William Faulkner
(1897-1962)


Y eso bien ha de estar
“That Will Be Fine”
Originalmente publicado en The American Mercury, XXXVI (octubre de 1935),
Collected Stories (1950)


I

      Oíamos correr el agua en la bañera. Miramos los regalos esparcidos por encima de la cama, donde los había envuelto mamá con un papel de colores, con nuestros nombres puestos, para que el abuelo supiera a la primera cuál era de cada cuál, nada más recogerlos del árbol. Había un regalo para cada uno, para todos nosotros, menos para el abuelo, porque mamá dijo que ya era demasiado viejo para recibir regalos.
      —Éste es el tuyo —dije.
      —Y tanto —dijo Rosie—. Ahora te metes en la bañera, que es lo que ha dicho tu mamá.
      —Yo ya sé qué es —dije—. Si quieres, te lo digo.
      Rosie miró su regalo.
      —Pues me parece a mí que bien puedo esperar a la hora en que me toque —dijo.
      —Te digo lo que es si me das un chavo —dije.
      Rosie miró su regalo.
      —Chavos no tengo —dijo—. Pero los tendré en la mañana de Navidad, cuando el señor Rodney me dé el aguinaldo.
      —Pero entonces ya sabrás lo que es y no me darás nada —dije—. Ve a pedirle a mamá que te preste un chavo.
      Rosie de pronto me sujetó por el brazo.
      —Tú ahorita te metes en la bañera sin rechistar —dijo—. ¡Qué manía tienes con el dinero, chiquillo! Si no eres rico para cuando tengas veintiuno, será porque el dinero esté abolido por ley o porque la ley te haya abolido a ti.
      Así que fui a bañarme y volví, todos los regalos esparcidos encima de la cama de mamá y papá y casi se notaba ya el olor de siempre y al día siguiente por la noche estallarían los fuegos artificiales y entonces casi se podrían oír también los petardos. Sería tan sólo esa noche, y al día siguiente tomaríamos todos el tren, todos menos papá, porque tendría que quedarse en la caballeriza, donde se alquilaban coches y caballos, hasta después de Nochebuena, e ir a ver al abuelo, y al día siguiente sería Navidad y el abuelo tomaría los regalos del árbol e iría recitando los nombres, uno por uno, hasta llegar al regalo que le había comprado yo al tío Rodney, que lo pagué de mi dinero, y así al cabo de un rato el tío Rodney abriría el cajón del escritorio del abuelo y tomaría una dosis del tónico del abuelo y con suerte a lo mejor me daría otro cuarto de dólar por haberle ayudado, como en las pasadas navidades, en vez de darme sólo diez centavos, como había hecho el verano anterior, cuando vino a visitarnos a mamá y a nosotros y cuando hicimos negocios con la señora Tucker antes de que el tío Rodney se marchara a casa y comenzara a trabajar para la Sociedad de Compresoras,[1] y eso bien ha de estar. O a lo mejor hasta me caía medio dólar, y no podía ya con tantas ganas.
      —Joder, me muero de ganas —dije.
      —¿Cómo has dicho? —exclamó Rosie—. ¿Joder? —aulló—. ¿Cómo que joder? Como te oiga hablar así tu madre, ya verás qué pronto se te quitan las ganas. De un sopapo se te van a quitar. ¡A mí no me vengas con esas pamplinas de diez centavos! Por diez centavos ya le iba yo a decir lo que has dicho, mocoso.
      —Si me das los diez centavos yo mismito se lo digo —dije.
      —¡A la cama ahora mismo! —exclamó Rosie—. ¡Un mocoso de siete años diciendo esas cosas!
      —Si me prometes que no se lo dirás, te digo cuál es tu regalo y así me podrás dar diez centavos cuando sea Navidad.
      —¡He dicho que a la cama! —exclamó Rosie—. ¡Qué manía con los dichosos diez centavos! Te aseguro que si creyera que alguno de vosotros iba a comprarle un regalo al abuelo, aunque fuera de cinco centavos, aportaba yo misma al menos diez.
      —El abuelo no quiere regalos —dije—. Ya es demasiado viejo.
      —Ja —dijo Rosie—. O sea que demasiado viejo, ¿eh? Tú supón que todo el mundo dijera que eres demasiado pequeño para tener diez centavos: ¿qué ibas a pensar de una cosa así, eh?
      Así que Rosie apagó la luz y se fue. Pero yo aún veía los regalos a la luz del fuego: los que eran para el tío Rodney y para la abuela y para la tía Louisa y para el marido de la tía Louisa, el tío Fred, y para la prima Louisa y el primo Fred y el bebé y la cocinera del abuelo y nuestra cocinera, que era Rosie, y a lo mejor alguien tendría que hacerle un regalo al abuelo, aunque a lo mejor tendría que ser la tía Louisa, porque ella y el tío Fred vivían con el abuelo, o a lo mejor tendría que ser el tío Rodney, porque él también vivía con el abuelo. El tío Rodney siempre hacía un regalo a mamá y a papá, pero a lo mejor sería una pérdida de tiempo para él y para el abuelo que el tío Rodney le hiciera un regalo al abuelo, porque una vez le pregunté a mamá por qué el abuelo miraba siempre el regalo que a ella y a papá le hacía el tío Rodney y por qué se había enfadado tanto, y papá se echó a reír y mamá dijo que a papá debería darle vergüenza, que no era culpa del tío Rodney si su generosidad era más grande que su chequera, y papá dijo que sí, que desde luego que no era culpa del tío Rodney, no conocía a nadie que se esforzara tanto como el tío Rodney por ganar dinero, y que el tío Rodney había probado suerte con todos los planes conocidos y por conocer, con todo, salvo con la idea de ponerse a trabajar, y que si mamá se acordase de lo que pasó dos años antes seguramente se acordaría de una vez en que el tío Rodney pudo haber dado gracias a su buena estrella por ser el único hombre en relación con cuya generosidad, o como quisiera llamarlo mamá, estaba al menos quinientos dólares por debajo de lo acumulado en su cuenta corriente, y mamá dijo que desafiaba a papá a que dijera, si es que se atrevía, que el tío Rodney había robado aquel dinero, que aquello había sido una maldad y una infamia y que además papá lo sabía de sobra, y que papá y casi todos los demás hombres tenían prejuicios en contra del tío Rodney, aunque ella no terminaba de entender por qué, y que si a papá tanto le molestaba haberle prestado los quinientos dólares al tío Rodney cuando estaba en juego el buen nombre de la familia más le valía decirlo, y que el abuelo reuniese la cantidad, a saber cómo, y se la devolviera a papá, y entonces se echó a llorar y papá le dijo de acuerdo, muy bien, y mamá lloró más y dijo que el tío Rodney era el pequeño y que por eso tenía que ser, por eso lo aborrecía papá, y papá dijo de acuerdo, muy bien. Por Dios, de acuerdo; muy bien.
      Y es que mamá y papá no sabían que el tío Rodney había manejado sus asuntos de negocios durante todo el tiempo que estuvo de visita en nuestra casa el verano anterior, tal como nadie en Mottstown estaba al corriente de que llevara sus negocios las pasadas navidades, cuando trabajé yo para él por vez primera y me pagó con un cuarto de dólar. Y es que decía que si prefería hacer negocios con las señoras en vez de hacerlos con los caballeros pues eso era cosa suya, en la que nadie tenía por qué entrometerse, ni siquiera el señor Tucker. Decía que yo no iba por ahí contándole nada a nadie sobre los negocios de papá y que todo el mundo sabía que papá se dedicaba al negocio de la caballeriza de alquiler y que no tenía yo por qué contarle nada a nadie, y el tío Rodney dijo en fin, para eso era la monedita de diez centavos, y que a ver si quería seguir ganándome los diez centavos o si prefería que se buscase él a otro y lo contratase, de modo que seguí con el trato que teníamos y me plantaba a mirar al otro lado de la valla del señor Tucker hasta que éste salía para ir al pueblo y entonces recorría yo la valla hasta la esquina y lo miraba hasta que desaparecía el señor Tucker y entonces colocaba mi gorro en lo alto de uno de los palos de la valla y allí lo dejaba hasta que veía regresar al señor Tucker. Sólo que nunca regresaba cuando estaba yo allí, porque el tío Rodney siempre acababa antes de que llegase, y salía y nos volvíamos a pie a casa y le contaba a mamá hasta dónde habíamos ido a pie ese día y mamá decía que eso tenía que ser buenísimo para la salud del tío Rodney. Así que me pagaba los diez centavos cuando estábamos en casa. No era tanto como el cuarto que me dio cuando hacía negocios con aquella señora de Mottstown por Navidad, pero aquello sólo fue una vez, mientras que nos visitó durante todo el verano, así que para entonces había juntado yo bastante más que un cuarto. Además, la otra vez fue por Navidad y se tomó una dosis del tónico del abuelo antes de pagarme el cuarto de dólar, así que para esta otra vez a lo mejor hasta se estiraba y llegaba a pagarme medio dólar. Me moría de ganas.

