William Faulkner
(1897-1962)


Peón porcino
(“Hog Pawn”)
Originalmente publicado como el capítulo 14 de la novela The Mansion (1959);
finalmente publicado individualmente en Uncollected Stories (1979), Joseph Blotner, editor



      El viejo Otis Meadowfill era tan mezquino que hasta lograba ser solvente pese a lo exiguo de sus ingresos.
       Tenía, sin necesidad de trabajar, la renta justa para mantenerse a sí mismo y a la esclava gris de su mujer y a su hija única, y ni un solo dólar más que alguien pudiera pedirle prestado u obtener de él como contrapartida de una venta. En consecuencia, podía dedicarse plenamente a la tarea de alcanzar y mantener en nuestra ciudad la más alta e indiscutida reputación de antipatía.
       La hija era una chica tranquila y recatada a quien, incluso después de mirar dos veces, seguíamos considerando simple y tímida, por la sencilla razón de que así debería de haber sido la hija de tal familia. Y fue entonces cuando supimos que al finalizar los estudios secundarios había sido ella quien dijo el discurso de fin de curso de su clase, y que había obtenido las notas más altas —amén de una beca de quinientos dólares— jamás alcanzadas en la escuela.
       Sólo que ella no aceptó la beca.
       Se trataba de la donación anual de uno de nuestros banqueros en memoria de su único hijo, piloto del ejército, muerto en una de las primeras batallas del Pacífico. Cuando Essie Meadwfill ganó tal beca, fue a ver personalmente al banquero benefactor (era aquel mismo ratón tímido, con aspecto apenas capaz de mirarnos a la cara para darnos los buenos días en la calle) y le dijo que no necesitaba la beca, ya que había conseguido un empleo en la compañía telefónica, pero que quería tomar prestados los quinientos dólares, o sólo parte de ellos, y que los pagaría poco a poco de su sueldo en cuanto comenzara a trabajar. Y explicó por qué. Nosotros (al fin y al cabo sus vecinos) sabíamos que en su pequeña casa de madera de la linde de la ciudad no tenían cuarto de baño.
       Pero fue entonces cuando supimos que en ella se bañaban sólo en el sentido más rudimentario del término: que una vez a la semana, el sábado por la noche, en invierno o en verano, la madre calentaba agua en el hornillo y llenaba una tina de cinc puesta en el suelo y colocada en el centro de la habitación, y allí, en la misma agua, se bañaban los tres uno tras otro: primero el padre, luego la hija y por último la madre.
       La primera reacción del banquero fue no sólo de escándalo, sino también de ira. Iría él mismo a ver al viejo Meadowfill. No, aún mejor: mandaría a la policía, a una especie de delegación pública que pregonase la falta elemental de decencia del viejo cascarrabias. Para no hablar de vergüenza. Pero América —y Mississippi y Jefferson— era un país libre; un padre tenía derecho a agraviar a las mujeres de su familia siempre que lo hiciera en privado y no alzara la mano física contra ellas. No había ni que mencionar la intimidad de la chica (según contó el banquero, Essie se puso a llorar cuando llegó a aquel punto; probablemente las primeras lágrimas que había derramado desde la niñez) debía de tener. Entonces el banquero trató de que aceptase tanto la beca como el préstamo. Pero ella se negó; existía en ella al menos la propia estima de solvencia que el viejo réprobo le había transmitido.
       Aceptó sólo el préstamo, y obtuvo asimismo la promesa de discreción del banquero. Y no es que él contara nunca lo de la tina de agua de tercera mano; fue como si la simple instalación del baño con sus cañerías hubiera absuelto del deber de mantener quieta la lengua a los vecinos de una ciudad tan pequeña como Jefferson, donde ni los hábitos de baño podían permanecer en secreto indefinidamente.
       Así que la chica obtuvo su baño y su empleo. Un buen empleo; podía ya en verdad llevar bien alta la cabeza cada mañana —la chica tranquila a quien seguimos considerando pusilánime y tímida hasta aquel día del año pasado en que el recién licenciado sargento de marina de Corea iba a mostrarnos de pronto cuán equivocados estábamos—, al caminar por la calle en dirección a la plaza y la central telefónica, y cada tarde, al volver por la misma calle cargada de las compras en almacenes y tiendas de alimentación.
       Atrás quedaba el tiempo en que el viejo Meadowfill hacía él mismo todas las compras, regateando el precio de alimentos de desecho en sórdidas tienduchas de calles secundarias que proveían sobre todo a negros. Ahora era ella quien las hacía, no porque estuviera ganando dinero sino porque, dado que trabajaba y que sin duda iba a conservar su empleo el tiempo que deseara, el viejo Meadowfill se retiró y se hundió en una silla de ruedas (de segunda mano, naturalmente). No es que tuviera dolencia alguna; como se decía en la ciudad, era demasiado tacaño para que los gérmenes lo habitaran y pudieran vivir, para no hablar de multiplicarse. No consultó a médico alguno: simplemente esperó hasta la mañana siguiente que siguió al óbito, y fue y compró la silla a la familia de la vieja señora paralítica que la había ocupado durante años, y lo hizo antes incluso de que el entierro hubiera partido de la casa, y empujó la silla calle abajo hasta su hogar, y, después de acomodarse en ella, se retiró. Al principio no absolutamente; podíamos aún verle en su patio, gruñendo y maldiciendo a los chiquillos que solían jugar haciendo incursiones en los tristes y desatendidos árboles frutales que bordeaban su huerto, o arrojando piedras (tenía un montón de ellas en las manos) a todo perro perdido que atravesara su tierra. Pero no volvió a salir ya nunca de su finca; y al poco pareció retirarse permanentemente a la silla de ruedas, y se sentaba en ella, como si fuera una mecedora frente a la ventana, y miraba el huerto que no trabajaba ya, y los escuálidos frutales que, por tacañería o tal vez por simple obstinación, no había cuidado ni fumigado jamás lo suficiente como para poder recoger unos frutos dignos de venderse.
