Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


POPPY
(Más cuentos escritos en el exilio, 1964)



      Aunque la poca gente que conoció a Poppy parezca consternada –hace una semana que no hablan de otra cosa–, sería de tontos explicarles que lo que sucedió no fue un incidente vulgar, porque esa gente, como la gran mayoría del infatuado género humano, no aceptaría la explicación.
          Poppy, a la verdad, se precipitó un poco. Era demasiado sensible, y acaso hurgando en su “pedigree” se hallarían antecedentes, porque es lo cierto que nada se hereda tanto como la anormalidad. Pero las incontables parejas de quienes Poppy vino al mundo –padres, abuelos, bisabuelos– no se conocen. Excepto la madre, fox—terrier pura, nada más se sabe de sus antepasados.
          A juzgar por ciertos detalles físicos el padre debió ser un sato corriente; incluso en lo psíquico se le conocía, pues el pobre Poppy tenía una ternura casi humana, y la vivacidad y la gracia contagiosa del sato. Sin embargo era también grave, en ocasiones demasiado. Por lo visto, nunca pusieron atención en ese contraste.
         Todo en Poppy era extremado. Por ejemplo, sería difícil hallar un perro tan sumiso. Jamás tuvo la menor rebeldía ni trató en momento alguno de escaparse ni se lanzó, como muchos compañeros a quienes él conocía, a morder la pierna de un visitante. ¿No era eso extraño, tratándose de un perro nada cobarde? Pues bien, nadie se fijó en ello, nadie se preguntó la causa de tal sumisión; ni siquiera Josefina, a pesar de que a ella se debía. En conjunto, Poppy sentía que su vida era muy feliz. Para él todo lo bello y agradable de este mundo tan extravagante estaba en Josefina. Desde el instante en que la luz del sol, colándose a través de los cristales, le hacía abrir los ojos, él se emocionaba pensando que Josefina no tardaría en despertar. Con su fina cabeza levantada acechaba los menores movimientos de su ama. A veces ella se levantaba tarde y Poppy sentía miedo de que se hallara enferma, y cuando al fin ella se movía, él empezaba a gemir de contento. En ocasiones, Josefina extendía el brazo desde la cama y acariciaba la cabeza de Poppy. En tales momentos él desfallecía de felicidad, se le iluminaban los pardos ojos, se le llenaban de un resplandor extraño, de una claridad infantil. Otras veces, muy pocas por cierto, ella no lo miraba ni parecía notar su presencia. Poppy veía entonces el entrecejo de su dueña; observaba cómo una sombra vagaba por todo el rostro de Josefina, y, herido en lo más sensible de su ser, bajaba la cabeza y se iba lentamente, con el rabo colgante, lleno de una amargura que nadie sospechaba.
          En verdad, esos momentos de dolor eran escasos en la vida de Poppy; incluso podía recordarlos todos, aunque a él no le gustaba hacerlo. Sólo cuando temía que algo le sucediera a su ama, volvían tales instantes a amargar sus días. Además, la tristeza no le duraba mucho. Un gesto ínfimo, un amago de ternura de Josefina le hacían olvidarlo todo. La alegría era en Poppy un sentimiento desbordante, que inundaba todo su ser y le enloquecía de dicha.
          Pero un día –abominable día en su historia– Poppy sintió que la risa de Josefina era secundada por otra más seca y que las pisadas de su ama –leves y rápidas, tan conocidas por él– eran seguidas por otras lentas y sordas. Además, le llegaba un olor nuevo. Una sensación desconocida confundió sus sentimientos. Vio llegar a un hombre al lado de su ama, y vio la mano de él sujetar el brazo de Josefina. Aquello le llenó de asombro. ¿Cómo era posible que alguien tocara ese brazo? Para Poppy tal cosa era inexplicable, y se quedó sentado, con los ojos fijos en el visitante, deseoso de hacer algo no muy correcto. Sin duda su ama comprendió las intenciones de Poppy porque le dijo que se fuera. Ella le miró con dureza y a Poppy le dolió mucho esa mirada. Con la cabeza baja y la cola caída, avergonzado y triste, se fue de allí rezongando algo sobre la intromisión del hombre en la vida de los demás animales. Al echarse bajo la cama se dijo que aquel desconocido y él no podrían ser amigos. Poppy no sabía debido a qué, pero lo cierto es que el extraño no le había sido simpático.
