Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


CAPITAN
(Más cuentos escritos en el exilio, 1964)



      A las siete de la tarde, el viernes día 3, Capitán despertó con el espinazo helado. Inmediatamente supo que se trataba de Ella y empezó a ladrar furiosamente. Se sentía lleno de ira, frenético, igual que cuando se enfrentaba a un perro enemigo.
          —¡Juau, juau, juau! –gritaba Capitán al tiempo que sacudía la soga a que estaba amarrado.
          Tal vez debido a su ira Capitán no lograba ver nada. De todas maneras era igual: viera o no, Ella debía andar por allí, y eso quería decir…
          Pero de pronto Capitán la vio. Doblando la esquina del bohío, pegada a las tablas, Ella iba arrastrándose en dirección a la puerta del patio. Una cosa extraña sucedía, y era que el perro podía ver el seto del bohío aun a través de la sombra y del manto que Ella llevaba puesto. Durante un segundo Capitán se sintió impresionado, pero reaccionó ladrando con más fuerza. Y entonces sucedió lo que todo perro teme que le pase algún día, por mucho que no haya uno entre ellos que pueda escapar más tarde o más temprano a la terrible prueba. Moviéndose lentamente, con evidente disgusto, Ella volvió el frente y plantó en Capitán sus poderosos ojos vacíos.
          El perro sintió que le habían partido el espinazo de un golpe seco; se abrió de patas, pegó el vientre a la tierra y un frío de muerte fue helando poco a poco todo su cuerpo y erizando los pelos de su espina dorsal. El miedo había hecho presa en él, en el temido Capitán. Como una sombra recordó a la vieja perra que lo echó al mundo, cuando en las oscuras noches le advertía cómo era Ella y cómo todo animal de su raza debe estar preparado para el día que la vea. Con la garganta seca, ahogándose y sin poder abrir la boca, Capitán se sintió morir. Desde la distancia a que se hallaba, Ella seguía espantándole con su mirada vacía. Entonces él quiso sobreponerse, luchar contra aquello, y pretendió ladrar para asustarla; pero lo que salió de su garganta fue un quejido largo de miedo, un aullido tembloroso y humillante. Convencido de que era inútil luchar, sintió lástima de sí mismo; se echó por completo al suelo, alzó el hocico en dirección de las contadas estrellas que nacían a esa hora, y siguió lanzando su penoso y lúgubre aullido, que se esparcía por todo el lugar llenando de pavor a los niños y a los viejos supersticiosos.
          A tres cosas dio lugar ese prolongado gemir de Capitán: una, que Ella se encolerizara, lo cual podía apreciar el perro porque la vio apretar las quijadas y oyó el crujido de los largos dientes descarnados; otra, que don Gaspar saliera al patio a ver qué le pasaba a su animal; y la última, que Tiburón hiriera el orgullo de Capitán soltando indecorosos e inoportunos ladridos en el patio contiguo, sin duda queriendo decir al aterrorizado can que no armara tal escándalo.
          A causa de lo primero, Ella fue sorprendida por la presencia de don Gaspar; no lo esperaba y no supo qué hacer al verlo. Capitán observó que Ella recogió su manto, miró fijamente a su amo y entonces reculó despacio, perdiéndose otra vez en la oscuridad del callejón. A causa de lo segundo, Capitán sintió que su miedo cedía, que con la presencia de don Gaspar la confianza volvía a nacer en él. A causa de lo tercero, una sorda ira empezó a trabajarle las venas y se juró que en la primera oportunidad Tiburón iba a saber con qué hay que contar para atreverse a llamarle la atención a un perro del genio y de los bríos suyos.
          Cuando don Gaspar llegó hasta el rincón donde amarraba a Capitán, vio a su perro ponerse en cuatro patas, mirarlo al principio con seriedad y después con afecto, y notó cómo al contacto con su mano los pelos del animal volvían a pegarse a la piel. —¿Qué te pasaba, mi buen Capitán? –preguntó el viejo con dulce voz al tiempo que golpeaba las costillas del animal–.
          ¿Qué te pasaba? ¿Por qué tabas llorando asina? ¿No ves que eso trae desgracia?