       El trabajo de Essie no era sólo un buen trabajo: cada día era mejor. Empezamos a preguntarnos por qué la chica no dejaba aquella casa, llevándose incluso a su madre consigo y liberándose ambas de aquel viejo infamante, hasta que caímos en la cuenta de que era la madre la que no quería irse.
       Ante ello, tuvimos que admitir que, moralmente, la actitud de la madre era correcta; a causa de la silla de ruedas, no le quedaba otra alternativa.
       Sin embargo, tío Gavin decía que se trataba de algo más. No es que su esposa lo amara todavía; era imposible que así fuera. Era simple fidelidad, virtud que con el mero hábito se había transformado en vicio, pues según el tío Gavin, todas las virtudes humanas se convierten en vicios con el hábito —no sólo las virtudes de la lealtad y el honor y la devoción y la continencia—, sino también los placeres otorgados por Dios del vino y la comida y el sexo y la excitación adrenalínica del riesgo, en que se convierte el juego por dinero.
       —Además —decía—, es mucho más sencillo que eso. No tienen necesidad alguna de mudarse. Todo lo que tienen que hacer es contratarle un seguro de vida y envenenarle. A nadie le importaría; ni siquiera a la compañía de seguros, una vez que el inspector viniera y se enterara de las circunstancias.
       En definitiva, no hicieron ninguna de ambas cosas: ni envenenarle ni mudarse. El viejo continuaba sus inútiles e infamantes días en la silla de ruedas, frente a la ventana, mientras la gris y vencida esposa le servía y era verbalmente hostigada y zaherida cuando el viejo se aburría de la vista, y la hija no sólo ganaba el dinero que lo mantenía sino que cargaba hasta casa con la bolsa de la compra. Y para qué hablar del cuarto de baño. El viejo empezó a usarlo inmediatamente, en cuanto fue instalado, y a veces tomaba dos y tres baños al día. Tras retirarse a la silla de ruedas, empero, volvió a la vieja costumbre de un baño por la semana, y los días restantes se limitaba a impulsarse y rodar hasta el interior del cuarto de baño, y allí, completamente vestido y sentado en su silla, contemplaba cómo el agua entraba en la bañera y salía por el desagüe.
       Entonces, aproximadamente hace un año, cualquiera que fueran los mezquinos dioses que preservaban y alimentaban tal existencia, el viejo llegó a recibir de ellos hasta un estímulo para seguir viviendo. Al finalizar la guerra, el progreso llegó también a Jefferson. El camino suburbial y apenas transitado que lindaba con la tierra de Meadowfill se convirtió en punto de confluencia de una carretera nacional, es decir, se convertiría propiamente en tal en cuanto la compañía petrolífera consiguiera persuadir al viejo Meadowfill de que vendiera el huerto, el cual, unido a una franja de la finca contigua, daría lugar al emplazamiento de la proyectada estación de servicio. El viejo se negó a vender, no por simple obstinación esta vez, sino porque legalmente no podía hacerlo. Durante los primeros días del segundo Roosevelt, Meadowfill, como es natural, se había contado entre los primeros en solicitar ayuda benéfica y había comprobado con asombro ultrajado e incrédulo que un gobierno federal burocrático y melindroso se negaba absolutamente a permitirle ser pobre y propietario al mismo tiempo. Así que fue a ver a tío Gavin, y eligió a tío Gavin entre todos los abogados de Jefferson por la sencilla razón de que él, Meadowfill, sabía que en cuestión de cinco minutos tendría a tío Gavin tan furioso que, muy probablemente, iba a negarse a cobrarle minuta alguna por redactar una escritura según la cual el viejo transfería todas sus propiedades a la niña (entonces menor legalmente).
       Meadowfill se equivocó únicamente en la estimación del tiempo, pues tío Gavin tardó tan sólo dos minutos en alcanzar tal grado de encendida furia que en un abrir y cerrar de ojos se encontró en el sótano de los archivos públicos, donde, al copiar la escritura original de Meadowfill para redactar la nueva, descubrió la cláusula condicional, según la cual, y en relación con la franja extrema del huerto del viejo Meadowfill, se transmitió a éste tan sólo tanta legitimidad del derecho sobre la misma cuanta acreditara el vendedor que le vendía el huerto. Así que, por espacio de un instante, tío Gavin pensó que el verdadero motivo de Meadowfill fuera quizá la idea ilusoria de que la ley pudiera hacer bueno para una menor aquel derecho que el propio Meadowfill jamás había podido demostrar.
       Pero al pensar en ello de nuevo cayó en la cuenta de que, para Meadowfill, bien podría bastar como motivo uno o dos sacos de harina gratis y una tajada de carne de la beneficencia federal. Así que al menos tío Gavin no recibió la mayor sorpresa (ahora caía en la cuenta) que la del propio viejo Meadowfill cuando apareció la otra persona que reclamaba la franja sin acreditación de propiedad.
       Su nombre era Snopes, si bien, en cierto modo, era otro Meadowfill, con la sola diferencia de que de hecho era soltero. Es decir, venía solo cuando llegó del campo a la ciudad, donde compró un trozo de lo que en tiempos, antes de la guerra, había sido la hacienda de una de nuestras bellas casas coloniales, una pequeña y apartada parcela, anexa a la franja en litigio de Meadowfill y que contenía por tanto la franja adicional que la compañía petrolífera quería comprar, en la cual se asentaba lo que había sido la cochera de la hacienda, que Snopes convirtió en una casita de campo acabada y con cocina. También él solía comprar en las mismas tiendas apartadas y sórdidas que Meadowfill había frecuentado, y se hacía sus propias comidas; pronto empezó a comprar y vender ganado y cerdos y mulas para arar de casta ínfima; pronto dio en prestar pequeñas sumas, garantizadas por usuarios pagarés, a negros y granjeros humildes; pronto empezó a comprar y vender pequeñas parcelas de terreno, solares de la ciudad y granjas. Podía vérsele casi a todas horas estudiando detenidamente escrituras inmobiliarias en el Palacio de Justicia. De modo que cuando la guerra y el resurgir económico y la prosperidad y más tarde la compañía petrolífera llegaron a Jefferson, nadie se sorprendió realmente (y menos aún Meadowfill, según tío Gavin) al enterarse de que la escritura de Snopes amparaba también aquella franja dudosa del huerto del viejo Meadowfill.
