Miguel Ángel Asturias
(Ciudad de Guatemala, 1899 - Madrid, 1974)

9. Leyenda de matachines (1930)
Leyendas de Guatemala
(Madrid: Ediciones Oriente, 1930, 207 págs.);
El espejo de Lida Sal
(México, Siglo XXI Editores, 1967, 146 págs.)



      Entre las cuatro grutas sin salida, la del viento, caverna agujereada, la de la tempestad, socavón de fuego y tambor de trueno, la de los despeñaderos de aguas subterráneas, cueva de cristalerías, la de los ecos, axila de guacamayas azules; entre las cuatro grutas sin salida, el llueve pies y pies y pies alucinantes de Tamachín y Chitanam, Matachines de Machitán.
       —¡No murió! ¡No murió...! —gritaban los Matachines yendo de una gruta en otra a perder sus voces—. ¡No murió! ¡No murió...! —cada vez más recio el llueve pies y pies y pies de su danza frenética—. ¡Y si murió... —blandían los machetes—, si murió, lo tenemos jurado, moriremos nosotros, Matachines de Machitán!
       Temerarios, lluviosos de amuletos, enlagrimados de vidrios, lágrimas de colores, cubiertos de tatuajes embriagadores pintados con sustancias que se sorbían a través de la piel, llevaban sus cabezas de un lado a otro, de un hombro a otro, negando, negando que hubiera muerto, negándolo con la oscilación de dos péndulos sincronizados, ¡no! ¡no! ¡no!, mientras arreciaba el llueve pies y pies y pies de su danza suicida.
       —¡No murió! ¡No murió...! —las cabezas de un lado a otro, de un hombro a otro, ya no péndulos, badajos enloquecidos de campanas tocando rebato, resonantes las tobilleras de cuero de retumbo, tempestuosos sus brazaletes de metal de trueno, duros para golpear la tierra y que la tierra oyera—. ¡No murió! ¡No murió! —duros para golpear el cielo y que el cielo oyera—. ¡No murió! ¡No murió! —la tierra con los talones, lluvia de pies y pies y pies, y el cielo con sus gritos.
       Y si hubiera muerto... —no, no, no...— lluvia de pies y pies y pies, seguía su danza, si hubiera muerto, lo tenían jurado, jurado con sangre, Tamachín mataría a Chitanam y Chitanam a Tamachín, en la plaza de Machitán. Matachines al fin.
       Y si no cumplían, si no escampaba el llueve pies y pies y pies de su danza, el latigueo de sus cabezas que negaban y negaban que hubiera muerto, si no cumplían, si Tamachín no mataba a Chitanam y Chitanam a Tamachín, en la plaza de Machitán, la tierra abriría sus fauces y se los tragaría.
       Lluvia de pies y pies y pies... seguían danzando... danzar o morir... pies y pies y pies... las cabezas en vaivén... pies y pies y pies... en vaivén las ajorcas de gusanos de luz... en vaivén las quetzalpicaduras que guardaban sus sienes sudorosas... en vaivén la tierra que cuereaban cada vez más duro... pies y pies y pies... en vaivén el cielo que golpeaban con sus manos de tempestades empuñadas...
       Danzar o morir... pies y pies y pies... lluvia de pies y pies y pies... danzar o matarse... lo jurado, jurado...
       Una estrella-anda-sola se desprendió del cielo parpadeante y se deshizo en polvito luminoso antes de llegar a los últimos celajes de la tarde derramada como sangre alrededor de los Matachines que seguían danzando, negando.
       Se salvarían. Levantaron los machetes para saludar a la desaparecida anda-sola. Podían romper el juramento que los ataba y dejar el llueve pies y pies y pies con que machacaban la distancia de la vida a la muerte, en la más rabiosa de las danzas.
       Romperlo, no. Esa anda-sola que rayó el cielo convertida al caer en rápida lagartija que corría a ras del agua, les anunciaba que podían desatarlo, sin cortarse de la nariz la flor del aire.
       ¿Desatar su juramento?
       Invocaron el favor del viento, pero nadie contestó, en la gruta agujereada, nadie en la gruta de los tambores de la tempestad, nadie en los despeñaderos de aguas subterráneas ni en la axila de las guacamayas azules.
