Eduardo Mallea
(Bahía Blanca, 1903 - Buenos Aires, 1982)


En la creciente oscuridad (1973)
(Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1973)


“Sea que nos elevemos a los cielos,
sea que descendamos a los abismos,
no salimos nunca de nosotros.”
Diderot, citando a Berkeley: Carta sobre los ciegos.

“El mal parece un bien a aquellos
a cuyo espíritu la divinidad quiere perder.”
Sófocles: Antígona.


PRIMERA PARTE

I

      Barboza, de golpe, se levantó de la silla. Tenía ante él la gran puerta. La franqueó, dio seis pasos, estuvo en la calle. El sol matinal doraba los olmos. La zapatería estaba enfrente y el francés Louis Rogoul conversaba con otro hombre. La calle tenía algo de trágica con su estrechez sin aceras, su aire pobre, la irregularidad de su pavimento de piedra. Barboza miró a Rogoul sin saludarlo. Su intención lo obsedía, y hubiera pasado ante un pontífice sin saber de quién se trataba.
       Aquel golpeteo de sus suelas con clavos —vaya a saber por qué de alpinista, tal vez por prolongar su duración o quizás por admirar a algún suizo— lo había oído él siempre. Desde niño se habituó al bárbaro calzado, y sin él no se hubiera sentido a sí mismo. ¡Ah, aquel ruido a la vez monótono y férreo de los botines que parecían de madera formaba ya parte de su persona, tanto como las manos de agricultor o la cabeza virilmente despeinada, cabeza de empecinado!
       No vio el sol de la mañana. Llevaba, colgándole de la mano desgarrada cierta vez por un alambre de púa, la valija de papeles, en la que había puesto ahora una muda de ropa, junto a la navaja, a lo que sabía y a una cédula de identidad hecha pedazos. Ni siquiera pensó que no volvería al pueblo, a Insaurralde, sin la misión consumada. La misión era por el momento su ley, y la había pensado durante todo el año hasta el día de junio en que la afrontaba. Ya no le importaba pensarla más; la tenía adentro, como su entraña, y adelante, como su vida.
       Igual a aquel que va y viene por un corredor cerrado en ambos extremos, la obsesión se le paseaba por la mente, o la mente le recorría la obsesión. Por fin vivía aquella mañana su activo derrotero y no el mero pensamiento de afrontarlo.
       Cuando llegara a la salida del pueblo, debería esperar en el cruce de las rutas el lento ómnibus en cuyo punto de destino había pensado la última semana con ira, más que con amargura. Sobre la amargura ha echado al fin ese golpe de cólera que ahora lo desborda, lo impulsa. Por fin es él; no el pensamiento en sí mismo. El año casi entero de rumia es ya camino, meta, objetivo. Y lo que había aprendido bien es lo que un táctico llamaría el campo de operaciones. Nada ignoraba de los puntos en que debería actuar, proceder.
       Después de media hora de marcha, Barboza distinguió los caminos entrecruzados, la flecha indicadora de la localidad adonde iba. Vio el dedo de madera del poste, fatal como una orden de guerra. Dejó por un instante en el piso —¡ah, la aridez de aquel año sin lluvias, de aquella tierra blanca, mordida!— la valija improvisada en el cartapacio de cuero. El viento de otoño se le metía en el pelo, levantándole un poco aquella mecha negra que tenía la calidad aceitosa del pelo de los cetrinos. Su pensamiento había cesado de errar: no aceptaba, después de doce meses de cálculos, más que la monotonía de la idea única.
       La posesión del mando, en él ya estaba cedida. Nada de él pertenecía ya al pensamiento, sino a la idea fija organizada como arma. Él era el ordenado, no el que ordena: la orden incumbía a la llamada fatalidad.
       Inmensos e iguales a sí mismos, los dos caminos formaban, al encontrarse y recíprocamente desecharse, la rectitud de la cruz, escapada hacia el este y el oeste, hacia el norte y el sur. Poco había andado él por ellos, en ómnibus: su hábito era el propio automóvil, en el que había recorrido leguas y leguas, sirviendo de experto a los agrimensores porteños, que lo ignoraban todo de la zona, excepto el terapéutico olor a tomillo o la coloración de la alfalfa. Pero, esta vez, el auto no le conviene.
       Barboza piensa en lo que ha vivido —solitario— aquel año. ¡Sin la llegada de Tino Rivera su vida habría sido tan opuesta! No estaría ahí, por lo pronto, sino en el sopor matrimonial.
       No estaría, por lo pronto, pensándose. Desde la adolescencia su parecido mayor fue con la espiga. Alto y flaco como era, le gustaba andar sin compañía, y pensaba verticalmente las cosas. En el casco de la estancia donde había crecido ya huérfano de madre, quedó huérfano de padre a los doce años, y pronto lo recogió y educó por caridad el propietario francés llamado Bidou, criador de ovejas y comerciante de lanas. El adolescente, con excepción de las horas de colegio, en que alternaba con muchachos más grandes, cultivaba la soledad de los guachos: hablaba poco, preguntaba algunas cosas vinculadas con su afición a la agrimensura, cuyos rudimentos, en su faz práctica, le tenía enseñados Bidou desde que lo adoptó. Con sus primeros pesos propios, el muchacho, después de abandonar los estudios y frecuentar los boliches, compró alguna oveja, con el espejismo del rebaño visitándole los ojos día y noche. Lacónico, oía a los conversadores. Pronto aprendió a negociar, a hacerse ahorrativo, a callar ante los que regatean. Su silencio era el de la estaca, que se acompaña a sí misma. Y sin duda aquel pensar cauto y lento lo llevó a la independencia con que a los veintitrés años hacía sus negocios. A los veintiséis compró en Insaurralde, pueblo viejo, una casa con jardín, comedor, dormitorio y cuatro ventanas a la última calle empedrada. El zapatero Rogoul había abierto poco tiempo después —pocos pasos enfrente— su zapatería de pueblo pobre. Y él, el joven Barboza, empezó a hacer su idea única de la esperanza que en dos años el pueblo extendiera su pavimento y sus calles, valorizando la zona.
       No era hombre, naturalmente, de muchas pulgas, y ventilaba en sus ideas de experto, acompañando a quienes querían comprar tierras, una idea vanidosa de sí mismo. Sin apenas hablar, se consideraba la encarnación de un silencio archisabio, hecho de afirmaciones o negaciones expresadas de sobra con un mero signo de cabeza. Que no lo entendieran, o bien que lo discutieran, le causaba un malestar impaciente o una incomodidad desdeñosa. Ante su sí o su no, la gente debía decidirse, optar, asentir a comprar aquellos campos de otros, que él aconsejaba lacónico. Si bien las operaciones eran siempre menores, las muchas hechas pronto le aseguraban —también pronto— la jugosa comisión. A la larga había llenado de pesos sucios y viejos una caja de hierro de segunda mano construida al fin del otro siglo, cuya marca borrosa, un águila de oro semidesteñido, presidía frente al aparador el cuarto de comer.
       Ahora, esperando el ómnibus en el cruce de las dos rutas aparentemente sin fin, piensa en su primera pobreza y en el principio de cuanto después pasó. Sabía que era hijo de un corredor de productos químicos, un hombre agriado por la úlcera gástrica, propenso a despotricar y jurar, eternamente cansado y eternamente violento. Incrédulo de alma, al enviudar ya maduro, el corredor de productos pidió licencia al lanero para dormir un mes en su estancia, y al fin se quedó allí por siete años, con aquel hijo huérfano de madre que se llamaba como él y arrastraba como maldición. “Si yo hubiera sido solo —contaban que decía— me habría empleado en la enfermería de algún barco. Habría visto gentes. Habría visto mundos. Pero con este apéndice filial, me desplazo como un mancarrón cansado, al que ni le dan las fuerzas para llevar al jinete.” Al morir el viejo de una bronquitis, fue cuando pasó el hijo —“este que soy”, piensa Barboza— a ser el adoptado del comerciante de lanas.
       El padre, del que se acordaba tan poco, le había puesto aquel nombre de pila —al parecer, de un abuelo—. Aquellas cuatro sílabas que combinaban con Barboza. Cuando tenía que dar su nombre, subrayaba con convicción las dos partes. Decía: “Riguroso Barboza”, como quien acentúa un poder doble.
       Barboza hijo había aprendido a leer en una cartilla del capataz Torbelloni, en cuyas páginas sucias apenas sobrevivían borrosamente las sílabas: “d-o-r = dor; m-i-r = mir. Dormir”. En el colegio del pueblo cercano, adonde iban también hijos de estancieros muy ricos estudió lo que su sagacidad y su malhumor elegían. No tuvo más que compañeros de su sexo, y con las muchachitas de trenzas, que acompañaban a los puesteros visitantes, no cambiaba más que aquellos monosílabos, aquellos avergonzados sonrojos.
       ¡Con qué vigor aprendió todo de la nada! Su curiosidad se le hizo instinto. Miraba y preguntaba; al cabo de los días, el muchachito moreno que era podía a su vez enseñar, frente al fogón, en la rueda de peones, a quienes desdeñaba violento. “¿Qué quiere decir esto de conflagración?”, interrogaba alguno, leyendo el diario en cuclillas. Barboza decía seco: “Guerra.” El peón insistía malhumorado : “¿Por qué conflagración ?... ¡Cha que hay ganas...” y buscaba en vano los términos para cerrar el predicado.

