Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


El Dios de la selva
(Más cuentos todavía, 1998)



      El “Star” cabeceaba cortando las aguas del vasto Atlántico, en ruta hacia Río. Habíamos dejado atrás la línea ecuatorial, y con ella el espíritu carnavalesco que nos poseyó a todos esa noche, y nos quedaba, del grato momento, un recuerdo amable y único: la voz melodiosa de Amelia, que cantaba una samba llena de exóticos tonos y de insinuantes ritmos, entre los que parecía surgir todo el trópico impetuoso, el trópico de pájaros multicolores, de selvas impresionantes, de ríos portentosos, de mágicas leyendas.
       —Y bien, amigos míos —aseguraba el alemán cuellicorto y festivo explayándose en su silla de extensión— de estas fiestas de abordo huyo siempre, porque la alegría exagerada deja un fondo de tristeza que a veces logra conducirnos a extremos trágicos.
       Me admiró la justa sentencia del teutón. Nunca creí que hubiera un alemán tan elegantemente, tan discretamente epicúreo.
       —Amigo mío —intervine —ruego disculparme este exabrupto; pero me atrevería a jurar que usted no es alemán puro, por lo menos de esos arianos del momento, tan enemigos del medio tono grato a su espíritu.
       —¡Oh! —se dolió, al tiempo que encendía un habano de penetrante olor—; yo soy alemán puro, pero soy también, o mejor todavía, soy sobre todo, un hijo de la selva y por tanto un extranjero en el Tercer Reich.
       Los circunstantes no pudimos evitar una mirada en redondo, de asombro, de ojo en ojo, como si nos estuviéramos todos estudiando. Mi viejo amigo Rambao, con sus bigotes negros de guías enhiestas y sus brillantes de puras aguas en ambas manos, hizo un gesto de marcado desdén y dijo, en voz tan baja que sólo yo le oí:
       —El alemán que habla así es más peligroso que el otro.
       —El trópico tampoco es discreto, señor mío —advirtió tímidamente alguien.
       —Sin duda —sentenció el germano—. Nada tan impetuoso, tan violento, como el trópico en todas sus manifestaciones.
       —Entonces, ¿por qué dice usted que por ser hijo de la selva es tan comedido?
       Rió glotonamente el alemán.
       —¡Ah! Porque yo soy europeo y de Europa traje ese secreto del equilibrio entre la pasión y el cerebro, entre el disfrute y el ejercicio del placer; y tal equilibrio, que es producto de las civilizaciones cansadas y por tanto refinadas, puede también aplicarse al trópico si el sujeto que lo mantiene sabe mantenerse vigilante frente a las incitaciones de esta furiosa demanda vital de la zona.
       —Se diría que usted habla como quien ha dominado a la naturaleza externa mediante el dominio de la propia interna naturaleza.
       Sonrió muy sabiamente el germano. A tumbo y tumbo, el “Star” iba ganando distancia. A trechos el océano inmenso despedía reflejos vigorosos y fugaces. Toda la vida urgente del trópico parecía bullir en el vientre del mar inagotable.
       Rambao se puso en pie. Era alto y elegante, con su piel cetrina, sus dientes de lobo, sus ojos brillantes. Fumaba con gesto de quien ama el tabaco y le apena verlo en lenta consunción. Anduvo hasta la /barandilla, contempló el mar escasos segundos y volvió el rostro al grupo, como con una súbita determinación. Así caminó con paso altivo y violento a un tiempo, se encaró al alemán, que sonreía como un niño, y con voz metálica, visiblemente anormal, pronunció estas inesperadas palabras:
       —Nosotros, los hombres de estas tierras, amamos a nuestra naturaleza con la misma fiereza con que amamos a nuestras mujeres. A mí me parece una burla indigna engañar, como usted lo hace, a la vida profunda de este mundo imperioso e imponente. Jamás penetraría yo en la catedral de Colonia sin el respeto que exige aquella obra de arte inigualable. Desprecio me merece el turista que anda con una Kodak a caza de motivos pintorescos para hablar después en su pueblo del Middlewest, de un mundo que no ha podido penetrar; pero más desprecio tengo para aquellos que, como nuevos conquistadores, más desalmados que los españoles, vienen a pedir a esta tierra la satisfacción de un sensualismo morboso, que se alimenta en filosofías decadentes.
       Entonces se sentó Rambao, mientras el alemán miraba entre azorado e indignado.
       —¡Qué sabe usted —gritó de pronto el europeo, levantándose de un salto— quién soy yo ni en qué ando! ¡Qué sabe usted de mi amor religioso por este mundo que está a medio descubrir todavía! Usted podrá sentir esto, este efluvio de la tierra; podrá tener el sentimiento de su fuerza y la intuición de su destino; podrá percibir, por una especie de emanación telúrica, el mensaje de América, pero usted no puede leer en los signos de su pasado, en los signos de su presente: en sus piedras, en sus ríos y en sus selvas, en sus hombres y en sus animales, lo que yo leo y lo que yo sé; y mi amor, templado por el conocimiento, tiene que ser, debe ser más imperecedero, más constructivo y más intenso que el suyo, que es casi un amor todavía animal, primario, intuitivo y adquirido por el mero contagio con la naturaleza.
       Tanto se movía el alemán mientras agotaba tan largo párrafo, que el cigarrillo se le descenizó. Se echó en su silla agotado, y movió los ojos como en señal de que ya no hablaría más, de que se sentía disgustado. ¡Y si él hubiera sabido lo que había crecido a nuestros ojos! El propio Rambao dejó ver su admiración. Nadie dijo nada porque todos nos sentíamos molestos. Yo me puse a ver el incesante y amplio meneo del mar, que a ratos despedía reflejos, como si mostrara imprevistos flancos de bronce o como si mantuviera millares de estrellas en el seno de las aguas y las dejara asomarse de vez en cuando a la superficie, para que pudieran ver las que allá arriba, en el profundo cielo del litoral brasileño, mostraban su inacabable parpadeo.

       A la hora de dormir me di a pensar en el alemán. No sólo tenía la certeza de que era un hombre interesante por más de un aspecto, sino que algo me decía, insistentemente, que mi vida y la de ese hombre iban a juntarse en alguna gran ocasión. Me levanté temprano. Recorrí el barco, de extremo a extremo, sin dar con él. A veces me acudía el pensamiento apuntado inteligentemente por Rambao: tal hombre podía ser un agente nazi. Tenía muchas condiciones para desempeñar con éxito comisiones secretas. Cruzando un pasillo me pareció oír una voz conocida y dulce. Pero Amelia, que yo supiera, no hablaba alemán. De pronto me detuve. ¿Quién era Amelia? ¿De dónde venía? ¿Por qué viajaba sola? Dos horas más tarde, mi imaginación torturada tenía una explicación: Amelia era hija del alemán; su madre sería una mestiza; quizá una india, acaso una negra; su padre la envió a estudiar en Alemania, y los arios se valían ahora de su política de protección a los descendientes de los alemanes para justificar el uso, en misión secreta, de una brasilero-alemana que a todas luces no era ariana.
       Al atardecer la vi. Venía de la dirección de la costa lejana una brisa envolvente, suave y gentil. Amelia cruzaba el paseo de cubierta, al aire el pañolón multicolor que cubría su cabeza, al aire sus dientes maravillosos y como iluminados sus bellos ojos glaucos.
       —Good afternoon, mister —cantó en un inglés zalamero.
       —Buenas tardes, señorita —respondí agresivo.
       —¡Uy! ¿Por qué está triste hoy el americano? —chanceó.
       Tuve que disimular:
       Es que estoy preocupado —inventé.
       —¡Bah! No se preocupe usted por nada mientras no llegue a Río.
       —Cierto —asentí—, pero es que he estado acordándome hoy de un amigo judío a quien han metido en un campo de concentración en Alemania.
       Velozmente, vi la cara de Amelia cambiar.
       —Está cogida —pensé. Y me satisfizo mi perspicacia.
       —Es sensible —dijo ella simplemente. Y se alejó por el pasillo, con paso lento y al parecer cansado.
       —Bien —me dije, he aquí una causa noble y justa para que yo deje de pensar en Amelia.
       Me sentía puerilmente satisfecho de mi astucia, pero en el fondo sentía un gran dolor porque lo que yo creía haber descubierto me distanciaba para siempre de aquella voz melodiosa, que cantaba con tan entrañable y extraña entonación la samba de origen negro, la samba del trópico, sensual, impetuosa y triste como la tierra donde naciera.
