Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


REVOLUCION
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Tuvo suerte Toño: Cholo estaba solo. Entró como un ventarrón, miró a todos lados y, casi ahogándose, dijo:
          —Ya está, Cholo. Deogracia se pronunció.
          Cholo se quitó el cachimbo de la boca violentamente; echó el cuerpo un poco alante, pero no habló.
          Toño estaba allí y no estaba. Se le veía la cara como si el sol la estuviera derritiendo. Hurgaba con la vista los rincones, la puerta, el camino.
         Cholo sintió la nuez de Adán subirle y bajarle. Con la mano izquierda abierta se alisó el bigote crespo. El esfuerzo que hizo para calmarse le surgió a la frente.
          —Bueno... —dijo— Deogracia sabe lo que hace.
          —Sí, pero...
          Toño no podía hablar. Viéndole tan nervioso, Cholo se sintió más sereno, más dueño de sí.
          —Siéntese, compadre. Usté está asustado.
          —Es que, mire... —contestó el otro—. Horitica está aquí el gobierno.
          —¿Y qué?
          —Que reclutan.
          —Esas son caballás. No hacen nada. Ellos saben que Deogracia es hombre peligroso.
          Pero Toño parecía no comprender; ni un instante miró de frente a Cholo. Éste se remojaba los labios, uno con otro, y tenía la vista perdida. Al fin habló:
          —Ya era hora. Tenemos bastante tiempo fuñidos.
          Toño casi salta de la silla. Atropelladamente, como quien tiene miedo de no terminar, se explayó:
          —Yo no espero. Esta noche me ajunto con Deogracia. Mire a ver si usté quiere.
          Cholo arrugó el entrecejo. Pensó en Tonila; dejó el cachimbo en la pared, enganchada la raíz en una ranura, y se mordió la uña del pulgar derecho.
          —¿Cuántos somos? —preguntó de pronto.
          Toño se sabía comprendido ya por Cholo; no iba a engañarle. Contestó:
          —Con usté ocho.
          —Bueno... Bueno... Pero usté sabe que dejo mi mujer y mi muchacho. Yo no voy al monte a pendejada hasta que no tumbemos al gobierno...
          —No se apure —contestó el otro—. Esto es un asunto serio.
          Toño conocía a Cholo y lo sabía hombre de compromiso. Se había serenado ya y no hurgaba los rincones con la vista.
          —Hasta lueguito, compadre. Atardeciendo lo espero.
          Estrechó la mano fuerte y callosa que le extendía Cholo. Con paso seguro salió al camino. Cholo vio su espalda ancha, a contraluz, en la puerta.

***

          Temprano llamó Cholo a Tonila, puso en su mano una moneda y dijo:
          —Compre sal, que Toño y yo vamos al pueblo a llevar un ganado. Estaremos como diez días.
          —¿Cómo? —preguntó ella.
          Algunas veces, había hecho su marido lo mismo, sobre todo al principio de su unión. Después sabía ella que no había tal ganado. Pero aquellos fueron otros tiempos; no tuvo el temor de una revuelta; mas, lo mismo que antes, la boca se le quedó un poco abierta al terminar la pregunta.
          —Sí, mujer —aseguró Cholo.
          Luego se fue a la habitación. La hamaca colgaba de un solo clavo, enrollada. La desamarró, extendió en el suelo, dobló a lo largo y comenzó a envolverla.
          Tonila llegó hasta la puerta, con gesto indiferente.
          —¿Y van al pueblo? —preguntó.
          —Yo creo —evadió el marido.
          Estaba pensando en lo malicioso que era Toño: no quiso decir palabra mientras no tuvo seguridad; pero apostaba cualquier cosa a que Toño sabía los planes de Deogracia.
          Otra vez la voz de Tonila:
          —Entonce’ procure ver a Pirín.
          —¿A Pirín? —Cholo habló con la cara vuelta, asombrado—. No me parece que esté en el pueblo. Lo hubieran visto.
          —Pero quién sabe —insinuó la mujer.
          Él bajó la vista. La hamaca ya era un bulto. Se sintió preso en una red de araña muy fina y muy resistente.
          —Mire, Tonila —dijo con lentitud—. Pirín se ha portao como sinvergüenza. No parece hijo de nosotro’.
          —Verdá es —asintió Tonila—. Pero procúrelo.
          Cholo estuvo un rato preso en la telaraña. Después sacudió la cabeza para retirar de ella a su hijo.

***

          —Arremánguese los pantalones que horita estamos en la loma.
          No hizo caso. Sentía la hamaca en el hombro como si alguien llevara una mano puesta en él. Toño iba a su lado, pero no le veía, aunque lo sentía. Alguna vez decía algo y entonces contestaba como quien hablaba de lejos. De momento preguntó, sin saber por qué:
          —¿Y los compañeros?
          —Están arriba —contestó Toño. Y agregó:
          —No díbamos a venir todos juntos.
          —Verdaderamente —corroboró Cholo—. Hasta mi embuste hablé. Le dije a Tonila que diba con usté al pueblo a llevar un ganado.
          —Tamaño ganado —comentó Toño.
          Callaron. El universo estaba como lleno de café molido.
          Cholo no sabía explicarse, pero le parecía que la noche era espesa. Algunas veces había días espesos también. Generalmente sucedía eso antes de llover.
          Se acentuaba el repecho. La loma estaba ante ellos como una gran cabeza negra. Cholo quería saberse más seguro; había vaguedad en todo él.
          —¿Y la carabina? —preguntó.
          —Deogracia tiene muchas —fue la contestación.
          Cholo no dudó, pero le hubiera gustado más tener la suya entre las manos.
          —Usté es malicioso, Toño —afirmó—. No quiso decir nada hasta el último momento.
          —Yo quería que hubiera seguridá, compadre —sopló el otro.

