Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)

DOS AMIGOS

      Duck oyó decir varias veces que un viaje cambia siempre algún aspecto de la vida del viajero. Así, pues, cuando la familia decidió el traslado a un pueblo de la costa con el propósito de pasar el verano, él se llenó de aprensión y se puso nervioso.
      Sin duda que tal manera de sentir indicaba timidez, lo cual no podía enorgullecer a Duck. Pero el mal no tenía remedio. Acaso no hubiera sido tímido si hubiera vivido con más libertad. Metido día y noche en la casa, sin haber hecho una locura en lo que tenía de existencia, siempre sujeto a órdenes, a paseos limitados por las cercanías del hogar, siempre atemorizado a la sola idea de disgustar a la señora, a la niña, a los sirvientes, al chófer, se acostumbró tanto a no atreverse a nada que hasta el pensamiento de cambiar de casa le asustaba.
      Todas esas cosas iba pensando Duck mientras el automóvil se deslizaba en rauda marcha por la carretera. Sombras fugaces de casas pequeñas, de árboles y de vehículos pasaban junto al coche. Se cansó de ver y se durmió. Cuando abrió los ojos estaba en un poblado de aspecto extraño, con casas bajitas, calles sucias, niños desnudos, gente extravagantemente vestida —o desvestida—, una playa donde se veían mujeres con escasa ropa y un mar azul. Observando ese mar estaba Duck cuando oyó que le llamaban. Bajó del automóvil de un salto y se puso a ver la casa. Sin duda que en nada se parecía a la hermosa construcción donde él había vivido hasta ese día. ¿Empezarían los cambios por ahí? No muy seguro de sí, Duck entró, recorrió las habitaciones estudiándo­las con detenimiento y al fin escogió una del fondo para echar sus habituales siestas; después le intrigó la agita­ción que notaba en torno suyo, y cuando supo que todo se debía al vaciado de las maletas se fue al patio y se pu­so a estudiar las cercanías de su provisional vivienda.
      Extraño lugar aquel. Había mucha luz y a lo lejos se alcanzaba a ver el mar. Algunos niños hablaban a grito pelado. Duck observó que no se parecían a los niños de la ciudad, tan cuidadosos de sus ropas. Estos eran de mala presencia, sin duda clásicos tiradores de piedras y perseguidores de perros. ¡Desagradable encuentro sería el suyo con uno de esos arrapiezos! De sólo pensarlo se sintió él a disgusto, y tratando de evitar que tal cosa pu­diera convertirse en realidad se fue a una esquina de la casa.
      Allí estaba el bueno, el correcto, el tímido Duck, sentado sobre sus patas traseras, oliendo con delectación el aire, cuando vio acercarse un extraño perro cuya raza no conocía. Era alto, flaco, de orejas caídas y rojizos ojos, de pelo amarillento y trote vulgar. Duck se asustó y —como ocurría siempre que tenía miedo— se echó a ladrar. Sin dejar su trote, el grandullón volvió a Duck los ojos y siguió su camino.
      —¡Diablos! —se dijo Duck confuso y lleno de admiración—, ¿habrá tenido miedo de mi ese armatoste con figura de perro?
      Al imaginarse tal cosa el tímido Duck se llenó de vanidad, pero de inmediato comprendió que con un solo mordisco el otro podía dar cuenta de él. En el conflicto de sentimientos que se apoderó de su almita, Duck se sintió sin autoridad sobre sí mismo; así se explica que sin saber lo que estaba haciendo se pusiera a ladrar, esa vez mientras corría hacia el desconocido y amenazaba morderle una pata. De pronto se sintió morir porque el grandullón se detuvo en seco, volvió a mirarle con frialdad, y al fin le dijo:
      —iHola!
      ¡Ah, eso sí que era extraordinario! De manera que aquel extraño perro no sólo parecía ignorarlo sino que al cabo respondía a sus ladridos con un saludo afectuoso. ¿Qué costumbres eran ésas? Duck no atinaba a explicárselo, porque, asustado todavía, se dejó llevar del miedo y respondió ahogándose:
      —¡Hola!
      El otro movió ligeramente la cabeza, como aprobando el saludo, y después ordenó con voz autoritaria:
      —Acércate a que te huela.
