Franklin Mieses Burgos
(Santo Domingo, 1907-1976)


Antología poética

YO ESTOY MUERTO CON ELLA

Yo estoy muerto con ella
sin rumuroso llanto de azucenas,
desde un pecho que estingue sus ardientes cenizas,
desde la misma rosa de hielo en que ella habita,
desde la misma niebla donde sus ojos miran la soledad del mundo,
desde todas las cosas
—inevitablemente— yo estoy muerto con ella.

No valen los clarines que golpean desde el fondo terrible de los sueños;
no valen los clarines con el eterno y duro gemir de sus cristales
de amor resquebrajados;
no vale nada ahora desde que ella se ha ido:
ni el musgo que nos brinda su refugio tranquilo,
ni la amarilla voz de los otoños,
ni la piedra ni el nardo, ni la arcilla madura
donde moldea el silencio su recóndita estatua;
no vale nada ahora desde que ella se ha ido.

A la orilla del llanto sereno de la noche;
a la orilla del llanto donde caen las estrellas,
no sé desde que sombra, yo escucho sus campanas,
palabras qne se han ido de amor entre las gentes.

Yo estoy muerto, con ella
inevitablemente desde todas las cosas que ignoran su presencia:
el mar, la tierra, el viento.
La brizna más pequeña que esté lejos de ella.

La que no haya podido colgar su primavera
furiosa de sonrisas o de besos
sobre el mármol sonoro que le cubre la frente,
el traje que no tiene,
los ojos con que mira,
o esas lluviosas manos donde vienen
a reposar en ella los astros sonrientes.

Yo estoy muerta con ella
inevitablemente desde donde su pena estremecida grita,
donde un rio como ella pasa callando siempre.



IMPLORACIÓN

Sin mundo ya y herido por el cielo
voy hacia ti en mi carne de angustia iluminada,
como en busca de otra pretérita ribera,
en donde serafines más altos y mejores harán por ti más blando y preferible
éste mi humano, corazón de tierra.

¡Oh, tú, la que sonríes magnífica y sublime
desde tu eternidad desfalleciente! En vértigo de altura dolorosa,
parte mi vida en dos como tus trenzas.

No quiero que te digan ya más: ¡mira tu hijo!
El de tu humilde barro fabricado con sus hondos infiernos y sus cielos
en la terrible noche de sus polos,
muriendo sin morir, petrificado y solo.
Tu hijo de tierra y de huracanes hecho, en la unidad universal del cosmos;
tu hijo, el de las briznas de fuegos y los cantos
en sumergida isla de llanto y de dolores.
El que te mira a ti, transfigurado, en clima (te distintos hemisferios,
uno y plural ¡en tu palabra eterna!



CUANDO LA ROSA MUERE

Cuando la rosa muere
deja un hueco en el aire
que no lo llena nada;
ni el eco que sepulta
su desolado rostro
herido en otra arena;
ni la luz que va sola
en río transparente
hecho por serafines;
ni la sombra que es ala
de un pájaro de nieblas
nacido sobre el viento.

Cuando la rosa muere
deja un hueco en el aire
que no lo llena nadie.

Sólo el llanto lo anega
con sus blancas estatuas
de sal petrificada, con sus astros caídos
y sus nubes viajeras;
sólo el llanto lo anega
en estrellas pequeñas.

Cuando la rosa muere
deja un hueco en el aire
—redondo como un nido—
­para acunar tu pena.



PAISAJE CON UN MERENGUE AL FONDO

Por dentro de tu noche
solitaria de un llanto de cuatrocientos años;
por dentro de tu noche caída entre estas islas
como un cielo terrible sembrado de huracanes;
entre la caña amarga y el negro que no siebra
poque no son tan largos los cabellos del agua;
inmediato a la sobra caoba de tu carne:
tamarindo crecido entre limones agrios;
casi junto a tu risa de corazón de coco;
frente a la vieja herida violeta de tus labios
por donde gota a gota como un oscuro río
desangran tus palabras,
lo mismo que dos tensos bejucos enroscados
bailemos un merengue:
un furioso merengue que nunca más se acabe.

