Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


El oro y la paz
(1975)


Capítulo I

      Al quinto día de su llegada a Tipuani, precisamente en el momento en que se preocupaba con la presencia de sus indios —que vagaban de un sitio a otro llamando la atención de la gente—, Pedro Yasic oyó los motores de un avión. Preguntó, intrigado, y supo que se trataba de un viejo Junker bimotor que llegaba todos los jueves para transportar el oro del Banco Minero a La Paz; además, llevaba correspondencia, medicinas, cierto tipo de carga valiosa, funcionarios del Gobierno y del Banco. Mirando en todas direcciones, Yasic vio el terreno ondulante, desigual, los pedregales que se extendían aquí y allá, a ambos lados del río, la tierra convertida, gracias a la codicia de los lavadores de oro, en grandes hoyos semejantes a cráteres sin profundidad. No podía explicarse dónde aterrizaba el Junker.
       —¿Pero dónde está la pista? —preguntó.
       Valenzuela le explicó que estaba en la orilla del río, junto al cerro, y que había sido hecha acarreando tierra con cestos y apisonándola con troncos gruesos de madera.
       El avión hacía círculos, situándose para aterrizar. Yasic y Valenzuela se encaminaron a la pista. Cuando llegaron, la nave entraba a tomar tierra. Pedro Yasic se quedó asombrado.
       —¡Pero si necesita una inclinación de catorce grados, por lo menos! —dijo en alta voz, impresionado por la hazaña que era ese aterrizaje en una pista que no sobrepasaba los trescientos metros.
       José Valenzuela se volvió a su amigo para mirarle. Yasic se sintió molesto. Él, tan cuidadoso, había perdido su guardia. Estaba seguro de que Valenzuela iba a preguntarle: «¿Usted es aviador?» y entonces él tendría que responderle: «Bueno, aprendí a volar en Chile». Pero no podría explicarle por qué causa aprendió, porque si le decía: «Para ir a pelear en Yugoeslavia, en los días de la guerra», podría suceder que Valenzuela le dijera: «Aquí vivió un paisano de Puerto Montt que se llama Pedro Ibáñez y según nos contó tenía allá un sobrino hijo de un yugoeslavo que se llamaba Pedro como él».
       La primera pregunta no se produjo, sin embargo, y por tanto no hubo la segunda. Cuando el tío le agarraba la mano, ya para morir, catorce o quince días antes (no, once hoy; hace hoy once días justos que murió el tío y todavía no le he dado la noticia a mamá), repetía con angustia: «Que no lo sepan, Pedro; que nadie sepa en Tipuani que eres sobrino mío… Que no lo sepan, Pedro». Y con sus dedos débiles de moribundo le tocaba y le tocaba la palma de la mano, como si quisiera decirle con el tacto lo mismo que le decía con palabras.
       El avión tomaba pista y bajaba los alerones. Cuando el piloto abrió la puerta y se tiró a tierra, llevando en una mano un paquete que debía ser de papeles, Valenzuela se dirigió a Yasic.
       —Es España. Otras veces viene Bill —dijo.
       Yasic pensó que España debía ser boliviano, a pesar de su tipo rubio, y Bill inglés o norteamericano, a juzgar por el nombre. La diferencia de nacionalidad no tenía importancia; lo que podía tenerla, y grande, era saber si en los viajes de vuelta a La Paz iba un piloto solo o si llevaba copiloto, si al llevarse el oro viajaba en el avión alguna escolta policial. A Yasic le hubiera gustado saber cuánto ganaba cada piloto. Pues muy bien podía suceder que España o Bill o el demonio, si le tocaba al demonio volar ese viejo Junker, recibiera por vuelo menos de lo que Yasic pudiera ofrecerle. Ahí podía estar la solución.
       —Volvamos al cerro —dijo.
       Una bandada de chiquillos, seguida de algunos perros, se encaminaba hacia la pista. El sol era fuerte.
       «El avión es la solución. Si lo dejan solo, sin guardias, puedo robármelo. El tal España bajó solo. No venía nadie con él».
       —Oiga, Valenzuela —dijo de pronto—, ese piloto es muy bueno. Debido a las aproximaciones, esta pista me parece la peor del mundo y creo que debe ser más difícil despegar que aterrizar.
       Para Valenzuela ese lenguaje era incomprensible, de manera que no dio ninguna respuesta. Pero quería ser complaciente con su amigo.
       —Dicen que Bill es mejor. Yo conozco a España. Si quiere se lo presento. Va de aquí al Banco, como hace siempre, y después a la cantina.
       «Si voy contigo a la cantina te emborracharás y te pondrás a decir que yo soy aviador», pensó Yasic. Caminaba con la cabeza baja, como si estuviera abstraído. «Pero de todas maneras vas a decirlo aunque yo no esté».
       —El sol está fuerte, Valenzuela. Yo no resisto. Usted sí, porque es del norte, pero nosotros, los del sur, no estamos acostumbrados a este sol.
       —Figúrese, Sara nació en pleno mes de enero, y yo creo que ése fue el año más caluroso en Antofagasta.
       —Ah, ¿es de Antofagasta?
       —Sí. La mamá era de Valparaíso y se murió al dar a luz. Sara es huérfana de madre desde que nació. La crie yo.
       Era un tema que le agradaba a José Valenzuela. Le gustaba decir, cuando venía al caso, que él había criado a su hija. No decía, sin embargo, que había tenido abuela y dos tías que no conocieron a la niña porque la abuela —la madre de Valenzuela— se había quedado en Valparaíso amancebada con otro hombre cuando Valenzuela el viejo —el padre de José— fue dado por desaparecido después de haber hecho un viaje a Punta Arenas del que jamás volvió.
       —La crie yo, y cuando vinimos aquí me acompañó a los caños para vender telas y collares y baratijas a los indios de la selva. Conoce la vida, no crea, y es muy buena hija.
       Yasic seguía caminando con la cabeza baja y oía a Valenzuela como se oye el runrún de un insecto que da vueltas alrededor de uno. «¿Estará haciéndole propaganda a la hija?». Valenzuela proseguía:
       —Si alguna vez volvemos a Chile será para vivir en el norte, porque ni Sara ni yo estamos acostumbrados al frío. Usted sí, porque es de Puerto Montt.
       —Sí, yo sí —dijo Yasic con el tono de quien desea que la conversación termine cuanto antes.
       Pero Valenzuela no estaba dispuesto a dejarla languidecer. No era precisamente hablador, sino que a veces necesitaba desahogarse.
       —Yo digo así, «si alguna vez volvemos». Es hablar por hablar, porque yo sé que nunca voy a volver. Tal vez a Sara no le haga tanta falta, pero yo soy más chileno que la estrella de la bandera y me duele pensar que voy a morirme sin ver otra vez mi patria.
       Pedro Yasic, que no había levantado la cabeza, pensó: «Ya saltó el patriotismo».
       —¿A usted no le hace falta Chile? —preguntó Valenzuela.
       —A mí no. Considere que salí hace muy poco.
       —¿Ah sí? Pues yo creía que tenía algún tiempo en Bolivia.
       —No, muy poco; unos días nada más.
       —Bueno, todavía no le ha llegado el tiempo de la nostalgia.
       —Ni me va a llegar —respondió Yasic con doble intención.
       —Claro, porque usted pensará estar poco aquí. Pero yo tengo fuera de Chile muchos años.
       Yasic comenzaba a sentirse molesto. Le molestaban el sol, la voz de Valenzuela, las confidencias. Quería ir a la cantina para conocer al piloto España; tenía que ver a los indios antes de medio día.
       —Voy a la cantina —dijo de pronto.
       —Sí, allá vamos —explicó Valenzuela.
       Frente al mostrador estaba el piloto hablando con un hombre de años, gordezuelo, alegre, de ojillos claros vivaces. Por el acento dedujo que era Alexander Forbes. No podía ser otro. «Es un viejo alegre y bueno», le había dicho el Cónsul de Chile en La Paz. El idiota del Cónsul, ¡qué bien lo había engañado con la historia de la propiedad! Le había hablado del viejo Forbes al salir del cementerio de La Paz. La Paz se veía en todas direcciones, llenando un gigantesco hoyo de tierras pardas. Luego, en las calles, Yasic vio millares de indias ataviadas con trajes de colores intensos y tocadas con pequeños sombreros de fieltro negro tipo Derby; había también muchos indios con sus ropas regionales y vestidos de negro a la europea, aunque descalzos; y todos, mujeres y hombres, vendían algo que exponían en las aceras: carnes secas, granos, frutas. En las faldas de los cerros, hacia el Altiplano, se veían manchas de eucaliptos de copas negruzcas y troncos claros. Era en pleno junio, pero había sol, y al entrar en ciertas calles se veía la mole nevada del Illimani como desbordándose sobre la ciudad. El invierno era duro, a juzgar por el frío de medio día. «El pobre tío debe estar helado en ese nicho. Tengo que escribirle a mamá diciéndole que su hermano murió. ¿A quién me dirijo primero ahora; al piloto o al viejo? Mejor al piloto. El viejo debe haber conocido al tío».
       Yasic inició la aproximación al piloto en la forma más natural.
       —Usted es el aviador que llegó hoy, ¿no? Quiero felicitarle por su aterrizaje. Fue perfecto.
       —Gracias. Mi nombre es España, Jorge España.
       —El mío es Pedro Yasic.
       —El mío, Alexander Forbes, del Mariapo, amigo —terció alegremente el viejo.
       Cuando se alejó de la cantina, media hora después, Pedro Yasic se sentía tranquilo. No se había hablado de nada que pudiera despertar la menor sospecha. El viejo Forbes le había mirado intensamente y luego había dicho: «Caramba, me recuerda a alguien»; lo cual hizo temer a Yasic. Pero si Forbes había conocido al tío, no lo relacionó con él. Por último, Yasic se iba sabiendo todo lo que podía interesarle sobre el avión y los pilotos, y además míster Forbes le había invitado a visitarle en su casa del Mariapo tres días después, es decir, el domingo. Abandonó, pues, la cantina con tranquilidad y dejó allí a Valenzuela, a quien dos lavadores de oro habían invitado a beber. Una hora después, estaba hablando con los indios.
       Eran tres indios llevados del Altiplano, que desfiguraban el español al hablarlo, sonreían sin motivo aparente y simulaban comprender sólo una parte de lo que se les decía. Sus ropas de clima frío les hacían sudar en el calor de la zona selvática, y el sudor despedía un olor agrio. Oían atentamente, respondían a todo que sí y no comprendían por qué su patrón les daba comida y no los hacía trabajar. Eso era completamente novedoso en sus vidas.
       Pedro Yasic les entregó chalona —carnero deshidratado en las nieves—, maíz y papas que ellos recibieron con demostraciones de alegría, y les preguntó con quién habían hablado; si le habían dicho a alguien quién era su patrón, si sabían por qué él los había llevado a Tipuani. Era el método que había adoptado desde el primer momento: repetirles hasta el cansancio que no debían charlar sobre él, que nadie debía saber por qué estaban ahí.
       —No patrón —decía el más viejo.
       —No patrón —repetían a coro los otros dos.
       —Pues bien, ahora fíjense en lo que voy a decirles. Voy a darles dinero para que compren herramientas. Vamos a comenzar a trabajar pronto y hay que comprar las herramientas.
       ¿Saben lo que es una piocha, un hierro para hacer hoyos?
       —Sí patrón, para hacer hoyos.
       —¿Saben lo que es una pala para sacar la tierra?
       —Sí patrón, pala de sacar la tierra.
       —¿Saben lo que es un cuchillo, lo que es un machete?
       —Sí patrón, cuchillo, machete.
       Iba a preguntarles si sabían lo que era una batea de lavar oro y un cedazo, pero se contuvo. No convenía que los vieran comprando esos artefactos. En la casa de Valenzuela había batea y cedazo. De alguna manera se las arreglaría él para usarlos sin despertar las sospechas de Valenzuela o de su hija.
       —Bien, pues ahora mismo se van a comprar dos piochas, tú una y tú otra. No vayan juntos.
       Primero vas tú, después tú.
       —Sí patrón, él primero, yo después. Éste no va.
       —Sí, éste va, pero comprará una pala, un machete y un cuchillo.
       El de más edad habló con el tercero en su lengua. Yasic no entendía esa lengua, pero comprendió que el indio le repetía al otro el encargo: una pala, un machete y un cuchillo. Tal vez, además, le estaba diciendo que por fin ya podían estar tranquilos, pues iban a trabajar.
       —Cuando compren todo se van a hacer su comida y a dormir. Ustedes siguen durmiendo en la casa del indio amigo de ustedes, ¿no?
       —En la casa del amigo, patrón.
       —¿Y no le han dicho nada a él? ¿Él no les ha preguntado por qué están aquí?
       —En lengua de indios no se hacen preguntas, patrón.
       —Bien. Pues se van a dormir allá. No tomen cachaza hoy, ni una gota de cachaza. Si toman cachaza no tendrán trabajo conmigo y se quedarán aquí en Tipuani sin un peso para volver a La Paz.
       —No cachaza, patrón.
       —Mañana tendrán cachaza. Yo mismo les llevaré una botella mañana.
       —Mañana cachaza, patrón.
       —Ahora compran las herramientas y se van a comer y a dormir. Pero mañana se levantan antes de que salga el sol, ¿entienden? Y se van derecho por esta orilla del río —y Yasic señalaba hacia la ribera derecha— hasta una piedra grande, más grande que yo, que está a dos horas de aquí. Es una piedra grande a dos horas de camino, ¿han oído?
       —Oído patrón. Una piedra grande allá —y el indio señaló hacia la dirección que Pedro había marcado con su mano.
       —Sí, allá. Me esperan ahí, al lado de la piedra, con las piochas, la pala, el machete, el cuchillo.
       —Esperamos allá, patrón.
       —Bueno, adiós.
       Se fueron, y Pedro se dirigió a comprar algo más de chalona, de maíz y de papas, una botella de cachaza y una olla de barro, por si era necesario quedarse todo el día en la orilla del río y comer allí.
       Se acercaba la hora de actuar. Le esperaba un trabajo tenaz y cuidadoso. «El menor error, y me lleva el demonio. Si voy dejando las cosas para mañana se me acaba el dinero. ¿Cómo haré para aprender a usar la batea sin que Valenzuela se dé cuenta?». Iba a paso lento hacia la casucha, sin que él mismo supiera cómo daba con el camino entre los callejones del cerro.
       Sara estaba adentro y cantaba. Pedro no quiso interrumpirla. A él no le interesaba la música en forma especial, y mucho menos el canto, pero Sara tenía una voz aguda y tierna, y además, cantaba una vieja cueca chilena que Pedro había oído en sus años juveniles. Como la sombra de un pájaro sobre las aguas de un río que se mueve sin cesar a la luz de la mañana, la cueca fue haciendo brotar en su imaginación el recuerdo de Puerto Montt, los botes de pescadores que retornaban al amanecer, el gigantesco mar verdegrís, una niebla ligera, los días de lluvia vistos desde los muelles, la época en que se escapó para irse a Yugoeslavia sin darles a los padres la menor idea de lo que iba a hacer. «Tengo que escribirle a mamá diciéndole que su hermano murió». Entró. Al oír pasos, Sara dejó de cantar.
       Preguntó:
       —¿Eres tú, papá?
       —No, soy yo, Pedro —explicó él.
       Ella apareció entonces en la puerta de su habitación —que compartía con el padre—; estaba limpiamente vestida y sonreía.
       —¿Dónde dejó a papá?
       —En la cantina, con unos amigos.
       —Habrá comido algo allá, porque es tarde. ¿Comió usted?
       —Sí, —mintió Yasic.
       Sara volvió a entrar. Sin duda él había llegado cuando ella estaba arreglando algo en su cuartucho, y de seguro iba a terminar su quehacer; pero Yasic no quería perder tiempo.
       —Mire, Sara, tengo un capricho —dijo—. Quisiera aprender a usar la batea.
       Desde la otra habitación, Sara comentó:
       —Pero no me diga que va a dedicarse a lavar oro.
       —¿Quién, yo? No me haga reír. Ése es un negocio malo y yo no hago negocios malos. Pero imagínese la sorpresa de mis amigos de Santiago cuando yo les explique cómo se lava oro en batea.
       Ella volvió a asomarse. Le miraba con seriedad.
       —¿Piensa volver pronto a Chile?
       —Claro. Tal vez el mes que viene.
       Sara bajó la cabeza y tornó a desaparecer en su habitación. Tardó rato en hablar, y al hacerlo su voz tenía otro tono.
       —¿Cuándo quiere aprender?
       —Hoy mismo, si usted me enseña.
       —Bueno, espere que termine lo que estoy haciendo.
       La lección fue en la propia habitación que ocupaba Pedro, un cuartucho minúsculo, el único que tenía puerta a la calle. Sara cogió tierra de la calleja, la echó en la batea y luego vació en ella un jarro de agua, de manera que la batea quedó a medio llenar; después comenzó a moverla en semicírculos y al mismo tiempo de alante hacia atrás.
       —¿Ve? Se hace así. Ahora coja usted la batea y haga igual.
       En cuclillas, Pedro trató de hacer lo mismo que la muchacha. Pero a los cinco minutos Sara tuvo que cogerle las muñecas para enseñarlo a dominar los movimientos, a mantener el ritmo y la serenidad en el eje horizontal del movimiento. Al sentirse cerca del hombre, a Sara comenzó a hacérsele la respiración fatigosa y sonora. Pedro se dio cuenta de lo que sucedía y trató de no mirar a la joven. Sabía lo que Sara estaba sintiendo, sabía también todo lo que podía pasar si él se daba por enterado, y no quería complicaciones en su vida.
       También Sara se sentía embarazada y molesta. Soltó las manos del hombre y exclamó:
       —Mire que usted es torpe. Le he dicho que así…
       Estaba roja, con los ojos brillantes. Se había agachado para ayudar a Pedro y los nacimientos de los senos le desbordaban del vestido.
       En eso se oyeron pasos que se acercaban, luego una mano que golpeaba en la casucha, a pesar de que la puerta estaba abierta, y una voz que decía:
       —Sara, Valenzuela está llorando.
       Sara se incorporó de un salto. Su rostro cambió tanto que parecía el de otra mujer. Rápidamente, con visible ansiedad, salió a la puerta.
       —¡Ay, mi pobre papá está llorando! ¿Dónde está?
       —Frente a la casa de don Gregorio.
       Y sin tomar en cuenta ni a Pedro Yasic ni al que le daba la noticia, la muchacha salió corriendo, loca de amor filial y de sufrimiento, y mientras corría la brisa le batía la falda.



Capítulo II

       La primera señal apareció —tal como había dicho el moribundo— a tres horas de marcha después de pasar la gran piedra gris. Era una colina cortada por el río, desde cuyas orillas podía verse un lado amarillento, y estaba a mil quinientos metros de Tipuani. La vegetación entre ella y el río era escasa; el suelo, a trechos cenagoso y a trechos pedregoso.
       Aunque la descripción había sido tan ajustada que no podía haber error, al ver la colina Pedro Yasic se sintió tan nervioso como si no creyera en lo que estaba viendo. Hasta ese momento había vivido, desde que enterró al tío en La Paz, en un permanente vaivén de sentimientos: unas veces se decía que en la hora de su muerte el viejo pudo haber soñado todo lo que habló; otras veces recordaba la extrema minuciosidad con que daba los detalles de su secreto y pensaba que ninguno de esos detalles podía ser inventado. Ahora la situación era distinta. Ahora estaba ahí, en el terreno, dispuesto a comprobar todo lo que había oído; y la primera comprobación indicaba que el muerto no había inventado.
       Pero Yasic se puso a estudiar el lugar. Sin duda que la extensión baja que se veía a lado y lado del río fue en otra época cauce del Tipuani. Podían verse, aquí y allá, las piedras que formaron el lecho quién sabe cuantos miles de años antes; esas piedras sobresalían ahora algunas pulgadas de la tierra, mostrando sus lomos grises entre la yerba rasante. Lo que le resultaba extraño a Yasic era que antes que su tío nadie hubiera notado la relación entre ellas y el Tipuani. Por entre la respiración fatigosa y sonora del moribundo, el tío lo había dicho varias veces —todo lo que dijo fue así, repetido sin cesar—; «Está tan a la vista, Pedro, que nadie lo había visto». Y el tío parecía haber tenido razón.
       Yasic ordenó a los indios caminar hacia el río. Era peligroso andar por entre los yerbajos y las piedras sin protección, porque en la zona abundaban las culebras venenosas. Pedro llevaba botas de cuero hasta media pierna, como las de paracaidistas, pero los indios sólo usaban sandalias y los pantalones les llegaban nada más hasta las rodillas, de manera que tenían las piernas desnudas. Sin embargo, nada ocurrió.
       A quinientos metros del río Yasic ordenó parar. Allí había un claro de arena y pedruscos que a ojo de buen cubero tendría unos cinco mil metros cuadrados. Exactamente ahí debía hacer la primera prueba, según las instrucciones del difunto.
       En ese momento veía con toda nitidez la cara del tío en aquella penumbra de su habitación en La Paz, la cabeza sin fuerzas caída sobre la almohada, el poco pelo blanco, los ojos entrecerrados; y aquella voz casi de otro mundo repitiendo: «En ese claro debes hoyar; ahí, no en otro sitio. ¿Me oyes? En ese claro. Si te equivocas, lo perdemos todo, Pedro; lo perdemos todo». «Lo perdemos todo», como si a él fuera a tocarle algo.
       Los tres indios podían estar mirándole, observándole, estudiándole; pero jamás sospecharían la tormenta que había en su alma. Ahí estaba él, en apariencia más tranquilo que nunca, de pie bajo el sol, mirando indistintamente hacia la colina, hacia el río o hacia la Cordillera, cuyas moles nevadas se adivinaban hacia el oeste, perdidas entre nubes. «Bueno, hay que empezar», pensó.
       —¡Aquí! —ordenó de pronto, con voz dura.
       Los indios corrieron a su lado.
       —Hagan un hoyo aquí, grande, que quepan dos hombres.
       Los indios se pusieron a trabajar con seriedad, pero sin prisa. Al principio las piedras estorbaban y debían sacarlas a mano, una a una. La tierra era gris, debido a la mezcla de arena, pero no tardó en aparecer tierra más negra con menos piedras y casi ninguna arena; y al fin, en el espesor de un pie, tierra sin arena y con algunas piedras pequeñas. En toda la profundidad calaba el agua, de manera que la tierra era pegajosa. Pedro Yasic vigilaba el trabajo, unas veces de pie y otras en cuclillas; cogía tierra y piedras y las estudiaba. A simple vista se veía que las piedras pequeñas habían sido pulidas por un largo rodamiento o por alguna corriente de agua, y eran más lisas cuanto más hondo estaban y más pequeñas se hacían.
       El trabajo no era fácil, dado el diámetro del hoyo, razón por la cual marchaba con lentitud. Serían las once cuando comenzó a aparecer una arenisca muy ligera y luego rastros de barro amarillento. Yasic comenzó a preocuparse. Si aparecía una capa de arcilla, había perdido su tiempo y debía comenzar una nueva prueba en otro sitio o volver a estudiar el hoyo con cuidado porque tal vez hubiera pasado sin darse cuenta de la capa que guardaba el metal.
       Fue necesario darle más diámetro al hoyo para palear con cierta libertad. Los indios trabajaban con regularidad, sin detenerse y sin apresurarse. Cada quince o veinte minutos, Yasic los hacía alternarse: el que estaba arriba con la pala esperando que el del pico hoyara, bajaba a palear mientras el del hoyo subía y entregaba la piocha al que estaba libre.
       Inesperadamente, a poco de pasado medio día, desaparecieron los rastros de arcilla y por entre la arena, más gruesa cada vez, se veían piedras de mayor tamaño que las últimas. Pedro Yasic había estado esperando precisamente eso, y sin embargo se asustó.
       —¡Paren! —gritó.
       Los tres indios le miraron con asombro. En ese momento había dos arriba y uno en el hoyo, y sin duda ellos también esperaban algo puesto que miraban a Yasic en forma extraña.
       —Hagan comida —dijo Pedro con voz natural.
       Los indios cambiaron miradas misteriosas, casi sonrientes. Pedro los observaba. Le parecía rara la conducta de esos indios. No había en ellos nada definido, pero él notaba que algo los unía contra él, algo sutil e indescriptible. Ellos seguían sonriendo, y —cosa extraña— no mostraban los dientes y ni siquiera movían los labios; tal vez sonreían con los ojos, con el alma, como si se burlaran o como si tuvieran un plan que ni aún con palabras podía explicarse.
       Llenos de tierra, sudorosos, esparciendo su agrio olor, los indios se movían preparando fuego para hacer comida. Pedro los oía hablar en su lengua y adivinaba que se referían a él. ¿Estaban haciendo comentarios serios o jocosos? ¿Estaban haciendo chistes a costa suya o de alguno de los amigos que habían dejado en La Paz o en sus aldeas de origen? ¿Qué ocurría? ¿Y si estaban tramando algo, una agresión?
       Yasic se hallaba confundido. Él conocía a los hombres; les veía el alma de un golpe y casi desde que comenzaba a tratar a uno de ellos sabía cual era su punto débil y cuál su punto fuerte, sabía quién era bueno y quién era malo, quién de fiar y quién no. Esos indios habían tenido desde que los conoció caras nobles: miraban de frente, hablaban con naturalidad, no se mostraban serviles. ¿Qué les sucedía, pues?
       De súbito, tomó una resolución.
       —Cuando terminen de comer se van, ¿entienden?
       —Si patrón, ellos entienden —dijo el mayor.
       —¿Y tú, no entiendes tú?
       —Sí patrón, yo entiendo.
       Entonces el que hablaba se volvió a sus compañeros y les dijo algo en quechua. Los otros oyeron con gravedad y después hablaron sin atropellarse. Volvió a hablar el mayor y volvieron los compañeros a responderle. Al fin el primero se dirigió a Yasic.
       —Patrón, no se vaya. Mucho oro aquí.
       Pedro se asustó. ¿Qué había pasado? ¿Había uno de esos indios visto alguna pepita, algún rastro de oro en el hoyo? De ser así, ¿quién podía evitar que esa misma tarde, de vuelta al cerro, se embriagaran y contaran al amigo en cuya choza vivían que su patrón, él, Pedro Yasic, estaba en Tipuani buscando oro y que había hallado un lugar rico en el metal? Y si sucedía así, ¿quién se quedaría sin saber la noticia en pocas horas?
       El momento era duro para Yasic. Pero como los tenores de amplio registro que dominan su voz en todas las circunstancias, Yasic dominaba sus emociones como un maestro. Mirando al indio con piedad, le sonrió en forma benevolente.
       —No —dijo en voz natural, más bien baja—. Están equivocados. No hay oro aquí. Yo sé mucho de oro. Si hubiese oro ¿creen que dejaría el hoyo sin terminar?
       —No patrón —admitió el indio.
       —No quiero que sigamos cavando porque perdemos tiempo.
       —Sí patrón, perdemos tiempo.
       —Tengo que estudiar mejor este sitio para que otra vez no nos equivoquemos y vayamos al seguro, ¿entienden?
       —Sí patrón, ellos entienden, yo entiendo.
       Yasic decidió que era mejor no seguir por ese camino. Los dos indios que habían permanecido callados mientras el mayor hablaba, doblaban la cabeza a cada frase, en señal de que aceptaban lo que decía Pedro. Pero él sabía que si lo aceptaban, no lo creían. No estaba convenciéndoles ni los convencería jamás. Ellos decían que sí, pero le miraban con ojos burlones. Pedro Yasic se sentía incómodo. «Tengo que variar de táctica», se dijo. Miraba de frente a los indios y estudiaba una salida airosa. Había que hacer una concesión, la menor posible, si quería que le fueran leales; pues si ellos se iban de ahí con la idea de que él pretendía engañarlos, se sentirían en libertad para ser ellos quienes engañaran primero.
       —Lo que les pasa a ustedes es que han visto aquí señales de que hay oro —dijo.
       —Sí patrón, señales.
       Volvieron los indios a mirarse entre sí, pero sonriendo, distinto. Se les veía aliviados de algún peso.
       —Así es —afirmó Yasic—. Hay señales. Creo que estamos cerca del oro. Cuando volvamos picaremos más hacia allá —y señaló el oeste.
       —Hay oro allá patrón —dijo el indio más viejo.
       Sus rostros habían vuelto a ser claros y francos. Sonreían y cambiaban frases en su lengua. Sin duda estaban diciéndose unos a otros que Pedro Yasic era hombre sabio y serio, que no pensaba engañarles haciéndoles trabajar como si en vez de personas conscientes fueran bestias que no sabían lo que hacían. Yasic no entendía las palabras, pero se daba cuenta de lo que hablaban. Lo adivinaba. Insistió:
       —Iremos allá, pero no hoy. Si vamos hoy se hace tarde.
       —Sí patrón, tarde.
       —Vámonos, entonces. Dejen las herramientas en el hoyo. Uno de ustedes que vaya a cortar ramas para tapar el hoyo.
       La comida estaba lista ya. Se trataba de maíz, papas y chalona hervidos, y nada más. Dos indios se dedicaron a comer mientras el tercero cortaba ramas. Media hora más tarde estaban listos para irse.
       —Ahora —dijo Yasic— se van ustedes alante, y no hablen con nadie; no le digan a nadie lo que hemos hecho. Yo me voy después.
       —Sí patrón, nosotros primero, el patrón después.
       —Y me esperan mañana para darles comida y cachaza.
       —El patrón dijo que traía cachaza.
       —Hoy no puede ser. Si toman cachaza hoy, van a hablar y a contar lo que hemos hecho.
       —No patrón, nosotros no decir nada, patrón.
       Yasic tenía allí la botella de cachaza; la había llevado con él, pero quería que los indios se la pidieran hasta que pareciera que él la entregaba bajo presión. Había resuelto discutirles la botella para que al fin ellos creyeran que él les hacía una concesión de gran valor, y de esa manera no se irían pensando que él les daba la cachaza a cambio de que no hablaran.
       Se fueron al fin los indios, alegres como niños premiados con un juguete de alto precio, y Pedro Yasic buscó una sombra protectora que lo guareciera del sol. Allí estuvo esperando hasta que pasó media hora, pasaron cuarenta minutos, pasó todo el tiempo que consideró necesario para estar seguro de que los indios no le verían.
       La hora decisiva había llegado; había llegado el momento de comprobar sin testigos si el viejo tío había dicho o no la verdad. Su rostro se endureció, su mirada se tornó aguda y penetrante, las manos le ardían y el corazón parecía querer salírsele del pecho. Sabía que si se tocaba la cara la sentiría caliente como si hubiera tenido fiebre. Al fin, se puso de pie y avanzó hacia el hoyo.
       Metido en él, ayudándose con la pala, esforzándose en no dejar que la ansiedad le estorbara, pero abandonado a la inquietud —puesto que estaba solo y no tenía que disimular—, Pedro Yasic comenzó a remover las piedras del fondo. Eran piedras pequeñas; la mayor no pasaba del tamaño de medio puño. Se veían húmedas y tenían color gris negro. Iba desprendiéndolas de su lecho y lanzándolas fuera del hoyo. En el vasto silencio que parecía caer como metal sobre toda aquella extensión, las piedras hacían un ruido sordo al caer en la tierra y la arena amontonada en la boca del hoyo, pero alguna rodaba y dejaba tras sí un sonido metálico.
       En pocos minutos Yasic descubrió una capa de arenas casi negras rica en piedrecillas del tamaño de un grano de maíz. «Aquí debe ser», pensó. Entonces cogió la pala y paleó hacia afuera, cuidándose —nunca hubiera podido decir debido a qué— de que la arena mojada quedara bien colocada al borde del hoyo. Cuando dio cuatro paleadas, salió.
       Debía ser poco más de las dos de la tarde. Si trabajaba con buen ritmo y con suerte, podía estar en la casa al atardecer y nadie se daría cuenta de la importancia que había tenido su salida. Diría que había estado dando vueltas por los alrededores y que no había sentido hambre.
       Cuidadosamente, llenó la batea, volvió a meter las piochas, la pala y el machete en el hoyo, tapó éste con las ramas —cuyas hojas iban mareándose ya—, y se puso de pie para observar las cercanías. Sabía que no había gente por allí, porque la aridez de la zona no la hacía propicia para la siembra de viandas ni para la cría de re-ses, pero no estaba de más asegurarse. Esperó un rato, cogió la batea y tomó el camino del río. Exactamente frente a él había algunos arbustos que cubrirían su presencia de quien pudiera pasar por la orilla donde se hallaba, y del lado opuesto, unos cuantos árboles frondosos daban sombra al río.
       Al llegar al agua, Pedro Yasic buscó unas cuantas piedras en las cuales afirmar los pies; luego se puso en cuclillas y fue metiendo la batea en el río y moviéndola con ritmo acompasado, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, una vez y otra vez, y al mismo tiempo la movía hacia alante y hacia atrás, tal como le había enseñado Sara Valenzuela la tarde anterior. Los movimientos eran suaves y sin embargo seguros. El agua iba penetrando en la batea y en cada uno de los vaivenes de alante atrás se llevaba la tierra que estaba sobre la arena. Más liviana que la arena, la tierra tendía a subir.
       Pero también tendían a subir las piedrecillas, lo cual se explica porque aunque tenían más volumen aparente, en realidad pesaban menos que el mismo volumen de arena. Yasic iba tomando con las puntas de los dedos esas piedrecillas y las tiraba al agua.
       Pasaron cinco minutos, seis minutos, siete minutos. De manera casi imperceptible, el contenido de la batea iba disminuyendo. El agua penetraba en pequeñas cantidades, golpeando la batea con un ritmo que a Pedro le parecía natural y no obra del movimiento con que él impulsaba el recipiente. De rato en rato, además de ese leve golpear se oía la caída de una pequeña rama seca o el vuelo de aves que pasaban por encima.
       El lugar era fresco y exhalaba una paz tan absoluta que todo lo que rodeaba a Yasic parecía hallarse en trance de sueño. Pero él no lo notaba.
       Pues Pedro Yasic sólo tenía atención para su trabajo. Puede decirse, sin exagerar, que estaba poniendo en ese trabajo su vida entera, toda la atención, todo el cuidado, toda la vigilancia de que era capaz. No quería hacerse ilusiones y no quería adelantarse a los hechos. Actuaba, pero no soñaba; y actuaba con una intensidad difícil de describir. Con la vista fija en la batea, usaba la imaginación como una balanza para pesar cada pequeña cantidad de tierra que escapaba hacia el río a cada movimiento de la batea. Por momentos era más el agua que entraba y menos la arena que había en el fondo. Dentro de la batea el agua se ponía turbia. Cinco minutos más, y la arena no alcanzaba a llenar un tercio del recipiente.
       De golpe, Pedro Yasic creyó ver un resplandor rojizo pegado a la pared interior de la batea. ¿De qué se trataba? ¿Era ese brillo el del oro pulverizado, de un polvo tan fino que el tacto no podía apreciarlo? Hasta ahí, todo había sido hecho según las instrucciones recibidas, primero las de su tío acerca del lugar, después las de Sara sobre cómo manejar la batea. Pero él nunca había visto lavar oro y no sabía distinguir el polvo de oro de un metal parecido.
       Pedro Yasic dudó de nuevo. El viejo miedo al fracaso se adueñó de él en forma absoluta, y sacó la batea del agua. Pero al instante se sintió incómodo y reaccionó ordenándose a sí mismo ignorar ese brillo rojizo. No quería soñar. Se prohibía soñar. Soñar era una debilidad imperdonable. Eso que él veía no era oro ni nada parecido. De súbito le volvió aquel calor interior que parecía obedecer a sus órdenes, un calor que le venía de las entrañas y lo hacía colérico. En un segundo, era el Pedro Yasic duro y resuelto; y siguió su tarea como si se tratara de un trabajo común que no tenía importancia en su vida.
       Ya no quedaban en la batea ni piedras pequeñas ni arena gruesa. Ahora, la arena fina y la tierra habían ido a parar al fondo cónico en que terminan las bateas de lavar oro. En ese fondo podía haber dos pulgadas de ambas materias confundidas; y el oro, si lo había, debía hallarse en la parte de abajo, puesto que siendo más pesado que la arena y la tierra, el continuo movimiento y el arrastre del agua lo iban llevando al fondo.
       Pero para que el oro se hubiera amontonado en ese fondo era necesario que el manejo de la batea fuera correcto, ¿y lo había sido? ¿Podía Pedro Yasic asegurarlo?
       Él creía que sí, pero a la vez dudaba del resultado. Si allí no había oro, podía deberse a que no hubiera oro en el lugar o a que él no movió bien la batea. Algún punto de su alma se había negado a obedecer la orden de mantenerse ajeno a su ansiedad, y el resultado podía ser angustioso. En el momento final, Yasic no se atrevió a limpiar el fondo de la batea de la arena y la tierra que tenía. Temía que al hacerlo no hubiera nada de oro en el fondo.
       Pero tampoco dejó de actuar. Durante un minuto mantuvo la batea ladeada para que saliera la última gota de agua; después la puso en la orilla del río, donde le diera el sol, y por fin se apartó y se quedó vigilándola con una fijeza sobrenatural como si se tratara de un animal peligroso que podía atacarle en forma inesperada.
       ¿Había o no había oro en ese fondo de la batea? Y de haberlo, ¿era mucho, sería suficiente para satisfacer su ambición y justificar los riesgos que estaba dispuesto a correr? El secreto de su tío, ¿tenía el valor que le había dado el anciano?
       Ahí estaban Pedro Yasic y la respuesta que acabaría con sus dudas, uno junto a la otra, a sólo dos metros de distancia. Si en la batea había oro en la cantidad que había creído el tío, el porvenir era suyo; serían suyos la riqueza y el poder. Tendría que jugarse la vida para llevarse el oro. Lo sabía; sabía que se hallaba en una trampa y que tendría que salir de ella o morir. Pero estaba dispuesto a morir luchando.
       A dos pasos estaba la batea secándose al sol. Pedro Yasic la miraba; clavaba en ella una mirada dura, la mirada penetrante y ardiente que muy poca gente le había conocido; la mirada verdaderamente suya, en la que no había disimulos. Viendo ese objeto tan cerca, Pedro Yasic sentía que la sangre le bullía. Algo le impedía actuar, algo que estaba dentro de él, no afuera, y eso le enardecía. Tenía miedo de coger la batea, apartar la arena con tierra y no hallar allí oro.
       De pie, los brazos cruzados sobre el pecho, Pedro Yasic pretendía dominarse y se decía a sí mismo: «Debo esperar. No está seca todavía». Sin embargo, nadie le había dicho que ese fondo de arena y tierra tenía que secarse. Él, y sólo él, había resuelto hacerlo, tal vez sin darse cuenta de que al hacerlo esperaba ganar tiempo para calmar su ansiedad. Pero lo cierto es que no pudo contenerse. Esa ansiedad estalló al fin, arrolló su dominio interior, y Pedro avanzó sobre la batea; la tomó en las manos y comenzó a revolver la arenilla del fondo.
       En ese momento, al otro lado del río, frente a él, en los árboles que daban sombra al Tipuani, reventó una algarabía de pájaros.