       Sólo se oía la lluvia de las gotas caídas de las hojas, esa lluvia que las nubes depositan en las copas de los árboles, para que llueva después del aguacero. Y esas gotas hablaban, Debían ir muy lejos a desatar su juramento. Allá donde van y vienen los que van y vienen sin saber que van y vienen. Eso que llaman las ciudades. En una de estas ciudades preguntar por la casa de la Pita-Loca, llena de mujeres y escoger a la que tuviera el mañana en los ojos el hoy en los labios y el ayer en los oídos.
       Dejaron el llueve pies y pies y pies de su danza suicida, pies más en el aire que en la tierra, tocar la tierra era para ellos palpar la muerte, y empezó el llueve pies y pies y pies de los caminos. El tiempo de enfundar sus machetes en la vaina de las cabalidades. Cabal, machete, solo en tu vaina. Pero, cómo reconocerían la casa de la Pita-Loca. No era difícil. Por las palomas que ostentaba en puertas y ventanas, marcadas a fuego con yerro de herrar bestias.
       Del llueve pies y pies y pies de su danza suicida al llueve pies y pies y pies de los caminos. Huían negando que hubiera muerto. Pero de quién huían si iban juntos. Tamachín con Chitanam, ¿Chitanam huyendo de Tamachín? Chitanam con Tamachín, ¿Tamachín huyendo de Chitanam? lluvia de pies y pies y pies a lo largo de noches de alta mortandad de estrellas, a través de bosques de inmensa mortandad de seres, dejando atrás soles e inviernos, mortandad de nubes, por momentos esperanzados, abatidos otros, temerosos siempre de no dar con la casa de la Pita-Loca y menos con esa mujer de ayer, hoy y mañana, y que aquella demencial carrera... pies y pies y pies... pies y pies y pies... terminara en la plaza de Machitán, en un duelo a punta y filo de machete, en que los dos tendrían que matarse, matachines al fin, a los gritos de ¡Tamachín-chin-chin, matachín! ¡Chitanam-tam-tam, Machitán! ...
       —¡Luces! ¡Luces...! —gritó Chitanam.
       Tamachín lo confirmó al asomar entre niebla de frior caliente a lo alto de un cerro, añadiendo:
       —No son luces, son los pies iluminados de la ciudad... andan, corren, se juntan, se separan...
       —Esperaremos el día — propuso Chitanam, pronto a sentarse, en una piedra.
       —No podemos esperar —advirtió Tamachín—, si murió no; podemos esperar...
       —Ganar tiempo...
       —Contra la muerte no se puede ganar tiempo, vamos...
       —¡Y ser todos los demás que soy!... —se quejó Chitanam y sin soltar el paso—: ¡La noche encendida, los dioses encendidos, podrían cantar, reír, doblar los dedos o lanzarlos como agujas de brújulas con uñas hacia la casa de la Pita-Loca!
       El pinta-pájaros, pinta-nubes, pinta-cielos, pinta-todo —pedazos de aurora... pedazos de sueño...— les sorprendió en la ciudad que despertaba sobre cientos, miles, millones de pies y pies y pies. Tantas gentes van y vienen, vienen y van, sin saber ‘si van o vienen, que es más lo que se mueve que lo que hay fijo en las ciudades. Pies y pies y pies, los de todos y los de ellos que por calles y plazas buscaban la casa de la Pita-Loca.
       Y a llegar iban, a la vista las palomas de sus puertas y ventanas, cuando les sorprendió el paso de un entierro.
       Sin consultarse, casi instintivamente, agregáronse al conejo y siguieron tras el féretro hasta el cementerio, silenciosos, compungidos, no sabiendo cómo esconder los machetes, la cabeza de un lado a otro sobre cóndilos recónditos para negar la muerte.
       Al concluir el sepulturero su faena, caláronse los sombreros y a la calle. Debían llegar lo antes posible a la casa de la Pita-Loca en busca de aquella que tenía labios untados de presente, música antigua en los oídos y ebriedad de futuro en las pupilas. Pero de la puerta del cementerio se regresaron. Otro entierro... y otro... y otro. Esa mañana se les pasó enterrando gentes. No podían evitarlo, sustraerse a su naturaleza que les empujaba a seguirlos cortejos fúnebres al paso de los enlutados deudos, sin dejar de repetir, la cabeza de un lado a otro: no murió... no murió...
       Qué hacer... Huyeron del cementerio a través de un barranco. Buscarían llegar a la casa de la Pita-Loca por una calle poco frecuentada o mal frecuentada, por donde nadie querría que pasara su muerto.