       Allá lejos apareció al fin como un punto el ómnibus que llegaba del Este. A aquellos ómnibus, después de haberlos visto venir durante años, Barboza los conocía a la distancia, distinguiendo el que doblaba hacia el Norte del que viajaría a Buenos Aires. ¿Qué irrisión había hecho que el que doblaba hacia el Norte fuera ahora su esperado, siendo que lo lógico o común habría sido seguir hacia la capital? ¡La capital! ¡Cuánto la había resentido, o se había resentido hacia ella, siendo sin embargo poderosamente llamado por las promesas de aquel mundo!
       Pero, este ómnibus, habría dado su vida por no tener que tomarlo. Habría dado su vida por haber podido quedarse en su casa según el cuadro de dos años antes. Habría preferido ser el hombre monótono que aconsejaba a los miopes, antes que el hombre que ahora se dirige hacia una población que no conoce, con semejante peso en el alma o un designio como el que lleva.
       Aunque un hombre no es solamente su ser. Un hombre es el ser de su historia. Y él, Barboza, está canalizado por los hechos; en los hechos. Nadie, aunque quiera, puede caminar hacia atrás. El tiempo es el gran empujador. Y nos empuja y arrastra hacia adelante. Una vez que lo que no es nosotros se apodera de nosotros, nos torna en otros nosotros, en los seguidores castigados del primer paso que cedimos.
       Si no hubiera conocido a la que fue su mujer, ¿cuál sería ahora su historia? ¿Por qué canales se hubiera deslizado, qué hechos habría afrontado, emprendido?
       Hacia la época de aquella fiesta en el club de Arrayanes, a unos kilómetros de la casa donde vegetaba soltero, todavía era tan huraño como el peor de los rústicos. Había ido mandado —pensaba mucho después— vaya a saber por qué enigma, por qué fuerza. No le gustaban los bailes y aquella vez, no bien llegó, en el galpón adornado con guirnaldas y aquel gran lujo de luces, se ubicó junto a una fila de padres y madres vestidos naturalmente de fiesta. ¡Cuánto tiempo hacía de eso! Siete años; casi ocho. Toda la vida recordará aquella atmósfera: el humo vuelto luminoso debido al fulgor de las luces, las serpentinas arrojadas —que quedaban colgando de las vigas más altas—, las risas gritadas, el temblor de las lágrimas en los ojos de los reblandecidos. La noche era de los jóvenes. Él recibió los saludos, las bromas, las maliciosas preguntas inquiriendo por qué no bailaba. “Es que no sé”, respondía serio, turbado.
       Lo raro fue que aquella muchacha se le acercara. La ve —ahora— plantada ante él, aquella noche, riendo bajo el farol que le ilumina la cara, mostrando la dentadura tan joven entre los labios tan jóvenes.
       —Usted, ¿por qué no baila? —le había preguntado ella a él, sin poner casi pausa a su risa.
       —Porque no sé.
       En ese ómnibus al que sube, en el que responde abstraído al saludo del conductor, la ve, en imagen; la recuerda; la ve ahí: mostrando aquellos dientes tan puros y brillándole aquellos ojos tan nuevos, incitándolo con su juventud a ser tan joven como ella o tan joven como debería.
       —Venga. Dé conmigo unos pasos —le dice la muchacha.
       Al sentarse junto a la ventanilla del ómnibus, recuerda él ahora la resistencia que le opuso, la casi vergüenza que tuvo de sentir ganas de llorar, por primera vez en su vida. Ella se apartó, cedió a otro su cuerpo; bailaron, esos dos. Y todavía, por encima de los hombros del otro hombre, ella seguía mirándolo y riéndose como si lo perdonara o como si lo invitara, al tomar el ritmo del vals.
       Él, Barboza, acaba de abrir el cenicero adosado a la ventanilla cuando le viene a la vista, sobre el campo en que ya el ómnibus cobra velocidad en dirección a su meta, aquella imagen conjunta del salón, las luces, el vértigo de tanta gente bailando, gritando, volviéndose bromas, incitaciones, ironías, celos, llamados. Recuerda haber sonreído francamente por única vez en su vida, cuando ella, fingiendo la mayor distracción, encontró en el intervalo entre dos piezas bailables hallarse de nuevo ante él y le dijo de golpe, como quien suelta una frase atrevida, que el próximo vals sería el oportuno para darle la fácil lección que necesitaba. Recuerda que no pudo ya negarse. Y bailaron un vals.
       Él había sentido entonces los pies —calzados con sus borceguíes de alpinista— más adictos al suelo que al cielo: tropezó, casi cayó, risueña y enérgicamente sostenido por ella, lo cual era como la brisa ayudando al brutal golpe de viento. Ella reía, reía. ¡Reía! Pero él, Barboza, no; él, apenas sonreía; porque él, Barboza, no sabía reír.
       —¿No ve qué fácil es? —le dijo ella, de pie ante él, al desprenderse de aquellos brazos tan rígidos.
       —¡Ah no! ¡Tan difícil! Imposible para mí. Soy nada más que hombre de suelo.
       Nunca olvidaría la solitaria amargura con que volvió a su sitio en el galpón hecho sala de baile. Y si sus ojos estaban brillantes, su joven alma estaba opaca. De aquel baile regresó a su casa tal vez más viejo y tal vez más solitario.
       Ahora, en ese ómnibus donde van cuatro hombres, en medio de la trepidación del vehículo, Barboza puede reconstruir todo aquello, extraer el hilo de la madeja. Recuerda, por ejemplo, que al volver la noche de aquella fiesta en Arrayanes a la soledad de Insaurralde, por primera vez sintió su casa, y la halló igual a lo que era: la caja sin el objeto que la hace útil. Nunca había pensado que entre las cuatro paredes aquellos muebles fueran inútiles sin la mano feliz que los vitalizara. Los olió secos, los sintió secos, los miró mudos, los halló broncos y feos en la suciedad de su vejez. Y él, ante el espejo, parado ahí con sus pantalones de campesino y los zapatos pesados, parecía el autor de aquella sequedad, la pura causa determinante de aquel sordo concierto.
       El ómnibus que lo sacude al franquear la cuneta, le sacude el otro lado del alma: el actual más acá de aquel río. ¡Ah, toda la historia! ¡Cuánto tiempo pasó hasta que vio nuevamente a la señorita del baile! Enseguida había preguntado, sabía cómo se llamaba, no ignoraba ya que su nombre era Silvia Garzanti. Su padre —supo— era un honesto agricultor de Palmiras, un viejo que tomaba Fernet Branca recordando en la plaza a su dios Mitre. Pero sólo la vio, aquella segunda vez, en un mes de julio, durante un concierto de la banda de Arrayanes. Pasó junto a ella y la saludó. Todo el pueblo estaba en la plaza. Él, después del saludo, siguió su camino y no quiso pasar de nuevo ante ella por temor de que un saludo más frío anulara la virtud del primero. Después, de noche y de día, por los campos o en las poblaciones, sobrio o ligeramente achispado, la representación de esa figura de mujer encontró su fiel en el ánimo de aquel hombre tan serio, tan dramático y tan callado.
       Empezó por no faltar de Arrayanes a la hora del vermut. Primero se sentaba en la confitería Primitiva, y al iniciarse la vuelta de siempre alrededor de la plaza —aquel rito llamado “la vuelta del perro”—, echaba a andar lento y solo a fin de encontrar discretamente a la que debía venir con el grupo de amigas en sentido contrario. Algunas veces ella faltó, y otras cambiaron aquel saludo por parte de ella sonriente y por parte de él nervioso e intimidado.
       ¡Ah, en este ómnibus que le parece tan lento, cómo le duele ahora todo aquello! Ahora va con un designio, pero entonces iba con otro, ¡tan diferente y opuesto! Hay ciertos seres misteriosamente elegidos llamados a planear sobre nuestras vidas. Aparecen y desaparecen, pero son sentidos aun en su ausencia como presencias puestas ahí por alguna razón inviolable, a la vez fatal y misteriosamente reviniente. Sí. Más de una vez se preguntó él por qué principios están regidas esas aproximaciones circulares. Por la ventanilla del ómnibus miró a ambos lados el campo. A la izquierda partía hasta perderse de vista un alfalfar florecido; a la derecha podía abarcar la azul inmensidad de los cardos. Nada tenía sentido ya para él.
       No la festejó según los hábitos. La primera vez que —mientras sus amigas habían corrido tras alguien para ofrecerle alguna rifa benéfica— la halló sola en el banco de aquel crepúsculo de plaza, Barboza le comunicó torpemente, en menos de cuatro palabras, que quería casarse con ella. A ella la asombró aquel asalto galante. Roja de golpe, lo miró sin contestarle. Entonces él adujo las causas, tan precipitada y torpemente como podía actuar un bisoño en semejantes empresas. “Tenemos que tratarnos”, dijo ella. Y aquellos dos inexpertos parecieron desamparados, desprovistos de voz o movimiento durante el tiempo que duró su soledad en el banco de la plaza. Al instante volvieron, proclamando a gritos su triunfo, las vendedoras de rifas, que habían agotado hasta la última, y que de sólo ver allí la intimidación de Barboza y la demudación de su amiga, estallaron en aquel aplauso jocoso.
       Él se retiró casi en el acto, sin saber si se había despedido. Recorrió el camino de la plaza sin saber menos aún por dónde iba. Cruzó maquinalmente hacia la confitería que daba el frente a la bocacalle, para pedir un vermut. Había estado allí media hora cuando advirtió su propia permanencia en un mundo que ya habitaba raptado. Y el mundo era aquella mujer.
       Pasó una semana de angustia, pensando, desde Insaurralde, en qué iba a parar todo aquello. A él, que le había gustado prever, el mundo acababa de descomponérsele en perspectivas riesgosas, imposibles de ser calculadas. ¿Cómo había dado aquel paso? No se le parecía. No era cosa de él. Parecía más bien algo dictado, bajado de quién sabe dónde, a imponérsele, a someterlo. Y a aquel futuro inseguro se encontraba repentinamente ofrecido. Ya no podía volver atrás. Otra voluntad que la de él, otra fuerza, otra suerte de imperativo, estaban puestos en marcha, y él no era ya más que el sirviente de su vida, después de haber vivido como su agrio comandante.
       “No me pregunte nada. Haga su trabajo y déjeme en paz”, contestó una mañana al peluquero que lo interrogaba sonriente. Paró, en el café, cualquier clase de bromas. ¿No le estaban diciendo ya “que andaba pensativo”? Dispuesto a vivir más en secreto todavía, se encerró en un malhumor inventado. Alguno creería que estaba enfermo: en pleno poder de la furia o de la misantropía.
       Durante varias semanas se abstuvo de ir a Arrayanes. Sufrió su propia sentencia, la cárcel que sintió necesario prescribirse. Él mismo abarcó y después pulverizó el volumen de su malhumor. Se acusó inútil para todo mientras no volviera a Arrayanes. Y así, a los treinta días de mutismo, después de haber hecho llenar el tanque del auto en la estación de servicio, imprimió al coche una velocidad moderada, calculando llegar en poco menos de media hora. Iba con sus eternos zapatos claveteados, con su negro traje de sarga, un traje de pueblero elegante que contrastaba con los zapatos de caminador, que él decía parecidos a él por la férrea reciedumbre, y a los que obligaba despótico a una duración casi heroica.
       Pero, aquel día, la temperatura cobraba el primer acento otoñal, y la plaza del pueblo vecino estaba desierta. ¿Qué hacer? Se acordó de la confitería, que tenía fama y estaba de moda, y después de dirigirse allí y dejar el auto, ya ante los ventanales —sobre los que brillaba en medio de un derroche de luces el título de Confitería Jockey Club— abarcó con la vista el salón, lleno de risas y humo. No habiendo divisado a la mujer que le importaba, iba ya a retirarse, sin otro plan que consumir la derrota, cuando vio, en la mesa mayor, entre muchachas y muchachos, a la hija del agricultor de Palmiras, que cruzaba los domingos el puente para ver a las amigas de Arrayanes.
       Más que por fuera en un espejo, se vio por dentro blanco. (¡Cómo lo recuerda en ese ómnibus frío!) Y de nuevo estuvo por irse. Pero, pálido, reaccionó, y entró virilmente por la puerta lateral de la confitería.
       Ella lo vio, de pronto, cohibido, inseguro en su seguridad, sin atreverse siquiera a acercarse, a saludar. Entonces se levantó, retirando la silla de Viena, y fue a dar a aquel hombre la mano como se saluda a un amigo de siempre. “¡Hola!” Y él contestó con su silencio, puesto que era un silencio expresivo.
       En el acto se vio sentado entre todos, y le asombró que supieran su nombre y le hicieran ya bromas con ella. Le alegró advertir que lo habían comentado, y habría dado las gracias si hubiera sabido la forma. Se demudó, y Silvia tuvo que decirle que dejara el sombrero negro en cualquier parte. Entonces él se levantó y colgó en la percha dos veces —pues se le cayó al piso en la primera— aquel chambergo aparentemente flamante que tenía tantos años.
       Todo empezó, pues, así. Después el hilo de agua se hizo torrente: él, Barboza, no dejó domingo de ir a Arrayanes a la salida de misa, aun siendo ya invierno y verse la plaza desierta. Un grupo grande se sentaba con ellos en el temprano anochecer que hacía más brillante en la confitería la precoz luminosidad, la luz de las lámparas sostenidas por las columnas de bronce, iguales a centinelas manteniendo monótona una antorcha.
       En el ómnibus, ahora, todo eso le parece extrañísimo, lejano, tan ajeno a él en el recuerdo como lo es en la actualidad. Ya, ahora, lo ve como proyectado, no en un telón exterior, sino en la claridad del campo que atraviesa dando tumbos en el ómnibus semidesierto. Advierte tarde que el conductor le había estado preguntando algo y él había dejado la pregunta sin contestación.
       “¿Qué me preguntaba?” “No, nada”, le ha respondido con desabrimiento el conductor. ¿Por qué será tan inevitable que vivamos todos a recíproco destiempo, hiriéndonos o agraviándonos, aun sin ser esa nuestra intención? Pero lo que él lleva en ese ómnibus no es precisamente cortesía, a los siete años de aquel encuentro que evoca, que rememora. ¡Siete años! ¡Cuánto tiempo para vivirlo; qué poco tiempo para contarlo!
       Ese campo que ve sembrado, dará su fruto por unos meses. Ese cielo será pronto noche. Aquel molino lejano, en algunas horas ya no se verá. Aquel ganado que pace, se retirará a sus refugios. Y él, viajero sin compañía, llegará a su meta en plena tiniebla, cuando en el pueblo ya mucha gente esté acostada, durmiendo. Lo malo de vivir a destiempo es encontrarse siempre sin compañía, o a una inmensa distancia de su prójimo, como los orbes en el infinito. Y los que se quejan de la soledad son los que eligieron ser solitarios.

