Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


El funeral
(Cuentos escritos en el exilio, 1962)



      Cuando empezaron a caer las lluvias de mayo el agua fue tanta que se posó en los potreros formando lagunatos. Despeñándose por los flancos de la loma, chorros impetuosos arrastraban piedras y levantaban un estrépito que asustaba a las vacas. Las infelices mugían y se acercaban a las puertas del potrero, con las cabezas altas, como rogando que las sacaran de ese sitio. Los entendidos en ganado, que oían a las reses bramar, decían que pronto se les resblandecerían las pezuñas. Aconsejado por ellos, don Braulio dispuso que llevaran las vacas hacia las cercanías de la casa, pero se negó resueltamente a que Joquito bajara con ellas.
          Joquito, pues, se quedó solo en el potrero. Estuvo inquieto toda la tarde y pasó la noche bajo un memizo, bramando de cuando en cuando. Bramó también unas cuantas veces al día siguiente; sin embargo no desesperó hasta el atardecer; a la hora de las dos luces, sin duda convencido de que sus compañeras no regresarían, lanzó bramidos tan dolorosos que hicieron ladrar de miedo a todos los perros de la comarca. Al iniciarse la noche se oyó el toro hacia el fundo del potrero, pegado a las lomas; más tarde, cerca del camino real, lo que indicaba que corría el campo sin cesar y de seguir así no tardaría en saltar sobre la alambrada. Poco antes del amanecer don Braulio oyó a los perros que ladraban en forma agitada muy cerca de la casa; a poco oyó un bramido corto y el sordo trote de la bestia, que sin duda correteaba alegremente por el camino real.
          Suelto en aquel lugarejo, donde no había más reses que las ventanitas de don Braulio, un toro como Joquito era una amenaza para todo el vecindario, de manera que había que encerrarlo en el potrero cuanto antes, y para eso salió don Braulio con sus peones y unos cuantos perros.
          Don Braulio montaba su potro bayo, verdadera joya entre caballos, y encabezaba el grupo. Llevaban media hora de marcha y los hombres iban charlando alegremente; de pronto una mujer gritó que el toro venia sobre ellos, noticia que produjo alguna confusión. Como en un frenesí, los perros comenzaron a ladrar y a correr hacia el frente, como si hubieran olido a Joquito. Con efecto, Joquito no tardó en dejarse ver. Avanzaba en una carrera de paso parejo, ladeándose con gracia juvenil, y hacía retumbar la tierra bajo sus patas. Al tropezar con los perros se detuvo un momento y miró en semicírculo. Estudiaba la situación, que no le era favorable porque no había salida sino hacia atrás. Joquito no parecía dispuesto a volver por donde había llegado. De súbito pateó la tierra, bajó la testuz y lanzó un bramido retumbante, que hizo huir a los perros. Los hombres se habían quedado inmóviles.
          Pero don Braulio era un viejo duro, y diciendo algunas palabras bastantes puercas se adelantó hacia el animal. Joquito no dudó un segundo: con la cabeza baja, arremetió con todo su peso. Los peones vieron esa mole rojiza, de brillante pelamen, cuya nariz iba rozando el suelo, arremeter ciegamente con la cola erecta. Don Braulio ladeó su bayo y eludió el encuentro. Joquito se detuvo en seco. Como los peones gritaban y le tiraban sogas al tiempo que los perros lo atormentaban con sus ladridos, el toro se llenaba de ira y rascaba la tierra con sus patas delanteras. La cola parecía saltarle de un lado a otro, fueteándole las ancas.
          Don Braulio volvió a pasar frente al animal, y éste, fuera de sí, se lanzó con tanta fuerza sobre la sombra del caballo que fue a dar contra la palizada del conuco de Nando, y del golpe echó abajo un lienzo de tablas. Al ver ante sí un hueco abierto, Joquito pareció llenarse de una diabólica alegría; se metió en el conuco y en menos de un minuto tumbó dos troncos jóvenes de plátano, destrozó la yuca y malogró un paño de maíz tierno. Nando se lamentaba a gritos y don Braulio pensaba cuanto iba a costarle esa tropelía de su toro.
          Dos veces más se repitió el caso, en el término de media hora: una en el arrozal del viejo Morillo, más allá del arroyo, donde Joquito batió la tierra y confundió las espigas con el lodo; otra en el bohío de Anastasio, en cuyo jardín entró, haciendo llorar de miedo a los niños y asustando a las mujeres. Don Braulio pensó que tendría que matar al toro, y era un milagro que a medio día Joquito siguiera vivo.
          A las dos de la tarde, sudados, molidos, los peones pedían reposo para comer. Habían recorrido a paso largo todo el sitio, desde la Cortadera hasta el Jagüey, desde la loma hasta el fundo de Morillo. Algunos vecinos se habían unido a la persecución y los perros acezaban, cansados. Plantado en su caballo, don Braulio se sentía humillado. En eso, de un bohío cercano alguien gritó que Joquito llegaba.
