José Luis González
(República Dominicana, 1926 - México, 1997)


BALADA DE OTRO TIEMPO


      La cana por todas partes, advierte el hombre, hasta donde alcanza la vista, cubriendo la tierra como una inundación, se dice. ¿Aquí habrá habido árboles alguna vez? No como estos que ve ahora, desperdigados, uno aquí cerca y otro más allá de donde llegaría una pedrada, solitarios, huérfanos, piensa, sino como los de allá, abundantes, frondosos, protectores de lo que crece y fructifica al amparo de su sombra. Y esta ausencia de pájaros, lo comprueba su oído acostumbrado al sinsonte, al turpial, al bienteveo, porque el ojo sí le revela los changos prietos y mudos posados sobre el escaso ganado proveedor de garrapatas. Y el sol convertido en maldición, en condena, en enemigo del aire, que vuelve seco, caliente y áspero, se lo dicen su piel y sus pulmones. Y al entrar en el pueblo lo peor, ya lo sabía, la gente: retacería cosida por un loco, se le ocurre al hombre, tal es la diversidad de colores, tallas, atuendos, voces, gestos. Qué de negros: fachendosos, parejeros, descarados, sobre todo ellas, todas escotes, nalgas ceñidas, brazos sin mangas. No se diga la muchachería desnuda: aquella ya pasó de los seis años y no lleva una hilacha encima: adiós vergüenza. Y los hombres, bah: ventorrillo, ron y guitarra. Y bongó, cómo no, tucutú, procotó, a eso le llaman música, mamita llegó el obispo, llegó el obispo de Roma, mamita si tú lo vieras, qué cosa linda, qué cosa mona, habráse visto falta de respeto, en lugar de una décima decente y bien rimada que no ofenda a nadie. Y hablando de respeto: un mandulete en camiseta que por correr sin saber adónde se le mete entre las patas al caballo y todavía se atreve:
      —¡Aguanta ese penco, jincho!
      La mano se le va, instantánea, hacia la empuñadura del machete que lleva al cinto, pero el insolente ya está al otro lado de la calle y ni siquiera vuelve la cabeza cuando él lo conmina:
      — ¡Párate ahí, manganzón, para que veas!
      Ahora es una risa burlona a sus espaldas, y éste sí me la va a pagar mientras hace girar al caballo con un tirón de la rienda, pero sucede que no es éste sino ésta, una mujercita desgreñada que lo mira cubriéndose la boca con la mano y encogiendo los hombros para contener la hilaridad.
      — ¡Respete a los hombres, carijo!
      La palabrota disfrazada, antes que arredrar a la mujer, la empuja al paroxismo: ambas manos sobre la boca no bastan a reprimir el torrente de la risa que amenaza descoyuntar su cuerpo endeble: huesos y pellejo bajo la bata mugrosa y descosida en un costado. El hombre siente que toda la sangre se le sube a la cabeza:
      — ¡Respe...
      —No es falta de respeto, amigo —la voz pausada y gruesa le llega desde el lado izquierdo del caballo, un poco hacia atrás: el que habla debe de haberse acercado mientras él hacía girar la montura por la derecha, por eso no lo ha visto antes. Ahora sí: es un negro enorme, con pecho de barril y brazos como troncos que contrastan a primera vista con la cabeza pequeña pero asentada sobre un poderoso cuello de toro. Él lo interroga con la mirada dura, por el tamaño no va a asustarme, sin apartar la mano del machete.
      —No es falta de respeto —repite el otro arrastrando la erre, gargarizándola casi—. Es que no sabe lo que hace —y se lleva a la sien el índice de su mano derecha.
      Una loca: debí imaginármelo: ya me habían dicho que por aquí abundaban. Pero el sinvergüenza que me insultó...
      —El otro es un tarambana —dice el negro como si le adivinara el pensamiento—. Tampoco hay que hacerle caso.
      La mujer deja de reír súbitamente y se pone a rascarse una axila con grave concentración. El negro se le acerca y la toma suavemente por un brazo:
      —Tu mamá te anda buscando, Mayuya. Vete para tu casa, anda.
      Ella lo obedece dócilmente, y él se vuelve hacia el jinete:
      —Tres veces se la han llevado al manicomio y tres veces se ha fugado. Ya se cansaron de volver por ella. Al fin y al cabo, no le hace daño a nadie.