       ¿Dónde estaría la sentencia diciendo que iba a ser así? Somos ciegos a la lectura de nuestra vida, nosotros que nos ufanamos en leer y comentar las ajenas. Barboza piensa el momento en que pidió aquella mano. Nunca había dicho nada que no se relacionara con lo material, y la idea de proponerse a sí mismo para acompañar sin término a otro ser viviente, le quitó el sueño dos meses, antes de que se decidiera a hablar con el viejo que tomaba su Fernet en la confitería de Palmiras. Cuando se presentó a visitarlo, Barboza parecía el huérfano que era, no el orgulloso que prosperaba en Insaurralde. Recuerda aquel cuarto donde los dos viejos temblaban más que él porque les estaba pidiendo su única hija. Lloraron sin decir palabra: esa fue su aceptación. Silvia y él tomaron un té servido por la madre. (Barboza recordaría siempre la inseguridad de la mano que le ponía la taza y se la llenaba del té y de la leche antes de hacerlo con su hija. Sólo que la mano de él, donde el jabón había borrado la tierra sin borrar los surcos ya eternos, vacilaba a su turno al tener que mostrarse educada. ) La novia y él tenían el aire de niños, y él pensó que en efecto iban a ser los dos, y no sólo ella, hijos de aquellos dos viejos. Un llanto contenido le llenaba el silencio. Bebió su té y vio sobre la pobre suya la mano más blanca que había visto. Al recordarlo, ahora que el ómnibus trepida, lo siente más que entonces. Pues ahora está destrozado y entonces estaba construyéndose.
       A través del campo con olor a alfalfa, que el ómnibus va encontrando y dejando atrás, el purísimo aire —aquella eternidad hecha transparente— le trajo a la vista de adentro la ceremonia, el “enlace”. Ocurrió un mes de marzo en el pueblo inmediato, Arrayanes, donde, por la cercanía —estando sólo separado por un pueblo— habían vivido los Garzanti casi al mismo tiempo que en Palmiras. Y tuvo que escuchar junto a ella virgen en su vestido blanco y en su tul las palabras sacramentales de un culto que él había ignorado del todo. En la dura soledad de sí mismo, al fondo de su castidad viril, no había tenido ante la religión más que frío. Al arrodillarse con su traje negro en el momento oportuno, era su alma la que se arrodillaba. No sabía lo que le costaría más adelante desprenderse de aquel minuto. Y lo que ahora está viendo en espíritu no es el preludio del bien, sino del mal. La vida nos forja como el fuego al hierro, y después seremos ese solo hierro que tantas veces hubiéramos necesitado dúctil, flexible.
       Los Cavirón, después de la ceremonia, les dieron un baile que se inició con el módico vals y luego se quebró, bajo las luces, en ciertas danzas modernas, algún tango, algún chotis pedido por octogenarios, y una gritería de achispados. Pero afuera los esperaba un refulgente Sedán, que alguien prestó como si prestara su alma. Y cuando se fueron, tuvieron que sufrir todavía las bromas habituales o del caso, las cuchufletas, los gritos, antes de que el coche arrancara y corriera al fin por el campo nocturno.
       Él ha arreglado ya entonces su casa para que aquella mujer entre. En el cuarto donde él dormía solo, estará, una semana después, el retrato de los dos en el día del casamiento. En la imagen, no distinguirán del orgullo ese aire de candor que a ambos les ha impuesto la emoción de la ceremonia. (Más de una vez él se miraría allí años más tarde para interrogar en silencio a ese hombre que en él no encontraba.)
       ¡Ah, cómo tuvo que forzar su aspereza para darle el contenido de lo que le era contrario: la suavidad, la ternura, los modos dóciles, la cortesía! Silvia reía de verlo atrapado en el doméstico disfraz: cediendo, cuidándose del frío, de la intemperie; haciéndose el gato manso que él se presta a hacer porque la quiere, porque le causa aquella admiración y aquella timidez.
       Se encontró como un tigre casado con una gata. Pero ¡qué gata! Aquella armazón masculina de gigante de malas pulgas, enfático y malhumorado, declinaba su aspereza ante los requerimientos sutiles de una mujer tan bonita como no la había visto nunca. Él, que antes había recibido a los amigos en su casa, no les franqueó ya la entrada: tuvo que multiplicar las horas de su presencia en el bar de Insaurralde para atender los asuntos y partir con los interesados en su pericia a recorrer los terrenos. Una suerte de orgullo, vanidad o insolencia se le había instalado en la cara al sentirse dueño de la hija del viejo Garzanti. Le parecía haber dado su medida, abonado su prestigio, repartido en los pueblos del circuito el valor contante y sonante de su persona. “A ver, che —gritaba al dueño del bar—, traeme una caña doble. Hoy no estoy para hesperidinas.”
       Desde el ómnibus, por la ventanilla abierta, al tiempo que respira el olor de los trigales sin fin, ve los campos conocidos: los establecimientos de El Cardo, las estancias de Viduela, Martínez, Molina y Ocalinato. ¡Ah si se pudiera ver él como veía lo objetivo: los pastos, los montes, las praderas como tableros de un ajedrez para dioses! ¿Dioses? ¿Qué quiere decir ese término? Él, Barboza, no ha hablado nunca más que en singular: “Quiero esto” o “quiero aquello”; “No se me da la gana”; “Vea, amigo, búsquese más bien otro experto: yo no tolero tanta vuelta”.
       Llegar cada tarde a su casa era como llegar a un escenario donde corriera la cortina —que era la puerta— y lo llevaran sus pasos al temblor que lo licuaba, a la delicia que lo deshacía. Sin espera, caían en la cama; y él reclamaba a su mujer toda desnuda, sin tiempo de despojarse él del pantalón, de puro apetito, pura gula, pura hambre o sed de aquella carne, a la que cubría una piel como seda de tersa, o como miel y leche de color y sabor. Con desesperación, con violencia, ve ahora aquella locura, los excesos de aquellas tardes en que ella, desde la cama, sonreía aún exhausta, viéndolo todavía enardecido, con la cabeza despeinada y el pelo negro formándole dos arcos sobre la frente que le transpiraba. Ella —¿no lo sentía él desde el primer abrazo?— atendía solícita a sus caprichos, con más asombro que admiración hacia ese hombre demasiado común que no gozaba como un ser común, a quien nada bastaba en la posesión de las cosas, y nada le sugería nada excepto aquellas dos gulas gemelas: el dinero y la carne, el predominio del interés y la posesión de lo posible.
       En el fondo —pensó el hombre que viajaba en el ómnibus— ¿de qué le habían servido aquellas fuerzas? Ahora lleva en ese vehículo el precio que había pagado y la mercadería que había perdido. Y si viaja —mirando obseso por la ventanilla, sacudido con la marcha del coche— es por necesitar su ganancia, su revancha, después de haber extraviado lo que obtuvo.

