José Luis González
(República Dominicana, 1926 - México, 1997)


La galería
La galería y otros cuentos
(México: Era, 1972, 144 págs);
Veinte cuentos y “Paisa”
(Río Piedras, P.R.: Editorial Cultural, Inc, 1973, págs. 131-144


A César Andreu Iglesias

      Yo tenía quince años entonces...
       El licenciado y su familia llegaban todos los domingos, poco antes del mediodía, en el gran Packard color chocolate. Si era día de sol, el automóvil levantaba nubes de polvo sobre el camino casi intransitable que llevaba de la carretera a la casona; si llovía, cada bache representaba un obstáculo temible: en más de una ocasión había sido necesario emplear una yunta de bueyes para arrancarle al lodo su pesada presa: Mi padre, cada domingo, cuando abandonaba su mecedora en la amplia galería y se adelantaba a recibir a los compadres al pie de la escalinata de mampostería, murmuraba con disgusto:
       —Es una vergüenza ese camino. Va a haber que empedrarlo un día de éstos.
       (Pero todavía hoy, al cabo de doce años, según me cuentan, el camino sigue sin empedrar.)
       El licenciado y su mujer salían del Packard, sonrientes. La sonrisa de la mujer del licenciado había que adivinarla bajo el pañuelo con que se venía cubriendo la nariz cuando el día de sol propiciaba la polvareda. Carmencita, la hija de mis padrinos, diecisiete años radiantes, en un vestido reveladoramente vaporoso, descendía también del automóvil, bus-cando de frente mi mirada huidiza.
       Mi madre salía entonces de la casa, quitándose el delantal que se ponía para estar en la cocina. Ella también sonreía. Los hombres se estrechaban las manos. Las mujeres (Carmencita también) se besaban las mejillas. El licenciado me daba una palmadita en la cabeza, me regalaba una frase impensada y después todos subían (subíamos, yo el último, bebiéndome a Carmencita con los ojos sin que se notara) a la galería y se sentaban.
       El licenciado se arrellanaba en la butaca, su butaca que nadie más usaba porque había sido hecha a la medida de sus amplias posaderas y resultaba incómoda para cualquier otra persona, echaba un vistazo hacia el campo ahíto de sol y sacaba del bolsillo de su camisa de mangas cortas las gafas oscuras que siempre se quitaba antes de saludarnos al pie de la escalinata.
       —Bueno, ¿y cómo está el ahijado? —preguntaba entonces mi madre.
       El ahijado era el hijo menor del licenciado, que mis padres habían apadrinado para constituir un doble compadrazgo.
       —Lo más bien —decía la señora del licenciado—. Pero dándonos candela con el mal apetito. Hoy la abuela se empeñó en que lo dejáramos con ella.
       Después mi padre entraba en la casa por unos instantes para regresar con la botella de Fundador y una bandeja con cuatro vasitos. Yo me preguntaba por qué siempre traía cuatro vasitos, si las mujeres nunca tomaban. Tan pronto mi padre empezaba a llenar los vasitos, la señora del licenciado advertía: “Acuérdese que yo no, compadre”, y se iba a la cocina a ayudar a mi madre en la dirección de las dos jíbaras que preparaban el almuerzo.
       El brandy llenaba el aire de un aroma delicioso, que a mí me gustaba casi tanto como el olor de la gasolina cuando llenaban el tanque de nuestro automóvil. Mi padre y el licenciado levantaban los vasitos colmados, y el licenciado decía, con su profunda voz de bajo:
       —Bueeeno...
       Y mi padre:
       —Santé.
