Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


EL SOCIO
(Más cuentos escritos en el exilio, 1964)



      Justamente a una misma hora, tres hombres que estaban a distancia pensaban igual cosa.
          En su rancho del Sabanal, Negro Manzueta maquinaba vengarse de don Anselmo y calculaba cómo hacerlo sin que el Socio se diera cuenta de lo que planeaba; en la cárcel del pueblo Dionisio Rojas cavilaba cómo matarlo, tan pronto saliera de allí, y de qué manera se las arreglaría para que el Socio no saliera en defensa de aquel odiado hombre; en su bohío de la Gina, sentado en un catre, el viejo Adán Matías apretaba el puño lleno de ira porque no hallaba el medio de matar a don Anselmo sin que el condenado Socio se enterara y pretendiera evitarlo.
          Boca arriba en su barbacoa, el Negro Manzueta fumaba su cachimbo y meditaba. No veía cómo recobrar sus tierras. Los agrimensores llegaron con polainas y pantalones amarillos, con sombreros de fieltro y espejuelos; cargaban palos de colores y un aparato pequeño sobre tres patas; estuvieron chapeando, y aunque él sospechó que en nada bueno andaban, se quedó tranquilo para no tener líos con la autoridad. Además, ¿qué miedo iba a tener? Esas tierras eran suyas; el viejo Manzueta las había comprado a peso de título, las heredó el hijo del viejo –su taita–, y luego él.
          Don Anselmo estuvo un día a ver el trabajo de los agrimensores y llegó hasta el rancho.
          —Andamos aclarando esto de los lindes, Manzueta –dijo.
          Y el Negro Manzueta no respondió palabra. Estaba contento de que lo visitara don Anselmo, el dueño de medio mundo de tierras. Estuvo observándole la mulita, inquieta como mariposa.
          —¿Esa fue la que trajo en camión de San Juan? –preguntó.
          Don Anselmo no debió oírlo; miraba gravemente el trabajo.
          —Bájese pa que tome café, don –invitó el Negro.
          El visitante no quiso bajarse porque andaba apurado. Apurado… Lo que pasaba era que le remordía la conciencia. Le quitó sus tierras, así como si tal cosa. Los agrimensores hablaron hasta decir “ya”, y el Negro Manzueta se negó a entender explicaciones. Él sólo sabía que desde la quebrada del Hacho para arriba todo era suyo, y lo demás no le importaba.
          Tuvo que importarle, sin embargo. Un día llegaron los peones –ocho, armados de colines, y el capataz de revólver– y tiraron la palizada a la brava. Bueno… Para algo un hombre es un hombre, y fuera de esas tierras que le habían quitado el Negro Manzueta no tenía casi qué perder. Pegado de su cachimbo, cavilando, veía entrar las sombras en su mísero rancho. En la puerta, flaco y torvo, el perro cazaba moscas; afuera la brisa hacía sonar las hojas de los plátanos. Un tórtola cantó, sin duda en el roble de la vereda.
          —Hay que arreglar primero lo del Socio –se decía Manzueta mientras, rehuyendo las durezas de los varejones, daba vueltas en la barbacoa.
          Vueltas estaba dando también en su camastro Dionisio Rojas. El pueblo se hallaba a decenas de kilómetros del Sabanal, hacia el sur, y la cárcel quedaba en una orilla del pueblo. A dos días de su libertad, Dionisio Rojas no dejaba de pensar en la maldad que le habían hecho. No se trataba de la res, y él lo sabía bien como lo sabía don Anselmo; se trataba de la vereda que pasaba por su conuco. Don Anselmo tenía necesidad de esa vereda porque le acortaba la distancia de sus tierras a la carretera. Su hermano estaba dispuesto a entrar en arreglos, pero él no, y por eso inventaron lo de la res. ¿Cómo lo hicieron, que ni los perros se dieron cuenta? Dionisio llegó a pensar si su hermano no había estado en la combinación. Dijeron que la res se había perdido, llegaron al bohío y se pusieron a investigar. Hallaron la cabeza y las patas enterradas en el patio, y más adentro, en pleno conuco, el cuero. ¿Por qué los perros no desenterraron esas cosas para comérselas? Dionisio no lograba averiguarlo. Era para morirse de tristeza. ¡Lo habían hecho pasar por ladrón, a él, Dionisio Rojas, un hombre criado tan en la ley, un hombre de su trabajo! don Anselmo tenía que pagar su “acumulo”.
          La tarde caía velozmente y desde su camastro podía el preso ver el río, que rodeaba la cárcel por el oeste. En chorro impetuoso, las sombras iban metiéndose en las aguas, ennegreciéndolas.
          Así ennegrecían esas mismas sombras las aguas del arroyo en la Gina. El lugar –tres docenas de bohíos desperdigados bajo los palos de lana o en los riscos del arroyo– estaba al oeste del pueblo, a un día de camino en buen caballo. Allí, sobre el catre, pasándose la mano por la cabeza, casi arrancándose los pelos, estaba el viejo Adán Matías. Era bajito, flaco y rojo. Su bigote cano temblaba cada vez que él batía la quijada. Por momentos se ponía de pie, recorría el cuartucho a grandes pasos y volvía a sentarse. Su hija Lucinda se asomaba a la puerta.