Capítulo III

       María Hinojosa había tenido una vida rica en sucesos dramáticos, pero igual que les ocurre a muchas personas, no apreciaba lo que le había sucedido a ella y envidiaba en los demás —sobre todo si eran mujeres— lo que entendía que era una vida interesante. Esto le pasaba, por ejemplo, con Sara Valenzuela.
       María Hinojosa había nacido en Cochabamba y se había casado con un joven de Potosí. Tuvo de él dos hijos. El primero acababa de cumplir tres años y el último dos cuando el marido murió a causa de una tifoidea. La muerte ocurrió en Tipuani, adonde la familia había ido a dar cuando el segundo hijo tenía seis meses. Ocho meses después de haber quedado viuda, María suplantaba al muerto con un lavador de oro que había llegado de Rurenabaque. Antes de un año el hombre de Rurenabaque perdió la vida mientras dinamitaba un caño del Tipuani para matar peces. La dinamita que llevaba amarrada a la cintura le estalló y lo reventó en forma tan extraña que no se le apreciaba herida visible alguna; sólo echaba sangre por la nariz, la boca y los oídos. A la muerte de su hombre, María Hinojosa estaba encinta, y cuatro meses después tuvo un par de gemelos.
       María podía contar cosas que les habían sucedido a pocas mujeres, pero a ella le parecía que su vida no tenía interés. Para ella, una vida con interés era la de Sara Valenzuela, a quien los hombres buscaban, halagaban y cortejaban sin que ella les prestara atención.
       ¿Qué podía tener Sara para ser tan atractiva y tan desdeñosa?
       Cualquiera podía suponer que el hecho de no tener trabajo seguro ni una entrada normal de dinero debía mantener a María Hinojosa preocupada. Debía alimentar a sus cuatro hijos y de milagro conseguía trabajos ocasionales, como el de lavar y planchar ropa. Sin embargo, su preocupación mayor era meterse en la vida de Sara Valenzuela; conocer esa vida y compartirla; participar en algo de ese interés que ella le atribuía.
       Los gemelos andaban ya por los cinco años y el mayor de los cuatro hijos, por los diez. Los cuatro vagaban durante todo el día recorriendo los laberintos del cerro, haciendo un recado aquí y una travesura allá, sin que la madre se ocupara de ellos. Vivían prácticamente desnudos, sucios, y desde lejos, protuberantes bajo el sol, se les podían contar los huesos.
       María vivía a cuarenta metros de los Valenzuela, de manera que le fue fácil darse cuenta de que el sargento Juan Arze pasaba por la casa con notable frecuencia y aprovechaba toda oportunidad de dirigirse a Sara, sobre todo cuando la muchacha estaba sola. Sin darse cuenta de cómo ni cuándo comenzó a sentir ese deseo, María empezó a desvivirse por conocer a Arze y hacerse su confidente. Después, cuando notó que Pedro Yasic había ido a vivir a la casa de Sara, se dedicó a idear una lucha de los dos hombres por el amor de la joven, y estaba segura de que esa lucha terminaría en tragedia.
       María Hinojosa era flaca hasta vérsele los huesos de los hombros. Tenía pelo negro abundante, y aunque lo llevaba siempre descuidado, impresionaba por su cantidad y por los reflejos azules que producía y quizá también porque cubría una cabeza de rasgos menudos y bien perfilados. Las cejas macizas, también negras, los ojos grandes y la boca carnosa venían bien con el color oscuro de la piel. Con ese rostro y esa cabellera hubiera sido más llamativa que Sara Valenzuela si hubiera traído al mundo otra alma. Pero el alma de María Hinojosa era inerte.
       Sara se dejaba ver cuando iba de compras o cuando cocinaba frente a la casucha de su padre; el resto del tiempo lo pasaba adentro, remendando alguna camisa de Valenzuela o un vestido suyo, limpiando, barriendo. A veces iba afuera en busca de agua para lavar. Era más joven que María —debía tener de veintidós a veintitrés años—, más baja y algo más gruesa. Tenía la piel blanca, el pelo castaño oscuro que le formaba una carga maciza sobre el cuello, la cara redonda, de lineas suaves, los ojos pardos, grandes y vivaces, la nariz un poco respingada, de punta aguda, y una boca fresca y alegre que parecía a cualquier hora acabada de pintar.
       Había algo naturalmente divertido en la expresión constante de Sara, algo que a María Hinojosa le fascinaba. ¿Qué era? ¿Ese permanente asomo de sonrisa, los movimientos rápidos, o el aire de resolución que se desprendía de todos sus gestos?
       Precisamente mientras Pedro Yasic volvía de su exploración ya a media tarde, Juan Arze visitaba a Sara Valenzuela. La muchacha estaba frente a la puerta de su casa y el sargento, de pie a su lado, parecía hablarle. La tarde anunciaba lluvia inminente. María observaba a la pareja. Estaba segura de que pronto comenzaría a llover y se preguntaba qué pasaría cuando cayeran las primeras gotas. ¿Entrarían Sara y el sargento en la casa de Valenzuela? Si entraban y la lluvia arreciaba —cosa frecuente en Tipuani—, tendrían que cerrar la puerta, la única puerta de la vivienda; y si la cerraban, ¿qué podía pasar entre un hombre enamorado y una muchacha de tanta vida?
       María Hinojosa se sentía en la gloria. Estaba viviendo con toda el alma un episodio lleno de interés. Se hallaba excitada, con una especie de calor en las sienes. «Ahora va a pasar algo», se dijo.
       Y pasó. Pasó que se inició la lluvia, en forma de chaparrón, y Sara Valenzuela corrió hacia la puerta y comenzó a cerrarla mientras gritaba:
       —¡Busque dónde pasarla, porque no voy a invitarlo a entrar!
       Juan Arze se sintió humillado como si lo hubieran abofeteado y miró en redondo buscando con los ojos la presencia de testigos, pues si alguien había visto la escena y había oído a Sara, la ofensa sería diez veces mayor.
       Desde la puerta de su vivienda, simulando no estar al tanto de lo que había pasado, María Hinojosa esperaba el desenlace. Pero ya llovía; llovía por sorpresa, a la manera habitual en las regiones selváticas, en forma violenta. Juan Arze corrió hacia el lugar más cercano donde podía protegerse. Fue así como María Hinojosa halló la manera de entrar en la vida de Sara Valenzuela.
       Encerrados en poco más de seis metros cuadrados, gran parte de los cuales estaban ocupados por objetos que en algún tiempo habían sido muebles, Juan Arze y María Hinojosa se vieron en el caso de hablar de algo. Se dijeron sus nombres, el lugar de donde procedían, y como resultara que los dos eran de Cochabamba, pues sucedió que los dos conocían a Fulano y a Zutana, a la señora Tal y al señor Cual. En poco tiempo ya no había qué decirse. Entonces María comenzó su aproximación a Sara.
       —Esa muchacha Sara es muy bonita, ¿verdad? —dijo.
       El sargento Arze era de los hombres que frente a una mujer disminuyen las cualidades de otra o se niegan a reconocerlas. No era que le interesara María Hinojosa, sino que seguía su propia naturaleza masculina al decir:
       —Sí, pero muy orgullosa.
       —Yo noto que los hombres la buscan mucho. No pasa día sin que alguno le haga la visita.
       Juan Arze quedó un momento desconcertado. Ah, conque había otros que la visitaban… Preguntó:
       —¿Tiene novio? ¿Usté le conoce algún compromiso?
       —No, yo no le conozco ni siquiera preferidos.
       —Yo creía que ese chileno nuevo que vive en su casa era algo de ella —dijo Arze.
       —Ah, es chileno —comentó ella.
       El sargento movió la cara para mirar hacia afuera. El agua sucia corría por los desniveles del cerro. Seguía lloviendo. María Hinojosa no tenía la costumbre de analizar a la gente, pero se daba cuenta de que estaba al borde de oír una confesión.
       —A usté también le gusta la muchacha, ¿no? ¿Tiene esperanzas? —preguntó.
       —Sara es muy esquiva —eludió él.
       —Siempre hay maneras.
       La conversación comenzó a languidecer. Había caído en un pantano, porque el hombre no quería descubrir sus sentimientos debido a que hablaba con otra mujer y estaba en la obligación de no parecer débil, y la mujer no quería dejar el tema estancado, sino que deseaba seguir hablando de Sara y de él. Sara era lo que le interesaba y nada más.
       Pero como la lluvia no paraba, pasaron a asuntos menos atractivos: la lluvia, que pronto iba a declinar, la vida aburrida de Tipuani, sin un cine siquiera adonde ir, el trabajo que hacía el sargento. Cuando la lluvia cesó del todo, Juan Arze se despidió.
       La vida de los seres humanos tiene mucho de común con los ríos. Hay arroyos que son afluentes de riachuelos; éstos afluyen a otros ríos mayores. María Hinojosa deseaba ser afluente de Sara Valenzuela, pero el sargento Juan Arze quería que Sara Valenzuela afluyera en su vida.
       Desde luego, de esa semejanza que tenían sus vidas con los ríos no se daban cuenta ni Juan Arze ni María Hinojosa, que en los días sucesivos siguieron viéndose y ahondando en el tema de Sara hasta que llegó la hora en que el sargento confesó sin recato alguno su pasión por la hija de José Valenzuela. María se sintió deslumbrada; y como carecía de voluntad para ser ella misma y tenía una incontrolable inclinación a vivir vidas ajenas, al sargento Arze le fue fácil hacerla su confidente y su correo.
       Una tarde en que Sara se hallaba sola, sentada a la puerta de su vivienda, María Hinojosa se llenó de valor y fue a verla.
       —Buenas tarde —dijo—. Vengo a ver si me presta un poco de sal.
       —Con mucho gusto —respondió Sara, al tiempo que entraba en busca de lo pedido.
       María no había planeado nada de lo que iba a hacer o a decir, y la verdad es que ella nunca planeaba nada. De manera que cuando Sara retornó con la sal tuvo que buscar un pretexto para no irse inmediatamente, y lo halló en el comentario de que la casita se veía muy limpia.
       —Ése es el único lujo que podemos darnos los pobres —explicó Sara.
       De tonterías como ésa hablaron unos minutos. Al día siguiente María volvió en la mañana para devolver la sal; en la tarde visitó a Sara otra vez para preguntarle con qué jabón lavaba ella; a los tres días, la charla fue de veinte minutos.
       Aun la gente más fiera se acostumbra a la presencia de personas que nunca dicen cosas desagradables, que hablan sobre acontecimientos comunes, como el estado del tiempo, la salud de un familiar, el costo de la vida. Sara iba acostumbrándose a la presencia de María Hinojosa. Pero al cuarto día María dijo:
       —Lo más duro del mundo para una mujer es estar sola.
       Sara creyó que María hablaba por sí misma, y no respondió nada. La otra, sin embargo, amplió su idea:
       —En un lugar como éste una muchacha soltera como tú no tiene manera de escoger marido a gusto y tiene que casarse con el que la enamore.
       Sara se sintió intrigada. Tal vez porque había visto al sargento Arze visitando la casa de María, tal vez porque algo en ésta le hacía sospechar que no era una amiga desinteresada, no quiso dejar pasar la oportunidad sin aclarar su posición.
       —María, métete en la cabeza esto que voy a decirte: creo que vale más estar sola que mal acompañada… aunque yo no me siento ni sola ni mal acompañada.
       La última parte de la frase confundió a María.
       —¿De manera que tú y el chileno…?
       Pero ya Sara se sentía molesta y no la dejó terminar.
       —¡Yo y nadie! —cortó—. Todavía no me he enamorado. El día que me enamore no andaré escondiéndolo.
       —Pero tú tienes enamorados, Sara. El sargento Arze me ha dicho que está enamorado de ti.
       Sara se puso a barrer el polvo de la puerta a la vez que contaba:
       —Eso dice él.
       —¿Y a ti no te interesa?
       —¿No oíste lo que te dije?
       —¿Es que no lo hallas simpático?
       Sara dejó de barrer y se plantó ante María, mirándola con gravedad.
       —¿Pero es que tiene que gustarme para marido un hombre porque sea simpático? Además, no lo es.
       Un sentimiento confuso comenzó a producirse en el alma de María Hinojosa. Quizá era alegría, aunque no era eso; quizá era que esperaba algo inesperado, algo que no tenía forma pero que era algo. Tal vez se sentía aliviada, libre de un peso que ella no sabía identificar. ¿Qué era, por Dios? ¿Qué cambios estaba produciendo en ella el hecho de saber que el sargento Juan Arze no significaba nada en la vida de Sara Valenzuela?
       Cuando se halló en su casa, María Hinojosa llegó a una conclusión, y para ella era difícil llegar a conclusiones; no le diría al sargento Arze ni una palabra de lo que había hablado con Sara, y mucho menos de lo que Sara había dicho. Hasta ese día le había transmitido con la mayor fidelidad posible todas sus conversaciones con la muchacha, pero ya no lo haría más.
       María Hinojosa había ido haciéndose a la presencia de Juan Arze. Al acercarse la hora de la media tarde, ella misma se notaba inquieta. Esperaba algo y no acertaba a precisar qué. Pero poco a poco fue dándose cuenta; y especialmente ese día, después de oír a Sara Valenzuela, supo que se había acostumbrado a la compañía del sargento. Se le habían hecho familiares, primero, y necesarios después, su voz ronca, el olor a tabaco que dejaba en el cuartucho donde se sentaban, su rostro de facciones indígenas, con la nariz arqueada de bases anchas, sus dientes blancos y fuertes.
       Un pequeño arroyo que no conocía su destino empezaba a inclinarse ante un riachuelo distinto de aquel en el cual parecía que iba a afluir. Y eso sucedía sin que María Hinojosa fuera capaz de preguntarse por qué hay almas tributarias, que aunque cambien de curso afluirán siempre hacia alguna corriente, y nunca otras afluirán en ellas.



Capítulo IV

       Era domingo, y hasta en la selva se notaba. Había esa luz y esa paz que sólo se halla en los domingos. Navegando por el Mariapo, sobre todo, la paz se respiraba en el aire húmedo, a veces bien oliente, que mecía la enorme masa de árboles; en el vuelo silencioso de los pájaros que pasaban en bandadas o solitarios, y hasta en la lentitud con que iba desenvolviéndose la corriente de agua, en cuya superficie se reflejaba, temblando, el intrincado y verde follaje que cubría las orillas.
       La vivienda del viejo Forbes estaba levantada en un ribazo, a poca distancia del río. Había sido construida sobre troncos sin descortezar y la rodeaba un cerco de maderos clavados a postes puntiagudos. El cerco debía cubrir unos cinco mil metros cuadrados. Por la parte de afuera, a todo alrededor de la propiedad, la selva había sido desmontada en un ancho apreciable, de manera que ningún árbol metía sus ramas en el terreno de Alexander Forbes. El trecho desmontado estaba libre hasta de arbustos y Pedro Yasic pensó que el objeto de esa limpieza era aislar la casa de las alimañas de la selva. Más tarde, en medio de la conversación, el viejo Forbes le explicó:
       —Oh, no; es necesario limpiarlo siempre porque si usted descuida ese detalle la selva se traga la casa en poco tiempo. Usted no puede imaginarse cómo avanza ella sobre todo lo que no es natural. En cuanto a los animales, no es posible evitar que arañas, culebras y hasta monos se metan en la casa.
       El viejo escocés vivía tal como era. Para él nada debía tener complicaciones y por lo mismo su manera de vivir debía ser sencilla. Aunque había mandado recado a Pedro Yasic para que aprovechara el viaje de su balsa, que había ido a Tipuani en busca de provisiones, no había preparado nada especial para recibirle. Yasic le halló en camisa, de pantuflas, sin afeitarse, esperándole al pie de la escalera que conducía a la vivienda.
       La conversación comenzó sin interés particular. Pedro Yasic no quería demostrar que deseaba aproximarse al alma de su nuevo amigo. Esperaba que hablando descubriría sin esfuerzo la intimidad del viejo botánico. Alexander Forbes parecía cándido, y así se lo había recomendado el cónsul chileno en La Paz; por otra parte, Yasic sabía que en el mundo había alguna gente ingenua, pero nadie lo convencería de que ese tipo de personas se encontraba en la selva. A la selva, según su criterio, se iba o huyendo de algo o a buscar riquezas. Por eso, cuando tuvo la primera oportunidad de tratar el tema, dijo como al descuido:
       —Parece que muchos extranjeros, sobre todo europeos como usted, han venido a la selva atraídos por leyendas de minas de oro.
       Míster Forbes no le concedió importancia a esas palabras. Las contestó con la misma naturalidad con que hubiera respondido a una pregunta sobre el tiempo.
       —Algunos sí, y a menudo vienen a molestar con el tema de las minas. Pero también hay otros que llegaron en la época del caucho, que era una especie de oro vegetal, y se han quedado a pesar de que el caucho dejó de tener valor. ¿No ha oído hablar de los hermanos Petit?
       —No —respondió Yasic de la manera más honrada, porque en verdad no tenía la menor idea de que hubiera unos hermanos Petit.
       —Pues son dos hermanos con una historia muy interesante. Al principio eran tres, y de ellos, los dos mayores eran gemelos. Vinieron aquí siendo jóvenes. Los dos que quedan viven ahora al norte de Rurenabaque, hacia el río Madidi. Su historia es verdaderamente poco común.
       Pedro Yasic no sintió marcados deseos de conocer esa historia, pues tratándose de gente de edad y con muchos años en la región, debían contar ya con medios de vida estable y poco interés podían tener en asociarse a él en una aventura peligrosa, por mucho provecho que pudiera sacarse de ella. Sin embargo, como necesitaba conocer a fondo el alma del viejo Forbes —porque tal vez ese viejo escocés podría ser su cómplice—, lo animó a hablar.
       —Cuente esa historia, míster Forbes.
       Míster Forbes respondió que de todas maneras iba a contarla, puesto que a él le parecía excepcional, y como era del conocimiento de todo el mundo en aquella región, no cometería indiscreción al relatársela a Yasic. Por lo demás, según explicó, él no tenía el menor propósito de penetrar en vidas ajenas ni eso le importaba. El asunto era para él interesante, pero absolutamente impersonal.
       —¿Entiende, señor Yasic?
       —Sí entiendo, míster Forbes.
       Aclarado ese punto, Forbes explicó que los hermanos Petit eran franceses. Primero llegó a la selva uno de los gemelos: a los tres años mandó buscar al gemelo y al hermano menor. Los gemelos eran extraordinariamente parecidos. No había detalle que permitiera identificarlos a primera vista. La madre los conocía, según contaban ellos mismos, pero ni aun la propia madre sabía decir cómo los distinguía. El padre no podía hacerlo y se equivocaba cinco veces de cada diez. Al hermano menor le sucedía otro tanto.
       Los gemelos eran altos, delgados, de frente huesuda y curva, ojos azules y nariz aguileña. Ambos eran fieros, duros y sin escrúpulos. No se sabe a cuántos infelices indios mataron en la selva. El tercero no se les parecía ni en la figura ni en el carácter: era bajo, mantecoso y tranquilo.
       El segundo de los gemelos llegó a la selva casado con una austríaca, mujer menuda, rubia, de ojos verdes, dulce y coqueta. Los tres hermanos vivían juntos.
       —En una casa como ésta —explicó el viejo Forbes señalando con un movimiento circular de su brazo derecho toda la vivienda—, aunque más grande y menos fuerte.
       Un día hubo necesidad de atender dos negocios diferentes en dos puntos distantes. El hermano menor salió a ver una hacienda de reses en la ribera derecha del río Beni y el gemelo casado fue a San Carlos, en dirección oeste. La austríaca no sabía a qué distancia estaba San Carlos, de manera que no le sorprendió la llegada de su marido a media noche. A esa hora su marido estaba a medio camino; todavía necesitaba un día para llegar a San Carlos y dos para volver.
       El gemelo mayor, pues, llegó a media noche y se metió en la cama de la mujer sin que ella notara que estaba sustituyendo al marido.
       —Y cuando el marido retornó de San Carlos, ¿qué hizo? —preguntó Yasic, intrigado por la situación.
       —Llegó de sorpresa, bajo una lluvia, y halló a su hermano metido en la cama con su mujer. Quedó tan anonadado que no pudo decir una palabra; salió de la casa y se pegó un tiro.
       —¿Y el menor?
       —No se hizo cargo del cambio sino al cabo de algún tiempo, cuando el propio hermano se lo dijo. Ya para entonces la austríaca sabía la verdad, que fue descubriendo por sí misma porque había detalles íntimos que le llamaron la atención. ¿Pero qué podía hacer ella? Ahí están los tres, viejos y olvidados del mundo.
       Pedro Yasic convino en que a veces se producen hechos raros. Lo que no podía explicarse era que se debieran al deseo de conquistar una mujer.
       —Admito otras razones; por ejemplo, la lucha por la riqueza. Aquí está usted, viviendo en este lugar apartado. Pues bien, yo no puedo comprender que usted haya venido a la selva por gusto, porque nadie escoge un sitio como éste por puro placer. Me han hablado de algunos que han llegado en busca de oro, y eso sí lo entiendo. ¿Qué le trajo a usted a la selva, míster Forbes?
       Nadie hubiera podido notar la intención oculta en la pregunta, y mucho menos Alexander Forbes, pues el viejo Forbes no hallaba intención oculta en lo que dijeran otros hombres debido a que él hablaba siempre sin tapujos.
       —No, amigo —dijo—; yo vine a la selva por una razón sentimental.
       «Ah, demonios. Estoy perdiendo mi tiempo. Éste vino huyendo de un fracaso de amor. ¡Qué ridículo!».
       Yasic pensaba así mientras Forbes se encaminaba hacia una mesa que se hallaba en un rincón de la espaciosa habitación en que se encontraban él y su huésped. Antes de que pasara a contar la historia de los hermanos Petit, Forbes había estado hablando de cierta mezcla de cerveza y pisco que nadie en el mundo —habían sido sus propias, candorosas palabras— hacía como él. Dijo que quería que su visitante probase esa mezcla, y cuando respondió a la última pregunta de Yasic lo hizo ya de pie, mientras se dirigía a la mesa.
       La habitación ocupaba todo el lado izquierdo de la casa; allí estaban los contados muebles que el propio dueño había hecho; en un rincón, un estante con unos cuantos libros; en el centro, una mesa baja con revistas inglesas y norteamericanas, periódicos ingleses, pipas y tabaco en lata; en otro rincón, la mesa donde guardaba los licores y algunos platos, vasos y trastos de comer. A esta última se encaminó, cogió una botella de pisco y entonces recordó que todavía no habían subido la cerveza que había llegado esa mañana de Tipuani. «Estos lecos se olvidan de todo» pensó.
       El viejo Forbes se dirigió al balcón que daba al río —pues la casa tenía otro en la parte de atrás—, y allí gritó:
       —¡Chuami, trae cerveza de la balsa!
       Mientras el leco subía la cerveza, Alexander Forbes retornó al centro de la habitación, tomó asiento, una pipa, metió la mano en la lata de tabaco y comenzó a llenar la pipa. Aún así, sentado, sus movimientos eran graciosos, como de osezno. Pues eso parecía Forbes, a pesar de su edad: un oso de pocos meses. Esa gracia estaba no sólo en la forma cómo movía los cortos brazos y las piernas, sino también en el rostro, de corte redondo, y en los ojos de color claro, que tenían una expresión constante de inocente picardía.
       Pedro Yasic sabía que el viejo Forbes iba a comenzar su historia. En ese momento llegó el leco con algunas botellas de cerveza; las puso en la mesa, y míster Forbes siguió con la vista sus movimientos. De manera muy leve, que hubiera sido imperceptible para un observador menos atento que Pedro Yasic, los ojos del viejo Forbes cambiaron de expresión bajo los cristales de los lentes.
       —Vine a la selva en busca de mi hijo —oyó decir Yasic.
       Era muy difícil que Pedro Yasic se sorprendiera. Lo esperaba todo a un mismo tiempo y en cada momento de su vida; esperaba siempre alguna cosa^ y su contraria. Pero no esperaba una respuesta así. Se explica, pues, que se sintiera sinceramente asombrado, y hasta deslumbrado por todas las posibilidades que entrevió. «Ése es el hombre que yo necesito, el hijo de este viejo, que debe ser joven y atrevido», pensó a toda prisa, mientras preguntaba con ansiedad:
       —¿Pero vive aquí su hijo?
       —No vive: desgraciadamente no vive aquí ni en ninguna parte —oyó decir.
       —¿Murió?
       —Desapareció en la selva.
       —¡Qué desgracia!
       Pero no lo decía por Forbes ni por el hijo, sino por él, que con esa mala noticia perdía un posible cómplice, un hombre joven y conocedor de la selva, seguramente ambicioso, con quien hubiera podido entenderse en quince minutos.
       —¿Se perdió en busca de alguna mina? —preguntó.
       El viejo Forbes se levantó de nuevo para ir a preparar la mezcla de cerveza y pisco. Algo tenía que nacer para sacudir aquellos recuerdos que le asediaban, aunque sólo fuera moverse por la espaciosa habitación. A medida que iba caminando iba hablando.
       —No. Es otra historia, amigo Yasic. Mi hijo no buscaba oro. Yo enseñé a mi hijo a buscar lo bueno, lo bello, no el oro. El oro mancha el corazón de la gente; la belleza lo hermosea, ¿comprende?
       Yasic oía, pero no comprendía. ¿Cómo puede adquirirse lo bello si no es con riqueza? ¿Qué cosa bella no tiene un precio en oro?
       —Mi mujer —explicó Forbes mientras vaciaba pisco de la botella en una vasija de barro— pensaba como yo e influyó mucho en la educación de Alexander. Oh, era un muchacho inteligente, bondadoso y fuerte. Tenía veintiséis años cuando dejó Inglaterra para venir. Nunca volvió. Su madre murió con el dolor de no verle más.
       —Lo siento, míster Forbes. Consuélese pensando que también hubiera podido morir en la guerra.
       —Yo estoy consolado. Él murió buscando algo hermoso y útil. Murió por la ciencia. La muerte es inevitable, Yasic. Sólo siento que su madre sufrió mucho.
       Durante un momento Pedro Yasic prefirió no hablar y el viejo Forbes calló. Atendía a la mezcla, que estaba haciendo ya. Removió la cerveza y el pisco con una cuchara de madera; después tomó la vasija de barro y la llevó a la pequeña mesa del centro, dejó allí la mezcla y tornó a la mesa grande para coger dos vasos. Cuando estuvo sentado de nuevo, dijo:
       —Alexander vino a la selva en busca de una ciudad perdida.
       —¿Una ciudad perdida? —preguntó Yasic con curiosidad.
       —Sí, una ciudad que está en algún lugar de la selva, nadie sabe donde. Puede ser una leyenda, pero Machupichu era desconocida hasta hace relativamente pocos años; nadie conocía su existencia y ahí está ahora. Mi hijo hubiera rendido un gran servicio a la ciencia si hubiera descubierto el emplazamiento de esa ciudad, puesto que se supone que corresponde a una etapa intermedia entre la civilización amazónica y la andina. Hay quien crea que la cultura andina llegó desde la selva. Y usted, ¿qué piensa de ello?
       Yasic no pensaba nada acerca de civilizaciones. No le interesaba ninguna ciudad perdida, a menos que en ella hubiera oro. Le interesaba su plan, lo que él había ido a hacer a Tipuani, y visto que el hijo de míster Forbes ya no vivía, le daba lo mismo que hubiera muerto buscando la dichosa ciudad o cazando jaguares. Sin embargo, para no despertar sospechas en el viejo Forbes —«ya no voy a sacar nada de él, y es mejor que no sospeche de mí»—, preguntó, refiriéndose al hijo perdido.
       —¿Andaba solo?
       —No; con él desapareció también otro joven, un alemán amigo suyo, y probablemente todos los indígenas que les acompañaban.
       Mientras bebían la mezcla de pisco y cerveza el viejo Forbes contó a Yasic su odisea en la selva tras las huellas del hijo, años después de haberse éste perdido. Había pasado bastante tiempo, porque en el intermedio estalló la guerra, se perdieron los contactos con un hermano del joven alemán, que pensaba viajar con Forbes en busca del hermano, murió la señora de Forbes, en una noche en que Londres estaba siendo bombardeada en forma implacable. Una vez terminada la guerra, el viejo escocés lo vendió todo, abandonó Inglaterra y se internó en la selva. Al cabo de larga búsqueda se quedó en el Mariapo. Llegó a convencerse de que su hijo no aparecería jamás.
       Ahora bien, Alexander Forbes no era hombre de mirar hacia atrás. Su temperamento y su educación se habían combinado para producir en él al escocés que sabe poner cara sonriente al infortunio. Él se la puso, y en un minuto, sacudiendo sus recuerdos, volvió a la realidad.
       —Quiero enseñarle algo interesante —dijo a Yasic.
       Además de la habitación en que se hallaba, especie de salón rústico, la casa tenía tres más: una era el dormitorio del dueño, otra el dormitorio de los huéspedes; en la otra estaba lo que Forbes llamaba «el laboratorio». En esta última la luz era escasa; sobre las telas metálicas de las ventanas el viejo botánico había colocado telas ligeras de color verde. Ahí, en largos tableros, había numerosas redomas de cristal, cada una con una tarjeta amarrada al cuello, y en las tarjetas, escrito a tinta, el nombre de la orquídea cuya semilla se había puesto en la gelatina que había en el fondo de la redoma, y además, un número y una fecha.
       —Esa fecha es para saber cuánto tiempo tardará en germinar cada tipo, y tengo algunos muy raros. Hago cruzamientos con especies nuevas que he conseguido en la selva. He logrado dos tipos nuevos; uno lleva el nombre de mi mujer, otro el de mi hijo. Pero todavía tardarán bastantes años en hacerse populares. ¿Ve esa redoma? Estoy tratando de conseguir ahí una flor única en el mundo, una orquídea de color oro con puntas blancas. Ahora no se ve nada en el fondo de la redoma, pero dentro de siete años será una planta. Trabajo también en conseguir una especie que pueda vivir al aire libre en climas no tropicales. Es muy difícil, pero si lo consigo dejaré mi nombre en la historia.
       Pedro Yasic le oía y pensaba: «Siete años. Dentro de siete años será una planta. Eso se llama idiotez». En alta voz preguntó:
       —¿Y qué hace luego con esas flores?
       —¿Qué hago? Pues las vendo, se venden muy bien vendidas, amigo Yasic. Las mando a La Paz en avión; de ahí a Londres, a Amsterdam. ¿De qué cree que vivo, pues?
       «Ah, vive de flores el pobre diablo. He hecho un viaje inútil. Pude haber aprovechado el día en algo mejor».
       —Esto es belleza, amigo —exclamó Forbes en un rapto de entusiasmo—, belleza y paz, las dos cosas que el hombre debe buscar en este mundo. Todo eso del oro y del poder son complicaciones que nos hemos creado. No necesitamos ni oro ni poder; nos basta con la belleza y la paz del alma. Aquí, buscando a mi hijo, yo hallé la paz y me dedico a crear belleza.
       Y era cierto que Alexander Forbes había hallado la paz. Pero la paz en medio de la vida, porque la selva está llena de una vida intensa, que va produciéndose según su propio ritmo, en silencio, con violencias que están reguladas por la ley natural y por tanto no sorprenden. La culebra muerde y envenena, y no puede esperarse de ella otra cosa; el jaguar y el puma matan para comer, y todos lo saben, al extremo de que los animales que son sus víctimas habituales adquieren desde pequeños la noción de que deben huir del jaguar y del puma. Ésa es la ley, que se acata siempre. En cambio no es ley que el hombre mate para despojar a otros hombres o cause sufrimientos, y mata y hace sufrir. En la selva se puede confiar, porque se sabe que el árbol crece, que la piraña devora cuando ve sangre, que la anaconda asfixia al pécari, y que ni el árbol ni la piraña ni la anaconda actuarán en forma diferente.
       Alexander Forbes se había acostumbrado a la selva. Podía distinguir desde su casa cada uno de los ruidos que se producían en la jungla; sabía cuándo la brisa movía las hojas de los árboles y cuándo los castigaba; cuándo se derrumbaba un tronco podrido y a qué distancia; cuándo comenzaban los ríos a crecer y qué cantidad de agua llevaban cuando habían crecido; en qué noches iba a presentarse el surusu, el viento helado del sur que hace gritar de frío a las criaturas del bosque; qué clase de animales huían de una fiera o asustados por el estruendo de un árbol que caía herido por el rayo; distinguía a las aves por el canto o por el golpe de las alas cuando pasaban volando en grupo. La vida rodeaba al viejo Forbes, una vida intensa y a la vez plácida, una vida que él conocía y amaba; una vida al mismo tiempo a media luz y continua, que se mantenía en constante pero callada agitación.
       Su paz, pues, no era la de la soledad agobiadora que hubiese vuelto loco a Pedro Yasic. Al contrario, era la perpetua compañía, la renovada y siempre presente compañía de todas las criaturas selváticas. Era la paz sin ser la muerte, la vida sin ser la prisa, la plenitud de la naturaleza mostrándose en su asombrosa actividad creadora, lo cual tenía importancia excepcional para el viejo botánico. Pues él, hombre de ciencia, enamorado de su profesión, sabía ver ese lento moverse de la vida en las formas vegetales, y lo apreciaba y lo disfrutaba como un regalo de los dioses. En su perpetua alegría de niño tenía finura suficiente para sentir gratitud por la fuerza desconocida que daba la vida. Asomado a las redomas donde germinaban las diminutas semillas de orquídeas, comprendía mejor el valor del tiempo, ese don mágico y eterno que en nueve meses producía un ser humano y necesitaba de largos años para producir una planta de orquídeas.
       El viejo Forbes iba a hablar cuando se oyeron voces. Alguien gritaba en un idioma que Pedro Yasic desconocía.
       —¡Taliano, taliano! —decía la voz.
       —Venga —le pidió Forbes a Yasic—. Eso quiere decir que el amigo Salvatore Barranco está llegando y debemos bajar a recibirle.



Capítulo V

       Salvatore Barranco se pasaba a veces una semana entera internado en el triángulo que formaban los ríos Mapiri, Madidi y Beni. Iba allí a cazar nutrias y cocodrilos. Los saurios abundaban en la región. Era frecuente hallarlos amontonados en lugares cenagosos y en ocasiones se juntaban tantos que Barranco navegaba prácticamente sobre lomos de cocodrilos. A menudo tenía que desplazarse alejando las bestias a palos y también a menudo algunas de ellas se rebelaban y lanzaban coletazos y mordiscos a la embarcación. De tarde en tarde se veía flotando en el lodo un cocodrilo de seis metros y abundaban los de cinco y los de cuatro. Los de ese tamaño no tenía interés para el cazador porque su piel no era la mejor para vender; la buena era de los más pequeños, de dos metros a Salvatore Barranco tenía una expresión fiera, y ello no sólo debido al brillo de los ojos, muy negros y altivos, sino además, a la forma de la boca, de labios finos pero duros. Lo musculoso de su complexión le hacía aparecer menos alto de lo que en realidad era. Viéndole se pensaba que debía ser hombre de trato difícil pero en quien podía confiarse.
       ¿Cómo había llegado él a la selva? Pues haciendo un camino largo y lleno de sucesos extraños.
       Barranco no había cumplido todavía los dieciocho años cuando huyó de Italia. Su padre había muerto siendo él niño, y el tío que le crio resultó perseguido por los fascistas. Salvatore, que en ese momento tenía dieciséis años, fue a vivir con otro tío en una aldea al norte de Palermo, y ese otro tío estaba ligado a una «maffia». El sobrino estuvo detenido en rehén. Se le quiso mezclar en las actividades del tío; se le quiso hacer declarar sobre cosas de las que no sabía nada, y cuando lo dejaron en libertad huyó a Tánger. Vivió en el África francesa y en la española, hizo toda suerte de trabajos y al cabo pudo montar un pequeño negocio de venta de sedas y plata. Su sueño era reunir dinero suficiente para irse a Estados Unidos, aspiración de todos los sicilianos que salían de su isla.
       No se fue, sin embargo, pues a los veintidós años, cuando otros hombres comienzan a vivir, él hipotecó su porvenir casándose con una joven española a quien conoció en Tánger. La mujer se llamaba Angustias.
       Exactamente al mes del matrimonio empezó la guerra civil en España y el hogar de Salvatore Barranco comenzó a sufrir las consecuencias. Pues Angustias tenía una hermana casada con un oficial republicano, y lo que pudiera suceder a su hermana en Madrid perturbaba a Angustias en Tánger.
       En 1938 el oficial republicano envió su mujer a Tánger para que viviera con Angustias hasta que la guerra terminara. La hermana, llamada Magdalena, se parecía muy poco a Angustias. Angustias era baja, de cutis oscuro, pómulos anchos y ojos negros; Magdalena era alta, de piel muy blanca y ojos azules clarísimos, y esos ojos llamaban la atención porque hacían contraste con un cabello y unas cejas negros como el carbón.
       El marido de Magdalena pasó al frente del Ebro, noticia que no llegó a Tánger. Cuando terminó la guerra centenares de miles de republicanos españoles salieron al exilio, y el marido de Magdalena iba entre ellos, cosa que tampoco supieron sus familiares en Tánger. Pero a principios de 1940, cuando ya los ejércitos de Hitler se habían derramado por el este de Europa, se recibió carta del exiliado: estaba en México y decía que había iniciado las gestiones del caso para que Magdalena fuera a reunirse con él.
       Desde la primera carta, que Magdalena leyó en voz alta a su hermana y a Salvatore, comenzó a operarse en éste un fenómeno curioso: un sueño de su infancia empezó a moverse en su alma, a renacer y a cobrar fuerza. En el fondo de ese sueño estaba América, pero no la del Norte, sino la otra, la de las grandes selvas. Él lo había olvidado, y resultaba que aquellas cartas lo resucitaban y recobraba vida con una intensidad cada vez mayor.
       Un tío de Salvatore, hermano de su madre, había vivido en el Brasil y retornó a Sicilia cuando el niño tenía muy pocos años, tal vez sólo tres o tres y medio. Lleno de canas y arrugas, el tío era un viejo de mucha simpatía y magnífico contador de historias. Quizá exageraba con el ánimo de asombrar a sus amigos y vecinos y el de distraer al pequeño Salvatore, a quien parecía profesar especial cariño. Describía a menudo la vida de la selva, describía hazañas en que él o alguno de sus amigos había tomado parte; pintaba con palabras precisas el paisaje de los grandes bosques y de los ríos gigantescos. Sobre todo, le encantaba hablar de las mariposas, lo cual fascinaba al niño.
       —Son mariposas enormes, bambino, más grandes que mis dos manos juntas. Tienen en las alas todos los colores: el amarillo, el rojo, el negro; y la mayor parte de ellas son de un azul que se parece al del mar. En Río de Janeiro, que es la capital, las compran y hacen con ellas cuadros y bandejas que cubren con cristales. Cortan las alas en pequeños pedazos y luego los van pegando según los colores hasta que forma un paisaje con palmeras y el mar y el sol.
       El tío aseguraba que había tantas de esas mariposas en la selva, que dedicándose a cazarlas con redes podía ganarse mucho dinero. Explicaba que cada vez las pagaban mejor porque de día en día había que penetrar más en la selva para conseguirlas. El niño se deslumbraba y a menudo soñaba en la noche con mariposas que tenían alas enormes y colores brillantes.
       Unos días después de haber llegado la segunda carta, Salvatore habló a Angustias.
       —Si tu hermana se va a México, iremos con ella. Puedo conseguirme papeles de refugiado español.
       Angustias no respondió una palabra. Estaba encinta y no había suceso importante para ella excepto el nacimiento de esa hijo que tenía en las entrañas. Vivir en Tánger o en México le daba igual.
       A medida que pasaban los días la idea de viajar le parecía a Salvatore una salida lógica y necesaria. Las mariposas no tenían nada que ver con ella. La guerra avanzaba por Europa; se veía claro que el próximo teatro de operaciones sería África, y sólo América, pero especialmente la del Sur, aparecía como un refugio seguro. Angustias oía en silencio las opiniones de italianos, españoles y franceses que visitaban a Salvatore y hasta las de algunos árabes, y también ella empezó a pensar que inevitablemente la guerra destruiría a Europa y a África y que su hijo, esa criatura que sentía moverse en su vientre, iba a correr peligro. Así, cuando el niño nació comenzó a preguntar a su hermana, en los momentos más inesperados:
       —Magdalena, ¿cuándo nos vamos?
       O se dirigía a Salvatore en términos conminatorios, como si de él dependiera el viaje:
       —Salvatore, decídete pronto.
       Se la veía agarrar al hijo con vehemencia, como si lo tomara con todo el cuerpo más que con las manos; lo sujetaba, lo apretaba sobre el pecho, daba la impresión de que quería ocultarlo metiéndoselo de nuevo en el vientre en que se había formado. Angustias no jugaba con el niño como lo hacían otras madres; no le hacía caricias de ésas que van envueltas en sonrisas. Su amor era pasional, sombrío, profundo y como lleno de pavor. A menudo se quedaba mirando al hijo como si éste fuera a morir, y de pronto levantaba los ojos para decir:
       —Salvatore, ¿por qué estamos aquí todavía? ¿Por qué no nos vamos inmediatamente?
       Al fin llegó la hora de la partida. Se fueron a Casablanca, donde tomarían un barco portugués fletado para llevar a México judíos europeos y españoles republicanos. Los primeros salieron de Portugal y los otros de África del Norte.
       El Quanza era un barco de seis mil toneladas y puso proa al Atlántico en viaje de Casablanca a Veracruz, con más de ochocientos pasajeros, muchos de ellos mujeres y niños, y veinticuatro toros de lidia. La salida fue a fines de octubre de 1941. Cuando el Quanza arribó a Veracruz, después de haber sido detenido en Bermudas, finalizaba el mes de enero del año siguiente y la guerra se había extendido al mundo entero.
       La travesía fue una experiencia amarga para todos los pasajeros, y también para la tripulación. En Casablanca hubo que impedir por la fuerza la subida a bordo de cientos de refugiados españoles para los que no había sitio en el barco. Algunos de ellos se lanzaron al mar mientras otros maldecían y las mujeres lloraban. Salvatore pagó una pequeña fortuna a un oficial de a bordo para poder quedarse en el buque. Todo sitio aprovechable del Quanza fue usado por gente enloquecida que luchaba como fiera de la selva por espacio donde echarse a dormir.
       Durante el viaje se acabó dos veces la comida y varias el agua. Gracias a los toros, que fueron sacrificados uno a uno, y a la ayuda de naves de guerra inglesas que detenían al Quanza para hacer registros en busca de agentes alemanes o italianos, fue posible evitar que centenares de pasajeros murieran de hambre y de sed. Muchos, sin embargo, murieron por falta de medicinas. Nadie podía bañarse a bordo. Sin afeitarse y sin cambiarse de ropa, hombres y mujeres parecían mendigos y hedían como bestias.
       A la arribada a Veracruz, la sanidad y la policía de seguridad ordenaron que el buque se mantuviera afuera mientras se desinfectaba el barco y se hacía un estudio concienzudo de la identidad política de cada pasajero. Esos trabajos durarían algunos días, quizá una semana.
       Los muelles se llenaron de refugiados españoles que llegaban a Veracruz desde los más distantes puntos de México para recibir a familiares y antiguos compañeros de armas. La mayoría se inquietó y muchos se indignaron porque no podían ir a bordo. Entre los indignados se encontraba e) marido de Magdalena. La amargura de la ausencia, el fracaso de la guerra, la soledad a miles de millas de distancia: todo eso se agolpaba en su corazón ese día.
       Angustias se había sentido enferma desde que subió al Quanza. El mareo la aniquilaba, y empeoró debido a la congestión de gente, a los malos olores de a bordo, a la falta de baños y medicina. Hubo que enviarla a la enfermería. Su hermana Magdalena se hizo cargo del niño y se dedicó a pasearlo por cubierta la mayor parte del tiempo.
       El hijo de Angustias no se parecía a la madre sino a la tía; era, como ésta, de pelo negro y ojos azules; como ella tenía largo el óvalo de la cara y los labios bien dibujados. No es extraño, pues, que entre aquellos centenares de pasajeros y de tripulantes que se amontonaban en el Quanza, muchos creyeran que la criatura era de Magdalena. A algunos que se dirigieron a ella elogiando la belleza del chiquillo, Magdalena les explicó que no era su hijo, sino su sobrino; pero a otros no pudo o no quiso aclararles el parentesco. De manera que al llegar a Veracruz abundaba a bordo del buque portugués la gente que tomaba al pequeño por hijo de Magdalena.
       El marido de Magdalena quería a su mujer con pasión. Había combatido en Málaga, en Madrid y en el Ebro, y mientras lo hacía podía pasarse sin ella. Pero cuando se vio en el exilio y sintió, más que comprendió, que había perdido el estímulo de la colectividad y que por tanto ya no era un ciudadano sino un hombre solitario entre los hombres, se aferró al recuerdo de Magdalena con desesperación. Con los días la importancia de su mujer crecía para él, porque Magdalena llegó a ser lo único que realmente lo ataba a su pasado, a su tierra, a sus ilusiones de otros días.
       Excitado, pues, el excombatiente viajó con días de anticipación desde Cuernavaca, donde vivía, a Veracruz. Eligió cuidadosamente la habitación del hotel donde alojaría a su mujer. Cargado de emociones que formaban un nudo en su alma, se paseaba por los muelles de Veracruz con la vista clavada en el Quanza, cuya silueta se veía a dos kilómetros de distancia.
       Iban hacia el vapor las lanchas del servicio oficial, atracaban en el costado y los funcionarios subían por escalas de cuerdas. En los muelles se agitaban los que esperaban, entre los cuales había amigos del marido de Magdalena que lo llamaban a gritos, le hacían preguntas, le decían chistes sin que él les pusiera atención.
       Él se movía de un grupo a otro sin cesar. La espera de años había sido fácil comparada con el momento final, pues en ese momento todo lo sufrido antes se agolpaba y se convertía en tortura. En esa hora última, con el barco a la vista, no podía sufrir la ausencia de su mujer a pesar de que la había sobrellevado tan largo tiempo. Para él era imposible esperar los días que debían transcurrir entre la llegada del Quanza y el desembarco de Magdalena.
       Una lancha se desprendió del Quanza y en ella, junto con algunos funcionarios mexicanos, llegaban varios tripulantes del vapor. Eran portugueses, pero al cabo de tres meses de viaje con centenares de españoles hablaban pasablemente el español. Los primeros que desembarcaron se vieron en un instante rodeados de gente ansiosa que los abrumaba a preguntas. ¿Venía en el Quanza Fulano? ¿No conocía a Zutano? ¿Uno con una cicatriz en la frente? ¿Una señora coja, bajita, de alguna edad? ¿Mengano de Tal?
       El marido de Magdalena se acercó a preguntar. No hizo sino describir cómo era su mujer y oyó esta contestación:
       —Sí, cómo no; la conozco bien. No ha faltado un día en cubierta y siempre lleva al hijito en brazos.
       —¿Hijo?
       La forma, la voz, el acento con que el marido de Magdalena hizo esa pregunta de una sola palabra eran los de un hombre que tiene por delante sólo un minuto de vida, y lo sabe.
       —Sí, hijo —afirmó el marinero.
       —¿No será su sobrino? ¿No viene su hermana con ella?
       —No, no viene nadie. Siempre está sola.
       El marinero se alejó y no tardó en perderse entre la gente que llenaba los muelles. Durante cinco o seis minutos el exiliado no se movió ni pudo hilvanar una idea. El mundo se hundía ante él en forma vertiginosa. Todo se transformaba en imágenes fugaces, que pasaban a gran velocidad. Tal vez se peinó con las manos, tal vez fumó, tal vez sudó. ¿Quién puede saberlo, si él mismo jamás recordaría lo que hizo entonces? Vio que alguien con un rostro conocido se le acercaba y le preguntaba qué le sucedía. De golpe él dio una vuelta y echó a andar en dirección a la ciudad, si bien no sabía adonde iba ni por qué tomaba ese rumbo. De improviso se halló ante un comercio de armas; veía revólveres, pistolas y cargadores expuestos en una vidriera. Entró, mostró sus papeles de identificación, pidió una pistola, pagó. A poco se halló otra vez en el puerto, bajo un sol deslumbrante. Pegado al muelle había un botero de pie en su bote.
       —Cincuenta pesos si me llevas al Quanza —dijo él.
       —¿Cincuenta pesos?
       El marinero estaba asombrado, pues cincuenta pesos era el doble de lo que valía el viaje. Pero él conocía su negocio.
       —Por menos de sesenta no se puede, patronato.
       —Te doy los sesenta. Vámonos.
       Y bien, sucedieron estas dos cosas: que no había vigilancia policial ni sanitaria en la entrada del buque cuando el bote arribó al costado del Quanza, y que Magdalena, que estaba nerviosa debido a la espera final, paseaba por cubierta con el niño en brazos, a poca distancia del lugar donde colgaba la escala.
       Al ver por sorpresa al marido, Magdalena estuvo a punto de dejar caer el niño para correr hacia el hombre. Lo que sintió fue un acceso de alegría tan intenso que durante unos segundos perdió el dominio de sus sensaciones y en vez de mostrar alegría la ahogaba un llanto contenido. En esa lucha de emociones la dominó el dolor, al grado que soltó un alarido como si la hubieran herido en la entraña. Apretando al niño con un brazo, echó a correr hacia su marido al tiempo que gritaba:
       —¡Carlos, Carlos!
       No pudo decir más. Porque su marido comenzó a disparar antes de que ella abriera de nuevo la boca. Tres de los tiros dieron en el pecho de Magdalena y dos en la cabeza del niño.
       Angustias no sabía decir sino tres palabras, que repetía sin cesar a toda hora:
       —¡Mi hijo, Salvatore! ¡Salvatore, mi hijo!
       No mencionaba a su hermana muerta y probablemente había olvidado de golpe que tenía una hermana llamada Magdalena. Los ojos se le convirtieron en dos manantiales de llanto.
       Angustias abandonaba muy temprano en la mañana la pensión a que la había llevado a vivir Salvatore en Veracruz; se iba vestida de negro cerrado —velo, traje, medias, zapatos negros— y se dirigía al cementerio, y allí se sentaba en la tumba del niño y lloraba en silencio hora tras hora. A mediodía Salvatore iba a llevarle comida. No podía acompañarla porque debía buscar trabajo. Al anochecer pasaba a recogerla y tenía que desprenderla materialmente de la tumba.
       Un mes después de haber llegado a Veracruz, Angustias sólo conocía el camino de su pensión al cementerio. Nunca hablaba con nadie, ni siquiera con la señora de la casa donde vivía. Los encargados del camposanto la llamaban Mater Dolorosa.
       El estado de ánimo de Angustias dio que pensar a Salvatore Barranco. Decidió sacarla de Veracruz y más tarde de México. La muerte del hijo operaba en el fondo de su alma y sin él darse cuenta lo llevaba hacia el sueño de su infancia. Así, cuando la guerra terminó, Salvatore y su mujer se fueron al Perú. Del Perú pasaron a Bolivia, y ya en Bolivia, se internaron en la sel va.
       Un día de tantos, años después, Salvatore Barranco salió temprano de su casa con objeto de visitar a su amigo Alexander Forbes. Y sucedía que ese mismo día, y con igual propósito, Pedro Yasic salía de Tipuani hacia el Mariapo.



