Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


Camino real
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Cuando terminó la cosecha de tabaco, con la perspectiva de tiempo de agua por delante, decidí ir hacia otra tierra en busca de trabajo. En el camino de Los Higos me alcanzó un hombre que andaba de prisa. Llevaba machete al cinto, una hamaca doblada al hombro y otro pequeño bulto rojo en la mano derecha. Vestía pantalones azules y muy estrechos, camisa amarilla, sombrero de cana. Me saludó en voz baja y siguió; pero a pocos metros se detuvo.
       —¿Usté sabe si por aquí habrá finca? —preguntó.
       —Yo ando en lo mismo —dije.
       La cara era como de madera joven: la nariz fina y recta; abajo se le rompía la piel en carnosa boca; arriba le salía el sol tras unos ojos negros, bajo cejas abundantes.
       En el modo de pararse, en la voz; en la firmeza con que miraba, en el entrecejo alto: en todo aquel hombre había algo atractivo y gallardo.
       No caminó sino que esperó a que yo estuviera cerca para decir:
       —Deberíamos andar juntos…
       —¡Claro! —dije.
       Y ya fuimos dos voces y cuatro pies para pelear aquel camino tan indiferente y tan retorcido.

       En estas acogedoras tierras, nuestros dos hombres hacen amistad muy pronto, porque nadie desconfía de los demás. Una persona puede ser mala en el Este y buena en el Sur; puede haber muerto otra en la Frontera y salvar una vida en el Cibao. Hay tonterías de gran importancia para decidir: los tragos, una mujer, groserías dichas en momentos de ira: he aquí las causas por las que un hombre mata. Aquí, en el Cibao, dos cosas deshonran: robar o soportar una injuria.
       Aquel hombre me había dicho, como quien tira palabras sobre el camino, que se llamaba Floro y que venía de Tavera. Quería ver tierra, según él. Después, sin regateos, bajo una jabilla, abrió su bulto rojo y me tendió casabe y carne salada. No sabía quién era yo ni le importaba. Probablemente esa misma tarde, a ser necesario, hubiera dado gustoso la vida por defender la mía.
       —Todos nosotros sernos hermanos en este mundo —dijo mientras comía.
       En la noche (sobre nosotros la media herradura del cuarto creciente) dormimos bajo un caimito. Yo estuve buen rato observando el ir y venir de los cocuyos entre los árboles, bajo las negras enaguas del monte que parecía tragarse el camino real. Floro no quiso tender su hamaca “porque yo no tenía”. Su machete durmió desnudo y en el filo se hacía menudita la alta Luna.
       Floro y yo vimos, el segundo día de caminata, el techo alto de una casa. Era de zinc y las palmeras casi lo cubrían. Todavía tuvimos que andar bastante para ver la cerca. El potrero extenso, de un constante color verde, con algún que otro higüero parido y alguna que otra palma real; las manchas de las reces, berrendas, blancas, pintas, negras; la yerba de guinea subiendo un cerro, como gruesa e inmensa alfombra; la vivienda, sobre pivotes que debían ser troncos de hoja ancha; la portada de viraje; el limpio de frente a la casa; la laguna que se peleaba con el sol, cerca de la entrada; los patos y las gallinas y hasta los pavos que vimos cruzar durante el rato que estuvimos detenidos; todo nos indicaba que estábamos en sitio donde podíamos encontrar trabajo. Floro me dijo:
       —Compai, aquí hallamos.
       Abrió la puerta y tomó la ancha avenida. Yo me entretuve en poner la tranca y le vi, doblado pero ágil, alto, fino y dispuesto. Un maldito perro negro se plantó allá, frente a los escalones de la casa, enseñó los blancos dientes y ladró como loco; pero Floro no acortó el paso: quería entrar y le importaba poco el perro.
       Yo observaba la galería de la casa y vi salir un hombre alto y ancho de hombros, que apoyó ambas manos en la pasarela; estaba vestido con pantalón negro y camisa blanca; tenía además la cabeza cubierta de sombrero oscuro. Al pronto me pareció criollo, porque su color era quemado como el de casi todos los de esta tierra de sol, pero cuando habló, por el tono de la voz, por no sé qué altivez al llamar, pensé que era extranjero.
       —¡Pirata! ¡Quieto! —tronó.
       El perro movió el rabo, dejó de ladrar, volvió la cabeza para ver al dueño y entró muy humildemente bajo la casa.
       Floro se descubrió. Tenía un porte gallardo y atractivo.
       —Saludo —dejó oír.
       Y yo, cuando estuve cerca, agregué:
       —Saludo.
       El señor alto entrecerró los ojos y levantó el labio superior. Noté que tenía las cejas casi blancas y muy apretadas.
       —Buen día —respondió.
       E inmediatamente después:
       —¿Qué se les ofrece? Están en su casa.
       Floro dejó su bulto rojo sobre un escalón y movió el cuerpo en media vuelta para deshacerse de la hamaca. Subió luego con desparpajo, como si la casa fuera suya.
       —Nosotros quisiéramos un trabajito —dijo cuando estuvo frente al señor.
       El extranjero volvió a entrecerrar los ojos, observó detenidamente a Floro.
       —¿Un trabajito? —preguntó.
       —Cualquiera —observé yo.
       Entonces se volvió a mí, hizo lo mismo que con Floro y apoyó el codo derecho en la pasarela de la galería.
       —¿De dónde son ustedes? —preguntó de improviso.
       Floro dijo:
       —Yo soy de Tavera y mi amigo de La Vega; pero él viene de la vuelta de Santiago.
       —¿De Tavera? —el señor parecía dudar—. ¿De Tavera? Sí —añadió, como quien se contesta a sí mismo—. Allá tengo buenos amigos: los Núñez.
       Floro amplió:
       —Con los Núñez estoy yo emparentado.
       —Bien, bien —aprobó el señor.
       Y a seguidas:
       —Sí, tengo trabajo. Quiero que mis peones se ocupen en una cosa cada uno. Me hacen falta un ordeñador y alguien que entienda de caballos.
       Él no nos miraba ahora. Hablaba como para sí.
       —Vea —observó Floro—. Estamos bien porque yo de caballo entiendo mi chin.
       —¿Doma? —preguntó el otro.
