Lino Novás Calvo
(Grañas de Sor, Galicia, España, 1903 - Nueva York, 1983)

La luna nona de Lino Novás
Por
Guillermo Cabrera Infante

Revista Vuelta, sección “Letras, Letrillas, Letrones” (Vol. 7, 80, 11, pp. 42-43);
reimpreso en Vidas para leerlas (1998)
(Madrid: Alfaguara, 1998, pp. 115-121)



      Acaba de morir Lino Novás Calvo, en Nueva York, después de diez años de agonía ignorada. El autor de Pedro Blanco, el negrero habla sufrido una serie de embolias en la década de los setenta que lo hablan dejado medio paralizado primero y luego paralítico y finalmente convertido en ese vegetal que a veces parece ser el camino de toda carne. Nunca sabremos de cierto cuánto sufrió Lino en su parálisis, pero sí sabemos lo que padeció con esta muerte en vida su viuda Herminia del Portal. Fuimos con alta Miriam Gómez y yo a un hospital en que sólo visitarlo era una visión violenta del infierno de la senilidad. La demencia, la invalidez y la idiotez senil eran allí el decorado y el único paisaje posible. Entre estos reos a los que Jonathan Swift con ironía irreverente llamó los Inmortales: condenados a la vida en muerte, pri-sioneros de su superviviencia en le cárcel de la longevidad, allí Lino dio una última muestra de su energía creadora.
       Tengo en mi anaquel de libros cubanos una primera edición barata pero para mí preciosa. Es La luna nona, titulo remoto, publicada en Buenos Aires en 1942: es decir hace más de cuarenta años. Este volumen de cuentos es una obra maestra del género y cuando un día se escriba la historia definitiva del cuento en América se verá que Lino Novás está entre sus maestros: Horacio Quiroga, Borges, Felisberto Hernández, Juan Rulfo, Virgilio Piñera, Adolfo Bioy Casares para citarlos en orden cronológico. Lino Novás fue el primero que supo adaptar las técnicas narrativas americanas a una escritura verdaderamente cubana —y lo que es más, habanera. En sus cuentos se oye hablar a La Habana por primera vez en alta fidelidad. Sobre todo La Habana de las afueras, la que conversaba en Diezmero y Mantilla y Jacomino y Luyanó y Lawton Batista: en los traspatios.
       Todo ese submundo urbano, suburbano, era un orbe nuevo. Cuando otro escritor cubano nacido en España, Antonio Ortega (de Gijón, Asturias) me dio a conocer los cuentos de Lino (desde entonces ya no más Novás Calvo) fue como si abriera una puerta pequeña, la del tomo, a un mundo ancho pero propio, contenido bajo el título de La luna nona. Recuerdo haber llevado el tomito en el regreso ritual de Navidad al pueblo natal, leyéndolo todo molido en mi vagón de segunda, el tren convertido en mi Transiberiano, el viaje largo en el tiempo no en el espacio, un Orient Express a través del espejo. El tren había salido de la vieja Terminal de Egido a las diez de la noche, con el brazo lívido de Chelo diciendo adiós desde el andén, y al amanecer estábamos todavía en la provincia de La Villas, enfilando la inmensa llanura continua (Cuba como Africa, no es más que una extensa sabana) que era el paisaje de Placetas a Cacocún, el empalme para Holguín, y el resto del trayecto hecho en el gascar de vía estrecha a Gibara: lomas, un tunel, el mar. Todo ese viaje de fin de año de 1947, fin de una era y comienzo de la literatura, lo había pasado leyendo y releyendo la rara prosa de Novás Calvo. Rara no por remota sino por prójima: esas gentes de nombres exóticos como Acerina Canadio, Silvia Silva, Nazario Niela no vivían en “La luna nona”, en las afueras, como en el cuento sino entre nosotros. “El reía su risa arrancada”, cuenta Lino sin apenas darle importancia a la imagen vertiginosa, “y decía que pensaba acabar con todos los carros del garage, y los ojos se le estriaban”. Créanme, no se escribía así en español, o en cubano, antes de publicarse “En las afueras”. No se volvió a escribir igual después.
