Eduardo Mallea
(Bahía Blanca, 1903 - Buenos Aires, 1982)


La barca de hielo (1967)
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1967)


“Se alargarán las manos
en su barca de hielo…”

                 Jules Supervielle.


De algunas frases y de un tono pertenecientes a un cuento suyo de hace veinticinco años, nacieron en el autor, tanto después, las partes de este libro de imaginación, autónomas pero a la vez dependientes de un fondo y una historia antagónicos de aquel relato: el fondo y la historia de un medio (una juventud y una familia) y a la vez de otros hechos y otros infortunios, pertenecientes los unos a la vida, los otros a la leyenda, y sujetos por nostálgica e inescapable fatalidad a la ley secreta de la declinación y transfiguración final de todo cuanto vive “en algo rico y extraño” [Into something rich and strange. Palabras del epitafio de Shelley en el cementerio romano de Cayo Cestio].
                                                                                      E. M.


Las historias de esta historia
son contadas aquí por Adhemar, hijo de Ribas.


Primera

VIOLENCIA

1

      Dije que no.
       Entonces Perpetuidad se llevó el café. Y yo entré en la galería y pasé frente a la ventana del salón y luego me asomé al escritorio y vi que papá —a quien yo llamaba casi siempre padre— estaba jugando al ajedrez con Nicanor. Y entonces mis temores desaparecieron y corrí por la galería y alcancé a Perpetuidad cuando iba a entrar en la cocina —ya tenía abierta con el pie la puerta de alambre tejido, ocupadas las dos manos en sostener la gran bandeja verde— y le tiré del delantal como cuando era chico, y le dije que me diera ese café y ella protestó: “¡Niño! ¡Niño!” como cuando era chico; y yo entonces le arrebaté el pocillo y apuré el líquido que ya estaba casi frío, y después me senté en la baranda de madera de la galería y eché una mirada feliz a los olmos y las tipas, que el verano había favorecido tanto y estaban frondosos como nunca, con sus enormes ramas claras que tendían a oscurecerse al unirse al tronco de ochenta, o de noventa, o de cien años.
       Yo me sentía tan contento cuando padre jugaba con Nicanor que me parecía vivir en los tiempos en que mamá andaba todavía por allí cebando el mate de la tarde y padre estaba como hoy con pantalones de brin blanco y camisa casi punzó, aunque ya envejecida y desteñida de tanto como había sido lavada. Pero ahora mamá ya no existía y sólo quedábamos padre y yo y Nicanor, y yo tenía veinticinco años y Nicanor veinte y padre creo que tantos que eludía contestar cuando se lo preguntábamos, y se quedaba callado con sus pantalones de brin blanco y su cara tan morena y tan surcada de arrugas (aunque tenía tantas más en el cuello) y parecía ponerse más duro aún de lo que era casi siempre, de lo que era veinte años antes, cuando yo me bañaba furtivamente y me caía a veces a la acequia y salía chorreando agua y mamá trataba de esconderme y antes de que pudiera esconderme padre me había visto ya —porque solía regresar a esa hora de la Administración— y me llamaba y me daba aquellos retos serios y largos que me producían ganas de llorar y hacían que la tarde me pareciera siempre solitaria y siempre triste y no ayudara nada y estuviera ahí, pasando, mientras yo iba a mudarme la ropa y ponerme la camisa fresca y los pantalones de sarga y mamá colgaba los pantalones viejos y la camisa vieja. Era el momento en que Perpetuidad protestaba diciendo en voz baja malas palabras y balbuciendo cosas que yo desconocía, a pesar de que entonces no era una vieja como ahora y venía aquel negro llamado Dimas a espiarla por detrás de la verja y yo lo veía y me preguntaba por dentro cosas y no contaba nada porque tenía miedo. Dimas corría después en dirección de la acequia y yo lo oía cruzar el vado y gritar a lo lejos aquello que yo no sabía si era un canto o un rugido frenético. Sólo que Dimas no aparecía nunca ni se portaba así cuando Perpetuidad se iba caminando con las piernas abiertas hacia el sitio donde estaba la acequia, tan callada y tan seria con el atado de ropa sobre la cabeza.
