Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


La muerte no se equivoca dos veces


      Al ingeniero le molestó el tono que usaba el cabo para interrogarle, pues aunque dijera cosas que el cabo no podía comprender –y que el propio ingeniero no podía explicar–, mal que bien él era persona conocida en la zona, y más conocidos todavía eran Manuel Sierra y Angel Pascual, que daban fe de su conducta. Las miradas cortantes, las preguntas capciosas, los gestos altaneros y las rápidas sonrisitas del cabo iban llenándole de cólera; y esa cólera llegó al colmo cuando comprendió que el cabo estaba tratando de conjeturar –aunque no lo dijera– la existencia de algún plan criminal entre él y Pantaleón González. ¡Señor, pero si Pantaleón González era un alma de Dios, y no había en toda la región quien lo dudara! Vivía junto a la boca del río, del lado oeste, en una choza destartalada que ese año había construido con ramas de palma; y si el ingeniero lo ponía por testigo de sus asertos era porque sólo él estaba en la playa el desventurado amanecer en que se presentó aquel hombre a contar su caso y a pedir ayuda.
          El ingeniero había pasado la noche anterior en Hershey, velando a la hija de Manuel Sierra. Todos los que estaban allí esperaban lo peor, y como sucediera que a eso de las dos de la mañana el tiempo comenzara a ponerse bastante pesado, se habló de que sin duda iba a presentarse un Norte de los que a menudo soliviantan el mar de la isla y lo lanzan sobre las escarpas y las playas con ímpetu salvaje. Tales vientos son frecuentes desde octubre hasta febrero, y a veces desde septiembre hasta marzo. Ahora bien, es precisamente entonces, cuando la playa se queda sola y ni una sombra humana transita por ella, cuando al ingeniero le gusta el lugar. El sitio se llama Jibacoa; estará a cinco, tal vez a seis kilómetros de Santa Cruz del Norte, por la línea de la costa, y tal vez a doce del Central Hershey. En Santa Cruz vive su amigo Angel Pascual y en Hershey, Manuel Sierra. Excepto la pequeña rada de Santa Cruz, por allí no hay abrigo para barcos pesqueros. El río que desemboca al costado izquierdo de la misma playa de Jibacoa tiene la boca ciega, debido a que el mar acumula allí arena. Por todas esas razones pensó que si se presentaba un nortazo su pequeño barco iba a correr peligro en Jibacoa; así pues decidió irse y llevarlo hasta la rada de Santa Cruz para amarrarlo en el muellecito que tiene allí Angel Pascual. A esa hora no había ni en casa de Manuel Sierra ni en todo el central nadie que pudiera llevarle en automóvil; de manera que resolvió irse a pie.
          La hija de Manuel estaba de muerte. Podía vivir algunas horas más, pero era difícil que pasara del mediodía siguiente. Eso estaba a la vista. Un pesado silencio gravitaba sobre los amigos que se habían quedado a velar esa noche. Sentado junto a la cabecera de la muchacha, el padre tenía las manos caídas entre las piernas, estrujándoselas una con otra; se veía demacrado, casi verde, tumbada la cabeza, filosos los rasgos. Daba dolor verlo así, a él, hombre tan afectuoso y dicharachero. Tendida en la cama, la joven respiraba lentamente, todo el rostro socavado por la traslúcida palidez que en los enfermos graves anuncia la proximidad del final. Tendría dieciocho, tal vez diecinueve años, y poco antes había sido de una belleza impresionante, pues siendo rubia, de piel muy blanca, de ojos garzos, tenía la gracia y la dulzura de la mujer del país; una gracia que comunicaba cierto hechizo singular a cada movimiento suyo, ya al caminar, ya al saludar, ya al bailar, y una dulzura que iluminaba su rostro con resplandores de ternura cuando hablaba o cuando sonreía. Verdaderamente, causaba dolor pensar que tal muchacha iba a morir pronto. Para no hacer patente ese sentimiento, el ingeniero no quiso despedirse de nadie. Salió quedamente, poco a poco, y se fue hacia Jibacoa.