-¿Qué somos indolentes? ¿Qué no apreciamos nada?
¿Qué únicamente amamos la botella de ron,
la hamaca en que holgazanes quemamos el andullo
del ocio en los cachimbos de barro mal cocidos
que nos dio la miseria par nuestro solaz?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue hasta la madrugada,
entre ajíes caribes de caricias robadas,
cabe cielos ardidos de fuego de aguardiente,
bajo una blanca luna, redonda, de cazabe.

Que ya me están urgiendo de caminos reales
los nísperos canelas de tus propios racimos,
y no sé de qué soles tropicales me vienen
todas estas violentas viscerales urgencias
de querer cimarronas morbideces de sombras.

-¿Qué hay muchos que aseguran
que aquí, entre nosotros,
la vida tiene el mismo tamaño de un cuchillo?
¿Qué nuestra gran tragedia como país empieza
desde cuando aprendimos a tocar el bongó?
¿qué el acordeón y el güiro han sido los peores
consejeros agrarios de nuestros campesinos?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada:
que un hondo río de llanto tendrá que correr siempre
para que no se extinga la sonrisa del mundo.

-¿Qué el machete no es sólo en nuestras duras manos
un hierro de labranza para cavar la tierra
pequeña de conuco, sino que muchas veces
se ha convertido en pluma para escribir la historia?

Puede ser, no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada:
que ya no serán sólo tus manos olvidadas
dos sonámbulas rutas de futuras vendimias
sobre una tierra brava;
ahora te daremos otras maternidades
fecundas de distintas raíces verticales.

-¿Qué fuimos y qué somos los mismos marrulleros;
los mismos reticentes del pasado y de siempre?
¿Qué dentro de la escala de los seres humanos
hay muchos que suponen que nosotros no vamos
más allá del alcance de un plato de sancocho?

Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto,
bailemos un merengue de espaldas a la sombra
de tus viejos dolores,
más allá de tu noche eterna que no acaba,
frente a frente a la herida violeta de tus labios
por donde gota a gota como un oscuro río
desangran tus palabras.

Bailemos un merengue que nunca más se acabe,
bailemos un merengue hasta la madrugada:
el furioso mernegue que ha sido nuestra historia.



ÁNGEL CAÍDO

Quién eres tú que pasas por la orilla desierta de mi noche gritando?
Yo estoy solo en el mundo y te escucho de lejos,
en la hora maldita en que se derrama el llanto,
cuando para llorar debajo de las piedras buscamos otros ojos;
otras lágrimas mansas como dóciles ríos...

¿Quién eres tú y qué mano
asida por la ira te arrojó entre esas sombras,
sobre esa solitaria ribera en que te miro?

Caída de lo alto —vertiginosamente— como un trino sin alas,
como una flor vencida; caída de lo alto, demonio solitario,
o desterrado arcángel por la gracia de Dios sobre mi propia orilla.

De éste o de aquel cielo: tú tienes esa misma soledad con que lloro;
con que pueblo mi abstracta muchedumbre sombría,
mi humanidad sin nombre,
sin alba todavía.

Ahora sin embargo, quiero existir sin ella, sin los otros, sin nadie,
en medio del silencio de mi mundo de hojas,
donde el viento desdobla sus cabellos de mimbre.



DEMONIO DE VERANO

Prisionero rebelde en su ciudad de fuego toda enorme y ardida
por una doble selva de árboles feroces; por una doble selva
como una cabellera de mujer destrenzada,
como una arena sola; sola en medio del ancho corazón del desierto,
donde otra muchedumbre de granos agrupados olvidan su presencia.
En su ciudad profunda, sin litoral de nubes ni límite de estrellas,
hay una oscura rosa
de madera que grita desesperada y sola lo mismo que la noche,
lo mismo que la tierra,
igual que aquella roca de Ilanto y de ceniza,
desde donde -lorando- siempre, siempre él regresa
recién amanecido,
con un alba sonámbula de hielo entre las manos.