          Capitán hubiera querido decirle que a partir de ese momento no se descuidara, que se mantuviera alerta. Pero él no sabía hablar y lo único que podía hacer era dar a entender que se sentía contento con la presencia de don Gaspar. Lo dejó dicho blandiendo el rabo y pegando con él en tierra; luego se acostó de vientre y estuvo así, con los ojos entrecerrados, hasta que el viejo volvió a meterse en el bohío.
          El sábado temprano don Gaspar abrió la puerta y se puso a limpiar el patio. Capitán estuvo observándole y le preocupó hallar que su amo tenía aspecto de cansado; le pareció más flaco que de costumbre, con un aire de enfermedad que le adormecía los ojos. Por encima de su camisa sobresalían sus hombros y las manos mostraban docenas de huesos. Aquello entristeció a Capitán. Don Gaspar iba amontonando las piedras, los aros de barril, la yerba arrancada. El sol no era excesivo, y tal vez a ello se debiera que don Gaspar no pareciera ver las cosas con precisión. ¿O se trataba de que los años iban nublando sus ojos?
          Por el patio vecino cruzó el negro Inés, echando humo de su cachimbo.
          —Buenos días, vale Gaspar –cantó Inés.
          —Buenos días… Aquí, dándole una limpiadita a esto –explicó el amo.
          —Anoche –empezó Inés con mucha seriedad– anduvo su perro llorando, y eso es cosa mala, Gaspar… Anuncia desgracia.
          —Ello… Pa mí que lo que le pasó a Capitán es que sintió miedo.
          —Porque algo vido, amigo; algo vido.
          Capitán oía la conversación y se paró, extendiendo las patas. Miró de reojo a Inés. No le gustaba que hablara de eso. De pronto Capitán creyó morirse: Ella iba deslizándose en dirección a la puerta del bohío. Casi flotando, con su manto gris transparente y una expresión criminal en la cara, parecía vigilar a los hombres y al perro.
          —¡Juau! –ladró Capitán lleno de ira.
          —¡Fíjese –exclamó Inés–, fíjese en los ojos de ese animal, Gaspar! Pa mí que tiene la peste.
          Gaspar se acercó al perro dando la espalda a la puerta del bohío, y entonces Capitán advirtió que Ella corría para entrar. ¡Eso no podía él permitirlo! Lleno de ira dio un estirón a la soga que lo sujetaba y parecía que iba a romperla; erizó los pelos del espinazo, ladró con ira cada vez mayor, empezó a pegar saltos. Por fin logró romper la soga y se lanzó como un bólido hacia el bohío.
          —¡Ahí lo tiene! ¡Mire lo que le decía! –gritó el viejo Inés.
          Don Gaspar corrió detrás de su perro, llamándole a voces. Pero no tuvo que llegar lejos, porque a cuatro varas del bohío Capitán se detuvo, clavó las patas en la tierra, bajó la cabeza y comenzó a aullar. Ella había vuelto a dirigirle su vacía y espantable mirada y el animal sentía el frío del miedo paralizándole hasta la voz. Claramente, el perro oyó la advertencia que Ella le hizo:
          —Vas a pagar caro tu atrevimiento, animalucho indecente.
          El viejo Gaspar se acercaba, y Capitán, que sentía su olor cerca, quería decirle que se detuviera, que no diera un paso más, que se mantuviera quieto, sin respirar siquiera; que Ella estaba allí, a tres pasos, y que era la segunda vez que llegaba a buscarlo a él, a don Gaspar. Estaba helado, sin dominio sobre sus músculos. El miedo acababa con él. Vio como Ella empezaba a retroceder, a desvanecerse, a irse alejando, y cuando por fin dobló el callejón perdiéndose en dirección de la calle, Capitán, libre de aquella cosa que le tapaba la garganta, alzó la cabeza y se puso a aullar lastimeramente, con un largo, tembloroso aullido que espantó a Inés.
          Lo mismo que la noche anterior, Tiburón empezó a protestar a ladridos.
          —¡Me está ordenando que no haga escándalo! –se dijo Capitán indignado.