       —¿Yo? Yo le amanso hasta al Enemigo Malo.
       El señor se movió, como para entrar.
       —Hay que suponer que usté ordeña —dijo mirándome.
       —¡Claro! —asentí.
       Entonces él caminó hasta el extremo de la galería que estaba a su espalda, apoyó ambas manos, como cuando nos recibió. Yo le veía la ancha espalda y admiraba su buena camisa blanca. Usaba pantuflas de cuero amarillo.
       —¡Selmo! —llamó.
       Y una voz contestó:
       —¡Ya voy, don Justo!
       Un hombre bajito, pero aparentemente fuerte, quemado, con ropa burda de trabajo, ojillos inquietos y negro pelo alborotado, subió a poco los escalones.
       —Esta gente trabajará aquí —dijo señalándonos el señor—. Llévalos ahora a la cocina para que coman.
       Y sin esperar nuestras gracias ni agregar una sílaba, dio la espalda, entró a la casa y le vi sentarse junto a una mesita que soportaba una increíble carga de libros y periódicos.
       El corral estaba bastante lejos de nuestro dormitorio, había que hacer una caminata de casi media hora, por entre el potrero húmedo. Era redondo y amplio, de troncos gruesos superpuestos hasta una altura superior a la de un hombre. De tarde se arreaban las vacas paridas hasta allí. ¡Cómo cansaba andar a saltos entre la yerba cortante, por todo aquel inmenso potrero, buscando las reses que estaban rezagadas, escondidas en esa gran alfombra verde! Después había que apartarlas de sus crías y encerrar éstas en el chiquero, hecho en el mismo corral. Alguna vaca recentína enfurecía cuando le llevaban el ternerito y constantemente estaba uno expuesto a una cornada, o a varias.
       A la semana yo conocía todas las vacas hábiles para el ordeño por sus nombres: India, Grano de Oro, Graciosa, Caprichosa, Rabo Negro, Lirio Blanco, y ¡tantas más! Y los nombres de los terneritos, entre los que muchos se distinguían porque uno tenía la pezuña negra y el otro no; porque uno tenía el rabo grueso y el otro delgado.
       Eran bastantes las vacas a ordeñar. A las dos de la mañana estaba yo en pie; y a esa hora, con el muchacho que debía ayudarme, un trigueñito vivo y callado, tomaba el camino del corral con mi linterna de mano. Siempre, como si hubiera hecho promesa, Liquito, el ayudante venía tras de mí silbando algún merengue.
       ¡Qué fantástica belleza la del potrero, las noches de Luna, cuando sobre las palmeras húmedas de sereno se hacía plata la luz!
       Día a día, muchas veces cuando todavía no había terminado el primer ordeño, se aparecía el señor en su gallardo caballo melao; se arrimaba al corral desde su montura, una mano sobre la otra en el arzón de la silla; preguntaba cómo estaba la faena; se interesaba por saber cuánta leche daba cada vaca. Y si yo le decía que tal o cual estaba herida, se tiraba del animal, venía, me miraba con aquellos ojos entrecerrados, observaba la herida de la res y decía:
       —Bien, bien. Creolina.
       O prefería callar.
       Al amanecer, empezando el sol a hacer cristales en las pencas de las palmeras, venía Silvano con los burros para llevar la leche a la casa. Don Justo veía la operación de la carga, decía alguna maldición si se derramaba algo de líquido y terminaba clavando su melao para ir al último potrero, al otro lado del río, donde Floro cuidaba de los caballos y de los mulos y donde, por no sé qué herencia árabe lejana, don Justo se detenía complacido hasta bien entrado el día, acariciando con mirada y mano enamoradas las ancas de algún bello potro o la crin larga y rizada de alguna yegua parida.

       ¿Eres tú, hombrecillo de ciudad, quien habla despectivamente del campesino y le llamas entre otras cosas haragán?
       ¡En el campo trabaja el hombre sin tregua! Yo lo sé por mí, que tenía el día corto siempre, aunque Silvano o Selmo me ayudaran cuando tenía que estampar una res, capar un toro o despuntar un becerro guapetón. Luego, ¿sabes tú lo desamparada, lo pesada que es aquella vida? Si llovizna, empiezan los toros a quejarse con mugidos aterradores; de noche nos come la oscuridad: dondequiera asegura la tradición que aparece un fantasma, los mismos cocuyos asustan, porque “son almas en pena de muertos”; hay alimañas, como la cacata, capaces de poner la vida de un hombre en peligro; no tiene uno diversión, porque trabaja igualmente un día laborable que un domingo, y si juega gallos o va a una fiesta, debe doblar el trabajo luego; de noche grita el campo por boca de los perros condenados; no puede uno chancear con un compañero, que el campesino es susceptible y bravo; no se gana con qué mudar una mujer; a media madrugada hay que vestirse con la ropa sucia y húmeda. Ya soñoliento, cuando los ojos buscan la hamaca, le esa al hombre doblarse para lavar sus pies. ¿Y si llueve? ¿Has pensado tú, mariquita de ciudad, que gastas paraguas y capa de agua, lo que significa tomar, friolento y cansado, bajo la lluvia fina de la madrugada, sin que nada te abrigue, el camino del potrero? ¿Lo has pensado? ¿Sabes acaso lo que es desatar el nudo de un lazo de majagua que en la noche se hinchó con la lluvia? Hay que prenderse de él con los dientes, porque los dedos entumecidos no tienen fuerza. Si tienes un minuto libre, es para afilar el machete o el cuchillo; después de comida, a tejer la soga que se está desflecando; antes de cena, a componer el aparejo de tu montura que empezó a romperse; al anochecer, echar el caballo flaco y viejo, con que arreas las vacas al río, al potrero para que coma. ¿Y lo otro? Ordeñar, curar las reces con gusanos, untarles creolina en las heridas, juntarlas al atardecer para ver si falta alguna, apartar las paridas de las horras. En esto último nada más se te va un día, mariquita de ciudad.
       ¡Y eres tú solo, tú solo, tal vez como mucho con un chiquillo que tenga los ojos grandes, sea delgado y vivo y se llame Liquito, tan pequeñín que apenas lo ves sobre el caballo entre la alta yerba de guinea! ¡Tú solo, sin tener con quien charlar, con quien desahogarte! ¡Tú solo en todo aquel campo monstruosamente egoísta! ¡Tú solo, sin un espejo donde verte, siquiera!