      —Pero si no tiene quien la cuide...
      —Eso es lo malo. Vive sola con la mamá, que no puede acompañarla siempre. No ha faltado quien quiera abusar de ella.
      El hombre piensa con repugnancia en el cuerpo esquelético y desaseado. Qué mundo.
      —Usted no es de por aquí, ¿verdad?
      —No, qué va... —se interrumpe porque tampoco quiere ofender—. No. Voy de paso.
      —¿A Guayama?
      —Por ahí.
      —Fue lo que pensé. El lunes empieza la zafra: por eso la gente está contenta —y señala con la cabeza hacia el grupo que sigue cantando frente al ventorrillo.
      —Pero yo no ando buscando trabajo.
      —Ah. Yo creí. Es que en este tiempo siempre baja gente de la altura. Parece que por allá escasea el trabajo.
      —El trabajo no, porque ahora mismo es tiempo de recogida. Lo que escasean son los chavos: el café ya no deja nada.
      —Entonces, como quien dice, siempre están en tiempo muerto —sonríe sin malicia el pueblerino.
      —Algo así. Y, dígame, ¿usted podría recomendarme un lugar para almorzar?
      —Bueno, allá adelante hay una fonda. Pero a esta hora...
      Hace dos, cuando menos, que el sol pasó por el cenit, y el jinete conviene:
      —Si, yo creo que se me hizo tarde.
      —Pero no, espérese. A lo mejor en casa de doña Fela todavía pueden servirle algo. Véngase conmigo, que yo también voy por ahí.
      Por ahí es casi a la salida del pueblo (más bien sin el casi porque la casa de doña Fela es la última antes del campo abierto), de suerte que el acompañante tiene tiempo sobrado de continuar la conversación y lo aprovecha:
      —¿Así que va a Guayama? Por allá trabajaba yo cuando la huelga del treinticuatro. Estuvo fuerte la cosa.
      —Por allá no supimos de eso.
      —No, me imagino que no. Estuvo fuerte, pero lo peor fue que a fin de cuentas todo quedó igual. Yo no sé si fue un error llamar a Albizu, pero...
      —¿A quién?
      —A Albizu Campos, el jefe de los nacionalistas.
      —Ah.
      —Yo no sé si fue un error, digo, porque parece que él estaba pensando en otra cosa. Pero la verdad es que nuestros líderes nos traicionaron. Yo siempre he sido socialista, ¿sabe?, pero la verdad es que habían vendido la huelga.
      —¿Ah, sí?
      —Por eso estoy retirado del partido desde entonces.
      —Bueno, a mí esas cosas no me... Quiero decir, yo ni tan siquiera voto en las elecciones.
      —Allá arriba no se interesan tanto en la política, según me han dicho.
      —En los pueblos sí, pero yo hablo del campo. ¿Qué candidato se va a tirar hasta la sínsora donde yo vivo para conseguir un voto?
      —¿Usted vive solo?
      —No, yo soy casado.
      —Entonces serían dos votos.
      —Ah, no, yo no creo que las mujeres deban meterse en eso.
      —Mm. Bueno, mire, ya llegamos —dice el negro deteniéndose frente a una casucha de madera y techo de cinc que alguna vez estuvo pintada de verde, de un verde brillante sin duda, porque esos son los únicos colores que parecen gustar por aquí, pero humillado ya hasta el gris por las lluvias y los soles. Una mujer, metida en años y en grasas, negra también, en chancletas, responde desde la puerta al saludo del visitante de a pie (el jinete sólo se ha quitado el sombrero, sin hablar):
      —Dichosos los ojos, Gildo. Qué milagro.
      —Antier pasé por aquí, pero todo estaba cerrado.
      —Antier... —dice la mujer entornando los dichosos en un pequeño esfuerzo de concentración—. Sería por la tarde.
      —Como a las cuatro.
      —Ajá. Me mandaron a llamar para un trabajito. Ya tú sabes.
      —Seguro. Usted siempre haciendo favores.
      —Bueno, cuando uno tiene esta misión... ¿Y tú te imaginas dónde? En casa de unos blancos de la central.
      —No me diga. ¿Así que por allá también jumea?