          Estaba Poppy cavilando sobre esas cosas cuando sintió entrar a Josefina.
          —¡Poppy, Poppy mío! –cantaba ella alegremente.
          Señor, ¿qué había ocurrido? Poppy hubiera querido tener más voluntad, ser menos emotivo, lo cual le hubiera permitido quedarse bajo la cama sin poner oídos en las voces de su ama. Pero él no podía. A la segunda llamada se lanzó, con el corazón ahogándosele de felicidad, y fue a dar en los pies de su ama. Ella lo tomó entre sus brazos, lo cargó y le dijo mil lindezas. Hablaba un idioma especial, en el cual abundaban frases cariñosas que Poppy sospechaba dirigidas a alguien que no era él.
          En ese estado de ánimo duró Josefina varios días. Se arreglaba con entusiasmo; peinaba de quince maneras su bronceado pelo; se ponía en las pestañas una pasta azul que daba a sus ojos un brillo y un tono deliciosos; se perfumaba, se cuidaba las uñas. Poppy se maravillaba de lo que veía y –¿para qué esconderlo?– disfrutaba también de una dicha loca, porque antes de tantos arreglos él hallaba a Josefina lo más bello de la creación; admiraba sus manos largas, pausadas, distinguidas; su pelo dorado, sus ojos azules, su nariz fina y audaz; lo admiraba todo en ella, y él observaba que con el cuidado todos los encantos de su dueña aumentaban sensiblemente. Lo único desagradable era la presencia del hombre. Iba a menudo. Cuando él llegaba Josefina se quedaba un instante como dormida, un solo instante; pero Poppy comprendía –a pesar de que él no tenía una noción clara del tiempo– que en la vida de su dueña esas fracciones de minuto duraban una eternidad. Después Josefina y el hombre se iban. ¿Adónde iban?
          Metido bajo la cama, entristecido por la soledad en que lo dejaban, Poppy se hacía esa pregunta muchas veces. ¿Sería a la orilla del mar, frente a la casa, en el sitio donde ella solía llevarlo a pasear? ¿Sería al jardín, en el rincón de las buganvillas, donde antes se pasaba ella las tardes con la mirada perdida en el cielo y donde él cazaba lagartijas? Con su fino oído –herencia de su madre– atento al menor roce, Poppy trataba de percibir los ruidos provenientes del jardín; acechaba, se volvía todo atención. Al cabo de unos días notó que la llegada de Josefina era precedida siempre por el rumor de un automóvil que se detenía frente a la casa. “Pasea en esos feos aparatos que ruedan y hieden”, pensó. Y como a él no le era dado saber por dónde solía ir el automóvil, se acostumbró a no cavilar más sobre las salidas de su dueña. Lo único que le interesaba era que retornara pronto.
          Algunas veces el hombre subía con ella y aunque Poppy no hallara al sujeto muy de su agrado, tuvo que aceptar que le pasara la mano por la frente. Bien sabía él, sin embargo, que tales caricias las hacía el hombre sólo por hacer creer a Josefina que lo quería un poco. Nunca se hizo ilusiones al respecto. Ni aquel extraño llegaría a tenerle estimación ni él se la tendría jamás.
          Una noche oyó decir al visitante:
          —Poppy se vería mejor si le cortáramos la cola.
          —Imposible; le dolería mucho replicó Josefina.
          —¿Dolerle? ¿Y por qué? ¿Acaso sienten dolor mis pacientes cuando los opero?
          Estupefacto, asombrado de lo que oía, Poppy salió del escondite donde se hallaba –un rincón bajo el librero– y se acercó a Josefina. ¿Qué iba ella a responder? Poppy la miró fijamente y la notó indecisa. En sus bellos ojos azules le vio la duda. Pero aquel hombre debía ejercer una mala influencia en su ama.