       ¿Y los otros, los que trabajan en las siembras, en el cacaotal, en el maizal; esos infelices a quienes el amo visita todas las tardes “para ver qué hacen los vagos”? Día a día, ¿sabes?, tumbando, talando, desyerbando para que la maleza no se trague el tabaco; quemando, cortando los racimos de palma y sancochando rulos para los puercos; siempre revueltos entre los platanales, manchados y untados de esa savia pegajosa que deja el plátano: abriendo la mazorca del cacao, fermentando y secando el grano de oro; enloquecidos entre la cogida del café y la siembra del maíz, entre el arreglo de la palizada que se llevó el río y la templada del ya viejo alambre de púas; entre la peligrosa tumba de los cocos de agua y la hachada del viejo árbol seco para leña. ¡Ay, muñequito de ciudad, que en el campo se aprovecha todo y es muy duro el trabajo! ¡Pesa demasiado el hacha, demasiado recia es la tela de fuerte azul con ^que te hacen la camisa y es sobrada la exigencia del señor que te obliga trabajar doce horas diarias para darte cinco pesos cada día treinta!
       ¿Y Selmo, que fabrica el queso, echa maíz a las gallinas, atiende a don Justo, le hace sus diligencias en el pueblo, reparte la leche que deben llevar los muchachos a la ciudad, se ocupa en la venta de la leña, barre el frente de la casa, tuesta el café?
       ¿Y la negra María, la pobre y vieja negra, que hace humear el fogón de madrugada y tiene café colado a las cuatro, como si quisiera brindarle al mismo sol; que cocina en pailas enormes, que lava la sal porque al amo le gusta limpia antes de molerla, y desgalla el arroz descascarado a pilón, y sala la carne para que no le caigan querezas, y limpia de tierra la papa, la batata, el ñame, la yuca, antes de pelarlos; parte la cuaba con que ha de encender el fogón, astilla la leña rebelde, baja al patio en busca de cilantro; recorre los nidales tras los huevos y va hasta el alambre para conseguir un musú que le sirva de estropajo? ¿Y esa pobre negra que cocina para más de veinte hombres, no habla en todo el día, la cerca la noche fregando y tiene todavía que subir a la casa para rezar al amo la letanía, el rosario, la oración y todos los rezos juntos?
       ¿Y Liquito, trigueñito pequeñín, de cejas negras y finas, de ojos sinceros y asombrados, que no abre la boca porque si hablara empezaría a quejarse para no terminar? Liquito el niñito, que recuerda desde cuándo está aquí y sabe muy bien que dejará esto cuando la muerte lo sorprenda; que crecerá acomodándose a esta vida sufrida, sin esperanza de mejorar, sin ambición, sin conciencia.
       ¿Y Floro? ¡Ah, diablos! Floro está allá, en la humedad, como hongo de camino, metido entre el estiércol de los mulos todo el día con la cal sobre la matadura del animal que se peló cargando leña, que la cal impedirá la culebrilla y con la culebrilla se desgracian las monturas. Floro está allá: medio día para bañar los caballos de silla y cortarles la comida; medio día para tejer sogas, componer angarillas y arreglar árganas; la madrugada para lanzar los diez mulos que hoy y mañana y pasado mañana tienen que llevar la carga, sea cacao, leña, leche, cocos, maíz, café, andullos, plátanos, tabaco, naranjas, batatas, yuca; los diez, los veinte, los treinta que han de estar continuamente pisoteando caminos enlodados o caminos secos, bajo la amenaza del fuete, cuyos trallazos los enloquecen de terror; los veinte, los treinta mulos que no pueden quejarse y a los que se les da demasiada paga con un poco de cal sobre la matadura y un potrero amplio donde comer cinco o seis días corridos, si no hay carga. Los mulos de la recua de don Justo, como nosotros, recua infeliz de don Justo o de cualquier otro amo.
       ¿El campesino? ¿El campesino haragán? ¿El campesino que paga todos los impuestos igual que el rico, que no tiene escuela ni teatro ni luz eléctrica? ¿El campesino a quien reclutan para mandarle a las revoluciones, a la matanza? ¿El campesino a quien el comisario del pueblo quita su caballo “para hacer una diligencia oficial” y se lo devuelve deshecho? ¿El campesino bondadoso, con su casa abierta a todos los caminantes, la mesa puesta a todo hambriento, la hamaca o el catre tendidos a todo soñoliento, la voluntad presta a señalar el buen camino para quien se perdió en las lomas o en la sabana o en el monte? ¿El campesino que trabaja desde antes del sol mañanero hasta más allá del sol de la tarde, sembrando el tabaco para que fume el hombre de ciudad, sembrando el cacao para la golosina o el chocolate, el café para el vicio o la fortaleza, los frijoles y el arroz para la comida; que cría cerdos y vacas y gallinas; que lo produce todo y lo vende por centavos miserables, para enriquecer a los demás, los otros, los echados del templo a latigazos? ¿Es haragán ese hombre?

       Nuestro dormitorio era una sola habitación larga, de tablas de palma, sin pintar, techada con yaguas. Tenía tres puertas al oeste y dos ventanas al norte. El piso era la misma tierra, alisada por tantas pisadas; los rincones rezumaban humedad y criaban yerbas. Había montones de tusa, higüeros secos, aparejos, sillas de montar, frenos. Las gallinas andaban por ella todo el día, buscando cucarachas y otras alimañas; ensuciaban los dos bancos largos de madera amarilla donde nos sentábamos y hacían sus nidales entre la tusa o en los viejos aparejos. Las rendijas anchas, por donde nos entraba el sol, estaban cubiertas de telarañas.
       Por la mañana se veían las hamacas pegadas a la pared, pequeños bultos de tela azul o amarilla, pero a prima noche empezábamos a desatarlas y colgarlas. Hacia las siete, si no teníamos que desgranar maíz, íbamos a la laguna, cerca de la entrada, nos lavábamos los pies y volvíamos para echarnos cada uno en su hamaca; charlábamos luego un rato, pues que sin ver la cara del otro y con el cachimbo en la boca, descansado ya, es mejor hablar y contar al grupo silencioso algo nuevo para ellos o algo viejo en ellos, aunque lo ignoren.