      —¡Si te contara!
      —Pues, hablando de favores, a eso venimos ahora.
      —Tú dirás, mi hijo.
      —Resulta que el amigo aquí va de camino y se le hizo tarde para almorzar en la fonda. A mí se me ocurrió que a lo mejor usted podía servirle algo.
      —Bueno —dice a mujer mirando al desconocido a los ojos, con tanto desenfado que el hombre se cohibe: porque así deben mirar los hombres, no las mujeres aunque tengan esa edad—. Si se conforma con comida de pobre.
      —Lo que sea se apreciará, doña.
      —Pues bájese y entre, para que descanse mientras espera.
      —Bueno —dice Gildo—. Entonces ya me voy. Meior que aquí no va a comer en ningún otro lugar de este pueblo, seguro.
      —Ave María muchacho —dice la mujer riéndose (más de la cuenta, piensa el jinete)—. No me recomiendes tanto; que voy a quedar mal.
      —Yo sé lo que digo. Hasta la vista, don.
      —Adiós. Y gracias por el favor.
      —No hay de qué. Y no vaya a meter el caballo en Guayama, que allí no hay donde dejarlo.
      —No, no pienso entrar en el pueblo.
      Más le vale, reflexiona el otro mientras se aleja, porque con esa pinta de jíbaro de la altura lo engatusa el primer vivo que se encuentre.
      —Puede dejar el caballo en el patio, si gusta —ofrece la mujer—. Allá hay sombra. Y agua, si quiere darle; debajo del palo de mangó hay un balde.
      —Sí, cómo no —mientras desmonta—. El agua después, cuando se refresque un poco.
      La mujer ya no está en la primera pieza, la que hace de salita, cuando el hombre sube a la casa después de dejar el caballo en el patio. La oye decir desde el fondo de la vivienda, desde la cocina seguramente:
      —Siéntese, que no tardo.
      El hombre tiene sed y por un instante piensa en pedir un vaso de agua; pero se arrepiente cuando considera que dentro de poco va a comer. Se sacude con una mano los fondillos de los pantalones antes de sentarse en una mecedora con asiento y espaldar de mimbre, cuyo balanceo imprevisto lo incomoda en seguida. Cuando menos ya sé para qué sirve el embeleco, y se muda a una silla corriente, de madera sin pintar, que está en un rincón.
      —¿A usted le gustan las barrigas de vieja? —pregunta la de la casa apareciendo de repente en el vano de una puerta. El hombre la mira desconcertado. La mujer afirma, sonriente:
      —A Gildo le gustan calientitas.
      El hombre empieza a ponerse de pie:
      —Me va a perdonar, doña, pero yo...
      —Con bastante azúcar y su poquito de canela es como quedan buenas...
      La mirada del hombre va de la mujer a la puerta de salida y de la puerta otra vez a la mujer.
      . . .—pero hay que saber escoger la calabaza, ¿sabe? Tiene que estar bien madura porque, si no, las frituras quedan sosas; y si está pasada de madura...
      —¿Las... frituras?!
      —Las frituras de calabaza: Ias barriguitas de vieja. No me diga que no las ha probado nunca.
      —Pues la verdad... no, yo no...!
      — ¡Ay, Virgen! —la mujer rompe a reír con todo el cuerpo, con las tetas sobre todo, desparramadas y flojas, piensa el hombre con disgusto—. ¡Lo que se habrá imaginado usted!
      —No, doña —se defiende él apartando la vista de los promontorios bamboleantes—. Yo no pensé nada. Yo no tengo por qué pen...
      —Bueno, bueno, vuelva a sentarse, que dentro de un ratito le sirvo —dice la mujer todavía riéndose, moviendo la cabeza, con esta gente de la altura nunca se sabe, y regresa a la cocina.
