Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


La sangre
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      ¡Al fin! ¡El viejo Nelico iba a hablar! Era muy duro el silencio del viejo Nelico; sin embargo nadie podría decir si había menos dureza en sus palabras.
       A Tato le parecía que alguien le tenía sujeto; un solo gesto bastaría para desbarrancarle.
       El viejo Nelico apoyó ambas manos en las rodillas, se impulsó y se puso en pie. Caminó como si se arrastrara. Cuando estuvo frente a su hijo se irguió; parecía más alto. Puso una mano sobre el hombro izquierdo de Tato; entrecerraba los párpados y movía los labios.
       —Asunta… —dijo.
       Poco a poco, sin él darse cuenta, clavaba las uñas en la carne de su hijo. Tato soportaba la mirada sin explicarse cómo.
       —Asunta —repitió—. No te digo que busque pleito, pero si te fuñen… Aguaita… Pa’ que la cruz vaya donde ti, que vaya donde otro.
       Se movió como para irse, pero volteó repentinamente.
       —¡Y que no sepa yo que un hijo mío se ha dado pendejo! —recomendó.
       Miraba de lado. Se conocía que no había terminado de hablar; parecía masticar algo. Tato le vio arrastrar los pies y se asombró de que no escupiera, como de costumbre.
       El viejo Nelico oyó claramente los tres golpes, porque no había dormido. A seguidas la voz.
       —Compadre, compadre…
       En la oscuridad tendió la mano y tomó el pantalón. Sentía los pies helados.
       —Ya voy —dijo.
       Su mujer se movió. Nelico no la vio, mas la sintió. Tuvo ganas de despertarla, porque le pareció que amanecía, pero después recordó que había luna creciente.
       Debía ser media noche. Su compadre estaría arrimado a la pared, contra la ventana, estrujándose la cara para espantar el sueño.
       Tornó a largar la mano y cogió la camisa: quiso encender un fósforo para ver mejor, pensó en su mujer y desistió.
       Hubiera querido evitarlo, pero una fuerza rara le obligaba a hacerlo, y abrió la ventana al fin, aunque sin ruido. La compañera medio se incorporó. Por la ventana se asomaba un paño azul iluminado.
       Nelico vio la sombra acercarse, como agarrándose a la pared.
       —¿Qué, compadre? —preguntó en voz baja.
       —Hay desgracia. Mataron a Gengo —contestó la sombra.
       El viejo Nelico abrió la boca: Tato le exprimió el cerebro. La voz cascada de la mujer golpeó su espalda.
       —¿Qué pasa, Nelico?
       —Nada —dijo volteándose.
       Hizo hacia afuera una señal con la mano, cerró la ventana y encendió un fósforo: las sombras empezaron a arremolinarse alrededor de la luz. Su compañera no era más que un bulto deforme y negro, con pequeños brillos rojos.
       Caminó hacia la cabecera del catre, tomó el colín y quiso salir. El fósforo era ya una pequeñita línea rosada en la punta de sus dedos. La mano de su mujer se engarfió en la manga de su camisa, tiró de él.
       —¿Y qué es, Nelico? —preguntó otra vez la voz cascada.
       —Nada —murmuró—. Creo que cortaron a Gengo.
       A él le pareció que ella se había pasado la mano derecha por la frente.
       —¡Jesús! —comentó la mujer.
       Nelico echó a andar, con cuidado para no tropezar. Se sentía torpe, a pesar de que los pies estaban más livianos. La mano fue haciendo menos presión en su manga. Al salir empujó levemente la puerta, pero dejó una rendija que cortó en dos la sombra espesa del aposento y los ojos de la mujer.

       Es casi seguro que su compadre no hablaría si no anduviera; hay una inexplicable sensación: las palabras salen como de una cinta.
       —Lo encontraron al lado de la mallita de Fefa —explica despaciosamente—. Y tiene una puñalada aquí, Dios salve el lugar —termina.
       Alza el brazo izquierdo y con la otra mano señala debajo de la axila.
       —¡Concho! —comenta Nelico—. Es noble la cortada.
       Hay un paréntesis. Parece que el otro exprime un colador de café, porque aprieta los dedos, tal vez piense que está ordeñando.
       Con la misma lentitud de antes ilustra:
       —Y hasta boca abajo estaba.
       Otra vez Tato en su cerebro. Tiene miedo de ver de frente.
       —Entonces encontramos el matador —asegura.
