Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


La verdad
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Nadie se explica por qué el matador de Quique Blanco ha rechazado las proposiciones que se le han hecho; por qué se niega a que lo retraten. Un periodista dijo que era muy humilde, y se cuenta que se avergonzó cuando quisieron hacerle un regalo digno de su hazaña. Ayer oí contar otra vez la historia. Refiere que el muchacho —un jipato de las vueltas de Moca— aprovechó un corto sueño de Quique, le arrebató el revólver y le destrozó la cabeza. Hay quien asegura que entre las víctimas de Quique figuró el padre de su matador, que éste sólo quiso vengarse y que por eso rechaza la notoriedad que le ha dado el suceso.
       Yo aseguro que no hay tal cosa. La verdad, la absoluta verdad de los hechos la tiene una sola persona. Soy yo. Ahora la voy a hacer pública, y desafío a que alguien pretenda desmentirme.

       Bajando de las vueltas de Villa Trina echaba mi caballo por veredas ahogadas entre matorrales. Eso ocurría en el mes de enero. Buscaba a don Aspasio Guzmán, a quien conocí en la Capital y de quien tuve promesas de un contrato para medir sus propiedades. Él mismo me dijo que sus terrenos empezaban en el llano y que eran tantos que algunos de sus potreros trasponían las estribaciones primeras de la Cordillera y caían por las vueltas de Conuco. Confieso que me entusiasmé. Lo que me estaba haciendo falta era un cliente de esa naturaleza, y aunque estábamos un poco tragueados sentí que el hombre hablaba verdad. Él bebía escandalosamente. Era ancho y alto, con un vozarrón insufrible. Tomó más de la cuenta y se puso necio. Manoteaba como un energúmeno, increpaba a los sirvientes y se pelaba la garganta gritando vivas al gobierno. Estábamos en un sitio alegre. Don Aspasio llamó a una muchacha y ella no le hizo caso; eso le enfureció y se levantó con evidentes intenciones de pegarle. Al tiempo de querer andar dio algunos traspiés y cayó de bruces. Se quejó un poco; lanzó palabrotas inaudibles. Nadie le hacía caso, ni él me lo hacía a mí, que lo removía invitándole a levantarse. Cuando me iba de allí, poco después, don Aspasio roncaba como un cerdo.
       ¡Lo que anduve tras el hombre al día siguiente! No dejé hotel en que no le buscara. Lo describía minuciosamente; me refería sobre todo a su enorme leontina de oro macizo y al anillo que llevaba en la mano izquierda, que debía pesar media onza. Nadie me dio noticia de don Aspasio; y como yo no estaba en condiciones de perder un cliente, aunque no tuviera el aspecto de campesino rico que tenía aquél, resolví irme a Moca y averiguar dónde vivía. Total, gastaría seis o siete pesos. Con ellos no podía ser más pobre, y sin ellos no podía ser menos rico.
       Me encaminaron hacia Villa Trina. De allá bajaba aquella tarde plácida. Con el fresco de la hora parecía animarse mi montura. Como coloreada por un humo vago, mecida por una brisa acariciante, la tarde disipaba mis preocupaciones y me infundía cierta paz. Hasta a silbar me puse. A trechos elevaba la cara. Un poco ahora, otro a seguidas, el cielo se me iba mostrando por entre las ramas oscuras del monte.

       La noche empezaba ya a soldar los perfiles, a igualar los relieves y los colores. Avivaba el paso mi caballo, y fuera del vago rumor que surge de los bosques que se adormecen, todo era tranquilidad en los alrededores. De pronto, pegado a mí, tan rápido que apenas pude apreciar de dónde salía, un hombre sujetó el freno de la montura al tiempo que mirándome fijamente decía:
       —Déme una candelita, amigo.
       Conteniendo mis nervios estudié velozmente al intruso; después metí mano en el bolsillo y vi cómo sus ojos siguieron el movimiento de esa mano. Parecía receloso. Era negro y tenía aspecto miserable. Vestía camisa color indefinible, hecha trizas; sin botones. Llevaba un macuto grande bajo el brazo. Cuando le tendí los fósforos se destocó y sacó del fondo de la gorra el cachimbo. Al encender le vi una escasa barba —muy pocos pelos cortos— y una cicatriz en la mejilla derecha. Era feo e impresionante. Sin soltar el freno miró a todos lados, como persona perseguida.
