Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)


Un hombre virtuoso
(Más cuentos escritos en el exilio, 1964)



      Con voz premiosa, don Juan Ramón llamó a su mujer. Tenía ya largo rato sentado a la puerta de su casa, observando hacia la de enfrente. Parecía un gato en acecho. La mujer llegó secándose las manos con el delantal.
          —Siéntate aquí, porque yo tengo que ir al patio. Atiende a lo que hace Quin. En media hora ha ido dos veces a la pulpería, y eso da que pensar.
          La mujer, respetuosa de las manías del marido, obedeció con resignado gesto, y cuando su cónyuge volvió rindió cuentas de su misión: nada había sucedido. Él la miró fijamente, y ella advirtió la desconfianza en sus ojos.
          —Te digo que no, Juan Ramón.
          Bien, no era cosa de discutir. Su mujer había sido siempre así, medio burlona, y a su edad no podría cambiar. Aceptó, pues, el resultado, pero se propuso aumentar la vigilancia para no darle después a la mujer el gusto de pensar que él no había tenido razón.
          Pasado un rato, Quin dejó el martillo sobre un parador, se detuvo en la puerta, como persona que no sabe a punto fijo qué debe hacer, se atusó los enormes bigotes grises y se quedó viendo hacia la calle.
          ¿Qué pensaba Quin? Eso era lo que hubiera querido saber don Juan Ramón. Tenía allí, a su frente, a ese hombre de pocas carnes, de abultada y ancha frente, de mirada vaga y sonrisa un tanto maligna; estaba parado a pocos metros de él y sin embargo no le veía. ¿Por qué Quin no le veía? don Juan Ramón miraba sus viejos y arrugados pantalones de dril, su saco de paño negro, sucio y raído. Volvió Quin a pasarse la mano por el bigote y a poco adelantó un pie. Rompería a andar, seguro que empezaría a caminar.
          Pero de pronto Quin dio la vuelta, tomó otra vez su martillo y se puso a clavar. Don Juan Ramón se desilusionó. Una tristeza indefinible bajó a los aposentos de su alma y amargó sus rincones más apartados. Si la mujer hubiera estado allí hubiera visto cómo los redondos y tenaces ojos de su marido habían perdido brillo. Don Juan Ramón se sintió desilusionado y hasta pensó levantarse e irse al patio. Pero no podía moverse de allí. Esperaba que algo sucedería y, además gozaba un poco del sol que entraba por la puerta y calentaba sus viejos pies friolentos.
          Pasaron los minutos uno tras otro, sin descanso y sin prisa; pasó un cuarto de hora. Don Juan Ramón temía que le entrara sueño y buscaba en la calle algo en que poner su atención, un papel que volara llevado por la brisa o una mariposa que pasara con su alocado trajinar. Y de pronto advirtió que Quin había salido y con su lento andar iba camino de la pulpería. Don Juan Ramón se sintió traicionado. Aquella endiablada piedra brillante que le llamó la atención había sido la causa de su descuido. Quin iba subiendo ya la acera de la pulpería. Don Juan Ramón se puso a dar un paseo frente a su casa. Con las manos a la espalda y los ojos clavados en la pulpería, trataba de ver qué hacía Quin en ella, y no podía. Sus viejos ojos no alcanzaban ya tan lejos. ¿Y qué haría Quin en la pulpería; qué buscaba con tantos viajes a la pulpería?
          Quin salió y volvía con la cara más animada. Don Juan Ramón oyó su voz, ronca y gastada, saludándole, y hasta le pareció que había levantado una mano en gesto afectuoso. Pero don Juan Ramón no se dejaba engañar por saludos. Se sentía disgustado. ¡Esa maldita piedra! Su mujer también era culpable, porque si en vez de estar por allá adentro berreando con la cocinera se hubiera quedado en la puerta, hubiera visto algo. Es que no se puede hallar gente que ligue realmente con uno.
          Mordiéndose los labios, don Juan Ramón entró y cruzó hasta el patio. No quería seguir vigilando; sabía que era inútil. Hasta el patio llegaban los rítmicos golpes del martillo de Quin. Don Juan Ramón esperaría un rato, media hora más. Pero no pudo esperar tanto. Pues los golpes habían cesado y él se dirigió a su observatorio, aunque ya sin el interés de antes. Se sentó, un poco a disgusto, y desde su silla podía ver la sombra de Quin removiendo baúles y tomando medidas.