      Duck se quedó paralizado. ¿Por qué acercarse? ¿No sería una treta para hacerle pagar su altanería? ¡Qué segundo pasó Duck! Pero aquel grandullón le tenía como hechizado.
      —¿No oyes? —preguntó.
      Muy despacio, receloso, él se acercó y el otro empezó a olerle.
      —¡Demonios! —dijo—. Hueles como una señorita.
      —Es que me bañan con jabón fino —explicó Duck.
      El otro arrugó el entrecejo.
      — ¡Miserable! —rezongó de pronto—. ¿Jabón de olor mientras miles de hermanos tuyos pasan hambre?
      Duck se quedó mudo, sin hallar qué responder. El desconocido hizo una mueca despreciativa, parecida a la de un hombre que escupe con desdén, y diciendo algo en que se oían la palabra “aristócrata” y otras de ese jaez, echó a andar gravemente, con la seriedad y el aplo­mo de un perro habituado a pensar en problemas intrin cados. Duck le vio irse con su trote poco distinguido, y, cuando sin dignarse volver la cabeza el extraño dobló la esquina, Duck se quedó ajeno a lo que le rodeaba, pen­sando por primera vez en su vida en e! vasto, en e! nume­roso género de los perros, y al fin se dijo, con cierto dejo amargo, que aquel extraño hermano debía andar triste.
      —Verdaderamente —pensaba mientras se dirigía a su nueva morada— que acaso haya por ahí perros ham­brientos. Nunca lo había advertido.
      Muy absorto en tales ideas, cayó en darse cuenta de que un gato se erizaba cerca de él sólo cuando oyó a su lado el bufido del minino. Cogido de sorpresa, Duck sintió un miedo violento, y con los ojos desorbitados de pavor se lanzó en una carrera de increíble velocidad que terminó en la habitación más apartada de la casa después de varios tropezones con muebles y con personas.
      Allí, ahogándose y nervioso, dejó pasar el tiempo y dormitó. A ratos despertaba asustado. Cada vez más confundido, preguntándose a qué se debían los sucesos del día —nada importantes, es verdad, pero muy raros—, se sumió en cavilaciones que hasta entonces no le habían mortificado. Llegó la noche, la triste noche de ese apar­tado lugar, y Duck soñó que andaba por las callejuelas acompañado de! grandullón. Así, cuando abrió los ojos a la luz del amanecer, su primer pensamiento fue para el ignorado compañero del día anterior, y mientras desayunaba se decía con pesadumbre que acaso aquel otro an­daría buscando qué comer. Se prometió guardarle algo, pero no pudo porque tenía hambre y le pareció poco lo que comía. Tras el desayuno se dirigió al sitio donde la tarde pasada vio al otro, y allí se sentó a observar el dis­tante mar, los chillones colores de las casas y el brillo del sol sobre las aguas, y a percibir los mil olores que le lle­vaba el aire.
      Iba pasando la mañana sin novedad alguna, y el co­rrecto Duck se aburría en su esquina cuando en un mo­mento en qué miraba hacia la playa le pareció ver la figura del grandullón cruzando la calle al trote. Duck se alborotó y ladró a todo pulmón; incluso corrió algo. Pe­ro el otro —si era él— siguió su marcha sin volver la cabe­za. Duck se molestó.
      —Lo mejor sería ir a aquella esquina —pensó.
      A seguidas se asustó. ¿A la esquina? Si en la casa se enteraban de que él era capaz de albergar ideas tan descabelladas, le amarrarían inmediatamente. Sólo pen­sarlo era arriesgado.
      —En verdad —se dijo Duck— que los viajes hacen cambiar.
      Pensando eso estaba, totalmente abstraído, cuando sintió olor de perro. Rápidamente levantó la cabeza. iAh, diablos, si ahí estaba el otro!
      —Buen día —saludó, alegre, el joven Duck.
      —Ah, ¿eres tú, señorita? —respondió con visible desprecio el grandullón.
      Duck se sintió herido en lo más hondo de su alma.
      —No soy señorita. Me llamo Duck —dijo.
      —¿Duck? ¿Has dicho Duck? ¡Oh, oh, oh!
      —Sí, Duck —explicó.