          —¿Crees que no le dolerá? –preguntó ella cediendo terreno.
          Con una sonrisa que a Poppy le pareció la más odiosa mueca nunca vista, él respondió:
          —Te aseguro que no.
          Poppy se quedó perplejo. ¿Cómo hablaban así de esas cosas? ¿Era posible que se atrevieran a cortarle su cola, única parte del cuerpo con la cual podía él expresar su alegría y su gratitud cuando su ama le hacía mimos? No; jamás podría un ser humano hacer algo semejante. ¿De dónde había sacado el amigo de su ama ideas tan crueles y extravagantes? ¡Y todavía iba a hablar más el bárbaro! Sin duda estaba empeñado en convencer a Josefina. Poppy temblaba de miedo. ¿Qué diría; qué iba a decir?
          Pero el hombre no habló de él, sino de algo así como un paseo. Se levantó, y Josefina no tardó en hacerlo. Sumido en la más amarga de las dudas, presintiendo algo muy malo, Poppy se quedó tan acobardado que no se atrevía ni a seguir pensando.
          Dos días después ocurrió algo inusitado. Con sus propias manos adorables Josefina bañó a Poppy; después se arregló ella misma. Era muy temprano, tanto que el sol no había caminado aún un cuarto de cielo. Mientras se arreglaba, Josefina cantaba. ¿Qué iba a pasar? ¿A qué tales cuidados? Poppy no quería pensar en nada; ¡se sentía tan feliz! Advirtió que se preparaba una salida. Hacía tiempo que Poppy no veía la calle de mañana. Pasando por el jardín, Poppy sentía la nariz envuelta en perfumes capitosos. Su ama se detuvo en la puerta y tendió los ojos hacia el mar. El mar aparecía al frente, azul, límpido y brillante como una pintura. Poppy miró a su dueña vestida de blanco, fina, dorada y celeste, con las manos puestas en la reja, con el pelo y el traje batidos por la brisa de la mañana, a Poppy le parecía ella algo delicado, bello y tierno; una flor de líneas serenas, esa flor que los hombres llaman lirio.
          Era aquella una gloriosa mañana de abril. El aire olía deliciosamente y toda la creación temblaba de alegría. Poppy gimió de dicha; se arrastró a los pies de su ama, correteó lleno de júbilo. La felicidad le ahogaba. Por la acera, bajo los árboles, empezó a perseguir lagartijas y a dar veloces vueltas. Se embriagaba; le embriagaban el sol, el mar, el cielo distante, la sombra de los árboles, la presencia de Josefina. Pero de pronto –¡oh fugacidad de las cosas!– oyó a su espalda un ruido que le disgustó: ahí estaba el automóvil del hombre. Súbitamente sintió ira y empezó a ladrar como un desesperado. Su ama pareció más disgustada que él.
          —¡Poppy! ¿Qué es eso, Poppy? –preguntó.
          Y por primera vez –cosa extraordinaria– él no sintió dolor por haberla disgustado.
          Pero Poppy no tardó en arrepentirse de la dureza de su corazón. Llenándole de asombro, su dueña lo tomó en brazos y entró con él en el automóvil; incluso lo pegó contra su pecho y juntó su cara con la suya. ¡Qué inolvidable momento!
          Pronto llegaron adonde iban. Poppy vio a una joven graciosa vestida de blanco que le hizo caricias y a un mozo de espejuelos, muy serio, que le estuvo tocando la cola. Josefina se cubría el rostro con un pañuelo y parecía apenada. Eso entristeció a Poppy, pero no pudo detenerse mucho en ello porque sintió un ligero pinchazo en la cola. A poco ésta empezó a ponérsele pesada. ¿Qué sucedía? Miró a su dueña con ánimos de pedirle que lo ayudara, que no lo dejara en manos de aquellos desconocidos. El amigo de Josefina anduvo buscando hierros en una especie de librero blanco que no tenía libros. Poppy lo veía sonreír y lo oía hablar con desparpajo. La joven vestida de blanco y el mozo de espejuelos lo sujetaron fuertemente. Le pareció que alguien lo golpeaba en la cola y quiso volverse a ver qué le hacían, pero no lo dejaron.
