Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


El resguardo
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Cuando Tino se acercaba al sitio empezó a sentir angustia.
       —Vea —dijo—, me siento tembloroso.
       Tino tenía una cara ingenua, sin pelos; sonreía mucho y enseñaba los ojos hasta el fondo. El otro, en cambio, era flaco, velludo y torvo.
       —A la mujer no se le pone tanto caso —comentó brevemente.
       Tino inició una risita.
       —Eso dice usté ahora… Deje que usté la vea. ¡Una mata de pelo, y un andar!
       —Entonces no me diga que le tiene miedo.
       Tino empezaba a sentirse molesto.
       —Unq, unq; si no es eso. Es como que el corazón me da que ‘ta con alguno.
       —Se la quita.
       —¿Quién? ¿Yo?
       El otro, con su media risa cortante, insinuó:
       —A usté le jiede la sangre.
       Tino era muy calmoso y no se ofendía fácilmente.
       —Vea, amigo: me tiro con el diablo, no digo yo; pero ¿y si ella se quiere con otro?
       El compañero hablaba sordamente:
       —Yo no más por la mujer que me gusta peleo.
       —Usté como que tiene la sangre liviana —comentó Tino.
       —Ello sí —aprobó su amigo.
       Llevaban los dos el paso corto y sudaban. Pasaba ya del medio día. Ardía el sol de fuego sobre todas las cosas.
       —¡Diache de camino tan pelao! —se quejó el otro.
       Tendía los ojos rapaces, como escrutando las lejanías. Parecía disgustado siempre y tenía mal carácter; pero Tino lo quería porque sabía ser amigo.
       —Vea, Tino, usté se sentirá bien aquí, pero ni un triste bohío pa’ descansar… No juegue, Tino.
       —Échese ahí, si le pica el sol.
       Señalaba un palo de lana que sombreaba apenas la vereda.
       —Si usté quiere… —tentó el otro.
       Y se acomodaron en la sombra.

       Por primera vez, al cabo de tres años de estar juntos, a Tino se le soltó la lengua. Nunca había querido hablar de aquello. Además, su amigo no era gente de oír: le ayudaba si tenía mucho trabajo; le hacía tisanas si enfermaba; pero al tiempo de atender se resbalaba como los sagos.
       El amigo endurecía los ojos a medida que Tino hablaba. Con ellos fijamente clavados en el polvo del camino, las manos colgando entre las rodillas y el sombrero bocarriba, en la tierra, Tino lo veía inmóvil, impasible. Cuando Tino dijo que había salido por no matarlo un día, porque eso era como echarse encima al demonio, el otro le interrumpió:
       —¿Y qué tenía él más que usté?
       —¿Y no le dije ya —explicó— que su hermano era sargento? Por eso andaba comprometiendo a la gente, porque él, como hombre, no sirve. Pero se sentía apoyao con el hermano: figúrese, ¡sargento!
       Entonces el otro, sin decir nada, pero con el rostro apesarado, ’ como si de pronto se hubiera despojado de aquella sonrisa cortante, de aquellos ojos duros, de aquellos pelos crespos, de todo lo que lo hacía torvo e intratable, empezó a meterse una mano bajo la camisa, por el pecho. No miraba: no respiraba. Pareció encontrar lo que buscaba, dio un tirón y tornó a sacar la mano. La fue abriendo lentamente. Tino vio una diminuta saqueta negra en la palma, con dos hilos recién rotos.
       Mordiéndose los finos labios, el otro habló:
       —Vea: me lo consiguió en Barahona un papabocó, y dende que lo tengo ando seguro. El que anda con eso, ni lo ve enemigo ni lo corta cuchillo ni le da bala. Júrelo.
       Tino dijo:
       —Sí, mi taita tenía uno y nunca lo cortaron, por mucho pleito en que se vido.
       El otro extendió la mano y ordenó, con voz metálica:
       —Cójalo.
       Tino alzó los ojos.
       —¿Yo? ¿Y pa’ qué?
       —Cójalo, y si ese vagabundo se ha quedao con la mujer, quítesela. Y no se apure por el hermano, si anda con esto arriba.
       Al acabar de hablar le pasó el resguardo a Tino y se puso de pie.
       —Bueno, de aquí me devuelvo —dijo.
       También Tino se incorporó, muy asombrado.
       —¿Y no diba a pasar la noche en casa? —preguntó.
       El amigo se rascó la cabeza, como quien piensa.
       —Le dije que sí, pero por lo que veo usté vive retirao y dispués tengo que andar mucho, Tino. Abur.
       Se iba ya. De pronto Tino sintió miedo de verse sin él.
       —¡Mingo! ¡Mingo! —gritó.
       Anduvo hasta alcanzarlo, y entonces preguntó, atristado:
       —¿Me lo va a dejar? ¿Y usté?
       Mingo medio sonrió; pero ya de una manera amarga.
       —Yo lo tenía —explicó— porque tuve que malograr a un sinvergüenza. Pero ya eso se acabó. Ella se murió, hará como un año.
       —¿Quién? ¿Su mamá?
       —No, mi mujer. Era un amigo que me la ‘taba enamorando y me vi en el caso de tener que malograrlo, y como él tenía muchísima familia…
       Tino vio cómo aquellos ojos que siempre habían sido duros, fieros y concentrados, empezaron a enrojecer. Tal vez el sol. Estaban ellos dos solos entre el cielo y la tierra. A la distancia, remotas, las lomas.
       —Aburito, Tino —dijo Mingo.
       Tino cruzó los brazos. No pensaba ni sentía. Paso tras paso se alejaba el otro. El camino tenía un declive ligero, y lo vio irse hundiendo en él, como si le hubieran estado cortando las piernas poco a poco. De pronto tendió los ojos y se vio solo. Dejó caer la mirada en la sombra del palo de lana; tornó a ver el camino. Ya apenas el negro sombrero de Mingo sobrevivía al hundimiento. Ahora iría a su lugar sin el resguardo. Dijo que el difunto tenía muchísima familia… ¿Qué sería de Mingo? Echó a correr.
       —¡Mingo! ¡Mingo! ¡Ey, Mingo! —gritó.
       La voz repercutió en todo el sitio. Notó que el sombrero se detenía.
       —¡Mingo!
       Alzó un brazo y corrió. El sol alargaba su sombra en el camino.
       —¿Qué era? —preguntó el otro, todavía a distancia.
       —Que vea: que tal vé Teresa se haiga muerto ya. Yo ‘toy por no llegar —explicó.
       —Bueno. Tal vé.
       Volvió a cerrarse la cara del otro y echaron a andar juntos. Al rato, con voz sorda, Mingo pidió:
       —Déme eso, entonces.
       Tino le pasó el resguardo. Y se sintió alegre, como quien hace un bien.




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