          —Tranquilícese, taita. Dispués con calma se arregla eso.
          Pero también Lucinda estaba triste y lloraba a escondidas. El viejo, que lo sabía, se llenaba de cólera.
          —Ella tiene la culpa, taita –pretendía alegar Lucinda.
          —¿Culpa ella, una criaturita sin edá pa saber lo malo?
          Cuanto más se le hablaba, peor se ponía el viejo. Iba y volvía por el cuartucho, se sentaba, se paraba, agarraba el machete. Al fin pareció haber resuelto algo.
          —¡Lucinda! –llamó a la hora en que la noche cerraba sobre el monte– ¿usté cree en eso del Socio?
          Con los ojos hinchados de llorar, la hija habló desde la puerta:
          —¿Y cómo no voy a creer, taita? Si no fuera asina, ¿cómo le diban a salir bien las cosas a ese hombre?
          El viejo no le quitaba la mirada de arriba.
          —¡Po conmigo se le acaban el retozo a él y al Socio! –tronó; y volvió a sentarse, a pasarse la mano por la cabeza, a batir la quijada.
          Aunque hiciera preguntas, también Adán Matías creía como su hija, y nadie ponía en duda lo que se decía de don Anselmo. Quince años antes ni Anselmo le llamaban, sino Chemo. Era feo y antipático, con su perfil rapaz, de nariz corva y mentón duro, con su frente pequeña y sus ojos de hierro. Andaba siempre de prisa, con un gran tabaco en una esquina de la boca y levantándose los pantalones a cada paso. A los que dependían de él no les hablaba sino que les daba órdenes. Consiguió unas tierras en La Rosa, a precio de nada, y sin que se supiera cómo ni cuando empezó a echar palizadas hacia afuera. Fue por esos días cuando hizo su trato con el Socio. Eso ocurrió en la Loma del Puerco, y aunque el acuerdo se llevó a cabo en secreto, al poco tiempo todo el mundo conocía el trato. La sospecha comenzó cuando en el sitio observaron que don Anselmo no perdía cosecha ni por sequía ni por lluvia, que los hombres más hombres no le pedían cuenta por llevarles las hijas, que la viruela respetaba sus gallinas y el dandí no les daba a sus puercos, que sus gallos ganaban las peleas peor casadas, que las vacas le parían hembras todos los años, que a ninguno de sus caballos le daba la jaba o la cucaracha. Pero con todo, la verdad absoluta no podía saberse porque don Anselmo tenía su malicia para hacer las cosas.
          Y el don sabía darse gusto. Levantó en La Rosa una casa enorme, de dos pisos y con galería amplia. Abajo se fueron arrimando bohíos de peones y encargados, y entre las muchachas de esa gente iba él escogiendo.
          —Dentro de dos años me guardan ésta –decía.
          Usaba automóvil y tenía luz eléctrica, nevera y fonógrafo. Vivía a sus anchas. Todo le salía bien. Igual que si fueran hombres, las palizadas se mantenían anda que anda, siempre hacia afuera, ampliando la propiedad. Una tropa de peones se encargaba de sembrar los postes y tirar el alambre, y durante el año entero aquello tropa vivía ocupada. Llegó el día en que sin salir de las tierras de don Anselmo podía irse de Hincha a Rincón, flanqueando la cordillera y sin tener que repechar una loma. Entre las cercas había leguas de potreros, plátanos y cacaotales, extensiones enormes de maíz y de piñas.
          Hubo años en que el don agotó la cosecha de muchachas de La Rosa, y entonces se iba a otros lugares y las pagaba en lo que pidieran. Las admitía de cualquier color, siempre que fueran tiernas; pero las prefería trigueñas, como la nieta de Adán Matías.
          Le gustaban trigueñas como le gustaba la tierra con aguadas, igual a la del Negro Manzueta. Y estaba acostumbrado a que todo el mundo cediera ante él, por las buenas –con su dinero– o por las malas, como tuvo que ceder Dionisio Rojas.
          Y al hablar del Negro Manzueta, conviene decir que se había despertado muy contento.
          —¡El gusto que me voy a dar! –dijo en alta voz al echarse de la barbacoa.
          Con las costillas casi fuera del cuerpo y las ancas puntudas, el perro aguardaba órdenes.
          —¡Ajila por ái, Tiburón, que hoy arreglamos eso de la palizá! –gritó Manzueta.
          Salió al claro y se entretuvo en ver cómo de los árboles cercanos se levantaban bandadas de ciguas y cómo el sol vidriaba las pencas de las palmas; después se puso a recoger chamariscos, y al rato, ya sudado, se dio una palmada en la frente.
          —¡Anda la porra! –dijo asombrado–… Si la cuaba arresulta mejor.
          Diciendo y haciendo. Se metió en el bohío, cogió una hacha y un machete y seguido por el perro tomó el camino de la loma. Llegó pasado el mediodía. El sol era candela. El Negro Manzueta subió sin fatigarse y allá arriba empezó a darle hacha a un pino mediano. Estuvo hasta media tarde sacando astillas de cuaba, después gastó media hora buscando bejucos, amarró las astillas y bajó, con ellas al hombro y el perro pegado al pie.