       Pero criando ya tocaban fondo en aquella inmensa olla de árboles y peñascos, helechos, orquídeas, reptiles, en un recodo de la vereda que corría al par de un riachuelo por un lodazal de luto, encontraron un grupo de campesinos que subían con el blanco ataúd de una doncella. Y allá van los Matachines de regreso, con el corazón que se les salía contemplando aquel estuche de nieve que encerraba el cuerpo de una virgen. En el jadeó de la cuesta, silencio de pájaros y hojas se les oía repetir, si casi lo decían con la respiración... no murió... no murió...
       Esperaron que anocheciera. De noche no hay entierros. Inexplicable. Un cigarrillo tras otro. Inexplicable. Estupidez municipal. Llevar uno su muerto chocando contra la luz del día cuando sería más íntimo cruzar la ciudad a medianoche, entre las luces de las calles en procesión de cirios o de antorchas, el silencio majestuoso de las plazas y el recogimiento de las casas cerradas.
       La casa de la Pita-Loca, desván de mujeres que se ofrecían en los espejos, apenas formas de humo de tabaco, fantasmas de carne y pelo color de yema de huevo por las luces amarillentas, uñas de escama de pescado y cejas postizas, anzuelos que al no pescar goteaban llanto, estaba llena de borrachos que hacían combinaciones enigmáticas de apetitos y caprichos, hasta encontrar, si no el ideal de su tipo femenino, el que más se acercaba a su deseo. Todas tenían un pasado vivido y un pasado remoto de diosas, sirenas, madonas... como hacerle fondo de ojo al mar... lo propio en la mujer es el mundo pretérito en que vive y que a veces disimula, aventura del disfraz, con el traje que la vista de presente.
       La mujer que buscaban los Matachines en casa de la Pita-Loca, Tamachín se adelantó a Chitanam, Chitanam a Tamachín y al fin entraron juntos, arrebatándose la palabra para describirla, decía tener música antigua en los oídos, pero sólo en los oídos, reír, hablar y besar en presente, a pesar de ser vieja toda dentadura de marfil, y foguear sus pupilas hasta limpiarlas de lo cotidiano para ver el mañana.
       La Pita-Loca, oropendientes en las orejas, masapanes de perlas en el pecho, dedos encarcelados en anillos de piedras de colores, verdes, rojas, amarillas, violetas, negras, azules, tornasoles, les puso a prueba lanzándoles preguntas que no por inesperadas podían dejar de responder los Matachines, pues era cerrarse las puertas y no encontrar a la mujer que buscaban, aquella que tenía el ayer en los oídos, el hoy en los labios y el futuro en los ojos.
       —¿Quién de los dos sabe bailar con zancos? —preguntó aquélla.
       —Los dos —se adelantó Tamachín—, pero no sobre zancos, sobre las tetas de las diosas...
       —¿Saben alguna oración secreta?
       —Sabemos, ya lo creo que sabemos oraciones secretas —contestó Chitanam y tras un breve y calculado silencio alzó la voz—: ¡Dioses... Dioses... Dioses de ojos con agua, manos gastadas en la siembra, exactos en la cuenta del tiempo...!
       —Y andan buscando... —le cortó la Pita-Loca—, andan buscando a Nalencan...
       Ambos callaron y aquélla se dijo, los atrapé.
       —No, señora... —movió la cabeza Tamachín y Chitanam añadió:
       —Desde luego que no. ¿Quién se preocupa por Nalencan en las ciudades? Nadie. Ni tiene resplandor de relámpago ni ensordece con el retumbar de los cielos. No así allá en Machitán, donde la tempestad, la temible Nalencan se desploma apocalíptica entre tronos, truenos y dominaciones...
       —Buscamos — intervino Tamachín — a la mujer de ayer, hoy y mañana...
       La Pita-Loca encogió los dedos, patas de arañas de colores, araña de brillantes, esmeraldas, rubíes, amatistas, turquesas, ópalos, topacios, zafiros, cada mano, y frunció las cejas de humo triste.
       —No la hemos enterrado. La tenemos para dientes que como a ustedes, les gusta la mujer rígida y fría, totalmente fría, a temperatura de cadáver.
       —¿Muerta? —preguntaron al mismo tiempo los Matachines, sintiendo junto a ellos algo que habían olvidado, la presencia del machete.
       —Congelada. No era linda, pero no era fea. Los ojos achinados como de cocodrilo, respingona la nariz, el pelo lacio...
       —¿Muerta? — repitieron aquéllos su pregunta.