       Silvia, ¡qué mujer tan extraña, tan secreta! ¡Qué terreno cerrado! No se adosaba a él por partes: se adosaba a él totalmente, de modo que no le quedara a ella visible esa fisura en la intimidad por la que los demás podemos ver la especie, el secreto, la condición de nuestros semejantes. Aplicada a toda hora y con todo su cuerpo a la voluntad del marido, nada quedaba de su enigma, si existía ese enigma. Más bien parecía una esclava inhumanamente ofrecida, una servidora, a quien él no tenía que confesarle el llamado: ella estaba siempre más adelante en el camino recorrido por su deseo para expresarse. Sólo al cerrar los ojos con aquella fuerza, pensó alguna vez él que ella aplastaba algo, algo más sutil que la voluntad de entregarse: quizás obtenía el silenciamiento, la mordaza aplicados a los pensamientos secretos.
       ¡Ah, vista retrospectivamente desde ese instante en que viaja, cuánto habría deseado él que gritara un cansancio, una fatiga, un gusto dispar, una disidencia! Sólo la había visto por entonces querer leer el único libro del que no se separó: una enorme novela descuajaringada, La guerra y la paz, que ella, por haberla concluido, releía sin tener cerca otro texto. Cuando sólo al año de casamiento le pidió que le comprara cualquier otra en el quiosco de la estación, ahora recuerda cómo le contestó, pues él era de una raza de unívocos: “Los libros envenenan la mente.”
       Sí, eso le había dicho, celoso de la letra, tanto como de los hombres. Si la encerraba en la casa, ¿no cabía encerrarle también a oscuras el juicio? Sólo una vez volvieron a Arrayanes; y, demasiado enfermos, sus padres no les devolvieron la visita. Él, Barboza, pensó siempre que era “gente inferior”, como “gente inferior” era todo ser humano con excepción de él y ella.
       Ahora recuerda cómo después del placer conyugal entraron sin hijos en el mutismo que él —lo ve claro— instauró. Visitaron a aquel médico de Robles, el cual pronosticó: “Amigo, no tendrá nunca hijos. En realidad, ella ya está cerrada por dentro.” ¿Cerrada por dentro? ¿Qué quería decir eso? Lo rumió, sin confesárselo a ella. ¿Se habría él excedido hasta agotarla o saciarla, hasta hastiarla? Pronto había desertado esa idea. La bestia del médico diría lo contrario en cualquier otro momento, al ser consultado de nuevo, olvidado ya sin duda de su primer diagnóstico o pronóstico.
       Como la rectitud de los álamos que ahora ve, siguió él enhiesta su conducta hacia ella. ¡Ah, cómo se había servido de aquel cuerpo que dejaba yerto, abusado! Cómo se había servido de aquel cuerpo diciéndose para su coleto: “Este es mi dominio. Y yo le doy mi sangre hasta el fondo. ¡Si ya no me quedara más que una sola gota, ella la recibiría como mi última ofrenda!” Sólo que no había pensado en la ofrenda de ella. Los hombres usan a sus mujeres como las hetairas a los inocentes: si supieran que los van a agotar se apresurarían a agotarlos.