       Después del primer sorbo, el licenciado hacía chasquear la lengua y se preparaba a encender un gran puro. Digo “se preparaba” porque la cosa tardaba dos o tres minutos: pri-mero la pequeña mordedura que decapitaba el habano, en seguida la inserción de medio palito de fósforo en el extremo mordido, y finalmente la meticulosa aplicación del fósforo encendido de manera que el cigarro empezara a quemarse uniformemente alrededor de la punta. Tras las dos primeras bocanadas, expelidas hacia arriba, hacia el bigote diminuto (a mí me recordaba al alemán que salía todos los días en el periódico) y la nariz para aspirar bien la fragancia, el licenciado apuraba el resto del brandy, conservaba el vasito vacío en la mano y le echaba una mirada llena de ternura a la botella. Mi padre, entonces, con un gesto muy casual, volvía a llenarle el vasito mientras comentaba:
       —Si las cosas siguen como van en Europa, dentro de poco habrá que conformarse con el ron del país, ¿no le parece?
       —Que nunca ha envenenado a nadie, compadre, la verdad sea dicha —respondía mi padrino.
       Entonces, generalmente, era cuando Carmencita, que había seguido a su madre a la cocina y después había permanecido un rato en la sala hojeando revistas, regresaba a la galería y me preguntaba:
       —Oye tú, ¿cómo están los becerritos?
       Mi padre casi siempre respondía antes de que yo pudiera recobrar la voz, que en aquellos momentos perdía sin remedio:
       —¡Eh, lindísimos! Todos sanitos, gracias a Dios.
       Ese día añadió:
       —La semana pasada nació uno nuevo... berrendito, con un lunar blanco en la frente. ¿Por qué no vas a verlo? ¡Anda, hijo, acompáñala! No debías haber esperado a que ella preguntara. Hay que ser caballero.
       Yo murmuraba un “Bueno, vamos”, dirigiéndome mentalmente a mi padre: “¡Si tú supieras cómo empiezo yo a pensar en los becerros cada domingo, cuando ella llega!”
       Carmencita echaba a andar por delante, haciendo que mis ojos y mis pies fueran tras ella como si ya no me pertenecieran. Al llegar al establo se detenía en el portalón unos instantes (¡a plena contraluz con aquel vestido vaporoso!) y cuando yo llegaba junto a ella volvía la cabeza, ladeándola como un pajarito, sin pronunciar una palabra, sólo sonriendo. Y en aquel momento mis rodillas, mis firmes rodillas de muchacho endurecido a lomo de potro en pelo, se volvían como de trapo.
       El penetrante olor dulzón a leche, hierba y estiércol nos envolvía de repente en un gran hálito tibio. En la penumbra, nuestros ojos, hechos todavía a la deslumbrante claridad de afuera, apenas distinguían los cuerpos de los becerros, unos echados en el suelo, otros ensayando pasos torpes junto a la tranquera que los separaba de las vacas. Carmencita, durante unos minutos, fingía observar a los animalitos.
       —¿Cuál es el recién nacido? —preguntaba luego.
       —Aquél —señalaba yo.
       —A ver, llévame. Dame la mano, que no veo nada.
       El contacto de su mano, palpitante y cálida como “reinita” recién capturada, me ponía a andar el corazón a saltos. Dábamos unos pasos. Yo todavía no me animaba a afrontar su mirada, que sentía de lado como una brasa junto al rostro.
       Frente al recental nos deteníamos unos momentos. Yo, que le había puesto nombre —“Soñador”, por el lucero en la frente— y lo llevaba a mamar todos los días después de cada ordeño, lo miraba ahora sin verlo. Carmencita, a pesar de que ya no hacía falta, dejaba su mano en la mía. Y a poco, cuando yo comenzaba a temer que el corazón, exhausto, se me detuviera en cualquier instante, ella se me colocaba por delante con un movimiento rápido.
       —¿No vendrá nadie? —me preguntaba, casi en un susurro. Yo hacía un esfuerzo, y de la garganta terriblemente seca sacaba al fin las palabras de costumbre:
       —No. Los domingos no hay na más que un ordeño, por la tarde.
       —Na más, na más —me remedaba ella riéndose—. Estás hecho un jíbaro.