          Por la cerca de alambre, en el solar opuesto al de Inés, Tiburón asomó el hocico. Era un enorme perro negro, de cara antipática y ojos pesados. Miró fijamente a Capitán y le lanzó un último ladrido. Pero Capitán había perdido ya su miedo, porque Ella se había desvanecido, y a la insultante intervención de Tiburón sintió su sangre hervir. De un salto se puso de pie, gruñó, furioso, y se lanzó a toda carrera sobre los alambres.
          —¡Capitán! ¿Qué es eso? –gritó don Gaspar.
          —Le digo que a su perro le ta pasando algo, amigo –remachó Inés.
          Ninguno de los hombres observó la terrible y asesina mirada que lanzó Tiburón desde su sitio; sólo Capitán comprendió lo que ella quería decir. Significaba: “Esto lo arreglaremos hoy mismo”. Capitán contestó volviéndole la espalda, lo cual quería decir: “Para hacerte huir me basta con el rabo”. Y se dirigió lentamente hacia su rincón habitual, donde su amo volvió a amarrarlo anudando los dos pedazos de la soga que había reventado poco antes.
          A eso de las tres de la tarde, el mismo día sábado, el viejo Gaspar fue en busca de Capitán para llevarlo al río. Inés le había aconsejado que lo bañara, porque la rabia venía, según él, del calor que les hacía doler las muelas a los perros. Sujetándolo por la soga, el viejo lo sacó a la callecita, a esa hora agobiada por el sol. Estaban en un extremo del pueblo, donde algunos bohíos desvencijados daban albergue a familias que vivían de milagro, cosechando maíz y batatas en los patios o haciendo trabajitos de tarde en tarde. Capitán, con su pelo rojizo y sus costillas pronunciadas, caminaba seriamente junto al viejo. Dos o tres perrillos corrieron a ladrarle, metiéndose entre sus piernas; pero Capitán no les hizo caso. Tampoco don Gaspar parecía atender a la gente ni a los animales; iba erguido, caminando a grandes pasos, y ya se dirigía hacia la vereda que llevaba al río cuando una tromba de carne y pelos salió rugiendo de un bohío y se lanzó en dirección suya a toda velocidad. En un instante Capitán comprendió que Tiburón había adelantado la cita.
          Abusador y perverso como era, Tiburón procedió violando todas las reglas del código de los perros. En vez de atacar a Capitán saltó furiosamente sobre don Gaspar. El viejo quedó tan sorprendido que se enredó los pies, uno con otro. Pero Capitán no perdió la cabeza. Durante un segundo su ira fue tan grande que apenas pudo mostrarla enseñando los dientes; pero en el acto calculó qué debía hacer y dando un brinco bien medido clavó sus dientes en el espinazo de Tiburón. Este se dobló, arrugó el hocico, volvió la cabeza y, buscando evadir aquella tenaza candente se pegó a tierra mientras encima de él, gruñendo de rabia y moviéndose sin cesar, Capitán buscaba herirlo con las uñas a la vez que lo mordía. La cólera de Capitán no se saciaba con nada. Soltó por una fracción de segundo, pero fue para coger un poco más arriba. Se le veía erizado y fuera de sí.
          —¡Déjalo ya, Capitán! –ordenó don Gaspar.
          Los niños se agruparon en las puertas y los perros del vecindario empezaron a ladrar de lejos.
          —¡Déjalo ya, déjalo ya, Capitán! –insistía el viejo.
          Cada vez más colérico, Capitán se negaba a cumplir la orden, cuando un hombrecito amarillo y flaco salió de su casa corriendo.
          —¡Hay que matar a ese condenao! –gritaba muy resuelto–. ¡Hay que matarlo, porque ya no se puede con él!
          —¡Vino a morderme sin que yo le hiciera na! –se quejó don Gaspar.
          El hombrecito dijo algo más, entró de nuevo en su bohío y salió armado de machete, todo en menos de un minuto.
          —¡Condenao, te llegó tu hora! –vociferaba.
          Una mujer gritó que no hiciera tal cosa, pero el hombrecito no la oyó y descargó su machete dos veces sobre el animal. La brillante sangre de Tiburón salió a chorros, esparciéndose por la calle. Capitán no quería soltar aún.