      El otro se sentó, a decir verdad, con movimientos nada elegantes.
      —Jovenzuelo —rezongó de pronto—, ¿cómo permite usted que le llamen con un nombre tan cursi?
      ¿Cursi? ¿Qué quería decir tal palabra? Duck no entendía.
      —Es que así me han llamado siempre. ¿Y usted, qué nombre tiene?
      —¿Para qué quiere usted saberlo, joven?
      Duck hubiera querido gemir. Lo despreciaban, aca­so por su tamaño, tal vez por su timidez.
      —Es que me gustaría ser su amigo —explicó.
      —¿Amigo? ¿Amigo mío un perro que huele tan, tan femeninamente?
      Nada más dijo. Lo que le quedara por dentro —y sin duda que no era poco— pretendió expresarlo con la actitud que tomó al empezar a trotar de nuevo. Duck le vio partir y se sintió tan humillado que se le revolvió el ánimo. Se llenó de ira. El bueno, el correcto, el tími­do Duck rompió en un segundo todos los frenos de la educación, y encendido de vergüenza se lanzó tras el grandullón. Gruñía mil cosas a medida que corría, y cuando se halló junto a las patas del desconocido gritó un estentóreo “¡oiga!” que hizo volver la cabeza al otro.
      —¿Cómo? ¿Qué significa esto? —inquirió el trotón.
      —Significa —empezó Duck—, significa, significa...
      Pero de ahí no podía pasar. Todo su valor se había esfumado de golpe, como un copo de algodón que arde.
      —¿Significa qué? Diga, jovenzuelo insolente, ¡diga! —ladró el grandote.
      Eso era demasiado. Duck no pudo resistir. Se echó a temblar, temeroso de que aquel bárbaro le diera un mordisco por su audacia.
      Pero cuando tem la tal cosa vio Duck con sorpresa que el grandullón despejaba el entrecejo y se sentaba plácidamente. ¿Qué había ocurrido? Misterio. Por lo visto aquel prójimo era maestro en esos cambios inespe­rados. También Duck se sentó. No sabía qué iba a sa­lir de allí, pero sus emociones habían sido tan fuertes y tan dispares, que ya ni miedo podía sentir. El otro em­pezó a hablar y a Duck le pareció que su voz cobraba un tono benévolo, paternal, que entró como oleada de calor ligero y confortante en las venas de Duck y llenó de aliento su pobrecito corazón. Había vuelto a tutearle.
      —Has dicho —oía Duck— que quieres ser mi amigo. Ignoro si tienes las condiciones de lealtad, de generosi­dad, de discreción, de valor, y en general todas aquellas virtudes necesarias para que la amistad, don sagrado, pueda embellecer tu inútil vida. Me temo que no. Sin embargo estoy cansado de la fama de altivo con que se­res inferiores bautizan mi amor a la soledad.
      Duck alzó los ojos y le pareció ver una mancha de tristeza nublando el rostro del desconocido. Había ca­llado un momento y parecía recordar o meditar.
      —Sí, estoy cansado —siguió—; no de la soledad, que es el estado perfecto de los fuertes, sino de la calumnia de mis compañeros. Pues bien, serás mi amigo; es decir, haré lo posible para que seas mi amigo, porque no creo que tú, criatura pervertida por tus amos, sirvas para ser eso tan alto y tan sublime que se llama un amigo. ¿En­tiendes?
      —Sí entiendo ——aseguró Duck, aunque la verdad era que no entendía nada ni sentía otra cosa que una confu­sa alegría por la esperanza de amistad que le brindaban.
      —Bien, pues prepárate. Mañana vendré a buscarte.
      Esto dicho, el singular perro echó a andar y se per­dió en el fondo de la calle mientras Duck le contempla­ba con orgullo, alborozado, sintiendo que la alegría le hacía temblar el corazón.
      Al otro día temprano, removiendo el rabo, Duck recibió a su nuevo amigo; pero el otro no se detuvo sino que dijo secamente:
      — ¡Andando!
      —Pero, ¿ahora? —interrogó Duck.
      —Desde luego, joven.
      —Es que ahora...
      —¿Cómo? ¿Esas tenemos? ¿Empiezas con la pre­tensión de imponerme tu voluntad?