       —Como que viene de lejos —susurró.
       La verdad es que yo deseaba que aquel hombre me diera oportunidad de entrar en confianza con él. Me tenía como hechizado, quizá por su imprevista aparición. Así, cuando me habló le respondí en seguida.
       —¿De Villa Trina? —pareció dudar—. Pero cristiano… ¿y pa’ qué no cogió el camino del pueblo?
       —Es que no soy práctico por aquí —expliqué—. Ando buscando a un hombre.
       —¿Cómo se llama? —me interrumpió.
       —Don Aspasio; don Aspasio Guzmán. Tiene unas tierras…
       —Sí; pero él vive pa’ los laos de la Rosa. Eso es por Hincha, amigo.
       —¿Está seguro? Hace dos días que ando averiguando.
       Estaba pensando que me ayudaba el destino, que aquel hombre había sido puesto allí para que me dijera eso, nada más. Pero hubo un ruido en el monte, como de pasos, como de carreras. Rápido, el hombre se tiró tras las patas de mi caballo.
       —¡Cállese! ¡Cállese! —ordenó en un soplo.
       Sentí la amenaza de su voz. Era impresionante y baja. Esperé. Nada. El silencio había tornado. Poco a poco él se fue irguiendo, rodándose tras mi montura, vigilante siempre. Nada. Durante medio minuto sus ojos siniestros estuvieron hurgando en la noche naciente, y pareció intranquilo.
       —¿Usté ha topao gente? —preguntó en voz leve.
       —No. Dejé atrás un hombre, hará como dos horas.
       Tornó a mirarme con fijeza. Parecía no confiar en mí.
       —¿Un hombre? ¿Cómo andaba vestido?
       —Con pantalón de fuerte azul. Venía a pie —dije.
       —Ah…
       Juraría que se le entristecieron los ojos. Despegó la mano del caballo.
       —Bueno, amigo… —empezó— yo me voy; tengo mucho que andar. ¿Usté no tendrá algo pa’l camino?
       —Cómo no; por aquí debe aparecer algo. Un momento.
       En el fondo del bolsillo se me había enredado la mano con lápices, llaves, papeles, y ya había pescado dos monedas de a diez, cuando oí al hombre rogar, con un tono distinto al que había usado:
       —Hágame un bien, amigo: si lo pechan y le preguntan que si vido un hombre asina, como yo, diga que no. Es un bien que usté va hacer. Diga que no y usté verá que no le pesa.
       Me miraba con ojos amargos mientras yo ponía las monedas en su mano. Me dio tristeza.
       —Diré que no; júrelo —aseguré.
       Él quiso sonreír, pero no pudo.
       Dijo simplemente:
       —Vea, Dios le ha de pagar eso.
       Y casi sin terminar la frase se sumergió en el monte, fundiéndose con la negrura de la noche, que avanzaba lentamente.

       En el parque, en las casas de familia, en los grupos que jugaban dominó llenando las puertas de las pulperías, la gente del pueblo no sabía hablar de otra cosa.
       —Sí, pasó anoche por aquí…
       —Dicen que se metió por un cacaotal que está del otro lado de Arroyo Cano…
       —Una vieja que lo vio asegura que va herido…
       Inocente como era, apenas entendía, hasta que alguien me explicó:
       —Quique Blanco, que vino de Puerto Plata para acá hace tres días.
       —¿Quique Blanco?
       —Unjú.
       —Antier tarde —dijo un tercero— se tiró con un sargento en Licey y mató a una muchachita que atravesaba.
       Yo me quedé confundido. Para mí Quique Blanco había cruzado la frontera muchos meses atrás. Hacía ocho años que tenía en jaque a todo el Cibao. Se presentaba de improviso en Santiago, desaparecía y al otro día abaleaba un soldado en Salcedo. Nadie supo cómo se las arreglaba para recorrer distancias tan largas. Se dijo que era brujo, que cuando lo quería se hacía invisible. Se le temía como a un dios implacable. El gobierno despachó cientos de hombres tras él, y el ejército llenaba la cárcel de pobres campesinos, sospechosos de encubrirle. Nada. Mandaron a Número Mayor, un sargento famoso en la persecución de criminales; jamás volvió Número Mayor. Se tuvo el soplo de que Quique iba a dormir a un ranchón de tabaco, y un grupo le cogió el nidal desde el atardecer. A media noche resonó un tiro, que le destrozó la cabeza a uno de los perseguidores, y se oyó tronar arriba, entre las pacas de tabaco, la voz impresionante de Quique Blanco:
       —¡Vengan a cogerme si se atreven!