          —¡Capitán, ven, Capitán! –ordenó don Gaspar.
          Entonces Capitán, con los dientes descubiertos todavía, reculó con los ojos fijos en su enemigo, que se debatía en el polvo.
          —No te hizo na, perro mío; no te hizo ni un aruñazo –decía el viejo al tiempo que acariciaba con sus huesudas manos el espinazo del animal.
          Pero sí le había hecho. En el calor de la pelea el propio Capitán no se había dado cuenta de ello; sin embargo, es el caso que en una pierna, hacia la parte de adentro, Tiburón le había clavado los colmillos. Cierto que era una herida apenas visible, sin importancia alguna, sobre todo si se tenía en cuenta la ferocidad de Tiburón.
          La gente no quería creer que Capitán había salido casi ileso.
          —Era una fiera –explicó el hombrecillo–. Había que matarlo. ¿No se acuerdan de lo del otro día?
          “Lo del otro día” fue un crimen de Tiburón, ocurrido dos semanas atrás. Tiburón salía de la casa y por la calle iba al trote un sato blanco que apenas alzaba un pie del suelo, flaco, jadeante, que debía ir cansado porque llevaba la lengua afuera. Cualquier perro lo hubiera dejado en paz, pero Tiburón era abusador y al verlo se lanzó sobre él, rugiendo de ira y sin razón para sentirla. El pobre sato aulló de miedo. Tiburón le clavó los colmillos en el pescuezo y lo sacudió en el aire, enloquecido por su instinto criminal. El perrito quiso defenderse y mordió a Tiburón en una oreja. Todos vieron esa mordida y todos vieron cómo eso le pareció a Tiburón la peor de las afrentas. En un instante echó el sato a tierra y allí lo destrozó a dentelladas y desgarraduras. El animalito se alejó aullando de dolor.
          —Bien muerto ta, sí señor –aseguró una mujer contemplando los restos de Tiburón.
          Don Gaspar siguió hacia el río mientras los muchachos y algunas personas mayores seguían haciendo comentarios. Capitán se refrescó con el agua y parecía no tener memoria de lo que había pasado poco antes.
          Amaneció un domingo radioso sobre el barrio. Inés se asomó por la cerca, bastante temprano, y estuvo hablando con don Gaspar sobre el incidente del día anterior.
          —Por lo que vi, si Tato no mata a su perro lo hubiera matao Capitán –dijo.
          Los dos viejos volvieron los ojos hacia el animal. Echado en su rincón, bajo dos yaguas viejas, Capitán parecía atender lo que se hablaba. Con el pescuezo y la cabeza pegados a la tierra, miraba fijamente a los dos viejos.
          —Jum… Capitán usa poco juego –comentó don Gaspar.
          —Por eso me extrañó el lloro de anoche –explicó Inés.
          Al oír referencias a aquello, Capitán cerró los ojos; pero los abrió a seguidas para ver cómo iba don Gaspar. Estaba parado, agarrado al alambre, y se veía flaco, con los pómulos muy pronunciados, la piel quemada, las manos huesudas. “No parece enfermo”, se dijo seriamente el perro, al tiempo que acomodaba la cabeza entre las piernas para dormitar. Otra vez, de golpe, levantó el hocico. “No parece enfermo, pero Ella vino a buscarlo”.
          —Tal vé taba llorando la muerte de Tiburón –explicó don Gaspar.
          —Yo no sé qué lloraba, pero lo que sí le digo es que algo vido. Los perros asuntan cosas que los cristianos ni an se imaginan, compadre –aseguró muy serio Inés; y después se puso a contar una historia de un perro que tenía cierto amigo suyo. Cuando acabó, invitó:
          —Fíjese si esta noche llora. Yo por mi parte taré atento.
          Diciendo “adiós” se fue Inés a través del patio de su bohío, y el sol comenzó a correr arriba. Llegó la tarde, cayó la noche y Capitán no aulló; pero tampoco aulló el lunes, ni el martes, ni en toda la semana.
