William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


La mansión (1959)
(The Mansion)
(Nueva York: Random House, 1957, 452 págs.)


Mink

UNO

      El jurado dijo «culpable» y el juez «cadena perpetua», pero Mink no los oyó. No estaba escuchando. En realidad no había sido capaz de escuchar desde aquel primer día en que el juez golpeó repetidamente con el pequeño mazo de madera la mesa situada sobre el estrado hasta que él, Mink, volvió los ojos, fijos en la puerta más alejada, para ver qué demonios quería aquel individuo, y el otro, el juez, adelantando el cuerpo por encima de la mesa, le gritó: «¡Escúcheme, Snopes! ¿Mató a Jack Houston o no lo mató?» y él, Mink, respondió: «No me moleste ahora. ¿No ve que estoy ocupado?». Luego volvió la vista hacia la puerta del fondo, gritando, él también, hacia, contra, por encima de la pared de insignificantes rostros descoloridos que le rodeaba: «¡Snopes! ¡Flem Snopes! ¡Alguien que vaya a buscar a Flem Snopes y que lo traiga! ¡Le pagaré…, Flem le pagará!».
       Porque no había tenido tiempo de escuchar. De hecho, el primer viaje desde la celda hasta el tribunal, que hizo esposado al ayudante del sheriff, no fue más que una estúpida injerencia, de una imbecilidad verdaderamente escandalosa, y una interrupción, como todos los trayectos y traslados posteriores, siempre esposado, a la solución final de los problemas de los dos —los suyos y los de la maldita Justicia—, cuando lo que tenían que hacer era limitarse a esperar un poco y a dejarlo tranquilo: permitirle vigilar, las manos sucias asomando entre los mugrientos intersticios de los barrotes de la ventana, atendiendo, durante los largos meses desde que lo detuvieron hasta el comienzo del juicio, a lo que era su más imperiosa necesidad.
       Al principio, durante los primeros días tras los barrotes de la ventana, tan sólo le impacientaba su propia impaciencia y —sí, también lo admitía— su misma estupidez. Mucho antes de que llegara el momento en que tuvo que apuntar y disparar, sabía que su primo Flem, el único miembro de su clan que poseía el poder (y los motivos), o del que al menos se podía esperar que le librara de las consecuencias de su acción, no estaría allí para hacerlo. Sabía incluso por qué Flem tardaría al menos un año en volver; Frenchman’s Bend era demasiado pequeño: todo el mundo estaba al cabo de la calle acerca de todo, y habían comprendido que el viaje a Texas no era más que una excusa, incluso sin la conmoción y los interminables comentarios que la chica de los Varner había causado desde que ella misma (o quienquiera que fuese) descubrió la primera sombra de vello en sus partes, por no hablar de la última primavera y verano, cuando el condenado McCarron localizaba a todos sus rivales y se peleaba con ellos hasta ponerlos en fuga como si fueran machos tras una perra en celo.
       Así que mucho antes de que Flem se casara con ella, él, Mink, y todos los habitantes de Frenchman’s Bend y hasta de quince quilómetros a la redonda sabían que el viejo Will Varner tendría que casarla con alguien, y de prisa, si para la primavera siguiente no quería encontrarse con un bastardo en el patio trasero de su casa. Y cuando finalmente fue Flem quien se casó con ella, él, Mink, tampoco se llevó una sorpresa. Se trataba de Flem, con su buena suerte habitual. Bueno, sí; algo más que suerte en este caso; el único habitante de Frenchman’s Bend que se había enfrentado con el viejo Will Varner y había mantenido el tipo; que más o menos ya había eliminado a Jody, el hijo del viejo Will, sacándolo del almacén, y que ahora estaba preparando las cosas para quedarse con la mitad de lo demás por el hecho de ser el yerno del propietario. Nada más que por casarse con ella a tiempo y evitar que trajera al mundo a un bastardo, a Flem, además de ser esposo legítimo de la condenada chica que desde que cumpliera los quince años, y simplemente con caminar, tenía alborotados a todos los varones de Frenchman’s Bend menores de ochenta, le habían pagado por ello: no sólo el derecho a meter la mano, siempre que se le ocurriera, por debajo de aquel vestido que hacía que un hombre se excitara sólo con pensar en la mano de otro haciéndolo, sino que había recibido gratis, por hacerlo, la escritura de propiedad de la finca del Viejo Francés.
       Por eso sabía que Flem no estaría allí cuando lo necesitara, dado que a él y su mujer no les quedaba otro remedio que permanecer lejos de Frenchman’s Bend por lo menos el tiempo suficiente para que lo que trajeran consigo pudiera decir que sólo tenía un mes sin que todo el que lo mirase se muriera de risa. Si bien cuando por fin llegó el momento, cuando se presentó el instante en que no pudo retrasar por más tiempo apuntar y apretar el gatillo, se olvidó de eso. No, no era cierto. No lo había olvidado. Sencillamente no pudo esperar más: Houston no le permitió seguir esperando; y ésa fue una ofensa más de su enemigo en el acto mismo de morir: obligarle a él, a Mink, a matarlo en un momento en que la única persona con poder para salvarlo y que hubiera tenido que hacerlo tanto si quería como si no, en razón de las antiguas leyes inmutables de la consanguinidad, estaba a mil quinientos quilómetros de distancia; y esta vez la ofensa era irreparable, porque en el mismo momento de cometerla Houston escapó para siempre a toda posibilidad de retribución.
       Mink no había olvidado que su primo no estaría allí. Simplemente no podía esperar más. No le había quedado más remedio que confiar en ellos. Ellos eran los que habían asegurado que no caía un gorrión del cielo sin su conocimiento. Con la palabra ellos Mink no se refería a quien quiera que fuese que la gente llamaba Viejo Patrón. Mink no creía en ningún Viejo Patrón. Había visto demasiadas cosas en su vida, y si existiera algún Viejo Patrón, de mirada tan penetrante y tanto poder como se afirmaba que poseía, tendría que haber intervenido ya en algún momento. Además él, Mink, no era religioso. No había puesto los pies en una iglesia desde los quince años y no tenía intención de hacerlo, puesto que era un sitio donde un hombre con un agujero en el estómago y una comezón en la entrepierna que no conseguía calmar en casa solía, atribuyéndose el título de dispensador de la palabra divina, reunir convenientemente al mayor número posible de mujeres a las que tentar ofreciéndoles el trabajo de un órgano a cambio de la satisfacción de otro; el trabajo de llenarle a él un agujero como pago por taparles el suyo la primera vez que su marido saliera al campo y las interesadas pudieran llegarse hasta los matorrales donde las esperaba el predicador; las esposas acudían atraídas por el ofrecimiento más ventajoso que conocían para canjear un plato de pollo frito o un pastel de batata; y los maridos acudían no para interrumpir el trueque, puesto que sabían que no lo podían interrumpir ni estar a su altura, pero sí al menos para tratar de descubrir si el nombre de su mujer encabezaba aquel día la lista de espera o si aún le quedaba tiempo de abrir los últimos surcos antes de atarla a la pata de la cama y esconderse detrás de la puerta, esperando; y los más jóvenes ni siquiera se molestaban en entrar en la iglesia, sino que corrían ya para formar la primera pareja detrás del matorral que les quedaba más a mano.
       Mink se refería simplemente al ellos, él, ello —como se lo quiera llamar— que representa una simple justicia fundamental y una equidad en los asuntos humanos, porque, de lo contrario, a un hombre más le valdría desaparecer; ellos, él, ello, llámesele como se quiera, no podían, no era posible que hostigaran y atormentaran eternamente a un individuo sin que algún día, en algún momento, se le permitiera en recompensa vengarse, llegar al ojo por ojo y al diente por diente. Podían acosarlo y hacerle la vida imposible, o sencillamente sentarse y contemplar cómo todo se le ponía en contra sin oportunidad de responder, dando casi la impresión de que todo sucedía de acuerdo con un modelo preestablecido; sentarse sencillamente y mirar y disfrutar con ello (¿por qué no? a un hombre no le importaba, siempre que fuese hombre y se mantuviera la justicia); quizá lo estaban poniendo a prueba para ver si era hombre o no, lo bastante hombre para soportar un pequeño hostigamiento y algunas preocupaciones y tener por tanto derecho a devolver el golpe cuando le llegara la vez. Porque sin duda llegaría el momento en que le tocara el turno, después de que se hubiera ganado el derecho de manera justa y equitativa, de la misma forma que ellos se habían ganado el derecho a ponerlo a prueba e incluso a disfrutar con la prueba; llegaría el momento en que tendrían que demostrarle que eran tan hombres como Mink les había demostrado que lo era él; porque entonces ya no tendría que depender de ellos sino que se habría ganado el derecho a que le fuesen fieles; y que no se atrevieran (no se atreverían) a dejarlo en la estacada, porque de lo contrario después les sería tan difícil vivir con su conciencia como le había resultado a él mantener la propia estimación después de aguantar todo lo que había tenido que aguantar de Jack Houston.
       De manera que aquella mañana sabía que Flem no iba a estar allí. Pero ya no podía esperar más; había llegado el momento de que Jack Houston y él dejaran de respirar el mismo aire. Así que, al faltarle su primo, tuvo que recurrir al derecho a depender de ellos, derecho que había ganado no pidiéndoles nunca nada.
       Comenzó en la primavera. No; comenzó el otoño anterior. No; comenzó incluso mucho antes. Empezó en el momento mismo en que Houston nació, lleno ya de arrogancia, de intolerancia y de orgullo. No en el momento en que los dos, Mink Snopes incluido, empezaron a respirar el mismo aire del norte de Mississippi, porque él, Mink, no era pendenciero. No lo había sido nunca. Simplemente, la mala suerte llevaba hostigándolo y acosándolo toda la vida, provocando la constante y sempiterna necesidad de defender sus derechos más elementales.
       Aunque tan sólo durante el verano anterior al último otoño el destino de Jack Houston se había cruzado finalmente con el suyo, con el de Mink, lo que constituía otra faceta del agravio: que nada, ni siquiera ellos, ellos menos que nadie, se había dignado advertirle de cuál sería el desenlace de aquel primer encuentro. Todo esto sucedió después de que la joven esposa de Houston entrara en el establo del semental buscando el nido donde una gallina ponía sus huevos y el caballo la matara, cuando cualquier persona decente habría pensado que ningún marido que mereciera ese nombre volvería a tener un semental por muchos años que viviera. Pero no Houston. Houston no sólo era lo bastante rico para poseer un semental de pura sangre capaz de matar a su mujer, sino lo bastante orgulloso e intolerante como para prescindir de todo decoro y, después de matarlo de un tiro, dar media vuelta y comprar otro exactamente igual, quizá por si acaso volvía a casarse; lo bastante rico como para mostrarse tan desconsolado por la muerte de su mujer que ni siquiera los vecinos se atrevían a llamar a su puerta, pero sin dejar por ello de ir dos o tres veces por semana a toda velocidad a lomos del futuro asesino, con el enorme perro corriendo como un galgo o como otro caballo a su lado, hasta el almacén de Varner y, una vez allí, no bajarse siquiera de la silla: los tres esperando en el camino —el hombre arrogante, inflexible, el caballo de mirada atravesada y el perro que enseñaba los dientes y erizaba el pelo cada vez que alguien se le acercaba— mientras Houston encargaba a quienquiera que se encontrara en la galería, tratándolo como si no fuera más que un negro, que pidiera en el almacén lo que fuese que había venido a buscar.
       Hasta una mañana en que él, Mink, cuando iba camino del almacén (no poseía un caballo para ir a por una lata de rapé o un frasco de quinina o un poco de carne) y acababa de alcanzar la cumbre de una pequeña colina, oyó al semental tras él, que se acercaba a gran velocidad; le hubiera cedido todo el camino a Houston si hubiera tenido tiempo, pero el caballo ya se le echaba encima, y el jinete tuvo que tirar salvajemente de las riendas para no derribarlo, y el maldito perro le pasó tan cerca al saltar que casi le rozó el pecho, al mismo tiempo que le gruñía en plena cara. Houston hizo girar en redondo al caballo, reteniéndolo mientras danzaba y corcoveaba, para gritarle: «¿Por qué demonios no saltó cuando me oyó venir? ¡Quítese del camino! ¿También quiere que le machaque los sesos antes de que consiga sujetarlo?»
       Bien; tal vez fuera aquella su manera de afligirse por la esposa que quizá no había matado con sus propias manos y por la que incluso había pegado un tiro al caballo asesino. Pero aún era lo bastante arrogante o lo bastante rico para comprar otro exactamente igual, cosa que a él, Mink, ni le iba ni le venía, sobre todo porque lo único que había que hacer era esperar a que, antes o después, aquel caballo que era un hijo de mala madre terminase también con Houston; sólo que a continuación sucedió algo imprevisto con lo que Mink no había contado.
       Se trataba de su vaca lechera, la única que tenía, dado que no era un hombre rico como Houston, sino tan sólo independiente; un hombre que no pedía favores a nadie y que se bastaba a sí mismo. La vaca, por algún percance, no había quedado preñada, y allí estaba él, que no sólo había pasado un invierno sin leche y aún le esperaba otro año entero en la misma situación, sino que se había quedado además sin el ternero, pese a los cincuenta centavos en efectivo que había pagado para que la cubriera el toro, porque el único toro cuyos servicios costaban menos de un dólar era el canijo semental de un negro que exigía el pago en efectivo antes de que la vaca cruzara la cerca.
       Mink había alimentado a la vaca todo el invierno, esperando un ternero inexistente. Luego tuvo que llevarla otra vez a casa del negro —a cinco quilómetros de distancia—, y no para reclamar los cincuenta centavos, sino tan sólo para pedir que el toro la montase por segunda vez, a lo que el negro se negó sin el pago por adelantado de otros cincuenta centavos. Mink se quedó allí, en el patio, maldiciendo al negro, que acabó por meterse en la casa y cerrar la puerta, mientras él seguía allí, en el patio vacío, maldicíéndolo a él y a toda su familia dentro de la casa enmudecida, hasta que se desahogó lo suficiente para desandar con la vaca, que seguía sin estar preñada, los cinco quilómetros que lo separaban de su casa.
       Después tuvo que mantener a aquella vaca inútil, dejándola que agotara su exiguo pasto y alimentándola luego con sus escasas reservas durante el resto del verano y el otoño, dado que, según un acuerdo local, todo el ganado tenía que permanecer bajo techado hasta que se hubieran recogido las cosechas. Lo que significó que hasta noviembre no pudo soltarla para el invierno. E incluso entonces tuvo que sustraer para ella un poco de pienso de los cerdos que criaba para carne, y lograr así que conservara la costumbre de volver con cierta regularidad al establo; hasta que Mink se dio cuenta de que llevaba tres o cuatro días sin aparecer, y finalmente la encontró en los pastos de Houston entre su vacada.
       Y ya estaba en el camino que llevaba a la casa de Houston, con la cuerda enrollada en la mano, cuando sin saber siquiera lo que iba a hacer y sin pararse ni reducir la marcha se dio la vuelta, camino de su casa, metiéndose la cuerda enrollada dentro de la camisa donde nadie la viera, no para regresar a la cabaña en la que vivía, sin pintar y necesitada de arreglos, y que ni siquiera era suya, sino simplemente para aislarse y pensar, por lo que terminó sentándose en un tronco al lado del camino, dispuesto a examinar todas las posibilidades de la idea que acababa de ocurrírsele.
       Si no reclamaba inmediatamente aquella vaca que para nada le servía, no sólo pasaría el invierno sin que a él le costara un céntimo, sino que estaría dos, diez veces mejor alimentada, que si era él quien la cuidaba. Además de dejar que Houston la guardara durante el invierno (puesto que no sólo era lo bastante y atenderlos, un negro al que daba una vivienda mejor que la que él, Mink, un blanco con mujer y dos hijas, ocupaba), cuando reclamara la vaca en primavera ya habría tenido otro celo y, dado que convivía con los toros de Houston, estaría de verdad preñada, lo que no sólo serviría para que volviera a dar leche, sino que aumentaría su valor como carne de primera, mientras que el becerro del raquítico toro del negro apenas hubiera tenido valor alguno.
       Como es lógico tendría que estar preparado para responder a las inevitables preguntas; Frenchman’s Bend era demasiado pequeño, condenadamente pequeño para que alguien hiciera algo sin que se enterara todo el mundo, y aún más pequeño para que no se supiera lo que alguien poseía o dejaba de poseer. No pasaron siquiera cuatro días. En el almacén de Varner, hasta donde iba a pie todos los días, dándoles así oportunidad de que sacaran a relucir el asunto y acabaran de una vez, hubo por fin uno que dijo (Mink no recordaba quién, no tenía importancia):
       —¿No has encontrado todavía la vaca?
       —¿Qué vaca? —dijo Mink.
       —Jack Houston dice —respondió el otro— que vayas y te lleves a ese saco de huesos de su pasto; dice que está cansado de alimentarla.
       —Ah, esa vaca —dijo Mink—. Ya no es mía. Se la vendí el verano pasado a uno de los chicos Gowrie cerca de la iglesia de Caledonia.