       La compañía petrolífera se negaba a comprar una sin la otra, y naturalmente exigían un solo título incontestable sobre la franja en disputa, lo que equivalía a una cesión por parte de Snopes. (Naturalmente, la compañía había acudido a Essie Meadowfill en primer lugar, pues era ella la titular del derecho sobre el terreno de Meadowfill, pero, como preveíamos, la chica había respondido: “Tendrán que hablar con papá”). Lo cual hubiera sido una mera formalidad, ya que la compañía ofrecía al viejo Meadowfill el dinero suficiente como para disputar la propiedad de la franja con Snopes y, con toda probabilidad, salir airoso; para no mencionar el hecho de que Snopes, que habría obtenido un buen beneficio de la venta de su franja, había vivido en la misma ciudad del viejo Meadowfill el tiempo suficiente como para esperar un poco más de un mísero diez por ciento, amén de que las luces financieras de Snopes no se hubieran visto ofuscadas a la vista de un porcentaje incluso más modesto; él, que el año pasado, en una subasta, había comprado una mula reventada por dos dólares y vendido treinta minutos después por dos dólares y diez centavos.
       Sólo el viejo Meadowfill no estaba dispuesto a pagar un diez por ciento de tal cesión. Snopes era un hombre bastante alto, bastante delgado como resultado de haber dado en comprar restos de alimentos y de cocinárselos él mismo, con una cara y unos modales blandos y contumaces y unos ojos absolutamente inescrutables, que decía (al agente comprador de la compañía petrolífera):
       —De acuerdo. Cinco por ciento entonces.
       Y luego:
       —De acuerdo. ¿Y qué es lo que él ofrece entonces?
       Y el calificarla de blanda y afable y acomodaticia no describiría bien su voz cuando, a continuación, dijo:
       —Bien, un buen ciudadano no puede interferir el camino del progreso, aunque le cueste dinero. Dígale al señor Meadowfill que tiene mi cesión gratis.
       Esta vez el viejo Meadowfill ni siquiera se molestó en decir que no.
       Se limitó a quedarse allí sentado en su silla de ruedas, riéndose. Creíamos saber por qué: ya no iba a vender el terreno en modo alguno, por la sencilla razón de que una compañía de la competencia acababa de comprar la esquina opuesta; y, como en el léxico de los negocios la respuesta inmediata a un negocio iniciado con éxito es abrir otro exactamente igual lo más cerca posible y lo más pronto posible, tarde o temprano la compañía primera tendría que pagar por el terreno de Meadowfill lo que él pidiera. Pero pasó un año, y la estación de servicio rival estaba no sólo terminada sino en funcionamiento. Y entonces comprendimos lo que debíamos (incluso Snopes) haber sabido siempre: que el viejo Meadowfill no vendería jamás aquel terreno, por la sencilla razón de que alguien, cualquiera que fuera, saldría también beneficiado con la venta. Así que entonces, en cierto modo, hasta sentimos simpatía por Snopes cuando le llegó el turno de actuar, lo cual tuvo lugar poco antes de que a Essie Meadowfill le sucediera lo que habría de demostrarnos que podía ser cualquier cosa menos tímida, y que, aunque “recatada” podía seguir siendo tal vez el adjetivo que la definía, el otro no era “tranquila” sino “resuelta”.
       Una mañana, el viejo Meadowfill, después de hacer rodar su silla de ruedas hasta la ventana para pasar una larga y apacible mañana de contemplación placentera, no del terreno que no quería vender sino del contiguo, que Snopes no podía vender por culpa suya, vio un gran cerdo extraviado hozando entre los ruines melocotones esparcidos por el suelo, bajo sus ruines y abandonados árboles; y aún no había dejado de llamar a voz en grito a su mujer cuando el propio Snopes, después de adentrarse en su huerto, se las arregló para deslizar el lazo de una cuerda alrededor de una de las patas del cerdo, y medio conduciéndolo, medio a empellones logró hacerlo volver a su terreno, mientras el viejo Meadowfill, apoyado sobre la ventana abierta y sin llegar a levantarse del todo de la silla, bramaba maldiciones contra ellos hasta que ambos desaparecieron de su vista.
       Y a la mañana siguiente, se encontraba ya sentado a la ventana cuando vio con sus propios ojos cómo el cerdo, desde el patio de Snopes, se acercaba a trote regular y resuelto por el camino y se internaba en su huerto; aún seguía el viejo apoyado contra la ventana abierta, bramando y maldiciendo, cuando la esposa gris salió de la casa, ciñéndose un chal sobre la cabeza, y se apresuró camino abajo hacia la casa de Snopes, donde durante un buen rato estuvo golpeando la puerta principal, hasta que los bramidos del viejo Meadowfill, que no habían cesado ni un momento, la obligaron a volver a casa. Para entonces la mayor parte del vecindario se había congregado en el lugar, y presenciaron el desarrollo ulterior de los hechos: el viejo seguía rugiendo indiscriminadas maldiciones e instrucciones desde la ventana, mientras su esposa, sin ayuda alguna, trataba de alejar al cerdo de los melocotones caídos y de sacarlo del terreno sin cercado, y era casi mediodía cuando, inocente y asombrado y compungido, apareció el propio Snopes (saliendo de donde la vecindad sospechaba que había estado escondido) con su cuerda de lazo, y cogió al cerdo y se lo llevó a su huerto.
