William Faulkner
(New Albany, Mississippi, 1897 - Byhalia, Mississippi, 1962)


El villorrio (1940)
(The Hamlet)
(Nueva York: Random House, 1940, 421 págs.)


Para Phil Stone

Primer libro

Flem

Capítulo uno

      Frenchman’s Bend era una zona de fértiles tierras bajas a la orilla del río, situada treinta kilómetros al sudeste de Jefferson. Rodeada de colinas y aislada, bien definida aunque sin límites precisos, a caballo entre dos condados, pero sin deuda de fidelidad con ninguno, Frenchman’s Bend había sido el primitivo emplazamiento, por concesión estatal, de una extensísima plantación anterior a la guerra civil; plantación cuyas ruinas —el cascarón vacío de una enorme casa con sus establos derruidos, sus barracones para los esclavos, sus jardines llenos de malas hierbas, sus terrazas de ladrillo y sus paseos— aún recibían el nombre de casa del Viejo Francés, a pesar de que, en la actualidad, de las lindes originales sólo quedase constancia en los viejos registros descoloridos de la oficina del catastro en el juzgado del distrito de Jefferson, y a pesar de que incluso algunos de los campos en otro tiempo fértiles hubiesen vuelto a ser las junglas de bejucos y cipreses [es decir, un falso ciprés de hoja caduca que crece en los lechos de los ríos y en zonas pantanosas; da una madera roja muy dura que se utiliza para tablillas a modo de tejas de madera] que su primer dueño talara a machetazos.
       Es muy posible que se tratase de un extranjero, aunque no necesariamente francés, puesto que para las personas que llegaron después de él, y que borraron casi por completo toda huella de su presencia, cualquiera que hablase inglés con acento extranjero o cuyo aspecto o incluso cuya ocupación fuese poco corriente, sería francés, prescindiendo de la nacionalidad que afirmara poseer, de la misma manera que sus coetáneos de la ciudad (si, pongamos por ejemplo, hubiera decidido instalarse en la misma Jefferson) le habrían catalogado como holandés. Pero ahora nadie sabía cuál había sido realmente su nacionalidad, ni siquiera Will Varner, que tenía sesenta años y era propietario de una buena parte de la primitiva concesión, incluido el terreno de la casa solariega en ruinas. Porque el extranjero, el francés, había desaparecido junto con su familia, sus esclavos y su magnificencia. Su sueño, sus vastas tierras, se habían dividido en pequeñas e inútiles granjas hipotecadas por las que los directores de los bancos de Jefferson reñían entre sí antes de vendérselas, finalmente, a Will Varner, y todo lo que quedaba del primer propietario era el lecho del río que sus esclavos canalizaran a lo largo de quince kilómetros para evitar que se inundasen sus campos y el esqueleto de la tremenda casa que sus herederos en sentido lato se habían dedicado, durante treinta años, a derribar y a cortar —barandillas de madera de nogal, suelos de roble que medio siglo más tarde no hubieran tenido precio, las mismas tablillas de mala calidad de los cobertizos— para utilizarlo como leña. También su apellido se había olvidado, y su orgullo no era más que una leyenda acerca de la tierra que arrebató a la jungla y que domesticó hasta convertirla en monumento a un nombre que quienes llegaron tras él, en destartaladas carretas y a lomos de mula o incluso a pie, con fusiles de chispa y perros y niños y alambiques para hacer whisky casero y salterios protestantes, no eran siquiera capaces de leer y mucho menos de pronunciar, y que ahora no tenía ya nada que ver con un determinado ser humano, vivo en otro tiempo, porque su sueño y su orgullo no eran más que polvo junto al olvidado polvo de sus anónimos huesos, y su leyenda no otra cosa que la pertinaz historia del dinero que enterró en algún lugar de la finca cuando Grant arrasó la región, camino de Vicksburg.
       Las personas que le heredaron vinieron del nordeste, a través de las montañas de Tennessee, en etapas marcadas por el nacimiento y crianza de una nueva generación. Venían de la costa del Atlántico, y, antes, de Inglaterra y de las marcas escocesas y galesas, como ponían de manifiesto algunos de sus apellidos: Turpin y Haley y Whittington, McCallum y Murray y Leonard y Littlejohn; y otros, como Riddup y Armstid y Doshey, que no podían venir de ninguna parte porque sin duda nadie se los hubiera atribuido voluntariamente. Estas personas no traían esclavos ni cómodas de estilo Chippendale y Phyfe; en realidad la mayoría podían llevar sus pertenencias (y de hecho las llevaban) en propia mano. Se instalaron y construyeron cabañas con una o dos habitaciones que nunca llegaron a pintar; se casaron entre sí y engendraron y, una a una, añadieron otras habitaciones a las cabañas primitivas, que tampoco pintaron nunca; pero eso fue todo. Sus descendientes siguieron plantando algodón en las tierras bajas y maíz en las laderas de las colinas, con el que continuaron fabricando whisky en escondidos vallecitos entre esas mismas colinas y vendiendo el que no consumían. Funcionarios federales enviados a la zona se esfumaban, aunque luego pudiera verse a un niño, a un anciano o a una mujer con alguna de las prendas de vestir que llevaba el desaparecido: un sombrero de fieltro, una chaqueta de velarte, un par de zapatos comprados en la ciudad o incluso una pistola. Los funcionarios del condado no les molestaban, excepto cuando se acercaban las elecciones. Mantenían sus propias iglesias y escuelas, se casaban y cometían entre sí infrecuentes adulterios y un número bastante más elevado de homicidios y actuaban como sus propios jueces y verdugos. Eran protestantes y demócratas y prolíficos; no había un solo negro propietario de tierras en toda la zona. En cuanto a los negros forasteros, se negaban rotundamente a pasar por allí después de anochecer.
       Will Varner, el actual dueño de la casa del Viejo Francés, era el hombre más importante de la región. Además del primer terrateniente y supervisor de distrito en un condado, era juez de paz en el otro y comisario electoral en ambos y, en consecuencia, la fuente primera si no de la ley sí al menos de consejos y sugerencias a una población que habría repudiado el término cuerpo electoral si lo hubiera oído alguna vez, y que acudía a él no con la actitud de qué es lo que tengo que hacer, sino de qué cree usted que le gustaría que yo hiciera si pudiera usted obligarme a hacerlo. Will Varner era granjero, usurero y veterinario; el juez Benbow de Jefferson dijo de él en una ocasión que nunca un hombre con mejores modales sangró mulas o dio pucherazos. Poseía casi todas las buenas tierras de la región e hipotecas sobre la mayoría de las restantes. Era dueño del almacén y de la desmotadera de algodón, y del complejo de molino harinero y herrería en la misma aldea, y se consideraba de mala suerte (por decirlo de la manera más suave posible) que alguien de los alrededores hiciera sus compras o desmotara su algodón o moliera su harina o herrara a su ganado en otro sitio. Will Varner era tan delgado como un poste y casi igual de alto, de cabello y bigotes de color gris rojizo e inocentes ojillos azules, vivos y penetrantes; daba la impresión de ser un inspector de escuela dominical metodista que los días laborables condujera un tren de pasajeros o viceversa, cuando en realidad era propietario de la iglesia o del ferrocarril, o quizá de ambas cosas al mismo tiempo. Era un hombre astuto, reservado y alegre, de carácter rabelesiano y con toda probabilidad aún sexualmente activo (había dado dieciséis hijos a su mujer, aunque sólo dos seguían en el hogar familiar; los otros, esparcidos, casados o enterrados, desde El Paso hasta la frontera con Alabama), como parecía confirmar la energía de sus cabellos, que incluso a los sesenta años eran aún más rojos que grises. Simultáneamente activo y holgazán, no hacía nada en absoluto (su hijo administraba todos los negocios familiares), pero gastaba todo su tiempo en ello, ya que, antes incluso de que su hijo bajara a desayunar, se marchaba de casa, y aunque nadie sabía exactamente adónde iba, a él y al gordo y viejo caballo blanco que montaba se les podía ver en cualquier sitio en quince kilómetros a la redonda a cualquier hora del día; y por lo menos una vez al mes durante la primavera, el verano y los comienzos del otoño, alguien veía a Varner sentado en una silla de fabricación casera en el césped, asfixiado por las malas hierbas delante de la mansión del Viejo Francés, y al viejo caballo blanco atado a un poste de la cerca. Su herrero le había fabricado la silla serrando por la mitad un barril de harina vacío y clavándole un asiento, y Varner se instalaba allí, sobre un fondo de ruinoso esplendor señorial, masticando tabaco o fumando su pipa de mazorca y dirigiendo a los transeúntes bruscos saludos que, sin dejar de ser cordiales, no invitaban al diálogo. Todo el mundo (los que le veían allí y quienes se enteraban de oídas) creía que se sentaba allí para planear en privado su próxima ejecución de hipoteca, puesto que sólo a un viajante que vendía máquinas de coser llamado Ratliff —un hombre a quien Will Varner doblaba con creces la edad— llegó a darle una razón: «Me gusta sentarme aquí. Estoy tratando de averiguar qué podía sentir un tipo tan estúpido que necesitaba todo esto (no se movió ni se molestó siquiera en indicar con la cabeza la pendiente cubierta de viejos ladrillos y enmarañados senderos, coronada por la ruina con columnas que tenía detrás) para comer y dormir únicamente». Luego añadió (sin dar a Ratliff ninguna otra pista de cuál pudiera ser la verdad): «Durante una temporada parecía que iba a librarme de todo esto, que iban a dejármelo limpio. Pero, santo cielo, la gente se ha vuelto tan holgazana que ni siquiera se suben a una escalera para arrancar el resto de las vigas. Se diría que prefieren ir al bosque e incluso cortar un árbol, mejor que levantar el brazo para coger un poco de leña de pino. Pero, pensándolo bien, creo que voy a conservar lo que queda, aunque sólo sea para no olvidarme de mi única equivocación. Ésta es la única cosa de las que he comprado en toda mi vida que no he podido vender a nadie». Jody, su hijo, de unos treinta años, un corpulento ejemplar de primera clase, con un ligero hipertiroidismo, no sólo no estaba casado, sino que emanaba de él una invencible e inviolable soltería de la misma manera que se dice de algunas personas que exhalan olor a santidad o a espiritualidad. Era un hombre voluminoso, que ya prometía una considerable barriga para dentro de diez o doce años, aunque aún mantuviera hasta cierto punto sus pretensiones de galán apuesto y sin compromiso. Tanto en invierno como en verano (aunque en la estación cálida prescindiera de la chaqueta) y lo mismo los domingos que los días de entresemana, Jody llevaba una camisa sin cuello de color blanco brillante, cerrada por arriba con un botón de oro macizo, y encima un traje de excelente velarte negro. Se ponía el traje el día que se lo enviaba el sastre de Jefferson y, desde ese momento, lo llevaba todos los días, hiciera el tiempo que hiciese, hasta que se lo vendía a uno de los criados negros de la familia (de manera que casi todos los domingos por la noche podía verse alguno de sus trajes viejos, en su totalidad o en parte —y reconocerse en seguida— paseando por los caminos del verano) y lo reemplazaba por el nuevo que venía a sustituirlo. En contraste con el sempiterno mono de los hombres entre los que vivía, Jody tenía un aire no exactamente fúnebre, pero sí ceremonioso, y ello debido a ese rasgo de invencible soltería que era parte integrante de su personalidad; de manera que al mirarle, más allá de la flaccidez y de la opacidad de su volumen, se veía al perenne e inmortal padrino de boda, la apoteosis del masculino singular, de la misma forma que, bajo las abultadas carnes del medio centro de 1909, reconocemos al fantasma enjuto y resistente que en otro tiempo llevaba el balón. Jody era el noveno de dieciséis hermanos. Regentaba el almacén, del que su padre era todavía propietario titular y en el que se ocupaban, sobre todo, de hipotecas ejecutadas, y la desmotadera, y supervisaba las dispersas propiedades agrícolas que su padre primero y luego los dos juntos habían ido adquiriendo durante los últimos cuarenta años.
       Una tarde, cuando estaba en el almacén cortando de una bobina nueva piezas de cuerda para el arado, y recogiéndolas en pulcros lazos marineros para colgarlas de una hilera de clavos en la pared, se volvió al oír un ruido y vio, su silueta recortada en el vano de la puerta, a un hombre más pequeño de lo corriente, con un sombrero de ala ancha, una levita demasiado grande y una curiosa tiesura deliberada.
       —¿Es usted Varner? —dijo el individuo en cuestión, con una voz que no era exactamente áspera, o no tanto voluntariamente áspera como herrumbrosa por la falta de uso.
       —Soy un Varner —dijo Jody, con su agradable voz, sonora y bien modulada—. ¿Qué puedo hacer por usted?
       —Me llamo Snopes. He oído que alquila usted una granja.
       —¿De veras? —respondió Varner, moviéndose ya para conseguir que al otro le diera la luz en la cara—. Exactamente, ¿dónde ha oído usted eso? —porque la granja era nueva; su padre y él la habían adquirido a través de una ejecución de hipoteca hacía menos de una semana, y aquel individuo era un completo desconocido. Jody ni siquiera había oído nunca su apellido.
       El otro no respondió. Varner podía verle ya la cara: ojos de un gris opaco y frío entre irascibles cejas hirsutas que empezaban a encanecer y un rastrojo de barba gris oscura tan densa y enmarañada como lana de oveja.
       —¿Dónde cultivaba usted la tierra? —dijo Varner.
       —Por el oeste —no hablaba bruscamente. Se limitó a pronunciar las tres palabras con total irrevocabilidad desprovista de sentimientos, como si hubiera cerrado una puerta tras de sí.
       —¿Se refiere a Texas?
       —No.
       —Entiendo. Al oeste de aquí. ¿Tiene mucha familia?
       —Seis —no hubo después una pausa perceptible, ni un precipitarse hacia la siguiente palabra. Pero hubo algo. Varner lo notó incluso antes de que la voz sin vida pareciera agravar deliberadamente la incongruencia—: chico y dos chicas. La mujer y su hermana.
       —No son más que cinco.
       —Y yo —dijo la voz muerta.
       —De ordinario un hombre no se incluye entre sus propios braceros —dijo Varner—. ¿Son cinco o siete?
       —Dispongo de seis personas para trabajar en el campo.
       La voz de Varner tampoco cambió entonces, siempre afable y firme al mismo tiempo.
       —No sé si voy a necesitar un arrendatario. Casi estamos ya a uno de mayo. Calculo que podría cultivarla yo mismo, con unos cuantos jornaleros. Si es que me decido a hacerlo este año.
       —Estoy dispuesto a trabajar así —dijo el otro. Varner se le quedó mirando.
       —Le veo un tanto ansioso de instalarse, ¿no es cierto? —el otro no respondió. Varner no era capaz de decir si le estaba mirando o no—. ¿Qué renta pensaba usted pagar?
       —¿Qué es lo que usted pide?
       —Tercera y cuarta
[es decir, el arrendatario aporta su equipo y paga una tercera parte de la simiente y del fertilizante para la cosecha y un tercio de la cosecha como renta] —dijo Varner—. Los suministros se compran aquí en el almacén. No hay que pagar en metálico.
       —Entiendo. Suministros en dólares de setenta y cinco centavos.
       —Efectivamente —dijo Varner con tono siempre cordial. Ahora no podría decir si su interlocutor miraba a algo o no miraba a nada en absoluto.
       —Me conviene —dijo.
       Desde el porche del almacén, por encima de media docena de hombres vestidos con monos, sentados o acuclillados aquí y allá, con navajas y astillas en la mano, Varner vio cómo su visitante se marchaba cojeando estiradamente, sin mirar a derecha ni izquierda; luego vio cómo descendía los escalones, elegía entre los animales de tiro y los caballos ensillados una mula flaca y sin silla, con una gastada brida para arar y riendas de cuerda, la llevaba hasta los escalones, se montaba torpe y rígidamente, y se ponía en camino, sin haber mirado todavía ni una sola vez a uno u otro lado.
       —Por el ruido de los pasos se diría que pesa por lo menos cien kilos —dijo uno de los hombres—. ¿Quién es, Jody?
       Varner aspiró entre dientes y escupió a la calle.
       —Se llama Snopes —dijo.
       —¿Snopes? —repitió otro de los presentes—. Claro. Así que es él.
       Esta vez no sólo Varner, sino todos los demás miraron al que había hablado: un hombre flaco, con un mono absolutamente limpio aunque descolorido y con remiendos, recién afeitado, con un rostro bondadoso, casi triste, hasta que se descifraba lo que eran en realidad dos expresiones distintas: una momentánea de paz y tranquilidad superpuesta a otra permanente (precisa, aunque débil) de hombre acosado; y una boca delicada, cuya peculiar frescura y lozanía adolescente podía ser en realidad el resultado de no haber probado el tabaco en toda su vida; la cara arquetípica del hombre que se casa joven, sólo engendra hijas y él mismo no pasa de ser la hija mayor de su propia esposa. Se llamaba Tull.
       —Es el tipo que pasó el invierno con su familia en una vieja cabaña donde Ike McCaslin solía almacenar el algodón. El mismo que hace dos años anduvo metido en el asunto del establo incendiado de un sujeto llamado Harris en Grenier County.
       —¿Cómo? —dijo Varner—. ¿De qué estás hablando? ¿Un establo incendiado?
       —No he dicho que lo hiciera él —respondió Tull—. Sólo que estuvo mezclado en cierta manera, podríamos decir.
       —¿Como cuánto de mezclado?
       —Harris hizo que lo detuvieran y lo llevó a los tribunales.
       —Entiendo —dijo Varner—. Nada más que un simple caso de confusión de identidad. Pagó a otro para que lo hiciera.
       —No se pudo probar —dijo Tull—. Por lo menos si Harris encontró alguna prueba después, ya era demasiado tarde, porque Snopes se había marchado de la región. Luego reapareció en casa de McCaslin, en septiembre pasado. Él y su familia trabajaron a jornal, cosechando para McCaslin, y él les dejó que pasaran el invierno en una vieja cabaña para el algodón que no estaba usando. Eso es todo lo que sé. Y no voy a repetirlo.
       —Yo no lo haría —dijo Varner—. A nadie le conviene cargar con la responsabilidad de una habladuría sin fundamento —seguía de pie, por encima de ellos, con su ancha cara imperturbable y su sucio atuendo en blanco y negro (la manchada camisa de color blanco brillante y los pantalones con rodilleras), una vestimenta ceremoniosa y descuidada al mismo tiempo. Aspiró aire entre los dientes haciendo mucho ruido—. Vaya, vaya —dijo—. Un tipo que incendia establos. Vaya, vaya.
       Esa noche se lo contó a su padre mientras cenaban. Con la excepción de un irregular edificio, mitad de troncos y mitad de tablas, conocido como el hotel Littlejohn, la casa de Will Varner era la única de la zona que tenía más de un piso. Los Varner también tenían una cocinera, no sólo el único criado negro, sino el único criado de cualquier tipo en todo el distrito. Aunque llevaba muchos años con ellos, la señora Varner seguía diciendo, y al parecer creyendo, que no se la podía dejar sola ni para hervir agua. Jody contó esa noche lo que había sucedido mientras su madre, una mujer regordeta, alegre y hacendosa, que había dado a luz dieciséis hijos y sobrevivido ya a cinco, y que todavía ganaba premios por sus hortalizas y confituras en la feria anual del condado, iba y venía del comedor a la cocina, y su hermana, una muchacha de carnes prietas y elevada estatura, con pechos ya bien definidos a los trece años, ojos como opacas uvas de invernadero y una generosa boca húmeda siempre ligeramente entreabierta, ocupaba su sitio en la mesa con una especie de malhumorada perplejidad propia de su joven carnalidad femenina en sazón, sin necesidad, al parecer, de hacer el menor esfuerzo para no oír.
       —¿Le has hecho ya el contrato? —dijo Will Varner.
       —No pensaba hacérselo hasta que Vernon Tull me contó lo que había pasado. Ahora creo que mañana llevaré el papel al almacén y le dejaré que lo firme.
       —Después puedes decirle también cuál es la casa que tiene que incendiar. ¿O vas a dejarle que elija él?
       —Naturalmente —respondió Jody—. También hablaremos de eso —luego añadió (borrando de su voz toda ligereza, toda respuesta y contrarrespuesta, tercera, cuarta y prima de la suave esgrima del humor)—: Lo único que tengo que hacer es enterarme a ciencia cierta de lo que pasó con ese establo. Aunque en realidad va a dar lo mismo que lo hiciera o lo dejara de hacer. Todo lo que necesita es descubrir de repente cuando llegue la época de la cosecha que yo creo que lo hizo. Escucha. Pongamos un ejemplo parecido —se inclinó hacia adelante sobre la mesa, voluminoso, seguro de sí mismo, resuelto. La madre se había marchado apresuradamente a la cocina, desde donde se oía su voz enérgica riñendo alegremente a la cocinera negra. La hija no escuchaba en absoluto—. Aquí hay un trozo de tierra de la que sus propietarios no pensaban ya sacar nada con la estación tan avanzada. Y he aquí que llega un individuo y la arrienda; pero resulta que en el último sitio que arrendó se incendió un establo. Da lo mismo que lo quemara o no, aunque simplificaría las cosas saber a ciencia cierta que fue él quien lo hizo. Lo más importante es que se quemó mientras él estaba allí, y las pruebas eran tales que se sintió obligado a marcharse de la zona. De manera que aparece y arrienda una tierra que no contábamos con que produjera nada este año, y nosotros le proporcionamos todos los suministros del almacén con toda regularidad y como es debido. Y el tal sujeto recoge la cosecha y el propietario la vende con toda normalidad y tiene el dinero esperando y el individuo se presenta para recoger su parte y el propietario dice: «¿Qué es eso que he oído acerca de usted y de un establo?». Eso es todo. «¿Qué es lo que acabo de oír sobre usted y ese establo?» —se quedaron mirando el uno al otro: los ojos opacos un tanto saltones y los penetrantes ojillos azules—. ¿Qué dirá él? Qué puede decir, excepto: «De acuerdo. ¿Qué se propone usted hacer?».
       —Perderás la factura de los suministros en el almacén.
       —Claro. Eso no hay manera de evitarlo. Pero, después de todo, un sujeto que te va a dar una cosecha gratis, de balde, sin cobrar un céntimo, lo menos que puedes hacer es alimentarlo mientras trabaja para ti. Espera —dijo—. ¡Demonios coronados, ni siquiera tendremos que hacer eso! Haré que se encuentre un par de tejas de madera podrida con una cerilla cruzada a la puerta de su casa el día que acabe el cultivo, y entonces sabrá que ya no tiene remedio y que lo único que puede hacer es volver a marcharse. Eso acortará dos meses la cuenta de los suministros, y a nosotros nos bastará contratar a alguien para que recoja la cosecha —se miraron mutuamente. Para uno ya era cosa hecha, terminada con éxito: lo veía con toda claridad; convertía en presente algo todavía a seis meses de distancia en el futuro—. ¡Demonios coronados, no le quedará otro remedio! ¡No podrá protestar! ¡No se atreverá!
       —Hummm —dijo Will. Del bolsillo del chaleco sin abotonar sacó una manchada pipa de mazorca y empezó a llenarla—. Será mejor que no tengas ningún trato con esa gente.
       —¡Claro que sí! —respondió Jody. Cogió un palillo del palillero de porcelana y se echó para atrás en la silla—. No está bien incendiar establos. Un individuo que tiene costumbres de ese tipo ha de sufrir los inconvenientes que se derivan de ello.
       No fue ni al día siguiente ni al otro. Pero a primera hora de la tarde del tercer día, con el caballo roano esperándole atado a una de las columnas del porche, Jody se instaló en el escritorio de tapa corrediza al fondo del almacén, encorvado, el sombrero negro sobre el cogote, una ancha mano peluda, inmóvil y tan pesada como un saco de patatas, encima del papel, y en la otra la pluma con que escribir las palabras del contrato con su letra irregular, grande, de rasgos gruesos y pausados. Una hora después, a ocho kilómetros de la aldea, con el contrato ya seco, cuidadosamente doblado y guardado en un bolsillo, Jody se encontraba a caballo junto a una calesa parada en el camino, muy estropeada por el mal trato y cubierta con el barro seco del último invierno, tirada por una pareja de peludos jacos tan cerriles y enérgicos como cabras montesas y casi igual de pequeños. En la parte de atrás, la calesa llevaba sujeta una caja de chapa de hierro del tamaño y forma de una perrera pero pintada para darle aspecto de casa, en cada una de cuyas ventanas pintadas, el rostro también pintado de una mujer sonreía bobamente contemplando una máquina de coser igualmente pintada. Varner, a lomos de su caballo, miraba con sorprendida y colérica consternación al ocupante de la calesa que acababa de decirle con tono cordial: «Vaya, Jody; he oído que tienes un nuevo arrendatario».
       —¡Demonios coronados! —exclamó Varner—. ¿Quieres decir que ha prendido fuego a otro? ¿Que a pesar de que le pillaron con las manos en la masa ha prendido fuego a otro?
       —Bueno —dijo el ocupante de la calesa—. No sé si yo estaría dispuesto a declarar públicamente que Snopes prendió fuego a cualquiera de los dos. Diría más bien que se incendiaron cuando él estaba más o menos relacionado con ellos. Podría decirse que el fuego da la impresión de seguirle como los perros siguen a algunas personas —hablaba con una voz agradable, perezosa, ecuánime, y que sólo después de algún tiempo se reconocía como más astuta que bromista. Aquel individuo era Ratliff, el viajante de máquinas de coser. Vivía en Jefferson y recorría la mayor parte de cuatro condados con su recia pareja de jacos y su perrera pintada en la que cabía perfectamente una máquina de coser de verdad. En días sucesivos, y a dos condados de distancia podía verse a la estropeada calesa manchada de barro y a la desigual pareja de caballos, atados en la sombra más cercana, y el rostro afable, atento, bien dispuesto de Ratliff y su inmaculada camisa azul sin corbata, uno más en el grupo acuclillado junto a un almacén en un cruce de caminos, o (y siempre acuclillado y siempre dando la impresión de llevar la voz cantante, pero en realidad escuchando mucho más de lo que nadie creía que escuchaba hasta que los acontecimientos futuros demostraban lo contrario) entre las mujeres, rodeado de cuerdas cargadas con ropa puesta a secar y tinas y calderos ennegrecidos junto a fuentes y pozos, u ocupando, muy correcto, una silla con asiento de paja en el porche de una cabaña, simpático, afable, cortés, fértil en anécdotas e impenetrable. Ratliff vendía quizá tres máquinas de coser al año, y el resto del tiempo se dedicaba a comerciar con tierras, ganado, aperos de labranza de segunda mano, instrumentos musicales o cualquier otra cosa que su dueño no tuviera especial interés en conservar, e iba contando de casa en casa las noticias de sus cuatro condados con la ubicuidad de un periódico, al mismo tiempo que transmitía mensajes de persona a persona sobre bodas, funerales y conservas de hortalizas y fruta con la seriedad de un servicio de correos. Nunca olvidaba un nombre y conocía a todo el mundo, personas, mulas y perros, en ochenta kilómetros a la redonda—. Digamos que iba siguiendo a Snopes cuando llegó a la casa que De Spain le había cedido, con los muebles amontonados dentro de la carreta, igual que se presentó en la casa de Harris, donde estuvo vivendo antes, o dondequiera que fuese, y dijo: «Meteos ahí». Y la cocina y las camas y las sillas salieron y se colocaron por sí solas. Descuidadamente, pero de manera eficaz, todo muy ajustado, porque estaban acostumbrados a mudarse y a no contar con muchas manos para hacerlo. Ab y ese otro tan grande, Flem le llaman (había otro más también, uno pequeño; recuerdo haberlo visto en algún sitio. No estaba con ellos. Por lo menos no está ahora. Quizá se olvidaron de avisarle cuando salieron del establo), ocupaban el asiento delantero, las dos chicas corpulentas dos sillas dentro de la carreta y la señora Snopes y su hermana, la viuda, iban sentadas encima de los trastos en la parte de atrás, como si a nadie le importase mucho que les acompañaran o no, muebles incluidos. Al pararse la carreta delante de la casa, Ab la miró y dijo: «Seguro que no sirve ni para pocilga».
