Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


EL ABUELO
(Publicado como “Papá Juan” en la primera edición de Camino real, 1933)
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Yo vi a mi abuelo crecer hasta cubrirme el horizonte. Alzó los hombros, apretó la quijada con tal fuerza que los dientes crujieron, se pasó el dorso de la mano izquierda por los ojos y rompió marcha.
          Mi abuelo era alto, muy alto; su espalda se balanceaba al caminar; apenas movía los brazos, terminados en manos huesudas.
          Yo marché tras él. También en mí había crecimiento. De pronto me subió una oleada caliente, llenándome el pecho, y rompí en llanto. Había visto a Garantía lamer la sangre. Mi abuelo volvió el rostro, me clavó aquella mirada honda y dura, se detuvo, posó sobre mi cabeza su manaza huesuda y me empujó levemente.
          Yo me estrujaba los ojos con los puños.

***

          Minguito acostumbraba jugar conmigo en la enramada. Era bajetón, regordete, negro; sus ojos pardos no miraban: acariciaban. Traía siempre palillos de fósforos quemados, amarrados en una punta de su fular rojo, los sacaba y comenzaba a fabricar casitas. Me decía después:
          —A que no la tumba.
          Yo soplaba, soplaba; al fin pegaba un manotazo y destruía la construcción.
          Minguito reía. Acaso comentaba:
          —Diache ‘e muchacho...
          Un domingo, temprano aún, papá Juan le llamó, con aquella su voz acostumbrada al mando.
          —Minguitoooo...
          Minguito salió de la cocina, destocado. El abuelo señaló el cocotal. Parecía no querer hablar, como siempre. Yo miré hacia el lugar que indicaba el dedo tostado. Minguito también miraba. Tenía en la mano el sombrero negro y le daba vueltas.
          —¿Te atreves a tumbar cocos? —preguntó el abuelo.
          —Ello... —aventuró Minguito.
          Papá Juan no dijo una palabra más. Se fue, arrastrando las piernas; subió los escalones, se sentó en la galería y me llamó:
          —¡Juan!
          Me alzó en vilo, me colocó en sus rodillas y empezó su historia:
          —Una vez iba Constantino a la guerra y vio en el cielo una cruz de estrellas; debajo había una inscripción: “Con esta cruz vencerás...”.
          El abuelo reía a medida que hablaba. Yo espiaba sus ojos negros, brillantes. En mi abuelo hablaban más los ojos que la boca. El sol le ponía un brillo tenue en la calva.
          —Pero nunca debes creer semejantes tonterías, Juan —decía inesperadamente—. Los hombres inventan todos esos cuentos para manejar a los demás.
          Ya no, no... Me agradaban las historias, pero sin complicaciones.
          —¿Has visto alguna vez a Dios? —preguntaba de repente. Y proseguía:
          —Nadie ha visto a Dios. Date cuenta de esto: nadie le ha visto. Además, para que te convenzas, cierta vez...
          Me alzó de nuevo, para cambiar de pierna. Yo volví la cabeza y vi a la tía, amarilla, esmirriada, con su moño sobre la coronilla y sus pelos en la barba, vestida con amplias faldas blancas. La tía dejó oír su voz de tinaja quebrada:
          —¡Gaviño! ¡No enseñes herejías al angelito!
          Papá Juan volvió el rostro. Sus ojos negros se animaron con aquella luz ruda que tanto me agradaba. Parecía, al hablar, que escupía:
          —¡Hazme el favor de atender a tus oficios, Vicenta!
          Estuvo un rato con el ceño arrugado. Yo seguí con la vista la mancha blanca de la tía que se alejaba por el pasillo medio oscuro, sin hacer ruido; después pasé la mano por la cara del abuelo, y supliqué:
          —Sigue tu cuento, abuelito.
          —¿Has visto? —me dijo—. Ya la vieja quiere meterme a rezador.
          Se sonrió un momento, tornó a cambiarme de pierna y prosiguió:
          —Pues cierta vez, a la orilla del Miño, un río que hay allá en España, apareció una virgen sobre un árbol. Yo estaba pequeñín, poco más que tú...
          Sonó un golpe apagado. De alguna parte salió la voz:
          —¡Don Juan!
          Abuelo miró. Minguito estaba entre las pencas de una mata de coco y tiraba frutos a tierra. El sol brillaba en las hojas y pegaba en la cara negra de Minguito. Sus ojos pardos parecían no vernos.
          —¿Tumbo más? —preguntó.
          —Sí; todos —ordenó abuelo.
          Y dirigiéndose a mí:
          —Yo estaba pequeñín, como te decía; es algo que nunca olvidaré.
          De momento me pareció que abuelo no pensaba en lo que decía. Miraba lejos, seguramente. Sus ojos no tenían brillo, sino claridad, claridad honda. Parecían charcos de agua limpia.
          —Indudablemente son unos canallas, Juan —aseguró de repente—. Figúrate que yo tenía un tío cura y había visto algunas veces la imagen en su habitación.
          No me sabía bien eso de que rompieran el encanto que yo esperaba; pero el abuelo reía, reía. Medio disgustado me volví: Nico atravesaba el patio.
          Nico era alto, delgado, con piernas y brazos flacos. Tenía color de calabazo seco y juraba a cada paso. Le vi cruzar en dirección del cocotal, agacharse a recoger los frutos tumbados por Minguito y disponerlos en montones. Oí aquel:
          —¡Cuidado, Nico!
          Y el grito. Vi después a Nico tendido boca abajo, con los brazos en cruz, y a Minguito bajar de golpe, resbalando por la leve inclinación del tronco. Me impresionaron los ojos de Minguito: de pardos se habían tornado grises. Se le notaba la palidez, aun por encima de su color oscuro. No se movía; se tapaba la boca con una mano y parecía que quería huir.
          Papá Juan se incorporó; me dejó en el suelo y corrió. El sol hacía brillar los cocos recién tumbados y la calva de abuelo.
          Yo sentía frío, mucho frío. Hubiera querido entrar en la casa y gritar, pero no podía. Nico me llenaba las pupilas. Apenas veía los pies desnudos de Minguito, inmóviles como si hubieran echado raíces de pronto.
          Abuelo revolvió a Nico. Tenía la voz firme de siempre, cuando gritó:
          —¡Vicenta! ¡Trae agua!
          Tía se asomó a la puerta. La vi correr apresuradamente. Pareció querer hablar con la cocinera, pero de seguro las palabras no le salían.