Capítulo VI

       Pedro Yasic observaba que Salvatore Barranco no había probado la bebida preparada por el viejo Forbes. ¿Por qué? ¿No le gustaba o era que no bebía nunca? Para salir de dudas, Pedro le preguntó si le servía un vaso.
       —No, gracias. Antes bebía vino en las comidas, pero ahora ni eso. En la selva se pierden las buenas costumbres.
       Se expresaba en un español correcto, casi sin acento, pero hablaba con aspereza. Cuando el viejo Forbes quiso saber cómo estaba Angustias, respondió en igual tono:
       —Siempre enferma. Usted sabe, se pasa la vida enferma esa pobre mujer mía.
       —¿Es italiana también ella? —inquirió Yasic.
       —No, española.
       —Bueno, para el caso es igual; por lo menos, europea.
       —¿Y qué más da que sea europea? Europa es como toda la tierra.
       —No tanto —comentó míster Forbes.
       —¿Para usted es distinta? —preguntó, desafiante, Barranco— Para mí no. Yo creo que hay pícaros en todas partes y que en todas partes los picaros son los que más provecho sacan.
       Yasic pensó: «Debe haberlo engañado alguien». Y preguntó:
       —¿Lleva mucho tiempo en la selva?
       —¿Tiempo? Es mejor no recordarlo.
       Aquí intervino Forbes. Quería explicar por qué su amigo se mostraba tan amargado, sin tener que decirlo directamente.
       —El oficio del señor Barranco es duro, amigo Yasic. Matar cocodrilos es fácil, porque no hay peligro en ello; pero hay que internarse en lugares pantanosos, donde abundan los insectos dañinos y la temperatura cambia treinta grados centígrados de medio día a media noche.
       Yasic tomaba nota, sin dejar de mirar al italiano: «De manera que la mujer enferma, siempre enferma; en la selva se pierden las buenas costumbres; el mundo está lleno de pícaros; matar cocodrilos es oficio duro. Es el hombre que necesito. ¿Cuándo podré hablar con él sin que Forbes me oiga?».
       Forbes siguió:
       —Es un gran cazador este amigo. Desde el río Beni al río Madre de Dios no hay un cazador de cocodrilos como él. Ha bajado con trescientas pieles en una quincena. Además, caza nutrias. ¿Y qué tal van las nutrias, señor Barranco?
       —Bien, van bien, míster Forbes. Pero no me importa. Estoy harto de hacer lo mismo todo el año. Estoy harto de ese trabajo.
       Y Yasic, sin que nadie se diera cuenta: “Éste es el hombre. No sabe lo que quiere y por eso será capaz de todo por unos kilos de oro. Éste es el hombre…
       —Ahora tengo un encargo de cacatúas. El alemán ese de Asunción, usted sabe, Míster Forbes, está pidiéndome pájaros.
       El viejo Forbes se entusiasmó con la noticia.
       —Oh, eso es bonito; eso es vender belleza. Cacatúas, jilgueros, tucanes, lindos pájaros vivos, no cocodrilos muertos. Eso es mejor, amigo Barranco.
       —Da lo mismo, míster Forbes. Todo da igual en la selva. Además, no puede uno vivir sólo de cacatúas y jilgueros.
       —No, amigo, no da igual. Por ejemplo, Muller vivía de embarcar serpientes vivas. Era un negocio feo porque las serpientes son desagradables, huelen mal y no tienen gracia.
       —¿Muller? —preguntó Yasic, para quien todo hombre blanco que viviera en la selva representaba una posibilidad de asociación— ¿Quién es y dónde vive?
       —No vive ya —explicó Forbes—. Lo mató una pocarraya que lo atacó un día en que iba sin suero antiofídico. Logró llegar a su balsa y ésta navegó corriente abajo durante tres días al cabo de los cuales hallaron a Muller desfigurado por la inflamación y por las manchas del veneno. En un bolsillo tenía una nota diciendo que la pocarraya que lo había picado tenía ocho pies de largo y explicaba que ai ciarse cuenta de que su amo no tenía remedio, el indio leco que le acompañaba había huido llevándose la escopeta. «Búsquenlo y quítensela, y además maten esa culebra maldita», decía la nota.
       —¡Tremendo hombre! —comentó Yasic sinceramente asombrado.
       «Un hombre así hubiera sido ideal», pensó.
       —Muller tenía tres hijos —siguió contando Forbes— que persiguieron al indio por toda la selva. Eran hijos de una india. Parece que al fin dieron con él. El fugitivo se defendió con la escopeta de Muller y mató a uno de los muchachos, pero los otros dos acabaron con él, lo colgaron de un árbol y volvieron al Mapiri con las orejas del leco. Además de eso, mataron la pocarraya y también la llevaron muerta a Mapiri.
       Yasic se quedó deslumbrado.
       —¿Y dónde están esos hijos de Muller? —preguntó con voz fría, casi indiferente, a fin de que sus contertulios no se dieran cuenta de su interés.
       —No se sabe. Deben haberse internado hacia el norte, porque el año pasado estaban en Riberalta.
       Durante un momento se hizo silencio. El viejo Forbes comenzó a llenar de nuevo su pipa; Yasic paladeó un poco de la bebida; Salvatore Barranco se levantó para acercarse a una ventana desde la cual se veía la verde muralla de la selva. Un indio llamó del patio y míster Forbes se incorporó, pues lo reclamaban para que fuera a ver cómo iba la comida —un ternero que se asaba a la manera rústica de los estancieros de Sur América—. Cuando Forbes bajó, Yasic se acercó al italiano.
       —Tenía interés en conocerlo porque en Tipuani oí hablar de usted —lo cual era una mentira— y me interesó esa historia de los cocodrilos.
       —¡Por Dios, no mencione más los cocodrilos!
       Barranco parecía realmente disgustado.
       —No me mencione la selva —insistió—. La selva es una gran mentira. Muchas veces oí decir que aquí podía uno hacerse rico hasta cazando mariposas. Je, ¡Mariposas! Puede que esto sea muy rico, ¿pero quién tiene por delante años y buena suerte para buscar y hallar las riquezas de la selva?
       Pedro Yasic temía asustar a Barranco. Lo hallaba muy excitado. Tal vez era siempre así, pero podía suceder que ese día tuviera un grado alto de exaltación por alguna causa que no había revelado. Así, se limitó a decir:
       —Para mí la selva es sólo una oportunidad. Aquí sé viene a vivir para siempre, como ha hecho mistar Forbes, o se hace dinero de un golpe y se abandonan estos lugares cuanto antes.
       —No, el caso de míster Forbes es distinto. Míster Forbes vino siendo ya un buen botánico. Por eso puede vivir en la selva: colecciona flores raras y vende sus semillas en Holanda y en Inglaterra. ¿Pero quién puede hacer dinero aquí?
       Es un sueño, amigo. Ya no estamos en la época del caucho.
       —Hay medios —contestó Yasic con voz baja y pronunciación lenta.
       —¿Cuáles? ¿Los sabe y no quiere decirlos?
       —Lo sé y se los diré a su tiempo.
       El viejo Forbes había cruzado el patio hasta situarse debajo del balcón.
       —¡Tienen poco tiempo para charlar! —dijo a gritos— ¡La comida está lista y dentro de unos minutos la servirán!
       Los dos hombres se dirigieron a la escalera que conducía al patio. En el trayecto, Salvatore Barranco, impresionado por la seguridad con que le había hablado Yasic, se detuvo un momento y se dirigió al chileno.
       —Usted también sueña, como yo una vez —dijo.
       Yasic, seguro de que ya Salvatore estaba en sus redes, respondió con acento indiferente:
       —No sueño. He venido a la selva para hacerme rico en un mes, y lo haré.
       Comenzaron a descender la escalera. El siciliano no podía dominar su interés y sin duda no comprendía que el plan con que Yasic esperaba hacerse rico en un mes era un secreto importante, pues estaban ya cerca del viejo Forbes —que les esperaba al pie de la escalera— cuando preguntó, sin bajar la voz:
       —¿Con qué?
       Yasic tuvo apenas tiempo para decirle:
       —Se lo diré cuando estemos solos.
       Con lo cual convirtió en un suplicio para Salvatore Barranco la comida y la sobremesa, que duraron cerca de dos horas.
       Míster Forbes llevó el gasto de la conversación mientras se comía. Hacía comentarios sobre asuntos baladíes, siempre optimista, agudo y candoroso. Pedro Yasic hablaba poco; Salvatore Barranco, casi nada. Barranco se sentía incómodo. Tenía una mezcla de ansiedad y cólera ante ese chileno que hablaba de asuntos sin importancia en vez de explicarle de una vez con qué se haría rico en la selva.
       Por eso, en la primera oportunidad en que el viejo Forbes se levantó para ir a la casa a atender a algún detalle, el siciliano se quedó mirando fijamente a Yasic y preguntó:
       —¿Con qué va a hacerse rico, amigo?
       También Yasic le miró a él, y era la primera vez que lo hacía con su mirada auténtica: intensa, penetrante, como de hipnotizador, salida de más allá de sus ojos.
       —Con oro —dijo.
       Salvatore Barranco lanzó una carcajada, la más dura y falsa que había oído Pedro Yasic en su vida. Haciendo burla de la seriedad de Yasic, Salvatore simulaba hallarse muy divertido. Pegó la espalda al asiento y se sujetó el vientre con las dos manos. Yasic seguía mirándole fijamente, y Barranco no podía imaginarse siquiera lo que estaba pensando de él ese hombre que le miraba con tanta fijeza. Pensaba: ‘Sigue riéndote, italiano. Yo sé lo que te pasa. Lo que pasa es que no tienes confianza en ti mismo ni en tu suerte y por eso rechazas lo que más deseas. Lo que más deseas ahora es que sea verdad lo que te he dicho. Estás loco por tener oro para salir de aquí. En la primera oportunidad vas a querer que te lo diga todo.”.
       Y tenía razón, pues todavía entre carcajadas forzadas, Barranco comenzó a hablar.
       —¿Oro ha dicho? ¡Je je! ¿Me contará ahora que ha hallado una de esas minas de que hablan los indios?
       —No he hallado una mina —respondió gravemente Yasic, sin abandonar la expresión hipnotizante de sus ojos—. No hace falta. Sé donde hay oro.
       Y como dijo eso con acentuación especial, hablando en un tono seguro y bajo, Salvatore Barranco se impresionó, echó el cuerpo hacia alante, abandonó su máscara de sarcasmo y miró con asombro a su interlocutor. Pero esa actitud duró segundos. Pronto reaccionó.
       —¿Oro del Tipuani? —preguntó— ¿Oro de lavaderos para que lo paguen a sesenta bolivianos?
       Yasic comprendió que iba a comenzar una nueva sesión de burlas y esperó confiado. Podía asegurar ya que aunque él mismo no se diera cuenta, Barranco se burlaba de lo que más deseaba para castigarse a sí mismo por la culpa que pudiera tener en sus propios fracasos. De pronto, Barranco preguntó:
       —¿Cuánto tiempo tiene usted aquí, señor? Porque me parece que usted está poco enterado de la vida en Tipuani.
       —Suponga que tengo unos días nada más.
       Eso no importa, porque puede ser que yo haya llegado a Tipuani con ciertas bases que usted desconoce. Imagínese por un momento que alguien le haya confiado a usted el secreto del lugar exacto donde hay oro.
       Salvatore comentó sarcásticamente:
       —Sí, ya sé, los conocidos secretos de los mineros, ¡ja ja!
       —Si usted desconfía, abandonamos el tema. Creí que pudiera interesarle participar en un negocio que le permitiría salir de la selva pronto y rico.
       Esto lo dijo Yasic volviendo el rostro a otra parte, como si lo que hablaba no tuviera importancia, lo cual —tal como lo había pensado— exasperó a Barranco.
       —¿Pero por qué no habla claro? —preguntó éste casi con ira.
       —No es el momento —explicó Yasic volviéndose a mirarle.
       —¿Por qué no ha de ser el momento? Nadie nos oye.
       La situación había cambiado. Con el mismo ardor con que antes dudaba, Salvatore quería ahora conocer en detalle el secreto de Yasic. Y Yasic pensaba: «Estás cogido en el anzuelo, italiano. Ya sé cómo eres. Estás loco por el oro».
       —¿Por qué no lo dice ahora? —insistía Barranco.
       Sentía cólera, pero no como antes, por lo que Yasic le había dicho, sino por lo que en ese momento no le decía. Con toda paciencia, Yasic empezó a hablar:
       —No es el momento. Además, lo que yo hablaría con usted, si llega el caso, es demasiado serio para tratarlo así como así. Usted saldría rico de la selva en pocos días, pero para eso tenemos que ponernos de acuerdo.
       Salvatore le oía moviendo la cabeza de arriba abajo, y de pronto comenzó a dudar de nuevo.
       —No creo en posibilidad alguna de hacerse rico en la selva a menos que se trate de un milagro, y el tiempo de los milagros pasó hace siglos.
       —¿Pero lo desea? ¿Desea salir rico de aquí?
       —Claro. ¿Quién no lo desea?
       —Entonces, ahora tiene una oportunidad. Yo se la ofrezco.
       —¿Pero es cierto eso del oro?
       Alexander Forbes apareció en la escalera a tiempo para oír la última palabra, y a poco avanzó con su marcha de oso y sus ojillos chispeantes.
       —He oído mencionar oro —dijo—. Es la palabra sagrada en estos lugares. En Tipuani todo el mundo sueña con oro.
       —Es claro —explicó Salvatore Barranco-Toda la gente de Tipuani ha llegado ahí para buscar oro.
       —Sí, y ahí se queda con miseria y sin oro. Conozco bien Tipuani y su gente, y toda ella está enloquecida por ese maldito metal.
       —Que hace posibles muchos sueños —aclaró el siciliano.
       —Hay otras cosas más seguras para hacerlos posibles.
       —¿Cuáles?
       —El trabajo, el estudio, el arte.
       Yasic había entrecerrado de nuevo los ojos y parecía dormitar. No quería intervenir en la conversación. Ya sabía lo que diría Forbes. Lo sabía como si antes hubiera discutido largamente el asunto con él; y sabía también lo que diría Salvatore Barranco. El mismo había lanzado a Barranco hacia la ilusión del oro fácil y podía apostar a que Barranco defendería ante el escocés el papel benéfico del oro.
       No, Yasic no iba a intervenir en la discusión. No quería que Forbes sospechara siquiera sus planes y a la vez quería que Barranco se embriagara en la idea de su próxima riqueza; y a esto último colaboraría mucho el desinterés de Yasic en el tema del oro.
       Yasic no se equivocaba. Salvatore respondió a Forbes así:
       —Buscar oro, ¿no es un trabajo, míster Forbes?
       —No. Es una aventura que corrompe el alma. El que busca oro quiere encontrarlo inmediatamente; no se resigna a hacerse rico como resultado de una vida de trabajo o gracias a un gran esfuerzo científico o artístico. El deseo de hallar oro acaba corrompiendo, y ésa es la razón de que la historia del oro esté envuelta en crímenes.
       —La historia tal vez; el oro no.
       —Amigo Barranco —dijo Forbes mientras tomaba asiento—, el deseo del oro vuelve al hombre malo; ahuyenta la paz de su alma, y lo que el hombre debe buscar es la paz, no el oro.
       El viejo Forbes tenía mucho que decir sobre el oro, porque había conocido en Tipuani a centenares de fracasados, hombres que habían llegado llenos de ilusiones y se habían quedado para siempre allí debatiéndose entre la miseria y los vicios. Pero el asunto le afectaba, le llegaba al alma, y era lo que él decía: no es posible expresarse a gusto en cosas que tocan el sentimiento en una lengua que no es la propia.
       Por su parte, Salvatore Barranco se hallaba confundido. No quería creer en nada y a la vez veía a Pedro Yasic silencioso, desinteresado de la conversación, y pensaba que si Yasic no quería hablar era porque estaba seguro de sí. «Sabe que tiene el oro y por eso no se siente inquieto con este tema», pensaba.
       La tarde iba de caída. Verdadera claridad, con ese sol que lo inunda todo, sólo se ve en la selva cuando se navega de día por ríos de cauces que no están cubiertos por la vegetación, cuando se cruzan los bañados, terrenos mojados en que apenas se ve un árbol, o cuando se entra en calveros con aspecto de sabanas pequeñas. La luz de la selva es sombreada, grata a los ojos, llena de tonos verdes, amarillos y castaños.
       Esa luz especial se advertía en la casa de Alexander Forbes, y a través de las puertas y las ventanas protegidas por tela metálica se alcanzaban a ver afuera las sombras que iban adueñándose del amasijo de troncos y ramas, hojas y lianas que formaban la selva. Por momentos se acentuaba el fresco que llegaba del lado del río y se oían chillidos, más estridentes si eran de alguna familia de monos que pasaba por los árboles vecinos, más melodiosos si procedían de los grupos de aves que volaban en las cercanías camino de sus nidos. Pronto comenzarían a oírse los cantos de los insectos.
       Salvatore Barranco discutía con el viejo Forbes, pero a la vez tomaba nota de que la tarde iba a caer y por tanto debía prepararse para la partida. La noche desciende de prisa en la selva, y prefería que le sorprendiera navegando hacia su casa. Y el condenado del chileno no hablaba. «¿Por qué este hombre no se levanta y se va a un sitio donde podamos hablar solos?». Si hubiera podido darse cuenta de su propia mirada, habría visto cómo le relampagueaban los ojos cuando los movía en dirección de Yasic.
       Al fin, Barranco se hizo cargo de que Yasic no tenía interés en seguir hablando de su secreto. Se puso de pie y dijo:
       —Míster Forbes, podremos continuar esta discusión otro día. Ya se hace tarde y debo irme.
       —¿Pero por qué se va tan pronto? ¿Por qué no pasa la noche aquí conmigo y sale mañana? ¿O es que va de caza mañana?
       Vine a saber de usted, míster Forbes, y tengo que irme porque mi mujer sigue enferma.
       —Siento que se vaya, amigo, y le agradezco la visita.
       El italiano vigilaba a Yasic con miradas furtivas. Pensaba: «Ahora se levantará y dirá que él se va también. Ésta es la oportunidad que estaba esperando; ahora me doy cuenta». Pero Yasic seguía sentado, muy tranquilo, ajeno, al parecer, a lo que decía y hacía Barranco. Al fin, éste no pudo ocultar su impaciencia.
       —¿Va a irse usted también? —preguntó.
       Pedro Yasic esperaba la pregunta mirando hacia otro sitio.
       —¿Yo? —y simulaba sorpresa— No. Volveré a Tipuani mañana, si míster Forbes me permite usar su balsa.
       —Claro, amigo Yasic. Mi balsa lo trajo y mi balsa lo llevará.
       Salvatore Barranco se hallaba decepcionado. Pero en un último esfuerzo casi inconsciente, se dirigió a Yasic.
       —¿Cuándo volveremos a vernos?
       —Cuando usted quiera. Dígame un día para que nos veamos en Tipuani.
       Para sí dijo: «Si es muy tarde, perderé tiempo; y que no sea en la cantina. ¿Dónde podría ser?».
       —¿El jueves? —preguntó Barranco.
       Yasic simuló que pensaba un poco, y luego, como sin interés, aceptó:
       —Bueno, si es por la mañana, sí. ¿Y en qué lugar?
       —Por la mañana no es posible. Vivo lejos. Digamos, a las dos de la tarde en el mismo río.
       —Convenido.
       —¿Bajamos a despedir a míster Barranco? —preguntó Forbes.
       —Sí, claro —aceptó Yasic.
       Mientras descendía la escalera, él el último para evitar preguntas indiscretas del siciliano, pensaba que ya había dado con el hombre necesario. «Se va lleno de curiosidad; no duerme tranquilo esta noche». En el momento en que Barranco saltaba a la balsa, se le acercó y le susurró al oído.
       —Ni una palabra a nadie, ni aun a su mujer.
       Salvatore Barranco movió levemente la cabeza en señal de que aceptaba esa condición, entró en la balsa y ordenó a sus lecos iniciar el viaje de retorno a su casa. Oscurecía de prisa, pero no tanto que no se le viera decir adiós con la mano cuando ya la balsa estaba en medio del río. Poco después, todo era sombras en el Mariapo.



Capítulo VII

       El día anterior —sábado— había ocurrido un incidente que preocupó a Yasic. Sara estaba barriendo la puerta de la calle y él iba a salir cuando se presentó el sargento Arze y saludó a la muchacha con un:
       —¿Qué tal estás, Sarita?
       El tratamiento, y el tono un poco burlón con que fue hecho, molestó a la hija de Valenzuela.
       —¿Quién le ha dado a usted confianza para que me diga Sarita? —preguntó la joven con altivez.
       Juan Arze miró a Pedro, que en ese momento asomaba la cara por la puerta, y Yasic se dio cuenta instantáneamente de que en los ojos del sargento fulguraba el odio. «Ese odio es para mí» pensó Pedro. «No me perdonará nunca que yo haya oído lo que le dijo Sara».
       Efectivamente, para Juan Arze las palabras de Sara, y su tono hiriente, hubieran tenido poca importancia de haber estado solos ella y él. Pero Pedro Yasic había sido testigo, y esto le daba al incidente un significado especial. El sargento Arze se sentía humillado hasta los huesos; humillado como hombre y como autoridad. Hasta entonces él había visto a Pedro Yasic tres veces: una en la cantina, otra cuando llegó a vivir a la casa de Sara, y otra en ese mal momento. Pero era a partir de esa última ocasión cuando la imagen del chileno iba a tener para él una importancia especial.
       Como se sentía humillado, Juan Arze se unió al primer grupo de amigos que encontró esa noche y se emborrachó como una cuba. Al despertar en la mañana del domingo sentía el cuerpo pesado, el ánimo caído y mal gusto en la boca. Notó que era tarde y que se hallaba vestido, y recordó entonces vagamente que algunos de sus amigos le habían acompañado hasta su cuartucho y que él se había echado en su camastro mientras ellos seguían bebiendo. Seguramente se había dormido sin quitarse siquiera los zapatos, y los demás se habían ido después, cerrando la puerta tras ellos.
       El sargento sudaba y se sentía a punto de reventar por la necesidad de orinar. Pero no tenía ganas de levantarse. Alzó la cabeza y miró hacia el piso con la esperanza de que hubiera allí alguna botella con bebida, y las botellas que vio estaban vacías. Si no tenía ron, fumaría. Pero al meter las manos en los bolsillos advirtió que tampoco tenía cigarrillos.
       —Malditos borrachos —dijo a media voz.
       El sargento Arze se quedó en el camastro mirando hacia el techo. El calor era sofocante, lo que se explica porque la habitación era pequeña y hecha con calamina; además, la puerta estaba cerrada. Afuera, se oían pasos y voces.
       Al fin el sargento se incorporó, se mantuvo largo rato sentado en el borde del camastro; extrajo un peine pequeño de un bolsillo de la camisa y se peinó. Su negro y duro pelo de indio era rebelde al peine y se mantenía erecto por mucho que él tratara de alisarlo, y allí no había agua para mojárselo. Cada día al atardecer él llenaba una vasija con agua para lavarse la cara y mojarse el pelo al despertar, pero la noche anterior uno de sus amigos había volcado la vasija.
       —Malditos borrachos —repitió.
       En ese momento fue cuando recordó, de súbito, el incidente con Sara, y vio claramente ante sí el rostro de Pedro Yasic, aquellos ojos extraños, aquella nariz larga. «Chileno desgraciado», pensó, y la cara se le llenó de calor.
       El sargento Arze se levantó y abrió la puerta. Un golpe de aire entró por ella, y junto con el aire la luz del sol. Niños y perros jugaban cerca y en alguna de las chozas vecinas una voz de hombre entonaba un carnavalito.
       Deshidratado por la bebentina de la noche, el cuerpo del sargento Arze reclamaba alcohol. No tenía en el bolsillo ni un peso, pero era sargento, de hecho la segunda autoridad del lugar porque el teniente Sarmiento había sido llamado a La Paz tres meses antes y no había retornado, y cuando el capitán Ramírez salía de recorrido por los puestos de la zona, él, Juan Arze, quedaba como primera autoridad. Cuando entraba en la cantina todos los que estaban allí le llamaban a gritos y le invitaban a beber; y él se sentaba con ellos y les aceptaba los brindis porque para eso era sargento y ellos unos desgraciados lavadores de oro que le debían respeto y consideración.
       Ese domingo Juan Arze no estaba de servicio, de manera que no creyó necesario pasar por la jefatura de la policía a preguntar si había alguna novedad. Por otra parte, salvo las contadas veces que algún lavador escapaba con oro y había que perseguirle, eran muy raras las ocasiones en que la policía tenía que actuar en Tipuani. Así, pues, cuando se vio al sol y al aire, Juan Arze echó a andar casi mecánicamente en dirección de la cantina.
       Allí, en la cantina, entre voces, gritos, chistes que él jamás reía, bebiendo con éste y con aquél y con el de más allá, fueron transcurriendo las horas hasta que pasado el medio día alguien de los que ocupaba la mesa de al lado dijo que su mujer tenía chalona fresca y que sus amigos quedaban invitados a comer con él en su casa. Inmediatamente hubo gran alboroto entre los bebedores. Uno ofreció llevar cerveza y otro añadió que él llevaría pisco. Hubo acuerdo general en ir a comer la chalona, y antes de salir tomaron tres veces el último trago. El sargento Arze, sombrío, silencioso, bebía y aceptaba cada brindis. Al fin se fueron.
       En el nuevo lugar se comió, se dijeron los mismos chistes que se habían dicho en la cantina, se siguió bebiendo y se siguió gritando. A eso de las cuatro, el sargento Arze se durmió de pechos sobre la mesa; pero el sueño del sargento no hizo suspender las historias comenzadas, dichas a toda voz de un extremo al otro de la mesa, ni se suspendieron los gritos y las risas estentóreas.
       Al volver en sí, Juan Arze se halló sumido en una extraña sensación de tristeza y de aislamiento. Sus amigotes hacían toda suerte de ruidos, pero él se sentía solo.
       Había algunas mujeres trajinando en la habitación; una era mayor y las otras dos eran jóvenes. Usaban vestidos viejos y llevaban los pies calzados con chancletas, sin medias. De las dos jóvenes, una tenía piernas fuertes. Juan Arze vio esas piernas y se quedó contemplándolas, siguiéndolas mientras iban y venían. Súbitamente sintió necesidad de ver a Sara Valenzuela.
       —Bueno, me voy —dijo poniéndose de pie.
       Dos o tres de los presentes se levantaron y lo rodearon. El dueño de la casa dijo:
       —¿Pero cómo va a irse, sargento? Espere un poco, que Justino mandó buscar más cerveza.
       —No, no bebo más. Tengo que irme.
       Le costó trabajo romper el cerco que le formaron entre todos para no dejarlo llegar a la puerta. Pero él fue inconmovible y se alejó de aquel sitio mientras a su espalda volvían a oírse las risas, las voces, las llamadas y las historias picantes.
       Directamente, como impulsado por una fuerza ciega, pero a la vez sin saber a las claras debido a qué, Juan Arze se encaminó hacia donde Sara. Se sentía irritado y agresivo. De manera vaga deseaba hallar a Pedro Yasic en la casa de la muchacha para provocarlo y vengarse por lo que había sucedido la tarde anterior.
       Pronto iba a oscurecer y Juan Arze quería llegar a la vivienda de Sara antes de que la claridad del día se fuera del todo. Sara estaba sentada a la puerta, sola; cosía una camisa y sin duda se esforzaba para ver a esa hora, a juzgar por la forma en que acercaba la tela a la cara. Tal vez debido a la escasa luz no vio al sargento sino cuando éste, parado junto a ella, con los brazos cruzados y ensayando una sonrisa que le salía dura, dijo:
       —Se le saluda.
       —Se le agradece —respondió Sara sin dejar de atender a su trabajo.
       Hubo un momento prolongado de silencio. El sargento había perdido de golpe su agresividad. Al hallarse ahí, al lado de Sara, encontraba que no tenía nada que decir y que no había pensado lo que quería expresar. Preguntó por Valenzuela.
       —Está afuera; todavía no llega.
       —Me alegro —dijo él secamente.
       Intrigada por esa declaración tan sin sentido, Sara levantó la cabeza y preguntó:
       —¿Que se alegra? ¿Y por qué se alegra de que papá no esté?
       —Porque quiero hablar contigo.
       —Pero conmigo puede usted hablar cuando quiera, esté o no esté papá.
       —Es que quiero pedirte que te cases conmigo.
       Otra vez levantó Sara la cabeza.
       —¡Qué ocurrencia, hablarme de matrimonio!
       El sargento Arze estaba ya más dueño de sí, pero de todos modos había hecho la propuesta sin darse cuenta. En ningún momento, cuando se dirigía a ver la muchacha, había pensado decirle eso.
       —¿Y por qué ocurrencia? ¿O es que las mujeres no se casan?
       —Si le gusta a una el hombre, sí.
       —¿Y yo no te gusto?
       —Para marido no.
       —¿Por qué?
       —Porque no me agrada para marido.
       —Pero tiene que haber una razón.
       —¿Y quiere otra?
       A ese tiempo, la confusión de Juan Arze comenzaba a disiparse y rápidamente iba apareciendo dentro de él su personalidad sombría y agresiva.
       —Yo soy un hombre como cualquiera —afirmó.
       —Pero a mí no me gustan los hombres como los demás, y menos para casarme —dijo Sara.
       —Seguramente estás esperando a uno que te ofrezca más que yo.
       —No, sargento Arze. Para mí no hay hombre rico ni hombre pobre, ni viejo ni joven ni bonito ni feo. Lo que yo quiero es un hombre que me guste.
       —¿Un hombre que te guste para casarte?
       —O para no casarme; eso es cuenta mía.
       Ahora Juan Arze volvía sobre lo ya dicho. Se sentía ofendido, despreciado.
       —¿Y tú piensas que yo valgo menos que otro? —preguntó.
       —Pero si ya hemos hablado de eso. Yo no hablo de usted. Usted valdrá mucho, pero no para mí.
       El sargento quería insistir, forzar a la muchacha a explicarle por qué no le gustaba él; al mismo tiempo quería cortar con ella y ganársela. Pensaba: «Ésta es de las mujeres que quieren ser conquistadas. Voy a conquistarla para luego despreciarla».
       —Pues mira, Sara, hay mujeres que se sentirían muy honradas si yo les dijera que quiero casarme con ellas —afirmó.
       —Pues cásese con una de ellas. ¿Para cuándo lo deja?
       —¿Pero tú no te das cuenta, muchacha, que tú no puedes seguir viviendo como vives; que tienes que buscar un hombre que te ofrezca comodidades, que te mantenga como tú mereces?
       —¿Y quién le ha dicho a usted que yo me siento mal con esta vida?
       —Eso está a la vista.
       —¿A la vista de quién? ¿De usted?
       En el «de usted» final, Sara puso un énfasis que tenía a la vez mucho de burlón y de despreciativo. Juan Arze sintió como si le hubieran pegado un latigazo en la cara. Ya era demasiado oscuro, y como la muchacha seguía cosiendo se pegaba la camisa a los ojos, lo cual le pareció al sargento, de pronto, que era un ardid para no mirarlo.
       —¿Por qué hablas sin darme la cara? —preguntó en tono que era casi amenazante.
       Eso molestó a Sara. En verdad, se hallaba molesta desde el primer momento, aunque hacía bastante tiempo que esperaba la declaración de amor del sargento Arze. Pero en ese instante le molestaba más de lo que había supuesto. Después de la llegada de Pedro Yasic a Tipuani, un hombre como Juan Arze le parecía repulsivo. Además, tenía encima la vaharada del sudor y del alcohol mezclados en un tufo repugnante, como de animal carnívoro, un aliento que salía de todo el cuerpo del sargento y aumentaba cada vez que él abría la boca para hablar.
       —¿Y qué cree? —preguntó indignada— ¿Que no le doy la cara porque tengo miedo de mirarlo? ¿No se da cuenta de que para mí tiene más importancia remendarle esta camisa a papá que oír lo que usted me dice?
       —¿Ah sí? —inquirió Juan Arze, sorprendido de que la muchacha se atreviera a tratarlo en forma tan despectiva—. La camisa de tu papá… Lo que tiene que hacer tu papá es buscar trabajo para comprar camisas nuevas y dejar de andarse emborrachando.
       Sara se puso de pie instantáneamente, con una mano recogió la camisa, el hilo, la aguja, y con la otra la silla en que se sentaba.
       —Perdone, sargento, pero tengo que hacer —dijo.
       Al verla entrar en la casucha, el sargento Arze perdió los estribos. No había querido herir a Sara y sin embargo la había herido. La cólera brotaba en su alma a chorros e inundaba todo su ser. En un segundo pensó, sin pensarlo en verdad, insultar a la muchacha, dispararle con el revólver que llevaba a la cintura, lanzarse sobre ella y golpearla y arrastrarla allí mismo y luego dejarla abandonada en la puerta de la casucha, para que al volver a su vivienda la encontrara ahí, en el suelo, José Valenzuela… No, José Valenzuela no… el otro, el chileno nuevo… «Ah, el chileno, eso es; se entiende con el chileno». Y al pensar esto volvió en sí, aunque sin que le abandonara la ira.
       —Mira, yo sé lo que te pasa —dijo acercándose a la puerta—, pero dile al chileno ése que tenga cuidado conmigo.
       Sara no se dio por enterada; sin embargo, la amenaza la afectó. Había entrado en su habitación y estuvo allí un rato, esperando oír los pasos del sargento alejándose.
       Y efectivamente, Juan Arze se alejó. Iba con la cabeza ardiendo, cargado de agresividad y a la vez de amargura. El culpable era el chileno que vivía en la casa, no le cabía duda. Había oscurecido de prisa y en muchas de las viviendas comenzaban a hacer luz. Maquinalmente caminó hacia la casa de María Hinojosa, que todavía estaba a oscuras. Se detuvo en el umbral, casi como un autómata, sin que pudiera decirse a sí mismo por qué iba a visitarla, y desde adentro llegó la voz de la mujer.
       —Buenas noches, Juan —dijo ella.
       Él no contestó, pero entró, y sin que se lo hubiera propuesto nunca antes ni deseado siquiera, echó un brazo por la cintura de la mujer. Ella le preguntó, pero sin alarma en la voz.
       —¿Y eso?
       Juan Arze no explicó nada; no habló. Se limitó a apretarla y a besarla. La mujer hizo algunos movimientos para zafarse, pero eran débiles, amagos más bien. Él la abrazó, por fin, con los dos brazos y ella dejó de gesticular.
       —No, no —decía María sin convicción—. Pueden vernos.
       —Cierra la puerta —ordenó él.
       Sumisamente, ella la cerró.
       Unos diez minutos después alguien tocó la puerta, con golpes rápidos y sin fuerza. Se oían voces infantiles del otro lado. María Hinojosa pegó la boca a la oreja de Juan Arze y musitó en secreto:
       —Son los muchachos. No hagas ruido.
       Afuera dijo una voz:
       —Parece que mamá salió. Vamos a seguir jugando.