       Barboza recuerda que después de la consulta al médico de Robles, él se retiró de Silvia moralmente. Sus tareas de experto decrecieron: iba por la mañana a la confitería, vuelta despacho o sala de recibo para los amigotes o los clientes. En su casa de casado no había entrado un hombre a no ser él; y todo lo que se compraba era llevado a la casa en las afueras por proveedores infantiles. De tanto en tanto, él llevaba a Silvia, en el auto que había comprado al vecino, hasta la plaza donde ella bajaría a ver las tiendas. Ella entraba y compraba algo, sin insistir en un deseo o en otro, y salía callada hasta llegar al coche y estar de nuevo dispuesta a ser dejada en la casa de dos cuartos, una cocina y el jardín de seis metros por seis donde crecían las tumbergias. Se miraba al espejo, se hallaba despeinada; y ya rara vez persistía ante aquellas imágenes arreglándose como antes esa onda de pelo caída que el espejo acusaba. Solía echarse en la cama mientras él estaba en el centro del pueblo; y luego, necesitada otra vez de nutrir su soledad, miraba por la ventana durante una o dos horas, ocupando siempre la misma silla y viendo el mismo camino y la misma loma verde. Más tarde, sin mayor gana, en una actitud laxa y lenta, regresaba al comedor, y después de haberse hecho un té, se sentaba en el jardín junto a la puerta de calle, con La guerra y la paz entre las manos, a fin de releer un fragmento y encontrarse así con algo familiar que le era adicto y le era agradable. En el fondo se sentía —no lo ignoraba él— quieta y apacible, porque lo quería y ella importaba poco al lado de él. Se sentía menos importante y no se dolía de tal condición, así como no le importaba no tener hijos porque en el marido imaginaba fundidas todas las formas posibles de relación suficiente. Él, Barboza, conocía a su vez todas esas formas de la soledad de Silvia, de su intimidad. Partía tranquilo a sus negocios sin repensar más las cosas. No pensar nada era su modo de existir.
       Se conocía fatuo; no se toleraba dudar de cuanto peroraba o pensaba, hablando con sus clientes y amigos en la plaza del pueblo o frente a la redacción del Correo. Recuerda que decía: “La vida es una disciplina”, sin saber bien lo que tal frase quería significar. Sabía que el farmacéutico de la plaza tenía razón respecto de él: miraba a los demás como un emperador. Pero como no tenía más que un súbdito —aquella mujer que lo acompañaba paciente—, se sentía más viril y poderoso; y el desprecio era como su modo de llevar el pañuelo: saliéndosele demasiado por el bolsillo de la campera.
       ¡Con qué celeridad se produjo la congelación de ese amor tan aceleradamente inflamado! No es que, a los tres años de matrimonio, hubiera él cesado de admirarla, de desearla: es que la causa de la admiración o el deseo se transformó; resultó fatigante. Desalterado de la primera pasión o de su virulencia, él, Barboza, navegó pronto hacia el acomodamiento de sus sentidos y el apaciguamiento gradual de su transporte; no se trataba ya de que sólo debiera convivir con la belleza visible: pronto importó concederle aquello cuyo poder de concesión no le pertenecía. Se produjo en el marido un vacío de poder y, por tanto, un resentimiento. La que salía de aquellas noches de pasión, de aquel préstamo de belleza, de aquel fulgor físico violentamente participado al marido, tenía además que vivir —a partir de la salida del sol— la ausencia moral del otro participante: él, Barboza, la escuchaba en los temas sin salir de su asombro; pero a la vez sin salir de sí mismo. Aquel hombre hecho de fuerza y vigor caía disminuido en cuanto la mujer desplegaba su curiosidad o la exposición de otras riquezas menos inteligibles que aquél par de senos perfectos y estupendas facciones. Trastabillaba, caía moralmente, se aburría ante aquel mundo de gustos y conocimientos que durante el día ella manejaba excediéndose porque le importaba brillar. La hacía a ella visiblemente feliz el contar a aquel marido durante los almuerzos y las comidas, los mínimos fragmentos de la jornada que no pasaban juntos, las mil cosas del alma más que del cuerpo. No se detenía ante la perplejidad confusa de aquel mudo, un mudo casi eterno. Y él odió entonces esa riqueza de ella, ese lujo de ideas dulcemente pensadas y sabidurías de conciencia en los que no podía ni quería penetrar, que lo reducían al silencio resentido, y que hallaba presuntuoso e inútil, así en una mujer como en un hombre. Sentado en el sofá que los enfrentaba después del almuerzo y después de la comida, movía con nerviosidad de macho el extremo de la pierna cruzada y sonreía su puro e hiriente tedio, preguntándose —sin disimular el asombro— para qué podía servir a una mujer o a un hombre semejante aprendizaje de esencias o relación sutil con las ideas. Él estaba hecho de substancia; y substancia era lo que en ella lo enardecía en los abrazos. Lo demás era bostezo y tedio. A veces trataba de disimular. Entonces ella se callaba, secreta, defraudada.
       Él mismo se había hecho del todo aquel silencioso de antes, el callado de la adolescencia; y ya adentro de la casa, iba de aquí allá sin una sola palabra. Parecía culpar a aquella mujer —con semejante belleza— de no haberlo dejado estar solo, al haberse él distraído de sí mismo, confundiéndose y desapareciendo en el dúo eterno.
       “Yo he nacido para soltero”, le gritaba a veces en una suerte de histeria. Y una hora después erraba por el jardín y por los dos cuartos, hasta ir al fin a pedirle perdón.
       Los dos permanecían luego besándose o llorando, como si lo que los castigaba no fuera de ellos, sino vaya a saber qué tercera fuerza interpuesta. Qué fuerza abstracta de contextura maligna.
       En esos momentos los dos se sentían culpables de una culpa ignorada, misteriosa.
       Estuvieron mucho tiempo sin tocarse, ¡cómo lo piensa él ahora!, y los dos lloraban paralelamente, sin advertirlo, en la oscuridad del cuarto y en la cama donde se daban la espalda.
       En el asiento del ómnibus, ante una arboleda imponente, Barboza recogió el recuerdo de todo aquello. Aquel vacío de atención, en las épocas que recordaba, reducían a Silvia al silencio.

       Fue un mes de abril cuando llegó Tino Rivera; y él, Barboza —¡cómo lo recuerda!—, lo distinguió, al entrar en el café de la plaza, bebiendo un té junto a los cristales, solo, como lo había visto andar en la adolescencia.


II

       Antes que a la imagen de Rivera, del ex camarada, Barboza tiene que retrotraerse a la recapitulación de la segunda parte de su vida: ver todavía más claro en las escenas de que su casa era teatro.
       Por lo pronto recuerda claramente —en medio del zangoloteo del ómnibus, sobre un fondo de arboledas, oliendo la nafta que remite su olor a los pasajeros— la congelación de hábitos que entre Silvia y él iba desde un año atrás produciéndose. Él estaba hecho a los accidentes, más que a los sueños, de lo que el mundo llama existencia. Por lo pronto, sintió siempre que no existe la unión aspirada: la paz no se llamaría paz si no existiera la guerra que la define como su contrario.
       Así, definiéndolos, calificándolos a ella y a él, la convivencia de siete años acabó por restituirlos, después del primer fulgor, a esa soledad esencial que, sin engañarse a sí mismo, ningún ser viviente resuelve. Él salía, por aquel tiempo, cada vez más al alba para caminar hasta el bar de la plaza, que le servía de despacho, donde podía tratar con hombres los asuntos de los hombres y beber cuatro o cinco cafés hasta pasadas las doce. Ella, Silvia, debía quedarse con la puerta de calle cerrada con llave y despachar por la mirilla cualquier problema surgido en la forma de proveedores que pasaban las canastas por una ventana de la pared del jardín, o en la de una carta o un telegrama. Le pasaban por debajo de la puerta los avisos y talones de recibo de los impuestos municipales, y Silvia los firmaba para devolverlos al mensajero o cartero por el mismo resquicio. Debía preparar la comida, prisionera en su torre, y estar lista para recibir a un malhumorado. (Él mismo confesaba no haber conocido otro ejemplo de silencioso rumiante, de desconfiado y de investigador.) Y ella veía al marido ocultarle los periódicos y al hombre no preguntarle nunca qué cosa leía en su ausencia —ya que los libros se iban multiplicando—, o qué pensaba, qué ocultaba. No le importaba un comino —¡con qué agrura lo piensa en el ómnibus!— lo que ella pensara; y más bien lo enfadaba verla distraerse, bostezar, en las pocas ocasiones elegidas por él para contarle algo: la muerte del abogado Solís o las trampas de juego descubiertas al doctor Silos en el club. Esas referencias minúsculas no se ligaban a otras. Barboza piensa que toda su vida recordará cómo le servían de pretexto para decir algo sin tener ganas de decir absolutamente nada. “Podrías contarme algo de lo que hiciste esta tarde”, le insinuaba ella suavemente. “Algo tuyo, no de los otros.” Él le contestaba invariable: “Si algo valiera la pena, ya te lo habría contado. Lo demás no puede ser más que eso: son sólo asuntos de hombres, cosas de trabajo o negocio.” Ella prefería, por cansancio, callarse a insistir, como lo hubiera querido. Creemos que los despotismos son cosas exclusivamente políticas, adultas, peligrosas, secretas, sin pensar que señalan de pronto a algún niño que aprisiona a su hermano aún menor, jugando, bajo mantas, para que el más chico no aparezca triunfante en la pugna, para que no aparezca sacando la cabeza ante los condiscípulos o extraños. A él le gustaba mirarla, objetivamente; estudiarla en su valor de artículo delicado; guardar ante ella el misterio del macho fuerte que reina sin dar la alternativa al contendor.
       La tarde, las tardes, ¡cuánto más graves y más difíciles debían serle a ella! A las tres, cuando él se iba a sus entrevistas con interesados en tal o cual campo, o cuando se aplicaba durante la siesta a sus partidas de monte o sus recorridas por los establecimientos rurales, Silvia seguramente sabía que debía escoger entre aquellos libros no demasiado sustituidos —“pues comprar más habría sido uno de esos lujos que como gotas de agua acaban desequilibrando los presupuestos”—, el texto más olvidado, el menos recalcitrantemente leído. Si de pronto hubiera sido tratada como una persona, tal vez habría muerto de estupor. Pues Barboza tenía alma de cerrojo.
       —Ella debía pensar así —se dice él al rememorar, mirando el campo monótono que el ómnibus atraviesa, aquello que era pasado.
       Sí, todo eso lo sabe. Para reconstruirlo no necesita imaginación. Lo intuye, desde el momento crítico, desde el momento equiparable a la hoja de la guillotina. No le parece ahora más que antes que así fuera todo, no le parece más que cuando por primera vez lo pensó. Pero, ¿por qué iba a tener la blandura, la comprensión que no tienen siquiera los grandes educadores, los maestros menos habituales? Él ha clasificado todo eso en su carpeta. Pero todo eso no la libró a ella de su decisión, no la apartó de lo que hizo.