          Quin trabajaba con animación porque se sentía estimulado. Cada vez que perdía el ánimo –lo cual le sucedía varias veces en la jornada– iba a la pulpería, y el pulpero, que conocía su timidez, le servía un vasito de ron antes de que llegara. Quin se escondía tras una estiba de sal, levantaba el codo, alzaba la cabeza, abría su enorme boca y se echaba en ella el ron. Se humedecía siempre los bigotes, cosa que le agradaba porque después iba remojando los labios con las gotas que pendían de los gruesos pelos, y la ilusión de que estaba bebiendo le duraba un rato largo. Pero si había gente, Quin se hacía el desentendido, hablaba con el pulpero de alguna cosa; en ocasiones hasta compraba algo que no necesitaba, y no se atrevía a echar los ojos sobre el vasito. Cuando notaba que los presentes no pensaban irse, se marchaba haciendo al pulpero una seña con la cual indicaba que volvería pronto.
          Ese miedo de que la gente supiera que él bebía evitaba que Quin se emborrachara. Nadie le vio borracho nunca, y don Juan Ramón no había sospechado de él hasta el día anterior, cuando notó que había hecho cinco viajes a la pulpería en pocas horas. Don Juan Ramón había hablado varias veces con Quin, y si era verdad que lo había hallado un poco raro, a veces muy tímido y a veces más alegre de lo justo, no sospechó de él.
          Allá en el taller de Quin se alzó una voz tarareando una vieja canción. Don Juan Ramón oyó y le pareció estar soñando ¿Cantando Quin, Quin cantando? No; no era posible.
          —¡Ana, Ana! ¿Oyes a alguien cantar? ¿Te parece que alguien canta?
          La mujer se acercó y dijo que sí, que a su juicio Quin cantaba; estaba segura de que ésa era su voz. Don Juan Ramón no quería creerlo; se levantó, decidido a averiguarlo todo, y con las manos en la espalda cruzó la calle. Quin tarareaba acompañándose del martillo. Don Juan Ramón estuvo un rato en la puerta, observándole, hasta que Quin se volvió y le miró. Algo raro halló don Juan Ramón en los ojos del baulero. Quin se cortó, dejó de cantar y se puso a buscar clavos en una cajita. Avisado ya, don Juan Ramón se hizo el distraído. Para él, lo más importante en ese momento era oler. Toda la vida se le fue a la nariz. Empezó a hablar, a elogiar los grandes baúles forrados de lata multicolor que estaban amontonados junto a una pared. Pero en realidad, lo que hacía era acercarse a Quin para percibir el olor, para cogerle el rastro de su vicio.
          Sin embargo no podía. Allí hedía a todo, y el mismo Quin despedía un tufo a ropa vieja y a cola que mareaba a don Juan Ramón. Además, Quín rehuía al visitante.
          Habla que habla, pasaba el tiempo y don Juan Ramón no daba señales de irse. Quin debía tener algo por dentro, porque volvía angustiado los ojos a la calle y parecía mortificado. Don Juan Ramón observaba esa inquietud de Quin y disfrutaba el inefable contento de andar tras una buena pista. Pasó media hora. Quin estaba sintiendo la necesidad de un poco de ron; perdía el sosiego, buscaba baúles que arreglar, y entre todos los que había allí no encontraba por cuál empezar. Subió el sol, y sólo cuando de enfrente llamó la voz de doña Ana, diciendo que era hora de comer, decidió don Juan Ramón dejar a su víctima. Quin respiró como quien sale de un peligro y se fue derecho a la pulpería.
          Quin creía que a un hombre como don Juan Ramón se le engaña fácilmente. Si al entrar en la pulpería hubiera vuelto la cara, habría visto que la puerta de don Juan Ramón no estaba cerrada: allí detrás, acechando, ardían los ojos del vecino, y cuando Quin salió a comer, don Juan Ramón se fue a ver al pulpero, a quien con fingida inocencia le sacó el secreto de los viajes de Quin.
          Pasada la hora de la siesta, Quin iba a salir en busca de su primer vasito de la tarde cuando oyó que le llamaban. Su vecino cruzó la calle, esa vez con pasos enérgicos, y cuando estuvo a su lado le preguntó de buenas a primeras, con voz tan grave que impresionó a Quin de mala manera:
          —Dígame, ¿va usted a beber otra vez?
          El baulero no supo qué contestar. Era tímido y no se atrevía a negar ni se atrevía a decir la verdad. Se quedó perplejo, con los ojos turbios.
          Don Juan Ramón le tomó por un brazo y le empujó hacia adentro. De súbito lo dejó libre, se echó hacia atrás y empezó a hablar. Lo que le salía de la boca era un chorro de palabras. Quin estaba alelado. Peroraba el otro sobre los efectos del alcohol en la naturaleza humana, y el baulero se llenaba de susto.