       Puesto a contar las hazañas de Blanco, un hombre llevaba más de una hora, y algunas de las que relataba parecían realmente fantásticas. Mi interés fue decayendo a medida que aumentaba el sueño que tenía. Me sentía deshecho, quemado por el sol del camino, y decidí irme a casa. Al levantarme no me acordaba de Quique Blanco; me preocupaban mis asuntos y tras ellos andaba… Hasta que tres días después…

       Con el sol de caída volvía a Moca. Me sentía alegre. Era un gran tipo aquel don Aspasio, tan gritón y tan hospitalario. Estuvo enseñándome tablones de plátanos, de yucas, de frijoles, de piñas. Me llevó al potrero, lejísimos, pegado al río. La yerba lozana cubría a las reses, y sólo el ondular de aquella especie de gigantesca alfombra señalaba el lento paso de una vaca. Estuvimos viendo también los chiqueros, y las pocilgas de siete polanchinos enormes, que no podían ponerse en pie de tan gordos y gruñían ligeramente, echados a la sombra de aguacates frondosos. Era un encanto el sitio. Lo que me desagradó fue ver un bohío pobrísimo en medio del maizal. Guarecía a la familia de un peón. Estaban flacos y demacrados los niños, y aunque el mayor, de cinco que eran, no tendría arriba de siete años, se pasaban el día solos, como huerfanitos, sin comer otra cosa que mazorcas tiernas, hasta que llegara el padre a sancocharles plátanos. Les di centavos, mientras ellos me pedían la bendición. Eran tan tímidos que no se atrevían a coger las monedas.
       Le dije a don Aspasio que solucionara el problema de esa familia abandonada, y me contestó que en el campo los muchachos se crían como los cerdos, comiendo tierra. Estuve sobre un cuarto de hora sin hablar. Creo que soy cobarde, porque de otro modo hubiera reaccionado inmediatamente contra aquella asesina tranquilidad. Quizá lo hubiera hecho; pero necesitaba del hombre.
       Volvía contento. Ya al salir me había prometido firmarme el contrato por la mensura del sitio de Las Quebradas. En camisa, con su gran tabaco en la boca, escandaloso de voz y figura, estuvo diciéndome adiós y recomendándome que volviera de momento a darme unos tragos.

       No hice más que dejar de verlo, al tomar el paso del arroyo, cuando oí el silbido. Era muy bajo, sostenido, largo. A pesar de la hora, el lugar infundía no sé qué sensación de soledad y de asechanza. Miré a todos lados, vuelto un lío de nervios. Iba a romper marcha otra vez y tornó a dejarse oír aquel silbido impresionante. Me sentí vigilado, amenazado y violento. Cesó de nuevo cuando ya estaba a pique de tirarme del caballo y arremeter contra el monte. Pero no hice más que picar espuelas y arrear al animal para que lo oyera otra vez.
       Había decidido asustar al caballo y lanzarlo a toda carrera sobre sus pasos. Es difícil de explicar. El sitio húmedo y sombreado; la soledad; el silbido aquél, que tenía una modulación lúgubre; quizá el temor subconsciente de que anduviera por allí Quique Blanco, aunque en verdad no lo recordaba en este instante; todo contribuía a llenar el momento de cierto prestigio bárbaro, imponente. Además, el campo cibaeño es siempre impresionante. Le parece a uno, ahogado como está por la selva nutrida, que brujos poderes lo acechan y lo cercan, que lo vigilan mil ojos misteriosos. Siempre me impuso el monte cibaeño; pero jamás como aquella tarde. Creí que iba a estallarme el corazón. Lo sentía reventándome el pecho, y por mucho que buscaba un objeto, un hombre, una bestia, cualquier cosa cuya presencia explicara aquel silbo, algo sobre qué descargar mis nervios, no veía, no encontraba. Fueron unos segundos de pesadilla, horribles e inolvidables.
       Iba a lanzar el caballo ya, cuando una voz muy baja sopló a mi espalda:
       —Soy yo, amigo; soy yo.
       Me fui volviendo poco a poco, para no demostrar mi impresión. Todavía no precisaba. Se movió una rama en el matorral que estaba justamente a los pies de mi caballo.
