harbor estaba al otro lado del charco.
      —¿Al otro lado del charco? —dije—. ¿Al otro lado del embalse del Gobierno que hay en Oxford?
      —Qué va —dijo Pete—. Al otro lado del charco grande. El océano Pacífico.
      Nos fuimos para casa. Mamá y papá ya se habían ido a la cama, y Pete y yo nos fuimos a la cama, y yo seguía sin entender dónde estaba aquello, y Pete me volvió a decir que era el océano Pacífico.
      —Pero… ¿a ti qué te pasa? —dijo Pete—. Vas para nueve años. Estás en el colegio desde septiembre. ¿O es que no has aprendido nada aún?
      —Pues es que aún no hemos llegado tan lejos, no hemos llegado al océano Pacífico aún —dije.
      Todavía estábamos sembrando las algarrobas que tendrían que haber estado plantadas ya mediado noviembre, porque papá todavía iba muy atrasado en todo, como lo estuvo siempre, desde que Pete y yo lo conocimos.[12] Y además, nos quedaba la leña por llevar a casa, pero todas las noches Pete y yo nos largábamos a la casa del Viejo Killegrew y nos plantábamos ante la ventana de su salón para escuchar su radio; luego nos volvíamos a casa y nos tumbábamos en la cama y Pete me contaba de qué iba todo aquello. Mejor dicho, durante un rato me lo contaba. Luego ya no me contaba nada. Era como si no quisiera hablar más de todo aquello. Me decía que me callara la boca de una vez porque tenía ganas de dormirse, pero es que nunca tenía ganas de dormirse.
      Se quedaba tumbado, hecho un montón más quieto que si estuviera dormido, y algo había, yo bien que se lo notaba, casi como si estuviera furioso conmigo, sólo que bien sabía yo que no estaba pensando en mí, sino que era más bien como si estuviera preocupado por algo, pero tampoco era eso, pues nunca tuvo de qué preocuparse. Nunca se retrasaba, como papá, y menos aún tuvo atrasos tan grandes.
      Papá le dio diez acres cuando su graduación en el colegio de la Concentración Escolar, y Pete y yo calculamos los dos que papá en el fondo se alegró que no veas de quitarse de encima por lo menos diez acres, menos preocupaciones para él; Pete sembró los diez acres de algarroba y luego los labró bien y dejó los surcos bien trazados para el invierno, así que no podía ser eso.
      Pero algo tenía que ser. Y con eso y con todo allá que nos íbamos todas las noches a la casa del Viejo Killegrew a escuchar su radio, y allá que andaban entonces en las Filipinas, aunque el general MacArthur los aguantaba aún.[13] Y luego nos volvíamos a la casa y nos tumbábamos en la cama y Pete no me contaba nada, no me hablaba de nada. Se quedaba tumbado y tan quieto como si estuviera emboscado, y cuando yo lo tocaba, en el costado o en la pierna, lo encontraba tan duro y tan quieto como el hierro, y así era hasta que pasado un rato me dormía yo.
      Una noche, y fue la primera vez en que no me dijo nada, además de regañarme por no haber cortado leña suficiente en el tocón donde teníamos el hacha, me dijo:
      —Me tengo que marchar.
      —¿Marchar? ¿Adónde? —le dije.
      —A esa guerra —dijo Pete.
      —¿Antes de terminar de traer la leña a casa?
      —Al infierno se puede ir la leña —dijo Pete.
      —Pues muy bien —dije—. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?
      Sólo que él ni siquiera me estaba escuchando. Allí seguía tumbado, duro y quieto como el hierro, a oscuras.
      —Me tengo que marchar —dijo—. Es que no voy a permitir yo que nadie trate de esa forma a los Estados Unidos.
      —Sí —dije—. Con leña o sin leña, a mí me parece que nos tenemos que marchar.
      Esta vez yo creo que sí me oyó. Seguía tumbado y muy quieto, aunque estaba quieto de otra forma.
      —¿Tú? —dijo—. ¿A una guerra?
      —Pues claro. Tú te cargas a los grandes y yo me cargo a los pequeños —dije.
      Entonces me dijo que yo no podía ir. Al principio pensé que, en el fondo, nunca quiso que yo fuese perdiendo el culo detrás de él, tal como nunca me permitió ir con él cuando rondaba a las hijas de Tull. Luego me dijo que en el ejército no me lo permitirían porque aún era muy chico, y entonces sí supe que lo había dicho en serio, y que eso quería decir que yo no podía ir de ninguna de las maneras, no señor. Y no sé por qué no se lo quise creer y tampoco me creí que se fuese él, o no hasta ese momento, pero es que en ese momento supe que sí que se iba, como supe que sin mí no se iba a marchar.
      —Pues entonces ya cortaré yo la leña para todos vosotros, ya os llevaré el agua —dije—. ¡Leña y agua tenéis que llevar!
      Da lo mismo, porque entonces sí me estaba escuchando. Ya no era como el hierro.
      Se volvió de costado y me puso la mano en el pecho, porque era yo el que estaba tendido boca arriba y bien tieso.
      —No —dijo—. Tú te tienes que quedar y ayudar a papá.