       —Me alegro de saberlo —dijo el otro—. Porque si estuviera en tu lugar y mi vaca pastara en las tierras de Jack Houston, cogería una cuerda e iría a buscarla sin darme cuenta yo mismo de lo que estaba haciendo, y mucho menos Jack Houston. Creo que ahora mismo ni siquiera me pararía a darle las gracias —porque todo el mundo en Frenchman’s Bend conocía a Houston: malhumorado y resentido, siempre encerrado en casa desde que el semental matara a su mujer cuatro años atrás. Como si nadie antes que él hubiera perdido una esposa, incluso aunque, por alguna extraña razón incomprensible, el marido no hubiera querido librarse de su mujer. Malhumorado y resentido, único habitante de aquella casa tan grande con dos criados negros, el varón y la mujer que cocinaba, el semental y el gigantesco perro de caza que era tan desdeñoso, altanero y malhumorado como su mismo dueño; un condenado y desabrido hijo de perra que ni siquiera se daba cuenta de la suerte que tenía; no sólo lo bastante rico como para tener una esposa que gimoteaba y le reñía y le quitaba hasta el último dólar que llevaba en el bolsillo, sino también para prescindir del matrimonio si así lo deseaba; lo bastante rico para contratar a un mujer que le hiciera la comida en lugar de tener que casarse con ella. Lo bastante rico para contratar a otro negro que se levantara en las frías mañanas de invierno en lugar de hacerlo él y saliera con la lluvia y la escarcha a dar de comer no sólo al ganado vacuno que vendía luego a los mejores precios del mercado porque podía esperar a que subieran, sino también al semental de pura sangre, e incluso al maldito perro de caza que corría junto al caballo en el que Houston galopaba de aquí para allá, de manera que un individuo con sólo sus dos piernas para trasladarse tenía que salirse de un salto del camino y caer entre las zarzas porque de lo contrario el hijo de perra del caballo también lo hubiera matado a él con sus pezuñas bien herradas y lo habría dejado tendido en la cuneta para que el hijo de perra del sabueso se lo comiera antes incluso de que Houston diera parte del accidente.
       De acuerdo: si Houston era una persona tan engreída que ni siquiera se le podían dar las gracias, él, Mink, no estaba dispuesto a meterse en sus tierras sin que lo invitaran. Aunque es cierto que le correspondía dar las gracias a alguien. Eso fue una semana después de que viera a su vaca en el pasto de Houston; luego transcurrió un mes y también pasaron las Navidades y llegó el triste invierno con su dureza y su humedad. Todos los mediodías, con el impermeable (la única ropa de invierno, remendada a base de alambre y parches de neumáticos, que tenía para ponerse encima del mono de algodón raído y recosido) Mink iba por el camino embarrado, iluminado ya por una luz tan triste como la del atardecer, para ver cómo los animales de raza propiedad de Houston, y su pobre vaca con ellos, se dirigían, sin apresurarse, hacia el establo que estaba más caliente y protegido contra las inclemencias del tiempo que la cabaña donde él vivía, para que les diera de comer el criado negro que llevaba ropa más cálida de la que él y su familia poseían, para maldecir, entre el vapor de su propio aliento, al negro por su piel negra dentro de una ropa más abrigada que la suya, la de un hombre blanco, y para maldecir también el abundante alimento destinado a los animales y no a los seres humanos, aunque su propia vaca lo compartiera; para maldecir sobre todo al hombre blanco, ignorante de lo que sucedía, mediante cuya riqueza o precisamente a causa de ella existía semejante estado de cosas; y para maldecir el hecho de que su propia venganza —o la revancha que creía ser simple justicia y derecho suyo inalienable— no pudiera realizarse de un solo golpe, sino que dependiera en cambio de la lenta transformación de piensos convertidos en peso, más la incontrolable, incluso imprevisible, disposición amorosa de la vaca y los posteriores y largos nueve meses de gestación; y para maldecir finalmente su propia situación, que le imponía la única forma de justicia a su alcance: la espera pasiva y prolongada.
       De eso se trataba: la espera prolongada. No sólo la angustia de la esperanza retrasada, ni siquiera el agravio de la simple justicia retrasada, sino saber que, incluso cuando Houston recibiera el golpe, a él, Mink, le costaría dárselo ocho dólares en efectivo: los ocho dólares que tendría que afirmar que el imaginario comprador le había pagado por el animal con el fin de autentificar la mentira de que la había vendido y que, cuando reclamara la vaca en primavera, tendría que entregar a Houston como prenda de que hasta aquel momento creía de verdad que había vendido el animal —o por lo menos que había estimado su valor en ocho dólares— cuando fuera a contarle que el comprador había venido a verle a él, Mink, aquella misma mañana para decirle que la vaca se le había escapado la noche misma en que la compró y se la llevó a su casa, y reclamándole, por tanto, los ocho dólares que había pagado por ella, haciendo así de la vaca no sólo el objeto del arrogante desprecio de Houston sino también de la curiosidad interesada del resto de Frenchman’s Bend, ya que para entonces le habría costado a él, Mink, dieciséis dólares recuperar lo que desde un principio era suyo.
       Ése era el agravio: los ocho dólares. Porque tampoco contaba el hecho de que él, Mink, no hubiera podido mantener a la vaca durante el invierno por ocho dólares, y menos aún le hubiera añadido los quilos de carne que ahora veía con sus propios ojos que el animal llevaba encima. Lo que importaba era que tendría que darle a Houston, que no los necesitaba y que ni siquiera echaría de menos el pienso que la vaca se había comido, los ocho dólares con los que él, Mink, podría haberse comprado para Navidades cinco litros de whisky, además de un dólar o dos para las fruslerías que su mujer y sus dos hijas siempre le pedían gimoteando.
       Pero no había otra solución. Y en cualquier caso, su orgullo consistía en que no se resignaba. No estaba en su naturaleza ser tan poca cosa, tan insignificante, tan débil, como para aceptarlo todo mansamente tan sólo porque no sabía cómo evitarlo. Antes bien por el contrario, eso redoblaba la indignación y la rabia por la injusticia de tener que mostrarse adulador e incluso un poco encogido cuando fuera a recuperar la vaca; la injusticia de tener que malgastar una mentira por el privilegio de dar ocho dólares, que le hacían mucha falta, que había ahorrado haciendo sacrificios, y a un individuo que ni siquiera los necesitaba, que no advertiría su ausencia y que ni siquiera sabía aún que iba a recibirlos. Finalmente llegó el momento, el día, al final del invierno cuando, de acuerdo con la tradición local, los dueños del ganado que desde el otoño andaba suelto por los rastrojos de los maizales tenían que recoger a sus animales y encerrarlos para que se pudiera arar la tierra y volver a sembrar; y una tarde, más bien al anochecer, después de esperar a que su vaca hubiera recibido el último pienso con el resto de la manada de Houston, se acercó al pastizal, la gastada soga enrollada sobre el hombro y el insignificante puñado de billetes muy usados de dólar y de monedas de cuarto de dólar y de cinco y diez centavos en el bolsillo del mono, sin necesidad de adular ni de encogerse aún porque allí sólo estaría el negro con su bieldo, mientras el hombre acaudalado se hallaría en la casa, en la cocina calentita, en la mano un vaso de ponche que no estaría preparado con el nauseabundo y maloliente licor de fabricación casera que, por ejemplo, él, Mink, habría tenido que comprar con su parte de los ocho dólares si hubiera podido quedárselos, sino con un buen whisky con todos los papeles en regla que le habría traído de Menphis. Sin tener todavía ni que adular ni que encogerse; diciendo tan sólo, con voz tranquila y autoridad de hombre blanco, al negro que hizo una pausa en la puerta del establo para volver a mirarle:
       —Qué tal. Ya veo que tienen aquí a mi vaca. Ponle este ronzal al cuello y me la llevaré para que no estorbe —el negro mirándole un segundo más antes de marcharse, atravesando el establo en dirección a la casa; sin venir a por el ronzal, algo que él, Mink, no esperaba que hiciera de todas formas, sino yendo antes a decírselo al otro blanco, para saber qué hacer. Que era exactamente lo que él, Mink, había esperado, apoyando las muñecas, despellejadas y enrojecidas por el frío y que incluso las deshilachadas mangas del impermeable no lograban tapar, sobre la cerca pintada de blanco. Sí, claro; Houston con el ponche de buen whisky en la mano, probablemente descalzo, pero con los pies, enfundados en buenos calcetines de lana, sobre la estufa, calentándose en espera de la cena, y que ahora, lanzando una maldición, tendría que retirar los pies, volverse a poner las frías botas de caucho, húmedas y embarradas y volver al pastizal.
       Que fue lo que sucedió: el golpe seco de la puerta de la cocina y el chapoteo de las botas de caucho al cruzar el patio trasero y llegar al prado anunciaban al hombre sorprendido y molesto. Después atravesó también el establo, con el negro detrás, a tres metros de distancia.
       —¿Qué tal, Jack? —dijo Mink—. Es una lástima hacerle salir con el frío y la lluvia. Ese negro suyo podía haberlo resuelto sin llamarle. Acabo de enterarme hoy mismo de que ha tenido usted mi vaca todo el invierno. Si su negro le pone este ronzal, me la llevaré para que no les estorbe.
       —Me dijeron que se la había vendido a Nub Gowrie —dijo Houston.
       —Eso creía yo —respondió Mink—, hasta que Nub ha aparecido esta mañana montado en una mula y me ha dicho que la vaca se le escapó la misma noche que se la llevó a su casa y que no la había vuelto a ver desde entonces, de manera que le he devuelto los ocho dólares que me pagó por ella —echando ya mano al bolsillo y al exiguo montón de billetes y de monedas—. Así que como parece que el precio de esta vaca son ocho dólares, calculo que es eso lo que le debo a usted por mantenerla durante el invierno. Lo que la convierte en una vaca de dieciséis dólares, ¿no es cierto? tanto si ella lo sabe como si no. Aquí tiene. Coja el dinero y deje que su negro le ponga el ronzal y me la…
       —Esa vaca no valía ocho dólares el otoño pasado —dijo Houston—. Pero ahora vale bastante más. Ha comido pienso de mi propiedad por valor de más de dieciséis dólares. Aparte de que el toro joven la montó la semana pasada. Fue la semana pasada, ¿no es eso, Henry? —le preguntó al negro.
       —Sí, señor —dijo el negro—. El martes pasado. Lo apunté en el libro.
       —Si me hubiera usted informado antes, le habría ahorrado el esfuerzo al toro y también a ese negro suyo con el bieldo —dijo Mink. Y añadió, dirigiéndose al negro—: Vamos. Coge el ronzal…
       —Un momento —dijo Houston; también él se había llevado la mano al bolsillo—. Usted mismo acaba de fijar el precio de esa vaca en ocho dólares. De acuerdo. Se la compro.
       —Pero usted mismo asegura que ha subido de valor desde entonces —dijo Mink—. Y yo trato de darle por ella el resto hasta dieciséis. Así que está claro que no aceptaría dieciséis, y no digamos nada de ocho. Quédese con su dinero. Y si su negro está demasiado cansado para ponerle el ronzal, entraré y lo haré yo mismo —empezando incluso a trepar por la cerca.
       —Un momento —Houston se volvió hacia el negro—: ¿Cuánto dirías que vale ahora?
       —Pagarían treinta por ella —dijo el negro—. Puede que treinta y cinco.
       —¿Ha oído eso? —preguntó Houston.
       —No —dijo Mink, sin dejar de trepar por la cerca—. Nunca escucho lo que dicen los negros: me escuchan ellos a mí. Si no quiere ponerle el ronzal a la vaca, dígale que se aparte de mi camino.
       —No entre en mi propiedad, Snopes —dijo Houston.
       —Vaya, vaya —dijo Mink, con una pierna por encima de la cerca y el rollo de cuerda colgándole de una mano despellejada y enrojecida—, no me diga que lleva revólver siempre que trata de comprar una vaca. ¿También lo lleva para sembrar una simiente de algodón o un grano de maíz? —era todo un cuadro: Mink con la pierna por encima de la cerca; Houston del otro lado, con el revólver colgándole de la mano, apoyada en la pierna; el negro, también inmóvil, sin mirar a ningún sitio, mostrando un poco el blanco de los ojos—. Si me lo hubiera dicho también yo podría haber traído uno.
       —De acuerdo —dijo Houston. Colocó cuidadosamente el revólver encima del poste de la cerca que tenía al lado—. Deje la cuerda. Pase la cerca por el sitio donde está. Yo retrocederé hasta el poste siguiente; luego cuente hasta tres y veremos quién usa el revólver para comprar.
       —O quizá sea su negro quien cuente —dijo Mink—. Todo lo que tiene que hacer es decir tres. Porque tampoco yo tengo un negro conmigo. Está claro que se necesitan un negro amaestrado y un revólver para hacer con usted un trato sobre ganado —bajó la pierna al suelo por fuera de la cerca— Así que supongo que será mejor pasarme por el almacén y tener una conversación con tío Billy y el alguacil. Quizá debiera haberlo hecho antes y ahorrarme el paseo con este frío. Se me ocurre que podría dejar el ronzal, para no tener que traerlo y llevarlo, pero tal vez quisiera usted cargarme treinta y cinco dólares por recuperarlo, puesto que parece ser ése su precio límite para cualquier cosa de otro que aparece en su pastizal —se estaba marchando ya—. Hasta la vista, entonces. Y si hace algún trato con ganado de ocho dólares, asegúrese de que no le den monedas falsas.
       Se alejó con paso suficientemente firme, pero dominado por una rabia tan violenta que durante algún tiempo ni siquiera veía y le resonaban los oídos como si alguien acabara de disparar justo por encima de su cabeza. En realidad también contaba con la rabia y, ahora, a solas y en privado, era el mejor momento para dejar que se agotara. Porque se daba cuenta de que había previsto algo similar y que le iba a hacer falta tener la cabeza lo más clara posible. Instintivamente se había dado cuenta de que su escandalosa mala suerte inventaría algo parecido, de manera que incluso el hecho de que recurrir a Varner, el juez de paz, para que el alguacil presentara una comunicación a Houston reclamándole la vaca, le fuese a costar otro dos dólares y medio tampoco le sorprendió demasiado: se trataba una vez más de ellos, poniéndolo a prueba para ver todo lo que era capaz de sufrir y de aguantar.
       Así que, en cierto modo, tampoco le sorprendió lo que sucedió a continuación. En cierto modo fue culpa suya: los había subestimado; el asunto de llevarle a Houston los ocho dólares, ponerle el ronzal a la vaca y llevársela a casa, parecía una cosa demasiado sencilla, demasiado insignificante para despertar su interés. Pero se había equivocado; aún no habían terminado con él. Varner ni siquiera se mostró dispuesto a redactar la reclamación; por lo que dos días después se reunieron siete personas, contando al negro: Mink, Houston, Varner, el alguacil y dos tratantes de ganado; todos junto a la cerca del pastizal de Houston, mientras el negro sacaba la vaca para que la examinaran los dos expertos.
       —¿Y bien? —dijo Varner por fin.
       —Yo daría treinta y cinco —respondió el primer tratante.
       —Si la ha cubierto un toro de raza —añadió el segundo—, yo subiría hasta treinta y siete y medio.
       —¿No llegaría a cuarenta? —preguntó Varner.
       —No —dijo el segundo—. Tal vez no esté preñada.
       —Por eso no subiría yo hasta los treinta y siete y medio —intervino el primero.
       —De acuerdo —dijo Varner, un hombre alto, demacrado, estrecho de caderas y con un enorme bigote, lo que acentuaba el parecido con su padre, uno de los jinetes de la caballería de Forrest—. Vamos a dejarlo en treinta y siete y medio y a dividir por dos —ahora estaba mirando a Mink—. Cuando le haya pagado a Houston dieciocho dólares con setenta y cinco centavos recuperará la vaca. Sólo que usted no tiene los dieciocho dólares con setenta y cinco centavos, ¿no es cierto?
       Mink siguió allí, con las muñecas enrojecidas y en carne viva que el impermeable no llegaba a tapar descansando inmóvil sobre la cerca, la vista nublada una vez más, los oídos sonándole como si alguien hubiera disparado una escopeta por encima de su cabeza y en el rostro una expresión amable, casi como si sonriera.
       —No —dijo.
       —¿No se los podría prestar su primo Flem? —sugirió el segundo tratante. Nadie se molestó en responderle, ni siquiera para recordarle que Flem estaba todavía en Texas, a donde él y su mujer se habían marchado para pasar allí la luna de miel.
       —Entonces tendrá que pagarlo con trabajo —dijo Varner. Ahora hablaba con Houston—: ¿Tiene usted algo que ofrecerle?
       —Voy a cercar otro pastizal —dijo Houston—. Le pagaré cincuenta centavos diarios. Que trabaje treinta y siete días completos y otro más desde que amanezca hasta mediodía cavando los hoyos para los postes y tendiendo el alambre. ¿Qué hacemos con la vaca? ¿Sigo guardándola o se la lleva Quick? (Quick era el alguacil.)
       —¿Quiere usted que se la lleve Quick? —preguntó Varner.
       —No —dijo Houston—. Lleva tanto tiempo aquí que podría entrarle morriña. Además, así Snopes podrá verla todos los días y darse ánimos viendo cuál va a ser el fruto de su trabajo.
       —Bien, bien —dijo Varner con algo de impaciencia—. Ya está arreglado. No quiero saber nada más de este asunto.
       Eso era lo que tenía que hacer. Y su orgullo consistía en no resignarse nunca, pasara lo que pasase. Ni siquiera perdiendo la vaca, en el caso de que el animal mismo desapareciera de la ecuación, devolviéndole lo que podría llamarse paz. Eliminación de la vaca que podría haber llevado a cabo él mismo. Más aún: podría haber conseguido dieciocho dólares y setenta y cinco centavos por hacerlo, lo que, unido a los ocho dólares que Houston se había negado a aceptar, se convertía prácticamente en veintisiete dólares, más dinero en metálico del que había visto junto desde no recordaba ya cuándo, puesto que incluso el producto de la venta en otoño de una o dos balas de algodón, menos la parte del terrateniente que correspondía a Varner, menos la cuenta pendiente del almacén, apenas le dejaba otra cosa que los mismos ocho o diez dólares en metálico con los que ingenuamente había creído poder recuperar la vaca.