       Varner, a caballo, contemplaba a Ratliff con los ojos fuera de las órbitas y mudo de horror.
       —Bien —dijo Ratliff—. En cuanto la carreta se paró, la señora Snopes y la viuda se bajaron y empezaron a descargar. Las dos chicas no se habían movido aún, sentadas en las dos sillas con la ropa de los domingos, mascando chicle, hasta que Ab se volvió y las echó a maldiciones de la carreta hasta donde la señora Snopes y la viuda se peleaban a brazo partido con la cocina. Las hizo moverse como a un par de terneras demasiado valiosas para golpearlas con fuerza, y luego Flem y él se sentaron y vieron cómo las dos robustas muchachas sacaban de la carreta una escoba muy gastada y una linterna y se quedaban quietas de nuevo hasta que Ab se asomó otra vez y, con el extremo de las riendas, dio un golpecito en las nalgas a la que estaba más cerca. «Y luego volvéis y ayudáis a mamá con la cocina», les gritó mientras se alejaban. Después Flem y él se bajaron de la carreta y fueron a visitar a De Spain.
       —¿Al establo? —exclamó Varner—. ¿Quieres decir que fueron directamente y…?
       —No, no. Eso fue después. El establo viene más tarde. Lo más probable es que todavía no supieran dónde estaba. El establo ardió con todas las de la ley y a su debido tiempo; eso no hay más remedio que reconocérselo. Pero esto no era más que una visita, pura amistad simplemente porque Snopes sabía dónde estaban las tierras y todo lo que tenía que hacer era empezar a rascarlas, y ya estaban a mediados de mayo. Igual que ahora —añadió con tono de inocencia absolutamente perfecto—. Aunque también he oído decir que siempre hace sus contratos de arrendamiento más tarde que la mayoría —pero no se estaba riendo. El rostro astuto y moreno era tan cordial y tan afable como siempre debajo de los astutos e impenetrables ojos.
       —¿Y bien? —dijo Varner con violencia—. Si prepara los fuegos tal como cuentas, calculo que no necesito preocuparme hasta las navidades. Sigue adelante. ¿Qué es lo que tiene que hacer antes de empezar a encender cerillas? Tal vez me sea posible reconocer alguno de los síntomas a tiempo.
       —De acuerdo —dijo Ratliff—. Así que echaron a andar por la carretera, dejando a la señora Snopes y a la viuda luchando con la cocina y a las dos chicas sin moverse, pero con un cepo para ratas y un orinal en la mano, y fueron hasta la casa del comandante De Spain y subieron por el camino particular donde había un montón de estiércol fresco y el negro dijo que Ab lo pisó aposta. Quizá el negro los estaba viendo por la ventana. De cualquier modo, Ab cruzó el porche dejando huellas de estiércol y llamó a la puerta; y cuando el negro le dijo que se limpiara los pies, Ab le apartó de un empujón y el negro asegura que se limpió lo que le quedaba en la alfombra de cien dólares y se quedó allí gritando «Qué tal, De Spain, qué tal», hasta que apareció la señora De Spain y vio la alfombra y a Ab y le dijo que hiciera el favor de marcharse. Y luego De Spain llegó a casa a la hora del almuerzo e imagino que quizá su señora intervino azuzándole, porque, a eso de media tarde, se presentó a caballo en casa de Snopes con un negro sujetando la alfombra enrollada a lomos de una mula detrás de él, cuando Ab estaba sentado en una silla contra la jamba de la puerta; De Spain le gritó: «¿Por qué demonios no está en el campo?». Y Ab dijo, sin levantarse de la silla ni nada parecido: «Pensaba empezar mañana. Nunca me mudo y empiezo a trabajar el mismo día», aunque todo esto no venga al caso; calculo que la señora De Spain le había azuzado a conciencia porque sin bajarse del caballo estuvo un rato repitiendo «Váyase al infierno, Snopes, váyase al infierno», y Ab, sentado allí, contestando «Si yo le diera tanta importancia a una alfombra no creo que la tuviera donde la gente tropezara con ella al entrar en casa» —Ratliff seguía sin reírse. Se limitaba a estar sentado en la calesa, sereno y reposado, con sus ojos astutos e inteligentes en el rostro moreno, bien lavado y afeitado sobre la camisa descolorida perfectamente limpia, y su agradable voz que arrastraba las palabras, despreocupada a más no poder, mientras el rostro desencajado y encendido de Varner le miraba con indignación.
       —Así que, al cabo de un rato, Ab dio un grito en dirección a la casa, salió una de las mocetonas, y Ab le dijo: «Llévate la alfombra y lávala». Y a la mañana siguiente el negro se encontró la alfombra enrollada, tirada en el porche junto a la puerta principal; y había otra vez huellas en el suelo, aunque en esta ocasión no era más que barro; también se dijo que cuando la señora De Spain extendió la alfombra las cosas debieron de ponerse al rojo vivo para el dueño de la casa (el negro aseguró que daba la impresión de que habían usado trozos de ladrillo en lugar de jabón para lavarla), porque De Spain se presentó en casa de Ab, antes incluso del desayuno, cuando los Snopes estaban enganchando la mula para salir al campo, echando chispas por los ojos y maldiciendo sin parar, no exactamente a Ab, sino más bien a todas las alfombras y a todo el estiércol en general, y Ab, sin decir nada, tan sólo abrochando horcates y las correas para sujetar la collera, hasta que por fin De Spain dijo que la alfombra le había costado cien dólares en Francia y que le iba a cobrar siete hectolitros de maíz de la cosecha que Ab ni siquiera había plantado aún. Y a continuación De Spain se volvió a su casa. Y tal vez pensó que la cosa no tenía mayor importancia. Tal vez creyó que como ya había hecho algo acerca de aquel asunto, su mujer le dejaría tranquilo y quizá cuando llegara la época de la cosecha él podría incluso olvidarse de los siete hectolitros de maíz. Sólo que eso tampoco le pareció bien a Ab. De manera que al día siguiente, por la noche, si no recuerdo mal, cuando el comandante se había quitado los zapatos y estaba tumbado en la hamaca del patio, llegó el alguacil y, después de muchos rodeos, terminó diciéndole que Ab le había puesto un pleito…
       —Demonios coronados —murmuró Varner.
       —Claro —siguió Ratliff—. Eso es más o menos lo que dijo De Spain cuando, por fin, se metió en la cabeza que era verdad lo que le decía el alguacil. Así que llegó el sábado, la carreta se presentó delante del almacén y Ab se apeó con ese sombrero de predicador y esa levita que lleva y se llegó hasta la mesa haciendo mucho ruido con ese pie deforme donde, según Buck McCaslin, el coronel Sartoris en persona le pegó un tiro por tratar de robarle el semental de silla durante la guerra, y el juez dijo: «He estudiado su demanda, señor Snopes, pero no he conseguido encontrar ninguna ley en ningún sitio que haga referencia a alfombras, y no digamos nada del estiércol. Pero voy a aceptarla porque siete hectolitros es demasiado: un hombre tan ocupado como parece estarlo usted no va a tener tiempo de cosechar siete hectolitros de maíz. De manera que le voy a condenar a que pague tres hectolitros y medio por echar a perder esa alfombra».
       —Y entonces fue y prendió fuego al establo —dijo Varner—. Vaya, vaya, vaya.
       —Creo que yo no lo describiría exactamente así —dijo, repitió Ratliff—. Yo diría tan sólo que aquella misma noche ardió el establo del comandante De Spain, y que no se pudo salvar nada. Aunque sí es cierto que por alguna razón De Spain se presentó allí con su yegua casi al mismo tiempo, porque alguien le oyó cuando le adelantaba por el camino. No quiero decir que llegara allí a tiempo de apagar el fuego, pero sí de encontrar otra cosa que ya estaba allí y que le hizo sentirse con derecho a considerarla un elemento lo bastante extraño como para justificar que disparase contra ella, a lomos de la yegua y a escopetazo limpio, tres o cuatro veces, hasta que lo que fuese se escondió en una zanja donde De Spain no podía seguirlo a caballo. Y tampoco pudo decir con seguridad quién era, porque cualquier animal cojea si quiere y cualquier hombre se expone a tener una camisa blanca, con la excepción de que cuando llegó a casa de Ab (y no pudo tardar mucho, según la velocidad a que le oyó pasar el tipo que iba por el camino) no estaban allí ni el padre ni el hijo, tan sólo las cuatro mujeres, y De Spain no tuvo tiempo de mirar debajo de las camas y otros sitios por el estilo, porque junto al establo tenía un granero para maíz con techo de ciprés. De manera que volvió a donde sus negros habían acarreado los barriles de agua y estaban mojando sacos vacíos para extenderlos sobre el granero, y la primera persona a la que vio fue Flem, que estaba allí, con una camisa blanca, contemplando lo que sucedía con las manos en los bolsillos y mascando tabaco. «Buenas noches», dijo Flem. «Ese heno se quema muy de prisa.» Y De Spain le gritó desde el caballo: «¿Dónde está tu padre? ¿Dónde está ese…?». Y Flem dijo: «Si no está por aquí se habrá vuelto a casa. Él y yo salimos juntos cuando vimos el resplandor». Y De Spain sabía perfectamente de dónde habían salido y también sabía por qué. Sólo que no hacía al caso, porque, como he explicado hace muy poco, no importa qué dos sujetos pueden tener una cojera y una camisa blanca entre los dos, y también probablemente la lata de queroseno que De Spain había visto tirar al fuego a uno de ellos cuando disparó por primera vez. De manera que a la mañana siguiente, cuando el comandante estaba desayunando con una herida en la frente y las dos cejas chamuscadas, entró el negro y le dijo que había un individuo que quería verle; De Spain fue al despacho y allí estaba Ab con el sombrero de predicador y la levita y también con la carreta cargada, aunque la carreta no la había traído hasta la casa para que no la vieran. «Parece que usted y yo no vamos a llegar a entendernos», dijo Ab, «así que calculo que será mejor dejar de intentarlo antes de que surja algún malentendido. Me marcho hoy mismo». Y De Spain dijo: «¿Qué hay de su contrato?». Y Ab respondió: «Lo he rescindido». Y el comandante siguió sentado repitiendo: «Rescindido. Rescindido». Y luego añadió: «Yo rescindiría ese contrato y cien más como él y añadiría también el establo con tal de estar seguro de que era usted contra quien disparaba anoche». Y Ab dijo: «Puede usted demandarme y descubrirlo. Los jueces de paz de esta zona parecen tener mucha costumbre de descubrir la verdad para los demandantes».
       —Demonios coronados —dijo otra vez Varner, en voz baja.
       —Así que Ab giró en redondo, salió caminando pesadamente con su pie tieso y volvió…
       —Y quemó la casa del arrendatario —dijo Varner.
       —No, no. No digo que no se volviera a mirarla con cierto pesar, como dice la persona que le vio, cuando se marchó con la carreta. Pero desde entonces nada más ha ardido de repente. No precisamente entonces, quiero decir. Yo no…
       —Efectivamente —dijo Varner—. Recuerdo que dijiste que tuvo que tirar el queroseno que le quedaba en la lata cuando De Spain empezó a disparar contra él. Vaya, vaya —añadió, con ojos desorbitados, ligeramente apoplético—. Y ahora, de todos los hombres de esta región, he tenido que elegirlo a él para hacer un contrato de arrendamiento —se echó a reír. Más bien empezó a decir «Ja, ja, ja», rápidamente, pero sólo con los dientes y los pulmones, sin que los ojos se contagiaran. Luego se detuvo—. Bueno, no puedo seguir aquí sin hacer nada, por muy agradable que me resulte. Quizá llegue a tiempo de conseguir que rescinda el contrato a cambio tan sólo de una vieja cabaña para almacenar maíz.
       —O si no, al menos a cambio de un establo vacío —le gritó Ratliff, mientras se alejaba.
       Una hora después, Jody Varner se hallaba de nuevo sentado en el caballo inmóvil, esta vez delante de un portón, o más bien de un boquete en una cerca de alambres combados y herrumbrosos. El portón mismo o lo que quedaba de él yacía desgoznado en el suelo, los intersticios de las estacas podridas rellenos de césped y malas hierbas, como las costillas de un esqueleto olvidado. Jody respiraba con fuerza, pero no porque hubiera estado galopando. Muy al contrario, desde que se encontró lo bastante cerca de su meta para creer que vería humo en el caso de que lo hubiera, había avanzado a un paso cada vez más lento. Sin embargo, ahora se hallaba a lomos de su caballo frente al boquete en la cerca, respirando con fuerza por la nariz e incluso sudando un poco mientras contemplaba la destartalada cabaña de techo combado, situada en el inevitable trozo de tierra sin árboles ni césped y gastada por la intemperie hasta conseguir el color de una vieja colmena, con esa expresión de tenso y rápido cálculo mental de un hombre que se acerca a un obús que no ha estallado. «Demonios coronados», repitió en voz baja. «Demonios coronados. Lleva tres días aquí y ni siquiera ha puesto el portón en su sitio. Y yo tampoco me voy a atrever a mencionarlo. Ni siquiera me atreveré a comportarme como si supiera que existe una cerca donde sujetarlo.» Sacudió las riendas salvajemente. «¡Arre!», le dijo al caballo. «Quédate aquí quieto mucho tiempo y verás como acabas ardiendo.»
       El camino (que no era calle ni senda: tan sólo dos líneas paralelas apenas discernibles por donde habían pasado ruedas de carretas, casi borradas por el césped y las malas hierbas) llegaba hasta el porche combado y sin escalones de aquella casa perfectamente inexpresiva que Jody contemplaba ahora con cautela de nervios en tensión, como si se acercara a una emboscada. Contemplaba la casa con tal intensidad, que no se daba cuenta de los detalles. Pero, de pronto, vio en una de las ventanas sin bastidor, y sin saber cuándo había aparecido, un rostro debajo de una gorra de paño gris, cuya mandíbula inferior se movía ininterrumpida y rítmicamente con una curiosa desviación lateral, y que se esfumó cuando aún estaba gritando «¡Buenas tardes!». Se disponía a gritar de nuevo cuando vio más allá de la casa la rígida silueta que reconoció a pesar de que le faltase la levita; Ab Snopes estaba haciendo algo con el portón que daba a las tierras de labor. Además del lamento dolorido y rítmico de la oxidada polea de un pozo, Jody empezó a oír dos desabridas voces femeninas muy altas e inexpresivas. Al llegar más allá de la casa vio el pozo: la alta y estrecha estructura, semejante a un patíbulo estilizado, dos corpulentas jóvenes absolutamente estáticas a su lado, que en aquella primera ojeada crearon ya la inmóvil solidaridad, como de ensueño, de la estatuaria (reforzada únicamente por el hecho de que las dos parecían hablar al mismo tiempo, dirigiéndose a otro oyente —o quizá tan sólo al mundo circundante—, desde una distancia considerable y sin escucharse entre sí en absoluto), incluso aunque una sujetase la cuerda del pozo con los brazos extendidos al máximo, el cuerpo inclinado para tirar hacia abajo, como una figura en una charada, una pieza tallada que simbolizase algún terrible esfuerzo físico muerto nada más nacer, y aunque un momento después la polea iniciase de nuevo su oxidado lamento, pero se detuviera casi de inmediato, como hicieron también las voces cuando le vio la segunda, con la primera detenida en la inversa de la actitud anterior, los brazos extendidos hacia abajo sobre la cuerda y los dos anchos rostros inexpresivos volviéndose lentamente al unísono mientras Varner pasaba a caballo.
       Jody cruzó la tierra yerma cubierta con los desechos —cenizas, trozos de cacharros de barro y latas vacías— de sus últimos ocupantes. Otras dos mujeres trabajaban junto a la cerca, y tanto Ab como ellas habían advertido su presencia, porque Varner vio volver la cabeza a una. Pero el hombre mismo (maldito enano asesino con un pie deforme, pensó Varner con furiosa indignación impotente) no levantó la vista ni hizo siquiera una pausa en lo que fuera que le tenía ocupado hasta que Varner se colocó directamente detrás de él. Ahora las dos mujeres le estaban mirando. Una llevaba una descolorida papalina, y la otra, con un sombrero deforme que en otro tiempo debió de pertenecer al cabeza de familia, sostenía una lata oxidada llena a medias de clavos torcidos y oxidados. «Buenas tardes», dijo Varner, dándose cuenta demasiado tarde de que estaba casi gritando. «Buenas tardes, señoras.» El hombre se volvió, pausadamente, con un martillo en la mano —una cabeza oxidada con las dos orejas rotas, enastada en un trozo sin pulir de madera para el fuego—, y una vez más Varner contempló desde arriba los fríos e impenetrables ojos de color ágata bajo el atormentado saliente de las cejas.
       —¿Qué tal? —dijo Snopes.
       —Se me ha ocurrido que no estaría de más venir a ver cuáles eran sus planes —respondió Varner, aún con voz demasiado alta; parecía incapaz de evitarlo. Tengo que pensar en demasiadas cosas para ocuparme de eso, se dijo, empezando inmediatamente a repetirse. Demonios coronados. Demonios coronados, una y otra vez, como para probarse a sí mismo lo que un simple segundo de descuido podía acarrearle.
       —He pensado que voy a quedarme —dijo el otro—. La casa no sirve ni para pocilga. Pero supongo que podremos salir adelante.
       —¡Pero escuche! —dijo Varner. Ahora estaba gritando; no le importaba. Luego dejó de gritar. Dejó de gritar porque dejó de hablar: no había nada más que decir, aunque dos palabras le cruzaran por la cabeza con la suficiente velocidad: Demonios coronados. Demonios coronados. No me atrevo a decir «Váyase de aquí», y no tengo ningún sitio para decirle «Váyase ahí». Ni siquiera me atrevo a hacer que lo detengan por incendiario no sea que me prenda fuego al establo. El otro se volvía ya hacia la cerca cuando Varner habló, y se quedó vuelto a medias, mirando a Jody de una forma que no era cortés ni tampoco paciente, sino simplemente de alguien que espera.
       —De acuerdo —dijo Varner—. Podemos hablar de la casa. Porque vamos a entendernos perfectamente. Seguro que nos entenderemos. Si sucede cualquier cosa, todo lo que tiene usted que hacer es ir al almacén. No, ni siquiera eso: no tiene más que mandarme recado y yo vendré lo más de prisa que pueda. ¿Entiende? Cualquier cosa, si hay cualquier cosa que no le gusta…
       —Yo me entiendo bien con todo el mundo —dijo el otro—. Me he entendido bien con quince o veinte patrones distintos desde que empecé a cultivar la tierra. Cuando no me entiendo bien, me marcho. ¿Era eso todo lo que usted quería?
       Todo, pensó Varner. Todo. Volvió a cruzar el patio, la sucia tierra sin césped, marcada por las cenizas y trozos de palos chamuscados y ladrillos ennegrecidos donde se habían apoyado calderos para lavar la ropa y para escaldar cerdos. Quisiera no llegar nunca a tener más que lo poco que quiero tener ahora, pensó Jody. Había estado oyendo de nuevo la polea del pozo. Esta vez no se detuvo al pasar él, los dos anchos rostros, uno inmóvil, el otro moviéndose de arriba abajo con regularidad de metrónomo, acompañando el lamento no del todo musical de la rueda, volviéndose lentamente de nuevo como si estuvieran unidas y sincronizadas entre sí mediante un brazo mecánico, mientras él dejaba atrás la casa y se introducía por el sendero apenas perceptible que llevaba hasta el portón roto que Jody sabía que iba a encontrar tumbado entre las malas hierbas cuando volviera a verlo. Aún llevaba el contrato en el bolsillo, el contrato que había redactado con aquella segura y pausada satisfacción que, según ahora le parecía, tuvo que producirse en otra época o, más probablemente, con otra persona completamente distinta. El contrato seguía sin firma. Podía ponerle una cláusula relativa al fuego, pensó. Pero ni siquiera detuvo el caballo. Claro que sí, pensó. Y luego podría utilizarlo para empezar el techo del nuevo establo. De manera que siguió adelante. Se hacía tarde y puso al caballo a un trote cochinero que su montura sería capaz de mantener durante casi todo el camino de vuelta a casa, aunque con pequeñas pausas en las cuestas; avanzaba ya a buen paso cuando descubrió de repente, apoyado contra un árbol junto al camino, al hombre cuyo rostro viera a través de la ventana. Un momento antes el camino estaba desierto, y al momento siguiente aquel individuo se hallaba allí a un lado, en la linde de un bosquecillo; eran la misma gorra de tela y la misma mandíbula que mascaba rítmicamente, materializadas al parecer de la nada y casi delante del caballo, con un aire de ser algo completa y puramente accidental que Varner recordaría y sobre lo que meditaría tan sólo más adelante. Casi le había dejado ya atrás cuando tiró de las riendas. Ahora no gritó y en su rostro apareció una expresión simplemente amable y en extremo despierta.
       —¿Qué tal? —dijo—. Tú eres Flem, ¿no es cierto? Yo soy Varner.
       —¿Ah, sí? —respondió el otro, escupiendo acto seguido. Tenía un rostro ancho y plano, con ojos del color del agua estancada. Era de apariencia más bien fláccida, como el mismo Jody, aunque Varner le sacaba la cabeza, y llevaba una sucia camisa blanca y unos pantalones grises de mala calidad.
       —Quería verte —dijo Varner—. He oído que tu padre ha tenido algún problema una o dos veces con propietarios. Problemas que podrían haber sido serios —el otro siguió mascando—. Quizá no le trataron como es debido; no lo sé y no me importa. De lo que estoy hablando es de que una equivocación, cualquier equivocación, puede enmendarse de manera que un hombre siga en buenas relaciones con el individuo del que no está satisfecho. ¿No te parece que tengo razón? —el otro continuó mascando sin hacer la menor pausa. Su rostro era tan inexpresivo como un trozo de masa sin cocer—. En ese caso no tendría que pensar que la única forma de probar sus derechos es hacer algo que le obligue a levantar el campo y salir de la zona al día siguiente —dijo Varner—. Porque en el futuro podría presentarse el problema de que al mirar alrededor se encontrara con que se le habían acabado los sitios donde volver a instalarse —Varner guardó silencio. Esta vez esperó tanto que el otro habló finalmente, aunque Jody nunca tuvo la seguridad de que fuera ésa la razón.
       —No es tierra lo que falta.
       —Claro que no —dijo Varner afablemente, voluminoso, tranquilo—. Pero nadie quiere gastarla a fuerza de mudarse de aquí para allá. Especialmente por un asunto que si se hubiera discutido y resuelto en el primer momento no habría tenido la menor importancia. Que se podría haber arreglado en cinco minutos tan sólo con que hubiese habido alguna otra persona a mano para coger por el brazo a un tipo que fuese tal vez de genio un poco vivo, pongamos por ejemplo, y que le dijese: «Espera un momento, vamos a ver; ese tipo no pretende aprovecharse de ti. Todo lo que tienes que hacer es hablar con él tranquilamente y el asunto se solucionará. Sé que eso es así porque cuento con su promesa en ese sentido» —hizo otra pausa de nuevo—. Especialmente si este individuo del que estamos hablando, el que podría coger del brazo y decirle esto al otro, fuese a obtener un beneficio por mantenerlo tranquilo y pacífico —Varner se calló otra vez. Al cabo de un rato el otro volvió a hablar:
       —¿Qué beneficio?
       —Hombre, una buena tierra para trabajar. Crédito en el almacén. Más tierra si considera que puede ocuparse de ella.
       —No hay beneficio en la agricultura. Mi idea es dejarla en cuanto pueda.
       —De acuerdo —dijo Varner—. Pongamos que la persona de la que estamos hablando quisiera orientarse en otra dirección. Necesitará de la buena voluntad de la población local para ganar el dinero que le permita hacerlo. Y qué mejor manera…
       —Usted lleva un almacén, ¿no es cierto? —dijo el otro.
       —… mejor manera… —dijo Varner. Luego se interrumpió—. ¿Qué?
       —He oído que lleva un almacén.
       Varner se le quedó mirando. Su rostro no era ya amable. Se había inmovilizado por completo y estaba más atento que nunca. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa y sacó un cigarro puro. Jody no fumaba ni bebía, ya que, de manera natural, su metabolismo era tan perfecto que, como él mismo hubiera dicho, ningún estimulante le haría sentirse mejor de como se sentía espontáneamente. Pero siempre llevaba dos o tres puros consigo.
       —Coge un cigarro —dijo.
       —No fumo —respondió el otro.
       —Sólo mascas tabaco, ¿eh? —preguntó Varner.
       —Masco cinco centavos de vez en cuando, hasta que pierde todo el sabor. Pero nunca he acercado una cerilla a un cigarro.
       —Haces muy bien —dijo Varner. Se quedó mirando el puro y luego añadió, en voz baja—: Y espero con la ayuda de Dios que ni tú ni nadie que tú conozcas lo haga nunca —se guardó el cigarro en el bolsillo. Expulsó con fuerza el aire entre los dientes—. De acuerdo —dijo—. El próximo otoño. Cuando tu padre haya recogido la cosecha —en ningún momento había estado seguro de cuándo el otro le miraba y cuándo no, pero ahora le vio alzar un brazo y quitarse de la manga, con la otra mano, algo diminuto con exquisito cuidado. Una vez más Varner expulsó con fuerza el aire por la nariz—. De acuerdo —dijo—. La semana que viene, entonces. Me darás eso de plazo, por lo menos, ¿no? Pero tienes que garantizármelo —el otro escupió.
       —¿Garantizarle el qué? —dijo.
       Dos millas más allá se le vino encima el anochecer, el breve crepúsculo de finales de abril, en el que los cornejos de flores blancas destacaban entre los árboles más oscuros con extendidas palmas alzadas semejantes a monjas en oración; había salido el lucero de la tarde y cantaban ya los chotacabras. El caballo, camino de la cena, marchaba a buen paso con el frescor del atardecer cuando Varner lo frenó y lo mantuvo inmóvil un buen rato. «Demonios coronados», dijo. «Estaba justo en el sitio donde nadie podía verlo desde la casa.»