       Y a la mañana siguiente el viejo Meadowfill tenía el rifle —uno viejo y destartalado, de un solo tiro y del calibre 22—. Digamos que parecía de segunda mano sencillamente porque se hallaba en manos de Meadowfill, aunque esta vez nadie podía imaginar cuándo podía el viejo haber abandonado la silla de ruedas y la ventana (sin mencionar el cerdo de Snopes) el tiempo suficiente para localizar al chiquillo propietario del rifle y, tras regateos e intimidaciones, quitárselo de las manos. Porque (decía tío Gavin) uno no podía concebir que el viejo hubiera sido alguna vez un muchacho apasionado y orgulloso de poseer tal símbolo de nuestra valerosa y audaz tradición y herencia pionera, y que hubiera conservado el arma durante todos estos largos y secretos años, en memoria (y asimismo reproche) de aquel tiempo puro e inocente. Pero lo tenía, y también los cartuchos, no sólidas balas, sino cargados con minúsculos perdigones incapaces por completo de matar al cerdo, o de herirlo siquiera a tal distancia, y mucho menos de alejarlo de los melocotones. De donde deducimos que no quería ahuyentar al cerdo; que lo que sucedía era que en él también había prendido fatalmente ese virulento germen de contienda con uno mismo que en otra gente de su edad se manifiesta en el golf o en el croquet o en las loterías o en los anagramas.
       Solía precipitarse sobre su silla de ruedas hacia la ventana en cuanto terminaba el desayuno, y allí se apostaba, inmóvil, como quien tiende una emboscada, hasta que aparecía el cerdo. Entonces (tenía que ponerse en pie para hacerlo) alzaba lenta y silenciosamente la ventana, cuyas guías laterales había engrasado para que no hicieran ruido, y apuntaba y disparaba; el cerdo daba un respingo y un salto convulsivos, pero luego se olvidaba y se calmaba, para recibir acto seguido un nuevo tiro, y al final hasta sus obtusos procesos mentales relacionaban la punzada con el estampido y, tras el siguiente disparo, se volvía a casa, y no regresaba hasta la mañana siguiente; y al final hasta a los propios melocotones los relacionaba con la noción de hostilidad. El cerdo no volvió en una semana, y empezó a correr entre el vecindario la hablilla de que el viejo Meadowfill había contratado al chico que repartía los periódicos de Memphis y Jackson (el viejo Meadowfill no compraba ni un periódico, pues no estaba interesado en noticias que costaran un dólar al mes) para que hurgara en los cubos de basura y pusiera cebos en su (de Meadowfill) huerto por la noche.
       Nuestra expectación rebasaba ahora el mero preguntarnos lo que Snopes podría estar maquinando, pues lo lógico que se hubiera esperado de él, después del primer disparo de Meadowfill, era que atase al cerdo.
       O incluso que vendiera al animal, pues aún estaba a tiempo: o atarlo o venderlo, aunque probablemente ningún comprador le daría el precio de mercado al ciento por ciento por un cerdo que durante meses había estado sometido a diario bombardeo. Pero al fin creímos haber dado con el propósito de Snopes: su esperanza de que algún día, bien por error o equivocación o acaso simplemente llevado, arrastrado por su vicio, como el borracho o el jugador lo es por el suyo, más allá de todo freno moral o miedo a las consecuencias, él (Meadowfill) pusiera una pesada bala en aquel rifle. Tras lo cual Snopes no sólo lo demandaría por matar al cerdo; invocaría asimismo una antigua ordenanza municipal que prohibía disparar con armas de fuego dentro de los límites de la ciudad, y, merced a aquella doble amenaza, obligaría a Meadowfill a vender su huerto a la compañía petrolífera, y consiguientemente permitiría que la suya (la de Snopes) pudiera venderse también. Y entonces algo le sucedió a Essie Meadowfill.
       El sargento de la marina. Nunca supimos dónde o cómo o cuándo se las arregló Essie para conocerle. Essie jamás había viajado a ninguna parte, salvo ocasionalmente a Memphis, pues todo el mundo en Jefferson, tarde o temprano, pasaba una tarde en Memphis una vez al mes. Jamás había faltado un solo día a su trabajo desde que entró en la compañía, salvo durante las vacaciones anuales, que por lo que sabíamos las había pasado en casa soportando parte de la carga de la silla de ruedas. Sin embargo, lo conoció.
       Con los paquetes de la compra diaria, esperó en la estación hasta que el autobús de Memphis llegó y él descendió de él, y nadie en la ciudad lo había visto antes, y él llevaba los paquetes cuando caminaron por la calle, ella aquel día con una hora de retraso, pues la regularidad de su paso diario por la calle hubiera servido para poner en hora los relojes. Fue entonces cuando caímos en la cuenta de que a través de los años “tímida” no había sido la palabra, porque se veía a simple vista que ninguna chica podía haber florecido tanto, haberse convertido en tan turgente y tierna y femenina en tan corto período de tiempo, desde la llegada de aquel autobús de Memphis. Y nos alegramos de que “tranquila” tampoco fuera la palabra que se ajustaba a ella. Porque iba a necesitar decisión, lo supiera o no su sargento de marina: ambos entrando en la casa y yendo hasta la silla de ruedas, a un palmo de aquella furia, comparada con la cual el maldecir a chiquillos y arrojar piedras a los perros e incluso disparar cartuchos cargados contra el cerdo de Snopes no eran sino meros reflejos histéricos del momento, ya que aquel intruso amenazaba el sistema mismo de esclavitud a costa del cual vivía, y diciendo:
       —Papá, éste es McKinley Smith. Vamos a casarnos.
       Tal vez la tenía: salió a la calle con él cinco minutos después, y allí, a la vista de quien quisiera mirar, lo besó, quizá no era la primera vez que lo besaba, pero probablemente era la primera vez que besaba a alguien sin preocuparle (más aún, sin importarle) si era pecado o no. Tal vez la tenía él también: hijo de un colono de Arkansas, que probablemente apenas había oído hablar de Mississippi hasta que encontró a Essie Meadowfill un día, dondequiera que fuese, que, una vez que cayó en la cuenta de que, por culpa de la silla de ruedas y de la madre, ella no iba a cortar con su familia y casarse con él a pesar de todo, debería haber renunciado y vuelto a su Arkansas.
