Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


La pájara
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      La lluvia nos envolvió de golpe. Estábamos subiendo el tercer repecho de El Montazo y la noche se nos venía encima. Los pinos empezaron a ahogarse en una especie de humo claro; los menos cercanos al camino acabaron por desaparecer en la bocaza gris de la lluvia.
       Detrás de nosotros la tierra llana se había perdido bajo el humo. Detuve un momento el caballo y traté de hundir los ojos en esa masa blanda; quise después ver el camino levantado, alzado; pero tuve nada más la visión de agua sucia escapándose por las orillas.
       Malico no se mojaba. A media tarde, cuando cruzábamos El Pajonal, dijo con la voz rota por el trote de su montura:
       —Desde El Montazo tenemos agua.
       Se detuvo en el primer palmar que nos salió al paso, echó pie a tierra, tomó la mejor yagua que halló; la dobló luego por mitad, hizo un corte redondo, para que le cupiera la cabeza, y se la puso a modo de camisa. En este momento yo tirito de frío y me doblo huyendo de la lluvia que pega como arena arrojada de alto; pero Malico va erguido y canta. No veo a los demás: también el humo blando traga hombres.
       El viento brama. Se adivina que debe envolver el bohío y trata de arrancarlo. La lluvia clavetea en las yaguas, asoma por alguna gotera y golpea sorda e isócronamente la tierra del piso.
       Es curioso; pero todos tienen esta noche los ojos rojos: veo claramente la llama temblar en los iris. Fue una suerte que Fellé metiera leña en el bohío la última vez, porque ahora hemos podido hacer fuego y calentarnos.
       Nelio está en cuclillas, cruzado de brazos y con los ojos metidos en el fuego. Fuma su cachimbo con gran lentitud y la fogata le barniza la frente.
       Taquito, pequeñín, renegrido, fuma también; se sujeta ambos pies con las manos y empuja de vez en vez los maderos. De pronto habla, con su vocecita quebrada:
       —¡Jum!
       —Po’ dende que orée el sol estamos andando —asegura Nelio.
       Fellé vuelve el rostro. Su cara indolente enrojece de pronto. La llama retoza con su piel oscura, grasienta. Se echa el sombrero atrás de un golpe, pasa su mano dura por todo el rostro, y dice:
       —Se conoce que usté no ha montiado aquí, Nelio.
       Sonríe muy levemente, torna el sombrero a su posición anterior. Acaba por encerrarse de nuevo en su gesto distraído.
       Chilín alarga el brazo. Al final está el cachimbo, con la raíz vuelta hacia el oeste, como si quisiera señalar mejor. Se le escucha, pero sólo se le ve la mano.
       —Ahí está enterrado el pobre Filo —dice.
       Y encoge el brazo.
       Se oye mejor ahora el chisporrotear de los maderos. Las goteras golpean el piso con regularidad. Veo a Taquito apoyar las manos en tierra y empujarse a sí mismo buscando calor. Nelio pregunta, sin volver el rostro, como quien no da importancia a lo que habla:
       —¿Se averiguó de qué murió, Chilín?
       —En un desbarranque —ilustra la voz.
       —Y vea: dos días estuvo muerto el pobre. Lo halló taita —terció Malico.
       Chilín pide:
       —Déjeme sitio, Nelio.
       Es el más viejo. Blanco hasta los cabellos, ojos azules que parecen espinas, alto, flaco; no tiene dientes y la voz le suena arrastrada. Se acerca a la fogata, toma con su mano derecha un tizón, lo lleva al cachimbo; chupa un poco, vuelve el tizón a su sitio y aleja los ojos hacia el techo.
       —Lo hallé de chepa —dice—, porque la yegua baya se me metió por la quebrada; pero no creía que estaba muerto.
       Calla; calla y fuma. Es como si no estuviera aquí: su mano izquierda en el cachimbo, todo él enigmático y cerrado como una maleza…
       Fellé le toca en un brazo y ruega:
       —Cuéntenos lo de la culebra, viejo.
       Y Chilín, casi sin mover los labios, adelanta:
       —Eso sí fue lo raro…
       De pronto veo a Malico revolverse, poner en las piernas la vaina del colín y mirar a Fellé con ojos fieros. No dice una palabra, pero está pálido como si le hubiesen insultado. Su color blanco rosáceo se ha hecho verdoso, a pesar del rojo de la llama. Se enmarca la cara entre las manos y mira la fogata. Me parece que le arderá su barba negra.