       Padre trabajaba en la Administración del establecimiento grande, más allá del hotel, más allá de los sembrados, en el sitio donde empezaban los grandes montes, y volvía a casa bastante tarde en el tílburi, trayendo el diario que yo esperaba para leer las historietas. Padre se sentaba en su escritorio, ese cuarto lleno de sombra donde había una mesa que él decía que era del año diez y sobre la que colgaba el retrato del capitán Vargas, aquél óleo tan grande y siempre tan brillante, donde yo miraba y miraba a ese hombre de barba negra y quepis y uniforme azul con alamares y pantalones de campaña rojos. De tiempo en tiempo descolgaban el retrato y mamá debía repasarlo con el trapo que mojaba en agua jabonosa y yo tenía que tener el trapo seco y que ayudar y el capitán me miraba ahora a mi altura con aquellos ojos fijos y duros a los que yo tenía tanto miedo. Yo había oído a los cuatro años que el primer uniforme del capitán se guardaba arriba, en el altillo, y después pregunté muchas veces por él en el deseo de verlo y tocarlo, pero no me dijeron ya nada y además nunca me habían dejado subir al altillo porque estaba lleno de armas viejas y yo no debía tocar nada de aquello. Una vez, cuando llegaron tres militares modernos, yo había oído a mi padre contarles en el comedor, de sobremesa, la historia del capitán y de sus batallas y me había quedado adentro el eco de aquellos elogios y las referencias al coraje del capitán, que una vez había combatido a solas contra doce indios y había acabado con ellos y había vuelto de la sierra con el caballo transpirado y el uniforme lleno de desgarraduras.
       Padre también había tenido incidentes y mamá me había contado algunas historias al respecto diciéndome que era más bravo que su tío abuelo, que el capitán Vargas, aunque no hubiera usado uniforme y no fuera más que el Administrador de aquellos establecimientos, y no se hubiera tratado de combatir con los indios, sino de afrontar a los peones bravos que a veces se enardecían, se encolerizaban y lo amenazaban de muerte mientras él pasaba entre ellos con aquel pesado Smith Wesson que en casa se guardaba dentro de su caja negra con un centenar de balas en el cajón de la mesa de noche, al lado del borde del mosquitero y que yo me había deslizado a contemplar a hurtadillas, admirando el tambor niquelado del arma y el caño recto y brillante con la pequeña saliente para la puntería. Yo me acercaba para comparar mis armas de juguete con aquel antiguo Smith Wesson y me parecía exhibir un destino pobre al no tener más que esas armas tanto más livianas e inofensivas que aquel temible instrumento de muerte. Entonces me hubiera gustado mucho ver a padre usarlo, esgrimiéndolo contra alguien, aunque el terror me habría paralizado porque yo era tímido y asustadizo y no me gustaban las peleas ni las muertes y jamás había visto un muerto y los cuentos de batallas me dejaban con los ojos demasiado abiertos y una especie de tristeza que yo no sabía bien por qué era.
       Pero ahora que yo tenía veinticinco años y padre tantos más y Nicanor sólo veinte, me gustaba ver a padre jugando al ajedrez con mi hermano en el escritorio de la casa colonial. Entonces sentía una especie de quietud, una especie de descanso, porque me parecía que Nicanor empezaría al fin a entender el juego y algo se habría ganado, y a padre y a mí semejante cosa nos hubiera dado una gran alegría porque el hecho de que Nicanor entendiera tan poco y fuera tan callado y tan misterioso nos había tenido siempre entristecidos, ya que padre no había obtenido nada de aquellas consultas a los médicos y aquellas visitas con Nicanor a la capital, años antes. Cuando vivía mamá, solía encerrarse con padre para que padre le contara aquellas consultas y yo los había visto salir sombríos y mudos del salón, donde estaban los muebles de jacarandá tapizados de damasco granate, la mesa de comedor de caoba y la lámpara como un candelabro y aquel tubo con la mecha blanca que a mí me gustaba tanto mirar, sobre todo en verano, cuando los insectos acudían y se golpeaban contra el tubo y afuera olían tanto las magnolias y Nicanor y yo entrábamos arrebatados de haber corrido y nos echábamos sobre el salpicón con esa hambre que padre llamaba canina y que era el hambre que Nicanor y yo teníamos en aquellos veranos en que yo me sentía tan contento y la vida parecía una fiesta a la que íbamos a ir.


2

       Por eso ahora me gustaba tanto ver a padre a solas en el escritorio con Nicanor. Era como si yo dejara de sufrir y pudiera estar un rato bebiendo café tranquilo, al aire de la tarde, mirando las tipas y los olmos, los nogales, los arbustos, los senderos de tierra bordeados de madreselvas o de margaritas y el espléndido verdor del llano, a pocos metros de las sierras. Después de todo, en aquella casa habíamos nacido y allí había muerto mamá y allí nos habíamos ido consolando poco a poco, con padre presidiendo ahora la mesa en el comedor donde mamá nos había perdonado tantas cosas y servido tantos dulces y disimulado nuestra gula para que padre no nos reprendiera. En aquel comedor habíamos visto a padre pensativo y yo había mirado a Nicanor para ver si él también se había fijado en aquella actitud de concentración y de tristeza, de vencimiento y de nostalgia, y había visto que Nicanor no reparaba en eso, sólo seguía serio y comía, ausente de lo que allí pasaba, y entonces yo miraba los cuadros en el comedor empapelado de oscuro, los pequeños óleos que representaban un bonito caballo de silla con el jockey arriba o la escena de cacería junto a un arroyo con aquel perro blanco que también me gustaba tanto porque sobresalía del fondo pintado de la tela y parecía un perro real, un perro que tuviéramos en la familia. Era un perro como Jano o Pasquín, sólo que mucho mejor, de otra raza, con aquella cabeza tan llamativa y tan alta y aquel cuerpo de perro príncipe, un perro como a mí me hubiera gustado tener, en vez de Pasquín o Jano. Yo al fin nunca había estudiado nada, excepto aquellos cursos por correspondencia; había aprendido a curar animales y a veces me llamaban desde los establecimientos de las sierras, de aquí o allá en los alrededores, y algunos habían llegado a llamarme Don y yo curaba siempre porque había aprendido bastante debido a lo mucho que quería a los perros, a los terneros, a los vacunos grandes y a los caballos. A veces leía algún libro de veterinaria, pero eso me desilusionaba y cansaba, pues yo prefería aquello que no era ciencia pero que yo sabía bien y con lo que podía ayudar a los de la región y hasta recibir regalos, dinero, reconocimiento y bastante afecto. Eso me daba alegría y yo habría sido feliz si no hubiera sido por lo de Nicanor, por verlo siempre así, callado, taciturno, andando con una rama en la mano, yendo al pueblo para oír hablar sin hablar casi nunca y volver otra vez callado y sentarse entre nosotros como si viviera dominado por una gran pena y nosotros no supiéramos qué era esa pena o de dónde venía. Tal era la causa de que me alegrara ver a padre con él, tablero adelante, en aquel escritorio sobre cuya alfombra, en invierno, siendo niños, habíamos jugado tanto con palitos que parecían soldados y pedazos de trapo que parecían banderas y caracoles que parecían tiendas de campaña, a los pies de la mesa bajo la que padre estiraba las piernas sacando afuera aquellos zapatos de capellada alta y grandes ojales, tan gruesos que parecían imprescindibles para andar por el Establecimiento que administraba y al que no nos había llevado nunca, ni de chicos ni de grandes, salvo cuando habíamos ido una que otra vez para llevarle algo y lo habíamos visto en el corredor de la casa grande, envejecido y en mangas de camisa, serio, como siempre, aunque de una seriedad pensativa y no triste y casi paralizada como la seriedad de Nicanor. Y eso era por lo que yo sufría, la seriedad de Nicanor, tan especial, tan sin explicación, como si él hubiera nacido con algo que le faltara y ese algo que le faltaba no lo fuera a tener nunca y él errara privado y anímicamente mutilado desde las mañanas a las tardes y desde las tardes a las noches y desde las noches a las albas siguientes, sin siquiera haber dormido, porque yo a veces me despertaba a altas horas y lo sentía en la oscuridad de nuestro dormitorio despierto y desvelado, con los ojos hacia arriba y la misma tristeza y el mismo silencio de siempre.
       Yo había tratado de leerle algunos libros o algunos diarios; pero no había conseguido nada. Nicanor había aprendido a leer, porque era dócil y nunca se opuso a que le hicieran hacer algo, por difícil que fuera para él; pero lo cierto es que por su propia voluntad nunca había leído nada, al revés de mí a quien gustaban las historias de hazañas o los cuentos de misterio y las novelas de aventuras, sobre todo si había muchos caballos y los caballos aparecían en su brioso relieve. Un muchacho, en un baile de Córdoba, me había preguntado una vez si yo nunca había visto los caballos de Duccio. Yo me intimidé, porque en realidad nunca los había visto ni sabía cómo eran y la verdad es que sólo años después me apliqué a saber cómo eran aquellos caballos. Pero los caballos me gustaban tanto que yo me hubiera pasado la vida mirándolos, y conocía casi todas sus enfermedades y hasta me gustaba herrarlos o pasarles por las crines la rasqueta suave que los deleita.
       Tres parientas caían de tanto en tanto por casa: Laura, Misia Remedios y tía Romilia. De chicos las habíamos visto más; después de la muerte de mamá sus visitas ralearon. Eran las depositarias de los recuerdos familiares, las feroces protectoras del culto, las que velaban noche y día por que las tradiciones de casa se mantuvieran vivas, vigentes. Casi todo había muerto en torno de ellas; pero ellas se conservaban de pie, flacas, derechas, malhumoradas, como si hubiera sido su destino vivir para recordar y contar, amén de presenciar. Parecían mantenerse a fuerza de tragos estimulantes (tomaban de todo: ron, caña, vinos riojanos); aparte de eso, no se nutrían más que de su memoria. Aunque ahora ya sólo venían para algún aniversario o algún festejo, convocadas y consecuentes, llegadas en trenes o automóviles viejos, con sus achaques disfrazados en el desdén al físico o en la rigidez. Les habíamos escuchado tantas cosas que muchas veces aparecieron ante nosotros como enérgicas inventoras, como restauradoras arbitrarias y despóticas de la verdad. Laura, la más joven, y Misia Remedios eran solteras; tía Romilia, viuda. Laura era de Buenos Aires; Misia Remedios de Cuyo; tía Romilia de Salta. Laura nos había contado la historia del remordimiento, que sabíamos de memoria, y la de la señora Hécuba Nara, a quien había conocido en el interior. Esa historia —no menos tremenda que otras que cultivaban— nos era familiar. Era como si nos perteneciera.
       Yo salía en el sulky o en el Ford a curar animales y muchas veces pedía a Nicanor que me acompañara. Él subía lento y cauto por el estribo. Yo lo veía con su figura delgada y delicada, dueño de aquella extraña distinción innata y taciturna, subir serio y reservado, vestido con aquella ropa siempre igual: el pantalón ceñido y gastado y la camisa oscura abierta a la altura del cuello, con aquel sombrero de alas grandes, de paja cruda, del que no se separaba nunca y que prestaba a su fisonomía aquella especial sombra o huraña belleza. Habría que haber imaginado lo que pensaba siempre, el contenido de su silencio, para no sufrir al rato de mirarlo esa impresión de indiferencia, lejanía o ausencia que acababa por imponer, y que volvía a las gentes sus enemigos. No pocos se sentían heridos por semejante actitud, sin adivinar que él había nacido así y que era una actitud que perduraba constante y general y que por eso lo habían hecho ver por médicos y sufríamos padre y yo como había sufrido mamá, sólo que sin saber hasta qué punto tenía él conciencia de su insuficiencia, hasta qué punto la experimentaba o padecía.
       Por eso ahora me sentía feliz al saber, sentado en la baranda de la galería, que padre jugaba al ajedrez con Nicanor. Miré un rato más las plantas. Bajé de la baranda y entré en la cocina y entregué el pocillo a Perpetuidad y ella me echó de allí como si yo no hubiera tenido veinticinco años y fuera la época en que Dimas venía a festejarla, asomándose por encima de la verja. Fui caminando hacia el corral y estuve un rato viendo los caballos, las pocas ovejas, los terneros a los que Pasquín y Jano toreaban sin cesar. Hice una seña a los perros y los perros me siguieron. Al meterme la mano en el bolsillo toqué la carta de Ernestina y la saqué y la doblé de nuevo, pues se había arrugado y yo quería guardarla más tarde junto con las otras, bajo llave, en la caja que había servido a mamá de costurero y en la que yo acumulaba todo cuanto de querido y de secreto encontraba o recibía. Esa carta era como todas las demás. Ernestina ya no me escribía cartas de amor, sino aquellas comunicaciones tristes y serias, del tono en que habíamos decidido comunicarnos, después que ella, por no ver muerto a su padre de hambre, había decidido casarse con Robles y lo había hecho con esa entereza heroica que era la característica de su carácter. Yo había comprendido. Ella no me había dicho que todavía esperaba —¿qué, para cuándo?— ni yo que todavía esperara —¿para cuándo, qué cosa?— y nos escribíamos sin guardar secreto, como dos amigos serios y viejos que no tienen nada que ocultar. Y sin embargo, nuestras relaciones, nuestro íntimo noviazgo, no había durado más que un año, aquel intenso año del que hacía ahora dos y que nos había dejado, a ella y a mí, la sensación decorosa de un sacrificio a la vez cruel y justificado. Sus cartas se parecían a ella, que yo había visto más de una tarde esperándome en la casa de las sierras, al principio de nuestra relación, de pie y erecta, al parecer más alta de lo que era porque yo la veía desde abajo, con su cabeza a la expectativa y su blusa blanca con el leve encaje de Holanda señalando en su hueco la piel ligeramente cobriza, de un ocre mate. Ella me contaba cosas que leía; yo le contaba cosas que veía. Le había contado la historia de aquel alazán que parecía entender. La historia del tordillo que me seguía como un amigo. La historia de ciertas heladas. La historia de mis excursiones con Nicanor. La historia de las conversaciones con mi padre. Ella solía contarme historias de plantas. Quizás porque yo le había dicho una vez que no recordaba la oleafragans.



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