      —No, no... —pretendió explicar Duck, asustado por la luz que temblaba en las pupilas del otro.
      Pero comprendió que lo mejor en ese momento era no hablar sino actuar, y empezó a caminar con la cabeza gacha. El grande trotaba a su lado y Duck no tardó en hacerse cargo de que al paso que llevaban no podría él resistir mucho, porque aquel trote le exigía una carrera a cuyo ritmo no estaba acostumbrado el bueno, el co­rrecto, el tímido Duck. A buen paso, pues, iban ambos, y Duck abría los ojos para ver cuanto había en torno su­yo. Bajaron hasta la playa y después tomaron de nuevo hacia arriba, por una calle desconocida. Duck halló que casi todas las que debían ser viviendas tenían aspec­to miserable; eran pequeñas, de madera, sucias y viejas. En las puertas se veían mujeres mal vestidas y niños des­nudos.
      —¿También ésas son casas? —preguntó Duck sin dejar su rápido andar.
      —Sí —aseguró el otro—. ¿No lo sabes? Son casas y por desdicha abundan más que las que tú conoces.
      La calle aparecía ahora enyerbada, con una especie de barranco al final y lodo rojizo en algunos lugares.
      —¿Y cómo viven adentro? —preguntó Duck.
      —¿Vivir? No viven, hijo mío; padecen la vida.
      Duck no contestó. Se quedó pensando en las pala­bras de su compañero, tratando de penetrar su misterio­so significado; pero no pudo detenerse mucho en su cavilación porque un penetrante mal olor le cortó las ideas. A cada paso aumentaba la fetidez. Duck arruga­ba la nariz, queriendo rehuir el aire podrido que le ma­reaba.
      — ¡Puaf, qué mal olor! —comentó.
      El otro volvió la cabeza con aire amargado y digno.
      —¿Ha dicho usted mal olor, joven? ¿Sí? Pues sepa que tras él ando. Lo que así le mortifica es mi desayu­no.
      —¿Qué? ¿Qué ha dicho?
      —He dicho, joven, que lo que le huele tan mal es mi desayuno.
      Duck quiso comentar algo, pero el otro no estaba para oír comentarios. Con precisión de soldado torció hacia la derecha, y Duck le vio irse sin que pudiera se­guirle. Aquella fetidez no le dejaba dar un paso. Era cada vez más fuerte, más dominante, y ya maleaba todo el aire. Duck sentía en todo el cuerpo el hedor y empe­zaba a nublársele la vista cuando vio acercarse a su ami­go; llegaba a carrera desenfrenada, con las orejas pegadas al pescuezo y el rabo entre las piernas. Apenas le oyó Duck decir, cuando pasaba por su lado:
      —¡Huya, jovencito!
      Empavorecido de súbito, también él se dio a correr. Parecían dos sombras en fuga. Duck se ahogaba. Que­ría preguntar algo y no podía. Unas cuadras más allá el otro volvió la cabeza y al ver que no les seguían dobló una esquina y acortó el paso.
      —¿Qué... qué... qué su... ce... sucedió? —preguntó Duck.
      Aun en fuga, el grande no perdía su aire digno.
      —Que me perseguían por comer aquella basura —di­jo altivamente.
      —¿Aquello tan hediondo?
      —Sí, joven; hasta la basura se nos niega a los que tenemos la desventura de no ser objetos de lujo.
      Con aire molesto, el perseguido cerró la boca y Duck comprendió que a partir de esas palabras su amigo no hablaría más sobre el incidente. Se había sentado y con sus ojos serios observaba las afueras del pueblo. A lo lejos estaba el mar. El sol arrancaba reflejos de las aguas. Sobre una altura, a espalda de ambos amigos, un viejo árbol extendía sus ramas poderosas. El grande se quedó mirando aquel árbol y Duck hubiera jurado que por sus ojos vagaba un aire triste y conmovedor. Al cabo de cierto tiempo se levantó, señaló aquel lugar con el hocico y dijo, como ordenando:
      —Vamos a dormir un poco ahí.