       Y en verdad, yo nunca hubiera puesto los ojos, a sabiendas, en una mujer que sirviera causas tan poco humanas como la que, a mi juicio, servía “la hija del agente nazi”.

       ¡Río de Janeiro! Coronando la ciudad que se desparrama llena de vida y de gracias, y que parece ir rodando hasta hundirse en el mar azul y móvil, el Pilón de Azúcar, atalaya infatigable, el paisaje más bello que soñó hombre alguno. La ciudad, blanca, luminosa, asciende y desciende, curvea, se pierde, torna. Rostros cetrinos y vivaces llenan las avenidas. La vegetación revienta casi entre los techos de los edificios de mármol. Se oye a todas horas el dulce acunar del idioma, en el cual parece estarse cantando más que hablando.
       Entre muelle y hotel consumí acaso dos horas escasas. Después me dirigí precipitadamente a mi obligado destino. Iba a pie para gozar el paseo, para llenarme de luz y de aire. De pronto, un hombre altísimo, flaco, narigudo y de dientes largos, salió corriendo de un café que estaba en la acera de enfrente.
       —¡Hey, Lewis! ¡Lewis! —gritaba. Me volví asombrado. El larguilucho se me tiró arriba y poco faltó para que me besara. Tenía que doblarse para hacerme carantoñas.
       —¡John, diablos! ¿Me quieres decir qué haces en Río?
       El interminable John empezó a rascarse la cabeza y a cerrar un ojo. Después dejó quieta la cabeza y la emprendió con la barba.
       —Bueno, Lewis, ocurre que yo nunca he hablado una mentira, ¿sabes?, y no quiero hablarla ahora.
       La gente se nos tiraba arriba, atropellándonos.
       —Oye, explícame, ¿sigues tan imbécil como cuando estábamos en la escuela? ¿Quieres explicarme qué es esto de la mentira o de la verdad?
       Con una expresión muy acongojada, John me suplicó:
       —Oh, no empieces. Es algo verdaderamente grave para mí. Y créeme que ando buscando cómo desembuchar este secreto. No sirvo para secretos. Júralo.
       Yo me quedé atónito y miré bien a mi compañero. ¿Alguna droga? Porque me han hablado de drogas de estos países que quitan la memoria y la razón en un santiamén. Le apreté el brazo.
       —Empieza por decirme si estás en tus cabales —dije haciéndome el incrédulo.
       John sonrió vagamente.
       —¿Quieres que hablemos con calma? ¿Un whisky, allí?
       Pero nos tomamos uno, dos, tres, cuatro. John no decía palabra. Se pasaba el tiempo buscando con los ojos, como quien acecha. Me puse en pie.
       —Oye, siento no conocer tu historia. Yo tengo que presentarme hoy mismo en la oficina de la Sao Paulo Oil. No puedo perder tiempo. Adiós.
       —No seas imbécil, Lewis. Siempre has sido así: que si de prisa, que si no hay tiempo. Aquí hay tiempo para todo. Esto es distinto. Además, te vas a ir ahora, cuando estoy listo a confiarte el gran secreto.
       —Pero, ¿en qué puede interesarme un secreto tuyo, John?
       El largo amigo abrió un palmo de boca y dos de ojos.
       —¿Interesarte? ¿Sabes tú lo que dices, animal?
       —Pues empieza o me marcho. ¡Pronto!
       Mi inacabable amigo, que tenía que enredarse para estar cómodo, se arregló como pudo en su silla, miró tristemente el mármol de la mesita, ojeó con mirada cansada a la avenida llena de gente, y empezó:
       —Estoy aquí desde hace dos meses. Vine…
       —¡Lewis! —estalló una voz.
       John el largo brincó asustado. Yo me hubiera sentido molesto si tras la voz no hubiera aparecido la sonrisa blanca y dura de mi amigo Rambao.
       Pedimos otros whiskies. Alegremente, empezamos a hablar de lances de amor, de la mujer carioca, de Río, de la travesía.
       —¿No ha visto a su alemán? —preguntó Rambao.
       —No —confesé.
       John me tiró encima su manaza estúpida. Parecía muy asombrado.
       —¿Venía con ustedes un alemán? —preguntó demudado.
       Y al decirle que sí le miré fijamente, mientras Rambao, un poco de lado, sonreía a una mujer de ojos negros y de brazos lentos que le miraba con visible simpatía.
       —¡No hables! —le ordené a John en voz baja.
       Tenía, no sabía por qué, la seguridad de que sus palabras iban a iniciar una serie de acontecimientos en los que el destino me reservaba parte importante.
       El comprendió. Rambao se volvió a nosotros.
       Y para que nada vislumbraran ni él ni John, haciéndome el frívolo, pedí más whisky, más, más. Hasta que ambos se sintieron flaquear y empezaba a flaquear también la tarde carioca, que sangraba en los flancos del Pilón de Azúcar y en la bahía inmóvil.

       El desgarbado John sudaba frío.
       —¿Nos vamos? —dijo poniéndose en pie.
       Me quedé mirándole fijamente. ¿Qué diablos tenía que decirme aquel tonto?
       —John, lo siento; yo debo ir a la oficina.
       —Explícame, primero, ¿tú has venido aquí tras aquello, no?
       —¿Aquello?
       John miró significativamente a Rambao. Yo estaba incómodo. ¿Por qué tal interés y qué era “aquello”?
       —Oye, John, yo he venido aquí, simple y llanamente, a tratar de vender a la Sao Paulo Oil una instalación refinadora, o dos, o diez, todas las que pueda. Nada más. No sé qué cosa es “aquello” ni me interesa.
       —¡Ah! Perdona. A mí sí me interesa.
       —Y ahora —expliqué— tengo que irme, porque sé que hay aquí dos vendedores más, un inglés y un holandés, que están tratando de dañarme el negocio.
       Aquí el largo John abrió su bocaza y le relumbraron los ojos.
       —¡Ja, ja, Lewis! Ya lo sabía yo. Es curioso. ¿Por qué vienen todos con el mismo cuento de la planta refinadora? ¿No les parece que eso infunde sospechas?
       —Mira —dije poniéndome en pie—, ¿quieres hacerme el favor de hablar claro?
       —¿Claro? Eso querrías tú. Yo no soy tan tonto como parezco, Lewis.
       —Sí, ya lo veo —respondí amoscado—, no tanto: eres más.
       Y me puse en pie. Rambao, que estaba charlando con una joven en la mesa cercana, vino corriendo a suplicarme que no me fuera.
       —Tiene usted que comer conmigo y, además, tengo algunas sorpresas para usted —dijo.
       —¡Oh!, lo siento, Rambao. No tengo tiempo que perder. ¿Por qué no vernos más tarde?
       —Justo. ¿Le parece bien a las ocho? Iré a su hotel. ¿Cuál?
       Di el nombre. Con su sonrisa blanca y arrogante, con su bigote de caballero y su andar gentil, Rambao se fue a recibir el saludo de otra dama que le hacía señas desde un rincón del café.
       —Bien, John —dije—, hasta luego. Espero que nos veamos otra vez.
       John se paró de un salto.
       —Oye, Lewis —parecía muy apenado—, te lo suplico por lo que más quieras: no me malogres el negocio. Yo sé que tú eres inteligente y resuelto. Oye, me he defendido de esos bandidos como una fiera. No me malogres tú el negocio, porque es la gran ambición de mi vida. Me suplicaba, con los ojos grises de tanta tristeza. Yo moví la cabeza apenado.
       —¡Pobre muchacho! —me decía mientras iba hacia el hotel—. Está loco de remate. ¿Alguna droga?
       Insistentemente, la idea de la droga me daba vueltas por la cabeza. Cuando salía de New York compré muchas revistas distintas y todas, sin exceptuar una, daban gran extensión a los artículos, informes y estudios de las drogas que se habían introducido en las universidades americanas. Recordaba, sobre todo, la marihuana. Sabía que en toda Sur América se cultiva, así como la coca de la altiplanicie peruana. Durante todo el viaje estuve pensando en ello, y al darme con John, con sus palabras sin sentido, con su aspecto desordenado y su mirada alucinada, pensé de inmediato en la droga. No podía evitarlo. Ignoraba que también la ambición es una droga, que hace soñar más, mucho más que la peligrosa marihuana o la coca del Perú.