       Entre dos puertas, en la pared que daba al oeste, colgábamos la linterna de mano y su luz roja nos encendía los ojos. En la pared de enfrente se agigantaba cada movimiento de la hamaca o se hacía monstruoso el tamaño del hombre que, de pronto, se incorporaba para ver mejor al hablar. Después, cuando el sueño empezaba a mordernos, íbamos limpiando el cachimbo, golpeándolo contra la palma de la mano zurda, medio doblados en la hamaca, como quien va a tirarse. Luego uno decía:
       —Noche.
       Y las voces iban gradualmente apagándose; pero siempre se despedía cada quien del grupo con un:
       —Que duerman bien…
       —Hasta mañana.
       Hasta que, improviso, alguno preguntaba:
       —¿Se puede apagar la luz?
       Y si alguien contestaba:
       —Sí.
       O si el silencio se tragaba la pregunta, el que la había hecho se tiraba de su hamaca, levantaba el tubo y soplaba. La noche entraba de pronto, como un murciélago inmenso y silencioso. Acaso Pirata o Boca Negra trataran de romperla a ladridos, en la entrada o bajo el piso de la casa del amo.

       Con el tiempo de agua me trajo don Justo un compañero, porque las vacas daban más leche y mi trabajo se hacía largo. Se llamaba Prieto y era indio oscuro, con cejas peladas, nariz ancha, boca gruesa y ojos glaucos. Se le veía, en el pelo castaño, en la disparidad entre su color y sus ojos, entre sus pómulos y sus cabellos, que era hombre endemoniado. Regularmente son bravos y callados estos cibaeños que traen encima todas las razas.
       Prieto trabajaba mucho y reía más. Tenía unos grandes y blancos dientes de negro que le daban aspecto de hombre fuerte. Rezongaba a menudo, porque el amo no le dejó llevar sus gallos de pelea, “mi único vicio”, como decía él. Don Justo creía que los peones perdían tiempo en atender a sus gallos.
       Prieto me tomó pronto gran cariño. Me decía que había dejado su mujer encinta, en Palmarejo, y que andaba “por el mundo” en busca de dinero para el parto. No se explicaba, entre otras cosas, por qué yo era tan cordial con Floro, “un hombre que tiene las cejas tan paradas y que con naide habla”. Poco a poco se me fueron haciendo largos los ratos de ocio; pero comprendía que si el amo llevó a Prieto no fue para aliviarme la faena, sino porque temía que con la abundancia de trabajo, el ordeño terminara tarde y se perdiera leche. Sin embargo, Prieto acabó siendo mi Cirineo y yo llegué a quererle como a hermano menor.

       Una lluviosa tarde, después de pensarlo mucho, me atreví hacer lo que durante tanto tiempo fue mis más hondo deseo en la finca.
       Cuidadoso de no ensuciar con mis enlodados pies los escalones, subí, la palabra prieta en la garganta y una ligera liviandad en el pecho; me detuve en la galería y esperé a que don Justo levantara la cabeza y él mismo me empujara a decir qué deseaba.
       Estaba en su mecedora amarilla; tenía a su lado la mesita de mármol cargada de libros, revistas y periódicos; entre sus piernas largas y delgadas, cubiertas con pantalones negros, había un libro grande, de canto dorado; la mano oscura de tanto sol acariciaba la página que no tardaría en volver. Don Justo respiró hondo y levantó la cabeza. Era la suya una cara cuadrada, de frente alta y arrugada, de cejas blancas y apretadas, nariz alta y despótica desde el entrecejo, junto al que se escondían los ojillos negros de párpados arrugados, hasta las ventanillas levantadas; tenía la boca fina y ancha, sobre mentón cuadrado, entre la blanca pelambre de la barba. De la quijada al pescuezo le sobraba piel. Probablemente don Justo fuera calvo; yo no puedo decirlo porque nunca le vi destocado, sino siempre con aquel sombrero de fieltro oscuro, bajo el que parecía escondido.
       —¡Hola, Juan! —dijo.
       Su voz era gruesa y autoritaria, aunque no quisiera. Ese día parecía estar de buen humor. Entrecerró el libro, el índice derecho entre las páginas que leía, y agregó, al tiempo que se estrujaba la cara, como quien tiene la vista cansada, con la mano zurda:
       —Descansando, ¿eh?
       —Un poco, don Justo —contesté.
       Él debió leerme la indecisión en la cara.
       —¿Qué te trae? —preguntó.
       —Desearía que me prestara algo de leer —dije.
       El viejo se llevó la mano izquierda a la rodilla del mismo lado, meció el cuerpo hacia alante, entrecerró más los ojillos y levantó el labio superior.
       —¿Qué leer? —dudó.
       Se le veía el asombro en las arrugas de los ojos, en las de la boca, en aquel labio levantado, en la actitud de espera que tenía todo él.
       Había una agradable penumbra en la habitación. Yo distinguía bien el pedazo de sala que tenía enfrente; no así los rincones de la izquierda, envueltos en sombras.
       Don Justo resopló, hizo un esfuerzo y se puso en pie. Me pareció un poco cargado de espaldas.
       —Bien, Juan —dejó oír.
       Se acercó a la mesilla, puso en ella el libro, abierto bocabajo, como para no perder la página que había estado leyendo cuando yo le interrumpí, y se volvió a mí. Levantó los brazos y me pareció que iba a apretarse el cinturón.
       —¿Qué te gustaría leer? —preguntó de repente.
       —Algo importante, don Justo, que enseñe —expliqué.
       —¿Que enseñe?
       Pero esta última pregunta la hizo en un tono especial, como si al mismo tiempo se estuviera haciendo otra por dentro. Oí como si hubiera alargado demasiado la primera sílaba.
       —Sí —dije—. De carácter social o político; algo que no sea novela, por ejemplo.
       Repentinamente el viejo alzó la cabeza. Otra vez arrugó el labio superior. Me di cuenta, entonces, de que tenía dientes postizos.