       O mejor, ambos la tenían, por la sencilla razón de que tenían en común todo lo demás. Estaban en verdad predestinados fatalmente, fueran o no también malhadados; no sólo creían y deseaban las mismas cosas, sino que actuaban incluso del mismo modo. Era evidente que él había decidido quedarse en Jefferson; y nosotros lo habíamos aceptado. Y como desde hacía años nuestra región se había visto inundada por ex soldados que seguían estudios aunque no estuvieran capacitados para ello o incluso aunque no lo desearan realmente, era lógico que él utilizara sus privilegios de ex soldado en nuestro instituto local, en donde a costa del gobierno podría ver a Essie todos los días, a la espera de que una postrera mezquindad matara al viejo Meadowfill. Pero él no sólo no abandonó la educación tan inmediata y definitivamente como lo había hecho Essie, sino que pretendía sustituirla por lo mismo que Essie. Nos lo explicó: “He sido soldado durante dos años.
       Lo único que aprendí fue lo siguiente: el único lugar del mundo en donde uno puede estar a salvo es un agujero privado, y preferiblemente con una tapa de hierro que pueda colocarse sobre la cabeza. Así que quiero poseer mi propio agujero. Pero ya no soy un soldado, luego puedo elegir dónde lo quiero, y hasta hacer que sea confortable. Me voy a construir una casa”.
       Y así lo hizo. Compró una pequeña parcela. Ella la eligió; no estaba lejos de donde había vivido toda su vida. De hecho, en cuanto la casa empezó a ascender, el viejo Meadowfill podía incluso (no le quedaba otro remedio, a menos que se volviera a la cama) mirar su progreso día a día desde la ventana. Pero para entonces ya sabíamos que ella no tenía intención de huir de él ni de abandonar a su madre. Así que dimos a su actitud la significación correcta: una constante advertencia y recordatorio al viejo: no debía atreverse a cometer la equivocación de morirse. Acaso por la emoción que le procuraba su “vendetta” con el cerdo de Snopes —podíamos haber añadido—, sólo que aquella contienda había dejado de existir; no es que —comprendimos al fin— el viejo la hubiera abandonado al encontrar una víctima más tierna y vulnerable con la que ensañarse, sino que (y esto es lo que comprendimos al fin) era el propio cerdo quien se había rendido. O sea, Snopes. El cerdo había realizado su última incursión en uno de aquellos días en que Essie Meadowfill nos estaba sorprendiendo con el hecho de que al fin había encontrado un novio, y desde entonces no había vuelto a aparecer por el huerto del viejo. Snopes seguía siendo su dueño. Es decir, el vecindario sabía (probablemente por el olor cuando había buen viento) que el animal seguía en su patio trasero; parecía claro que Snopes se había dado al fin por vencido y había reparado la valla, o (según creíamos) había desistido de dejar la puerta entreabierta en los días que consideraba estratégicos. Aunque en realidad habíamos olvidado a Snopes y su cerdo, pues estábamos ocupados en la contemplación de la nueva contienda: una batalla de desgaste.
       Él —McKinley— se estaba construyendo la casa él mismo; realizaba todo el trabajo duro y pesado, con la ayuda de un carpintero profesional que le marcaba los tablones que había de serrar. Nosotros observábamos: el furioso e impotente viejo, al acecho tras la ventana en su silla de ruedas, ya sin el cerdo siquiera contra el que desahogar su ira, mientras la casa ascendía día a día. Especulábamos acerca de si conservaría o no a mano y cargado el rifle del 22, acerca de cuánto tardaría —cuánto tiempo sería capaz de aguantar— en perder los estribos y disparar uno de aquellos cartuchos de perdigones contra cualquiera de ellos, McKinley, o incluso el carpintero. Pronto la víctima sería el carpintero a menos que el viejo Meadowfill empezara a utilizar la luz de un proyector. Porque un día (era ya primavera) supimos que McKinley tenía también una mula y que había arrendado una pequeña parcela de terreno, aproximadamente a una milla de la ciudad, donde cultivaba algodón.
       La casa estaba casi terminada; faltaba tan sólo el trabajo de taller —puertas y marcos y ventanas— que únicamente un carpintero profesional podía realizar. Así que McKinley partía en su mula cada mañana al amanecer, y no volvía hasta el anochecer.
       Y ahora comprendíamos cuánto debió de haberse enfurecido el viejo Meadowfill: existía la posibilidad de que McKinley se hubiera descorazonado y rendido y hasta de que hubiera vendido la casa inacabada, sacando de la venta al menos el modesto beneficio derivado de la tasación de su propio trabajo, y hubiera abandonado Jefferson. Pero no era posible que hubiera vendido el algodón no recolectado, de modo que McKinley se quedaría siempre en Jefferson para mofarse y reírse de él, a quien sólo le quedaba su vida o la muerte de su rival como salida ante el desastre.
       Entonces volvió el cerdo. Reapareció, simplemente; probablemente una mañana, después de hacer rodar la silla de ruedas desde la mesa del desayuno a la ventana, el viejo Meadowfill, que no pensaba encarar nada salvo un interminable día más de iracunda e impotente recepción de agravios, vio allí al cerdo de nuevo, hozando en busca de los espectros de los melocotones del pasado otoño como si nunca se hubiera ausentado: no había mediado tiempo ni frustración ni angustia. Nosotros —yo, porque es aquí donde entro en escena— queríamos pensar que era eso lo que había sentido el viejo Meadowfill: el cerdo nunca había estado fuera, y consiguientemente todo lo que desde entonces había acontecido para ultrajarle había sido sólo un sueño; e incluso el disparo que había a continuación iba a ser parte del sueño; como ejecutado por un trueno. Y lo hizo inmediatamente; al parecer estábamos en lo cierto y había tenido siempre a mano el rifle cargado; algunos de los vecinos aseguraban haber oído su maligno escupir cuando aún estaban en la cama.
       Y (la noticia del disparo) llegó también al resto de la ciudad cuando algunos de nosotros estábamos aún desayunando. Sin embargo, como decía tío Gavin, él fue uno de los pocos que sintió realmente sus repercusiones. Era casi mediodía; se disponía a cerrar la oficina y a irse a casa a almorzar cuando oyó unos pasos que subían por la escalinata de afuera. Entonces entró Snopes, con el dinero en la mano, y fue hasta el escritorio y dejó sobre él el billete de cinco dólares, y dijo:
       —Buenos días, abogado. No lo entretendré. Sólo quiero un poco de consejo... por valor de unos cinco dólares.