      —¿Ayudarle? ¿En qué? —dije—. Si nunca se va a poner al día, no hay manera… Es imposible que vaya más atrasado de lo que va. Seguro que puede él hacerse cargo del terruño que tiene mientras tú y yo nos cargamos a los japos. Yo también tengo que ir. Si tú tienes que ir, yo tengo que ir también.
      —No —dijo Pete—. Anda, calla. Cállate —y supe que iba en serio, vaya que sí. Me aseguré al oírlo de sus propios labios. Me rendí.
      —Así que no puedo ir… —dije.
      —No —dijo Pete—. Tú no puedes ir. Para empezar, aún eres muy chico, y es que además…
      —Vale, vale —dije—. Entonces te callas la boca y me dejas que me duerma, ¿eh?
      Así que se quedó callado y se volvió a tumbar boca arriba. Y yo seguí tumbado como si estuviera dormido, y en un visto y no visto estaba dormido él y supe que eran sus ganas de ir a la guerra lo que tanto le había preocupado, lo que no le dejaba dormir, y que ahora que había resuelto ir a la guerra ya no tenía preocupación ninguna.
      A la mañana siguiente se lo dijo a mamá y a papá. A mamá no le pasó nada. Sólo lloró.
      —No —dijo llorando—. No quiero que vaya. Antes querría ir yo en su lugar, si es que pudiera. Yo no quiero salvar al país. Por mí, que lo conquisten y se lo queden esos japoneses, si es que quieren, mientras a mi familia y a mis hijos y a mí nos dejen en paz. Pero me acuerdo de mi hermano Marsh en aquella otra guerra. Él tuvo que ir a aquella otra guerra y eso que no había cumplido ni diecinueve años, y nuestra madre no lo pudo entender en su día, como tampoco ahora lo entiendo yo. Pero mi madre a Marsh le dijo que si tenía que ir pues tenía que ir. Así que si Pete tiene que ir a ésta, pues será que tiene que ir. Pero a mí que no me pidan que entienda el porqué.
       En cambio papá dio en el clavo. Por algo era el hombre.
      —¿A la guerra? —dijo—. Pues vaya, yo en eso no veo ninguna utilidad. Tú aún no tienes edad para alistarte, y el país, que yo sepa, no lo han invadido. Nuestro presidente, en Washington, D. C., está atento a las condiciones y ya nos notificará las cosas cuando haga falta. Además, en esa otra guerra de la que tu madre acaba de hablar, a mí me reclutaron y con la misma me mandaron a Texas y allí me tuvieron ocho meses hasta que por fin terminaron los combates. A mí me parece que eso, con lo de tu tío Marsh, que se llevó una herida de verdad en los campos de combate de Francia, es para mí y los míos más que suficiente si hemos tenido obligación de proteger al país, al menos mientras yo viva. Y, por otra parte, ¿a quién le pido yo ayuda con los cultivos cuando tú te hayas ido, eh? A mí me parece que así voy a ir atrasado de verdad.
      —Tú has ido atrasado desde que yo alcanzo a recordar —dijo Pete—. De todos modos, me marcho. Me tengo que marchar.
      —Pues claro que se tiene que marchar —dije—. Esos japos…
      —¡Tú te callas la boca! —dijo mamá llorando—. ¡Contigo no habla nadie! Ve a traerme un buen montón de leña. Eso sí que lo puedes hacer.
      Así que fui a por la leña. Y durante todo el día siguiente, mientras Pete y papá y yo trajimos toda la leña que nos fue posible traer en el poco tiempo que tuvimos, porque ya dijo Pete que para papá tener leña de sobra era tener sólo una astilla más pegada a la pared, una astilla que mamá aún no hubiera echado al fuego, mamá fue preparando las cosas para que Pete se marchase. Le lavó y le remendó la ropa y le preparó una lonchera con algo de comer. Y esa noche Pete y yo nos tumbamos en la cama y la oímos empaquetar sus cosas en la maleta y la oímos llorar a la vez, hasta que pasado un rato Pete se levantó y volvió con ella, y les oí hablar a los dos, hasta que por fin oí a mamá decir:
      —Tú tienes que ir, así que yo quiero que vayas. Pero yo no lo entiendo, y nunca lo entenderé, así que no cuentes con que lo entienda.
      Y Pete volvió a acostarse otra vez y otra vez se quedó muy quieto y duro como el hierro, boca arriba, y entonces de pronto dijo, y no me lo dijo a mí, porque lo dijo como si no hablase con nadie: «Me tengo que marchar, eso es todo: sólo me tengo que marchar».
      —Pues claro que tienes que marchar —dije—. Esos japos…
      Se volvió de pronto con dureza, como si de pronto se hubiera puesto firme de costado, mirándome a oscuras.
      —Da lo mismo, porque tienes razón —dijo—. Supuse que iba a tener más complicaciones contigo que con todos los demás juntos.
      —Supongo que eso no tiene remedio —dije—. Pero a lo mejor la cosa dura unos años más y me da tiempo a ir. A lo mejor un día me ves a tu lado.
      —Espero que no —dijo Pete—. Nadie va a la guerra a pasar un buen rato. Nadie deja a su mamá llorando por pasar un buen rato.
      —Entonces, ¿tú a qué vas? —dije.
      —Yo tengo que ir —dijo—. No me queda más remedio. Ahora duérmete, anda. Mañana temprano tengo que coger el autobús.