       Yo me sentía ruborizar, resentido además, porque en aquello de ser jíbaro no admitía razón de burla. Entonces, con una audacia casi heroica, tomaba su otra mano. Ella, adelantándose a los hechos, objetaba:
       —No, aquí no. Vamos a los sacos.
       “Los sacos” eran la estiba de costales de avena americana con que alimentaban a los caballos de paso fino de mi padre. hasta allí llegábamos, y Carmencita, recostada en la estiba, todavía preguntaba una vez más:
       —¿Seguro que no vendrá nadie?
       Yo esta vez no contestaba. No podía.
       —Porque sería terrible, imagínate... —añadía ella—. Una muchacha como yo, con novio...
       El golpe era maestro. Yo sentía una fuerza ciega creciéndome por dentro, nublándome el cerebro, y antes de darme cuenta de lo que hacía me encontraba con la muchacha entre los brazos, mi boca frente a la suya, repitiendo con vehemencia:
       —¡Mentira! ¡Mentira!
       Ella soltaba entonces la risa:
       — ¡Niño!
       Aquello era peor, y ya no era capaz de contenerme. Sus labios, oprimidos bajo los míos, se entreabrían con dificultad. Sus manos me empujaban débilmente hacia atrás.
       —Así no, brutito, así no. ¿Cuándo vas a aprender?
       Ella misma me tomaba entonces la cara entre las manos y me atraía hacia su boca experta. Yo entraba en aquella gloria húmeda y tibia con los ojos cerrados. Su pequeña lengua móvil resistía y alentaba a un tiempo el avance de la mía, en un dulce combate sin victorias ni derrotas. Mis manos, hasta entonces inmóviles sobre su espalda, se hacían más atrevidas: mientras la izquierda ascendía hasta su hombro, la derecha se deslizaba lentamente hacia un costado, hasta posarse con codicia sobre la firme convexidad del seno y oprimir con un leve pellizco el pezón endurecido. En aquel instante Carmen-cita dejaba escapar un gemido y una de sus manos se crispaba sobre mi nuca hasta lastimarme. Mi mano izquierda, entonces, abandonaba su hombro y recorría su vientre en un descenso rápido. Un súbito empujón de la muchacha deshacía en ese momento nuestro abrazo.
       —¡No!
       Despeinada, los ojos encendidos, los labios temblorosos y humedecidos por el beso: para mí era entonces más hermosa que nunca. Yo no aceptaba su rechazo y ella oponía una resistencia tenaz a mis nuevas tentativas:
       —¡No, eso no! ¡Eso no! ¡No puedo!
       —Sí puedes... sí puedes... —jadeaba yo, rodeando su cintura con mis brazos, buscando con mi boca, ansiosamente, la suya esquiva. Y, cuando ya casi rendida por mí sobre la base de la estiba sus piernas empezaban a separarse bajo la presión de las mías, recurría sin vacilación a la amenaza:
       —¡Grito!
       La exclamación me desarmaba por un instante, que ella aprovechaba para recobrar rápidamente el terreno perdido, y sus piernas volvían a juntarse con firmeza. El débil intento de liberarse de mi abrazo, sin embargo, fracasaba. Entonces decía, sin mucha convicción:
       —Ya está bien. Vámonos.
       —¡No!
       —Sí.
       —¡No!
       —¿Por qué?
       —Otro beso.
       —No, ya no.
       —El último.
       Y las dos bocas anhelosas se fundían nuevamente en un encuentro prolongado hasta el cansancio. Pero entonces mis manos permanecían inmóviles sobre sus tiernos hombros de adolescente.

       Al regresar a la casa, la señora del licenciado nos reprochaba con fingida severidad:
       —¡Bueno, ah, se perdieron!
       Pero después, cuando veía a Carmencita de más cerca, su enojo se hacía real:
       —¡Nena! ¡Mira cómo está de ajado ese vestido! ¿Qué le hiciste?