       —Sí, se suicidó, el suicidio es la muerte natural aquí en la casa. Pero si quieren estar con ella, siempre la tenemos preparada en su lecho funeral, olor a flores blancas y a ciprés, a jazmín e incienso... hay hombres que les gusta la carne fría... el amor en el cementerio... hacer su maña entre cuatro cirios...
       —No, no, no murió... —insistían los Matachines sudando el frior acuoso de la angustia en los huesos.
       —Aaaa...cabáramos, los señores son de los que creen, o lo oyeron decir aquí en la casa... La servidumbre cuenta que la bella de Machitán, así la llamábamos, se levanta de noche. Los muertos que sueñan que no están muertos son los que deambulan fuera de sus tumbas. Pues la bella, sueña que está viva, y anda por aquí, por allá, abriendo y cerrando las puertas. Lo brutal es que cuando un hombre la posee parece que revive y a pesar de su rigidez cadavérica, adquiere movimientos de esponja. Pero los estoy aburriendo con mis tonterías. ¿Quieren estar con ella?... Puede ir uno, primero, y otro después o si prefieren vayan los dos juntos...
       —Debemos sacarla de aquí...
       —Imposible. Por ningún dinero. Es tradición, y mi marido era inglés, un ex pirata, aunque a él no le gustaban los «ex», que mujer que entra en casa de la Pita-Loca, no sale ni muerta, pues aun muerta sirve para que se den cuerda perversos y degenerados...
       —Esa mujer tenía —las palabras caían de los labios de los Matachines, que no realizaban cabalmente lo sucedido, como alas de hormigones viejos—, tenía el ayer en los oídos, el presente en la boca y el futuro en las pupilas...
       —Y por eso, por eso se suicidó prontito. ¡Pruébenla, no lo estén pensando tanto! Está bañada y lavada... vayan... vayan a su alcoba... por encima se les ve que les gusta la carne muerta...
       Arteros y veloces, tras cambiar una mirada, el zig-zag de los machetes y a cercén las dos manos de la Pita-Loca cortadas como dos panochas de piedras preciosas, sangrando más por los rubíes y granates que por sus vasos abiertos...
       Desatornillados de sus cabales, sueltos, ciegos, ensangrentados hasta los codos, por momentos gritaban, por momentos ladraban, ladrar de perros que se vuelven lobos aulladores y por momentos, tras aullar, se lamentaban con rugido de fieras. Gritar, ladrar, aullar, rugir, molerse los dientes, comerse la lengua, tragarse la realidad, perdido el empeño, el sostén, la duda...
       —No murió... no murió la bella de Machitán... —lloraban a carcajadas... sin poderse borrar de los ojos la visión de aquel cuerpo de tabaco blanco, momificado, que la Pita-Loca perfumaba para que la gozaran borrachos o sonámbulos...
       Una anciana, pelo de pluma blanca, les detuvo al salir de la ciudad que de noche, dormida, no tenía pies.
       —¿El camino buscan? —inquirió.
       A lo que los Matachines, machete en mano, preparados siempre para abrirse paso a filo y muerte, contestaron:
       —¡Por la Gran Atup que eso buscamos... el camino de regreso... tenemos que machetearnos hoy mismo... quitarnos la vida en la plaza de Machitán!
       —Para eso son matachines...
       —Sí, señora, para servirla...
       —¿A mí...? jiji. —su risita olía a trapo quemado—, la muerte no me sirve... jijiji!
       Luego adujo:
       —El camino de los Matachines se acabó...
       Chitanam, sin darse cuenta que aquello significaba que para ellos era llegado el fin, bromeó:
       —¿Qué debemos asar para que siga?
       —Asar nada. Hacer mucho. Hacer que les crezca el pelo, salvo que tengan a alguien que les dé su cabellera para hacerse el camino.
       Tamachín suspiró:
       —¡Tenemos... más bien teníamos, señora, pero se quedó sin camino antes que nosotros!
       —Lo sé, yace dormida en la casa de la Pita-Loca, sobre una almohada negra de siete leguas de ríos hondos, justo lo que les falta a ustedes para llegar a Machitán. Sí se volvieran a pedirle prestados sus cabellos.
       —Es imposible —exclamaron, mostrando a la vieja las manos de la maldita alcahueta con los dedos en túneles de piedras preciosas hasta las uñas.
       —Se le cortan las manos a la riqueza malhabida —dijo la anciana horrorizada—, peto es inútil, es inútil, le salen nuevas manos...