       Estaban sin duda envueltos ella y él, hacia aquellos siete años después de su unión, en sus respectivos pensamientos, en sus silencios, en sus soledades. El sexo se había apaciguado. Hacía mucho que había perdido la novedad, y mucho que había crecido en los dos la individual extrañeza: el telón no visible, pero sensible, que separa a un ser de otro ser como compartimientos estancos. Sus acoplamientos eran, sí, cada vez más infrecuentes y más fríos, porque él estaba resentido con lo que Silvia reservaba: su caudal interior de cosas soñadas o pensadas. De cosas que él sabía que ella consideraba demasiado sutiles, demasiado personales o intensas para que un hombre las comprendiera, proviniendo de una mujer.
       Él llegaba por la noche con el Correo de Insaurralde; y ella, en la casa que carecía de aparatos de radio o televisión —por expresa condena de él a esos “conductores de escándalo”—, miraba pensativa la luz o hacía alguna pregunta o concluía la relectura de un viejo texto literario hasta el instante de pasar al cuarto embaldosado donde preparaba la comida. A veces, a lo más, él, orgullosamente inculto, comentaba a aquella mujer joven la noticia aparecida en el periódico: la renuncia del procurador Vid o la muerte del general Balaguer. Pero ya era la hora en que ella debía ir a ocuparse de su parte en la pareja humana. Unos segundos después, él oía el ruido del fósforo al ser raspado en la caja, al encenderse. No ignoraba que Silvia había renunciado a otro encendimiento: el de compartir de noche con fuego aquella cama, volviéndose similar a la mujer del cazador que presta por un segundo su casi muerte, como la liebre o como la garza.
       (Tres años atrás los viejos Garzanti habían muerto, casi sin intervalo, en un pálido febrero. En Palmiras, la casa se vendió a precio vil. De ellos no quedaron más que anécdotas pías. “¿Qué no se acaba?”, había dicho él, Barboza, a su mujer. Y ella había asentido sin palabras, aceptando la fatalidad. Una vez, Silvia, junto a una ventana, le dijo que había encontrado en un libro un carácter parecido al de su madre. Él tomó aquella referencia como una sensiblería de mujer. Ella lo miró. Y después miró la no solidaria tarde que acababa.)

       A ese Tino Rivera que había visto tomando un licor en el bar de la plaza, Barboza se le acercó aquella tarde en el acto y se dieron el abrazo de compañeros de mesa de veinte años antes. No se trataba de una relación de mesa de juego —porque Rivera tuvo siempre aquel lado “angelical”—, sino de comensales continuos, primero en el comedor del colegio y luego en el comedor de un hotel. Los había unido, en uno la voluntad de ganar, en el otro la voluntad de vivir. Mientras Barboza preveía su futuro de poder, Rivera preveía su necesidad de cosas vitales o instrumentos del gusto: cualquier cosa querible o deseable lo atraía, así como al otro no lo atraía más que vencer a competidores muy ricos. Sólo que, cuando se conocieron, lo uno y lo otro los estimulaba a vivir; y si el uno era torvo y áspero, el otro le estimulaba el espíritu invitándolo a una risa frecuente. Si Barboza se ahorraba —como ahorraba su plata—, el otro, nieto de ricos, tendía a ser elegante, dispendioso, sentimental, una naturaleza risueña y conmiserativa. Ah, pero, semejantes generalizaciones, ¡qué erróneamente simplifican la vida! ¿Qué puede anticiparse de las rutas de un ser humano? Es la vida la que nos caracteriza, no nosotros los que la caracterizamos.
       Un encuentro impensado, una propensión escondida, una apertura o una puerta herméticamente cerrada nos vuelven furiosos o desalentados, más vivos o más muertos, eternamente ganados o eternamente perdidos. Al ir hacia el viejo amigo en el hotel de la plaza, Barboza estaba contento; sentía que su animación no era un sentimiento de adulto. Y era el muchachito de otros años el que caminaba en él hacia la mesa ante la que estaba sentado el risueño Rivera.
       —¡No sabía si estabas muerto, si vivo! —le dijo, al abrazarlo, Barboza.
       Todas las posibilidades se alternan en uno —recuerda que Rivera opinó—. Quizás vivamos oscilando moralmente de lo uno a lo otro. Ahora, creo que estoy vivo; mañana no sé lo que creeré de mí. En todo caso, ¡viva el presente! Tenía ganas de encontrarte, y ya había preguntado en la Agencia la dirección de tu casa.
       —Vivo en la loma, frente a la zapatería de Rogoul —había contestado él, Barboza, sentándose—. Pero mi despacho es la confitería de allá enfrente. Allí funciona una especie de Bolsa de consignatarios, de comisionistas, de vendedores, de compradores... y no hay quien atraviese Insaurralde sin parar en el bar o confitería media hora, para saber lo que pasa. Yo reviso allí mis planos de mariscal: oigo a uno, oigo a otro, después ya sé lo que tengo que hacer.
       De pie, con Rivera vuelven a abrazarse, a mirarse, desde todas las posiciones; y el aroma del licor parece la emanación del gozo de aquel encuentro imprevisto. En realidad, uno es ascético y parco —él, Barboza—; y Rivera, vivaz y cordial. (“Capaz de abrazar a Dios”, decían tantos años antes los muchachos del grupo aludiendo a su carácter simpático.) Y Rivera se reía con todos ellos cuando tenía los tales dieciséis años. Después, ya no se le vio más que solo y poco: unos decían que se había dedicado a la música, siendo un compositor bien dotado, aunque no de gran talento: una especie de improvisador graciosísimo; otros, que vivía alejado por lo mucho que le gustaba estar solo; otros, en fin, que se dedicaba a existir, consumiendo una herencia secreta.
       —¿Dónde vivís? —preguntó Barboza a ese ex camarada que sonreía.
       —Nunca digo dónde vivo —rió aún Rivera con aquel dejo enigmático.
       —Y eso, ¿por qué?
       Porque si lo dijera, me quedaría ahí. Y no quiero que ni siquiera una palabra me ate.
       (Barboza recordó que, en efecto, cuando fueron condiscípulos, Rivera no había dicho jamás el sitio donde vivían sus padres. Por aquel entonces el muchacho que iba a la escuela rural no hablaba nunca de ellos —con quienes debía estar resentido— sino de los tíos con quienes vivía y lo albergaban en su granja de Insaurralde.)
       El tema de los campos los había unido aquel día, mostrándolos —a los dos— con un talento de visionarios. Tenían puntos de vista distintos: en tanto que Rivera abogaba en favor de la virgiliana agricultura, Barboza pensaba en los grandes negocios, en especulaciones sustentadas por el poder vital y macizo de los cálculos más audaces. “Creer es poder”, afirmaba Barboza, usando el proverbio en su beneficio y dándole categoría decisiva en cuanto al “meterse” o el “no meterse”. “Yo nunca me he equivocado”, decía, mirando con sus fijos ojos casi grises al buen mozo. Y ante el vaso de coñac pedido y apenas probado, había expuesto al ex camarada una teoría de la audacia, una tesis de la celeridad vital como ariete que al fin penetra la resistencia, la pulveriza. ¿Qué es en definitiva la materia, sino lo que la catapulta deshace cuando se le opone? Gracias al empuje de su seguridad, él había hecho su bienestar.
       En el fondo, él, el “enérgico Barboza”, era un empecinado. Lo cual no quitaba que de pronto hubiera tenido debilidades de niño. “Eso sí —confesaba—: me repongo. Y mi debilidad me señala la puerta por donde debo dejarla para entrar en los cuartos de mi empuje moral.” Pronunció las palabras “empuje moral” con una especie de énfasis, un énfasis demostrativo que él apoyaba en su cuerpo alto de vencedor, un cuerpo seguro de sí y sin finura. Al hablar, se escuchaba. Y aun el vaso de coñac parecía esperar preso en la mano la orden de ser llevado a la boca.
       Después de haber conversado dos horas con la mesa de por medio, repitiendo las bebidas y oyendo el estruendo del altavoz de la plaza, se despidieron con la promesa de volverse a ver, no bien Rivera regresara más tranquilo, luego de algunas gestiones en San Vicente del Lago. Rivera volvió a su pieza del hotel; Barboza recuerda haber ido hacia la plaza. Él, Barboza, parecía más fuerte y más alto aún que aquel hombre pálido, suave, exquisito. Pero si se hubiera preguntado a quienes los conocieran cuál era de los dos el más respetuoso del otro, nadie habría dudado en elegir a Barboza. Lo que pasaba era que, desde niño, el hombre fuerte sentía cierta debilidad protectora hacia el fino compañero de escuela. Y esa debilidad era visible en un hombre sin debilidades.
       Antes de verlo a él, Barboza, irse, avanzar por la plaza golpeando el asfalto de los caminos en cruz con los hierros de aquel calzado tan grueso, Rivera, sonriente, aquella tarde le había gritado:
       —¿Y esos zapatos de alpinista?
       —¡Son para aplastar alimañas! —a su vez había bromeado Barboza. Y la boca le había sonreído, abierta, irónica, festiva, de sólo haber dicho por una vez una frase no seria.

