Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


El alzado
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Se le hacen charcos oscuros, lagunas de tinta. Claro: el sueño domina aunque no querramos. Y en llevar bien abiertos los ojos y sensibles los oídos va la vida: en este camino, cuando menos se espera desemboca un pelotón y ya está hecho. Bonita cosa dejarse matar sin ver al viejo, después de tanta fatiga.
       Juan Antonio piensa:
       —Lo mejor será echarse al monte.
       La noche es terriblemente negra. Además, la tierra húmeda de lluvia reciente no deja oír pisadas de caballos que vengan. A él mismo le es difícil verse las manos. Y ahora no recuerda si aquí, a la derecha, hay alambrada. ¡Maldita memoria!
       El aire es frío, mojado. Sin duda que pronto lloverá de nuevo. Quiera Dios que a la cabezada del río no sea así. De cualquier modo hay que llegar. Están, en primer lugar, el deseo de ver al padre, de tranquilizarle; y en segundo, la necesidad de comer y descansar.
       —Por aquí, Morito; por aquí.
       El alzado le habla a su caballo como pudiera hacerlo a una persona. Tiene una voz ronca, resonante. Y el animal entiende: tuerce a la derecha, echa cuesta arriba, por el barranco, y se adentra en el bosque, sacudiendo en los flancos su enlodada cola.

       El rancho del viejo estaba ahí. Se veía como la copa de un árbol caído.
       El bruto se detuvo, comprendiendo que no debía hacer ruido. Juan Antonio sintió como un crecimiento en el pecho y tuvo necesidad de respirar hondo. Hubiera querido tirarse y llamar; pero se contentó con acariciar la crin de Moro. Le pareció después que se hundía algo: la misma impresión que si el suelo, bajo los pies de su caballo, fuera de arena movediza. Se rehízo pronto, silbó; y luego, cuando en el limpio del frente se acostó un cuadro de luz, llamó con voz que le salió opaca:
       —¡Taita! ¡Taita!
       Al abrazar al viejo le hizo daño sentirle tan huesudo, como si no tuviera carne. Él, en cambio, era todo músculos. Y alto, además.
       No se dijeron una palabra. Entraron de brazos y Moro se quedó mordisqueando la grama. De vez en vez le corría por la piel un temblor.
       El hijo se sentó en la hamaca, tiró a un rincón el sombrero de fieltro y se despojó del revólver. Todo el cinturón era un alineamiento de balas. Luego se incorporó y puso el arma en una silla.
       El viejo le miraba, le miraba: aquel mechón de cabellos lacios y negros, que le caía sobre la frente como un chorro de alquitrán; y los ojos, pequeñitos y a flor de piel; y los dientes muy blancos y muy parejos.
       —Tú tienes hambre, ¿verdad, Juan? ¿Qué te preparo?
       —No, taita, nadita. Será mañana.
       La luz del hacho hacía bailar las sombras.
       Comenzó a desvestirse, pero al quitarse la camisa procuró que el padre no viera una cicatriz que le atravesaba el pecho.
       —¿Y fue que te derrotaron? —preguntó el viejo.
       —Sí, hombre. Bueno… Un desbarajuste.
       Se quedó un rato silencioso, con la barbilla en la mano.
       —Pero eso no es nada —agregó—. Horitica estamos prendidos otra vez.
       Al viejo se le dibujó una sonrisa afilada. Sentía una brisa grata y fresca envolviéndole.
       —Asina es, hijo. Agora debes dormir.
       —Yo sí creo… ¡Tengo sueño…!
       Se le cerraban los párpados. Cada pierna y cada brazo le pesaban una barbaridad.
       —Taita —recomendó—, asegúreme a Moro donde pueda comer. Debe estar muerto de hambre, el pobre.
       El viejo se incorporó. Al abrir la puerta oyó, blando y lejano, un mugido. Calculó dónde estaría ese toro; después pensó:
       —Algún infeliz se está al morir.
       El cielo estaba encapotado y negro.

       Juan Antonio despertó a los ladridos. El corazón le dijo lo que sucedía y de un salto corrió hasta la silla. Con el revólver en la mano, sigilosamente pasó a la otra habitación. Su padre dormía. Trató de ver por la rendija y en la penumbra adivinó la línea de soldados, que a otro le hubiera parecido una sinuosidad del terreno. Cuando volvió el rostro ya el viejo se había incorporado.
       —Estoy cogido, taita —dijo secamente.
       Y al cabo de un segundo agregó en poca voz:
       —Salga y diga que yo me entrego.
       El viejo palideció. Los iris se le hicieron pequeñitos como puntas de alfileres y miró a su hijo con una mirada que hacía daño de tan dura. Se llegó hasta él, sin hacer ruido, y sordamente desgranó las sílabas del insulto:
       —Eso era lo último que yo esperaba de ti.
       Juan Antonio no quiso entender el significado de esas palabras. ¿Acaso el padre lo creía cobarde? Y apretó más el revólver, como queriendo deshacerlo a fuerza de dedos.
       Lentamente, como si nada sucediera, el viejecito todo huesos comenzó a vestirse. Después, con paso seguro, atravesó su cuarto y llegó a la puerta que daba al camino. Resuelto, sin titubeos, la abrió; y antes de que el sargento diera orden de disparar, deshizo la distancia que les separaba y asombró a la soldadesca con su voz aplomada:
       —Mi hijo está ahí y se rinde si le aseguran que van a fusilarnos juntos.
       Dijo, cruzó los brazos y se dio a ver cómo el sol comenzaba a poner oro en los cogollos de los pinos.




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