Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


La pulpería
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      La pulpería de Chu era en la noche un bulto silencioso. Estaba en un recodo del camino y sorprendía a los caminantes que desconocían el paraje. Apenas la alumbraba una jumiadora. Los golpes de luz destacaban el mostrador, la negra cabeza de Chu y el grupo de hombres que jugaban dominó. No se hablaba. A ratos sonaba el golpe de una silla o el de una pieza que alguien tiraba en la mesa. Los hombres escupían a un lado y Chu descansaba la frente en una mano.
       La pulpería era igual cada noche; escasa gente la visitaba de día. Acaso los sábados iba más, a tomar ron y a charlar.
       Una noche el viejo Mendo fue más temprano que de costumbre; se arrimó al mostrador y se echó el sombrero sobre la nuca.
       —Vamos a tar cojos p’al juego —dijo estrujándose la cara.
       Chu entrelazó los dedos de ambas manos.
       —¿Usté no va a jugar?
       —Yo sí; el que no viene es el muchacho.
       El viejo Mendo calló un rato mientras se acariciaba el bigote.
       —Ahora se ha encontrado un enamoramiento pa’ las vueltas de la Llanada —explicó.
       —¡Ah…!
       Chu miraba con aburrimiento hacia el camino.
       —Pero de ese lado no hay muchachas, Mendo —dudó.
       El otro movió la cabeza de arriba abajo; gruñó alguna cosa y se volvió de frente, echando el vientre en el mostrador.
       —Di’que una de las del difunto Gatón —empezó a decir.
       El pulpero se agarró la barbilla.
       —Esa gente… ¡Jum!
       El viejo le miró vivamente. Mientras Chu entraba en su cuarto, pensaba Mendo: “Siempre ‘ta este diache de azaroso”.
       Durante dos semanas el muchacho del viejo Mendo salía temprano; jugaba poco, picaba andullo, llenaba el cachimbo y se tiraba al camino. Los otros le olvidaban desde que dejaba la mesa; el padre le miraba de reojo, mientras barajaban las piezas.
       —¡Chu! —llamaba.
       El pulpero saltaba el mostrador, tentaba la silla y, sintiéndola caliente, decía:
       —Muchacho ése que va a vivir largo…
       Y nada más.
       A cada uno, aunque lo disimulara, le preocupaba el muchacho, porque sabían que iba hacia la Llanada, tras la falda. La suya era feúcha y, además, Gatón. Los Gatón no se andaban con juegos. Todos los varones de la casa habían caído en encrucijadas. ¡Gente arrestada aquella! El último debía andar lejos, huyéndole a la conciencia. Había limpiado su cuchillo varias veces en pechos buenos. Al lugar llegaban las historias de sus hazañas y los hombres caseros se rascaban la frente cuando oían hablar de él.