       —¡Apártate... —enarboló el machete Tamachín—, cola del cometa que anda donde no se ve, ya respiras poquito como todos los viejos, pero te juro que vas a respirar más poquito, si la muerte no nos lleva a miches hasta Machitán!
       La anciana desapareció y les fue concedido. Sobre un galápago formado con dos omóplatos sin colchón, es dura la jineteada final, llegaron al lugar en que debían cumplir su juramento. Al bajar de tan frágil como fuerte cabalgadura de huesos, la muerte mostraba sus dientes descarnados.
       —¿De qué te ríes...? —le preguntaron.
       Y la respuesta lacónica:
       —De ustedes...
       No la oyeron, no les importaba. Ataviados para el duelo: camisas blancas, sus mejores camisas, puños, pecho y cuello alforzados, pantalones blancos, sus mejores pantalones, manos y caras teñidas de blanco, cambiaron una mirada de amigos enemigos y lanzaron sus machetes al aire. Estos cayeron enterrados de punta, uno frente a otro, pulso de matachines, señalando el lugar que le correspondía a cada uno en el terrible encuentro. A Tamachín le quedó el sol en la cara, a Chitanam en la espalda.
       Tamachín pensó: Chitanam me aventaja, el sol no lo encandila. Chitanam pensó: Tamachín salió ganando, a la luz del sol me ve mejor.
       Mientras tomaban sus machetes, un perico pasó volando sobre sus cabezas.
       —¡Tamachín... chin... chin... matachín! —decía festivo y regresaba más gozoso—. ¡Matachín... chin... chin... Tamachín!
       Luego se iba, luego volvía:
       —¡Chitanam... tam... tam... Machitán! ¡Machitán... tam... tam... Chitanam!
       —¡Por la Gran Atup que esto se acabó! —gritó Tamachín enfurecido, el machete en alto, yendo tras el perico que seguía en sus burlas...
       —¡Matachinchín, matachín!... ¡Matatamtam, Machitán! —verde, alegre, jaranero—. ¡Matatamtam, Machitán! ... ¡Matachinchín, Matachín!
       Y volando, volando, tam-tam y chin-chin... chin-chin y tam-tam..., sacó de la plaza convertida en palenque a los matachines de Machitán que lo perseguían con sus machetes.
       —¡Matachines al fin! ... —dijo alguien, no el perico. Alguien. Sólo se le miraba el hombro y en el hombro, posado el perico.
       —Atalayandítolos estuve, para que no se mataran, pero se me pasaron. Sin duda el baile del llueve pies y pies y pies los hace invisibles, y por eso mandé a traerlos con el perico.
       Este, al sentirse aludido, echóse hacia atrás, abierto de patitas y alivió la tripa soltando un gusanito de estiércol en el hombro del hombre del hombro.
       —¡Y por virtud de ese gusanito —gritó el perico, esponjándose como una lechuga avergonzada—, salvarán el pellejo Tamachín y Chitanam, y seguirían bailando el llueve pies y pies y pies en Machitán!
       —Salvarla del todo, no —dijo el hombre del hombro—, se les dejará la vida por algún tiempo, si no hacen lo que hacen, derramar sangre.
       —¡Matachines al fin! —recalcó el perico.
       —Al entendido por señas —alzó la voz Tamachín, montando en cólera—, cobardía y excremento de perico es igual, y a ese precio no queremos la vida los matachines de Machitán.
       —Si no es eso... —se apresuró decir Chitanam, no las tenía todas con la muerte, y aun con algo de caquita de perico prefería la vida...
       Si el hombro del hombre no desaparece y el perico no vuela, los parte en dos el machete de Tamachín.
       El filo vindicativo cortó el aire y dio en el pie de alguien. Un pie sin sangre, negro, peludo y con las uñas de punta. Un pie cortado, no de un tobillo, sino de un chillido desgarrador. Lo recogió Chitanam sin detener su paso. Volvían a la plaza de Machitán a reanudar el desafío, interrumpido por la presencia del perico, volanderas las alas de sus sombreros blancos como sus ropas, las caras y las manos espolvoreadas de envés de hoja de encino blanco, extraños personajes de ceniza que llevaban sobre el pecho, amuletos de muerte y pedrería, las manos cercenadas de la Pita-Loca, cada uno una mano, y a flor de labio, en la resaca de su palabrear de condenados a muerte, la letanía del no murió... no murió... no murió... martillado para aminorar su culpa o porque en verdad creían que los que no mueren donde nacen, no son muertos, sino ausentes, doblemente ausentes como aquella que tuvo el ayer en los oídos, el hoy en los labios y el mañana en los ojos.