      Anduvieron lentamente y se acomodaron entre las raíces. Desde donde estaba Duck podía ver los techos de las casas, rojos y envejecidos, las calles llenas de arena y de toda suerte de objetos inservibles, la gente llenando la playa y recortándose sobre el cielo, la vela de una embarcación. Con la cabeza entre las piernas el amigo de Duck dormía plácidamente. Duck le miraba y sentía que una admiración extraordinaria por ese compañero llenaba sus venas de alegría. ¡Qué raro, qué fuerte, qué atrayente perro era su amigo! Vivía como le daba la gana, sin amos, libre. Él se hallaba orgulloso de esa amistad. Su corazón cantaba como si en él se hubie­ran alojado jilgueros.
      De vez en cuando una hoja arrancada por la brisa caía lentamente, dando vueltas, en la sombra donde los dos perros descansaban. Duck sentía deseos de jugar con ellas, de corretear y ladrar persiguiéndolas, pero te­mía despertar a su compañero. Se quedó, pues, tranqui­lo mientras la brisa acariciaba sus ojos y se los cerraba poco a poco. Era tarde ya cuando oyó al grande gruñir algunas interjecciones. Al levantar la cabeza, Duck se asombró de la hora. Pronto iba a oscurecer. En las ca­lles empezaban a caer las sombras del crepúsculo y el cielo, allá lejos —donde se juntaba con el mar—, se llena­ba de reflejos cárdenos.
      —Me voy, me voy a casa. Se ha hecho muy tarde —dijo Duck asustado.
      El otro le miró con sorna.
      —Joven —aseguró—, mi experiencia me ha enseñado esto que voy a decirle: si usted va a su casa hoy, le pega­rán; pero si no va hoy ni mañana, sino pasado mañana, le recibirán alegremente, casi con una fiesta, le mirarán como a un resucitado y para usted serán las mejores caricias y los tratos más finos. Ahora, usted escoja entre esas dos perspectivas.
      Duck pensó un momento. Acaso no le faltaba ra­zón al amigo, y en verdad su deseo era seguir con él, aprendiendo a su lado, conociendo ese misterio que es la vida; pero ten la tanto miedo de hacer algo que no fue­ra aprobado por sus amos...
      —Es que siento hambre —explicó.
      —¿Hambre? ¿Has dicho hambre?
      A Duck le desconcertaban los cambios inesperados de su compañero; tan pronto le trataba de usted como le tuteaba. Parecía despreciarle. Clavaba en él sus ojos sangrientos y Duck sentía que aquella mirada le enfriaba el alma.
      —Hambre... —seguía con tono irónico—. Miles y miles y miles de hermanos nuestros padecen miseria en este mundo; tú has comido regaladamente hasta ahora y hoy dices que tienes hambre. Decididamente, joven Duck, no tienes condiciones para ser mi amigo. Vamos, te acompañaré hasta tu casa.
      Duck se detuvo y se puso a estudiar a su compañe­ro. ¿Qué había querido decirle? ¿Iba a abandonarle?
      —Veo en tus ojos la duda —aseguró el grande—. Quieres seguir conmigo, pero quieres también disfrutar dei bienestar que tienes en tu casa. Tu corazón desea dos cosas distintas, y entre ellas vacilas. Se explica, por­que eres joven.
      A paso mesurado, el compañero caminaba, con su torpe manera de hacerlo, sin dejar de hablar. Duck no era tan ignorante que no supiera apreciar el dolor que dejaba ver el tono de su amigo. A él le llegaba ese dolor y le hacia sufrir. Oía:
      —En la vida —y atiende a este consejo que te da un viejo a quien el porvenir no le reserva nada nuevo— no hay mayor fuente de angustia que la duda. Quien duda no vive. Escoge siempre, lo mejor o lo peor, no importa, pero escoge. Y ahora —dijo: cambiando de voz— anda con cuidado, que estamos pasando frente a una casa donde hay un compañero bastante colérico y mal educa­do.
      Duck tembló cuando observó que desde la puerta de la casa un bull-terrier de aspecto malhumorado le cla­vaba los ojos con mala intención. Sigilosamente cambió de lado y dejó el flanco peligroso a su compañero. Una cuadra más allá volvía aún la cabeza, receloso, y mien­tras no se sintió seguro de ataques por la retaguardia no pensó en lo que había dicho su amigo. Este iba calmo­samente, como quien rumia una preocupación. Duck observaba que su paso no le parecía ya tan atropellado. Viéndole de perfil podía apreciar la gravedad y la deci­sión en sus líneas, en su boca seria, en sus orejas caídas. De todo él surgía un aire altivo y modesto a la vez.