Una sonora rosa de lejarnos cabellos de niebla desvaída,
de desvelados ojos clavados en la entraña desgarrada del cielo.
Una rosa.., una rosa... sin ninguna salida,
varada en la inmediata ribera limitada de sus propios colores.
¡La triste rosa humana que solloza muriendo sobre su media noche!

Treinta pétalos tiene crecidos como treinta desl,ojados canales,
como delgados ríos desnudos en asombro de soledad y luna.
Treinta pétalos tiene y en ninguno ha podido hallar otra sonrisa,
otro rostro despierto que le denuncio el cielo mejor y verdadero;
el solitario cielo desde donde su voz de caracol marino
de otros íntimos mares,
le regale la gracia perenne que reboza el fuego de las islas.
¡El fuego en que encendida se ilumina la sangre de su cálida rosa,
junto al horno terrible de su largo verano!
Yo no sé de que torre de cristal él la mira cuando pasa en silencio
corno un arcángel ebrio en medio del reposo de la hora precisa,
en que su alma toda
se torna madrugada de sus propios confines.

Yo no sé de que torre de cristal él la mira si él sólo va sembrando
su voz como una rosa; como una fina rosa
en medio de la noche celeste en que él habita de amor deshabitado.
Yo no sé de que torre de cristal él la mira!



TRÓPICO ÍNTIMO

Ahora, como siempre: en otros paralelos y en medio de mi isla
subjetiva, buscando, la latitud exacta de un mar definitivo
donde no sea posible reeditar el aliento mortal de los monzones,
ni el ecuador de hornos que estalla desde el rojo pulmón de los veranos;
madrugando a la orilla solitaria de un alba de viejo amanecida
—sin la rosa de fuego de los trópicos vivos— antípoda de un mismo
e ignorado archipiélago de sueño entre las nubes,
de amor entre las yerbas y los lirios;
lejos de la espesura de carne sumergida
donde el bongó retumba, lascivo, desde el negro confin de los abuelos,
como la simple gota de un cangilón herido,
suspenso sobre el aire de una noria celeste donde es agua la luna,
y es entraña cerrada, apretada y oscura, la fruta de la noche;
el bosque en donde sueña —¡oculto ruiseñor!— el corazón del pino;
el cristal prisionero donde naufraga el cielo en cárceles de fuente
(estrecho continente para la ancha pena de la sonrisa tuya).
Rosa eternal, crecida, por un hondo dolor sobre la madrugada:
sus pies san el misterio profundo de la arcilla,
donde su nombre grita desde el mudo lenguaje de las otras palabras,
de los otros vocablos caídos en el fondo subterráneo del mundo
donde la noche es siempre solitario tambor de sordas soledades.

Ahora, como siempre: en medio de esta isla, profético, soltando,
sobre un cielo sonámbulo mis pájaros mejores,
mis propias mariposas nacidas de la lámpara despierta del silencio,
en soledad perenne de desbordada angustia de vida delirante,
sin vendimias azules,
ni palomas de estrellas sobre el cristal viajero de los cielos ahogados.

No es en la vieja tierra de tus mansos sollozos de aborígenes penas,
de un adánico llanto por la mano piadosa del olvido enterrado:
¡Es en la arena muda! ¡La sideral arena
de una continua vida de destrozada entraña de carne palpitante,
alzada por encima de tu sonoro clima de externas amapolas,
de tu sol de las once que hace albina la lumbre de tus propios paisajes,
de la tierra sedienta de tus labios ardidos en los surcos sin agua!

¡No es tu cielo ese cielo terrible que yo digo! ¡No es tu noche la noche
de las trémulas hojas de tu primer almendro de sombras florecido!
¡Yo estoy hablando ahora, desde mi propia tierra de amor y de huracanes!
Junto a la firme llama, total y arrebatada,
de una íntima hoguera donde todas las cosas
—maravillosamente— retornan hacia el punto de su esencia primera:
Tus metales; tus vientos; el dios de tus espigas;
tu eterna tierra encinta donde germina el mundo su sonrisa de aromas;
la espuma de tu mar anclado junto al ronco clamor de tus orillas;
los varados luceros de tus noches maduras;
tus nardos donde puso la pena de la luna el hielo de sus polos;
el sol de tus claveles —fanal con que se enciende—
la aurora vegetal que alumbra en tus jardines.
Todo torna de nuevo.
Todo vuelve rodando hacia mi oscura isla antípoda a la tuya,
donde la sombra tiene los cabellos muy largos y el dolor es un niño,
descalzo, correteando, sobre un suelo sembrado de guijarros de vidrio.

¡Trópico mío, ahora; para siempre: llorando! ¡Llorando para siempre
desde el grito clavado de sus cedros más altos,
desde la abierta herida del flamboyán agreste
que sólo se desangra herido por los propios puñales de sus ramas,
frente al mango que vino desde el anciano Ganges de las nobles pagodas,
y en cuyo ser descansa, como atávico signo de la herencia más pura,
la misma sombra ancha de un colosal y simple paquidermo de hojas.

¿En qué negro horizonte solo y únicamente poblado de ladridos,
por ti balan ahora, lo mismo que corderos,
mis humanos vocablos en delirio?



GAYUMBA

Sobre tu media noche desolada de siempre;
sobre tu media noche: ¡Alambre y yagua seca!
¡Rama en arco tendida para la voz primera,
j recién nacida en una ronca tierra que ahueca
su pecho en una grieta deshabitada en donde
el cielo se derrumba de tu país de nieblas!
¡Cuatro siglos llorando
de amor y nunca mueres!
¿Desde qué piel oscura de un Africa que espera,
saldrán enardecidos
los lentos cocodrilos de tus propias mareas,
hacia la amplia orilla
de un alba de redención humana que no llega?
Por el único río de música que tienes;
por el único río, en rosa de armonía,
-caída flor del cielo- la luna,
no bajará jamás a tus riberas. No bajará la luna a tu país de nieblas,
donde acaso una sola de sus cinco palomas,
primitivo habitante de una torre viajera,
es sólo la que sueña.
¡Es sólo la que arranca tu oscura voz de tierra!



PROPIEDAD DEL RECUERDO

Sujeto por designios redondos como anillos, como aros profundos enroscados en torno de la propia osamenta.

Entre una muda carne cerrada y sus marfiles, sin huir de la orilla,
de la cálida tierra más próxima a la noche primera de su muerte.

Desesperado, inmóvil,
hecho de insomnes pájaros azules y cadenas.

Sin el más leve atisbo de un objeto de fuga real, de una salida
para su sed distante de labios y gargantas,
sino de un agua última, espiritual, compuesta
de espacios, de cometas.

Seguido de una huella descalza, de una sombra
que reclama el sonido de su voz más antigua.

Entre edades por donde desemboca jadeante, sudoroso, corriendo
el furioso caballo de nieblas que galopa debajo de su instinto,
debajo de la espuma sin rostro, de la ola
soberbia que se bate
contra el rojo arrecife de su pulso más hondo.

Exactamente entonces, por igual, como siempre.
En el instante mismo en que estrujó sus ingles calientes sobre el orbe,
sobre el mundo pequeño, todavía sin nombre de una sola manzana.

Hora oscura en que el ángel enardecidamente se arrancó los cabellos
y no tuvo en su angustia más complice de lumbre que el espejo del agua,
que el cristal donde siempre se ahoga una paloma de amor, una guitarra.

En ese mismo instante de estupor solitario.
De uñas recién crecidas,
de íntimos dedos largos
con que el horror procura descubrir una estatua de silencio en el baño
en la desnuda carne de la entraña del aire;
en ese mismo instante fué subiendo a su árbol,
a su más propia rama,
en donde latía oculta la gota milenaria de su última sangre,
de su más vieja tribu de lágrimas reunidas...