       Y luego habló. Tío Gavin no había llegado a tocar siquiera el billete; se limitó a mirar el dinero y luego a Snopes, a quien en todo el tiempo que había vivido entre nosotros no se le conocía pago alguno de cinco dólares sin saber de antemano que podía vender el objeto adquirido en un plazo de veinticuatro horas y con un beneficio mínimo de veinticinco centavos.
       —Se trata de ese cerdo mío al que el viejo caballero, el viejo señor Meadowfill, se complace en disparar con esos pequeños perdigones.
       —He oído hablar de ello —dijo tío Gavin—. De acuerdo. ¿Qué es lo que quiere a cambio de sus cinco dólares? —Y se lo dijo: Snopes estaba allí de pie, al otro lado del escritorio, ni reservado ni servil, sino blando, deferente, inescrutable—. ¿Por decirle lo que usted ya sabe? ¿Que, en cuanto lo demande por herir a su cerdo, invocará en contra de usted la ley que prohíbe que el ganado ande suelto dentro de los límites de la ciudad? Y eso contando con que pueda usted probar que han existido tales heridas. Y contando con que pueda justificar ante el juez de paz por qué tardó tanto en damandarlo. ¿Quiere que le diga lo que usted ya sabe desde el verano pasado, cuando el viejo disparó al cerdo el primer tiro? O arregla la valla o se deshace del cerdo.
       —Cuesta bastante dinero alimentar a un cerdo —dijo Snopes.
       —Entonces cómaselo —dijo tío Gavin.
       —¿Un cerdo entero para una sola persona? —dijo Snopes.
       —Entonces véndalo —dijo tío Gavin.
       —Ese viejo caballero ha disparado tanto contra él que dudo que haya nadie que quiera comprarlo —dijo Snopes.
       —Entonces regálelo —dijo tío Gavin. Y en cuanto lo dijo se calló, porque ya era demasiado tarde.
       Snopes, sin inflexión alguna, dijo:
       —Un momento, espere.
       Y Snopes, aun entonces, se detuvo tan sólo el tiempo suficiente para volverse y mirar el billete que tío Gavin empujaba hacia él sobre el escritorio.
       —Vengo en busca de asesoramiento legal —dijo—, y debo pagar por él una minuta legal.
       Y se fue. Y tío Gavin pensó entonces de prisa: no “¿Por qué me habrá elegido a mí?”, porque era obvio: en razón de su mediación en la escritura de Essie, tío Gavin era la única persona en Jefferson ajena a su familia con la que el viejo Meadowfill hubiera tenido algo semejante a contacto humano en casi veinte años; ni “¿Por qué tenía necesidad de notificar a un extraño, abogado o no, que planeaba regalar el cerdo?”; ni siquiera: “¿Por qué me llevó a decir yo primero las palabras en cuestión, confiriéndoles así el carácter de consejo legal por el que se ha pagado?”, sino, “¿Cómo, regalando el cerdo, va a obligar al viejo Meadowfill a vender su terreno?” Tío Gavin siempre decía que no estaba realmente interesado en la verdad, ni tan siquiera en la justicia; que lo único que quería saber, averiguar, si la respuesta le concernía o no de algún modo; y que todos los medios encaminados a tal fin eran válidos, siempre que no se dejaran testigos hostiles ni pruebas incriminatorias. Pero yo no le creía; algunos de sus métodos eran no sólo demasiado duros, sino que llevaban demasiado tiempo; y existen cosas que uno no haría ni siquiera para averiguar algo. Pero él decía que estaba equivocado, que la curiosidad es una de esas amantes cuyos esclavos no declinan sacrificio alguno. Acaso “ésta” había de probar que ambos teníamos razón.
       El problema estribaba, decía, en que no sabía lo que buscaba; disponía de dos métodos para tres frentes, y para descubrir algo que bien pudiera no reconocer a tiempo cuando diera con ello. No podía utilizar las pesquisas verbales, pues la única persona que sabía la respuesta ya le había dicho todo lo que quería que supiese. Y no podía optar tampoco por la observación del segundo frente, pues el cerdo, al igual que Snopes, podía moverse. Con lo que quedaba tan sólo el inmóvil, la cantidad fija: el viejo Meadowfill.
       De modo que a la mañana siguiente, al despuntar el día, se apostó él también al acecho dentro del coche aparcado, en un punto desde el que podía ver la casa y el huerto del viejo Meadowfill, y más allá la entrada principal de la casa de Snopes, y más allá la pequeña casa nueva que McKinley Smith casi había terminado. Durante las dos horas siguientes vio a McKinley partir sobre su mula en dirección a su pequeño algodonal, y más tarde el propio Snopes, que salía de casa y se alejaba hacia la plaza, a cumplir con su rutina de oportunismo usurario; pronto sería hora de que Essie Meadowfill saliera para el trabajo. En cuanto lo hizo, quedaron tan sólo él en su coche y Meadowfill en su ventana, ambos (confiaba) invisibles el uno para el otro. Así que, de todos los elementos, sólo el cerdo faltaba; suponiendo que fuera el cerdo lo que él estaba esperando, lo cual ni siquiera sabía todavía, y menos aún lo que haría en caso de que —o cuandoapareciera. De forma que pensó que quizás Snopes había reconocido realmente haber llegado a un callejón sin salida, y había renunciado y regalado el cerdo; y él, tío Gavin, no había hecho sino un descubrimiento ilusorio.
       Y a la mañana siguiente sucedió lo mismo. Fue entonces cuando debería haber desistido. Salvo que debería haber desistido hacía dos días. Porque ya era demasiado tarde, y no es que él tuviera mucho en juego, pues ignoraba aún lo que estaba en juego, pero había invertido demasiado, aunque no fuera más que los dos días levantarse antes del alba, de permanecer sentado en un coche aparcado por espacio de dos horas sin una taza de café.