          Aquellos momentos fueron confusos. Poppy tuvo miedo, un extraño miedo a no sabía qué. ¿Maquinaban los desconocidos apartarlo de Josefina? ¡Quién podía saberlo! A él le parecía que los hombres eran capaces de las mayores atrocidades.
          Pero no sucedió lo que temía. Josefina volvió a cargarlo, a decirle palabras cariñosas; después entraron de nuevo en el automóvil y en todo el trayecto fue acariciándolo con mayor intimidad que nunca.
          Aparentemente, todo volvió a ser igual. Pasó el resto de la mañana y empezó a caer el día. Poco a poco, con progreso lento, Poppy fue sintiendo dolor en la cola. Trató de morderse, de pasarse la lengua, pero no lo dejaron. A media tarde ya no pudo más. Quiso mover la cola, porque Josefina había entrado en la habitación y él sintió alegría, como siempre que ella se presentaba a sus ojos, y el dolor fue tan agudo que lo inmovilizó. Entonces fue cuando, mediante un brusco esguince, logró ver. Al principio no comprendía. ¿Qué era aquello? ¿Estaba él perdiendo el juicio? Empezó a girar sobre sí mismo, como un loco. Sentía que se le salían los ojos, que se le iba la cabeza. Tuvo miedo, un miedo agarrotador. Alzó la mirada, y fue tanta la compasión que halló en la cara de Josefina que temió más todavía, y reculó, impresionado. Al acercarse al armario se vio en el espejo. ¿Cómo? ¿Qué pasaba; qué había sucedido? ¿Era él o era otro Poppy el que se reflejaba en el cristal? Se quedó un momento fijo ante su imagen; después se volvió a Josefina, con la mirada suplicante, y oyó que ella decía:
          —Pobrecito Poppy mío…
          Y al querer agradecerle su ternura él comprendió que ya nunca más podría demostrar su gratitud, porque lo habían dejado sin cola.
          Su primera reacción, un impulso que no pudo dominar, fue de cólera. ¡Había sido aquel antipático amigo de su dueña el que lo había mutilado! Fuera de sí, se lanzó sobre Josefina y le enseñó los dientes. Ella gritó reconviniéndole. Molesto, aunque no avergonzado, Poppy se metió bajo la cama, de donde se negó a salir en el resto del día. Con los ojos cargados de sangre y el disgusto agriándole la vida, se pasó las horas amargado, pensando con verdadero dolor en su triste destino. En la noche sintió el ruido del automóvil; al oír las pisadas del hombre y distinguir su olor, quiso salir de su escondite y morderle una pierna. A duras penas lograba contenerse. El nombre de su ama le golpeaba la cabeza por dentro, y sólo así pudo resistir sus malos instintos. Después, cuando en las altas horas de la noche su dueña dormía, sintió de pronto un miedo atroz. Fue una idea loca, que le nació sin que supiera por qué. Tanto le impresionó que pegó un salto. ¿Y si al visitante se le ocurría cortarle una mano a Josefina? ¿Por qué no? ¿No le había cortado a él su cola?
          La sola sospecha le dolió hasta dejarlo sin respiración. Se volvía loco. Estaba seguro de que iban a mutilar los hermosos brazos de su dueña; podía jurar que lo harían. El vehemente deseo de morir, si no podía impedir tal atropello, acabó por hacerle sentirse todo él un dolor vivo. Gimió en tono bajo, para no despertar a Josefina, y buscó algo con que hacerse daño, algo que le hiriera. Empezó a arrastrarse lentamente. Se sentía solo en el mundo, agobiado por la soledad y el sufrimiento.