       Yo cerraba los ojos (tierra, trágame) y contenía la respiración. Pero Carmencita, con admirable sangre fría, explicaba en seguida:
       —¡Ah, el becerrito! Cuando lo fui a acariciar, me dio una cabezada y me tumbó. Éste se rió muchísimo, el muy bobo.
       “El muy bobo” era yo, que apenas había vuelto a abrir los ojos.
       —Pues acuérdate —decía entonces mi madrina, todavía enfadada—, para que cuando vengas al campo no se te antoje ponerte el vestido más bonito.
       Carmencita se sonrojaba entonces hasta las raíces del cabello y yo tenía que hacer un tremendo esfuerzo para impedir que la revelación me hiciera gritar de orgullo.

       Después del almuerzo volvíamos a la galería. El licenciado encendía otro puro, se volvía a poner las gafas oscuras (que se había quitado para almorzar) y echando hacia atrás la cabeza decía con aire ausente:
       —De lo que se acuerda uno a veces...
       Yo, sentado en el suelo, recostado en la balaustrada, esperaba el relato con placer anticipado. Mi padrino sabía contar, y aquélla era mi pasión secreta (sólo que yo prefería escribir las cosas para después esconderlas por temor de que alguien las leyera). El domingo anterior el licenciado había relatado un episodio de su vida de estudiante en los Estados Unidos, y a mí me había fascinado especialmente la descripción de una noche de invierno, con la nieve que llegaba a las rodillas de mi futuro padrino y el viento que corría aullando por las calles de una ciudad desconocida.
       —De lo que se acuerda uno a veces... —repetía el licenciado, como para asegurar la atención del grupo, en particular de las mujeres, que a veces iniciaban una conversación aparte antes de que él terminara su relato—. Ustedes saben que yo estoy vivo de milagro, ¿no?
       Mi padre, sabiendo que no hacía falta, lo animaba:
       —No, compadre. ¿Cómo así?
       —Pues resulta que yo soy sietemesino. La vieja me trajo al mundo antes de tiempo, un día que le vinieron a avisar que papá se había caído de un caballo, un caballo muy bonito, pero muy mañoso, que acababa de comprar. Eso era en la finca grande, en Maricao, donde todavía sigo yendo a cazar palomas cuando el trabajo afloja un poquito en el bufete. Bueno, pues cuando unos peones llegaron a la casa trayendo a papá en una parihuela, a mamá ya la habían atacado los dolores del parto. ¡Imagínense ustedes el bureo! Mi abuela, que era cubana y tenía sus recuerdos de aquel país, contaba que la casa parecía un hospital de campo en tiempos de revo-lución. Mamá gritando en una cama, sin médico ni comadrona, y papá tirado en otra, todavía sin sentido porque el golpazo al parecer había sido en la cabeza... ¡y eso que la tenía dura, como que era hijo de isleño! Mi abuela era una mujer de mucho temple, ¿saben?, pero aquel día creía volverse loca, corriendo de una cama a la otra sin saber a quién atender primero. Al fin y al cabo... me contaba ella después... reflexionó y se dijo: “Bueno, mujeres pariendo se ven todos los días, mientras que una caída de un caballo es cosa seria”. Y dejó a mi madre con la negra cocinera para que se las arreglara como mejor pudiera, y se fue a revivir al viejo con compresas de agua fría.
       Mi padrino hacía una pausa, apuraba un sorbo de brandy y añadía con una sonrisa maliciosa: —Se me olvidaba decirles que mi abuela era la mamá del viejo.
       Después continuaba:
       —Bueno, mamá y la negra al fin salieron del apuro sin complicaciones, pero yo nací casi muerto. La cocinera recogió cuanta sábana y frazada había en la casa y me hizo un burujón para mantenerme en calor. Entonces mandó a un peón en una mula a buscar al médico del pueblo.
       “Cuando el médico llegó, casi de noche... ustedes se imaginan qué caminos había en aquellos tiempos... ya mi abuela había resucitado al viejo y había encontrado unos minutos para atender a mamá. El médico examinó a papá, que se estaba quejando como un supliciado, y le descubrió un par de costillas rotas pero sólo un chichón en la cabeza. Después me vio a mí y dijo que sólo un milagro...
