Miguel Ángel Asturias
(Ciudad de Guatemala, 1899 - Madrid, 1974)

4. Juan Girador (1967)
El espejo de Lida Sal
(México, Siglo XXI Editores, 1967, 146 págs.)



      Barrancos cubiertos de flores. Barrancos llenos de pájaros. Barrancos ahogados en lagos. Barrancos. Y no sólo flores. Pinos centenarios. Y no sólo pájaros. Pinos centenarios y altísimos. Y no sólo lagos. Pinos y pinos y pinos. Florido, pajarero y lacustre el mundo de Juan Girador. Allí nació, allí creció, jamás se apartó del lado de su padre, que también era Girador, no tomó mujer propia ni ajena y heredó, en él la magia de los envoltorios y los girasoles.
       Muerto su padre, lo enterró sin enterrarlo, más afuera que adentro de la tierra, para no apartarse de su lado. Y lo cuidó, hasta que se volvió huesos, del picotazo o la dentellada de animales que se alimentan de cadáveres. Días y noches dio afecto a su padre muerto. Noches y días se mantuvo sentado en el tronco de un árbol v al reventársele el vientre al difunto Girador, qué reguero de gusanos de colores, siguiendo el ritual de los Giradores, le quitó el ombligo, llorón entre cárdeno y violeta que envolvió en sedas de cuatro colores. La seda negra, primero, después la seda roja, luego la seda verde y por último, la seda amarilla. Terminado el envoltorio, pesaba y era como un girasol, enterró los blancos huesos más hondo y marchóse llevando como escapulario, sobre el pecho, envuelto en sedas de colores, el ombligo girador del muerto.



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