          —¡Ahora veremos si somos hombres o qué! —gritó don Braulio.
          Apareció el toro, pero no con espíritu agresivo; ramoneaba tranquilamente a lo largo del camino, moviéndose con la mayor naturalidad. Por lo visto Joquito no quería luchar; sólo pedía libertad para correr a su gusto y para comer lo que le pareciera.
          Pero los perros estaban de caza, y en viendo al toro comenzaron a ladrar de nuevo. Con graves ojos, Joquito se volvió a ellos, y en señal de que los menospreciaba, tornó a ramonear. Los perros se envalentonaron, y uno de ellos llevó su atrevimiento hasta morderle una pata. Joquito giró violentamente y en rápida embestida atacó a sus perseguidores. El animal había perdido otra vez la cabeza.
          Pero también don Braulio había perdido la suya. El cansancio, la idea de todos los daños que tendría que pagar, la vergüenza de haber fracasado, y quizá hasta el hambre, le encolerizaron a tal punto que espoleó al bayo sin tomar precauciones. Así, el choque fue inevitable. El golpe paralizó a la peonada, que durante unos segundos interminables vio cómo Joquito mantenía en el aire al bayo, mientras don Braulio hacía esfuerzos por sujetarse al pescuezo de su caballo. De súbito el caballo salió disparado y cayó sobre las espinosas mayas que orillaban el camino, y de su vientre salió un chorro de sangre que parecía negra. Desde el suelo, adonde había sido lanzado, don Braulio sacó su revólver y disparó.
          Entre los gritos de los peones resonaron cinco disparos. Joquito caminó, con pasos cada vez más tardos; después dobló las rodillas, pegó el pescuezo en tierra y pareció ver con indecible tristeza su propia sangre, que le salía por la nariz y se confundía con el lodo del camino.
          Hasta los perros callaron, por lo menos durante un rato. Algunos peones corrieron para ayudar a don Braulio a ponerse de pie. Debió sufrir golpes, porque se sujetaba las caderas y tenía la cara descompuesta. Cuando lo conducían hacia la casa, dijo:
          —Desuéllenlo ahí mismo.
          Extrayendo los cuchillos de las cinturas, varios hombres se lanzaron sobre Joquito, y una hora más tarde la carne del toro, partida en grandes piezas, era llevada a la cocina de don Braulio. Ahí pareció terminar todo.
          Tornó a lloviznar, y el agua borró el último rastro de la sangre de Joquito. Los perros se hartaron con los pedazos inservibles de la víctima, y cuando se acercaban las cuatro de la tarde nada parecía haber sucedido y nada indicaba que Joquito había sido muerto y descuartizado en el camino real.
          Pero de pronto resonó en la vuelta del camino un bramido lleno de tristeza y de ira a la vez. En alocada carrera, los niños llenaron los vanos de las puertas, porque les pareció que el propio Joquito bramaba desde más allá de la vida. Pero no era Joquito. Un toro negro, nunca visto en el lugar, apareció por el recodo, caminó con el pescuezo alargado, venteó, abriendo los hoyos de la nariz, y tornó a bramar como antes. Por los lados de la loma respondió otro bramido, y el toro volvió hacia allá sus desolados ojos. Parecía esperar algo; después caminó más, pegó el hocico en tierra, olió el lodo y revolvió el fango con patas pesadas. Allí, olfateando, buscando, estuvo un momento; al cabo alzó otra vez la cabeza, y con un grito angustioso, impresionante, cargó de pesadumbre los cuatro vientos.
          Los niños de la casa no se atrevían a moverse; apenas respiraban. De pronto vieron aparecer una vaca gris. Igual que el toro, era desconocida en el lugar e igual que él se acercó, olió y lanzó un doliente quejido. Juntas ya, las dos reses empezaron a patear. Daban vueltas y vueltas y vueltas, como ciegas, como forzadas, y tornaban a quejarse. Inesperadamente reventó cerca otro potente bramido, y de algún lugar no lejano salió otro. Entonces se arrimó a la puerta un viejo campesino y se puso a observar los matorrales.
          —Horita ta esto cundío de toros —dijo.
          Seguía cayendo fina y susurrante la llovizna. Una vaca pasó al trote y fue a juntarse con el toro y la vaca que daban vueltas en el lugar donde había caído Joquito. También ella gritó, oliendo el lodo. Y de pronto llegaron por caminos insospechados seis o siete reses más, que hicieron lo mismo que las otras tres. Juntando los cuernos parecían hacerse preguntas sobre lo que había ocurrido allí, y a poco empezaron todas a bramar a un tiempo, a agitarse, a cruzar los pescuezos entre sí, a mover las colas con apenada lentitud.