       Y entonces, a la tercera mañana, vio al cerdo. McKinley y su mula habían partido a la hora acostumbrada; todo tan regular y como de costumbre que él no cayó en la cuenta de que no había visto a Snopes hasta que vio salir a Essie Meadowfill camino del trabajo; fue, explicó, una sacudida, un sobresalto, como cuando uno se sorprende despertándose sin saber siquiera que estaba dormido, y se bajaba ya del coche cuando vio al cerdo. Es decir, era el cerdo y estaba haciendo exactamente lo que él esperaba que hiciera: avanzar a aquel trote rápido y resuelto hacia el huerto del viejo Meadowfill. Sólo que, al verlo por primera vez, el cerdo no se hallaba exactamente en el lugar en que debería haber estado. Se dirigía hacia donde él esperaba que se dirigiera, pero no venía exactamente de dónde él esperaba que viniera. Sin embargo, en aquel momento no prestó demasiada atención a este detalle, pues se encontraba en esa oleada inicial de aún—no—despierta, tardía alarma, y se apresuraba ya a cruzar la calle y el pequeño patio y a entrar en la casa y llegar hasta la silla de ruedas antes de que el viejo Meadowfill viera al cerdo y disparara y completara así el plan antes de que él, el tío Gavin, estuviera lo suficientemente cerca como para interpretar aquello, fuera lo que fuere, que Snopes había planeado que interpretara o no: lo uno o lo otro.
       Pero lo hizo. No se habría detenido a llamar a la puerta aunque hubiera tenido tiempo para ello, pues a aquella hora la señora Meadowfill estaría en la cocina fregando los cacharros del desayuno. Pero hubo tiempo más que suficiente. Llegó a la puerta y vio al viejo Meadowfill echado hacia adelante en su silla de ruedas, tras la pantalla de la rejilla de la ventana, con el pequeño rifle ya medio alzado en una mano. Pero aún no se había puesto en pie para levantar la pantalla de la ventana; permanecía sentado, mirando al cerdo a través de ella, y —según dijo tío Gavin— su cara era terrible. Todos estábamos acostumbrados a ver en ella mezquindad y ánimo de venganza e ira; eran algo habitual. Pero aquello era gozo malévolo. Allí sentado, refocilándose, ni siquiera volvió la cabeza cuando tío Gavin avanzó hacia la silla, sólo dijo:
       —Acérquese. Tiene un asiento de tribuna.
       Y entonces tío Gavin pudo oírle maldecir, no el rudo maldecir externo de la cólera o el combate, sino un quieto murmullo interno de vileza que, aunque el viejo Meadowfill hubiera conocido y usado alguna vez, sus cabellos grises deberían haber olvidado.
       Luego se levantó de la silla de ruedas. En aquel preciso instante, tío Gavin advirtió el pequeño bulto, aproximadamente del tamaño de un ladrillo envuelto en un trozo de arpillera, atado al tronco de uno de los melocotoneros, a unos cuarenta pies de la ventana. Pero no le prestó atención, y se limitó a decir: “Basta ya, señor Meadowfill; basta ya”, al tiempo que el viejo, ya de pie, dejaba el rifle al lado de la ventana, agarraba los pomos de la parte inferior de la pantalla y tiraba de ella hacia arriba; la pantalla ascendió entre sus guías engrasadas y se oyó el débil, seco, maligno escupir del disparo; tío Gavin —contó— estaba de hecho mirando hacia la pantalla cuando, repentinamente, la malla metálica se deshilachó y se esfumó ante la miríada de diminutos, invisibles perdigones. Y, si bien ello es imposible, dijo que le pareció realmente oírlos silbar por el vientre y el pecho del viejo Meadowfill, que medio brincó, medio cayó de espalda sobre la silla, la cual rodó hacia atrás al recibir el cuerpo, y dejó al viejo tirado en el suelo, donde permaneció unos instantes con semblante incrédulo y creciente agravio: no dolor, sólo agravio, y en seguida trató de alcanzar el rifle y empezó a incorporarse sobre las rodillas.
       —¡Me han disparado! —dijo con aquella agraviada e incrédula voz.
       —No cabe duda —dijo tío Gavin—. Ha sido el cerdo. No trate de moverse.
       —¿El cerdo? ¡Maldición! —dijo el viejo Meadowfill—. ¡Ha sido ese (puntos suspensivos) de McKinley Smith!
       Y fue entonces cuando me reclutó tío Gavin. Cuando llegué, sin embargo, había devuelto ya al viejo Meadowfill a su silla de ruedas; para entonces la señora Meadowfill debía de haber pasado ya a un segundo plano, pero supongo que no me percaté de su existencia mucho más de lo que antes se había percatado tío Gavin. El viejo Meadowfill aún no se había calmado en absoluto, y seguía encolerizado y enloquecido como un avispón —no estaba herido; sólo quemado, lleno de ampollas, sin apenas perdigones bajo la piel—, bramando y maldiciendo y tratando aún de alcanzar el rifle, que tío Gavin había alejado de él, pero al menos inmovilizado, bien por la fuerza moral de tío Gavin o tal vez sólo porque tío Gavin estaba de pie.
       Luego le contó a tío Gavin cómo Snopes, hacía dos días, le había dicho a Essie que había regalado el cerdo a McKinley, a modo de regalo para la inauguración de la casa, o tal vez hasta —confiaba Snopes— de regalo de bodas para un día no lejano. Tío Gavin tenía también el arma: una muy pulcra y casera trampa mortífera; también había sido en un tiempo un rifle barato, de un solo tiro y del calibre 22; con el cañón y la culata recortados, lo habían envuelto en el saco de pienso y atado al tronco del melocotonero; un cordel negro prácticamente invisible unía, a través de una serie de armellas, el marco de la pantalla de tela metálica con el gatillo, y la boca del cañón apuntaba al centro de la ventana, aproximadamente un pie por encima del alféizar. La señora Meadowfill estaba allí de nuevo, así que podíamos marcharnos.