       Recuerdo haba leído luego su cuento “Angusola y los cuchillos” con una extraña emoción que era el arte emotivo de las palabras que lo traían todo: los nombres, los hombres y las mujeres (¡Ah, Sofonsiba Angusola!) Anel sexo sobresaltado en una oscura violencia vital. A pesar de mi respeto por Carlos Montenegro (otro escritor muerto olvidado en al exilio y el hombre bronco que me había dado a los doce mi primera lección literaria al sentarme a la Remington renuente diciendo, “Para escribir bien lo primero que hay que hacer es saber escribir a máquina”), Lino Novás Calvo se convirtió en mi escritor cubano favorito y hasta la llegada de William Faulkner y de Borges, en mi escritor favorito entre todos. Habría hecho (de hecho, hice) proeza por leer un nuevo cuento de Novas Calvo. Se hicieron de veras escasos.
       Recuerdo a Lino, la persona, a la puerta de Carteles esperando, viejo chofer, a Herminia del Portal, su mujer, entonces directora de Vanidades y la periodista que ella sola había revolucionado la prensa femenina cubana como haría después con la continental. Lino, a la espera, me saludaba al pasar con un falso falsete en que siempre se refería a mi programa de televisión diciendo: “Te ves a convertir en un actor, ya verás”— tal vez advirtiéndome contra contra la imagen, personal y virtual en la televisión. Por esa época Lino había dejado de escribir cuentos y hacía raudos reportajes para Bohemia (de la que era Jefe de Redacción), algunos tan admirables que parecían calificar como literatura a regañadientes. Solía decir cosas insólitas, como “No hay que escribir cuentos. La literatura está acabada. Lo que hay que hacer ahora es reportajes. El cine y la televisión han aniquilado a la letra literaria. No queda más que el periodismo”. Actitud que me asombró y me molestó al creer, como creía, que la única razón para hacer periodismo, entonces y ahora, es hacer literatura diaria o semanal: el periódico como pretexto literario. Cuando Lino escogió el exilio estábamos en las antípodas. Lo que no me impidió saltar sobre un solitario (y sin duda único) ejemplar de La luna nona, canela y limón, viejo y amarillento, inusitado, en una librería de viejo de La Habana Vieja a finales de 1961 —fin de una era. Como saqué ese libro clandestino de Cuba y lo conservo todavía, rara copia, es toda una historia, otra historia. La de ahora es la de Lino y la literatura.
       En 1967 publiqué un libro titulado Tres tristes tigres que contenía serie de homenajes literarios en forma de parodia a varios escritores cubanos, de Martí a Virgilio Piñera. Había, tenía que haber, una parodia de Lino: a su estilo, a sus nombres, a su prosa. Lino había regresado a la literatura en el exilio, que en vez de destruirlo había fortalecido su vieja vocación: había escrito cuentos, publicado libros y enseñaba entonces español en la universidad de Syracuse, en el estado de Nueva York—a donde han regresado ahora sus cenizas. De allí me escribió una carta que mostraba que había entendido como ataque que era mi honrar honra. Estaba de veras dolido y me llamaba Guillermito. Pero el tono no era de afecto por cierto. ¡Por favor! Si había homenajeado a Alejo Carpentier, personaje de veras desagradable, cómo iba a atacar a Novás Calvo, ¡a Lino! Lo que Lino creía befa no era siquiera burla: era encomio. No contesté su carta porque pensé que sería exacerbar su encono. En el verano de 1980 vivé tres meses en Manhattan y decidí que era hora de visitar a Lino y conversar. Sabía que estaba internado en un hospital de inválidos y después de insistir con Herminia del Portal, ésta consistió a visita, a la que nos acompañaría a Miriam Gómez y a mí. No lo sabía pero iríamos a ver los restos vivientes de Lino Novás Calvo. Fue, sin embargo, una ocasión memorable.
       La sala en que estaba recluido Lino olía a lo que huelen los viejos chochos —sudor agrio, orine, bebas— y Lino apareció sobre una silla de ruedas. Había sufrido más de un cambio. El habanero menudo, delgado, atildado se había convertido, por la magia del regreso biológico, en un gallego fuerte. No se veía limpio pero no estaba del todo inválido y podía pintar, aunque cordinaba sus manos mejor que sus ideas. Conversamos, con Heminia de simpática, patética intérprete, haciendo llegar a Lino nuestras preguntas por el método de la repetición en eco y alzar la voz. En un momento inusitado me vi hablando con Lino directamente y le conté la historia del nuevo encuentro con La luna nona bajo el sol de Cuba. No parecía tener idea de qué era Cuba y por supuesto no sabía nada de lunas, nonas o no. Le mencioné de pasada una de sus obras maestras perdidas, el cuento “Angusola y sus cuchillos”. Lino me corrigió enseguida: “Y los, cuchillos. Los”. Todos se sorprendieron de ese súbito despertar de su mente en hibernación. O no todos. Yo había visto en esta corrección surgir la naturaleza, segunda o primera pero siempre verbal, del escritor por entre el laberinto de la mente extraviada. Lino había demostrado que hasta ahora, en sus setenta años largos, a pesar de la embolia y los derrames cerebrales, pese a la metódica, casi malvada des-trucción de su mente por su cuerpo, su memoria de escritor estaba intacta: una palabra había bastado para activarla. Pero es que para un escritor una palabra es siempre más que una palabra. Para él era ahora el pasado Novás Calvo creador irrumpiendo en el presente limbo de Lino.
       Me fui con más esperanza de la que vine de que Lino regresaría, se recobraría. Le dije a Herminia, convertido en analista súbito, que la mente de Lino necesitaba ejercicio tanto como su cuerpo: unas conversaciones literarias a menudo lo sanarían. Esa era mi terapia: ¡conversaciones literarias! Como otras veces, me equivocaba rotundo. El fuerte campesino gallego que Lino había revertido le sostuvo el cuerpo pero no la mente. Lino tuvo dos strokes más y finalmente quedó totalmente inválido, cuadriplégico casi: excepto por un brazo que se le lanzaba en espasmos no podía mover su cuerpo —ni siquiera la mano con que escribió La luna nona. Así vivió un año y medio más. Ahora acaba de morir el hombre que había nacido en Galicia en 1905 y a los siete años había sido enviado, solo, a Cuba a vivir con un tío remoto y tal vez a “hacer las Indias” y convertirse en indiano. Sin saberlo su madre lo había mandado a ser un gran escritor cubano.
       Me hubiera gustado que Lino hubiera vivido para siempre para que pudiera escribir cosas tan cubanas, tan habaneras, como el comienzo de “Un hombre malo” y convertirlas de nuevo en universales. “Bueno”, empezaba el narrador que tal vez fuere Lino mismo, “yo era chofer, como él, pero había comenzado antes, siendo más joven, con un título prestado y un fotingo de pedales, encaramado allá arriba, en el pescante, y oyendo gritar ¡paragüero! sin importarme”. Swift, que murió víctima de la locura senil, en sus años de vigor literario escribió sobre los Inmortales en Gulliver. “Pero la cuestión no es saber si un hombre puede escoger pasar la vida a perpetuidad bajo todas las desventajas que trae la vejez consigo”. ¿Cuál es la cuestión entonces? Swift escogió otra inmortalidad como respuesta. No la del espíritu, en la que es obvio que no creía aunque fuere clérigo, sino la de la letra y escribió, entre otras cosas, ese Gulliver que ahora puedo citar doscientos años y pico más tarde como si Swift viviera todavía y no fuera polvo de locura y de deseo. Lino Novás Calvo, al ser enviado a América, también escogió ese destino, aunque pareciera haber renunciado a él durante un momento de desespero ante la inatención y la inercia. Ahora vive para siempre en sus libros —y vivirá mientras sea leído. La luna nona es su luna eterna: siempre nueva, siempre llena, siempre sobre el horizonte oscuro. Así escribió Lino, así comenzó un cuento con la frase “¡Este capitán Amiana!”, para decir luego: “La isla no era nada vivo en sí. Una aparecida, como un muerto aparecido. Uno sentía que por debajo de ella aleteaba algo que no aleteaba, que no tenía una vida muerta, que veía las cosas con ojos diferentes”. Fue ese cuento suyo que parodié en parte. Se titula, no por gusto, “Aquella noche salieron los muertos”. Salen en cada lectura.


Julio de 1983


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