       —Soy yo —tornó a decir la voz.
       Entonces fue cuando la reconocí. Empecé a soltar los nervios.
       —Salga —casi ordené.
       —No —el hombre me enseñó el rostro por entre la turba de hojas—; véngase usté atrás de mí, que yo no puedo salir al camino. Hágame ese bien.
       Todavía temía algo.
       —Salga; no hay nadie —aseguré.
       —Le digo que no puedo salir. Esto ‘ta cundió de guardias.
       De pronto el desconocido sacó la cabeza, ojeó con indecible rapidez el camino y de dos saltos se puso del otro lado. Fue como una sombra. Nadie le hubiera visto. Yo mismo me quedé pasmado. Me hechizó el hombre. Consciente de que no debía hacerlo, convencido de que estaba procediendo como un tonto, me tiré del caballo y corrí tras él. Pero aun siguiéndole, apenas le veía. Acertaba a columbrar, apenas, sus ojos relampagueantes, que recorrían veloces las sombras del monte. De pronto se detuvo.
       —Sentémono aquí —dijo—. ‘Toy cansao, amigo.
       Sin la menor sospecha, totalmente confiado, me senté a su vera.

       Había transcurrido un tiempo que me pareció muy largo, sin que ni el desconocido ni yo dijéramos palabra. Ambos parecíamos ver los bejucos cerrados que dominaban los troncos y descendían como cortinas. Se percibía el rodar de un arroyo y el aire estaba cargado de húmeda frescura. Oíamos el freno del caballo que andaría ramoneando por el camino. Parecíamos dos amigos fatigados. Él dijo:
       —Usté dirá que le voy a gastar los fósforos. Necesito uno.
       Tenía cierta tristeza en la sonrisa y era muy feo. Esa vez lo veía mejor. Le brillaba la piel y sus ojos mostraban una dureza impresionante. Le tendí la caja. Encendió calmosamente. Después dijo, mirándose los pies descalzos:
       —Amigo, yo nunca fallo. Me dio el corazón que usté era buena gente, y como tenía tanta necesidá de conversar… Van pa’ siete años que no converso al paso, amigo…
       Ahí me asaltó la sospecha. Fue una intuición precisa y segura como un tiro certero.
       —Pero entonces usté es…
       No me dejó acabar.
       —Sí, amigo. Yo creía que ya usté lo sabía.
       Y me llenó de sorpresa verlo tan sereno y tan triste a la vez, como si nada hubiera dicho, como si no fuera el objeto de una caza feroz y larga.

       Llevaríamos más de media hora allí. Él había contado innumerables episodios de su vida y parecía muy cansado. Tenía una voz triste.
       —íY por qué anda en estos pasos? —le pregunté.
       —Amigo —dijo—, la maldá… Por maldá de un compañero me veo asina. El mejor hombre ‘ta regoso a pasar por esto.
       La brisa de la tarde hacía sonar las hojas del bosque, cerca se oía rodar agua; algunas avecillas cantaban al atardecer. En el apacible y a la vez majestuoso escenario, la voz del perseguido, a menudo tocada de honda ternura, iba enhebrando la historia.
       Él era campesino, joven. Había oído hablar de la Capital y soñaba con librarse del ambiente agreste en que creciera. Buscó medios; pero no los veía. Un día descubrió el camino: ingresaría en el ejército. Al principio, claro, le supo mal; pero después se acostumbró, y hasta logró tener amigos, uno, sobre todo, a quien quiso.
       —Bueno —explicaba—, no le voy a decir lo que yo quería…
       Cuando llegó a sacudirse del todo el espíritu del campo, y se hizo a la vida de ciudad, se enamoró. Fue mala cosa esa. La mujercita era una perdida, sin duda; pero él la hallaba buena. Por lo visto ella coqueteó también con su amigo… No está claro. De todas maneras, el amigo hizo mal.
       —Él, ¿usté sabe?, era guardia viejo, lleno de mañas, y me jugó sucio.
       Tan pronto comprendió lo que pasaba se entregó a meditar. ¿No sería lo más discreto olvidar a la mujer y al amigo? Bien: a la mujer sí; al amigo no podía.
       —Mujeres hay muchas, créamelo; pero amigos… ¡Jum!