ESTATUAS SUCESIVAS

        Yo también soy tu hijo no obstante el diferente cristal con que te miro. Con que te miro absorto y angustiado, desde mi propio clima de internas aguas hondas, donde una eterna noche del trópico vendimia la luz de sus estrellas. Si no te miro igual ha sido únicamente porque en mi ser tú estabas de un modo diferente, total y primitiva, retornada al origen de tu fuente primera, lejos de la epidermis banal donde se quedan, varadas, otras voces, otros sueños quebrados, que no podrán ya nunca llegar hasta la orilla solitaria del cauce donde tu sangre corre, precipitada, roja; y en donde, subterránea, suena la voz eterna de las negras campanas, que habitan en el fondo marino de tus sombras.

        Yo también soy tu hijo no obstante el hecho insólito de alzar mi oscura torre, desvelada de sueños, en medio del escándalo de sol de tus riberas; frente a tu mar repleto de estatuas sucesi­vas, e inmediato a tu duro, desolado arrecife de verdades en donde, murieron, para siempre, las últimas sirenas pobladoras del mar de tus primeras algas.

        ¿Cómo llegar entonces, desde mi honda noche, hasta la superficie donde tu luz levanta sus áureos monumentos; donde tu mismo ser limita sus estatuas; y tú, toda encendida, estás como una firme hoguera derrumbando, estrepitosamente, todo un callado cielo de enterrados matices donde mi humana voz procura sus alondras?

        Tenía que ser así, desde mi mundo; desde mi propio mundo, terrible, sin fronteras. Don­de la esencia misma de las cosas, va quebrando la forma tradicional del verbo humano que limita los confines del sueño donde la etérea vida de la poesía vaga, sonámbula, flotando, como una voz perdida, caída desde el noble lenguaje de los ángeles.



VISAJES DE CENIZAS

        Aún así y todo es preferible a esos largos corredores sin fondo por detrás de los cuales el ángel del insomnio desesperado se mutila arrancándose las uñas y los vellos, los dientes y las manos. No es que tema la muerte ni al abismo donde sus pies reposan; es que la palabra “vacío” tiene algo doloroso, propio de desamparada cavidad sin rostro; de desorbitada claraboya humana; de herida obscena con ojos desangrados de fantasma; de sortija sin dedo posible que levante la más próxima noche del olvido donde cayó perdida para siempre.

        Unicamente el cielo estrangulado muere; no hay un dolor de turno ni una pena, pero el llanto desciende hasta los ojos liviano como un pájaro. ¡Quizá sea esta la hora terrible en que agonice, en que muera callando la esfinge de cristal que habita bajo el hielo! ¡Pero nadie lo sabe!

        Desde el aire mirando hay u- na muerte; una muerte que puede llegar hasta el sepulcro más hondo de los ecos...

        Hablamos en voz baja; sólo decimos para oirnos; para escucharnos en medio de las cosas terrestres que nos gritan su nombre verdadero. Sin embargo, sabemos que no es éste el único propósito del hombre, que hay otras intenciones, otras profundas realidades que se ocultan, que se callan por no despertar al cuco inerte de los relojes viejos, donde alguien, alguien que no es precisamente la paloma, viola números limpios y campanadas, sin destruir la lámpara del día.

         ¡No! ¡No! El poeta no debe escupir sobre sus cruces ni cambiar a sus muertos por jabones. Otro designio más alto y noble le persigue. Otro designio que no es por fortuna el de relacionar la solitaria obra de su espíritu con las exigencias del estómago; nada de. comercies oscuros; de negocios profanadores de ataudes de inocentes mariposas difuntas; nada de vender el alma, la libre conciencia por un mendrugo de gloria vomitada. La vida y la poesía requieren del poeta una actitud aun cuando el arcángel de la muerte lo fulmine con el rayo de la soledad y el abandono más hondo.





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