      —Entendido —dije—. Me han dicho que Memphis es muy grande. ¿Cómo sabrás dónde encontrar el ejército?
      —Ya le preguntaré a alguien dónde alistarme —dijo Pete—. Ahora duérmete.
      —¿Y es eso lo que vas a preguntar, dónde alistarte en el ejército? —dije.
      —Sí —dijo Pete. Se volvió de nuevo boca arriba—. Cállate de una vez y duérmete.
      Nos dormimos. A la mañana siguiente desayunamos con la luz del candil porque el autobús pasaba a las seis en punto. Mamá ya no lloraba. Sólo parecía enojada y ajetreada sirviendo el desayuno mientras nos lo zampábamos. Entonces terminó de empaquetar la maleta de Pete, por más que no quiso él llevarse ninguna maleta a la guerra, aunque mamá dijo que las personas decentes nunca van a ninguna parte, ni siquiera a una guerra, sin una muda de repuesto y algo en lo que llevarla. Metió dentro la lonchera, que era poco más que una caja de zapatos, con pollo frito y galletas saladas, y de paso le metió en la maleta una Biblia, y llegó la hora de marchar. Hasta ese momento no supimos que mamá no pensaba ir a la parada del autobús. Sólo trajo el abrigo y la gorra de Pete, y eso que aún no había vuelto a llorar; se quedó con las manos sobre los hombros de Pete y sin moverse, aunque no sé cómo, y sólo por su manera de sujetar a Pete por los hombros, parecía haberse endurecido, parecía tan fiera como Pete cuando se volvió hacia mí la noche anterior en la cama y me dijo que a pesar de todo tenía yo razón.
      —Por mí, que se queden el país, que se lo queden si quieren mientras no nos molesten ni a mí ni a los míos —dijo. Y dijo—: No te olvides de quién eres. No eres rico. El resto del mundo, más allá de Frenchman’s Bend, nunca ha oído hablar de ti. Pero tienes una sangre tan buena como la que más, eso que no se te olvide nunca.
      Entonces le dio un beso y él salió de la casa, aunque fue papá quien llevaba la maleta de Pete, sin importarle que Pete la quisiera llevar o no. No amanecía aún, no amaneció siquiera cuando llevábamos un rato en la carretera, al lado del buzón. Vimos entonces los faros del autobús que se acercaba y miré el autobús hasta que llegó a donde estábamos y Pete le hizo una señal, y entonces desde luego que había empezado a clarear, amaneció mientras yo no estaba pendiente. Y entonces Pete y yo contamos con que papá dijera alguna bobada, como ya dijo antes, lo de que el tío Marsh salió herido de Francia y lo de aquel viaje a Texas que hizo papá en 1918, y que tendría que haber sido suficiente para salvar a los Estados Unidos en 1942, pero no fue así. Lo hizo muy bien.
      —Adiós, hijo mío —dijo—. Nunca te olvides de lo que dijo tu madre, y escríbele cuando tengas tiempo.
      Estrechó a Pete la mano y Pete me miró unos momentos y me plantó la mano en la cabeza y me restregó el pelo tan fuerte que por poco me arranca la cabeza de cuajo y subió de un salto al autobús, y el tipo que iba en el autobús cerró la puerta y el autobús empezó a zumbar primero, a bambolearse después, zumbando y rechinando y chirriando cada vez más fuerte; cogió velocidad, las dos lucecitas rojas de detrás que nunca parecía que se fueran a empequeñecer más, que parecían correr juntas hasta que muy pronto se tocasen y fueran una sola luz. Pero no se llegaron a juntar, y desapareció el autobús y allí mismo podría haberme echado a llorar, a pesar de que ya tenía casi nueve años y todo.
      Papá y yo volvimos a casa. Todo el día lo pasamos faenando en el tocón, cortando leña, así que nunca tuve ocasión hasta mediada la tarde. Entonces cogí el tirachinas y me hubiera gustado coger todos los huevos de la colección, porque Pete me había regalado la suya y me ayudó a reunir la mía, y le gustaba sacar la caja y mirarlos todos tanto como a mí, por más que casi tuviera veinte años. Pero la caja era demasiado grande para llevársela durante un trecho largo y encima andar preocupado por ella, así que sólo me llevé el huevo de garza azul, porque era el mejor de todos, y lo envolví muy bien dentro de una caja de cerillas y la escondí con el tirachinas en un rincón del granero. Luego cenamos y nos fuimos a la cama, y entonces me paré a pensar en que si tenía que quedarme en aquella habitación y en aquella cama, así fuese una sola noche más, no habría sabido cómo. Luego oí roncar a papá, pero a mamá no le oí hacer ningún ruido, tanto si dormía como si no, y no me pareció que durmiese. Así que tomé mis zapatos y los saqué por la ventana y luego salté como vi hacer a Pete más de una vez, cuando aún tenía sólo diecisiete y papá decía que era demasiado joven para andar toda la noche rondando a las chicas, y no le dejaba salir, y me calcé los zapatos y fui al granero y recogí el tirachinas y el huevo de garza azul y me eché a la carretera.