       La oscuridad del rincón que yo veía se iba haciendo más espesa y empezaba a invadir el cuadro de luz que entraba por la puerta abierta en cuyo vano estaba yo de pie, con el sombrero de cana entre las manos. Don Justo parecía también una sombra, algo de otro mundo con las lucecillas de sus ojos interrogando, alto, la camisa blanca impecable, los brazos colgantes, las manos oscuras inmóviles junto a las piernas, la cara corroída por la penumbra y la pelamen blanca.
       El viejo dio la espalda, respiró fuerte una vez más y pareció buscar algo sobre la mesilla.
       —Bien, Juan —dejó oír—. Busca tú mismo. Aquí hay mucho que leer.
       Yo no me acordé de que podía ensuciar el piso con mis pies enlodados. La mancha blanca de la camisa se hizo a un lado y las pantuflas de don Justo rasgaron el silencio que yo llevaba dentro.

       ¡Ah, el asombro de aquella gente cuando, al saludar, tropezaban con el compañero embebido en su lectura! Yo estaba sentado en uno de los largos bancos, bajo la luz roja de la linterna. Por las tres puertas entraba el aire en ráfagas y ululaba en las rendijas de la pared de enfrente. Del potrero venía el viento húmedo. Olía a sal y estiércol el viento.
       Los hombres llegaban, duros, callados y mal olientes, con su burda ropa azul, descalzos y enlodados; saludaban, sorprendidos; iban a un rincón, dejaban el colín o la soga o el aparejo y buscaban asiento en el otro banco. Después desenvainaban el cuchillo que lleva cada campesino a la cintura, sacaban la vejiga de puerco, extraían de ella el andullo y lo picaban cuidadosamente sobre un extremo del banco. Yo adivinaba los ojos prendidos en mí cuando estrujaban el tabaco entre ambas manos, cuando llenaban el cachimbo, cuando guardaban la vejiga. Les veía la cara enrojecer al llevar el fósforo encendido hasta cerca de la boca, para encender mejor. Después ellos, un brazo cruzado sobre el vientre y el otro ocupado en el cachimbo, herméticos y calmosos, se daban a verme.
       Oí dos, apoyados a una ventana, quejarse del mal tiempo. Hablaban con voz apagada, pero yo comprendía que hubieran querido hablar de mí. Las letras me bailaban ante la vista. Me sentía satisfecho y lleno de una gran ternura.
       Aquella noche llegó Floro un poco más tarde. No se fijó en mí al entrar, sino que fue derecho hacia el rincón más cercano y tiró un bulto de sogas.
       —Me están fuñendo las sanguijuelas —dijo.
       Prieto estaba tendiendo su hamaca, el cachimbo a la boca y cubierto todavía con su sombrero de cana. Se volvió como azorado.
       —¿Le han caído a usté? —preguntó.
       —¿A mí? —Floro parecía malhumorado—. Al melao de don Justo se lo están comiendo.
       Selmo cruzó las piernas.
       —Jum —observó—. Cuídelo, porque lo quiere más que a la niña de sus ojos.
       Prieto dijo:
       —Dejemos el conversao, que a Juan le molesta.
       —Ustedes no molestan —protesté.
       Entonces Floro me miró, endureció la vista, arrugó el entrecejo y vino hacia mí.
       —Adiós, Juan, y ¿qué es eso?
       —Leyendo —expliqué.
       —¿Leyendo? —dudó—. ¿Usté sabe de letra?
       Yo sonreí. Floro estaba de pie ante mí, las manos a la cintura, alto, delgado. La luz de la linterna le enrojecía la cara y escondía sus ojos en sombras. Caminó y se sentó a mi lado.
       —Vea —dijo—. Yo hasta había pensado que usté sabía de letra.
       Tenía las manos entre las piernas y el cuerpo tirado sobre éstas. Yo observé sus manos largas y ásperas, con gruesas venas de relieve. Se movió y tomó una revista. La acercó a los ojos. Veía las figuras, los grabados. Estuvo así un largo rato; después se levantó, fue hacia su hamaca y la desató.
       —Yo daría hasta un brazo por saber un chin —dijo mientras la colgaba.
       Y una voz aseguró, allá en la sombra de una ventana:
       —Dichoso el que pueda. Ojalá yo y mi alma.
       Yo me quise hundir en la lectura, pero me parecía estar caminando sobre barro resbaladizo. Hasta muy tarde tuve en el cráneo, mortificándome como un abejón, esas palabras.
       —Ojalá yo y mi alma.
       Una noche, la recia lluvia queriendo destrozar el techo de yaguas, estábamos arrinconados unos, los más en sus hamacas, Prieto y Floro mirando grabados de las revistas. Una luz clara y violenta iluminó, a través de las rendijas, nuestra habitación. Selmo se santiguó y murmuró:
       —Ave María Purísima.
       Yo me quedé mirándole y pregunté:
       —¿Por qué has hecho eso, Selmo?…
       —Para que la Virgen me libre de los relámpagos —contestó.
       Nada dije, pero me atormenté pensando si convenía explicar a esta gente que una tempestad nada tenía que ver con Dios; que eso consistía, sencillamente, en un choque de nubes. ¡Señor! ¿Cómo es posible que los hombres vivan ignorantes de por qué oyen; en la creencia de que todas las cosas vienen de un ser milagroso; de que sus vidas están dispuestas así y no tienen derecho a rebelarse, a pretender una vida mejor?
       La lluvia seguía roncando en las yaguas. De rato en rato venía la luz clara, rápida, y sobre nosotros resonaba el trueno. De pronto me mordió la desigualdad, la horrible desigualdad entre estos hombres buenos, trabajadores, sufridos, conformes con su vida miserable, descalzos, hediondos y sucios; y los otros, retorcidos entre sus lacras morales, codiciosos, fatuos, vacíos, innecesarios; o los menos, los amos autoritarios, rudos, despóticos. Una amargura que venía de muy hondo me subió a los labios, y hablé. Yo no recuerdo qué dije, pero lo que fuera lo hice con calor y sinceridad, porque la gente callaba y me miraba; algunos, acostados ya, levantaron la cabeza y me observaron. Arriba resonaba la lluvia, a veces el relámpago alumbraba y entonces retumbaba el trueno; entre las rendijas mugía el viento. Pero mi voz era más fuerte que la voz de la naturaleza.