Capítulo VIII

       Hasta el río llegaban los rumores del cerro, que se agregaban a los sonidos suaves de la selva y del agua. El Tipuani tenía un murmullo metálico al chocar, haciendo rizos leves, con los maderos de la balsa. Alguna que otra luz perdida se reflejaba en el río, pero la noche era espesa de tan negra. No parecía la noche apropiada para anteceder a un día tan importante en la vida de Salvatore. Bocarriba, los ojos abiertos, la cabeza llena de imágenes sonrientes, Salvatore se agitaba en cambios súbitos, que iban de una alegría amarga de tan profunda a un escepticismo dulce de tan destructor.
       Como no había llegado a las dos de la tarde sino a las cuatro, Yasic no estaba esperándole, y como no había tenido la precaución de preguntarle al chileno su dirección ni Yasic había mencionado a nadie que pudiera decirle donde vivía, Salvatore Barranco había pasado unas horas de verdadera desilusión, hasta que a eso de las seis, cuando retornaba desalentado a la balsa, se encontró con Yasic que volvía hacia el cerro tras buscarle en la orilla del río.
       Salvatore no podía dormir. ¿Sería verdad lo que le había dicho Pedro Yasic? ¿Hablaba verdad ese chileno que parecía tan dueño de sí? Y si no era verdad, ¿por qué le decía esas cosas a él, Salvatore Barranco, que tenía tan poco que perder? Si todo era cierto, pronto tendría oro, oro para dejar atrás la selva, para vivir en uñó ciudad donde hubiera gente como él, hombrea con quienes hablar de negocios, de política, periódicos que leer, automóviles para moverse, y no balsas, no más balsas, nunca más balsas.
       Su balsa tenía olor de pieles podridas. Siempre olía a podrido y a cocodrilos. Ya él tenía metido en lo_ huesos ese olor indescriptible de las piales que empiezan a secarse, mezcla de carne en descomposición, de grasa rancia y de sal, y sobre todo tenía en el alma el olor de los cocodrilos, animales inmundos y feos. «Y bueno», pensó de pronto, dejando a un lado los saurios muertos, «¿por qué iba a mentirme Pedro Yasic si mañana sabré la verdad?».
       Salvatore Barranco despertó esa noche cuatro veces, agitado por la sensación de que ya amanecía y de que iba a llegar tarde a la cita. Yasic, en cambio, despertó sólo una vez, y fue cuando llegó la hora de levantarse para irse.
       El sol del invierno no había salido todavía y de seguro muy poca gente estaba de pie en el cerro. Se oyó el canto lejano de un gallo y a poco el chillido de un papagallo. Un perro ladró cerca. Muy baja, Pedro percibió la voz de Sara que hablaba con el padre.
       —Parece que Pedro sale hoy temprano —dijo.
       Al bajar del cerro, de pie en el camino, le esperaba Salvatore Barranco, con la barba un tanto crecida y los ojos brillantes. Yasic no se detuvo y cambiaron los buenos días andando.
       —¿No hay temor de que encontremos gente por aquí? —preguntó Barranco, a quien le bullía ya el miedo de fracasar que se le había contagiado de Pedro Yasic en una sola charla.
       —No. Parece que este camino se usó hace algunos años para ir a un campamento de lavadores que fue abandonado hace tiempo.
       Al cabo de unos pocos pasos más, volvió a hablar Barranco.
       —Usted me dijo que podríamos sacar veinte kilos.
       —Y veinticinco también, lavando dos hombres nada más. El problema no está en la cantidad de oro sino en sacarlo sin que nadie se dé cuenta.
       —¿Pero usted ha comprobado que hay esa cantidad?
       —Confíe en mí, Salvatore. Hay oro, esa cantidad y toda la que se quiera. El problema no está en el oro sino en sacarlo de esta región. Si no podemos salir de la selva no vale la pena comenzar el trabajo.
       —Bueno, yo le aseguro que saldremos de la selva.
       —Siendo así, lo demás corre de mí cuenta.
       —Si hay que hoyar, mis lecos pueden hacerlo —apuntó Barranco.
       —¿Sus lecos? ¿Cree que voy a confiarme en esos pobres indios que no saben lo que hacen? Para ese trabajo traje tres indios del Altiplano, tres indios serios y acostumbrados a labores rudas.
       —¿Pero usted vino de La Paz con la idea de sacar el oro?
       —Claro. De otra manera no hubiera venido a Tipuani. Yo sabía donde estaba el oro.
       —Ah, el secreto de que me habló en casa de míster Forbes.
       —Sí, el secreto de que usted se rio. Me lo dio mi tío, un hermano de mamá; un tío a quien no veía hacía treinta años, desde que yo tenía seis. Murió en La Paz, hace pocos días.
       —Buena herencia. Hay gente afortunada.
       Pedro dejó la alusión sin repuesta. Ya iba saliendo el sol.
       Al rato, Salvatore, que sentía necesidad de hablar, dijo:
       —Desde luego, los indios ésos que usted trajo serán los lavadores.
       —No; picarán tierra y palearán nada más. Sólo usted y yo lavaremos.
       «Demonios», pensó Barranco, «este hombre lo tiene todo pensado».
       El sol ascendía lentamente sobre sus espaldas y se veían bandadas de pájaros cruzando en todas direcciones. Aunque sólo las pisadas de los dos hombres producían ruidos en aquella soledad, había, sin embargo, una sensación de sonoridad en el aire, algo que llegaba de todo el paisaje a través del oído como un mensaje de movimiento naciente. De pronto Yasic señaló con su brazo izquierdo y dijo:
       —Aquella piedra gris es la primera señal. ¿Cree usted que podrá verla desde el río?
       Barranco se detuvo y observó.
       —Va a ser difícil porque veo una arboleda en la orilla del río. Pero más o menos puedo situar el sitio por la distancia.
       —Por la distancia no va a ser fácil. Fíjese que nosotros hemos caminado casi en línea recta y el río, en cambio, da varias vueltas antes de llegar frente a la piedra. A partir de este lugar donde estamos el río tiende a ir hacia allá —y Yasic señaló con la mano al este— y nosotros hacia acá —y señaló al sudeste—, y esto es muy importante porque el cerro de que le hablé está quizá a dos kilómetros de la orilla del río.
       —Pero si el cerro es el punto de referencia, lo veré desde el río de todas maneras si tiene más de cien metros, como me dijo usted. Aunque no vea la piedra, veré el cerro.
       —Sin embargo, es importante tomar la piedra como primer punto. Puede ser que cuando usted llegue esté nublado o lloviendo.
       «Este demonio de hombre piensa en todo».
       —Despreocúpese, Yasic. Yo sé ya donde está la piedra aunque no la vea desde la balsa. Navegando por estos ríos uno se acostumbra a la idea de las distancias.
       De pronto Yasic dijo:
       —¡Mire el cerro, mírelo allá!
       Sí, allá estaba. Era un ribazo, y aunque entre él y el río se veían manchas de árboles, Barranco estaba seguro de que situaría su posición correctamente.
       —Desde aquí le vemos el lado que da al este, pero desde el río se ve amarillo rojizo, porque en alguna época el río pasó por allí y lo cortó en dos. Si recuerda bien ese detalle, lo localizará con seguridad.
       —Confíe en que lo localizaré, Yasic.
       —Tiene que estar seguro de que su balsa llegará frente al cerro. La balsa tiene que estar amarrada a nuestra vista. Si no es así no habrá oro. Yo no voy a correr el riesgo de llevar ese oro al cerro.
       —Pero si hay necesidad, puede hacerse. Nadie registra mi balsa. Yo tengo años en esta región y todo el mundo sabe que no negocio con oro.
       —A usted lo conocen, pero a mí no.
       —Mire, Yasic, yo no estoy muy al tanto en esas cosas, pero tengo entendido que en esta región no registran a nadie. Los registros se hacen en Sorata, en Guanay, en las salidas hacia el Altiplano y hacia la selva.
       Pero Yasic no quiso contestarle. A él no le gustaba tentar al destino. El oro del Tipuani tenía un precio —a razón de sesenta bolivianos por dólar— y había que venderlo al Banco Minero; al que le cogían oro encima, se lo quitaban. En La Paz, el dólar se vendía a mil doscientos bolivianos —veinte veces más—, y él sacaría el oro del Tipuani aunque tuviera que arriesgar la vida. Ahora tenía casi en la mano la oportunidad de probarle a su mamá que era él, y no Federico, el hijo que iba a sacarla de Puerto Montt, el que iba a comprarle una casa en el Barrio Alto de Santiago. «No le he escrito a mamá diciéndole que tío murió», pensó.
       —En los años que tengo aquí, nunca me han registrado la balsa.
       Pedro oía a Salvatore, pero Salvatore no sabía que él tenía un hermano menor llamado Federico, y que su mamá había querido siempre a Federico más que a él, y no sabía que había un hombre llamado Juan Arze, el sargento Arze, a quien le relampagueaban los ojos cuando lo veía, y que Juan Arze le vigilaba. Su mamá ayudaba a Federico para que éste aprendiera más de prisa; Pedro lo sabía, lo había sabido siempre, y Federico llegó a ser abogado y trabajaba en Santiago. Pero era él, Pedro, no Federico, el que iba a comprarle una casa en el Barrio Alto a su mamá.
       —Créame, Yasic, yo no tengo miedo de que me registren.
       —Usted no lo tendrá, pero yo sí, Salvatore, y no voy a apartarme de mi plan ni una pulgada. Lo he pensado mucho y vamos a hacerlo como lo he pensado. Usted trae su balsa aquí, lavamos juntos todo el tiempo que haga falta, tomamos la balsa de noche frente al cerro ¿Y quién va a figurarse que en esa balsa vamos usted y yo cargados de oro?
       —El plan es bueno —admitió Barranco.
       —Tiene que traer una piocha y dos palas; no olvide eso. Tiene que traer también una batea. Debe comprar esas herramientas hoy, cuando vuelva al cerro, y debe dejar bien clara la idea de que las quiere para venderlas por allá, por donde usted vive. Nadie deberá pensar ni que son para mí ni que usted va a lavar oro. Si las compro yo van a sospechar de mí.
       Eso podía ser verdad o no ser verdad, pero lo que sí era cierto era que ya Pedro Yasic andaba escaso de dinero y no quería gastar en equipo. Lo que le quedaba lo tenía destinado a comprar comida para los indios y para él mismo, y sobre todo a comprar las medicinas sin las cuales no se internaría en la selva; aspirinas, sulfas, penicilina, suero antiofídico, jeringuilla, agujas, alcohol, vendas; y además, fósforos, aceite, sal. Había resuelto que si se le prolongaba la estadía en Tipuani más de un mes, no le adelantaría el otro mes a Valenzuela. «Se lo pagaré en Chile si nos vemos allá algún día. O quizá en el infierno. No, si hay infierno el pobre Valenzuela no irá a él. Es un santo».
       —Ahora ya no se ve el cerro —dijo Barranco.
       —Esos árboles lo tapan —explicó Yasic—, pero cuando lleguemos al pedregal, esas líneas grises que brillan allá, ¿las ve? , entonces no habrá obstáculos porque ahí no hay árboles.
       Salvatore se volvió un momento para mirar a Yasic de perfil. Le molestaba que Yasic tuviera los detalles estudiados, que no dejara nada al azar. Él no podría vivir mucho tiempo con un hombre así. Harían juntos el cruce de la selva, porque un negocio es un negocio y se debe ser leal hasta el último momento, pero tan pronto salieran de la selva se separaría de él.
       Durante un buen rato caminaron en silencio. El sol era fuerte y reverberaba en las piedras. Cruzaban por un lugar que estaba al nivel del río y se veían aquí y allí pequeños pantanos, manchas de piedras, de arenas, de yerba y de matojos. A la derecha, una cinta de árboles a veces interrumpida marcaba el curso del Tipuani; al fondo, tan lejos que parecía más una ilusión óptica que una realidad, estaba la Cordillera, cuyos blancos picos se perdían en las nubes.
       —Ya estamos llegando —dijo Yasic.
       Efectivamente, desembocaron de pronto en un claro desde el cual se veía el río a un lado y el cerro al otro.
       —Ahí tiene usted el lado pelado del cerro —explicó Yasic.
       Salvatore Barranco observó en silencio el lugar; miró hacia el cerro y hacia el río. Ahí estaba la mancha amarilla, casi roja, del lado del ribazo desmontado por las aguas.
       —Está bien —dijo—. Amarraré la balsa —y señaló hacia el río.
       —Escondida —explicó Yasic—, bien escondida para que no vaya a verla alguno que pase.
       —Sí, comprendo.
       Barranco seguía mirando circularmente todo lo que le rodeaba. Quería estar bien seguro de no equivocarse, sobre todo porque debía viajar de noche, y de noche se pierden los puntos de referencia.
       —Venga —dijo Yasic.
       Caminando en dirección al río, seguido a dos pasos por Salvatore, el chileno se dirigió al hoyo que habían hecho sus indios el jueves anterior. Allí estaban las ramas, tal como Yasic las había dejado, y aunque las hojas se habían secado, las ramas disimulaban el agujero. Pedro Yasic se inclinó para levantar las ramas y de pronto Salvatore saltó sobre él, le sujetó un hombro y lo empujó hacia atrás con violencia al tiempo que gritaba:
       —¡Cuidado, es una talla!
       Yasic alcanzó apenas a ver un cuerpo fino, reptante, de color entre gris y café claro, que ondulaba y se escondía en la maleza vecina.
       —¿Qué es? —preguntó sin que se le notara la menor sorpresa.
       —Una talla. Es una de las culebras más peligrosas de toda la selva. No sabía que las había aquí, pero en el Beni las hay a millares ^explicó Barranco.
       Yasic no se impresionó ni con las palabras ni con la expresión de asombro que tenía el italiano. Al fin y al cabo él era de Chile, donde no se conocen las culebras venenosas; y además, Pedro Yasic no temía a nada que pudiera causarle daño físico, ni aun la muerte.
       En cambio Salvatore estaba desconcertado. No comprendía la impasibilidad de Yasic, su frialdad ante el peligro que había corrido. Ellos no llevaban suero antiofídico y si la talla hubiera mordido a Yasic no habría habido tiempo de ir a Tipuani y volver con el suero. Justamente cuando pensaba eso vio a Yasic avanzar de nuevo hacia el hoyo y coger otra rama.
       —¡Espere, que el macho puede estar ahí! —gritó abalanzándose sobre Pedro.
       Éste se volvió con escalofriante tranquilidad.
       —¿Y cómo sabe usted que la que salió era la hembra? —preguntó con el acento más natural del mundo.
       Salvatore quedó confundido. Su confusión duró tal vez un segundo, pero era profunda. Se sentía a la vez avergonzado de haberse dejado dominar por sus nervios y asombrado por la actitud de Yasic. En un instante pasó de la vergüenza y la confusión a algo que no podía definir, pero que podía ser un principio de admiración hacia Yasic y al mismo tiempo podía ser sensación de seguridad. Pues sin duda el hombre que tenía esa impasibilidad ante el peligro era de fiar cuando hablaba de sacar oro abundante, y el oro representaba para Salvatore Barranco un porvenir tranquilo.
       —Yo no sé de culebras —explicó, tal vez con el deseo de que Yasic no se burlara de él en el fondo de su alma—, pero los indios dicen que cuando están juntos hembra y macho, la que huye primero es la hembra.
       Pedro Yasic no hizo comentario. Quitó las ramas y miró. En el hoyo no había culebra ni hembra ni macho; lo que se veía allí era las dos piochas, la pala, el machete, la batea. Las herramientas tenían encima un moho claro, de color vivo. Yasic se tiró al hoyo, sacó los hierros, después extrajo alguna tierra y dijo:
       —Vaya llenando la batea con esta tierra, Salvatore.
       Una vez terminado este trabajo los dos se fueron al río. Pedro Yasic iba delante, en dirección al mismo lugar donde había lavado oro el jueves anterior. Al llegar se puso en cuclillas al borde del agua y comenzó a mover la batea. Lo hacía con seguridad, como si hubiera sido un experto. Barranco, mientras tanto, lo observaba de pie a su lado.
       En diez minutos no quedaba ni tierra ni piedrecillas ni arena en la batea, y en el centro apareció oro, polvo fino brillante y una pepita poco mayor que un grano de arroz. Yasic cogió esa pepita y se la pasó a Salvatore. Éste se la puso en la palma de la mano y la observó cuidadosamente. Se le salían los ojos mirándola. Sin duda eso era oro o se le parecía mucho.
       Pero el alma de Salvatore Barranco era pendular; oscilaba siempre de un extremo a otro. Le era imposible dominar la tendencia de ver instantánea y dramáticamente el lado negativo de todas las cosas.
       —¿Y cómo cree usted que sacando esta pequeña cantidad en cada lavada vamos a reunir veinticinco kilos en pocos días? —preguntó.
       Al hablar, su tendencia hacia lo negativo se hacía más fuerte; parecía empujarla con sus propias palabras, y cuando terminó se sentía ya presa de un escepticismo sombrío. Yasic notó que los ojos le brillaban con un resplandor entre sarcástico y colérico.
       —No —le respondió Yasic como sin dar importancia a lo que había oído—. Lavando esta cantidad no sacaremos veinticinco kilos ni en seis meses.
       A Salvatore le pareció increíble lo que oía. De manera que el chileno estaba burlándose de él; que todo lo que había dicho hasta ese momento había sido una burla gigantesca. No era posible que él tolerara esa burla tan grosera y tan inmerecida. Pero estaba paralizado por la sorpresa y antes de tomar una determinación, mientras ganaba tiempo, preguntó:
       —¿Entonces?
       —Esto es sólo una prueba —explicó Yasic mirándole a los ojos—. El oro no está en ese hoyo; el oro está cerca de aquí, pero no en este lugar.
       Salvatore Barranco quedó desconcertado.
       —Pero usted me había dicho… Creía que era… No sabía…
       —Claro que no sabía —le atajó Yasic—. No lo sabe nadie más que yo, ni aun los indios que traje de La Paz. Pero ahora usted sabe más que ellos, puesto que acabo de decirle por lo menos que el oro está en otro lugar. Y no es oro en polvo y pajas, como éste, sino en granos, y de veintidós kilates, para que lo sepa.
       A seguidas Pedro metió la batea en el agua, la sacudió, se puso de pie y echó a andar.
       —Usted encárguese de comprar hoy mismo las herramientas, como le dije, y al llegar a su casa póngase a coger nutrias inmediatamente, y prepare las pieles para hacer fundas con ellas.
       Vamos a llevarnos el oro en fundas de nutrias. ¿Qué le parece?
       «Piensa en todo este hombre. Lo tiene todo estudiado».
       —¿Cuántas fundas de nutrias cree usted que vamos a necesitar?
       —Hágase sesenta, por si acaso.
       —¿Sesenta? Eso significa por lo menos sesenta pieles de nutria. Eso vale un capital, Yasic.
       Pedro Yasic volvió la cara hacia su compañero y aclaró:
       —¿Capital? ¿Se le ocurre comparar su valor con ocho kilos de oro, que es lo menos que le tocará a usted?
       —¿Ocho kilos? —preguntó Salvatore casi a gritos.
       —Ocho kilos, sí, y diez si sacamos treinta kilos.
       —Ocho kilos, diez si sacamos treinta —repitió Salvatore como para sí solo.
       Siguieron caminando. Sus pisadas levantaban en las piedrecillas sonidos raspantes, y fuera de esos sonidos sólo se oía el de la brisa en los árboles lejanos. Atrás corría el Tipuani, y a lo lejos, hacia el lado derecho, la gigantesca mole de la Cordillera parecía desvanecerse en el aire.



Capítulo IX

       En el momento en que Salvatore Barranco se preparaba a salir hacia Tipuani, uno de sus lecos gritó que se acercaba una balsa. En esa balsa llegaba John Caldwell, pero un John Caldwell distinto al que él había visto un año atrás. Esta vez el joven misionero se presentaba con el pelo caído sobre las cejas, los ojos mustios, los labios exangües, de color ceniciento, las orejas blancas y traslúcidas y una palidez amarillenta extendida por el rostro.
       A pesar de que había nacido en la ciudad argentina de Córdoba, y de que por esa razón hablaba el español con acento argentino, John Caldwell era un norteamericano de New England. Y no sólo por su contextura —rubio, alto, atlético—, sino sobre todo por su manera de ser. Era ingenuo, creía en los hechos, hablaba poco. Para él, lo que se sentía debía expresarse en actos, no en palabras. A los veintidós años era tan maduro como un hombre de treinticinco, pero también era inocente como un niño de siete.
       A los siete años fue enviado a Sharon, en Connecticut, a la casa de sus abuelos paternos, y retornó a Córdoba cuando tenía catorce. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su padre era algo excepcional en la ciudad. Los muchachos argentinos de su edad comenzaron haciéndole preguntas sobre el padre y acabaron burlándose de él.
       El pastor Caldwell, con su traje negro y su cuello blanco, era una figura que resaltaba en medio de la muy católica ciudad de Córdoba. En gran número de hogares se le veía como un agente del demonio; numerosos niños recibieron de sus madres órdenes de no jugar ni hablar siquiera con «el hijo del protestante».
       Sin acertar a comprender la razón en que se originaban —pues el matrimonio Caldwell jamás trataba esos problemas en presencia de John—, al pequeño hijo del pastor llegaban ráfagas sueltas, y por lo mismo muy imprecisas y muy desconcertantes, de cierta atmósfera confusa y agobiante que le rodeaba. Poco a poco fue formándose en él la idea de que no sería pastor. Aunque no acertaba a saber debido a qué, no le gustaba para él la profesión de su padre.
       John Caldwell estudió normalmente, como la mayoría de los niños. Era un poco reconcentrado, pero no tímido. Tenía amiguitos —un hijo de ingleses y uno de suecos—, pero al crecer los abandonó y mientras estudiaba bachillerato tuvo trato con casi todos sus compañeros y amistad con ninguno. Sus verdaderos amigos fueron William y Elisabeth Caldwell, que disimulaban mucho su amor, pero adoraban a su único hijo.
       A los diecinueve años el joven Caldwell se enamoró. Había una sola manera en que él podía enamorarse: era sentirse bien cuando veía a la muchacha, pensar en ella si no estaba a su lado, desear servirla, atenderla, protegerla. A su edad, un joven argentino corriente habría deseado a la muchacha como mujer. John Caldwell no conocía ese tipo de deseo.
       Su enamoramiento terminó en fracaso, y no debido a él ni a su elegida, sino debido al medio. Pues viendo que con frecuencia John y su hija hablaban en la puerta de la casa, cuando llegaban de la escuela —eran vecinos; vivían a sólo dos casas de distancia—, la madre preguntó a la joven qué clase de relaciones eran las suyas con el hijo del pastor. La hija le contestó que hasta ese momento, de pura amistad, pero que ella temía que él estuviera enamorado.
       —¿Y tú? ¿Le corresponderías tú en caso de hacerte una proposición de matrimonio? —preguntó la madre.
       —Creo que sí, mamá —confesó la hija.
       A la tarde siguiente la madre se asomó a la puerta y se dirigió a John para decirle que deseaba hablar con él. John subió los contados escalones que separaban el piso de la acera, siguió a la señora por un corto pasillo y después a un recibidor.
       —Deseo saber de usted mismo qué clase de sentimientos le inspira mi hija —dijo la señora con extremada finura.
       Con una naturalidad encantadora, él explicó:
       —Pienso proponerle matrimonio cuando esté en condiciones de hacerlo.
       —Contando con sus padres desde luego.
       —Sí señora, contando con mis padres.
       La señora se esforzó un poco en hablar con cuidado a fin de no herir a John.
       —Usted es un modelo de hijos y lo será sin duda de esposos. Pero hay algo en que tal vez no ha reparado. Mi hija es católica y no se casará sino con un católico. En Córdoba no está bien vista una mujer protestante, si es argentina, se entiende, y por otra parte, dada nuestra religión, un matrimonio que no esté consagrado por nuestra Iglesia es un concubinato.
       John pidió una semana para estudiar el problema y dar una respuesta, y al día siguiente, mientras desayunaba con sus padres, les dijo que quería hablar con ellos en la tarde, a la salida de sus clases.
       —¿Conmigo solo o con nosotros dos? —preguntó míster Caldwell.
       —Con los dos —explicó John.
       —Espera entonces un poco; déjame consultar mis notas —dijo el pastor, que anotaba cuidadosamente el uso de su tiempo con anticipación.
       La madre sospechó que John quería hablar algo que tenía que ver con su porvenir, si bien no imaginó qué tema iba a tratar, y miró a su hijo con verdadera ternura porque le parecía que acababa de descubrir que su hijo era ya un hombre, no un niño. Pero no hizo la menor pregunta. Cuando míster Caldwell terminó de ver su libreta de notas, dijo:
       —A las seis tengo una hora libre. ¿Es bastante?
       —Bastante, papá.
       —¿Tienes compromiso para esa hora? —preguntó el pastor dirigiéndose a su mujer.
       —No —respondió ella.
       En la tarde, en la pequeña sala donde se reunía de noche la familia, el pastor y su mujer, ambos dignos, inmóviles pero naturales —si bien la madre se hallaba un poco inquieta—, oyeron con admirable paciencia el relato de la conversación que el hijo había tenido la tarde anterior con la señora a la que él quería hacer su suegra.
       Cuando el joven terminó de hablar, padre y madre se miraron como estudiándose mutuamente. Se produjo una pausa cargada de gravedad, durante la cual John Caldwell clavaba los ojos tanto en el padre como en la madre. Al fin el pastor tomó la palabra.
       —John, si te haces católico no serás feliz. Has nacido y has sido educado en nuestras creencias, y eso siempre estará en el fondo de tu corazón. Si te sintieras inclinado al catolicismo por ti mismo, no tendría nada que decir, pero la religión es algo mucho más importante de lo que parece a tu edad y no puede uno cambiarla por razones de cierto tipo. Por otra parte, ¿qué fe podrán tener en mis prédicas los que vean que mi propio hijo ha abandonado mi rebaño?
       John miró atentamente al padre, con sus ojos nobles y su rostro de niño grande.
       —Papá —dijo poniéndose de pie—, no tienes que argumentar más. No había visto ese ángulo del problema. Yo no te pondría en ridículo nunca.
       Había enrojecido y el padre creyó que se hallaba avergonzado por no haber estudiado previamente ese aspecto de su situación. No era tan simple, sin embargo, la causa de la reacción, y el mismo joven no podía darse cuenta de que lo que le salía al rostro en oleadas de sangre era el recuerdo de las burlas que había sufrido en su niñez debido a la religión de sus padres. Algo dentro de sí le acusaba de haber querido pasarse al bando de los que hacían aquellas burlas, pero era una situación tan confusa y a la vez tan hiriente que él mismo no llegaba a distinguir por qué se sentía así. Aunque tampoco comprendía la razón del embarazo de su hijo, la madre se conmovió; se levantó, tomó la cabeza de John entre las manos, y como él era más alto tuvo que doblarse para que le alcanzara la boca de su mamá, que le besó en la mejilla con un beso tan tierno que era casi más el de una mujer enamorada que el de una madre.
       John salió, dejando solos a los padres. Éstos se miraron entre sí, la mujer con los ojos brillantes de lágrimas que no llegaban a cuajar. Al cabo de rato ella dijo:
       —Dios bendiga a nuestro hijo, William.
       —Sí, Betsy, Dios ha de bendecirlo —respondió él en voz baja.
       Al día siguiente, a mediodía, John acompañó a su elegida hasta la puerta de su casa y le pidió que transmitiera a su mamá el recado de que él quería hablarle esa tarde. En la tarde, la señora salió a la puerta tan pronto sintió a los jóvenes acercarse.
       —Buenas tardes, John. Estoy esperándole —dijo amablemente.
       Por segunda y última vez el joven Caldwell volvió a recorrer el corto pasillo y a sentarse en el recibidor. Lo mismo que en la ocasión anterior, él se sentó de espaldas a la puerta y la señora frente a él. Sonreída, ella le invitó diciendo:
       —Usted dirá.
       —He hablado con mis padres. Quiero mucho a Mercedes, pero no puedo abandonar mi religión.
       La señora no respondió inmediatamente. No era esa la respuesta que ella esperaba. Estaba segura de que John iba a renunciar a su culto por amor a su hija; estaba convencida de que a través de su hija ella iba a hacer una buena obra conduciendo a la Santa Iglesia una oveja descarriada. Además John era un muchacho fino, distinguido, correcto, y su hija hubiera estado protegida siendo su esposa. Le sorprendió desagradablemente la respuesta. Pero no podía dejar ver su disgusto.
       —En ese caso —dijo— es mejor que no la vea más. Se lo digo por el bien de usted y de mi hija. Corte usted mismo esas relaciones antes de que los sentimientos de los dos lleguen a hacerse fuertes, porque ni mi marido ni yo consentiremos que Mercedes se case con usted si usted no se hace católico.
       John Caldwell no consideró prudente discutir. Sabía que la hija no se opondría a la voluntad de los padres. Saludó con toda corrección y salió. No vio más a Mercedes. Tres meses después recibió una tarjeta de Buenos Aires; era de ella y le enviaba afectuosos saludos.
       John estuvo algún tiempo afectado pero sólo sus padres lo advirtieron. Siguió siendo bien educado, medido, parco en hablar; sólo que se aisló más de sus condiscípulos y hasta de los padres con el pretexto de que tenía que estudiar. Pero es el caso que una semana después de haber recibido la tarjeta de Mercedes tocó a la puerta del despacho de su padre y le dijo que quería hablar con él. Míster Caldwell puso a un lado su biblia, que leía minuciosamente todas las mañanas para preparar las prédicas de la noche, y ordenó a su hijo que hablara.
       —He resuelto irme a la selva a cristianizar indios y a curarlos de sus enfermedades —dijo el joven.
       El pastor no se sorprendió o no dejó ver que se había sorprendido. Respondió en la forma más natural:
       —Bien; si lo has decidido tendrás mi bendición. Sólo quiero pedirte una cosa.
       —Dila.
       —Espera seis meses, hasta que tengas veintiún años. Durante ese tiempo estudia todo lo relativo al territorio adonde quieres ir, sus pobladores, sus creencias, su grado de civilización, sus necesidades y sus enfermedades. Si al cabo de esos seis meses sigues pensando igual que hoy, yo te ayudaré a irte.
       John asintió. Era hijo único y adoraba a sus padres, pero sabía que debía hacerse su vida aunque le causara dolor. Un día, mientras leía acerca de enfermedades tropicales, oyó que el padre le decía a la madre:
       —No estará solo, Betsy; Dios estará con él.
       «Dios estará conmigo», pensó John. «Dios estará también aquí, con mamá; la acompañará, la dará fuerzas». Y ese pensamiento le causó un bien indescriptible; le dio ánimos, se los renovaba cada día, sobre todo a medida que se acercaba el término que míster Caldwell le había fijado.
       Se cumplieron al fin los seis meses; quedó organizada en regla la partida de John sin que se olvidara un detalle, ni aun el de los numerosos cuadernos en que iría anotando sus nuevos conocimientos y sus experiencias. John se fue a La Paz, de ahí a Apolo, y por último se internó en el enorme territorio bañado por los ríos Mapiri, Madidi y Beni.
       Cada vez que John Caldwell veía disminuir su depósito de medicinas escribía a su padre pidiéndole que le enviara más, y hacía llegar la carta al Beni, a Apolo, a Guanay, a Tipuani, al lugar hacia donde se dirigiera el cazador, el estanciero o el explorador que pasaba por donde él se hallaba. El padre recogía donativos de los norteamericanos que vivían en Córdoba o en sus cercanías y a menudo tocaba a las puertas de ingleses, canadienses, holandeses o alemanes amigos solicitando ayuda para la labor de su hijo; en ocasiones escribía a Buenos Aires a pastores de su culto. Pedía las ayudas en suero butantán, quinina, atebrina, sulfas, aspirina, penicilina, en cuantas medicinas podían serle útiles a John, y las despachaba al hijo a través de la Embajada norteamericana en La Paz. La Embajada aprovechaba toda ocasión para hacer llegar a manos de John los paquetes, y a veces llegaron a su destino en formas inesperadas y tras haber hecho los caminos más inverosímiles.
       Durante más de un año el joven hijo del pastor convivió con indios de la selva amazónica; mujeres, niños, ancianos, hombres de los bosques en estado rudimentario de civilización. La gran mayoría estaba permanentemente enferma de tiña, de paludismo, de disentería, y en general la totalidad sufría enfermedades debidas a carencias vitamínicas y a desnutrición. Muchos morían atacados por el jaguar y las culebras, otros devorados por las pirañas o ahogados en los ríos.
       A pesar de que jamás pretendieron hacerle daño, los indígenas no eran consecuentes con John. A menudo una tribu a la que estaba curando abandonaba su paraje en medio de la noche y le dejaba como único recuerdo a una vieja enferma o a un anciano ciego que ya no podía caminar. Muchas veces John Caldwell tuvo que vagar por la selva días y días en pos de lugares donde vivieran indios. Nunca llegaba a aprender del todo una lengua, porque se quedaba sin tener con quien hablarla. Hubo meses en que comenzó el aprendizaje de dos lenguas indígenas. Jamás dejaba de anotar escrupulosamente todo lo que le sucedía, todo lo que observaba y todo lo que aprendía.
       John Caldwell había cumplido ya los veintidós años y no sabía lo que era desear como hombre a una mujer. Podía contar episodios que millones y millones de hombres debían hallar interesantes. Había despertado una vez a media noche con el rugido de un jaguar dentro de su choza, impresión verdaderamente escalofriante, y al abrir los ojos vio a la fiera junto a su hamaca; yendo por una senda abandonada pisó una anaconda gigantesca, que se escurrió por entre los árboles sin volver siquiera la repugnante cabeza; había salvado la vida, cierta vez, subiéndose a un árbol a tiempo para evitar ser destrozado por una manada de tapires que huían enloquecidos. Pero no había bailado con una joven, no había besado a una muchacha, no había sentido el deseo de una mujer.
       John Caldwell, que durante un año se había cuidado de las enfermedades corrientes en la selva tomando medicinas preventivas, sintió una tarde el inconfundible frío del ataque palúdico; y sucedía que desde hacía más de un mes se le habían agotado la quinina y la atebrina y no tenía la menor noción de cuándo le llegarían repuestos.
       El frío llegó a ser tan intenso que el joven misionero no podía sufrirlo. Lo sentía en las entrañas, como si tuviera hielo en los huesos y en los intestinos; todo el cuerpo se le estremecía en temblores que le hacían saltar en la hamaca sin que él pudiera contener los saltos; los dientes de abajo chocaban con los de arriba, y el choque despedía sonidos metálicos sordos, y él no tenía dominio sobre su quijada. John se daba cuenta de lo que le pasaba y sabía que el terrible escalofrío le duraría por lo menos una hora y que tras él llegaría la fiebre y después de la fiebre el sudor a chorros, el sudor debilitador, agobiante; sabía también que el paludismo puede matar, y que si a él le había tocado la forma grave, podía morir antes de que le fuera posible salir de la selva. Sin embargo, él sólo pensaba una cosa, una que repetía sin cesar: «Los indios no van a creer en mí; van a decir que si me he enfermado, no tengo autoridad para curarlos».
       Al cabo de más de una hora —aunque para John ya no existía el tiempo; ya el tiempo había dejado de ser un valor en su vida— el joven Caldwell comenzó a sentir que la cabeza le dolía y que ese dolor aumentaba a saltos, aumentaba, aumentaba hasta que creyó tener dentro del cráneo una horma que alguien abría poco a poco, una horma similar a las que se usan para darles anchura a los zapatos; y la horma se abría allá adentro de su cabeza, y se abría y se abría, hasta que ya no pudo más y oyó su propia voz y comenzó a ver figuras extrañas, repugnantes, que se movían ante él, y todo desapareció, todo, todo, y volvió a aparecer algo, —¿qué?—. De pronto despertó bañado en sudor, chorreando sudor por la cabeza, por el cuello, por la cara, por la espalda. Tenía la extraña sensación de que acababa de nacer, pero con noción de que era adulto y con una sensación de felicidad profunda, algo así como una alegría que no podía externarse.
       Al día siguiente John se sentía bien, excepto por la debilidad, mal gusto en el paladar y la convicción que tenía de que al tercer día, a más tardar al cuarto día, el ataque volvería a producirse. Y podía suceder que fuera una forma maligna de paludismo, y en ese caso una perniciosa podía matarlo en pocas horas. Él no había visto perniciosas en la selva, pero ocurría que los indios se hallaban más o menos inmunizados contra ella por su larga exposición a las picadas de los mosquitos y tal vez por eso la enfermedad no evolucionaba en ellos en la forma mortal; y ése no era su caso; él era terreno virgen en el que el mal podía avanzar como un incendio en el bosque.
       «Debo irme cuanto antes a buscar quinina», pensó.
       En ése momento estaba en territorio bañado por el Mapiri. Si tomaba afluentes podía llegar a la casa de Salvatore Barranco antes del tercer ataque, en caso de que la fiebre fuera terciana. Salvatore Barranco era el hombre blanco más cercano, y además, él lo conocía.
       John Caldwell pidió a los ancianos de la tribu en que se hallaba que le prepararan una pequeña balsa y que escogieran dos hombres para que le acompañaran. La reunión de los ancianos con el brujo fue larga; fumaron, tomaron alcohol de raíces y discutieron durante horas. Al fin fueron a decirle que se haría lo que él pedía y que esa misma tarde la balsa estaría lista y él podría salir al día siguiente, al nacimiento del sol.