      Frío no hacía, pero la noche estaba más negra que nunca, y aquella carretera se extendía delante de mí como si al no usarla nadie se fuese a estirar hasta ser el doble de larga, como se estira uno al tumbarse, así que durante un buen rato pareció que cuando saliera el sol a mi espalda me iba a pillar mucho antes de haber recorrido las veintidós millas que me quedaban hasta Jefferson. Pero no fue así. Asomaba el amanecer cuando subía por la cuesta a la ciudad. Me llegó el olor de los desayunos que se cocinaban en las cabañas y ojalá, me dije, se me hubiera ocurrido llevarme una galleta, pero para eso ya era tarde. Y Pete me había dicho que hasta Memphis quedaba un buen trecho después de pasar Jefferson, aunque nunca supe que era tanto, pues eran ochenta millas. Allí me quedé en una plaza desierta, a la vez que amanecía y las farolas de la calle aún estaban encendidas, con uno de la Ley que me miraba y aún ochenta millas por delante hasta llegar a Memphis, y me había costado toda la noche andar sólo las veintidós millas hasta Jefferson, así que cuando llegara a Memphis a ese paso Pete ya se habría marchado a Pearl Harbor.
      —¿Tú de dónde vienes? —me dijo el de la Ley.
      Y se lo tuve que decir otra vez.
      —He de llegar a Memphis. Allí está mi hermano.
      —¿Quieres decir que no tienes familia aquí? —dijo el de la Ley—. ¿Nada más que tienes a ese hermano? ¿Y qué estás haciendo tú tan lejos si tu hermano está en Memphis?
      Y se lo tuve que decir otra vez.
      —He de llegar a Memphis. No tengo tiempo que perder en chácharas y no tengo tiempo para ir andando. He de llegar hoy mismo.
      —Ven para acá —dijo el de la Ley.
      Fuimos por otra calle. Y allí estaba el autobús, igualito al que tomó Pete ayer por la mañana, sólo que no tenía ningún faro encendido y no había nadie dentro. Había una estación de autobuses normal y corriente, como la estación del tren, con una ventanilla donde vendían los billetes.
      —Tú siéntate ahí —dijo el de la Ley, así que me senté en el banco—. Necesito usar el teléfono —dijo, y habló por teléfono un minuto—. No lo pierda de vista —le dijo al tipo que estaba en la ventanilla—. Volveré en cuanto la señora Habersham se pueda levantar y esté arreglada para salir a la calle.
      Y se fue. Yo fui a la ventanilla en que se vendían los billetes.
      —Quiero ir a Memphis —dije.
      —Cómo no —dijo el tipo—. Pero ahora te sientas en ese banco. El señor Foote volverá enseguidita.
      —No conozco yo a ningún señor Foote —dije—. Lo que quiero es tomar el autobús a Memphis.
      —¿Y tienes dinero? —dijo—. Te lo digo porque te va a costar setenta y dos centavos.
      Saqué la caja de cerillas y desenvolví el huevo de garza azul.
      —Se lo cambio por un billete a Memphis —dije.
      —¿Qué es eso? —dijo el tipo.
      —Es un huevo de garza azul —dije—. ¿Nunca ha visto uno? Vale por lo menos un dólar, pero me conformo con setenta y dos centavos.
      —No —dijo—, los dueños del autobús insisten en que se pague a tocateja. Si empezara yo a cambiar billetes de autobús por huevos de colorines o por animales vivos y demás, me despedirían seguro. Anda, ve a sentarte en ese banco, como dijo el señor Foote.
      Me dirigí hacia la puerta, pero me alcanzó: puso una mano en el mostrador de la ventanilla y lo salvó de un salto y me atrapó y estiró la mano para sujetarme por la camisa. Saqué mi navaja de bolsillo y la abrí.
      —Como me ponga una mano encima se la corto —dije.
      Hice un amago para darle esquinazo y salir corriendo por la puerta, pero él se movió más deprisa que ningún otro hombre adulto que haya visto yo, casi tan deprisa como Pete. Me cortó el paso y se plantó de espaldas a la puerta y con un pie un poco levantado, y no había otra manera de salir.
      —Vuelve a sentarte en ese banco y quédate quieto —dijo.
      Y no había otra manera de salir. Y se quedó plantado de espaldas a la puerta. Así que me volví al banco. Y entonces me pareció que la estación estaba llena de gente. Allí estaba otra vez el de la Ley, y dos señoras con abrigos de pieles y las caras ya pintadas. Pero aún parecía que se hubiesen levantado deprisa y corriendo y que no les había hecho ninguna gracia, una vieja y una joven que me miraban sin quitarme los ojos de encima.
      —¡Si ni siquiera lleva un abrigo! —dijo la vieja—. ¿Cómo es posible que haya llegado aquí él solito?
      —Eso me pregunto yo —dijo el de la Ley—. No he podido sacarle nada en claro, quitando que su hermano está en Memphis y que quiere llegar allá.
      —Eso es —dije—. He de llegar a Memphis hoy mismo.
      —Claro que sí —dijo la vieja—. ¿Y estás seguro de que sabrás encontrar a tu hermano cuando llegues a Memphis?
      —Pues digo yo que sí —dije—. No tengo más que uno, y lo conozco de toda la vida. Supongo que lo sabré reconocer cuando lo vea.
      La vieja me miró de hito en hito.
      —No sé por qué, pero me da que éste no vive en Memphis —dijo.