          —¿Ve, compadre, que lo que lloraba era la muerte de Tiburón? –afirmaba riendo don Gaspar.
          —Pa mí era eso –comentaba Inés, mientras miraba con seriedad al perro y fumaba su cachimbo a grandes bocanadas.
          Los viejos parecían muy contentos de que las cosas resultaran así, pero Capitán no compartía su optimismo. “Ella vino; yo la vi venir”, se decía a menudo. Ella había ido, y todo perro sabe que Ella jamás visita un hogar en vano. Capitán estaba seguro de que una de esas noches la vería entrar de nuevo.
          Pero todavía pasó una semana más, y aun otra y algunos días, hasta llegar a la tarde del miércoles 22. Capitán se había levantado ese día ligeramente triste y después estuvo inquieto. Sentía necesidad de arañar las viejas yaguas, de moverse, de levantarse y acostarse. Algo le molestaba. La parecía que hacía más calor que de ordinario, sobre todo dentro de su cuerpo, y acezaba largamente, con su roja lengua caída por entre los dientes. En la pata derecha, hacia la parte de adentro, algo le producía escozor, y se lamía y mordía el sitio, justamente el lugar donde aquel sábado día 4 había clavado sus colmillos Tiburón. Los olores que le traía el aire eran secos e irritantes. Ya en la tarde, mientras olfateaba pedazos de madera, vio a don Gaspar cruzar el patio. Fue en ese momento cuando sucedió aquello.
          Tal vez porque no veía bien, el viejo no se dio cuenta de que iba a pisar un aro de barrica; lo pisó y el aro saltó, pegó en las piernas del viejo y éste perdió el equilibrio. Capitán lo vio caer de bruces y vio cómo su mano izquierda dio contra un casco de botella. En el acto saltó la sangre, y Capitán, asustado, comenzó a ladrar.
          —¡Juau, juau, juau! –exclamaba.
          Pero el viejo don Gaspar no hizo mayor caso al incidente y ni siquiera notó la herida en el acto. Se puso de pie, siguió caminando, y el perro siguió observándole y ladrando. Al notar que le salía sangre de la mano, don Gaspar sólo comentó:
          —Qué cosa, una herida.
          —¡Juau, juau! –insistía el perro.
          —Eso no es na, Capitán –aseguró el viejo; y cuando llegó a su lado extendió la mano, la puso bajo el hocico de Capitán y dejó que éste lamiera.
          —Pa que se pierda mi sangre, mejor te la comes tú –decía el viejo sonriendo.
          Capitán lamió, agradecido de ese gesto de confianza, pero a poco se sintió molesto, sin que supiera debido a qué, y se echó en un rincón, mirando a su amo con gravedad. Al rato el viejo se fue, y nada más pasó ese día.
          Al día siguiente sí pasó algo. Serían las nueve de la mañana cuando unas moscas transparentes empezaron a volar ante los ojos del perro. Capitán estuvo observándolas un momento; de súbito sintió una ira loca y se lanzó sobre ellas, pero las moscas desaparecieron sin que él las viera irse a parte alguna. Capitán quedó sorprendido y caviloso. Haciendo un esfuerzo, se mantuvo inmóvil y en acecho, porque las moscas debían volver; pero entonces sucedió algo increíble: Tiburón estaba allí, frente a él, erizado y mostrándole los dientes. Es difícil de explicar lo que sintió Capitán. Un fuego de llama ardió de golpe en sus venas. Jamás había tenido tanta ira. Se lanzó en un brinco sobre aquel odiado enemigo y cerró su boca en el pescuezo de Tiburón, pero los colmillos golpearon en el vacío. Allí donde segundos antes estaba su enemigo, no había nada más que aire. Capitán ladró, lleno de cólera, y notó que su voz no era igual a la de antes; y entonces, sin saber por qué, lloró con un corto, pero escalofriante aullido muy agudo. De súbito, aterrorizado, Capitán perdió la cabeza, y a seguidas volvió a sentir ira. Le acometió una violenta necesidad de correr, y aunque trató de hacerlo no podía porque la soga no lo dejaba libre. En menos de un minuto se sintió cansado y comenzó a castigarle un súbito deseo de tomar agua, mucha agua.