       “Milagro o no... y no es cuestión de menospreciar las pro-mesas de mi abuela a medio santoral... la cosa es que yo no me morí. Pero mamá empezó a tener dificultades con la lac-tancia y eso complicó el asunto. El médico, que venía todas las semanas, dijo que sin leche de pecho el caso era perdido. Mamá se soltó a llorar y entonces fue cuando el viejo, que todavía estaba postrado, mandó a llamar a un mayordomo de la finca que se llamaba Concho Ruiz. Mi abuela contaba que los dos hombres hablaron aparte un rato... o mejor dicho, que el viejo hablaba y el mayordomo oía... y después el mayordomo salió a toda prisa, sin pararse siquiera a tomar el café que la cocinera siempre le ofrecía.
       “Al cabo de una hora o algo así volvió todo compungido, y le dijo al viejo:
       “—Bueno, don Paco, yo la vide, pero... pero...
       “Según los recuerdos de mi abuela, papá se impacientó y empezó a revolverse en la cama:
       “—¿Pero qué? ¡Diga, diga, no me haga perder tiempo!
       “—Bueno —dijo al fin Concho Ruiz—, que ella dice que... que ella con mucho gusto, si pudiera, pero que... que no puede.
       “Ahí el viejo empezó a rugir como un león:
       —¡¿Que no puede?! ¡¿Que no puede?! ¿Y qué diantre se habrá creído esa negra del demonio? ¡Mire, Concho, maldita sea, agarre el caballo ése y vaya y dígamele a la negra que mañana por la mañana esté aquí a las siete en punto si no quiere saber lo que es bueno!
       “El mayordomo se volvió a ir, y a la anochecida regresó, más compungido todavía que la otra vez:
       “—No hay manera, don Paco. Dice la negra que comprenda, que es que no puede. Que no tiene bastante leche pal negrito de ella, que es y que medio delicao.
       “Al oír aquello el viejo empezó a bajar santos del cielo hasta que mi abuela abandonó la habitación dando un portazo. Entonces papá se salió de la cama renqueando y se puso los pantalones con mil dificultades; después sacó, el revólver de la gaveta de la mesa de noche y se lo echó al bol sillo. Los ruegos de mamá, que ustedes pueden imaginarse, fueron en vano. Usted, compadre, conoce al viejo... todavía hoy, a los ochenta años, paralítico como está, hay que saber cómo se le habla. Bueno, pues así, renqueando y todo, ayudado por el mayordomo que no se atrevía a abrir la boca, salió al patio y pidió un caballo. Mamá, hecha un mar de lágrimas, le gritaba desde la puerta:
       “—¡Pero, Paco, por amor de Dios, siquiera dime adónde vas! ¿Qué es lo que pasa? ¡Paco!
       “Pero el viejo como si estuviera sordo. Entre el mayordomo y tres peones... papá era un hombrón, y en aquella época era capaz de tumbar un buey de un puñetazo... entre el mayordomo y tres peones lo encaramaron al caballo y después los dos hombres se echaron al camino a un trote largo que casi era galope.”
       Aquí mi padrino, habiendo llegado a un punto de máximo interés en el relato, se interrumpía con una sonrisita satisfecha, sacaba otro puro y comenzaba en silencio los preparativos de rigor. Yo ardía en impaciencia, y, con excepción de la señora del licenciado, que evidentemente debía de conocer ya aquella historia, todos los demás compartían mi expectación. Cuando el cigarro estaba listo, mi padrino, antes de encenderlo, se servía él mismo otro vasito de brandy, diciendo:
       —Con su permiso, compadre.
       —¡No faltaba más! Para eso está ahí.
       —Bueno... pues bien metida ya la noche empezaron los perros a ladrar en el patio, y la vieja y mi abuela, que no habían pensado en acostarse, se asomaron a la ventana. Mamá dijo al poquito rato:
       “—¡Ahí vienen ya, bendito sea Dios!