       Sí, de esos dos, uno lo alza todo celestialmente y el otro lo baja todo térreamente. “Son el cielo y la tierra”, les había dicho años atrás con razón el maestro Cigal, de sólo verlos a uno y a otro acusarse a sí mismos para no exponer al amigo por una causa de indisciplina infantil. Tal como Barboza lo ve, Rivera es el lírico jovial, sentimental y generoso, bueno y conmiserativo. Y tal como Rivera lo ve, Barboza es el hombre vestido de dureza. ¿Cuál de los dos no recordaría la tarde en que, de niños, se defendieron como héroes cuando se les acusó de haber hecho explotar con una bala de matagatos la claraboya de cristal que cerraba el patio interno de aquel colegio de pueblo? Ni los propios compañeros de ambos supieron después de la intervención del maestro cuál de los dos lo había hecho. Aceptaron el doble castigo, y sólo Rivera no ignoraba cuál era el verdadero culpable.
       A causa de esos recuerdos, Barboza, lacónicamente, contó a Silvia aquella noche el encuentro con el amigo a quien de tanto tiempo atrás no veía y del que desde tantos años antes no le llegaban noticias. Ella estaba aquella noche cansada, ácida de tedio al cabo de un día especialmente gris en que intentó escribir a una amiga de antaño, rompiendo luego la carta para no contarse a los otros. Por eso, o por otra cosa, prestó a la noticia oídos indiferentes, ante lo cual Barboza desplegó pronto el ejemplar del Correo para leer aquellos avisos sobre ventas agrícolas, en atención a los cuales no miraba jamás las restantes noticias. Por una propensión natural de su genio, los hechos empezaban y concluían en el mundo estimulante de las cosas agrarias. Y él odiaba la política, así como el trato con personas en cuya sociedad se pierde el tiempo. Hizo al fin pedazos el diario y llevó al quemador las partículas, con las que desaparecieron los rostros mutilados y los títulos ya muertos. La variedad del mundo a él se le daba como monotonía. Nunca recordó otro dato que una cifra comparativa; y el bostezo y el tedio calificaban su desdén hacia el conjunto de las otras cosas.

       En el ómnibus que ahora lo lleva y en el que viajará aún tres horas, no ve más que su obsesión: la trampa abierta a sus pies por la vida.
       Hacia la época que evoca, ya el diálogo ha muerto casi del todo entre él y su mujer. Sólo el deseo viril se enciende, rápido en despacharse, inmediato, sin palabras, no bien apaga la luz del velador junto a la cama de dos plazas. Luego, apartada ella ya, como se aparta la almohada que sobra, tarda él en dormirse, de espaldas a Silvia; y Silvia puede mirar por el tragaluz la oscuridad de la noche, sentir algún corto ladrido, la queja de algún animal lastimado. Si hubiera podido quejarse, ella se habría quejado de ese modo; ella ya sin ilusión.
       En él se despierta la nueva idea fija, y es eso —lo recuerda fatalmente ahora— lo que por aquel entonces ve, en la noche: la caída de sus negocios. Todo eso se le presenta a él, puro inimaginativo, como tedio y silencio, silencio y tedio. Cada día y cada noche han empezado a ser para él y su mujer el largo desierto, el desierto en común, por tanto un solo desierto.
       ¿Cómo disimuló él ante Rivera, la tarde del encuentro, todo eso? Quizás por el propio estímulo que el recuerdo de un pasado mejor inserta en la agrura del presente. Habló con Rivera sólo de esa etapa anterior en que todo reía aún y él, en su oficio, podía convencer con el consejo del especialista la vacilación de los inexpertos. De un tiempo a esa parte ya no podía convencer a nadie; pero el encuentro con la encarnación de otra hora, el hallazgo de un viejo amigo, pueden ejercer cualquier virtud, incluso la de la esperanza. El nessun maggior dolore no era para él —al encontrar a Rivera— la definición del reencuentro; al revés, lejos de quejarse del presente, se había dejado halagar haciendo la crónica de sí mismo referida a su mejor momento, que era el actual. Sólo cuando escuchó la voz que después de la despedida lo llamaba en la calle riéndose al oír el ruido de los claveteados botines, recobró Barboza, aquella ahora lejana tarde, la visión del estado de sí mismo: la contracara fúnebre de su enigmática respuesta.
       ¿Cómo contarse a sí mismo —y rememorar es hacerlo— aquel período distinto que, como el ludión capaz de mostrar el equilibrio de los cuerpos en el agua, fue producido a su vista por el reencuentro con Rivera? Por lo pronto, ante la vista de aquel amigo reencontrado, sintió en sí algo que se fertilizaba o se restablecía. Era como meter la mano en un líquido y sacar el pez de oro. La verdad es que había olvidado bastante las facultades sin precio de aquel soltero de su misma edad. A su regreso de San Vicente del Lago, ese sitio vecino, el amigo Rivera le hizo oír sus propias grabaciones —con las que viajaba siempre— de sinfonías tocadas por él en el violín o en el piano de su secreta casa distante, así como aquellos poemas —propios o ajenos— repetidos con una voz sabia ante la cera virgen, y ya indelebles y repetibles ante los escuchadores amigos. Era una especie de “Byron criollo”, como se lo dijo Barboza, a la vez serio y sonriente, citando el nombre del único poeta de que había oído hablar en su vida. Resultaba imposible no creer ante aquel despliegue de talento. Barboza quedó entusiasmado, y el amigo sonrió, desdeñando el elogio.
       Por aquel tiempo —Barboza lo recuerda perfectamente al disminuir el ómnibus la marcha para atravesar la pésima área de pinos— Silvia acababa de pasar dos semanas difíciles. Un tío había estado primero muy débil y más tarde muy grave, aunque esa vez salió de peligro. Y ella, primero preocupada, tenía después el crítico cansancio de los incomunicados. No sabiendo qué hacer, el marido llamó al fin a otro médico, y el viejo doctor Nicolai, con sus anteojos de miope se presentó una mañana, abrió las ventanas, ordenó una ventilación adecuada, miró las pupilas de Silvia, y al fin dijo lacónicamente:
       —Esto es puramente nervioso. Dejen que entre aquí el sol y no se lo pasen en esta pieza cerrada.
       Pero, en el mundo, lo abierto, el horizonte, evidentemente no le interesaban ya a ella. Unos días después, cuando pudo llegar con más fuerzas a esa cocina adonde hacía poco había llegado extenuada, volvió por un acto de decisión a mostrarse capaz de disciplinarse, de tomar bravamente el aire de la salud. Empezó a sonreír, sólo que con un fondo laxo, pasivo.
       “Esto”, debía preguntarse, “¿es la vida?”. Sólo que preguntas así son hechas al aire; y el aire no responde más que con su voz.
       Un alma, una conciencia, un apetito de vida son menos lo que viven de su voz que lo que mueren por la no respuesta. Con su opacidad, el silencio es el enemigo a la espera de que cada voz calle, para ser él el monarca de la carencia mortal de expresión. Y por más que hablara, afectado y desconcertado, él, Barboza, también se había callado por dentro.
       ¿Qué hacer de aquella muerta, si él, que era la vida, no le daba la vida? Las salidas desde su casa hacia el centro del pueblo condujeron en él a aquel desconcertado. Ya ella vivía automáticamente; y él detestaba llamar al contacto carnal a aquella muerta, a aquella ausente.
       La casa había adquirido un aspecto de materialidad nebulosa. Sus mismas paredes tenían ya el aire de no perturbar, el aire de dejar pasar la emanación de la agrura. Y el interior de aquella vivienda minúscula no daba señas de ver modificarse a sus pobladores.
       Una de esas tardes, al llegar al bar de la plaza donde había citado a Rivera para convencerlo fe “una operación estupenda”, Barboza no ocultaba el aumento de su desagrado “por las circunstancias de su casa”. “¿Por qué no se van a alguna parte? Un cambio de aires siempre viene bien” —sugirió el otro. “¿Irnos?”, preguntó Barboza asombrado. “¿Adónde podríamos irnos?” Y agregó pensativo: “La vida está cada vez más cara. Y la gente no hace caso de los consejos: compra poco. Y quienes la aconsejamos, pagamos su indiferencia.”