II

       Pero por fin llegó el amanecer y me puse el traje de los domingos, y salí a la puerta de la calle y miré a ver si ya estaba el coche y luego fui a la cocina y pregunté a Rosie si ya no era casi la hora y ella me dijo que aún faltaban dos horas por lo menos para que saliera el tren. Sólo que cuando me lo dijo oí llegar el coche, y por eso pensé que ya era hora de que fuésemos a coger el tren, y eso bien ha de estar, y entonces iríamos a casa del abuelo y se haría de noche y al día siguiente a lo mejor me tocaba medio dólar y qué joder, eso bien ha de estar. Entonces llegó mamá corriendo y sin haberse puesto el sombrero y dijo que aún nos quedaban dos horas y que ni siquiera se había vestido y John Paul dijo sí, señá, pero que papá lo había mandado y que papá había dicho que John Paul dijese a mamá que la tía Louisa ya había llegado y que mamá se diese buena prisa. Así que pusimos la cesta de los regalos en el coche y yo fui en el pescante con John Paul y mamá gritaba desde dentro del coche no sé qué de la tía Louisa, y John Paul dijo que la tía Louisa había ido en un coche de alquiler y que papá la llevó a desayunar al hotel porque había salido de Mottstown cuando aún no era de día. Y así a lo mejor la tía Louisa había venido a Jefferson a ayudar a mamá y a papá a comprarle un regalo al abuelo.
      —Porque tenemos regalos para todos los demás —dije—, hasta yo he comprado uno para el tío Rodney y lo he pagado de mi bolsillo.
      Entonces John Paul se echó a reír y le pregunté por qué y me dijo que era sólo de pensar en que yo le pudiera dar al tío Rodney alguna cosa que de veras le hiciera ilusión, y le dije que por qué, y John Paul dijo que era porque yo ya tenía forma de hombre, y le dije que por qué, y John Paul dijo que se jugaba cualquier cosa a que a papá le encantaría hacerle un regalito al tío Rodney sin esperar siquiera a que fuera Navidad, y yo dije ¿qué?, y John Paul dijo que un buen trabajo, un sitio donde tuviera que trabajar en serio. Y le dije a John Paul que el tío Rodney no había dejado de trabajar durante todo el tiempo que pasó visitándonos el verano anterior, y John Paul dejó de reírse y dijo que sí, que claro, que si un hombre no para de darle a la faena ni de noche ni de día y está metido en harina a todas horas pues seguro que trabajo lo llama, y eso que puede llegar a ser divertidísimo, y le dije que de todos modos el tío Rodney ahora ya trabajaba, trabaja en la oficina de la Sociedad de Compresoras, y John Paul se rió a carcajadas y dijo que claro, que de seguro haría falta toda una sociedad para comprimir al tío Rodney. Y entonces mamá se puso a dar gritos para que fuésemos derechos al hotel, y John Paul dijo que nanay, que papá había dicho que fuésemos derechos a las caballerizas y que allí le esperásemos a él. Así que fuimos al hotel y la tía Louisa y papá salieron y papá ayudó a la tía Louisa a subir al coche y la tía Louisa se echó a llorar y mamá se puso a dar voces: ¡Louisa! ¡Louisa! ¿Qué te pasa? ¿Qué ha pasado?, y papá dijo que esperase, que esperase un poco; acuérdate de que está delante el negro, y así llamó a John Paul, así que seguro que tenía que ser un regalo para el abuelo, que no había llegado.
      Y al final resultó que ni siquiera tomamos el tren. Fuimos a las caballerizas y ya tenían enganchado el tiro al coche ligero, de carretera, esperándonos, y mamá lloraba y decía que papá ni siquiera se había puesto el traje de los domingos y papá despotricaba y dijo además qué maldito traje ni qué niño muerto; si no le echamos el guante al tío Rodney antes de que lo pesquen los demás, papá se iba a poner el traje que llevara puesto el tío Rodney. Así que nos pusimos en camino a toda prisa y papá cerró las cortinillas y mamá y la tía Louisa pudieron llorar allí dentro hasta hartarse y papá dijo a voces a John Paul que fuese a casa y que le dijera a Rosie que le metiera el traje de los domingos en la maleta y se lo llevase al tren; de todos modos, eso bien ha de estar para Rosie. Así que no montamos en el tren, sino que fuimos deprisa, papá conduciendo y diciendo si es que no sabía nadie en dónde se había metido, y la tía Louisa dejó de llorar tras un buen rato y dijo que el tío Rodney no había ido a cenar ayer noche, aunque sí apareció después de la cena y la tía Louisa tuvo una terrible sensación nada más oír sus pasos en la entrada y eso que el tío Rodney no le quiso decir nada hasta que no estuvieron en su habitación con la puerta bien cerrada y entonces le dijo que necesitaba con urgencia cerca de dos mil dólares y la tía Louisa dijo que de dónde demonios iba a sacar ella dos mil dólares, y el tío Rodney le dijo pídeselos a Fred, que era el marido de la tía Louisa, y a George, que era papá; diles que lo saquen de debajo de las piedras, y la tía Louisa dijo que tenía una sensación terrible y dijo ¡Rodney! ¡Rodney! ¿Cómo…?, y el tío Rodney comenzó a despotricar y a maldecir, maldita sea, le dijo, no me vengas ahora con lloriqueos ni llantinas, y la tía Louisa dijo Rodney, ¿qué es lo que has hecho esta vez?, y los dos oyeron que llamaban a la puerta y la tía Louisa miró al tío Rodney y se dio cuenta de cuál era la verdad nada más ver delante de sí al señor Pruitt con el sheriff, y dijo entonces ¡a papá no se lo digan, que me lo van a matar!
      —¿Quién? —dijo papá—. ¿El señor qué?
      —El señor Pruitt —dijo la tía Louisa, echándose a llorar otra vez—. El presidente de la Sociedad de Compresoras. Se mudaron a Mottstown la primavera pasada. Tú no lo conoces.