Capítulo dos

1

      Ratliff, el viajante de máquinas de coser, al acercarse de nuevo a la aldea, con una caja de música de segunda mano y con un juego nuevo de cuchillas para un escarificador (todavía atado con el alambre con que lo enviaban de la fábrica) dentro de la perrera, en lugar de la máquina de coser, vio al viejo caballo blanco dormitando sobre tres patas junto a un poste de la cerca y, un instante después, a Will Varner en persona sentado en su silla de fabricación casera sobre el fondo de césped demasiado crecido y descuidados jardines de la casa del Viejo Francés.
       —Buenas tardes, tío Will —dijo, con su voz agradable, cortés, incluso deferente—. He oído que usted y Jody tienen un nuevo dependiente en el almacén —Varner le lanzó una mirada penetrante, frunciendo un tanto las cejas rojizas sobre los ojillos llenos de viveza.
       —De manera que ya se ha corrido la voz —dijo Varner—. ¿Qué distancia has recorrido desde ayer?
       —Diez o doce kilómetros —dijo Ratliff.
       —Ah —dijo Varner—. Andábamos necesitados de un dependiente —eso era verdad, aunque todo lo que necesitaban era alguien que abriera el almacén por la mañana y volviese a cerrarlo por la noche; y eso sólo para que no se metieran dentro los perros callejeros, ya que incluso los vagabundos, al igual que los negros sin oficio ni beneficio, no se quedaban en Frenchman’s Bend después de que oscureciera.
       De hecho, el mismo Jody Varner algunas veces (Will nunca estaba allí en ningún caso) faltaba todo el día del almacén. Los clientes entraban y se servían por sí mismos y unos a otros, dejando el dinero, porque se sabían los precios al céntimo tan bien como Jody, en una caja de puros dentro de la jaula circular de alambre que protegía el queso, como si todo ello —la caja de puros, los billetes gastados y las monedas, brillantes de pasar de mano en mano— fuese en realidad un cebo.
       —Por lo menos logrará usted que le barran el almacén todos los días —dijo Ratliff—. No todo el mundo consigue semejante cláusula en una póliza de seguros contra incendios.
       —Ah —dijo Varner de nuevo poniéndose en pie. Estaba mascando tabaco. Se sacó de la boca la pastilla ya mascada, que parecía un amasijo de heno húmedo, la tiró lejos y se limpió la palma de la mano en el costado. Se acercó a la valla, donde, siguiendo sus instrucciones, el herrero había ideado un ingenioso paso que (si bien ni el herrero ni Varner habían visto ni imaginado nunca uno) funcionaba exactamente igual que un moderno torniquete, pero alzando una clavija sujeta con una cadena en lugar de mediante la introducción de una moneda—. Lleva mi caballo hasta el almacén —dijo Varner—. Yo iré en tu coche. Quiero sentarme y conducirlo yo.
       —Podemos atar el caballo detrás de la calesa y montarnos los dos —dijo Ratliff.
       —Tú súbete al caballo —dijo Varner—. En este momento eso es todo lo cerca que quiero tenerte. Algunas veces te pasas un poquito de listo para mi gusto.
       —Claro que sí, tío Will —dijo Ratliff. De manera que trabó la rueda de la calesa para que Varner se subiera, y él se montó en el caballo. Se pusieron en marcha con Ratliff un poco detrás de la calesa, así que Varner hablaba por encima del hombro, sin volver la cabeza:
       —El tal bombero voluntario…
       —No llegó a probarse —dijo Ratliff apaciblemente—. Ése es el problema, por supuesto. Si un individuo tiene que escoger entre un tipo que es un asesino y otro del que sólo se cree que lo es, escogerá al asesino. Por lo menos sabrá exactamente a qué atenerse. No correrá el peligro de que se le disperse la atención.
       —De acuerdo, de acuerdo —dijo Varner—. Pongamos, entonces… esa víctima de la calumnia y de la falacia. ¿Qué sabes de él?
       —Nada digno de mención —dijo Ratliff—. Sólo lo que he oído. Hace ocho años que no le veo. Había otro chico entonces, además de Flem. Uno pequeño. Tendría diez o doce años si estuviera con ellos. Debió de perderse en una de las mudanzas.
       —Y lo que has oído de él después de ocho años, ¿te hace pensar que hayan cambiado en algo sus costumbres?
       —Claro que sí —dijo Ratliff. La ligera brisa apartaba suavemente el polvo que levantaban los tres caballos, arrojándolo a las matas de manzanilla loca y helenio que empezaban a florecer en la cuneta—. Ocho años. Y antes de eso, debí pasarme casi otros quince sin verle. Yo crecí muy cerca de donde él vivía. Quiero decir que Ab vivió unos dos años en el sitio donde yo crecí. Él y mi padre eran arrendatarios del viejo Anse Holland. Entonces Ab era tratante de caballos. De hecho, yo estaba allí en el momento en que se le acabó la trata de caballos y quedó convertido en agricultor. No es malo por naturaleza. Simplemente se le agrió el carácter.
       —Se le agrió el carácter —repitió Varner. Lanzó un escupitajo. La voz se le volvió sardónica, casi despreciativa—: Jody llegó tarde anoche. Se lo noté nada más verle. Exactamente igual que cuando era más joven, había hecho algo que sabía que yo iba a descubrir al día siguiente y decidía contármelo él mismo. «He contratado a un dependiente», me dice. «¿Para qué?», le digo yo. «¿Es que ya no te gusta cómo Sam te limpia los zapatos los domingos?», y él grita: «¡No he tenido más remedio! ¡He tenido que contratarlo! ¡He tenido que hacerlo, te lo aseguro!». Y se fue a la cama sin cenar. No sé cómo ha dormido; no me he puesto a escuchar para enterarme. Pero esta mañana parecía bastante menos deprimido. «Quizá hasta resulte útil», dice. «No lo dudo», le digo yo. «Pero hay una ley que lo prohíbe. Además, ¿no sería mejor derribarlos? Podrías incluso vender la madera.» Y él se me quedó mirando un rato. Pero sólo estaba esperando a que yo terminara; ya lo tenía todo pensado desde anoche. «Coge un hombre como ése», dice. «Un hombre independiente, capaz de protegerse a sí mismo, capaz de proteger sus propios derechos e intereses. Digamos que las ventajas de sus propios derechos e intereses coinciden con las ventajas y los intereses de otra persona. Digamos que sus beneficios son los mismos beneficios que los de la persona que paga un sueldo a algunos de sus familiares para proteger su negocio; digamos que es un negocio donde de vez en cuando (y tú lo sabes tan bien como yo)», dice Jody, «… digamos que siempre se están presentando beneficios en los que la persona que va a recibirlos preferiría no verse mezclada activamente; no cabe duda, un tipo así de independiente…».
       —Podría haber dicho «peligroso», gastando la misma cantidad de aliento —dijo Ratliff.
       —Sí —dijo Varner—. ¿Y bien?
       Ratliff no respondió. En cambio, dijo:
       —Ese almacén no está a nombre de Jody, ¿verdad? —pero se contestó él mismo antes de que el otro pudiera hablar—: Claro que no. No hacía ninguna falta preguntar una cosa así. Además, Jody sólo se ha asociado con Flem. Mientras Jody siga con él, tal vez el viejo Ab…
       —Dilo de una vez —dijo Varner—. ¿Qué piensas de todo esto?
       —¿Se refiere usted a lo que pienso de verdad?
       —¿De qué demonios crees que estoy hablando?
       —Pienso lo mismo que usted —dijo Ratliff pausadamente—. Que sólo conozco a dos hombres que puedan arriesgarse a tratar con esa gente. Y que uno de los dos se apellida Varner, pero no lleva Jody de nombre de pila.
       —¿Y quién es el otro? —preguntó Varner.
       —Eso está todavía por probar —dijo Ratliff alegremente.