      —Es probable que no —dijo el de la Ley—. Pero eso no hay quien lo sepa de seguro. Podría vivir en cualquier parte, con ese pantalón de peto que lleva. En esta época y a esta hora estos niños se esparcen por todos lados con la esperanza de encontrar un desayuno gratis, lo mismo da que sean chicos o chicas. Se largan casi antes de aprender a andar del todo bien. Y, por lo que se sabe, éste ayer mismo podría haber estado en Missouri o en Texas. En cambio, no parece que tenga dudas de que su hermano está en Memphis. A mí lo único que se me ocurre es mandarlo allá y que lo busque como pueda.
      —Pues sí —dijo la vieja.
      La joven se acomodó en el banco, a mi lado, y abrió el bolso de mano y sacó una pluma artemática y unos papeles.
      —Mira, guapo —dijo la vieja—, vamos a ocuparnos nosotras de que encuentres a tu hermano, pero antes nos hace falta la historia del caso para nuestros archivos. Queremos que nos digas cómo te llamas y cómo se llama tu hermano y dónde has nacido y cuándo murieron tus padres.
      —A mí no me hace ninguna falta la historia del caso —dije—. Yo sólo quiero llegar a Memphis. He de llegar hoy.
      —¿Lo ven? —dijo el de la Ley, y lo dijo casi como si lo disfrutara—. Es justo lo que les dije.
      —Por cierto que ha tenido suerte, señora Habersham —dijo el tipo de los autobuses—. No creo que lleve una pistola encima, pero saca la navaja y la abre como un jod… quiero decir que la saca y la abre muy deprisa, eso es.
      Pero la vieja siguió allí plantada, mirándome.
      —En fin —dijo—. La verdad es que no sé qué hacer.
      —Yo sí —dijo el de los autobuses—. Le voy a pagar el billete de mi bolsillo; es una medida para proteger a esta compañía de un posible motín y de todo derramamiento de sangre. Y cuando el señor Foote lo comunique en el ayuntamiento, se tomará por un asunto cívico y no sólo me han de reembolsar el gasto, sino que además me pondrán una medalla. ¿No le parece, señor Foote?
      Pero nadie le prestó la menor atención. La vieja seguía mirándome como si nada.
      —En fin —volvió a decir. Y sacó un dólar del bolso y se lo dio al tipo de los autobuses.
      —Supongo que viaja con billete infantil, ¿no?
      —Verá, señora… —dijo el de los autobuses—. La verdad es que no sé qué dice el reglamento. Lo más probable es que me despidan por no haberlo embalado y por no haber indicado en el embalaje que contiene veneno. Pero estoy dispuesto a correr el riesgo.
      Entonces se marcharon y el de la Ley volvió con un bocadillo para mí.
      —¿Estás seguro de que sabrás encontrar a ese hermano tuyo? —preguntó.
      —Todavía no veo por qué no lo iba a encontrar —dije—. Si no veo yo a Pete, seguro que él me verá a mí. Él también me conoce.
      Entonces el de la Ley se marchó de una vez por todas y me zampé el bocadillo. Empezó a llegar más gente, viajeros que compraron sus billetes, y el tipo de los autobuses dijo entonces que era hora de arrancar, así que monté en el autobús igual que había hecho Pete, y así nos marchamos.
      He visto todos los pueblos, los he visto todos. Cuando el autobús fue cogiendo velocidad, descubrí que estaba derrengado, muerto de sueño. Pero había muchas cosas que nunca había visto. Salimos de Jefferson y pasamos por campos y bosques y entramos en otro pueblo y salimos de él y volvimos a pasar por campos y bosques, y entramos en otro pueblo en donde había almacenes y desmotadoras de algodón y depósitos de agua, y recorrimos un buen trecho junto a las vías del tren y vi moverse el brazo de las señales para avisar al maquinista, y luego vi el tren y vi más pueblos, y a punto estaba de caerme rendido de sueño, pero no me quise arriesgar. Y al cabo empezó Memphis. A mí me pareció que Memphis durase muchas millas seguidas. Pasamos por un trecho de tiendas y pensé que sin duda tenía que ser allí y me pregunté si el autobús no iba a parar. Pero aquello no era todavía Memphis, y aún habíamos de pasar por más depósitos de agua y por chimeneas y fábricas, y si hubo desmotadoras de algodón y serrerías nunca supe yo que fueran tantas y nunca las vi tan grandes, y tampoco se me alcanza a saber de dónde sacarán tanto algodón y tantos troncos para que unas y otras funcionen sin parar.
       Entonces veo Memphis. Esta vez supe que no me podía equivocar. Estaba elevada en el aire. Parecía una docena de veces mayor que Jefferson, que está pegada a la linde de los campos, y estaba elevada en el aire, más alta que todos los cerros que hay en el condado de Yoknapatawpha. Llegamos entonces, el autobús se paraba a cada tanto, o me lo pareció, y los coches lo adelantaban por un costado y por el otro, y la calle estaba ese día llena de gente por todas partes, tanto que pensé hasta que no podía quedar ni un alma en Mississippi, ni siquiera para venderme un billete de autobús, ni menos aún para ponerse a escribir la historia de un caso.
      Entonces se paró el autobús. Era otra estación de autobuses, sólo que mucho mayor que la de Jefferson.
      —Vale —dije—. ¿Dónde se alista uno en el ejército?
      —¿Cómo? —dijo el tipo del autobús.
      Y se lo dije otra vez.