       Se pasa la mano zurda por el bigote; se balancea como mulo cargado. De improvisto, volviendo la cara, como si quisiera aun en la noche ver la impresión que sus palabras producen, pregunta:
       —¿Y quién lo halló?
       —Balbino —responde el otro con rapidez.
       —Eso es raro… Y de noche —aventura Nelico.
       —Diba pa’ su casa —explica el compadre—. Dice él que estaba en un jueguito de dados. Asigún él no era difunto todavía cuando lo topó, porque dizque asuntó los quejidos. Estaba echado ahí mesmo, a la vera del camino real.
       Nelico calla. No piensa sino en andar. Raro que las piernas estén esta noche tan ágiles…
       —¿Hay mucha gente? —pregunta sin levantar la cabeza.
       —Unas cuantas —responde el inquirido.
       Ya no hablan más. El colín golpea con regularidad el muslo de Nelico; se oye claramente el tac-tac. Su compadre respira como gente cansada.
       La cara del muerto parece moverse cuando el aire agita la luz. Tiene abiertos los ojos y todo el rostro ha tomado color de cera puesta al sol. Hay poca gente. Tres mujeres, a la cabecera, rezan con voz cansada.
       Los rostros se ven entre sombras: al moverse alguno, la vela le pega en la piel. Todo el bohío parece hecho con lana: es como si los vivos no fueran de carne y hueso: apenas se siente el crujir de una silla.
       Con el pie derecho en el quicio, Nelico se descubrió y dijo:
       —Buenas noches.
       Casi a coro contestaron los de adentro:
       —Noche…
       Atravesó con paso seguro la habitación, se dirigió hacia la pared del fondo, donde tres o cuatro parecían conversar sin que se les oyera, y tomó asiento. Uno movió la cabeza para acercársele.
       —¿Cómo está mi comadre? —preguntó con voz ajena de entonación.
       —Tal cualita —contesta Nelico en el mismo tono, moviendo levemente la mano.
       Nadie llora, nadie hace gesto de dolor. Los hombres cuchichean entre sí y una de las rezadoras pasa a menudo su mano negra por la cara, como estirándola.
       Nelico dobla el cuerpo, apoya los codos en las rodillas y pregunta:
       —¿Gengo tenía familia?
       —No, señor —responde alguien.
       Se incorpora; va hacia el muerto que está rígido, con la boca entreabierta, en el catre. Tiene las manos cruzadas sobre el vientre.
       Nelico ve la mancha de sangre en la axila. De momento su voz, la única voz en ese silencio forzado, tiene entonaciones potentes:
       —Apareje su caballo y vaya al pueblo, Meco. Hay que avisar a la autoridá.
       A seguidas cruza la habitación, se planta frente al grupo, detiene los ojos en cada uno, como buscando, y pregunta:
       —¿Dónde está Balbino?
       Pero no espera la respuesta: señala una sombra que debe ser un hombre. Ordena:
       —Tráigame a Balbino, Justino.
       La luz de la vela, pegada al catre, junto a la cabeza del muerto, parece tropezar a cada paso; por instantes alumbra hasta cerca de los rincones. Ahora, por ejemplo, enrojece la mano seca de Nelico.
       Las rezadoras hablan entre sí; una sujeta la frente con la mano que sostiene el rosario. Alguien comenta:
       —Tamaña cosa venir de tan lejos a morir.
       Nelico no parece viejo: la oscuridad le lima las arrugas. Cuando da el frente a la luz, los ojos le enrojecen como si tuvieran brasas en el fondo.
       Camina con paso cansado, como cuando habló con Tato; se dirige a una silla, carga con ella y toma asiento junto al muerto. Cruza las piernas. La punta del colín roza la tierra del piso.
       Nelico cabecea. A ratos entra gente; entonces levanta el rostro, mira al recién llegado y ojea la herida; él sabe que la herida sangrará cuando entre el matador.
       Siente sueño y tiene sabor a ron en la garganta. Se le enfrían las manos si piensa que Balbino llegará de un momento a otro; sin embargo, Tato le exprime el cerebro. Quisiera recordar con precisión qué le dijo ayer tarde. Molesta, pero hubiera podido suceder que el muerto ahora no fuera Gengo, sino Tato…
       La habitación se ha ido llenando poco a poco de gente, el rumor de conversaciones es espeso; se siente humo arañar en la garganta.