       Houston mismo se lo sugirió, de hecho, al segundo o tercer día de cavar hoyos y de colocar dentro los pesados postes de madera de algarrobo; Houston, que llegó a lomos del semental y estuvo un rato mirándolo. Mink ni siquiera hizo una pausa ni, mucho menos aún, levantó la vista.
       —Oiga —dijo Houston—. Míreme —Mink alzó entonces los ojos, pero sin dejar de trabajar. Houston había extendido ya la mano; Mink vio el dinero—. Varner dijo dieciocho con setenta y cinco. De acuerdo, aquí lo tiene. Cójalo, vuélvase a casa y olvídese de la vaca —Mink apartó la vista, se echó al hombro un poste que sin duda parecía más pesado y más sólido que él y lo dejó caer en el hoyo, apisonando la tierra con el mango de la pala, de manera que sólo tuvo que oír cómo el semental daba media vuelta y se marchaba.
       Al cuarto día tampoco necesitó más que oír acercarse al semental y pararse, y no tuvo que levantar la vista cunado Houston dijo:
       —Snopes —después, de nuevo— Snopes —luego— Mink —sin que él, Mink, alzara los ojos y menos aún se detuviera mientras decía:
       —Le estoy oyendo.
       —Deje eso ahora mismo. Tiene que labrar la tierra para sembrar. Tiene que ganarse la vida. Váyase a casa y vuelva después de que haya sembrado.
       —No me queda tiempo para ganarme la vida —dijo Mink, sin hacer la menor pausa—. Tengo que llevarme la vaca a casa.
       A la mañana siguiente no fue Houston a lomos del semental sino Varner en persona con su calesa. Si bien él, Mink, no sabía aún que era Varner quien se había asustado de pronto, temeroso por la paz y la tranquilidad del pueblo que tenía tan bien agarrado con su férrea mano de usurero, apoyada en las hipotecas y los derechos de retención conservados en la gran caja fuerte del almacén. Y ahora él, Mink, alzó los ojos y vio dinero en el puño cerrado que descansaba sobre la rodilla de Varner.
       —He incluido esto en su cuenta de suministros del año —dijo Varner—. Vengo de su casa. Todavía no ha abierto usted un solo surco. Recoja esas herramientas, tome el dinero, déselo a Jack, llévese a casa la condenada vaca y póngase a arar.
       Aunque esta vez se trataba sólo de Varner; podía hacer una pausa y apoyarse incluso en el pico—. ¿Ha oído usted que yo me haya quejado de su sentencia sobre la vaca? —preguntó.
       —No —dijo Varner.
       —En ese caso apártese de mi camino, y ocúpese de sus asuntos y deje que yo me ocupe de los míos —dijo. Entonces Varner se apeó de la calesa (un hombre lo bastante viejo para que los deudores que le adulaban lo llamasen tío Billy, pero todavía lo bastante ágil para bajarse de un salto, las riendas en una mano y la fusta en la otra).
       —Váyase al infierno —dijo—; recoja las herramientas y vuelva a su casa. Estaré allí antes de que amanezca, y si para entonces no encuentro algún surco hecho, voy a tirar al camino hasta la última porquería que tenga dentro de esa casa y se la alquilaré a otro mañana mismo.
       Y él, Mink, mirándolo con la misma expresión amable, casi como si sonriera.
       —Sería usted capaz de hacerlo —dijo.
       —Puede estar seguro —respondió Varner—. Vamos. Váyase ahora mismo.
       —Claro que sí, cómo no —dijo—. Dado que se trata de la siguiente sentencia del tribunal acerca de este caso, y dado que una persona amante de la ley siempre acata la sentencia de un tribunal —dándose la vuelta.
       —Vamos —dijo Varner cuando ya estaba de espaldas—. Coja este dinero.
       —¿No es eso cierto? —dijo Mink, alejándose.
       A media tarde había arado más de la cuarta parte de una hectárea. Cuando giró el arado al final de un surco vio la calesa que se acercaba por el camino. Esta vez había dentro dos personas, Varner y el alguacil, Quick, y el vehículo se movía a paso de tortuga porque, atada con una cuerda al eje trasero, venía su vaca. Mink no se apresuró; inició el nuevo surco, desenganchó los tirantes y ató la mula a la cerca; sólo después se acercó a donde estaban los dos hombres, todavía sentados en la calesa, mirándolo.
       —He pagado a Houston los dieciocho dólares y aquí está su vaca —dijo Varner—. Y si alguna vez me entero de que usted o algo que le pertenezca aparece en las tierras de Jack Houston, lo meteré en la cárcel.
       —Y setenta y cinco centavos —dijo Mink—. Aunque quizá se hayan evaporado. Esa vaca ha sido objeto de una sentencia judicial. Sólo puedo aceptarla de acuerdo con los términos de la sentencia.
       —Lon —le dijo Varner al alguacil con voz monótona y casi amable—, mete la vaca ahí dentro, quítale la cuerda y vuelve a la calesa lo más de prisa que puedas.
       —Lon —dijo Mink con voz igualmente amable e igualmente monótona—, si metes esa vaca en mi tierra, iré a buscar la escopeta y la mataré.
       No se paró a ver lo que hacían. Volvió junto a la mula, desató las riendas, las enganchó en los tirantes y abrió otro surco, de espaldas a la casa y al camino, de manera que sólo cuando hizo girar a la mula al final del surco vio por un momento la calesa alejándose al paso de tortuga que le imponía el lento caminar de la vaca. Siguió arando la tierra hasta que se hizo de noche y le llegó la hora de comerse la cena a base de cerdo salado de mala calidad, melaza barata y harina con gorgojos que, incluso después de habérsela comido aún seguiría siendo propiedad de Will Varner hasta que él, Mink, hubiera desmotado y vendido, al otoño siguiente, el algodón que aún no había plantado.
       Una hora después, con una lámpara de queroseno para iluminar débilmente el lento alzarse y caer del pico, estaba otra vez en la cerca de Houston. No se había tumbado ni había dejado de trabajar desde el amanecer; cuando volviera a salir el sol llevaría veinticuatro horas sin dormir; y cuando de hecho el sol le iluminó de nuevo estaba otra vez en sus campos con la mula y el arado, y sólo se detuvo a la hora del almuerzo, para volver otra vez después al campo…, o eso creía hasta que despertó y se encontró tumbado en el surco que acababa de hacer, bajo los mangos en ángulo del arado hundido en la tierra, la mula anclada, todavía entre los tirantes, y el sol a punto de ocultarse.
       Después de la cena, idéntica al desayuno y a la cena de la noche anterior, cruzó, una vez más, con la lámpara encendida el pastizal de Houston camino de donde había dejado el pico con que cavaba los agujeros. No vio a Houston, que estaba sentado en el montón de postes, hasta que se puso en pie, con la escopeta recostada sobre el brazo izquierdo.
       —Váyase a casa —dijo Houston—. Y no vuelva nunca después de ponerse el sol. Si quiere matarse, que no sea aquí. Quizá no pueda impedir que trabaje durante el día para pagar esa vaca, pero voy a impedírselo por la noche.
       Pero también podía soportar aquello. Y es que ya conocía el truco. Lo había aprendido por las bravas; había tenido que enseñárselo a sí mismo por pura necesidad: un hombre es capaz de superar cualquier cosa por el simple procedimiento de negarse a aceptarlo, de no resignarse, de no someterse. Podía incluso dormir por la noche. No era tanto que tuviera tiempo para dormir como que había alcanzado algo muy parecido a la paz, liberándose de la prisa y de la precipitación. Labró el resto de su tierra arrendada, luego abrió los espacios libres entre los surcos cuando el tiempo era bueno, dedicando los malos días a la cerca de Houston, haciendo una cruz para indicar que le quedaba un día menos, es decir, cincuenta centavos menos para recuperar la vaca. Pero ya sin prisa, sin sensación de urgencia; cuando finalmente llegó la primavera y la tierra tuvo la tibieza suficiente para recibir la simiente y se dio cuenta de que no podría trabajar en la cerca durante muchos días por las exigencias de sus propios cultivos, lo aceptó con calma, yendo a por sus simientes de maíz y algodón al almacén de Varner y procediendo después a la siembra, haciéndolo con más cuidado que nunca, porque ahora sólo necesitaba matar el tiempo hasta que pudiera volver a la cerca y disolver con el sudor de su frente medio dólar más. Porque la paciencia era también parte de su orgullo; no resignarse nunca porque de esa manera podía vencerlos; quizá fuesen más fuertes que él de momento, pero nadie ni nada lograría esperar más tiempo que él cuando únicamente esperar era lo que hacía falta, lo que le permitiría alcanzar sus objetivos.
       Finalmente un día, al ponerse el sol, pudo prescindir de la paciencia al mismo tiempo que dejaba definitivamente el pico, los tensores y lo que quedaba del alambre. Houston, por supuesto, sabía también que era el último día. Probablemente habría pasado las horas esperando que, en el momento en que el sol se ocultara tras los árboles de poniente, apareciera al trote por el camino para llevarse la vaca; probablemente se habría pasado todo el día, desde el amanecer, en la ventana de la cocina para verlo a él, Mink, dirigirse hacia su lugar de trabajo con el ronzal de la vaca, dispuesto a llevársela a casa en cuanto terminara. De hecho, durante todo aquel último día, mientras cavaba los últimos hoyos y no enterraba los postes sino el último resto del desafuero que ellos habían cometido contra él, utilizando al viejo Will Varner en persona como instrumento para ver lo que era capaz de soportar, se imaginaba a Houston recorriendo en vano con la mirada el camino que llevaba hasta su casa, examinando matorrales y rincones para descubrir dónde había escondido el ronzal.
       Cuando lo cierto era que aún no lo había traído y que estuvo trabajando sin parar hasta que el sol se ocultó por completo, de manera que nadie pudiera decir que la jornada de trabajo no estaba completa y acabada; sólo entonces recogió el pico y la pala y los tensores, para devolverlos al cercado donde se daba de comer a los animales y colocarlos ordenada y cuidadosamente en la esquina donde el negro o Houston o cualquiera que quisiera mirar no tendría más remedio que verlos, sin volver la cabeza ni siquiera una vez hacia la casa de Houston, ni tampoco hacia la vaca que nadie podía ya negar que era suya, antes de echar a andar por el camino hacia su cabaña, a tres quilómetros de distancia.
       Cenó tranquilamente y sin apresurarse, sin aguzar siquiera el oído en espera de la vaca y de quien fuera que se presentara esta vez con ella. Podría incluso tratarse de Houston en persona. Aunque, pensándolo mejor, Houston era como él; tampoco se asustaba fácilmente. El miedo y la preocupación del viejo Will Varner le harían mandar al alguacil con la vaca, ahora que la sentencia estaba cumplida hasta el último penique, con él, Mink, comiéndose el tocino y el pan y bebiéndose el café con la misma expresión amable, casi sonriente, imaginándose a Quick maldiciendo y tropezando camino adelante, molesto por tener que hacer aquel trabajo a oscuras cuando también a él le gustaría estar cenando en casa sin que le apretaran las botas; Mink ensayaba, preparaba ya las frases que le iba a decir: «He trabajado dieciocho días y medio. Se necesita un periodo de luz y otro de oscuridad para hacer un día completo, y hoy no se acaba hasta el amanecer de mañana. Llévate esa vaca a donde Will Varner y tú la pusisteis hace dieciocho días y medio e iré por la mañana a recogerla. Y recuérdale a ese negro que le dé pronto de comer, para que no tenga que esperar».
       Pero no oyó nada. Y sólo entonces se dio cuenta de que en realidad esperaba que apareciera la vaca, que había contado con su vuelta, por así decirlo. Tuvo de repente un ligero sobresalto producido por el miedo, por el terror casi, al descubrir lo engañoso de la paz de la que había creído disfrutar desde su enfrentamiento con Houston y su escopeta aquella noche, dos meses atrás, junto a la cerca; ahora estaba ya tan poco seguro de lo que había creído que era paz que tenía que estar constantemente sobreaviso, puesto que aparentemente cualquier cosa podía devolverlo al momento en que Will Varner dijo que, para recuperar la vaca, tendría que trabajar por valor de dieciocho dólares con setenta y cinco centavos a cincuenta centavos diarios. Ya no le quedaba más remedio que asegurarse de que Quick no se la había traído a hurtadillas, echando luego a correr, huyendo; tenía que encender una lámpara y salir para ver si encontraba lo que sabía que no iba a encontrar. Y por si eso fuera poco, tendría que explicar a su mujer a dónde iba con la lámpara. Inevitablemente tuvo que explicárselo, utilizando un verbo que además era una grosería cuando ella le dijo: «¿A dónde vas? Creía que Jack Houston te lo había advertido», y añadiendo a continuación, no por la ordinariez, sino porque tampoco ella le dejaba en paz:
       —A no ser, por supuesto, que quieras salir tú y hacerlo en mi lugar.
       —¡Asqueroso! —exclamó ella—. ¡Usar palabras como ésa delante de las niñas!
       —Por supuesto —respondió él—. También podrías mandarlas a ellas. Quizá entre las dos igualaran a un adulto. Aunque por la manera que tienen de comer, cualquiera de las dos bastaría.
       Se llegó hasta el establo, pero la vaca no estaba allí, como ya sabía. Se alegró. Todo lo sucedido (el darse cuenta de que incluso si uno de ellos le hubiera traído la vaca, habría tenido que salir y mirar en el establo para estar seguro) había sido una ayuda, le había enseñado, sin que realmente le sucediera nada malo, exactamente lo que ellos se proponían, que no era otra cosa que sacudirlo, empujarlo por sorpresa para hacerle perder el equilibrio y causar su ruina, puesto que no podían ganarle de ninguna otra manera; no podían hacerlo con dinero o con su falta, como tampoco podían esperar más tiempo que él; sólo le podían ganar haciéndole perder el equilibrio, derribándolo y poniéndolo en la situación de rabia ciega y sorda en la que perdía por completo la razón.
       Pero ya estaba otra vez perfectamente. En realidad había ganado; cuando a la mañana siguiente cogiera el ronzal y fuese a por la vaca, no sería Quick sino el mismo Houston quien dijera: «¿Por qué no vino anoche? Los dieciocho días y medio terminaron al anochecer»; de manera que sería al mismo Houston a quien tendría que contestarle: «Se necesita un periodo de luz y otro de oscuridad para hacer un día completo. Los dieciocho y medio terminan hoy por la mañana…, con tal de que ese delicado negro de usted ya le haya dado de comer».
       Durmió. Desayunó; el amanecer lo vio avanzando sin prisa por el camino hacia el pastizal de Houston, el ronzal enrollado a la altura del hombro para apoyar los brazos cruzados en lo alto de la cerca; estuvo contemplando al negro con el bieldo y también a Houston por espacio de un minuto o dos antes de que ellos lo vieran a él.
       —Buenos días, Jack —dijo—. Vengo a por la vaca objeto de la sentencia del tribunal, si es usted tan amable de decirle a ese negro suyo que haga el favor de ponerle el ronzal si no tiene inconveniente —sin dejar de apoyarse en la cerca mientras Houston se acercaba hasta pararse a uno tres metros de distancia.
       —Todavía no ha terminado usted —dijo—. Debe dos días más.
       —Vaya vaya —dijo Mink, sin alterarse y calmosamente, casi con amabilidad—. Imagino que una persona con muchos sementales y vacas de raza, por no hablar de casi un quilómetro de cerca nueva que no le ha costado un céntimo, es fácil que se confunda en una cosa de tan poca importancia como unos cuantos dólares, sobre todo si sólo se trata de dieciocho dólares con setenta y cinco centavos. Pero yo no tengo más que una vaca de ocho dólares, o más bien lo que siempre creí que era una vaca de ocho dólares. No soy lo bastante rico para no saber contar dieciocho con setenta y cinco.
       —No estoy hablando de dieciocho dólares —dijo Houston—. Estoy…
       —Con setenta y cinco centavos —dijo Mink.
       —… hablando de diecinueve dólares. Me debe usted un dólar más.
       Mink no se movió; la expresión de su rostro no se alteró.
       —¿Qué dólar más? —se limitó a preguntar.
       —El dólar de la indemnización —dijo Houston—. La ley dice que cuando alguien recoge un animal que se ha perdido y el propietario no lo reclama antes de la noche de ese mismo día, la persona que encuentra al animal tiene derecho a un dólar de indemnización.
       Mink siguió completamente inmóvil; ni siquiera apretó con más fuerza la soga que tenía en la mano.
       —Por eso se apresuró usted aquel día a ahorrarle a Lon la molestia de llevarse la vaca a casa —dijo—. Para conseguir ese dólar más.