          Durante tres días las cosas no cambiaron para Poppy. En la casa aseguraban que nunca había estado de tal humor. Cuando llegaba el amigo de Josefina él no podía contenerse. Ladraba, nervioso y erizado; gruñía, enseñaba los dientes. Sentía necesidad de vengarse. Pero volvía de nuevo aquella impresión de orfandad, aquella sensación de que lo habían humillado, de que lo habían despojado de parte de su vida. La tercera noche Poppy puso oído en unas palabras cuyo sentido no alcanzó a entender.
          —Este perro está muy majadero –dijo el hombre–. Yo te voy a dar una sorpresa.
          Poppy retrocedió poco a poco. ¿Sorpresa; había dicho sorpresa? ¿Qué diablos maquinaba el odioso visitante?
          Con la cabeza entre las piernas, preocupado, queriendo desentrañar el misterio de esas palabras, Poppy sufrió más que nunca, hasta que el sueño lo libertó de esa tortura.
          Al día siguiente Poppy esperó ansiosamente la llegada de la noche. Disimulando su impaciencia se sentó junto a la puerta, cerró los ojos y esperó. Tuvo que hacer un esfuerzo para no denunciarse cuando llegó el hombre. Le oyó hablar de muchas cosas; le oyó reír y hacer chistes. Muy tarde ya dijo:
          —Mañana viene Bonzo. Ese sí es de raza pura, no como este malcriado.
          Poppy aguzó el oído. ¿Bonzo? ¿Qué sería eso? ¿Qué significaba tal palabra? Jamás la había oído. Ah, sí; una vez que su dueña disfrazó a un niño de chino. ¿Pero fue “bonzo” propiamente lo que dijo?
          Una pregunta tras otra, docenas y docenas de ellas se fueron encadenando en la atormentada cabeza de Poppy hasta que llegó el momento en que creyó que la cabeza se le quedaba hueca. Francamente, no podía ya más.
          En efecto, llegó Bonzo al otro día. Poppy estaba dormitando, tratando de recobrar parte del sueño que había derrochado en la noche; iba sumiéndose en la suavidad nebulosa cuando lo despertó un grito alegre de su ama. La sintió correr a toda prisa y la oyó murmurar en voz alta palabras de emoción.
          —¡Qué lindo, qué preciosidad! –decía ella.
          A Poppy le pareció que sentía olor a perro y también que oía besos. ¿Besos? ¿A quién besaba su dueña? Poppy no era curioso –costumbre de perras y de cachorros–, pero se intrigó tanto que salió de su escondite habitual. De pronto Josefina entró corriendo y él la vio reír, y vio su dorado pelo agitarse como dos alas pardas. Llevaba algo en los brazos. Era un bulto oscuro, peludo. ¿Sería un abrigo? Tal vez; pero a Poppy le pareció que por un abrigo no debía ponerse así, y además, aquello olía demasiado familiarmente. Ella se tiró en un sillón, pálida de alegría, con los párpados caídos, y Poppy notó que el placer ponía en su rostro un aire apasionado. Ella estuvo así un minuto y él empezaba a sentirse confuso y avergonzado ante tanta dicha. Pero inesperadamente ella se incorporó, tomó aquel bulto lanudo y lo puso en sus piernas. Poppy no pudo reprimir un temblor de asombro y de ira. ¿Cómo? ¿Qué quería decir eso? ¡Era un perro, Dios; un perro lo que tanto había emocionado a su dueña!
          Incapaz de contenerse ya, Poppy saltó, con los dientes desnudos y la cólera en los ojos. Josefina lo miró un segundo; lo miró un segundo como nunca lo había hecho y le gritó algo horrible, algo que Poppy hubiera dado la vida por no oír; y a seguidas le pegó, ¡le pegó con el pie!
          Verdaderamente, ya no era posible soportar más. Humillado hasta lo más profundo de su ser, Poppy bajó la cabeza y con la nariz rozando el suelo se fue de allí paso a paso. Estuvo debajo de la cama todo el día, negado en absoluto a salir.