          Serían las dos y media cuando abandonó la casa de Manuel Sierra y casi las cuatro cuando los perros del poblado de Jibacoa comenzaron a ladrar en hilera, al eco de sus pasos. La fuerte brisa del norte iba engrosando, haciéndose más pastosa por momentos. Tuvo que apretar duro para no llegar tarde a la playa. La playa es un lugar indescriptible, y el ingeniero estaba seguro de que Dios ensayó varias veces, por otros rincones del mundo, antes de resolverse a crear algo tan sorprendente. Es un paisaje minúsculo y, sin embargo, de belleza total y perfecta. Desde más allá de Santa Cruz, que queda al oeste, corre junto a la orilla del mar una loma pétrea, y esa loma queda abruptamente cortada por el río. Ahí, a la orilla del río, comienza la playa, primero, en un tramo de acaso trescientos metros, de norte a sur, y después, inclinándose ligeramente hacia el norte de nuevo, en el largo de casi un kilómetro, se dirige de oeste a este. Ahora bien, el lecho del río debió ser en otros tiempos de casi medio kilómetro, pues pasada esa distancia, en dirección hacia el este, torna a levantarse, casi abruptamente también, la misma loma de piedras que con el auxilio de los siglos fue cortada por la vena de agua. Y desde el empinado firme que reempieza a la derecha del lugar se domina a la luz del amanecer o al sol de los atardeceres un panorama sin igual. Allá abajo, entre el paredón y el mar, la playa se estrecha, sombreada por uvas de caleta; al lado opuesto del río, hacia Santa Cruz, la erosión dejó en pie unos pedregones gigantes, llamados El Fraile. El río Ciego apenas corre, y brilla enrojecido, como un cristal fino al resplandor del crepúsculo, como brilla, agitándose, hasta perderse en el infinito, el vasto mar del Golfo. Ochenta o cien casas, totalmente deshabitadas por esos días, todas hermosas, fuertes, de piedras, ocupan aquí y allá los bordes de las rocas o las faldas del cerro.
          Efectivamente, el norte estaba ya allí. Sujeto a sólo una potala, el barquito empezaba a bailar desesperadamente, al escaso abrigo de la punta de piedra en que terminaba el arenazo que ciega el río. Ese desgraciado de Pantaleón estaba en la puerta de su choza, tan tranquilo, tejiendo una red, como hacía siempre, aunque apenas pudiera ver a la poca claridad de la hora. Tuvo que gritarle tres veces por lo menos para que levantara la cabeza; entonces entró en su choza, agachándose, pues así como era él de alto era ella de pequeña; y como lo conocía bien sabía que primero doblaría con especial cuidado la red, que después se arrodillaría frente a una piedra extraña, que él había encontrado tiempo atrás en Canasí, unos kilómetros al este de Jibacoa; que mascullaría sus rezos, según él calificaba el lenguaje de su invención con que antes de emprender cualquier tarea se dirigía a los espíritus que a su juicio lo protegían; y sabía sobre todo que Pantaleón podía salir de la choza, plantarse cuan alto era frente a la portezuela, mirarle de lejos con ojos de ídolo oriental, muy echada hacia atrás la frente, y mover los dos brazos como aspas, lo cual en su costumbre quería decir que no, que no saldría, que no podía complacerle porque sus espíritus protectores no lo autorizaban a hacer nada ese día. Si así sucedía el ingeniero tendría que gobernar el bote hasta Santa Cruz, porque nada ni nadie obtendría que Pantaleón diera un paso y ni siquiera que dijera una palabra. Aquel extraño tipo de loco, flaco, altísimo, con ojos iluminados bajo una enorme frente toda hueso, calvo hasta la coronilla y con largos pelos en las sienes y sobre el pescuezo, siempre medio desnudo y tan quemado por el sol que su color era el de un madero abandonado, no tenía más ley que la voluntad de esos espíritus, que por otra parte sólo él interpretaba mediante hechos que nunca explicaba. Así, esperó pacientemente. Valía la pena esperar, pues a pesar de su locura, Pantaleón era un marino completo. Él y el mar se entendían a las mil maravillas.