2

      Además del almacén de Varner, la desmotadera y el complejo de molino harinero y forja que alquilaban al herrero, de la escuela y la iglesia, y de las quizá tres docenas de viviendas dentro del radio sonoro de las dos campanas, la aldea contaba con una cochera con caballeriza, su correspondiente corral y una extensión contigua, desprovista de hierba aunque sombreada, en la que se alzaba un edificio grande e irregular, hecho en parte con tablas y en parte con troncos, sin pintar y con dos pisos en algunos sitios, al que se conocía como hotel Littlejohn, donde, detrás de un tablón oscurecido por la intemperie y clavado en uno de los árboles, y en el que se leía COMIDA Y CAMAS, se daba de comer y se alojaba a viajantes de comercio y tratantes de ganado. Tenía un porche muy largo con una hilera de sillas. Aquella noche después de la cena, con la calesa y la pareja de caballos en el establo, Ratliff se instaló allí junto con cinco o seis hombres más que habían ido llegando de las casas de los alrededores. También habrían estado allí cualquier otra noche, pero en esta ocasión se habían reunido antes de que el sol desapareciera por completo, mirando de cuando en cuando hacia la oscura fachada del almacén de Varner como la gente se reúne para mirar en silencio las frías cenizas de un linchamiento o la escalera de mano y la ventana abierta de una fuga de amantes, puesto que la presencia de un dependiente de raza blanca a sueldo en el almacén de un hombre todavía capaz de andar y aún con la cabeza lo bastante clara para, por lo menos, equivocarse en las cuentas a su favor, era algo tan inconcebible como la presencia de una mujer blanca a sueldo en una de sus cocinas.
       —Bueno —dijo uno—, yo no sé nada del que Varner ha contratado. Pero la sangre es más espesa que el agua. Y un individuo que tiene familiares a los que les dura lo bastante el enfado como para prender fuego a un establo…
       —Vamos a ver —dijo Ratliff—. El viejo Ab no es malo por naturaleza. Simplemente se le agrió el carácter.
       Durante unos momentos no habló nadie. Estaban sentados o acuclillados a lo largo del porche, invisibles los unos para los otros. Ya era casi completamente de noche, y del desaparecido sol no quedaba más que una pálida mancha verdosa en el cielo del noroeste. Los chotacabras habían empezado a cantar y las luciérnagas hacían guiños y revoloteaban entre los árboles más allá de la carretera.
       —¿Como cuánto se le agrió? —dijo uno, al cabo de un rato.
       —Simplemente se le agrió —dijo Ratliff alegre, afable, servicialmente—. Está lo que sucedió durante la guerra. Cuando Ab no molestaba a nadie, no hacía daño ni ayudaba a ninguno de los dos bandos, ocupándose tan sólo de sus propios asuntos, que eran ganar dinero y reunir caballos (cosas que no han oído nunca hablar de nada que se parezca a ideas políticas), mire usted por dónde aparece alguien que nunca ha sido siquiera dueño de los caballos y le pega un tiro en el talón. Y luego el asunto de la suegra del coronel Sartoris, la señorita Rosa Millard, con quien Ab estableció un consorcio de caballos y mulas en buena fe y honorablemente, sin intención de perjudicar a nadie azul o gris
[es decir, el color de los uniformes de los dos ejércitos contendientes], sino simplemente con la idea fija de dinero y caballos, hasta que la señorita Millard tuvo que ir y hacer que le pegase un tiro aquel individuo que se llamaba a sí mismo comandante Grumby, y luego Bayard, el hijo del coronel y el tío Buck McCaslin y un negro cogieron a Ab en el bosque y sucedió algo más: le ataron a un árbol o algo parecido y quizá incluso se llegó a utilizar una rienda doble y hasta es posible que una baqueta de fusil calentada, aunque eso no son más que rumores. En cualquier caso, lo cierto es que Ab tuvo que retirar su fidelidad a los Sartoris, y oí decir que se escondió durante un tiempo considerable en las colinas, hasta que el coronel estuvo lo bastante ocupado construyendo el ferrocarril como para que no corriera peligro si reaparecía. Y eso le agrió el carácter un poco más. Pero por lo menos todavía le quedaba la compraventa de caballos. Hasta que se tropezó con Pat Stamper. Y Pat lo eliminó de la trata de caballos. De manera que eso acabó de estropearlo todo.
       —¿Quieres decir que se trabó los cuernos con Pat Stamper y aún pudo volver a casa con la brida? —dijo uno. Porque todos conocían a Stamper. Aunque seguía vivo, era una leyenda no sólo en aquella región, sino en todo el norte de Mississippi y el oeste de Tennessee: un hombre corpulento de abultado estómago, un Stetson de buena calidad, de color claro y ala ancha, y ojos del color de una cuchilla de hacha sin estrenar, que viajaba por toda la zona con una carreta en la que llevaba equipo de acampada y que jugaba caballos contra caballos, como un tahúr juega cartas contra cartas, tanto por el placer de derrotar a un contrario con categoría como para su propio provecho, ayudado por un mozo de cuadra negro que era un artista de la misma manera que lo es un escultor, capaz de coger cualquier pedazo de carne de caballo que aún tuviera vida, retirarse a cualquier edificio cerrado o cobertizo que estuviese vacío y disponible y a continuación, con la habilidad de un auténtico prestidigitador, reaparecer con algo que la propia madre del animal no reconocería, y no digamos nada su anterior dueño; los dos juntos, Stamper y el negro, trabajaban en una especie de increíble armonía, como una sola inteligencia que poseyera la maravillosa ventaja sobre el común de los mortales de ser capaz de estar en dos sitios al mismo tiempo y de dirigir a la vez dos juegos distintos de manos y dedos.
       —Salió mejor parado que eso —dijo Ratliff—. Quedó exactamente en paz. Porque si Stamper ganó a alguien, fue más bien a la señora Snopes. E incluso ella nunca pensó que fuese así. Todo lo que la señora Snopes salió perdiendo fue que tuvo que ir personalmente a Jefferson para conseguir la centrifugadora para la leche y quizá ya sabía desde el principio que tendría que acabar haciéndolo. No fue Ab quien compró un caballo y le vendió dos a Pat Stamper. Fue la señora Snopes. Ella y Pat sólo utilizaron a Ab como intermediario.
       Una vez más, todos guardaron silencio durante un rato. Luego, el primero que había hablado dijo:
       —¿Cómo te enteraste de todo eso? Supongo que también tú estabas allí.
       —Así es —dijo Ratliff—. Aquel día fui con Ab a por la centrifugadora. Mi familia vivía a kilómetro y medio de ellos. Mi padre y Ab eran arrendatarios del viejo Anse Holland, y yo pasaba el rato en el establo de Ab. Porque también me volvían loco los caballos, igual que a él. Todavía no se le había agriado el carácter. Estaba casado con su primera mujer, la que trajo de Jefferson, y un día vino el padre en una carreta, cargó a su hija y los muebles, y le dijo a Ab que si volvía a cruzar el puente Whiteleaf le pegaría un tiro. Nunca tuvieron hijos, y yo andaba por los ocho años, me iba prácticamente todas las mañanas a su casa y me pasaba el día con él, sentado en la cerca del corral, mientras los vecinos venían y miraban a través de la valla a lo que hubiera conseguido esa vez a cambio de un poco más de alambre de púas del viejo Anse o alguna herramienta estropeada, y Ab sabía mentir exactamente lo justo acerca de lo viejo que era el animal y cuánto había dado por él. Le volvían loco los caballos; él lo reconocía, pero no con la locura de que la señora Snopes le acusó el día que trajimos a casa el caballo de Beasley Kemp, lo soltamos en el corral y subimos hasta la casa, y Ab se quitó los zapatos en el porche para refrescarse los pies antes de cenar, y la señora Snopes estaba en la puerta amenazándole con la sartén, y Ab le dijo: «Vamos, Vynie, vamos. Siempre me ha vuelto loco un buen caballo y tú lo sabes, y no sirve de nada que me des la lata con eso. Más vale que le des gracias a Dios porque cuando me dio ojos para los caballos también me dio un poco de sentido común y de picardía para acompañarlos».
       »Porque no fue el caballo. Ni la operación de cambio. Era un buen cambio; Ab no le había dado a Beasley más que un simple bastidor de arado y un viejo molino de sorgo del viejo Anse muy estropeado por el caballo, e incluso la señora Snopes tuvo que admitir que era un buen trueque por cualquier animal que pudiera levantarse e ir por su propio pie desde el corral de Beasley hasta el suyo, porque, como decía mientras amenazaba a Ab con la sartén, su marido no podía salir muy mal parado en un trato, ya que nunca había poseído nada que nadie deseara tener aunque fuese a cambio del más triste de los jamelgos. Y tampoco fue porque Ab hubiese dejado el arado en el campo más retirado, donde ella no podía verlo desde la casa y sacase la carreta a hurtadillas por la parte de atrás con el bastidor del arado y el molino de sorgo, mientras su mujer pensaba que aún seguía labrando la tierra. Fue como si la señora Snopes supiera ya lo que Ab y yo ignorábamos todavía: que Pat Stamper había sido propietario de aquel caballo antes de que lo tuviera Beasley, y que ahora Ab había cogido la enfermedad de Pat Stamper sólo con tocarlo. Y es posible que tuviera razón. Quizá para sus adentros Ab se llamaba el Pat Stamper de la granja Holland o incluso de todo el distrito cuarto, porque estaba bastante seguro de que Pat Stamper no iba a aparecer junto a la cerca de su corral para desafiarle. De manera que imagino que mientras estaba allí sentado en el porche, refrescándose los pies, y el tocino saltaba y crepitaba en la cocina, y nosotros esperábamos para comérnoslo y volver al corral y sentarnos en la cerca hasta que vinieran los vecinos a ver lo que Snopes se había traído esta vez a casa, imagino que quizá Ab no sólo sabía tanto de negociar con caballos como Pat Stamper, sino que estaba en condiciones de enfrentarse con el mismísimo Anse en persona. E imagino que mientras estábamos allí sentados, moviéndonos sólo lo justo para evitar el sol, con el arado sin bastidor en un surco del campo más lejano, y la señora Snopes viendo a su marido por la ventana de atrás y diciéndose para sus adentros: “¡Tratante de caballos! Ahí sentado, fanfarroneando y mintiendo a un puñado de holgazanes, mientras las malas hierbas y las correhuelas crecen tan espesas en el algodón y en el maíz que no me atrevo a llevarle la comida por miedo a las serpientes”; imagino que Ab miraba a lo que fuera que acababa de cambiar por el buzón o por un poco más de alambre de púas del viejo Anse o algo del maíz para el invierno, y se decía a sí mismo: “No es porque sea mío, pero que Dios me deje de su mano si no es el caballo más bonito que he visto en mi vida”.
       »Fue el destino. Fue como si el Señor en persona hubiera decidido comprar un caballo con el dinero para la centrifugadora de la señora Snopes. Aunque reconozco que cuando eligió a Ab, el Señor encontró a un excelente emisario, rápido y bien dispuesto, para comerciar en Su nombre. La mañana en que nos pusimos en camino Ab no tenía pensado utilizar el caballo de Beasley en absoluto, porque sabía que probablemente no sería capaz de hacer un viaje de veinte kilómetros hasta Jefferson para volver luego en el mismo día. Su intención era llegarse al corral del viejo Anse y pedir prestada una mula para trabajar con la suya; y eso es lo que hubiera hecho de no ser por la señora Snopes, que estuvo tomándole el pelo para que intentara colocar el caballo como figura de adorno, diciéndole que si conseguía llevarlo hasta la ciudad quizá lograra que se lo quedasen en la caballeriza para colocarlo como anuncio. De manera que, en cierta forma, fue la misma señora Snopes quien le puso a Ab en la cabeza la idea de llevar el caballo de Beasley a la ciudad. Así que cuando llegué a su casa esa mañana, lo enganchamos a la carreta con la mula. Llevábamos dos o tres días alimentándolo a marchas forzadas, preparándolo para hacer el viaje, y estaba un poco mejor que cuando lo trajimos a casa. Pero seguía sin tener muy buen aspecto. De manera que Ab decidió que la mula le hacía quedar mal; que cuando era el único caballo o mula a la vista quedaba bastante bien y sólo desmerecía cuando estaba junto a otra cosa con cuatro patas. “Si hubiera alguna forma de enganchar la mula debajo de la carreta, para que no se la viese pero pudiera tirar, y únicamente se viera al caballo”, decía Ab. Porque aún no se le había agriado el carácter. Pero lo habíamos hecho lo mejor que podíamos. Ab pensó en mezclar una buena cantidad de sal con algo de maíz, de manera que el caballo bebiera mucha agua y, por lo menos, no se le marcasen tanto algunas de las costillas; pero sabíamos que entonces no habría forma de que llegara hasta Jefferson, y mucho menos de que volviera a casa, además de tener que pararnos en todos los riachuelos y arrojos para que volviera a hincharse. De manera que lo habíamos hecho lo mejor que podíamos. Es decir, esperábamos que nos sonriera la suerte. Ab entró en la casa y salió con la levita de predicador (es la misma que tiene todavía; una del coronel Sartoris que le dio la señorita Rosa Millard, hará cosa de treinta años) y los veinticuatro dólares y sesenta y ocho centavos que la señora Snopes llevaba cuatro años ahorrando, liados en un trapo, y nos pusimos en camino.
       »Ni siquiera pensábamos en hacer tratos con caballos. Sí que pensábamos en caballos, desde luego, porque nos preguntábamos si no íbamos a acabar volviendo por la noche a casa con el caballo de Beasley en la carreta y Ab enganchado a los arreos junto con la mula. Sí señor, Ab sacó aquella pareja del corral y la llevó hasta la carretera con más cuidado del que nunca se ha utilizado en este mundo para trasladar a un caballo o a una mula de un sitio a otro, con él y yo subiendo a pie cualquier cuesta lo bastante inclinada para que corriese el agua por ella, y dispuestos a seguir haciéndolo hasta Jefferson. Tuvo que ser el tiempo; hacía mucho calor porque estábamos a mediados de julio. Y cuando nos faltaba cosa de kilómetro y medio para el almacén de Whiteleaf, y el caballo de Beasley iba medio andando y medio sentado en el travesaño de atrás, y Ab ponía más cara de preocupación cada vez que no llegaba a levantar las patas lo suficiente para dar un paso, de repente el bicho aquel rompió a sudar. Levantó la cabeza como si le hubieran pinchado con un hierro al rojo, adelantándose hacia la collera y tocándola por primera vez desde que la mula empezó a tirar de ella cuando Ab hizo restallar el látigo en el corral, y así bajamos la colina y llegamos delante del almacén de Whiteleaf con el caballo de Beasley poniendo los ojos en blanco, como si fueran huevos de zurcir y la crin y la cola tan arremolinadas como la hierba cuando se quema. Y que me aspen si no sólo había sudado hasta convertirse en el bayo de pura sangre más bonito que hayáis visto, sino que ni siquiera parecía que se le marcasen mucho las costillas. Y Ab, que había estado hablando de coger el camino de atrás para que no tuviéramos que pasar por delante del almacén, se sentó en la carreta igual que lo hubiera hecho en la cerca del corral en casa, donde sabía que estaba a salvo de Pat Stamper, diciéndole a Hugh Mitchell y a los otros contertulios que aquel caballo venía de Kentucky. Hugh Mitchell ni siquiera se rió.
       —Ya lo entiendo —dijo—. Me preguntaba qué habría sido de él. Supongo que por eso ha tardado tanto; Kentucky queda bastante lejos. Hermann Short le cambió a Pat Stamper una mula y un carricoche por ese caballo hace cinco años y Beasley Kemp le dio a Hermann ocho dólares por él el verano último. ¿Qué le has dado tú a Beasley? ¿Cincuenta centavos?
       «Eso fue lo que tuvo la culpa. No lo que a Ab le había costado el caballo, porque se puede decir que no fue más que el bastidor del arado, ya que en primer lugar el molino de sorgo estaba hecho una ruina, y en segundo lugar ni siquiera era de Ab. Y tampoco fue la mula y el carricoche de Hermann. Fueron los ocho dólares en metálico de Beasley, y no es que Ab le echara en cara a Hermann los ocho dólares, porque Hermann ya había invertido una mula y un carricoche en el asunto. Y, además, los ocho dólares seguían en el condado y, por tanto, daba lo mismo que los tuviera Hermann o Beasley. Lo indignante era que Pat Stamper, un forastero, hubiera aparecido y hecho que se pusieran en movimiento verdaderos dólares en efectivo del condado de Yoknapatawpha. El que un individuo trueque caballo por caballo es una cosa, y que el diablo le ayude, si es que puede. Pero que dinero en metálico empiece a cambiar de mano ya es otra. Y que sea un forastero quien haga que el dinero en metálico empiece a cambiar y a saltar de un individuo a otro, es como cuando un ladrón entra en tu casa y lo pone todo patas arriba, incluso aunque no se lleve nada. Hace que te enfades el doble. De manera que no se trataba sólo de devolver a Pat Stamper el caballo de Beasley Kemp. Se trataba de sacarle a Pat de alguna manera los ocho dólares de Beasley. Y por eso digo que fue simplemente el destino lo que hizo que Pat Stamper estuviera acampado a las afueras de Jefferson, precisamente junto a la carretera por donde teníamos que pasar, el día que fuimos a buscar la centrifugadora de leche de la señora Snopes; acampado precisamente junto a la carretera, con aquel negro que era un mago, el mismo día en que Ab iba a la ciudad con veinticuatro dólares y sesenta y ocho centavos en el bolsillo y todo el honor y el orgullo y la ciencia y la diversión de tratar con caballos en el condado de Yoknapatawpha pendientes de él para que los reivindicara».
       «No recuerdo exactamente cuándo y dónde descubrimos que Pat estaba en Jefferson aquel día. Tal vez fuera en el almacén de Whiteleaf. O puede haber sido simplemente que con el estado de ánimo de Ab no sólo fuese justo y natural que se tropezara con Stamper al ir a Jefferson, sino que estuviera ordenado y predeterminado que fuese así. De manera que ahí nos tenéis, tratando con mimo los ocho dólares de Beasley Kemp en las largas cuestas arriba, Ab y yo andando y el caballo tirando de la collera lo mejor que podía, pero con la mula haciendo casi todo el trabajo y Ab caminando al lado de la carreta y maldiciendo a Pat Stamper y a Hermann Short y a Beasley Kemp y a Hugh Mitchell; y luego bajando las cuestas con Ab, que frenaba la carreta con un palo grueso para que no lanzara al caballo de Beasley por la collera y lo volviera del revés, como un calcetín, y seguía maldiciendo a Pat Stamper y a Hermann y a Beasley y a Mitchell; hasta que llegamos al puente Three Miles y Ab sacó a la pareja del camino, se metió entre los matorrales, separó la mula, anudó una rienda para que yo pudiera montarla, me dio una moneda de veinticinco centavos y me dijo que fuera a la ciudad y comprara diez centavos de salitre, cinco de brea y un anzuelo del número diez y que regresara a toda prisa».
       Así que no llegamos a la ciudad hasta después de la hora de la comida. Fuimos directamente a donde Pat estaba acampado y entramos con el caballo de Beasley tirando de verdad de la collera, con los ojos casi tan fuera de las órbitas como los del mismo Ab, y echando un poco de espuma por la boca (Ab había procedido a restregarle las encías con salitre, además de hacerle en el pecho un par de cortes con alambre de púas tan bien embadurnados con brea como pueda desearse, y otro más en el que había hundido el anzuelo bajo la piel de manera que podía tocarlo dejando caer un poco una de las riendas), así que el negro de Pat tuvo que correr para cogerlo por la brida antes de que se lanzara contra la tienda donde dormía Pat, y a continuación salió el mismo Pat con el Stetson de color crema ladeado y los ojos del color de una cuchilla nueva de arado e igual de cordiales y con los pulgares metidos bajo el cinturón.
       —Es un caballo con mucho nervio ese que tiene usted ahí —dijo.
       —No le quepa la menor duda —respondió Ab—. Por eso quiero librarme de él. Así que considere que ya hemos llegado a un acuerdo y deme algo a cambio para que pueda volver a casa sin que este chico y yo nos matemos por el camino —porque ésa era la mejor manera: llegar corriendo y decir que necesitaba hacer un trueque en lugar de poner cara de pensárselo para que Pat tuviera que convencerle. Hacía cinco años que Pat no veía aquel caballo, de manera que Ab se imaginó que las posibilidades de que lo reconociera eran aproximadamente las mismas de que un ladrón reconociera un reloj de dólar que se le hubiera enganchado casualmente en el bolsillo del chaleco cinco años atrás. Y no es que Ab quisiera abusar de Pat. Sólo quería recuperar ocho dólares de honor y de prestigio del condado de Yoknapatawpha, haciéndolo no por los beneficios materiales, sino por el honor. Y yo creo que funcionó. Todavía creo que Ab engañó a Pat, y que si Stamper se negó a hacer cualquier trato que no fuese cambiar pareja por pareja, se debió a lo que Pat tenía intención de colocarle a Ab y no a que hubiera reconocido el caballo de Beasley. O puede que no: quizá Ab estaba tan ocupado engañando a Pat, que el otro nunca tuvo que engañarlo en absoluto. De manera que el negro sacó la pareja de mulas, y allí estaba Pat con los pulgares en lo alto del pantalón, mirando a Ab y mascando tabaco despacio y comedidamente, y Ab con cara de prisa pero sin asustarse todavía, porque ya se estaba dando cuenta de que se había comprometido más de lo que pensaba en un principio y que tendría que cerrar los ojos y lanzarse de cabeza, o dar marcha atrás y dejarlo, montarse en la carreta y desaparecer antes incluso de que el caballo de Beasley se resignara al anzuelo. Y entonces Pat Stamper demostró por qué era Pat Stamper. Si hubiese empezado a explicarle a Ab la ganga que le ofrecía, imagino que Ab se hubiese echado atrás. Pero Pat no hizo eso. Engañó a Ab exactamente como un ladrón de primera clase engañaría a otro también de primera clase, negándose pura y simplemente a decirle dónde está la caja de caudales.
       —Yo ya tengo una buena mula —dijo Ab—. Es el caballo lo que no quiero. Deme una mula a cambio del caballo.
       —Yo tampoco quiero un caballo salvaje —dijo Pat—. Y no es que no esté dispuesto a aceptar cualquier cosa que ande, con tal de que el trato se haga a mi manera. Pero no voy a negociar por ese caballo solo, porque me hace tan poca falta como a usted. Me interesa su mula. Y las dos mías están emparejadas. Sé que puedo sacar tres veces más por ellas como pareja de lo que sacaría vendiéndolas por separado.
       —Pero seguiría usted teniendo una pareja con que negociar —dijo Ab.
       —No —dijo Pat—. Valen más juntas que por separado. Si lo que usted quiere es una sola mula, será mejor que busque en otro sitio.
       Así que Ab examinó las mulas otra vez. Parecían estar exactamente en el justo medio. Ni demasiado buenas ni demasiado malas. Ninguna de las dos daba la sensación de ser tan buena como la mula de Ab, pero las dos juntas parecían una pizca mejor que una mula sola, de quienquiera que fuese. De manera que aquello fue el fin de Ab, que en realidad estaba ya perdido desde el mismo momento en que Hugh Mitchell le habló de los ocho dólares. Imagino que Pat Stamper se dio cuenta de que Ab estaba perdido desde el mismísimo momento en que alzó la vista y vio al negro sujetando el caballo de Beasley para que no se lanzara contra la tienda. Imagino que supo ya entonces que no tendría que esforzarse para hacer el trueque con Ab; que todo lo que tendría que hacer sería seguir diciendo no el tiempo necesario. Porque eso fue lo que hizo, recostado allí contra nuestra carreta, con los pulgares metidos en los pantalones, mascando tabaco y viendo cómo Ab fingía examinar otra vez las mulas. E incluso yo sabía que Ab había cerrado el trato, que se había atrevido a meterse en lo que creyó ser el flujo de agua que sale de una fuente y luego resultaron ser arenas movedizas, y ahora ya era consciente de que ni siquiera podía detenerse lo suficiente para dar la vuelta.
       —De acuerdo —dijo Ab—. Me las quedo.
       Así que el negro enganchó la nueva pareja y seguimos camino de la ciudad. Y las mulas aún daban la impresión de estar perfectamente. Que me aspen si no empecé a creer que Ab se había metido en aquellas arenas movedizas de Stamper y había logrado salir con bien, y cuando estuvimos de nuevo en la carretera y a cubierto de vistas, la cara de Ab empezó a tener la expresión que se le ponía cuando se sentaba en la cerca del corral en su casa y les decía a sus vecinos que él estaba loco por los caballos, pero no loco perdido. Aún no las tenía todas consigo; se le notaba vigilante, sentado en la carreta y cogiéndole el pulso a la nueva pareja. Estábamos ya en la ciudad y no iba a tener mucho tiempo para probarlas allí, pero no nos faltarían oportunidades en el camino de vuelta.
       —Si son capaces de llegar hasta casa —dijo Ab—, he conseguido que nos devuelva los ocho dólares ese maldito tramposo.
       Pero aquel negro era un artista. Porque juro delante de Dios que las mulas daban el pego. Parecían exactamente igual que dos mulas ordinarias, no demasiado buenas, que cualquiera puede ver enganchadas en cien carretas por cualquier camino. Yo sí me había fijado en que se habían puesto en marcha con una especie de sacudida, una de ellas dando primero un tirón de la collera y luego un salto atrás, y después la otra repitiendo lo mismo: tirón y salto atrás; e incluso después de ir ya de camino con la carreta a buen paso, una de ellas tuvo un ataque de algún tipo y se puso de costado entre los arreos, como si se propusiera darse la vuelta y volver por donde había venido, tal vez arrastrándose directamente por debajo de la carreta para hacerlo, aunque Stamper acababa de decirnos que eran dos mulas emparejadas; nunca dijo que hubieran trabajado juntas como pareja, y estaban conjuntadas en el sentido de que ninguna de las dos parecía tener la menor idea de en qué momento la otra se proponía echar a andar. Pero Ab consiguió enderezarlas y seguimos adelante, y estábamos justo empezando a subir la cuesta grande antes de la plaza cuando también las mulas se pusieron a sudar, igual que había hecho el caballo de Beasley justo antes de Whiteleaf. Pero no había nada malo en ello, porque apretaba el calor; fue entonces cuando me di cuenta de que se acercaba lluvia; recuerdo que yo estaba mirando una gran nube brillante, que parecía muy caliente, hacia el sudoeste y pensando en que nos iba a llover antes de llegar a casa o incluso a Whiteleaf, cuando de repente noté que la carreta se había parado a mitad de la cuesta y empezaba a ir marcha atrás, y miré justo a tiempo para ver que las dos mulas estaban de costado entre los arreos y más o menos lanzándose miradas de ira por encima de la lanza de la carreta y Ab trataba de enderezarlas y las miraba también con la misma ira, y luego, también de pronto, se enderezaron y recuerdo cómo pensé que era una buena cosa que las dos apuntaran en la dirección de la marcha cuando se enderezaron. Porque por primera vez en su vida se movieron al mismo tiempo, o por lo menos por primera vez desde que Ab era su dueño, así que subimos hasta la plaza como una cucaracha por una tubería, con la carreta sobre dos ruedas y Ab tirando de las riendas y diciendo: “Demonios coronados”, y la gente, señoras y niños en su mayor parte, apartándose y chillando, y Ab consiguió a duras penas meterlas por el callejón detrás del almacén de Cain y pararlas bloqueando nuestra rueda izquierda con la de otra carreta y la otra pareja (que estaba enganchada) ayudó a acabar de frenarlas. De manera que para entonces ya se había reunido mucha gente, que nos ayudó a desenredarnos, y Ab llevó nuestra pareja hacia la puerta de atrás del almacén de Cain y las ató muy corto a un poste, con la gente todavía acercándose y diciendo: “Es esa pareja de Stamper”, y Ab, respirando con dificultad, mucho menos seguro de sí mismo y creciéndole la desconfianza a ojos vistas.
       —Aligera —me dijo—. Vamos a por esa condenada centrifugadora y después nos marchamos.
       Así que entramos, dimos a Cain el trapo con el dinero de la señora Snopes, él contó los veinticuatro dólares con sesenta y ocho centavos, nos entregaron la centrifugadora y nos pusimos en camino hacia donde habíamos dejado la carreta. Porque todavía estaba allí; la carreta no era el problema. De hecho era demasiada carreta. Recuerdo que yo veía su suelo y la parte alta de las ruedas en el sitio donde Ab la había colocado junto a la plataforma de carga, y también veía a la gente de cintura para arriba reunida en el callejón, ahora dos o tres veces más numerosa, y recuerdo que pensaba que era demasiada carreta y que había demasiada gente; era como uno de esos dibujos que tienen escrito debajo ¿Cuántos errores hay en este dibujo?, y entonces Ab empezó a decir: “Demonios coronados, demonios coronados”, y echó a correr, todavía sosteniendo su lado de la centrifugadora, hasta el borde de la plataforma, desde donde podíamos ver lo que pasaba debajo. Las mulas también estaban perfectamente. Se habían tumbado. Ab las había atado muy corto al mismo poste, sujetos los dos bocados con la misma cuerda, y ahora las mulas tenían exactamente el mismo aspecto de dos individuos que se hubieran ahorcado en uno de esos suicidios en grupo, con las cabezas atadas muy juntas y apuntando al cielo, la lengua colgando, los ojos salidos de las órbitas, el cuello estirado más de un metro y las patas recogidas debajo del cuerpo como un conejo muerto, hasta que Ab dio un salto y cortó la cuerda con su navaja. Un artista. El negro les había dado exactamente al miligramo lo que fuera que les dio para que llegaran a la ciudad y salieran de la plaza antes de que dejara de hacerles efecto.
       Así que Ab estaba desesperado. Todavía lo veo ahora, acorralado en una esquina detrás de los arados y las herramientas de Cain, la cara blanca y la voz entrecortada; la mano le temblaba tanto que le costó trabajo darme los setenta y cinco centavos que se sacó del bolsillo.
       —Vete a la tienda de Doc Peabody —dijo— y tráeme una botella de whisky. Corre.
       Estaba desesperado. Ya no se trataba siquiera de arenas movedizas. Era una vorágine a punto de arrastrarle a las profundidades. Se bebió la pinta de whisky en dos tragos, dejó la botella vacía en el rincón con tanto cuidado como si fuera un huevo y volvimos a la carreta. Esta vez las mulas todavía estaban de pie; cargamos la centrifugadora y Ab las puso a andar con mucho cuidado, mientras los mirones seguían diciéndose unos a otros que era la pareja de Stamper. La cara de Ab estaba roja en lugar de blanca y, aunque el sol se había puesto, no creo que él se diera cuenta. Y no habíamos comido, pero tampoco creo que notara eso. Y que me aspen si no dio la impresión de que Pat Stamper seguía en el mismo sitio donde lo habíamos dejado, junto a la entrada del corral hecho con cuerdas, con el Stetson ladeado y los pulgares todavía metidos en la cintura del pantalón, y Ab sentado en la carreta tratando de evitar que le temblaran las manos, y las mulas que habían sido de Stamper muy quietas, con la cabeza baja, espatarradas y jadeando como fuelles.
       —Vengo a por mi pareja —dijo Ab.
       —¿Qué sucede? —dijo Stamper—. No me diga que también éstas tienen demasiado nervio para usted. No es ésa la impresión que dan.
       —De acuerdo —dijo Ab—. De acuerdo. Necesito mi pareja. Tengo cuatro dólares. Saque un beneficio de cuatro dólares y deme mi pareja.
       —Ya no tengo su pareja —dijo Stamper—. Ya sabe que no me interesaba el caballo. Ya se lo dije. Así que me lo he quitado de encima.
       Ab no hizo nada durante un rato. Había refrescado ya. Se había levantado la brisa y traía el olor de la lluvia.
       —Pero todavía tiene mi mula —dijo Ab—. Está bien. Me la quedo.
       —¿A cambio de qué? —dijo Stamper—. ¿Quiere cambiar esa pareja por su mula? —porque Ab ni siquiera intentaba regatear. Estaba desesperado, como si se hubiera quedado ciego de repente, con Stamper tranquilamente apoyado en una jamba del portón, mirándole durante un largo minuto—. No —dijo Stamper—. No quiero esas mulas. La suya es la mejor. No me interesa hacer tratos de esa manera, trueques incluidos —escupió, con calma y cuidadosamente—. Además, ya he formado una nueva pareja con su mula. La he emparejado con otro caballo. ¿Quiere verlo?
       —De acuerdo —dijo Ab—. ¿Cuánto?
       —¿No quiere verlo primero? —dijo Stamper.
       —De acuerdo —dijo Ab. Así que el negro sacó la mula de Ab y un caballo, un caballito castaño oscuro; recuerdo cómo brillaba aquel caballo, incluso con el cielo muy nublado y sin sol; era un poquito mayor que el que le habíamos cambiado a Stamper; un poquito más grande y tan gordo como un gorrino. Tenía exactamente ese tipo de gordura: no gordo como un caballo, sino como un cerdo: gordo hasta las orejas y tan tirante como un tambor; estaba tan gordo que apenas podía andar, y apoyaba los cascos como si no le pesaran ni los sintiera en absoluto.
       —Está demasiado gordo para que dure —dijo Ab—. No voy a llegar a casa con él.
       —Eso es lo que yo creo —dijo Stamper—. Por eso quiero librarme de él.
       —De acuerdo —dijo Ab—. Tengo que probarlo —empezó a bajarse de la carreta.
       —¿Probarlo? —dijo Stamper. Ab no le contestó. Se bajó de la carreta con mucho cuidado y se fue hacia el caballo, apoyando los pies con muchas precauciones y el cuerpo tieso, como si tampoco él tuviera peso en los pies, igual que el caballo. El animal llevaba puesta una cabezada y Ab cogió la cuerda que sujetaba el negro y empezó a subirse al caballo.
       —Espere —dijo Stamper—. ¿Qué se propone hacer?
       —Voy a probarlo —dijo Ab—. Hoy ya le he cambiado una vez un caballo —Stamper se le quedó mirando un minuto. Luego escupió de nuevo y dio una especie de paso atrás.
       —De acuerdo, Jim —le dijo al negro—. Ayúdale a montar —así que el negro ayudó a Ab, pero no tuvo tiempo de saltar hacia atrás, como Stamper, porque el caballo se revolvió como si Ab tuviera los pantalones cargados de electricidad y dio la impresión de ser completamente redondo, sin más pies ni cabeza que una patata. Ab se dio un buen batacazo, pero se levantó, volvió junto al caballo y Stamper dijo «Ayúdale, Jim», y el negro le ayudó de nuevo y el caballo volvió a tirarlo y Ab se levantó con la misma expresión en la cara y se acercó otra vez al caballo, y ya había cogido la cuerda cuando Stamper le paró. Era exactamente como si Ab quisiera que aquel caballo le tirase contra el suelo con toda la fuerza que tenía, como si la capacidad de sus huesos para resistir aquel suelo tan duro fuese todo lo que le quedaba para pagar por algo lo bastante vivo como para llevarnos hasta casa.
       —¿Es que quiere usted matarse? —dijo Stamper.
       —De acuerdo —dijo Ab—. ¿Cuánto?
       —Entre conmigo en la tienda —dijo Stamper.
       »Así que yo me quedé esperando en la carreta. El viento empezaba a soplar un poco, y no habíamos traído nada de abrigo. Pero llevábamos algunos sacos de arpillera que la señora Snopes nos había hecho cargar para envolver la centrifugadora, y yo estaba precisamente tapándola con los sacos cuando salió el negro de la tienda, y al levantar la lona de la entrada vi a Ab bebiendo de una botella. Luego el negro acercó un caballo y un carricoche, Ab y Stamper salieron de la tienda y Ab se vino hacia la carreta; no me miró, tan sólo levantó la centrifugadora de entre los sacos y se la llevó al carricoche; luego Stamper y él se subieron y se pusieron en camino hacia la ciudad. El negro me miraba mientras tanto.
       —Seguro que te mojas antes de llegar a casa —dijo.
       —Supongo que sí —dije yo.
       —¿No quieres tomar algo antes de que vuelvan? —dijo—. Tengo la comida en el fuego.
       —Creo que no —dije. Así que el negro se volvió a la tienda y yo esperé en la carreta. No cabía la menor duda de que iba a llover, y pronto. Recuerdo que pensé que por lo menos ahora tendríamos los sacos de arpillera para taparnos. Luego Ab y Stamper volvieron y Ab tampoco me miró. Entró en la tienda y le vi beber otra vez de la botella y cómo se la metía debajo de la camisa. Después el negro sacó nuestra mula y el caballo nuevo y los enganchó a la carreta, y Ab salió y se subió. Ahora le ayudaron los dos: Stamper y el negro.
       —¿No será mejor que le deje las riendas al chico? —dijo Stamper.
       —Guiaré yo —dijo Ab—. Quizá no pueda hacer tratos con usted, pero todavía soy capaz de guiar esta carreta.
       —Claro que sí —dijo Stamper—. Ese caballo le va a dar una sorpresa.
       —Y así fue —dijo Ratliff, riendo por primera vez, mansamente, invisible para sus oyentes aunque supieran con exactitud el aspecto que tenía en aquel momento como si le estuvieran viendo, afable y descansado en su silla, con su enjuta cara morena, simpática y astuta, su descolorida camisa azul perfectamente limpia, con el mismo aire de soltería perpetua que tenía Jody Varner, aunque no existiese ninguna otra semejanza entre ellos y tampoco se parecieran mucho en eso, puesto que en Varner suponía un rasgo de galantería raída y altisonante, mientras que en Ratliff se trataba del sencillo celibato de un hermano lego en un monasterio del siglo doce: un jardinero, un podador de viñas, por ejemplo—. Aquel caballo nos sorprendió. La lluvia, la tormenta, se nos vino encima antes de que hubiéramos recorrido kilómetro y medio, e hicimos dos horas de camino bajo ella, acurrucados bajo los sacos de arpillera y contemplando aquel caballo nuevo tan brillante y que estaba tan gordo que incluso andaba como si no sintiese las patas, y que de vez en cuando, incluso durante la lluvia, sufría una especie de sacudida como cuando le cayó sobre el lomo el peso de Ab en el campamento de Stamper, hasta que encontramos un viejo granero donde refugiarnos. Fui yo quien lo encontró, en realidad, porque para entonces Ab estaba tumbado en el suelo de la carreta, de espaldas, con la lluvia cayéndole en la cara y yo guiando en el asiento delantero y viendo cómo aquel reluciente caballo negro se transformaba en bayo. Porque yo no tenía entonces más que ocho años, y Ab y yo habíamos hecho todos nuestros tratos con caballos sin salirnos del camino que pasaba por delante de su corral. Así que metí la carreta debajo del primer techo que encontré y me puse a zarandear a Ab hasta que se despertó. La lluvia le había refrescado para entonces y se levantó con la cabeza despejada. Y se le despejó aún más rápidamente.
       —¿Qué? —dijo—. ¿Qué pasa?
       —¡El caballo! —grité—. ¡Está cambiando de color!
       «Ab ya se había serenado por completo para entonces. Los dos nos habíamos bajado de la carreta, y a Ab se le salían los ojos de las órbitas al ver un caballo bayo con los arreos puestos en el sitio donde antes de dormirse había otro negro. Extendió la mano como si no pudiera creer que fuese de verdad un caballo y lo tocó en un sitio donde las riendas apenas debían tocarle de vez en cuando, y más o menos en el sitio donde él había ido a caer con todo su peso cuando trataba de montarlo en el campamento de Stamper, y cuando me quise dar cuenta aquel caballo estaba retorciéndose y dando saltos. Lo esquivé en el momento en que se estrellaba contra la pared detrás de mí; incluso sentí el aire en el pelo. Luego se oyó un ruido como el de un clavo pinchando una rueda de bicicleta. Hizo algo así como uishhhhhhhhhh y el resto de aquel reluciente y gordo caballo negro que Pat Stamper nos había cedido se desvaneció. No quiero decir con eso que Ab y yo nos quedáramos allí de pronto con la mula únicamente. También teníamos un caballo. Pero era el mismo caballo con el que habíamos salido de casa por la mañana y que le habíamos cambiado a Beasley Kemp por el molino de sorgo y el bastidor del arado dos semanas antes. Recobramos incluso el anzuelo, con la punta doblada tal como Ab la había dejado; el negro no había hecho más que moverlo un poco. Pero hubo que esperar a la mañana siguiente para que Ab encontrara la válvula de una bomba de bicicleta bajo la piel, justo por dentro del brazuelo delantero izquierdo: el único sitio en el mundo donde a un dueño puede no ocurrírsele mirar nunca aunque tenga un caballo veinte años».
       Porque llegamos a casa bastante después de que saliera el sol a la mañana siguiente, y mi padre estaba esperando en casa de Ab, francamente molesto. Así que no me quedé mucho rato; sólo tuve tiempo de ver a la señora Snopes en la puerta, donde imagino que se había pasado también toda la noche, diciendo: “¿Dónde está mi centrifugadora?”. Y Ab respondiendo que siempre le habían enloquecido los caballos y que no podía evitarlo, y entonces la señora Snopes se echó a llorar. Ya hacía tiempo que yo iba con mucha frecuencia a su casa, pero no la había visto nunca llorar. Parecía el tipo de persona que no tiene mucha práctica en esas cuestiones, porque lloraba con dificultad, como si no supiera cómo hacerlo, e incluso las lágrimas parecían no saber exactamente qué era lo que se esperaba que hicieran, mientras la señora Snopes allí de pie con una bata vieja, sin esconder siquiera la cara, decía:
       —Que le vuelvan loco los caballos, ¡pase! Pero ¿ése?, ¿ése?
       «Así que mi padre y yo nos fuimos. Mi padre me había retorcido un brazo a conciencia, pero cuando empecé a contarle lo que había pasado el día antes cambió de idea sobre darme una zurra. De todas formas, ya era casi mediodía cuando regresé a casa de Ab. Estaba sentado en la cerca del corral y yo me subí y me senté a su lado. Sólo que el corral estaba vacío. La mula había desaparecido y también el caballo de Beasley. Pero él no dijo nada ni yo tampoco; sólo al cabo de un rato preguntó: “¿Has desayunado?”. Y yo le respondí que sí, y él dijo: “Yo, todavía no”. Así que entramos en la casa y, claro, la señora Snopes se había marchado. Me lo imaginé perfectamente: Ab, sentado en la cerca, y su mujer, bajando la cuesta con la papalina y el chal y hasta los guantes, entrando en el establo para ensillar la mula y ponerle el ronzal al caballo de Beasley, y Ab sentado allí, dudando entre ir a ayudarla o quedarse donde estaba».
       «Así que encendí el fogón. A Ab no se le daba muy bien eso de cocinar, de manera que para cuando empezó a prepararse el desayuno era ya tan tarde que decidimos ponernos con el almuerzo; después de comer yo lavé los platos y volvimos al corral. El arado de doble vertedera seguía allá a lo lejos, en el campo más apartado, pero no había nada con que tirar de él, a no ser que Ab fuera a casa del viejo Anse y le pidiera prestado un par de mulas, que es algo así como ir a pedirle prestado un cascabel a una serpiente de cascabel: y supongo que Ab pensó que ya no le quedaban fuerzas para soportar más emociones en el resto del día por lo menos. De manera que seguimos sentados en la cerca mirando el corral vacío. Nunca había sido un corral muy amplio, y hubiese parecido abarrotado hasta con un solo caballo dentro. Pero ahora daba la impresión de ser tan grande como todo Texas; y, como no podía ser menos, apenas empecé a pensar en lo vacío que estaba, Ab se bajó de la cerca y fue a ver un cobertizo que se apoyaba en uno de los lados del granero y que podría utilizarse apuntalándolo y poniéndole un tejado nuevo».
       —Creo que la próxima vez haré un trato por una yegua y me dedicaré a las mulas —dijo—. Esto servirá perfectamente para las crías, arreglándolo un poco.
       »Luego volvió y nos sentamos otra vez en la cerca, y hacia media tarde vimos llegar una carreta. Era la de Cliff Odum, tenía puestas las tablas de los lados y la señora Snopes iba sentada delante, junto a Cliff. Vimos que dejaban atrás la casa y se dirigían hacia el corral.
       —No lo ha conseguido —dijo Ab—. Stamper no ha querido hacer tratos con ella.
       »Nosotros estábamos ahora detrás del granero, y vimos cómo Cliff arrimaba la carreta de espaldas a un desnivel junto al portón y cómo la señora Snopes se apeaba, se quitaba el chal y los guantes, cruzaba el corral, se metía en el cobertizo de la vaca, salía con ella y la llevaba hasta el desnivel, detrás de la carreta, y cómo Cliff le decía:
       —Venga a sujetar la pareja. Yo la meteré en la carreta.
       »Pero la señora Snopes no se detuvo ni un momento. Puso la vaca delante de la abertura trasera, apoyó el hombro contra las nalgas y metió la vaca en la carreta antes de que Cliff tuviera tiempo de apearse. Cliff subió la compuerta, la señora Snopes se puso el chal y los guantes, se subieron los dos a la carreta y se fueron.
       »Así que encendí el fuego otra vez para preparar la cena de Ab y luego me tuve que ir a casa; ya estaba casi anocheciendo. Cuando volví a la mañana siguiente llevé una herrada de leche. Ab estaba en la cocina, todavía preparándose el desayuno.
       —Me alegro de que se te haya ocurrido —me dijo al ver la leche—. Ayer pensaba decirte que vieses si podías pedir prestada una poca.
       »Siguió preparándose el desayuno, porque no esperaba que su mujer volviera tan pronto: eran dos viajes de más de cuarenta kilómetros en poco más de veinticuatro horas. Pero oímos la carreta de nuevo, y esta vez la señora Snopes venía con la centrifugadora. Cuando llegamos al granero la vimos metiéndola en la casa.
       —Has dejado la leche donde pueda verla, ¿verdad? —dijo Ab.
       —Sí, señor —dije yo.
       —Supongo que esperará a ponerse primero la bata vieja —dijo Ab—. Es una lástima que haya empezado tan tarde a hacer el desayuno.
       »Pero yo no creo que la señora Snopes esperase tanto, porque me pareció oír la centrifugadora inmediatamente. Hacía un estupendo ruido muy agudo, bien potente, como si fuese capaz de centrifugar un galón de leche en muy poco tiempo. En seguida se paró.
       —Es una lástima que no tenga más que un galón —dijo Ab.
       —Mañana por la mañana le puedo traer otro —dije yo. Pero no me escuchaba, pendiente de la casa.
       —Calculo que ahora puedes ir ya y echar una ojeada desde la puerta —dijo Ab.
       »Así que fui y lo hice. La señora Snopes estaba retirando del fuego el desayuno de Ab, y poniéndolo en dos platos. Yo no sabía siquiera que me hubiese visto hasta que se volvió y me pasó los platos. Su rostro tenía una expresión normal, tranquila. La expresión de estar ocupándose de sus asuntos.
       —Supongo que tú también podrás comer un poco más —dijo—. Pero comed allí abajo. Yo voy a estar ocupada y no quiero veros por aquí ni a ti ni a él.
       »De manera que volví con los platos, nos sentamos apoyándonos en la cerca y comimos. Y entonces oímos la centrifugadora de nuevo. Yo no sabía que pudiera centrifugar más que una vez. Imagino que él tampoco lo sabía.
       —Supongo que se lo ha enseñado Cain —dijo Ab mientras comía—. Supongo que si quiere que centrifugue más veces, irá y centrifugará más veces.
       »Luego cesó el ruido y la señora Snopes salió a la puerta y nos gritó que le llevásemos los platos para lavarlos; así que se los llevé y los dejé en el escalón de la puerta, y Ab y yo nos sentamos otra vez en la cerca. Parecía que dentro del corral podría haber cabido todo Texas y Kansas por añadidura.
       —Imagino que todo lo que ha hecho ha sido llegar a la maldita tienda y decir: “Aquí tiene su pareja. Tráigame la centrifugadora y tráigamela de prisa porque tengo que coger una carreta que vuelve en seguida a casa” —dijo Ab.
       »Y luego volvimos a oírla, y a última hora de la tarde fuimos a casa del viejo Anse a pedir una mula para terminar de arar el campo que quedaba más lejos, pero no tenía ninguna libre. Así que tan pronto como el viejo Anse dejó de maldecir, nos volvimos y nos sentamos en la cerca. Y, efectivamente, oímos cómo la centrifugadora se ponía otra vez en marcha. Sonaba tan fuerte como siempre, como si pudiera hacer volar la leche, como si le diera lo mismo centrifugar la leche una o cien veces.
       —Ahí va otra vez —dijo Ab—. No te olvides mañana del otro galón.
       —No, señor —dije yo. Estuvimos escuchando el ruido. Porque entonces no se le había agriado aún el carácter.
       —Parece decidida a que le dé muchas satisfacciones y a pasárselo muy bien con la centrifugadora —dijo Ab.