       —Si no se hubiera puesto de pie antes de tocar la pantalla, el disparo le habría dado en plena cara —dije.
       —¿Crees que al que puso la trampa le importaba? —dijo tío Gavin—. ¿Que sólo lo asustara y lo enfureciera hasta el punto de lanzarse contra Smith con ese pequeño rifle —ahora tenía una sólida bala dentro, y el cartucho era uno grande, de rifle largo; así es como el viejo Meadowfill pretendía cazar la próxima pieza—, obligando así a Smith a que le matara; o que el tiro lo dejara ciego o lo matara allí mismo, sobre la silla de ruedas, resolviendo así todo el problema?
       —¿Resolviéndolo? —dije.
       —Era un equilibrio —dijo él—. Una especie de delicado y atenuado e insoportable equilibrio de agravios; tan delicado que el peso más liviano, por trivial que fuera, no sólo lo trastornaría sino que haría zozobrar, alteraría totalmente todas las calidades implicadas en él; todo lo reprimido dejaría de ser reprimido, todo lo no vendido dejaría de ser no vendido.
       —Sí —dije—. Era muy inteligente.
       —Peor que eso —dijo tío Gavin—. Era maligno. La gente pensaría; nadie salvo un veterano del Pacífico sería capaz de inventar una trampa con un arma de fuego, por mucho que el veterano lo negara.
       —Sigue siendo inteligente —dije—. Hasta Smith estaría de acuerdo.
       —Sí —dijo tío Gavin—. Por eso te telefoneé. También tú has sido soldado. Puede que necesite un intérprete para hablar con él.
       —Sólo fui mayor —dije—. Nunca tuve el rango suficiente para decirle nada a un sargento, y no digamos a un sargento de marina.
       Pero no fuimos a buscar a Smith el primero; además, debía estar en su algodonal. Y, si yo hubiera sido Snopes, tampoco en su casa habría habido nadie. Pero sí había. Abrió él mismo la puerta; llevaba un delantal y una sartén, y en la sartén había incluso un huevo frito. Pero, en cualquier caso, planear esto de antemano no debía de haber costado gran esfuerzo a alguien que había planeado aquella trampa basada en el movimiento alternativo. Tampoco en su cara había nada.
       —Caballeros —dijo—. Pasen.
       —No, gracias —dijo tío Gavin—. No tardaremos tanto. Esto es suyo, según creo.
       Había una mesa; tío Gavin dejó el saco de pienso encima de ella y lo sacudió de forma repentina, y el rifle mutilado se deslizó por la mesa hasta pararse.
       Y seguía sin haber nada en absoluto en la cara o en la voz de Snopes.
       —Esto es algo que ustedes los abogados llaman discutible, ¿no es cierto?
       —Oh, sí —dijo tío Gavin—. También todo el mundo sabe hoy de huellas dactilares, al igual que sabe de vuelos espaciales y de trampas con armas de fuego.
       —Sí —dijo Snopes—. ¿Me lo está dando o me lo está vendiendo?
       —Se lo estoy vendiendo —dijo tío Gavin—. Por la escritura, a favor de Essie Meadowfill, de esa franja de terreno de usted que la compañía petrolífera quiere comprar, y una cesión de la franja del terreno de Meadowfill que la escritura de usted ampara. Ella le pagará lo que pagó usted por la franja, más un diez por ciento de lo que la compañía petrolífera le pague por ella.
       Ahora, en verdad, Snopes no se movió; se quedó allí inmóvil, con el huevo frito frío en la sartén.
       —Muy bien —dijo tío Gavin—. En tal caso, tendré que ver si McKinley quiere comprarlo.
       Era inteligente, había que concederle eso: lo suficientemente inteligente como para saber con exactitud hasta dónde podía ir.
       —¿Sólo el diez por ciento? —dijo.
       —Usted inventó esa cifra —dijo tío Gavin.
       Y lo suficientemente inteligente como para saber cuándo debía abandonar.
       Dejó con cuidado la sartén en el suelo y envolvió el rifle mutilado en el saco de pienso.
       —Imagino que tendrá tiempo para pasar hoy por su oficina, ¿no es eso? —dijo.
       Y esta vez fue tío Gavin quien se quedó atónito por espacio de un instante. Pero se limitó a decir:
       —Voy allí ahora.
       También podíamos haber encontrado a Smith en su casa al anochecer. Pero fue tío Gavin quien no quiso esperar.
       No era todavía mediodía cuando, desde la cerca que había al lado de la carretera, vimos a Smith y a la mula acercarse por una larga y negra senda de tierra volteada que era como la estela inmovilizada de la vertedera del arado. Luego permaneció en pie, del otro lado de la cerca, desnudo de cintura para arriba a excepción del peto del mono, con botas de combate; y entonces recordé lo que tío Gavin había dicho aquella mañana acerca de que todo lo que estaba reprimido dejaría de estar reprimido. Tío Gavin le tendió a Smith la escritura.
       —Tome —dijo.
       Smith la leyó.
       —Es de Essie —dijo.
       —Entonces cásese con ella —dijo tío Gavin—. Podrán vender ese terreno y comprarse una granja. ¿No es lo que los dos desean? ¿No se ha traído una camisa o un jersey? Póngase lo que sea y venga a la ciudad en mi coche; Chick llevará la mula.
       —No —dijo Smith. Al volverse hacia la mula, se metió la escritura, o mejor, la hundió atropelladamente en su bolsillo—. La llevaré yo. Pasaré por casa primero. No voy a casarme con nadie sin afeitarme y sin corbata.
       Y hubo algo más, mientras esperábamos a que el pastor baptista se lavara las manos y se pusiera la chaqueta; la señora Meadowfill llevaba sombrero, el primero que le habíamos visto en toda la vida; tenía todo el aspecto de ser el primer sombrero confeccionado por el hombre.
       —Pero papá... —dijo la que pronto iba a ser Essie Smith.
       —Oh —dijo tío Gavin—. Te refieres a esa silla de ruedas. Ahora es mía. Fue el pago de la minuta legal. Te la voy a dar a ti como regalo de bodas.




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