       Alguien aprobó, aprovechando una pausa mía:
       —Asina es, señores.
       Yo hablaba. Les decía que en la ciudad los hombres viven con toda comodidad, limpios y tranquilos; que no debían creer en aparecidos, en fantasmas, en brujerías; que sobre nosotros descansaba la carga de todo el país; que la tierra era de todos y para todos y puesto que nosotros la trabajábamos, nuestro debía ser el provecho.
       —La única riqueza de la República —explicaba— es su agricultura; si nos negamos a trabajar el país morirá de hambre.
       En el calor de mi discurso, cuando me parecía fácil convencerles de qué era un amo, me atajó Selmo.
       —Pero don Justo es un buen hombre —dijo.
       Y entonces Floro, que había estado callado y me miraba, tronó:
       —¡Buen hombre! ¡Carajo!
       Prieto agregó:
       —A mí no me dejó traer mi gallo.
       Y otro dijo:
       —Verdá es; mire a ver si nosotros tenemos acordeón pa’ divertirnos. Don Justo se ha creído que todos nosotros somos sus hijos.
       Yo me sentía molesto y callé ¡Señor, que los hombres vivan como cerdos y cabritos, ignorantes de sus más elementales derechos!
       Me dolía la cabeza de un modo horrible, pero había de seguro alguna parte del cuerpo que me dolía más. Yo no podía localizarla.
       Esa noche soñé con millares de hombrecillos, abrumados bajo el peso de enormes fardos; pasaban lejos de mí, doblegados, y apenas les distinguía los rostros estirados por viejos sufrimientos. Yo estaba amarrado con cadenas, en medio de la gran llanura cruzada por aquellos hombrecillos, y no podía desatarme a pesar del violento deseo que tenía de correr y ayudarles.
       —¡Idiotas! —grité—. ¡Tirad los fardos!
       Y una voz sin entonación salida de todas aquellas bocas, contestó:
       —¡Estamos bien así!
       Como perdíamos tiempo en la enseñanza, dormíamos dos o tres horas menos. Yo estaba la mitad de ese tiempo enseñándoles las letras, el resto explicándoles mil cosas. Floro conocía ya los veintiocho signos, pero no sabía escribirlos; a Prieto le era difícil señalar la “q”, porque la confundía con la “p”. Nunca, en los años que he vivido, gocé de tanta satisfacción como en aquellos días.
       Una mañana, terminado el ordeño, Liquito me llamó para que viera su nombre, hecho a punta de cuchillo en uno de los maderos que formaba el corral. Aquel niño suscitaba en mí una emoción rara, como si en él se encerrara mi esperanza. Los otros tenían mucho lastre, pero él… ¡Quién sabe cuánto podía florecer la semilla que yo sembraba en Liquito!
       Pero mi situación se hacía difícil en la finca. Don Justo no me hablaba con la buena voluntad de antes; noté que procuraba esquivar mi conversación; le molestaba a ojos vistas que le pidiera periódicos y revistas. Una madrugada estaba el viejo como siempre, arrimado desde encima del caballo a la pared del corral; se clareaba el limpio cielo tropical y yo le veía la cara amarillenta y arrugada. Liquito me trajo a Grano de Oro, una vaca mansa, que no necesitaba “maneo” para el ’ ordeño; como quería ganar tiempo, puesto que me quedaban algunas vacas por despachar y otras tantas a Prieto, no le puse la “manea” en las patas traseras. Yo no sé qué demonio raro le entró a Grano de Oro: tiró una patada, cabeceó y dio media vuelta. La lata de leche que estaba a mi lado, hacia mi izquierda, fue volcada por el animal.
       —¡Condenado! —rugió don Justo, los ojos brillantes y la barbilla levantada.
       Yo le miré y observé después a Prieto. Había levantado el rostro y miraba extrañado a don Justo.
       A mí me ardía el pecho y parecía tener una brasa en la boca, pero me hice el fuerte y nada dije.

       Dos días después, en la noche, estábamos sentados Floro y yo a la entrada del dormitorio. Un limpio y estrellado cielo azul nos cobijaba. Por sobre los cerros del oeste se levantaba la uña cortada de la luna creciente.
       Los muchachos habían encendido hogueras en el patio, junto a la puerta del potrero, y nosotros sentíamos el calor pegarnos en el rostro. Floro, mirando el suelo, las manos juntas entre las abiertas piernas, preguntó:
       —¿Por qué está usté aquí, Juan?
       Yo no hubiera querido contestarle; pero la noche, las estrellas allá arriba, la brisa cargada de olores que doblaba las yerbas en el potrero… ¡qué sé yo cuántas cosas más!, me obligaron.
       Hablaba en voz baja, metido en mis recuerdos. Mi voz me sonaba rara, como si una emoción contenida me cerrara la garganta. Yo era, esa noche, como un árbol del camino, las hojas abiertas a todos los vientos, dueño del paisaje; un árbol de esos que se duermen cuando llueve y se rizan al sol mañanero.
       Frente a las fogatas cruzaban los muchachos, las saltaban, bailoteaban; las sombras largas, entre resplandores rojos, llegaban a mis pies. Floro tenía los ojos como carbones encendidos y parecía de piedra.
       Los compañeros iban llegando, silenciosos y graves; algunos tomaban asiento en los bancos, dentro; otros se ponían en cuclillas, un brazo sujetando el otro y ese ocupado en el cachimbo; pero todos callaban para oírme. La emoción me fue dando calor, más calor que el que de las hogueras nos llegaba. Veía las caras enrojecidas pendientes de mi conversación; sentía la respiración cansada de esos hombres; me aturdían las risas de los muchachos que saltaban las fogatas. Y fui, inconscientemente alzando la voz, alzándola, hasta que ella fue como el roncar del río desbordado. Lo decía todo, todo lo que había ido la vida amontonando en mí de amargo, de doloroso, de nauseabundo. Todo… Hasta que una voz, quebrada por la cólera, hizo volver las caras azoradas.
       —¿Conque el sabio, eh?
       Di el frente al que hablaba, como si no fuera yo. No me dolía esa burla, porque estaba muy hundido en mí mismo.
       Por la ventana, los ojillos negros brillando en rojo, la cuadrada quijada dislocada por una sonrisa de sarcasmo, estaba don Justo.