      —¿Dónde se alista uno en el ejército?
      —Ah —dijo. Y me explicó cómo llegar. Al principio me dio miedo no enterarme de lo que tenía que hacer en una ciudad tan grande como Memphis. Pero me enteré a la primera. Sólo tuve que volver a preguntar dos veces. Entonces llegué, y me alegré un montón al no verme más en medio de los coches que pasaban a todo trapo y de la gente que empujaba por la calle y de todo ese follón y ahorrármelo un buen rato, y pensé que mucho ya no podía faltar, y pensé que si allí había un montón de gente que ya se había alistado en el ejército, era casi seguro que Pete me vería antes de que lo viera yo. Y así entré en una sala. Y Pete no estaba allí.
      Allí no estaba. Había un soldado que tenía una flecha grande en la manga, un soldado que estaba escribiendo, y dos tipos delante de él, y allí había más tipos, o a mí me lo pareció. Me parece recordar que allí había bastantes más tipos.
      Me acerqué a la mesa en la que estaba escribiendo el soldado.
      —¿Dónde está Pete? —le dije, y él me miró—. Mi hermano —le dije—. Pete Grier. ¿Dónde está?
      —¿Cómo? —dijo el soldado—. ¿Quién dices?
      Y se lo volví a contar.
      —Ayer mismito se alistó en el ejército. Se marcha a Pearl Harbor. Y yo también. Lo que quiero es dar con él. ¿Dónde lo han metido, si se puede saber? —todos me estaban mirando, pero a mí me dio lo mismo—. Vamos, hombre —dije—. ¿Dónde está?
      El soldado había dejado de escribir. Había apoyado las dos manos sobre la mesa.
      —Ah, ya —dijo—. Tú también vas, ¿eh?
      —Sí —dije—. Allí habrá que llevar leña y agua. Yo me encargo de cortar la leña y de llevar el agua. Vamos, ¿dónde está Pete?
      El soldado se puso en pie.
      —¿A ti quién te ha dejado entrar aquí? —dijo—. Anda, lárgate.
      —Y una mierda —dije—. He dicho que me digas dónde está Pete…
      A mí que me cuelguen si no se movió aún más deprisa que el tipo del autobús. No saltó por encima de la mesa, sino que le dio la vuelta, pero estaba encima de mí casi antes de que me diera cuenta, así que tiempo tuve de echarme atrás y sacar la navaja de bolsillo y abrirla de un golpe y tirarle un tajo, y él dio un alarido y retrocedió de un salto y se sujetó una mano con la otra y se quedó soltando maldiciones y alaridos.
      Uno de los otros tipos que estaban allí me sujetó por la espalda, y le tiré un tajo con la navaja, pero no lo pude alcanzar. Luego eran dos los que me sujetaban por la espalda, y otro soldado apareció por una puerta. Llevaba un cinto con una correa por el hombro.
      —¿Qué demonios está pasando aquí? —dijo.
      —¡Este pequeño hijo de la gran me ha soltado un navajazo! —gritó el primer soldado.
      Cuando lo dijo, intenté irme otra vez a por él, pero me sujetaban otros dos por la espalda, dos contra uno, y el soldado con la correa al hombro me habló entonces.
      —Calma, calma. Deja en paz esa navaja, chaval. Aquí ninguno vamos armados. Y un hombre hecho y derecho no se lía a navajazos con hombres que van sin armas —sólo entonces empecé a oír lo que me decía. Hablaba igualito que cuando me hablaba Pete—. Soltadle —dijo. Me soltaron—. Y ahora… ¿se puede saber a qué viene todo esto? —y se lo conté—. Ya entiendo —dijo—. Y tú has venido a ver si estaba bien antes de marcharse.
      —No —dije—. He venido a…
      Pero él ya se había vuelto al primer soldado, que se estaba envolviendo la mano con un pañuelo.
      —¿Lo tienes? —dijo. El primer soldado volvió a la mesa y miró unos papeles.
      —Aquí está —dijo—. Se alistó ayer mismito. Está destinado a un destacamento que esta mañana sale para Little Rock —llevaba un reloj de correa en la muñeca. Lo miró—. El tren sale dentro de cincuenta minutos. Si no conozco mal a los chicos del campo, me apuesto cualquier cosa a que ahora están ya todos en la estación.
      —Que lo traigan aquí —dijo el de la correa al hombro—. Llamad por teléfono a la estación. Que el mozo de turno le busque un taxi. Y tú ven conmigo —dijo.
      Pasamos a otro despacho detrás del primero, con una mesa y unas sillas. Allí nos sentamos mientras el soldado fumaba, pero no fue mucho rato; supe que eran los pasos de Pete nada más oírlos. Entonces el primer soldado abrió la puerta y entró Pete. No se había puesto ninguna ropa de soldado. Tenía la misma pinta que cuando montó en el autobús el día anterior, sólo que a mí me pareció que hubiera pasado por lo menos una semana entera, porque habían pasado muchas cosas, y era mucho lo que había viajado yo. Entró en el despacho y allí se quedó mirándome como si no se hubiese marchado de casa, sólo que estaba allí y aquello era Memphis y ya estaba en camino a Pearl Harbor.
      —¿Qué carajo estás haciendo aquí? —dijo.
      Y se lo dije.