      Así que bajó ella a abrir la puerta y se encontró con el señor Pruitt y el sheriff. Y la tía Louisa rogó al señor Pruitt que no lo dijera, se lo rogó por el abuelo, y le dio al señor Pruitt su palabra de honor de que el tío Rodney se quedaría allí mismo y sin salir de casa hasta que papá pudiera ir, y el señor Pruitt dijo que lamentaba muchísimo que además todo aquello sucediera en Navidad, y que por el abuelo y por la tía Louisa estaba dispuesto a darles de plazo hasta el día siguiente a Navidad si la tía Louisa le prometía que el tío Rodney no iba a tratar de marcharse de Mottstown. Y el señor Pruitt le mostró ante sus propios ojos el cheque firmado con el nombre del abuelo, y hasta la tía Louisa se dio cuenta de que estaba firmado con el nombre del abuelo y entonces mamá dijo ¡Louisa! ¡Louisa! ¡Acuérdate de que está delante Georgie!, que soy yo, y papá también maldijo y se puso a dar alaridos, ¿y cómo demontre pretendes que no se entere? ¿Es que le vas a esconder los periódicos?, y la tía Louisa se echó a llorar de nuevo y dijo que todo el mundo por fuerza se iba a enterar, y que no contaba, no tenía esperanza de que ninguno de nosotros pudiera ir por la vida con la cabeza bien alta, que ya sólo esperaba ocultárselo al abuelo, porque como lo supiera se iba a morir. Lloró como una magdalena y papá tuvo que parar en un cruce y bajarse a empapar el pañuelo para que mamá le limpiara la cara a la tía Louisa, y entonces papá cogió la botella del tónico del bolsillo del pescante y echó unas gotas en el pañuelo, y la tía Louisa lo olió y entonces papá tomó una dosis del tónico de la botella y mamá gritó ¡George!, y papá dio un trago más del tónico e hizo como si les fuese a devolver la botella a mamá y a la tía Louisa para que se tomaran también ellas una dosis y dijo yo no te culpo de nada. Si fuera yo una mujer de la familia, también echaría un buen trago. Y ahora a ver si me aclaras esto de los bonos de una vez.
      —Eran los bonos de obras viales que tenía mamá —dijo la tía Louisa.[2]
      Íbamos muy deprisa porque los caballos habían descansado mientras papá mojaba el pañuelo y se tomaba una dosis del tónico, y papá dijo entonces que muy bien, pero ¿qué pasa con esos dichosos bonos?, cuando de pronto se volvió en el asiento y dijo:
      —¿Bonos de obras viales? ¿Me estás diciendo que ha cogido el maldito destornillador y que también ha forzado la cómoda de tu madre?
      Mamá le dijo entonces ¡George! ¿Cómo eres capaz?, sólo que era la tía Louisa la que estaba hablando, hablando a toda prisa, sin llorar, sin volver a llorar todavía, y papá con la cabeza vuelta por encima del hombro y diciendo si es que la tía Louisa le estaba diciendo que aquellos quinientos que tuvo que apoquinar papá dos años atrás no lo eran todo, si aún les tocaba aflojar más. Y la tía Louisa dijo que eran veinticinco de los grandes, sólo que no querían que se enterase el abuelo, y que por eso la abuela puso sus bonos de obras viales como garantía del cheque, y que le dijeron que el tío Rodney había recuperado del banco el documento de la abuela y los bonos de obras viales del banco junto con algunas de las acciones de la Sociedad de Compresoras, que tomó de la caja fuerte de las oficinas de la Sociedad de Compresoras, porque cuando el señor Pruitt se enteró de que faltaban las acciones de la Sociedad de Compresoras fue a buscarlas y las encontró en el banco, y cuando buscó en la caja fuerte de la Sociedad de Compresoras tan sólo encontró el cheque por valor de dos mil dólares con la firma del abuelo, y aún añadió que el señor Pruitt no llevaba en Mottstown ni siquiera un año, pero ya sabía que el abuelo no pudo haber firmado aquel cheque, además de que fue al banco a revisar las cuentas y el abuelo nunca había llegado a tener dos mil dólares, y que el señor Pruitt dijo que estaba dispuesto a esperar hasta el día siguiente a la Navidad si la tía Louisa le garantizaba y le prometía por su honor que el tío Rodney no trataría de marcharse, y la tía Louisa así lo hizo y entonces volvió a subir las escaleras para suplicar al tío Rodney que entregase al señor Pruitt las acciones, y que entró en el cuarto del tío Rodney, donde lo había dejado un momento antes, y la ventana estaba abierta y el tío Rodney se había largado.
      —¡Maldito seas, Rodney! —dijo papá—. ¡Los bonos! ¿Quieres decir que nadie sabe dónde están los bonos?[3]
      Íbamos muy deprisa porque ya empezábamos a bajar la última cuesta hacia el valle en donde estaba Mottstown. Pronto notaríamos otra vez el olor; sólo había de pasar ese día y esa noche y ya sería Navidad, y la tía Louisa iba sentada con la cara como si fuese una cerca recién pintada a la que le hubiese caído encima un chaparrón, y papá dijo quién demonios había sido capaz de darle ese puesto de trabajo, y la tía Louisa dijo que el señor Pruitt, y papá dijo que cómo, si el señor Pruitt sólo llevaba unos cuantos meses en Mottstown, y entonces la tía Louisa comenzó a llorar esta vez sin siquiera ponerse el pañuelo en la cara y mamá miró a la tía Louisa y se echó a llorar también ella y papá sacó el látigo y arreó un par de latigazos a los caballos de tiro, aunque iban deprisa, y maldijo.
      —¡Infierno y condenación! —dijo papá—. Ya lo entiendo. Pruitt está casado.
      Y entonces también lo pudimos ver. Había guirnaldas de acebo en las ventanas igual que en Jefferson, y dije que en Mottstown también tiran fuegos artificiales y petardos, igual que en Jefferson. La tía Louisa y mamá lloraban a todo llorar, y fue papá quien dijo entonces calma, calma, acordaos de que está Georgie, que soy yo, y la tía dijo que sí, que sí, que iba toda pintarrajeada como una fulana cualquiera, contoneándose y luciendo palmito toda la tarde, sola en un coche, y que la única vez que la señora Church la fue a visitar, y lo hizo únicamente por respeto al puesto que ocupaba el señor Pruitt, la señora Church se la encontró sin corsé y la señora Church me dijo que se le notaba el olor del licor en el aliento. Y papá decía calma, calma, y la tía Louisa lloraba como una magdalena y decía que fue la señora Pruitt la que lo hizo, porque el tío Rodney era joven y era fácil de engatusar, porque nunca había tenido ocasión de conocer a una buena chica y casarse con ella, y papá conducía el coche muy veloz hacia la casa del abuelo, y dijo:
      —¿Casarse? ¿Rodney casarse? ¿Y qué demonio de placer iba a encontrar largándose a hurtadillas de su propia casa y esperando a que se hiciera de noche para colarse a hurtadillas por la parte de atrás y subir por el canalón a un dormitorio en el que no iba a encontrar sino a su propia esposa?
      Así que mamá y la tía Louisa iban llorando a moco tendido cuando llegamos a la casa del abuelo.

III

       Y el tío Rodney no estaba allí. Entramos y la abuela dijo que Mandy, que era la cocinera del abuelo, no había ido a preparar el desayuno, y que cuando la abuela mandó a Emmeline, que era la nodriza que cuidaba del pequeño de la tía Louisa, a la cabaña de Mandy, que estaba en la parcela de detrás de la casa, la puerta estaba cerrada por dentro, pero Mandy no quiso contestar, y cuando fue la abuela en persona Mandy tampoco quiso contestar, así que el primo Fred tuvo que trepar por la ventana y Mandy ya no estaba, y el tío Fred acababa de llegar del pueblo y papá y él se pusieron a dar voces, ¿cerrada por dentro? ¿Y cómo es que dentro no hay nadie, si se puede saber?
      Y entonces el tío Fred dijo a papá que entrase a distraer al abuelo y que él se encargaba de ir y entonces la tía Louisa sujetó a papá y al tío Fred, a los dos, y dijo que ya se encargaba ella de tener distraído al abuelo para que fuesen los dos a localizarlo, a encontrarlo en donde estuviese, y papá dijo que si al menos ese mastuerzo no hubiera intentado vendérselos a alguien, y el tío Fred dijo ¡santo Dios!, pero ¿es que no sabes que el cheque estaba fechado hace diez días? Y fuimos a donde estaba el abuelo arrellanado en su sillón y dijo que no contaba con que llegase papá hasta el día siguiente, pero que vaya si se alegraba de vernos por allí, porque aquella mañana se había despertado y la cocinera se largó sin avisar y Louisa se había marchado antes de que amaneciera y ahora ni siquiera sabía en dónde estaba el tío Rodney para decirle que bajara a recoger el correo y a comprarle un cigarro puro o a lo mejor dos, y que gracias a Dios sólo era Navidad una vez al año, y que vaya si se pensaba alegrar cuando terminase la Navidad de marras, sólo que eso lo dijo riéndose, y es que cuando decía eso de la Navidad y era antes de Navidad siempre lo hacía riéndose, y sólo después de Navidad dejaba de reírse cuando decía eso de la Navidad. Entonces la tía Louisa sacó las llaves del abuelo de su bolsillo y abrió el cajón del escritorio que el tío Rodney abría con un destornillador, y sacó el tónico del abuelo y mamá dijo que me fuese yo, que fuese a buscar al primo Fred y a la prima Louisa.
      Así que allí no estaba el tío Rodney. Sólo al principio pensé que me iba a quedar sin un cuarto de dólar, que me iba a quedar con las manos vacías, así que al principio sólo se me ocurrió pensar que de todos modos ya casi estábamos en Navidad y que algo es algo. Y es que luego di la vuelta a la casa, y al cabo de un rato salieron papá y el tío Fred, y los vi atravesar los arbustos del fondo y llamar a la puerta de la cabaña de Mandy, ¡Rodney, Rodney!, tal cual. Luego tuve que colarme entre los arbustos porque el tío Fred tuvo que pasar justo al lado de donde estaba yo para ir al cobertizo a por un hacha para echar abajo la puerta de la cabaña de Mandy. Pero al tío Rodney no lo iban a engañar. Si el señor Tucker no supo engañar al tío Rodney en la casa del propio señor Tucker, el tío Fred y papá tendrían que haberse dado cuenta de que no podrían ellos engañarle y menos en la parcela de la casa de su padre. Así que ni siquiera tuve que oírlos. Esperé un rato a que el tío Fred saliera por la puerta destrozada y volviese al cobertizo y tomase el hacha y reventase la cerradura y el pasador del cobertizo y volviera y entonces papá salió de la cabaña de Mandy y clavaron el cerrojo del cobertizo en la puerta de la cabaña de Mandy y la cerraron y fueron por detrás de la cabaña de Mandy, y oí al tío tapiar también las ventanas clavando varios tablones. Luego volvieron a la casa. Pero poco importó que Mandy estuviera en la cabaña y que no pudiera salir, porque llegó el tren de Jefferson con Rosie y con el traje de los domingos de papá, así que Rosie llegó a tiempo para prepararle la comida al abuelo y a nosotros y todo estuvo en orden, todo bien.
      Pero al tío Rodney no lo iban a engañar. Eso se lo podría haber dicho yo a todos. Podría haberles dicho que a veces hasta el tío Rodney tenía ganas de esperar a que se hiciera de noche para seguir ocupándose de sus negocios. Y así estuvo todo bien aun cuando ya fuera tarde cuando por fin me pude escaquear del primo Fred y la prima Louisa. Era tarde; pronto empezarían los fuegos artificiales en el pueblo, y entonces también oiríamos los petardos, de modo que vi bien la cara que asomaba entre los maderos, donde papá y el tío Fred habían clavado los tablones, por una de las ventanas de atrás; le vi la cara y vi que no se había afeitado, y de pronto va y me pregunta que por qué he tardado tanto, porque ya se había enterado de que el tren de Jefferson había llegado antes de la comida, antes de las once incluso, y riéndose al mismo tiempo de que papá y el tío Fred lo hubiesen querido encerrar en la cabaña para que no se fuese precisamente del sitio en que quería estar, y además me dijo que tendría que escabullirme yo después de la cena, como fuese, y que si me parecía que podría hacerlo. Y yo le dije que la Navidad anterior fue un cuarto de dólar, pero que no había tenido que escabullirme para huir de la casa, y él se echó a reír diciendo ¿un cuarto? ¿Un cuarto? ¿Habré visto yo alguna vez diez cuartos de dólar todos juntos?, me dijo, y yo le dije que no, y me dijo que apareciese después de la cena con el destornillador y que me daría diez cuartos de dólar, y que no se me olvidase que ni siquiera Dios sabía en dónde estaba y por eso me tocó salir por piernas y no acercarme hasta después de que anocheciera, eso sí, con el destornillador.
       Y a mí tampoco pudieron engañarme. Porque yo había estado viendo al hombre durante toda la tarde, incluso cuando él pensó que me dedicaba a jugar con mis cosas y a lo mejor porque yo era de Jefferson y no de Mottstown y por eso no pude yo saber quién era, pero sí que lo supe, porque una vez iba paseando por delante de la valla de la parte de atrás y encendió de nuevo el cigarro puro y vi la insignia debajo de la chaqueta cuando encendió el fósforo y por eso me di cuenta de que era igualito que el señor Watts, en Jefferson, que es el que caza a los negros. Así que me puse a jugar junto a la valla y me vio y viene y me dice:
      —Qué pasa, chico. ¿Mañana te viene a ver Santy Glaus?
      —Sí, señor —dije.
      —Tú eres el chico de la señorita Sarah, la de Jefferson, ¿no? —dijo.
      —Sí, señor —dije.
      —Y has venido a pasar la Navidad con el abuelo, ¿eh? —dijo—. No sabrás si tu tío Rodney anda por la casa esta tarde, ¿verdad?
      —Pues no, señor —dije.
      —Vaya, vaya, eso sí que es una pena —dijo—. Quería verle sólo un minutillo. ¿Entonces estará en el pueblo?
      —No, señor —dije.
      —Vaya, vaya —dijo—. ¿Quieres decir que a lo mejor se ha marchado a hacer una visita?
      —Sí, señor —dije.
      —Vaya, vaya —dijo—. Pues qué pena. Quería verle para tratar un asuntillo de negocios, pero supongo que tendrá que esperar —entonces me miró muy serio—. ¿Estás seguro de que ha salido del pueblo?
      —Sí, señor —dije.
      —Vaya, pues eso era todo lo que quería yo saber —dijo—. Si por un casual lo comentas con tu tía Louisa o con tu tío Fred, les dices que eso era todo lo que yo quería saber.
      —Sí, señor —dije. Y se marchó. No volvió a pasar por delante de la casa. Estuve atento por si lo veía, pero no volvió. A mí tampoco me pudo engañar.