       Todo inútil, inmensamente inútil. Qué feroz desatino rodarse de preguntas sin respuesta, desimantados, incongruentes, tránsfugas, perjuros, atragantándose con llanto, al cuello el peso muerto de las manos hinchadas como sapos y reverberantes de oro y gemas de la maldita alcahueta.
       —¿Me lo devuelves.., es mi pie... es mío! —dijo por señas y visajes a Chitanam, un mono por su color bañado en espuma de hervor de café.
       —Si te sirve... —contestó aquél y se lo devolvió.
       ¿Qué puedo hacer por los señores? parecía preguntarles con sus fiestas el saraguate coludo, todo ojos a las reliquias que colgaban sobre el pechó de los Matachines. Se les adelantaba cojeando, los miraba y volvía a ver atrás. Cojeando, cojeando, no se puso el pie, rechinaba los dientes y volvía y volvía la cabeza.
       Los alcanzó a pasos despeñados, el gran Rascaninagua.
       —Porque sueño con los ojos abiertos creen que yo sé cosas —canturreaba—, creen que yo sé cosas, porque sueño con los ojos abiertos... ¿Y los señores... —enfrentóse a los Matachines—, quiénes son, cómo se llaman?... ¡Ah! ¡ah!... —se fijó mejor en ellos—, son los Matachines de Machitán.
       El mono sentado en el suelo, empezó a quererse pegar el pie, antes que el gran Rascaninagua le preguntara por qué travesura se lo habían cortado. Revolvía saliva, tierra y chillidos.
       —¡Telele, dejé de chillar! —amenazó Rascaninagua con el bastón en que se apoyaba, al saraguate. Luego volviéndose a los Matachines, en tono autoritario: —Mis amigos, en estos cerros no se debe derramar sangre...
       Se limpió la boca con el envés de la mano. La palabra sangre mancha los labios de solo pronunciarla e inquirió con sus ojos perdidos en hojarasca de siglos, la impresión que causaba su mandato de «no más sangre» en aquellos que vivían sólo para eso, para derramarla.
       —Y si no derramamos sangre, de qué hemos de vivir... —se adelantó a responder, en tono interrogativo, Chitanam—, y lo peor es que ahora estamos comprometidos, por juramento, yo a derramar la sangre de Tamachín y Tamachín la mía.
       —Pero eso puede evitarse... —sacudió la cabeza Rascaninagua.
       —¡Imposible! —gritaron, aquéllos.
       —No hay imposibles en mis cerros...
       —Si pudiera evitarse. —apresuró Chitanam, esperanzado, no las tenía todas con la muerte, y menos a machetazos.
       —¡Con un revuelto de cobardía y caca de perico... —engallóse Tamachín—, ja, ja, ja... —soltó la risa, para añadir en seguida—: La bella de Machitán nos espera más allá de la vida y debemos juntarnos con ella...
       —¿Y por qué los dos? —frunció las cejas al preguntar Rascaninagua.
       —Fue el amor lo que la perdió, el amor que sentía por nosotros dos —explicó Chitanam—, no se decidió por ninguno y cayó en poder de todos los que no la querían...
       —Y... si cumplen el juramento de reunirse con la bella de Machitán, sin morir del todo, qué les parece —planteó en tono agorero y familiar Rascaninagua.
       El mono, medio dormido, soltaba largos suspiros. Se había pegado el pie. Los Matachines dudaban de sus ojos. Cómo creerlo.
       Saliva, tierra y chillidos, qué mejor pegamento.
       —Morir sin morir del todo... cumpliríamos nuestro juramento y seguiríamos vivos... —pensaba sin decirlo Chitanam
       —Pero hay una condición —Rascaninagua adivinó lo que éste pesaba con la sutil balanza de las probabilidades—, una sola condición. No se derramará más sangre en Machitán. La sangre de los Matachines será la última.
       —Lo que nos mandes haremos con tal dé morir sin morir —habló Chitanam esperanzado, cada vez más esperanzado—. Cumplir nuestro juramento y no irnos de la vida...
       Tamachín guardó silencio. Telele y Rascaninagua le resultaban sospechosos. Apretó las quijadas y se mordió el pensamiento. Los Matachines, ella lo dijo siempre, son valientes para dar la muerte, pero no para morir. Este zandunguero quiere hacernos creer que moriremos sólo aparentemente. Así nos da valor para matarnos. Las palpitaciones del corazón le cosían los labios. Al fin logró hablar:
       —De mi parte agradezco, pero ni necesito ni acepto. Enfrentarme con Chitanam sabiendo que es de mentiras, me repugna. Si hemos de matarnos, que sea de verdad.