          Sin darle descanso al cuerpo y muy contento por lo que iba a hacer, Manzueta se entregó a una curiosa faena: al lado de cada poste fue colocando una astilla, y a veces dos, clavadas en la tierra. Al caer la noche había andado no sabía cuánto; luego empezó el camino al revés, dándoles candela a las astillas. Así, a la hora en que allá en el pueblo el sacristán tocaba las Ánimas, en El Sabanal podía verse una hilera de postes ardiendo y a Manzueta corriendo de poste en poste, con una tea en la mano.
          Aquella móvil y alegre línea de fuego subía cerros, bajaba hondonadas, atravesaba pajonales. Todo el monte se iluminaba con la demoníaca siembra de Manzueta. El perro ladraba mientras, crepitando y crispándose, se chamuscaban las hojas de los árboles cercanos.
          Nadie veía aquello; nadie, por tanto, sabría nunca la verdad. Las llamas iluminaban la sonrisa del Negro Manzueta; los ladridos de Tiburón atronaban, contestados a la distancia por otros; el alambre caía a trechos, enrojecido por las llamas, y la cerca levantada por los peones de don Anselmo no tardaría en irse al suelo. Mientras tanto el fuego seguía extendiéndose, creciendo cada vez más, y los platanales y los ranchos de tabaco se dañarían o arderían. El Negro Manzueta se hallaba contento.
          —¡Que venga a salvarlo el Socio! –gritaba lleno de orgullo al tiempo que seguía sembrando fuego.
          Pero el Socio sí fue. Sopló de pronto un viento inesperado que subía del arroyo, y arrancó chispas a las llamaradas. El Negro Manzueta vio las chispas volar en dirección de su conuco y pensó en sus plátanos y en su rancho. Mas se rehizo pronto y volvió a sentirse alegre.
          Sin duda también el viento estaba contento. Sopló más fuerte, mucho más, y de súbito la candela se extendió sobre un pajonal; caminó como viva, a toda marcha, hacia el conuco de Manzueta; anduvo de prisa, y en pocos segundos hizo una trocha roja, cárdena, coronada de humo negro. Manzueta la vio y subió a su rancho. El perro ladraba. El hombre vio la llama henchirse de pronto, alzarse y caer de golpe, llevada por la brisa, sobre las yaguas de la vivienda. El Negro corrió más.
          —¡Ah candela maldita! –rugía.
          Con el machete en la mano, revolviéndose airado, cruzó y se metió en el rancho. Estaba como ciego de la cólera. Golpeaba con el arma. Allá iba la candela metiéndose entre el tabaco! Golpeó más y más. Fue entonces, sin duda, cuando sin saber qué hacía dio con el machete en el varejón de arriba. Inesperadamente se derrumbó el techo, y las yaguas encendidas y los maderos echando llamas le cayeron encima sin que él pudiera defenderse. Saltó y quiso huir cuando notó que la camisa le llameaba. Debió tropezar con algo, y cayó. El perro gritaba y él hubiera querido que se callara. El ardor en la cara y en el vientre era insoportable. ¡Y la candela metiéndose en el conuco! Ahí, en tal momento, pegado a la tierra, impotente, el Negro Manzueta creyó ver el origen de aquella desgracia. Alzó la cabeza, aterrorizado y frío de miedo.
          —¡El, él! –barbotó.
          La idea sacudió al hombre de arriba abajo. Su miedo se hizo súbitamente tan grande que le impedía moverse. Suplicante, casi llorando, logró decir:
          —¡Fue él! ¡En el nombre de la Virgen, fue el Socio!
          Voraz e implacable, el fuego consumió en poco tiempo la propiedad de Manzueta; pero afuera, en las tierras de don Anselmo, nada habría de pasar. Mientras las llamas se entretenían con lo del Negro, arriba, en el cielo, se presentaron nubes inesperadas que encapotaron la noche y a poco empezó a caer un chaparrón violento que hacía chirriar los postes carbonizados al apagar los troncos encendidos.
          Por la mañana encontraron al Negro Manzueta lejos de su rancho. Había ido arrastrándose hasta el camino de La Jagua, seguido por el perro, que se adelantaba en carreras múltiples y veloces y ladraba sin cesar.
          Mirando al hombre, una vieja chiquita, flaca y de rasgos duros dijo:
          —¿No ven? Eso ha sío el Socio.
          Con ojos de asustado, un negro manco que tenía una cicatriz en la frente murmuró:
          —Sí, fue el Socio.
          —¡Fue el Socio, el Socio! –aseguró la voz de centenares y centenares de personas, mientras en toda la región se comentaba el suceso.
          Exactamente a la hora en que entraban al pueblo al quemado Negro Manzueta, ponían en libertad a Dionisio Rojas. Con un paquetito de ropa al hombro, sin un centavo encima, Dionisio se detuvo a mirar la inmensidad del cielo.
          —Bueno, al fin llegó mi hora –dijo. Y echó a andar.
          Dando pie, se halló en el lugar a medianoche. Había luna. La tierra negra, desnuda y bien barrida hacía resaltar el color blanco de la vivienda. Dionisio contempló con cierta amargura el paisaje familiar y se puso a pensar. ¿Dormirían su hermano y su cuñada? Los perros alborotaron, pero al reconocerlo se tiraron contra el suelo, blandiendo los rabos.
          Viendo el bohío, la rabia endureció todo el cuerpo de Dionisio. En seis meses ni su hermano ni su cuñada fueron a verle. ¡Daban ganas de escupirlos a los dos! ¿Llamar? ¡No! Se fue a dormir en la enramada, sobre unas esterillas viejas.
          Despertó bien temprano y se dirigió al portón. Vio el conuco desperezarse a la brisa del amanecer, vio las calandrias cruzar en dirección del monte, vio las gallinas bajar de los palos. Nada le alegraba. De pronto oyó ruido a su espalda y se volvió. El hermano estaba en la penumbra del bohío, mirándole con ojos duros. Dionisio se tiró de las trancas, donde se había sentado, y caminó hacia el bohío. El otro ni se movió.
          —Como que se azora de verme –dijo Dionisio.
          —Ello sí. No sé a qué viene.
          Sujeto a la puerta, su hermano parecía su enemigo. Oyó a la mujer exclamar desde adentro:
          —¿Adió…? ¿Y es Dionisio?
          Él hubiera preferido no hablar, pero tenía que hacerlo.
          —Vengo porque ésta es mi casa y porque quiero averiguar lo de la verea –dijo.
          —La vendí; vendí la tierra de la verea –explicó secamente el otro.
          Dionisio sintió que la cólera le hacía crujir los huesos. Con un brazo apartó a su hermano y entró en el bohío. Allá, por lo hondo, pensó que su hermano estaba flaco; flaco y descolorido. Dionisio buscaba con la mirada donde sentarse.
          —Vea –dijo–, usté no podía hacer eso. La herencia no ta dividía.
          —Pero me dio la gana –rezongó el otro–. Me dio la gana, contimás que si taita tuviera vivo lo desheredaba a usté.
          Dionisio casi no podía seguir oyendo. ¡Virgen Purísima, las cosas que estaba aguantando desde hacía meses! Pero hizo esfuerzos por mantenerse sereno.
          —Asunte –dijo–, don Anselmo me ha deshonrao. Me deshonró pa cogerse la tierra de la verea, y usté, que es mi hermano, se la dio; pero don Anselmo no pasa de hoy vivo. Lo que me ta doliendo es que usté crea lo que dijo de mí ese ladrón.
          —Usté dijo la palabra –escupió el hermano–. Usté la dijo. Si quiere hacemos el reparto ya mesmo, pero aquí, en mi casa, no dentra más.
          Con la garganta seca y casi ciego de ira, Dionisio se levantó.
          —¡Me ta insultando, Demetrio! –gritó.
          El otro le señaló la puerta.
          —Su sitio ta ajuera –dijo.
          —¡Me ta insultando! –tornó él a gritar, fuera de sí.
          Y como Demetrio seguía mirándole con tanta dureza y señalando el camino, Dionisio perdió el último resto de serenidad y se fue sobre el hermano. Levantó la mano y pegó. Su hermano era bravo, y el fondo de su alma, aun en aquel momento, Dionisio se sentía orgulloso de que fuera así. Pero cuando sintió que el otro le golpeaba en la boca, hasta sacarle sangre, perdió la noción de que era su hermano y sólo le quedó en el cuerpo una cólera sorda. Quiso prenderse con los dientes de un hombro del hermano y hasta pensó apretarle el cuello hasta ahogarlo. Como no veía ni sentía no se dio cuenta de que Demetrio le estaba echando una zancadilla. Oía a la mujer gritar. A toda velocidad, el bohío se clareaba por las rendijas y los perros ladraban y gemían. Su hermano le clavó un codo en la frente y lo fue doblando poco a poco. Dionisio perdía el equilibrio. De súbito, con un movimiento centelleante, el otro lo soltó y lo empujó. Lanzado como una bala, Dionisio cayó sobre una silla y sintió que la espalda le estallaba. Con la mano sobre la boca, la mujer gritó más fuerte. Dionisio quiso levantarse y no pudo. Las cosas empezaban a borrársele, a írsele de la vista, y una palidez semejante a de la muerte se extendía a toda carrera por su rostro.
          —¡Lo mataste, Demetrio! –oyó decir a la cuñada.
          Con gran trabajo, Dionisio pudo articular dos palabras:
          —Es—pi—na—zo —ro—to…
          A seguidas se desmayó. A la gente del contorno que se apareció allí en el acto, su cuñada le explicaba que Dionisio había vuelto con ánimos de matar a don Anselmo, pero que se enredó en discusión con su hermano.
          —… y ya ven el resultado –terminaba ella.
          Tras oírla y meditar un momento, Jacinto Flores comentó, atreviéndose apenas a levantar la voz:
          —¿Y en este lío no andará metío el Socio?
          Anastasio Rosado abrió los ojos, muy asustado.
          —Jum… Pa mí que asina es.