      

IV

       Empezó entonces a hacerse de noche y comenzaron a disparar los fuegos artificiales y a prender los petardos en el pueblo. Los oí, y no tardamos nada en ver las candelas romanas y los cohetes y para entonces habría juntado yo los diez cuartos de dólar y ya pensaba en el cesto lleno de regalos y pensé también que a lo mejor podía ir al pueblo cuando dejase de trabajar para el tío Rodney y comprar un regalo para el abuelo con diez centavos de los diez cuartos de dólar y dárselo al día siguiente y, a lo mejor, como nadie más le habría hecho un regalo, el abuelo a lo mejor me daba también un cuarto en vez de los diez centavos, y así tendría veintiún cuartos de dólar, quitando los diez centavos, y eso sí que iba a estar bien, seguro. Pero no tuve tiempo de hacerlo. Cenamos y Rosie tuvo que hacer la cena, y mamá y la tía Louisa aparecieron maquilladas con polvos porque habían estado llorando, y el abuelo; fue papá quien le tuvo que ayudar a tomarse una dosis de tónico de vez en cuando, mientras el tío Fred estaba en el pueblo, y regresó al cabo el tío Fred y papá salió al vestíbulo y el tío Fred le dijo que había buscado por todas partes, que había estado en el banco y en la Sociedad de Compresoras, y que el señor Pruitt le había echado una mano, pero que no hallaron ni rastro ni de las acciones ni del dinero, y es que el tío Fred tenía miedo, porque una noche, la semana anterior, el tío Rodney había alquilado un coche y se fue a no sé dónde y el tío Fred se enteró de que el tío Rodney había ido hasta la estación de Kingston y había tomado el rápido de Memphis, y papá dijo infierno y condenación, y el tío Fred dijo por Dios que allá que vamos después de cenar y se lo sacamos a bofetadas, porque ahora al menos ya sabemos cómo echarle el guante. Se lo dije a Pruitt y dijo que si lo pillamos está dispuesto a esperar y a darnos la oportunidad de devolverlo.
      Así que el tío Fred y papá y el abuelo llegaron juntos a cenar, el abuelo entre ellos dos diciendo que sólo es Navidad una vez al año, gracias a Dios, gracias sean dadas y ¡hurra!, más vale, y papá y el tío Fred decían que ahora ya estás mejor, padre, ahora todo para delante, y el abuelo iba derecho un rato, ahora todo derecho, pero sólo un rato, antes de ponerse a dar voces, ¿dónde demonios se ha metido el maldito muchacho?, y así llamó al tío Rodney, y que el abuelo estaba dispuesto incluso a ir al pueblo en persona y a arrancar al tío Rodney de los malditos salones de billar y obligarle a ir a casa a estar un rato como Dios manda con su parentela. Así que cenamos y mamá dijo que ella se encargaba de llevar arriba a los niños y la tía Louisa dijo que no, que ya nos acostaría Emmeline, y así subimos por las escaleras de atrás, y Emmeline dijo que ya había tenido que cocinar el desayuno extra de ese día, y que si se habían pensado que se iba a echar a perder ella toda la Navidad haciendo trabajo extra es que no tenían ellos la sensatez que ella creía que tenían, y que aquello empezaba a parecerle una muy buena casa, claro que sí, pero muy buena para estar bien lejos, fuera como fuese, y así entramos en el cuarto y cuando al cabo de un rato bajé por las escaleras de atrás me acordé también de dónde estaba el destornillador. Oí entonces los petardos que sonaban claros en el pueblo, y lucía la luna, aunque todavía pude ver las candelas romanas y los cohetes que estallaban en el cielo. Asomó entonces la mano del tío Rodney por la rendija de la persiana y tomó el destornillador. Esta vez no acerté a verle la cara del todo, y tampoco es que se estuviera riendo, o no sonaba como si exactamente se estuviera riendo, era por la forma que tenía de respirar del otro lado de la persiana.
      Y es que a él no lo iba a engañar.
      —De acuerdo —dijo—. Pues esto son diez cuartos de dólar. Pero tú espera un momento. ¿Estás seguro de que no sabe nadie en dónde estoy?
      —Sí, señor. Seguro —le dije—. Estuve esperando junto a la valla hasta que vino ése a preguntármelo.
      —¿Ése? ¿Cuál? —dijo el tío Rodney.
      —El que lleva la chapa —dije.
      El tío Rodney soltó una maldición. Pero no fue una maldición de enfado, sino que sonó más bien como cuando se reía, sólo que con otras palabras.
      —Preguntó que si estás fuera del pueblo, si te has ido a hacer una visita, y le dije que sí, señor —dije.
      —Bien hecho —dijo el tío Rodney—. Por Dios te digo, chiquillo, que el día menos pensado vas a ser un hombre de negocios tan bueno como yo. Y no te apures, que no te obligaré a seguir mintiendo mucho más. Así que ahora ya tienes diez cuartos de dólar, ¿no es así?
      —No —dije—. Todavía no los tengo.
      Y volvió a maldecir y soltó un improperio.
      —Yo sujeto la gorra y tú los vas echando para que no se desparramen —dije.
      Y soltó otra maldición, pero en voz baja.
      —Sólo que no te voy a dar diez cuartos de dólar —dijo, y empecé a decirle que no era eso lo que me había dicho, y tío Rodney dijo en cambio—: Porque te voy a dar veinte.
      Y le dije que sí, señor, y él me indicó cómo hallar la casa que quería que hallase, y qué hacer cuando la hallase. Sólo que no hubo que llevar ningún papelito esta vez, porque el tío Rodney dijo que éste era un trabajito de veinte cuartos de dólar, y que por eso era demasiado importante, tanto que no se podía poner en un papelito, y que además no me iba a hacer ninguna falta, porque de todos modos no los conocía yo de nada, y su voz era un siseo detrás de la persiana, sin que atinase yo a verlo, y aún sonaba como cuando maldecía cuando dijo que papá y el tío Fred le habían hecho un gran favor al clavar tablones en la puerta y las ventanas, y que eran tan lerdos que ni siquiera se dieron cuenta de eso.
      —Empiezas por la esquina de la casa y cuentas tres ventanas. Cuando la veas, arrojas un puñado de grava a la ventana. Luego se tiene que abrir la ventana, a ti te da igual quién la abra, no vas a conocer a nadie, tú sólo di quién eres y di que estaré en la esquina con la calesa dentro de diez minutos, y que traiga todas las joyas. Repítelo —dijo el tío Rodney.
      —Estaré en la esquina con la calesa dentro de diez minutos. Traiga las joyas —dije.
      —Di «traiga todas las joyas» —dijo tío Rodney.
      —Traiga todas las joyas —dije.
      —Eso es —dijo el tío Rodney. Y dijo—: Bueno, ¿y a qué esperas?
      —A los veinte cuartos de dólar —dije.
      El tío Rodney volvió a soltar un improperio.
      —¿Tú te esperas que te pague antes de haber hecho el trabajo? —dijo.
      —Tú has hablado de la calesa —dije—. Es que a lo mejor se te olvida cuando te vayas y a lo mejor no vuelves antes de que nosotros nos volvamos a casa. Y es que además aquel día del pasado verano en que no pudimos hacer negocios con la señora Tucker porque estaba enferma tú no me pagaste los diez centavos porque dijiste que no era culpa tuya que la señora Tucker estuviese enferma.
      El tío Rodney sí que maldijo entonces en serio, pero en voz baja, detrás de la rendija.
      —Escúchame bien. Ahora mismo no tengo los veinte cuartos de dólar. Ni siquiera tengo uno. Y la única manera de que los consiga es que salga de aquí ahora mismo y termine con toda esta maldita historia. Y no puedo terminar con toda esta maldita historia esta misma noche a menos que tú hagas el trabajito que tienes que hacer. ¿Estamos? Yo iré detrás de ti. Estaré esperando en la esquina con la calesa en cuanto vuelvas. Venga, marcha. Deprisita.


      