          —…Los espíritus alcohólicos alojados en el estómago ascienden a través de las paredes estomacales, se introducen en las venas, se confunden con la sangre, destruyen las válvulas del corazón, y un día, quizá hoy mismo, acaso esta noche, mientras usted duerme se queda bonitamente muerto, sin saber por qué. Y en cuanto al cerebro…
          Quin abría la boca y se quedaba inmóvil y frío. El otro veía su labio caído debajo del gran bigote y sus ojos incoloros. ¿Y era eso así, Señor? ¿Estaba él realmente en peligro de morir en ese mismo instante? El miedo empezaba a adueñarse de todo su ser y sentía la columna vertebral blanda, los pulmones agarrotados y la garganta seca. Abría los ojos cada vez más. Don Juan Ramón seguía hablando. Hablaba de Dios, de la virtud de la moral, de fisiología, de economía… Era un torrente de palabras que ahogaba a Quin.
          Mientras su víctima se acongojaba y se hundía por segundos en un mar de tribulaciones, don Juan Ramón paladeaba el delicado placer de sentir que estaba salvando a una criatura caída en los horrendos antros del vicio. Veía a Quin asustado y a medida que aumentaba el miedo del vecino crecía la sensación de seguridad y de alegría que iba ganando el alma suya, su atormentada alma de hombre virtuoso.
          Don Juan Ramón ignoraba de dónde le salían tantos conceptos. Él mismo se asombraba de lo mucho que sabía, y entusiasmado por su irresistible elocuencia hablaba y hablaba sin descanso, con los ojos metidos en los despavoridos ojos de Quin. Este, al fin, no pudo resistir más de pie y se dejó caer sobre un baúl, y desde allí alzaba la cabeza hacia su vecino con atribulado gesto de súplica. Pero aquello no ablandaba a don Juan Ramón, que volvió a martillar sobre lo de las paredes estomacales, las venas y el corazón. Quin apenas podía pensar ya. Sin duda esa misma noche le tocaría morir. Sus gruesos bigotes temblaban y sentía frío en los huesos.
          Nunca hubiera podido decir Quin cuánto tiempo duró aquello. A él le pareció una eternidad. Su miedo llegó a nublarle la vista, a hacerle perder la noción de todo. Sobre él, incansable, don Juan Ramón suplicaba:
          —Dígame que no va a beber más; por la salvación de su alma, por el bien del género humano, dígame que no va a beber más.
          Quin no sabía qué responder, y tan pronto aseguraba que sí como que no. Pensaba en la noche, la horrible noche solitaria y oscura, y él muerto sobre su catre, muerto, ¡muerto! Ah, Dios, ¿por qué bebía, por qué había cogido ese maldito vicio? Y tal vez no sería en la noche, si no en la tarde; quizá sería una hora después, mientras martillaba sobre un baúl.
          ¿Cómo iba él a beber más; cómo? No. Juraba que no; lo juraba por sus recuerdos más sagrados. ¡Oh, morir en la soledad a media noche! Era escalofriante. No podía pensarlo. Sentía el vientre helado y le golpeaban las sienes. Y la voz de ese señor, esa voz.
          Paralizado de miedo, Quin no fue esa tarde a la pulpería y en la noche no pudo dormir. En la oscuridad veía su cuerpo, con todo y ropa, con sus viejos pantalones y su saco raído, metido en un ataúd, bajo tierra. Los gusanos –millones y millones de malignos gusanos– entraban por las cuencas de sus ojos, trepaban por sus bigotes, destruían en un segundo sus flacas mejillas. Su corazón recibía de golpe una carga de alcohol y dejaba de funcionar. Lo espíritus alcohólicos –¿cómo eran esos espíritus, Señor?– subían en rauda ascensión a su cerebro y allí se metían por cuevas y hendeduras hasta envenenarlo todo y revolver la masa encefálica tal como él revolvía la cola.
          Quin sentía sueño, un sueño pesado que le salía de los huesos, y hubiera querido poder abandonarse a ese sueño. Empezaba a dormirse y de pronto abría los ojos, despavorido. ¡No, no! ¿Cómo dormir, mientras la muerte acechaba? Se le helaría la sangre sin él darse cuenta, se quedaría ahí sin vida… Era insufrible; él no podía sufrir más.
          Los ruidos de la noche crecían desmesuradamente. Las cucarachas se movían dentro de los baúles y parecían un ejército de gusanos que llegaba lentamente, en busca de su víctima. El tiempo se retardaba hasta lo imposible. Allí estaba el pulpero sirviendo un vasito. Quin iba a cogerlo, a echárselo en la boca, pero surgían los terribles espíritus, aquellos infernales espíritus, y Quin caía desmayado. La noche era interminable; no tenía fin; jamás acabaría. Ahí, en su catre, Quin se ahogaba.