          Media hora después toda la voluntad de Capitán estaba fija en una sola cosa: entrar en el bohío de don Gaspar y meter la cabeza en la pequeña tinaja del viejo hasta dejarla vacía. Toda su ambición era beber, calmar con agua el fuego que tenía en la garganta. Después de haber tirado de la soga hasta rendirse, sólo tenía ojos para ver la puerta por la que acaso saliera don Gaspar a llevarle agua.
          Pero don Gaspar no salía y Capitán, que necesitaba calmar ese ardor, empezó a comer yagua. Cerca había una tusa de maíz. Pensó que su cuerpo áspero le rascaría la garganta, y se la comió; después encontró un pedazo de madera podrida y se lo engulló en el acto. A esa hora se levantaba una tenue brisa y Capitán pensó que si la brisa le llevaba un papel que había en medio del patio, o siquiera hojas secas, el papel y las hojas le ayudarían a calmarle aquel ardor.
          Como si hubiera decidido complacerle, la brisa metió bajo el papel sus impalpables dedos, lo alzó, lo meció, lo arrastró. Con la lengua seca y colgante, los ojos hundidos adornados por un brillo metálico, lleno de avidez, Capitán esperó. Cada movimiento del papel le hería los nervios. Lentamente, rasando el suelo, el papel se acercó, y de pronto la mano invisible de la brisa lo sacudió alejándolo. Capitán sintió ira. Otra vez vio al condenado papel acercarse y otra vez se alejó en un esguince burlón. Capitán se levantó y anduvo tanto como se lo permitía la soga. Notó que no le era fácil caminar. Se hallaba liviano y tenía la sensación de andar por el aire; además, su paso era vacilante. Quiso batir el rabo, sin causa que lo justificara, y de golpe sintió en el tronco de la cola un dolor agudo, y algo indefinible, parecido a una fuerte sacudida, le recorrió todo el espinazo hasta la misma cabeza. Cayó sentado y empezó a acezar. Inesperadamente le ardió de nuevo la pata en el sitio donde lo había mordido Tiburón. Lo que sentía allí era una brasa encendida. Desesperado, empezó a morderse y a lamerse; y a poco sintió que ya no podía abrir la boca y que unos puntos de fuego le herían el anca derecha, haciéndola temblar y endureciéndosela al mismo tiempo.
          ¿Qué diablos le estaba pasando? ¿Y don Gaspar, y el viejo Inés; dónde estaban? Los tonos pardos de los bohíos empezaban a confundirse con los del cielo. Y en ese momento volvió a suceder aquello: En medio de las sombras nacientes, temblando, traslúcido, con las formas oscilantes, surgió Tiburón; miraba con sus odiosos ojos pesados y caminaba lentamente hacia Capitán.
          —¡Ah, maldito, ahora verás! –dijo éste.
          Pero al ir a saltar, gruñendo de ira, notó con asombro que Tiburón se deshacía en el oscuro aire. Ahogándose de cólera y asombrado a la vez, Capitán cayó sentado. A seguidas notó que apenas podía respirar. Se asfixiaba, ¡se asfixiaba! ¡Oh, si en ese momento hubiera salido don Gaspar! La presencia de su amo le hubiera ayudado a vencer esa obstinada pesadez del aire que lo ahogaba. Doblado como un arco, Capitán quiso respirar por la boca; pero su lengua ardía, ardía su paladar, y el solo contacto del aire le hacía sufrir y le daba cólera.
          Con los ojos agrandados por el desconcierto y no queriendo rendirse, el perro se esforzaba en usar la última gota de oxígeno que tuviera en el fondo de los pulmones. El vientre se le movía a saltos, como una vejiga que se infla y se desinfla rítmicamente. Pasado un rato comprendió que cada vez perdía más movilidad en la boca, que apenas podía sentir ya otra cosa que un progresivo endurecimiento en la quijada.
          Cayó la noche del todo. Por alguna causa baladí, los perros del vecindario empezaron a ladrar alborotando el barrio.