       —Me tiene sin cuidado un dólar más —dijo Houston—. Y por mí Quick se puede ir al infierno. Le hubiera dejado la vaca de mil amores. Me la quedé para evitar que tuviera usted que hacer todo el camino hasta su casa para recuperarla. Aparte de que yo le he dado de comer todos los días, cosa que Quick no habría hecho. El pico y la pala y los tensores están en la misma esquina donde los dejó anoche. En el momento que quiera…
       Pero Mink se había dado ya la vuelta, echando a andar, calmosamente pero con firmeza, con la soga enrollada, por el camino hasta la carretera, pero no en dirección a su casa sino en la contraria, la del almacén de Varner a seis quilómetros de distancia, recorriendo la luminosa mañana de verano, dulce y todavía joven, entre bosques llenos de vida en los que los cornejos, los ciclamores y los ciruelos silvestres habían florecido y perdido las flores tiempo atrás, junto a los campos cultivados en los que crecían con fuerza el maíz y el algodón, aunque las plantas no fuesen tan hermosas como las suyas (evidentemente las personas que las habían plantado no habían disfrutado de la tranquilidad y la paz que él había creído tener durante la sementera); pisando calmosamente la tierra primaveral y fértil, hirviendo de vida —los frenéticos brillos y resplandores y los gritos de los pájaros, un conejo saliéndole prácticamente de debajo de los pies, tan joven y tan flaco que casi no tenía más que dos dimensiones, a no ser que la tercera fuese la velocidad—, hasta llegar al almacén de Varner.
       La galería de madera carcomida por encima de los peldaños igualmente carcomidos estaba vacía. Los hombres con mono que una vez terminadas las faenas del campo vendrían a acuclillarse y a pasar el resto del día apoyados contra la fachada del almacén o incluso en su interior, también estarían hoy en sus tierras, abriendo zanjas o reparando cercas o pasando las primeras gradas y arados de pala y cultivadoras entre los tallos de las plantas ya crecidas. De hecho también el almacén estaba vacío. Mink pensó Si Flem estuviera aquí…, porque Flem no estaba allí; él, Mink, sabía mejor que nadie que su luna de miel tendría que durar hasta que pudieran volver a casa y decir a Frenchman’s Bend que la criatura que traían consigo no había nacido, como mínimo, antes de mayo. Pero si no hubiera sido eso habría sido otra cosa; la ausencia de su primo cuando se le necesitaba era otra prueba más, otro hostigamiento, otro intento de enloquecerlo, no para ver si sobrevivía, porque de eso ellos no tenían la menor duda, sino simplemente por el placer de verlo hacer otra cosa más que no estaba en absoluto justificado que tuviera que hacer.
       Sólo que tampoco encontró allí a Varner. Mink no se lo esperaba. Había dado por sentado que ellos no desaprovecharían la oportunidad: tener el almacén rebosante de personas que deberían haber estado trabajando en el campo, oídos ociosos y bien aguzados para enterarse de todo lo que él hubiera venido a decirle a Will Varner. Pero hasta Varner se había ido; en el almacén estaban únicamente Jody Varner y Lump Snopes, el sustituto que Flem se había buscado cuando dejó el puesto el verano anterior para casarse.
       —Si se ha ido a Jefferson, no estará de vuelta hasta la noche —dijo Mink.
       —No se ha ido a Jefferson —dijo Jody—; ha ido a ver un molino en Punkin Creek y dijo que estaría de vuelta para la hora del almuerzo.
       —No volverá hasta la noche —dijo Mink.
       —De acuerdo —dijo Jody—. En ese caso vete a casa y vuelve mañana.
       De todas formas salía perdiendo. Podía haber recorrido los ocho quilómetros hasta su casa y luego los otros ocho de vuelta antes de mediodía sin tener que apretar demasiado el paso, si le hubiera apetecido andar. O quedarse cerca del almacén hasta mediodía y esperar a que el viejo Varner apareciese por fin hacia la hora de la cena, que sería lo que hiciese, porque ellos, naturalmente, no dejarían escapar la oportunidad de obligarle a perder un día entero. Lo que significaba que tendría que dedicar la mitad de una noche a cavar hoyos para los postes de Houston, dado que necesitaba completar las dos jornadas de trabajo pasado mañana al mediodía para poder acabar lo que tendría que hacer dado que le era imprescindible ir personalmente a Jefferson.
       O podría haber vuelto a casa con el tiempo justo para almorzar y regresar luego al almacén, puesto que ya habría perdido el día entero de todos modos. Pero sin duda ellos no dejarían escapar la oportunidad; tan pronto como se hubiera alejado lo suficiente, la calesa regresaría de Punkin Creek y Varner se apearía de ella. De manera que esperó hasta después de mediodía cuando, tan pronto como Jody se marchó a almorzar a su casa, Lump cortó un trozo de queso y cogió un puñado de galletas saladas del barril.
       —¿No almuerzas? —dijo Lump—. Will no dejará de comer por nada del mundo.
       —No —dijo Mink.
       —Te lo puedo apuntar en la cuenta si tanto te preocupa privar a Will Varner de cinco centavos —dijo Lump.
       —No tengo hambre —dijo el otro. Pero había una cosa que podía hacer, un preparativo del que podía ocuparse, dado que no estaba lejos. De manera que fue allí, al sitio que ya había elegido, e hizo lo que era necesario, puesto que ya sabía lo que Varner iba a decirle; después regresó al almacén y sí, exactamente a media tarde, exactamente a tiempo para agotar lo que quedaba de todo un día de trabajo, llegó la calesa y Varner se apeó y estaba atando las riendas al poste de la galería al que siempre las ataba cuando Mink se le acercó.
       —Está bien —dijo Varner—. ¿Qué es lo que pasa ahora?
       —Una pequeña información sobre leyes —dijo Mink—. La cuestión del dólar de indemnización.
       —¿Cómo? —dijo Varner.
       —Precisamente eso —dijo Mink, tranquilamente, con naturalidad y con una expresión tan amable que casi parecía sonreir—. Yo creía que había terminado los treinta y siete días y medio al anochecer de ayer. Pero cuando he ido esta mañana a por la vaca, parece que no he terminado del todo, que aún debo dos días más a causa del dólar de indemnización.
       —Demonios coronados —dijo Varner, y se quedó un rato lanzando maldiciones por encima de su interlocutor, que era mucho más bajo—. ¿Ha sido Houston quien le ha dicho eso?
       —Así es —dijo Mink.
       —Demonios coronados —repitió Varner. Se sacó del bolsillo de atrás del pantalón un enorme billetero de cuero muy gastado, atado como si fuera una maleta, y sacó de su interior un billete de dólar—. Tenga —dijo.
       —De manera que según la ley tengo que pagar otro dólar para recuperar la vaca.
       —Sí —dijo Varner—. Si Houston decide reclamarlo. Tenga este dólar…
       —No lo necesito —dijo Mink, dándose ya la vuelta— Houston y yo no hacemos tratos con dinero, sino con hoyos para postes. Sólo quería saber lo que dice la ley. Y si la ley es ésa, supongo que una persona respetuosa de la ley como yo no tiene otro remedio que acatarla. Porque si la gente no acata la ley, ¿de qué sirven todas las molestias y los gastos para mantenerla?
       —¡Espere! —dijo Varner—. No vuelva allí. No se acerque a las tierras de Houston. Váyase a casa y espere. Le llevaré la vaca en cuanto encuentre a Quick.
       —No hace ninguna falta —dijo Mink—. Quizá no tenga dentro de mí tantos hoyos de poste como dólares tiene Houston, pero calculo que me quedan los suficientes para dos días más.
       —¡Mink! —dijo Varner—. ¡Mink! ¡Vuelva aquí! —pero ya se había ido aunque no había ninguna razón para apresurarse, porque el día estaba perdido; pero a la mañana siguiente volvió al pastizal de Houston y trabajó hasta que se puso el sol. Esta vez escondió las herramientas bajo un matorral, como hacía siempre cuando iba a volver al día siguiente; luego regresó a casa y comió el tocino y la salsa espesada con harina y los bollos mal cocidos; no tenían más que un reloj en casa, el despertador de hojalata que puso para que sonara a las once de la noche; había dejado café en el puchero y parte del tocino frío en la sartén con la grasa solidificada y dos bollos, y casi era ya exactamente la medianoche cuando los salvajes ladridos del perro hicieron que el negro saliera hasta la puerta y él, Mink, dijo: «Es el señor Snopes, que se presenta para trabajar. Hay que apuntar que acaban de dar las doce». Tenía que hacerlo así para marcharse a mediodía. Y ellos —Houston— aún lo contemplaba, porque cuando el sol dijo mediodía y él dejó las herramientas en la esquina de la cerca, la vaca estaba allí con un ronzal nuevo, que Mink procedió a quitarle, atándole alrededor de los cuernos la cuerda que él llevaba, y esta vez no tiró de ella, sino que, manteniéndose al trote, la obligó a caminar por delante, azotándola en los cuartos traseros con el extremo de la cuerda.
       Y es que andaba escaso de tiempo para llevarla a casa y meterla en la cuadra. Tampoco le quedaría tiempo para almorzar, dado que, incluso campo a través, tenía que recorrer una distancia de ocho quilómetros: y es que, como Varner no vendía cartuchos del diez, precisaba llegar antes de que el cartero saliera a las dos en punto del almacén camino de Jefferson. Pero su mujer y sus hijas estaban sentadas a la mesa, lo que al menos evitaría discusiones, la necesidad de maldecirlas hasta que se callaran o quizá incluso de tener que recurrir a la fuerza, pegar a su mujer, para ir al hogar de la chimenea, sacar el ladrillo suelto y coger, de la caja de rapé que había detrás, el único billete de cinco dólares que a través de todas las vicisitudes conservaban allí, al igual que el propietario de un barco vende o empeña o pierde todo su equipo pero todavía se aferra a un salvavidas o a una boya en anilla. Pero aún le quedaban cinco cartuchos para su anticuada escopeta del diez, desde uno con postas para pájaros hasta otro con postas del dos para pavos y gansos silvestres. Pero los tenía desde hacía años, tantos que ya no recordaba cuántos; y además, aunque tuviese la seguridad de que fueran a funcionar, Houston se merecía algo mejor.
       Dobló el billete cuidadosamente, se lo metió en el bolsillo que tenía el peto del mono, y llegó al almacén antes de que el cartero se marchara; a las cuatro de la tarde ya se divisaba Jefferson del otro lado del último valle y, por simple precaución, con un sencillo gesto instintivo de preparación, metió los dedos en el bolsillo del peto, luego escarbó frenéticamente, él mismo inmóvil en apariencia, dentro del bolsillo vacío donde sabía que había guardado el billete después de doblarlo cuidadosamente; a continuación permaneció inmóvil junto al cartero mientras la calesa iniciaba el descenso de la colina. Tengo que hacerlo pensó de manera que cuanto antes mejor y luego dijo calmosamente:
       —Está bien. Creo que es el momento de devolverme el dinero.
       —¿Cómo? —dijo el cartero.
       —El billete de cinco dólares que tenía en el bolsillo cuando me subí a la calesa junto al almacén de Varner.
       —Así que esas tenemos, hijo de mala madre —dijo el cartero. Llevó la calesa a un lado del camino, enrolló las riendas en el mango de la fusta, se apeó y dio la vuelta hasta colocarse del lado del vehículo donde se encontraba Mink—. Bájate —le dijo.
       Ahora me tengo que pelear con él pensó Mink pero estoy sin navaja y lo más probable es que se me adelante si trato de coger un palo. De manera que será mejor acabar cuanto antes. Se apeó de la calesa y el cartero le dio tiempo para que alzara las diminutas manos impotentes en gesto de pelea. Luego un tremendo golpe del que Mink casi no se percató, más consciente en cambio de la dura horizontalidad inflexible de la tierra, del suelo contra su espalda, allí tumbado, casi con un sentimiento de paz, mientras veía al cartero subirse de nuevo a la calesa y alejarse.
       Después se levantó. Pensó además de ahorrarme el viaje, aún tendría los cinco dólares. Pero sólo un momento; ya estaba de nuevo en la carretera, caminando a buen paso hacia la ciudad como si realmente supiera lo que hacía. Y así era en realidad, porque ya se había acordado de que dos, quizá tres años antes, Solón Quick o Vernon Tull, o quienquiera que fuese, había visto al oso, el último oso de aquella parte del condado, cuando atravesó la presa del molino de Varner y se ocultó entre la espesura, y de cómo se organizó la cacería y alguien fue a caballo hasta Jefferson en busca de Ike McCaslin y de Walter Ewell, los mejores cazadores del condado, y todos se presentaron con sus cartuchos de postas para caza mayor y los perros de cazar osos y ciervos y colocaron a los tiradores en sus puestos y luego avanzaron hasta el fondo del valle donde se había visto al oso, que ya se había marchado para entonces. De manera que sabía qué era lo que tenía que hacer o, al menos, cómo intentarlo, hasta que cruzó la plaza y entró en el almacén de ferretería del que McCaslin era el socio más joven y le vio los ojos. No servirá de nada pensó calmosamente. Ha vivido demasiado tiempo en el bosque con ciervos y osos y panteras que están o no están, y lo sabe de prisa y ahora mismo, y no hay término medio. No sabría cómo creer una mentira aunque yo fuera capaz de contársela. Pero tenía que intentarlo.
       —¿Para qué necesita dos cartuchos de postas gruesas?
       —Un negro dijo esta mañana que había visto la huella del oso en la ciénaga de Blackwater.
       —No —dijo McCaslin—. ¿Para qué quiere esos dos cartuchos de postas gruesas?
       Se los podré pagar en cuanto desmote el algodón —dijo Mink.
       —No —dijo McCaslin—. No se los voy a dar. No hay nada en Frenchman’s Bend que necesite postas gruesas.
       En realidad no necesitaba comer, a pesar de que no había probado bocado desde la medianoche, pero tenía que pasar el tiempo de algún modo hasta la mañana del día siguiente, momento en que sabría si el cartero iba a estar dispuesto a llevarlo o no hasta el almacén de Varner. Sabía de un pequeño restaurante no muy limpio situado en un callejón, cuyo dueño era Ratliff, el vendedor de máquinas de coser, muy conocido en Frenchman’s Bend, un lugar donde, si uno tenía medio dólar o incluso cuarenta centavos, se podían comer dos hamburguesas y plátanos por valor de cinco centavos y salir de allí todavía con veinticinco centavos.
       Por ese dinero tendría cama en el Hotel Comercial (un edificio de dos pisos de madera sin pintar, también situado a trasmano; dos años después su primo Flem sería el propietario, pero eso, claro está, Mink no podía saberlo aún. De hecho no había pensado ni una sola vez en su primo desde el momento en que entrara el día anterior en el almacén de Varner, donde, hasta su marcha en compañía de su mujer camino de Texas en agosto, lo primero que hubiera visto al entrar habría sido a Flem). Todo lo que tenía que hacer era esperar a que fueran las ocho de la mañana del día siguiente, porque si pasar el tiempo costara dinero en efectivo ya llevaría años en el asilo.
       Era de noche, estaban encendidas las luces de la plaza, y las del drugstore iluminaban la acera, manchándola suavemente de rosa y verde a causa de los tarros llenos de líquido rojo y verde del escaparate; Mink vio también el bar donde sólo se vendían bebidas no alcohólicas y a los jóvenes, chicos y chicas, con su ropa de ciudad, comiendo y bebiendo helados y batidos de colores llamativos; todos pasaban por delante de sus ojos: las parejas, los muchachos y las muchachas, los ancianos y los niños, caminando todos en la misma dirección. Luego oyó música, un piano, que sonaba muy fuerte. Mink lo siguió y vio una empalizada muy alta en un solar con la entrada junto a la taquilla iluminada: lo llamaban el Palacio de los Sueños; lo había visto otras veces de día cuando iba a la ciudad los sábados y también de noche en tres ocasiones, iluminado igual que ahora. Pero no había entrado nunca porque las tres veces que estuvo en Jefferson después de oscurecer lo hizo viniendo desde Frenchman’s Bend a lomos de mula con compañeros de su misma edad y sexo para coger el primer tren de Memphis y dirigirse a un burdel con el exiguo puñado de dólares arrancados a viva fuerza a su escaso sustento, como había arrancado los dos días de ausencia en los que no iba a trabajar, y sintiendo en la sangre una necesidad mucho más urgente y apasionada que la de ver una película.
       Aunque esta vez podría haberse gastado los diez centavos de la entrada. Pero se quedó a un lado mientras la cola de espectadores avanzaba lentamente hacia la taquilla y siguió allí hasta que el último desapareció en el interior. Luego el resplandor cegador de la luz que procedía de más allá de la empalizada se transformó en un frío parpadeo; Mink, acercándose a la valla y poniendo el ojo sobre una rendija pudo ver una sección, un fragmento del recinto: la oscura hilera de cabezas inmóviles por encima de las cuales estallaba el cono de luz con su peculiar zumbido, fragmentándose en los apasionados y evanescentes fingimientos en los que bailaban y parpadeaban efímeras esperanzas y sueños, sugestivos pero decepcionantes, puesto que él sólo veía una estrecha franja vertical, hasta que le llegó una voz desde la taquilla que tenía detrás:
       —Pague diez centavos y entre. Así podrá ver la película.
       —No, muchas gracias —respondió Mink, poniéndose en movimiento. La plaza estaba otra vez vacía, hasta que al terminar la proyección, los jóvenes, chicos y chicas, antes de regresar a sus casas, volvieran a beber y a comer los batidos y los helados que Mink tampoco había probado nunca. Tenía esperanzas de ver quizá un automóvil; ya había dos en Jefferson por aquel entonces: el deportivo rojo del alcalde, el señor De Spain, y el White Steamer propiedad del presidente del banco más antiguo, el Banco de Jefferson (El coronel Sartoris, el acaudalado presidente del otro banco, más reciente, no sólo no era dueño de un automóvil, sino que tres años antes había hecho aprobar una ley prohibiendo que circularan por las calles de Jefferson vehículos a motor a raíz de que el automóvil que un individuo llamado Buffaloe había fabricado en el patio trasero de su casa fuera el causante de que la pareja de caballos del coronel se desbocara). Pero Mink no se cruzó con ninguno de los dos; la plaza seguía vacía cuando la cruzó. Luego el hotel, el Holston, con los viajantes de comercio en las sillas de cuero, tomando en la acera el fresco de la noche; uno de los jacos de la cuadra de caballos de alquiler ya estaba allí, y el mozo negro lo cargaba con las bolsas de viaje y los muestrarios para el tren en dirección sur.