          —¡Sí, fue el Socio, como en lo del Negro Manzueta! –exclamó una mujer.
          —¡El Socio, fue el Socio! –repitió, de bohío en bohío, la voz del campo.
          De bohío en bohío esa voz corrió como el viento hasta llegar a La Gina. Ahogándose de miedo, Lucinda entró en el aposento de su padre.
          —¿Usté lo ve, taita; usté ve que lo del Socio no es juego?
          El viejo Adán Matías lanzó un bufido y clavó la mirada en su hija.
          —¿Y qué me importa a mí, concho? ¡Lo que tenga otro hombre lo puedo tener yo!
          La hija se escabulló y estaba en la cocina encomendándole a los santos la vida de su padre, cuando entró éste.
          —¿Me dijo usté que fue en la Loma del Puerco donde se vio con el Socio?
          —Ello sí, taita; asina me lo dijeron.
          —Bueno, ta bueno. ¡Pero no me hable lloriqueando! Alevante la cabeza y dígame: ¿fue la vieja Terencia, dijo usté, la que arregló el asunto?
          —Sí, taita, la vieja Terencia, pero ella dique se murió cuando la virgüela.
          —Mejor que se haiga muerto pa que sean menos los sinvergüenzas. Pero alguno de su familia debe saber del asunto, ¿no le parece?
          —Dicen que dique una hija; yo no puedo asegurarlo.
          —Bueno, si no puede asegurarlo, no hable. Acabe ese sancocho y cállese. Me tiene jarto usté con su lloriqueo.
          El viejo Adán Matías volvió a meterse en el cuarto, a dar paseos y a querer tumbarse el pelo a manotazos. Flaco, rojo, incansable, la hija lo veía ir y volver y sentía tristeza. El viejo se tomó su caldo soplando, pero todavía no había acabado cuando se puso de pie, entró en su habitación y salió con su machete mediacinta en la cintura. Al verle los ojos, Lucinda se asustó.
          —¿Qué va usté a hacer, taita?
          —Usté espéreme y no pregunte –ordenó él.
          Estuvo en el patio bregando con un caballo, lo aparejó, y diciendo a la hija que si no volvía antes del amanecer no se apurara, encaminó la bestia por detrás de la casa y le sacó todo el paso de que era capaz.
          A la caída de la tarde estaba el viejo Adán frente a la Loma del Puerco. Preguntó en un bohío y le señalaron la vereda que lo llevaría a la casa que buscaba. Llegó oscurecido ya. Al cabo de dos horas de estar repechando loma, al caballo se le sentía el corazón a flor de pecho. A través de la puerta del único bohío que había por allí, Adán vio un hombre, media docena de muchachos y una mujer. El hombre se levantó, salió y se pegó a la bestia.
          —¿Vive aquí la hija de una tal Terencia? –le preguntó Adán Matías.
          —Ello sí. ¿Quiere verla?
          De años, oscura, de piel grasienta, con los sucios cabellos echados sobre las mejillas, con los ojos torcidos hacia abajo y la boca desdeñosa y la nariz larga y un túnico lleno de tierra, a la hija de Terencia sólo le faltaba la escoba entre las piernas para ser una bruja. Al principio la mujer rehuyó explicar lo que sabía, pero el viejo andaba dispuesto a todo y no se quedó chiquito al ofrecer. Se habían metido en un cuartucho alumbrado por una vela y llevaban más de media hora hablando en voz baja cuando ella aceptó.
          —Bueno, máma me dejó el secreto.
          Ella vio cómo le brillaban los ojos al viejo y cómo batió la quijada, pero tal vez no se dio cuenta de todo lo que eso significaba para él. Sin embargo empezó a responder las preguntas de Adán.
          —No, ni yo ni naide sabe la fecha. Él sólo se deja ver del que tenga negocio con él. El único que lo conoce bien es don Anselmo, pero ni an máma lo vido nunca.
          —Ta bien –cortó Adán–. No se entretenga tanto, y siga.
          —Bueno, como le diba diciendo: se prende el azufre, pero no en crú, y usté dice la oración; cuando termina coge y pega tres gritos llamándolo, pero han de ser gritos de hombre, porque él no dentra en negocio con gente que se ablande dispué; asina que como él ta en acecho, tiene que andar con cuidao, porque si le tiembla la vo, ni an se asoma. Y to eso, tal como le digo, sólo al pie del amacey, el que ta arriba mismito, y al punto de la medianoche, ni pa trás ni pa lante.
          —Bueno –dijo Adán–, lo que ta malo es lo del azufre. Tendré que dir al pueblo a buscarlo. Por lo de los gritos no se apure, que a mí no me tiembla na.
          Con las manos cruzadas por delante de las rodillas, sentado sobre sus talones, veía el rostro de la mujer envuelto en reflejos mientras la luz de la vela que ardía entre ambos se retorcía a los golpes del viento que entraba por las rendijas. La mujer y el viejo estuvieron un rato callados; después Adán Matías se levantó, puso algunas monedas en la mano de la mujer, salió del cuarto, saludó al hombre y se fue. Al choque de las patas de su caballo rodaban piedras por los flancos de la loma. Casi amaneciendo, la hija, que no había dormido, sintió las pisadas de la bestia. Se le aplacó el corazón, que no había dejado de saltarle en el pecho toda la noche. El viejo entró, hizo como que no oía las preguntas de Lucinda, se metió en el catre y a poco empezó a roncar.
          —¡Qué bueno que ta durmiendo, dispués de tanto tiempo desvelao! –comentó ella.
          Y también ella se durmió.
          Pero el sueño no fue largo, porque antes de las ocho Adán Matías estaba aparejando de nuevo el caballo para ir al pueblo en busca de azufre. Y a esa misma hora, don Anselmo recibía a un amigo de la ciudad. Los dos hombres cambiaron frases de amistad, se echaron los cuerpos en los brazos y sobre los pechos, se palmotearon las espaldas y se metieron juntos por la sala y las habitaciones de la hermosa vivienda.
          —Anselmo –comentó el visitante–, esto es un encanto. Aquí me paso yo quince días de maravilla.
          Se detuvieron frente a unas litografías que colgaban de una pared y vieron la radio y el fonógrafo, bastante viejo, con su colección de discos.
          —Esto lo tengo para ustedes, los del pueblo –explicó don Anselmo–, porque yo me aburro con esa música; pero Atilio se empeñó en que le comprara el aparato con los discos, y lo complací.
          Salieron al jardín; vieron la pequeña planta eléctrica, el garaje, y después don Anselmo se puso a señalar los muchachos que pasaban y a decir cuáles eran suyos.
          —Ese, y aquél que va allí. Fíjate en ese otro, el blanquito; mi misma cara, ¿verdad?
          —Pero es un ejército, Anselmo. ¿Y cómo mantienes tantos hijos?
          —Yo no; los mantienen las mamás. Viven aquí y cogen lo que quieren.
          —Diablos… y ahora, ¿cómo está el harén ahora?
          Rascándose el pescuezo, con el tabaco metido en una esquina de la boca, don Anselmo explicó:
          —Ahora no anda muy bien. Tengo una muchachita que me traje de La Gina, trigueña de ojos claros. ¡Bonita y mansa la muchacha!
          De pronto los ojos de don Anselmo cobraron un tono apagado. Al parecer estaban fijos en un limonero que florecía al fondo del patio.
          —Ya estoy envejeciendo –dijo con lentitud– y eso me hace sufrir. Me gusta tanto la vida que preferiría morirme ahora.
          —No hables tonterías, Anselmo –desdeñó el amigo.
          Anselmo le cogió un brazo.
          —Mira, hasta hoy he tenido cuanto he deseado. No quiero envejecer.
          El otro no supo qué contestar. Desde los lejanos sembradíos llegaba una suave brisa doblando hojas. Con ella viajaban trinos de pájaros y voces de hombres que cantaban. —
          Todo lo que has deseado –comentó, al rato, el visitante–… La gente dice que tú tienes un arreglo con, con…
          Don Anselmo sonreía con cierta amargura.
          —Dilo –pidió–; puedes decirlo, que no me molesta.
          —Bueno, ya tú sabes –terminó el otro.
          A su lado, cogido a su brazo, don Anselmo dijo:
          —Yo voy a enseñarte ahora cuál es mi socio; lo vas a ver.
          Entre curioso y asustado, deseando decir que no y sin atreverse a hacerlo, su amigo lo miraba extrañamente mientras subían las escaleras. Se encaminaron al dormitorio. Allí había una caja de hierro. Don Anselmo la abrió y mostró a su amigo una pila de billetes de banco y una funda con monedas de oro.
          —Ese es mi socio –dijo con serenidad.
          Todavía estaba el índice de don Anselmo señalando el dinero cuando sonó el bufido. Fue una especie de bufido de cólera. El visitante lo oyó y le pareció que había salido de los labios de su amigo, pero al volverse para mirarlo se impresionó enormemente: con los ojos desorbitados, pálido y tembloroso, el dueño de la casa miraba a través de la ventana y su rostro se veía desfigurado por una mueca de terror.
          Unas horas más tarde –a las doce en punto de la noche–, el viejo Adán Matías quemó el azufre, rezó la oración y pegó los tres gritos. Su voz resonó en todo el sitio, y no había en ella la más ligera huella de miedo. A la luz del azufre quemado brillaban los ojos de Adán Matías y parecían más crespos sus canos bigotes.
          Aun no se había apagado el eco del último grito cuando se oyó un tronar impetuoso, bárbaro, como si la loma hubiera estado derrumbándose o como si un ciclón llegara descuajando árboles. El viejo no sintió ni frío. De súbito vio una luz verdosa reventar ante él, comenzó a envolverle un humo azul y brillante, y por entre el humo advirtió un rabo que se agitaba con violencia. “Bueno, ya ta aquí”, pensó Adán Matías; y se dispuso a hacer su trabajo con la mayor serenidad.
          El recién llegado habló con voz estentórea. Dijo que había ido a oírle, pero que no podía perder tiempo.
          —Así que diga rápidamente lo que quiere.
          Adán Matías se molestó. No estaba acostumbrado a esas maneras y ya era muy viejo para cambiar.
          —Si anda tan apurao puede dirse. A mí no me saca naiden de mi paso ni tolero que se me grite –rezongó.
          Su oyente pareció asombrado. Era la primera vez que le hablaban en tal forma. Dijo algo en tono más bajo, suavizándose. Medio calmado, Adán Matías se sentó en una piedra, invitó a su interlocutor a que hiciera lo mismo y empezó a explicar qué deseaba.
          La negra noche temblaba, llena de grillos y de brisa. Arriba resonaban las hojas del amacey y algunos cocuyos rayaban el monte. Las palabras de Adán Matías eran claras y precisas:
          —Dicen que usté le ayuda a cambio de su alma. Bueno, pues yo le ofrezco la mía, la de mi hija y la de la muchacha, y lo único que le pido es que quite su apoyo a ese condenao.
          —No –oyó decir–, la de su hija y la de se nieta no; nadie puede negociar con almas ajenas; sólo puede hacerlo con la suya. En cuanto al apoyo se lo iba a retirar de todas maneras, porque esta mañana, sin respetar mi presencia, negó su sociedad conmigo.
          —Lo raro ta en que no lo negara antes. ¿No ve que es un sinvergüenza?
          —En presencia mía –lamentó la voz–… No estaba obligado a decir la verdad, pero…
          —Pero tampoco tenía que hablar embuste –agregó Adán.
          —Así es. No tenía que hablar mentiras.
          —Bueno –atajó Adán, molesto por estar oyendo quejas que nada tenían que ver con lo que él buscaba–, ya lo sabe; cuento con que le niegue su apoyo.
          —Sí. Mañana puede ir. Yo estaré allí para ayudarle. Así aprovecho y me llevo el alma. Durante medio minuto, los dos estuvieron callados. Sentado en la piedra, Adán Matías se agarraba las rodillas con ambas manos. De pronto oyó preguntar:
          —¿Y usted? ¿Cuándo me da la suya?
          —Jum –comentó él–, usté como que anda apurao. Cumpla conmigo, que yo no lo engaño. ¿No ve que ya soy viejo?
          —Trato hecho –aseguró la voz.
          —Bueno, trato hecho.
          Inmediatamente, la Loma del Puerco volvió a resonar. ¡Qué ruido, señor! De seguro iban cayéndose los troncos y los pedregones. Adán Matías se levantó, alzó una mano, abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas:
          —¡Y cuidao con jugarme sucio, que de mí no ríe naiden!
          Acabando de decirlo saltó evitando las piedras, palmoteó el pescuezo de su caballo, montó de un salto y echó la bestia cuesta abajo.
          —A ver si llegamos a La Rosa con la fresca de mañana –le dijo en alta voz al animal.
          Como si hubiera entendido, éste apuró el paso.
          Con la fresca de la mañana llegó a las orillas de La Rosa, pero la casa le quedaba distante todavía. Había pasado ya la hora del ordeño, porque a lo lejos, camino de los potreros, se veían unos muchachos arreando vacas. Contemplando la diversidad de siembras y el buen cuido de cada una, el viejo Adán Matías pensaba con tristeza en su conuquito de la Gina.
          Pasaban de las ocho cuando llegó a la casa. En el patio trajinaban algunos peones y se oían cantos de mujeres que pilaban café, y por entre los cantos el golpe de los mazos en los pilones. Adán Matías notó de entrada la ayuda ofrecida porque nadie salió a preguntarle qué buscaba. Se tiró del caballo y echó escaleras arriba. Antes de llegar a la puerta del alto probó su machete para saber si salía con ligereza de la vaina. Sí salía. Todo empezaba bien. Un poco fatigado, se detuvo a estudiar el sitio. Entró en una habitación bien amoblada que debía ser la sala; al fondo se veía el comedor, y a la mesa, dos hombres ¿Cuál de ellos sería don Anselmo? Ambos se reían. Seguro que el condenado estaba haciendo cuentos.
          Adán Matías se detuvo en el vano de la puerta.
          —Las tierras –decía uno de ellos– las fui consiguiendo poco a poco. Compraba frutos a la flor, con la propiedad de garantía. Lo demás era fácil. Con dinero se arregla todo, créelo.
          Adán Matías tosió. El que hablaba alzó la cara.
          —¿Qué desea, amigo? –preguntó, sin duda asombrado de que alguien hubiera entrado hasta allí sin su permiso.
          El viejo se acercó con paso seguro.
          —¿Quién es aquí don Anselmo? –inquirió.
          El hombre tenía en ese momento un cuchillo untado de mantequilla en una mano y un pan en la otra, y se quedó como alelado, sin mover ninguna de las dos manos. Ignoraba debido a qué, pero sentía algo raro. Quiso saber por qué aquel viejo le preguntaba por don Anselmo.
          —Tengo que verlo –explicó el viejo Adán Matías–. Yo soy el agüelo de la Chinita.
          —Ah… ¿De la Chinita?
          Y de pronto, llevado quién sabe por qué impulso, don Anselmo señaló a su amigo, que estaba sentado frente a él.
          —Este es don Anselmo –dijo.
