Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


El cobarde
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      La noticia había llegado hasta aquel bohío perdido en la sabana: Monsito Rojas había asaltado el pueblo.
       Ellos estaban en la cocina. A través de las rendijas crecía y se apagaba la luz del fogón. El muchacho dijo:
       —Me parece que viene gente.
       La vieja y Meco aprobaron con gestos; pero no trataron de averiguar quién llegaba, porque la noche oscura lo impedía. Meco andaba receloso y ordenó.
       —Quítense de ahí.
       A pasos lentos se encaminó a la puerta y clavó ambas manos en los espeques. El aire y la llama hinchaban su camisa. Aguzó la mirada y distinguió el bulto: era una masa alta y negra, que venía buscando la entrada de la cocina.
       Desde el fondo del patio ladró el perro, con un ladrido largo y débil.
       —Noche… —dijo el recién llegado.
       —Buena —respondió Meco.
       El hombre se tiró del animal al tiempo que explicaba.
       —Soy yo…
       Pero Meco se le interpuso:
       —¿Fano? —preguntó.
       El perro seguía sembrando la noche de ladridos.
       —Déjeme dentrar —pidió el hombre.
       Meco se echó a un lado. La luz se regó de prisa en la tierra. Adentro estaban los ojos estallando.
       —¿Y es usté, Fano? —inquirió la vieja.
       El hombre se tiró en una silla.
       —Monsito asaltó el pueblo al oscurecer —dijo.
       —Nosotros lo sabíamos —rezongó la vieja.
       Meco sintió los temblores del animal y se acercó a verlo. Debió dar una carrera larga, porque chorreaba sudor. Entonces tuvo dudas y se volvió a Fano.
       —Usté ‘ta herido —aseguró.
       A Fano no le salieron las palabras para negar.
       —¡Pero ese condenao perro no se va a callar! —tronó Meco con la mirada clavada en el muchacho.
       Cuando el pequeño dejó la cocina, Meco, apretando los dientes y con el puño cerrado, dijo:
       —Entonce usté anda juyendo, Fano.
       Fano levantó serenamente la frente. Desde el otro lado del fogón le miraba la vieja, que mordía en silencio su cachimbo.

       Hacía rato que Meco deseaba hablar. El muchacho había vuelto y el perro estaba bajo el fogón. Era blanco y gruñía.
       —Acuéstese, mama —dijo a la vieja—. Ya es tarde.
       La falda morada de la vieja barrió el piso. Ya en la puerta volvió la cara y se le vio el amago de una sonrisa insultante. Seguramente quería decir una palabra sucia; pero no lo hizo por respeto al hijo. Después se levantó el muchacho y pidió la bendición.
       Fano comprendió que Meco iba a empezar, y él no estaba para conversaciones. Quería estar a solas. Pero Meco… Era seguro que Meco le fastidiaría. A otro le contestaría con insolencia, y en último caso le pegaría un tiro si lo cargaba mucho; en cambio, estaba obligado con Meco porque era su amigo, y a los amigos… Bueno…
       —¿Fue al anochecer? —preguntó Meco al rato.
       Fano contestó con la cabeza. Meco se remordió los labios; después estuvo largo rato con la barbilla entre las manos. La luz le chorreaba en la frente y hacía brillar los ojos del otro. Fano no podía con aquel silencio tan forzado.
       Hasta allí mismo, audaz y grosera, se metía la noche. Pesaba sobre el techo de la cocina y parecía querer ahogar la pobre llamita que bailaba en el fogón.
       Meco se levantó; revolvió los tizones, los apretujó, los golpeó sobre la hornilla de barro. Una lengua de fuego, ágil y alegre, llenó de luces los rincones de la cocina. Meco cogió entre dos dedos una brasa y encendió el cachimbo. Se volvió lentamente, mientras hablaba:
       —Si Monsito sabe que usté anda por aquí lo afusila como a un perro.
       —Dende que salí ‘toy pensando eso —contestó el otro.
       Meco acabó de dar rápidamente la media vuelta y apoyó ambas manos tras su espalda, en el fogón. Los ojos le relampagueaban sobre el cachimbo y entre el humo. También Fano se puso en pie. Era flaco y alto.
       —Usté y su mama se creen que yo ando juyendo por miedo.
       Hablaba despaciosamente y con rabia. Tenía los ojos metidos bajo un ceño duro.
       Meco no halló palabras para contestar. Además, el otro no tardaría en explicarse.

       Fano habla. Está sentado, con las piernas abiertas y los dedos de ambas manos entrelazados bajo la barba; no mira de frente, sino de rato en rato y velozmente. Hace media hora que Meco le oye. Meco está en pie, con el cachimbo entre los duros dientes, de espaldas al fogón. El calor de la llama le escuece en la espalda; pero no se mueve.
       Fano dice, al final:
       —Dispués me entrego. Si quieren matarme que me maten.
       Se alza. Su sombra grotesca llega hasta el techo. Camina hacia la puerta, lentamente, meciendo unos brazos encogidos y duros, como de madera.
       —Si usté quiere, yo lo acompaño, Fano —ofrece Meco.
       —No, amigo; mucho compromiso tiene usté con que yo haiga estao aquí esta noche.
       Ha dicho esto con la cara vuelta. Meco siente que decrece ante tales palabras.
       —¡Usté sabe que mi casa y lo mío es pa’ el amigo! —protesta.
       Meco ve a Fano alzar la pierna. Parece que va a volar. Ya desde el caballo dice:
       —Queden con Dios.
       La luz roja, que se cuela por la puerta hasta el patio, pone reflejos y manchas bermejas en el pescuezo y en las ancas del sudado animal. Se oyen el tintineo del freno, el crujir de la silla. El caballo mueve la cola y alza las patas.

       Todavía el ruido no se ha perdido del todo. Meco saca los tizones de la hornilla y golpea hasta dejar sólo brasas. El perro blancuzco es ahora, bajo el fogón, tan negro como café molido. Meco junta la puerta y se va. En el bohío, cuando chilla el catre bajo su peso, oye la voz de la vieja:
       —¿Se fue el cobarde ése?
       —No, mama; no es cobarde… —observa Meco.
       La voz de la anciana es sorda en la noche:
       —Anjá… No se habrá juío.
       Meco advierte:
       —Pero no por miedo mama.
       En las yaguas del techo silbaba el viento.
       Apenas se siente ya el pisotear de la montura.
       —¿Y por qué, entonces? —insiste ella.
       Y Meco, mientras va colgando en la silla la camisa listada, explica:
       —Supo que el muchacho ‘taba entre la gente de Monsito.
       En la habitación de la vieja, salta una tos seca y cascada. En la distancia se ha perdido el ruido del caballo, que va camino del pueblo. La vieja, que no se rinde, pregunta todavía:
       —¿Muchacho? ¿Cuál?
       —Su hijo, mama —explica Meco. Y a seguidas grita:
       —¡Pero ese condenao perro no se va a callar!
       Detrás de esas palabras se oye el viento, que castiga las yaguas del techo y los escasos arbustos de la sabana.




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