       Había estado cayendo agua desde temprano. Chu sentía sueño en los huesos. Finando el día llegó uno de los jugadores, bajo la llovizna fina y pertinaz.
       —Pa’ mí que hoy no hay campaña, compadre —rezongó el pulpero.
       El otro golpeaba el sombrero contra los pantalones.
       —Ello… Si no vienen no será por el tiempo.
       —Sí, parece que ‘ta por aclarar —confirmó Chu.
       Pero no aclaró. La tierra estaba pegajosa y el camino lacerado de charcas. Bien metida ya la noche entró Mendo; y como los otros no asomaran, se quedaron haraganeando, contando viejos sucesos, fumando. Entre ratos no encontraban qué decirse y se miraban los unos a los otros con aburrimiento.
       A la hora del primer tercio paró Chu una oreja.
       —Asunte, viejo Mendo.
       El viejo se movió, preguntando con gestos.
       —Me parece que suena un caballo.
       —Tal ve’ —dijo Mendo, que se entretuvo fumando el cachimbo.
       Al rato les pareció oír pasos. Alguien chapoteaba de prisa en las charcas del camino.
       —Asunte, viejo Mendo…
       El pulpero señalaba hacia el poniente. Se acercaba el ruido, se hacía distinto. El viejo se arrimó a la puerta, pero la noche estaba demasiado oscura. Nada se veía. Se volvió, huyéndole a la brisita.
       —No se ve…
       Le interrumpieron el ruido, el chapoteo, los primeros pasos del caballo, que acercaba la cabeza y mostraba los ojos relucientes. Un hombre saltó. Era arrogante, erguido y pisaba duro. El recién llegado no contestó al saludo de Mendo; cruzó de prisa, golpeó en el mostrador y dijo:
       —Consígame una vela de muerto.
       Mendo y el compañero preguntaron a un tiempo:
       —¿Hay difunto por su casa?
       No lo conocían; pero quizá se tratara de la muerte de un amigo. El pulpero hurgaba entre cajones.
       —No hay ninguno —respondió el desconocido.
       Tenía voz engolada y dura. Se viró lentamente. Usaba puñal cruzado sobre el ombligo; vestía bien y debía haber andado largo, a juzgar por el lodo que se le había pegado.
       —No hay ninguno; pero va a haberlo.
       —¡Jum!
       El viejo Mendo chupó su cachimbo, se rascó la cabeza y dijo, en voz confusa y baja:
       —Yo no sabía que hubiera gente grave por aquí.
       El desconocido tendió la mano para coger una vela del paquete, que ya estaba sobre el mostrador, y sonrió enseñando unos dientes blancos.
       —Tampoco, amigo —explicó—. Lo que pasa es que horita tengo que arreglar uno.
       La sonrisa cortaba al terminar de hablar. Rompió a caminar, enseguida.
       —¿Cómo? —interrogó Mendo, asombrado y dudoso.
       El hombre tenía ya la rienda entre las manos.
       —Júrelo —afirmó al tiempo de montar.
       Mendo se acercó a la puerta. El jinete se acomodaba en la silla.
       —Júrelo, viejo, porque se lo dice Cecilio Gatón. ¡Cecilio Gatón!
       El viejo abría los ojos. El caballo pataleó con rapidez.
       ¡Cecilio Gatón!
       A la espalda del viejo, el pulpero y el otro silabeaban el nombre:
       —¡Cecilio Gatón!
       Al volverse los miró; ellos le miraron. Estuvieron un instante así, confusos, atolondrados. De pronto el pulpero saltó y corrieron los tres sobre la puerta; se amontonaron en ella, se echaban la respiración encima.
       La llovizna cerraba y el caballo se había perdido en las sombras.
       ¡Cecilio Gatón!
       Al principio no encontraron qué decir, y se quedaron mirando hacia el camino; después anduvieron lentamente sobre el mostrador. El viejo Mendo empezó a pellizcar la madera con su cuchillo; el otro veía al pulpero. Movían las cabezas, ofuscados.
       —Vea el diablo… ese condenao es capaz de matar un hombre bueno y quedarse tan tranquilo.
       —Ello… Lo ‘tará haciendo hasta un día, Chu.
       —Hasta un día, asina será.
       Y tornaron a su silencio. Pero en uno de esos momentos el otro preguntó, como al descuido:
       —¿Y quién será el de esta noche?
       Entonces el viejo alzó la cabeza, le pasó un relumbre endiablado por los ojos, y dijo:
       —Sabe Dio’. La Virgen quiera que no se meta con mi muchacho.
       —¡Jum!
       Chu había murmurado; Chu era medio azaroso.
       —¿Usté cree? —preguntó Mendo, contestándole el pensamiento.
       —Asigún, compadre ¿No di’que anda atrás de la hermana?
       Mendo apretó los labios. Empezó a subirle un calor a la garganta.
       —Asunte, Mendo; asunte…
       Chu paraba una oreja. El viejo se apresuró caminando hacia la puerta.
       —Por ahí viene un caballo.
       El pulpero señalaba ahora el oriente y palidecía, pendiente de aquel ruido.
       —No veo.
       Mendo hablaba de perfil y miraba.
       —No veo, Chu.
       Iba a volverse ya; pero le pareció que sí, que alguien chapoteaba entre el camino, en las charcas. La llovizna secreteaba y casi no le dejaba oír. El rumor se fue acercando. Era más veloz que la otra vez, mucho más.
       —¡Ese andar es del mismo animal! —gritó Chu.
       El pulpero tenía los ojos saltones. Mendo corrió, tomó un colín y se tiró afuera. El caballo apuntaba ya entre las sombras. El viejo blandió el arma. Débilmente, la jumiadora se hacía sentir en el camino. Cuando el animal rompió a su frente, el viejo se adelantó, dio un salto y gritó, ronco, colérico.
       —¡Párate, maldito! ¡Párate, condenao!
       Estaba seguro de que aquel Cecilio Gatón criminal le había malogrado a su hijo. Lo sentía en la sangre; se lo decía el corazón.
       —¡Párate, maldito!
       Lanzó un mandoble, y el caballo caracoleó a dos pasos.
       —¡Encárguese del difunto! —ordenó el jinete.
       El viejo Mendo abrió la boca. El brazo armado se le cayó; sintió que se le ablandaba la carne mientras el caballo desaparecía.
       —¡Se juyó, se juyó! —gritaba casi riendo.
       Quiso entrar en la pulpería; pero Chu y el otro le llenaban la puerta.
       —Vamo’ a buscar el difunto —dijo el viejo, medio muerto. Chu le sujetó el hombro.
       —¿Lo dejó dir? —escupió rabioso.
       El viejo le miró con pena.
       —¿Qué diba a hacer?
       Parecía un agonizante. Chu no podía comprender.
       —Es el muchacho mío —explicó Mendo señalando el lugar por donde el fugitivo se alejaba—. El muerto es el otro —terminó.
       Se acercó al mostrador y se quedó mirando el paquete de velas, que descansaba todavía allí, como esperando.




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