       Fui a la Sao Paulo. Durante cerca de dos horas estuve hablando con uno de los gerentes del departamento de producción. Efectivamente, la caza matriz, que estaba en Holanda, tenía interés en construir en territorio brasileño plantas de refinería. Así, el petróleo crudo iría en barcos petroleros desde Venezuela, hasta que pudieran ponerse en explotación los yacimientos que se estaban investigando en las Guyanas. Mi oferta era valiosa. La casa que representaba había simplificado de tal manera el trabajo de la refinación, y hacía ésta a un costo tan bajo y en un tiempo tan corto, que no era posible, a mi juicio, tener competidores.
       Durante dos horas hablamos. En principio, simpatizamos mucho y el hombre encontró mi oferta muy sugestiva. Debía volver para hacer cuantas explicaciones parecieran necesarias.
       —¿Puede usted traer los planos? —preguntó muy amable.
       Yo se los llevaría ¡claro! Se moriría pensando si creía que iba a encontrar nada aprovechable.
       Quedamos en vernos dos días más tarde. Él quería tener tiempo de hablar con los consejeros. Yo me fui optimista, y bajaba silbando las escaleras cuando me pareció oír pasos rápidos, como de alguien que procuraba ocultarse. Me asaltó súbitamente una sospecha imprecisa. No creía que se me acechara, pero podía tratarse de un ladrón o de algo peor. Quizá alguien robaba en la casa. Me lancé rápidamente hacia el lugar de donde partían los ruidos. Al alcanzar la puerta de una habitación de espera vi un pie de mujer que huía. Su dueña ganaba ya otra habitación. De golpe se cerró la puerta, justamente cuando yo iba a cruzarla. Me quedé confuso. Recordé fijamente, con los ojos cerrados, a fin de no olvidarlo más, aquel pie calzado por un bello zapato blanco con ribetes negros y el color de tabaco de la media. Durante varios minutos estuve pensando bastante mortificado en aquello. De súbito justifiqué a la mujer, a la que fuera: quizá estaba en una cita violenta. Tal vez fuera empleada de la casa… Sacudí la cabeza y salí.
       En el hotel encontré a John. Estaba sentado en mi cuarto, como dueño. Había llenado la alfombra de colillas. Desde que me vio llegar se levantó de un salto.
       —Te voy hablar con franqueza, Lewis —dijo.
       Me asombró notar que parecía en ese momento un hombre juicioso. ¿Qué diablos le ocurrirá a este muchacho? —me dije. Y me dispuse a oírlo pacientemente.
       —Teníamos noticias —empezó— de que llegaba hoy un hombre con ideas precisas de dónde está el templo. El holandés creyó que eras tú. Te vigilarán. Has hablado algo de los planos. No seas tonto, Lewis; confía en mí. Yo dispongo de los hombres necesarios para hacer el viaje, y tengo un mestizo viejo que nos servirá de práctico.
       —¿Me quieres decir —le interrumpí—, de qué locuras me estás hablando, John?
       Tristemente movió la cabeza.
       —Es lástima —aseguró—, es lástima. Yo creí encontrar en ti un amigo. Lo lamento. Yo lucharé; estoy dispuesto a luchar. Hace ya más de un año que vengo perdiendo energía tras ese plano, dos años trabajando como un condenado. Y ahora, tú…
       Yo creí que me estaba volviendo loco. Lo tomé por los hombros, con todo el afecto que soy capaz de sentir.
       —Explícate, John. Es necesario que me expliques qué te pasa, de qué planos me hablas y qué es todo este lío, por fin.
       —Te oyeron, Lewis —aseguró—. Hablaste de los planos.
       Se puso en pie, con cara de mal humor.
       —Volveré mañana o esta noche. No salgas. No debes salir. Te haces el desentendido, pero sabes bien a qué me refiero. Acabarás teniendo fe en mí, porque eres mi amigo de la infancia, porque me conoces y sabes que yo soy incapaz de una infamia y porque, además, nadie está en condiciones de servirte como yo.
       Dijo, y se fue. Yo me quedé haciéndome cruces.

       Acababa de bañarme y había ya olvidado a John cuando entró en mi cuarto el jovial Rambao, impetuoso y alegre como un chiquillo.
       —Oh, Lewis, vamos a pasar una noche encantadora. He encontrado a Luisa aquí. Luisa es un encanto, un tesoro. Usted va a comer conmigo, y después lo llevaré a dar una vuelta por Río y pasaremos por ciertos lugares que usted no olvidará jamás.
       Mientras me vestía, Rambao se puso a hojear periódicos y a tararear un aire del país. Después bajamos al hall y yo me sentía realmente alegre.
       —¡Oh Río, Río, ciudad encantadora, de sol, de color, de placer! íbamos por aquellas pintorescas y a la vez monumentales rúas de nombres pomposos, y veíamos pasar en oleadas a la maravillosa mujer del Brasil, tan gentil y tan señora. La suma de todas las voces de los paseos, el tono atristado de los vendedores de periódicos, el timbre de los tranvías, las bocinas de los autos: todos aquellos ruidos peculiares, que en Río no son ruidos, formaban una especie de armonía total, de canto doloroso que se iba extendiendo bajo el limpio cielo brasileño.
       Me sentía a gusto y como si allí hubiera nacido y vivido siempre.
       —¿Vamos a tomar un auto? —preguntó Rambao.
       Yo prefería seguir a pie. El aire fresco del mar batía la ciudad; además, me encantaban aquellas calles congestionadas, los paseos pavimentados de multicolores mosaicos, las palmeras enhiestas y solemnes.
       —Es que tenemos que ir lejos —explicó Rambao.
       Ante tal razón, me dejé llevar. Anduvimos. Rambao me iba mostrando la ciudad, señalándome los edificios más atrayentes. De rato en rato saludaba a un conocido o gritaba una palabra graciosa. Era admirable aquel Rambao tan comedido y tan jovial a un tiempo.
       Atardecido ya, me sorprendí en un paseo amplio y lleno de jardines. Rambao detuvo el auto. Una vegetación bravía, como descuidada ex profeso, que a mí se me antojó resumen de la amazónica, escondía una quinta de líneas andaluzas, muy pequeña y muy tranquila. Saltó un anciano negro a recibirnos. Dos perros juguetearon largamente con Rambao.
       —Oh, mi señor, mi señor —saludaba emocionado el viejo.
       Era muy anciano, casi tembloroso de tantos años. No tenía dientes. Mientras tomábamos café, en la coqueta salita, me explicó Rambao que el pobre negro hasta ignoraba que él estaba en el exterior, porque nunca le decía cuando se iba. Los suyos eran viajes rápidos. Por otra parte, esa quinta no la utilizaba él sino para pasar noches amenas con dos o tres amigos y amigas. El viejo había nacido en su casa, por los mismos días que el padre de Rambao, y era hijo de esclavos. Creció con el amito, y lo enterró a su tiempo, y ahora decrecía con el hijo del amito.
       —Es un negro admirable, un tesoro de tradiciones, de leyenda, de supersticiones —explicaba Rambao—. De haber tenido tiempo para escribir, hubiera anotado las experiencias de tal hombre. Es una historia viva. Puede sentarse ahora aquí, a su lado, y estar quince días corridos hablando sobre cualquier hecho de la vida brasileña. ¿Quiere usted oírle algo interesante?
       Yo dije que sí, más por encontrar distracción que por interés en lo que pudiera decirme. El viejo entró muy sonreído, con su boca vacía, su sombrero en las manos, tan flaco y tan curvado que ya apenas parecía hombre.
       —Te quiero presentar un amigo —le dijo Rambao, cariñoso— que tiene deseos de oírte hablar sobre la ciudad perdida y sobre el templo de los tesoros y el dios de la selva.
       Miré asombrado a Rambao. Él no lo notó. El viejo sí; el viejo rió a carcajadas roncas y comentó:
       —Su merced parece que está muy interesado.
       ¿Qué diablos era aquello? En unas horas en Río había caído en cierta especie de conjuración que empezaba no sabía dónde y que terminaba en aquella “ciudad del tesoro”. Me parecía estar empezando a tomar los hilos de una novela de aventuras.
       —Sí, hable —le pedí al viejo.
       —Mucho antes de que mis padres fueran hechos presos en África, ya se sabía allá lo de la ciudad perdida aquí —dijo—. Es muy extraño que ustedes no lo sepan.
       Entre el murmullo de su gastada voz, entre sus palabras llenas de africanismos y arcaísmos, entre sus novedosos giros, se me perdió a mí buena parte de la historia. Pero en síntesis era ésta: a todo lo largo de la esclavitud, los negros traídos al Brasil vivieron siempre maquinando una rebelión en la que murieran todos los blancos, y encontraron en sus ideas el apoyo de muchas tribus y poblaciones indias cansadas también del yugo portugués. Según decía el viejo negro, los negros fueron poco a poco, por docenas y docenas de años, acumulando en cierto bosque todo aquello que podía serles útil para sus fines. Era una lucha de paciencia y de valor. Cuando un negro recibía un castigo injusto, los otros le consolaban diciéndole:
       —No te aflijas que pronto terminará esto.
       Pero no terminaba aquello. Un día, por fin, un negro se alzó con toda la dotación de la finca en que trabajaba, y se fue a vivir con ella en la selva. Le persiguieron con hombres, caballos y perros, pero jamás dieron con él. Pasaron muchos años, hasta que empezó a decirse entre los esclavos que sus hermanos huidos vivían libres en una ciudad que se habían construido especialmente para ellos, y que tenían el favor del cielo obtenido para su raza por un dios fiero que les amparaba. Un indio era el único que conocía el camino de la ciudad negra, y estaba dispuesto a llevar a aquellos que quisieran irse, pero a condición de que cada uno se fuera con el objeto más valioso que hubiera en la casa de sus amos. Poco a poco empezaron a desaparecer negros, negras, viejos, jóvenes, y a perderse objetos de valor. Se perseguía a los fugitivos sin dar con ellos. Cierta vez, el indio conocedor del camino se ahogó y no se supo más de él. Poco a poco empezó a olvidarse la existencia de la ciudad negra, hasta que, mucho más de quince años más tarde, un negro esclavo que había pertenecido a los vecinos del padre de Rambao, donde trabajaban los padres del anciano negro que contaba la historia; un negro esclavo que había desaparecido mucho tiempo atrás, se presentó en la finca desnudo, demacrado, flaco, aterrorizado, muriéndose de pavor. Cuando acudieron a recogerlo vieron que tenía los pies y las manos llenos de ajorcas de pesado oro cubiertas de piedras preciosas. El asombro de ver que retornaba de esa manera fue tan grande, que de todos los sitios vecinos llegaron gentes, blancas y negras, a verle. El negro explicó que había vivido en la ciudad negra de la selva.
       —Fue entonces —explica el viejo— cuando yo supe todo lo que le estoy contando a su merced.
       Aquel esclavo libre que retornaba a la esclavitud, no podía referirse a la remota ciudad sin un estremecimiento de pavor. Pidió que le dieran amparo y que no lo castigaran por su larga fuga. Dadas las especiales circunstancias de su retorno, y dada la noticia tan importante con que tenía a todo el mundo en revuelo, se le perdonó. Y él fue quien dio fe de que era cierta la conseja que se contaban al oído los negros del norte brasileño.

       —Un día, contaba mi padre —y las palabras del viejo negro eran tan lentas como la sonrisa de Rambao— que el escapado de la ciudad perdida le llamó para rogarle que no lo abandonara un minuto. Tenía miedo a una venganza secreta e inesperada.
       Yo oía cada vez con más interés al anciano; y no era sólo porque en su relato empezara a ver ligazones con las misteriosas actitudes de John, sino porque era interesante desde el punto de vista meramente intelectual, y la leyenda tenía una sugestión, una hechicería realmente atrayente.
       El negro escapado contó, en secreto, a su amigo, que fue padre de quien nos lo relataba en esa mi primera y agitada tarde brasileña, todos los pormenores de la ciudad perdida. Era inmensa, de chozas de paja, cercada de sólida muralla de troncos. Justamente en el centro estaba una construcción más grande que las otras, con guardianes permanentes que la rodeaban en un cerco apretado. Era la casa del Dios terrible. Sólo una vez en su vida podía verlo cada persona: el día que llegaba allí a jurar, en presencia de los sacerdotes, no traicionar jamás el secreto de la existencia de la ciudad. El Dios era grande como un toro, con patas de mulo, dos brazos humanos, tres cabezas, una de hombre, una de tigre, otra de caimán: la primera significaba la sabiduría, la segunda la fiereza, la tercera el dominio de las aguas. En más de la mitad de su perímetro, la ciudad estaba rodeada por un río fangoso, lleno de saurios.
       Nadie podía llegar hasta el templo otro día que el de su juramento, y éste no podía hacerse hasta que no se tuviera el primer hijo. Al otro día de nacido el niño, empezaban a resonar los tambores del sacrificio desde antes del amanecer. Con la salida del sol, llegaban a la choza del padre los dignatarios de la ciudad, precedidos de los sacerdotes. Era una procesión macabra, silenciosa. La abrían doce guardadores del templo, desnudos, con las cabezas llenas de cintajos, de paja, de plumas de colores; cada uno llevaba una máscara distinta, quién de buey, quién de venado, quién de águila, quién de perro. La gente se alineaba silenciosa para ver pasar la procesión. Desde mucho antes de medianoche empezaban hombres y mujeres viejas, que fueran viudas o casadas, a ocupar sus puestos en el camino de la casa.
       Detrás de los guardadores del templo iban los atabaleros, ocho conduciendo atabales largos, ocho conduciendo tamboriles. A medida que sonaban los tambores, monótonamente, saltaban los acompañantes con saltos furiosos y contorsionados. Rodeando a los atabaleros, con sus lanzas amenazantes, iban los soldados, que gritaban hasta enronquecer mientras batían sus armas sin cesar. Detrás de éstos marchaban los hijos de los sacerdotes, también con máscaras, danzando en silencio a seguidas, los dos supremos brujos, uno vestido con una larga vestidura llena de desgarrones y de mil colores, dos cuernos brillantes en las sienes, la frente pintada de rojo, la nariz de azul, la boca de blanco y las manos de amarillo. Ambos andaban con majestad y lentitud. El otro no tenía más ropa que un collar de dientes de cocodrilo, ajorcas de huesos de niño, en las manos y en los pies, y una cabeza de onza disecada sobre la suya. El vestido representaba la sabiduría, el desnudo la verdad.
       Seguían a los sacerdotes, con mucha distancia de por medio, cuatro forzudos jóvenes conduciendo un sillón tosco en el cual estaba sentado el monarca de la ciudad, un negro de aspecto feroz, de ojos brillantes, de cruel expresión. Era de edad madura y ancho de hombros. Seguía a éste su hijo, un niño de no más de doce años, que iba en hombros de un mozo a quien le faltaban ambas orejas.
       Nuestro relatante hablaba como si no hubiera estado viéndonos. Su mirada vagaba perdida en la noche naciente que se veía desde la ventana. Un aire religioso era el suyo, y el lento moverse de sus manos llenas de venas nos impresionaba tanto como aquello que tan vivamente, como si lo hubiera presenciado, nos estaba describiendo.
       —Buena memoria —comentó Rambao—. Le he oído esta fantasía mil veces, y jamás ha dicho una palabra distinta a las que dice ahora.
       —¿Y no fue cierto lo que cuenta? —pregunté yo, intrigado por lo de “fantasía”.
       —Vaya usted a saberlo. Algo debe haber de verdad en el fondo de esta fábula. Por lo menos, lo de la ideada rebelión de los negros y la desaparición lenta pero numerosa de los esclavos.
       —Sí; pero ¿lo otro? ¿Eso de la ciudad y del Dios?
       El viejo nos escuchaba sonriendo.
       —Mi niño —aseguró—, como la luz que alumbra el día es lo que cuento. Mucha gente lo sabe, mi niño.
       —Sí —dijo Rambao mirándome con cierta condescendencia, mientras arreglaba las guías de su bigote—; mucha gente lo cree, y mucha ha muerto en la selva en pos de la ciudad negra. Cierta vez se encontró en una antigua biblioteca de convento un librito de instrucciones, con mapa y rutas trazadas, de un misionero francés que llegó hasta las mismas orillas de la ciudad, según sus palabras. Ese librito ha enloquecido y enviado a la muerte a muchos aventureros.
       El negro oía a Rambao y sonreía como con cierto desdén.
       —Tenga la bondad de proseguir —le supliqué.
       Pero cuando parecía que iba a hablar nos sorprendió una risa sonora en el balcón de la quinta, y oímos el nombre de mi amigo pronunciado por una voz divina. Rambao saltó, alegre de súbito.
       —¡Luisa! —casi gritó—. ¡Luisita! ¡Qué oportuna, muchacha! Venga, Lewis, para que aprenda a apreciar la belleza de la mujer carioca.
       Cuando me puse de pie para recibir a la celebrada visitante, ya el viejo había desaparecido.
       Efectivamente, la mujer que entró, con su cabeza endrina, sus \ojos tan negros que azuleaban, su risa perfecta, su piel blanca, su cuerpo mediano y armonioso, era una belleza; pero una belleza rara, singular, picante. En un instante lo revolvió todo. Se sentó en un sofá, en una silla, sobre una mesita. Tenía una voz deliciosa como un jilguero.
       —Me encantan los americanos —dijo—. Me encantan. ¡Oh New York! Estoy loca por tener unos meses libres para ir a New York.
       Mientras hablaba sacó de su cartera una cajilla de cigarrillos, una fundita de confites, polvos, rouge… ¡Qué mujer más dinámica!
       —¿Y usted? ¿Le gusta a usted Río? Río es bella, verdad. Y con hombres como su amigo…
       Miraba con ojos picaros a Rambao.
       —Pero muchacha ¿qué buen viento te echó por aquí?
       —Pasaba, hijo; venía de la playa, vi un auto parado ahí, y pensé: Este bandido tiene alguna cita. Porque ha de saber usted —dijo dirigiéndose amablemente a mí— que este buen señor no tiene horas para atender a las citas.
       —Lo supongo —aprobé, asombrado con su actividad. Ya se había comido dos confites, había arreglado unas flores sobre la mesa, enderezado una silla, empezado a fumar un cigarrillo, arreglado el pelo y los polvos, y no tenía allí todavía un minuto.
       Aquella mujer no me daba tiempo para otra cosa que para verla. Me sugestionaban sus ojos, vivaces, alegres, y por momentos velados de una rara sombra como de una saudade implacable.
       La raza —pensaba yo—; es esta raza hispana, de tan alto y sostenido sentido trágico. Quiere ser alegre y está físicamente preparada para serlo; pero no puede.
       —De manera —ironizó Rambao— que si yo hubiera ido ahora a buscarte, tal como quedé de hacerlo —porque es bueno que sepas que todavía no había acabado de desembarcar y ya te estaba telefoneando—; si yo hubiera ido a buscarte, no te encuentro.
       —¿Cómo no me ibas a encontrar, pícaro? ¿No ves que entonces no me hubiera detenido aquí? ¿No te he dicho que he entrado porque supuse que estabas, y quería darte la sorpresa?
       —Buena razón —concluí yo—; queda usted absuelta, Luisita.
       —Pero no libre —advirtió Rambao—. Ahora va ella a cenar con nosotros.
       —¡Ay no, hijo mío! —lamentó ella con una gracia extraordinaria—. ¡No! ¿Cómo quieres que me presente a cenar con ustedes en esta facha, querido?
       Fue entonces cuando yo me fijé en su traje y en… sus zapatos: eran blancos, ribeteados de negro. Me asaltó una idea, y un temor empezó a obrar en mí.
       —¿Y la playa? —pregunté como quien no tiene interés en lo que habla. ¿Qué tal la playa? ¿Mucha gente?
       —Algunas. Yo llegué tarde, ¿sabe? No la encontré muy animada. Lo que sí estaba admirable era el agua. ¡Qué agua tan deliciosa!
       Al hablar parecía que estuviera sintiendo todavía la caricia del mar en su piel rosada; y yo la veía moverse, la oía, con sus bruscos y acariciantes cambios de voz, y pensaba: he aquí una mujer capaz de espiar. Hablaba, y yo me decía: luego, hoy, cuando vi esos zapatos, u otros iguales, ella estaba en la ciudad. Quise llegar más lejos.
       —¿Vamos a irnos ahora, Rambao, cuando está la historia del negro en lo mejor?
       —La oirás mañana u otro día. Es una fábula, Lewis.
       —Quizá, pero me interesa.
       —¿Cómo? —atajó ella—. ¿Es que también a usted le ha embaucado el negro con el cuento de su ciudad perdida?
       —No sabía que usted lo supiera —advertí.
       Me pareció verla un poco turbada.
       —Desde luego que sí. Le he oído esa historieta, como muchas otras, infinidad de ellas; pero no me atraen sus cuentos.
       Lo dijo así, pero la verdad fue que a partir de ese momento, como yo me quedara viéndola fijamente, dejó de ser tan impetuosamente alegre como antes era.
       —¿Nos vamos? —preguntó al rato como quien se siente a disgusto donde está.
       Y nos fuimos. Ella alegaba que no debía ir a cenar como estaba; Rambao opinaba lo contrario. La convenció al fin. Consintió en dejarse llevar a un sitio poco frecuentado. No sonaba su voz tan grata como cuando la conocí.
       —No me siento muy bien —me dijo de buenas a primeras, mientras el auto cruzaba velozmente las pobladas calles de Río.
       —¿Algún resfrío? —pregunté por parecer amable.
       —Quizá. Puede ser.
       Era la noche, la profunda y llena de vida noche americana. Aun en medio de la ciudad convulsa, parecía emerger de la propia tierra un perfume enervante y delicado.
       Las calles congestionadas resonaban de voces y de claxons.
       —Aquí —dijo Rambao.
       Descendimos en un sitio al parecer discreto. No había señales de nada, simplemente un letrerito rojo, muy modesto: “Cintra”. Entramos por un pasillo y al abrir una puerta giratoria, nos dimos de pronto en un saloncito no muy grande, pero admirablemente bien compuesto, que simulaba un jardín tropical, con palmas auténticas y monos y cacatúas en los árboles. Una orquesta dejaba oír suavemente música del país.
       —Esto es admirable —dije.
       Luisa sonrió. Parecía tornar poco a poco a su antiguo espíritu. Chanceó algo sobre la decoración amanerada y la mala influencia de las películas americanas en esas decoraciones. Yo la oí con gusto. Hubiera querido hacerme amigo de ella y lograr saber qué había en el fondo de aquella historia de la ciudad, y por qué ella —si había sido ella— había estado espiando, y por qué la fábula del viejo negro, y si algo había de común entre eso y las locuras de John.
       Y a propósito de John: me había dejado entender que tenía interés en decirme algo sobre el alemán. ¿Qué sería?
       Pero no tuve tiempo de terminar de hacerme la pregunta. Una mujer entró, entre la admiración jubilosa de todos los presentes; una mujer marcial, imperial, que saludó con una mano, como emperatriz auténtica, y que me dijo, en viéndome, con aquella deliciosa voz musical:
       —¡Hallo! ¡Good evening, dear!
       Y cuando quise verla mejor, cuando quise contemplar a mi antojo a la presunta espía nazista, vi, con asombro, que sus zapatos, los zapatos de Amelia eran también blancos con ribetes negros. Luisa me sorprendió mirándolos. Y como avergonzada, ella escondió los suyos bajo la mesita que nos recibía generosamente a los tres.

       No creo que estuviéramos una hora en el “Cintra”. Cierta tirantez se estableció entre nosotros. Rambao atendía a solicitudes de conocidos y entre Luisa y yo había una especie de sombra, una interposición que no podíamos definir, pero que ambos sentíamos y a ambos nos abrumaba. Yo hice toda clase de esfuerzos por romper el hielo; pero ella adivinaba la cortesía, la fórmula, y mis palabras no pasaban de ser falsas.
       Cuando salíamos tuvimos un encuentro: por poco nos lleva John de encuentro. Parecía fatigado.
       —¡Hola, Lewis! —saludó. Y volviéndose a mis compañeros, sombrero en mano, con una gentileza que no le sospechaba:
       —Dios guarde tanta belleza, señorita.
       De inmediato empezó Luisa a sonreír. Me pareció en ese momento sumamente coqueta. No sé qué se estuvieron diciendo. A poco John pidió permiso para decirme algo.
       —Lewis, ha sido una suerte que estuvieras aquí. Dime, ¿es aquella muchacha la que vino contigo?
       —Sí, ¿cómo lo sabes?
       Aunque disimulábamos bastante, me pareció notar que Amelia nos observaba.
       —No te preocupe eso, Lewis. Tengo mi sistema también. Otra cosa: ¿está aquí el alemán que venía con ella?
       —No sé a quién te refieres.
       —Un alemán de estatura más bien baja, grueso, un tanto calvo.
       —Oye —le interrumpí —¿por quién me has tomado? ¿Debido a qué tengo que estar dándote informes?
       —No seas necio, Lewis —se volvió a Luisa muy galante—. Perdone un minuto, señorita; sea usted amable.
       —Anda, Lewis, no seas necio. ¿Está aquí?
       —No; no le he visto.
       —Bien, me quedo. Good bye!
       Camino de su casa, adonde la llevaba Rambao, Luisa me estuvo hablando de la simpatía de mi paisano.
       —¡Oh! Me encantan los americanos; no puedo remediarlo.
       Yo no pude menos de sonreír con tristeza y de ironizar un poco a costa de la desgarbada figura de mi amigo.
       —¿Aun un americano tan poco estatuario como John?
       Todavía un tanto tibia conmigo, como si adivinara que mi pensamiento la iba desnudando, Luisa quiso ser amable y afirmó:
       —Aun. Siempre es americano.
       Estaba realmente cansado, abrumado, si no parece exagerada la palabra. ¡Diablo de día tan agitado! Y al fin, ¿qué pasaba? ¿Qué demonios tenía yo que ver con los planos de John, con el alemán que al decir de mi excondiscípulo me seguía y vigilaba, con…? “El libro del aventurero francés le ha costado la vida a muchos…” ¿No estaría ahí…? No, no era posible. No podía ser que todavía, en pleno siglo veinte, alguien se lanzara a creer realidad una fábula de tal naturaleza. Cierto que el negro hablaba con una seguridad absoluta; pero ¿no hablaban también así los españoles de la conquista del Dorado y de la Ciudad de los Césares?
       —¿Qué hay en el fondo de todo esto, Dios? —exclamé angustiado, molido por el trajín del día y por aquel cúmulo de extrañas coincidencias.
       —Sin duda —me decía— yo sé a lo que vienen el alemán y Amelia. Me dio a entender Rambao muy finamente, y Rambao debe saber más de la cuenta porque hombres como él tienen sus relaciones políticas importantes. Además, yo había oído en Nueva York algún leve runrun sobre política alemana en el Brasil…
       Tenía un sueño de animal y sin embargo no me sentía inclinado a dormirme. Cualquiera otro hubiera estado en su derecho al tratar de investigar qué oscuras maniobras le envolvían. Cualquiera otro… Yo no, porque aunque me intranquilizaban, no me preocupaban tan intensamente como era de suponer.
       Antes de dormir abrí la ventana y salí al balcón. ¡Qué cielo tan alto, tan limpio, tan fino! Innumerables estrellas latían allá arriba. La brisa me acariciaba la frente con una maternal levedad. Encendí un cigarrillo. Me proponía pensar en los sucesos del día, pero no podía. Era dormir lo que deseaba, nada más.
       —Voy a interrogar seriamente mañana a John —me dije—. Y me quedé plácidamente dormido, como un niño que no tiene motivo de desvelo. Siempre he tenido un sueño ligero, pero en esa mi primera noche brasilera sentí que no iba a despertar con facilidad. Por eso yo mismo me interrogué asombrado, medio adormilado todavía, si era en mi habitación el ruido que me despertaba. Oí con atención. Nada. De vez en cuando subía de la calle algún trepidar de auto, alguna voz trasnochadora. No me movía. Estaba atento con esa atención absoluta de todos los sentidos que se tiene cuando algo anormal siente uno a su vera. De pronto vi un rayo de luz recorrer mi habitación y, como una bala, me lancé de la cama. Una sombra giró con pasmosa rapidez, cruzó la puerta y la cerró de golpe. Si no hubiera sido por aquel golpe, habría yo creído que soñaba. Me quedé temblando de cólera. Hice luz. ¿Qué era aquello? Todas mis maletas estaban desordenadas, abiertas, vueltas un maremagnum. Apreté el timbre, y como creyera que tardaban en llegar, llamé por teléfono. Para mí pasó casi un siglo antes de que el manager nocturno tocara en mi puerta.
       —¿Le ocurre algo, señor?
       —Ya lo creo, amigo mío. Mire esto.
       El buen hombre abrió los ojos de par en par. El que no me pareció tan asombrado, aunque sí un tanto asustado, fue el sirviente que subió con él y que asomaba por detrás de su hombro unos azorados ojos de mestizo.
       —¿Le han robado algo?
       —¿Cómo quiere usted que lo sepa? No me voy a poner ahora a hacer inventario, amigo mío.
       —¿Podría usted explicarme cómo se dio cuenta del robo?
       —Del robo o de la tentativa. Me di cuenta porque desperté mientras el ladrón o el presunto ladrón estaba revolviendo mi equipaje.
       Parecía muy apenado el manager nocturno. Movía la cabeza y chasqueaba los labios.
       —Es algo inexplicable, señor. Nunca había pasado aquí cosa igual. Avisaremos al detective privado del hotel. No me explico. Aquí tenemos un buen servicio de vigilancia. Es…
       —No, no prosiga, amigo mío. Si nunca ha pasado cosa igual, y si aquí, según usted afirma, hay tan buen servicio privado de vigilancia, yo me mudaré tan pronto como salga el sol.
       —No. De ninguna manera. Nos desacreditaría. Es necesario que usted nos ayude a aclarar…
       Yo estaba realmente colérico. Me sentía arder.
       —No hay que aclarar nada, amigo. Usted mismo me ha dado la clave.
       —¿Clave? —aquel buen hombre estaba volviéndose loco; lo proclamaban sus ojos.
       —Sí señor. El ladrón vive en el hotel o está en el servicio.
       Entonces fue cuando saltó como si lo hubiera picado un bicho, y fue entonces cuando sus ojos dejaron de caber en sus órbitas.
       —¡Oh, imposible, imposible! ¡No diga usted tal cosa!
       —Bien. ¿Qué hora tiene?
       El pobre hombre ni siquiera sabía en qué muñeca llevaba el reloj. Estaba tremendamente asustado, no sé si por miedo al escándalo o por miedo a que hubiera algún misterioso asesino escondido entre los muebles.
       Eran ya más de las tres. Estaba tentado de despedir acremente al inútil manager, pero él se adelantó a mi intención:
       —El señor velará en la puerta hasta que amanezca —dijo.
       Y el pobre sirviente, tan asustado como puede estarlo un señor nervioso, me hizo guardia hasta que me levanté, por cierto bien tarde, porque ya acostado estuve cavilando sobre aquella extraña circunstancia que venía a colmar un día lleno de inconexas y al parecer conectadas aventuras.
       Acababa de desayunar —por cierto un desayuno de frutas tropicales que me agradó sobremanera y que desearía repetir ahora— y me disponía a encender un cigarrillo para pensar con calma sobre los sucesos pasados y sobre mis negocios futuros, cuando se me acercó un señor elegantemente vestido, solícito, verdaderamente amable.
       —Desearía, señor mío —me dijo en un inglés correctísimo— poder hablar con usted sobre la infeliz circunstancia de anoche. He sido comisionado por la dirección del hotel para atenderle debidamente.
       Me inspiró confianza el hombre. Era, a todas luces, el detective de la empresa, o el jefe del servicio de vigilancia, si es que contaba con más de una persona.
       —¿Quiere pasar al salón contiguo? —invitó él muy cortés.
       Allí, cómodamente arrellanado en un sillón amplísimo, mientras veía ascender el humo de mi cigarrillo, le fui explicando al detective lo ocurrido durante la noche. Me miraba con unos ojos inmóviles que molestaban. Me preguntaba cien veces a qué hora me dormí, si estaba seguro de no tener prenda alguna, documento o cosa de importancia, algo que pudiera interesar a un ladrón; si no tenía sospechas, si mi misión en Río no implicaba algún negocio secreto. Con una cara de zángano —que supongo que ésa sería la que yo tenía en tales momentos— le iba diciendo que no. El hombre se aseguró bien de la probable estatura del ladrón, de las escasas señas que yo le pude dar, y al fin me dijo finamente adiós, tan finamente como me había saludado.
       —Confíe en que encontraremos al ladrón. Nos interesa más que por nada, por averiguar qué móviles le llevaron a su habitación. Porque está patente que él perseguía algo especialísimo.
       —Pero no es para tanto —advertí—. Si bien no niego que estoy profundamente disgustado, confieso que quien fuera el que estuvo allí no se llevó nada.
       —No importa —sonrió el detective, y se fue haciéndome una reverencia muy llena de gracia.
       Pero estaba visto que yo había de tener en aquella hermosa tierra del Sur unas experiencias muy raras. Todavía no logro explicarme cómo no me volví loco.
       Esperaba que una ligera llovizna cesara, para lanzarme a la calle, deseoso de pasear a mis anchas por las amables rúas, y serían sobre las once de la mañana, cuando se me acercó muy solícito el manager diurno del hotel para preguntarme mi nombre y averiguar si era yo el del caso de la noche anterior. Todo cuanto preguntó fue en voz tan baja que apenas le oía. Estaba interesado en que nadie se enterara.
       Cuando le dije que sí, me pidió que lo acompañara. Fuimos a dar precisamente al salón donde había hablado con el detective por la mañana. Me esperaba allí un señor de alguna edad, bajito, humilde de aspecto, con la cabeza encanecida y unos abundantes bigotes enrojecidos por el tabaco.
       —El señor —me explicó el manager—, es el encargado jefe de la vigilancia del hotel. Sírvase exponerle su caso, si no lo tiene a mal.
       Aquella gente debió pensar que yo no estaba en mis cabales. El señor humilde, sobre todo, me miraba con profunda atención. Yo tenía la boca abierta y no podía hablar. Al fin estallé:
       —¡Pero si ya le expliqué el caso al detective!
       El manager saltó, no así el otro. Se quedó frío.
       —El que vino esta mañana a interrogarme —expliqué.
       El viejo sonrió muy levemente.
       —¿Podría decirme qué tipo era?
       Confuso, atolondrado, di las señas del hombre, pero me negué a seguir hablando sobre el robo ni sobre el engaño de que había sido víctima. Estaba corrido y avergonzado. Quería que me tragara la tierra.
       —Me voy esta misma semana —me decía mientras ellos parecían pensar en quién era el usurpador—; me voy tan pronto consiga el contrato de la Sao Paulo.
       —Señor mío —el viejo triste tenía una voz muy dulce—, a su alrededor se está moviendo algo que todavía desconozco. No tengo la menor idea; pero el robo de anoche, o la tentativa de robo, el engaño de hoy y alguna otra cosa que debe haberle sucedido de tan escasa importancia que usted no lo haya notado, son piezas de una sola máquina. Averiguaremos ahora de qué se trata.
       El viejo se sentó y extendió las piernas. Parecía un empleado que hubiera ganado su retiro; un buen padre de familia pobre.
       —¿No ha notado usted nada raro desde que está en Río? —preguntó mientras daba candela a su tabaco.
       —Desde luego —aseguré.
       Él me atajó:

       —Muy bien, señor mío. No diga una palabra, que las palabras inoportunas son tan peligrosas como las balas perdidas.
       Habían pasado diez días encantadores. Me iba enamorando cada vez más de Río; hacía relaciones, visitaba sitios encantadores… ¿Cómo se explica que diez días basten para olvidar ratos desagradables? Yo no había vuelto a ver a Rambao ni a John ni a Amelia, y como si jamás me hubiera ocurrido nada, iba olvidando los disgustos que me proporcionó mi primer contacto con Río.
       Una tarde plácida recibí un cable de mi casa de New York. Se me ordenaba pasar con urgencia a Montevideo. En la noche estaba ya a bordo de uno de los innumerables barcos que hacen la socorrida travesía Río- Montevideo-Buenos Aires. Parpadeaban las luces de la ciudad, a trechos ocultas tras los picachos que cierran la bahía. Un pasaje numeroso y vocinglero contemplaba el raro espectáculo. Yo pensaba en el negocio que estaba concluyendo en Río y que sin duda marchaba viento en popa y a ratos, como hacía siempre que me hallaba solo, pasaba revista a mis años idos. Me decía, con una insistencia tenaz, que toda una vida encaminada a producir dinero para vivir mejor o peor no era cosa realmente halagüeña. Cuando llegara a viejo, ¿qué iba a ser de mí, sin un afecto sobre la tierra, sin saber en qué emplear los dólares que guardaría sin duda en algún banco neoyorkino? ¿Cómo iban a discurrir mis últimos días, perdido en la ciudad imperial? ¿Qué había sido de tantos amigos como tuve, de tantos calurosos corazones fraternales que fueron desapareciendo en la voracidad de la urbe, perdidos para mi cariño?
       Más de seis veces, tantas como la vida me lanzó a las tierras del Sur, tuve iguales tormentos. Sentía que en ellas los hombres eran distintos de nosotros; que perseguían más la satisfacción espiritual que nosotros. Y siempre tuve miedo de estar enamorándome. Yo comprendía que éramos tan distintos como seres de mundos opuestos. Un pesimismo disociador se apoderaba de mí. El paisaje sensual; el mar que tiene una felina gracia de mujer; la música doliente; el mestizo triste; el negro sufrido: todo aquel ambiente opresivo y de doloroso fondo humano me dominaba en el lado sur, así como la alegría de vivir, el ansia de disfrutar, la locura infantil de la raza me dominaba en el norte.
       Estaba acodado en la barandilla, viendo y no viendo el confuso horizonte, oyendo y no oyendo los comentarios del pasaje cuando una mano pesada cayó sobre mi hombro y una voz familiar tronó:
       —Lewis, my dear!
       Me volví impresionado.
       —¿Qué diablos haces aquí, John?
       Pero me asombró verlo tan sonriente, tan sereno, y como tan despreocupado por ser más alto de la cuenta. Me miraba con un aire mortificante de superioridad y de suficiencia.
       —Primero, pedirte que me acompañes a un whisky; después, llevarte a saludar a mi mujer.
       —¿Mujer? ¿Pero te has casado, John?
       John puso ojos tiernos y se acodó en la barandilla. Su voz parecía grave de felicidad.
       —Casado, Lewis, no como tú, que andas a la ceca y la meca sin el apoyo de un cariño.
       No supe qué contestarle. Al mucho rato argumenté:
       —Hace diez días tú no tenías novia.
       —La tenía siempre, Lewis; desde hace años. Sólo que no la había encontrado. Reposaba en mi corazón. Era la esperada…
       La noche estaba tan propicia a confidencias de ese género, y era tal mi sentimiento de soledad, que no encontré desentonadas las palabras de mi desgarbado ex condiscípulo.
       —Querría que te explicaras mejor, John. ¿Te has sacado un premio, el pool del Derby, la lotería irlandesa?
       —Me he sacado la vida, Lewis, el amor, la paz y la seguridad.
       Nunca sospeché así a John. Me quedé mirándole fijamente.
       —Se ve que amas. ¡Cómo te has transformado en diez días!
       —El amor suele transformar en un segundo, porque él es la razón suprema del hombre.
       Me hallaba abrumado. Quise salvar la situación.
       —¿Vamos al whisky?
       —Vamos. Antes me hacía falta, ahora lo gozo como un subordinado de mi amor.
       Tomamos una copa. John se veía tan distinto, tan sereno, tan seguro, que me vi forzado a ser indiscreto.
       —¿Cómo caíste por estas tierras, John?
       —No sé, quizá el destino. Hemos de creer en el destino, Lewis. De estudiante me atraía todo lo del Sur; leía sin cesar. Después conseguí un puesto de importancia en una sociedad geográfica. Se organizó una expedición y no me explico cómo entré en ella. El caso es que del Pacífico salimos al Atlántico. ¡Figúrate, Lewis! Aquello fue algo inolvidable: desde el Momotombo hasta Pará… ¿Sabes lo que es verse de golpe transportado a los primeros días de la creación, juguete infeliz de las fuerzas de la naturaleza desatadas por doquier? Es algo inolvidable, Lewis… ¡Qué lástima que nosotros allá seamos como somos! ¿Colorado? ¿Middlewest? ¿Rocallosas? ¡Boberías, Lewis! Es aquí donde se comprende a Dios. La misma tierra parece vivir: créelo Lewis. La misma…
       —Explícame —le interrumpí— ¿Y no andabas tú atrás de una mina, de algo secreto? ¿Qué planos eran esos que mentabas tanto?
       —¡Ah! —John pareció despertar de pronto. Estuvo un rato alelado. Después se sirvió más whisky—. ¡Ah! Sería muy largo de explicar. En la selva nada te parece difícil ni real. Oí hablar allá a unos negros. Contaban de un pueblo perdido y del Dios de la Selva. Después consulté papeles. Hubiera jurado que existía y todavía no dudo del todo. Nada puede dudarse en estas tierras.
       —Bien; yo también he tenido noticias de tal Dios, pero tú ¿por qué te empeñaste en que yo tenía los papeles? ¿Qué papeles eran esos?
       —Es largo de explicar. Un periódico inglés anunció que salía para el Brasil un investigador alemán a esclarecer el sitio donde podía hallarse al Dios de la Selva, y que llevaba consigo documentos precisos. En Río había cinco o seis grupos tratando de conseguir lo que aquel alemán perseguía. Uno de ellos envió un hombre a New York, nadie logró averiguar quién, y ese hombre avisó desde Sao Paulo que los documentos venían en manos de un viajante americano. Supusimos que eras tú.
       No pude menos de sonreír.
       —¿Y qué diablos tenía yo que ver con ese Dios, John?
       —¿Qué sabía yo? Podías tener cuanto quisieras. Pero no hablemos de eso. Nadie conseguirá ya al Dios: es mío. Yo lo tengo.
       Me quedé mirándole fijamente.
       —¿Qué tú lo tienes? ¿Es posible, John?
       —Sí —aseguró seriamente—; lo llevo a Montevideo. Ven y lo verás.
       —Pero ¿cómo va a ser posible, John? ¿No dicen que es enorme? ¿Cómo ibas a poder sacar tal tesoro del Brasil?
       Bajamos a la segunda cubierta. Él iba con paso ágil.
       —Pues saqué ese tesoro con toda facilidad, Lewis, frente a las mismas narices de los vistas de Aduana. Todavía yo mismo no me explico cómo lo permitieron. Ven, por aquí.
       Confieso que yo empezaba a sudar. Estaba nervioso y precipitado. John parecía muy sereno. De pronto empujó una puerta y señaló:
       —He ahí el tesoro, Lewis. Míralo a tu gusto.
       Corrí casi enloquecido. Materialmente me tiré en el camarote.
       Y me detuve de pronto, anonadado: allí estaba el tesoro: Luisita. Sonreía con esa gracia de la raza que me había intrigado once días antes en la casa de Rambao.
       —¡Pero Luisita, John! ¿Y esto?
       Ella se levantó en un momento, me ofreció asiento, fue a buscar cigarrillos, se arregló el pelo.
       —Usted es el autor indirecto, amigo mío, puesto que fue quien nos presentó a la salida del “Cintra”. ¿Lo ha olvidado?
       —No, pero…
       Estuve cerca de una hora con ellos. Parecían realmente felices. John me explicó que trabajaría en Montevideo. El viaje, además, era de luna de miel. Cuando me despedía estuve tentado de llamarle y preguntarle si no había él tenido que ver con el intento de robo que se me quiso hacer. Quizá andaba buscando los papeles que se suponía iban conmigo. Además, mi antigua amistad me autorizaba a eso. Pero no quise turbar su felicidad.
       Me fui a dormir temprano. Todavía el pasaje charlaba en cubierta.

       Los dos o tres días siguientes a la noche en que tuve el raro encuentro con John, los pasé con cierta depresión espiritual. Me había impresionado el espectáculo de felicidad de mi antiguo condiscípulo; tornaba a sentirme abandonado. Pensaba en sus aventuras por la selva; en la locura de andar persiguiendo a un Dios fantástico, producto de la imaginación ardiente del negro, de la misma fastuosidad del ambiente americano.
       Después, con la preocupación de los negocios, con la observación del nuevo escenario en que me movía, lo fui olvidando. Un día, el mismo en que gestionaba mi vuelta, volví a verle. Me confirmó su absoluta felicidad, se tomó dos whiskies conmigo, y me dijo que se iba al interior, a hacerse cargo de una empresa de carnes.
       Torné a Río. Acababa de llegar al hotel, y apenas salía del baño, media hora después de haber dejado el barco, cuando fui solicitado por el manager. Entró haciendo mil reverencias. Se reía muy orondo.
       —Con toda probabilidad el señor creyó que nosotros habíamos olvidado el disgusto de que fue víctima en esta misma habitación. La empresa ha movido todos sus resortes y dentro de un momento estará usted en presencia del autor…
       —No —le atajé—; muchas gracias. Yo sé ya quién es el autor. Debe haber habido un error. Mil gracias, de todas maneras.
       Mientras el hombre me miraba asombrado yo pensaba en John y en Luisa, camino de los llanos del Paraná, jubilosos, dichosos por haber encontrado oportunidad de iniciar una vida nueva.
       —Gracias —repetí—. No fue más que una broma de un amigo.
       El hombre puso cara triste.
       —Lo sentimos, señor; sentimos que sea su amigo. De todas maneras, ya no hay escapatoria. Están acusados un hombre y una mujer y se hallan ahora aquí, esperando que usted los vea para ser entregados a la justicia.
       —¿Cómo? ¿A la justicia? ¿Pero los van a entregar? ¿Y a ella también?
       —No hay más remedio.
       Acabé de vestirme con toda prisa y me lancé abajo. ¿Qué derecho tenía el hotel ni qué derecho tenía nadie en tronchar la felicidad de aquellos dos muchachos enamorados? ¿Pero cómo era posible que los hubieran traído tan de prisa? ¿Por avión, quizá?
       —No les voy a acusar —pensé de camino—. Diré que nadie ha intentado robarme nunca. Haré quedar mal a esta gente. ¿Cómo voy yo a justificar ese mal al pobre John, que parecía tan feliz?
       —Por aquí señor —indicó el manager.
       Estaba nervioso; me sentía incómodo. El manager me señalaba un salón gris, de mediano tamaño.
       —¿Quiere usted esperar?
       Tomé asiento y encendí un cigarrillo. Nadie me haría desistir de mi propósito: diría que no era cierto.
       Un hombre entró: era el viejo detective con quien había hablado sobre el presunto robo.
       —Saludo, señor. Ya vienen —dijo al tiempo que se sentaba. Y en efecto, venían. Entraron un hombre y una mujer seguidos de dos señores hoscos. Al pronto no los distinguí. No quería alzar la cabeza. ¡Me avergonzaba verlos ante mí, acusados de tentativa de robo, él sobre todo, que no había estado buscando más que papeles inexistentes. Pero los vi. Y eran…
       ¡Eran Rambao y Amelia!
       Quise caer de espaldas. A él le sujeté por los brazos.
       —¡Pero amigo Rambao! —casi grité.
       Él me miró despectivamente, con una sonrisa desdeñosa.
       —Coger a un hombre como yo por una tontería como ésa —lamentó sin verme.
       Estalló una voz de vendedor de periódico:
       —¡O Journal! ¡Apresado el Dios de la Selva!
       Me volví rápido:
       —¿El Dios de la Selva? —pregunté.
       —Sí —sonrió el viejo detective—, y algo más que Dios de la Selva. Este hombre es el más audaz de todos los ladrones que ha dado el continente. Y he aquí a su bella cómplice. ¿Qué le parece? ¿Bella, eh?
       Pues salga y mire. Necesitamos más de doscientos policías para custodiarlos.
       Pero dos horas después, cuando me encontré suficientemente sereno para leer O Journal encontré que no era Rambao el llamado Dios de la Selva. Su prisión se comentaba en otro sitio, con todos los honores debidos. Lo que decía el suelto sobre el Dios de la Selva era otra cosa. Lo recuerdo bien:

    El gran naturalista alemán, Dr. Hans Spietchit, ha logrado apresar al Dios de la Selva. Se considera que quizá no puede conseguirse otro ejemplar vivo. Este tiene seis pulgadas de largo, y se cree sea una degeneración del plesiosaurio americano. Su nombre le viene del extraño parecido con un ídolo indio de la civilización agustina.

       Se están tomando todas las precauciones debidas para embarcar hacia Europa al extraño y valioso ejemplar.
       Sin mayores precauciones, yo tomé, dos días después, pasaje para el Norte.
       Todavía recuerdo la sonrisa afilada de Rambao, la voz de Amelia y el bonachón aspecto del presunto agente nazi.


Alma Latina
San Juan, Puerto Rico, 13 de agosto al 10 de septiembre de 1938




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