3

      Detuvo la calesa y permaneció un momento mirando el mismo portón caído que Jody Varner contemplara nueve días antes desde el caballo roano: la extensión cubierta de malas hierbas y césped demasiado crecido, la casa torcida y gastada por la intemperie; un confuso abandono ocupado ya, antes de que Ratliff llegara al portón y se detuviera, por el sonido monótono de dos voces femeninas que hablaban muy alto. Eran voces jóvenes que, sin hablar a gritos ni chillar, mantenían una reposada intensidad de volumen y en las que la manifiesta ausencia de todo discernible idioma o lenguaje humano parecía algo perfectamente natural, como si aquellos sonidos los emitieran dos enormes pájaros; como si la horrorizada y asombrada soledad de algún inaccesible y vacío marjal o desierto se viera invadida y sistemáticamente violada por los constantes altercados de los dos últimos supervivientes de una especie extinguida que hubieran establecido su residencia allí; un sonido que se interrumpió bruscamente al gritar Ratliff. Un momento después las dos muchachas aparecieron en la puerta, grandes, idénticas, como dos enormes terneras, mirándole.
       —Buenos días, señoritas —dijo—. ¿Dónde está su papá?
       Las muchachas siguieron contemplándole. Ni siquiera daban la impresión de respirar, aunque Ratliff sabía que lo hacían, que no les quedaba más remedio; cuerpos de aquel volumen y, al parecer, con aquella monstruosa salud, casi opresiva, necesitaban aire, y aire en grandes cantidades. Ratliff tuvo una fugaz visión de las jóvenes Snopes como dos vacas, como dos terneras, cubiertas hasta la rodilla por el aire como por un curso de agua, por un estanque, hundiendo el hocico en él, con el nivel del líquido descendiendo violenta y silenciosamente con cada inhalación, y revelando, en momentáneo y asombrado desconcierto, la vida inferior subaérea hormigueando en torno a sus sólidas patas. Luego las dos hablaron exactamente al unísono, como un coro bien conjuntado:
       —Está en aquel campo.
       Claro, pensó Ratliff, poniéndose de nuevo en marcha, pero ¿haciendo qué? Porque no creía que el Ab Snopes que él había conocido tuviera más de dos mulas. Y a una la había visto ya ociosa en el corral más allá de la casa; y la otra sabía que estaba atada en aquel momento a un árbol detrás del almacén de Varner, a trece kilómetros de distancia, porque la había dejado allí hacía sólo tres horas, atada en el sitio donde durante seis días le había visto colocarla al nuevo dependiente de Varner cuando llegaba a la aldea por la mañana. Ratliff detuvo un momento la calesa. Por los clavos de Cristo, pensó sosegadamente, ésta debe de ser exactamente la oportunidad para empezar de nuevo sin cortapisas que lleva veintitrés años aguardando. De manera que cuando llegó al campo en cuestión y reconoció la tiesa, bronca, achaparrada figura detrás del arado del que tiraban dos mulas, ni siquiera se sorprendió. No esperó a comprobar que las dos mulas eran las que habían pertenecido, por lo menos hasta una semana antes, a Will Varner: simplemente cambió el tiempo del verbo de posesión. No habían pertenecido, pensó. Todavía le pertenecen. Por los clavos de Cristo, ha conseguido algo todavía mejor. Ahora ya no hace trueques con ganado caballar. Ha logrado cambiar un hombre por una pareja de mulas.
       Ratliff detuvo la calesa junto a la cerca. El arado había alcanzado el extremo más distante del campo. Ab hizo dar la vuelta a las mulas, que agitaron la cabeza de un lado a otro y descompusieron el paso mientras él tiraba de las riendas con una violencia absolutamente innecesaria. Ratliff le contempló serenamente. Exactamente igual que siempre. Todavía maneja un caballo o una mula como si ya antes de hablarle el animal le hubiera amenazado con el puño. Ratliff sabía que Snopes también le había visto e incluso reconocido, aunque no existiese el menor signo de ello, mientras la pareja se enderezaba e iniciaba la marcha en dirección contraria, con las delicadas patas y las esbeltas pezuñas como de ciervo alzándose rápida y nerviosamente, y la tierra abriéndose oscura y fértil ante la bruñida hoja del arado. Ahora Ratliff veía incluso a Snopes mirándole directamente —los fríos destellos bajo las hirsutas cejas malhumoradas tal como los recordaba incluso después de ocho años, tan sólo las cejas un poco más grises ahora—, aunque una vez más el otro hizo girar a la pareja con la misma insensata ferocidad, ladeando el arado mientras lo detenía.
       —¿Qué haces aquí? —dijo.
       —Oí que estaba usted en la zona y he venido a saludarle —dijo Ratliff—. Ya hace una temporada que no nos vemos, ¿no es verdad? Ocho años.
       El otro lanzó un gruñido.
       —Pero por ti no pasan los años. Sigues teniendo el mismo aire de no haber roto un plato en tu vida.
       —Claro que no —dijo Ratliff—. Por cierto —buscó con la mano bajo el cojín del asiento y sacó una botella como de medio litro llena, al parecer, con agua—, un poco de lo mejor que hace McCallum —dijo—. Acababa de destilarlo la semana pasada. Tenga —le tendió al otro la botella. Snopes se acercó a la valla. Aunque estaban a menos de dos metros, Ratliff seguía sin ver otra cosa que los dos destellos bajo el feroz voladizo de las cejas.
       —¿Lo has traído para mí?
       —Claro —dijo Ratliff—. Cójalo.
       El otro no se movió.
       —¿Por qué?
       —Por nada —dijo Ratliff—. Se lo he traído. Eche un trago. Está bueno.
       El otro cogió la botella. Entonces Ratliff supo que había desaparecido algo de sus ojos. O tal vez era que no le estaban mirando en aquel momento.
       —Esperaré hasta la noche —dijo Snopes—. Ya no bebo durante las horas de sol.
       —¿Tampoco cuando llueve? —dijo Ratliff. Y entonces supo que Snopes no le estaba mirando, aunque no se hubiera movido, aunque no se hubiera producido ningún cambio en el rostro agrio, contraído, violento mientras sostenía la botella—. Aquí debería usted encontrarse a gusto —dijo—. Tiene una buena granja y Flem se desenvuelve en el almacén como si se hubiera educado para tendero —ahora el otro ni siquiera parecía estar escuchándole. Agitó la botella y la levantó hacia la luz como para juzgar la calidad del whisky por las burbujas—. Espero que le vaya bien —terminó Ratliff.
       Entonces vio de nuevo los ojos, feroces, huraños, fríos.
       —¿Qué más te da a ti que me vaya bien o mal?
       —Nada —dijo Ratliff amable, sosegadamente. Snopes se agachó y escondió la botella entre los hierbajos junto a la cerca; luego volvió junto al arado y lo levantó.
       —Vete a la casa y diles que te den algo de cenar —dijo.
       —Creo que no —respondió Ratliff—. Aún me queda mucho camino por hacer.
       —Como te parezca —dijo el otro. Se pasó la única rienda alrededor del cuello y dio otro tirón salvaje de la traílla interior; de nuevo la pareja agitó la cabeza de un lado a otro, descomponiendo el paso incluso antes de ponerse en movimiento—. Muy agradecido por la botella —añadió.
       —No tiene importancia —dijo Ratliff. El arado siguió su marcha. Ratliff se le quedó mirando. No me ha dicho que vuelva, pensó. Luego alzó las riendas de la calesa.
       —Arre, conejitos —dijo—. Hacia la ciudad a buen paso.