V

      Así que atravesé toda la parcela, ya sólo brillaba la luna, y eché a andar por detrás de la valla hasta que llegué a la calle. Y oía los petardos y veía las candelas romanas y los cohetes surcar el cielo, pero los fuegos artificiales eran en el pueblo, en el centro, así que todo lo que atiné a ver por la calle fueron las velas y las guirnaldas de acebo en las ventanas. Llegué hasta la senda, tomé la senda del establo y oí al caballo dentro del establo, aunque no llegué a saber si era el establo que buscaba o si era otro, aunque en un visto y no visto el tío Rodney más o menos saltó a la vez que doblaba la esquina del establo y dijo por fin estás aquí, y me indicó dónde colocarme y aguzar el oído hacia la casa y él volvió al establo. No oí nada más que al tío Rodney, que estaba enjaezando al caballo, y entonces dio un silbido y tuvo al caballo listo en la calesa y le pregunté que de quién eran la calesa y el caballo, que era mucho más flaco que el caballo del abuelo, y el tío Rodney dijo que ahora el caballo era suyo, y que maldita fuese aquella luna tan brillante, que se fuese la luna al infierno. Volví entonces por la senda hasta la calle y no vi que viniera nadie, así que agité el brazo a la luz de la luna, y entonces llegó la calesa y salimos pitando. Estaban bajadas las persianas laterales y por eso no pude ver los cohetes y las candelas romanas que disparaban en el pueblo, pero sí que oí los petardos y pensé que a lo mejor íbamos a pasar por el centro del pueblo y que a lo mejor el tío Rodney se detendría y me daría al menos una parte de los veinte cuartos de dólar y que así podría yo comprarle al abuelo un regalo por Navidad, pero no fue así; el tío Rodney se limitó a levantar la persiana lateral sin hacer un alto y así pude yo ver la casa, los dos magnolios, sólo que no nos paramos hasta que hubimos llegado a la esquina.
      —Adelante —dijo el tío Rodney—, di que estaré en la esquina dentro de diez minutos. Y que traiga todas las joyas. Da igual quién la abra. Tú es mejor que no sepas quién es. Es mejor que te olvides ya mismo de lo que es esa casa. ¿Estamos?
      —Sí, señor —dije—. Y entonces me pagas los…
      —¡Que sí, pesado! —dijo, y me maldijo—. ¡Que sí! Anda, sal de aquí ahora mismo.
      Así que salí y la calesa siguió su camino y yo volví andando por la calle. Y la casa estaba toda a oscuras, con la excepción de una sola luz, de modo que era la que tenía que ser, la que estaba junto a los dos árboles. Atravesé la parcela y conté las tres ventanas y a punto estaba de arrojar un puñado de grava cuando una señora salió corriendo de detrás de un arbusto y me sujetó. Algo quería decirme, y lo intentaba, sólo que yo no llegué a saber de qué me hablaba, y es que además nunca tuvo mucho tiempo para decir nada porque un hombre salió corriendo de detrás de otro arbusto y nos sujetó a los dos. Sólo que a ella la sujetó por la boca, pues me di cuenta por su manera de farfullar que intentaba soltarse por todos los medios.
      —Bueno, chico —dijo el hombre—. ¿Qué pasa? ¿Tú estás en el lío?
      —Yo trabajo para el tío Rodney —le dije.
      —Entonces estás en el lío —dijo. La señora luchaba y farfullaba y trataba de soltarse por todos los medios, pero él la tenía sujeta por la boca—. Muy bien. ¿De qué se trata?
      Lo que pasa es que yo no sabía que el tío Rodney alguna vez hiciera negocios con hombres, aunque a lo mejor desde que empezó a trabajar para la Sociedad de Compresoras no le quedó más remedio. Y además él me había dicho que yo no iba a conocer allí a nadie, a lo mejor eso es lo que quiso decir.
      —Dice que estará en la esquina dentro de diez minutos —dije—. Y que lleve todas las joyas. Eso me dijo que lo diga dos veces. Que lleve todas las joyas.
      La señora luchaba y farfullaba más que nunca, así que a lo mejor tendría que soltarme para poder sujetarla con las dos manos.
      —Que traiga todas las joyas —dijo, sujetando a la señora con las dos manos—. Ésa sí que es buena. Es una idea brillante. No le culparé yo por decirte que lo digas dos veces. Pues muy bien. Tú te vas a la esquina y lo esperas y cuando venga le dices que ella dice que él la ayude a llevarlas. ¿Entendido?
      —Y entonces me dará mis veinte cuartos de dólar —dije.
      —Veinte cuartos de dólar, ¿eh? —dijo el hombre mientras sujetaba a la señora—. Ésa es la parte que tú te llevas, ¿eh? Pues es poca cosa. Dile también que ella ha dicho que te dé a ti una de las joyas. ¿Entendido?
      —Yo sólo quiero mis veinte cuartos de dólar —dije.
      El hombre y la señora se volvieron a colar detrás de los arbustos y yo fui a lo mío, de vuelta a la esquina, y vi las candelas romanas y los cohetes de nuevo sobre el pueblo, y oí los petardos, y entonces apareció la calesa y el tío Rodney siseaba detrás de la persiana, como cuando estaba tras la persiana, en la ventana de la cabaña de Mandy.
      —¿Y bien? —dijo.
      —Dice que vayas y que la ayudes a llevarlas —dije.
      —¿Cómo? —dijo el tío Rodney—. ¿Ha dicho que él no está?
      —No, señor. Ha dicho que vayas a ayudarle a llevarlas. Que te lo dijera dos veces. ¿Y dónde están mis veinte cuartos de dólar? —le dije, porque ya se había bajado de la calesa de un salto y de otro salto se metió por la parcela, a la sombra de los arbustos. Así que también yo fui a donde los arbustos y le dije—: Me dijiste que me ibas a dar…
      —¡Vale, vale, vale! —dijo el tío Rodney. Estaba acuclillado entre los arbustos, yo lo oía respirar—. Te los daré mañana. Mañana te doy treinta cuartos de dólar. Ahora, te vuelves a casa como alma que lleva el diablo. Y si han entrado en la cabaña de Mandy, tú no sabes nada. Ea, a correr. Deprisita, en marcha.
      —Es que prefiero que me des esta noche los veinte cuartos de dólar —dije.
      Iba agachado y muy veloz a la sombra de los arbustos, y yo iba detrás de él, porque cuando se volvió en redondo por poco no me dio en toda la cara, aunque me aparté de un salto y salí de los arbustos a tiempo y él se puso en pie y me maldijo y entonces se agachó y vi que llevaba un palo en la mano y me di la vuelta y eché a correr. Él siguió por donde iba, agachado entre las sombras, y yo volví a la calesa, porque al día siguiente a Navidad tendríamos que regresar a Jefferson, así que si el tío Rodney no volvía antes, no volvería yo a verle hasta el verano siguiente y para entonces a lo mejor andaría haciendo negocios con otra señora y mis veinte cuartos de dólar iban a ser seguramente como aquellos diez centavos de la vez en que la señora Tucker estaba enferma. Así que me quedé esperando junto a la calesa y vi los cohetes y las candelas romanas y oí los petardos en el pueblo, sólo que ya era tarde y seguramente todas las tiendas estarían ya cerradas y no podría comprarle al abuelo un regalo, ni siquiera cuando volviera el tío Rodney y me diera de una vez por todas mis veinte cuartos de dólar. Así que estaba escuchando los petardos y pensando en cómo le podría contar al abuelo que quise comprarle un regalo, y que a lo mejor hasta me daba quince centavos, en vez de diez, cuando de golpe y porrazo empezaron a sonar los petardos dentro de la casa en la que había entrado el tío Rodney. Sólo que sonaron cinco, nada más, y muy seguidos, y luego ya no sonaron más, así que pensé que en cualquier momento también iban a prender allí dentro la mecha de los cohetes y de las candelas romanas. Pero no fue así. Sólo sonaron los cinco petardos muy seguidos, muy deprisa, y luego se hizo el silencio y me quedé plantado junto a la calesa y entonces empezó a salir gente de las casas y a gritarse los unos a los otros y también vi que los hombres corrían hacia la casa en la que había entrado el tío Rodney, y un hombre salió entonces de la parcela a toda prisa y subió por la calle hacia la casa del abuelo y al principio pensé que era el tío Rodney y que se había olvidado de la calesa, hasta que vi que no era. Pero es que el tío Rodney no volvió nunca, así que fui hacia la parcela, en donde estaban los hombres, porque desde allí aún alcanzaría a ver la calesa y al tío Rodney si es que volvía, y al llegar a la parcela vi a seis hombres que sacaban algo alargado, y otros dos hombres me salieron al paso, corriendo, y me pararon los pies, y uno de los dos dijo que se lo lleven los demonios, es uno de esos chicos, es el de Jefferson. Y vi entonces que lo que llevaban los hombres era una persiana con algo envuelto en una colcha y por eso pensé al principio que le habían echado una mano al tío Rodney para llevar las joyas, sólo que ni vi al tío Rodney por ninguna parte, y entonces uno de los hombres dijo:
       —¿Cómo? ¿Uno de los chicos? Por todos los diablos, que alguien se lo lleve a su casa.
      Así que uno de los hombres me tomó en brazos, aunque yo le dije que tenía que quedarme a esperar al tío Rodney, y el hombre dijo que por el tío Rodney no me preocupase, y yo le dije que quería esperarlo allí, y uno de los que estaban detrás de nosotros dijo maldita sea, lleváoslo de aquí, y siguió a lo suyo. Yo iba a hombros, montado en ese hombre, y cuando pude volver la vista atrás vi a los seis hombres a la luz de la luna, que se llevaban la persiana con el fardo, y dije si eso era del tío Rodney, y el hombre dijo que no, que si era de alguien en realidad era del abuelo. Y entonces ya supe lo que era.
      —Es un costillar de buey —dije—. Se lo van a regalar al abuelo.
      El otro hombre hizo un ruido muy raro.
      —Sí, se podría decir que es un costillar de buey —dijo el que me llevaba a hombros, y yo dije que tenía que ser un regalo de Navidad para el abuelo. ¿De quién será? ¿Es de parte del tío Rodney?—. No —dijo el hombre—. No es de parte de él. Digamos que es de parte de los hombres de Mottstown. De todos los hombres casados de Mottstown.


      

VI

       Entonces avistamos la casa del abuelo. Y estaban todas las luces encendidas, incluso las del porche, y vi que había gente en el vestíbulo, vi a las señoras con los echarpes sobre la cabeza, y aún vi a otras que avanzaban por el sendero hacia el porche, y entonces oí a alguien dentro de la casa, alguien que parecía estar cantando, y entonces papá salió de la casa y vino por el sendero hasta la cancela de la entrada y nos acercamos y el hombre me dejó en el suelo y vi que Rosie también estaba esperando en la cancela. Sólo que entonces ya no pareció que fuese ninguna canción, porque música no tenía, y a lo mejor era otra vez la tía Louisa y a lo mejor ahora ya no le gustaba nada la Navidad, igual que al abuelo, que dijo que no le gustaba.
      —Es un regalo para el abuelo —dije.
      —Sí —dijo papá—. Tú acompaña a Rosie y vete a la cama. Mamá no tardará en llegar, pero quiero que te portes bien mientras tanto. Obedece a Rosie. Adelante, Rosie. Ya lo puedes llevar. Deprisa.
      —Eso no hace falta ni que me lo diga —dijo Rosie. Me dio la mano—. Vamos.
      Sólo que no volvimos al jardín, porque Rosie salió por la cancela y echamos a andar por la calle. Y entonces pensé que a lo mejor íbamos a entrar por la puerta de atrás para no tropezarnos con toda aquella gente, pero tampoco fue eso lo que hicimos. Sólo seguimos andando por la calle.
      —¿Adónde vamos? —dije
      —Nos vamos a dormir a casa de una señora que se llama la señora Jordon —me dijo Rosie.
      Y allá que nos fuimos. No dije nada, porque papá se había olvidado de decir nada de que yo me había escabullido de la casa, al menos de momento lo había olvidado, así que si a lo mejor me iba a la cama y me quedaba quietecito se le olvidaría del todo hasta el día siguiente. Y, además, lo principal era echarle el guante al tío Rodney y conseguir mis veinte cuartos de dólar antes de que volviésemos a casa, y a lo mejor al día siguiente también eso estaría en orden. Así que allá nos fuimos y Rosie dijo que la casa queda allí mismo, y entramos por el jardín hasta que de golpe y porrazo Rosie vio a la zarigüeya. Estaba encaramada en un caqui en el jardín de la señora Jordon y la vi perfectamente a la luz de la luna, y di un grito.
      —¡Corre! ¡Corre a traer la escalera de la señora Jordon!
      —¿Escalera? Y un cuerno —dijo Rosie—. Tú te vas ahora mismito a la cama.
      No la esperé. Eché a correr hacia la casa, con Rosie corriendo tras de mí y dando voces.
      —¡Tú, Georgie! ¡Ven aquí ahora mismo!
      Pero no me paré. Podíamos sacar la escalera y atrapar a la zarigüeya y dársela al abuelo junto con el costillar de buey, y no nos costaría ni cinco centavos y a lo mejor el abuelo también me podría dar otro cuarto, y cuando consiguiera los veinte cuartos del tío Rodney tendría veintiún cuartos de dólar, nada menos, y eso bien ha de estar.



Notas de la traducción:
[1]Una compresora de algodón es «el lugar en el que el algodón destinado a una fábrica lejana se comprime a mayor presión» que en una desmotadora normal (Calvin Brown, A Glossary of Faulkner’s South, p. 60). En este contexto, se trata de una sociedad anónima cuyos accionistas obtienen beneficios del procesado y el transporte del algodón.

[2] Bonos emitidos por el Estado, pagaderos a un buen interés, expedidos para cubrir los costes de las carreteras entonces en construcción.

El tío Rodney ha sacado del banco los bonos de su madre, por valor de dos mil dólares, dejando en su lugar las acciones emitidas por la Sociedad de Compresoras, por lo que la operación parece legítima. Ha dejado un cheque falso en la Sociedad, de modo que en realidad ha robado cuatro mil dólares: los dos mil originales más las acciones de la madre.

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