Jesús Díaz
(La Habana, 1941 - Madrid, 2002)

II. Erasmo
Los años duros (1966)


       El grupo se detuvo. Los hombres, polvudos, cayeron más que se sentaron. Quedaron un rato en las más disímiles posiciones. Luego se fueron acomodando lentamente, ahorrando todo movimiento innecesario, todo gesto, toda palabra. A veces movían levemente los labios, luego la garganta, como sí bebieran. Pero tragaban solamente el aire quemante del lugar; o, a lo sumo, los sudores de sus rostros acumulados en las grietas de los labios. Uno, de la punta, alzó la cabeza en un movimiento extraño por ágil, pero casi inmediatamente la dejó caer otra vez contra el polvo.
       —Está seco —murmuró.
       —¡Erasmo! —gritó una voz desusadamente viva.
       Un hombre corrió por sobre su cansancio hacia el que había gritado.
       —¿Qué, Méndez, podemos seguir ya?
       —¿Seguir? —casi gritó el otro estirando el cuello.
       —Claro.
       Méndez se mordió el labio, se quitó la gorra y pasó la mano derecha por el pelo, levantando un remolinillo de polvo.
       —La gente no da más, Erasmo. Llevan quince días caminando día y noche casi sin parar. Además... —comenzó a golpearse el muslo con la gorra y miró al otro— yo...
       —¿Tú?
       —Yo no estoy muy seguro que los tipos esos estén por aquí —dijo de un tirón.
       —Méndez, yo sé que están por aquí, yo te di...
       —Sí, les estamos cayendo atrás desde que ustedes tuvieron el fallo, y na...
       —El único que falló fui yo —gritó Erasmo—. Mi gente no tuvo ninguna responsabilidad.
       —Está bien, está bien —dijo Méndez con voz más suave—. Pero no es eso lo que tenemos que hablar aquí. —Se apretó la barbilla, golpeó el suelo con las botas—. Yo creo que debemos regresar.
       —¡Cómo!
       —Mira, Erasmo, la gente está muerta. No hay ningún rastro de esos bandidos por aquí; además no se van a poder ir de ninguna forma. Eso es lo más importante, no se van a poder ir. La contrarrevolución está aplastada en la zona; los bandidos no tienen donde meterse y el cerco grande está tirado. Podemos regresar ahora y peinar mañana con más gente; con gente fresca.
       —Tres tipos se escapan por el ojo de una aguja...
       —¿Tres? ¿No eran dos?
       —Tres. Y la gente, esto está minado, pero hay muchos hombres inexpertos, y nosotros debe..., ¿qué pasa ahí?
       El murmullo venía desde la izquierda, creciendo, hasta convertirse en ruido. Los hombres echaron a andar hacia el grupo.
       —¿Qué pasa? ¿Qué? —preguntaban abriéndose paso.
       —Huellas, hay huellas.
       —Están por aquí.
       —Miren —dijo uno indicando el cauce del arroyuelo.
       —¡Coño, son frescas!
       —Erasmo se inclinó sobre el fango en el que estaban inscritas las marcas llegando casi a besarlas.
       —Lo que yo decía —dijo desde el suelo— andan por aquí. Andan por aquí, Méndez, no se nos pueden...
       —¡Vamos! —ordenó Méndez— ¡Vamos a seguir! ¡Rápido! ¡Vivo!
       Los hombres se internaron rápidamente en el monte que se alzaba detrás del arroyuelo. Erasmo se situó a la vanguardia. Caminaba punzando el trillo con los ojos, la nariz husmearte, tratando de intuir toda presencia posible. De pronto echó a correr hacia una cantimplora que había en el suelo, la tomó y se dio vuelta en busca de Méndez.
       —¡Mira!
       —¡Ah!
       —¡Más rápido!
       —¡Más rápido!
       La orden corría hacia atrás, a contrapelo, impulsando a los hombres. Uno, al querer adelantarse, cayó sobre un tronco seco. El ruido detuvo la marcha. Los hombres quedaron fijos, clavados, las piernas levantadas, extendidos los brazos; como si el movimiento, presencia tan vital segundos antes, les fuera imposible. Sólo las cabezas giraron, mas ni siquiera esto desmintió la quietud. Erasmo miró ansioso a todos lados queriendo acallar el ruido con la vista. Pero éste se tomó su tiempo exacto. Cuando cesó, Méndez dio una orden. Las piernas levantadas bajaron, y los gestos, sorprendidos, retomaron su ritmo. Un silencio formado por ruidos amistosos se había abierto paso; rozar de botas contra el suelo, jadear de pechos, y, también, por aquella orden, imprecación, exigencia, grito.
       —¡Más rápido!
       Agolpándose, como la sangre, contra las sienes.