          Durante la tarde aquello fue una fiesta. Subieron y bajaron las niñas de la casa, la vieja sirvienta, el hijito del jardinero, y cada uno le hizo gracias a Bonzo. ¡Bonzo! ¿Había habido alguna vez un nombre más feo que ése? Decían de él cosas admirables, tantas que Poppy, sin salir de debajo de la cama, aprovechó un momento en que tenían al intruso en el suelo y abrió un ojo para echarle una mirada. ¿Bonito; bonita esa bola de lana parda? Sintió asco de la gente, exagerada en todo. Vio las manos –las queridas manos de su ama– tomar al animalito y levantarlo, y aquel solo gesto rebosó el atribulado corazón de Poppy.
          Fue ahí, en tal instante, cuando resolvió lo que haría después. No pudo esperar. Era demasiado sensible –herencia de quién sabe cuál de sus abuelos– y además no tenía noción clara del tiempo e ignoraba que éste cura todas las heridas y hace viejas todas las novedades. Lo ignoraba todo en ese momento, excepto que ya no sería el favorito, que las frases tiernas de su ama no serían para él y que aquellas amadas manos acariciarían en lo adelante a otro perro. El era un pobre animal mutilado que no podía demostrar amor ni alegría.
          No se movió ese día; ni siquiera se levantó a comer. ¿Para qué? ¿Valía la pena? Tampoco quiso moverse el día siguiente. Vio y oyó entrar gente que olía de mil maneras, oyó celebrar a Bonzo y se quedó quieto, sin fuerzas ni aun para indignarse. A la hora del paseo, tal como había resuelto, se levantó y dejó su rincón de abajo de la cama. Lentamente, sin ánimo alguno, fue emergiendo del escondite. Josefina no lo miró. Con gesto desdeñoso le dijo que saliera. El vio al intruso en los brazos de su dueña. ¿Le dolió? No, pero sintió tristeza.
          Con paso tardo descendió por la escalera. Al salir al jardín se detuvo un momento y contempló el viejo escenario de su felicidad, tan lleno de olores que él conocía y distinguía. Allá estaba el rincón de las bungavillas, y allí estaba el estanque de verdes aguas. Había sol, un sol que brillaba en las hojas de los árboles y en el lejano mar. Amargado y enternecido recordó sus días infantiles, las horas de correteo por entre los pinitos australianos, cuando, perseguido por Josefina, iba y venía loco de contento. En lo hondo de sus venas aquella amargura hirvió rápidamente y sintió nacerle de golpe un odio enorme por cuanto lo obligaba a abandonar aquel sitio. Volvió los ojos y vio al intruso en los brazos de su ama. Durante un segundo pensó saltar, apretar entre sus dientes el pescuezo de aquel animalito lanudo. Fue un ímpetu que iluminó con reflejos diabólicos sus ojos pardos. Hasta llegó a calcular la distancia para el salto. Pero de pronto sintió que podía hacer sufrir a Josefina y eso no valía la pena. Para lo que faltaba…
          Y estaba bella su ama. La brisa de la tarde agitaba su falda. ¡Lindo trajecito! Alguien dijo que la hacía juvenil como una estudiante. ¿Qué era eso de estudiante? Poppy no lo sabía; lo que sí sabía era que su dueña era muy bella, que los ojos azules le brillaban dulcemente y que el aire levantaba con suavidad su fino pelo dorado. ¡Qué tristeza no volver a verla! Poppy sintió dolor por todo lo que iba a abandonar. Lentamente, como sin darse cuenta, bajó la acera. Le pareció que entre las pardas hojas jugaban algunos lagartos. Sí, debía ser así. En lo adelante serían para el otro.
          Anduvo más. Vio acercase el automóvil y oyó el grito de Josefina, un agudo grito que lo traspasó como una flecha. Inmediatamente, un estrépito loco, la impresión de que el mundo estallaba. De pronto, luz, mucha luz, un deslumbramiento. Después súbita oscuridad. Y nada más. Acaso sólo la sensación de que se dormía velozmente.




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