       Al fin, una tarde, “previo aviso”, ese hombre frío que es él decide llevar a Rivera a su casa, pues, ante el problema conyugal, “ya no sabe qué hacer”. (Tal vez, además, ¿por qué no?, en poco tiempo pueda convencer al amigo de formar juntos una sociedad.) Silvia, sin saber nada de las confidencias, y tal vez poco de los otros planes, había aceptado que lo invitara a comer, como aceptaba todo lo que él proponía sin previa consulta a su gusto. Y aquella especie de lasitud dominante o pereza moral, fue lo que, avanzando en ella, recibió a la oración, cierto jueves, la llegada del marido con el invitado. (Barboza había elegido unos fiambres, una pascualina semitibia, un Cabernet de mucho cuerpo y media docena de higos.) No bien oyó el ruido de la llave en la cerradura, la llegada de los dos hombres, ella apareció erecta y seria. Venía desde el dormitorio. Llevaba una blusa blanca, una pollera gris, unos zapatos negros livianos. Pero era la palidez lo que en ella avanzaba al aparecer ante la gente.
       Rivera miró con silencioso estupor aquella boca triste, la seriedad cansada de los hastiados. Una mano todavía más blanca recibió la suya sin apretarla. Sólo los ojos revelaban el fulgor engañoso de la fiebre.
       —Barboza me ha hablado tanto de usted —dijo el visitante al sentarse.
       —También me ha hablado él de usted —dijo ella.
       Siguió de pie, con los largos brazos que se arqueaban de modo suave al ir a juntarse las manos sobre el frente de la pollera.
       El visitante rió ya sin embarazo ante la cortedad de los otros dos.
       —Yo que tengo una casa grande querría tener una casa así —dijo amable.
       —Ésta es chica y es incómoda, pero al comprarla yo no disponía de más dinero —dijo Barboza.
       Los dos hombres hablaron alternativamente de lo caro que estaba todo. El dinero ya no alcanzaba. Los costos se habían hecho inmensos.
       Ella se sentó entonces, guardó silencio, sonrió benévola ante aquel pobre diálogo.
       Y no habían pasado muchos minutos cuando se levantó para preparar todo aquello, ponerlo sobre la mesa, prender la lámpara que faltaba. Luego los dos hombres obedecen a aquel “ya pueden sentarse”; y ella, una vez que por su parte lo ha hecho, preside la mesa, puesto que divide las porciones y echa el vino en las copas. “Después tienes que oír a este amigo —le dice él, Barboza—. Recita como un rey. Tiene mucho talento.” Y en tanto que Silvia asiente, el amigo sonríe, sin darse —elegantemente— importancia. “Las cosas buenas me han gustado siempre, en el arte como en la vida”, dice el invitado, cortando su porción de torta; y concluye: “pero yo no les he gustado tanto a ellas”. “¿Por qué?”, pregunta Silvia ocupada en vigilar si los dos hombres están bien servidos antes que en dar su atención a lo que pregunta. ¿Qué le importará todo eso? Todo eso pertenece al mundo de las fórmulas; y ella en cambio no pertenece a ese mundo. Adonde pertenece, quizás se lo pregunta por dentro. ¿A qué mundo, a qué ausencia, a qué conformidades o disconformidades, cuando ya nada le interesa excepto la mecánica de la vida: atender aquella noche a esos dos hombres, actuar automáticamente, preguntar dos veces la misma cosa porque la respuesta le será siempre indistinta?
       Durante un buen rato los ha oído sin escucharlos, vagante su alma lejana, ocupada mecánicamente en servir a esos dos hombres dispares: el uno recio y el otro tan suave. Sólo su distracción los atiende, automática.
       Son sus ojos los que —de pronto— deciden detenerse, insistir, fijarse en ese hombre en quien todavía no se había fijado y que dice aquello envuelto en dulzura. ¿Qué ha dicho, ese ser llamado Rivera? Es una frase enigmática: “Yo tenía la convicción de irme ayer, y en cambio estoy hoy aquí. Cuántas cosas secretas nos tiran de repente del extremo de la manga, deciden sin nosotros sobre nosotros. Y de pronto nos encontramos vueltos a otro oriente...” Cuenta una anécdota, un cuento extraño, curioso, en que el protagonista aparece dirigido desde el fondo de sí mismo hacia donde no quiere ir... “¿Sos fatalista?”, le pregunta Barboza. “Sí”, contesta Rivera, “creo en la causa única y sobrenatural que decide las cosas, los impulsos, los hallazgos o extravíos, en el arte, en la vida”. Y mira a Silvia sonriendo, como si se excusara de parecer discursivo, solemne, siendo un hombre tan fácil, una naturaleza tan común.
       Por primera vez en su vida conyugal, ella oye hablar, con asombro, a ese invitado, a ese tercero. Parece que en la casa se ha quebrado algo, como se rompe un cristal: la dureza y sequedad abrazadas por los muros se han agrietado, la vida se filtra esa noche en la sonoridad de una voz pausada, sutilísima, distinta. Silvia lo percibe sin saber bien qué es: cierta dulcísima intervención, la lentitud atractiva de un acento ignorado, cordial, perceptible, invasor. Y por momentos no distingue siquiera el contenido de las palabras: sólo oye esa sutil suavidad, algo que siente en la piel antes que el sonido, que el pretexto.
       Una palabra la descubre evadida, errátil, acariciada. Ella vuelve en sí: Barboza la ha llamado dos veces:
       —¿En qué estás pensando? —la reclama con impaciencia.
       Y ella siente en su cara, que sabe pálida, aquel inusitado arrebato: una escapada de la sangre a la salida importuna.
       Se levanta y lleva los platos —ella que en su casa paterna enseñaba a llevarlos— y trae otros, ya no inmutable: alterada.
       —Si usted se va, ¡qué desperdicio! —dice sonriente el invitado. Y aclara pronto—: Estaba repitiendo la frase de César: Tu quoque, fili mi!, aquel asombro, aquel grito al ver a su hijo adoptivo entre sus asesinos, después de lo cual ya se entrega, ya no tiene ganas de luchar ni por qué hacerlo. ¿Sabe las dos líneas que hice a propósito de eso a los veinte años?
       Y dice, con su voz tan lenta, con aquella voz que “abrigaba”:

También el hijo, un muchacho adoptado,
desgarra la cortina tras la cual se escondía…

       Silvia escucha sin sonreír, sin mostrar en la cara el menor signo adicto, vacía de sí en cuanto de ella no obedezca a la forma de su obligación con el cónyuge. Todo es hueco en ella, excepto aquella forma triste del servilismo connubial.
       Pero a las once ya Rivera va a despedirse.
       Después de comer ha dicho unas décimas suyas, imitadas de un libro clásico. “¿Qué importa que no sean del todo mías?” —comenta después con su risa de niño. “Son mías en cuanto íntimamente las vivo. Hay poetas que escriben bien, pero cuyas líneas son interpretadas por recitadores de tercera clase mucho mejor de como lo hacen los propios autores. Yo soy un artista improvisador. E improviso a veces en diez noches lo que el agua de la vida ha tardado mucho en traer a mis costas. Todos somos nosotros más esa agua que en la costa nos busca...”
       Silvia le ha dicho adiós casi sin sonreírle, alejada y abstraída. Y a la vuelta de la caminata en que su marido ha acompañado hasta el centro de Insaurralde a su amigo de adolescencia, no deja ella de atribuir a aquella actitud displicente el reproche bilioso que recibe:
       —Malditos quienes no tienen sentido de lo que deben hacer. ¿Por qué tuviste todo el tiempo esa frialdad hacia Rivera? Él ha debido creer que estabas incómoda, desagradada.



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