          De golpe despertó lleno de terror. Se había dormido, y ya las luces del día clareaban el aposento. ¿Estaba realmente vivo? ¿Y si era su alma la que había despertado, mientras su cuerpo yacía sin vida? La angustia de la duda roía el corazón del baulero. Se movió un poco; se llevó las manos al bigote y lo encontró en su lugar, lacio y abundante. Luego, estaba vivo, porque un alma no tiene bigote; aunque él había oído decir que el ánima de ciertos difuntos no quiere admitir, al principio, que no pertenece ya al mundo de los hombres y siente como si en realidad no lo hubiera dejado. ¡Qué tormento tan difícil de explicar! ¿Pero estaba él vestido? Pues sí, estaba vestido. Por lo visto no se quitó la ropa para acostarse. ¿Y vivía? ¿Eran verdaderos esos ruidos que llegaban de la calle?
          Todavía incrédulo, Quin anduvo por su habitación, llenándose de susto cuando alguna sombra entraba por las rendijas agrandándose en el aposento. Al abrir la puerta vio a don Juan Ramón sentado enfrente, con los ojos fijos en el taller.
          Quin se puso a trabajar. Estaba pálido, nervioso, y no acertaba a meter un clavo derecho. A cada momento se sorprendía disponiéndose a tomar el camino de la pulpería, pero se detenía a pensar un instante en la fuerza de los hábitos y en las paredes estomacales y los espíritus alcohólicos. ¡Y qué fuerte era eso de la costumbre! El cuerpo le pedía un vasito, uno nada más; se lo reclamaba la garganta.
          Una hora después llegó don Juan Ramón le preguntó cómo había pasado la noche y volvió a hablar de los estragos del alcohol. Pero Quin no le oía. Le ardía el estómago, le temblaban las manos, le faltaba aire; le parecía que estaba perdiendo la vista. ¡Oh, qué falta le hacía un vasito, uno solo! Aguantó una hora. Don Juan Ramón se fue, pero se sentó en la acera, a vigilarle. Cuando el sol llegó a mitad del cielo, Quin empezó a sudar y a sentir náuseas. ¡Un vasito, uno solo! Sabía que si tomaba, aunque sólo fueran dos dedos, se entonaría y se le pasaría aquel vértigo que le aturdía. Pero don Juan Ramón estaba enfrente vigilando y dentro de su alma estaba el miedo que le paralizaba. Martilló todavía en un cuadro de madera destinado a un baúl pequeño. De pronto un frío de hielo subió desde sus pies hasta su frente, y, cayéndose aturdido, sin vista, se dirigió al catre y se echó en él. Ya no supo más de sí ni se enteró de que los vecinos –las vecinas, para decirlo con más propiedad– entraron, arreglaron el aposento, le quitaron la ropa y se hicieron cargo de él. Cuando volvió en sí, dos días más tarde; entrada la noche, vio resplandores de luces a sus lados y oyó algo así como una confusa voz lejana que hablaba de la gracia divina. Después alguien le tomó la muñeca y le abrió la boca. Enseguida todo volvió a ser vago, distante. Por la mañana, al otro día –¿o era el mismo día, con otra luz?–, creyó oír decir, con bastante claridad:
          —Fue por dejar de beber. Sobrevino una depresión…
          La voz pasó a ser murmullo, y ese mismo murmullo se alejaba más, cada vez más y más y más. En el fondo de su pecho comenzó a formarse una sensación agradable de tranquilidad, de honda paz. De pronto sintió que no podía respirar. Una señora dijo que sonreía, y así debía ser, sólo que bajo sus enormes bigotes nadie podía ver si movía o no los labios. Lo que sucedía era que Quin buscaba gotas de ron en los pelos; las buscaba como en un sueño. Fue su último deseo.
          Don Juan Ramón estaba sentado a la cabecera del moribundo. Muy serio, vigilaba atentamente la faz de su vecino. De pronto levantó una mano, indicando que todo había acabado, y dijo solamente:
          —Ya.
          Sobre el rostro de Quin se había extendido velozmente un tinte lívido, y a seguidas empezaron los huesos a brotar, a crecer, a querer salirse de la piel.
          Don Juan Ramón se volvió y escudriñó con ávida mirada la cara del médico. ¿Había dicho que fue por dejar de beber, o había él oído mal? Fingió indiferencia al preguntarlo.
          —Sí –respondió el médico–. No siempre pueden dejarse las costumbres de golpe.
          Don Juan Ramón se quedó mudo de asombro. ¿Era posible que un médico afirmara tal cosa? ¿Por qué? ¿Por qué?
          Súbitamente don Juan Ramón creyó ver algo raro en los ojos del joven galeno, y de pronto, relampagueante, iluminando los rincones más oscuros de su alma, sintió la sospecha. Se puso de pie, casi de un salto, y se acercó al médico. Otra vez volvió a agitarse todo su ser, a sentir la vida entera alojada en la nariz. El instinto le decía que había dado con una buena pista, y temblaba de emoción.
          Porque sin duda alguna, el médico había hablado así para calmar su propia conciencia. También el debía ser, como Quin, un desgraciado vicioso.




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