       De manera que más le valía seguir andando para llegar a tiempo, si bien las cuatro esferas iluminadas del reloj que coronaba el juzgado marcaban sólo las ocho y diez y él sabía por experiencia que el tren de Nueva Orleans, procedente de Memphis Junction, no pasaba por
       Jefferson hasta las nueve menos dos minutos. Aunque también sabía que los trenes de mercancías podían pasar casi a cualquier hora, sin contar con el otro tren de pasajeros, que también conocía por experiencia, y que se dirigía hacia el norte a las cuatro y media. De manera que sólo con hacer noche en la estación, sin moverse siquiera, vería sin duda dos trenes y quizá hasta cinco o seis antes de que saliera el sol.
       Dejó atrás la plaza, luego las casas a oscuras donde algunos de los ancianos que no iban al cine pasaban el tiempo en mecedoras casi invisibles en la fresca penumbra de los patios, a continuación un barrio donde sólo vivían negros, también con su luz eléctrica, y siguió adelante tranquilo, sin preocupaciones, sin necesidad de luchar y esforzarse contra viento y marea, sin tener que ganar derecho y justicia porque ya estaban perdidos, tan sólo defender el principio, su derecho a que se le hiciera justicia; podía, en cambio, hablar un poco y entrar incluso en la casa de un negro y tumbarse y dormir en lugar de andar todo el camino hasta la estación sólo para tener algo que mirar hasta que el maldito cartero se pusiera en marcha a las ocho de la mañana. Luego la estación: los ojos verdes y rojos de las señales luminosas, el autobús del hotel, los jacos de alquiler y el colectivo de Lucius Hogganbeck; el largo andén iluminado con luz eléctrica y repleto ya de los hombres y de los chicos que acudían a ver pasar el tren, y que también habían estado allí las tres veces que él se apeara, mirándolo como si viniera de algún lugar mucho más remoto que una casa de putas de Memphis.
       Después el tren mismo: los cuatro silbidos para el cruce del norte, el farol de la locomotora, el rugido, el entrechocarse de las bielas, el maquinista y el fogonero, agazapados y casi invisibles en lo alto, por encima del ruido del vapor de agua, reduciendo la marcha, el furgón de los equipajes, los vagones corrientes, el coche restaurante y los otros vagones donde los pasajeros duermen mientras viajan. Cuando el tren se detuvo, se bajó de él un mozo negro que se daba aún más aires que el de Houston, con un taburete bajo el brazo; luego el revisor; y hombres y mujeres ricos se subieron alegremente a donde otros ricos y ricas dormían ya, seguidos por el negro con su taburete y el revisor, este último echándose hacia atrás para hacer una señal a la locomotora, que les respondió a él y a todos con los primeros ruidos breves y roncos de la partida.
       Luego las dos luces rojas gemelas del furgón de cola fueron disminuyendo rápidamente de tamaño hasta hacer un último guiño en la curva, los cuatro silbidos llegaron perdiendo fuerza desde el cruce del sur y Mink pensó en grandes distancias, en Nueva Orleans, donde nunca había estado y a donde quizá no fuera nunca, y en distancias todavía mayores, más allá de Nueva Orleans, con Texas en alguna parte; y ahora por vez primera empezó de verdad a pensar en su primo ausente: el único de los Snopes que había prosperado, que se había liberado, que tenía desde que nació (o había aprendido, sin que nadie se lo enseñara) el don o la suerte que le permitía medirse con ellos, mantenerse firme y manejarlos, cosa que él, Mink, según todas las apariencias, era incapaz de hacer. Quizá debería haber esperado a que regresara, pensó, volviendo al andén vacío ya, dándose cuenta sólo entonces de que no había pensado debería esperar, sino debería haber esperado, puesto que ya era demasiado tarde.
       La sala de espera también estaba vacía, y vacíos los duros bancos de madera y apagada la estufa de hierro con manchas de tabaco. Sabía de los letreros de las estaciones que prohibían escupir, pero nunca había oído de ninguno que prohibiera sentarse sin billete. De todas formas se enteraría: un hombrecillo descarnado, insomne y en ayunas desde hacía ya casi veinticuatro horas, contemplando la sala vacía y desolada bajo la única bombilla sin pantalla, tan desesperado e indefenso como un niño, como un adolescente, con su camisa y su mono descolorido y remendado, sin calcetines, con unos pesados zapatos muy gastados y tan duros como el hierro, y un sombrero negro de fieltro, con manchas de sudor y de grasa. Desde el otro lado de la ventanilla donde despachaban los billetes le llegaba el repiqueteo intermitente del telégrafo, y la voz del empleado que hacía el turno de noche y de su interlocutor, hasta que las voces cesaron y el telegrafista, con la visera verde, se le quedó mirando a través de la ventanilla.
       —¿Desea usted algo? —preguntó.
       —No, muchas gracias —dijo Mink—. ¿Cuándo pasa el próximo tren?
       —A las cuatro y veintidós —respondió el empleado—. ¿Lo está esperando?
       —Así es —dijo Mink.
       —Faltan todavía seis horas. Puede volver a casa y acostarse y venir después.
       —Vivo en Frenchman’s Bend —respondió Mink.
       —Ah —dijo el empleado. Luego su rostro desapareció de la ventanilla y Mink se sentó de nuevo. Ahora el silencio era muy grande, y Mink empezó incluso a fijarse, a oír a los grillos en los árboles a oscuras más allá de las vías, zumbando y chirriando de aquí para allá, interminables y pacíficos, como si fueran el sonido de los apacibles minutos y segundos de la oscura y apacible noche de verano, respondiéndose unos a otros. Luego toda la sala retumbó y tembló, llenándose de un ruido como de tormenta; estaba pasando un tren de mercancías, pero ni siquiera entonces logró Mink despertarse lo bastante para salir a tiempo al andén. Aún estaba sentado en el duro banco, entumecido y frío, cuando las luces rojas del furgón de cola parpadearon primero a través de las ventanas y después de la puerta abierta, llevándose con ellas el ruido de truenos; finalmente, los cuatro silbidos del cruce resonaron y se desvanecieron. Esta vez el telegrafista estaba a su lado en la sala de espera y había apagado la bombilla que colgaba del techo.
       —Estaba usted dormido —dijo.
       —Es cierto —dijo Mink—. Casi me pierdo ése.
       —¿Por qué no se tumba en el banco y se pone cómodo?
       —¿No hay un reglamento que lo prohíba?
       —No —dijo el otro—. Le llamaré cuando nos den la señal para el Número Ocho.
       —Muchas gracias —dijo Mink, tumbándose. El empleado regresó a la habitación donde el telégrafo repiqueteaba de nuevo. pensó Mink apaciblemente si Flem hubiera estado aquí podría haber parado todo esto el primer día antes incluso de que empezara. Después de trabajar para Varner como él lo ha hecho, y de tratarse con Houston y Quick y todos los demás. Lo podría haber hecho si yo hubiera podido esperar. Pero no era yo el que no podía esperar. Houston en persona no ha querido darme tiempo. Nada más pensarlo comprendió que tampoco aquello era verdad, que por mucho tiempo que hubiera esperado, ellos habrían impedido que Flem volviera a tiempo. También tenía que apurar aquella copa hasta las heces: tenía que enfrentarse, aceptar este último y definitivo riesgo y peligro inútil e insensato para demostrar lo mucho que era capaz de soportar antes de que ellos permitieran que su primo volviera y pudiese salvarlo. La misma copa contenía también la vida de Houston, pero Mink no pensaba ya en él. En cierta manera, había dejado de pensar en el momento en que Varner le dijo que tendría que pagar también el dólar de indemnización. «De acuerdo», dijo apaciblemente, esta vez en voz alta, «si eso es lo que quieren, supongo que también lo puedo soportar».
       A las siete y media estaba en el pequeño solar detrás de correos donde se situaban las calesas en espera de que por la puerta de atrás salieran los carteros con las sacas. Ya había localizado la de Frenchman’s Bend y permaneció inmóvil en silencio, sin acercarse demasiado: se quedó simplemente donde al cartero no le quedara más remedio que verlo, hasta que el individuo que el día anterior lo había derribado de un puñetazo, salió, lo vio y lo reconoció con una rápida ojeada, luego se adelantó y metió la saca en la calesa; Mink siguió sin moverse, esperando a ser rechazado o aceptado, hasta que el cartero se montó, soltó las riendas, enrolladas en el mango de la fusta, y dijo:
       —Está bien. Supongo que tiene que volver a las faenas del campo. Suba.
       Y Mink se adelantó y se montó en la calesa.
       Acababan de dar las once cuando se apeó junto al almacén de Varner, dijo Muy agradecido e inició la caminata de ocho quilómetros hasta su casa. De manera que llegó a tiempo para el almuerzo, y comió sin pausa y sin hablar mientras su mujer le reñía y gimoteaba (evidentemente no había notado la falta del dinero debajo del ladrillo), preguntándole dónde había pasado la noche y por qué se había ido; cuando terminó, después de apurar el café, se levantó de la mesa e, insultándolas con palabras groseras y crueles, las sacó a las tres, a su mujer y a las dos chicas, con las tres azadas, para que limpiaran las nuevas matas de algodón, mientras él se tumbaba en el suelo, dentro de la cabaña, donde había una corriente, para pasar durmiendo las primeras horas de la tarde.
       Luego llegó la mañana del día siguiente. Del rincón detrás de la puerta cogió la tremenda escopeta de dos cañones del calibre diez que había pertenecido a su abuelo, con los dos percutores que sobresalían por encima del cañón casi tanto como las orejas de un conejo.
       —¿Y ahora, qué? —dijo, gritó su mujer—. ¿A dónde te propones ir con eso?
       —A cazar un conejo —respondió Mink—. Estoy harto de comer cerdo salado —y con dos de los cartuchos más pesados de su exigua reserva de municiones con postas del número dos, cinco y ocho, se puso en marcha sin utilizar siquiera caminos secundarios y senderos, sino setos y bosquecillos y zanjas y cualquier otro accidente del terreno que lo mantuviera invisible, hasta llegar a donde había preparado la emboscada dos días antes mientras esperaba el regreso de Varner, en el sitio en que el camino que llevaba desde las tierras de Houston al almacén de Varner cruzaba el puente sobre el arroyo; al lado de la senda había unos matorrales espesos, con un tronco para sentarse y unas ramas rotas por encima de las cuales había abierto una especie de tronera para pasar la escopeta y apuntar, con los tablones del puente a cincuenta metros para alertarle con el retumbar de las pezuñas del semental si por acaso se adormilaba.
       Porque a veces transcurría una semana sin que Houston apareciera por el almacén. Pero antes o después tendría que hacerlo. Y si todo lo que él, Mink, necesitaba para vencerlos era esperar, podían haberse rendido tres meses antes y se hubieran ahorrado a ellos mismos y a todo el mundo muchísimas molestias. De manera que lo que tenía que suceder no sucedió ni el primero ni tampoco el segundo de los días que regresó a casa sin un conejo y se tomó la cena en completo e inflexible silencio, mientras su mujer lo reñía y se lamentaba, preguntándole por qué no había cazado nada, hasta que él apartaba el plato vacío y con voz fría y monótona la maldecía cruelmente hasta reducirla al silencio.
       Y quizá no fue tampoco al tercer día. De hecho no recordaba cuántos días habían pasado cuando por fin oyó el repentino tronar de los cascos sobre el puente y luego los vio a los tres: el semental resistiendo el tirón del bocado, espumajeando un poco, torciendo la malévola y arrogante cabeza bajo el bridón y la barbada que Houston utilizaba para montarlo, y el flaco y enorme perro de caza saltando a su lado. Mink amartilló los percutores y sacó la escopeta por la tronera, e incluso mientras apuntaba un poco por delante del pecho de Houston, tensando ya con el dedo el primer gatillo, pensó aún Incluso ahora. Todavía no están satisfechos mientras el primer cartucho hacía un ruido sordo y no explotaba, el dedo moviéndose ya hacia el gatillo de atrás, pensando Incluso ahora mientras el segundo estallaba y rugía, pensando en cómo hubiera querido tener tiempo, espacio, entre el rugido de la escopeta y el impacto de las postas, para poderle decir a Houston y que Houston le oyera: «No le disparo por los treinta y siete días y medio a cincuenta centavos el día. Eso no estuvo mal; hace tiempo que lo olvidé y lo perdoné. Lo más probable es que Will Varner no pudiera hacer otra cosa, siendo como es un hombre rico y sabiendo que todos ustedes los ricos tienen que mantenerse unidos porque de lo contrario algún día a los que no lo son se les podría ocurrir rebelarse y quitarles lo que tienen. No le pego el tiro por eso. Lo mato por el dólar extra de la indemnización».


DOS

      Así que el jurado dijo «Culpable» y el juez «Cadena perpetua», pero él ni siquiera estaba escuchando, porque le había sucedido algo. Incluso mientras el sheriff lo traía a Jefferson aquella primera vez, aunque sabía que su primo aún estaba en Texas, esperaba que en cada mojón del camino Flem o un mensajero suyo los adelantara o los detuviera apareciendo ante ellos con el dinero o con la frase o lo que fuera que lograría que toda aquella historia se esfumara, se desvaneciera como un sueño.
       Y, durante las largas semanas de la cárcel en espera del juicio, permaneció junto al ventanuco de la celda, las sucias manos crispadas, el cuello estirado y el rostro pegado a los barrotes, para vigilar la franja de calle delante de la cárcel y la franja de plaza que su primo tendría que cruzar para llegar y acabar con aquella pesadilla, devolverle la libertad, sacarlo de allí. «Que es todo lo que quiero», se decía. «Salir de aquí, volver a casa y empezar otra vez a trabajar. Me parece que no es mucho pedir».
       Y por las noches también seguía allí, la cara invisible, aunque las descoloridas manos, en cambio, parecieran casi blancas, casi limpias entre los sucios intersticios de los barrotes, recortadas contra la oscuridad de la celda, contemplando a las personas en libertad, hombres, mujeres y jóvenes, sin otra ocupación que hacer apacibles recados o disfrutar del fresco vespertino mientras se dirigían hacia la plaza camino del cine al aire libre o para tomarse un helado en el drugstore o sencillamente para pasear tranquilos y serenos porque estaban en libertad, hasta que empezó a llamarlos, tímidamente al principio, luego con voz cada vez más alta y más apremiante cuando se detenían, casi como sorprendidos, para levantar la vista hasta el ventanuco y apresurar en seguida el paso, como si trataran de llegar cuanto antes a un sitio donde ya no pudiera verlos; finalmente empezó a ofrecerles, a prometerles dinero: «¡Oiga! ¡Señor! ¡Señora! ¡Cualquiera! ¡Alguien que lleve un recado para Flem Snopes al almacén de Varner! ¡Flem le pagará! ¡Diez dólares! ¡Veinte dólares!».
       E incluso cuando finalmente llegó el día y lo llevaron esposado a la sala donde había de enfrentarse con su destino adverso, no miró ni una sola vez al tribunal, al estrado que podía perfectamente ser también su gólgota, porque estuvo todo el tiempo buscando con la vista, escudriñando, por encima de los pálidos rostros idénticos y anónimos el de su primo o, por lo menos, el de su mensajero; hasta el momento mismo en que el juez en persona se inclinó por encima de la mesa, mucho más alta que el acusado, y dijo:
       —¡Usted, Snopes! Míreme. ¿Mató o no mató a Jack Houston? —y él respondió:
       —No me moleste ahora. ¿No ve que estoy ocupado?
       Y también al día siguiente, mientras los abogados gritaban y se peleaban y se criticaban, tampoco oyó nada de lo que decían (contando con que hubiera podido entenderlo), ocupado en vigilar la puerta al fondo de la sala por donde tendrían que entrar su primo o el mensajero; y ya de vuelta a la celda, todavía esposado, su indiferencia, que al principio había tenido un leve componente de prisa e impaciencia, empezó a convertirse en preocupación, con una mirada bien despierta y un tanto sorprendida, que pasaba rápida e interrogadora, de rostro en rostro, mientras se cruzaban con él o él con ellos, para situarse de nuevo en el ventanuco de la celda, las manos crispadas, el cuello torcido y el rostro apretado contra los sucios barrotes para ver lo mejor posible la calle y la plaza por donde su pariente o el mensajero tendrían que pasar.
       De manera que cuando al tercer día, esposado de nuevo al carcelero, se dio cuenta de que había cruzado la plaza sin mirar a uno solo de los rostros qué lo contemplaban atónitos, de que había entrado en la sala donde se celebraba el juicio y había ocupado su sitio habitual en el banquillo sin mirar una sola vez por encima de la masa de espectadores hacia la puerta del fondo, todavía no se atrevió a admitir en su interior que sabía por qué. Se limitó a seguir allí sentado, tan pequeño, y de aspecto tan frágil y tan inofensivo como un niño que vuelve sucio de la calle, mientras los abogados vociferaban y se peleaban, hasta el final de la jornada, cuando el jurado dijo Culpable y el juez dijo Cadena perpetua y volvió, esposado, a su celda, la puerta se cerró con estrépito y se sentó, tranquilo, inmóvil, el rostro sereno, en el catre de acero sin colchón, esta vez mirando tan sólo el ventanuco con barrotes junto al que, durante meses, había permanecido de pie por espacio de dieciséis o dieciocho horas diarias, alimentando una esperanza inextinguible.