       —Ya comprendo —agregó— por qué se trabaja ahora a disgusto aquí.
       Ni entonces tuve deseos de contestarle. El calor de las hogueras me envolvía. Además, ¡estaba allá arriba un cielo tan limpio, tan limpio, tan estrellado!
       Los hombres se levantaron callados, como siempre; pero Prieto quedó allí, en cuclillas, a mis pies, los brazos agarrados; y Floro, la cabeza baja y las manos juntas.
       El viejo dio la vuelta. Oía el rac-rac lento de sus pantuflas y, sin alzar la cabeza, vi sus negros pantalones. Llegó a la puerta. Tenía la boca estirada todavía por esa sonrisa sarcástica que tanto daño hacía.
       —No trabaje mañana, Juan —dijo.
       No contesté, pero me dolió la despedida.
       Él se detuvo apenas un segundo, el tiempo justo para decir eso, y siguió en dirección de las hogueras; pero se volvió, ya algo retirado, y remachó:
       —Por la mañana le arreglo la cuenta.
       Entonces Prieto, poniéndose en pie, preguntó asombrado:
       —¿Lo bota?
       —Claro —dije.
       Floro me miró como quien insulta. No dijo media palabra, pero se incorporó y se fue. Le vi abrir la puerta del potrero. Bajo la luz lunar parecía verde, como la alta yerba en la que se perdió su figura.
       Cuando entré, vi a Selmo, la cara terrosa y la mirada huida. Liquito también estaba allí y parecía asustado. Yo comprendí que quería llorar.

       Para la vida de estos trópicos no hay leyes, o están desorganizadas: tras la noche alta y clara, estrellada y fresca, viene el día ahogado, ronco de lluvia. Aquel que yo debí esperar en el camino real, de espaldas a don Justo, al corral, a Prieto, a Floro, a Liquito, a mi sudor mezclado con estiércol, fue un día en que parecía derrengarse el cielo. Regaba el ventarrón la lluvia en menudas gotas grises, que entraban por las rendijas y rociaban la habitación. La nubes lentas, oscuras y pesadas, estaban tan bajas que no tardarían en tocar las cimas de los cerros. En el potrero se doblaba la yerba y las palmas se dormían sobre el paisaje.
       Me levanté temprano. Despacio, como si me sobrara tiempo, arreglé mi bulto; dos mudas de ropa, la hamaca que había mandado comprar al pueblo, el machete. Después me senté recostado a la pared del fondo. Por la puerta se me daban las cosas veladas. En el patio había charcas de agua sucia.
       Cerca de medio día asomó un rayo de sol por entre las bajas nubes. Todavía teníamos agua, pero no tanta. Yo pensé entonces ver a don Justo; no pude: en aquella finca inmensa y desolada estaba sembrada gran parte de mí mismo. Los potreros se cercan con alambre de púas y la res que quiere escapar deja trozos palpitantes de su carne entre ellas; yo sería tan sólo una res que escapaba.
       Los compañeros empezaron a llegar, cubiertos con yaguas o envueltos en sacos de pita para guarecerse de la lluvia. Venían a comer; se arrinconaban, en cuclillas, friolentos, me miraban. Después Selmo, ahogado por aquel silencio tan sembrado de lástima dijo:
       —Lo que ha hecho Floro…
       Yo oí esa voz apagada. Al rato dijo alguien a quien se le adivinaba el cachimbo en la boca:
       —Y vea, don Justo no se lo perdona.
       Otra vez el silencio. Pesaban demasiado las nubes sobre nosotros. Yo observaba aquellas caras con el deseo de no olvidarlas después.
       De pronto oscureció la habitación. Había alguien a la puerta. Una voz aguardentosa y recia dijo:
       —¡Dése preso!
       Y vi los ojos enrojecidos de un hombre oscuro, con los labios gruesos y nariz agresiva, prendidos en mí.
       —¿Yo? —pregunté.
       Entonces asomó la cara de don Justo tras la espalda del hombre oscuro.
       —Sí, a ti, a ti, desvergonzado —dijo.
       Me clavó las uñas en la hombrera de la camisa; me miró por primera vez, sin arrugar la cara; pero tenía el mentón desencajado por aquella odiosa sonrisa.
       Yo agregué retazos de murmuraciones que estallaron en el coro, palabras del viejo y del desconocido que llegó con él: Floro había robado el caballo melao de don Justo y me acusaban de complicidad. Pensé, abrumado y lejano, que lo que se perseguía era no pagarme. Entonces me sacó de hondo, como una luz violenta que me deslumbraba, la voz del viejo.
       —¡Amarre a ese canalla!
       —¿A mí? ¿A mí? —interrogué angustiado.
       Me saltaba algo en la cabeza. Había muchos ojos clavados en mí. La gran tierra era de todos. Había que dejarse comer por ella un día.
       —¡Que me amarre, si se atreve! —grité.
       Entonces oí la voz de Prieto, colérica y sonora:
       —¡Juan no es ladrón, carajo!
       Pero me llevaron, codo con codo, doblado. El patio estaba resbaloso. Ya en él volví la cara: Liquito se estrujaba los ojos con los puños, sacudido por los sollozos; en el rostro de Selmo asomaba una sonrisa fría y dolorosa.
       La lluvia gris, que parecía levantarse de la tierra, me envolvía hasta ahogarme, como si hubiera sido una niebla espesa y cálida. Todavía vi, en la ventana de la cocina, los pómulos lustrosos de la negra María suspendidos sobre mí.

       Me dejaron en la sala, tirado sobre una silla desvencijada. Por lo que decían entendí que esperaban a Floro. Lo habrían mandado perseguir, de seguro.
       Lo trajeron al fin, a la caída de la tarde, amarrado. Levantó la cabeza cuando entró a la medio oscura sala de don Justo. Su mirada era dura y altiva. Nadie hubiera podido resistir aquellos ojos negros, audaces y luminosos. Su cara se había hecho filosa y el perfil cortaba.
       —Para qué me procura usté —dijo, más bien que preguntando, ordenando.
       Don Justo juntó los labios. Le silbaba la palabra entre ellos.
       —¡Ladrón! —exclamó.