      —Te voy a llevar hasta tu casa —le oyó decir de nuevo—, pero antes deseo que conozcas cierto lugar.
      Había oscurecido ya. Del lado del mar salían estre­llas. En la distancia, negras, las aguas brillaban. Andu­vieron más. Iban orillando el pueblo y de pronto Duck notó que su amigo se hacía cauteloso, como si temiera algo; notó que todo su rostro tomaba un aspecto emo­cionado, que casi le hacía parecer un cachorro. Llevaba alta la cabeza y sin duda olía con delectación el aire. Se detuvo. Cerca había una casa de amplio portal.
      —Allí, allí —dijo su amigo.
      Duck quiso ver, pero no lo consiguió. Señalando con la cabeza, su amigo insistía:
      —AlIí, mírala. Ahora se levanta, fíjate.
      Una perrita no más grande que Duck, blanca y la­nuda, se asomó al portal y estuvo inmóvil algunos segun­dos. Parecía pensar en algo distante, soñar acaso.
      —¿Ella? —preguntó Duck.
      —Sí, ella —respondió su amigo sentándose—. Ella... ¡Qué simple es decirlo! La conocí recién nacida, hace menos de un año; ahora su presencia renueva mi vida y mi viejo corazón tiembla a su solo recuerdo.
      Duck se volvió, extrañado. ¿Era idea suya o estaba conmovido su amigo? Duck se apesadumbraba oyéndo­le. Notó que por el lado opuesto de la calle se asomaban otros perros, tres, acaso cuatro. Venían alegres.
      —Ella prefiere a ésos —oyó Duck decir—. Son jóve­nes. No hay que culparla.
      A Duck le pareció que su amigo había suspirado y él no entendía por qué lo había hecho. ¿Acaso sufría? Él, Duck, sólo tenía hambre; hambre y miedo de dar disgustos en la casa o de que se los dieran a él. Esperó lar­go rato mientras su amigo parecía abismarse en sus ideas.
      —¿Nos vamos? —preguntó al fin.
      —Sí, nos vamos —respondió el otro.
      Dieron la vuelta y anduvieron a buen paso. Al final de una calleja se veía la casa de Duck. Se acercaban. Su compañero iba como quien ignora la presencia de cuan to le rodea. De pronto Duck le vio plantarse en seco, alzar la cabeza, mirarle despectivamente, y cuando azo­rado e impresionado fue a preguntar qué le pasaba, oyó una voz sorda y colérica que preguntaba:
      —¿Es usted capaz de creer lo que le he dicho de aquella jovencita? Se trata de una comedia, ¡de una co­media! ¿O tuvo usted la ilusión de que yo le abriera mi intimidad a un ser despreciable como usted, que huele a señorita y que se llama Duck? ¿La tuvo? ¡Diga si la tuvo!
      Empavorecido, Duck vio cómo el otro avanzaba hacia él, le mostraba los dientes, le descubría una fiereza no sospechada. De golpe, con los ojos llenos de un brillo infernal, el grande pegó un salto y se abalanzó sobre él. Con esguince rápido, preguntándose a qué se debía tal actitud, Duck hurtó el cuerpo y echó a correr. Se sentía morir. Era, huyendo, una bola de carne y pelos con ojos desorbitados. En la casa le vieron subir los escalones a toda velocidad y alguien gritó que había vuel­to.
      El grande se quedó plantado en la calle. No se mo­vió de allí sino después que Duck desapareció de su vis­ta. Después dio lentamente la vuelta.
      —Ahora —dijo— estoy tranquilo. Él no perderá su bienestar porque tendrá un mal recuerdo de su primera aventura y yo no corro el peligro de encariñarme con él. Porque es lo cierto que iba tomándole afecto.
      Pero nadie oyó esas palabras porque aunque las di­jo en voz alta, sólo un hombre pasaba cerca cuando las decía, y los hombres son incapaces de entender el noble lenguaje de los perros.





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