Capítulo tres

1

      La mañana del lunes en que Flem Snopes empezó a trabajar en el almacén de Varner llevaba una camisa nueva de color blanco. Se trataba de un camisa que acababa de estrenar; todavía eran visibles los dobleces de la pieza de tela guardada en un estante y las tiras oscurecidas por el sol que, con cada pliegue, se repetían como en una piel de cebra. Y no sólo las mujeres que fueron a verle: el mismo Ratliff (no en vano vendía máquinas de coser. Incluso había aprendido a manejar una muy bien a fuerza de hacer demostraciones y se decía también que se hacía él mismo las camisas azules que llevaba) se dio cuenta de que la camisa había sido cortada y cosida a mano, y además por una mano que no tenía demasiada práctica. Flem llevó la camisa puesta toda la semana. El sábado por la noche ya estaba sucia, pero al lunes siguiente se presentó con una segunda camisa exactamente como la primera, incluidas las rayas de cebra. Al llegar la noche del segundo sábado, también ésta se había ensuciado, exactamente en los mismos sitios que la otra. Era como si el usuario, al entrar como lo había hecho en una nueva vida y en un nuevo medio marcados por presiones y costumbres establecidas mucho antes de su llegada, hubiera creado, sin embargo, incluso desde el primer día, su propio y particular cauce de ensuciamiento.
       Flem acudió al almacén a lomos de una escuálida mula, sobre una silla de montar que se reconoció de inmediato como perteneciente a los Varner y con un pozal de hojalata sujeto a ella. Ató la mula a un árbol detrás del almacén, desató el pozal y subió al porche, donde estaban ya repantigados a sus anchas una docena de individuos, Ratliff entre ellos. Flem no les dijo nada. Si en algún momento miró a alguien en concreto, la persona en cuestión no lo advirtió. El nuevo dependiente era un hombre rechoncho y blando, de edad imprecisa entre los veinte y los treinta, con un rostro ancho e inmóvil que contenía una apretada costura a manera de boca, ligeramente manchada de tabaco en las comisuras, unos ojos del color del agua estancada y, sobresaliendo entre los otros rasgos como sorprendente y repentina paradoja, una diminuta nariz de animal de presa, algo así como el pico de un pequeño halcón. Daba la impresión de que el diseñador o artesano original no había tenido tiempo de colocar la primitiva nariz y que la obra inacabada había sido concluida por alguien de una escuela radicalmente distinta o quizá por algún humorista rematadamente loco, o por alguien que sólo había tenido tiempo de arrojar sobre el centro de la cara un frenético y desesperado signo de alarma.
       Flem entró en el almacén con el pozal, y Ratliff y sus compañeros permanecieron todo el día sentados o acuclillados en el porche, y contemplaron cómo no sólo todos los habitantes de la aldea, sino también todas las personas que vivían en los alrededores a una distancia razonable se presentaban en el almacén de uno en uno, o en parejas o en grupos, hombres, mujeres y niños para hacer compras insignificantes, examinar al nuevo dependiente y marcharse. Llegaban no en actitud beligerante, sino terriblemente circunspecta, casi solemne, como ganado medio salvaje al enterarse de la aparición de un extraño animal en sus pastizales, a comprar harina, medicinas, piezas de cuerda para el arado y tabaco, y a mirar al hombre cuyo nombre aún no habían oído una semana antes y con quien, sin embargo, en el futuro tendrían que tratar de todo lo necesario para la vida, y luego se marchaban tan sosegadamente como habían venido. Hacia las nueve en punto apareció Jody sobre su caballo roano y entró en el almacén. Los de fuera oyeron el murmullo de su voz de bajo, aunque a juzgar por las respuestas que recibió podría haberse pensado que hablaba solo. Al mediodía salió, montó a caballo y se alejó, mientras que el dependiente se quedaba en el almacén. La verdad es que los espectadores sabían de todas formas lo que contenía el pozal, y también ellos empezaron a dispersarse camino del almuerzo, mirando hacia el interior del almacén al pasar frente a la puerta, pero sin ver nada. Si el dependiente estaba almorzando, se había escondido para hacerlo. Ratliff estaba de vuelta en el porche antes de la una, porque sólo tenía que andar cien metros para comer. Pero los otros no tardaron mucho más y durante el resto del día siguieron allí sentados o acuclillados, hablando tranquilamente de cuando en cuando sobre nada en particular, mientras el resto de la gente que no vivía demasiado lejos venía, compraba algo por valor de cinco o diez centavos y se marchaba.
       Al terminar aquella primera semana todos habían venido a verle, no sólo quienes en el futuro tendrían que tratar por mediación suya de todo lo relacionado con la comida y el abastecimiento, sino también personas que nunca habían tenido ni tendrían nunca relaciones comerciales con los Varner: los hombres, las mujeres, los niños; los lactantes que no habían cruzado nunca el umbral de la casa donde nacieran; los enfermos y los ancianos que normalmente nunca lo hubieran cruzado excepto para hacer un último viaje; todos llegaban en caballos, en mulas y en carretas abarrotadas. Ratliff aún estaba allí, aún con la caja de música y el juego de cuchillas sin estrenar en la calesa, junto con un tablón que sobresalía y la desigual pareja de recios jacos, a los que la ociosidad en el corral de la señora Littlejohn estaba volviendo ingobernables, observando cada mañana cómo el dependiente llegaba en la mula, sobre la silla de montar prestada, con la nueva camisa blanca que estaría un poco más manchada al llegar el crepúsculo, con el pozal de hojalata que contenía el almuerzo que nadie le había visto aún comer, ataba la mula y abría el almacén con la llave que, de acuerdo con sus previsiones, habían creído que tardaría algunos días más en llegar a su poder. Después del primer día, poco más o menos, Flem tenía incluso abierto el almacén cuando Ratliff y los demás llegaban. Jody Varner aparecía a caballo hacia las nueve, subía los escalones, les hacía un gesto fanfarrón con la cabeza y entraba en el almacén, aunque a partir de la primera mañana sólo se quedó unos quince minutos. Si Ratliff y sus contertulios habían esperado enterarse de alguna oculta tensión o roce secreto entre el más joven de los Varner y el dependiente, se vieron defraudados. Nunca faltaba el murmullo de la voz de bajo hablando en un tono normal y, al parecer, conversando consigo misma a juzgar por la ausencia de respuesta audible; luego Jody y Flem salían hasta la puerta y se quedaban allí mientras el primero terminaba de dar sus instrucciones, sorbía aire entre los dientes y se marchaba; cuando los ociosos volvían la mirada hacia la puerta, la encontraban vacía.
       Pero, finalmente, un viernes por la tarde hizo su aparición Will Varner en persona. Quizá era eso lo que Ratliff y los otros habían estado esperando. Pero en ese caso, no era Ratliff, sino los demás quienes esperaban que se produjera alguna revelación. De manera que muy posiblemente fue Ratliff el único que no se sorprendió cuando sólo se puso de manifiesto lo contrario de lo que quizá esperasen; no fue el dependiente quien por fin descubrió para quién estaba trabajando, sino Will Varner quien descubrió qué clase de persona trabajaba para él. El anciano terrateniente llegó a lomos del viejo y gordo caballo blanco. Un joven que estaba acuclillado en el escalón más alto se levantó, descendió, cogió al caballo de las riendas y lo ató mientras Varner se apeaba y subía los escalones, respondiendo alegremente a los respetuosos murmullos de bienvenida de los presentes e interpelando a Ratliff directamente: «¡Demonios coronados! ¿Todavía no has vuelto al trabajo?». Otros dos ociosos dejaron libre el banco de madera roído por las navajas, pero Varner no se acercó a él de inmediato, sino que hizo una pausa delante de la puerta abierta, casi exactamente en la misma actitud que los propios clientes, enjuto, con el cuello ligeramente inclinado como el de un pavo mientras miraba hacia el interior del almacén, aunque sólo un instante porque casi inmediatamente gritó: «Usted. ¿Cómo se llama? Flem. Tráigame una pastilla del tabaco que yo masco. Jody le enseñó dónde lo guarda». Luego se acercó al grupo, dos dejaron libre el banco de madera mordido por las navajas, Varner lo ocupó, sacó su navaja y ya había empezado a contar un chiste subido de color, arrastrando las sílabas, con su alegre voz de obispo, cuando (sin que Ratliff hubiera oído sus pasos en absoluto) apareció el dependiente junto a él con la pastilla de tabaco. Varner la cogió sin dejar de hablar, cortó un trozo, cerró la navaja con el pulgar y estiró la pierna para guardársela en el bolsillo, pero de pronto se interrumpió y miró bruscamente hacia arriba. El dependiente estaba aún junto a su codo.
       —¿Sí? —dijo Varner—. ¿Qué sucede?
       —No lo ha pagado —respondió el dependiente. Varner no se movió durante un momento, con la pierna extendida aún, la pastilla y el trozo cortado en una mano y la navaja en la otra, a punto de guardársela en el bolsillo. Ninguno de los presentes se movió de hecho, mirándose tranquila y atentamente las manos o cualquier otra cosa que estuvieran contemplando en el momento en que Varner dejó de hablar—. El tabaco —dijo el dependiente.
       —¡Ah! —respondió Varner. Guardó la navaja, sacó del bolsillo de atrás un monedero de cuero aproximadamente del tamaño, forma y color de una berenjena, extrajo una moneda de cinco centavos y se la dio al dependiente. Ratliff no le había oído llegar y tampoco le oyó marcharse. Ahora comprendió por qué. Flem llevaba unas zapatillas nuevas con suela de goma.
       —¿Dónde me había quedado? —preguntó Varner.
       —El tipo estaba empezando a desabrocharse el sobretodo —dijo Ratliff mansamente.
       Al día siguiente, el viajante de máquinas de coser se marchó. No fue el apremio del sustento, de tener que ganarse el pan, lo que le puso en movimiento. Podría haberse alimentado yendo de mesa en mesa por toda la zona durante seis meses sin tener que echar ni una sola vez mano al bolsillo. Se fue impulsado por su itinerario, por su bien establecida y bien alimentada ronda de distribución de noticias, por el placer de relatarlas, contando entre ellas, y no como las menos importantes y menos frescas, las que había acumulado en la memoria durante sus observaciones de las dos últimas semanas. Habrían de pasar cinco meses antes de que viera de nuevo la aldea. Su ruta abrazaba cuatro condados. Era absolutamente rígida, tan sólo con flexibilidad dentro del mismo itinerario. En diez años no había cruzado ni una sola vez los límites de esos cuatro condados, y sin embargo un día de aquel verano se encontró en Tennessee, no sólo en tierra extraña, sino separado de su Estado nativo por una barrera de oro, por un muro de monedas acuñadas que se acumulaban pulcramente.
       Durante la primavera y el verano quizá le habían ido las cosas un poco demasiado bien. Había vendido en exceso, entregando las máquinas de coser a cambio de pagarés con la garantía de la cercana cosecha, y empleando el dinero que recibía o que le daban a cambio de los objetos que aceptaba como adelanto, para pagar sus propios adelantos al mayorista de Memphis sobre otras nuevas máquinas que entregaba, a su vez, a cambio de nuevos pagarés, que él refrendaba, hasta que un día descubrió que casi se había convertido en insolvente vendiendo máquinas de coser en su propio mercado en alza. El mayorista le reclamó su mitad (la del mayorista) de los pagarés de veinte dólares todavía pendientes. Ratliff, a su vez, hizo un rápido escrutinio entre sus propios deudores. Se mostró tan afable, atento, dispuesto a contar anécdotas y en apariencia con tan poca prisa como siempre, pero les apretó las clavijas al máximo para que nadie le dijera que no, aunque el algodón no había hecho más que empezar a florecer y tendrían que pasar meses antes de que hubiera en la zona dinero contante y sonante. Al final reunió unos pocos dólares, un juego usado de arreos para una carreta y ocho gallinas blancas de raza Leghorn. Al mayorista le debía ciento veinte dólares. Cuando fue a visitar al duodécimo cliente, pariente suyo muy lejano, se encontró con que se había marchado una semana antes con una reata de mulas para venderlas en un mercado al aire libre de ganado caballar en Columbia, Tennessee.
       Ratliff le siguió inmediatamente en la calesa, con los arreos para la carreta y las gallinas. Vio en ello no sólo una oportunidad de cobrar su dinero, con tal de que llegara allí antes de que alguien vendiera, a su vez, unas cuantas mulas a su pariente, sino que quizá lograra que le prestase lo suficiente para calmar al mayorista. Ratliff llegó a Columbia cuatro días después, y allí, después de los primeros momentos de asombro, empezó a mirar a su alrededor con un sentimiento de felicidad parecido al del primer cazador blanco que se tropieza inesperadamente con la idílica soledad virginal de un valle africano rebosante de un marfil que podrá llevarse con unos cuantos disparos. Ratliff vendió una máquina de coser al individuo a quien preguntó por el paradero de su familiar; luego fue con su pariente a pasar la noche en casa de la mujer de un primo de este último, a dieciséis kilómetros de Columbia, y vendió allí otra. De manera que colocó tres en los primeros cuatro días; se quedó un mes y vendió ocho en total, recogiendo ochenta dólares en adelantos; con los ochenta dólares, los arreos para la carreta y las ocho gallinas compró una mula que llevó a Memphis y vendió allí en una subasta al aire libre por ciento treinta y cinco; al mayorista le dio ciento veinte y los nuevos pagarés a cambio del finiquito para los antiguos de Mississippi, con lo que volvió de nuevo a casa en el momento de la cosecha con dos dólares cincuenta y tres centavos en efectivo y pleno derecho sobre los doce pagarés de veinte dólares que le serían abonados en cuanto el algodón fuese desmotado y vendido.
       Cuando se presentó en Frenchman’s Bend en noviembre, la aldea había vuelto a la normalidad. Se había acostumbrado a la presencia del dependiente en el almacén, aunque no le hubiera aceptado, si bien los Varner daban la impresión de haber hecho ambas cosas. Jody solía estar en el almacén en algún momento durante el día y no demasiado lejos el resto del tiempo. Ratliff descubrió ahora que desde hacía meses había adquirido la costumbre de no aparecer algunas veces en todo el día; supo que parroquianos que llevaban años comprando allí, en la mayoría de los casos sirviéndose ellos mismos y colocando la cantidad exacta en la caja de puros dentro de la jaula para el queso, tenían ahora que vérselas hasta para las cosas más insignificantes con un individuo cuyo nombre ni siquiera habían oído dos meses antes, que contestaba SÍ y NO a las preguntas directas y que, al parecer, nunca miraba a una persona a los ojos ni durante el tiempo suficiente como para recordar el nombre que iba con cada rostro, y sin embargo nunca cometía equivocaciones en ninguna cuestión relacionada con dinero. Jody Varner se equivocaba constantemente. De ordinario a su favor, como es lógico, y también permitiendo a veces que algún cliente se marchara sin pagar un carrete de hilo o una lata de rapé, pero cobrándose la deuda más pronto o más tarde. Los parroquianos habían llegado a dar por sentado que se equivocaría, de la misma forma que sabían que rectificaría, al verse descubierto, con una amabilidad cordial y fanfarrona, convirtiendo en chiste el incidente, lo que servía para que al parroquiano le entraran dudas sobre el resto de la cuenta. Pero también contaban con esto, porque les daba alimentos y utensilios agrícolas a crédito cuando lo necesitaban, y crédito a largo plazo, y aunque sabían que tendrían que pagar intereses por lo que a primera vista parecía generosidad y altruismo, tanto si en la factura final aparecían los intereses como si no. Pero el dependiente no se equivocaba.
       —Tonterías —dijo Ratliff—. Alguien acabará pillándole antes o después. No hay hombre, mujer o niño en cuarenta kilómetros a la redonda que no sepa lo que hay en ese almacén y lo que cuesta cada cosa tan bien como Will o Jody Varner.
       —Ahí le duele —respondió el otro, un individuo robusto y paticorto, de rostro vivo y moreno oscuro que se llamaba Odum Bookwright—. Eso es lo que pasa.
       —¿Quieres decir que no le ha pillado nadie, ni siquiera una vez?
       —Precisamente —dijo Bookwright—. Y a la gente no le gusta. Si no, ¿cómo puede uno estar seguro?
       —Claro —dijo Ratliff—. No hay otra manera.
       —Y está también la cuestión del crédito —dijo otro de los presentes, un individuo flaco, con una abultada cabeza cubierta de escaso pelo, de aspecto soñador y ojos miopes de color muy claro que se llamaba Quick y regentaba un aserradero. Explicó de qué se trataba: cómo habían descubierto en seguida que el nuevo dependiente no quería dar crédito a nadie. Llegó incluso a negarse tajantemente a dar más crédito a un cliente que había estado en deuda con el almacén por lo menos una vez al año durante los últimos quince, y cómo aquella tarde el mismo Will Varner se había presentado al galope con el viejo y gordo caballo blanco, al que le sonaban las tripas, y había entrado como una furia en el almacén, gritando lo bastante fuerte como para que le oyeran en la herrería, al otro lado de la carretera: «¿Quién demonios se cree usted que es el dueño de este almacén, vamos a ver?».
       —Bueno; nosotros sabemos de quién es todavía el almacén, en cualquier caso —dijo Ratliff.
       —O de quién creen algunas personas que es todavía el almacén —dijo Bookwright—. Como quiera que sea, todavía no se ha ido a vivir a casa de Varner.
       Porque el dependiente vivía ya en la aldea. Un sábado por la mañana alguien notó que la mula ensillada no estaba atada al árbol de costumbre. Los sábados el almacén seguía abierto hasta las diez e incluso más tarde, y siempre había mucha gente por los alrededores; varios hombres le vieron apagar las luces, cerrar la puerta y marcharse a pie. Y a la mañana siguiente se presentó en la iglesia, él, a quien nunca se había visto en la aldea desde el sábado por la noche hasta el lunes por la mañana, y quienes lo vieron lo contemplaron por unos instantes con incrédulo asombro. Además de la gorra gris de paño y de los pantalones grises, Flem no sólo llevaba una camisa blanca limpia, sino una corbata de lazo: una diminuta corbata negra hecha a máquina, que se sujetaba por detrás con un cierre metálico. No tenía más de cuatro centímetros de larga y, con la excepción de la que Will Varner se ponía para ir a la iglesia, era la única corbata en toda la zona de Frenchman’s Bend, y desde aquel domingo por la mañana hasta el día en que murió, Flem llevó puesta aquella u otra exactamente igual (más adelante, cuando se convirtió en presidente de un banco de Jefferson, se dijo de él que las encargaba por gruesas): una diminuta salpicadura, maliciosamente superficial y misteriosamente equilibrada, semejante a un enigmático signo de puntuación sobre la extensión de camisa blanca, que le daba el mismo aspecto de ceremoniosa heterodoxia de Jody Varner, pero elevado a la enésima potencia y que tenía, para quienes habían estado presentes, el mismo valor de absurda exageración de la propia presencia física que el ruido de la pierna rígida de su padre sobre el porche del almacén aquella tarde de primavera. Flem abandonó la iglesia a pie; a la mañana siguiente se presentó en el almacén también andando y aún con la corbata puesta. A la caída de la tarde, todos los habitantes de la zona sabían que desde el sábado tenía comida y cama en el hogar de una familia que vivía a cosa de kilómetro y medio del almacén.
       Ya hacía mucho tiempo que Will Varner había vuelto a su antigua existencia de alegre y atareada holganza…, si es que alguna vez la había abandonado. No había vuelto a visitar el almacén desde el cuatro de julio. Y ahora que Jody no aparecía nunca, durante los calmosos días muertos de agosto, mientras maduraba el algodón y nadie tenía nada que hacer, daba por completo la impresión de que no sólo la fuerza directora, sino también la de propiedad y la de producir beneficios estaban concentradas en la figura rechoncha y reservada, con la camisa blanca que se ensuciaba de manera uniforme y la diminuta e invulnerable corbata de lazo, y que en aquellos días expectantes acechaba entre las más remotas sombras del desierto interior lleno de intensos olores, manteniendo un parecido nada desdeñable con una araña de la especie bulbosa, rubia y omnívora, pero no venenosa.
       Luego en septiembre sucedió algo. Más bien empezó algo, aunque al principio nadie supiera exactamente de qué se trataba. El algodón se había abierto y lo estaban recogiendo. Una mañana, el primero de los desocupados que llegó se encontró con que Jody Varner ya estaba allí. En la desmotadera se encontraba Trumbull —el herrero de Varner—, su aprendiz y el bombero negro, que revisaban la maquinaria, poniéndola a punto para el trabajo de la estación, y en seguida Snopes salió del almacén, cruzó hasta la desmotadera, entró y se perdió de vista y, en consecuencia, por el momento, también los espectadores dejaron de pensar en él. Tan sólo cuando el almacén cerró sus puertas aquella tarde se dieron cuenta de que Jody Varner se había pasado todo el día dentro. Pero incluso entonces no le dieron mucha importancia a ese detalle. Pensaron que, sin duda, el mismo Jody, nada más que por pereza, había mandado a su dependiente a supervisar la apertura de la desmotadera, algo que solía hacer en persona, aceptando temporalmente la obligación de atender el almacén para poder estar sentado. Hizo falta que la desmotadera se pusiera finalmente en marcha y que llegaran las primeras carretas cargadas para que salieran de su error. Porque entonces vieron que Jody seguía atendiendo el almacén, llevando y trayendo artículos que valían cinco y diez centavos, mientras su dependiente se pasaba todo el día sentado en el taburete detrás del astil de la báscula de plataforma donde las carretas se colocaban por turno para pasar luego bajo el tubo de succión. Jody solía hacer las dos cosas. Es decir, se pasaba la mayor parte del tiempo detrás de la báscula, dejando que el almacén se cuidara de sí mismo, como había hecho siempre, aunque de vez en cuando, sólo para tomarse un descanso, mantenía una carreta parada sobre la báscula, bloqueándola durante un cuarto de hora o incluso cuarenta y cinco minutos, mientras él se iba al almacén; quizá no aparecía ni un solo cliente durante ese tiempo, únicamente los desocupados de costumbre, personas con las que hablar. Pero eso era correcto. Las cosas funcionaban perfectamente. Y ahora que había dos personas, no existía ninguna razón para que una de ellas no se quedara en el almacén mientras la otra se encargaba de pesar el algodón, y tampoco había ninguna razón para que Jody no hubiera encargado este último trabajo a su empleado. La desalentadora conjetura que empezaba a tomar cuerpo en sus mentes era que…
       —Claro —dijo Ratliff—. Ya sé. Que Jody no debiera en absoluto haberse quedado en el almacén. Pero ¿quién le ha dicho que se quede? —Bookwright y él se miraron—. Tío Will no ha sido. El almacén y la desmotadera llevan casi cuarenta años funcionando simultáneamente sin problemas, con sólo una persona para ocuparse de los dos. Y un hombre de la edad de tío Will no es probable que cambie de idea. Claro que no. De acuerdo. Entonces, ¿qué es lo que pasa?
       Los veían a ambos desde el porche del almacén. Llegaban con sus carretas cargadas y las colocaban en fila, hocico de mula pegado a compuerta trasera, a un lado de la carretera, esperando turno para subir a la báscula y pasar luego bajo el tubo de succión, y después se apeaban, liaban las riendas a un poste y atravesaban la calle para instalarse en el porche, desde donde contemplaban el rostro inmóvil, impenetrable, de boca que mascaba incesantemente, entronizado tras el astil de la báscula, la gorra de paño, la corbata diminuta, mientras desde el interior del almacén oían de vez en cuando los breves gruñidos malhumorados con que Varner contestaba cuando los clientes le obligaban a hablar. De tarde en tarde entraban ellos mismos para comprar paquetes o pastillas de tabaco o latas de rapé que en realidad no necesitaban todavía, o quizá simplemente para beber agua de la cubeta de madera de cedro. Porque había algo en los ojos de Jody que tampoco había estado allí antes: una sombra, algo entre fastidio y reflexión y la más pura de las premoniciones, algo que no era aún del todo desconcierto, pero que creaba, sin duda, una tensión interior. Fue el momento al que los espectadores aludirían más tarde, dos o tres años después, diciéndose unos a otros: «Entonces dejó atrás a Jody», aunque Ratliff se encargó de enmendar la frase: «Quieres decir que fue entonces cuando Jody empezó a darse cuenta».
       Pero aún tenía que transcurrir algún tiempo para eso. Ahora los espectadores se limitaban a mirar, sin perderse nada. Durante aquel mes el aire estaba lleno de la mañana a la noche con el gemir de la desmotadera; las carretas esperaban en fila para colocarse sobre la báscula y pasar luego, una a una, bajo el tubo de succión. De vez en cuando el dependiente cruzaba la calle para ir al almacén, con la gorra, los pantalones e incluso la corbata con motas de algodón; los hombres que holgazaneaban en el porche mientras esperaban turno bajo el tubo o en la báscula le veían entrar en el almacén, y un momento después oían su voz, hablando en un murmullo, desapasionada, parca en palabras. Pero Jody Varner no salía con él hasta la puerta, como antes, para quedarse allí un momento, y los otros veían cómo el dependiente volvía a la desmotadera: la silueta achaparrada y compacta, informe, ominosa, de edad imprecisa. Una vez que las cosechas estuvieron entregadas, desmotadas y vendidas, llegó el momento en que Will Varner hacía su ajuste anual con arrendatarios y deudores. Anteriormente realizaba solo esa operación, sin permitir siquiera a Jody que le ayudara. Este año se sentó en el escritorio con la caja de caudales de hierro delante, mientras Snopes se acomodaba en un barrilito para clavos vacío, puesto boca abajo, con los libros de contabilidad abiertos. En el local, semejante a un túnel, con hileras laterales de latas de comida y abarrotado de utensilios agrícolas y ahora repleto de hombres pacientes que olían a tierra, esperando para aceptar casi a ciegas lo que Varner calculara que les debía por un año de trabajo, tío Will y Snopes parecían el traficante blanco y su capataz nativo, adiestrado como un papagayo, comerciando en el corazón de África.
       El capataz estaba adquiriendo muy de prisa las virtudes de la civilización. No se sabía lo que los Varner le pagaban, aunque sí que Will Varner nunca había pagado mucho por nada en toda su vida. Y sin embargo, aquel hombre que cinco meses antes recorría trece kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir al trabajo a lomos de una mula acostumbrada a tirar del arado, sobre una silla de montar desechada y atado a ella un pozal de hojalata con hojas verdes de nabo cocidas y frías o con guisantes, ahora no sólo dormía en una cama alquilada y comía caliente como un viajante de comercio, sino que también había hecho un considerable préstamo en efectivo (intereses y garantía desconocidos) a un residente de la aldea, y antes de que se desmotaran los últimos cargamentos de algodón se sabía ya que en cualquier momento se le podía pedir prestada cualquier cantidad comprendida entre veinticinco centavos y diez dólares, con tal de que el prestatario estuviera dispuesto a pagar bien aquel favor. La primavera siguiente, Tull, que había ido a Jefferson con un hato de ganado para expedirlo por ferrocarril, fue a ver a Ratliff, que, debido a un viejo problema con la vesícula biliar que se le reproducía periódicamente, guardaba cama en la casa de su propiedad que su hermana viuda le cuidaba. Tull le habló de un considerable rebaño de ganado de raza mixta que había pasado el invierno pastando en la granja que los Varner habían arrendado al padre de Flem por segundo año consecutivo: un rebaño que, para cuando llevaron a Ratliff a un hospital de Memphis, le operaron, regresó a su casa y se interesó una vez más por lo que sucedía a su alrededor, había ido creciendo gradual e ininterrumpidamente para luego desvanecerse de pronto, con la peculiaridad de que su desaparición había coincidido con la aparición de un rebaño de buenas vacas Hereford en otros pastos que Varner poseía y que conservaba él mismo como su granja personal, como si se tratase de una transformación mágica que hubiera llevado al rebaño completo e intacto de un sitio a otro, con la excepción de su cambio de aspecto y su evidente aumento de valor, ya que sólo más adelante se pudo saber que el ganado había alcanzado aquellos pastos mediante la ejecución de un embargo nominalmente a cargo de un banco de Jefferson. Bookwright y Tull fueron a ver a Ratliff y le contaron esto último.
       —Quizá estuvieron todo el tiempo en la caja fuerte del banco —dijo Ratliff, con voz débil—. ¿A quién dijo Will que pertenecían?
       —Dijo que eran de Snopes —respondió Tull—. Dijo: «Preguntadle a ese hijo de su madre que trabaja para Jody».
       —¿Y lo hicisteis? —dijo Ratliff.
       —Bookwright se lo preguntó. Y Snopes dijo: «Están en el pasto de Varner». Y Bookwright dijo: «Pero Will dice que son tuyas». Y Snopes volvió la cabeza, escupió y dijo: «Están en el pasto de Varner».
       Y Ratliff, enfermo, tampoco presenció el siguiente episodio. Tan sólo lo oyó de segunda mano, aunque para entonces se estuviera reponiendo, se encontrase ya lo bastante bien como para cavilar sobre ello, para reflexionar, curioso, astuto e inescrutable, recostado sobre almohadones en una silla junto a una ventana, desde donde podía contemplar el comienzo del otoño y sentir el tonificante aire luminoso de los mediodías de octubre. Alguien le contó cómo una mañana de aquella segunda primavera un hombre llamado Houston, seguido por un magnífico y solemne perro de caza con manchas azuladas, entró con un caballo en la herrería y vio, inclinado sobre la fragua y tratando de encender el fuego con el líquido de una lata oxidada, a un desconocido, joven, bien proporcionado, musculoso, que, al volverse, mostró un rostro sincero y ecuánime que empezaba a menos de dos centímetros por debajo del cuero cabelludo, y que le saludó con estas palabras:
       —¡Hola! Parece que no consigo encender el fuego. Cada vez que le echo un poco de queroseno se apaga todavía más. Fíjese —añadió, preparándose de nuevo para derramar el contenido de la lata.
       —Espere —dijo Houston—. ¿Es queroseno lo que hay en esa lata?
       —Estaba en aquella repisa —dijo el otro—. Tiene pinta de ser el tipo de lata donde se guarda queroseno. Está un poco oxidada, pero no he oído hablar nunca de queroseno que no ardiera aunque estuviera oxidado —Houston se acercó, cogió la lata y la olió. El otro le observaba mientras tanto. El espléndido perro, sentado en el umbral, los contemplaba a los dos—. No huele exactamente a queroseno, ¿verdad?
       —¡M…! —dijo Houston. Dejó la lata en la ennegrecida repisa, encima de la fragua—. Siga. Quite ese barro. Tendrá que empezar de nuevo. ¿Dónde está Trumbull?
       Trumbull era la persona que había estado casi veinte años encargado de la herrería, hasta aquella misma mañana.
       —No lo sé —dijo el otro—. No había nadie cuando llegué yo.
       —¿Y usted qué hace aquí? ¿Le mandó él?
       —No lo sé —dijo el otro—. Me ha contratado mi primo. Me dijo que estuviera aquí por la mañana, encendiera el fuego y me ocupara de la herrería hasta que llegara él. Pero cada vez que echo ese queroseno…
       —¿Quién es su primo? —preguntó Houston. En aquel momento un escuálido caballo de avanzada edad se acercó a buen paso, tirando de un ruidoso cochecillo muy baqueteado, una de cuyas ruedas conservaba la verticalidad mediante dos tablillas cruzadas, y daba la impresión de que sólo su propio impulso la mantenía intacta y que en el instante en que se detuviera, se derrumbaría transformándose en astillas.
       El vehículo estaba ocupado por otro desconocido —un hombrecillo endeble al que no parecían pertenecer ninguna de las prendas que llevaba puestas, con cara de comadreja parlanchina— que detuvo el coche gritando al caballo como si hubiera todo un campo de distancia entre los dos, se apeó y entró en la herrería sin parar de hablar.
       —Buenas, buenas —dijo, mirando a todas partes al mismo tiempo con sus brillantes ojos—. Quiere herrar ese caballo, ¿no es cierto? Bien, bien: salvada la pezuña se salva todo. Un animal con buen aspecto. He visto otro considerablemente mejor en un campo hace un rato. Pero eso no importa; quiéreme a mí, quiere a mi caballo; a caballo regalado, no le mires el diente; si los deseos fuesen caballos, todos tendríamos purasangres. ¿Qué sucede? —le dijo al individuo del mandil. Se detuvo un momento, aunque siguió dando la impresión de moverse violentamente, como si la actitud y posición de su ropa no diera la menor indicación de lo que el cuerpo que la ocupaba pudiera estar haciendo; de hecho, ni siquiera si seguía dentro—. ¿Todavía no has encendido el fuego? Vamos a ver —se abalanzó sobre la repisa; pareció colocarse bajo ella sin aumentar en lo más mínimo su aire de violenta movilidad, y había bajado la lata, la había olido y se preparaba ya a vaciarla sobre los carbones de la fragua antes de que nadie pudiera moverse. Pero Houston se interpuso en el último segundo, le quitó la lata y la arrojó fuera de la herrería.
       —Acabo de quitarle a su amigo de las manos esos condenados orines de cerdo —dijo Houston—. ¿Qué demonios pasa? ¿Qué ha sido de Trumbull?
       —Ah, se refiere usted al individuo que solía estar aquí —dijo el recién llegado—. Se le ha rescindido el contrato de alquiler. Ahora soy yo el arrendatario de la herrería. Me llamo Snopes. I. O. Snopes. Éste es mi primo, Eck Snopes. Es el mismo establecimiento de siempre, el mismo sitio; tan sólo la escoba es nueva
[es decir, está haciendo alusión al dicho New brooms sweep clean: Las escobas nuevas barren mejor].
       —Me tiene sin cuidado cómo se llame —dijo Houston—. ¿Sabe herrar un caballo?
       De nuevo el recién llegado se volvió hacia el hombre del mandil, gritándole como había gritado antes al caballo:
       —De acuerdo. De acuerdo. Enciende el fuego.
       Después de observarles un momento, Houston tomó la iniciativa y se logró encender el fuego.
       —Acabará aprendiendo —dijo el recién llegado—. Sólo hay que darle un poco de tiempo. Es hábil con las herramientas, aunque no tenga mucha práctica como herrero. Pero si uno alaba en lugar de criticar, algo bueno saldrá de ahí. Déjele practicar unos cuantos días y herrará un caballo tan de prisa como Trumbull o cualquier otro.
       —Este caballo lo voy a herrar yo —dijo Houston—. Me basta con que él siga dándole al fuelle. Creo que eso podrá hacerlo sin necesidad de practicar antes.
       Sin embargo, después de que la herradura tomase la forma adecuada y se enfriara en la tina, el recién llegado se lanzó de nuevo a la acción. Fue como si pillara completamente por sorpresa no sólo a Houston, sino también a sí mismo, como si le dominara la cualidad comadrejil de existir independientemente de la ropa que llevaba, de manera que aunque se la pudiera agarrar y sujetar no se podría evitar que el cuerpo hiciera lo que iba a hacer hasta que el daño resultase irremediable; convertido en una furiosa concentración de energía en simultánea disipación y capaz de desvanecerse un instante después de que la intención tomara forma, el recién llegado se lanzó entre Houston y el casco levantado, golpeó vigorosamente la herradura, llegándole al animal a lo vivo con el segundo martillazo, y fue arrojado, martillo incluido, en la artesa más grande por el caballo desbocado que Houston y el hombre del mandil finalmente acorralaron e inmovilizaron, mientras Houston sacaba de un tirón clavo y herradura, los arrojaba en un rincón, y hacía retroceder, lleno de indignación, al caballo para sacarlo de la herrería, mientras el perro se levantaba y recobraba tranquilamente su posición a la distancia adecuada detrás de su amo.
       —Y puede decirle a Will Varner, si es que le importa un comino, aunque evidentemente no sea ése el caso —dijo Houston—, que me he ido a Whiteleaf a que le pongan la herradura a mi caballo.
       La herrería y el almacén estaban enfrente una de otro, separados únicamente por la carretera. Había ya varios desocupados en el porche, que vieron cómo Houston, seguido del majestuoso y tranquilo perro, se alejaba con el caballo. Ni siquiera les hizo falta cruzar la carretera para ver a uno de los desconocidos, porque instantes después el de menor tamaño y mayor edad se dirigió hacia el almacén, con la ropa que aún seguiría dando la impresión de no pertenecerle el día en que se le cayera a pedazos del cuerpo, su rostro contraído de persona habladora y sus relucientes ojos inquietos. Subió los escalones saludándoles ya. Todavía sin dejar de hablar entró en el almacén, su voz incansable y rápida y sin sentido, como algo que hablara consigo mismo acerca de nada en una cueva vacía. Salió de nuevo, hablando todavía:
       —Bien, caballeros, lo viejo se marcha y viene lo nuevo. La competencia es la vida del comercio, y aunque una cadena no sea más sólida que su eslabón más débil, creo que descubrirán ustedes que ese muchacho de ahí enfrente no es un junco sin fuerza que tenga que apoyarse en nada una vez que se ponga al día. La herrería es la misma, el mismo sitio; sólo la escoba es nueva y quizá no se le puedan enseñar trucos nuevos a un perro viejo, pero uno joven y con buena voluntad puede aprender cualquier cosa. Basta con darle tiempo; un penique en el agua paga intereses cuando llega la crecida. Bueno, bueno; todo diversión y nada de trabajo, como decía aquél, pueden hacer a Jack tan agudo que se corte él mismo. Les deseo muy buenos días, caballeros —siguió caminando y se subió al cochecillo sin dejar de hablar un instante al nuevo herrero, el siguiente al escuálido caballo, y sin hacer la menor pausa para indicar a los oyentes a quién se dirigía. Finalmente se alejó, mientras los hombres de la galería le seguían con la vista sin expresión alguna en el rostro. A lo largo del día cruzaron la carretera, uno a uno, para entrar en la herrería y ver al segundo desconocido: el rostro vacío, tranquilo, sincero, que parecía haber sido una simple secuela de cubrir el cráneo con pelo, como el ribeteado de una alfombra, algo perfectamente inofensivo. Un hombre se presentó con una carreta que tenía rota una barra lateral de refuerzo. El nuevo herrero logró incluso repararla, aunque le llevó la mayor parte de la mañana; trabajó sin interrupción, pero en un estado de sonambulismo gracias al cual lo que en realidad vivía dentro de él funcionaba al parecer en algún otro lugar, sin ocuparse ni manifestar interés alguno por lo que sus manos hacían, ni tampoco por el dinero que pudiera ganar; laborioso, de movimientos lentos, dando la impresión de no llegar a ninguna parte aunque al final la reparación quedase terminada. Por la tarde apareció Trumbull, el antiguo herrero. Pero si los espectadores habían esperado junto al almacén para ver lo que sucedía cuando llegase quien por lo menos hasta la noche anterior debía de creerse aún el legítimo ocupante del establecimiento, quedaron chasqueados. Atravesó la aldea con su mujer en una carreta cargada con artículos de uso doméstico. Si llegó a mirar en dirección a su antigua herrería nadie le vio hacerlo: un hombre de edad avanzada pero todavía saludable, adusto y eficiente, que nunca había estimulado la curiosidad de sus vecinos hasta ese día. Nunca más volvieron a verle.
       Pocos días más tarde se supo que el nuevo herrero se hospedaba en la casa donde vivía Flem, su primo (o cualquiera que fuese su parentesco: nadie lo sabía con seguridad), y que los dos dormían juntos en la misma cama. Seis meses más tarde el herrero se había casado con una de las hijas de la familia que les alojaba. Diez meses después paseaba los domingos por la aldea con un cochecito de niño (en otro tiempo, o todavía, propiedad de Will Varner, como la silla de montar de su primo), acompañado por un chiquillo de unos cinco o seis años, hijo suyo, de una esposa anterior que la aldea tampoco sabía que hubiera tenido nunca, indicando con ello que su vida privada, la sexual por lo menos, contaba con una fuerza y un movimiento considerablemente mayores de lo que parecían indicar las apariencias de su vida pública. Pero eso salió a la luz más adelante. Todo lo que ahora vieron los habitantes de la aldea fue que tenían un herrero nuevo: un hombre que no era perezoso, lleno de buenas intenciones, servicial y siempre amable e incluso generoso, pero con una capacidad de coordinación de límites muy precisos, más allá de los cuales, diseños, planes y modelos se desvanecían, desintegrándose en sus inanimados componentes de trozos de madera, tiras de hierro y herramientas inútiles.
       Dos meses después, Flem Snopes construyó una nueva herrería en la aldea. Contrató a otras personas para que la hicieran, por supuesto, pero se pasaba allí la mayor parte del día, viéndola crecer. Fue ésta no sólo la primera de sus actividades en la aldea a la que se le pudo ver unido por yuxtaposición física, sino también la primera que Flem no sólo admitió, sino que afirmó, anunciando tranquila y categóricamente que la estaba construyendo para que la gente recibiera otra vez un servicio adecuado. Compró un equipo completamente nuevo a precio de costo por mediación del almacén y contrató al granjero joven que durante los meses desocupados entre la siembra y la recolección había sido el aprendiz de Trumbull. Al cabo de un mes la nueva herrería contaba con todo el trabajo que Trumbull había tenido y tres meses después de aquello Snopes había vendido el nuevo establecimiento —clientela, buena voluntad y equipo nuevo— a Varner, recibiendo a cambio el antiguo equipo de la vieja herrería, que vendió a un chatarrero, trasladando a continuación el nuevo equipo a la antigua herrería y vendiendo el nuevo edificio a un granjero como establo para vacas, sin tener que pagar un céntimo por el traslado y colocando ahora a su pariente como aprendiz del nuevo herrero, punto en el que hasta Ratliff había perdido cuenta de los beneficios que Snopes pudiera haber sacado de todo ello. Pero supongo que me puedo imaginar lo demás, se dijo a sí mismo, sentado junto a la soleada ventana, un poco pálido, pero prácticamente recuperado. Casi era capaz de verlo: por la noche, en el almacén, la puerta atrancada desde el interior y la lámpara encendida sobre el escritorio iluminando al dependiente que no cesaba de mascar mientras Jody Varner, de pie a su lado, en un estado de ánimo que le impedía sentarse, con mucho más en los ojos de lo que había habido en ellos el otoño anterior, estremeciéndose, temblando, decía con voz entrecortada: «Sólo quiero hacerte una pregunta muy simple y muy sencilla, y quiero un simple y sencillo SÍ o NO como respuesta: ¿Cuántos más quedan? ¿Cuánto tiempo va a seguir esto? Exactamente, ¿cuánto me va a costar proteger un condenado pajar repleto de heno?».


