Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


San Andrés
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)



      Toda la tarde anterior la pasó Guarín hablando de lo mismo: el gallo gallino.
       —Yo quisiera echarlo con el canelito de Toño —le decía a Yoyo—. Dende que asomó por el cascarón sabía yo que se diba a dar legítimo ese gallino. Figúrese, encastado por mí.
       Se quedó un rato pensativo y dijo, mientras miraba la puerta.
       —Lo malo está en que gane la pinta negra. Yo no le juego a la pinta ganadora, compai Yoyo.
       Y al otro día, desde el amanecer, empezó a prepararse. Se vistió como lo pedía la solemnidad: saco de casimir negro, pantalón de dril, polainas resecas, zapatos amarillos, camisa blanca y sombrero “panza de burro”. El potro, reluciente a fuerza de aceite de coco y de aguacate, tenía nerviosidad de muchacha que espera novio. Guarín se terció el colt, signo de su autoridad como alcalde pedáneo, y montó de un salto, sin poner pie en estribo. Ya así, pensó poner su gallo en una funda, pero le pareció después que el trayecto era muy corto.
       —¡Eloísa! —llamó—. Páseme el pollo y no se olvide de la vela del difunto.
       Clavó. Las patas del animal parecieron deshacer un dibujo del camino.
       —¡Tráigame dulces, taita! —gritó Nandito al tiempo de despedirse el sol, en el recodo, de las ancas del potro.
       El día era digno de noviembre. Una brisa fresca y suave bajaba de las lomas y doblaba la yerba páez. De allá arriba bajaban unas manchas blancas. Las muchachas, de seguro, que venían a la fiesta. En el alambre de una cerca un pollo jabao batió las alas, como satisfecho, y cantó con claridad y fuerza.
       —Buena seña —se dijo Guarín optimista cuando vio su gallo erizar las plumas del pescuezo para contestar al jabao.
       Ahora le hacía falta el compadre Andrés Segura. Venía, hasta cinco antes, todos los años a su lado, sonreído y feliz. Nadie gozaba estas peleas como el difunto. Se armó de pleito, una Nochebuena, y lo abalearon.
       —Compadre —recomendaba en su último día—, sólo le pido que me prenda una vela todos los San Andrés; si no, le salgo y le hago perder su gallo.
       El pretendía consolarle:
       —No se apure, compadre. Yo tengo tres plomos en el cuerpo y estoy buenesiningo y sano. Total, esto es una caballaíta. Pa’ el otro santo suyo está usté en la gallera, como en todos.
       Pero Guarín sabía que estaba hablando mentira: era un balazo noble el que tenía su compadre. Amaneciendo el día veinticinco dobló un poco la cabeza, se esforzó en sonreír, palideció, perfiló la nariz y se fue al otro mundo.
       Todos los años, en San Andrés, se quemaban velas en su casa por el descanso de su compadre.

       Estaba ganando la pinta clara. El primero fue un jabao de su cuñado Fernando, que mató en la segunda picada. Y siguió la clara arriba. A menos que no cambiara en la tarde… Porque Guarín acostumbraba pelear sus gallos a última hora, para coronar bien el día.
       Como a las cinco consiguió casarlo. Le presentaron un girito que salía con el suyo hasta en la medida de las espuelas; ni que pesarlos hubo. Su rival era un desconocido. Claro que pudo haber conseguido otro desde temprano, pero él no se tiraba con ningún buen amigo. Y eso que Fello le mandó un canelo por trasmano.
       —Lo que es dende hoy en adelante, a mi compai Fello le ando con cuidado, Rogelio. Dizque tirándose conmigo. ¿Usté ha visto?
       Soltaron los gallos, por fin. En la primera picada el de Guarín levantó bien. Se conoció que acabaría matando. La voz del dueño se alzó sobre el griterío que llenaba, desde la gallera, todo el poblado.
       —¡Doy vente a cinco a mi gallo! ¡Vente a cinco!
       —Pago —contestó tranquilamente el del giro.
       El gallino picó y cortó al vuelo, en el pescuezo.
       —¡Doy trenta a cinco! —vociferó Guarín entusiasmado.
       —Pago —volvió a decir el otro.
       Medio atontado por el golpe, el girito se detuvo y aguantó nuevo tiro de su rival; mas de súbito emprendió carrera, como tratando de cansar al matón.
       La valla del gallino alborotó de un modo inaudito. En lo mejor de esta explosión de entusiasmo, el gallo perdido se detuvo, clavó su pico en el pescuezo del perseguidor y lanzó un espolazo que, atravesando un ojo del otro, le vació interiormente el opuesto. Enloquecido, el gallino dio vueltas tirando picotazos al aire. Tuvo como una heroica lucidez: batió las alas, cantó con voz débil y cayó sobre el lado derecho, sacudido por temblores.
       Guarín, sin decir palabra, bajó a la arena, envolvió su gallo en una mirada de dolor y comenzó a pagar las apuestas. Luego se echó al brazo su pupilo muerto y salió de la gallera con la garganta seca.
       No sabía cómo caminaba ni se explicó por qué había entrado a la pulpería. Ya en ella pidió, sin alzar la vista.
       —Póngame un trago de arial oro, don Antonio.
       Lo tomó de un solo golpe, pegó en el mostrador con el fondo del vaso y tornó a pedir:
       —Echeme otro de la mesma medida.
       Bebiendo estaba cuando llegó Fello.
       —Arrepare en esto, Guarín —recomendó—: el hombre del giro vino nada más que a ganarle, porque naiden lo ha visto dende la pelea.
       —No converse caballá —escupió él—. Acompáñeme a un trago.
       Y dirigiéndose al pulpero:
       —¡Ponga dos de a medio oro, don Antonio!

       En el estrecho espacio que dejaba el mostrador, Guarín pretendía caminar, pero tambaleaba. En lo alto, hacia el oeste, el crepúsculo venía a lomos de burro cansado. Los hombres y las mujeres estaban regados por el pobladito y de rato en rato salían grupos a los que acompañaban ladridos.
       Guarín estaba solo en la pulpería; el gallino, frío, dejaba caer el pescuezo por el brazo de su dueño, que no quería deshacerse de él. Hablaba, mas las palabras se le enredaban en la lengua.
       —Don Antonio, póngame dos tragos dobles —dijo trabajosamente.
       Y como el pulpero trajera un vaso, explicó:
       —No, viejo; no. Yo quiero dos tragos en dos vasos.
       Don Antonio le miró asombrado. ¿Para quién era el otro servicio?
       —Bueno —asintió—. Como usté quiera, Guarín; pero sepa que no bebo.
       —No es pa’ usté, compai —replicó—. No es pa’ usté. Ese otro se lo va a beber el difundo Andrés Segura, que hoy es día de su santo.
       Guarín no terminaba de decir esto cuando apareció en la puerta, hacia su espalda, el desconocido dueño del giro que ganó la pelea. Entró sin hacer ruido, echó mano al vaso y se bebió el ron de un sorbo; puso su diestra sobre el hombro de Guarín muerto de asombro, y dijo:
       —Dios se lo pagará, compadre; la culpa fue de su mujer, que no prendió la vela.
       Al bajar la puerta, desapareció. Guarín se tiró afuera sin comprender lo que sucedía. Llegó hasta la esquina, mudo y sintiendo que la cabeza se le iba, pero en ninguna parte vio sombra de persona. Mas, cuando quiso volver a la pulpería, el gallino muerto se estremeció, levantó el pescuezo y rompió los tímpanos de Guarín con un canto sonoro.




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