       —Nada se pierde con hacer la prueba —murmuró Chita, que seguía no teniéndolas todas con la muerte.
       —¡Todo se pierde... —se oyó la voz de Tamachín, vozarrón metálico, duro—, todo se pierde escuchando embusteros!
       Telele bailaba, saltaba, sin que pudiera saberse cuál de los dos pies se había pegado con saliva y tierra.
       —En fin agregó Tamachín, lo desarmaba el prodigio de ver al Mono con los dos pies—, oigamos cómo es eso de morir, sin morir de veras...
       —¡Quieto, Telele! —gritó Rascaninagua al saraguate que no dejaba paz—. ¡No pudiendo ser dios, es bailarín! —explicó sonriente, antes de endurecer la cara para anunciar a los Matachines, pétreo y solemne, que les daría dos talismanes, uno a cada uno, para que a su conjuro pudieran volver a la vida desde el mar de las sustancias.
       —El instinto de conservación —prosiguió Rascaninagua— es el gran perro mudo, fiel cuidador de lo carnal del hombre, de su cuerpo, de su integridad, desde hacerle presentir los peligros hasta defenderlo ferozmente; luego viene el nahual o espíritu protector de su ánima, su doble, el animal que lo sostiene siempre, que no lo abandona nunca, que lo acompaña más allá de la muerte; y por último la poderosa combustión de las sustancias de que está hecho lo vital, la vibración más íntima del ser, o sea el tono.
       Hizo una pausa y siguió:
       —El señor —se dirigió a Tamachín que despedía, colérico, negras llamas por los ojos—, el señor es de tono mineral y le corresponde y le entrego el frágil talismán de talco en forma de espejo de hojas de sueños superpuestos. Cada una de sus hojas dura nueve siglos, novecientos años. Cada nueve siglos tendrá Tamachín que cambiar de hoja para seguir vivo en su profunda sustancia mineral. Trescientos millones de espejos de talco, contando sólo la primera lámina, arrebatarán su sombra, para mantenerlo vivo, de la sombra de la noche.
       Rascaninagua puso la mano en el hombro de Chitanam:
       —En cambio, el amigo es de tono vegetal y le entrego el talismán agua verde, sangre de árbol, en este trozo de raíz de ceiba, para que navegue, después de muerto, en la sangre verde de la tierra, y vuelva cuando quiera a su forma corporal. Es por virtud de mis talismanes que los Matachines seguirán vivos en lo más íntimo de sus sustancias, piedra será Tamachín, árbol será Chitanam.
       —¡Vengan los talismanes! —gritaron esperanzados y exigentes los Matachines.
       —Pero, para llegar a ser indestructibles y salvarse de la nada usando una energía rudimentaria, más fuerte, sin embargo, que el instinto de conservación y el nahual o animal protector, deben evitar ser heridos en su forma mineral y vegetal, buscar lo más profundo de las selvas y los barrancos, para que nadie los toque, no separarse nunca y jurar que su sangre es la última que se derrama en Machitán.
       —¡Por la Gran Atup que así será! —juraron los Matachines al recibir los talismanes y desaparecer Telele y Rascaninagua, a quien dieron en pago a su secreto de supervivencia, las manos muertas y enjoyadas de la Pita-Loca.
       La plaza de Machitán negreaba de cabezas humanas. El desafío de los desafíos. Las torres y el frente de la iglesia, las ventanas y los techos de las casas, los árboles, todo era una sola cabeza. Los vecinos principales asomados a sus balcones. En las esquinas, hombres a caballo con espuelas que sonaban a lluvia dormida. A lo largo de las aceras, piñas de comerciantes que ofrecían refrescos, comidas, cocos de agua, dulces, frutas y baratijas.
       Silencio expectante, más bien expectorante. Todos, a pesar del momento que se vivía, tosían, gargajeaban...
       Salieron a la plaza los Matachines seguidos de comparsas abúlicas que llevaban esqueletos de culebras, gallos degollados, cueros de tigrillos, jaulas de hilos con pajarillos minúsculos, pieles de oveja, aves hipantes, cascabeles de serpientes, cuchillos de sacrificio con la forma del Árbol de la Vida, y afilados por la risa de Tohil, afilador de obsidianas, calaveras pintadas de colores, azules, verdes, amarillas, cornamentas de venados...