      El sofocón deja al hombre con la boca seca y amarga, un buche de agua es lo que necesito, diantre de vieja malpensada, pero no se le ocurre ofrecérmelo, y vuelve a la silla rumiando su resentimiento. Al cabo de unos minutos, la necesidad de matar el tiempo lo mueve a pasear la mirada por las paredes de la habitación. En la de enfrente, enmarcado pero sin cristal, un Sagrado Corazón de Jesús por cuyo rostro beatífico transita una mosca desaprensiva , atrae momentáneamente su atención calculadora: ¿cuánto podrá costar una cosa así? No llega a responderse porque inmediatamente repara en que la imagen es sólo una de tantas repartidas sobre las cuatro paredes en cromática profusión de aureolas, coronas, mantos, llagas, espadas y puñales. Debajo de una de ellas —la más espectacular: un muchachón carilampiño, con enormes alas, saya corta, calzado estrambótico y larga puya pronta a ensartar espantable engendro de murciélago y culebra—­arde un velón en un vasito de inocente decoración floral. Santo tiene que ser, o ángel, para que le hayan salido alas y poder andar sin pantalones, cuantimás cucando a semejante bestia, y es ésta, más que la figura de su angélico adversario, la que suscita la incrédula curiosidad del que ahora se inclina hacia un lado en la silla para escrutar los detalles de la monstruosa anatomía. Ni escamas ni pelambre sobre la pelleja repugnante, prieta como la noche y fría de seguro al tacto, como cuero de víbora o sapo concho, pero con una descomunal bocaza que como no se ponga listo el carilindo de la puya...
      —San Miguel Arcángel venciendo al Enemigo Malo —explica sobresaltándolo la mujer que regresa con un plato en cada mano y se detiene sonriente frente a la imagen—. Es mi santo favorito porque representa la lucha contra el mal como príncipe de las milicias calestiales.
      —Aaahh —y no se da cuenta de que ha abierto la boca casi tanto como el feróstico de la estampa.
      —El Enemigo Malo en forma de dragón, ¿ve? —y acerca al de marras el borde de uno de los platos, el que contiene las barrigas de vieja justamente—. En esa misma forma lo mandó al infierno con todos sus compinches.
      —¿Entonces no llenó a matarlo? —se sorprende él mismo preguntando.
      —Bueno... matarlo como para dejarlo muerto, desde luego que no, porque entonces no habría quien siguiera tentando a los pecadores. No, claro que no lo mató. Lo mandó al infierno y desde allá sigue tratando de hacernos caer en tentación, pero siempre con permiso del Señor porque... ¡Ay, Virgen, pero se le va a enfriar la comida! Perdone.
      —No, no se apure; está bien.
      —Bueno, pues pase por aquí para que se acomode en la mesa.
      —¿Mesa? No, doña, mejor aquí mismo —dice él extendiendo la mano.
      —¿Aquí? Pero es que son dos platos.
      —Póngalo todo en uno, y ya está.
      Ella vacila un instante, pero acaba accediendo a la petición del hombre; y las frituras de calabaza van a dar sobre la generosa porción de arroz junto a las habichuelas blancas y la carne guisada.
      —Ahora le traigo los cubiertos.!
      —Una cuchara, si me hace el favor.
      —¿No quiere cuchillo?!
      —No, la cuchara nada más. Y un vaso de agua, si no es molestia.
      —No, qué va a ser.!
      Cuando regresa a la salita, con pasos apresurados que hacen sonar las chancletas como palmadas en las tablas del piso, el hombre está esperando con el plato sobre las rodillas. Deposita el vaso en el piso, junto a la silla, y empieza a comer sin levantar la vista, como si estuviera solo. La mujer lo observa durante unos segundos, alzando las cejas, se ve que no tuvo quien le enseñara, bendito, y va a sentarse en la mecedora, suspirando con fuerza. El hombre sigue comiendo, incómodo sin demostrarlo, seguro que me está mirando, ojalá que no se ponga a hablar.
      —¿Quedaron buenas las frituras? —pregunta la mujer.
      —Buenas —dice él con la boca llena, sin mirarla.
      —No me tardé mucho porque la calabaza ya estaba sancochada. Y era grande: el resto me lo como yo a la noche. Lo otro ya estaba hecho; nada más se lo volví a calentar.
      Él se da por enterado moviendo la cabeza. Ella señala con una mano:
      —¿No le molesta el machete? Si quiere se lo puede quitar.
      El deglute un bocado antes de contestar, acompañando las palabras con una mirada que no dura más de lo que tarda en pronunciar aquéllas:
      —No, no me molesta. Estoy impuesto.
      —Bueno —acepta ella, y no vuelve a decir palabra hasta que el hombre termina de comer.




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