2

      Había estado enfermo y todavía se le notaba cuando —la calesa una vez más con una nueva máquina de coser en la caja con forma de perrera y los recios jacos, gordos y relucientes después de un año de holganza, atados en un callejón vecino— se sentó ante el mostrador de un pequeño restaurante en una calle lateral (restaurante en el que tenía una participación como socio capitalista), con una taza de café en la mano y en el bolsillo un contrato para vender cincuenta cabras a un tipo del norte que había instalado recientemente un rancho de cabras en la zona oeste del condado. Se trataba en realidad de un subcontrato que Ratliff había comprado, al precio de veinticinco centavos la cabeza, a la persona que había cerrado el trato con el comprador a setenta y cinco centavos por animal, pero que no estaba en condiciones de cumplirlo. Ratliff había comprado el subcontrato porque sabía de la existencia de un rebaño de cincuenta y pico cabras en una zona muy poco frecuentada, cerca de la aldea de Frenchman’s Bend, rebaño que el primer contratante no había sabido encontrar y que Ratliff confiaba en adquirir ofreciendo al propietario la mitad de los beneficios.
       Ahora iba a trasladarse a Frenchman’s Bend, aunque todavía no se había puesto en camino e ignoraba cuándo lo haría exactamente. Llevaba ya un año sin aparecer por la aldea. Tenía muchas ganas de visitarla, no sólo por el placer de hacer tratos que pusieran de manifiesto su sagacidad, placer que trascendía con mucho el del mero beneficio económico, sino por la pura felicidad de abandonar la cama y moverse una vez más con plena libertad, aunque todavía algo débil, en el sol y en el aire que los hombres bebían y en los que se movían y en los que hablaban y hacían tratos unos con otros: un placer del que no pequeña parte descansaba en el hecho de que aún no se había puesto en camino y de que no había absolutamente nada ni en la tierra ni en el cielo que le obligara a ponerse en marcha hasta que él quisiera hacerlo. No se sentía ya débil, se limitaba simplemente a disfrutar de esa languidez extraordinariamente elemental de la convalecencia en la que tiempo, prisa, hacer cosas, no existe; donde la acumulación de segundos, minutos y horas de la que el cuerpo, cuando disfruta de buena salud, es esclavo tanto en la vigilia como en el sueño, invierte su relación y el tiempo se convierte en el adulador y el pordiosero del placer del cuerpo en lugar de uncirlo a su desenfrenada carrera. De manera que allí estaba, delgado, con la limpia camisa azul recién lavada, que ahora le quedaba demasiado amplia, pero con muy buen aspecto en realidad, con el suave color moreno de su tez convertido no en palidez, sino tan sólo algunos tonos más claro, de aspecto más limpio, irradiando de hecho una especie de delicada robustez, como la de alguna rara planta silvestre, resistente y sin aroma, que floreciera bajo el calcañar mismo de la nieve invernal, acunando la taza de café con una mano enflaquecida y hablando de su operación a tres o cuatro oyentes con una voz irónica y perspicaz que hubiera necesitado de bastante más que una simple enfermedad para sufrir algo de mayor importancia que una ligera disminución de volumen, cuando entraron dos hombres. Eran Tull y Bookwright. Este último llevaba un látigo enrollado sobre la empuñadura y metido en el bolsillo de atrás del mono.
       —¿Qué tal, chicos? —dijo Ratliff—. Llegáis muy pronto.
       —Quieres decir tarde —respondió Bookwright. Tull y él se acercaron al mostrador.
       —Llegamos anoche con algo de ganado que hay que facturar hoy —dijo Tull—. Así que estabas en Memphis. Ya me parecía que te había echado de menos.
       —Le hemos echado todos de menos —dijo Bookwright—. Mi mujer hace casi un año que no habla de la nueva máquina de coser de nadie. Vamos a ver, ¿qué es lo que te quitó ese tipo de Memphis?
       —La cartera —dijo Ratliff—. Imagino que por eso me durmió primero.
       —Te durmió primero para que no le vendieras una máquina de coser o un montón de juegos de cuchillas antes de que pudiera abrir la navaja —dijo Bookwright. El camarero les puso delante dos platos de pan y mantequilla, deslizándolos sobre el mostrador.
       —Yo quiero un filete —dijo Tull.
       —Yo no —dijo Bookwright—. Llevo dos días sin ver otra cosa que traseros de vaca embadurnados. Eso sin mencionar el tener que sacarlos de los maizales y de las huertas. Tráeme algo de jamón y media docena de huevos fritos —empezó a comerse el pan, devorándolo. Ratliff giró levemente en su taburete para verlos de frente.
       —De manera que se me ha echado de menos —dijo—. Hubiera pensado que a estas alturas tendríais tantos conciudadanos nuevos en Frenchman’s Bend como para no echar de menos a una docena de viajantes de máquinas de coser. ¿Cuántos parientes ha llevado Flem Snopes a vivir allí hasta el momento? ¿Dos más, o sólo tres?
       —Cuatro —dijo Bookwright, lacónicamente, sin dejar de comer.
       —¿Cuatro? —dijo Ratliff—. Eso incluye al herrero…, quiero decir el que está en la herrería hasta que llega la hora de volver a casa y comer de nuevo… ¿Cómo se llama? Eck. Y ese otro, el contratista, el ejecutivo…
       —Será el nuevo maestro el año que viene —dijo Tull apaciblemente—. O, por lo menos, eso afirman.
       —No, no —dijo Ratliff—. Estoy hablando de los Snopes. Del otro. I. O. El que Jack Houston tiró a la artesa de la herrería.
       —De ése se trata —dijo Tull—. Aseguran que va a enseñar en la escuela el año que viene. El maestro que teníamos se marchó de repente al terminar las navidades. Imagino que tampoco has oído hablar de eso.
       Pero Ratliff no estaba escuchando. No pensaba en el otro maestro. Se quedó mirando a Tull, desconcertado hasta el punto de perder por un momento su irónico aplomo.
       —¿Cómo? —dijo—. ¿Enseñar en la escuela? ¿Ese tipo? ¿Ese Snopes? ¿El que entró en la herrería la mañana que Jack Houston…? Escucha, Odum —añadió—; he estado enfermo, pero juraría que la enfermedad no me ha echado a perder el oído.
       Bookwright no contestó. Se había acabado el pan; inclinándose, cogió un trozo del plato de Tull.
       —No te lo estás comiendo —dijo—. Le diré que traiga más dentro de un momento.
       —Vaya —dijo Ratliff—. Quién lo hubiera dicho. Supe que había algo que no funcionaba tan pronto como le vi. Era eso. Estaba delante de algo que no iba con él: una herrería o un campo arado. Pero enseñar en la escuela. Es sólo que no se me había ocurrido todavía. Pero es perfecto, no hay duda. Ha encontrado el único sitio en el mundo, o en Frenchman’s Bend, donde no sólo podrá usar sus refranes durante todo el día, sino que además le pagarán por hacerlo. Vaya —dijo—. Así que Will Varner ha atrapado por fin a ese oso. Flem se ha comido el almacén, se ha comido la herrería y ahora está empezando con la escuela. Después de eso ya no queda más que la casa de Will. Claro está que a continuación tendrá que ocuparse de vosotros, muchachos, pero esa casa le llevará algún tiempo, porque Will…
       Bookwright lanzó una especie de gruñido. Terminó la rebanada de pan que había cogido del plato de Tull y llamó al camarero.
       —Oiga. Tráigame un trozo de empanada mientras espero.
       —¿Qué clase de empanada, señor Bookwright? —dijo el camarero.
       —Empanada de comer —dijo Bookwright.
       —… porque quizá resulte un poco difícil desalojar a Will de su casa —continuó Ratliff—. Puede que incluso ponga la raya ahí definitivamente. Así que tal vez Flem tenga que empezar con vosotros antes de lo que pensaba…
       Bookwright volvió a lanzar una especie de gruñido, más seco que el anterior. El camarero le mandó la empanada deslizando el plato sobre el mostrador. Ratliff se le quedó mirando.
       —De acuerdo —dijo—. ¿Qué significa ese ruido?
       Bookwright, con el trozo de empanada delante de la boca, volvió hacia Ratliff un rostro moreno y colérico.
       —La semana pasada estaba sentado sobre el montón de serrín en el aserradero de Quick. Su fogonero y otro negro estaban llevando astillas a paletadas hacia la caldera para encender el fuego. Oí lo que decían. El fogonero necesitaba que le prestaran algún dinero, pero Quick no se lo quería dar. «Vete a ver al señor Snopes, en el almacén», le dijo el otro negro. «Seguro que te lo presta. A mí me dejó cinco dólares hace más de dos años y todo lo que hago es ir los sábados por la noche al almacén y pagarle diez centavos. Y no me ha mencionado los cinco dólares ni una sola vez.» —luego Bookwright volvió la cabeza y mordió la empanada, llevándose por delante un poco menos de la mitad. Ratliff le contempló con una leve expresión irónica que era casi una sonrisa.
       —Vaya, vaya —dijo—. Así que trabaja por arriba y por abajo simultáneamente. A ese paso tendrá que pasar algún tiempo antes de que recurra a vosotros, los blancos corrientes que estáis en el medio —Bookwright dio otro enorme bocado a la empanada. El camarero le trajo su comida y la de Tull, y Bookwright se metió en la boca el resto de la empanada. Tull se puso a cortar el filete en trozos pequeños con mucho cuidado, como si estuviera preparando la comida de un niño. Ratliff no los perdía de vista—. ¿Es que ninguno de vosotros tiene intención de hacer nada? —dijo.
       —¿Qué podemos hacer? —dijo Tull—. Es cierto que no está bien. Pero no es asunto nuestro.
       —Creo que a mí se me ocurriría algo si viviera allí —dijo Ratliff.
       —Sí —dijo Bookwright. Se estaba comiendo el jamón como había hecho con la empanada—. Y terminarías con una de esas corbatas de lazo en lugar de la calesa y el par de caballos. Tendrías sitio para llevarla.
       —Seguro —dijo Ratliff—. Quizá tengas razón —dejó de mirarles y levantó la cucharilla, pero en seguida volvió a bajarla—. Esta taza parece que tiene una corriente de aire —le dijo al camarero—. Será mejor que me la caliente un poco. Podría helarse y estallar, y entonces tendría que pagarla también —el camarero le quitó la taza, volvió a llenarla y se la devolvió deslizándola por el mostrador. Ratliff echó azúcar y la movió cuidadosamente, con la misma expresión apenas perceptible a la que se ha llamado sonrisa por falta de otro apelativo mejor. Bookwright había revuelto violentamente los seis huevos y ahora se los estaba comiendo ruidosamente con una cuchara. Los dos comían de prisa, aunque Tull consiguiera además hacerlo con minucioso decoro. No hablaron más; vaciaron los platos por completo, se levantaron, fueron al mostrador de los cigarros puros y pagaron la cuenta.
       —O quizá con las zapatillas con suela de goma —dijo Bookwright—. Ya hace un año que no se las pone. No. Si yo fuera tú iría desnudo para empezar. Así no sentirías el frío al volver.
       —Claro —dijo Ratliff mansamente. Después de que se marcharan siguió bebiéndose el café a pequeños sorbos despaciosos, hablando de nuevo con los tres o cuatro oyentes y terminando la historia de su operación. Luego se levantó también, pagó el café escrupulosamente y se puso el abrigo. Estaban ya en marzo, pero el médico le había dicho que lo llevara, y una vez en el callejón Ratliff permaneció durante un rato junto a la calesa y los recios jacos, demasiado gordos por la inactividad y relucientes con su pelaje nuevo después de perder el del invierno, contemplando en silencio la caja con forma de perrera donde, bajo la pintura cuarteada de sus descoloridas e increíbles rosas, los rostros de las mujeres le sonreían con inmóviles y ciegas expresiones de cordial bienvenida. Habría que volver a pintarla durante el año; tendría que ocuparse de ello. Ha de ser algo que arda, pensó. Y a su nombre. Que se sepa que está a su nombre. Sí, pensó, si yo me llamara Will Varner y el apellido de mi socio fuese Snopes creo que insistiría en que por lo menos parte de nuestra propiedad en común, la parte capaz de arder en cualquier caso, estuviese a su nombre. Ratliff echó a andar lentamente, con el abrigo bien abotonado. Era el único que se veía. Pero los enfermos mejoran de prisa al sol; quizá cuando volviera a la ciudad ya no lo necesitase. Y muy pronto tampoco le haría falta el chaleco que llevaba debajo: mayo y junio, el verano, los largos y agradables días de calor. Siguió andando, exactamente con el mismo aspecto de siempre salvo la flacura y la palidez, deteniéndose un par de veces para decir a dos personas distintas que sí, que ya se sentía bien, que el médico de Memphis había cortado evidentemente lo que debía cortar, ya fuese aposta o por accidente; luego cruzó la plaza bajo la marmórea mirada en sombras del soldado de la Confederación y entró en el juzgado y en la oficina del catastro, donde encontró lo que buscaba: unas cien hectáreas de tierras, con edificios, registradas a nombre de Flem Snopes.
       A última hora de la tarde Ratliff se hallaba en la calesa, detenida en un estrecho camino entre las colinas, leyendo el nombre de un buzón de correos. La estaca que lo sostenía era nueva, pero el buzón no. Estaba muy viejo y estropeado; daba la impresión de que en algún momento había sido completamente aplastado por algo así como una rueda de carreta y enderezado luego, pero las torpes letras del nombre podrían no llevar pintadas más de un día. Daban la impresión de gritarle, todo mayúsculas, MINKSNOPES, despatarradamente, sin espacio entre las dos palabras, prolongándose hacia afuera, hacia arriba y sobre la curva de la parte superior para dar cabida a las últimas letras. Ratliff torció inmediatamente después por un sendero con rodadas terminadas en una decrépita cabaña con dos habitaciones, semejante a las incontables distribuidas por las remotas zonas montañosas que él recorría en sus viajes. La cabaña estaba construida sobre una colina; debajo había un sucio corral lleno de estiércol pisoteado y un granero tan inclinado en la dirección de la pendiente como para que un soplo pudiera derribarlo. Un hombre salía de él, con una herrada de leche, y Ratliff supo en seguida que alguien le estaba vigilando desde la casa aunque él no hubiera visto a nadie. Tiró de las riendas para que se detuvieran los caballos, pero no se apeó.
       —Qué tal —dijo—. ¿El señor Snopes? Le traigo su máquina de coser.
       —¿Me ha traído qué? —dijo el hombre desde el corral. Cruzó el portón y dejó la herrada en el extremo del combado porche. Era de estatura media tirando a baja pero delgado, con una sola ceja muy poblada cruzándole la frente. Los ojos son los mismos, pensó Ratliff.
       —Su máquina de coser —dijo amablemente. Luego vio con el rabillo del ojo a una mujer en el porche: una mujer de huesos grandes, facciones duras y cabellos increíblemente amarillos que había salido de la casa con mucha más agilidad y rapidez de lo que hubiera podido presagiar el hecho de que iba descalza. Detrás de ella había dos niños pelirrubios. Pero Ratliff no volvió la vista hacia la mujer. Siguió mirando al hombre, con expresión cortés y amable.
       —¿Qué es eso? —dijo la mujer—. ¿Una máquina de coser?
       —No —dijo el hombre. Tampoco él la miró. Se estaba acercando a la calesa—. Vuélvete a casa.
       La mujer no le hizo caso. Bajó del porche, moviéndose de nuevo con una rapidez y coordinación en desacuerdo con su tamaño. Miró a Ratliff con ojos claros llenos de dureza.
       —¿Quién le dijo que la trajera? —preguntó.
       Ahora Ratliff fijó en ella los ojos, con expresión todavía cortés, todavía amable.
       —¿Me habré equivocado? —dijo—. Recibí el recado en Jefferson y venía de Frenchman’s Bend. Decía Snopes. Supuse que se trataba de usted, debido a su… ¿primo? —ninguno de los dos habló, mirándole fijamente—. Flem. Si fuese para él, habría esperado a que llegase yo allí. Sabe que llego mañana. Supongo que tendré que asegurarme.
       —Entonces llévesela. Si Flem Snopes le mandó recado acerca de algo que cuesta más de cinco centavos no es para regalarlo. Por lo menos no para regalárselo a sus parientes. Llévesela a Frenchman’s Bend.
       —Te he dicho que entres en casa —dijo el hombre—. Vamos.
       La mujer no le miró. Rió ásperamente y sin interrupción, mirando a Ratliff.
       —No para regalar —dijo—. No el hombre que es dueño de cien cabezas de ganado y tiene a su nombre un granero y pastos con que alimentarlas.
       El hombre se volvió, dirigiéndose hacia ella. La mujer giró también y empezó a gritarle, mientras los dos niños contemplaban tranquilamente a Ratliff desde detrás de sus faldas, como si fueran sordos o como si vivieran en un mundo que no era el de la mujer que gritaba, igual que podrían hacerlo dos perros.
       —¡Niégalo si puedes! ¡Te dejaría pudrir y morirte aquí tan feliz y tan contento y tú lo sabes! ¡Tu pariente del que estás tan orgulloso porque trabaja en un almacén y lleva corbata de lazo todo el día! Pídele que te dé sólo un saco de harina y veremos lo que consigues. ¡Pídeselo! ¡Quizá te dé una de sus corbatas viejas algún día para que tú también te vistas como un Snopes!
       El hombre siguió avanzando hacia ella. No dijo nada. Era el más pequeño de los dos; se dirigió hacia ella con un curioso aspecto implacable y tímido al mismo tiempo, casi respetuoso, hasta que la mujer no resistió y se volvió rápidamente en dirección a la casa, empujando delante de ella a los niños, que siguieron mirando a Ratliff por encima del hombro. Mink Snopes se acercó a la calesa.
       —¿Dice que el recado era de Flem? —dijo.
       —He dicho que venía de Frenchman’s Bend —respondió Ratliff—. El apellido que se mencionó fue Snopes.
       —¿Quién era esa persona que parece haber mencionado tantas veces a los Snopes?
       —Un amigo —dijo Ratliff—. Al parecer cometió una equivocación. Le ruego que me disculpe. ¿Llegaré a la carretera del puente Whiteleaf si sigo ese sendero?
       —Si Flem le mandó recado de que la dejara aquí, será mejor que la deje.
       —Acabo de decirle que creía haber cometido una equivocación y le he pedido que me disculpe —dijo Ratliff—. Ese sendero…
       —Ya veo —dijo el otro—. Eso significa que quiere usted algo de dinero en efectivo. ¿Cuánto?
       —¿Se refiere a la máquina?
       —¿De qué cree que estoy hablando?
       —Diez dólares —dijo Ratliff—. Y un pagaré a seis meses por veinte más. Para la época de la cosecha.
       —¿Diez dólares? Con el recado de…
       —Ahora no estamos hablando de recados —dijo Ratliff—. Estamos hablando de una máquina de coser.
       —Déjelo en cinco.
       —No —respondió Ratliff amablemente.
       —De acuerdo —dijo el otro, dándose la vuelta—. Vaya haciendo el pagaré.
       Mientras entraba en la casa, Ratliff se apeó, fue a la parte de atrás de la calesa, abrió la puerta de la perrera y de debajo de la máquina nueva sacó una caja de hojalata con recado de escribir que contenía una pluma, una botella de tinta cuidadosamente tapada y un talonario de pagarés. Estaba rellenando uno cuando Snopes reapareció a su lado. Tan pronto como la pluma de Ratliff se detuvo, el otro corrió el pagaré en dirección suya, cogió la pluma de la mano de Ratliff, la mojó y firmó, todo en un movimiento sin interrupciones, sin leer siquiera lo que firmaba; luego empujó el pagaré hacia Ratliff y se sacó algo del bolsillo que Ratliff no miró porque estaba contemplando el pagaré recién firmado con rostro perfectamente inexpresivo.
       —Ha firmado usted con el nombre de Flem Snopes —dijo tranquilamente.
       —Sí —dijo el otro—. ¿Y eso qué importa? —Ratliff se le quedó mirando—. Entiendo. También quiere usted mi nombre, de manera que en cualquier caso uno de los dos no pueda negar que ha firmado. De acuerdo —cogió el pagaré, escribió de nuevo en él y lo devolvió—. Y aquí tiene los diez dólares. Écheme una mano con la máquina.
       Pero Ratliff siguió sin moverse, porque no era dinero, sino un trozo de papel lo que Mink le había dado: un trozo de papel con varios dobleces, con los bordes estropeados y sucios. Al abrirlo vio que era otro pagaré. Estaba fechado hacía algo más de tres años, por un valor de diez dólares con intereses, pagaderos un año después de la fecha indicada, a Isaac Snopes o al portador, y lo firmaba Flem Snopes. Por debajo estaba endosado (y Ratliff reconoció la misma letra que acababa de estampar las dos firmas en el primer pagaré) a Mink Snopes por Isaac Snopes (X) su marca, y debajo y siempre con la misma letra y seco ya (tal vez incluso por medio de un secante) a V. K. Ratliff, por Mink Snopes, y Ratliff lo estuvo mirando en total silencio y con gran solemnidad durante casi un minuto.
       —Está bien —dijo el otro—. Flem y yo somos sus primos. Nuestra abuela nos dejó a los tres diez dólares por cabeza. Teníamos que recibirlos cuando el más pequeño, es decir, Isaac, cumpliera los veintiuno. Flem necesitó dinero y se los pidió prestados con ese pagaré. Luego Isaac necesitó también dinero hace algún tiempo y yo le compré el pagaré de Flem. Pero si quiere usted saber de qué color tiene los ojos o cualquier otra cosa, podrá verlo por sí mismo cuando llegue a Frenchman’s Bend, porque ahora vive allí con Flem.
       —Ya veo —dijo Ratliff—. Isaac Snopes. ¿Y dice usted que tiene ya veintiún años?
       —¿Cómo habría dispuesto si no de los diez dólares para prestárselos a Flem?
       —Claro —dijo Ratliff—. Sólo que esto no son exactamente diez dólares en efectivo…
       —Escuche —dijo el otro—. No sé qué es lo que se propone hacer, ni tampoco me importa. Pero no crea que me engaña más de lo que yo le engaño a usted. Si no estuviera seguro de que Flem le va a pagar el primero no lo habría aceptado. Y si no le da miedo ése, ¿por qué se lo va a dar este otro, por menos dinero y la misma máquina de coser, cuando hace más de dos años que se puede cobrar, según la ley? Llévele los dos pagarés a Flem. No tiene más que dárselos. Y luego le añade un recado de mi parte. Diga «De un primo que todavía rasca la tierra para seguir vivo, a otro que ha dejado de rascar la tierra para ser dueño de un rebaño de vacas y de un henil». Sólo tiene que darle ese recado. Y será mejor que se lo vaya repitiendo por el camino para estar seguro de que no se le olvida.
       —No tiene que preocuparse por eso —dijo Ratliff—. ¿Me lleva este camino hasta el puente Whiteleaf?
       Aquella noche la pasó en casa de unos familiares (había nacido y se había criado no muy lejos de allí) y llegó a Frenchman’s Bend la tarde del día siguiente. Después de soltar a los caballos en el corral de la señora Littlejohn fue andando hasta el almacén, cuyo porche parecía seguir ocupado por los mismos hombres que habían estado allí la última vez que lo viera, hacía un año, incluido Bookwright.
       —Bien, chicos —dijo—. Ya veo que tenemos quórum, como de costumbre.
       —Bookwright dice que fue la cartera lo que te quitó aquel tipo de Memphis —dijo uno—. No es extraño que hayas tardado un año en recuperarte. Sólo me sorprende que no te murieras al echarle mano y descubrir que no estaba.
       —Fue entonces cuando me levanté —dijo Ratliff—. Si no aún seguiría allí tumbado.
       Entró en el almacén. La parte delantera estaba vacía, pero no se detuvo, ni siquiera lo bastante para que sus pupilas contraídas se acostumbraran a la oscuridad, como cabría esperar. Se llegó hasta el mostrador, diciendo amablemente:
       —Qué tal, Jody. Qué tal, Flem. No os molestéis; lo cogeré yo mismo.
       Varner, de pie junto al escritorio donde se sentaba el dependiente, levantó la vista.
       —Así que ya estás bien —dijo.
       —Estoy ocupado —respondió Ratliff, yendo detrás del mostrador y abriendo la única estantería acristalada en cuyo interior había un revoltijo de cordones para zapatos, peines, tabaco, específicos farmacéuticos y caramelos baratos—. Tal vez sea la misma cosa —empezó a escoger bastones de caramelo con rayas de colores chillones con mucha atención, eligiendo algunos y rechazando otros. No miró ni una sola vez hacia el fondo del almacén, donde el dependiente sentado junto al escritorio no había alzado los ojos todavía—. ¿Sabéis si el tío Ben Quick estará en casa?
       —¿Dónde podría ir si no? —respondió Varner—. Pero creía que ya le habías vendido una máquina de coser hace dos o tres años.
       —Claro —dijo Ratliff, dejando un bastón de caramelo y cambiándolo por otro—. Por eso quiero que esté en casa: para que su familia se ocupe de él cuando se desmaye. Esta vez soy yo quien le va a comprar algo.
       —¿Qué demonios tiene para que vengas desde tan lejos a comprárselo?
       —Una cabra —dijo Ratliff. Ahora estaba contando los bastones de caramelo metidos en una bolsa.
       —¿Una qué?
       —Lo que oyes —dijo Ratliff—. No lo hubieras adivinado, ¿verdad? Pero no hay más cabras en el condado de Yoknapatawpha ni en el de Grenier que las del tío Ben.
       —No; no lo hubiese adivinado —dijo Varner—. Pero lo que todavía me resulta más curioso es para qué quieres esa cabra.
       —¿Para qué quiere una persona una cabra? —dijo Ratliff. Se trasladó hasta la jaula del queso y dejó una moneda en la caja de puros—. Para que tire de una carreta. Espero que tú y el tío Will y la señorita Maggie estéis todos bien.
       Varner lanzó una exclamación y se volvió hacia el escritorio. Pero Ratliff no se detuvo a verlo. Salió al porche, ofreciendo caramelos a todo el mundo.
       —Órdenes del médico —dijo—. Probablemente me enviará ahora otra factura de diez centavos por haberme aconsejado que coma cinco centavos de caramelos. Pero eso no me importa en realidad. Lo que me importa es que me haya mandado que pase mucho tiempo sentado —se quedó mirando, amable e irónico, a los individuos que ocupaban el banco sujeto a la pared, directamente debajo de una de las ventanas situadas a los lados de la puerta. El banco era un poco más largo que ancha la ventana. Al cabo de un momento, un individuo sentado en un extremo del banco se levantó.
       —Está bien —dijo—. Ven y siéntate. Aunque no estés enfermo probablemente te pasarás los próximos seis meses fingiendo que lo estás.
       —Supongo que tengo que sacarle algún rendimiento a los setenta y cinco dólares que me ha costado la operación —dijo Ratliff—. Aunque sólo sea aprovecharme de la gente durante una temporada. Pero os las habéis arreglado para dejarme en una corriente. Vosotros, moveos un poco y dejad que me siente en el centro —los otros se corrieron y le hicieron sitio. Ratliff se sentó directamente delante de la ventana abierta. Cogió uno de sus bastones de caramelo y empezó a chuparlo, hablando con la voz débil y penetrante de la reciente enfermedad—: Sí, señor. Todavía seguiría en la cama si no hubiera descubierto que me faltaba la cartera. Pero sólo me asusté de verdad después de levantarme. Me dije a mí mismo, ya llevo un año tumbado de espaldas y apuesto cualquier cosa a que ha aparecido algún tipo emprendedor y ha inundado no sólo Frenchman’s Bend sino todo el condado de Yoknapatawpha de máquinas de coser nuevas. Pero el Señor vigilaba por mí. Que me aspen si antes de salir de la cama Él o alguien no me había mandado una oveja como hizo en la biblia para salvar a Isaac. Me mandó a un ranchero de cabras.
       —¿Un qué? —dijo uno.
       —Un ranchero de cabras. Nunca habéis oído hablar de un rancho de cabras, porque a nadie en este país se le ocurriría pensar en eso. Hace falta un tipo del norte. A este del que estoy hablando se le ocurrió la idea en Massachusetts o en Boston o en Ohio, hizo todo el camino hasta Mississippi con las manos llenas de billetes verdes, se compró mil hectáreas de la mejor tierra de cerros y hondonadas y juncias que se pueda imaginar a unos veintitantos kilómetros al oeste de Jefferson, construyó alrededor una cerca de tres metros de altura prácticamente impermeable y cuando ya se estaba preparando para hacerse rico se le acabaron las cabras.
       —¡Qué barbaridad! —dijo otro—. No se sabe que nunca a nadie en todo el mundo se le hayan acabado las cabras.
       —Además —dijo Bookwright, de pronto y con voz áspera—, si también quieres contárselo a la gente de la herrería, no tenemos más que irnos allí todos.
       —Bueno, bueno —dijo Ratliff—. Es que no os podéis hacer idea de lo agradable que es sentir de nuevo la propia voz entre los dientes si no habéis estado nunca tumbados boca arriba en un sitio donde la gente que no quería escuchar podía levantarse y marcharse y tú tenías que quedarte donde estabas —pero de todas formas bajó un poco la voz, tenue, clara, despreocupada, lenta—: Pues a éste se le acabaron. No perdáis de vista que se trata de un tipo del norte, y los del norte no hacen las cosas como nosotros. Si alguien de aquí fuese a montar un rancho de cabras, lo haría pura y simplemente porque ya tendría demasiadas cabras. Se limitaría a declarar que el tejado o el porche delantero o el salón o cualquier otro sitio de donde no pudiera echarlas era un rancho de cabras y se conformaría con eso. Pero un tipo del norte hace las cosas de otro modo. Cuando hace algo, necesita un sindicato bien organizado, unos estatutos impresos y un diploma con orla dorada de la Secretaría de Estado en Jackson diciendo para general información por la presente, se hace saber que las veinte mil cabras, o las que sean, son cabras. Tampoco empieza con cabras o con un trozo de tierra. Empieza con un trozo de papel y un lápiz, y lo calcula todo sentado en la biblioteca: tantas cabras para tantas hectáreas y tantos metros de cerca para encerrarlas. Luego escribe a Jackson y recibe el diploma por esa cantidad de tierra y de cerca y de cabras, y primero compra la tierra para tener un sitio donde construir la cerca, luego construye la cerca alrededor para que no se le pueda salir nada, y finalmente sale a comprar las cosas que no tienen que salirse de la cerca. Así que al principio todo marchaba estupendamente. Encontró una tierra en la que ni siquiera al Señor se le hubiera ocurrido empezar un rancho de cabras y la compró apenas sin dificultad alguna, excepto la de encontrar a los dueños y hacerles comprender que era dinero de verdad lo que estaba tratando de darles, y la cerca prácticamente se hizo sola, porque podía sentarse en un sitio en el medio y pagar para que se la hicieran. Pero después descubrió que se había quedado sin cabras. Registró toda esta zona arriba y abajo y del derecho y del revés para encontrar el número exacto de cabras que le hacían falta para que el diploma con orla dorada no le dijera en sus propias narices que estaba mintiendo. Pero no fue capaz. A pesar de todos sus esfuerzos, aún le faltan cincuenta cabras para rellenar lo que le sobra de cerca. De manera que ahora, en lugar de tener un rancho de cabras, tiene una insolvencia. Una de dos: o devuelve el diploma o encuentra esas cincuenta cabras en algún otro sitio. Así que ésa es la situación; después de hacer todo el camino desde Boston, Maine, y de comprar mil hectáreas y de hacer construir quince mil metros de cerca alrededor, ahora resulta que todo el maldito proyecto depende del rebaño del tío Ben Quick porque, al parecer, no hay más cabras que las suyas entre Jackson y la frontera con Tennessee.
       —¿Cómo lo sabes? —dijo uno.
       —¿Te figuras que iba a levantarme de la cama y a hacer todo el camino hasta aquí si no estuviera seguro? —respondió Ratliff.
       —Entonces más te vale subir ahora mismo en la calesa e ir a asegurarte —dijo Bookwright. Estaba recostado en una columna del porche, de cara a la ventana que quedaba a la espalda de Ratliff. Ratliff se le quedó mirando un momento, cordial e inescrutable detrás de su eterna máscara suavemente irónica.
       —Claro —dijo—. Ya ha tenido esas cabras una buena temporada. Imagino que todavía seguirá diciéndome que no puedo hacer esto y que tengo que hacer aquello otro durante los próximos seis meses, y por supuesto continuará mandándome las facturas correspondientes —cambió de tema con tanta suavidad y tan por completo que fue, más tarde lo comprendieron, como si de repente hubiera sacado una pizarra con la palabra CALLAD escrita en letras rojas, mirando hacia lo alto con naturalidad y expresión amable mientras Varner y Snopes salían del almacén. Flem no dijo nada. Atravesó el porche y bajó los escalones. Varner cerró la puerta con llave.
       —¿No cierras un poco pronto, Jody? —dijo Ratliff.
       —Eso depende de lo que entiendas por tarde —dijo Varner secamente. Luego siguió los pasos del dependiente.
       —Entonces si yo fuera tú iría a comer y luego a comprar las cabras —dijo Bookwright.
       —Claro —dijo Ratliff—. Quizá tío Ben tenga otra docena más para mañana. De cualquier modo… —se puso en pie y se abotonó el abrigo.
       —Vete primero a comprar las cabras —dijo Bookwright. Ratliff se le quedó mirando de nuevo, cordial, impenetrable. Luego contempló a los demás. Ninguno de ellos le estaba mirando.
       —Calculo que puedo esperar —dijo—. ¿Ninguno de vosotros cena en casa de la señora Littlejohn? —luego añadió—: ¿Qué es eso? —y los otros vieron lo que miraba: la figura de un hombre ya crecido pero descalzo y con un mono descolorido de la talla de un chico de catorce años que pasaba por la calle debajo del porche, arrastrando con un cordel un tarugo de madera con dos latas de rapé sujetas a la parte superior y mirando por encima del hombro el polvo que levantaba con total ensimismamiento. Al dejar atrás el porche alzó la vista y Ratliff pudo verle la cara: los ojos incoloros que parecían incapaces de ver, la abierta boca babeante, circundada por la suave pelusa de una barba dorada todavía sin afeitar.
       —Es otro Snopes más —dijo Bookwright con su voz brusca y áspera.
       Ratliff contempló a aquella criatura mientras seguía su camino: las gruesas caderas a punto de estallar el mono, la cabeza gesticulante mirando por encima del hombro el tarugo que llevaba arrastrando.
       —Y sin embargo nos cuentan que fuimos todos hechos a Su imagen —dijo Ratliff.
       —A juzgar por algunas de las cosas que se ven, quizá él lo haya sido —dijo Bookwright.
       —No sé si me lo creería aunque supiera que fuese verdad —dijo Ratliff—. ¿Quieres decir que un buen día apareció aquí de pronto?
       —¿Por qué no? —dijo Bookwright—. No es el primero.
       —Claro —dijo Ratliff—. Tenía que estar en algún sitio.
       La criatura, que había llegado ya frente a la casa de la señora Littlejohn, se metió por el portón.
       —Duerme en su establo —dijo otro—. Ella le da de comer y él hace algún trabajo. La señora Littlejohn consigue hablar con él de alguna manera.
       —Quizá sea ella entonces la que está hecha a Su imagen —dijo Ratliff. Se dio la vuelta, todavía con el final de la barra de caramelo en la mano. Se lo metió en la boca y se limpió los dedos en los faldones del abrigo—. Bien, ¿qué hay de la cena?
       —Vete a comprar las cabras —dijo Bookwright—. No entres a cenar hasta que lo hayas hecho.
       —Iré mañana —dijo Ratliff—. Quizá para entonces tío Ben tenga incluso otras cincuenta más.
       O tal vez pasado mañana, pensó, mientras se encaminaba hacia el sonido de la campana de latón con que la señora Littlejohn anunciaba la cena afrontando la ventosa frialdad de una noche de marzo. De manera que tendría tiempo de sobra. Porque creo que lo he hecho bien. Tenía que negociar no sólo con lo que yo creo que él sabe de mí, sino con lo que él se figura que sé de él, pero condicionado y restringido por el año de enfermedad y por mi forzado alejamiento de la ciencia y pasatiempo de engañar al prójimo. Pero con Bookwright ha funcionado. Ha hecho todo lo que ha podido para advertirme. Ha llegado todo lo lejos e incluso más allá de lo que un hombre puede inmiscuirse en los negocios de otra persona.
       De manera que al día siguiente Ratliff no sólo no fue a ver al propietario de las cabras, sino que hizo diez kilómetros en dirección contraria y se pasó toda la jornada tratando de vender una máquina de coser que ni siquiera tenía. Durmió allí y no regresó a la aldea hasta la media mañana del segundo día, deteniendo la calesa frente al almacén y atándola a uno de los postes del porche al que también estaba sujeto el caballo roano de Varner. Así que ahora utiliza incluso el caballo. Vaya, vaya. No se apeó de la calesa.
       —¿Le importa a alguno de vosotros conseguirme cinco centavos de caramelos? —dijo—. Tal vez tenga que sobornar al tío Ben con alguno de sus nietos —uno de los presentes entró en el almacén y volvió con los caramelos—. Habré vuelto para la hora de cenar —dijo—. Y a continuación estaré listo para que me raje otro joven doctor menesteroso.
       El sitio al que se dirigía no quedaba muy lejos: cosa de kilómetro y medio hasta el puente sobre el río, y casi otros dos más del otro lado. Ratliff se llegó hasta una casa limpia y bien cuidada con un gran establo y pastizales más allá; vio las cabras. Un corpulento y saludable anciano en calcetines, sentado en el porche, le llamó a voz en grito:
       —¡Hola, V. K.! ¿Qué demonios os traéis todos entre manos en el almacén de Varner?
       Ratliff no se apeó de la calesa.
       —Así que se me ha adelantado —dijo.
       —Cincuenta cabras —rugió el otro—. He oído de gente que ha pagado diez centavos para librarse de dos o tres, pero en toda mi vida no he sabido de nadie que comprara cincuenta.
       —Es listo —dijo Ratliff—. Si ha comprado cincuenta de algo es porque sabía de antemano que iba a necesitar exactamente ese número.
       —Sí, es listo. Pero cincuenta cabras. Demonios coronados. Todavía me quedan unas cuantas, como para llenar un gallinero. ¿Las quieres?
       —No —dijo Ratliff—. Eran sólo las primeras cincuenta.
       —Te las doy. Incluso te pagaría veinticinco centavos por llevarte de la dehesa las que me quedan.
       —Gracias —dijo Ratliff—. Bien, esto tendré que contabilizarlo como gastos sociales.
       —Cincuenta cabras —dijo el otro—. Quédate a comer.
       —Se lo agradezco —dijo Ratliff—. Me parece que ya he gastado demasiado tiempo comiendo. O sentado haciendo algo, en cualquier caso.
       De manera que volvió a la aldea: los casi dos kilómetros primero y luego el kilómetro y medio, con la pareja de recios jacos trotando alegremente pero sin sincronización. El caballo roano aún seguía delante del almacén y los mirones continuaban sentados y acuclillados en el porche, pero Ratliff no se detuvo. Llegó hasta el hotel de la señora Littlejohn, ató los caballos a la cerca y fue a sentarse en la galería, desde donde veía el almacén. También le llegaba el olor de lo que se estaba guisando en la cocina a sus espaldas y pronto los desocupados de enfrente empezaron a levantarse y a dispersarse, camino del almuerzo, aunque el roano ensillado aún seguía en el mismo sitio. Sí, pensó, ya ha dejado atrás a Jody. Un tipo te quita a tu mujer y todo lo que tienes que hacer para quedarte más tranquilo es pegarle un tiro. Pero si te quita el caballo…
       La señora Littlejohn habló a sus espaldas:
       —No sabía que ya estabas de vuelta. Querrás almorzar algo, ¿no es cierto?
       —Sí, señora —respondió Ratliff—. Pero antes voy a entrar un momento en el almacén. No me llevará mucho tiempo.
       La señora Littlejohn regresó al interior de la casa. Ratliff sacó los dos pagarés de la cartera y los separó, poniendo uno en el bolsillo interior de la chaqueta y el otro en el bolsillo delantero de la camisa, cruzó la calle bajo el sol del mediodía de marzo, pisando el polvo en reposo del mediodía, respirando la suspendida inmovilidad del mediodía, y subió los escalones y cruzó el porche ahora desierto, manchado de tabaco y marcado por las navajas. El almacén, el interior, era como una cueva, en penumbra, fresco, con olor a queso y a cuero; necesitó un momento para que se le acostumbraran los ojos. Luego vio la gorra gris, la camisa blanca, la diminuta corbata de lazo. Flem alzó la cara, mascando.
       —Te me has adelantado —dijo Ratliff—. ¿Cuánto?
       El otro volvió la cabeza y escupió en el cajón lleno de tierra debajo de la estufa apagada.
       —Cincuenta centavos —dijo.
       —Yo di veinticinco por el contrato —dijo Ratliff—. Y sólo van a pagar setenta y cinco. Podría romper el contrato y ahorrarme el llevarlas a la ciudad.
       —De acuerdo —dijo Snopes—. ¿Qué me ofreces?
       —Te las cambio por esto —dijo Ratliff. Sacó el primer pagaré del bolsillo donde lo había colocado. Y entonces lo vio: durante un instante, durante un segundo, una nueva y más absoluta inmovilidad se apoderó del rostro inexpresivo, del rechoncho y blando cuerpo que ocupaba la silla detrás del escritorio. Durante aquel instante hasta la mandíbula dejó de mascar, aunque empezó de nuevo casi inmediatamente. Snopes cogió el papel y lo miró. Luego lo dejó sobre el escritorio, torció la cabeza y escupió en el cajón de arena.
       —Crees que este pagaré vale cincuenta cabras —dijo. No era una pregunta, sino una afirmación.
       —Sí —dijo Ratliff—. Porque hay un mensaje que lo acompaña. ¿Quieres oírlo?
       El otro le miró, sin dejar de mascar. Aparte de eso no se movió; ni siquiera parecía que respirase.
       —No —dijo al cabo de un momento. Luego se levantó sin prisa—. De acuerdo —dijo. Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón, extrajo un papel doblado y se lo dio a Ratliff. Era el recibo por la venta de las cincuenta cabras de Quick.
       —¿Tienes una cerilla? —dijo Snopes—. Yo no fumo.
       Ratliff le dio la cerilla, vio cómo prendía fuego al pagaré, cómo lo sostenía mientras comenzaba a arder, cómo lo arrojaba todavía en llamas al cajón de arena y cómo aplastaba luego las cenizas con el pie hasta reducirlas a polvo. Cuando Snopes alzó la vista, Ratliff no se había movido. Y también ahora, durante otro instante, Ratliff creyó ver que la mandíbula se detenía.
       —¿Y bien? —dijo Snopes—. ¿De qué se trata?
       Ratliff sacó el segundo pagaré del bolsillo. Y entonces estuvo seguro de que la mandíbula había cesado de mascar. No se movió lo más mínimo durante el largo minuto en que el ancho rostro impenetrable permaneció suspendido como un globo sobre el sucio papel de bordes gastados, dándole vueltas entre los dedos. El rostro miró de nuevo a Ratliff sin que hubiera en él el menor signo de vida, sin respirar siquiera, como si el cuerpo al que pertenecía hubiese aprendido de algún modo a usar una y otra vez el aire inhalado.
       —También quieres cobrar esto —dijo. Le devolvió el pagaré a Ratliff—. Espera aquí —añadió.
       Cruzó el almacén hasta la puerta de atrás y salió. Santo cielo, pensó Ratliff. Le siguió. La figura rechoncha y desganada avanzaba bajo la luz del sol hacia la cerca del corral de la caballeriza, en la que había un portón. Ratliff vio cómo Snopes cruzaba el portón y atravesaba el corral camino del establo. Entonces una cosa negra se removió en su interior, un sofoco, un mareo, una náusea. ¡Deberían habérmelo dicho!, gritó para sus adentros. ¡Alguien debería habérmelo dicho! Luego, recordando: ¡Es verdad, lo hizo! Bookwright me lo dijo. Otro más, fueron sus palabras. Ha sido porque he estado enfermo, he aflojado el paso, y por eso no… Ya estaba otra vez junto al escritorio en el almacén. Creyó oír el ruido del tarugo mucho antes de que fuera físicamente posible, aunque al cabo de muy poco lo oyó de verdad cuando Snopes entró y se volvió, echándose a un lado; vio el tarugo tropezando con el escalón de madera y con el quicio de la puerta, la pesada figura con el mono a punto de estallar taponando la puerta, todavía mirando hacia atrás por encima del hombro, entrando ya, el tarugo rebotando y raspando el suelo hasta que se le enganchó y quedó atrapado tras una pata del mostrador, donde un niño de tres años lo hubiese liberado al instante, mientras que el idiota se limitó a tirar inútilmente del cordel y a iniciar después unos gemidos lloriqueantes, irritados al mismo tiempo que preocupados, asustados y asombrados hasta que Snopes desenganchó el tarugo de una patada. Llegaron hasta el escritorio donde estaba Ratliff: la cabeza que gesticulaba y se balanceaba, los ojos que una vez durante un instante, durante un segundo, se habían abierto para ver, se les había concedido vislumbrar el rostro de Gorgona de la injusticia primigenia que el hombre no estaba destinado a contemplar cara a cara y habían quedado para siempre vacíos y limpios de todo pensamiento, la boca babeante en la neblina de suave pelusa dorada.
       —Di cómo te llamas —le pidió Snopes.
       La criatura miró a Ratliff, agitando la cabeza sin descanso, babeando.
       —Dilo —repitió Snopes, con gran paciencia—. Di tu nombre.
       —Ike H-mope —dijo el idiota roncamente.
       —Dilo otra vez.
       —Ike H-mope —luego empezó a reírse, aunque casi inmediatamente dejó de ser risa y Ratliff se dio cuenta de que nunca lo había sido, tan sólo un ruido desenfrenado, sollozante, que la criatura no estaba ya capacitada para detener, que galopaba a toda velocidad, arrastrando la respiración tras de sí, como algo todavía vivo tras los cascos galopantes de una fiesta cosaca, los ojos inmóviles y sin visión sobre la boca redonda.
       —Calla —dijo Snopes—. Calla.
       Finalmente cogió al idiota por el hombro, zarandeándolo hasta que el ruido empezó a disminuir, hasta perderse entre borboteos y gorgoteos. Snopes le condujo hacia la puerta, empujándolo, el otro moviéndose obediente, mirando hacia atrás por encima del hombro al tarugo con las dos latas de rapé que se arrastraba al final del sucio cordel, tarugo que estuvo a punto de engancharse de nuevo detrás de la misma pata del mostrador, aunque esta vez Snopes lo liberó de una patada antes de que se detuviera. La maciza figura —la cabeza mirando hacia atrás con la boca colgante y las puntiagudas orejas de fauno, el mono que casi estallaba sobre las caderas increíblemente femeninas— tapó de nuevo la puerta y desapareció. Snopes cerró tras él y volvió al escritorio. Escupió de nuevo en el cajón de arena.
       —Ése era Isaac Snopes —dijo—. Soy su tutor. ¿Quieres ver los papeles?
       Ratliff no respondió. Contempló el pagaré, que había dejado sobre el escritorio al volver de la puerta, con la misma expresión apenas marcada, tranquila, burlona, que apareciera en su rostro cuando contemplaba la taza de café en el restaurante cuatro días atrás. Recogió el pagaré, aunque sin mirar todavía a Snopes.
       —De manera que si le pago los diez dólares yo mismo, te harás cargo del dinero como tutor suyo. Y si te cobro los diez dólares tendrás de nuevo el pagaré y podrás venderlo. Con lo que serían ya tres las veces que ha sido cobrado. Vaya, vaya —sacó otra cerilla del bolsillo y se la ofreció a Snopes, junto con el pagaré—. Una vez te oí decir que nunca habías quemado dinero. Aquí tienes tu oportunidad de ver qué es lo que se siente.
       Contempló cómo ardía también el segundo pagaré y cómo revoloteaba, aún encendido, hasta la arena manchada del cajón, convirtiéndose en cenizas que desaparecieron a su vez bajo la presión del zapato.
       Ratliff descendió los escalones, de nuevo bajo el resplandor del mediodía sobre el tranquilo polvo y los hoyos de la carretera; de hecho no habían transcurrido siquiera diez minutos. Sólo que, gracias a Dios, los hombres han aprendido cómo olvidar en seguida lo que no tienen valor suficiente para tratar de remediar, se dijo a sí mismo mientras caminaba. La carretera vacía brillaba como un espejismo con el claroscuro primaveral del polen suspendido en el aire. Sí, pensó Ratliff, supongo que estaba más enfermo de lo que creía. Porque se me escapó, se me escapó por completo. O tal vez cuando haya comido me sienta mejor. Sin embargo, ya a solas en el comedor donde la señora Littlejohn había servido un plato para él, no fue capaz de comer. Sintió cómo lo que había creído apetito se desvanecía progresivamente con cada bocado, que le resultaba tan denso e insípido como si estuviera comiendo tierra. De manera que terminó por apartar el plato y sobre la mesa contó los cinco dólares de beneficio que había sacado en limpio: los treinta y siete cincuenta que recibiría por las cabras, menos los doce cincuenta que le había costado el contrato y los veinte del primer pagaré. Con un trozo de lápiz mordido calculó los tres años de intereses del pagaré, además del principal (los diez dólares habrían sido su comisión por la máquina de coser, así que no eran en realidad una pérdida) y añadió a los cinco dólares los otros billetes y monedas: los billetes raídos, las monedas desgastadas, los últimos centavos. La señora Littlejohn estaba en la cocina, ya que ella misma preparaba las comidas que servía y fregaba también los platos, además de cuidarse de las habitaciones que ocupaban quienes consumían sus alimentos. Ratliff puso el dinero en la mesa, junto al fregadero.
       —Ese…, cómo se llama, Ike. Isaac. Me han dicho que usted le da de comer. No necesita dinero. Pero quizá…
       —Sí —dijo ella. Se secó las manos en el delantal, cogió el dinero, dobló cuidadosamente los billetes alrededor de las monedas y se quedó quieta. No contó cuánto era—. Se lo guardaré. No te preocupes. ¿Vuelves ahora a la ciudad?
       —Sí —dijo—. Tengo mucho que hacer. No hay manera de saber cuándo me tropezaré de nuevo con otro joven decidido y hambriento que no conozca otro sistema para conseguir dinero que cortar un trozo de carne —se dio la vuelta, luego se detuvo sin girar del todo para mirarla, con la misma leve expresión burlona en el rostro, aunque ahora su cara sonriese, sardónica, humorística—. Hay un recado que me gustaría dar a Will Varner. Pero no tiene mucha importancia.
       —Yo se lo daré —dijo la señora Littlejohn—. Lo recordaré si no es demasiado largo.
       —No tiene importancia —dijo Ratliff—. Pero si se acuerda, dígale que según Ratliff todavía está por probarse. Él sabe de qué se trata.
       —Procuraré acordarme —dijo ella.
       Ratliff se dirigió hacia la calesa y montó en ella. Ahora no necesitaría el abrigo, y la próxima vez ni siquiera tendría que llevarlo consigo. La carretera empezó a deslizarse bajo las oscilantes pezuñas de aquellos jacos suyos tan resistentes como madera de nogal. Nunca llegué lo bastante lejos, pensó Ratliff. Abandoné demasiado pronto. Me quedé en que un Snopes incendiaría el granero de otro Snopes y que los dos lo sabían, y eso era cierto. Pero no pasé de ahí. Nunca seguí adelante hasta llegar al momento en que ese primer Snopes se daría la vuelta para apagar el fuego y poner pleito al segundo Snopes con motivo de la recompensa, cosa que también los dos sabían perfectamente.