      —Tendréis que llevar leña y agua para hacer la comida, digo yo. Yo me encargo de cortar leña y de llevaros agua a todos.
      —No —dijo Pete—. Tú ya te estás volviendo a casa.
      —No, Pete —le dije—. Yo también tengo que ir. Es que tengo que ir. Se me parte el corazón, Pete.
      —No —dijo Pete. Miró al soldado—. Ni hablar. Teniente, no entiendo qué le puede haber pasado —dijo—. Nunca había sacado la navaja delante de nadie, nunca en su vida —me miró—. ¿Se puede saber para qué lo has hecho?
      —No lo sé —dije—. Tuve que hacerlo. Tenía que llegar aquí como fuera. Tenía que encontrarte.
      —Bien, pues que no se te ocurra hacerlo nunca más, ¿me oyes? —dijo Pete—. Te guardas la navaja en el bolsillo y la dejas bien guardada. Como me entere de que la sacas alguna vez contra alguien, vuelvo de dondequiera que esté y te quito las ganas de sacarla a sopapos. ¿Me has oído?
      —Le cortaría el pescuezo a quien fuese si así pudiera lograr que volvieras y te quedaras —dije—. Pete —dije—. Pete…
      —No —dijo Pete. No lo dijo con dureza en la voz, no lo dijo deprisa; casi lo dijo en voz baja, y entonces sí supe que nunca le haría cambiar—. Tienes que volver a casa. Tienes que cuidar de mamá, y también cuento contigo para que me cuides mis diez acres de terreno. Quiero que vuelvas a casa y que vuelvas hoy mismo. ¿Me has oído?
      —Te he oído —dije.
      —¿Podrá volver a casa por sus propios medios? —dijo el soldado.
      —Ha venido por sus propios medios —dijo Pete.
      —Digo yo que sí podré volver —dije—. No vivo más que en una casa, y no creo que me la hayan cambiado de sitio.
      Pete sacó un dólar del bolsillo y me lo dio.
      —Con eso te puedes pagar el billete del autobús que te dejará delante del buzón de casa —dijo—. Quiero que hagas caso de lo que te diga el teniente. Él se encarga de mandarte al autobús. Y tú te vuelves derechito a casa y te ocupas de cuidar a mamá y de cuidarme mis diez acres de tierra, y todo con la dichosa navaja bien guardadita en el bolsillo. ¿Me has oído?
      —Sí, Pete —dije.
      —De acuerdo —dijo Pete—. Ahora me tengo que marchar.
      Otra vez me puso la mano en la cabeza, aunque esta vez no estuvo a punto de arrancármela de cuajo. Sólo dejó la mano encima de mi cabeza durante un minuto. Y a mí que me cuelguen si no se agachó a darme un beso, y luego oí sus pasos y oí la puerta sin levantar nunca los ojos, y eso fue todo, allí me quedé sentado, frotándome el sitio en que Pete me dio un beso, y el soldado apartó la silla de la mesa y se levantó a mirar por la ventana y tosió. Se metió la mano en el bolsillo y me dio algo sin darse la vuelta a mirarme. Era un trozo de chicle.
      —Muy agradecido —dije—. En fin, pues digo yo que ya va siendo hora de volver. Me queda un trecho largo.
      —Espera —dijo el soldado. Volvió entonces a llamar por teléfono y le dije otra vez que más me valía ponerme en camino—. Espera. No te olvides de lo que te ha dicho Pete.
      Así que esperamos, y entonces vino otra señora, otra señora también vieja, y también con abrigo de pieles, aunque tenía muy buen olor y no sacó ninguna pluma artemática ni dijo nada de la historia del caso. Cuando entró en el despacho se puso en pie el soldado, y ella miró en derredor hasta que me vio, y vino a ponerme la mano sobre el hombro con la misma ligereza y suavidad con que lo hubiera hecho mamá.
      —Vamos —dijo—. Vámonos a casa a comer algo.
      —No, ni hablar —le dije—. Tengo que coger el autobús a Jefferson.
      —Ya lo sé, pero tenemos tiempo de sobra. Primero iremos a casa a comer algo.
      La señora tenía un coche. Y en un visto y no visto estuvimos en medio de todos los demás coches. Estuvimos casi debajo de los autobuses, y todo el gentío que andaba por las calles se acercó tanto que podría haberme puesto a hablar con cualquiera si hubiese sabido quiénes eran. Al cabo de un rato la señora paró el coche.
      —Ya estamos —dijo, y miré aquello, y si todo aquello era su casa, muy grande tenía que ser su familia. Pero no todo era su casa. Pasamos por un vestíbulo en el que había árboles plantados y entramos en un cuartito donde no había más que un negro que llevaba un uniforme mucho más abrillantado que los de los soldados, y el negro cerró la puerta y yo di un alarido.
      —¡Cuidado! —y me agarré, pero allí no pasaba nada; todo el cuartito no hacía más que subir a toda caña, y luego se abrió la puerta y salimos a otro vestíbulo y la señora abrió una puerta con llave y entramos y allí había otro soldado, un tipo ya mayor, también con una correa al hombro, y con un pájaro del color de la plata en cada hombro.
      —Ya estamos —dijo la señora—. Te presento al coronel McKellogg. Bueno. ¿Qué quieres para comer?
      —Pues yo creo que me conformo con unos huevos con jamón y un poco de café —dije.