       Al llegar a una encrucijada el grupo se detuvo. Pronto estuvieron Méndez y Erasmo acuclillados en el centro. Detrás varios hombres, de rodillas; luego otros, de pie. Separados unos cinco metros del grupo, en ambas direcciones, postas.
       —...luego tienen que haber cogido por Sagarra. Dijo Méndez con voz definitiva. Después clavó en la tierra el palito puntiagudo que tenía en la mano e intentó levantarse.
       —Espérate.
       Quiso terminar el movimiento, pero unas manos presionando sobre sus rodillas le recordaron que Erasmo había hablado. Le miró fijo.
       —¿Qué pasa?
       —Que yo no creo que hayan cogido por Sagarra.
       —¿Por qué?
       —Porque es un camino muy largo. Esa gente está loca por llegar a la costa.
       —¿Y qué? —siguió Méndez en el mismo tono.
       —Que yo creo que cogieron por Cañitas.
       —¿Por el llano, Erasmo?
       —Por un llano que les ahorra camino.
       —Estamos perdiendo mucho tiempo.
       Méndez se puso de pie, giró sobre sí mismo y avanzó un poco por el sendero. Caminaba despacio, como si algo lo retuviera. Miró hacia atrás. Erasmo continuaba acuclillado, gacha la cabeza.
       —Yo no estoy de acuerdo, Méndez, no estoy de acuerdo.
       —¿Quién es el jefe aquí?
       —Tú, nadie lo ha puesto en duda.
       —Pues a veces parece que se te olvida.
       —No es que se me olvide —dijo Erasmo sin cambiar de posición— no es que se me olvide, es que...
       —Es que el teniente Erasmo tiene mucha experiencia con los bandidos. No se le va ni uno.
       —Nadie lo metió en esto, Carmenati —dijo Méndez con voz acerada. Luego agarró a Erasmo por un hombro. —Ven acá.
       —En otro lugar tú no tendrías agallas para decir eso —dijo Erasmo a Carmenati cuando pasó por su lado.
       Se alejaron un tanto del grupo.
       —¿Por qué tú crees que cogieron por Cañitas?
       —Porque están locos por llegar a la costa.
       —Pero, ¿tú crees que van a arriesgarse a caminar por el llano?
       —Se arriesgan, Méndez, se arriesgan. Estos tipos están tostados, un tipo acorralado hace cualquier cosa. La costa es la única salvación de un contarrevolucionario aquí. Irse al Norte, por eso, hacen cualquier cosa, hasta caminar por el llano.
       —Es que eso no es lógico, ¿te das cuenta? No es lógico.
       —Hay muchas cosas que no son lógicas y pasan.
       —Lo dices por...
       —No lo digo por nada, lo digo porque creo que fueron por Cañitas.
       —No me convence.
       —Bueno, mira, vamos a dividir la gente. Dame la mitad, yo voy por Cañitas.
       —Coño, ¿pero por qué ese empeño?
       —Porque yo quiero cogerlo yo; si te hubiera pasado a ti lo que...
       —¡Pasarme eso a mí! ¡Ja!
       Erasmo bajó la cabeza. Quedó hundido.
       —No te pongas así, compadre —dijo Méndez colocándole una mano en el hombro— no te pongas así. Eso le pasa a cualquiera.
       —A cualquiera no, Méndez —Erasmo hizo una mueca—. A un serrano no le pasa eso. No se le van así unos hijoeputas. A un hombre no le pasa eso. Solamente a un mierda como yo le pasa.
       —Y... ¿y ya te hicieron juicio?
       —Todavía. Hasta ahora nada más quitarme los grados. —Erasmo levantó la cabeza. —Tienes que darme un chance, Méndez, tienes que darme un chance.
       —Darte mando. ¿Y si no sale, si fallas?
       —Fusílame, —dijo Erasmo con voz seca.
       —¡Ah! Tú sabes que eso no puede ser.
       —No puede ser. Ojalá hubiera sido —murmuró.
       —¿Qué?
       —No me hagas caso. Tú me conoces, Méndez. ¿No te das cuenta lo que tengo que soportar? ¿No oíste a Carmenati?
       Méndez se golpeó el muslo con la palma, luego la pasó por la frente.
       —¿Quince hombres?
       —Quince.
       Regresaron. Méndez habló en voz baja. Luego Erasmo comenzó a señalar varios hombres que se le fueron uniendo.
       —...Rosales, Juancho y Carmenati.
       —¿Carmenati?
       —Carmenati.
       Méndez se encogió de hombros.
       El grupo, con Erasmo al frente, tomó por el camino de la derecha.
       Los otros estuvieron observándolos hasta que se perdieron en la curva.
       —Ese Erasmo es un tipo raro —dijo uno.
       —Pero los tiene así —apuntó Méndez construyendo un círculo con los dedos a la altura de la entrepierna. El monte clareaba hacia la punta del trillo. A la salida una manigua enteca, más allá, las cañas. Los hombres, encorvados, llegaron al final del camino. Allí se detuvieron un segundo, venteando.
       —¡Corran!

cañas golpean los pechos que se hieren las caras con pajas de caña enredan los pies de cuerpos que caen rayos de sol en los ojos que se agrandan mirando hacia adelante ven el polvo en los labios que se cuartean y tiemblan los bejucos traban los cañones en cañas secas correas cortan las pieles de las narices se ensanchan buscando aire que no respiran tierra en los ojos miran las botas se levantan los brazos se separan las cañas se interponen entre los cuerpos corren los ecos de disparos de fusiles que se empuñan buscando los ojos escudriñan los árboles se esconden los hombres que se arrastran yerbas se mueven los labios se abren las gargantas..