       “Venían, sí pero en lugar de los dos que se habían ido, ahora llegaban tres. Alguien venía en las ancas del caballo del mayordomo. La vieja y mi abuela trataron de descubrir en la oscuridad quién era la tercera persona, pero no fue sino hasta que los tres entraron en el patio cuando pudieron saberlo. La tercera persona era una negra que se llamaba Ceferina de la Cruz, mujer de un peón que vivía en uno de los rincones de la finca. La negra venía temblando como un azogue, y tan pronto vio a mamá se le echó a los pies, agarrándole el ruedo de la falda con las dos manos y llorando a moco tendido:
       “—¡Ay, doñita, po lo que uté má quiera, jáblele a don Paco!”
       El licenciado imitaba el habla de la negra con manifiesto regocijo, gesticulando y poniendo los ojos en blanco tras de las gafas oscuras:
       “—¡Po lo que uté má quiera, doñita! ¡Uté también sabe lo que e sé madre!
       “Pero el viejo la agarró por las pasas del moño y la arrancó de los pies de mamá. La negra seguía gritando:
       “—Doñita, yo también tengo mi muchachito, bendito, y la leche no va a alcanzá pa lo do! ¡Danta...!
       “Entre el viejo y Concho Ruiz se la llevaron a empujones y la encerraron en la cocina, en tanto que mamá, casi llorando, se iba detrás de los dos hombres, diciéndole a papá:
       “—Pero, Paco, esa pobre mujer...
       “Y el viejo... me contaba mi abuela... se volteó entonces y sacudiendo el puño frente a los ojos de mi madre, le gritó:
       “—¡Cállese ya! ¡Es mi hijo, usted sabe, y no se va a morir! Un negro menos no le va a hacer falta a nadie.
       “Bueno... y la negra se quedó en casa un año, dándome de mamar. Y aquí me tienen ustedes. Vivo, pero como les decía al principio, de milagro.”
       Terminado el relato, mi padrino se recogió sobre sí mismo en la butaca, cruzó los brazos regordetes sobre el abdomen y nos miró uno por uno, con aire complacido.
       Un largo silencio pesó sobre el grupo hasta que mi madre preguntó, casi con timidez:
       —Compadre, y... ¿y el negrito?
       —¿El negrito? —dijo el licenciado—. Pues salió más duro de lo que creía la negra. Según mi abuela duró casi seis meses.
       El mismo silencio intolerable volvió a pesar sobre las seis cabezas. Yo, sentado aún en el suelo, pero apartada ya la espalda de la balaustrada, fijé en mi padre una mirada expectante. Durante unos instantes terribles esperé a que él abriera la boca y produjera, de un modo u otro, la protesta que sentía abrasándome el corazón. Pero mi padre devolvió mi mirada con otra que quiso ser de reproche y no fue sino de derrota lastimosa, carraspeó con fuerza y, sin mirar a nadie más, tomando la botella de Fundador, preguntó:
       —¿Otro traguito, compadre?
       Mis ojos entonces, suplicando siquiera un mudo gesto de solidaridad, buscaron los de Carmencita. Y los encontraron embebidos en el brazalete de oro, evidentemente nuevo y que yo no había notado hasta entonces, al que ella ahora hacía dar vueltas amorosamente en torno de su fina muñeca. En aquel momento sentí que algo increíblemente grande empezaba a derrumbárseme por dentro. Me mordí los labios en un esfuerzo doloroso, casi superior a mi voluntad, por contener la increpación que me atenazaba la garganta. Luego me levanté, lenta, penosamente, y sin decir palabra me eché al campo luminoso y abierto, corriendo sin saber hacia dónde, sin pensar hacia dónde, corriendo, con una nublazón terrible ante los ojos, corriendo, lejos de aquella galería, lejos, cada vez más lejos, pero nunca suficientemente lejos...




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