          Capitán quiso sentarse, pero no pudo; y entonces sintió miedo, un miedo único, que enfrió su sangre; un miedo que no había sentido ni siquiera cuando Ella estuvo mirándole. En ese momento –pequeño instante de lucidez– Capitán quiso ver hacia el callejón y vio la sombra. En el acto la reconoció. Un calor cosquilleante le recorrió la piel; sus rojizos pelos se pararon; el espinazo se le alzó como un arco. ¡Allá estaba Ella misma, riendo con sus largos dientes descarnados!
          —¿No te lo avisé? –dijo con una voz llena de sarcasmo, una voz que nadie podía escuchar, porque excepto los perros, nadie la oye.
          —¡Maldita! –rugió Capitán–. ¡Vienes a buscarlo, yo lo sé; vienes a buscarlo maldita!
          Entonces Ella lanzó una carcajada larga y seca que enloqueció de pavor a Capitán; la lanzó y salió corriendo, con su transparente manto gris batido por el aire, con sus huesos pelados y blancos, con los brazos y las costillas sonando lúgubremente. Capitán hubiera querido gritarle a don Gaspar que Ella iba a meterse en el bohío, pero no podía.
          Durante un segundo, al tremendo miedo siguió la ira, una ira que le hizo ver fuego en torno suyo. Quiso ladrar, pero de su garganta no salió sino un ronquido seco. Loco, frenético, saltó; rascó el aire con las patas, se sacudió, fuera de sí; y entonces, de golpe, cayó al suelo, como fulminado por un rayo. Todavía pataleó algo, pero comprendió que todo esfuerzo era inútil porque el frío de la muerte endurecía ya sus músculos. Expandió el pecho una vez más, sólo una vez más; y todo desapareció súbitamente.
          Don Gaspar estaba en su catre, mirando hacia las yaguas del techo que dejaban caer trizas negras. No sospechó nada. La puerta del patio se abrió y tornó a cerrarse. El viejo sintió que por allí se había colado un frío diferente a todos los fríos. Pero él era hombre y no podía ver que Ella había llegado ni pudo oír el ruido de sus huesos secos cuando Ella tomó asiento en un pequeño banco de madera que estaba a los pies del catre. No pudo darse cuenta porque sólo los perros tienen ojos para verla y oídos para oírla.
          Claro que don Gaspar llegaría a saberlo, pero sería al día siguiente, cuando el viejo Inés entró como a las nueve de la mañana para decir, con acento de preocupación:
          —¿No ve? ¿No le dije que algo raro le pasaba a su perro? Tiburón tenía la rabia. Aquel perrito blanco que Tiburón maltrató era de mi comadre Luisa, y ella me dijo que murió con la peste.
          Don Gaspar alzó los ojos y miró fijamente a Inés.
          —Usté ta equivocao –dijo; y la voz le temblaba.
          —Capitán no ladró anoche, compadre; vamo a verlo –respondió Inés.
          Inés corría, pero don Gaspar iba cruzando el patio despacio, y cada vez que avanzaba un paso sentía un frío de hielo ascendiendo por su sangre.
          —¿Ta muerto, muerto de la rabia! –gritó Inés, con ojos despavoridos.
          —¡No! –gimió don Gaspar, con voz ronca, el pescuezo rígido, el cuerpo endurecido.
          —¿Pero qué le pasa, amigo? –preguntó asustado Inés.
          Entonces vio la mano herida que le enseñaba Gaspar; la vio y comprendió.
          —¡Me lambió la cortá ayer! –gritó don Gaspar; y se veía tieso, como un muñeco de madera plantado en el patio.
          Lleno de terror, aullando de miedo, Inés huía por el callejón y a lo lejos se oía su voz:
          —¡Don Gaspar tiene la rabia; don Gaspar tiene la rabia!
          Desde la puerta del bohío, Ella había visto toda la escena con sus ojos vacíos; después entró, se sentó de nuevo al pie del catre y no se movió más de allí hasta dos meses después, cuando sacaron al viejo en un tosco ataúd.
          Pero Capitán no supo que Ella había alcanzado su propósito, porque ya él estaba bien podrido, una vara bajo tierra, en la misma esquina del patio donde había vivido amarrado más de cuatro años.




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