       —¡Más ladrón es usté!
       El viejo levantó sus grandes y quemadas manos. Parecía invocar algún santo.
       —¡Canalla!
       —¡Mejor cállese! —gritó Floro.
       Entonces el hombre oscuro, con los labios apretados, se adelantó, el puño cerrado y el brazo alto.
       Mi compañero le miró como si hubiera querido fulminarle.
       —¡No me ponga la mano! —rugió.
       Pero el hombre oscuro no hizo caso. Yo dejé caer los párpados. A un mismo tiempo me sentí frío y medio asfixiado. Cuando miré de nuevo vi a Floro sacudir la cabeza, tembloroso de ira.
       El otro, el que le había traído bajo la fría lluvia, por todo aquel enlodado camino, sonrió.
       El viejo habló con voz ronca. Parecía que entraban sonidos por todas las puertas. Yo cerré los ojos y esperé.
       La oscuridad avanzaba cansada y se escondía en los rincones de la sala. Oí la voz del viejo.
       —Lléveselo —dijo.
       Yo pensé:
       —¿A cuál de los dos?
       Pero a mí me dejaron, y me soltaron, además. Tenía las manos amoratadas, frías, y me dolían los brazos.
       Don Justo, sin mirarme la cara, me despachó:
       —Váyase a dormir —rezongó.
       Y al rato:
       —Se irá de aquí mañana.
       En la noche, todas las miradas clavadas en mí y conociendo cuánto hubieran dado por poder preguntar algo, pensé que el viejo había tenido miedo de que yo fuera tras Floro en la negra noche. Podría soltarlo, hasta matar al alcalde pedáneo que le llevaba. Y sabe Dios si hubiéramos vuelto a pedirle cuentas a él.
       Una lasitud suprema me invadía. Antes de dormir tuve pena por el viejo don Justo, que pensaba tan mal de los demás. Pero no me pregunté por qué había robado Floro.
       Al otro día, solo bajo el turbio cielo, con la fe arruinada, salí de aquella casa. Tan sólo la mano negra de la vieja María se sacudió, desde la ventana de la cocina, para decirme adiós. Pirata, el perro que nos ladró a la llegada, llegó conmigo hasta el portón. Vi las palmas adormecerse sobre el paisaje y un pato con su andar inseguro acercarse a la laguna. Después, el camino enlodado, desolado, largo.

       Rica y grande es esta tierra cibaeña. Se alza al cielo en la loma, se arrastra en el valle; silba allá el viento entre los recios pinos y desmelena aquí la palma serena.
       Rica y grande tierra ésta. Hay muchos caminos reales, tantos como pies que los busquen. Se hunde el camino entre el follaje, baja a las hondonadas, se enloda en las charcas y en la sabana pelada se tuesta al sol. Crecen a su vera el mango y el cajuil, la guanábana y el caimito, el zapote y el níspero; la ceiba gigante y la jabilla lo ven, desde sus altas ramas, saltar sobre sus raíces.
       Somos pocos los hombres que hollamos estos caminos en busca de trabajo, porque son contados los cibaeños que no tienen fundo; además, no abundan las grandes fincas. Por eso dos hombres que buscan trabajo pueden encontrarse un día, aunque el Cibao sea grande y rico, aunque hayan estado años sin verse, aunque la cárcel le haya podrido a uno un buen trozo de la vida.
       Floro y yo estamos aquí, bajo la jabilla desde la que caen gotas pesadas y sonoras. Ha llovido en la madrugada. Cerca muge el río Jima, que corre raudo y sucio.
       Esperamos a que el Jima se calme para cruzarlo. Floro tiene rámpanos en un pie y no quiero que atrape una infección entre las turbias aguas.
       El camino está aquí, a nuestra vera; es pedregoso y gris. Baja de pronto y se ahoga en el río.
       Yo pienso y bostezo; Floro hace, con el cuchillo, dibujos en la tierra. De pronto habla:
       —Vea, Juan —dice.
       Señala los dibujos. Leo distintamente: Floro. Y entonces me asalta, como llama voraz y rápida, el recuerdo.
       —¿Por qué robaste, Floro? —pregunto de improviso.
       El mira asombrado y calla. De seguro había olvidado aquello. Además, en el Cibao es deshonra robar. Pero, apagadas y lentas, me llegan sus palabras:
       —Yo estaba cansado de verlo a usté asina.
       —¿A mí? —inquiero.
       —Tenía ganas de que usté tuviera cuartos para dirse.
       Comprendo. Un nudo me cierra la garganta. Tengo miedo de gritar.
       —Usté no es gente de esto, compadre —asegura violentamente, la mano apoyada en una raíz de la alta jabilla.
       —¿Yo? —pregunto, por decir algo.
       Y entonces, él, como si todavía le pesara haber fracasado, sonríe amargamente y dice:
       —Hubiera vendido el caballo en cuarenta pesos. Con eso le sobraba a usté.
       —¿Y tú? —digo.
       —A mí naiden me conoce. Contimás que yo había estado en la cárcel una vez que malogré un sinvergüenza.
       Él calla. Arriba barre el viento las hojas de la jabilla. Veo el tobillo de Floro hinchado, el rámpano como una cueva. Probablemente fuera el grillo. ¡Y por mí! ¡Por mí! Claro: él se fue por el potrero la misma noche que don Justo me despidió.
       Me levanto. Del otro lado del río, por la ladera escarpada, sembrado de piedras menudas y grises, sube el camino cansado. A su lado muge el Jima de aguas raudas y turbias.
       Pienso:
       —Debí tomar otra vía.
       Recuerdo la parte norte del Cibao, por donde gime la tierra bajo la locomotora. He visto allá, junto a los raíles largos y paralelos, los restos de alguna potente máquina inglesa ahogada por la yerba, por el monte. El monte cibaeño se ha señoreado de la civilización. Nada que no salga del corazón mismo de esta tierra podrá dominarla. Y el corazón del hombre aquí es tan dadivoso y tan fragante como la tierra.
       El camino real está a nuestra vera, esperándonos. Otro lado del río sube por la ladera pedregosa. Floro y yo no sabemos adonde vamos.
       ¡Es tan rico y tan grande este Cibao, y son tantos los caminos que lo cruzan!




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