***

          El día amaneció turbio, como lleno de humo. Abajo, en el valle, parecían estar quemando hojas verdes.
          Cholo sentía la sangre lenta, tenía ganas de beber café y se figuraba subido en un árbol.
          Deogracia le había visto la noche anterior. La mirada de Deogracia era un muro que no le permitía avanzar. Dijo:
          —Yo le tengo confianza, Cholo, usté lo sabe.
          Y eso le agradó: sabían quién era.
          El humo se hacía tenue. Comenzaban a dibujarse contornos de hombres tirados en tierra y hasta se veían espaldas anchas, manos fuertes apoyadas en el suelo y cabezas crespas. Todas las cabezas eran lana teñida.
          Cholo había tendido su hamaca entre un copey y un roble. Llenaba el cachimbo cuando la voz gruesa, pero apagada, cruzó el matorral y le llegó.
          —¡Cholooo...!
          —¡Ijaaa! —respondió en igual tono.
          —¡Lo llama el general!
          Se incorporó y desamarró la hamaca. Tardó lo menos posible en envolverla. Cuando iba sentía los oídos llenos. ¡Había tantas calandrias y tantos jilgueros entre los árboles...!
          Deogracia estaba sentado sobre una caja de cartuchos. Limpiaba su revólver y ni siquiera le miró. Allí, a su lado, humedecidas por el sereno, estaban las carabinas. Deogracia las señaló y dijo:
          —Coja una y vaya con Toño.
          Clavó los cinco dedos en el arma. Estaba increíblemente fría. Se echó la hamaca al hombro izquierdo y sujetó el Máuser con la mano derecha. Toño había roto marcha ya.
          En la vereda no cabían dos. Bajaban y era menester clavar las uñas de los pies en tierra. Estuvo largo rato viendo los calcañares del compañero: gruesos, recios, veteados, como si hubieran comenzado a abrirse. La pierna subía maciza, ennegrecida por el sol y el polvo. Tenía los pantalones remangados hasta la rodilla.
          De improviso Toño se detuvo en seco. Volvió violentamente la cara. Parecía un rostro hecho en bronce, muy sólido, muy muerto.
          —Vamos a revisar abajo —dijo, mirándole fijamente.
          —Bueno... —contestó Cholo, como quien no da importancia a lo que habla.
          Ya el sol iba metiéndose por entre el humo del amanecer.

***

          —¡Mírelo, concho! —murmuró Toño.
          Se le vio la cara contraer de rabia; apretó los labios, tiró el bulto de la hamaca y se echó el rifle a la altura de los ojos.
          —¡No! —rogó Cholo—. ¡Metámono’ al monte!
          Fueron cinco minutos tensos, reptando, procurando no hacer ruido. A doscientos metros rompía el paisaje una línea amarilla, compuesta, móvil.
          —Vienen para acá —murmuró Toño.
          Eran hombres fornidos. Comenzaban a subir la loma con firmeza imponente. Se les veía casi sin perfiles, medio alumbrados por un sol débil.
          —Tenemos que dirnos, Cholo —dijo Toño.
          Agregó a seguidas:
          —O usté solo.
          Sus ojos relucían como si hubieran sido pedazos de espejo. Apretaba demasiado los dientes.
          —Coja por aquí, ¡pero vivo! —y señaló a su derecha—. Dígale a Deogracia que estamos cogidos.
          Cholo no le oyó; tenía la vista fija, como si se le hubieran muerto los ojos, nada más que los ojos. Las zarzas no le dejaban ver bien, o tal vez fuera alucinación. Alargó el brazo izquierdo para retirar algunas ramitas.
          —¿No oye? —rompió Toño colérico.
          Toño creyó volverse loco. Él vio a Cholo dejar el Máuser, mejor dicho, tirarlo lejos de sí. De pronto se incorporó. Tenía la
cabeza llena de hojas secas. La mirada era de loco: clara, clara. Alzó los brazos y corrió, gritando con acento impresionante:
          —¡Pirín! ¡Pirín!
          Sí. También Toño vio a Pirín. Fueron unos segundos en los que no pudo pensar. Ya el ejército estaba a cincuenta metros. Se detuvieron de golpe, quizá si impresionados a su vez: un hombre bajaba a saltos largos, con los brazos abiertos en cruz, dando gritos desaforados:
          —¡Pirín! ¡Pirín!
          Toño midió la desgracia. Vio muchos soldados volverse hacia el compañero llamado con tanta vehemencia. Y lo calculó: sólo una cosa podía salvar a Deogracia: tiroteo. Pero quiso aprovechar su primer tiro. Cholo, corriendo como loco, estaba ya a diez pasos de las fuerzas. Toño puso toda su alma en apuntar bien. El tiro retumbó entre los árboles como alarido siniestro. Cholo dio media vuelta, sintió sabor a cobre subirle a la garganta y crispó las manos.
          A través del humo, Toño le vio caer. Oyó las órdenes. Inmediatamente después, un tiroteo cerrado, como si hubieran querido talar los árboles a balazos.




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