Capítulo X

       La luna creciente —una estrecha tajada de luz—, bajaba hacia el oeste en un cielo limpio. ¿Cuánto mundo estaba iluminando? Los picos nevados de la sierra, los pedregales, la selva, el río que marchaba hacia Guanay sin cansarse, día tras día y hora tras hora. Sentado a la puerta de la casucha de Valenzuela, Pedro Yasic trataba de imaginarse cómo serían las noches de luna en la yunga. «Vamos a tener luna. Mañana a esta hora ya no estaré aquí. Estos imbéciles se conforman con vender el dólar de oro a sesenta bolivianos. No van a poder salir de aquí en toda su vida. Son esclavos; eso es lo que son, esclavos». El viejo Pedro Ibáñez, su tío el viejo Pedro Ibáñez, había vivido ahí, había luchado a muerte, buscando oro, y cuando lo halló no le dijo a nadie una palabra. “El tío sabía su asunto. Todavía no le he escrito a mamá diciéndole que su hermano murió. Cuando llegue a Puerto Montt y le cuente la historia no va a creerla.
       Bueno, mamá, tío Pedro encontró el oro, pero no pudo sacarlo. El gobierno le puso un precio al oro de Tipuani, y hay que venderlo allá mismo a ese precio, y no dejan sacar ni un tomín, pero fuera de Tipuani el oro vale veinte veces más, y yo lo saqué. Ahora somos ricos, y voy a hacerte una casa en Santiago, en el Barrio Alto, donde viven los ricos de Santiago." «Mamá va a pensar que Federico va a vivir con nosotros. Bueno, si ella quiere, que vaya. Voy a hacerle a la casa un saloncito atrás, para que él pueda entrar y salir sin molestarme. El viejo Valenzuela y su hija van a llevarse la sorpresa de su vida. ¿Y si los mando buscar cuando esté en Santiago? Tal vez lo haga. A mamá le gustaría Sara. A mamá le gustaría una muchacha como Sara para mujer de Federico».
       Era mucha la gente que había desaparecido tratando de sacar oro de Tipuani. Dos hermanos griegos quisieron irse por el sur, cruzando las tierras de los indios chayanas, y nunca más se supo de ellos; un negro peruano que pretendió salir por el alto de Sorata apareció comido por los cóndores y sin un grano de oro encima; el paisano González, de los González de Copiapó según decía Valenzuela, se ahogó frente a Apolo con cinco kilos de oro encima. Pero Pedro Yasic sacaría el oro. «Pase lo que pase, voy a sacarlo».
       El viejo Pedro Ibáñez estuvo tres días muriéndose y fueron tres días en que hablaba y hablaba, a menudo cosas sin sentido. ¿Qué habría sucedido si su sobrino no hubiera podido llegar a tiempo a La Paz? El moribundo exhalaba aire en forma sonora. Le costaba esfuerzo hablar, pero no se callaba. «Pasé mucha hambre, sobrino, mucha hambre», repetía una y otra vez con la mano de Pedro sujeta. El viejo tío era huesos y ojos nada más. «Que nadie se dé cuenta de que eres mi sobrino; es importante que nadie se dé cuenta de que eres mi sobrino». Pedro Yasic era alto, flaco, de poco pelo en la cabeza, tenía ojos pequeños y muy juntos y una nariz que parecía que iba a caérsele. Lo que lo distinguía eran la boca y la barbilla; una boca fina, bien dibujada, y una barbilla ancha y saliente. Pero precisamente esos eran los rasgos más acusados en su tío Pedro Ibáñez: la boca fina, bien dibujada, y la barbilla ancha y saliente. En Tipuani, sin embargo, nadie relacionó al chileno Pedro Ibáñez con el chileno Pedro Yasic, y lo más fácil del mundo era que alguien preguntara: «¿De dónde dijo usted que es, de Puerto Montt?». Bueno, de Puerto Montt era el viejo Pedro Ibáñez. «Y yo cometí la tontería de decirle a Valenzuela que soy de Puerto Montt».
       Sara andaba por su habitación, un cuartucho, en verdad, y Pedro la oía tararear viejas canciones chilenas.
       «La vida tiene sus rarezas. Si mamá se hubiera ido a Santiago a vivir con Federico, nunca habría recibido la carta de tío. Y ahora yo voy a recoger el fruto del trabajo del tío y mamá va a disfrutar de él. Voy a hacerle una casa mejor que todas las casas del Barrio Alto. Esos ricos chilenos son ricos en pesos chilenos, pero yo voy a ser rico en oro, en oro verdadero, no en pesos de papel que no valen nada».
       De pronto se alzó la voz de Sara, una voz fresca, alegre, limpia.
       —Qué grande que viene el río, qué grande que va a la mar…
       Si lo aumenta el llanto mío cómo grande no ha de estar; si lo aumenta el llanto mío cómo grande no ha de estar”.
       «Como mamá, como mamá cuando yo era niño. Mamá cantaba esa canción cuando era niño». Algo sucedía, una sombra se movía por el fondo de su alma. ¿Qué era? Puerto Montt, las brumas del invierno, y una figura de mujer con traje blanco que lo llevaba de la mano hacia la habitación. «Como mamá. Mamá cantaba esa canción».
       Pedro oyó pasos y levantó el rostro. El sargento Juan Arze iba cruzando en dirección a la casucha de María Hinojosa. El sargento no había vuelto la cabeza, ¿y por qué no la había vuelto? ¿Por qué el sargento Arze pasaba por allí haciéndose el desinteresado? ¿Qué sabría el sargento? ¿Qué sabrían de él otras gentes, toda esa gente que vivía en el cerro? ¿Era posible que ninguno se hubiera dado cuenta de que él era el sobrino de Pedro Ibáñez? «Mañana me voy, y tal vez están vigilándome y saben que me voy mañana. A lo mejor lo saben todo y esperan cogerme con el oro encima». Pero si lo sabían era a través de Salvatore Barranco o de los indios, porque ni Valenzuela ni su hija conocían sus planes.
       Pedro Yasic se puso de pie y comenzó a dar pasos frente a la choza. Iba y venía en un círculo de seis u ocho metros, con la cabeza baja y sin embargo, con los ojos puestos en la puerta de María Hinojosa. Por ahí había entrado el sargento Juan Arze, y por ahí habían salido, casi inmediatamente, los hijos de María, y luego la puerta había sido cerrada. ¿Por qué? ¿Qué había ido a hacer el sargento Arze en la casa de María Hinojosa? Tratando de que sus pasos no se oyeran, Pedro Yasic se acercó a la puerta y oyó adentro el rumor de un diálogo. «Ah, lío de faldas. ¿Cómo no se me ocurrió pensarlo?». Se sintió aliviado y retornó adonde Valenzuela.
       Todavía la tajada de luz se veía en el cielo, cerca ya del horizonte, y aquí y allá se formaban nubes. El calor se acentuaba y los mosquitos zumbaban cerca. «Donde debe haber mosquitos a millones es en la selva», pensó Yasic. Y a seguidas: «Nadie sospecha nada; nadie puede sospechar nada porque no he cometido un error. A Barranco no le conviene hablar, y los indios no saben la verdad». Todo iba saliendo bien. ¿Pero por qué iba saliendo todo tan bien? ¿Suerte? Trabajosamente, el tío le había dicho y repetido: «No confíes en la suerte, Pedro. Cuando se trata de oro, hay muchos enemigos. Si saben que llevas oro te matarán para quitártelo. No confíes en la suerte».
       El tío estaba en su nicho del cementerio de La Paz y él estaba en Tipuani, a pocas horas de comenzar su aventura, la aventura suya y del tío. «Mamá va a llorar cuando sepa que tío Pedro murió. No le he escrito a mamá, pero se consolará cuando le explique por qué no le di la noticia de la muerte de su hermano».
       Otra vez oyó pasos y alzó la cabeza. Era Valenzuela que se acercaba. «Voy a encontrarlo; voy a llevármelo a dar una vuelta. Tengo que prepararlo; tengo que decirle que voy a pasar unos días fuera». Así, se levantó y anduvo, y a poco él y Valenzuela se perdían en los callejones. Al cuarto de hora, tal vez menos que más, la voz vibrante de Sara llegó del interior de la casucha.
       —Pedro, ¿está ahí?
       Cuando pasaron algunos minutos, la muchacha salió. No, Pedro no estaba ahí. Ahí estaba sólo la silla desvencijada que él había ocupado.
       Entonces, en voz alta, sin que supiera por qué lo hacía, Sara dijo:
       —¿Será idiota ese hombre, que no se da cuenta de que lo quiero con toda el alma? Una sola con él, y él como si tal cosa.
       Pensó sentarse en la silla vacía, pero volvió adentro. Y al hacerlo se decía: «Mañana mismo me le voy a plantar delante y le voy a decir: ¿Pero cuándo va usté a enterarse de que estoy enamorada de usté, pedazo de imbécil? Y vamos a ver qué cara va a poner cuando me oiga».
       —Mañana, sí, a primera hora, antes de que salga el sol. No le he dicho nada a Sara para que no se levante antes de lo necesario —iba diciéndole Pedro Yasic al viejo Valenzuela.



Capítulo XI

       La noticia corrió por todo el cerro como fuego en pólvora y tardó pocos minutos en llegar a los oídos del sargento Juan Arze: tres indios del Altiplano —los mismos que se habían visto de vez en cuando desde hacía más o menos un mes caminando siempre juntos sin fin aparente— habían llegado remontando el Tipuani en la balsa de Salvatore Barranco y contaban que habían estado varios días trabajando con Yasic y con Barranco sacando oro de la orilla del río; luego habían llegado a la casa de Barranco al día siguiente, y Yasic, el dueño de la balsa, otro hombre joven y una mujer vestida de negro se habían internado en la selva llevándose todo el oro que los indios habían sacado. Contaban que los lecos de Salvatore les habían devuelto a Tipuani, pero sólo tres días después que los blancos se habían ido; de manera que a la llegada de los indios al cerro, los blancos debían tener por lo menos cinco días metidos en la selva.
       Inmediatamente comenzaron a manifestarse los que, según ellos, habían tenido sospechas de Yasic y de los indios. Uno dijo que había visto a Pedro Yasic hablando con esos indios en secreto; otro aseguró que en el momento en que él pasaba frente a Yasic, cierta tarde, había visto que el chileno les entregaba un bulto.
       Por lo visto abundaba la gente que había pensado que Yasic había llegado a Tipuani con el propósito de sacar oro —lo cual no era nada raro, porque casi todo el que iba a Tipuani llevaba ese propósito—, pero nadie pudo sospechar que lo haría en tan corto tiempo y que podría lograr cantidades serias.
       Los comentarios crecían con inusitada rapidez. Se formaban grupos aquí y allá, y a poco dos de los grupos se unían en uno, y ese crecía por minutos con los hombres, las mujeres y los niños que se iban agregando. La noticia había conmovido al poblado.
       En poco tiempo se conocían todos los detalles de la fuga, se sabía qué dirección habían tomado Yasic y sus acompañantes al internarse en la selva, se aseguraba que se llevaban más de cincuenta kilos de oro, y sobre todo, se decía que el placer en que habían hallado ese oro era riquísimo y que los fugitivos habían sacado sólo una pequeña parte del metal que había en él.
       El sargento Juan Arze tomó los hechos como para sí solo. Tan pronto se enteró de la fuga se lanzó por los vericuetos del cerro, seguido por algunos curiosos, en busca de los tres indios. Por donde pasaba el sargento, lo detenían, le hacían preguntas, le ofrecían datos nuevos.
       Juan Arze se hallaba excitado. Ahora se le presentaba la coyuntura de apresar a un verdadero ladrón de oro, a un hombre que no había huido con algunos kilos de oro sino con cincuenta, tal vez con cien o con mucho más; un hombre que había estado presente cuando Sara le humilló. ¡Qué odio iba sintiendo crecer Juan Arze contra ese chileno bandido!
       Fue a la cantina a preguntar por los indios, pero nadie los había visto por allí; bajó a la orilla del río y detuvo a los lecos de Salvatore Barranco que se hallaban en la balsa sin saber por qué estaban en ella y no en la casa del patrón. El sargento Arze interrogó a los lecos, pero ellos no sabían sino lo que los indios aimarás les habían dicho, y aun de eso que les dijeron entendieron bien poco y sólo podían hablar de su patrón, del viaje que habían hecho con él Tipuani arriba quince días antes, de los días que estuvieron con la balsa en un recodo esperando que su patrón ordenara el viaje de retorno a la casa, del otro patrón blanco que fue con ellos y de esos tres indios que también fueron, y por último del viaje de vuelta al cerro remontando el Tipuani para llevar esos tres indios a los que el sargento buscaba con tanto afán.
       —¡Lleven a estos lecos donde el capitán Ramírez y le dicen que yo estoy detrás de los indios y que tan pronto los alcance voy para allá! —ordenó el sargento a unos amigos; y aunque esos amigos estaban ahí mismo, pegados a él, habló a gritos para que todo el mundo se enterara de que él estaba dando órdenes.
       El hambre de ejercer autoridad que sentía el sargento Juan Arze hallaba como satisfacerse en oportunidades como ésa, y él no podía dejar pasar por alto una coyuntura tan brillante. Se movía como un desesperado, la mirada dura, la voz tonante, activo; como si se hallara comandando un ataque en una guerra, no como quien anda por un lugar pequeño en busca de tres indios mansos.
       —¡El que sepa dónde están esos condenados que me lo comunique inmediatamente!, gritaba.
       Los indios se hallaban tranquilamente sentados en la choza del viejo amigo aimará adonde habían ido a parar cuando llegaron a Tipuani. Ellos habían causado un revuelo infernal en el poblado sin darse cuenta del efecto de sus palabras; habían hablado la verdad a los que les hicieron preguntas, y la habían hablado con el candor natural de su raza.
       En la choza donde se alojaban los halló un policía enviado en su búsqueda por el capitán Ramírez. Con callada eficiencia, el capitán Ramírez se había adelantado al sargento Arze.
       —Busque a esos indios donde haya otros aimarás —había dicho—, y condúzcalos a mi presencia sin asustarlos y sin alharacas.
       Seguido por docenas de curiosos, el sargento Arze recorría el cerro en pos de los indios cuando de pronto vio al policía Azcárate que iba con ellos en dirección al cuartel. Juan Arze se sintió defraudado y a la vez ofendido. A gritos ordenó a Azcárate que se detuviera y que le entregara a esos hombres.
       —No puedo —dijo el policía—. El capitán me mandó que los condujera a su presencia sin escándalo y sin maltratos.
       —¡Le ordeno que me los entregue! —gritó Arze.
       —No puede ser, sargento —mantuvo el otro con mucho reposo.
       Juan Arze estaba haciendo el ridículo delante de la gente. Eso también tenía que ser cargado a la cuenta de Pedro Yasic. «¡Ah chileno bandido, si te cojo!».
       —Bueno —dijo—, venga conmigo.
       Era la única salida a la situación: designarse él mismo jefe de Azcárate en la misión que éste cumplía. Azcárate le dejó hacer. Juan Arze era el sargento, y cuando el capitán no estaba y el teniente se hallaba fuera de Tipuani, se convertía de hecho en su único superior.
       La gente se apiñaba junto a Arze, Azcárate y los indios. Metro a metro se unían hombres, niños y mujeres. El run run de los comentarios, los gritos de los muchachos, las preguntas en alta voz de los que se asomaban a las puertas de sus casas ignorantes de lo que sucedía, daban a todo aquello un aire extraordinario, en ocasiones divertido y siempre asombroso. Sin duda estaba formándose un ambiente de tensión. No en balde se hablaba de que había aparecido un placer rico en oro, y aquel sitio estaba en Tipuani y en Tipuani todo el mundo vivía soñando con oro.
       Al fin los indios y la multitud llegaron a las puertas del cuartel. El capitán Ramírez dio orden de que pasaran sólo los indios y los dos agentes policiales. Con toda calma, como quien da una clase a un grupo de niños de escasos conocimientos, el capitán comenzó a hablar con los indios.
       —No tienen nada que temer. Ustedes dicen sólo lo que saben y nada más. No les va a suceder nada. Están en libertad. Ustedes son libres y el gobierno no permite que nadie les haga daño.
       —Sí capitán, no daño.
       —Bueno, pues tengan confianza en mí y díganme lo que sepan de esos señores que sacaron oro.
       El indio de más edad comenzó a hablar. En un español rudimentario fue haciendo una historia simple y cierta de cuanto había sucedido. Cuando iba diciendo que el oro sacado era mucho, Juan Arze interrumpió para dirigirse al capitán.
       —¡Son unos bandidos! ¡Ese chileno es un bandido, capitán! ¡Déme orden de buscarlo y usted verá que se lo saco de la selva y se lo traigo con todo el oro!
       Su mirada era brillante, siniestra. El capitán Ramírez clavó en él sus ojos serenos, como si estuviera estudiándole. Al capitán le molestaba que el sargento interrumpiera cuando él hablaba o cuando oía; le molestaba el acento de pasión personal que había en las palabras del sargento. El capitán estaba preguntándose qué agravios de Pedro Yasic tenía Juan Arze.
       —¿Me hace el favor de esperar que termine este interrogatorio, sargento? —preguntó con mucha finura, pero con mucha autoridad.
       Juan Arze tembló de cólera. También esto iba a la cuenta de Pedro Yasic. ¡Ay de Yasic si a él le daban la orden de perseguirlo! Los policías que presenciaban el interrogatorio de los indios no se atrevieron a mirar al sargento; sabían que se sentía fuera de sí, que las palabras del capitán le habían herido, y no querían darle pretextos para que descargara en ellos su resentimiento.
       Mientras tanto, la multitud engrosaba frente al cuartelillo. Todo el poblado sabía ya que los tres indios estaban siendo interrogados por el capitán Ramírez y cada quien quería conocer los resultados de la investigación. La gente presumía que los indios iban a decir dónde estaba el placer del que Yasic y Barranco había sacado tanto oro, y todos pensaban que donde estuvo ése debía haber más. Se rumoreaba que los indios habían dicho que el placer tenía mucho más oro del que ellos habían sacado.
       La ambición del poblado estaba en marcha. Hombres y mujeres hacían preguntas a gritos a los policías que se asomaban a la puerta del cuartel; docenas de niños corrían de un lado a otro dando saltos y creando mayor confusión y enredo del que ya había. Se veían hombres y mujeres, algunos de bastante edad, y jóvenes y niños de ambos sexos, que llevaban bateas de lavar oro.
       —¡Que digan de dónde sacaron el oro; que lo digan! —gritaban cien bocas.
       El capitán Ramírez levantó la cabeza y pensó durante unos segundos en lo que sucedía afuera. Aquello amenazaba degenerar en un motín, y si sucedía así, iba a necesitar a todos sus hombres, y de ellos el que más miedo inspiraba era el sargento Arze; por tanto, le convenía restaurar la posición del sargento ante sus subalternos.
       —Sargento, haga que esa gente se calle —ordenó.
       Juan Arze estaba de pie a su lado, silencioso y sombrío, todavía colérico, pero no contra el capitán sino contra Pedro Yasic. Ese condenado era el culpable de su situación. Al oír al capitán reaccionó como un autómata y salió a la puerta.
       —¡Cállense ya! —grito estentóreamente.
       Debió haber entrado de nuevo, pero Juan Arze no sabía ponerse límites nunca y cada vez que le tocaba hacer algo se dejaba arrebatar por un impulso incontenible que lo llevaba a ir más allá de lo que le había sido ordenado. Así, en ese momento se metió en la multitud y comenzó a avanzar separando a la gente con manos y codos. Cuando cruzó por entre todos esos hombres y mujeres que gesticulaban, reían y hablaban sin cesar, echó a andar sin que él mismo supiera qué lo dirigía. A medida que avanzaba veía más grupos yendo hacia el cuartel y notaba que las viviendas estaban vacías o sólo había en ellas niños de muy pocos años.
       Sara Valenzuela estaba parada junto a la puerta de su casucha. Ya debía saber la verdad, pues tenía una expresión concentrada y seria. «Ésta debe ser su cómplice y ahora tiene miedo», pensó el sargento. Por nada del mundo hubiera cambiado la diabólica alegría que sintió en ese momento.
       Juan Arze creía que al verle allí Sara Valenzuela iba a perder su aplomo y trataría de ser zalamera con él. «Y cuando se me sonría voy a tratarla como se merece esa desvergonzada», pensó. Pero Sara Valenzuela le miró a los ojos y Juan Arze quedó desconcertado. La mirada de la muchacha era recta, limpia y sin miedo.
       —Viene a darme la noticia ¿no? —preguntó con acento de desprecio—. Pues llega tarde, sargento Arze.
       —Pues entérate entonces de que voy a buscar a tu amigo chileno a la yunga y lo traeré vivo o muerto, respondió él mordiendo las palabras.
       Sara Valenzuela soltó una carcajada muy femenina y muy hiriente.
       —Vaya, está ofendido el sargento porque el chileno resultó más inteligente que él. Le ha dolido el engaño, ¿no?
       También a ella le dolía. Yasic la había engañado y había engañado a su padre. Ninguno de los dos sospechó nunca que Yasic estaba en Tipuani buscando oro. Pero había cierta compensación en saber que el sargento Arze había sido más engañado aun que ellos; y además, entre el sargento y Yasic ella no podía escoger: estaba y estaría siempre de parte de Yasic, hiciera lo que hiciera.
       Juan Arze comentó, con una voz raspante de cólera:
       —Ah, con que tú estabas de acuerdo con él, ¿no?
       Sara levantó la cara, miró a Juan Arze con frío desdén y dijo en forma lenta:
       —Sargento, yo no lo he autorizado a tratarme de tú. Haga el favor de retirarse ahora mismo.
       En el acto entró y cerró la puerta tras sí. Arze no tuvo tiempo de reaccionar. Sintió casi la necesidad de desenfundar el revólver y comenzar a disparar sobre la puerta, pero la imagen del capitán Ramírez despojándole de su arma y de su uniforme apareció ante él como a través de una bruma. El temor al ridículo le llevó a mirar hacia la casucha de María Hinojosa; por suerte no estaba abierta. Maquinalmente dio la vuelta y se alejó.
       Todo ese diálogo había ocurrido en minutos, y en ese tiempo el interrogatorio de los indios había terminado. Cuando Juan Arze se acercaba al cuartelillo vio que la multitud se movía y que al frente iban el capitán Ramírez, algunos policías y los tres indios. Éstos hablaban entre sí y uno de ellos sonreía, tal vez porque hallaba divertida la conmoción que habían producido él y sus compañeros. De entre el gentío, algunos gritaban a otros que contemplaban la escena:
       —¡Vengan, que vamos al río, al sitio donde el chileno sacó oro!
       Muchos agitaban bateas sobre sus cabezas y los niños correteaban y se adelantaban a los demás.
       También Juan Arze corría para adelantarse. El sargento quería estar junto al capitán Ramírez cuando éste decidiera iniciar la persecución de Pedro Yasic. No importaba lo que había sucedido poco antes —la reprimenda que le dio el capitán—; él, Juan Arze, estaba seguro de que si se hallaba presente en el momento de la decisión, el capitán le daría a él la misión de perseguir al chileno. Impulsado por esa convicción, atravesó por entre la multitud y llegó junto al capitán.
       —¿Dónde estaba usted? —le preguntó el capitán sin acortar la marcha.
       —Fui donde los Valenzuela a ver si sabían algo.
       Y para sí: «Me estaba echando de menos. Tengo que estar aquí al lado de él. ¡Ay si yo encuentro a ese chileno! Si lo encuentro, Sara me las va a pagar todas juntas».
       La multitud iba detrás de ellos como de fiesta, y todos hablaban y reían a gritos. Al llegar al placer se lanzarían sobre la tierra picada por los indios, llenarían las bateas y correrían hacia el río, cada uno empeñado en llegar antes que los demás, tropezándose, cayéndose e insultándose. El sargento Arze había visto ese espectáculo otras veces y sabía que se repetiría sin grandes variantes. Si en el lugar había oro, por poco que fuera, antes de tres día habría allí un campamento de chozas hechas con ramas, y tal vez hasta le pondrían un nombre, el nombre de un número como indicaba la tradición, y seis meses después que se hubiera sacado del sitio el último celemín de oro, quedaría en él algún que otro lavador aferrado a la esperanza de dar con un bolsón rico.
       Pero nada de eso inquietaba al sargento. Él iba al lado del capitán Ramírez con su idea fija: que se le diera a él la misión de buscar a Pedro Yasic. Y como para que se ordenara la persecución era indispensable que existiera el placer hoyado a fin de que el capitán Ramírez quedara convencido de que los indios no mentían, Juan Arze iba deseando que el placer apareciera cuanto antes, y que fuera grande, lo más grande posible.
       Así, cuando llegaron y los indios señalaron el terreno picado, él sintió una alegría instantánea y quemante; y en el acto gritó:
       —Capitán, ¡de aquí se han llevado como cien kilos de oro!
       La gente no esperó ni un segundo: comenzó a desparramarse, atropellándose como reses en una estampida. Los que habían tenido la precaución de llevar bateas se tiraban al lugar donde la tierra había sido picada, las llenaban de prisa, a manotadas, y corrían hacia el Tipuani; los que no habían llevado bateas volvían de carrera hacia el poblado para buscarlas.
       —¿Dicen ustedes que había oro aquí? —preguntó el capitán a los indios.
       —Sí, capitán, mucho oro —dijeron dos de ellos.
       —¿Había? —preguntó Ramírez dirigiéndose al que no había hablado.
       —Sí, capitán, mucho oro —confirmó el indio con gesto serio.
       Juan Arze asistía a la escena y sentía todo su ser en ebullición. Vio que el capitán bajó la cabeza durante un momento, como si pensara. Estaba pendiente de lo que él pudiera decir. Cuando el capitán alzó los ojos y los fijó en los suyos, Juan Arze tuvo miedo de que no se decidiera.
       —Sargento —le oyó decir al fin—, vuelva al cuartel, escoja un hombre y busque el mejor baquiano que haya por aquí. Tiene que salir hoy mismo. No lleve a Azcárate, que me hace falta. Esté listo en el cuartel para cuando yo vuelva.
       Juan Arze se cuadró, saludó y dio la espalda. Aunque en los primeros pasos marchaba en forma casi natural, su prisa era tal que a partir de los diez metros comenzó a correr.



Capítulo XII

       Seis días después de haberse internado por la ribera izquierda del Mapiri, rumbo al nordeste, el grupo que encabezaba Pedro Yasic tuvo que frenar su marcha. Salvatore Barranco se sentía mal. Al principio tuvo dolor de cabeza y se le dio aspirina, pero el dolor no tardó en reaparecer; después sintió que la temperatura le subía y que no tenía ganas de comer, y por último se le presentaron dolores intensos en el vientre y necesidad de deponer con frecuencia.
       Pedro Yasic tenía razón para sentirse preocupado. Pues de los cuatro, sólo él y Barranco conocían la verdadera causa de la marcha a través de la selva, y sólo él y Barranco llevaban el oro.
       El siciliano le había dicho a su mujer que iban hacia Iquitos, que Iquitos era una gran ciudad y que se hallaban a quince días de distancia. Según informó él mismo a Yasic, la mujer estaba convencida de que al llegar a Iquitos su marido y Yasic pondrían una tienda de objetos de plata con el fin de reunir dinero para irse el próximo año a Europa. En cuanto a Caldwell, se dirigía hacia el territorio de una tribu que hasta pocos meses antes había sido atendida por un misionero brasileño y que ahora se hallaba abandonada del auxilio de los hombres blancos.
       —Puedo acompañarlos una parte del camino —había dicho el joven Caldwell sin sospechar siquiera el plan de Yasic y Barranco.
       A Yasic le pareció de perlas esa proposición, puesto que John Caldwell podría ser útil en varias de las cosas indispensables en una marcha como la que iban a realizar, y Yasic y Barranco quedarían más libres para cargar el oro.
       John Caldwell conocía bastante de la vida en la yunga. Sabía el nombre de muchos árboles, flores y animales; podía hablar numerosas palabras de varios dialectos indígenas y tenía nociones del uso que los indios hacían de muchas raíces, hojas y frutas. Por otra parte, sabía poner una inyección, vendar una herida, diagnosticar ciertas enfermedades típicas de la selva, y era joven y fuerte.
       Pero John Caldwell no era realmente compañía. Muy de tarde en tarde hablaba para hacer alguna observación, y la mayor parte del tiempo la pasaba en silencio, sin volver el rostro, abstraído en algo que no se conocía. Estaba en el grupo y se comportaba como ausente. No reconocía unidad de destino con los demás ni tomaba a ninguno de ellos como jefe porque tenía un propósito diferente e individual: se quedaría allí donde hallara la tribu de que había hablado. En su sentir, no tenía nada de común con sus compañeros de viaje, excepto que iba por el mismo camino que ellos. Sin embargo, era afectuoso, cordial; corría a ayudar a los demás a descargar tan pronto se hacía un alto, o era el primero en cortar arbustos si ello era necesario para acampar, o en recoger chamariscos para hacer fuego o en ir a un arroyo en busca de agua a la hora de cocinar.
       Salvatore Barranco, en cambio, procedía como quien tiene un jefe que ha escogido libremente. No se daba cuenta de que cruzaba la selva con oro suyo, y por tanto podía considerar que luchaba por él mismo y nada más. En todo tenía presente a Yasic. Salvatore era el que trazaba el rumbo; él era quien disponía dónde debían detenerse a dormir o a comer, él era quien había aclarado desde el primer momento que no debían pasar cerca de plantaciones ni de lugares donde hubiera indios, él indicaba cómo desviarse para evitar una zona cenagosa o un punto por el que pudieran encontrar patrullas armadas. Pero no hacía nada de eso sin consultar antes, separado de su mujer y de Caldwell, con aquel a quien consideraba su jefe.
       Angustias iba la mayor parte del trayecto al lado del joven misionero, detrás de su marido y de Yasic. Vestía de negro, tal como la halló en su casa Pedro Yasic la noche que la conoció. Cargaba trastos de cocinar, apenas levantaba los ojos del suelo y nunca hablaba. En ciertos momentos, cuando un golpe de chillidos de monos o de aves se levantaba al paso del grupo, Angustias se tapaba los oídos con ambas manos, cerraba los ojos y producía un grito corto y agudo.
       A la media tarde del séptimo día Pedro llamó a Caldwell.
       —¿Qué cree usted que tiene Salvatore? —preguntó.
       —Me parece que es disentería bacilar.
       —¿Por qué no me lo dijo antes?
       —Porque he estado observándolo, y aun ahora no me siento seguro.
       —De todas maneras, hay que hacer algo. Yo traigo sulfaguanidina. ¿Cree usted que le serviría, aunque no fuera disentería?
       —Vamos a dársela. Si es disentería, lo curará, y si no es, no le hará mal.
       Yasic bajó la carga que llevaba al hombro y buscó en ella; a poco tenía en la mano un pequeño pomo de metal, que destapó en el acto.
       —¿Cómo hay que dársela? —preguntó.
       Caldwell tomó el pomo, vio las pastillas y le entregó una a Yasic.
       —Una cada cuatro horas —dijo.
       Salvatore Barranco estaba a unos pasos, agarrado a un pequeño tronco, y se le veía un poco doblado, el color amarillo, la frente baja y la boca abierta, desencajado por el sufrimiento. Detrás de Yasic y de Caldwell, a cierta distancia, Angustias miraba hacia el marido con ojos sombríos en cuyas negras luces había destellos duros.
       —Salvatore —dijo Yasic acercándose al enfermo—, Caldwell dice que con esta medicina va a curarse usted inmediatamente.
       Barranco respiraba con trabajo.
       —¿Cree? —preguntó sin entusiasmo.
       —Sí, señor Barranco, es un específico contra lo que usted tiene —explicó John.
       —Ahora va a tomarse una pastilla y cada cuatro horas, de día y de noche, tomará otra —dijo Yasic.
       El enfermo tomó la pastilla que le tendía Pedro y un sorbo de agua que le ofreció Caldwell, mientras la mujer seguía mirándole desde lejos; después, Salvatore levantó la cabeza y habló:
       —Puedo andar todavía. Debemos avanzar lo más de prisa que podamos. Hay un bañado ahí delante y si no nos alejamos de él no hallaremos sitio donde dormir esta noche.
       Pedro Yasic reconoció el valor de su socio, a quien evidentemente la enfermedad desmejoraba a ojos vistas. Él, Pedro Yasic, el hombre temeroso del fracaso, estaba preocupado.
       —Mire, Angustias —dijo acercándose a la mujer, de manera que Barranco no pudiera oír lo que hablaba—, Salvatore no está bien. Hay que darle esta medicina —y le entregó el pomo de metal— cada cuatro horas. Le toca otra vez a las ocho.
       La mujer le miró fijamente y no respondió palabra. Pedro vio que metía el pomo en uno je los paquetes que llevaba encima y volvió a colocarse al lado de Barranco.
       —¿Y no le parece que sería mejor acampar ahora mismo? —preguntó al enfermo.
       —Aquí no nos dejarían dormir los mosquitos. Tenemos que buscar un lugar más seco.
       Pero para encontrar ese sitio más seco debieron bordear el bañado casi una hora, y a ese tiempo caían las sombras en la selva, a pesar de la luna, que salía temprano.
       Salvatore Barranco había tomado la primera pastilla de sulfaguanidina a las cuatro de la tarde. A las siete y media, desde su hamaca, Yasic llamó a Angustias.
       —Angustias, ya son las siete y media.
       Como en esos siete días de vida común se había acostumbrado al silencio de Angustias —cuya voz sólo conocía por los cortos y agudos gritos que daba cuando oía chillidos de monos o de pájaros—, no esperaba que ella le respondiera; sólo quería ponerla en guardia a fin de que Salvatore recibiera la medicina a tiempo. Cuando volvió a llamarla a las ocho, fue Salvatore quien respondió:
       —Ya la he tomado.
       Las luciérnagas cruzaban por entre los árboles y se oía el murmullo de la yunga que se marcaba allá y más allá en algún ruido seco, en golpes de alas y en graznidos de aves nocturnas. Pedro Yasic cavilaba. Si Salvatore seguía tan enfermo, él tendría que cargar con todo el oro, lo cual no era fácil dado que además del oro que llevaba —unos quince kilos— cargaba su hamaca, su mosquitero, municiones, algunos cubiertos y cuchillos, y comida, un machete, un jarro, medicinas. Pensó que tal vez podría conseguir que el joven Caldwell llevara una parte del oro de Barranco sin que supiera de qué se trataba. Pero la idea le parecía fuera de lugar, aunque divertida. ¿Era posible decirle la verdad a Angustias y pedirle que llevara oro? No. Su propio marido no se atrevería.
       Pero era el caso que había que avanzar lo más de prisa que se pudiera. Salvatore mismo lo había dicho:
       —Todo lo que sucede en la selva se sabe fuera de ella a las veinticuatro horas. Es algo misterioso, pero es así. En poco tiempo habrá gente detrás de nosotros buscándonos vivos o muertos.
       Pedro Yasic no podía dormir y el tiempo pasaba, como siempre, con su marcha segura. Pensó en charlar de hamaca a hamaca con el enfermo o con Caldwell, pero se dijo que era mejor mantener silencio para que Salvatore durmiera. Vio su reloj, de manecillas fosforescentes: apenas eran las nueve y diez minutos. Quería preguntarle a Salvatore cómo se sentía, sin embargo optó por callarse y esperar, y cuando calculó que había pasado un largo tiempo volvió a ver el reloj: todavía no eran las diez. Temeroso de que el reloj se hubiera parado se lo llevó a la oreja y después le dio cuerda. A partir de ese momento comenzó a hundirse en la niebla del sueño.
       De pronto despertó y vio la hora; eran las doce y diez minutos.
       —Angustias, Angustias —llamó.
       Pero en vez de la voz de Angustias —que él no esperaba— le llegaron quejas del enfermo, gemidos de hombre que sufre físicamente.
       —¿Qué le pasa, Salvatore? —preguntó.
       —La cabeza; no puedo con la cabeza.
       —Va voy —dijo Yasic.
       Encendió la linterna eléctrica, con la cual dormía siempre, alumbró hacia el suelo y se tiró de la hamaca; anduvo esculcando paquetes y a poco se dirigió a la hamaca de Salvatore.
       —Tenga, tómese estas dos pastillas de aspirina. ¿Tiene agua?
       El enfermo dijo que sí con la cabeza.
       Angustias había despertado, pero seguía acostada, con los sombríos ojos abiertos.
       —¿Le dio la pastilla? —preguntó Yasic.
       —No —explicó Salvatore.
       —Pues désela; y mire, guarde también este frasco. Son aspirinas. Cuando le duela la cabeza, dele dos.
       Pedro Yasic durmió de un tirón hasta que le despertó John Caldwell. El joven estaba ante él, listo para la marcha.
       —¿Ha mejorado Salvatore? —preguntó Yasic al abrir los ojos.
       —No, pero mejorará tan pronto le suba el nivel de la sulfa en la sangre.
       —¿Cuándo será eso?
       —Seguramente hoy mismo.
       Salvatore estaba sentado en su hamaca. Se veía demacrado; había enflaquecido de manera alarmante, cosa que hasta ese momento no había notado Yasic, y en los ojos le brillaba una luz que alarmó al chileno. Angustias se hallaba preparada para la marcha y miraba a su marido con una expresión indefinible.
       «Los dos tienen miedo, él de morir y ella de perderlo», pensó Yasic.
       Pero a él le pareció absurda la idea de que Salvatore Barranco pudiera morir. Era verdad que el mal había transformado casi en horas su rostro bien hecho en una especie de máscara del sufrimiento. Pero Salvatore Barranco, su socio, su guía en la selva, no podía morir. La sulfaguanidina iba a curarlo, y para satisfacción suya, ese pomo de sulfaguanidina, el único que había en Tipuani, lo había traído él. «Hay que preverlo todo», se dijo, satisfecho de sí mismo.
       A medio día, cuando se detuvieron para comer, Salvatore era la sombra del Salvatore que había dejado su casa ocho días atrás. La necesidad de deponer era incontenible; tenía que hacerlo cada veinte minutos, cada quince minutos, y en ocasiones dos y tres veces seguidas, sin descanso. Donde lo hacía dejaba manchas de sangre que las hormigas cubrían de inmediato. Su voz era cada vez más débil y su mirada más brillante por momentos.
       —Pedro —dijo llamando a su socio aparte—, no puedo seguir con toda la carga. Tiene que ayudarme; es demasiado para mí.
       Yasic se alarmó y llamó a Caldwell, pero no le habló delante de Salvatore.
       —Me preocupa Salvatore —dijo—. No lo veo mejorar, sino al contrario.
       —Mejorará. Creo que lo que ha sucedido es que la infección se presentó en la forma aguda.
       Pero con la sulfaguanidina debe mejorar. Vamos a darle dos pastillas cada cuatro horas en vez de una.
       —La próxima le toca a las cuatro.
       —Pues vamos a empezar desde las cuatro. Dígale a Angustias que le dé dos.
       El grupo apenas había avanzado tres kilómetros, y estaba caminando desde la salida del sol. Salvatore tenía que detenerse a menudo a deponer, y cada deposición le costaba grandes esfuerzos a juzgar por los quejidos. Durante casi todo el trayecto Pedro y Caldwell tuvieron que atenderlo y ayudarlo. Angustias seguía a los hombres como si lo que sucedía no tuviera que ver con ella.
       Desde las tres comenzó Yasic a consultar su reloj. Le parecía que la hora de dar la medicina a su socio se retardaba más de la cuenta. Si seguían con él enfermo, todo su trabajo y todo su cuidado y el secreto del tío y los riesgos de la selva se perderían como humo en el viento.
       A eso de las tres y media Salvatore dijo, mientras señalaba vagamente hacia la derecha:
       —En esa dirección hay un tambo que debe hallarse a una hora de aquí. Tal vez no haya nadie. Podríamos dormir en él. ¿Por qué no va, Caldwell?
       Le costaba trabajo hablar; la voz le salía cascada, y aunque seguramente pensaba en su necesidad de dormir bajo techo para sentirse mejor, todavía tenía fuerzas para hacer su papel de guía.
       —¿Puede ir, Caldwell? —preguntó Yasic—. Nosotros le seguiremos.
       Caldwell tomó el rumbo indicado por Barranco, y probablemente no había caminado quinientos metros cuando Yasic se dirigió a Angustias.
       —Ya es la hora de la sulfaguanidina, pero dele dos pastillas.
       La mujer le miró con fijeza después le dio la espalda, se dobló sobre uno de los paquetes y sin poner los ojos ni en Yasic ni en el enfermo le tendió a éste dos pastillas. Pero sucedió que a Salvatore le temblaban las manos y una de las pastillas cayó al suelo. Yasic se inclinó para recogerla, y al recogerla la miró, y al mirarla levantó la frente y dijo:
       —Esto no es sulfaguanidina; esto es aspirina.
       —No importa; démelas, que me duele la cabeza —dijo Salvatore.
       Angustias miraba fijamente a Yasic, y éste le vio el miedo en las pupilas; el miedo y otra cosa que ni él ni nadie podía definir fácilmente. Salvatore había dicho:
       —Un momento, por favor.
       Y se había apartado a deponer de nuevo; y mientras él se quejaba a veinte metros, Yasic recordaba la voz de John Caldwell: «… tan pronto le suba el nivel de la sulfa en la sangre… hoy mismo… con la sulfaguanidina debe mejorar». ¿Por qué no mejoraba Salvatore, su socio, el hombre que debía sacarle de la selva?
       La mujer seguía mirándole fijamente; y entonces Pedro Yasic avanzó, se le acercó, la tomó por una muñeca y preguntó con voz sorda, que parecía un vaho de fiera:
       —¿Dónde está la sulfaguanidina que le di; dónde la tiene; qué hizo con ella?
       La mujer no respondía y le miraba, le miraba con odio y con miedo; eso es, con odio y con miedo.
       —¿Por qué ha estado dándole a su marido aspirina en vez de las otras pastillas? ¿Qué hizo con ellas? ¡Dígame qué hizo con ellas!
       Angustias quería zafarse de la garra que le aprisionaba; quería y no podía. Sí, sentía miedo, miedo, miedo. Y de pronto habló; ella, que no hablaba, habló.
       —¡Las tiré! ¡Las tiré anoche en la selva porque quiero que ese malvado muera! ¡Me arrancó del sitio donde está la tumba de mi hijo y sólo puede pagarlo con la vida!



Capítulo XIII

       Sentados en el salón recibidor de la casa de míster Forbes, éste, el capitán Ramírez y el señor Céspedes, nuevo subgerente del Banco Minero de Tipuani, se preparaban a charlar. El señor Céspedes iba a la casa de míster Forbes por vez primera. Quería conocer la región adonde había sido destinado, y el capitán Ramírez le servía de introductor. Céspedes era un hombre grueso y bajito, más grueso y más bajo que el viejo Forbes; tenía brazos y manos cortos y ojos bondadosos. Parecía un fraile de otra época vestido de seglar.
       Míster Forbes no quiso esperar que sus visitantes plantearan el tema de la fuga. Servía su celebrada mezcla cuando dijo:
       —Bueno, se les fueron Yasic y Barranco. ¿Cómo fue eso, capitán Ramírez?
       Delgado, también de poca estatura, pero muy erguido, de piel cetrina y pelo muy negro, el capitán Ramírez, que usaba lentes montados al aire y tenía un pequeño bigote que acentuaba su distinción natural, hablaba con notable seguridad para sus años.
       —Fácil, míster Forbes. Pudieron irse porque nadie dudaba del italiano. Al cabo de años de estar yendo cada dos o tres semanas a Tipuani sin dar señales de que le interesaba el oro, su balsa podía ir y venir sin despertar sospechas. En realidad, yo creo que Yasic le indujo a hacer lo que hizo.
       —Es probable —admitió el viejo botánico—. Salvatore estaba desesperado y el chileno halló terreno abanado. Se conocieron en este mismo salón.
       —¿Sí? —preguntó con interés el capitán.
       —Hace más o menos un mes, tal vez cinco semanas.
       —He oído en el Banco opiniones de que no podrán cruzar la selva —comentó el señor Céspedes.
       En ese punto el viejo Forbes no se atrevía a ser tan categórico.
       —No puedo decir que conozca a Yasic. Estuvo aquí sólo de un día para otro, pero no es difícil darse cuenta de que es un hombre decidido y muy astuto. Me parece que Yasic es más capaz y tiene más carácter de lo que aparenta.
       —¿Y Barranco? —preguntó Ramírez.
       —Conocí mucho a Barranco. Es un hombre apasionado y voluble en sus juicios y creo que se ha ido con Yasic por dos razones: le falta un plan, un propósito que guíe su vida, y estaba viviendo muy a disgusto en la selva.
       —Oí decir que su mujer estaba afectada por la muerte de un hijo. ¿Sabe usted algo de eso, míster Forbes? —preguntó el capitán.
       —Muy poco; sólo lo que el propio Barranco me contó.
       A seguidas, en forma demasiado suscinta porque tenía la tendencia a no dar detalles cuando contaba una historia de ésas, el viejo Forbes relató la tragedia del «Quanza». Al terminar sirvió otro trago al señor Céspedes, y al agarrar el vaso, Céspedes preguntó:
       —¿Pero cree usted que podrán cruzar la selva?
       —Ya dije que Yasic me parece decidido y astuto; en cuanto a Barranco, conoce la yunga y tiene gran fortaleza física. Es posible que salgan adelante con su plan.
       El capitán Ramírez sabía distinguir su función de policía de su conducta de caballero. A Forbes le gustaba ese joven tan correcto, siempre dueño de sí, que hablaba como si estuviera leyendo un libro y no decía una palabra de más ni interrumpía a su interlocutor. No había el menor asomo de interrogatorio policial en las preguntas de Ramírez, sino interés de saber la verdad.
       —¿Conoció usted a alguna otra persona blanca conectada con el italiano, míster Forbes? Los indios que andaban con Yasic aseguran que había otro hombre en la casa de Salvatore Barranco y que se fue con ellos.
       —Oí esa historia en Tipuani y oí decir que los lecos de Barranco hablaban de un joven caraiba que estaba en la selva, por el Mapiri, creo.
       —Sí, ellos dicen que es John Caldwell. ¿Conoció usted a John Caldwell, míster Forbes?
       —Personalmente no, pero tuve noticias suyas. Por lo que me contaron, debe ser un joven misionero.
       —Así es, y precisamente debido a su condición de misionero pongo en duda que sea cómplice de Yasic y de Barranco en esa aventura.
       —Tal vez tenga usted razón y tal vez no la tenga. El oro es un mal consejero, capitán Ramírez. Yo les digo a todos: «Busquen la paz del alma y no el oro, busquen la belleza y no el poder». A Yasic y a Salvatore les hablé en esos términos cuando estuvieron aquí. Pero las palabras sirven de poco cuando el corazón está envenenado. No entiendo ese afán de oro que tiene todo el mundo aquí.
       —Yo sí lo entiendo; es que la gente necesita seguridad para el porvenir, y el oro les ofrece esa seguridad —dijo el señor Céspedes.
       —¿Y qué es el porvenir? ¿Quién sabe lo que ha de ocurrir mañana? ¿No es actuar bien la mejor fórmula para tener la vida asegurada?
       El capitán Ramírez quiso explicar por qué el viejo Forbes hablaba en esa forma.
       —Míster Forbes cree que el hombre lleva su destino consigo, y que por tanto hay que educar a cada hombre para que proceda correctamente. Para él, la sociedad debe despojar al ser humano de la ambición de poder y de oro, pero debe hacerlo mediante la educación. Conozco sus ideas porque las hemos discutido otras veces.
       El viejo Forbes se excitaba cuando se trataba de ese punto. Dijo:
       —Sí, así es. El destino de cada uno está en la educación que se le haya dado. Para que su conducta sea buena, el hombre tiene que ser mejor educado.
       El señor Céspedes sonrió. Él no tenía interés en terciar en esa discusión porque para él había sólo una causa de males sociales; la influencia de la Iglesia en el Estado. El que habló fue Ramírez.
       —Es curioso que míster Forbes, siendo inglés, sea individualista, y que yo, siendo latinoamericano, no lo sea. Se supone que nosotros, por nuestra cultura de origen español, seamos más individualistas que los sajones de Inglaterra.
       Míster Forbes llenaba su pipa mientras Ramírez hablaba, y ya iba a llevársela a la boca cuando dijo:
       —¡Un momento! Yo soy escocés, no inglés. Por favor, no quiero confusiones con esos demonios de ingleses.
       Otra vez sonrió el señor Céspedes. Era cómica la protesta del viejo Forbes.
       —Yo tampoco quiero confusiones con eso de la cultura española —dijo. Nosotros somos más indios que españoles.
       Si había algo de indio en el señor Céspedes, era muy poco. El capitán Ramírez debía tener más, a juzgar por el tipo de cabello, la forma de los ojos y el color de la piel. Sin embargo, fue Ramírez quien aclaro.
       —Racialmente sí, pero culturalmente somos españoles.
       —No lo creo —negó Céspedes—, hay una alta proporción de la cultura indígena en nuestro acervo. Pero admito que seamos mestizos.
       —Usted está pensando como boliviano, señor Céspedes, y yo hablo como latinoamericano. Como latinoamericanos, nosotros deberíamos ser más individualistas, y como inglés —o como escocés—, míster Forbes debería serlo menos. Ése es mi punto de vista.
       —No me hable de eso, capitán. Yo soy conservador de toda la vida. Los laboristas dicen que son socialistas y por poco acaban con la Gran Bretaña. Me hubiera gustado ver cómo hubiéramos quedado nosotros si Attlee hubiera dirigido la guerra. Y en cuanto a eso de sajones y españoles, permítame decirle que nosotros, los pueblos sajones, somos más individualistas que ustedes, pero ustedes juzgan ideas y no hechos. Lo que sucede es que para disfrutar mejor el individualismo nosotros cedemos a la sociedad una porción mayor de nuestros derechos y ustedes se niegan a ceder unos pocos. Ustedes tienen en la realidad menos derechos individuales que nosotros, y sin embargo, se llaman individualistas.
       —Así es, míster Forbes —aceptó Ramírez—, pero yo no hablo de hechos, sino de teorías, de los conceptos básicos. Aquí en Bolivia hay quienes quieren acabar con el individualismo antisocial de los privilegiados. Yo estoy entre los que creen que toda persona debe abdicar una parte de sus derechos, como acaba de decir usted, para beneficio de los demás.
       —Capitán, eso no es una teoría sino un principio de todas las sociedades originado en la necesidad de vivir juntos.
       —¡Bravo! Me admira el español de míster Forbes —dijo Céspedes.
       El capitán Ramírez sonrió con benevolencia, lo cual, dada su juventud, le comunicaba encanto a su rostro.
       —Por favor —reclamó Forbes—, no desviemos el tema. No es fácil hablar en la selva de estas cosas. ¿Qué piensa usted de lo que hablamos, señor Céspedes? ¿Le interesa a usted?
       —Más de lo que usted puede imaginarse, míster Forbes.
       —Dígame cuáles son sus ideas. Ya sabemos lo que piensa Ramírez; yo soy conservador, ¿y usted, qué es usted?
       —Liberal, míster Forbes, liberal y librepensador. ¿Es usted religioso?
       —Sí, claro, a mi modo. La biblia es mi libro de cabecera, aunque confieso que no la leo a menudo como quisiera y debiera. Pero creo en Dios según los preceptos de la Iglesia Anglicana, que es la mía.
       El viejo Forbes volvió a servirse de su mezcla, sobre la cual no había hablado todavía a pesar de que se sentía tan orgulloso de ella como de sus orquídeas. Y por cierto, tampoco había hablado de las orquídeas; pero ya habría tiempo para ello.
       Alexander Forbes se sentía a gusto con esos visitantes. El capitán Ramírez tenía inteligencia, reposo mental y una manera muy cortés de exponer sus ideas; el señor Céspedes también era agradable; un librepensador, claro, pero seguramente, funcionario de Banco como era, debía tener ideas claras sobre materia económica. «Ideas claras» quería decir ideas sensatas, de liberal manchesteriano.
       Pero resultaba que no era así, porque tan pronto comenzó a hablarse de la nacionalización de las minas de estaño y de otras medidas que estaba tomando el gobierno boliviano, Céspedes saltó en su defensa.
       —¿Pero no dijo usted que es liberal? —preguntó, asombrado, el viejo Forbes—. ¿Cómo defiende ahora medidas socialistas?
       —Por la misma razón que usted, conservador, debe ser liberal en economía. ¿O no es usted partidario de que cada uno maneje sus negocios según su conveniencia? —dijo el capitán Ramírez.
       Demonios… Eso parecía ser así. Alexander Forbes no había pensado nunca en ello, pero bien podía suceder que los hombres —la mayoría de los hombres— tuvieran conceptos diferentes, al mismo tiempo, sobre las materias más diversas, y que no se dieran cuenta de ello.
       —Es muy interesante su observación, capitán —dijo—. Pero volviendo al tema, creo que hay que educar al hombre para que respete las leyes. Sin leyes no hay sociedad humana, y las leyes sólo tienen valor si cada persona las acepta y las respeta y las hace respetar.
       —¿Está usted pensando en Yasic y en Barranco al decir eso, míster Forbes? —preguntó Ramírez.
       —En Yasic y en todo el mundo. Pero me gustaría que respondieran a esta pregunta: ¿Van a quedarse a comer conmigo? No creo que estén pensando regresar a Tipuani sin hacerme el honor de aceptar mi mesa.
       El señor Céspedes se puso de pie y se estiró un poco apoyando su mano izquierda en los riñones.
       —Claro que la aceptamos —aseguró—, y por mi parte desde ahora lo comprometo a aceptar la mía cuando vaya a Tipuani.
       —¡Ja ja! El señor Céspedes cree que estamos viviendo en una ciudad y que aquí hay obligaciones sociales —comentó el viejo Forbes sonriendo.
       —No, obligaciones no; placer en recibirlo, sí.
       —Bueno, señor Céspedes, bueno; le acepto la invitación desde ahora.
       El capitán Ramírez seguía sentado, correctamente sentado, discreto como siempre.
       —Perdone un momento —dijo Forbes encaminándose al balcón que daba al patio.
       El capitán Ramírez y Céspedes le oyeron dando voces, llamando a sus lecos; a poco, el ruido de sus pasos indicaba que bajaba las escaleras. Ellos dos se asomaron al balcón que daba al río. Por entre el follaje se veía a trechos el agua que se deslizaba allá abajo.
       —Tenemos una hermosa naturaleza —dijo Céspedes—, que va de las cumbres nevadas de los Andes a las llanuras selváticas de la Amazonia.
       —Sí —aceptó Ramírez—, y además de hermosa, es rica; por lo menos, fue rica. Con la plata que se sacó en Potosí pudo hacerse un puente de América a España; con el estaño y otros metales que sacaron Patiño y Aramayo, seríamos un país de millonarios. Ya ve, aquí en la selva dos hombres se van con cuarenta o cincuenta kilos de oro recogidos en un momento, como quien dice.
       —Es simbólico —dijo Céspedes—. Igual que los conquistadores, Patiño y Aramayo, esos hombres se llevaron el oro y los indios que trabajaron se quedaron con hambre.
       —Sí, efectivamente; no había advertido la semejanza. Ha sido el mismo caso en pequeño, lo cual demuestra que los hombres han cambiado muy poco en cuatrocientos cincuenta años.
       —Los hombres no; yo diría que las instituciones, porque nosotros no éramos así antes de la Conquista.
       Eso tocó a Ramírez en su parte sensible de soñador, pues en su alma había una fuerte tintura de romanticismo tal como lo había expresado, por ejemplo, Chateaubriand. Tenía nostalgia de una vida que sólo conocía a través de libros: el imperio de los Incas, el vasto Tahuantisuyu, con su organización social establecida sobre la justicia y la bondad; un imperio enorme en que «no había un ladrón ni hombre vicioso, ni holgazán, ni mujer adúltera ni mala, ni se permitía entre ellos, ni gente mala vivía en lo moral, y… los hombres tenían ocupaciones honestas y provechosas», según había asegurado en su testamento un soldado conquistador que había muerto en el Cuzco en 1589.
       La brisa rizaba el agua del río, mecía los árboles, refrescaba el aire.
       —Este señor Forbes tiene mucho tiempo viviendo aquí, ¿no? —preguntó Céspedes.
       —Varios años.
       —Supongo que no volverá a Inglaterra.
       —¿A qué? Se siente en la selva como pez en el agua. Es un hombre feliz porque tiene lo que desea: la paz, la belleza, el afecto de todos los que le tratan. Además, trabaja en lo que le gusta.
       Volvió el silencio a imponer sus fueros; o mejor que el silencio, la voz de la selva, tan múltiple, tan llena de matices, susurrante, expresiva, rica. Céspedes y Ramírez la oían sin darse cuenta; la percibían en el murmullo del río que golpeaba con sus dedos de agua las piedras de la orilla, en el canto de algún pajarillo y en el tremolar de las hojas al paso de la brisa.
       De la tranquilidad en que se hallaba les sacó la voz del viejo Forbes:
       —Ya he dado las órdenes del caso y en una hora y media más estaremos comiendo como reyes.
       Los visitantes se encaminaron al salón y volvieron a usar los asientos que habían ocupado antes. El dueño de la casa llenaba los vasos con su bebida favorita. Cuando vio sentarse a sus huéspedes dijo:
       —Es curioso que en esos mismos sillones se hallaban hace unas cinco semanas Pedro Yasic y Salvatore Barranco. Ahora están cruzando la selva cargados de oro. ¿Se sabe cuánto se llevaron?
       —En dólares, al cambio libre de La Paz, quizá más de cincuenta mil —dijo el capitán Ramírez.
       —Que en bolivianos, al mismo cambio libre, son más de sesenta millones —aclaró el señor Céspedes.
       —Demasiado dinero —fue el comentario del viejo Forbes.
       —Pero no lo disfrutarán —explicó el capitán—. Todos los puestos de la selva y los fronterizos están avisados.
       —La frontera es una idea, no un hecho —observó Forbes.
       —En cierto sentido sí, pero no olvide que a pesar de sus enormes proporciones la selva es muy pequeña para el hombre blanco. Necesariamente tiene que acudir a los contados puntos donde puede curarse si enferma o donde puede hallar gente si requiere alguna ayuda.
       Forbes repitió:
       —Demasiado dinero.
       Céspedes preguntó:
       —¿Y qué pasa si se pierden en la selva?
       —Si se pierden —explicó Ramírez— caerán en nuestras manos, porque el que pierde el rumbo en la selva se dirige inconscientemente hacia el lado del corazón y acaba trazando un círculo que al final lo conduce al punto de donde salió.
       Céspedes abrió los ojos de asombro.
       —¿Cómo, un círculo? ¡Qué curioso!
       —En la selva suceden cosas muy curiosas, amigo —dijo Forbes mirándole con seriedad—. Tal como ha dicho el capitán Ramírez, si Yasic y Barranco se pierden volverán al punto de partida. Pero no creo que se pierdan. Barranco conoce la selva.
       —Y si no se pierden, y salen al Brasil o a Iquitos, serán ricos. Con tanto oro podrán vivir en paz.
       Alexander Forbes se quedó mirando a Céspedes como si le hubiera oído una blasfemia.
       —¿Paz ha dicho usted? No, amigo, con tanto oro no podrá haber paz entre Barranco y Yasic. Donde hay oro no hay paz.
       El capitán Ramírez tomó su vaso y bebió un sorbo.
       —Así es, míster Forbes. Donde hay tanto oro no puede haber paz.



Capítulo XIV

       El grupo había acampado a la orilla de un río que en opinión de John Caldwell debía ser afluente del Heath. Había allí una pequeña playa en forma de herradura, e inmediatamente, a partir de la playa, el terreno ascendía en ribazo; de manera que Pedro Yasic, situado en un extremo de la curva de la playa, no podía ver a Caldwell y Angustias, que se hallaban en el otro. La distancia entre Yasic y la pareja no era grande, apenas unos cuarenta metros; pero el ruido del agua, que corría en declive, no le hubiera dejado oír palabra alguna en caso de que la mujer y el joven hablaran, cosa, por lo demás, que él no esperaba, dado que en todo el viaje Angustias había hablado sólo una vez, y por cierto palabras que Yasic jamás olvidaría.
       No debía ser más tarde de las siete y media y la luna iluminaba la selva. La claridad lunar transformaba los colores de las piedras que abundaban en la playa; el gris pasaba a ser azul y los tonos más oscuros pasaban a ser de un morado intenso. Un poco más allá del pedregal, donde comenzaba la maleza, y en la orilla opuesta, donde la masa de árboles lo cubría todo, la luz plateaba el verde de las hojas dándoles brillo y manchaba de negro cerrado las ramas y los troncos. Todos los sonidos nocturnos de la yunga quedaban ahogados con el canto del agua.
       John Caldwell había arreglado con sus propias manos una especie de lecho para Angustias. Allí no había árboles para colgar hamacas, de manera que tenían que dormir en el suelo. El joven había retirado cuantas piedras pudo, igualó el suelo con el machete, extendió la hamaca de la mujer doblándola en dos a fin de hacer el lecho lo más suave posible, elevó estacas para colgar el mosquitero y con su propia mochila le hizo una almohada a la mujer; después, a dos metros de distancia, acomodó un sitio para él, y entre los dos lechos puso la carga que llevaba y sobre ella el fusil de Salvatore con una bala en la recámara, porque podía verse en necesidad de usar el arma a media noche. John Caldwell no olvidaba su espanto cuando despertó con un jaguar metido en su choza.
       La marcha había sido dura para el joven misionero. Parte de los efectos de Barranco habían pasado a sus espaldas, y entre ellos una bolsa llena de pieles de nutria que Yasic le había entregado diciéndole que ahí iban todas las economías de Salvatore.
       —Ahora le corresponden a su mujer, y debemos cuidarlas para que ella tenga de que vivir —le había dicho Yasic.
       John Caldwell creyó que eso era justo y consideró que Yasic estaba procediendo como persona honrada y como buen amigo de Barranco. Sí, debió ser buen amigo, y por eso estuvo horas sin hablar mientras el italiano agonizaba en su hamaca; sin hablar ni siquiera con la mujer, que guardaba un silencio hosco y que no lloró —sin duda a causa del dolor, pensó Caldwell— ni aun cuando sepultaban al muerto en un hoyo de escasa profundidad que hicieron él y Yasic con gran trabajo, usando sólo un machete.
       Después de la muerte de Barranco, John Caldwell comenzó a sentir que había una atmósfera tensa alrededor de él. Dos veces sorprendió en los ojos de Angustias un relámpago de odio al mirar hacia donde se hallaba Yasic. Por alguna razón, pensaba el joven, la mujer creía que Yasic era el responsable de la muerte de su marido.
       ¿Qué podía haber de cierto en eso? No sabía y no se atrevía a preguntárselo a Angustias. Se le había enseñado desde niño, y a él le parecía que eso era lo más propio, que sólo debía meterse en los problemas ajenos cuando los interesados le pidieran ayuda.
       Ni Yasic ni Angustias pedían ayuda. Yasic no hablaba; se mantenía encerrado en sí mismo. En la marcha, el chileno se adelantaba a ellos o se quedaba rezagado, preferiblemente rezagado. John creyó adivinar en algunas ocasiones que Pedro Yasic desconfiaba. ¿Pero de quién? No podía saberlo. Hasta para comer, Yasic prefería hacerlo aparte, y preparaba él mismo su comida. Esto sucedía después de la muerte de Barranco; ¿y por qué no antes? , se preguntaba Caldwell.
       De vez en cuando el chileno se dirigía al joven misionero; le hacía preguntas acerca del camino a seguir o sobre el nombre de un río o de un animal. Sin duda le interesaba saber cómo podía salir al Madre de Dios, pues en dos oportunidades le preguntó a qué distancia estaba ese río y en qué rumbo. Pero en todos los casos, para hacerle esas preguntas, Yasic esperaba que John estuviera separado de Angustias.
       ¿Qué pasaba entre el chileno y la viuda de Barranco?
       Había un hecho —y Caldwell juzgaba según los hechos—: Pedro Yasic le había entregado las economías de Salvatore y le había dicho que debía cuidarlas porque eran la única fortuna de Angustias.
       El joven misionero se confundía y de su confusión salía una imagen ideal de Pedro Yasic. En su opinión se trataba de un hombre de carácter, capaz de sentir el dolor que le causó la muerte del amigo y de preservar el recuerdo de Salvatore aun en un pequeño grupo de tres personas que cruzaban la selva amazónica. Su estampa parecía adecuada a ese carácter. Miraba con fijeza, resistía bien las inclemencias de la yunga; estaba moralmente preparado para recibir con naturalidad las sorpresas de la selva. En fin, John Caldwell hallaba que Pedro Yasic era persona respetable.
       En cuanto a Angustias, Caldwell creía que había recibido un golpe grave con la muerte del marido. Sus nervios habían quedado desquiciados, a punto de estallar, y por eso mismo necesitaba cuidado. Él estaba dispuesto a cuidarla con el mismo interés con que ella le cuidó cuando él llegó enfermo a su casa, y para atenderla había resuelto no seguir en busca de la tribu abandonada. Su deber ahora era cuidar de Angustias, por lo menos mientras no llegaran a algún lugar donde alguien se hiciera cargo de ella con más medios para mejorarla de los que podía él ofrecerle en la selva.
       Cuál era el lugar donde podía quedarse Angustias algún tiempo, mientras mejoraba, era algo que John Caldwell no podía saber; pues la región por donde cruzaban le era desconocida y sólo por instinto pensaba que se hallaban en territorio de San Carlos o de Astillero. Pensaba que puesto que Salvatore había hablado en vida del Madre de Dios y Pedro Yasic se había referido a ese río, el destino final del grupo, cuando salió de la casa de Barranco, debía ser Riberalta, en la confluencia del Madre de Dios y del Beni. De todas maneras, a Riberalta, a Astillero o a Cobija —a alguna población boliviana, en suma— irían a salir, entre otras razones porque tenían que dar cuenta oficial de la muerte de Salvatore Barranco; y al llegar a la población que fuera, Caldwell buscaría un médico para que se hiciera cargo de Angustias.
       Durante el día la situación mejoraba algo, a juicio de John. Por lo menos Angustias actuaba, aunque fuera en forma inconsciente; se movía con su carga a la espalda, y ese ejercicio físico le hacía bien, puesto que en alguna medida la ayudaba a descargar su tensión. Pero cuando llegaba la noche la situación era distinta y entonces se manifestaba el profundo quebranto que la aquejaba. Comenzaba porque apenas dormía. Se echaba en su hamaca y no pegaba los ojos; se mantenía con ellos abiertos horas y horas; y si se dormía, tan pronto caía en el sueño despertaba profiriendo gritos espantosos o empezaba a quejarse con desesperante monotonía. En ningún caso oyó a Pedro Yasic preguntar por la causa de esos gritos o de esas quejas ni lo vio inquieto por la salud de Angustias.
       En cambio, él corría a atenderla. Cuando sabía que no estaba dormida le ofrecía aspirina con la esperanza de que la ayudaría a librarse de la tensión, o le hablaba en voz baja y cuidadosa de manera que le proporcionara consuelo. Como no era católico y sabía que ella sí lo era, y como con frecuencia le mencionaba la religión como un refugio de paz, tenía presente mencionar sólo a Dios en los monólogos con que trataba de calmarla. A veces Angustias parecía desesperarse más cuando él mencionaba a Dios; a veces parecía calmarse.
       A John le sorprendía que Angustias no llorara. Si hubiera llorado se habría aliviado. En ningún momento la había visto llorar y ni siquiera le vio los ojos humedecidos por lágrimas.
       A su juicio, eso denotaba que se hallaba cerca de la locura. Ahora bien, en los ojos mostraba su desesperación. Esos ojos tenían la luz metálica de la demencia; parecían cada vez más incapaces de fijarse con inteligencia en alguna cosa. A veces John creía sorprender en ellos un relumbre homicida, como si de pronto su dueña reconociera la realidad y en vez de someterse a ella se dispusiera a destruirla.
       Cuando Angustias despertaba en medio de la noche profiriendo gritos y se ponía de pie amenazando huir por la selva, John Caldwell, levantado de un salto, la sujetaba fuertemente por las muñecas y le hablaba con autoridad y a veces hasta con despotismo. Sólo así podía dominarla.
       Pedro Yasic no intervenía. Dormía siempre alejado, pero nunca tanto que no oyera los gritos de la mujer. Un grito en la selva a media noche es algo que aterra; a veces despierta a los animales del bosque y se oye a seguidas un estruendo de chillidos. Puede ser que quien ha dado el grito esté siendo atacado por una fiera o se encuentre apresado en el cuerpo viscoso de una anaconda. Lo lógico es que los que se hallen cerca corran a ver qué sucede. Pero Pedro Yasic no acudía; es más, ni siquiera preguntaba sus causas. ¿A qué se debía esa actitud de Yasic? ¿Era tan grande su propio dolor por la muerte del amigo que consideraba inútil tratar de aliviarlo en la mujer, que debía sentirlo más que él?
       John Caldwell era sufrido. No tomaba en cuenta los sacrificios que le imponía la vida de la selva. Los había escogido por su propia determinación. Si quería servir a los demás debía hacerlo en medio de dificultades, no rodeado de bienestar. Aunque había nacido en la Argentina tenía el alma de un norteamericano y se consideraba ciudadano de la patria de sus padres. Hablaba español, pero sentía en inglés. De haber sido latinoamericano, esa inclinación al servicio de los demás le hubiera llevado a amar el sufrimiento; habría sentido el placer de sacrificarse por servir a los desvalidos. Él no sentía tal placer. Se hallaba tranquilo, confiado en que cumplía su deber.
       Era fuerte. Tenía casi seis pies de estatura y desde niño había ejercitado sus músculos. Jugó pelota con sus compañeros de Sharon y fútbol con sus amiguitos de Córdoba, y además, hacía metódicamente su gimnasia tan pronto se levantaba, lo mismo en la ciudad que en la selva. Pero también era fuerte en otro aspecto: tenía verdadera indiferencia por todo lo que fuera comodidades o consumo de energía emocional; podía dormir poco, caminar sin cansarse, trabajar horas y horas sin notarlo, y hacer frente a los problemas de los demás sin perder la paciencia.
       Era joven. Estaba a punto de cumplir los veintidós años, y si en muchos sentidos se comportaba como un hombre maduro, en otros ni siquiera había entrado en la pubertad. Disfrutaba una inocencia absolutamente natural, que no había sido enturbiada por ningún impulso. Los impulsos que él conocía se reducían al deseo de conocimientos, la necesidad de ser útil a otros, la de ser un miembro activo del conjunto familiar y del conjunto social.
       Así era John Caldwell hasta la noche en que bajo la luz de la luna, se hallaba en la orilla de un río que a su juicio debía ser afluente del Heath, selva adentro, a dos metros de distancia de la viuda de Salvatore Barranco. Había dejado a Angustias bajo el mosquitero, que él mismo había plegado cuidadosamente y había pisado con piedras para evitar la entrada de insectos o de algún reptil peligroso, y se había echado bocarriba, no a pensar sino a descansar, y un poco a mirar el alto cielo del Trópico, que en toda su extensión aparecía estrellado y claro.
       Debió dormirse, porque el grito de la mujer le sorprendió como si nunca la hubiera oído gritar. Era un grito más angustioso que los anteriores. John Caldwell saltó, todavía entre sueños, y levantó el mosquitero que cubría a Angustias. La mujer parecía ahogarse; miraba hacia el vacío con esos ojos que tanto impresionaban al joven, y seguía gritando. John se vio en el caso de usar fuerza para dominarla. Pero tuvo que luchar más que otras veces. Ella se rebelaba y pretendía morderle las manos. En la lucha, de pronto, los muslos de Angustias quedaron al desnudo. John Caldwell los vio. A la luz de la luna fulgían como marfil. La mujer se dio cuenta de lo que pasaba y de golpe su mirada cambió; se hizo amarga e intensa, de inconsciente pasó a consciente y se cargó a la vez de susto y de odio. Como por encanto, la rebeldía de Angustias se disipó. John se puso de pie y se quedó un rato ante ella, vigilándola.
       Cuando se sintió más tranquilo —pues el corazón le había golpeado aceleradamente y una especie de calor vivo le quemó la piel de la cara—, John se fue a su lugar. Deseaba dormir, sin embargo no podía hacerlo. Trataba de pensar en sus cosas; en los cuadernos de notas que no había vuelto a usar desde que enfermó de paludismo, en la biblia encuadernada en piel que le había obsequiado su padre, en Mercedes y en la postal que le envió desde Buenos Aires. Pero no lograba hacerlo. La voluntad le ordenaba pensar en esas cosas y sucedió que algo se las desdibujaba en la mente. Había cierta similitud entre lo que le estaba pasando y los escalofríos palúdicos: le dominaba, podía más que él.
       En cambio lo que aparecía sin cesar en su mente eran los muslos de Angustias. Se daba cuenta de que estaba padeciendo sequedad en la boca y cierta tirantez que obedecía a una fuerza ciega, arrolladora, contra la cual quería luchar pero a la cual quería también abandonarse.
       Nunca pudo presumir una situación como ésa; nunca sospechó que la fuerza del instinto podría arrastrar a un ser humano como una corriente de agua arrastra un bagazo. Él se hallaba indefenso ante esa fuerza desconocida, cuyo origen estaba en alguna parte de su propio ser. Jamás le habían dicho cómo debía combatirla, en qué consistía, por qué se desataba. Había oído decir a sus padres, por cierto varias veces, que el hombre y el animal se diferenciaban en que el primero podía dominar sus instintos y el segundo no. De manera muy oscura había entrevisto algunas veces que había algo indefinible, pero monstruoso, en las alusiones de ciertos adolescentes, pero de manera sistemática había rehuido las conversaciones con compañeros de escuela que hablaban de cosas que le aterraban por su formidable significado.
       De golpe, ahí estaba él, John Caldwell, con su poderoso cuerpo de veintidós años, cogido en medio de la selva por los impulsos de la vida. No podía pensar, no podía usar su entendimiento, no le valían de nada ni sus principios ni sus conocimientos. Luchó con todas las potencias que halló en la educación que había recibido, pero resultaba que precisamente en esa educación estaban sus puntos débiles; le había proporcionado madurez en muchas cosas y en otras le había conservado la ignorancia de los recién nacidos.
       Sin embargo, John Caldwell logró dominar su primera turbación y se durmió. Mas he aquí que de pronto despertó. No podía luchar más. Se sentó en el lecho y miró hacia el de Angustias. A la luz de la luna podía distinguir su figura bajo el mosquitero. Súbitamente, la mujer se sentó también y levantó el mosquitero. El joven Caldwell se asustó. No sabía qué iba a hacer, pero se levantó. La mujer dio un manotazo al mosquitero, avanzó un brazo, y sin que John pudiera evitarlo tomó el fusil de su marido.
       —¡Angustias! ¿Está usted loca? —preguntó Caldwell desconcertado.
       —¡No se acerque, no se me acerque, cochino! —gritaba la mujer.
       La situación era crítica, y John Caldwell actuó en ese momento sin ningún dominio de sí, entre otras razones porque nunca esperó verse amenazado por la enferma. Creyó que lo mejor era pedir ayuda, y llamó a Pedro.
       —¡Yasic! —gritó.
       A seguidas se lanzó sobre Angustias con ánimo de quitarle el arma. Pero la mujer, de rodillas en su lecho, haló el gatillo.
       En el momento en que Pedro Yasic se aprestaba a acudir en auxilio de John Caldwell, oyó el disparo, que despertó los ecos de la selva y originó chillidos de monos y de aves. Cuando corrió halló a la víctima con los movimientos convulsos de un cuerpo joven que ha sido herido en el centro de la vida. El tiro le había destrozado la cabeza.



Capítulo XV

       En su tercer día de trabajo, el baquiano del sargento Juan Arze dio con una pista en la ribera izquierda del Mapiri, a mucha distancia del Heath. John Caldwell, pues, había muerto equivocado.
       La pista hallada era muy leve, de gente que se había detenido tal vez a descansar, pero no a comer; sin embargo, a pesar de su levedad el rastreador pudo seguirla hasta más allá de dos arroyos que cruzaron los prófugos sin hacer alto. Del lado allá del segundo arroyo aparecieron señales de una hoguera y de dos sitios donde habían pernoctado por lo menos tres personas, dos en un mismo lugar y una a varios metros de distancia.
       —Pues entonces no son ellos, porque ellos son cuatro, no tres —aseguraba Juan Arze.
       No fue posible hallar rastros de más de tres personas, a pesar de que el baquiano —un mestizo de indio amazónico y mulato brasilero— se dedicó con ahínco a buscar la cuarta huella y perdió horas valiosas en esa búsqueda. Las huellas, por otra parte, no eran lo necesariamente frescas para hallar con facilidad la que faltaba.
       El sargento Arze se sentía inquieto. Quizá no estaban en la buena pista, y si estaban y faltaba una huella, era señal de que el joven John Caldwell no andaba con el grupo. Si esta suposición era correcta, entonces las tres huellas debían ser de dos hombres y una mujer.
       —Busque huella de mujer —le decía al rastreador.
       El rastro del lugar donde los fugitivos debieron descansar al día siguiente, seguramente para hacer la comida principal, apareció al atardecer, lo que significaba que los perseguidores ganaban tiempo sobre los que huían. Persistían huellas de tres personas, no de cuatro, y el sargento Arze se preguntó si no serían las de algún grupo de cazadores procedentes de Apolo o del Mapiri.
       —Busque cartuchos vacíos —ordenaba al baquiano—. Pueden ser cazadores y en ese caso estamos perdiendo el tiempo. Si son cazadores tenemos que devolvernos a buscar otra pista.
       Esa posibilidad preocupaba a Juan Arze. Pedro Yasic no podía írsele; de ninguna manera podía permitir que se le perdiera, y mucho menos cargado de oro. Pedro Yasic tenía una cuenta pendiente con él. ¡Esa cara, esa cara de Yasic cuando Sara lo humilló! «Voy a agarrarte, chileno bandido, y me pagarás con tu vida», pensaba.
       Arze, el baquiano y otro policía que les acompañaba pernoctaron en el lugar donde apareció la última huella, porque la noche les caía encima. Al día siguiente, a eso de las ocho, el rastreador dijo que le parecía haber hallado una huella de mujer aunque podía ser también de niño.
       Si podía ser de niño, no había seguridad de haber tomado la pista buena; y eso sumía el alma de Juan Arze en turbulencias.
       ¿Estaría equivocado el baquiano? Imposible. Un buen rastreador no se equivoca nunca, y eso no admite ni sombra de duda; además, él había escogido el mejor baquiano de Tipuani. ¿Pero por qué las huellas eran tres y no cuatro, y por qué podía ser la más débil de niño y no de mujer? Si el sargento admitía que John Caldwell no iba en el grupo, quedaban dos hombres y una mujer, es decir Salvatore Barranco, Pedro Yasic y Angustias.
       —Esa huella no es de niño; es de mujer. Hay que seguir buscando —sentenció categóricamente Juan Arze.
       Habiéndose internado en la selva con el plan de cortar el camino, de los futigivos, el grupo perseguidor había localizado las primeras huellas tal norte del lugar en que quedó sepultado Salvatore Barranco, y como los perseguidores iban sin impedimento avanzaban más de prisa y se acercaban al grupo de Pedro Yasic con bastante rapidez. Eso les permitía percibir huellas cada vez más frescas, por lo que se explica que después de haber localizado la tercera parada de los fugitivos —entre siete y ocho horas después—, el baquiano dijera:
       —Pasaron por aquí hace tres días, y no es un niño; es una mujer.
       —Busque a ver si hay otra huella de hombre. Deben ser tres hombres y una mujer —ordenó el sargento, que se sentía ya casi seguro de estar en la pista correcta.
       Durante media hora el baquiano anduvo por las cercanías, posando la mirada en cosas que sólo para él tenían importancia: la rama de un arbusto con hojas arrancadas, briznas de yerba pegadas a la tierra, detritus vegetales removidos por un pie, los restos de una hoguera, una corteza de árbol pelada por la cuerda de una hamaca.
       Un baquiano no dice jamás de dónde saca sus conclusiones, con lo cual asombra a los que sirve como asombró el del grupo a sus compañeros cuando afirmó:
       —No es niño; es mujer de mi tamaño, de pelo negro y largo.
       —¡Son ellos! —gritó Juan Arze— ¡Son esos bandidos!
       Ya estaba seguro de que el joven misionero de que se había hablado no iba con los fugitivos, y eso resultaba conveniente porque entonces la lucha sería con dos hombres, no con tres.
       La impaciencia del sargento aumentaba por horas. Se sentía sobre los talones de Pedro Yasic y mentalmente iba tomando las precauciones del caso. Él llevaba un fusil de 30 y su revólver. Si alcanzaba a ver a Yasic a distancia, con tiempo suficiente para coger bien la puntería, lo cazaría como si se tratara de un jaguar; si el chileno se le presentaba de golpe —cosa que podía suceder—, usaría el revólver.
       Yasic no tenía aspecto de ser hombre de armas, pero Salvatore Barranco sí. Salvatore Barranco había vivido años en la selva con un fusil al hombro y al sargento Juan Arze le parecía que el italiano lucharía antes de entregarse. Y sucedía que al sargento Arze no le interesaba la vida del italiano; no tenía razones para matarlo porque no lo odiaba; nunca había tenido con él ni un sí ni un no. Pero le interesaba el oro que llevaba.
       —Cuando los hallemos, tú atiendes al italiano —le dijo varias veces al policía que lo acompañaba—. El chileno es para mí; déjame el chileno a mí.
       El chileno, sin embargo, no pensaba que él era para nadie. Tras la muerte de John Caldwell había enterrado cinco kilos de oro. A su juicio, te sería imposible cruzar la selva con una mujer loca llevando encima treinta kilos de oro y enterró cinco al pie de un árbol que podría identificar fácilmente cuando volviera por allí alguna vez. Esos cinco kilos eran, según se dijo mentalmente, de la parte que correspondía a Salvatore Barranco. Si se hacía necesario enterraría los otros cinco kilos del siciliano, pero nunca los suyos, los veinte kilos que había tomado para sí desde el primer momento. Esos veinte kilos le pertenecían a él, a él, a él y a nadie más, y estaba dispuesto a defenderlos contra toda la policía y todas las autoridades de Bolivia, del Perú, del Brasil y hasta de Chile, si venía al caso.
       De buenas a primeras el baquiano de Juan Arze perdió la pista. Aunque trabajó afanosamente toda una tarde, no pudo dar con ella sino al día siguiente. Cada vez más, los fugitivos se inclinaban al norte y esa vez al rastreador no le quedó duda de que Yasic y Barranco marchaban ya paralelamente al río Mapiri. Si la desviación seguía acentuándose, el grupo iría a dar al norte de Apolo.
       —Entonces van a salir por Sorata —dijo el sargento—. Están buscando la salida por Sorata.
       El plan de salir al pie de la Cordillera era atrevido, pero el condenado chileno ése había demostrado que le sobraban imaginación y audacia. ¿Qué no era capaz de hacer un hombre que se había reído de todo el mundo en Tipuani?
       Juan Arze se sentía perturbado. Quería mandar el policía a Mapiri para que informara que según el rumbo que llevaban, Yasic y Barranco podían ir buscando el rumbo de Sorata, aunque llegaran allá en un mes; al mismo tiempo temía quedarse nada más con el baquiano y verse en la situación de tener que luchar solo contra el chileno y el italiano. «Si se va se lleva el oro; es capaz de pasar el oro por Sorata. Y ese oro es para mí, no puede ser para él ni para nadie. Es para mí, para mí, para mí.».
       El sargento Juan Arze decidió no despachar al policía, y esa noche el grupo acampó tan cerca de un río que podían oír la corriente del agua golpeando en las piedras de la orilla.
       A la primera claridad el baquiano salió en busca de agua, y de pronto su voz le llegó a Juan Arze con un acento de sorpresa:
       —¡Aquí hay un muerto, sargento!
       Juan Arze sintió un latigazo en la entraña. Ese muerto era Pedro Yasic. Salvatore Barranco lo había liquidado para irse con el oro. ¡Ah, el italiano asesino y ladrón, que le había arrebatado la oportunidad de su vida, de toda su vida! Con la rapidez de un jaguar, corrió por entre arbustos y malezas. Pero cuando llegó y vio un despojo de hombre al que le faltaban una pierna, un brazo y gran parte del vientre y los muslos —un hombre con los huesos del rostro apenas cubiertos por pedazos de músculos—, se dijo que ésos no eran los restos de Pedro Yasic. De lo poco que quedaba se desprendía que el muerto había tenido pelo claro y abundante, y Pedro Yasic era de cabello escaso y negro.
       ¿Quién había sido en vida aquel cadáver y a qué podía atribuirse su muerte? Los restos de carne indicaban que la putrefacción se había iniciado el día anterior, tal vez la noche anterior; y en verdad, John Caldwell había sido asesinado sólo dos noches antes. De pie a dos metros de los restos, la nariz cubierta por la mano izquierda, el sargento Arze buscaba en su mente una figura parecida a la que debió tener esa víctima de la selva, y no la hallaba. Pero de una cosa estaba seguro: no era Yasic ni era Barranco.
       Cuando pasó media hora y pudo pensar con calma, Juan Arze resolvió no despachar al policía a Mapiri a dar cuenta del hallazgo. Había llegado a la conclusión de que no podía quedarse nada más con el baquiano. A su juicio, algo había pasado; algo que él no podía determinar. Pero ese muerto, quien quiera que hubiera sido en vida, fue obra de Yasic y de Barranco, y éstos no eran ya simplemente dos hombres que huían con el oro sacado de Tipuani, sino dos asesinos a quienes había que cazar como a fieras; dos asesinos peligrosos, «peligrosos, y tengo que liquidarlos a los dos. Tal vez mataron a ese pobre hombre para robarle; tal vez el difunto iba con oro quién sabe hacia dónde. ¿Y el muerto no sería el americano ése, que huyó y se les adelantó con oro y ellos lo alcanzaron?».
       No; no podía desprenderse del policía. Ahora tenía que vengar al muerto, al «pobre hombre» asesinado, y el policía le hacía falta para esa venganza. Pero también tenía que quitarles el oro a «los ladrones», y la presencia del policía le estorbaba para esa tarea de «justicia».
       Y esto último era lo esencial, hacer «justicia», quedarse con el oro. Con el oro de Pedro Yasic sería inmensamente rico, «y el capitán Ramírez tendrá que decirme don Juan; pero si me quedo con el oro del italiano… bueno, nado en oro, y me caso con Sara». ¡Casarse con Sara! «Y me la llevo de Tipuani; me voy a La Paz; o no, mejor a Cochabamba, para que me vean esos…».
       El baquiano gritó desde una pequeña altura que estaba a la orilla del río. Había dado con el lugar donde el desconocido había sido muerto; allí estaban las huellas de un campamento reciente, se veían manchas de sangre y los rastros del cuerpo que dejaron las fieras de la selva a medida que iban disputándose los despojos y llevándose el cuerpo de un lado a otro.
       Si el baquiano hubiera tenido la idea de tirarse al fondo del río habría podido hallar en él las pertenencias del muerto y muchas de las de Angustias, que Pedro Yasic había echado a la corriente.
       El baquiano aseguró que el hombre había sido muerto dos días antes y que por tanto, si era uno de los fugitivos, el grupo no iba lejos. El grupo, aclaró después, había quedado reducido a dos personas, y si el sargento quería alcanzarlo no había tiempo que perder. Dos personas, según la opinión del baquiano, podían moverse más de prisa que tres.
       Pero el baquiano no tenía la menor idea de la situación en que se hallaba Pedro Yasic. Perdido en la selva, sin saber qué rumbo tomar, con la sola compañía de una mujer loca a quien había amarrado las manos a la espalda para obligarla a seguir sus órdenes —y la mujer, loca y amarrada, con una carga de diez kilos de oro en la espalda—, Yasic se veía obligado a desplazarse lentamente, al ritmo vacilante de Angustias.
       Por eso los perseguidores pudieron llegar a la próxima parada en poco menos de tres horas; es decir, la distancia que Yasic y la mujer habían cubierto dos días antes en más de siete horas les tomó al sargento Arze y sus acompañantes menos de tres. A ese paso, la captura de los fugitivos era inevitable; y el baquiano, que olfateaba la presa, trabajaba con entusiasmo, casi con pasión, como el perro que va oliendo la sangre de una pieza herida.
       De pronto, sin embargo, el rastreador se detuvo y llamó a Juan Arze. Había notado señales raras, que no se relacionaban con las huellas de una parada a comer o dormir. Al lado derecho se veían ramas cortadas a la altura de las rodillas de un hombre; poco más allá, cortes iguales en el lado izquierdo; por último, en dos árboles de buen tamaño, otros cortes que parecían indicar hacia un punto. El baquiano siguió la dirección marcada por los dos últimos cortes y lo único que vio fue el follaje de un corpulento quebracho. Cuidadosamente fue observando cada rama, del tronco a la última hoja y partiendo de arriba abajo. Y al llegar abajo corrió. Al pie del quebracho, tiradas aquí y allá, se veían pieles.
       El sargento Juan Arze quedó sacudido como por una descarga eléctrica. Todo su ser se agitó, brotó la turbulencia que se adueñaba de él tan a menudo, y cuando vio al baquiano y al policía acercarse a las pieles, gritó hecho una furia:
       —¡Dejen eso y sigan! ¡Sigan la pista sin perder tiempo!
       El baquiano no tenía por qué obedecerle, pero a las voces del sargento él había vuelto la cara y había observado en los ojos de Arze un destello de salvajismo tan impresionante que prefirió no aclarar nada. Su papel de baquiano le reclamaba saber por qué estaban ahí esas pieles; sin embargo, el sargento tenía un fusil y un revólver, y estaba como loco.
       El baquiano dijo que sí y el policía le acompañó. Pero se fueron hablando y volviendo el rostro a cada paso, lo cual llenó de sospechas al sargento Arze y esas sospechas le mantuvieron parado un buen rato, todo el tiempo que consideró necesario para que sus compañeros de persecución se alejaran del lugar.
       El sol, casi a punto de medio día, apenas clareaba con una luz verde aquel lugar de la selva, y el silencio, enorme como la yunga, sólo se notaba cuando lo hacía destacarse el canto de un pájaro.
       Juan Arze fue acercándose poco a poco al quebracho. Hasta cada piel de nutria llegaba un ejército de hormigas gigantes. El sargento sacudió las pieles con el fusil y se arrodilló. La tierra estaba removida y por entre ella circulaban hormigas que le picarían, pero él no iba a detenerse en picadas de hormigas. Con las dos manos, los dedos tensos como si fueran de hierro, comenzó a sacar tierra.
       De pronto esos dedos tocaron algo frío, algo frío y suave, algo dulce al tacto; algo que tenía una temperatura única y una suavidad única y una dulzura única. Apretó las dos manos para coger la mayor cantidad posible. Cuando las sacó, ahogándose de emoción, junto con la tierra húmeda y negra vio el color amarillo rojizo del oro de Tipuani.



Capítulo XVI

       Cuando Pedro Yasic tenía catorce años su padre le había llevado a Aysén, y él conservaba la memoria de los grandes bosques de alerces que crecían en aquella apartada región de Chile.
       Como mucha gente, Yasic había pensado siempre que la selva tropical era un amasijo cerrado de árboles y lianas, a través del cual había que abrirse paso a golpes de hacha o machete y defendiéndose sin cesar de los ofidios y las fieras. Pero la selva amazónica no era como había creído, y según recordaba, parecían más tupidos y difíciles de cruzar los bosques de alerces y más densa la vegetación rastrera que crecía en ellos.
       En algunas zonas la yunga se veía esquelética; en otras era sólo sabana cubierta por gramíneas, o bien un extenso bañado o un amplio calvero pedregoso. En las regiones húmedas la vegetación se hacía copiosa, frenética de sí misma, un mundo de verdor que se alimentaba de su propia entraña y crecía y moría sin cesar desde hacía miles de años sin que nada interrumpiera ese proceso.
       El número de ríos es enorme y su red forma el único sistema de comunicaciones seguro que hay en la selva. Indios y blancos viajan por los ríos en balsas, hacen en balsas sus negocios, transportan en balsas lo que la yunga produce y lo que consumen sus pobladores, y es en las orillas de los ríos donde están las plantaciones, los hatos de ganado, los contados comercios y las rústicas poblaciones donde se concentran los habitantes de ese mundo vegetal.
       Habiendo desechado desde el primer momento las vecindades de los ríos y los lugares donde podían hallarse tribus indígenas, según aconsejaba Salvatore Barranco, Pedro Yasic estaba seguro de que nadie podía seguir sus huellas. Pedro Yasic ignoraba que el baquiano tiene el ojo del cóndor y el olfato y el oído de las fieras, y que un buen rastreador sigue una pista con tanta facilidad como el chofer de taxi sigue una vía pavimentada en una ciudad.
       Cualquier hombre de alma menos dura que Pedro Yasic habría pensado, al ver a John Caldwell asesinado, que era inútil seguir con sus planes. Pero Pedro Yasic era de acero. Su reacción inmediata, mientras todavía se movía el cuerpo del misionero, fue decir con voz sorda:
       —Debería matar a esta loca; debería matarla ahora mismo.
       Pero mientras decía eso pensaba que treinta kilos de oro era demasiado peso para él solo, y resolvió entonces amarrar a Angustias y esperar la salida del sol para proseguir marcha; después se sentó con el fusil entre las piernas a vigilar a la mujer, que no apartaba los ojos del cadáver de su victima. Todavía era de noche cuando la luna se perdió en el oeste, y Pedro Yasic se mantuvo despierto, viendo a la mujer a la luz de las estrellas, sin decir una palabra. Con los primeros resplandores del amanecer registró los bultos de John Caldwell, apartó lo que le pareció necesario para el camino y lanzó todo lo demás al río; y la biblia y las libretas de notas y la ropa del joven misionero fueron arrastradas por las aguas.
       Ya se veía el resplandor solar, como un incendio, por encima de los árboles, cuando Pedro Yasic le ordenó a Angustias que se pusiera de pie, le soltó las manos y volvió a amarrárselas a la espalda, y después le colgó de los hombros un bulto con diez kilos de oro, trastos de cocina, una hamaca, un mosquitero; a seguidas se le plantó delante y le habló así:
       —Usted es una asesina monstruosa, pero a mí no va a matarme como mató a su marido y a ese pobre muchacho. Yo no voy a perderla de vista un minuto, ni de día ni de noche; ¿me oye? Una bala de este fusil es para usted, y se la voy a plantar en la nuca tan pronto le vea en los ojos la intención de no obedecerme. Ya lo sabe: para salvar la vida tiene que obedecerme ciegamente, ¿me entiende?
       Con sus ojos de loca, Angustias le miraba y no le miraba. Pero comenzaron a correr lágrimas por las mejillas. «Los locos no lloran», pensó Yasic. Su autoridad había impresionado a la mujer y algo dentro de ella respondía al nuevo tratamiento que estaba recibiendo.
       Pedro Yasic fue implacable. Durante días enteros sólo habló para dar órdenes: «Deténgase.» «Busque donde dormir». «Apure el paso».
       Ése, por otra parte, era el auténtico Pedro Yasic. Se sentía lleno de cólera, una cólera sostenida, que no decaía; pero no se desbordaba en palabras ni en actos innecesarios. No tuvo siquiera la debilidad de pensar en algún momento que Angustias era una pobre mujer y debía estar sufriendo. En realidad, Angustias se había convertido en su bestia de carga, una bestia peligrosa a quien tenía que vigilar; y nada más.
       Cuando llegó la hora de enterrar algún oro, porque la carga que llevaban era excesiva, no lo tomó del que iba en las espaldas de la mujer, sino del que iba en las suyas. «Éstos son cinco kilos de los diez de Salvatore, no de los míos» pensó, y agregó: «De los diez que lleva Angustias, cinco son ahora míos».
       A medida que pasaban los días, Yasic notaba que perdía fuerzas, pero no pensaba que la mujer también las perdía. Ambos comían mal. Pedro mataba algún animal y la carne no podía durar más de un día. De vez en cuando cogía frutas semejantes a otras que Salvatore y John le habían señalado como buenas para comer.
       Una noche Angustias le despertó con un grito estridente, y como había luna y vio por entre la claridad que dejaban pasar los árboles que ella estaba sentada y con las manos a la espalda —es decir, incapacitada para atacarle—, fue a ver qué le pasaba. La mujer, que nunca hablaba, habló entonces para decir que un jaguar había estado a tres pasos de su hamaca.
       —Tiene entraña para matar a dos hombres y grita ante un gato grande, ¿eh? —le dijo Yasic.
       En momentos como ése Angustias sentía un informe, pero profundo terror. No podía juzgar, no alcanzaba a enjuiciar sus propios actos; sin embargo, desde que se hallaba sola con Yasic tenía una confusa sensación de que ese hombre la protegía contra muchas cosas. Pero cuando él la abandonaba de noche para irse a dormir a cierta distancia, o cuando le hablaba con ese tono amenazante y despreciativo, ella sentía que su ánimo se sobrecogía y que un terror sin forma pesaba sobre su cuerpo.
       Una tarde Angustias habló más y con coherencia. Yasic estaba tratando de cruzar un pantano y salió del cieno un animal que a él le pareció un pécari gigante. Pensando que se le presentaba la oportunidad de tener carne abundante, apuntó e iba a disparar cuando Angustias gritó:
       —¡No, por Dios; no!
       El animal miró a Pedro con ojillos malignos y pequeños, ojos de cerdo inteligente; alargó la trompa como si hubiera sido elástica, y trotó por la orilla de la ciénaga hasta perderse en el boscaje.
       —¡Era un tapir! —dijo Angustias a voces.
       —¿Qué me importa que sea un tapir? —preguntó Yasic disgustado.
       —Tiene la piel dura y si no lo mata del primer tiro, ataca —explicó la mujer.
       Yasic pensó: «¿Habráse visto, una asesina cuidándome? Debe ser por miedo de quedarse sola».
       A raíz de ese incidente Yasic estuvo largo rato, mientras caminaba detrás de Angustias, pensando que algo raro le estaba sucediendo a la mujer. ‘‘Los locos no razonan y ella razonó; luego, no es loca. Pero si no es loca, ¿porqué mató a Salvatore y al joven ése?”.
       Siete días hacía que él y Angustias estaban cruzando la selva. La mujer se había sometido completamente a la voluntad de Yasic. Ella no tenía ninguna; no era capaz de desear nada, de pensar en nada, de sentir nada. Caminaba sin darse cuenta siquiera del peso que cargaba.
       Cuando debía llenar alguna necesidad ineludible, Yasic le soltaba las manos y se sentaba cerca a vigilarla. A los cinco días, ella misma colocaba sus manos juntas sobre la espalda para que él se las amarrara. Estaba demacrada, con el negro y largo pelo caído sobre el rostro, la boca desmadejada, la ropa sucia y llena de desgarrones, las medias caídas y destrozadas, los zapatos deshechos por la marcha y la humedad.
       Mediando ese séptimo día Pedro la había desatado y le había ordenado que buscara chamariscos para hacer fuego. La mujer se movía a veinte pasos mientras él la vigilaba con el rifle en la mano izquierda. De pronto Angustias cayó al suelo y gritó. Yasic pensó que se trataba de un ataque de histeria, pero la mujer señalaba con un brazo hacia los yerbajos y gritaba:
       —¡Me picó, me picó!
       Pedro corrió.
       —¿Qué pasa? —preguntó fríamente, mirándola en los ojos.
       —¡Una culebra, una culebra! —dijo ella, con la voz desfigurada por el miedo.
       Entonces Yasic sujetó el rifle con todo su vigor para evitar una sorpresa, se agachó y observó la pierna derecha de Angustias. Sí, ahí estaban las huellas de los colmillos. Rápidamente corrió hacia el bulto en que llevaba las medicinas y prepare una inyección de suero antiofídico. Todo estaba esterilizado. En la selva no hay tiempo para hervir jeringuillas.
       Durante dos días Angustias estuvo entre la vida y la muerte. El suero butantán comenzó a hacer sus efectos visibles al día siguiente, pero fue sólo al segundo cuando Yasic se dijo que la mujer estaba ya fuera de peligro. Durante treintiseis horas, pues, durmiendo sólo a ratos, él estuvo atendiéndola, inyectándole suero cada cinco o seis horas y dándole agua todo el tiempo.
       Angustias quedó demasiado débil para reemprender la marcha antes de un descanso de por lo menos tres días. Los vómitos y el sudor incontrolables consumieron todas sus reservas de energía. Y aún después de esos tres días era difícil que pudiera caminar con los diez kilos de oro encima.
       Pero Yasic no se condolió de su debilidad y no le quitó una onza de peso a la carga que le había puesto en las espaldas.
       La mujer había cambiado de faz. El color se le había vuelto cadavérico; al secársele las carnes del rostro los huesos surgían como piedras, se le agrandaron los ojos y la boca, le brotaron los dientes. Miraba como una ausente. Enmarcada en un pelo sucio y caído, su cara era un anticipo de la muerte. A la hora de iniciar la marcha tambaleó y se cayó, y se quedó un rato largo con una mano apoyada en la tierra, porque no tenía fuerzas para levantarse de nuevo. Pedro Yasic la agarró por otro brazo —piel y huesos nada más— y le dijo sordamente:
       —¡Párese! No voy a amarrarle las manos; ésa es la única concesión que estoy dispuesto a hacerle. Pero camine; camine o la dejo aquí.
       La mujer levantó los ojos y en ellos se reflejaba el miedo de un perro que ha sido apaleado sin piedad. Sin decir palabra se puso de pie y echó a andar.
       A Yasic se le habían destrozado los zapatos y los pantalones; el resto de la ropa estaba mugrienta y en tiras. Sus ojos habían sido siempre hundidos y pequeños, pero en la selva, donde no tenía que disimular, despedían reflejos duros y parecían más hondos y brillantes. En su perfil de nariz larga y un tanto caída, la barba, que crecía y le formaba un manchón negro, iba componiendo el aspecto de una máscara maligna. Había enflaquecido notablemente, y él lo notaba en el cinturón, que necesitaba apretar a menudo, y en el peso de la carga, que se acentuaba en forma creciente.
       Dos días después de haber reemprendido la marcha, Pedro Yasic decidió esconder más oro. «Serán los otros cinco kilos de Salvatore», se dijo. Era una contabilidad macabra la que le llevaba al amigo muerto, pero él no lo advertía. Pensaba de manera natural que Angustias no tenía derecho al dinero del marido, puesto que lo había asesinado; y visto que él tenía que aliviarse de carga, podía ir dejando atrás la parte que correspondía a Salvatore. Eso sí, marcaba los sitios y los mantenía vivos en la mente, porque estaba seguro de que alguna vez volvería a recoger ese oro, y no se le ocurría pensar que lo recogería para Angustias, sino para él, para él solo, para él nada más. Los últimos cinco kilos los enterró al pie de un árbol de tronco gris que marcaba la frontera entre la selva y una sabana amplia.
       La sabana era un terreno bajo en que crecía alguna yerba, lleno aquí y allá de charcas de agua podrida en la cual se criaban sanguijuelas y otros animalejos. Abundaban las ranas y los enjambres de mosquitos parecían suspendidos en el aire. Caminar entre el agua y la yerba corta y dura era un martirio, pero había que cruzar esa tierra inhóspita para buscar un lugar apropiado donde dormir. La marcha fue haciéndose cada vez más lenta; los zapatos de Yasic eran ya sólo restos y el calor se hacía infernal.
       Fue imposible alcanzar la otra orilla de la llanura esa tarde y hubo que dormir en un pedazo seco, pero las nubes de insectos no les dejaron pegar los ojos.
       El rigor de la marcha había excitado a Pedro Yasic. Pensaba incesantemente en el oro, en los diez kilos que él llevaba y en los diez que llevaba Angustias. «Todo es mío, los veinte kilos son míos; los diez de Salvatore están enterrados. Los diez kilos que ella lleva y los diez kilos que llevo yo son míos, son míos, son míos».
       Desde que alumbró el sol se puso de pie y llamó a Angustias. Los árboles de la floresta se veían a la distancia, pero siempre estaban allá, lejos; siempre estaban lejos por mucho que ellos avanzaran.
       Yasic sentía hambre, pero su voluntad se imponía al hambre. Tenía que moverse, caminar, ganar camino. El y Angustias bebieron varias veces el agua de algunos huecos, un agua llena de gusarapos y renacuajos. Pero no pudieron comer, pues las aves que alcanzaban a ver levantaban el vuelo antes de que estuvieran a tiro. Llegaron a la zona de árboles demasiado tarde, cuando ya los pájaros estaban en sus nidos y cuando las fieras empezaban a dejar sus guaridas diurnas para salir de caza.
       Cuando Pedro Yasic abrió los ojos tras haber dormido de un tirón casi diez horas, su primer pensamiento fue buscar carne. Estaba hambriento y no podía esperar. Eso explica que disparara sobre una marimona.
       La mona era parte de una tribu que pasaba de rama en rama en una de las interminables marchas por las copas de los árboles que lleva a esas tribus a distancias enormes. Ella se había colgado con una mano de una rama y con la otra sujetaba a una criatura.
       Angustias estaba sentada con su carga a la espalda, tal vez a diez pasos de Yasic; le vio apuntar y levantó la cabeza en el momento en que él disparaba. Así, ella vio el monito atravesado por el tiro; vio la mona sujetar a su cría durante unos minutos y mirar a Yasic con los ojos más inocentes y más llenos de asombro que podían contemplarse en la tierra. Ella misma estaba atravesada por el vientre, pero por lo visto su asombro era tan grande que no sentía la herida. De pronto alargó el brazo con que sujetaba al desgraciado marimonito, y éste cayó como una piedra.
       Angustias levantó los brazos, se cubrió con ellos la cara y gritó. Fue un grito espantoso, que repercutió entre los árboles y provocó una cadena de gritos entre los monos. La marimona cayó también, pesadamente. Angustias se volvió, clavó en Pedro Yasic una mirada que él no olvidaría en mucho tiempo, y emprendió una carrera loca.
       —¡Mi hijo! ¡Han asesinado a mi hijo! —iba gritando.
       Yasic reaccionó de prisa. No conocía la historia del Quanza, pero sabía que Angustias era una loca, y esa loca huía por entre la selva llevándose la mitad de su oro. Sin detenerse a pensarlo corrió tras ella.
       —¡Angustias, vuelva o disparo; vuelva o disparo!
       Disparó procurando no acertar, con ánimo de asustarla y obligarla a detenerse. Pero la mujer no se detuvo. Se perdió en la floresta, y aunque dedicó el resto del día a tratar de dar con ella, Pedro Yasic tuvo que convencerse de que se había quedado solo en medio de la selva.



Capítulo XVII

       Mientras bebían calmosamente sus vasos de cerveza, los amigos de José Valenzuela hacían chistes.
       —¿Cuánto te dejó tu amigo el chileno? ¿Y cómo fue que Yasic no te dio el secreto antes de irse?
       Valenzuela sonreía bajo sus ojos tristes.
       —Bueno, nos dejó el secreto a todos, ¿no?
       Se refería a que la mayoría de la gente que vivía en aquel cerro bajaba al río en las primeras horas del día y retornaba al anochecer, y muchos se quedaban todo el tiempo en el nuevo campamento. Los que estaban en condición de hacerlo montaron canaletas de madera y lavaban valiéndose de métodos primitivos para levantar presión de agua, pero los que usaban sólo la batea sacaban lo suficiente para ir viviendo. José Valenzuela había sido bastante afortunado.
       —Dinos la verdad, José: ¿No te contó Yasic lo que pensaba hacer?
       —Si me lo hubiera contado me voy con él.
       —Es cierto —admitían todos.
       Y dejaban de hacer chistes; cambiaban de tono y pasaban a hablar de la audacia de Pedro Yasic, de cómo llegó a saber que ahí había tanto oro, de si saldría o no de la selva.
       —¿Cómo no va a salir? El que lleva esa cantidad de oro encima compra a las autoridades —opinaba uno de los presentes.
       Pero nunca faltaba gente discutidora que se dedicaba a defender el punto de vista opuesto por el gusto de ir contra la corriente.
       —No Sale. El italiano sólo conoce la selva hasta las fuentes del Madidi.
       —Pero de ahí en adelante se orienta con indios.
       —¿Con indios? Si esos tiñosos se dan cuenta de que llevan oro, los matan a flechazos. Ya los indios saben lo que vale el oro.
       —Yo apuesto a que salen. Ese chileno es capaz de salir del infierno.
       Toda las opiniones se reflejaban en el ánimo de José Valenzuela. Si oía una adversa creía que Pedro Yasic no podría salir de la selva, y eso le preocupaba; si oía una favorable, tomaba valor y pensaba que lograría escapar. A menudo se sentía molesto con él. Pedro Yasic tuvo la oportunidad de hacerlo rico y de sacarlo para siempre de Tipuani. Hacerse rico no significaba para José Valenzuela tener millones: un kilo de oro hubiera sido bastante —y dos kilos, mejor; y lo perfecto hubiera sido sacar cinco kilos; sí, eso hubiera sido lo perfecto—; algo con que llegar a Chile y poner un negocito allá, y organizar su vida en la patria para que Sara tuviera un ambiente adecuado y se casara con un chileno.
       En ocasiones José Valenzuela pensaba que Pedro Yasic fue egoísta al no confiarle su secreto, o a lo mejor dudó de la hombría de su amigo, creyó que él podía delatarlo. «No se dio cuenta de quién soy yo; me trató y no me conoció», pensaba. Pero si reflexionaba un poco se ponía en el lugar de Pedro y comprendía que había hecho bien en no confiarse a nadie. Por momentos —sobre todo cuando otros le discutían— se sentía contento de que hubiera sido un chileno el que había realizado la hazaña de irse con tanto oro. Si se emborrachaba se proclamaba orgulloso de que Yasic hubiera vivido en su casa.
       —Y si hay un valiente capaz de decir lo contrario, ¡qué se me ponga en frente! —gritaba desafiante.
       Entonces José Valenzuela dejaba de ser el hombre de paz, gordezuelo, de ojos tristes y movimientos despaciosos; su mirada se iluminaba con un resplandor de cólera que imponía temor, se plantaba con un pie delante del otro y se golpeaba el pecho. Al llegar tal momento, los amigos comenzaban a decir:
       —Pero si no es para tanto, Valenzuela. Déjate de esas cosas, José.
       En cierta ocasión, uno confesó:
       —Lo que pasa es que todos sentimos no haber sido Pedro Yasic para hacer lo que él hizo.
       Esa explicación apaciguó a José Valenzuela; y se sentó de nuevo, volvió a beber, y aunque acabó embriagado, no se puso a llorar como hacía antes, porque como había sacado oro suficiente para que Sara comprara lo que le hacía falta, no sentía la necesidad de llorar.
       Hablando con su hija del caso, Valenzuela, sin comprender la causa, pensaba que Sara estaba a la vez contenta por la hazaña de Pedro y adolorida por su ausencia.
       —Figúrate, papá, ¿te das cuenta de lo que representa en Chile la fortuna que se ha llevado? Podrá vivir en la patria como un rey —decía ella.
       —A mí me preocupa su suerte. No me gusta nada que le hayan echado atrás a un hombre tan fiero como ese sargento Arze.
       —¿Hombre fiero? Pero papá, si es sólo un cholo mugriento. Lo que va a suceder es que Pedro lo devolverá a Tipuani con unas cuantas nalgadas.
       Un rato después, como si no hubiera dicho todo lo que pensaba, agregó:
       —¿Pero cómo se le ocurre a ese bruto que él tiene pantalones para enfrentarse con Pedro?
       Mucha gente pensaba como ella. Un hombre capaz de hacer lo que había hecho Pedro Yasic no iba a dejarse atrapar por Juan Arze. Pero nadie tenía la seguridad que animaba a Sara Valenzuela.
       —Mira, papá, como Pedro hay pocos hombres en el mundo.
       En cuanto a Salvatore Barranco, su mujer, John Caldwell… ninguno de ellos preocupaba a Sara Valenzuela. No los había conocido y no los consideraba seres vivos, sino apenas nombres que no tenían ninguna significación. Para ella el único que se había llevado el oro y el único que cruzaría la selva era Pedro Yasic y nadie más que Pedro Yasic. Pedro era su héroe. Contrabandeando oro o vendiendo zapatos, cruzando la selva o navegando en avión, viviendo como aventurero o como maestro de escuela, él era su héroe. Sara no lo sabía, pero Pedro Yasic había sido el vengador de Valenzuela, el que podía hacer —y estaba haciendo— lo que su padre jamás haría.
       Juan Arze, en cambio, representaba todo lo que Sara odiaba y despreciaba, aunque ella misma no se diera cuenta. El sargento era la encarnación de esa autoridad que le prohibía a José Valenzuela vender libremente el oro que sacaba de la tierra, la que lo mantenía prisionero en Tipuani y lo separaba para siempre de Chile —Chile, Chile, como un sueño de todos los días y todas las noches; un sueño para el padre y en consecuencia para ella—; y Juan Arze era también el apetito sin disfraz, el hombre que se creía lleno de méritos sólo porque era hombre, esa especie animal en dos pies que tenía un sudor de olor agrio.
       Sara no podía separar a Yasic del sargento; el uno era la contraparte del otro, y hablando de Pedro aludía a Arze.
       —Hombre completo, papá; eso es lo que es Pedro. Con su apariencia de infeliz, no me engañó nunca. Me di cuenta desde que vino a esta casa de que era hombre completo. Y sin alardes, papá. Fíjate que no gritaba ni sacaba el pecho como algunos desgraciados que tú y yo conocemos. Estaba preparando su plan y no le importaba lo que nadie pensara de él.
       —Sí le importaba, hija. No quería que nadie sospechara la verdad.
       —Bueno, eso sí; pero yo digo en otro aspecto.
       —Lo que encuentro raro es que también fuera así conmigo. No le costaba nada decirme antes de irse dónde estaba ese oro.
       —Si te lo hubiera dicho a ti se lo hubiera dicho también a otros. ¿Por qué tenía que decírtelo a ti y callárselo a los demás?
       —Porque yo era su amigo y su compatriota. Se lo dijo al italiano ése, que no era nada suyo.
       —Pero necesitaba al italiano para salir de la selva. Tú no le hubieras servido para salir de aquí, ¿verdad?
       José Valenzuela se daba cuenta, pero no estaba satisfecho. «Un kilo de oro, un kilo solamente —o dos, y mejor cinco, cinco hubiera sido lo perfecto—, y con eso hubiera yo tenido lo necesario». Su hija le veía bajar los ojos, dejar la mirada flotando sobre el suelo, los dedos entrelazados sobre el vientre, la boca caída.
       —No te apures, papá; no van a coger a Pedro. Tú verás que un día de éstos nos llega una carta suya desde Chile.
       Que él le escribiera algún día era cosa en la que pensaba a menudo. ¿Volver a verlo, hablar con él, estar a su lado? Eso no le hacía falta. Pero saber de él sí, y estaba segura de que sabría de él pronto.
       De vez en cuando María Hinojosa salía de su casa; al verla, Sara se metía en la suya como si tuviera algo urgente que hacer. Sara sospechaba que María estaba ligada a Juan Arze aunque no supiera cómo, y su instinto le decía que María procuraba hablar con ella para saber algo del sargento. Su desprecio por el sargento alcanzaba a todos los que tenían algo que ver con él, aunque se tratara de gente que, como María Hinojosa, llevara con Arze relaciones que ella no alcanzaba a definir.
       Recordaba vivamente, y con asco, la expresión de Juan Arze el día que se conoció en Tipuani la fuga de Yasic; recordaba su cara repugnante, su mirada de rencor cuando ella le preguntó si le dolía que el chileno lo hubiera engañado. «Qué lástima no haber sido hombre para haberle pegado en la cara», se decía. Pero se consolaba pensando que cuando se encontrara con Pedro en medio de la selva —si lo encontraba—, iba a recibir la lección que le hacía falta.
       De buenas a primeras llegó a Tipuani la noticia de que el sargento Arze estaba en Mapiri y que allí había dado cuenta de que sobre la pista de los fugitivos había hallado el cadáver de un hombre que no era ni Pedro Yasic ni Salvatore Barranco; por otra parte, el sargento aseguraba que de acuerdo con la pista, Yasic, Barranco y la mujer de este último se dirigían hacia el norte, lo cual indicaba que estaban buscando el camino de Sorata.
       En pocas horas todo el cerro se hallaba enredado en discusiones y comenzaron a cruzarse apuestas entre los simpatizantes de Yasic y los que deseaban que fracasara: que si cogían a los fugitivos, que si no los cogían; que si el muerto era un americano que andaba de misionero por la selva, que si era un explorador perdido, que si era un cazador de San Carlos.
       En medio del tejido de suposiciones y apuestas, Sara Valenzuela quedó anonadada. Temió y dudó, ella que no conocía la angustia de la duda. No le preocupaba el muerto, porque pensaba que no era Yasic y que de haber sido él Juan Arze lo habría comunicado lleno de satisfacción; le preocupaba que hubieran cogido la pista de Pedro. Ella vivía en Tipuani desde su infancia y conocía muchas historias de la selva; ella sabía que cuando un baquiano halla una pista es muy difícil que la pierda, y sabía que los perseguidores andan siempre más de prisa que los perseguidos.
       Sara Valenzuela comenzó a sentirse presa de sí misma. Era su mal que no había aprendido a sufrir sin actuar, y en ese caso no podía actuar en favor de Pedro. Se sorprendía despierta a media noche pensando qué debía hacer; se oía a sí misma hablando con el padre, que la escuchaba con pena.
       —Pero papá, ¿no podemos hacer algo? ¿Vamos a quedarnos cruzados de brazos mientras Pedro corre peligro?
       Sin saber por qué, comenzó a odiar a María Hinojosa; la odiaba y se sentía llena de deseos de ir a su casucha para maltratarla. Algo le aseguraba que esa mujer tenía su destino ligado a la persecución de Pedro, y por esa razón debía sentirse alegre al saber que Pedro estaba a punto de ser cogido.
       Un día, muy de mañana, mientras José Valenzuela estaba fuera, llegó un amigo suyo preguntando por él. Como no lo encontró le dejó recado con Sara.
       —Dígale que acabo de ver al sargento Arze en el cuartel. Llegó esta madrugada, según me dijeron. Tal vez traiga noticias del chileno que vivía aquí.
       Sara sintió que se le enfriaba el alma. Miró al hombre hasta el fondo de los ojos para darse cuenta de si se trataba de algún amigo de Juan Arze que el sargento enviaba con el propósito de burlarse de ella. Pero no era así.
       —Gracias; yo se lo diré —aseguró, simulando una serenidad que estaba lejos de sentir.
       Todo lo contrario: un tumulto de emociones y pensamientos se había desatado de golpe dentro de ella. Resolvió ir inmediatamente a la policía y hablar con Juan Arze. Aunque tuviera que tragarse su repugnancia, hablaría con él; le preguntaría qué había sucedido, trataría de saber de su boca si había asesinado a Pedro Yasic o si llegaba en busca de refuerzos para seguir la persecución. Se aliviaba por momentos pensando que el sargento no era el hombre capaz de matar a Pedro. Sin perder un minuto se puso a escoger el mejor vestido y empezó a vestirse. En eso oyó pasos y salió.
       Allí, en la puerta, estaba Juan Arze en persona.



Capítulo XVIII

       Pedro Yasic había penetrado en una vasta zona húmeda cruzada de ríos torrentosos que corrían hacia el sur. Él estaba seguro de que se dirigía al norte y no tomaba en cuenta que las aguas iban hacia el sur por su izquierda. Como nunca había oído hablar de que los que se pierden en la selva describen un gran círculo sobre su lado izquierdo, no paraba atención en ese detalle.
       Pedro Yasic confiaba en su decisión y su voluntad, y no dudaba ni por un segundo de que estaba haciendo lo que debía hacer. Solo en medio del mundo vegetal que le rodeaba —un mundo lleno de hojas y ramas, rumoroso y oscuro, con raíces pero sin cielo—, sabía que su vida dependía de él, y nada más que de él. Había caminado un día y otro obstinadamente, descalzo, con la ropa destrozada, llevando a cuestas sus diez kilos de oro, su hamaca, las medicinas, el fusil, las municiones, el machete y el cuchillo. Había perdido el mosquitero, que le fue arrebatado por un golpe de viento y se desgarró cuando quiso recuperarlo.
       En los primeros días perdió mucho tiempo debido a que no se acostumbraba a andar descalzo; las espinas y las ramas pequeñas le causaban molestias. Sufrió también con el frío. El surusu comenzó a presentarse y con su soplo las temperaturas bajaban tanto como en los inviernos del sur de Chile. A menudo la violencia del viento abría grandes surcos de árboles derribados a su paso.
       Una tarde Pedro Yasic vio un puma sobre un tronco caído. El árbol se cruzaba en el camino de Yasic y el puma clavó en Pedro una mirada amarilla, fija, de hielo. Parecía listo a saltar sobre él. Pero Yasic no se asustó. «Estos gatos grandes no atacan a la gente», se dijo. Y de pronto abrió los brazos, dio dos saltos golpeando con fuerza el suelo y profirió un grito espantoso. El animal, sorprendido, huyó en el acto, y Pedro siguió su camino sin recordar más el incidente.
       Otro día quiso cortar camino metiéndose en un paso cenagoso, y cuando tenía el denso y hediondo líquido a las rodillas vio moverse lo que creyó que era un tronco podrido. El tronco emergió, se volvió y avanzó hacia Yasic. Cuando cayó en cuenta, tenía frente a sí un enorme cocodrilo. Sin perder el ánimo, tomó su fusil por el cañón y golpeó con la culata la cabeza del animal. La repugnante bestia abrió la boca, como para enseñarle a Pedro los dientes poderosos; a seguidas giró lentamente y se alejó.
       No eran las fieras, sino las enfermedades y el hambre lo que preocupaba a Pedro Yasic, y sobre todo el hambre, pues si era cierto que la selva estaba llena de animales que él podía cazar, sucedía que no sabía cuanto tiempo iba a tardar en salir a lugares civilizados y no quería malgastar sus cartuchos. Para economizar tiros sólo disparaba a animales grandes, porque así estaba seguro de que acertaría y de que tendría carne todo el día; y no trataba de guardar carne de un día para otro debido a que dormir con carne fresca era peligroso; atraía las voraces hormigas, los roedores —de los cuales había numerosas variedades— y las fieras.
       A veces veía grupos enteros de árboles en cuyas ramas pendían los perezosos como frutos lanudos; otras veces veía pasar cerca alguna veloz culebra o el ruido de su paso hacía levantar el vuelo a una bandada de pájaros multicolores. Los monos aparecían en familias; con frecuencia se le acercaban, le miraban durante un minuto con sus ojillos inquietos y penetrantes, y de pronto huían por lianas y ramas llenando la selva de chillidos.
       Yasic había aprendido a colgar su hamaca temprano a fin de asegurarse una relativa protección a la hora de dormir, y temprano, en la zona húmeda en que había penetrado desde que se quedó solo, significaba a las cuatro de la tarde; eso quería decir que sus jornadas eran cortas, y en ocasiones avanzaba muy poco porque tenía que orillar un bañado o desviarse a causa de un grupo de árboles derribados por el surusu o a causa de que llegaba de improviso al cañón de un río.
       El mayor de los contratiempos era la pérdida de tiempo, y a su juicio ahí estaba también el peor de los peligros, puesto que su resistencia podía agotarse antes de que pudiera llegar a un punto en que le fuera fácil alimentarse y descansar. Ese punto tenía que ser fuera de Bolivia, ya que en territorio boliviano sería perseguido.
       He ahí otro de los peligros: ir a dar en una plantación dentro de las fronteras bolivianas, y ese peligro no era remoto dado que Angustias podía haber caído en algún puesto fronterizo, en manos de alguna patrulla o en un lugar donde hubiera gente que se enterara, por Angustias, de que él llevaba encima oro.
       A veces el recuerdo de Angustias lo atormentaba sin cesar horas y horas. «Debí haberla matado; fue una debilidad mía dejarla viva», se decía; y casi inmediatamente pensaba que no hubiera podido matarla, que jamás mataría a alguien si no era en defensa de su vida. «Era una pobre loca; matarla hubiera sido un asesinato». Además, ¿qué provecho le habría sacado al crimen? «Ninguno, porque yo no hubiera podido cargar veinte kilos de oro. Se llevó diez kilos de oro; diez kilos de oro, de oro, de oro. ¡Qué loca maldita esa mujer! Diez kilos de oro; y de oro mío, mi oro, mi oro».
       Si Angustias no hubiera sido una loca, Salvatore Barranco los habría sacado de la selva en quince días. ¿Cómo se explica que esa mujer lo dejara morir así, tan fríamente? Claro, estaba loca. «Loca desgraciada, ¿por qué huiste? ¡Mi hijo, han asesinado a mi hijo! La asesina eras tú; tú fuiste la que mataste a ese pobre muchacho… El pobre muchacho». Yasic oía el tiro y volvía a ver a John Caldwell con la sangre salándole a caños por encima de la nuca; con el cuerpo moviéndose todavía. «Debí haberla dejado morir cuando la picó la culebra. Qué tontería, gastar el suero butantán en esa maldita loca».
       Pero la escena que con más vigor mantenía en sus recuerdos era la de la mujer huyendo. Le asaltaba con amarga persistencia la visión de Angustias perdiéndose entre los troncos, aquella visión repugnante de vestido negro, de negro pelo suelto y el bulto de oro en la espalda. «La culpa fue mía, mía y de nadie más. No debí soltarle las manos; si le hubiera mantenido las manos amarradas no habría podido huir».
       Un día se presentaron las lluvias, las interminables lluvias amazónicas. El agua caía a chorros aquí y allá, por los huecos que dejaban las hojas de los árboles; mojaba los troncos y después corría por ellos hasta perderse en la hojarasca que cubría el suelo.
       Con las lluvias comenzaron a aparecer insectos que Pedro Yasic había visto antes muy de tarde en tarde. De entre las hojas podridas del suelo y de los troncos salían gusanos, lombrices, arañas, escorpiones. Los mosquitos parecían multiplicarse por millones, y Pedro Yasic no tenía mosquitero. Se hizo menos frecuente el vuelo de los pájaros y ya no se veían tantas luciérnagas de noche. Una lluvia de todo un día —que caía pesadamente llenando la selva de un interminable ruido sordo y triste—, le mojó el paquete de las medicinas y las cajas de fósforos que le quedaban.
       Pronto aprendió que la humedad propiciaba la aparición de un hongo que destruía la tela. En su hamaca comenzaron a destacarse manchas de un moho gris de bordes verdosos, y en cosa de días la hamaca estaba tan podrida que se rompía con su peso. No la tiró porque pensó que le serviría como el colchón de una cama; pero no era lo mismo dormir a cierta altura que en el suelo, aunque limpiara con todo cuidado el sitio donde iba a echarse, pues la hamaca tendida entre dos árboles dificultaba el ataque de las culebras y el de ciertos insectos.
       Al quedarse sin fósforos, Pedro se halló desvalido. Su única alimentación era la carne. Al principio tumbaba frutas a tiros; después que decidió economizar municiones tumbó algunas a palos, pero un día, antes que la fruta cayó a sus pies una enorme araña negra, y desde entonces se atuvo a la carne sola; y tenía que comerla cruda porque no podía hacer fuego. Se hizo el hábito de picar la carne a cuchillo hasta hacer con ella una masa que llevaba en la mano mientras caminaba, comiéndosela poco a poco. En los primeros días le asqueaba la carne cruda, pero acabó acostumbrándose a ella.
       En medio de la marcha o acostado, se decía sin cesar: «Yo salgo de aquí; yo salgo de esta selva». A veces lo decía en alta voz y le resultaba chocante oír su voz que resonaba en la soledad. Ignoraba cómo saldría, pero estaba seguro de que lo haría. Lo único que podía impedirlo o retardarlo era que perdiera la salud. Si se mantenía sano vencería a la selva; y él había sido siempre sano.
       Mas he aquí que enfermó; enfermó del temible mal amazónico, el paludismo. Y como se había debilitado por la escasa alimentación, la enfermedad avanzó de pronto en su sangre con una violencia que lo anonadó. Sólo la quinina podía curarlo, pero al abrir el paquete de las medicinas se asustó: la lluvia había penetrado también allí; la quinina iba en cápsulas de un material sensible a la humedad; ese material se había deshecho y junto con la droga formaba una pasta rojiza.
       ¿Cómo podía él saber qué cantidad de quinina debía tomar, si ya no era polvo ni estaba medida en cápsulas?
       Debilitado por el ataque del mal, estuvo horas enteras viviendo la anticipación de la muerte. Pues sin medicina, el paludismo lo mataría. «Y me voy a morir aquí como un animal sin haberle escrito a mamá, sin haberle dicho que su hermano murió. Esta fiebre me va a repetir y me va a matar, y me va a repetir el frío y me voy a morir como un perro y nadie va a saberlo. Lo que tengo que hacer es esconder el oro para que nadie lo encuentre, que no lo encuentre nadie, nadie».
       Se sentó sobre una raíz, porque se cansaba. Le hacía falta aire para respirar y sintió sueño. Pero no quiso dormirse. Oía la brisa agitando hojas y un canto de pájaro, uno solo, repetido sin cesar. Volvió a ver la quinina. Tal vez se había equivocado; tal vez quedaban cápsulas enteras; tal vez lo que se había dañado era otra medicina. «No, aquí está la condenada, echada a perder. Bueno, ¿qué voy a hacer? ¿Voy a llorar, voy a quejarme? No, me la voy a comer así como está; me la voy a ir comiendo poco a poco así como está. No va a matarme. Si fuera veneno no serviría para curar».
       Con las uñas del pulgar y del índice derechos sacó un poco de la pasta y se la llevó a la boca. La droga era insoportable, amarga hasta lo indecible, y además casi quemante. Como no tenía agua se fue tragando la pasta con la saliva.
       Durante unos días contuvo el mal, pero no lo dominó. Mientras tomó quinina los ataques fueron tan débiles que apenas los sentía. Algo le producía mareos, zumbidos, náuseas. Le parecía que tenía los oídos taponados y le daba trabajo mantener el equilibrio mientras caminaba. Pensó que en cualquier momento podía perder la conciencia: «y si me encuentran inconsciente me van a quitar el oro sin que tenga fuerzas para defenderme, sin que pueda evitarlo. Debo esconderlo. Tengo que esconderlo. Tengo que esconder el oro».
       Se repetía y se repetía que debía esconderlo, pero prolongaba el tiempo y no lo hacía. Se tranquilizaba diciéndose que lo escondería cuando diera con un sitio fácil de reconocer. «Porque voy a volver, volveré a buscarlo; aunque sea dentro de veinte años, volveré a buscarlo». Ya no pensaba en la casa del Barrio Alto de Santiago, sino sólo en salvar el oro, en dejarlo en algún lugar seguro y retornar por él cualquier día, un día sin término. Pero cuando se dio cuenta de que el paludismo volvía con más vigor, se convenció de que no podía seguir cargando su tesoro.
       Así, al cruzar un arroyo vio que del otro lado había un pequeño alto, y en él una piedra color de barro, en forma de huevo y de medio metro de altura. «Si hay inundación, esa piedra va a quedarse ahí. Esa piedra no va a irse de ahí y nadie sospechará que debajo puede haber oro», pensó. Llovía, con la lluvia gruesa y tenaz de la selva; pero él se puso a cavar bajo la lluvia y cavó hasta más de un pie de profundidad. Había resuelto esconder seis kilos de oro y seguir con cuatro; sin embargo, al meter las bolsas en el hoyo no pudo resistir el impulso de cambiar las cifras. Cuando se alejaba de allí llevaba encima seis kilos porque había enterrado sólo cuatro.
       Con seis kilos de oro saldría de la selva, se iría al Perú, si alcanzaba a llegar a Iquitos, o a Belém do Pará si lograba bajar por el Madre de Dios hasta el Amazonas; y después se iría a Chile y haría un negocio cualquiera, no para ganar dinero sino para conservar el que hubiera llevado; y cuando estuviera sano otra vez, volvería a buscar todo el oro, todo, sin dejar un tomín, sin dejar un grano. «Lo reuniré todo para hacerle la casa a mamá».
       Como no podía verse a sí mismo ignoraba que la enfermedad y el hambre habían hecho estragos en él. Tenía los ojos cada vez más hundidos y sólo les quedaba el brillo metálico de otros días. Las sienes eran dos hoyos alarmantes; la frente era una mancha amarillo verdosa, más verde que amarilla; los pómulos le sobresalían junto a la crecida barba. Vino a darse cuenta de cuál era su grado de debilidad cuando dos días después quiso matar un capibara de tamaño mediano que estaba comiendo a veinte pasos de distancia. Al levantar el rifle notó que no podía dominarlo. Los brazos le temblaban en forma incontrolable y la mira se movía sin cesar ante sus ojos, de arriba abajo, de derecha a izquierda. Sintió cólera y disparó. El capibara saltó, herido en el cuello. Pedro corrió y lo ultimó a machetazos, pero el esfuerzo le dejó exhuasto.
       Cuando comió y descansó se halló hablando en voz alta.
       —Si me muero, que no caiga mi oro en manos de nadie, de nadie. Hoy mismo voy a esconder el que me queda; hoy mismo. No quiero que lo coja ni mi hermano Federico; ni él ni nadie.
       Y de pronto se sorprendió de que la imagen de Sara apareciera en su mente. Sara y Valenzuela estaban en alguna parte de su imaginación.
       —Ah, ella sí; sería mejor que ella lo cogiera —dijo.
       Al anochecer se le presentó el ataque del frío palúdico. El frío era mortal; daba la sensación de la muerte; le hacía temblar de tal manera que saltaba, acostado en el suelo; y aun así hablaba en voz alta repitiendo:
       —Nadie se quedará con mi oro, nadie, nadie.
       Estaba ya semidesnudo. De la camisa le quedaban pedazos de mangas, el cuello y algunas tiras que le cubrían el pecho y la espalda, y esos pedazos no tenían color, tanta era la suciedad que los cubría; del pantalón sólo restaban partes atrás y al frente, y el resto era jirones. Estaba descalzo, con los pies hinchados y llenos de rajaduras fétidas y dolorosas. El pelo fino y escaso le caía por la nuca y se le pegaba al pescuezo.
       —No hallarán mi oro. Ni Federico ni Sara ni nadie hallará mi oro.
       Al día siguiente, después de la fiebre y la sudoración, escogió un tronco de árbol que le pareció fácil de identificar y hoyó con el machete, pero esa vez no con el cuidado con que lo había hecho en ocasiones anteriores. Titubeó un poco al echar las bolsas de nutria en el hoyo. «Voy a quedarme con una; con dos. Debo quedarme con dos, por si tengo que pagarle a alguien que me ayude a salir de aquí».
       Era la primera vez que pensaba en la posibilidad de que alguien podría ayudarle a salir vivo de la selva, pero él no se daba cuenta del cambio que había ido operándose en su alma. Va no era el hombre que se bastaba a sí mismo, solo y fuerte en medio de la soledad. Volvió a hablar en alta voz:
       —Sí, necesito dos por si hay que pagarle a alguien.
       El esfuerzo de hablar era grande, pero debía hablar para sentirse a sí mismo. Le parecía que estaba más vivo si hablaba, y además, al hacerlo celebraba un compromiso consigo mismo, hacía algo que lo obligaba a mantenerse activo.
       —Dos; tengo que quedarme con dos.
       Se quedó con dos, y como resolvió abandonar el bulto y la hamaca y todo lo que le quedaba, menos el fusil, cuatro tiros y el cuchillo, se encontró con que no tenía cómo llevar las dos bolsas de nutria que contenían el oro. Hasta entonces había cargado el oro en el bulto, pero el bulto estaba ya podrido. Y tenía que llevar el oro; tenía que hacerlo. ¿Pero cómo?
       Pensar en esa nimiedad le daba trabajo y le producía angustia. Se sentía incapaz de hallarle solución a un problema tan pequeño. «Es la debilidad. Estoy débil y no puedo pensar. Estoy muy débil. Si estuviera en casa, en Puerto Montt, me sentiría bien, no estaría débil». Y de pronto, en forma extraña, como si estuviera sucediendo fuera de él, en otro espacio, en una especie de sueño, vio la punta de su cuchillo penetrando por una de las fundas; penetraba y le hacía un agujero y volvía a penetrar y le hacía otro. «Ah, sí, para llevarlas en el cinturón; sí, en el cinturón. Lo haré después, voy a hacerlo después», se dijo. Sabía que si se hubiera propuesto hacerlo en ese momento no iba a poder, no podría; las manos no le responderían, los ojos no le responderían, nada le respondería.
       Llovía. Era una lluvia tenaz, gris, fría. Yasic se puso de pie y caminó tambaleándose, sin explicarse cómo lo hacía. Llevaba el fusil en una mano, el cuchillo en la cintura y en la otra mano las municiones y las bolsas de nutria. Caminaba bajo la lluvia como un sonámbulo, como un loco, la mirada perdida en lo alto, el paso inseguro. Sentía que del pecho hacia arriba iba como volando, llevado por el aire, y que del pecho hacia abajo su cuerpo no era suyo, no tenía nada que ver con él. Y de pronto vio un claro, una especie de sitio iluminado como si no hubiera árboles; un claro color de humo, de nube; un resplandor por entre la lluvia. Le pareció que pensaba que por ahí podía haber una casa; que alguien alguna vez le había dicho que en la selva construyen las viviendas en lugares sin árboles, o que tumban los árboles, o que no hay árboles, o que los árboles y las viviendas y los ríos… Pero él iba volando del pecho hacia arriba, y hacia abajo tambaleaba.
       Había un recuerdo, un recuerdo. ¿Qué era? ¿Su mamá o Sara? Ah, sí, el claro podía ser de una casa; y sintió un calor interior que le daba vida, algo que volvía de allá atrás, de una niebla. Trató de no tambalearse más, de no seguir sintiendo que su cabeza volaba y su cuerpo no. Él era Pedro Yasic y tenía que llegar. Iba a un punto y tenía que llegar. ¿Adónde tenía que llegar; adonde iba? Pero llegó, y al llegar oyó el rodar del agua.
       —Es un río, un río —soplaba más que decía.
       Era un rio, lo cual no significaba nada para él. Había millares de ríos en la selva, y ése era uno más, uno como todos. Luego, él estaba en la selva. Un río y nada era lo mismo; un río y la selva era lo mismo, un río y la soledad era lo mismo. Además, la orilla era de barro; ni siquiera tenía arenas para dormir en ellas. Y él necesitaba dormir. ¿Dormir? ¿Qué era dormir? Y de pronto Pedro Yasic vio surgir una sombra de aquel seno gris.
       —¡Jey, jey! —gritó.
       Quiso levantarse sobre las puntas de sus pies y sacudió el fusil.
       —¡Jey, jey! —volvió a gritar.
       Le pareció que la balsa había refrenado su marcha; le pareció que un leco miraba hacia él. En medio de su confusión recordó que llevaba las bolsas en la mano. «Me lo van a quitar; me van a quitar el oro, mi oro, el único oro que me queda», pensó. Y rápidamente, con la rapidez y la torpeza de un hombre que no gobernaba sus pensamientos, tiró las bolsas lo más lejos que pudo; lo más lejos: a menos de un metro. Volvió la mirada y las vio allí, tan cerca, que sintió miedo; miedo como si las bolsas hubieran sido una culebra que iba a saltar sobre él. Entonces corrió agitando el fusil y dando gritos; corrió hacia el río como si hubiera resuelto lanzarse en él.
       El esfuerzo consumió sus últimas energías. Cayó de bruces y ya no supo más de sí.



Capítulo XIX

       José Valenzuela, que había salido muy temprano de su casa, volvió casi inmediatamente. La hija pensó que había olvidado algo, pero no era así; había retornado para darle una noticia.
       —Sara, trasladan al sargento Arze para La Paz.
       —¿Ah sí? ¿Y cuándo?
       —Hoy mismo. A mediodía sale hacia Mapiri.
       —Ahora me explico —comentó Sara con aire dubitativo.
       —¿Qué cosa?
       —Los preparativos de viaje de María Hinojosa.
       —¿Y qué tiene que ver María Hinojosa con el traslado del sargento Arze?
       —Pues que es su mujer.
       José Valenzuela se caía del nido.
       —No tenía la menor idea —comentó.
       La hija se quedó un momento concentrada en algún pensamiento que el padre desconocía. En los últimos tiempos le ocurría a menudo que la mirada se le fijaba en un punto inexistente, y todo el rostro se le transformaba como si de golpe le faltaran el aire y la luz. De súbito volvió a ser la de siempre.
       —Papá —dijo—, ese traslado de Arze me parece muy raro.
       —¿Por qué?
       —¿Has oído algo sobre Pedro? ¿No crees que el traslado tenga que ver con Pedro?
       —¿Y por qué ha de tener relación con él?
       —Tú sabes que sí, y por eso has venido a darme la noticia. Di la verdad, papá.
       —Sí, vine a darte la noticia porque pienso lo mismo que tú, pero no sé nada, no tango la menor idea de lo que le haya pasado a Pedro.
       —Papá, el día que ese cholo vino de perseguir a Pedro se me presentó aquí. ¿Sabes a qué venía? A proponerme matrimonio. Me dijo que iba a dejar de ser policía del Banco y que si me casaba con él pondría un comercio en La Paz. Se me hizo sospechoso, papá, y le pregunté por sorpresa dónde había conseguido dinero. ¿Cómo crees tú que podía haberlo conseguido? Sólo matando a Pedro y quitándole el oro.
       José Valenzuela se sentía confundido. Preguntó:
       —¿Te dio a entender que tenía mucho?
       —Sí, porque si no, ¿cómo iba a poner un negocio en La Paz?
       Valenzuela era propenso a dejarse llevar por la última impresión.
       —Puede ser como tú dices —dijo, el rostro pesado y la mirada en el suelo.
       Pero Sara tenía el hábito de ver los problemas desde varios puntos de vista.
       —Lo único que me da alguna esperanza es que si ese cholo hubiera matado a Pedro no se lo callaría. Es demasiado vanidoso para quedarse callado —dijo.
       —Puede ser. Tal vez tengas razón. De todas maneras, es raro que el baquiano y el policía que iban con Arze no hayan dicho nada. Si él hubiera matado a Pedro, uno de los dos lo sabría.
       —Sí, pero se ha hablado de un cadáver con un tiro en la cabeza. ¿Quién era ese muerto? ¿Tú qué crees, papá?
       —Hija, tú me has puesto a dudar. Ahora estoy en la duda.
       —Pero papá, no se puede vivir así; yo no puedo vivir sin saber a qué atenerme. Hay que hacer algo.
       Valenzuela miró a su hija. Le sorprendía el brillo de pasión y de amargura que advertía en sus ojos. Yasic era su amigo, el amigo suyo y de ella, y su paisano, y había vivido ahí, con ellos; pero eso no justificaba la pasión de Sara. De todas maneras, debía calmarla.
       —Bueno, mi hija, tranquilízate —dijo—. Voy a averiguar, pero tranquilízate. Me parece difícil que un hombre como el sargento Arze haya matado a Pedro y se lo calle. No olvides que además de matar a Pedro tenía que matar al italiano.
       Sí, papá; pero a mí no me importa el italiano. Muévete, averigua, haz algo.
       Valenzuela salió y Sara, asomada a la puerta, le siguió con los ojos. Creía que se ahogaba. Durante días, desde que oyó a Juan Arze decirle que tenía dinero para poner un negocio en La Paz, había vivido agobiada y sin atreverse a hablar de su preocupación; pero tan pronto habló de ello a su padre comenzó a sentirse en defecto porque no actuaba. Hablar no la había liberado, sino que la había lanzado a la necesidad de hacer algo que pudiera favorecer a Pedro.
       Instintivamente, sin ningún propósito, miró hacia la casucha de María Hinojosa, acaso con la esperanza de que Juan Arze estuviera por allí. A quien vio fue a María, con un traje nuevo y rodeada por los niños, que también tenían ropa nueva. Sin duda la familia Hinojosa estaba lista para irse a La Paz. De súbito Sara Valenzuela decidió hablar con María y se dirigió a ella. María la vio acercarse con cierto asombro, porque nunca había ido Sara a visitarla. María le veía el aire de persona que va a tratar algo serio, y dejó de hablar con los niños. En un minuto más, Sara Valenzuela estaba frente a ella y la miraba con ojos profundos y resueltos.
       —Quiero hablar contigo, María —dijo.
       —Cómo no. Es un gusto verte en esta casa, Sara. Muchachos, hagan el favor de dejarnos solas.
       Sara tomó asiento sin dejar de ver a María Hinojosa, fijamente. A María le parecía que la muchacha había perdido de golpe su natural encanto femenino.
       —Oye —dijo Sara—, quiero que me digas la verdad. Si me la dices te guardaré el secreto, por duro que sea. ¿Mató Arze a Pedro?
       María Hinojosa sintió que terminaba una tarea larga y fatigosa y que podía descansar. Había pensado que se trataba de otra cosa; había temido que Sara iba a hablarle de Juan Arze, a decirle algo que iba a destruir sus ilusiones, el viaje a La Paz, los sueños de vida nueva que tenía por delante. Suspiró como quien llega al final de una jornada terrible.
       —¡Ay, hija, qué susto me has dado! —exclamó— Creí que era otra cosa.
       —¿No lo mató? ¿Te ha contado Arze lo que pasó entre él y Pedro?
       María Hinojosa se sentía de súbito maternal. Ahí, frente a ella, con la expresión de la angustia en la faz, estaba esa joven cuya vida quiso ella vivir. Le daba pena verla sufrir, y sin duda que sufría.
       —Pero muchacha —dijo—, ¿por qué te preocupas así? Sí, me lo contó. El no vio a Pedro. No pasó lo que tú supones, gracias a Dios.
       —¿Me lo juras? ¿No te habrá mentido Arze?
       —Sé que no me ha mentido y te lo juro por la vida de mis hijos.
       Sara seguía mirándola de frente, pero María advirtió un cambio en la luz de sus ojos, y le pareció también que en los labios de Sara se esbozaba una sonrisa que no llegaba a cuajar.
       —Te vas a La Paz, ¿no? —la oyó preguntar.
       —Sí, me voy con los muchachos. ¿Cómo lo sabes?
       —Me lo dijeron.
       —Arze va con la idea de dejar el empleo y poner un negocio.
       —Sí, eso oí decir.
       Sara se puso de pie. María se levantó también; cogió a la muchacha por los codos y se inclinó sobre ella, como si fuera a besarla. No sabía qué le pasaba a Sara. Conocía la inclinación de Juan Arze hacia ella y estaba enterada de que le había propuesto matrimonio, pero no podía sentirse celosa. La hallaba bonita, atractiva, simpática. Hubiera dado la mitad de su vida por haber sido Sara Valenzuela en vez de María Hinojosa. Sara esquivó el beso y se alejó sin volver la cara. Despreciaba todo lo que tuviera relación con Juan Arze y las cosas no habían cambiado porque supiera que Arze no había dado muerte a Pedro Yasic.
       Al llegar a su casa vio las habitaciones, pequeñas y pobres, arregladas y limpias, y pensó que allí no tenía nada que hacer y que ella necesitaba hacer algo, algo que la distrajera. Aunque Juan Arce no hubiera asesinado a Pedro, ella estaba segura de que a Pedro le sucedía algo.
       —Ay Virgen del Carmen, ayúdalo; no dejes que le pase nada malo —dijo en alta voz, con los ojos puestos en alto.
       Se sentía agobiada, casi exhausta, como persona que durante largo tiempo ha llevado una carga por dentro, y no podía sentarse a descansar, echarse a dormir. «Déjame ver si el vestido azul tiene todos sus botones. Me parece que se le estaba cayendo uno», pensó. Y ya iba a buscarlo cuando oyó la voz de su padre.
       —¡Sara, Sara!
       Sonaba emocionada, lo cual quería decir que llevaba una noticia importante. Sara se asustó y corrió a la puerta. Pero mientras corría gritaba:
       —¡Estoy aquí, papá; aquí estoy!
       Efectivamente, José Valenzuela llegaba con novedades.
       —Mira esto. Míster Forbes me ha mandado este papel.
       Ella tomó la esquela y la leyó de prisa, buscando el final, buscando un dato que le diera luz. Pero no había explicación ni dato. Simplemente, el viejo Forbes le pedía a Valenzuela que fuera a su casa, que usara la balsa en que le había enviado el recado y que si podía, llevara con él a su hija.
       —¿Qué te parece, hija? ¿Qué crees tú que sea?
       —¿Pero qué va a ser, papá? Eso es Pedro, algo relacionado con Pedro.
       Valenzuela miró a su hija con aire inocente.
       —¿Y qué hacemos?
       Sara tenía ganas de agarrarlo, apretarlo, pellizcarlo.
       —Papá, ¿pero eres tonto? ¿Qué crees que debemos hacer? ¡Ir, irnos inmediatamente!



Capítulo XX

      Alexander Forbes, que había bajado a esperarlos al pie de la escalera, tenía una expresión tan seria que asustó a Sara.
       —¿Sabe algo de Pedro? ¿Le pasa algo a Pedro? —preguntó llena de ansiedad, antes aún de saltar de la balsa.
       —Por eso los mandé buscar —dijo el viejo Forbes.
       —¡Te lo dije, papá; te lo dije! —y volviéndose a Forbes— ¿Murió? ¿Lo mataron?
       —No; está aquí, enfermo.
       Sara se lanzó hacia la escalera al tiempo que preguntaba:
       —¿Dónde; dónde está, señor Forbes?
       —Espere, señorita; no se angustie. Suba. Venga usted, Valenzuela. El señor Yasic está arriba. Lo verán dentro de un momento. Quise que ustedes vinieran para eso, para que lo vieran y ayudaran a atenderlo. Pensé que como ustedes son chilenos como él, y además él vivió en casa de ustedes…
       —Sí —corroboraba Valenzuela, como si Forbes no lo supiera—, vivía en casa; es chileno y vivía en casa.
       Estaban entrando ya en el salón, cuando Valenzuela preguntó:
       —¿Trajo el oro, míster Forbes? ¿Vino con el oro?
       —No. Vengan, siéntense. Necesito hablar con ustedes.
       Casi a gritos, Sara lo interrumpió:
       —Hable con papá. Yo quiero ver a Pedro. Dígame dónde está él.
       Siempre serio, el viejo Forbes dijo:
       —Ya la llevaré, señorita. Ahora cálmese; ahora necesito hablar con su papá y con usted.
       Sara se dejó caer en uno de los sillones. Valenzuela preguntó:
       —¿Y qué hizo con el oro? ¿Cómo llegó aquí?
       —Lo encontraron mis lecos, que por pura casualidad iban remontando el Mariapo. Por lo visto, se había perdido en la selva, y ya sabe usted que los que se pierden en la selva…
       —Sí, vuelven al lugar de donde salieron… Pero es extraño que llegara sin oro.
       Sara protestó:
       —Papá, por Dios, no hables más del oro. Dígame, señor Forbes, ¿cómo está?
       —Enfermo. Ya le he dicho que va a verlo, pero antes quiero decirles algo. Ustedes saben que el señor Yasic se fue con oro, dicen que con mucho oro; por esa razón, las lo persiguen. Al mismo tiempo que a ustedes, envié una nota al capitán Ramírez y espero que llegue pronto.
       —¿Va a ir preso? —preguntó Sara.
       La cara de la joven era el retrato de la angustia. A Alexander Forbes le dolía la expresión.
       —No sé, señorita. Yo no soy autoridad ni juez. Yo no sé si el señor Yasic ha cometido delito o no; pero sé que violó una ley y yo no puedo protegerlo contra la ley. Además, con él se fueron otras personas y él deberá aclarar qué ha pasado con ellas. Les he pedido a ustedes venir para que ayuden a cuidar al señor Yasic, pero deseo aclarar que si está en mi casa es porque aquí vino a dar, no porque me halle dispuesto a encubrir nada mal hecho. ¿Me han entendido?
       Ninguno de los dos había entendido. Valenzuela sólo pensaba, de una manera muy poco precisa, que a Yasic lo perseguían y que no había llegado con el oro, y Sara sólo sabía que él estaba enfermo y necesitaba ayuda.
       —Señor Forbes, no hable lisuras —dijo con entonación colérica—. Dígame dónde está Pedro y explíquele todo eso al capitán Ramírez o a quien sea.
       —Venga —dijo Forbes.
       Sara se levantó tan de prisa que Forbes la comparó con una avecilla a la que de pronto se le abre la puerta de la jaula y durante algunos minutos vuela por la habitación golpeando las paredes a aletazos porque no atina a saber hacia dónde debe dirigirse.
       Pedro Yasic estaba en el cuarto de huéspedes, con la cara hacia la pared, verde de tan pálido a juzgar por lo que se le veía de piel. Sudaba copiosamente; se le formaban sin cesar gotas de sudor que crecían, se henchían y tomaban peso en un segundo, y de golpe se desprendían de la piel y rodaban hasta la cama.
       —Es la transpiración del paludismo —explicó Forbes sin que nadie le hubiera preguntado nada—; y es posible que además de paludismo tenga algo más.
       Sara se había tirado de rodillas junto a la cama, había dejado caer la cabeza en la orilla y había comenzado a llorar.
       —Pedro, Pedro —decía en voz baja.
       Al rato, casi mecánicamente, se secó las lágrimas con la falda y cogió las manos del enfermo. De golpe, como un autómata, Yasic se incorporó, abrió los ojos y pareció fijarlos en la muchacha. Pero ella se dio cuenta de que esos ojos no miraban. Estaban brillantes y a la vez turbios y no tenían gobierno interior; no funcionaban como ojos sanos sino como ojos de ciego. Sara sintió de improviso un miedo agudo y disolvente; sintió como si su corazón se le hubiera hecho agua en un instante. Hubiera querido gritar, pero el miedo no la dejaba.
       —Mamá, mamá —dijo el enfermo con vigor y sin embargo con lengua tan tartajosa que costaba trabajo entenderlo—, tu hermano murió; tío Pedro murió.
       Al terminar se dejó caer en la cama, no como un hombre sino como un bulto, y en el momento de caer tenía ya los ojos cerrados otra vez; y seguía sudando a chorros.
       Alexander Forbes dijo:
       —Vamos a dejarlo solo. Cuando termine de sudar se sentirá mejor y podrá hablar con ustedes.
       Sara levantó la cabeza.
       —Váyanse ustedes. Yo me quedo aquí.
       El viejo Forbes la miró compasivamente.
       —Está bien, quédese; y usted, Valenzuela, venga conmigo.
       Se fueron; y en la penumbra de la habitación Sara se quedó oyendo la respiración del enfermo; una respiración sonora y larga que a ella le parecía torpe y difícil. Sara se angustiaba y temía, ella que no había temido nunca. «Dios mío, que no se muera; que no se muera, Dios mío. Le cuesta trabajo respirar. Parece un muerto; con esa barba parece un muerto. ¡Virgen del Carmen, que no se muera!». Y de pronto, sin darse cuenta, de pensar pasó a hablar; de allá adentro, del cerebro, donde las palabras eran imágenes silenciosas, pasaron a sonar.
       —Pedro, soy yo, Sara; es Sara, Pedro.
       El enfermo se movió, pero no dio señales de haber oído.
       De rodillas, con los codos abiertos en el borde de la cama y la cabeza de perfil entre ellos, oyendo la respiración del enfermo, Sara veía imágenes; imágenes veloces que iban y volvían y se sucedían abruptamente; ella y Valenzuela en los ríos de la selva; ella pequeñita al lado de su padre en una balsa y Pedro desde una orilla llamándola con una mano, pero Pedro enfermo, flaco, barbudo… Ella enseñando a Pedro a usar la batea de lavar oro… Pedro llegando a la casa y Valenzuela atrás, con una maleta al hombro… María Hinojosa y Juan Arze en la puerta gritándole: «Ah, conque tú estabas de acuerdo con él ¿no?»… Ella en Antofagasta, una Antofagasta de una sola casa y de un solo patio y de un solo pedacito de calle, y una anciana llamándola: «¿Pero dónde se ha metido Sarita?». Una voz que anunciaba: «Sara, su papá está llorando».
       Sara levantó la cabeza. «Papá, pobre papá; qué vida tan dura y tan vacía». Y de inmediato, sin que pudiera evitarlo aunque tampoco lo deseaba, sintió que estaba durmiéndose, que estaba desvaneciéndose.
       De golpe, voces masculinas, pasos que se acercaban y sombras en la puerta; y a seguidas, la voz de míster Forbes:
       —Ahí lo tienen.
       Avanzaron primero dos hombres, uno de ellos vestido de negro, muy delgado, de piel oscura, alto, triste; el otro, de pelo negro, lentes al aire y pequeño bigote. Sara lo reconoció. «Es el capitán Ramírez, y viene a llevárselo preso», se dijo. Y de pronto se puso de pie y habló con acento agresivo:
       —Capitán, usted no puede llevárselo preso. Este hombre está muy enfermo.
       Al capitán le sorprendió la actitud de esa mujer joven de voz tan dura que había aparecido ante él de manera súbita, como si hubiera salido del fondo del piso.
       —Es mi hija —explicó Valenzuela.
       —Mucho gusto, señorita.
       —Usted no puede llevárselo, capitán; está muy enfermo y si lo mueven de aquí se muere.
       —Está sudando la fiebre —dijo Forbes.
       Durante un instante que a Sara le pareció una eternidad, nadie habló. Todos miraban hacia Pedro y Sara les miraba a ellos; les miraba con ojos fijos, llenos de ansiedad.
       —De manera que no tenía oro encima, míster Forbes.
       Las palabras del capitán Ramírez se oyeron raras, lentas, como una campana de pueblo que está doblando en medio del silencio general; y así se oyó la respuesta de Forbes.
       —Ni un grano, capitán Ramírez. Como le expliqué, sólo traía un fusil y un cuchillo.
       Otra vez el silencio, y en él, el pensamiento de Sara produciéndose a gran velocidad: «Yo sé quién tiene el oro, pero no voy a decirlo. El sargento Arze lo tiene. Encontró a Pedro enfermo y le robó el oro. ¿Y cómo no lo mató, por qué no lo mató?». Otra vez sintió miedo, un miedo tan intenso como si hubiera visto a Juan Arze disparando sobre Yasic.
       —Extraño destino, míster Forbes, que Pedro Yasic, el hombre que huyó con el oro, haya venido a dar sin oro a la casa del hombre que halló la paz… El oro y la paz… Parece una novela, míster Forbes.
       Con la voz seria que había tenido todo ese día Alexander Forbes comentó:
       —Sí, parece una novela, capitán Ramírez.
       En la selva, cada vida es una novela.
       Silencio otra vez, y al rato, la voz del capitán:
       —¿Qué le parece a usted, Montenegro? No trajo ni un grano de oro.
       Montenegro debía ser un funcionario importante, porque su voz era segura, como de persona que sabe lo que dice.
       —Si no trajo oro no incurre en ningún delito, capitán. La única pena que le cabe al que se lleva oro en Tipuani es la confiscación de la cantidad que se le coja. Pero tal vez él podría decirnos qué hizo con el oro y quizá podríamos recuperarlo.
       Los hombres comenzaron a salir. Sara oyó al capitán: .
       —Si está mejor mañana, se irá con nosotros; si no, dejaremos aquí un policía para que lo conduzca a Tipuani tan pronto mejore.
       Montenegro —¿era él o era otra persona?— dijo:
       —Habrá que llevarlo a La Paz para que explique lo del cadáver.
       Alguien preguntó:
       —¿Tendría que ver Pedro Yasic con lo del cadáver?
       A Sara le pareció que era la voz de míster Forbes, pero no podía estar segura porque los hombres se alejaban y las voces ya no se distinguían bien. De todas maneras, ella volvió a sentir que el miedo le aguaba el corazón. Había habido alguien muerto, y pudo haber sido Pedro. ¿A qué se debió que Juan Arze no lo matara?
       Ya era de noche. La noche había entrado de golpe, y allá afuera, en el río, en la jungla, espesándose sobre el agua, esparciéndose sobre la tierra, por entre los árboles, por los bañados, las sombras iban igualando todas las cosas del mundo, disolviendo todos los perfiles, soldando en un solo bloque negro al ave que dormía en una rama, a la culebra que reptaba en busca de un roedor y al gusano que tomaba calor entre las hojas que fermentaban en el suelo…
       …Y a ella, Sara Valenzuela, y a Pedro Yasic, el hombre que le había hecho sentir ansiedad, miedo y un sobresalto hondo, amargo y deslumbrante.



Capítulo XXI

      Un año después —exactamente un año después—, el director de la Sección Bolivia del Ministerio de Relaciones Exteriores, que acababa de llegar a su despacho en el Palacio de la Moneda de Santiago, recibió de manos de un subalterno una tarjeta.
       —Dígale que pase, por favor —ordenó después de haberla visto; y a seguidas—; pero antes tenga la bondad de pedirle a Maturana el expediente de Yasic, Pedro Yasic.
       Cinco minutos después entraban a un mismo tiempo, por una puerta el empleado Maturana —bajo, delgado, casi invisible de tan insignificante, y además cojo—, con el expediente en la mano izquierda, y por la otra un hombre mediano, grueso, de andar erguido, lentes, nariz larga, boca fina y bien vestido. El director de la Sección Bolivia se levantó a saludarlo.
       —Siéntese, doctor Yasic —dijo—. Aquí estamos, precisamente con el expediente de su hermano en el escritorio. En su última comunicación el Cónsul dice que la justicia boliviana tendrá que dejarlo en libertad por falta de pruebas… ¿No es eso, Maturana?
       Federico Yasic vio a Maturana aprobar con la cabeza.
       —¿Ha leído alguno de ustedes la «Segunda de las Ultimas» de ayer? —preguntó.
       El director y Maturana cambiaron miradas.
       —No —dijo el director.
       —Yo tengo aquí un ejemplar —explicó Federico Yasic mientras se llevaba la mano al bolsillo de la chaqueta—. Vea esto, por favor.
       Había puesto el diario, abierto, sobre el escritorio, y con un índice fuerte señalaba el titular de una información.
       El director preguntó:
       —¿De Asunción, Paraguay?
       —Sí, de Asunción. Lea, por favor —casi ordenó Federico Yasic.
       El director comenzó a leer en alta voz:
       «Tres cinematografistas italianos que acaban de llegar a esta ciudad después de haber pasado más de un año en la selva brasilera filmando un documental, declararon que encontraron a una mujer blanca viviendo con una tribu indígena. El singular encuentro tuvo lugar hace menos de dos meses.
       »Según uno de los informantes que residió en Madrid, la mujer parece ser española aunque no fue posible obtener ningún dato sobre su vida.
       »El cacique de la tribu explicó que la extranjera había llegado allí hacía algún tiempo —no supo decir cuando— y por su propia inclinación se había dedicado a cuidar a los niños indígenas.
       »La supuesta española mostró animadversión a los italianos y huyó aterrorizada cada vez que alguno de ellos trató de hablarle, actitud que contrastaba con la de los indígenas, que fueron cordiales con los extranjeros. Durante su estadía en la tribu, los camarógrafos no pudieron filmar escenas con los niños debido a que la mujer se opuso enérgicamente a que ellos vieran a los pequeños indígenas bajo el pretexto de que eran asesinos que habían llegado con el propósito de matar a sus hijos.
       »Uno de los cinematografistas, que es antropólogo, expuso a este corresponsal la teoría de que la extraña mujer, bajo la presión del medio selvático, ha retornado psicológicamente a una edad comparable con la edad de piedra y reacciona ante el hombre blanco rechazándole con más violencia que los naturales de la selva».
       Al terminar, el director de la Sección Bolivia levantó la cabeza.
       —Ésta es la española del caso de su hermano. Ahí está la prueba que lo favorece —dijo.
       Federico Yasic habló, como siempre, sin moverse.
       —En Derecho, eso es un indicio favorable, no una prueba. Sólo sería una prueba convincente si alguien pudiera sacar a esa mujer de la selva y llevarla a La Paz, y aun allí tendría que ser reconocida por testigos.
       —Pero no podemos hacer eso, doctor Yasic —aseguró el director.
       —No, pero usted puede pedir a nuestros funcionarios diplomáticos en Asunción que hagan un interrogatorio a esos señores italianos. Sus declaraciones debidamente protocolizadas podrían ayudar.
       —Tiene razón. Maturana, redacte un cable a nuestra Embajada en Asunción.
       Maturana se fue, musitando un «sí señor», y el director puso los codos en el escritorio.
       —En el expediente de su hermano —dijo— hay varias cartas de una joven chilena que vivía en Tipuani y se fue a La Paz, con su padre, para ayudar a su hermano. Si su hermano sale bien, y yo creo que va a salir bien, ¿dejaría allá a esa muchacha?
       Federico Yasic se puso de pie. Sin duda tenía un plante categórico.
       —Señor director —dijo—, mi problema es ayudar a mi hermano. Con sus amigos y con sus enemigos, que se entienda él. Buenos días y muchas gracias.
       Dio la espalda y se fue con paso seguro. El director se quedó mirándole hasta que cruzó el vano de la puerta. «Después de todo, tiene razón», pensó. A seguidas abrió un cajón del escritorio, sacó un montón de papeles y se dedicó a leerlos, completamente olvidado ya del caso de Pedro Yasic y de la muchacha chilena que escribía cartas relacionadas con Pedro Yasic.


La Habana, marzo de 1957; Aguas Buenas de Puerto Rico, enero de 1964.




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