          La situación no resultaba agradable. El ingeniero, hombre ya de cincuenta años, sin familia alguna en el mundo, necesitaba salvar el barco. Si lo perdía, ¿cómo iba a reponerlo? Y sin él se le caía el cielo sobre la cabeza. No era hombre de mar y, sin embargo, no podía vivir sin él. Durante los meses de invierno buscaba acomodo en las playas hermosas y solitarias, como esa de Jibacoa; y durante el verano, cuando las playas se llenaban de gente, se iba a las cayerías, armado de escopeta, cordeles y anzuelos y con la sola compañía de Pantaleón, cuyas manías conocía al dedillo toda la gente de la costa, desde Cojímar hasta Varadero. En cada lugar Pantaleón ponía “casa aparte”, y a menudo tal “casa” era un antiguo bote deshecho por el maltrato de los años o simplemente un hoyo grande en la arena cubierto por ramas de uvas caleta. La piedra mágica, a la que Pantaleón dirigía sus ruegos y oraciones, ocupaba siempre un lugar privilegiado en su “vivienda”, y cuando viajaban la envolvía con sumo cuidado en restos de velas y la colocaba a proa, bajo la pequeña escotilla, “para que hubiera camino”, según su propia expresión. Ese sucio y tempestuoso amanecer, el ingeniero se imaginaba al loco de rodillas ante la piedra, preguntando si debía o no hacer caso a la llamada. Realmente era para angustiarse. Una hora más, tal vez menos, y sería difícil, si no casi imposible, sacar el barquito mar afuera.
          Pero Pantaleón salió y no hizo señal alguna. Con su largo andar de flamenco avanzó hacia la orilla y se metió en un pequeño bote. ¡Por fin! Dándole la espalda, Pantaleón comenzó a avanzar, con un solo remo que había fijado a popa. En eso, suaves pero rápidos, el ingeniero oyó tras sí los pasos. El drama comenzaba a producirse, y aunque él lo ignoraba presintió algo; por lo menos, tuvo miedo. No había persona alguna viviendo en la playa. ¿Quién, pues, caminaba hacia él con tal rapidez, a esa hora y en momentos tan impresionantes? Súbitamente se volvió. ¡Nadie a la vista! Durante un segundo se sintió como herido por un rayo, pero a seguidas pensó que el viento debía estar haciendo golpear entre sí dos ramas de algún uvero cercano. Con esa idea se hubiera quedado si no es porque al mover la cabeza hacia Pantaleón vio a éste parado en la popa del bote, inmóvil, gacha la cabeza y brillantes los ojos, toda su figura en actitud de quien va a lanzarse hacia un enemigo terriblemente odiado. La quilla del bote descansaba en la arena, del lado este ya; Pantalón debió, pues, haber saltado a la playa. Y no lo había hecho ni por lo visto pensaba hacerlo. Se mantenía tenso, no como un loco, sino como un perro de caza. De golpe, igual que si acabara de despertar de un mal sueño, el viejo pareció volver en sí y se estrujó la cara con la mano derecha.
          —Ahora sí estoy seguro del color de la muerte –dijo al tiempo que saltaba a la arena.
          —¿La muerte? –preguntó el ingeniero, más asustado cada vez, sintiendo que se le enfriaban las entrañas.
          —Rubia, rubia –dijo Pantaleón con la cabeza baja. Y al rato repitió y explicó–: Rubia como la hija de Manuel Sierra. Se parece a la hija de Manuel Sierra. Igualita a la hija de Manuel Sierra.
          Entonces el ingeniero se alivió. La gente afirma que algunas veces, en el momento de morir, muchas personas se desdoblan, hacen acto de presencia a larga distancia. Jamás había tenido él manifestaciones de eso. Pero tal vez sí; tal vez la hija de Manuel Sierra acababa de morir y había ido a despedirse de él; quizás los pasos eran suyos y él no pudo verla porque no tenía aptitudes; en cambio, la vio Pantaleón. Todo resultaba muy extraño y muy confuso, pero sólo admitiendo esas creencias podían explicarse las palabras de Pantaleón y el ruido de los pasos. Y en eso ¡los pasos volvieron a sonar en la arena! El ingeniero no se atrevió a moverse, tanto fue su terror, sobre todo porque en la mirada de Pantaleón, que parecía horadarlo, advirtió que alguien se acercaba a sus espaldas. Pantaleón avanzó, pero no sobre él, sino encaminándose más allá, dirigiéndose a alguna persona que debía venir hacia ellos. Cuando el loco hubo pasado a su lado, recuperando de golpe el dominio sobre sí, el ingeniero viró en redondo esperando hallar allí el fantasma de la hija de Manuel Sierra. Pero lo que vio no fue un fantasma, sino una persona de carne y hueso; un hombre raro, extranjero, sin duda, que sobresalía por entre los pequeños arbustos de uva caleta. El ingeniero se sentía todavía confundido y le hubiera sido muy difícil hablar; sin embargo, Pantaleón parecía no haber sentido nada, puesto que avanzó para encontrarse con el hombre y le dio los buenos días. El extranjero dijo algo que Pantaleón no entendió. El hombre hablaba en francés. Era pelirrojo, de ojos amarillos, de piel muy pálida y duros pelos rojos en el rostro; usaba pantalones cortos y al extremo de las desnudas piernas llevaba zapatos gruesos, altos, unos extraños zapatos sujetos encima por dos lengüetas con hebillas. Antes que nada, el ingeniero observó ese detalle pues sin duda esas piezas eran de soldado, tal vez de paracaidista, no para transitar en las arenas de una playa. El extranjero tenía una expresión sumamente triste y aunque no se le entendía no era difícil llegar a la conclusión de que pedía ayuda. ¿Qué le había pasado? Señalaba hacia las casas de la playa, como indicando que allá estaba sucediendo algo. Habiendo entrado para entonces en calma, el ingeniero se le acercó y le habló en inglés. Súbitamente el otro se volvió hacia él.
          —Oh –dijo.
          Y pausadamente, para que su interlocutor pudiera entenderlo, empezó a explicar su caso. Se expresaba en inglés con bastante corrección, si bien se veía que no era su lengua. He aquí, resumido, lo que dijo: Había llegado a Cuba tres días antes; le acompañaba su mujer. Ambos eran holandeses y se habían casado en Curazao. Habían volado a Cuba en viaje de novios. Querían un lugar solitario, tranquilo y hermoso, y le recomendaron Jibacoa. En el propio hotel de La Habana le consiguieron que alquilara, por un mes, una casa en la playa; y el dueño de la casa los había llevado allí. Llegaron tarde, acaso a eso de las nueve de la noche. El casero estuvo con ellos hasta las once, más o menos, ayudándoles a distribuir las ropas y a poner en el refrigerador lo que habían comprado para los primeros días. La noche era calurosa, razón por la cual no se acostaron inmediatamente, sino que salieron a dar un paseo en la oscuridad. Más tarde comenzó a soplar el viento; se le oía ulular entre las rendijas, engrosar y fortalecerse cuando buscaba paso entre dos casas. Eso asustó a la mujer, sin duda. No había podido dormir y a esa hora estaba enferma. Él no conocía a nadie. Había llamado en algunas puertas sin que le respondieran, y muy adolorido y preocupado había esperado la luz del amanecer, a cuyo amparo pudo ver de lejos el barquito que se movía en un extremo de la playa; y pensando que en ese barco hubiera gente, se encaminó hacia allá. Lo que pedía era ayuda. Su mujer, muy joven, estaba bastante enferma. ¿Podían ayudarle los señores?
          Claro que iban a ayudarle. El extranjero delante, el ingeniero siguiéndole y Pantaleón atrás, se encaminaron a la casa. Desde la puerta apreciaron la tragedia; y el holandés estuvo a punto de enloquecer. Pues la mujer se veía caída de lado, con la palidez de la muerte y una herida en la frente. Se había levantado sin duda angustiada por su mal, y cuando éste le atacó a matarla cayó sobre un enorme macetero de bronce en que había plantada una palmita de fantasía. Dos sillas estaban tiradas en el piso. Esas sillas y la herida en la frente eran la causa de la suspicacia con que el cabo interrogara al ingeniero.
          Pero había algo mucho más extraño que las sillas caídas y la herida, y desgraciadamente eso era lo que no podía él explicar al cabo: aquella muchacha holandesa tenía la figura de la hija de Manuel Sierra; tenía su color, su pelo, ¡y exactamente igual la cara! La confusión del ingeniero y de Pantaleón González fue tal que se quedaron sin poder hablar, mientras el extranjero corría sobre el cadáver, silencioso y pálido. ¿Cómo era posible que la hija de Manuel Sierra, que estaba de muerte horas antes en Hershey, se hallara allí, con un desconocido? Pantaleón miró al ingeniero con sus profundos ojos de loco, miró después al extranjero, que removía a la muerta y prorrumpía en exclamaciones, seguramente en holandés.
          —Vete pronto al pueblo, Pantaleón –ordenó el ingeniero– ¡y llama al cabo para que venga! ¡Telefonea al central y que venga también Manuel Sierra! ¡Dile que su hija está aquí muerta!
          ¿Qué podía hacerse mientras tanto? Pantaleón salió a toda prisa. El viento seguía ululando, y en lo que Pantaleón tardara en ir al poblado de Jibacoa y volver, el mar desharía el barco. No había, sin embargo, remedio. Pues aquel desconocido estaba allí, con el cadáver de la hija de su amigo, y él no debía moverse hasta tanto no llegara la autoridad y aclarara la situación.
          —Señor, no la toque –dijo en inglés al extraño–. Es muy delicado eso aquí. Hay que esperar que venga el cabo de la guardia rural.
          Absolutamente fuera de sí, el otro dijo que nada le importaba, que era su mujer y que se le había muerto; que él no podía explicarse aquello y que odiaba a Cuba y esa playa y todo lo demás.
          “Psicosis de guerra”, pensó el ingeniero. Y de pronto, en medio de barullo que tenía en la cabeza, sospechó que el holandés estaba loco. Quizás era un loco que había llevado allí el cadáver de la hija de Manuel Sierra. Ahora bien, ¿cómo lo había sustraído de la casa de su padre? Para calmarse encendió un cigarrillo y le brindó otro al holandés. Este tomó asiento. En completo silencio, los dos hombres esperaron.
          ¿Cuánto tiempo? Difícil de decir. Junto con el cabo, que llegó con aire insolente, llegaron algunos hombres más; y desde luego, Pantaleón. Pero Pantaleón dijo algo inexplicable:
          —No es la hija de Manuel Sierra, ingeniero. Hablé con él, con él mismo, por teléfono, y la muchacha tá allá, en su casa, mejorando mucho.
          —¿Pero cómo puede ser señor? –preguntó, a punto de perder la razón, el ingeniero–. ¿Usté no ve cabo, que ésta es la hija de Manuel Sierra? Dígame, ¿no es ella misma?
          El cabo estaba mirando hacia la muerta, y uno de los que llegó con él aseguró que sí, que era ella. Pero al cabo, como a toda la gente de armas, se le había enseñado durante muchos años a no perder el tiempo en disquisiciones; a actuar rápido y a desconfiar de todo el mundo.
          —Bueno, esto es muy confuso. Domingo va a quedarse aquí, cuidando mientras llegan el juez y el médico; y ustedes, el resto, se van conmigo al cuartel ahora mismo.
          —Pero Pantaleón no puede irse con nosotros, cabo –adujo el ingeniero–; el tiempo está poniéndose muy feo y si él no saca el barco ahora para llevarlo a Santa Cruz, voy a perderlo.
          El cabo volvió sus sagaces ojos hacia Pantaleón y se quedó estudiándolo.
          —No, señor –dijo–; Pantaleón también va al cuartel. Esto hay que aclararlo ya mismo.
          Iban camino del poblado cuando comenzó a llover. El ingeniero estaba seguro de que el mar le destrozaría su querido barco. Ese pensamiento, trabajando sin cesar por debajo de todas sus ideas y sensaciones, ayudaba a irritar al ingeniero y le hacía abultar ante sus ojos cualquier gesto del cabo, confiriéndole categoría especial de fines perversos contra él. Por eso el interrogatorio estaba poniéndolo fuera de sí. Y el interrogatorio continuaría hasta que no fueran de Santa Cruz el juez y el médico a levantar el cadáver. Mientras tanto, afuera llovía y Manuel Sierra no hacía acto de presencia. A eso de las once el ingeniero empezó a sentir frío; poco después estornudada. A la una, la cabeza estaba partiéndosele en dos de dolor. Y afuera seguía la lluvia, tremenda lluvia de los días de temporal, del seno de la cual surgían ráfagas de viento cada vez más fuertes. Poco a poco la fiebre empezó a subir desde el pecho del ingeniero, ganándole el rostro; y a tal extremo subió que cuando llegaron el médico, el juez y el secretario, él no se dio cuenta. El cabo le había ordenado echarse en una de las camas del cuartelillo, y allí deliraba a eso de las cinco, cuando entró Manuel Sierra. Pero tampoco se dio cuenta.
          Al fin, retornaron el médico y el juez y el secretario; dijeron que la muchacha había muerto de sincope cardíaco y se había herido al caer, pues al parecer al momento de morir se levantó y trató de ganar la puerta. Manuel explicó que su hija estaba en su casa, que la había dejado allí, y el cabo aseguró que iría a verla esa noche, pues quería cerciorarse de que en efecto vivía. Se buscó un automóvil para ir a recoger el cadáver y llevarlo a Santa Cruz; en ese automóvil se fue Pantaleón. Pero el ingeniero no se dio cuenta de nada. El médico le tomó el pulso, puso un termómetro en las axilas, dijo que se hallaba bastante mal probablemente de un ataque gripal, y le dejó al cabo un frasquito de sulfas para que le administraran dos pastillas cada cuatro horas. Por lo demás, los que actuaron en el caso y los que fueron espectadores cercanos se dispersaron murmurando acerca del extraño parecido entre la extranjera muerta y la hija de Manuel Sierra.
          La terrible noche cayó sobre el lugar; ululaba el viento, se desgranaba la lluvia, y Pantaleón González, metido en su covacha, alumbrado apenas por un viejo farol de marino, contemplaba en silencio su sagrada piedra, cuya superficie oscura brillaba a la pobre luz del farol. La contemplaba y a la vez pensaba y no pensaba. Pues en su anormal mente había dos ideas; la primera pasaba a veces a ser la segunda, la segunda pasaba a veces a ser la primera; en ocasiones las dos estaban juntas. Y en verdad no eran ideas, sino imágenes. Él las veía como dos figuras. Una era la Muerte. Pantaleón González conocía ya a la Muerte. Sabía que era rubia, y parecida a la hija de Manuel Sierra. Él la había visto por la mañana, cuando llegó en busca de la extranjera. La otra imagen era el barco: el barco del ingeniero iba a perderse a menos que él lo sacara de allí y se lo llevara a Santa Cruz, a la pequeña rada donde tenía un muellecito Ángel Pascual.
          Afuera reinaban la lluvia y el viento; adentro estaba Pantaleón González, doblado en su covacha, enrojecido por la luz, calvo, con largos pelos en las sienes y en el pescuezo, todo frente y ojos, extraños ojos de loco. Y de pronto levantó la cabeza, pues había comprendido. Sí, había comprendido, él, Pantaleón González. ¡No había tal misterio, no había nada! Simplemente, la Muerte se había equivocado. Era muy de mañana, tan temprano que apenas se veía bien; él mismo, de aguda mirada de marino, casi no podía remendar sus redes a esa hora, porque el mal tiempo cubría el naciente sol y todo el aire era turbio; y esa falta de luz favoreció el error de la Muerte. Es claro; ella había pasado por allí en busca de la hija de Manuel Sierra, y a lo mejor estaba cansada de trabajar toda la noche quién sabe en qué partes del mundo. Y como la extranjera se parecía tanto a la hija de Manuel Sierra…
          —No era rubia; no se parece a la hija de Manuel Sierra. Lo que pasa es que se parece a la persona a quien va a matar –dijo en alta voz Pantaleón González; e instintivamente miró hacia los lados, no sabía por qué.
          Del techo de la covacha comenzaron a caer gotas. Cuidadosamente, Pantaleón envolvió su sagrada piedra en un pedazo de lona, lo puso luego bajo su almohada y se estiró. Pensó que aunque el tiempo siguiera malo sacaría el barco bien temprano; alzó el farol, levantó el tubo y sopló. La terrible noche estaba poblada de rugidos. Pero él se durmió como un bendito.
          Meditaba el día siguiente cuando Pantaleón llegó al poblado de Jibacoa. Iba desde Santa Cruz, pasando por Hershey, medio vestido gracias a Ángel Pascual. Destocado, con su frente casi negra por el sol del mar, penetró en el cuartelillo como en su casa. El cabo estaba sentado a un pequeño escritorio tomando sorbo a sorbo una taza de café.
          —¿El ingeniero? –preguntó el cabo, como si supiera a qué iba el viejo–. Ahí está acostado. Pasó mala noche. Todavía tiene fiebre alta. Si no se mejora voy a mandarlo al hospital de Hershey.
          Entonces Pantaleón González se metió por la puerta que le había señalado el cabo y vio allá, en la penumbra, al ingeniero en cama. El ingeniero tenía los ojos abiertos.
          —Hola, Pantaleón –dijo.
          —El barco ta en Santa Cruz –explicó él sin preámbulo–. El viento va a amainar desde esta tarde. Dígame si necesita algo.
          A seguidas se sentó en la propia camita del enfermo y comenzó a sacar muy pausadamente cigarrillos y fósforos de un bolsillo del pantalón.
          —Dice el cabo que no fue la hija de Manuel Sierra –empezó a decir el ingeniero.
          —No, señor. Pero la Muerte venía por ella. Lo que pasa es que se equivocó.
          —¿Quién se equivocó, Pantaleón?
          —Ella, la Muerte. ¿No ve que esa muchacha y la hija de Manuel Sierra eran igualitas?
          —No te entiendo, Pantaleón.
          —Bueno; no importa. Yo sé lo que digo. Si no mejora lo van a mandar a Hershey. Yo me voy. El barco ta en Santa Cruz.
          A tal momento, era mucho lo que había hablado Pantaleón, razón por la que se puso de pie y se fue sin despedirse ni del ingeniero ni del cabo. Maquinalmente se encaminó hacia el norte, para irse a la playa; pero recordó de pronto que llevaba puesta una camisa que no era suya y decidió retornar a Santa Cruz para devolvérsela a Ángel Pascual. Dio media vuelta, pues, y tomó el camino hacia Hershey. Iría a Santa Cruz y de ahí, por la costa, se iría a la playa. Mas he aquí que la lluvia empezó a arreciar, en esa forma desconsiderada en que se acrece cuando el mal tiempo va a comenzar su última etapa, y cuando llegó a Santa Cruz, caminando trabajosamente, anochecía ya. Como se había hecho tarde pensó que mejor dormía en el barco. No le gustaba la idea de llevar la piedra en la mano desde Santa Cruz hasta la playa bajo la lluvia; no quería que se le mojara, y se le podía mojar aunque la llevara envuelta en lona embreada. Al entrar en la cámara del barco corrió a ver su piedra. Sí, estaba allí, bajo el asiento de estribor, tal como la había dejado. Pantaleón salió a la toldilla y se puso a ver caer la lluvia en el agua de la rada. Poco a poco las luces del pueblo iban encendiéndose y algunas de ellas se reflejaban, despedazadas, en el agua. En el hotelito de Ángel Pascual se oía una música de radio. Pantaleón se metió en la pequeña cámara y se tendió en el suelo. Siempre que dormía a bordo un brazo le servía de almohada. Esa noche fue el derecho.
          A la hora en que Pantaleón se dormía hablaba el cabo con el ingeniero. La fiebre iba cediendo.
          —Si sigue con esa maleza mañana lo mando al hospital de Hershey –dijo.
          El ingeniero no estaba muy seguro de sus propios sentimientos. La enfermedad lo aturdió cuando más colérico iba sintiéndose con el cabo. Pero ahora resultaba que el hombre le había atendido, le había estado dando pastillas de sulfa cada cuatro horas, de día y de noche, y además quería enviarlo al hospital.
          —Siento que voy mejorando, cabo. Si despierto mejor mañana me voy a Santa Cruz.
          —Bueno. De todas maneras seguiré dándole la medicina esta noche.
          Y así fue como a las seis de la mañana el ingeniero se sintió libre de dolores y de fiebre. Estaba saliendo el sol. Pantaleón había dicho que iba a amainar, y era cierto. Bastante débil, el ingeniero se puso de pie.
          —Voy a mandarle un cafecito –dijo el cabo a eso de las siete.
          El café le tonificó mucho; y más o menos a las ocho pidió al cabo que llamara a su amigo Ángel Pascual en Santa Cruz para que fuera a buscarlo en su automóvil.
          Ángel Pascual había madrugado también. Tras dos días infames retornaba la claridad, la estimuladora claridad del cielo cubano. En los árboles de los patios piaban los gorriones y el sol iba poco a poco evaporando el agua depositada en las charcas. Pegando rítmicamente contra los acantilados, el mar se batía con dulce son. Muy de tarde en tarde reventaba una ola llenando de espumas las rocas.
          Pantaleón había despertado antes que el ingeniero, que el cabo y que Ángel Pascual. Él, viejo, feo, flaco, calvo, era el hijo del mar. Él y el mar se bastaban. Nadie mediaba entre ellos ni nadie más hacía falta al uno o al otro. De manera que Pantaleón González despertó oscuro todavía, cuando aún el cielo se conservaba encapotado, y supo que iba a salir el sol. ¿Para qué irse, entonces, a pie hasta Jibacoa, si podía pedirle su bote a algún pescador? A él no le gustaba caminar, sino navegar. Así, pues, decidió esperar; y mientras esperaba se puso a hacer café, a baldear, a recoger cordeles, a ordenar la cámara y a limpiar la toldilla.
          Sin saber cómo se le fue el tiempo a Pantaleón. Vino a darse cuenta de que el sol estaba alto cuando llegó Ángel Pascual para decirle:
          —Pantaleón, espera aquí al ingeniero. Yo voy a buscarlo. Me habló por teléfono y ya está bien.
          Pantaleón no contestó nada, sino que se puso a ver las cuberas y los aguijones que jugueteaban al costado del pequeño barco, deslumbrados ellos también, y llenos de alegría, por el brillante sol que penetraba hasta el fondo mismo de la rada. Allí estaba él, mirando sin pensar, absolutamente en blanco su extraña mente, cuando vio venir por encima de las aguas al ingeniero. Era transparente y caminaba de prisa. Instantáneamente comprendió; comprendió mejor cuando el ingeniero quiso mirarle con unos ojos cristalinos, sin superficie y sin profundidad. En eso oyó el automóvil y las voces. Él quería al ingeniero. No lo había dicho nunca y ni siquiera se había detenido a pensarlo. Pero en tal momento comprendió que lo quería, tal vez porque el ingeniero quería al mar. Entonces salió corriendo, saltó al pequeño muelle y trepó la escalerilla que unía al muelle con la terraza del hotel de Ángel Pascual.
          Era una terraza pequeña, abierta junto a la rada, desde la cual se dominaba el paisaje de cerros que se extendían entre Santa Cruz y Hershey; un precioso lugarejo en que se volcaba el sol, con un fondo de viejas casas hacia el sur y enfrente la mole de hierro galvanizado y la chimenea de una gigantesca destilería. Allí, sentados a una mesita blanca y roja, estaban Ángel Pascual y el ingeniero, y Ángel decía, con una botella de ron en la mano:
          —Sí, hombre, sí, te va a caer muy bien. Esto te entona –entonces sirvió ron en dos vasos, uno para él, otro para el ingeniero, y proclamó–: ¡Salud!
          Por última vez Pantaleón vio al ingeniero caminar sobre las aguas, y gritó:
          —¡Ingeniero, cuidao! ¡Ahora viene por usté! ¡Cuídese!
          Pero el ingeniero estaba bebiendo ya; de manera que tuvo que esperar que el primer trago le cruzara el gaznate para preguntar:
          —¿Quién, Pantaleón?
          —¡Ella, la Muerte! ¡Ahora tiene su figura!
          —¿La mía? –el ingeniero palideció; mas en seguida se repuso y argumentó–: No le hagas caso, Pantaleón. Seguro que va a equivocarse también, como anteayer.
          —¡No! –respondió Pantaleón–. ¡No, ingeniero; la Muerte no se equivoca dos veces!
          El ingeniero sonrió a Ángel Pascual.
          —Este Pantaleón… –comenzó a decir.
          Y no terminó porque cayó de bruces, volcando el vaso y la botella sobre la mesita a que se hallaba sentado.
          El propio médico que le había recetado la sulfa comentó después, cuando lo llamaron para certificar la defunción:
          —Pero qué locura. Se había tomado las dos últimas pastillas de sulfa a las ocho y a las nueve estaba bebiendo ron.
          —Se las di yo mismo, doctor –explicó el cabo–. Quería atenderlo bien, porque yo tuve la culpa de que se pusiera malo. Figúrese, a un hombre de su edad lo hice ir al cuartel bajo la lluvia.
          Pantaleón se había ido. Estaba en la cámara del barco, con la piedra desnuda en la mano, pidiéndole que protegiera el alma del muerto.
          —Era un buen hombre –le explicaba a la piedra– y le gustaba el mar. Así que ahí te lo dejo. Y vámonos que se hace tarde.
          La envolvió; la cargó junto al pecho, con el brazo izquierdo, y se encaminó hacia su covacha, en la orilla del río ciego. Caminaba paralelamente a la costa. En dos o tres bohíos salieron los niños a decirle adiós. Pero él no levantaba los ojos. Tenía miedo de volver a verla, sobre todo después de haber aprendido ese día que ella no se equivoca dos veces.




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