3

      Los que ahora contemplaban al dependiente no veían ya el insignificante desahucio de un herrero, sino la usurpación de una herencia. A la siguiente cosecha de algodón el dependiente no sólo presidió en la balanza de la desmotadera, sino que cuando se produjo el ajuste anual de cuentas entre Varner y sus arrendatarios y deudores, el mismo Will Varner tampoco estuvo presente. Fue Snopes quien hizo lo que Varner nunca había permitido hacer siquiera a su hijo: sentarse solo ante el escritorio con el dinero de las cosechas vendidas y los libros de contabilidad delante, hacer las sumas y las restas y repartir a cada arrendatario su parte del dinero que quedaba, con uno o dos entre ellos rechazando sus cifras, como lo hicieran la primera vez que Snopes puso los pies en el almacén, quizá por principio, sin que el dependiente los escuchara siquiera, esperando simplemente con su camisa blanca manchada y su corbata diminuta, con el tabaco de mascar que escupía regularmente y los ojos opacos e inmóviles que los otros nunca sabían si les estaban mirando o no, hasta que terminaban, hasta que se detenían, para, a continuación, sin decir una sola palabra, tomar lápiz y papel y demostrarles que estaban equivocados. Ahora no era Jody Varner quien llegaba sin prisas al almacén, daba órdenes e instrucciones al dependiente y le dejaba que las llevase a cabo; era el ex dependiente quien entraba en el almacén, subiendo los escalones y agitando la cabeza en dirección a los ocupantes del porche exactamente como lo habría hecho el mismo Will Varner, y penetraba luego en el interior, de donde surgía en seguida el sonido de su voz, hablando con desapasionada brevedad al hombre extraordinariamente irritado y desconcertado que había sido antes su patrono y que aún daba la sensación de no saber exactamente lo que le había sucedido. Luego Snopes desapareció, para no vérsele ya más durante el resto del día, porque el viejo y gordo caballo blanco de Will Varner tenía ahora un compañero, el roano en el que Jody solía montar, y se les podía ver, uno al lado del otro, atados a la misma cerca mientras Varner y Snopes examinaban cultivos de algodón o de maíz o rebaños o límites de tierras, Varner contento como unas pascuas y tan astuto y sin entrañas como un recaudador de impuestos, holgazán y activo y rabelesiano; el otro mascando tabaco sin interrupción, las manos en los bolsillos de sus impresentables pantalones grises con rodilleras, lanzando de vez en cuando sus contemplativos escupitajos de color chocolate tan certeros como balas. Una mañana llegó a la aldea con una maleta nueva de mimbre. Por la noche la llevó a casa de Varner. Un mes más tarde Varner compró un nuevo coche ligero de aspecto deportivo, con brillantes ruedas rojas y un quitasol con flecos, que —con el gordo caballo blanco y el gran roano luciendo nuevos arreos con remates de latón y las ruedas convertidas en brillantes manchas de color bermellón desprovistas de radios— recorrían de la mañana a la tarde caminos vecinales y sendas, mientras Varner y Snopes iban sentados uno al lado del otro en sorprendente paradoja sobre una veloz nube de polvo, en una atmósfera constante e invencible de expedición recreativa. Y una tarde de aquel mismo verano, Ratliff se presentó de nuevo en el almacén, en cuyo porche encontró un rostro que tardó unos instantes en reconocer, porque sólo le había visto en una ocasión y de eso hacía ya dos años; pero casi inmediatamente cayó en la cuenta, porque dijo:
       —¿Qué tal? ¿La máquina de coser sigue funcionando bien? —y se quedó mirando con expresión perfectamente cordial y absolutamente impenetrable el rostro violento y huraño con una sola ceja, mientras pensaba: ¿Zorro?, ¿gato montés?, ah, sí, visón.
       —¿Qué tal? —dijo el otro—. ¿Por qué no? ¿No es usted el que asegura que sólo vende máquinas que funcionan bien?
       —Claro —dijo Ratliff, siempre cordial, impenetrable. Se apeó de la calesa, ató los caballos a un poste del porche y subió los escalones hasta situarse entre los cuatro hombres sentados o acuclillados en torno a la puerta del almacén—. Aunque creo que yo no lo diría de esa manera. Yo diría que las personas que se llaman Snopes sólo compran las máquinas que funcionan bien.
       Entonces oyó el caballo, volvió la cabeza y lo vio acercándose de prisa, el espléndido perro corriendo con agilidad y fuerza a su lado, mientras Houston detenía al caballo y desmontaba al mismo tiempo, dejaba caer las riendas sobre la cabeza del animal, como hacen los jinetes del oeste, y subía los escalones para detenerse delante del poste contra el que Mink Snopes estaba acuclillado.
       —Supongo que sabe dónde está el añojo —dijo Houston.
       —Me lo imagino —respondió Snopes.
       —De acuerdo —dijo Houston. No temblaba ni manifestaba mayor tensión que un cartucho de dinamita. Ni siquiera alzó la voz—. Se lo advertí. Conoce usted la ley de este país. Todo el mundo tiene que encerrar su ganado una vez hecha la siembra o atenerse a las consecuencias.
       —Contaba con que tuviera usted cercas para impedir el paso a un añojo —dijo Snopes. Acto seguido los dos se maldijeron con violencia y brevedad, pero sin hacer hincapié, como puñetazos o disparos de pistola, los dos hablando al mismo tiempo y sin moverse, el uno todavía de pie en el centro de los escalones y el otro aún acuclillado contra el poste—. Pruebe con un rifle —dijo Snopes—. Quizá con eso mantenga a raya al añojo.
       Luego Houston entró en el almacén y los que estaban en el porche siguieron tranquilamente sentados o acuclillados, el individuo de la ceja única no menos tranquilamente que los demás, hasta que Houston salió de nuevo, cruzó entre ellos sin mirar a nadie, montó a caballo y se alejó al galope, con el perro siguiéndole de nuevo, robusto, con la cabeza alta, infatigable; poco después Snopes se levantó también y se alejó a pie por la carretera. A continuación otro de los presentes se inclinó y escupió cuidadosamente en el polvo, y Ratliff dijo:
       —No entiendo muy bien eso de la cerca. Deduzco que se trata del añojo de Snopes en el campo de Houston.
       —Eso es —dijo el hombre que había escupido—. Mink vive en una parcela de lo que antes era tierra de Houston y ahora pertenece a Will Varner. Es decir, Varner ejecutó la hipoteca hace cosa de un año.
       —Vamos, que Houston le debía el dinero a Will Varner —aclaró otro de los presentes—. Era de las cercas en esa tierra de lo que se hablaba.
       —Entiendo —dijo Ratliff—. Un simple comentario para pasar el rato. Perfectamente superfluo.
       —No es la pérdida de la tierra lo que parece irritar a Houston —dijo un tercero—. Aunque es cierto que se enoja con facilidad.
       —Entiendo —dijo Ratliff de nuevo—. Le irrita lo que le ha sucedido a la tierra desde entonces, por lo que parece. O a quién se la ha arrendado el tío Will. Así que Flem todavía tiene algunos primos más. Sólo que éste parece ser un tipo diferente de Snopes, de la misma manera que un mocasín de agua es un tipo diferente de serpiente venenosa —así que aquélla no fue la última vez; este sujeto va a seguir creándole problemas a su primo, pensó. Pero no lo dijo, sino que se limitó a añadir, perfectamente cordial, tranquilo, inescrutable—: Me pregunto dónde estarán ahora tío Will y su socio. Todavía no me he aprendido el recorrido tan bien como vosotros, muchachos.
       —Esta mañana pasé junto a los dos caballos y el coche, atados a la cerca del Viejo Francés —dijo el cuarto hombre. También él se inclinó para escupir cuidadosamente por encima de la barandilla. Luego añadió, como si se tratara de una ocurrencia tardía y sin importancia—: Flem Snopes estaba sentado en el barril de harina.



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