       —¿Qué fue? —pregunta Nelio.
       Los ojos de Malico saltan de Fellé a Nelio. Pretende hablar, pero Chilín empieza:
       —Yo andaba atrás de la yegua baya. Esa condenada se metió por la quebrada. Entonces estaba lobita. Le tiré el lazo como diez veces, pero se me diba, porque había mucho matojo.
       Calla, toma otra vez el tizón, lo pone sobre su cachimbo y chupa. No tiene dientes y los carrillos se le hunden hasta parecer encontrarse por dentro.
       Las palabras le salen con humo.
       —En eso la vide que se quedó mirando para abajo, se espantó y largó un relincho. Yo también vide, porque me chocó: ahí mesmo estaba la culebra, colorada y de este gordo.
       Chilín retira su mano del cachimbo y con las dos abarca la pierna derecha.
       —Estaba enrollaíta —prosigue— y se quedó aguaitándome. ¡Mire! Yo ni an me quiero acordar! Creí que me diba a bajiar. Jalé por mi colín y le tiré un machetazo, pero se desenrolló y salió en carrera. Me le fui atrás, y cuando menos lo esperaba topé con el difunto.
       Vuelvo la cara: Malico está como quien trata de no oír. Tiene los ojos clavados en el suelo y a veces los entrecierra. El viejo Chilín se agarra las rodillas con las manos. En voz baja, como si no quisiera decirlo, aventura:
       —La vieja Clemencia me dijo que eso era el Enemigo Malo. Asigún dicen, Filo no se había confesado nunca…
       Taquito tiene cara de sueño. Ya no fuma. A ratos cabecea, a ratos se estruja la cara con su manecita renegrida.
       De pronto Nelio empieza a hablar. Sujeta el cachimbo por delante de la rodilla derecha y mira por encima del hombro:
       —Por eso no, porque una vez me pasó a mí tamaño lío con una culebra y…
       Malico se adelanta. Por entre las llamas cruza su puño cerrado, revolviéndolo como si quisiera destrozarlo todo. Está casi echado en el suelo y sus ojos se han bebido el rojo de la fogata. Le cuesta trabajo soltar las palabras. Abre la boca como si temiera no terminar:
       —¡Se acabó, carajo! A mi taita no le diba a faltar el respeto, pero el que miente aquí más esa pájara, ¡se tiene que matar conmigo!
       Chilín se irguió lentamente. Su sombra cubrió casi un paño de pared. Había dejado el cachimbo y parecía otro. Los ojos estaban casi blancos y la mano le temblaba al señalar a su hijo.
       —¡Qué es eso, Malico! —tronó.
       De pronto cruzó, ágil como un gato, por encima de la hoguera, se agachó cuanto pudo y alzó una mano. El hijo miraba entre asustado y suplicante. Yo quise sujetarlo. Vi los ojos de Malico huir, huir. Me pareció después que apretaba los dientes. Los pies del viejo bailoteaban entre las brasas. La luz enrojeció un hilillo que corría junto a la nariz de Malico, hasta perderse en el bigote negro.
       Chilín volvió a su sitio, con el ceño fruncido, y señalando con una proyección de la barbilla a Nelio, dijo:
       —Siga su cuento.
       Pero todos sentíamos el ardor en la cara, como si la bofetada hubiera sido a cada uno y no a Malico.

       Le hubiera tumbado la cabeza de un machetazo: desde las once teníamos las reses entramojadas, sin embargo, el maldito potro nos mantenía corriéndole atrás todavía. Resolvimos cercarlo, desesperados ya. Chilín no se hubiera atrevido a decir ahora que para buscar animales mansos no hacía falta el perro: este potro había sido domado, pero estaba tan brioso y tan mañoso como si nunca lo hubiera tocado mano de hombre.
       Desde el lomo de mi muía, la soga lista y el deseo sobrante, lo < acechaba cerca de un matorral, cuando me pareció oír un relincho alegre; a seguidas me golpeó los oídos su paso inquieto, como si tamborileara. Lo vi cruzar la gramita del alto a toda carrera, la larga crin al viento.
       —¡Ahí va, Malico! —advertí.