      Ella ya había cogido el teléfono, pero se quedó quieta de pronto.
      —¿Café? —dijo—. ¿Desde cuándo has empezado tú a tomar café?
      —Pues no lo sé —dije—. Supongo que fue antes de que me alcance la memoria.
      —Tú tienes unos ocho años, ¿no? —dijo.
      —Qué va —dije—. Tengo ocho y diez meses. Para once meses.
      Entonces llamó por teléfono. Allí nos sentamos y les conté que Pete se había marchado aquella misma mañana a Pearl Harbor, y que yo había hecho todo lo posible por ir con él, pero que tenía que volverme a casa para cuidar de mamá y atender los diez acres de tierra que tenía Pete, y la señora contó que tenían un hijo más o menos como yo, pero que estaba en un colegio en la Costa Este. Entonces apareció un negro distinto del de antes, con una especie de chaqué de faldón corto, empujando una especie de carrito. En el carrito estaban mis huevos con jamón y un vaso de leche y un trozo de tarta, y me pareció que tenía hambre, pero nada más probar el primer bocado me di cuenta de que no podía tragar, así que me levanté muy rápido.
      —Me tengo que marchar —dije.
      —Espera —dijo ella.
      —Me tengo que marchar —dije.
      —Sólo un momento —dijo—. Ya he llamado para pedir un coche. No tardará nada. ¿No te puedes tomar la leche al menos? ¿O es que prefieres el café?
      —Ni hablar —dije—. Es que no tengo hambre. Ya comeré algo cuando llegue a casa.
      Entonces sonó el teléfono, pero ella ni lo cogió.
      —Ya está —dijo—. Ha llegado el coche.
      Y volvimos abajo en el cuartito que se movía con el negro todo uniformado. Esta vez era un coche grande que conducía un soldado. Yo me senté delante, con él. Ella le dio un dólar al soldado.
      —A lo mejor le entra el hambre —dijo la señora—. Intente encontrarle un buen sitio.
      —Entendido, señora McKellogg —dijo el soldado.
      Y nos marchamos otra vez. Y entonces vi muy bien todo Memphis, que brillaba con la luz del sol, mientras dábamos vueltas por la ciudad. Y sin tiempo para darme cuenta del todo volvimos a estar en la misma carretera por la que había rodado el autobús aquella mañana, los trechos con tiendas, almacenes, las grandes desmotadoras y las serrerías, y Memphis se extendía a lo largo de millas y más millas, o a mí me lo pareció, antes de que empezara a terminarse. Entonces viajamos entre los campos y los bosques, el coche a más velocidad, y quitando aquel soldado fue como si nunca hubiera ido de veras a Memphis. Íbamos muy deprisa. A ese paso, antes de que me diera cuenta íbamos a llegar a casa, y pensé en cómo llegaría a Frenchman’s Bend en un cochazo enorme, con un soldado al volante, y de repente me eché a llorar. Ni cuenta me di de que me iba a pasar, y tampoco lo pude impedir. Seguí sentado junto al soldado, llorando. Íbamos muy deprisa.



Notas de la traducción:
[1]

[2] William Tecumseh Sherman emprendió una devastadora «marcha hacia el mar», desde la vencida y arrasada Alabama, hasta Savannah, en noviembre y diciembre de 1864. Unos sesenta mil soldados de la Unión destruyeron cuantas provisiones y líneas de abastecimiento de los confederados pudieron encontrar, entre todo ello tierras y casas de civiles. La destrucción fue pavorosa en una franja de sesenta millas de ancho por doscientas cincuenta de longitud.

[3] Las «familias en la sombra» eran descendientes mestizos de los blancos de la ciudad, o bien descendientes de los esclavos libertos que habían tomado los apellidos de sus antiguos amos.

[4] En la década de 1910, y en los años veinte, la Firestone Tire Company anunciaba sus productos con una imagen ampliada de un neumático, dentro de la cual otras fotografías anunciaban las excelencias del producto.

[5] Se trata de la más famosa de las carreras que disputaron dos barcos de vapor en el Mississippi. Se disputó entre Nueva Orleáns, de donde salieron los barcos el 20 de junio de 1870, y St. Louis. Despertó gran interés en la prensa de la época y se cruzaron cuantiosas apuestas. Ganó de largo el Lee, cuyo capitán despojó el barco de todo lo que no fuera indispensable para ir menos cargado.

[6] Bahía de perla, entiende el pequeño de los hermanos Grier al oír por la radio la noticia del ataque japonés contra la base naval de Pearl Harbor, en la isla de Oahu, Hawai, el domingo 7 de diciembre de 1941. Es el acontecimiento que provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El narrador del cuento, como el del que lo sigue en esta primera sección, es un chiquillo típico del medio rural, un «tipo al que admiro —dice Faulkner— no sólo por ser un chiquillo… sino por ser un auténtico americano y un individuo independiente y valeroso, de buen fondo y buen corazón»; lo aclara en una carta a su agente, Harold Ober, que en mayo de 1944 comunicó a Faulkner que una emisora de radio estaba deseosa de hacer una adaptación radiofónica (Selected Letters, p. 184). En otra de sus cartas añade la aclaración de que es «una especie de Huck Finn» (Ibíd., p. 123).


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