          En el aposento de don Braulio, donde las mujeres colocaban cataplasmas en las caderas del amo, resonaban los angustiosos gemidos de las bestias. La gente se asomaba a la puerta a ver qué sucedía. ¿De dónde salían tantas reses? Ya había más de docena y media, y la lluvia, que engrosaba a medida que la tarde caía, no detenía la marcha de otras que se veían llegar a lo largo de los callejones. Aquel lugar no era sitio de ganadería, y con la excepción de las reses de don Braulio, no había vacas ni toros. ¿De dónde salían las que llegaban, pues?
          El viejo campesino explicó que cuanta res oyera aquellos bramidos iría al sitio, aunque tuviera que caminar horas y horas. Era el velorio de un hermano, y ninguna faltaría a la cita.
          —Son asina esos animales —dijo.
          En efecto, así eran. Media hora después, vacas, novillas, bueyes, toretes y becerros se amontonaban en el sitio donde cayó Joquito. Olían la tierra, gemían y se restregaban los unos a los otros. Hollaban el lodo con sus pezuñas y parecían preguntar llenos de dolor, a los montes, a los cielos y al camino qué habían hecho de su hermano, de su vigoroso y bravo compañero. Los bramidos de los toros, los quejidos de las vacas, los balidos de los pequeños se confundían en una imponente música funeral, y resonaban bajo ella los roncos gemidos de los bueyes viejos. Asustados por aquel concierto lúgubre, los caballos de la vecindad erizaban las orejas y se quedaban temblando, y los perros buscaban abrigo en los rincones de los bohíos.
          Mientras crecía sin cesar, el grupo seguía mugiendo y cada vez se enardecía y se desesperaba más. Se hacían más roncos sus gritos de dolor. Desde las vueltas distantes de los callejones seguían saliendo compañeros, que nadie sabia para donde iban, y que debían recorrer grandes distancias para llegar a la cita. Atravesando arroyos, toros enormes que sin duda habían roto las alambradas de sus potreros, llegaban para llorar por aquel que no habían conocido. Con su pesado andar, desde las lomas descendían viejos y graves bueyes cargadores de pinos; finas novillas hendían las yerbas de los pastos y se dirigían al lugar de la tragedia.
          Había pasado ya más de una hora desde que llegó el toro negro, primero en comenzar el funeral de Joquito. Eran, pues, más de las cinco y el día lluvioso iba a ser corto. Cansados de llorar, los toros empezaron a remover la tierra con sombría desesperación; la removían y la olían, como reclamando la sangre de Joquito que ella se había bebido. Iban y venían de una a otra orilla del camino, atropellándose con majestuosa lentitud, y parecían preguntar a la noche, que ya se insinuaba, dónde estaba su hermano, por qué le habían asesinado, qué justicia tan bárbara era la de los hombres.
          Pareció que la noche iba a hacerse de golpe, por un corte súbito de la escasa luz que todavía quedaba sobre el mundo. Inesperadamente, antes de que se produjera tal golpe, los animales, como si un maestro invisible los hubiera dirigido, rompieron en un impresionante crescendo final, y el imponente lloro ascendió a los cielos y flotó allá arriba, en forma de nube sonora que oprimía los corazones. El crescendo se mantuvo un rato; después fue debilitándose; un minuto más tarde comenzaba a dispersarse todo aquel concierto acongojador, y al cabo de otro minuto más sólo se oía en la distancia el bramido de algún toro que abandonaba el lugar. Los quejidos fueron oyéndose cada vez más y más distantes; cada vez parecía ser menor el número de los que gritaban, y al fin, cuando la oscuridad empezaba a adensarse, se oía uno que otro bramido perdido, más lejano a medida que transcurrían los segundos y a medida que la noche crecía.
          El viejo campesino pensó que muchos de los bueyes que llegaron allí andarían toda esa noche sin descanso, y tendrían que trepar lomas, echando a rodar las piedras; que muchas vacas y novillas cruzarían arroyos y lodazales en busca de sus querencias; que algunas de esas reses se estropearían con las raíces y los tocones, otras se cortarían con las púas de los alambres, y quién sabía a cuántas les caerían gusanos en las heridas que recibirían esa noche.
          Pero no importaba lo que pudieran sufrir. Habían cumplido su deber; habían ido al funeral de Joquito. Lo dijo así él.
          —¿Sin conocerlo? —preguntaron los niños.
          —Unjú, sin conocerlo. Las reses son asina.
          Y el viejo campesino pensó con satisfacción en la ventaja de ser hombre. Porque ni él, ni sus amigos, ni nadie en fin perdía su sueño a causa de que en un camino real cayera muerto un señor desconocido.




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