       Sin embargo, el compañero no parecía serlo del todo, o a lo mejor se enamoró él también, porque la mujercita era sabida. El caso fue que un día de inspección el otro hizo la maldad. Le ensució el sombrero para que lo arrestaran y no pudiera salir esa noche. A Quique le indignó aquello.
       —Le juro, amigo, que no fue por no verla, sino por el mal hecho. Ya usté ve el tiempo que hace de eso… Bueno. Todavía no lo perdono…
       Y, cosa inexplicable, él, en quien no había despertado aún la fiera, estuvo a pique de pasar por alto el pecado del amigo. Casi nada faltó para olvidarlo; pero el otro colmó la medida. El lunes, mientras Quique llenaba su jarro de agua, se le acercó con cara de malicia.
       —¿‘Taba blandito el piso? —preguntó.
       Quique se sintió arder. Levantó el jarro, furioso por la burla, y le dio en la frente.
       —Cosa de nada, créame; un simple chichoncito…
       Corrió alguien y los separó. Pero esa noche el amigo estaba de patrulla, tropezó con Quique en un barrio y quiso maltratarlo.
       —Ahí fue la desgracia. Yo ni an tenía la idea de matar a un cristiano. ¡Qué va! Y salí juyendo porque yo conocía la cárcel y sé lo que sufre un hombre metió ahí.
       Quique Blanco enturbió sus ojos y miró muy hondo, tanto que no se sabía qué buscaba viendo, si la noche naciente o sus recuerdos.
       —Si la cárcel hubiera sido como debe ser, no ‘taría yo agora aquí ni hubieran pasao muchas cosas, amigo. Lo primero sí, porque era una desgracia, y ahí sólo Dios puede…
       Tal vez él tenía razón. Yo no lo juzgaba. Le oía explicar su caso, le oía preguntar, desolado, por qué lo persiguieron. Él no robaba, no mataba, no se metía con nadie. Simplemente no quería caer preso, porque la cárcel es dura hasta lo indecible. Un día, cansado, resolvió hacerles frente a sus perseguidores, y ya tuvo que seguir.
       La voz de aquel hombre no desentonaba en la placidez del sitio. Acusaba a la sociedad de su desgracia, y lo hacía tranquilamente, sin énfasis, poniéndole cara a la maldición. De golpe se volvió a mí:
       —Yo lo quería ver hoy, amigo. Dende aquella tarde me dio el corazón que usté era buena gente, y tengo dos días por aquí velándole el paso.
       ¿Me enternecí o me acobardé? No lo recuerdo con exactitud. Sí que le dije:
       —Mande, Quique. Quizá yo pueda serle útil sin faltarle a mi conciencia.
       —No, amigo, no tiene que faltarle; sólo lo quería pa’ conversar con usté. Me parece que no voy a durar mucho, y como de mí se habla tanto no quería morirme sin que siquiera un hombre supiera que de no acosarme como un perro con rabia, esto se hubiera evitao.
       Vi lo que decía. Me parecía que allí, a dos pasos, estaba el perro, con la pelambre erizada, mostrando los blancos dientes, amenazador, y que los hombres lo cercaban dando gritos y esgrimiendo machetes. Me sentía soliviantado, lleno de pesadumbre. Si Quique se hubiera quedado en el campo, trabajando, quizá casado… Pero se metió a guardia y aprendió a ser rudo.
       Él lanzaba manotadas matándose los mosquitos y los mimes que le comían las piernas. Torné a verlo. Ni miraba ni se movía. Negro, triste y perseguido…
       —No piense mal, Quique. ¿Por qué va a morirse usté?
       —Es que tengo que morirme, amigo. Usté no sabe lo que tengo por dentro. He pasao muchos años poniéndole el frente al diablo y llevándome en claro a muchos vagabundos; pero hace unos quince días que me pasó una cosa muy mala, y dende entonces ni an duermo.
       Manoteando discretamente esperó a que yo dijera algo. Accedí.
       —¿Cosa mala? —pregunté.
       —Sí, amigo. Me salieron en Licey…
       Quique había estado rondando por Licey en pos de un compadre enfermo, y los soldados lo velaron. Ellos no acertaban nunca, porque la fama de Quique les hacía temblar el pulso a los mejores. Además, no se cuidaban de que hubiera o no gente. Mejor si la había, porque así se propalaba la noticia de que se habían enfrentado al temible Quique Blanco, y eso, claro, podía proporcionar algún ascenso. Así, ese día una niña cruzaba cerca del fuego. La cogió una bala de Quique. Él la vio caer, y de golpe sintió que se le aflojaba el corazón.