       El potro se asomó a la barranca, volvió la cabeza y tomó impulso. Hubiera saltado, de seguro, pero el lazo lo alcanzó. Malico clavó su montura. De pronto vi su cabeza descender: me pareció después que se arrastraba. Cuando me bajé de la muía vi a Malico desesperado, tratando de envolver la soga en un tronco seco.
       —¡Corre, que se ajorca ese condenao! —vociferó.
       El animal alzaba la cabeza y daba saltos furiosos. Oí el alegre ¡ijaaa! de Fellé. Su lazo cruzó sobre mi cabeza y al rato asomó por entre los amaceyes su sonrisa tranquila.
       Malico señaló con la mirada su montura.
       —Aguaiten —dijo—, se quebró la pata.
       Chilín oyó claramente. Venía cerca, a pie.
       —¿Cómo fue eso? —preguntó.
       Malico posó los ojos en el potro, que tenía las orejas erectas y los ojos llenos de luz.
       —Este maldecido que se quiso juir por aquí.
       Su brazo indicaba la barranca, cerrada de maleza como cabeza de negro.
       Chilín se acercó. Miró la montura malograda, detenidamente; se volvió luego a su hijo y mandó:
       —Quítele el aparejo.
       Malico fue hacia Nelio. Tenía cara de asustado. Parecía no querer hacer lo ordenado. Muy sordamente aseguró:
       —Eso fue por estar mentando esa pájara anoche.
       Chilín adelantó. El sol hacía caer sobre la barbilla la sombra de su nariz. Se plantó frente a Malico, sacudió una mano y afirmó:
       —Fue porque diba a pasar, nada más.
       Y a seguidas:
       —Quite ese aparejo pronto que tenemos el agua arriba.

       Nelio y Fellé habían pasado ya con las reses. Un poco detrás iban Malico y Chilín. Quise ser el último, porque tenía miedo del potro en ese paso. La Ceja se enredaba a la loma, apretándola. Era larga y estrecha. Apenas si cabía una montura.
       Taquito se empeñó en montar el potro.
       —Él no es lobo, Taquito, pero está muy brioso —advirtió Fellé.
       La manecita renegrida hizo un gesto de desprecio. Montó. El animal caminaba ladeándose, queriendo clavar cada pata en el camino.
       Nosotros veíamos las nubes acercarse, buscarse, hasta parecer un remolino. El cielo no era ya más que un depósito de humo. Nos aplastaba la pesadez de la atmósfera. Si hasta se dificultaba respirar…
       —Este sí es calor —aseguró Taquito volviendo el rostro.
       Sonreí. Entrábamos en La Ceja y el potro se ladeó.
       —¡Jum! ¡Cuidado con tu maña! —rezongó Taquito.
       La lluvia estaba sobre nuestras cabezas. Se veía venir. Nos acechaba.
       Fue al tomar La Ceja. Yo iba justamente detrás. Toda la loma se llenó con esa luz impetuosa y blanca. El relámpago fue exactamente una culebra. Una culebra que Dios tiró a la Tierra. Tuve el tiempo preciso, antes de estallar el trueno, de ver a Taquito levantar la mano derecha y hacer la señal de la cruz. A seguidas nos apretujó el sonido largo de cañón arrastrado de loma en loma.
       El caballo se alzó. Le veía la larga crin blancuzca. Se movió a un lado y lanzó un relincho que prolongó el trueno. Sus patas traseras golpeaban con nerviosidad la orilla del abismo. Hubiera querido tirarme y correr, pero tenía miedo de espantar el potro. La mano de Taquito, pequeña y renegrida, se alargó buscando una raíz. Yo vi claramente sus dedos engarfiados, sus ojos vueltos a mí, su boca entreabierta. Oí gritos, carreras. Hubo luego rumor sordo de cosa que rodaba y golpeaba.
       Venían todos, pero sólo me pareció ver a Chilín. De momento, como si hubiera enloquecido, señalando el pedazo de tierra arrancado, gritó Malico:
       —¡La pájara! ¡La pájara! ¡Yo lo dije! ¡Lo dije!
       Chilín se quedó mirándome. Tenía vergüenza. Pero me miraba. ¡A mí! ¡A mí! ¡Como si yo hubiera sido el asesino de Taquito…!




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