       Sólo entonces lo dijo, lo pensó, consintió en que tomara forma dentro de su cabeza: No va a venir. Lo más probable es que haya estado en Frenchman’s Bend todo el tiempo. Supo lo de la vaca cuando aún estaba en Texas y esperó a enterarse de que me tenían a buen recaudo en la cárcel. Luego volvió para asegurarse de que se iban a ensañar conmigo, una vez que quedara indefenso. Puede incluso que estuviera escondido todo el tiempo en el fondo de la sala del tribunal, para asegurarse de que todo salía bien y se libraba de mí de una vez por todas.
       De manera que había recuperado la paz. Creyó tenerla tan pronto como supo qué era lo que tenía que hacer con Houston, quien, por su parte, no iba a permitirle esperar la vuelta de Flem. Pero se había equivocado. Aquello no era paz; estaba demasiado llena de incertidumbres, como saber si alguien mandaría recado a Flem explicándole sus problemas y, lo que aún era menos probable, si lo haría a tiempo. E incluso aunque el recado se mandara a tiempo, el mensajero, ¿encontraría a Flem a tiempo? E incluso aunque Flem recibiera el recado a tiempo, tal vez una inundación o un descarrilamiento le impedirían volver a tiempo.
       Pero todo eso había terminado. Ya no hacía falta que se preocupara ni que se atormentara, porque todo lo que tenía que hacer era esperar, y ya se había demostrado a sí mismo que era capaz de hacerlo. Esperar únicamente: eso era todo lo que necesitaba; ni siquiera tenía que pedirle al carcelero que enviara un mensaje, dado que el abogado había prometido volver a verlo después de cenar.
       De manera que comió cuando le trajeron la cena: el mismo cerdo salado y la misma melaza y los mismos bollos mal cocidos que su mujer le hubiera puesto delante en su casa; aunque quizá esta cena fuera un poco mejor, puesto que el tocino tenía un poco más de magro que el de Frenchman’s Bend. Pero en su casa era un hombre libre y comía en libertad. Aunque también eso podía soportarlo si era lo que ellos le exigían ahora. Luego oyó pasos en la escalera, la puerta se abrió con estrépito para que entrara el abogado y volvió a cerrarse dejándolos solos; el abogado joven y lleno de interés, recién terminada la carrera le habían dicho, designado por el juez para que lo defendiera —más orden que designación, ya que incluso él, Mink, pese a lo ocupado que estaba por entonces, se había dado cuenta de que no quería saber nada ni de él ni de sus problemas—, aunque entonces nunca supo por qué, dado que aún creía que todo lo que el juez o cualquier otro necesitaba hacer para resolver el problema era mandar a alguien a Frenchman’s Bend en busca de su primo.
       Demasiado joven y demasiado entusiasta, que era el motivo de que hubiera hecho las cosas tan rematadamente mal. Pero eso tampoco tenía importancia ya; ahora lo importante era el paso siguiente. De manera que no se anduvo por las ramas.
       —De acuerdo —dijo Mink—. ¿Cuánto tiempo tendré que estar allí?
       —Se trata de Marchman…, el penal —dijo el abogado—. ¿Es que no lo entiende?
       —De acuerdo —repitió—. ¿Cuánto tiempo?
       —Lo han condenado a cadena perpetua —dijo el abogado—. ¿Es que ni siquiera lo oyó? Lo que le quede de vida. Hasta que se muera.
       —De acuerdo —dijo Mink por tercera vez, con aquella apacible paciencia suya, casi compasiva—. ¿Cuánto tiempo tendré que estar?
       Para entonces hasta aquel abogado comprendió.
       —Ah. Eso dependerá de usted y de sus amigos, si tiene usted alguno. Puede que se quede toda la vida, como dijo el juez Brummage. Pero dentro de veinte o veinticinco años la ley le permitirá solicitar el indulto o la libertad condicional…, en el caso de que tenga usted amigos que respondan de usted y que apoyen la demanda; también hace falta que su conducta en el penal haya sido irreprochable.
       —Supongamos que una persona no tenga amigos —dijo Mink.
       —Las personas que se esconden entre unos matorrales y apean a alguien de un caballo a tiros sin decir antes Cuidado o incluso sin silbar, no suelen tenerlos —dijo el abogado—. De manera que sólo contará usted consigo mismo para salir.
       —De acuerdo —dijo Mink, con la misma inquebrantable, infinita paciencia—; llevo todo este tiempo tratando de que deje usted de hablar para que me diga eso. ¿Qué es lo que tengo que hacer para salir dentro de veinte o veinticinco años?
       —No intentar evadirse ni intervenir en planes para ayudar a otros a hacerlo. No pelearse con otros reclusos o guardianes. Hacer puntualmente todo lo que le digan que tiene que hacer, sin escabullirse ni quejarse ni dar malas contestaciones. Dicho de otro modo, empezar ahora mismo a hacer todas las cosas que, si las hubiera hecho todo el tiempo desde aquel día del pasado otoño en que decidió que el señor Houston diera de comer gratis a su vaca, no estaría ahora en esta celda tratando de que alguien le explicara cómo salir de la cárcel. Pero, sobre todo, no trate de evadirse.
       —¿Evadirme? —preguntó.
       —Escapar. Tratar de marcharse.
       —¿Tratar? —preguntó.
       —Porque no es posible —dijo el abogado bufando de cólera pero sin perder la paciencia—. Porque nadie puede escaparse. No es posible. No se puede. No podrá planearlo sin que alguno de los otros se entere y se empeñe en huir con usted y acaben cogiéndolos a todos. Y si no se marchan con usted se lo contarán al alcaide y a usted lo cogerán de todas formas. E incluso aunque consiga que nadie se entere y se marche solo, uno de los guardianes le pegará un tiro antes de que consiga escalar el muro. De manera que incluso aunque no acabe en el depósito de cadáveres o en el hospital, volverá al penal con veinticinco años más añadidos a su sentencia. ¿Me entiende ahora?
       —Eso es todo lo que tengo que hacer para salir dentro de veinte o veinticinco años. No tratar de escapar. No pelearme con nadie. Hacer cualquier cosa que me digan que haga, siempre que me digan que lo haga. Pero sobre todo no tratar de escapar. Eso es todo lo que tengo que hacer para salir dentro de veinte o veinticinco años.
       —Eso es —dijo el abogado.
       —De acuerdo —dijo Mink—. Ahora vaya y pregúntele al juez si eso es así, y si contesta que sí, que me lo ponga por escrito.
       —De manera que no se fía de mí —dijo el abogado.
       —No me fío de nadie —dijo Mink—. No puedo esperar veinte o veinticinco años para descubrir si sabe usted lo que dice. Tengo que saberlo con certeza porque hay algo de lo que tendré que ocuparme cuando salga. Quiero que el juez me lo ponga por escrito.
       —Quizá nunca se ha fiado usted de mí —dijo el abogado—. Tal vez cree que he echado a perder su caso. Tal vez piensa que de no haber sido por mí, ahora no estaría aquí. ¿No es eso?
       Y él, Mink, siempre con la misma calma, paciente e inflexible:
       —Lo ha hecho lo mejor que ha podido. Sólo que no era el hombre que se necesitaba para ese trabajo. Usted es joven y entusiasta, pero no era eso lo que yo necesitaba. A mi me hacía falta un comerciante, un comerciante listo, que supiera cómo hacer trueques, y esa persona no era usted. Ahora vaya a ver al juez y consígame ese papel.
       El abogado trató incluso de tomárselo a broma.
       —Yo no —dijo—. El tribunal ha dado por terminada mi labor en este caso inmediatamente después de dictar sentencia. He pasado por aquí sólo para decirle adiós y para ver si había algo más que pudiera hacer por usted. Pero evidentemente la gente que no tiene amigos tampoco necesita que nadie les desee buena suerte.
       —Pero yo no lo he despedido todavía —dijo Mink, levantándose sin prisa, y también el abogado, aunque de un salto, para dirigirse precipitadamente hacia la puerta cerrada con llave mientras contemplaba al hombrecillo que avanzaba hacia él, tan menudo y frágil y de aspecto tan inofensivo como un niño pero tan mortífero como una viborilla, un áspid a medio crecer, una cobra o un krait. Y a continuación el abogado empezó a gritar y a vociferar, incluso mientras los pies del carcelero corrían ya por la escalera, y la puerta se abría con estrépito y entraba el guardián empuñando la pistola de reglamento.
       —¿Qué ha pasado? —preguntó el carcelero—. ¿Qué ha intentado hacer?
       —Nada —dijo el abogado—. No ha pasado nada. Pero yo ya he terminado. Déjeme salir —aunque no era cierto que hubiera terminado; eso era lo que le gustaría. Ni siquiera esperó a la mañana siguiente: menos de un cuarto de hora después estaba en la habitación del juez de distrito que había presidido el proceso y dictado sentencia, y él, el abogado, aún respiraba con dificultad, todavía incrédulo ante el peligro corrido y sorprendido aún de haber escapado ileso.
       —¡Le digo que está loco! —exclamó—. ¡Es peligroso! No hay que mandarlo a Parchman, donde tendrá derecho a solicitar la libertad condicional dentro de veinte o veinticinco años, ¡y no digamos nada si algún pariente suyo (bien sabe Dios que tiene bastantes) o alguien con intereses personales o simplemente algún metomentodo de corazón tierno que pueda llegar hasta el Gobernador no lo pone antes en la calle! Hay que mandarlo a Jackson, al manicomio, para el resto de sus días; allí estará a salvo. No: seremos nosotros los que estemos a salvo.
       Y diez minutos después el fiscal del distrito que había llevado la acusación también estaba en la habitación del juez, diciéndole al abogado:
       —De modo que ahora quiere usted que se suspenda la sentencia y se solicite un nuevo juicio. ¿Por qué no lo pensó antes?
       —Usted también lo ha visto —dijo, gritó el abogado— ¡También usted ha estado tres días con él en la sala del tribunal de la mañana a la noche!
       —Así es —dijo el fiscal del distrito—. Por eso se lo pregunto.
       —¡Entonces es que no lo ha visto después! —dijo el abogado—. ¡Suba a la celda y moléstese en mirarlo de cerca como he hecho yo hace media hora!
       Pero el juez era un hombre de edad y no estaba dispuesto a ir en aquel momento, de manera que a la mañana siguiente el carcelero abrió la puerta de la celda y dejó entrar a los tres profesionales de la justicia, mientras el hombrecillo enteco y de aspecto frágil, vestido con una camisa y un mono remendado y descolorido y unos zapatos tan duros como el hierro que utilizaba sin la protección de unos calcetines, se levantó del catre. Lo habían afeitado por la mañana y también estaba peinado, con el pelo partido en dos y aplastado con agua contra el cráneo.
       —Pasen caballeros —dijo—. No dispongo de sillas, pero imagino que no se proponen quedarse el tiempo suficiente como para tener que sentarse. Me alegra, señor juez, que además de traerme el papel que le he pedido, venga usted acompañado de dos testigos para que presencien cómo me lo entrega.
       —Espere —intervino rápidamente el abogado dirigiéndose al juez—. Permítame.
       —No va a necesitar ese papel —le dijo a Mink—. El tribunal…, el juez…, va a juzgarlo de nuevo.
       Mink se paró en seco y miró al abogado.
       —¿Por qué? —dijo—. Ya me han juzgado una vez y no me ha servido de mucho.
       —Porque no ha sido válido —dijo el abogado—. Eso es lo que hemos venido a decirle.
       —Si no ha sido válido, ¿de qué sirve gastar tiempo y dinero en otro? Díganle a ese tipo de ahí fuera que me traiga el sombrero y abra la puerta y me volveré a casa a ocuparme de mis tierras, si es que aún me queda algo que cultivar.
       —No, espere —dijo el abogado—. El juicio no ha sido válido porque le han mandado a Parchman. Pero ahora no será necesario que vaya a Parchman, donde tendría que trabajar al sol todo el día para recoger unas cosechas que ni siquiera serán suyas —y a continuación, con aquellos ojos de un gris descolorido mirándole como si más aún que ser incapaces de parpadear nunca hubieran necesitado hacerlo desde el día en que vinieron al mundo, el abogado descubrió que estaba farfullando y que no era capaz de detenerse—: Parchman, no; Jackson, donde tendrá una agradable habitación para usted solo…, nada que hacer durante todo el día excepto descansar…, médicos… —deteniéndose entonces; no porque él hubiera dejado de balbucear, sino porque le obligaron a hacerlo aquellos ojos descoloridos e inmóviles que no parpadeaban.
       —Médicos —dijo Mink—. Jackson —se quedó mirando al abogado—. Allí es donde mandan a los locos.
       —No sería mejor que… —empezó a decir el fiscal del distrito. Pero tampoco él pudo seguir adelante, a pesar de que en la universidad había llegado a ser un excelente atleta y aún se mantenía en forma. Porque sólo consiguió agarrar al frenético hombrecillo después de que se hubiera arrojado sobre el abogado y ambos cayeran al suelo. E incluso entonces necesitó de la ayuda del carcelero para levantar y apartar a Mink y sujetarlo, frenético y echando espumarajos por la boca, tan difícil de retener como un gato, jadeante.
       —¿Así que estoy loco? ¿Loco, no es eso? No voy a permitir que ningún hijo de perra me llame loco. Me da lo mismo lo grande que sea o que sean varios en lugar de uno.
       —Tiene usted más razón que un santo, mequetrefe del carajo —dijo el fiscal del distrito, también jadeando—. Va usted a ir a Parchman. Allí es donde tienen la clase de médicos que necesita.
       Así que fue a Parchman, esposado a un ayudante del sheriff, pasando de un vagón a otro de fumadores en los trenes locales para abandonar las colinas que conocía desde siempre y llegar al Delta que no había visto nunca: la interminable llanura pantanosa de aluvión cubierta de pequeñas coníferas, árboles de goma, helechos y matorrales que ocultaban osos y ciervos y pumas y serpientes, y en la que los seres humanos estaban todavía talando, de manera salvaje y violenta, los ásperos campos de tierra fértil en los que los tallos de maíz crecían más altos y más recios que un hombre a caballo. Mink, con el rostro pegado a la ventanilla, lo contemplaba todo como un niño.
       —No hay más que pantanos —dijo—. No parece nada saludable.
       —No es nada saludable —dijo el ayudante del sheriff—. No está pensado para que lo sea. Vas al penal. No se me ocurre nada menos saludable que estar encerrado en un corral de alambre espinoso durante veinte o veinticinco años. Además, un sitio bien malsano es lo que te hace falta; no tendrás que quedarte tanto tiempo.
       De manera que así fue como vio Parchman, el penal, su lugar de destino, la condena de por vida, cadena perpetua había dicho el juez; todo el tiempo que siguiera vivo. Pero el abogado le había dicho otra cosa, aunque a decir verdad no pudiera fiarse de él: sólo veinticinco, quizá tal vez veinte, e incluso tratándose de un abogado del que uno no se podía fiar, tal vez cabía esperar que estuviera enterado de lo suyo, ya que había ido incluso a una escuela especial para aprender la profesión, mientras que un juez no tenía más que ganar una elección para ser juez. Y aunque el juez no hubiera firmado un papel diciendo sólo veinte o veinticinco años, eso tampoco tenía importancia dado que el juez estaba del otro lado y lógicamente mentiría al hombre que tenía enfrente, mientras que un abogado, el abogado de esa persona no lo haría. Más aún: su abogado no le podía mentir, porque había una regla o algo parecido que alguien le había explicado, según la cual si un cliente no miente a su abogado, la Justicia misma no permite que el abogado mienta a su cliente.
       Y aunque nada de todo aquello fuera cierto, tampoco importaba, porque él, Mink, no podía pasarse toda la vida en Parchman: no tenía tiempo, no le quedaba más remedio que marcharse antes. Y al contemplar la alta empalizada de alambre espinoso y su única puerta protegida día y noche por guardianes con rifles y, dentro, los lúgubres edificios bajos de ladrillo y las ventanas con barrotes, pensó, trató de recordar, con asombro o algo parecido, la época en que su única razón para querer salir era volver a su hogar y a su granja, recordándolo sólo un instante y olvidándolo inmediatamente, porque ahora necesitaba marcharse.
       No le quedaba otro remedio que marcharse. Había cambiado la camisa y el mono azul de siempre, descolorido y remendado, por el mono y la camiseta de tela basta y de color blanco con rayas horizontales negras; el uniforme que según el juez iba a ser su destino y su condena hasta que muriera, si es que el abogado no estaba mejor informado. Ahora trabajaba —en grupo— en las fértiles plantaciones de tierra negra donde se cultivaba el algodón mientras hombres a caballo con rifles atravesados sobre la silla de montar lo vigilaban, haciendo lo único que sabía hacer, lo único que había hecho durante toda la vida, para obtener una cosecha que nunca le pertenecería, y tendría que hacerlo durante el resto de su vida, si el juez se salía con la suya, pensando Está bien que sea así. Es incluso mejor. Si un tipo sólo quiere hacer algo, puede cogerlo o dejarlo. Pero si TIENE que hacer algo, no hay nada que pueda detenerle.
       Y también por la noche, en la litera de madera, sin sábana, con una manta áspera de mala calidad y la ropa enrollada a manera de almohada, pensando, metiéndoselo en la cabeza, dado que, de la noche a la mañana y para siempre por espacio de veinte o veinticinco años, tenía que cambiar por completo su naturaleza, su carácter y todo su ser: Hacer todo lo que me digan que haga. No replicar a nadie. No meterme en peleas. Eso es todo lo que tengo que hacer durante sólo veinticinco años o quizá durante sólo veinte. Pero lo más importante es no tratar de escaparme.
       Tampoco se molestó en contar los años a medida que transcurrían. Se limitó a hundirlos en el olvido bajo los pesados zapatones entre los surcos donde se plantaba el algodón, detrás de la mula que primero tiraba del arado con que se prepara la tierra para la sementera y luego del otro, más ligero, que iguala los surcos, después con la azada que corta y perfila las hileras y finalmente arrastrando el alargado saco donde se guarda el algodón recogido. No necesitaba contarlos; ahora estaba en manos de la ley y mientras obedeciera las cuatro reglas que le había dictado, la ley tendría que obedecer su regla única de veinticinco años o quizá incluso veinte.
       No sabía si llevaba dos o tres años en la cárcel cuando llegó la carta y se encontró en el despacho del alcaide, dando vueltas al sobre que tenía la dirección escrita a lápiz mientras el alcaide le observaba.
       —¿No sabes leer? —preguntó.
       —Sé leer la letra impresa, pero la escritura me cuesta trabajo.
       —¿Quieres que la abra? —preguntó el alcaide.
       —De acuerdo —dijo Mink. Así que el alcaide la abrió.
       —Es de tu mujer. Pregunta cuándo quieres que venga a verte, y si tiene que traer a las chicas.
       Luego Mink tuvo de nuevo la carta en la mano, el pliego sacado de un bloc escolar, escrito a lápiz, con trazos tan finos como patas de araña y perfectamente indescifrable, tan por encima de sus posibilidades como el árabe o el sánscrito.
       —Yettie ni siquiera es capaz de leer la letra impresa y mucho menos escribir una carta —dijo—. Se la debe de haber escrito la señora Tull.
       —¿Y bien? —dijo el alcaide—. ¿Qué quieres que le diga?
       —Dígale que no merece la pena que haga todo el camino hasta aquí porque pronto estaré de vuelta.
       —Ah —dijo el alcaide—. Vas a salir pronto, ¿no es eso? —contempló al frágil hombrecillo no mucho más voluminoso que un chico de quince años, que llevaba tres años a su cargo sin que hubiera logrado atribuirle una personalidad bien definida en el marco de la penitenciaría. Ni siquiera un rompecabezas ni un enigma: nada en absoluto; ni una riña ni reprimenda alguna por parte de ningún guardián, preso de confianza o funcionario; nunca el menor problema con ninguno de los reclusos. Un asesino, sentenciado a cadena perpetua, y que de acuerdo con la experiencia del alcaide encajaba siempre en una de dos categorías: los irrecuperables, sin nada que perder, problema y preocupación constantes para los guardianes y para los otros reclusos; y los aduladores, siempre buscando congraciarse con cualquiera de sus superiores que estuviera en condiciones de hacerles la vida más fácil. Pero este otro no encajaba en ninguna de las dos categorías: todas las mañanas se hacía cargo de la tarea que se le asignaba y trabajaba el algodón sin pausa y sin desfallecimientos como si fueran sus propias tierras las que estuviera cultivando. Más aún: cultivaba aquellos campos de los que no iba a sacar ni un centavo de provecho con más energía que, según la experiencia del alcaide, otros hombres de su catadura y de su especie trabajaban sus propias tierras.
       —¿Cómo así? —le preguntó el alcaide.
       Mink se lo explicó; se había convertido en un reflejo al cabo de tres años; le bastaba con abrir la boca y respirar:
       —Haciendo lo que me digan. Sin replicar y sin pelear. Y sin tratar de escaparme. Sobre todo eso: no tratar de escaparme.
       —De manera que dentro de diecisiete o de veintidós años volverás a casa —dijo el alcaide—. Ya llevas tres aquí.
       —¿De veras? —dijo Mink—. No los he contado… No —añadió—; no volveré de inmediato. Hay algo de lo que tengo que ocuparme primero.
       —¿De qué se trata? —preguntó el alcaide.
       —Es un asunto privado. Cuando lo haya hecho volveré a casa. Póngale eso en la carta a mi mujer —sí, señor, pensó. Se diría que me ha hecho falta llegar hasta Parchman para luego tener que volver a casa y matar a Flem.


TRES

V. K. Ratliff

      Probablemente lo que al principio, y durante los dos o tres días siguientes, confundió a Montgomery Ward, fue por qué, exactamente, quería Flem que fuese a dar con sus huesos en Parchman. Por qué no le bastaba con otro lugar igualmente seguro y a trasmano, como Atlanta o Leavenworth o quizá incluso Alcatraz, a tres mil quilómetros de distancia en California, y a donde el viejo juez Long lo habría enviado en el primer tren disponible que saliera de Jefferson mientras aún estaba mirando la parte de arriba de una de aquellas postales francesas; por qué exactamente a Flem no le servía ningún otro sitio excepto Parchman, Missippi.
       Porque incluso durante los primeros instantes de nerviosismo, Montgomery Ward no tuvo ni un momento de duda sobre qué era lo que le estaba sucediendo. Un segundo después de que el abogado y Hub entraran por la puerta, supo que por fin iba a suceder lo que estaba esperando que sucediera desde el momento, aunque él no supiera cuándo, en que Flem descubrió o sospechó que lo que fuera que estaba sucediendo en aquel callejón producía beneficios. Lo único que le desconcertaba era por qué Flem se había tomado tantas molestias y complicado tanto la vida para echarlo del negocio de las fotografías de gente en cueros. Era algo así como la historia del mapache que estaba subido a un árbol y preguntó al tipo que le apuntaba con la escopeta cómo se llamaba: cuando el otro se lo dijo, exclamó: «¡Demonios coronados! ¿De manera que es usted? En ese caso no hace falta que gaste tiempo y pólvora sólo para mí. Apártese un poco y bajaré del árbol».
       Y no digamos nada de la imprudencia. Montgomery Ward no estaba en contra de que Flem Snopes le quitara el negocio. Lo esperaba: más pronto o más tarde también le llegaría el turno, expuesto como estaba al mismo riesgo que cualquier otro habitante del condado de Yoknapatawpha propietario de un negocio lo bastante solvente como para que Flem decidiera apropiárselo; pero permitir que el fiscal y el sheriff del condado se apoderasen de las postales, enviar a las dos personas entre todos los habitantes del condado de Yoknapatawpha de los que ni siquiera al mismo Grover Winbush en su inocencia se le hubiera ocurrido soñar que fuesen a devolvérselas: el abogado Stevens, tan consagrado a mejorar el espíritu cívico y al progreso moral de sus conciudadanos que su noción más sublime del deber era intimidar a los chicos de doce años para que participaran en carreras a pie de ocho quilómetros cuando lo que en realidad les apetecía era quedarse en casa y prender fuego a la cuadra; y Hub Hampton, un feroz diácono de la rama más conservadora de la Iglesia Baptista, cuya noción más sublime del placer era contar las personas que ya sabía condenadas al infierno.
       ¿Por qué, de hecho, tenía que marcharse Montgomery Ward de Jefferson? Si todo lo que su tío o su primo quería era quedarse con el negocio, bastaba probablemente con que permaneciera invisible durante una semana, o tal vez un mes o dos, para dar tiempo a que la gente se olvidara de las fotos de mujeres en cueros o, por lo menos, de que alguien con el apellido Snopes estaba relacionado con ellas, dado que ahora Flem era ya banquero y tenía que ocuparse no sólo de hacer préstamos usurarios sino también de preservar su respetabilidad.
       No; lo que realmente debería haber desconcertado a Montgomery Ward, llenándole de regocijada sorpresa, era que hubiera logrado durar tanto. Porque no hacía falta la ley ni tampoco Flem Snopes para cerrar el estudio fotográfico y bajar definitivamente las venecianas (o más bien subirlas) sobre la industria de la postal francesa en Jefferson, Missippi. Grover Winbush lo había conseguido ya cuando permitió que quienquiera que fuese lo pillara saliendo de aquel callejón a las dos de la madrugada. No: Grover Winbush destrozó y arruinó ya aquel negocio en el mismo momento en que descubrió que había una puerta trasera en un callejón de Jefferson, y que detrás estaba lo que podría calificarse de casa de putas de mentirijillas. Tampoco; aquel negocio estaba acabado en Jefferson desde el momento mismo en que se nombró a Grover Cleveland policía y vigilante nocturno, teniendo como tenía el sentido común justo para ser vigilante nocturno con tal de que no se tratara de una ciudad más grande o que estuviera más horas despierta que Jefferson, Missippi, ya que ése era el único empleo entre todas las posibles ocupaciones remuneradas —pasar toda la noche apoyado contra un farol contemplando la plaza vacía— que Grover podía desempeñar indefinidamente (con tal de que la influencia de quienquiera que se lo consiguió o lo nombró durase todo ese tiempo) sin tropezarse con algo con lo que pudiera hacer daño, ya fuera a sí mismo, al empleo o a algún espectador inocente, o quizá a los tres al mismo tiempo; y por lo tanto, naturalmente, alguien, prácticamente cualquiera, tendría que sorprenderlo la segunda o la tercera vez que saliera escabullándose de aquel callejón.
       Lo que no era más que un simple e inevitable riesgo laboral relacionado con el hecho de llevar un negocio como aquél en la misma ciudad en que Grover Winbush era policía y vigilante nocturno, algo que Montgomery Ward sabía tan bien como cualquier otra persona que conociera a Grover. De manera que cuando el negocio ya llevaba funcionando más de un año sin ninguna desafortunada interrupción, Montgomery Ward llegó a la conclusión de que las personas que hubiesen sorprendido a Grover entrando y saliendo del callejón después de la medianoche una vez al mes durante los últimos nueve o diez, eran tal vez amistades profesionales que Grover había hecho sorprendiéndolos in fraganti en una partida de dados o con una pinta de whisky ilegal en el bolsillo trasero del pantalón. O, ¿quién sabe? Tal vez Flem en persona se había encargado de pararles los pies a tiempo, no tanto para proteger sus futuros intereses y proyecto de inversiones, ya que quizá en aquel momento no había descubierto aún que quería entrar en el negocio del attlier (así era como Montgomery Ward lo llamaba; tenía el nombre pintado en el escaparate: Atelier Monty), sino simplemente para defender y proteger la solvencia y los beneficios moderados de cualquier especie, no únicamente por una cuestión de lealtad familiar hacia otro Snopes sino por una pura y simple cuestión de principio, incluso aunque él fuese ya banquero y naturalmente tuviera que buscar un nuevo equilibrio, hasta cierto punto al menos, entre beneficio y respetabilidad, dado que cualquier clase de solvencia en los negocios se convierte en una cuestión de interés público con tal de que a uno no lo cojan, e incluso la respetabilidad puede ir de la mano con el interés público con tal de que el interés público tenga el suficiente sentido común para realizar sus actividades de noche y sin ruido.
       De manera que cuando el fiscal y el sheriff del condado entraron aquella mañana en su establecimiento, Montgomery Ward creyó como es lógico que, pura y simplemente, el destino estaba siguiendo su curso natural, y que lo único desconcertante era la incalificable temeridad, la manera absolutamente imprudente con que Flem Snopes esperaba aprovecharse del destino. Me refiero a meter en aquel asunto al abogado Stevens y al sheriff Hampton, dejarles, por así decirlo, olfatear y vislumbrar por un instante aquellas fotografías de mujeres en cueros. Porque, debido a lo que podría llamarse el turno de noche que su negocio le había obligado a adoptar, a Montgomery Ward nunca se le veía por la plaza antes del mediodía. De manera que hasta el momento en que el abogado y Hub se lo contaron, Montgomery Ward ni siquiera había tenido tiempo de oír la historia de los dos tipos que robaron la noche anterior el contenido del armario de las medicinas del tío Willy Christian, ni tampoco sabía que las personas que vieron a los ladrones a través del escaparate no encontraron ni rastro de Grover Winbush para contárselo hasta que el susodicho apareció finalmente, saliendo del callejón de Montgomery Ward, y para entonces hasta los ladrones, y no digamos nada de la gente que los estaba mirando, se habían ido a sus casas.
       No quiero decir que Montgomery Ward se sorprendiera de que el abogado y Hub fueran los primeros en aparecer. Era lógico que intervinieran cuando el negocio del atelier estallara finalmente, fuera cual fuese el motivo de la explosión. Montgomery Ward habría esperado que llegaran los primeros incluso aunque en el condado de Yoknapatawpha no se hubiera pronunciado nunca el nombre de Flem Snopes: un abogado meloso y mojigato, educado en Harvard y en Europa, que nunca había necesitado de la excusa de su cargo y empleo con sueldo para entrometerse en todo lo que ni era asunto suyo ni le causaba ningún perjuicio; y el viejo barrigón y flatulento Hampton a quien siempre se podía reclutar para meter las narices en cualquier cosa, hasta un asesinato, con tal de que alguien se acordara de que era sheriff, se lo explicara y le dijera dónde estaba. No. Lo que desconcertaba a Montgomery Ward era qué demonios de mosca le había picado a Flem Snopes para que llegara a creerse que podía utilizar al abogado Stevens y a Hub Hampton para hacerse con las fotografías, e incluso para soñar con quitárselas.
       De manera que por un instante su fe y confianza en Flem Snopes osciló y parpadeó, por así decirlo. Porque en aquel terrible momento creyó que su primo podía ser víctima, al igual que cualquier otra persona, de una pura y simple coincidencia, agravada por Grover Winbush. Pero sólo por un momento. Si al condenado chico que había visto a los dos ladrones abriendo el armario de las medicinas de tío Willy se le había ocurrido ir al último pase de la película la misma noche de la semana que Grover elegía para desaparecer una vez más por el callejón que llevaba a la trastienda de Montgomery Ward; si Flem Snopes estaba sujeto a los mismos indignantes infortunios y coincidencias que el resto de nosotros, los demás mortales, si eso era cierto…, entonces, apaga y vámonos.
       Así que incluso después de que el abogado y Hub le contaran lo de los dos ladrones en la tienda de tío Willy, y lo de aquel chico a quien su padre debería ponerle el culo como un tomate por no estar en su casa y acostado dos horas antes, Montgomery Ward siguió sin dudar ni por un segundo que Flem era el responsable de todo aquello; Flem en persona, con su olfato tan infalible para el dinero como el de un predicador para el pecado y el pollo frito, descubriendo con prontitud y celeridad que, por la noche, detrás de la puerta que daba a aquel callejón, se estaban produciendo beneficios de cierta importancia gracias a un negocio capaz de hacer que habitantes de tres capitales de condado vinieran desde muy lejos para entrar y salir por aquel callejón a las dos y a las tres en punto de la madrugada.
       De manera que todo lo que Flem necesitaba era averiguar qué estaba sucediendo exactamente en aquel callejón tan discreto y tan productivo, y para ello le bastaba con colocar a sus espías —aunque es cierto que para coger a Grover Winbush con las manos en la masa no se hubiera necesitado un espía respetable, orgulloso de su profesión, sino que hubiera bastado con cualquier mocoso obsequiado con un helado de cucurucho— para descubrir quién iba y venía por aquella esquina; hasta que más pronto o más tarde, y probablemente más pronto que más tarde, dieran con alguien que Flem pudiera manejar. Lo más lógico sería que fuese muy pronto; aunque su negocio estuviera extendido por cuatro condados, se podían contar con los dedos de una mano los clientes de Montgomery Ward que no se hubieran ofrecido al menos a firmarle a Flem un trozo de papel que dejara constancia de un préstamo de tres o cuatro dólares al cuarenta o al cincuenta por ciento, de manera que Flem podía decirle a cualquiera de ellos: «Referente a esa notita suya que obra en mi poder. Me gustaría evitar que el banco tomara medidas contra usted, pero le recuerdo que es Manfred De Spain quien manda, porque yo no soy más que el vicepresidente».
       O quizá Flem había pillado a Grover en persona, atrapándolo, carne pecadora, la segunda o en todo caso la tercera vez, que era el máximo absoluto de ocasiones en que Grover había podido escaparse del callejón sin que alguien lo sorprendiera, mucho antes, desde luego, de que los dos ladrones de la tienda del tío Willy Christian le hubieran puesto en evidencia desvalijando el armario de las medicinas en presencia de medio Jefferson que volvía a casa después del último pase de la película, pero que no consiguió localizar a Grover para contárselo. En cualquier caso, lo cierto es que Flem pilló a alguien a quien podía apretar lo suficiente las clavijas para averiguar qué era exactamente lo que Montgomery Ward vendía detrás de aquella puerta. De manera que todo lo que a Flem le quedaba por hacer era apoderarse también de aquella industria, expulsar a Montgomery Ward o quitársela de debajo de los pies de la misma manera que había ido comiéndose todos los pastos de Jefferson desde que a Grover Winbush y a mí nos echó del café del que creíamos ser propietarios en aquellos tiempos en que yo era lo bastante estúpido como para pensar que podía habérmelas con Flem.
       Y ahora era vicepresidente de un banco además del tercer hombre en importancia —después de Tom Tom, el fogonero negro de la central eléctrica, y el predicador en persona— de la iglesia baptista los domingos por la mañana y, por lo tanto, destinado a la respetabilidad para el resto de su carrera en Jefferson. Para Flem, por consiguiente, era tan impensable aparecer en el atelier o que el atelier tuviera la menor conexión con el apellido Snopes como para un individuo con el traje de los domingos tratar de correr por un campo lleno de arrancamoños. Por lo que a Jefferson se refiere, el Atelier Monty tenía que clausurarse, ser purificado y desaparecer para siempre del registro comercial de la ciudad, trasladándose a otro callejón en el que nadie hubiera oído hablar nunca de postales francesas y con un nuevo gerente que, a ser posible, fuese incluso incapaz de deletrear la palabra Snopes. O, probablemente, si Flem tenía un mínimo de sentido común, lo mejor sería llevárselo a otra ciudad del distrito del que Montgomery Ward procedía, donde por lo menos se hallaría por completo fuera del alcance de Grover Cleveland hasta el verano, cuando disfrutara de sus quince días de permiso.
       De manera que todo lo que Montgomery Ward tenía que hacer, todo lo que de hecho podía hacer, era limitarse a esperar a que Flem decidiera que había llegado el momento de expulsarlo o de quitarle el atelier de debajo de los pies, lo que a Flem le pareciera más oportuno. Es probable que Montgomery Ward tuviera al menos un momento o dos de apesadumbrada reflexión, considerando que su negocio no era del tipo que permite organizar una venta rápida por liquidación antes de que Flem llegara a enterarse, porque, dada la nebulosa calidad de su mercancía, que tan sólo existía durante el momento en que el cliente la estaba comprando y consumiendo activamente, lo único que podría vender sería su principal inversión, lo que no sólo resultaría contrario a todas las leyes de la economía, sino que le dejaría sin nebulosas mercancías que seguir vendiendo durante el periodo que le quedara hasta que Flem pusiera fin al negocio, momento para el que podían faltar semanas o incluso meses. De forma que todo lo que estaba a su alcance era aplicar todos los medios y maneras disponibles para acelerar y aumentar el volumen de ventas mientras esperaba a que Flem tomara la iniciativa, preguntándose, como es lógico, cuál sería el método que su primo decidiría utilizar: si habría logrado encontrar algún tipo de manivela o palanca en su pasado, el de Montgomery Ward, para desbancarlo, o si recurriría a algo más tosco y desprovisto de imaginación como ofrecerle dinero.
       De manera que estaba esperando a Flem, pero no contaba, desde luego, ni con Hub Hampton ni con el abogado Stevens. Así que durante lo que podríamos llamar el fogonazo de un instante o dos después de que Hub y el abogado irrumpieran en el atelier aquella mañana, Montgomery Ward supuso que se trataba de la nueva respetabilidad con la que Flem andaba tan preocupado: una respetabilidad tan delicada y tan sensible que lo único que podía convenirle era la apariencia de que la ley en persona había purificado el negocio del atelier expulsando a Montgomery Ward de Jefferson, razón por la que Flem había decidido utilizar como instrumento al abogado Stevens y a Hub Hampton. Es cierto que un segundo momento de sesuda reflexión le hubiera sugerido que tan pronto como un individuo tan dedicado a la mejora de la conciencia cívica y a la promoción moral de la juventud como el abogado Stevens y un diácono baptista tan feroz y recalcitrante como Hub Hampton se apoderasen de su colección de fotografías de mujeres en cueros, no quedaría nada de aquel negocio que Flem pudiera llevarse a ningún sitio a excepción de la buena voluntad. Pero la presencia de aquel par de ojillos claros de mirada penetrante que lo contemplaban por encima de la tripa de Hub Hampton no contribuía ni mucho menos a crear un ambiente de meditación ni de reflexión de ningún tipo, sesuda o no. En realidad Montgomery Ward estaba tan lejos de reflexionar, e incluso hasta de pensar, que no puede sorprenderle a nadie que durante el mismo fogonazo de un instante atribuyera a su primo Flem la horrible y calumniosa suposición de que el abogado Stevens y Hub Hampton habían sido más listos que él; que Flem sólo se había propuesto clausurarle a él, Montgomery Ward, el negocio y era lo bastante simple como para creer que podría recuperar las fotos de las mujeres en cueros una vez que Hub Humpton las hubiera echado el ojo encima, y que el verdadero nombre y apellido de quien había sido utilizado como instrumento era Flem Snopes.
       Si bien, incluso ya con el agua al cuello, Montgomery Ward tenía demasiado sentido común y buen juicio, por no mencionar el orgullo y la lealtad familiar, para creer de verdad que diez mil abogados Stevens y Hubs Hampton, y no digamos nada de tan sólo uno de cada, estuvieran en condiciones de engañar a Flem Snopes. Antes de aceptar tan calumniosa posibilidad, Montgomery Ward creería más bien que su primo también estaba sujeto a la mala suerte, igual que cualquier otro ser humano; no la mala suerte de confundirse acerca de la personalidad de Grover Winbush y creerle capaz de entrar y salir deslizándose por aquel callejón dos o tres veces por semana durante siete u ocho meses sin que ningún habitante del condado de Yoknapatawpha lo pillara por lo menos una vez, sino la mala suerte de no estar en condiciones de predecir que los dos ladrones eligieran para robar el drugstore del tío Willy Christian la misma noche que el chico Rouncewell para deslizarse por el tubo del desagüe e ir a la última sesión del cine al aire libre.
       Así que todo lo que Montgomery Ward tenía que hacer era estar sentado en la celda a donde Hub lo había llevado y esperar a ver, con lo que casi podría denominarse objetividad e interés puramente profesional, cómo Flem lograba recuperar las fotografías en poder de Hub. Llevaría tiempo, por supuesto; pese al orgullo familiar y a la veneración que le inspiraba Flem Snopes, Montgomery Ward sabía que incluso para su primo no resultaría tan fácil como recoger un sombrero o un paraguas. De manera que el hecho de que el resto de aquel día transcurriera sin que sucediera nada nuevo, coincidió plenamente con sus predicciones. También, como es lógico, jugueteó con la idea de que, desconcertado, Flem acudiera a él, a Montgomery Ward, para recoger cualquier cabo suelto de información que pudiera proporcionarle, ignorante de que no tenía ninguno. Pero cuando comprobó que Flem no se presentaba ni enviaba recado, su admiración y su confianza en él aumentaron todavía más, puesto que allí estaba la prueba de que no iba a necesitar siquiera lo poco, aunque no fuera más que ánimo y apoyo moral, que Montgomery Ward podía haberle ofrecido.
       Y siguió prediciendo con exactitud lo que iba a suceder aquella noche, incluida la compañía de las que podrían denominarse chinches de propiedad pública del condado de Yoknapatawpha, y también a la mañana siguiente. De manera que pueden ustedes imaginarse su sorprendido interés —no alarma ni asombro, sino tan sólo interés y sorpresa— cuando un solícito conocido (Euphus Tubb, el carcelero, también parte interesada, además de haberse pasado la mayor parte de su vida recibiendo sorpresas) vino por la tarde a contarle cómo Hub Hampton, al volver al estudio por la mañana, con la idea de que quizás el día anterior el abogado y él hubieran pasado por alto otras pruebas, había encontrado nada menos que cinco galones de whisky ilegal en las garrafas de la estantería que, de acuerdo con la información en poder del mismo Montgomery Ward, nunca habían contenido otra cosa que líquido para revelar fotografías.
       —Ahora en lugar de ir a Atlanta puedes quedarte en Parchman, que no está tan lejos —le dijo Euphus—. Y sin salir de Missippi por añadidura, donde un carcelero del Estado recibirá el dinero por tu manutención, en lugar de que, como pasa siempre, esos condenados jueces manden a nuestros chicos fuera, donde gente de la que ni siquiera hemos oído hablar se queda con su dinero.
       Ni alarma ni asombro: tan sólo interés y sorpresa, pero sobre todo interés. Porque Montgomery Ward sabía que cuando él y Hub y el abogado salieron del atelier el día anterior, las tales garrafas no tenían otra cosa que revelador, y que Hub Hampton y el abogado Stevens también sabían que era eso y no otra cosa lo que contenían, porque para un individuo que se dedicara en Jefferson, Missippi, al negocio de las fotografías de mujeres en cueros, complicarse la vida vendiendo whisky ilegal, sería echarse él mismo la soga al cuello, como el propietario de una ruleta o de una mesa para jugar a los dados que soñara con instalar una máquina para falsificar dinero en el mismo local.
       Porque nunca dudó ni por un momento de que Flem hubiera puesto el whisky donde a Hub Hampton no le quedara más remedio que encontrarlo; y esta vez su admiración y su confianza alcanzaron la cota más alta, porque comprendió que Flem, en su actual calidad de banquero y teniendo que ser tan mirado en cuestiones de respetabilidad como una muchacha sin carabina que se despertara de repente en medio de una convención de viajantes de comercio, no sólo no podía tratar personalmente con un contrabandista local de bebidas alcohólicas, de manera que además confundirse acerca de la personalidad de Grover Winbush y creerle tener que ir a Frenchman’s Bend o incluso hacer todo el camino hasta el Distrito Nueve para que Nub Gowrie se lo proporcionara, habría tenido que pagar veinticinco o treinta dólares en metálico. Y de hecho, durante una imprudente fracción de segundo, se le pudo ocurrir que los veinticinco o treinta dólares revelaban cómo, en último análisis, tampoco Flem estaba inmune a la simple y poderosa llamada de la sangre. Pero eso sólo fue una mera fracción de segundo, si es que llegó a tanto, porque si bien era incluso posible que, en ocasiones, Flem fuera víctima de debilidades y estuviera sujeto a aberraciones, en ningún caso figuraba entre ellas pagar una cantidad superior a veinte dólares por un Snopes.
       No; los veinticinco o treinta dólares querían decir simplemente que aquel hueso iba a resultar un poco más duro de roer de lo que Flem esperaba o calculaba. Pero el hecho de que hubiera tardado menos de veinticuatro horas en pagarlos demostraba, en cualquier caso, que Flem nunca había tenido dudas sobre el resultado. Por lo que, naturalmente, Montgomery Ward tampoco las tuvo, sin necesidad de seguir prediciendo el futuro, sino tan sólo de esperar, porque, para entonces, alrededor de la mitad de los habitantes de Jefferson se dedicaban a predecir por él, mientras la otra mitad esperaba y, no hace falta decirlo, vigilaba. Hasta que al día siguiente vimos cómo Flem cruzaba la plaza, seguía calle arriba hasta entrar en la cárcel y volvía a salir a la media hora. Y un día después salió Montgomery Ward con Flem como fiador. Y al día siguiente llegó a la ciudad Clarence Snopes: el senador Clarence Egglestone Snopes, miembro por entonces de la asamblea legislativa del Estado y en otro tiempo alguacil Snopes de Frenchman’s Bend, hasta que cometió el error de golpear con la culata de una pistola en nombre de la ley a un individuo lo bastante rencoroso y vengativo como para quejarse de que se le golpeara con una pistola por el simple hecho de que su agresor fuera más grande que él y llevara una placa. Así que Tío Billy Varner tuvo que hacer algo con Clarence; se entrevistó con Flem y los dos juntos fueron a ver a Manfred De Spain al banco y los tres convencieron al número suficiente de personas para colocar a Clarence en el Senado de Jackson, donde no sabría en absoluto cuáles eran sus posibilidades hasta que alguien de quien tío Billy y Manfred pudieran fiarse le dijese dónde tenía que poner la marca que le servía de firma o alzar la mano.
       Sólo que, como dijo el abogado Stevens, Clarence dio la impresión de encontrar su verdadera vocación antes de aquel nombramiento, cuando un día llegó por fin a Jefferson desde Frenchman’s Bend y descubrió que el país se prolongaba incluso más allá de la capital del condado y seguía hacia el noroeste e incluía las calles Mulberry, Gayoso y Pontotoc de Memphis, Tennessee, así que, cuando regresó tres días después, la manera misma de llevar el pelo de punta y hasta sus ojos saltones parecían estar diciendo «Demonios coronados, demonios coronados, ¿por qué no se me ha dicho antes? ¿Cuánto tiempo lleva todo esto funcionando?» Aunque era cierto que se estaba resarciendo muy de prisa por el tiempo perdido. Podría decirse incluso que iba ya con adelanto, porque ahora cada vez que se trasladaba de Frenchman’s Bend a Jackson o viceversa pasando por Jefferson también incluía a Memphis en el recorrido, y había llegado a convertirse en lo que el abogado Stevens denominaba el nuncio apostólico venéreo de Gayoso Avenue en todas las zonas residenciales del norte de Mississippi.
       Por lo que cuando en la mañana del cuarto día Montgomery Ward y Clarence tomaron el Número Seis en dirección norte, comprendimos que Clarence se dirigía a Jackson o a Frenchman’s Bend pasando por Memphis. Pero todo lo que se nos ocurrió acerca de Montgomery Ward fue, ¿qué podía haber en aquella tienda suya que ni siquiera Hub había encontrado, pero que a Flem Snopes le justificaba los dos mil dólares de fianza que había tenido que pagar para mandar a su primo a México o a dondequiera que Montgomery Ward fuese a dar con sus huesos? Así que lo nuestro no fue sólo sorpresa interesada; por supuesto que estábamos interesados, pero sobre todo asombrados y dedicados a pensar lo más de prisa y mejor que sabíamos cuando dos días después Clarence y
       Montgomery Ward se apearon del Número Cinco en dirección sur, y Clarence devolvió Montgomery Ward a Flem y siguió camino de Jackson o de Frenchman’s Bend o dondequiera que tuviera que ir para marcharse y luego volver, la siguiente vez, pasando por Gayoso Street, Memphis. Flem, por su parte, devolvió a Montgomery Ward a Euphus Tubbs, que lo encerró en la celda de la cárcel, mientras la fianza de dos mil dólares era rescindida o simplemente retirada por tiempo indefinido, de la misma manera que se vuelve a colgar en la percha el sombrero de los domingos hasta la próxima boda o funeral o cualquier otra ocasión en que se vaya a necesitar.
       Quien a su vez —me refiero a Euphus— devolvió a Montgomery Ward a la señora Tubbs. Nos enteramos de que nuestra convecina había colocado una antigua persiana en la ventana de la celda para que el sol matutino no despertara demasiado pronto a Montgomery Ward. Y de que cuando en algún momento el abogado Stevens o Hub Hampton o cualquier otro funcionario público al servicio de la justicia quería intercambiar unas palabras con Montgomery Ward, el sitio donde se le encontraba con más frecuencia era la cocina de la señora Tubbs, luciendo uno de sus delantales, mientras desgranaba guisantes o pelaba mazorcas tiernas para asarlas. Y nosotros —está bien, yo, si lo prefieren—, cuando nos hacíamos los encontradizos y pasábamos por el callejón junto a la cárcel, nos los encontrábamos a él y la señora Tubbs en la huerta; Montgomery Ward azadoneando las hileras de hortalizas, tal vez sin esforzarse demasiado, pero, en cualquier caso, moviendo el azadón cada vez que la señora Tubbs le indicaba dónde tenía que dar el siguiente golpe.
       —Quizá esté todavía tratando de averiguar algo sobre las fotos —aventuró Homer Bookwright.
       —¿Cómo dices? —respondí yo—. ¿La señora Tubbs?
       —Pues claro que quiere saber más sobre las fotos —dijo Homer—. ¿O es que piensas que no es humana, aunque sea mujer?
       Y tres semanas después Montgomery Ward compareció ante el juez Long, que lo sentenció a dos años en el penal de Parchman por posesión de una garrafa de revelador que contenía en realidad un galón de whisky ilegal, recipiente que se presentó como prueba de cargo.
       De manera que todo el mundo se equivocó. Flem Snopes no se había gastado los dos mil dólares de la fianza para purificar a Montgomery Ward sacándolo de los EEUU. de América, ni había empleado veinticinco o treinta dólares de whisky ilegal de caña de azúcar sólo para purificar el apellido de la familia Snopes mandando a su primo a Atlanta, en el estado de Georgia. Lo que había hecho era gastarse veinticinco o treinta dólares para mandar a Montgomery Ward a Parchman en lugar de dejar que el gobierno lo mandara gratis a Atlanta. Lo que resultaba mucho más curioso que sorprendente y, por encima de todo, interesante. Así que la mañana siguiente dio la casualidad de que me encontraba en el andén de la estación cuando estaba a punto de llegar el Número Once en dirección sur y, como era de esperar, allí estaban también Montgomery Ward y Hunter Killegrew, el ayudante del sheriff.
       —¿No te hace falta —le dije a Hunter— ir un momento al lavabo antes de tomar el tren para un viaje tan largo? Prometo vigilar a Montgomery Ward por ti. Además, un tipo que no se escapó hace tres semanas cuando había una fianza de dos mil dólares no es probable que lo intente ahora, contando tan sólo con unas esposas.
       De manera que Hunter me cedió su mitad de las esposas y se hizo a un lado.
       —Así que vas a Parchman y no al otro sitio —le dije a Montgomery Ward—. Eso está mucho mejor. No sólo no quitarás a un proveedor de comida carcelaria de Missippi su justo y lógico beneficio por la comida preparada en Missippi que servirá para alimentar a un condenado también de Missippi, sino que además no te sentirás solo, dado que dispondrás de un primo o tío también de Missippi con quien pasar el tiempo cuando no estés inevitablemente ocupado trabajando en los campos o en alguna otra tarea de parecida utilidad. ¿Cómo se llama? Mink Snopes, tu tío o tu primo que tuvo aquel problemilla hace algún tiempo por matar a Jack Houston e insistir en esperar a que Flem volviera de Texas a tiempo para sacarlo de la cárcel, sólo que Flem estaba también inevitablemente ocupado, y Mink dio la impresión de molestarse un poco. Por cierto, ¿era tu tío o tu primo?
       —¿Sí? —dijo Montgomery Ward.
       —Está bien, ¿cuál de los dos? —dije yo.
       —¿Cuál de los dos qué? —dijo Montgomery Ward.
       —¿Tío o primo tuyo? —dije yo.
       —¿Sí? —dijo Montgomery Ward.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar