Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


EL RIO Y SU ENEMIGO
(Más cuentos escritos en el exilio, 1964)



       Sucedió lo que cuento en un lugar que está más abajo de Villa Riva, en las riberas del Yuna. Cuando pasa por allí el Yuna ha recorrido ya muchos kilómetros y ha fecundado las tierras más diversas. Nacido en las fragosidades de la Cordillera, descendiendo en paciente y prolongada marcha docenas de lomas, el gran río llega al sitio de que hablo hecho un poderoso, aunque sereno mundo de aguas.
          Yo estaba pasándome unas vacaciones donde mi viejo amigo Justo Félix. Debía retornar el día siguiente a la Capital y pasaba la última noche en la sala de la casa –un vasto caserón de madera fabricado sobre altos pivotes para que el río no se metiera en las habitaciones cuando se desbordaba–. Nos hallábamos esa noche reunidos mi huésped, cómodamente sentado en una mecedora; su mujer, señora de pocas carnes y pelo blanco, que cosía en silencio; la hija menor de Justo, muchacha de cutis rosado y abundante pelo castaño, muy atrayente; dos nietos de Justo, Balbino Coronado y yo.
          La lámpara alumbraba pobremente y los rincones de la sala se conservaban en penumbras. Balbino se había sentado en una silla serrana. Yo había entrado desde el comedor y tuve que fijarme en él porque me quedaba justamente delante. Nunca le había visto, y aquella noche, tan pronto mis ojos tropezaron con él, sentí que me hallaba frente a un hombre de difícil personalidad. Él no levantaba los ojos. Muy seco, muy tieso en su silla, sólo se movía para escupir, cosa que hacía con frecuencia, tirando la saliva en el piso. De momento, tan rápidamente como un relámpago, sus ojos fulguraban despidiendo reflejos; era cuando miraba a la hija de mi huésped, la cual parecía sentirse molesta y no osaba levantar la cabeza. Yo pensé que eran novios disgustados o estaban a punto de serlo.
          Justo empezó a hablar de cosas interesantes, a contar cómo había él aprendido a cazar con machete los cerdos cimarrones que frecuentan los bosques y las faldas de la vecina Cordillera, y al conjuro de su voz le parecía a uno ver las escenas, vivir la misteriosa y profunda fuerza del monte que cubre ambas orillas del Yuna. Con buenas dotes de narrador, con descripciones sobrias y acertadas que llenaban su relato de interés, hablaba de una cacería en la que había tomado parte el año anterior y yo seguía el hilo de su historia sin mover un músculo, cuando vi a Balbino ponerse de pie, dar las buenas noches y tomar la puerta. Justo dejó de hablar, miró hacia el que se iba, después a su mujer y a su hija, y haciendo una mueca que lo mismo podía querer decir “¿qué ha pasado?” o “ya se fue ése”, se quedó silencioso y como preocupado.
          —Un hombre extraño –comenté para animar el momento.
          Justo movió la cabeza de arriba abajo.
          —Bastante –dijo por toda respuesta.
          La mujer de mi amigo hizo alguna pregunta sobre la administración de la finca y se enredó con su marido en una conversación doméstica. La muchacha alzó la cabeza, me miró y sonrió. Me pareció atrayente. Tenía los ojos limpios y aire saludable y vivaz. Hasta ese momento no lo había notado. Como creía que había algo entre ella y Balbino, hallé lógico que, si estaban disgustados, él se fuera con la cara de pocos amigos que llevaba, pues la muchacha bien valía un disgusto. Le dije algo, empezamos a hablar, y ya pasó Balbino a segundo plano. Por desdicha aquello duró poco. Los nietos de mi amigo no tardaron en irse a dormir; al rato la mujer de Justo hizo una señal a su hija, ésta pidió permiso, dio las buenas noches y madre e hija tomaron el camino de sus habitaciones. Nos quedamos solos mi huésped y yo.
          Hora llena de impresionante calma, aquella en que estábamos me infundía sentimientos de bienestar. Se oía el vago rumor del bosque y del río; la brisa de la noche pasaba por la arboleda vecina; desde la sala se veían cruzar los cocuyos iluminando la oscuridad y un coro de grillos parecía hacer germinar sobre la tierra una rara música de encantamiento.
          Esa era mi última noche en el lugar y quería disfrutarla. Sentía el deseo de hablar de Balbino Coronado, de saber algo de su vida, porque la verdad era que el hombre me había interesado; pero sentía también una especie de holganza espiritual que me impedía alzar la voz. Me levanté y me fui a la puerta.
          —Esta noche sale la luna temprano –dijo mi huésped a mi espalda.
          —Me gustaría verla en el río –dije.
          Entonces Justo me invitó a seguirle; bajamos los escalones y fuimos por una vereda estrecha hasta llegar a los guijarros que marcaban la orilla del Yuna.
          Una poderosa masa de árboles cubría del todo el agua y aquel sitio tenía un olor penetrante y suave a la vez. No hablábamos. Acaso Justo me llamaba la atención sobre alguna piedra o alguna rama que podía hacerme daño, pero yo apenas le oía. Me había entregado a disfrutar de la noche. La fuerza del mundo se sentía allí. Cantaba alegre y dulcemente el río, chillaban algunos insectos y las incontables hojas de los árboles resonaban con acento apagado. De pronto por entre las ramas enlazadas apareció una luz verde, pálida, delicada luz de hechicería, y vimos las ondas del río tomar relieve, agitarse, moverse como vivas. Todo el sitio empezó a cobrar un prestigio de mundo irreal. Los juegos de luz y sombra animaban a los troncos y a los guijarros y parecía que se iniciaba una imperceptible pero armónica danza, como si al son de la brisa hubieran empezado a bailar dulcemente el agua, los árboles y las piedras.
          Absorto ante la tranquila y maravillosa escena, estuve sin moverme hasta que Justo dijo que la luna se apagaba. Unas nubes oscuras que vagaban por el cielo la cubrieron lentamente. Mi amigo y yo dejamos el lugar, pero yo me sentía tan emocionado que no pude callarlo. Hablé del paisaje, del Yuna majestuoso, de la dicha que se gozaba viviendo allí. Justo me oía en silencio, igual que si jamás hubiera oído hablar así. Caminábamos muy despacio. Por momentos un rayo de luz atravesaba las masas de nubes y llenaba el sitio de claridad. Tomándome por un brazo, mi amigo empezó a hablar.
          —Al hombre –dijo– no se le puede entender. ¡Qué gran refrán es ése de que cada cabeza es un mundo!
          Me quedé esperando que dijera algo más, porque aquellas palabras no tenían aparente relación con lo que yo había dicho. El debió leerme la duda en la actitud.
          —Sí, amigo; sé lo que digo –siguió–. Aquí mismo tiene usted un caso. ¿Vio a Balbino Coronado, ese joven que estaba hace una hora con nosotros? ¿Sabe usted por qué tenía esa cara tan extraña?
          —Supongo –respondí– que andará enamorado de su hija y le molestó que ella no le pusiera atención.
          Mi amigo sonrió con suficiencia.
          —No, no es eso. Estaba así porque él siente las avenidas del Yuna.
          —¿Qué las siente?
          —O las presiente, si halla usté más justa esta palabra.
          Yo no pude evitar la mirada de asombro con que me fijé en Justo. Él pareció no darle importancia a ese gesto mío.
          —Usted –dijo– me ha hablado hace poco de la emoción que le ha producido el río, ¿no es así? Yo, en cambio, conozco a otra persona –Balbino Coronado– que siente por el Yuna un odio mortal, un odio que no puede tenerse sino por un hombre que nos ha hecho mucho daño.
          Me intrigaron las palabras de mi amigo.
          —Explíquese mejor –le pedí.
          En medio del patio había un tronco tirado. La tierra, los ranchos, las piedras del lugar adquirían un color grisáceo con la luz que llegaba a ratos del cielo. Todo parecía allí detenido. El lento vaivén de las masas de árboles que orillaban el río producía la impresión de que el patio iba deslizándose pausadamente por una pendiente fantasmal. Sobre las masas negras se veía el firmamento plomizo, y yo sentía que sólo la vida vegetal tenía razón de ser allí. El hombre estaba de más en el corazón silencioso de la noche. Tal vez influidos por ese sentimiento, mi amigo y yo habíamos hablado en voz baja, como si hubiéramos temido ser considerados intrusos en aquel sitio.
          —¿Quiere que nos sentemos en ese tronco? –preguntó Justo.
          Dije que sí con la cabeza. Mi amigo se sentó a mi lado, encendió un cigarro y empezó a hablar. Yo oía sus palabras, que sonaban apagadas. Explicaba él que dos veces por año, y una cuando menos, el Yuna recibe agua en las cabezadas y empieza a crecer. Poco a poco va descendiendo de la Cordillera más veloz, más ancho, y acaba bajando con un caudal imponente. En esas épocas el río llega a las llanuras tan cargado de agua que se sale del cauce; los vividores de esos parajes no hacen nada que no sea ver cómo el Yuna va adueñándose lentamente de toda la extensión, metiéndose por las tierras sembradas, inundando las sabanas y los sitios más bajos. En ocasiones las avenidas son violentas y entonces se oye el río rugir día y noche y se ven las masas de agua que descienden iracundas, negras, y asaltan los barrancos más altos y ganan en marchas impetuosas los altozanos donde la gente fabrica sus bohíos. Cuando ocurre eso el desborde arranca árboles de cuajo, arrastra viviendas y animales, se lleva pedazos enteros de conucos, porque el agua cava la tierra y la deshace. Las familias que viven en las márgenes suben a los lugares altos llevándose consigo los cerdos, las gallinas y las vacas. Desde su casa, Justo había visto en alguna de esas inundaciones kilómetros y kilómetros de agua esparcida sobre la tierra y en una ocasión su familia había estado días enteros sin poder salir de la vivienda porque el río se había metido hasta allí mismo y golpeaba sin cesar los pivotes de ojancho que sostenían la casa.
          —Conozco el Yuna –aseguraba mi amigo– como si fuera una persona, y siento por él gran cariño porque sé que esas avenidas fecundan toda la región. En cambio, Balbino Coronado lo odia a muerte.
          Mi amigo calló. Yo seguí un momento imaginando cómo sería aquel sitio ocupado por las aguas desbordadas.
          —¿Y por qué lo odia? –pregunté al cabo.
          —Mire, hasta hace tres años Balbino Coronado era dueño de tierras, bien pocas por cierto, unas quince tareas, pero él las aprovechaba como nadie; las tenía sembradas de cuanto puede dar un conuco pequeño. Al parecer le había costado mucho trabajo adquirir esa pequeña propiedad. Estaba situada a la orilla del río, cerca de aquí, detrás de ese monte que se ve a nuestra espalda, vino el Yuna crecido por este tiempo, dos años atrás y le comió la tierra en una noche. Al otro día el conuco de Balbino Coronado era cauce del río y todavía pasa por ahí. El muchacho casi se volvió loco y para mí que desde entonces no anda bien de la cabeza.
          La historia era curiosa. Quise saber más, y mi amigo me dijo que muchas veces había hallado a Balbino en el sitio donde había estado su conuco mirando con ojos desorbitados el majestuoso e indolente río.
          —Hace un rato –explicó– cuando lo vi a usté quedarse extasiado a la orilla del Yuna, yo pensaba en Balbino, para quien el río no tiene nada de bello. Por eso le dije que cada cabeza es un mundo.
          —Es raro –terminé yo por todo comentario.
          Mi amigo chupó dos o tres veces su cigarro, miró hacia el cielo y habló algo de posibles lluvias; después se puso de pie.
          —Vamos a dormir –dijo–. Mañana tiene usté que irse y debemos madrugar para arreglar el viaje.
          Detrás suyo tomé el camino de la casa, y todavía desde la puerta contemplé un momento el dormido paisaje. Cruzando a toda marcha enormes nubes oscuras, la luna se entreveía en la altura. Antes de dormirme pensé un poco en Balbino Coronado. Extraña historia la suya. Lamenté no haberlo conocido antes; hubiera tratado de intimar con él, de estudiarlo; pero no lo pensé mucho porque me fui durmiendo rápidamente.
          Muy temprano sentí voces cerca de mi habitación. Me levanté a toda prisa pensando que tal vez era tarde, y al abrir la puerta vi a Balbino gesticular airadamente al tiempo que decía cosas ininteligibles. Justo estaba frente a él y le miraba fijamente.
          —Cálmate, Balbino –dijo.
          Me acerqué a ellos. Con las manos clavadas en los hombros de Justo, el otro tenía los ojos desorbitados, luminosos e impresionantes; su faz era agresiva y al parecer, Balbino padecía de angustia.
          —¡Vuelve, le digo yo que vuelve! –aseguraba.
          Se comprendía que estaba desesperado, pero yo no sabía debido a qué. Entre su aspecto y el de un loco no había diferencia alguna. Mi amigo lo tomó por la cintura y se lo fue llevando de allí. Iban a salir ya del comedor cuando llegó la hija de Justo. Súbitamente, Balbino se detuvo y bajó la cabeza. Con una voz dulcísima ella le increpó:
          —¿Cómo es eso? ¿Es que no vas a hacerme caso?
          Balbino no se movía. Yo me hallaba confundido y hubiera jurado que aquel hombre se había ruborizado.
          —Vete a la cocina –ordenó con suavidad la hija de mi amigo– y que te den desayuno.
          Silencioso y como humillado, Balbino se alejó sin alzar la cabeza. La muchacha le miró, después volvió los ojos al padre y movió las manos como quien lamenta algo.
          —Sólo le hace caso a ella cuando está así –pretendió explicarme Justo.
          —¿Así? ¿Qué quiere decir?
          —Es la avenida. Cree que el Yuna va a crecer hoy.
          —¿Crecer hoy? No me parece.
          Justo sonrió.
          —Usté no se va, amigo. Balbino nunca ha fallado en eso.
          —¿Y qué tiene que ver mi viaje con el Yuna?
          —¿Pero no se lo expliqué anoche? ¿Cómo va usté a cruzar ese río si se bota?
          Hablando nos sentamos a desayunar. Los nietos de mi amigo charlaban y contaban episodios de los desbordes. A poco empezó a llover y no me fue posible poner un pie fuera de la casa. A través de la ventana vi el patio lleno de agua. La hija de Justo se adormecía con el canto de la lluvia.
          —El pobre Balbino se vuelve loco de ésta –aseguró.
          Molesto con el fracaso de mis planes, me fui a la habitación y estuve acostado hasta mediodía. A esa hora la lluvia parecía menos fuerte. Debajo del piso gruñían los perros y cacareaban las gallinas. Ráfagas de viento sacudían los árboles cercanos.
          Todo el mundo en la casa demostraba cansancio y sólo el más pequeño de los nietos de Justo parecía contento por la proximidad de la inundación. Los peones que entraban de rato en rato no decían palabra y el ambiente estaba cargado de preocupación.
          A la caída de la tarde la lluvia había cesado del todo. Yo estaba en la galería, viendo cómo unos patos se solazaban en las charcas, cuando vi a Balbino entrar a saltos y cruzar ante mí sin darse cuenta de mi presencia. Con todo el pelo caído sobre la frente, más nervioso que por la mañana, con los ojos más fúlgidos, Balbino tomó a Justo por un brazo y le dijo:
          —¿No oye como viene roncando ese maldito?
          Justo le miró con seriedad.
          —Deja eso ya –ordenó secamente–. Yo no oigo nada. Son cuentos tuyos. Además, Lucía está ahí y te va a regañar.
          Balbino pareció impresionado; empezó a irse, pero de pronto se volvió.
          —¡Y lo mato; si crece lo mato! ¡Le juro por mi madre que lo voy a matar!
          La voz de Lucía se oyó en la sala y como si lo hubieran conjurado, Balbino echó a correr hacia los escalones, los bajó a saltos y se perdió en el patio. Yo pensé que estaba al borde de un ataque de locura.
          La noche cayó rápidamente. Pasamos las primeras horas en la sala, hablando de temas variados. Cuando la familia se fue a dormir quise ver desde la galería el espectáculo de la naturaleza triste. Un cielo plomizo, como lleno de humo, clareado por la luna –a la que ocultaban nubes pesadas– se extendía agobiador sobre todo cuanto los ojos dominaban. En el patio brillaba a trechos el agua aposada.
          —¿Quiere que bajemos a ver cómo está el río? –preguntó Justo.
          Yo no tenía interés en ir, pero me sentía dispuesto a dejarme llevar. Tomamos un atajo que no era el mismo por el cual habíamos pasado la noche anterior; caminamos un rato largo, orillando la masa de árboles, y de pronto, en un recodo, nos sorprendió el horizonte amplio. Estábamos en un sitio sin vegetación, una especie de vasta playa guijarrosa. Allí curvaba violentamente el río, yéndose hacia el oriente, y desde nuestro lugar podíamos ver una llanura pelada que se extendía sobre la margen opuesta y que parecía terminar en lo que debían ser las primeras estribaciones de la Cordillera.
          Del Yuna se elevaba un rumor sordo, que agobiaba como una amenaza. Aparentemente el río era tranquilo en ese sitio. Desde donde estábamos la playa iba en descenso y dos metros hacia abajo el agua golpeaba con vago murmullo. La luz confusa de aquella noche se tendía sobre el paisaje. Los árboles que se alcanzaban a ver hacia la izquierda y la derecha lucían mustios, inmóviles, y despedían un brillo apagado. Silencioso y serio, Justo parecía vigilar la amplia masa líquida que susurraba a nuestros pies. De pronto me tomó un brazo y señaló hacia el recodo de donde surgía el río.
          —¡Mire, mire! –dijo.
          Yo traté de ver y no acerté a dar con lo que inquietaba a mi amigo.
          —¡Mire, mire cómo viene el condenado!
          Temblorosa de emoción o de miedo, su mano señalaba con mayor vigor al tiempo que la otra se clavaba en mi brazo. Entonces observé con detenimiento. De súbito creí oír un murmullo creciente, que iba haciéndose más fuerte por segundos. Atendí con toda la atención de que soy capaz. De golpe vi un lomo de agua parda que rodaba sobre el río y se lanzaba rugiendo en la que parecía plácida superficie; lo vi avanzar, descender y tornar a levantarse; lo vi hirviendo, arrojando espumas rojizas; lo vi rascar con furia las márgenes; lo vi agitarse, sacudirse, encresparse como una persona poseída de un frenesí. Troncos y animales llegaban coronando una ola, y tras esa llegó otra y después otra y a poco otra más. Ya el agua estaba a un metro de nosotros. Aquel líquido vivo empezó a esparcirse en la llanura que teníamos enfrente y a los pocos minutos todo el recodo donde se agitaban los pendones que crecen en las playas era lecho del río, y los pendones iban desapareciendo rápidamente bajo el seguro avance.
          Yo estaba asustado, lo confieso. Veía salir el agua del recodo y la veía adueñarse del lugar. Pensaba en la noche anterior, tan dulce, tan hechicera, y pensaba también en los campesinos a quienes la inundación arrebataría cerdos y reses y arrojaría de sus casas. Sin decir palabra, Justo observaba, tan atento como yo.
          Ignoro cuánto tiempo estuvimos allí. Mi amigo debió cansarse porque me pidió que nos fuéramos. Yo hubiera deseado contemplar un rato más aquel turbio paisaje que a mi juicio debía tener mucho parecido con los de los primeros días de la creación. La vaga luz lunar sobre la extensión ahogada, el sordo rugido del río y su golpear incesante en el barranco, y el triste aspecto de la vegetación daban la impresión de que toda la naturaleza estaba empavorecida, así como la noche anterior me había parecido que hasta las piedras transpiraban paz.
          Nos fuimos de allí oyendo el rumor amenazante. Justo iba hablando de lo que esperaba a la gente de las cercanías y nos aproximábamos a la casa eludiendo las charcas cuando de repente surgió de las sombras una figura humana que pareció confundida al vernos. Pero su confusión duró apenas segundos. En brusca arrancada, el que fuera echó a correr y los perros se lanzaron tras él, ladrando con vehemencia.
          Durante un momento no supimos qué hacer. De pronto Justo se volvió, me sujetó por una manga de la camisa y gritó:
          —¡Corra!
          A seguidas emprendió una carrera loca tras la sombra que huía. Mi impresión fue grande. No acertaba a darme cuenta de lo que estaba pasando.
          —¡Corra! –tornó a gritar Justo.
          ¿Qué sentí? No fue valor ni deseo de luchar; lo sé, y no me engaño ni trato de engañar a nadie. Lo que tuve fue vergüenza de que a mi amigo le sucediera algo estando yo allí, y acaso miedo de verme solo en aquel lugar y en aquella noche fantasmal. Corrí también, corrí como quien huye de alguna amenaza; vi a Justo meterse en la oscuridad de la masa de árboles y le seguí sin saber por qué. Sentía el viento en mis oídos y los tenaces gritos de los perros me torturaban y me angustiaban. La sombra que perseguíamos cruzó por una pequeña zona de luz que dejaba un claro entre los árboles. Con increíble rapidez yo pensaba que el que fuera podía esconderse entre el bosque y esperar el paso de Justo para herirle a mansalva.
          —¡Justo, Justo! –grité con la pretensión de advertirle que se cuidara.
          Pero no me oía. Calculé que estábamos cerca del río, acaso a veinte metros. Se distinguía ya el rumor del agua, aquel sordo murmullo que levantaban las olas; y de súbito vi el Yuna a través de los troncos, y vi la borrosa figura lanzarse al cauce blandiendo en la mano derecha un hierro que en la confusa claridad despedía reflejos siniestros.
          —Justo, Justo! –torné a gritar.
          Pero ya era imposible que me oyera. La voz apenas me salía. Me ahogaba y el corazón quería salírseme del pecho. Los condenados perros se acercaban al agua y aumentaban su furioso ladrar. Otros perros contestaban desde los sitios cercanos. A pique de llegar a la orilla oí a Justo lanzar voces coléricas.
          Y cuando, frío por el esfuerzo, agotado, casi a punto de caerme, desemboqué en el pequeño claro donde pensé que estaba Justo, vi en medio del agua a un hombre que se debatía entre las oleadas y que lanzaba machetazos a la superficie del río. Lo que se distinguía de su rostro –la mirada brillante y el gesto duro de la boca– daba la impresión de que era agitado por una cólera que ningún hombre corriente podía sentir. Por encima del rugido del agua oía su voz.
          —¡Maldito, río maldito! –exclamaba.
          Desde la orilla, yo llamaba a Justo a gritos. Otro lomo de agua se acercaba rugiendo a aquel hombre que se retorcía y se agitaba en medio del Yuna. Vi el agua acercarse a él hirviendo, espumeando, enrollándose, mordiéndose a sí misma. Aquella mole pardusca avanzaba de una orilla a la otra, y las piedras de las orillas saltaban como hojas y el barro se deshacía al contacto con aquella fuerza ciega. Vi el agua acercarse y vi el gesto de ira que endureció por última vez las facciones del hombre. Todavía alzó el machete una vez más, y un tronco que rodaba llevado por la corriente se interpuso entre él y mis ojos. Justo Félix, que había legado a mi lado, gritó, haciendo rebotar el grito de orilla en orilla.
          —¡Balbinoooo… Sal, Balbinooooo!
          Pero Balbino no salió.
          Cinco días después, cuando bajó la crecida, se vio que el cauce del río había cambiado y las quince tareas de Balbino Coronado habían quedado libres de agua y listas para levantar un buen conuco. Sin embargo, hasta donde me informaron, se quedarían sin dar fruto porque Balbino Coronado no tenía quien lo heredara.




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