          Adán Matías pensó: “Ahora sí se arregló esto”. Y con paso firme se arrimó al supuesto don Anselmo.
          —Ah –empezó–. Yo quería verlo, amigo, porque ese asunto de la Chinita… Pero le pareció que ya había hablado mucho. Haciéndose el distraído, no había despegado la mano del cabo del machete; y de pronto, con velocidad de relámpago, alzó la vaina y sacó el hierro. Al ver aquello, el hombre a quien Adán Matías tomaba por don Anselmo trató de esquivar el golpe, se enredó en la silla y cayó de bruces en el piso. Silbando en el aire, el machete había cruzado por encima de su cabeza y tropezó, chasqueando, con el pescuezo del verdadero don Anselmo. Al golpe, como de una fuente, saltó la sangre. Durante unos segundos Adán Matías pareció perplejo.
          —¡Cónfiro –dijo en alta voz–, me han jugado sucio!
          Mientras don Anselmo trataba de escapar a cuatro pies, el amigo se metía bajo la mesa, y ahí, lleno de cólera, fue a buscarlo el viejo.
          —¡No soy yo, no soy yo! –gritaba el desdichado–. ¡Es él, él es don Anselmo!
          Confundido y verdaderamente disgustado, Adán Matías pensó que el Socio le había jugado sucio; pero su confusión duró muy poco porque inmediatamente tomó una resolución: “Por si acaso, los arreglo a los dos”, pensó.
          Iba a hacerlo ya, y en eso vio a una vieja que se asomaba por la puerta del aposento. Al ver la escena, la vieja se llevó las manos al pelo y empezó a gritar:
          —¡Han herío a Anselmo; corran, que matan a Anselmo!
          Con la ancha falda revuelta y moviéndose como una loca, la vieja fue a tirarse sobre el herido.
          —Ah, conque éste es el don –exclamó Adán Matías, entre colérico y sardónico.
          Y sin pensarlo más se lanzó hacia el herido y le dejó caer el machete en la nuca. Vio la cabeza doblarse de golpe y vio también al Socio, que entró por la ventana con un saco de pita abierto, como quien llega a buscar una carga de yuca.
          Visto que todo había terminado bien, Adán Matías se volvió y huyó, blandiendo el arma, seguido por la vieja, por el otro hombre y por incontables ladridos. A través de todas las puertas comenzó a salir gente. Al llegar a la galería brincó y cayó al pie de su caballo. Adán veía peones que corrían con machetes y palos y docenas de mujeres y de niños que se atropellaban en dirección hacia la casa, y mientras tanto, él iba rompiendo las costillas de su caballo a talonazos.
          —¡Cójanlo, cójanlo, cójanlo! –gritaban a su espalda cien voces.
          Apuró cuanto pudo y tomó un callejón. Vio la yerba de los potreros agitada por la gente que corría hacia la casa. El viento le zumbaba en los oídos y él vigilaba la vuelta distante del camino. Por allá iba a doblar, por allá, por allá. ¿Y si no se moría el mentado don Anselmo? Jum… Si no se moría… Por allá iba a doblar, por allá. Se oían los pasos de sus perseguidores. Por allá…
          Adán Matías oyó por encima de él un bufido extraño, un bufido endemoniadamente alegre, y alzó la cabeza. Hendiendo el aire, con su frente de chivo y su rabo peludo, el Socio iba cruzando por el cielo. Una risa fina y maléfica le cortaba el rostro, y llevaba al hombro el saco de pita.
          —¡Aquí lo llevo! –gritó señalando el saco.
          Adán Matías sintió un contento que ni el mejor ron le había dado nunca. ¡Eso sí era cumplir los compromisos!
          —¡Ande con cuidao! –recomendó a toda voz–. ¡Asujételo bien, ése es capaz de dírsele todavía!
          Ya el Socio era del tamaño de un gato allá arriba. Adán Matías casi no podía oírlo cuando respondió:
          —¡No tenga miedo, que yo soy como usté: a mí no hay quien me juegue sucio!
          Adán Matías detuvo el caballo y revolvió una mano.
          —¡Que le vaya bien, amigo! –gritó a todo pulmón.
          Al verle hablar al aire, los dos perseguidores que le andaban más cerca se miraron entre sí.
          —Como que ta loco el viejo ése –dijo uno, con la voz ahogada por la carrera que iba dando.
          Y el otro, sin dejar de correr, aseguró:
          —Sí, ése ta loco; segurito que ta loco.
          Y por loco lo tuvieron cuando se dejó echar mano sin hacer resistencia. Había detenido el caballo; seguía mirando hacia el cielo con el rostro iluminado por una ligera sonrisa, y pensaba, complacido, que aunque el mundo había cambiado mucho, todavía quedaba alguien capaz de cumplir sus compromisos. Y como estaba seguro de que los hijos de don Anselmo le darían muerte ese mismo día, él, Adán Matías, cristiano viejo, no se alarmaba al pensar que tardaría muy poco en entregarle su alma al Diablo.
          Trato es trato, y el Diablo se había portado lealmente. “Como un hombre serio”, se decía Adán Matías al tiempo de entregarse.




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