       —Dende ese día ando como loco, amigo. Cierro los ojos y la veo cayendo. Era una pobre criatura. No me lo perdono, amigo, y quisiera tener el poder de Dios pa’ devolvérsela a su mama.
       Mi propia voz me sorprendió. Yo no quería hablar; pero tampoco quería que él siguiera. Dolía oírle. Yo no sabía qué decir. ¿Cómo darle consuelo a él, hombre de corazón duro, y culpable, además?
       —¿Usté tiene hijos, Quique? —pregunté.
       —No, amigo. Si hubiera tenío uno…
       Adiviné el resto. En su lógica primitiva dar su hijo en pago de la muerta era una solución. ¡Y eso lo pensaba él, que no sabía cómo se quiere a un hijo! Sin duda la sociedad malogró en Quique Blanco un espíritu delicado.
       Moví la cabeza para verle. Durante unos segundos inacabables se mantuvo con la vista alta, como tratando de ver el cielo. Le observé y comprendí: estaba haciendo esfuerzos para que no le saliera una lágrima. Me sentí yo también culpable, responsable de su tragedia. Le cogí una mano.
       —Quique —dije— no tema. Usté morirá hoy, mañana, dentro de un año, dentro de cien. Pero usté sabe que no es malo, y eso basta. Usté sabe que no quiso matar esa niña…
       Ahí no pudo más. Su cara tosca se llenó de una ridiculez majestuosa. Torció la boca, se tapó los ojos y rompió a llorar.
       —Yo no quise, amigo, júrelo —medio dijo.
       Como lo hubiera hecho un padre, le fui pasando la mano por el áspero pelo. Ni me molestaba su mal olor de hombre miserable. Estuvimos así un tiempo incontable. Se hacía cada vez más oscuro. Poco a poco fue Quique serenándose; pero le noté que no quería verme más.
       —Váyase, amigo —rogó—. Déjeme aquí. Hoy no, porque tengo que dir donde un compadre a llevarle medicina, pero mañana se acaba todo. No le cuente a nadie que habló conmigo, porque se lo llevan. Me tienen como si fuera perro con rabia. Váyase, que yo me quedo.
       Busqué en mis bolsillos.
       —Vea Quique, no puedo darle más, pero acéptelo como si fuera mucho; se lo doy con gusto.
       Él estaba sentado todavía en el tronco y no me miraba.
       —No, amigo. Usté me ha dao más de la cuenta, porque me ha dao consuelo y atención. No. Yo sí debería darle algo: pero no sé qué.
       —No se apure —dije—. Me basta con la voluntad y con el recuerdo de esta tarde.
       Iba a decirle adiós ya, pero él me atajó y buscó algo en el macuto. Sacó un hierro brillante y estuvo acariciándolo. Me lo tendió.
       —Llévese eso. Yo no lo he usado todavía —dijo.
       —No, Quique, quédese con él.
       Entonces alzó la cabeza e inició una sonrisa. Se quedó con el brazo encogido, el revólver en la diestra. Tenía aspecto de niño.
       —Vea —aseguró lentamente—: no sabe lo que le agradezco esa delicadeza, amigo. Este lo tenía yo pa’ mí.
       De golpe se puso en pie, volvió a meter el arma en el macuto y me tendió la mano.
       —¿Usté no se siente en darle la mano a un criminal? —casi suplicó.
       Y cuando se la estreché me miró con franqueza, limpiamente. Sonreía y parecía feliz. De súbito dio la espalda y a saltos largos y silenciosos se metió en el tupido monte. La noche había caído del todo cuando yo dejé el sitio.
       Dos días después, de vuelta en la capital, me encontré con la noticia de que un muchacho de Moca había sorprendido a Quique Blanco durmiendo y le había destrozado la cabeza de un tiro con el revólver del propio muerto. Más tarde supe que habían paseado el cadáver por todos los pueblos del Cibao, para que la gente no creyera que seguía vivo.
       Vivo, estuvieron persiguiéndolo con rabiosa saña; muerto, se regodean sobre sus restos y mienten descaradamente. Pero yo sé la verdad, la única verdad de esa vida empujada al crimen; la única verdad de esa muerte realizada con heroica frialdad. Es esa que he dicho. Desafío al más osado a que me contradiga.




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