       —¡Por allí! ¡Por allí! ¡...allí! —gritó Erasmo al escuchar los disparos.
       Dio una orden y los hombres comenzaron a rodear el montecillo. Reptaban en silencio, cuidando de la tierra las bocas de los fusiles.
       Mantuvo a Carmenati junto a sí, observó los movimientos de sus hombros reprobando, negando, alentando, dirigiendo con la mirada. Comenzó a pasar la mano por la cara como si sintiera allí alguna molestia. De pronto miró a la derecha y halló sobre él los ojos del otro, fijos.
       —¿Por sobre las cabezas?
       —Sí.
       —Nada más que somos diez.
       —No importa, yo conozco esto, no se pueden ir, están presos.
       —No te entiendo, Erasmo, es como... no sé, después de lo que... no te entiendo.
       Volvió a mirar a Carmenati. Luego miró sucesivamente a cuatro puntos donde alguna presencia parecía acechar. Comprobó la hora.
       —Yo me entiendo, Carmenati, yo me entiendo.
       Observó otra vez la hora. Llevó su F.A.L. al hombro, cerró un ojo. Carmenati hizo otro tanto.
       Con una cronométrica seguridad la tenaza seguía mordiendo. Al poco rato se cerró. Fue entonces cuando el aire saltó hecho pedazos por la descarga de fusilería. Llevó consigo en el arranque los pájaros que aún quedaban, y trajo a tierra muchas hojas. Luego se repitió a sí misma varias veces, siempre más sorda y lejana, hasta perderse.
       —¡Ríndanse! ¡Están rodeados!
       El cuello al gritar, le quiso reventar de venas.
       —¡Ríndanse!
       Volvió a ponérsele rojo.
       —¡Vengan a buscarme! ¡Cójanme si tienen con qué!
       —¿No ves? —murmuró Carmenati.
       Erasmo levantó de nuevo el fusil. Sonó otra descarga, más cercana esta vez a la tierra. El tronar de los fusiles fue breve, pero una B. Z. continuó azotando el monte. Cuando dejó de sonar se hizo un silencio eléctrico.
       —No contestan.
       —No.
       —¿Tiramos a dar?
       —Es que, ¿por qué arriesgar a la gente? Si se rinden...
       —Es mejor, pero...
       —Vamos a darles cinco minutos. ¿Qué tú crees?
       —No sé, tú tienes más experiencia.
       Erasmo chasqueó la lengua al volverse. Giró rápido, como picado. Pero la mirada de Carmenati era clara, hasta un poco sorprendida. Volvió a su posición.
       —Oigan bien todos, oigan bien: están rodeados, no tienen escape. Si no se rinden, quedan. Oigan bien: les vamos a dar cinco minutos para que lo piensen, pasados los cinco minutos abrimos fuego. Vamos a empezar a contar. Esperó a que la agujilla montara las doce... —¡ya!
       Quedó con la vista clavada en la esfera, murmurando. La piececilla se movía con una lentitud exacta. Una gota de sudor le bailó un instante en la nariz, luego cayó y fue sorbida por los labios. Carmenati se movía sin cambiar de posición, pero el frotar del cuerpo contra el suelo hacía craquear las hojas.
       —¿Quieres estarte quieto?
       Cesó el craquear de las hojas.
       —¡Quedan cuatro minutos!
       Ambas veces habló sin separar la vista del reloj. Carmenati volvió a moverse y volvió el ruido de las hojas secas.
       —¡Coño, pero...!
       Otra vez el silencio.
       —Cincuenticinco, cincuentiseis, cincuentisiete, cincuentiocho...
       —¡Tres minutos!
       Siempre la vista fija, expectante. De pronto Carmenati comenzó a golpear rítmicamente su fusil con el anillo. El ruido se intercalaba entre el tictac de las manecillas. Un golpe y otro. Un golpe y otro. Un golpe y otro.
       —¡Sió!
       Un golpe y otro.
       —¡Dos!
       —Esa gente va a hacer alguna maraña.
       —¡Cállate!
       —Erasmo... vamos a tirar, oye...
       —¡Sió!
       Un golpe y otro.
       Los ojos de Carmenati se achicaron y su nariz se ensanchó. Contrajo el cuerpo, dobló una rodilla.
       —¡Un minuto!
       —Erasmo...
       Erasmo llevó lentamente su fusil al hombro.
       —¡Yo voy a buscar a esos hijoeputas!
       —¡Aguanta, Carmenati!
       Pero ya se había puesto de pie. Erasmo se lanzó contra él y Carmenati cayó al suelo.
       Habían sonado dos disparos.




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