***

         Garantía, color miel de abeja buena, era flaco, largo, y sus ojos me gustaban porque miraban con cierta tristeza. No sé qué de persona sufrida había en los ojos de Garantía.
          La noche anterior había ido a algún festín de cerdo muerto. Cuando entró, todo él contrito, el rabo entre las piernas, papá Juan lo llamó con rudeza. Vino pasito, pasito; se acurrucó junto a los pies de abuelo y pegó el hocico en tierra. No se le veían los ojos: el miedo los había apagado.
          Yo no quise jugar con Garantía. Nunca podría explicar lo mucho que me impresionó la escena de la mañana, sobre todo cuando, ya en la galería, vi a Nico moverse y le oí decir, apenas vuelto en sí:
          —Fue aposta...
          Recuerdo fijamente cómo se alzó mi abuelo; casi estrujaba los puños entre los ojos de Nico. Habló con indignación, con voz de trueno:
          —¡Cómo demonios lo iba a hacer aposta, muchacho!
          Y luego, la cara como cenizosa de Nico; aquella mueca de cansancio; la sensación de que se le caían pedazos de rostro. Estaba tirado sobre el piso, la cabeza en una mancha de agua. Se incorporó muy lentamente, se pasó la mano por el lugar golpeado y se levantó. Le vi al rato buscar su sombrero con los ojos.
          Me había dejado la escena como estrujado. Recordaba las piezas de ropa, cuando las retuercen para extraerles el agua, antes de ponerlas a secar.
          Por eso no jugué con Garantía.

***

         Ignacio de Loyola fue un navarro testarudo y malo, Juan —explicaba el abuelo—. Fundó la Orden de Jesús y le premiaron sus maldades haciéndole santo.
          Estábamos en la galería, junto a la enredadera de carmelitas. El sol se colaba blandamente por entre las hojas y se posaba en la camisa blanca de abuelito. Sin saber yo por qué, los dedos huesudos y tostados de papá Juan se clavaron en mis brazos. Me volví: tuve sólo la impresión de una mujer que corría dando gritos. La mujer llevaba las manos apretadas sobre la cabeza, los brazos contra la cara y el negro pelo suelto. Después pasaron más gentes corriendo. Los pies golpeaban el camino real y se cruzaban ladridos de perros. Oímos el rumor que se acercaba. Papá Juan estaba de pie, toda la dura mirada rompiendo las mallas que daban al camino.
          Un grupo se acercó al portón; algo traían cargado. Papá Juan avanzó, su paso era largo y seguro; balanceaba la espalda y apenas movía los brazos.
          Yo corrí tras él y tropecé con la mirada muerta de Minguito, con la mirada que era espesa y a flor de ojos. La sangre le salía del costado y caía a chorros finos sobre el polvo de la vereda. Los hombres caminaron de prisa hacia la enramada, señalada por el brazo recto de mi abuelo.
          Él se volvió al camino. Me pareció que no podía ver porque sus ojos eran como telas estiradas. Llamó al otro grupo, y cuando tuvo frente a sí a Nico, su mano grande, su mano de trabajador, dibujó un semicírculo imponente en el aire. La voz era sorda y agria.
          —¡Asesino!
          Nada más dijo, pero pareció masticar cada sílaba.
          Nico se acercó más aún. Tenía la cabeza baja y se le veía la frente pálida. Pretendió mover el brazo derecho, como si hubiera querido secarse alguna lágrima. Cuando habló, las palabras le salieron a golpes, ahogadas:
          —Don Juan... Fue aposta... Él estaba enamorado... enamorado... de Mariquita...
          —¡Asesino! —tornó a decir mi abuelo.
          Yo vi claramente cómo escupía al hablar. Su voz era un soplo caliente y recio.
          Nico alzó los hombros. Era ahora una dolorosa figura de hombre vencido, destrozado. Todo él parecía acurrucarse y alejarse, alejarse... Se me antojó que estaría mojado, como si hubiera llovido. Pero lo doloroso de su figura, de su desmadejamiento, se tradujo en la voz:
          —Don Juan... fíjese que yo... yo... no le... no le he faltado el respeto... Por eso...
          —¡Asesino! —le escupió mi abuelo, casi sobre el oído.
          Yo estaba soliviantado y tenía ganas de romper en gritos. Aquí, junto a mí, mi abuelo encorvado movía el brazo y hablaba con lentitud, más impresionante que un incendio. Estaba, además, el hombre vencido, destrozado, encogido, lejano...
          —Por eso... no lo maté... no lo maté en su casa... don Juan... —seguía Nico—. Fíjese que fue... que fue en el camino real...
          Papá Juan apretó la quijada; extendió el brazo señalando el camino y miró al grupo.
          Se lo llevaron. Era una masa abigarrada y murmurante. Abuelo creció hasta cubrirme el horizonte.
          Entonces fue cuando sentí aquella oleada caliente que me llenaba el pecho; Garantía lamía la sangre y caminaba sobre la enramada, tras la huella roja que dejó Minguito.




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