       Los Matachines ocuparon los lugares que los machetes arrojados al aire les señalaron, al caer de punta y clavarse en la tierra, y sin más esperar se alzó la voz de Chitanam. Pedía que le dieran por ataúd el árbol hueco que ahora sonaba con cien lenguas de madera. Dormir su último sueño en un tun. Que un tun fuera su tumba, su tumba retumbante.
       Luego habló Tamachín. Pedía que lo enterraran en una piedra cavada a su tamaño y, sin decir más, empezó su última danza de pies y pies y pies...
       ¡Chin-chin-chin... Matachín-chin-chin...!, pies y pies y pies... lluvia de pies y pies y pies...
       ¡Tamachín-chin-chin,.. chin-chín Tamachín...Tamachín-chin... Tamachín!
       ¡Tam-tam-tam... Chitanam-tam-tam...! —empezó Chitanam su última danza, su, llueve pies y pies y pies... Antes gritó su proclama, los machetes al aire como peces de sol: no iban al encuentro de la muerte, sino de la bella de Machitán... pies y pies y pies... lluvia de pies y pies y pies...
       No se hizo esperar la proclama de Tamachín :
       ¡Un nudo de amor de tres, no se puede desatar...! En el eco se oía: ...no se puede desandar...!
       ¡Es lo que pasa, Chitanam, cuando nacen dos hombres para una mujer!
       —¡Es lo que pasa, Tamachín, cuando nacen dos hombres para una mujer!
       Pies y pies y pies... pies y pies y pies... lluvia de pies y píes y pies... golpe... quite... golpe... quite... chocando los machetes... plin... plan... golpe de Chitanam... plan... pila... golpe de Tamachín... plan... plin... plan... quite y golpe de Chitanam... plin.., plan... plin... golpe y quite de Tamachín... los machetes chocando... pies y pies y pies... lluvia de pies y pies y pies... plin... plan... golpe de Machitán... plan... plin.., quite de matachín... golpe... quite... golpe... quite... sin herirse para prolongar la danza... el llueve pies agónico... pies y pies y pies... pies y pies y pies... no hay quite sin quite... no hay golpe sin golpe... plan... plan... al quite... al quite, Chitanam... al golpe, Tamachín, al golpe, al golpe, al golpe, Chitanam... al quite, al quite, al quite, Tamachín... pies y pies y pies... pies y pies y pies... piesip... es... piesip... es... tambaleantes.., heridos de muerte... un puntazo al corazón... por la tetilla..,
       Trapos ensangrentados... nada más sus camisas... nada más sus pantalones... sus fajas coloradas... su caítes... sus sombreros...
       Eso se enterró... sus trapos... no sus cuerpos... se hicieron invisibles...
       Sus trapos ensangrentados y sus machetes, en un árbol resonante y en una roca de gesto doloroso...
       Días, meses, años... Chitanam transformado en un caobo inmenso y Tamachín convertido en una montaña, se reconocieron:
       —¡Tam-tam, Chitanam!
       —¡Chin-chin, Tamachín!
       —¡Tam-tam, harás uso de tu talismán?
       —¡Chin-chin, Tamachín hará uso de su talismán!
       —¡Tam-tam, volverás a Machitán?
       —¡Chin-chin, volveremos, Matachín!
       Un machetazo rasgó el cielo de miel negra. Heridos caobo y peñasco por el rayo, no pudieron hacer uso de sus talismanes, volver a set los Matachines de Machitán. Lluvia fermentada Ebriedad de la tierra. Los ríos borrachos de equis en equis zigzagueantes. Los árboles bamboleándose borrachos. La ebriedad del mineral es el vegetal. Los minerales son vegetales borrachos. La borrachera del vegetal es el animal. Los animales son vegetales alucinados, delirantes...
       Rascaninagua, seguido del mono que lucía sobre su pecho peludo las manos enjoyadas de la Pita-Loca, asomó con el cuerpo intacto de aquella que en vida tuvo oídos rumorosos de ayeres, labios de brasas que ardían en presente y ojos de adivinaciones futuras.
       La traía en brazos. Pesaba menos que el humo, menos que el agua, menos que el aire, menos que el sueño.
       Un ataúd de caoba. Un peñasco de sangre. El nudo de las tres vidas.
       Porque sueño con los ojos abiertos creen que yo sé cosas...
       ¡Astros materiales, se deshojó la noche del destino!



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