       Nelico oye los perros ladrar. Son como tachuelas clavadas en una tela negra. También los gallos…
       No debe tardar en llegar la leche tibia del día.

       Nelico oyó pisadas. Su corazón corría, corría. Su corazón golpeaba como un caballo bueno golpea con sus pezuñas la tierra.
       La mancha roja de la camisa pareció agrandarse. Nelico vio la mancha crecer y notó que fluía sangre, pero muy lentamente. De pronto, aquello fue un golpe que parecía llenar todo el pecho del difunto. Nelico tuvo miedo de que no fuera cierto y palpó. Sí: la sangre caliente, pegajosa y roja, le había mojado la mano.
       Tenía la cabeza llena de aire. Los ojos abiertos, muy abiertos, vivieron ese instante sólo para mirar la puerta. Y ahí estaba; lo veía. Era una sombra vaga, diluida en la media luz del amanecer. Se movía. Parecía no querer entrar. A ratos los pies amagaban hacerlo.
       Pero de pronto la sombra se movió y apoyó una mano en la puerta. Nelico vio la cara negra, con los ojos brillantes. La vela se había vuelto dos en los ojos del que llegaba.
       Nelico creyó volverse loco. Todavía pensó que tal vez no fuera cierto. Podría muy bien ser Balbino. Pero entonces la sombra hizo señales con la mano, como llamando. Murmuró luego:
       —Taita…
       Nelico no supo cómo lo hizo. Tenía un miedo horrible de que los demás hubieran visto. La mancha de sangre seguía agrandándose.
       Veía, veía…
       No fue él, no. Alguien le sujetó por los brazos y le puso en pie. Caminó. Era una sensación de blandura, de andar sobre algodón. El amanecer llegaba cansado y gris. Nelico se sentía marchar hacia el amanecer.
       —Venga —dijo Tato sin entonación.
       Le siguió. Tenía casi la seguridad de que el muerto venía detrás. No lo hacía en sus pies, no; era como volando. Estaría tieso, las manos en el vientre.
       —Fui yo —dijo Tato volviéndose inesperadamente.
       La cara de Nelico estaba ahora verdosa. El amanecer pasaba por sus pómulos una mano suave, untada de aceite. No veía ni hablaba. Sus ojos eran, acaso, agujeros abiertos sobre una noche cualquiera.
       Sentía vagamente rumor de conversación. Los de adentro hablarían cosas sin importancia. ¿Qué era esto, Dios? Gengo, Tato… Quería tomar café y trabajar.
       Tato arrancaba briznas de yerba de guinea. Al rato alzó la cabeza y habló:
       —Emprésteme su caballo, taita. Tengo que dirme.
       De pronto le pareció llenarse de claridad; sujetó la mano de su hijo con fuerza increíble.
       —¿Y fuiste tú, Tato?
       Se sentía asombrado. El entrecejo estaba como si dos dedos negros y finos le atravesaran la frente; le brillaban los ojos y la mañana comenzaba a poner sus dos puntitos blancos en ellos.
       —Sí, fui yo: pero como hombre…
       —¡Ah! —comentó.
       Ahora se le volvía todo confuso. Había hablado ayer tarde con Tato; recuerda algo. ¡Qué vaguedad! Pero tal vez Tato estuviera en este momento en su casa, sobre el catre, apuñalado. Y sería sangre suya, su sangre…
       Estuvo largo rato con la vista en el suelo. Ya brillaban los cogollos de los árboles.
       —Sí, vete, hijo. Dile a tu mama que te dé el bayo y una onza que tengo en mi baúl.
       No hablaba ni con tranquilidad ni con dolor. Era como si la voz saliera del camino y no de él.
       Tato se destocó, se arrodilló y rogó:
       —La bendición, taita…
       No contestó. Miraba aquel agujero blanco que se agrandaba en el cielo. Sintió gente arrimarse a la puerta.
       —Y coge mi silla y mi revólver —dijo.
       Tato se incorporó. Comenzó a caminar como si fuera hacia el sol. Se veía encorvado. Quizá ahora no pudiera andar: tendría sangre en el pecho.
       El viejo Nelico se volvió; arrastraba los pies. Le dio trabajo sentarse de nuevo frente a Gengo. Pero no pensaba ya en que el matador viniera. Tenía sólo la preocupación de que Tato podría muy bien esconderse por el agujero blanco que se alzaba lentamente sobre la tierra…




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar