Miguel Ángel Asturias
(Ciudad de Guatemala, 1899 - Madrid, 1974)

5. María Tecún (1949)
Hombres de maíz
(Buenos Aires: Editorial Losada, «Novelistas de España y de América», 1949)



[10]

      De su lengua de bejuco, de sus dientes de leche de coyota, de la raíz del llanto arrancaban los derrumbes de sus gritos:
       —¡María TecúúúÚÚÚn!…
       ¡María TecúúúÚÚÚn!…
       La voz iba embarrancándose:
       —¡María TecúúúÚÚÚn!…
       ¡María TecúúúÚÚÚn!…
       Los cerros acurrucados embarrancados de ecos:
       —¡María TecúúúÚÚÚn!…
       ¡María TecúúúÚÚÚn!…
       Pero el eco también iba embarrancándose:
       —¡María TecúúúÚÚÚn!…
       ¡María TecúúúÚÚÚn!…
       —…¡Que se lo lleve el diablo! —dijo una mujer pecosa, de pelo medio colorado en largas y escurridizas trenzas, algo tan alta, flacona ella. Nadie supo si estas palabras le salieron del pecho o de la camisa. Le salieron del pecho por lo descosido de la camisa. Más que descosida, rasgada. Y con un hijo en el bulto de la barriga, otro en los brazos, menudeo de manos de los que ya andaban prendiditos a las naguas vueludas y los hijos logrados guiando la carreta de bueyes, se le fue al que era inútil, pero de lo inútil, inutilizado, para hacer leña hachada, traer agua, campear animales, castrar colmenas y capar gatos. Acarrearon con todo lo que tenían. No mucho, pero tenían. De aquello de no querer dejar olvidado nada. Y para qué se lo iban andar dejando, si a ese hombre lo que le convenía era morirse.
       —¡María TecúúúÚÚÚn!… ¡María TecúúúÚÚÚn!… —gritaba sin respiro el Goyo Yic, cansado de indagar con las manos, el olfato y el oído, en las cosas y en el aire, por dónde habían agarrado su mujer y sus hijos. Rieguitos de llanto le corrían, como agua de rapadura, por los cachetes sucios de tierra de caminos.
       Y seguía gritando, berrinche de hombre que se quedó criatura, llamándola, llamándola, con el pelo en el viento, perdido, sin ojos y ya casi sin tacto. Los fugos le atrajeron con voces y risas fingidas como quien va a Pisigüilito y, pies para qué te quiero, se le botaron en dirección contraria. Pronto tendrían ante los ojos, en lo más parado de la sierra, allá abajo tumbada la costa con la respiración aplastada por el mugido del mar Pacífico. Para poray iban ellos por un pedregal que en verano era camino y en invierno, río. El agua baja de las montañas al mar, bien sana, bien limpia, bien buena, como el guaperío de gente que baja de la tierra fría a trabajar a la costa. Un reír de nube entre las pinadas que ya son pájaros de tanto pájaro de todos colores que tienen encima y por encima. Por encima los que les vuelan cerca. Pero agua y gente se haraganea en la pereza de los terrenos costeros. Agua y gente terminan hediondos, fiebre con frío entre los tendones de los manglares, reflejos y babosidades.
       Goyo Yic se quedó parando la oreja, sin respiración porque se ahogaba con el aire y tenía que respirar a ratos ligerito y a ratos dejar de respirar. Con el gran susto que le dieron al no encontrarlos, todavía los oyó, sentía astillas de nervios en los pulsos. ¿Hojas? ¿Aves? ¿Agua voladora? ¿Sacudón de tierra que lo meneó todo?
       Tumbando palos estaban. Y el palo más pequeño que por allí tumbaban a tierra, no lo cogían tres hombres a la brazada, dicho por sus hijos.
       —¡… María TecúúúÚÚÚn!…
       ¡María TecúúúÚÚÚn!…
       Se regresó a la casa llamándolos. El galillo le garraspeaba de tanto grito. Con las manos huesosas se aplanchó las piernas flacas. Temblequeando andaba. ¿Qué horas serían? Goyo Yic era consagrado para saber las horas y en la frialdad del monte, bajo sus pies de viejo tamaludos de niguas, echó de ver que era ya bien tarde. Al mediodía, el monte quema. En la mañana, moja. Y se enfría, como pelo de animal muerto, en la noche.
       —¡No siás ruin, María Tecúúúüüün! ¡No te escondas, es con vos, María TecúúúÚÚÚn! ¿Qué se sacan de eso, mucháááAAA? ¡Mucha-óóóÓÓÓ! ¡Mucha-mis-íííÍÍÍjos!… Se lo van a pagar a Dios, jodidos. ¡Estoy harto de gritar, María Tecún, Maríííllla Tecún! ¡Contesten, mucháááAAA! ¡MuchaóóóÓÓÓ! ¡Mucha-mis-híííÍÍÍ… mis-híííÍÍÍ… mis-híííÍÍÍ…!
       El grito se le volvió llanto corrido. Y después de moquear un rato, y de estarse callado otro gran rato, siguió despeñando sus gritos:
       —¡Parecen piedras que no-ÓÓÓyen! ¡Sin mi licencia se juéééÉÉÉron! ¡María Tecún, si te juiste con otro juida, devolveme a los muchachíííÍÍÍtos! ¡Los muchachitos míííÍÍÍos!
       Se chipoteó la cara, se jaló el pelo, se hizo tiras la ropa, y ya sin alientos para gritar, siguió de palabra:
       —Ni siquiera me dejaste la mudada nueva. Echa pan en tu maxtate con lo que haces conmigo, hija de puerca, desgraciada, maldita. Pero me las vas a pagar. Los cuerpos sin cabeza de los Zacatón son testigos. Bajo un catre te pepené a tientas.
       Por mí no sos muerta. Hubieras muerto criatura. Por mí no te comieron las hormigas, como cualquier desperdicio. Berreabas en busca de chiche de tu nana. Tus manitas calientes la encontraron. Ansina me figuro, porque te quedaste callada. Pero lo jué pa soltar más el llanto, un llanto que se fue volviendo de poquitos. Tu nana era una montaña de pelo helado. Y más duro chillaste al trepar buscando de la chiche para arriba; se me imagina a mí, pues, que querías en tu inocencia hacerte algo de lo que le hacías cuando dormía, para despertarla con tus exigencias. Se me imagina a mí, pues, le buscabas la nariz, los cachetes, los ojos, la frente, el pelo, las orejas y no encontraste nada porque le habían llevado la cabeza los Tecún. ¡India puerca, cualquiera, comportarte ansina conmigo que te pepené el tanteyo y te reviví a soplidos, como se revive el fuego cuando ya sólo es una chispa! ¡De la muerta, te arranqué como una iguanita sin acción!
       El lamento le zumbaba a Goyo Yic, como ronrón, en las narices chatas, sin hueso, con algunas picaduras de viruela.
       —El penco… ¡ansina es que me decís!, ¿verdá, María Tecún?… Pues el penco te llevó de la casa de los Zacatón retorciéndote del cólico y trajo del monte un zacate que te hizo vomitar la sanguaza que mamaste de una madre sin cabeza. Y en seguida el penco… ¡el penco es que me decís, cuando no estoy yo enfrente!, ¿verdá, María Tecún?… Pues el penco te crió con una vejiga de coche que se colgaba al pecho, porque no querías coger la botella ni el pocilio, como teta de mujer llena de leche de cabra terciada con agua de cal y de la que mamabas por un hoyito hecho con la punta de una espina hasta quedarte dormida.
       Los barrancos respiraban para adentro y en eso conocía Goyo Yic su proximidad peligrosa. Iba andando, gimoteando, tiritando hacia su casa, de donde había salido gritando hace buen momento.
       —Y al lado del penco creciste y de tu mano, el penco trabajó las siembritas, india cara de mil babosas. Méiz, frijol, ayotes, verduras, güisquilares. El penco engordó coches. El penco pidió limosna en las ferias para vestirte de abalorio. Mercamos hilera y aguja pa remendar los trapos. Compré bestias. Y de tu mano de moneda con huesos que dejabas como una limosna más, entre mis manos, mientras dormíamos, el penco soñó ver, pero no veía nada, aunque te veía a vos, materializada en tu cuerpo.
       —¿No me tenías en las manos, María Tecún? Y entonce, por qué no mejor me embarrancaste. Me hubieras dado un empujón, al pasar por un barranco. Nada te hubiera costado. Y en la ceguera de la muerte, dado lo que te quiero, te seguiría sin impedimenta.
       A lo tacuatzín anduvieron sus hijos en el gallinero, desde bien temprano. Madrugaron los fulanos más que de costumbre. Ni se acostaron quizás. Para qué se iban a acostar, si ya se tenían que levantar. La claridad los agarró con los bueyes uncidos, listos para pegar, y con todas las cosas que iban a cargar en la carreta puestas en el corredor y en el patio: la piedra de moler, los comales, las ollas, un tonel vacío, un bastidor de catre tramado con tiras de cuero crudo, unos petates, la hamaca, las gallinas, un par de cochitos, guacales, piales, aparejos, redes, gamarras, suyates, un poco de mezcla vieja en una lata de fósforo de lado y lado doblada, cal viva en un costal, tejes, láminas, el ocote, los tetuntes y los santos.
       La carreta chirrió en las piedras de la puerta tranquera, como si sus ejes sin ensebar supieran que iban a echar pulgas a otra parte.
       El Goyo Yic tuvo en la cocina la evidencia de la fuga. Primero con un pie medio levantado para usar el dedo gordo, después con las manos fue buscando a gatas los tetuntes. Esas piedras informes, como güegüechos de piedra, símbolo de la vida familiar por ser los bocios de la tierra abuela, fieles al fuego, al comal y a la jarrilla de café, encenizadas, quemadas, escamosas de hollín, no estaban en su lugar. Y por el techo destartalado, se habían llevado las láminas, entraba el cielo. El peso del cielo sobre sus hombros de ciego, estando sin techo, le hizo sentir que algo grande faltaba arriba en la cocina. El cielo pesa como el agua en las tinajas. Sus hombros conocían ese peso. Se refugiaba en su casa, o en lugares techados, o bajo los árboles de los caminos, para que no lo tronchara el peso del cielo, atmósfera, nubes, estrellas, aves sólo conocidas por referencias y refranes después de soportarlo todo el día y a veces la noche, pidiendo limosna al descampado. Sus hijos destecharon la cocina y parte de la casa. La claridad de la mañana, para él era calor, se colaba en las habitaciones sin tejas, sin muebles y sin gente.
       Si el Goyo Yic hubiera mirujeado las mantas de los chilares arrancados de raíz, estropeados, pisoteados, el güisquilar por tierra con sus hojas fruncidas y vacío el rincón en que se mantenía el cofre de los mediecitos conseguidos por él a fuerza de estar los días y los días con la mano alargada al pie de un amatón, en el recado del camino que va para Pisigüilito. Con la espalda desgastó el tronco cascarudo del amate en que se apoyaba a pedir limosna, cuando no lo hacía en la misma orilla del camino, sin cobijo arriba para estar más a la mano de los viajeros, aunque con peligro de ser atropellado por los patachos o el ganado en partidas. En verano se vestía de polvo, pero en cayendo las primeras lluvias, el invierno lo lavaba, lo refrescaba, lo rejuvenecía, hasta hacerlo sentir su carne como humedad que traía reumatismos. El reumatismo hacía largos viajes por su cuerpo, largos viajes de invierno, destemplándole los huesos, añudándole los tendones, y casi terminaba rígido de tanto llevar agua. Desgastó el tronco cascarudo del amatón pidiendo limosna y las monedas que juntaba le servían para dar a los que creía suyos —suyos, suyos, suyos—, techo, pan, ropa, y comprarles lo indispensable para el trabajo, herramientas y bueyes.
       Goyo Yic sentía el aire de la noche como lluvia. El aire helado de la noche en la montaña es casi lluvioso. Las arboledas escapaban en el ruido viajero que producían sus ramas en el viento, como si también fueran fugas. Goyo Yic se desplomó en las yerbas mojadas de sereno, doliente, echóse el sombrero en la cara y se durmió.
       Las luciérnagas jugaban a las candelitas en la oscuridad. Si Goyo Yic hubiera podido ver una sola de estas lucecitas verdosas, color de esperanza, que le alumbraban la cara picada de viruelas, reseca y sin expresión, como estiércol de vaca.
       Un guardabarranca se llevó una selva en un trino. Un cenzontle en un trino la regresó a su lugar. El guardabarranca con ayuda de pitos reales se la llevó más lejos, rápidamente. El cenzontle, auxiliado por pájaros carpinteros, la regresó a las volandas. Guardabarrancas y cenzondes, pitos de agua y pájaros carpinteros, chorchas y turpiales, llevaban y traían selvas y trozos de selvas, mientras amanecía.
       El ardor del sol despertó al ciego. Piedras grandes, espineras, pestañas de monte seco pasaban a distancia, pero él los sentía en sus dedos. Pasaban por sus yemas que sentían de lejos cuanto le rodeaba. El eco del sanatero de la ceiba de la plaza de Pisigüilito zonceaba, abajo, en el barranco. Los árboles no respiran igual cuando están plantados cerca de los barrancos. A mano derecha encontró la vereda. Ruido de lagartijas entre los chiriviscos. Olor a yerbas nuevas anunciaba el charco de la toma regada al salir al camino real. El amatón y Goyo Yic de nuevo juntos, sólo que ya él era un Goyo Yic sin hijos y sin mujer, juntos después de un día no verse, ya que el amate lo veía con su flor escondida en el fruto, y el ciego con ojos a los que era visible la flor del amate.
       La primera Umosna ese día, fue un gusanito caliente que le cayó del pico a algún pájaro. Yic se llevó la mano a las narices y se soltó en insultos al oler que era caca de pájaro. Mal día, tal vez. Se limpió la palma de la mano en el zacate y volvió a extenderla, separándose del amate, paso a paso, para acercarse más al camino.
       A Goyo Yic le pegaba en los dientes la campana de los patachos. Su sonido de azadón destemplado. Y en el paso de las bestias y en el humor de los arrieros conocía si iban o venían. Si iban cargadas, se dirigían al pueblo o a los anda mases de por ái, y si descargadas venían. Si iban cargadas bajo el peso de los bultos, machos y muías, sembraban los cascos en el suelo, y los arrieros se las entendían a tapojazos, insultos y chillidos; y si venían de vacío, el andar de los cascos era ligero, arrollador y los arrieros pasaban dándole rienda suelta al decir desocupado, entre risotadas y chacotas. Al arriero se le conoce en el camino según vaya o venga, de ida callado, de vuelta chalán.
       Trenes de carretas de bueyes le pasaban por las narices chatas al Goyo Yic. Tulúc, tulúc, el batuqueo de las ruedas, entre los pisotones de los bueyes reacios y los gritos de los carreteros que le sacaban raza al eco —¡güey!… ¡güey overo!… ¡güey-güey!…— y no sólo le sacaban raza al eco, sino conmovían las nubes, enormes bueyes blancos, según le habían dicho al ciego, para explicarle cómo eran las nubes.
       ¡Ceje! ¡Ceje! ¡Buey topón, ceje! ¡Cejá-jué-puta! A reventones de cuerdas de guitarra sonaban las puyes en el cuerpo manso de los bueyes, y a golpes en calavera vacía los varazos que le daban en el testuz para que cejaran y así pudiera retroceder la carreta.
       Las tortilleras con el mijo en el rebozo a tuto y el canasto en la cabeza sobre el yagual, y las que no tenían mijo, con el rebozo sobre el canasto en forma de cortina que les caía de lado y lado de las orejas, para librarse de la fuerza del sol, camisa de colorines, nagua y fustanes arremangados en el refajo y desnudos y muy limpios los pies que asentaban apenas en el camino, al pasar corriendo. Goyo Yic las reconocía por el paso menudo, seguido, torteante, andaban, como haciendo tortillas de tierra, y porque de vez en cuando le daban el golpe a la respiración con silbidos de molendera que cambia el ritmo de la mano en la piedra de moler.
       De regreso de Pisigüilito, ya no corrían, volvían paso a paso y se paraban a conversar, como haciéndole tiempo a la tarde. Goyo Yic las escuchaba, sin dar señales de vida, temeroso de que se callaran o volaran como pájaros. Oírlas hablar era para él mejor que una limosna, y ahora en su soledad, cuando para oír voz humana en su casa tenía que hablar él, y no es lo mismo cuando uno se habla, es voz humana, pero es voz humana de loco.
       —Como que tres priesa, Teresa…
       —¿Vendiste?
       —Tanto y vo. Y en qué andas…
       —Sí.
       —¿Y cómo vendiste?
       —Por un real diez tortillas. Caso no vendiste, vo, pué.
       —No puse méiz anoche. Fue güisquil cocido el que truje. También trujo güisquil la señora Udefonsa. Y qué venís comiendo…
       —Mango…
       —Y sólo rezas por vos…
       —Y cómo querés que te convide, si sólo este ingrimo merqué, y no está bueno que digamos. Has oído decir. El señor Goyo se quedó solo, ingrimo.
       —Pues algo oí yo. La mujer se le fue con los hijos.
       —¿Y no se sabe más?
       —Que van para la costa, para por allá agarraron viaje.
       —¿Y por qué sería?
       —Se aburrió del hombre. Sin duda porque siempre la mantenía embarazada.
       —Debe ser celoso…
       —Como todo ciego…
       —Sí, porque cuando se ven las cosas, ya no son celos, sino se ven.
       —Pero ella no se fue con hombre.
       —No, se fue sola con sus hijos. Incontrará otro, porque el señor Goyo tiene la impedimenta de los ojos para salir a perseguirla.
       —Cabal que es bien ciego. A mí me gustaba la mujer. Te sé decir. Trabajadora, callada y mera buena. Se veía sufrida. Le iba el nombre de María, por lo blanca. María Tecún. Blanca y con el pelo color ladrillo.
       El ciego parpadeaba, parpadeaba, parpadeaba, inmóvil, bañado en su sudor frío, hundida la cabeza entre los hombros, orejón. Y para hacerse presente levantaba la voz:
       —Una limosna, por el amor de Dios, para este pobre ciego. Almas caritativas, una limosnita, por la Madre de Dios, por los Santos Apóstoles, Santos Confesores, Santos Mártires… —y al sentir que se alargaban los pasos suaves por el camino con ruido de fustanes almidonados, se agarraba las manos, se las pellizcaba hasta hacerse daño, para salir de la nerviosidad que le peregrinaba en el cuerpo, y murmuraba entre dientes—: … puercas, de intención lo hacen, hablar, cuando me ven, de la María Tecún, y hablan, y hablan y hablan que no se les entiende lo que dicen… malditas… sebonas… burras… porquería suelta…


[11]

      Para la Romería del Segundo Viernes era poco el camino. Como se crecen los ríos se crecía de gente y como los ríos que se salen de cauce se salían los peregrinos para llegar a Pisigüilito por huatales, los cercos de piedra sobre piedra en llanadas de chilcates y guayabos. El ciego se amodorraba de oír pasar gente toda la noche y todo el día, y de repetir hasta el mareo sus oraciones en pedimento de limosna. Gente. Gente. Los de los altos olorosos a lana, risco y chopo. Los de la costa apestando a sal y sudor marino. Los de oriente, hechos de tierra de cuestas, despidiendo huele de tabaco, queso seco, acida yuquilla y almidón en bolita. Y los del norte, olorosos a chipichipi, jaula de cenzontle y agua cocida. Unos procedían de las tierras quebradas de las cumbres, que el maicero tala y el invierno lava; otros de las altiplanicies con tierras de pechuga de gallina y pan llevar; y otros del pétreo prolongarse de los planes del mar sin horizonte, humeantes de calor, pujantes, tórridos, enceguecidos campos para siembras y siembras, merced a los diluvios que les caen encima. Pero eso sí, en empezando a cantarse el Alabado de la Sangre de Cristo acababan las diferencias locales y los de tierra fría, tierra templada y tierra caliente, y los de caites, y los de botines, y los bastos, y los pululos, y los pobres, y los que llevaban fiesta de pisto en las árganas y en las bolsas, cantaban al unísono:
       ¡Por tu costado glorioso resbaló el rubí divino y en el cielo silencioso quedó cual gota de vino!
       El Goyo Yic abandonó el amatón al no más pasar la Romería del Segundo Viernes, fiesta que aprovechó para juntar dinero. En un pañuelo de a vara hizo varios nudos para las monedas: más medios que reales, más cuartillos que medios y uno que otro billete. Las rodillas endurecidas de estar hincado, el brazo calambre de huesos y músculos de mantenerlo extendido, la lengua dormida de repetir oraciones amazacotadas y amancebadas con malas palabras contra los chuchos callejeros, y una máscara de polvo en la cara huesuda, así estaba y así se fue. No esperó que lo lavaran las primeras lluvias. Abandonó el amatón, que era su pulpito y tribuna, antes que las primeras gotas de agua, redondas y pesadas como monedas de plata, podaran la Romería del Segundo Viernes.
       ¡Por tu costado glorioso resbaló el rubí divino y en el cielo silencioso quedó cual gota de vino!
       El Goyo Yic no pudo desatar con las cucharas romas de sus uñas de viejo el doble nudo del quinto güegüechito de pisto en su pañuelo, y, entre maldiciones y pujidos, tuvo que meterle los dientes. Casi rasgó la tela descolorida del pañuelo que por lo sucio más parecía trapo de cocina, y de su boca, al ceder el nudo, saltaron, como escupidas, las últimas monedas al volcán de níquel que tenía entre las piernas, en el fondo del sombrero, sentado de espaldas al camino, frente a una peña. Largo rato pasó contando y recontando. Los cuartillos del tamaño de las yemas de sus meñiques, las monedas de medio como las puntas de sus dedos medios, y las grandes de a real, como la cabeza de sus pulgares. Hizo su cuenta. No había que irse muy de boca en la paga al señor Chigüichón Culebro. Apartó aquí, apartó allá y hechos los apartadijos volvió a echarle nudos al pañuelo y siguió adelante, guiándose por las señas que le dieron, para dar con la casa. Piedrones, agua de crecientes viajes, palos raizosos, rancherías con gente, vueltas y más vueltas, hasta bajar a un puente antiguo de cal y canto.
       La casa del señor Chigüichón Culebro quedaba a una nadita del puente que pasó chenqueando porque el piso estaba disparejo, cerca de un matasanal. El olor envolvente del matasanos se lo declaró al Goyo Yic. Olfateaba como chucho, para averiguar bien si era allí, y porque le gustaba llenarse de aquel olor a fruta buena, deliciosamente perfumada. Acabó de atravesar el puente y fue derechito a dar con la casa que buscaba.
       —Porque sólo ves la flor del amate, querés sanar para ver todas las flores. ¡Cómo será negra tu ingratitud, la venganza y la ceguera de nacimiento son tan negras e iguales a la rapadura amarga! El añerío de la eternidad tenes de recibirle al amate en que pedís limosna, respaldo y sombra, y querés alentarte de la vista para dejar de ver la flor del amate, la flor escondida en el fruto, la flor que sólo ven los ciegos…
       —Güeno, no es por eso —atajó Goyo Yic haciendo un ridículo movimiento con la cabeza para orientarse y encontrar el sitio exacto en que estaba el herbolario, en que hablaba ronco, tan ronco, como nunca oreja humana ha oído hablar tan ronco—, no es por eso, y naiden saldría adelante sin ser un poco ingrato, y hay muchos que son ingratos, muy ingratos, muy, muy ingratos, señor Chigüichón, para salirse con la suya.
       —Siempre ofrecí sanarte si tu ceguera era buena, pero nunca habías querido, por miedoso; preferías andar con esas dos bolsas de gusanos en lugar de ojos, gusanos que destilan agua de queso. Vamos a ver si todavía está de cura el mal, porque hasta el mal tiene su tiempo, mijo, y no es cosa de que siempre se puedan las cosas.
       —Quiero que me diga cuánto me cobra, pa saber si me alcanza con los realitos que logré juntar hora pa la Romería del Segundo Viernes. Los realitos aquí se los traiba yo, ya… Pero no sé si me ajuste…
       —No es cuestión de sanar ansina como se saca un diente, a los que como vos sólo ven la flor del amate, Goyo Yic. Antes hay que averiguar adonde anda la luna, ese cementerio redondo en que están las cenizas de los Santos Padres. Hay que averiguar si el aire del colmenero está como gato entre los eucaliptos o anda displicente; si lo primero, favorable, si lo segundo, no, porque el aire colmenero suelto enmiela el aire y para esta cura hay que buscar que el aire no esté pegajoso. Y tendré que ver de nuevo qué clase de ceguera es la tuya, porque hay muchas clases: la de nacimiento, la de shutazo negro, la de gusano que hiere sin que el individuo se dé cuenta, porque se le mete en la sangre y lo ciega a traición. La más fácil de curar es la ceguera blanca. Se quita de los ojos como el hilo de un carrizo. Es lo que es, un hilo que se enredó de repente, en un enfriamiento, o poco a poco, con los años, en la pepita del ojo humano, hasta dejarla como un carrizo sin hilo. Duele horriblemente, es como echar chile en llaga viva.
       —Más que me duela, yo le recibo el aprecio, caso que tenga cura, porque es triste ver sólo la flor del amate, cuando se tienen sentimientos y se está peor herido de lo que usted me habla.
       El señor Chigüichón Culebro se agachó a contar el dinero del ciego sobre un mollejón que estaba a la orilla del corredor, utensilio que le servia para afilar sus fierros de carpintero. Era su costumbre, contar el pisto en el mollejón. Para que agarre filo, decía, entre risueño y serio, y corte la bolsa de los tacaños y arañe las manos de los tramposos.
       El Goyo Yic, hilachoso como vestido de hojas viejas de banano, con el sombrero de petate roto de la copa por donde le asomaba el pelo como una parásita, dijo buscando al herbolario con el movimiento de sus párpados lechosos:
       —Disimule que me haga el valiente, que le diga más que me duela, pero es lo cierto; así me asen vivo, con tal de tener mis ojos y alentarme.
       —La ceguera de sereno también se cura —siguió explicando el herbolario; después de contar el dinero de níquel, le palpaba los ojos al ciego, para agarrarle mero donde estaba oculto el mal, jugándole el pellejo de buche de los párpados—, se cura la ceguera blanca o ceguera de sereno o golpe de aire…
       Goyo Yic se dejaba hacer contento de estar ya en aquellas manos, como si más que daño, al oprimirle fuertemente los ojos, le hiciera agrados, escuchando el ruido de masticación que el herbolario dejaba en torno suyo, machaca y machaca con los dientes, paseándose de un carrillo a otro, un bodoque de copal de cojón de puerco, blando y blanquísimo. Entre los ojos del Goyo Yic, buches con pepitas y el bólido de copal que masticaba, parecía establecer el señor Chigüichón Culebro, cierta relación salivosa.
       —De ceguera blanca —siguió explicando— padecen tarde o temprano, las que están planchando y salen de repente afuera, pues se quedan con el nublado al darles el aire, mejor les diera en el pashte que ya sacan destilando, porque allí no tienen ojos, o que salgan antes al sentir la necesidad, para que no sea al último que se echan afuera, sin taparse los ojos. Y para lo que vos tenes, Goyo Yic, no hay como el raspón con navajuda o la leche de aquel monte de hojas y tallo azulados, flores amarillas hechas de ala de mariposa y frutillas espinudas que son alimento de palomas.
       —Ahora voy a posar aquí —dijo el ciego, adolorido del examen que le había hecho el herbolario, llevándose la punta de los dedos a sus ojos, como para decirles: aquí estoy yo, no tengan miedo, este señor los va a curar, los va a dejar buenos, los va a dejar limpios.
       —Sí, aquí te podes quedar, y si querés un bocado pedilo en la cocina.
       —Dios se lo pague, es favor que le recibo…
       Y allí posó el Goyo Yic, entre perros y el masticatorio del herbolario que en el silencio de la noche parecía llenar toda la casa. Nunca, escuchando fuera los grillos y dentro el correr de las ratas, había estado el ciego tan atento al ruido de un copal que era mascado rítmicamente, igual que un reloj. Hay reloj de sol, hay reloj de arena, hay reloj de cuerda. El herbolario era un reloj de copal. Cada prensón del copal lo acercaba al momento de su cura. Por momentos Goyo Yic movía la boca, pero él masticaba su pensamiento: fue ruin, ruin, ruin la María Tecún, la María Tecún fue ruin, ruin, ruin… Si ella estuviera conmigo, para qué iba andar yo exponiéndome a que me cortaran los ojos con navajuda. Se acobardaba. Porque no es juguete dejarse raspar con navajuda. Se incorporó. La masticación dd corazón le llegaba a los oídos: ruin, ruin, ruin. Estaba sobre un montón de paja olorosa a manos manojeras, a sol estival, a cascos de caballo suelto. Oía aserrar y cepillar madera cerca de allí, no sabía dónde, sobre su cabeza, sobre su espalda, sobre sus manos, sobre su cara, sobre sus rodillas, sobre sus pies. Si el señor Chigüichón Culebro estuviera haciendo un cajón para enterrarlo. Se daría cuenta que llevaba más dinero. Sobre el estómago se agarró el pañuelo de güegüechitos de pisto, igual que un pedazo de intestino. La muerte no le importaba. Temía que lo fuera a enterrar vivo, llevando en su corazón, como el fruto del amate, la flor escondida de una mujer ingrata, la flor negra de una perjura. En su desesperación, Yic creía que al abrir los ojos ya curados, frente a él iba a estar la María Tecún. A ella era a la que quería ver, primero y siempre. La luz, las cosas, las gentes, nada le importaban. Ella, la ruin, la que encontró entre los Zacatón sin cabeza, crió y preñó después. La masticación del copal de Chigüichón seguía y cuando no era la masticación era el serrucho y cuando no era el serrucho, era el cepillo. Se le desplomó el cuerpo en el sueño peregrino verticalmente a la Zacatón, porque no era María Tecún, la ruin, sino María Zacatón. Él le apellidó con el apelativo de Tecún, porque los Tecún le quitaron la cabeza a todos los Zacatón. Entre el sueño y la vigilia quedó en las cañas de un tapesco tembloroso de pájaros que no eran pájaros sino lisonjas. Sonrió dormido. Temerle a un cajón de muerto él. A la orilla de los barrancos, en los caminos solitarios, en las cumbres había llamado a la muerte, desde que se fue de su casa, con sus hijos, la María Tecún.
       Antes del alba lo despertó el herbolario y le hizo saber en voz muy baja, perceptible a su oído de ciego, solamente, que había preparado la alfombra de serrín y viruta necesaria para chuparle el fresco a la estrena de la mañana. Y lo levantó y llevó del brazo.
       —Estamos —le fue diciendo en voz muy baja— en el país del aserrín y la viruta, y mi cuerpo te sirve de bastón. Hay que matar la pimienta gorda, ponerle el pie, destriparla. No oigo tus pasos ni los pasos de tu bastón hacen ruido. Escupimos y no oímos caer la saliva en el suelo, como si escupiéramos a la orilla de un barranco. Y ¿adonde vamos?… O, o, o… ¿adonde vamos con los pies sin apoyo, en un barranco?
       El ciego oía palpitar el cielo como a un animal emplumado y le resmolía una picazón extraña en las ingles y en las tetillas, como si el sudor le carcomiera su presencia de valiente igual que el ácido que corroe metales.
       —Vamos —añadió el herbolario con su voz de bajo, empujando al ciego suavemente, paso a paso— en busca de la navajuda que limpiará la vista del Goyo Yic, de la planta que da islas verdes para cubrirle con dos islas verdes los ojos después de la limpia, del rieguito de golondrina para refrescar sus párpados y de la calaguala, la contrayerba y el chicalote, por menester. Y nos agachamos —el herbolario dobló al ciego por el espinazo para que se inclinara— hasta pegar nuestras cabezas con el suelo bueno, y no podemos ver cómo es el país del aserrín y la viruta, porque no vemos y vuelven nuestras frentes sucias y morroñosas como testuces. Y nuestras manos retozan como perros —siguió el herbolario con su voz ronca, majestuosa, haciendo cosquillas al ciego- jugandito, revolcándose de contentas, pues ya sale con negros dientes de sandía, la oscuridad de la casa.
       Otros pasos y una larga pausa en la que tronó varias veces el copal de cojón, pasta vegetal en la que los dientes quedaban clavados hasta la encía para soltarse luego, luego volver a clavarse y salir pronto, más pronto, apresuramiento y liberación de las mandíbulas que sustituye al salto. El que lo acostumbra no da la impresión de mascar, sino de saltar, de ir saltando.
       —¡Nos han engañado! ¿Dónde está la luna? Sólo moscas zumban en esta casa de la señora sandía de los dientes negros. Moscas que pican, moscas que vuelan, moscas que hablan y dicen: los dedos trabajadores de estos dos hombres escarban con sus palas, las uñas, la nube del aserrín y la viruta que juegan, tiemblan, se esparcen bajo la respiración que les sale de las narices como de un cañón de escopeta cuache.
       El herbolario tomó entre sus brazos el cuerpo desnutrido de Goyo Yic. Temblaba el Goyo Yic como una flecha ciega en el arco de un gran destino. Lo alzó en vilo y lo soltó para que cayera abandonado a su poso y empezó a luchar con él, gritando roncamente:
       —Somos enemigos, ciegas inmensidades en guerra como hombres que se matan entre las torres y las fortalezas, perdimos el brillo del pájaro que se robó la luz y nos dejó en la noche, esperando el regreso de los ejércitos del sueño que han de volver derrotados de las ciudades. El moro nos ha dado su alfanje con miel de abeja, el cristiano su espada con miel de Credo, y el turco se ha cortado las orejas para navegar en ellas y llegar por mares desconocidos a morir a Constantinopla.
       Y siempre luchando con el ciego que se quejaba, sin saber bien si todo aquello era un remedo de pleito, añadió más ronco:
       —¡Go, go, go! La lluvia nace vieja y llora como recién nacida. Es una niña vieja. La luna nace ciega y brilla para vernos, pero no nos ve. El tamaño de una uña tiene cuando nace, uña con la que ella misma va quitando a sus ojos su cascarón de sombra, como la uña de la navajuda se la cortará a los ojos del Goyo Yic.
       Pasada la ceremonia, Culebro acostó al ciego en un banco de carpintería, para atarlo con los bejucos simbólicos. El bejuco color café que ayudará a que el enfermo no se engusane de las heridas por ser camino de tabaco; el bejuco pinto que no permitirá que se revienten los cordones con las fuerzas que ha de hacer cuando el dolor lo tenga estrangulado; el bejuco húmedo, de verde telaraña vegetal, para que no se le vaya a ir la lengua por la garganta; y el bejuco del ombligo de su madre. Después de los bejucos simbólicos, que no eran tales ataduras, vino para el ciego la parte cruda.
       Los lazos con que lo amarró al banco empezaron a hacerle daño. Mientras hablaba de bejucos simbólicos, le había ido pasando por el pecho, los brazos, las piernas, los lazos que ahora iba apretando, a fin de que no se moviera, tenía que estar inmóvil mientras le raspaba los ojos con la navajuda.
       El herbolario empezó la operación teniendo a la mano una media docena de aquellos bisturíes vegetales verdes, filosos, hiriendo, raspando, soplando los ojos del enfermo para que aguantara el ardor. El ciego, como un animal atado, indefenso, soltaba mugidos cavernosos, en los que se mezclaban el ay del dolor y lo de ruin que era ya como un nuevo apellido de la María Tecún.
       Se orinó del dolor. Por segunda vez pasaba la navajuda. Altas alas del filo que penetra en la carne a cortar la conciencia, a dejar el montón humano sacudirse interminablemente. Le tastaceaban las quijadas, la respiración se le iba.
       Culebro raspó más duro. El ciego soltaba algo así como maullidos de gato que se quema a fuego lento, rígido de los pelos a los pies, los brazos y las piernas como palos de amarrar redes entre los lazos templados, temblantes. Sangre de narices. La olió. Al olería se le regresó y por poco se ahoga. Casi estornuda y no podía estornudar. La cosquilla nerviosa de la tos y no podía toser. Se ayudó con la saliva para licuar un poco el coágulo.
       Después del tercer raspón con la navajuda, dijo el herbolario suavizando su voz grave:
       —Ya la nube se mueve al soplarla como la nata despegada de la leche, y ahora, sin perder tiempo, la vamos a sacar enrolladla en una espina. Con que aguantes ratito más, ya lo peor pasó.
       El herbolario fue enrollado, con pasmosa habilidad de cirujano, las telitas blancas que encubrían los ojos de Yic alrededor de la espina. Sus dedos se veían más grandes y toscos en aquella faena de finura: descoser nubes de ojos de ciegos. Apenas terminó de sacar la telita del ojo izquierdo, lo cubrió con una hoja verde, y ya fue a sacar la telita lechosa del ojo derecho. Con rápido movimiento, destapó el ojo izquierdo, cubierto por la hoja verde, y en ambos roció gotas de riego de golondrina, hecho lo cual volvió a cubrir de nuevo los escarbados ojos con las hojonas verdes y con toda inteligencia le vendó la cara y la cabeza con largas tiras de corteza, frescas, manuales, hasta dejarlo en un envoltorio absoluto, del tamaño de un queso.
       Al soltar las ataduras de los lazos, el ciego dejó escapar un quejido profundo. Estaba inconsciente. Chiguichón lo levantó con especial cuidado, para trasladarlo a la habitación más oscura de la casa, donde le dejó acostado en un catre de tijera, sin almohada, y muy arropado, dos ponchos, tres ponchos, para que no se le fuera a enfriar. Mañana le daría una toma de cardenillo. Y según que le entrara calentura…
       —¡Ay, ruin! ¡Ay, ruin!
       Yic fue tomando conciencia, entre la basca del mareo que le producía el dolor agudo, y la fiebre. El herbolario, a los tres días del raspón de navajuda, lo purgó con esponjilla, y le colocó bajo la cabeza buen número de flores de florifundia para que se durmiera —el sueño es el gran remedio—, no sin proporcionarle sus infusiones de guarumo colorado, para mantenerle activo el corazón. La esponjilla le hizo bien. Le descargó el vientre de la sangre que se había tragado. Faltaba el purgante de «flor de fuego», a los siete días. Para luego tenerlo a sus poquitos de agua de granadilla, refrescante y asueñosa.
       —¡Ruin… ruin… ruin!… —era todo lo que alcanzaba a decir Goyo Yic. Ya no lo decía, ya sólo era un bagazo de pensamiento, un «in» ronronero en sus labios, entre sus dientes, adoloridos hasta la raíz del hueso, cuando la acariciaba la comezón de la carne viva en los ojos. Desgarraba el petate con las uñas en los momentos de mayor desesperación.
       El noveno día se levantó. Lo levantó Culebro. Ya le quitaba el envoltorio de la cabeza, pero tenía que estar encerrado.
       En estos casos la luz es más peligrosa que un cuchillo. Cuatro días con sus noches pasó en la oscurana. Hasta el trece día en que Chigüichón lo sacó al corredor, mediando la tarde. En el sosegado sol que va cayendo, medroso, triste, largo como un látigo, mirujeaba las cosas en su húmedo lustre de superficies que no conocía y que le parecieron tan graciosas.
       —Es el punto de bolita de morro el que cuesta dar a los ojos —advertía Chigüichón.
       El ciego miró a Chigüichón, de quien tenía la idea sonora que le produjo el salto de agua de «La Chorrera», cuando fueron allá con la María Tecún. Así era el herbolario. Lo miraba, pero no podía quitarse de la cabeza el asociarlo al agua dando un salto mortal entre peñas. No era hombre. Era ruido de agua. Para él no era visible. Era sonoro. Seguiría siendo un ente representado por un ruido grande.
       El herbolario lo dejó solo. Había que acostumbrarlo a usar sus ojos, a que no fuera con los ojos abiertos, mirando los objetos, y sin atreverse a pasar antes de alargar la mano, como si lo siguiera guiando el tacto. Al ruido de las corrientes que él había oído bajar entre peñascos, arrastrando con todo en la creciente, acababa de juntarse, en transparencia anegadora, algo más fino que el agua molida que él guardaba en los guacalitos de sus oídos, una tela de agua que vibraba sin ruido, presente aunque se tapara las orejas. Dos enramadas de lágrimas anegaron su visión. Lloraba con el pecho que se le rompía de agradecimiento. Alargó la mano para tocar un taburete, asegurarlo con su tacto, y sentarse. De ciego jamás llegó a la maternidad de tocar las cosas, como ahora lo hacía, ahora que estaba viéndolas, porque sabía su posición exacta en relación a su cuerpo. De ciego correteaba coches entre chichicastales y cercos de alambre espigado, sin quemarse en la hoja del chichicaste ni rasgarse las ropas en las púas del alambre. Un tordito se detuvo a la orilla del corredor, frente a él que silenciosamente se acomodó en el taburete, quién sabe a qué, porque no tenía qué hacer, convaleciente. El pajarito —más parecía una hoja que hubiera caído— vino, se detuvo, dio tres saltitos, y se fue. Mínimo. Nervioso. Grano de café electrizado. Se le fueron los ojos que, salidos de su cascara, se le estarían yendo siempre. Suspiró con un profundo aprecio por la vida que le comunicaban aquellas ventanitas abiertas en su cara. Hueso, carne y paisaje. Contempló los árboles. Para él los árboles eran duros abajo y suaves arriba. Y así eran. Lo duro, el tronco, que antes tocaba y ahora veía, correspondía al color oscuro, negro, café, prieto, como quisiera llamársele, y establecía, en forma elemental, esa relación inexplicable entre el matiz opaco del tronco del árbol y la dureza del mismo al roce de su tacto. Lo suave de arriba, el ramaje, las hojas, correspondía exactamente al verde, verde claro, verde oscuro, verde azuloso que ahora veía. Lo suave de arriba antes era sonido, no superficie tocable, y ahora era verde visión aérea, igualmente lejana de su tacto, pero aprisionada ya no en sonido, sino en forma y color.
       Su primera salida de la casa del herbolario fue al puente. Cerró y abrió los ojos viendo el aguaje lleno de chilliditos de ratones, entre pedrones que asomaban como manos de madejas que estuvieran hilando, las violentas madejas líquidas que al pasar chocando de un lado a otro, soltaban espumarajos de saliva, tan abundante como la que juntaba el herbolario al masticar su bólido de copal. De un viaje se iba toda el agua que pasaba bajo el puente amurallado, bastiones que parecían bueyes echando fuerza para que no se los llevara. Bueyes con el yugo del puente encima. No se veía que el agua se fuera y se iba, sólo comparable con el tiempo que pasa sin que se sienta; como siempre tenemos tiempo, no sentimos que nos está faltando siempre, según le explicó Culebro.
       Volvía el herbolario con una mano de fuseas en la mano gigante. El contraste de aquel guantón de boxeador y las delicadas flores que como aretes vegetales mostraban, unas cáliz rojo y doble corola blanca, y otras corolas moradas, y otras corolas azules, con el cáliz rosado. El herbolario las miraba como un joyero o un orfebre. Sacudió la cabeza. Las fuseas le hacían pensar en el misterio de vida en función creadora de belleza. ¿Por qué se producían aquellas divinas flores que la Virgen María se puso de aritos? El maíz brota para que coma el hombre, el zacate para que se alimenten los caballos, las hierbas para Las bestezuelas del campo, las frutas para que se regalen las aves; pero las fuseas, que sólo son adornos de colores delicadísimos, porcelanas vivas en las que el más sabio artista combinó los colores más simples. Llegaría al Anal de sus días, masticando un copal de cojón, sin esclarecerlo. El que algo hace es para que alguien le alabe, pero la naturaleza produce esas flores en sitios en que nadie las ve. El hombre que creara aquellas miniaturas de porcelanas con todos los secretos del bajorrelieve coloreado y las dejara perderse, sin sacarlas de su estudio, sería llamado loco, egoísta, y él mismo sentiría, al no ser apreciadas sus habilidades, que su esfuerzo quedaba un poco baldío, truncado. Ese baldío en que quedaban aquellas lindas flores, causaba angustia a Chigüichón Culebro.
       El herbolario dejó a Yic en el puente viendo correr el río, aletear algunas mariposas, saltar alguna liebre, seguida de otra, y cruzar, fugaz como un meteoro, un ciervo. Miraba aletargado, vagando, sin pensamiento, por el camino que prácticamente lo llevaría de regreso, cuando tropezó, no tropezó con nada material, pero se vio que había tropezado con algo, por el gesto que hizo, por haber ido hasta las piedras del reborde, para agarrarse, como cuando estaba ciego y el color cenizo que le bañó la cara. A grandes zancadas, tropezándose en los pedruscos y arbustos, en el puente, en el tronco del matasanos, en todo lo que se le ponía delante, volvió a casa del herbolario.
       —¡Se quedó otra vez ciego o se volvió loco! —sentenció Culebro, en lo alto del corredor de su casa que daba sobre el camino, esperando a que llegara hasta allí, al menos hacia allí se dirigía. Las dos cosas eran posibles. Hay males que son más peligrosos en la convalecencia. Los imprudentes no sanan nunca. Y Yic lo era. A ruegos y amenazas logró que se quedara unos días después de la curación que, en verdad, fue milagrosa. Irse, irse, irse, pero a dónde, si no inútil. Después del raspón de navajuda, se debe tener mucho cuidado, porque un luzazo, un mal aire pueden volver la ceguera y entonces ya sin curación. Y el peligro de la locura, como resultado de la operación cabía perfectamente. Para eso le suministró un poquito de «verdegrambre» o eléboro.
       Goyo Yic no alcanzó a llegar a las gradas del corredor, se dejó caer y resbalóse como un cuerpo sin vida por el chaflán de tierra que del camino subía a las gradas. Un muñeco de milpas con ojos de vidrio, estáticos, abiertos, limpios, brillantes. Culebro bajó a la carrera, indagando —¿qué le había picado?— y a un tiempo llegó, cuando aquél, enloquecido, iba a clavarse las uñas en los ojos, en sus pupilas recién nacidas, con olor de rocío y luz de mañana todavía. Sus dedos quedaron como tenazas de alacranes que entre sus mechones de pelo lacio veíanse enredadas, al tomarlo Chigüichón por las muñecas. Apretó los dientes y cerró sus labios de cecina dura. Los ojos le eran inútiles. No conocía a la María Tecún, que era su flor del amate, él sólo la había visto ciego, dentro del fruto de su amor, que él llamaba sus hijos, flor invisible a los ojos del que ve por fuera y no por dentro, flor y fruto en sus ojos cerrados, en su tiniebla amorosa que era oído, sangre, sudor, saliva, sacudimiento vertebral, ahogo de respiración que se hace pelo, tetita de lima en la penumbra, niño que salta a la vida cogido por tacos de pita de cohetero humeantes, y los toles de las chiches ya llenas de leche, y el llanto del primer empacho, y la calentura del mal de ojos, y el tueste con chile en el pezón granudo, para el destete, y animalejos hechos de pluma para asustar al que ya debe ir comiendo tortilla y bebiendo caldo de frijol negro, negro como la vida. Y de su tiniebla empozada en llanto, no salió hasta que se le secó el agua por dentro y tuvo sed.
       El herbolario le convenció de que le sería fácil de dar con ella, porque la conocía de oídas.
       —Más de alguna de las que oigas hablar…
       —Puede que sí —contestó Goyo Yic, no muy convencido.
       —Más de alguna, por ái la topas; ella es la que no te va a conocer a vos, mesmo que le jures que sos vos, con tus ojos buenos.
       —Dios se lo pague a usté…
       Y cuando Goyo Yic se apartó de la casa del herbolario, no sólo el señor Chigüichón Culebro, con su copal de cojón entre los dientes, blanquísimo el copal y blanquísimos los dientes; sino el río bajo el puente que era su querencia olvidada porque al pasar lo olvidaba, los prontos del aire que tenía el carácter variable, los patachos, los bueyes, las ruedas de las carretas, los ecos de las voces de los enmontados en el guatal arrecho por esos lados, todo parecía irle repitiendo al oído: Más de alguna… Más de alguna… Más de alguna…


[12]

      Cada una se agachaba en el atrio a subirse el rebozo sobre el pelo guitarreado por el soplo de la cumbre, cada uno tantito a escupir el pedazo de cigarro de tuza y a quitarse el sombrero como tortilla fría. Venían puros helados, venían granizos. La iglesia, adentro, era un Uamerío. Los cofrades, hombres y mujeres, los más viejos con las cabezas amarradas, sostenían manojitos de candelas entre los dedos chorreados de sudor y sebo caliente. Otras candelas, cien, doscientas, ardían en el suelo, pegadas directamente al suelo, en islas de ramitas de ciprés despenicado y pétalos de choreques. Otras candelas de varios tamaños, desde el cirio linajudo de adornos de papel de plata y alfileres con exvotos, hasta la meñique, ceras de más valor, en unas como almácigas de hojalata. Y las candelas en el altar adornado con ramas de pino, hoja de pacaya. Al centro de tanta alabanza, una cruz de madera pintada al verde y pringada de rojo, simulando la preciosa sangre, y una sabanilla blanca en hamaca sobre los brazos de la cruz, también goteada de sangre. La gente, color de palo jobo, inmóvil frente al madero rígido, parecía enraizar sus plegarias en la santa señal del sufrimiento con susurrante hervor de cernada:
       … y lo mesmo te pido, Santa Cruz —y el que así rezaba levantaba las manos haciendo la cruz con cada mano—, y lo mesmo, y lo mesmo, Santa Cruz, lo mesmo; o los apartas por las güeñas, yo a ese mi yerno no lo quiero, o los desaparto yo por las malas; ¡a donde yo van a venir juntos, pero mija sólo a enviudar!
       … Al fin ruin, tituló el terreno que era mío, por herencia de mi padre era mío, pero yo te lo pido, Santa Cruz, que me lo quites de en medio, que se muera de natural, o yo lo quito, porque lo quito; ¡ve el bien que sería, mi Crucecita, que a ese tramposo me lo quitaras de en medio!
       … El cirguión del temblor cegó las tomas por todo esto de aquí, ya no hay nacidos de agua por ninguna parte, mejor allá, menos culebra, menos ahuizotes, menos enfermedad; mándame pa por ái este año y vengo el año que entra en romería, por Dios que güelvo, por vos, Santa Cruz de Mayo, que güelvo, y si no cumpliera, me echas castigo; ¡te aceito el castigo, pero mándame por allá!
       … Mejor se podiya morir el muchachito, Santa Cruz de Mayo, porque está sin remedio, como gallina ciega, como ingrudo negro, a saber qué tendrá en su cuerpo, ya no le queda acción, está puro aguadito, sin medicina.
       Miraban la cruz cubierta de río, de lava de volcán, de arena de mar, de sangre de gallo, de plumas de gallina, de pelo de maíz, como algo doméstico, oficioso, solitario en los caminos, valiente contra la tempestad, el demonio y el rayo, el huracán, la peste y la muerte, y seguían rezando con susurro de cernada que hierve, y hasta el olor acre de la cernada, hasta que la lengua les quedaba como estropajo, insensibilizadas las rodillas de tanto estar hincados, las manos goteantes de la viruela blanca de las candelas que sostenían por manojos, los ojos como uvas de bejuco.
       Los zapatazos de los calzados, al entrar al adoratorio, el llanto de los niños de meses, traídos a tuto en sábanas blancas por las nanas indígenas, la repicadera interminable, el coheterío y de nuevo, la Santa Cruz llevada en procesión de la iglesia a la cofradía, como por gente coja, así el movimiento desacompasado del anda, entre filas de cofrades y mujeres, o de mujeres, cofrades y niños que seguían detrás en avispero.
       Entre la cruz andante y la iglesia inamovible, en un espacio de cielo y campo que parecía medir el repique, iban quedando las tierras aradas para la milpa, los cercos de izotales en flor, la flor de barba de viejo hilada por las arañas de trementina, los ranchos como gusanos enrollados, una que otra casa de teja y pared blanca y en torno a la pila de la plaza morena, del asombrado color del aire bajo la ceiba, ventas de feria repartidas en enramadas de ciprés, en toldos de petate sostenidos con tres palos, o sábanas de colores añudadas a cuatro cañas de Castilla, que el viento inflaba como globos.
       Goyo Yic entró en la iglesia de Santa Cruz de las Cruces estrenando el llanto de sus ojos abiertos. No pudo arrodillarse. Se fue de bruces trastabillando, hasta caer. Los pocos devotos que habían quedado en el adoratorio cuidando las candelas, se rieron.
       —¿De qué color es el llanto? —gritaba, ya tendido en el suelo, y en el mismo grito, en la misma lastimadura del llanto respondía—: ¡Es color de guaro blanco!
       Un jefe de cofradía con las mangas de la chaqueta de jerga azul con seis filas de botones, y dos asistentes vestidos de manta, camisa y calzón, lo sacaron del templo antes que viniera el auxilio municipal, arrastrándolo de los brazos hasta el atrio, donde quedó como algo sucio que poco a poco se fue cubriendo de moscas.
       Las voces de las mujeres que llegaban a la iglesia o cruzaban por allí cerca habla que te habla, lo hacían sacudirse, quejarse, alargar un brazo, encoger una pierna. Buscaba a la María Tecún, pero en lo remoto de su conciencia ya no la buscaba. La había perdido. Para hacer hablar a las mujeres, a la María Tecún la conocía sólo de oídas, se volvió achimero ambulante. Caminos, ciudades y ferias…
       —¡El espejito, niña, el espejito! ¡Peines! ¡Jabones! ¡Aguaflorida, para la florida niña! ¡Almanaques, hilera, listones, y los aritos de perlas! ¡Una pulserita, pañuelos, lápices, papel de amistad para enamorados, agujas, alfileres, peinetas y estos vidriecitos con perfume: el heliotropo, la devinia, el japonés! ¡Tricófero! ¡El tricófero! ¡Tómelo, llévelo, no estoy cobrando de más, es que la señorita apetecía el de la mujer trenzuda! ¡Las tierras del Señor!…
       Todas hablaban, ofrecían, indagaban, curioseando entre las baratijas, hasta quedarse con algunas. Otras le hacían encargos. Si volvía a pasar y se acordaba, era bueno que trajera prendedores más bonitos, botones y lentejuelas, sedas y bastidores redondos. «El Secretario de los Amantes» le recomendaban algunas y… no se atrevían… polvos para enamorar… los que no dejan que llegue el olvido nunca, aunque se le pague caro, y tarjetas postales con frases de amor y nombres evocadores… Carmen… María… Luisa… Margarita…
       Las que, entradas en años, se quedaban mirando su mercancía sin merecer a sus ojos, las hacía hablar esperanzándolas con novenas, rosarios, pilas de aguabendita, guardapelo, pequeñas mantillas negras, y ungüentos para el reumatismo, pildoras para la debilidad, bolitas de naftalina para la vejez de las cosas, alcanfor, pildoras de éter, pomadas balsámicas contra el catarro, gotas maravillosas para el dolor de muelas, ballenas de corsé…
       —Fue ruin la María Tecún —decía por los caminos, cargando todas aquellas porquerías en una gran tilichera que de viaje se acomodaba a la espalda, y al empezar a trabajar se colocaba arriba de la cintura, por delante, valiéndose de una correa de sudada lona con ribetes de cuero.
       De noche, al regresar a la posada en sus recorridos de pueblos y ferias, paraba en cada pueblo donde había feria, contemplaba a la luz de la luna su sombra: el cuerpo larguirucho como ejote y la tilichera por delante a la altura de la boca del estómago, y era ver la sombra de una tacuatzina. De hombre al hacerse animal a la luz de la luna pasaba a tacuatzina, a hembra de tacuatzín, con una bolsa por delante para cargar sus crías.
       Se dejó bañar, en una de esas noches de luna en que todo se ve como de día, por la leche de palo que baja de las heridas de la luna macheteada en la corteza, luz de copal que los brujos cuecen en recipientes de sueño y olvido. El copal blanco, misterioso hermano blanco del hule que es el hermano negro, la sombra que salta. Y el hombre-tacuatzín saltaba, blanco de luna, y saltaba su sombra hule negro.
       —Vos que sos el santo de los achimeros, tacuatzín, podes llevarme por los caminos más torcidos o por el camino más derecho, al lugar en que está la María Tecún con mis hijos. Vos sabes que los hijos los lleva el hombre en las bolsas como tacuatzín y no les conoce la cara, no les oye su risa, no les apriende el habla que hablan con voz nueva, sino puesito que han estado en las nueve treintenas de la mujer, cuando la madre los arroja, los bota fuera de ella, y salen, entre raíces de humores fríos y pellejos calientes, hechos unos puros tacuatzines, peludos, negruzcos y chillones. ¡Ayuda tacuatzín, al achimero Goyo Yic, pa que cuanto antes tope a la mujer Tecún, en su voz, en su lengua en el aire sonando como cascabel!
       Goyo Yic, en su mundo de agua con sed y huesos a los que la carne se adhiere dolorosamente, cambió de postura. La fuerza del sol le hacía sudar y al sudor se mezclaba su llanto de ebrio que no logra olvidar las contrariedades de la vida. La iglesia cerrada. Ya no se oían voces de mujeres. Pero él seguía tirado en el atrio soltando palabras sin ilación y dando manotadas. En las ferias todas se detenían frente a su puesto de venta, una sábana entre cuatro cañas de Castilla sostenida como techo, no sólo por sus baratijas vistosas, sino por ver al tacuatzincito que escondía la cabeza puntuda ante los curiosos, chicos y mujeres, las más mujeres. ¿Qué animalito es?, preguntaban al achimero casi todas deshaciéndose en melindres y nerviosidades, al mostrar los ojos grandes, negros, más abiertos para ver al tacuatzín y la desnuda risa de la sorpresa, sin atreverse a tocarlo, aunque alargaban la mano, por miedo y por asco, pues más parecía una rata grande.
       El achimero, contento de que todas hablaran al mismo tiempo, así escuchaba muchas voces femeninas, sin necesidad de ofrecer los artículos de su comercio que quizás porque no le importaba como comercio sino como anzuelo para tirar la lengua a las mujeres, más de alguna, alguna, sería la María Tecún, era cada día más próspero, les explicaba:
       —Es tacuatzín. Lo encontré botado en un camino y lo recogí. Me trajo la buena suerte y me quedé con él. Llueve, truene o relampaguee, anda conmigo.
       —¿Cómo se llama?
       —Tatacuatzín.
       Y entonces algunas se animaban a tocarle las orejas, llamándole:
       —¡Tatacuatzín!… ¡Tatacuatzín!
       El tacuatzín se escurría, temeroso, pegajoso, espeluznándose. Las curiosas se estremecían entonces hurgando en las baratijas.
       De feria en feria, entre los emponchados comerciantes de tierra fría, tratantes de jarcias y monturas; los indios vestidos de blanco, muñecos de tuza tratantes en batidores, pailas, molinillos, sopladores y otros indios color de brea tratantes en achiote, ajo, cebolla, pepitas, y otros, livianos y palúdicos, vendedores de pan de maxtate, toronjas, bocadillos de coco, matagusanos, melcochas con anís, y otros tantos como van a las ferias, Goyo Yic era conocido más que por su nombre, por el apodo de Tatacuatzín.
       —Lo propio, no me enojo y menos con la chulada; Tatacuatzín yo, y usted Mamachulita… —y entre palabras bonitas y manoseos cariñosos, la mujer se le avoluntó para irse con él por allí no más. Terreno barroso, móntales y una laguneta, adonde las nubes bajaban a beber agua. La tuvo bien oprimida bajo su cuerpo hasta la madrugada, porque apenas intentaba despegarse de ella, entre ella y él, había lugar para el machete. El que desde que se le huyó la María Tecún, como si se le hubieran cerrado los poros, se quedó con ella adentro, él con otra mujer. Fue singraciamente y de él sólo estuvo el pellejo molido entre la María Tecún, que tenía adentro y la mujer que tenía afuera. Esa con que estaba. Y más que sus otros sentidos, el olor. El pelo de la María Tecún con huele de brasa de ocote recién apagado, retinto, lustroso y fino, y los senos como ayotes-tamalitos, que le abarcaban todo el pecho, y las piernas tuncas y rechonchas y el empeine amosetado. Olía a la María Tecún en su interior y sentía a la otra mujer, fuera de él, bajo su cuerpo, en medio de la noche barrida, estrellada, infinita. Cerró los ojos y le apoyó las manos en los pechos, para acariciarla, levantarse y escapar. La mujer hizo ruido de resquebrajaduras de dientes, rechinándolos, y de huesos en los gonces, alargándose, encogiéndose, triturándose la cara con las lágrimas que engranaban la pena del pecado a la placidez sonriente de su dicha. Un paso aquí y otro allá, en lo oscuro que era sombra o tierra amontonada detrás de chinamas, galeras y carpas de la feria. El cielo se movía. Admirable verlo andar como un reloj. Marimbas, guitarras, acordeones, gritos garrasposos de los que cantaban las cartas de «Los Pronunciados»: ¡El que le cantó a San Pedro!… ¡La sirena de los mares! ¡El que por su boca muere!… ¡El que pica con la cola!… ¡El retrato de las mujeres!… ¡La bandera tricolor!… Pasó de los puestos de juego, juego de argollas, loterías, rueda de la fortuna, entre grupos de gente que se movía como imantada, hasta llegar a su chinama, donde tenía bajo siete llaves los oros falsos de su tilichera. Largó una moneda de níquel al que le hizo el favor de cuidarle y entró directo a buscar al tacuatzín, para acariciarlo. Era remordimiento. Su mano penetró en la bolsa vacía. De las puntas de sus dedos que no dieron como otras veces con el espinazo pelado del animalito, subió quemándole el brazo un frío eléctrico. Tomó el bolsón entre las manos y lo estrujó. El tacuatzín había huido. Se quedó, después de soltar la bolsa vacía sobre la tilichera, parado de una pieza. La flor de amate, convertida en tacuatzín, acababa de dejar el fruto vacío, escapando para que, como a la María Tecún, no la viera el que no estaba ciego, el que ya veía a otras mujeres. A la mujer verdaderamente amada no se la ve, es la flor del amate que sólo ven los ciegos, es la flor de los ciegos, de los cegados por el amor, los cegados por la fe, los cegados por la vida. Se arrancó el sombrero. Había misterio. Prendió un fósforo para ver las huellas del tacuatzín. Estaban bien marcaditas. No muy hondas, superficiales, ligeras. Las borró con la mano del corazón y el polvo que le quedó en los dedos y la palma, se lo pasó por la cara, por la lengua hedionda a besos de mujer ajena y cerró los ojos buscando en vano a la que no encontraría ya ni en la realidad ni en esa sombra de cajón de muerto, al tamaño de su cuerpo, regada por sus párpados sobre él.
       —¡Ve, vos, Tatacuatzín, dame algo por haberte quitado las ganas!
       Goyo Yic oyó la voz de la mujer en esa sensación de despoblado que dan las ferias al silenciarse y, sin más esperar, alzó la tilichera, fue hacia donde estaba el bulto de la mujer contra la sábana blanca que rodeaba su trampa y le descargó, encima, al bulto, la gran caja de madera cubierta de vidrio con toda su achimería. La silueta oscura de la mujer que detrás de la sábana rala se veía como un manchón de chingaste de café, resbaló sin ruido, al tiempo que los vidrios rodaban en pedazos y caían en chinche a lo callado espejos, collares, aritos, pulseras, frascos de perfumes baratos, rosarios, dedales, alfileres, agujas, ganchos de mujer, jabones, peines, peinetas, listones en piezas desenrolladas, pañuelos, crucifijos…
       Huir. Seguro que sí. Él también era tacuatzín. Y de andar fugo en el monte mucho tiempo se puso prieto. Lo malo es que en el monte de estar solo se estaba volviendo loco y se enredaba en cosas con la María Tecún que, aun cuando había sido ruin, merecía que así a lo solo le echara a la conversación. Si topaba un arbolito con perraje de flores le acercaba la mano temblorosa. Estás loco, se advertía, y seguía adelante, emboscado, sólo a ver que era igual a su adorado tormento, un salto de agua bonito, al que acercaba el cachete para que le floreara la espuma que era como la risa de… fue ruin. Se menoscaba el ánimo de no ver gente, no ver chuchos, vaya. Los chuchos ya tienen algo de gente. Comía lo que encontraba que se podía mascar y tragar. Raíces gordas con sabor a papas crudas, frutos que antes se aseguraba si los habían picoteado los pájaros, para saber que no eran venenosos, hojas carnosas, y unos tronquitos que mordían las ardillas.
       De bien lejos olfateó el hombre que la mayor parte de la vida estuvo ciego, que había pueblo cerca. No sabría explicar cómo en el aire se le corporizaban las cosas a distancia. Lo que sus pupilas no alcanzaban estaba en su nariz. Y así fue como bajó, tras recorrer y recorrer tierras, desesperado de no ver gente ni comer caliente, a Santa Cruz de las Cruces, arrebiatado a un tren de carretas que vuelteaban trastumbando. Pronto se sintió cogido entre la última carreta y una ronda de enmascarados. Era el gran convite de la Feria de la Cruz de Santa Cruz de las Cruces. Vestidos de colorado, verde, amarillo, negro, morado, tocaban instrumentos, repartían latigazos fiesteros y bailaban.
       Goyo Yic, que ya sólo era calavera con ojos, pelo y dientes, seguía las piruetas y los decires de los enmascarados con atención de infante. Los que llevaban en la cabeza plumajes de colores eran los reyes, el cabello y la barba de plata, los ojos con párpados de oro, gruesos los labios de la máscara, también plateados. Otros había que llevaban coronas y otros con unos sombreros que más parecían canastas de flores de papel de china. Entre todos iba y venía bailando, saltando, cueraceando a los mirones, el mico del hoyo, vestido de negro, coludo, cornudo, los ojos en ruedas rojas y roja la boca redonda con los dientes blancos. Una gran comparsa.
       Goyo Yic, el Tatacuatzín, dejó la carreta en que se había trepado, para andar un poco arrastrado, y se incorporó a la algazara y polvareda de los que el pueblo de Santa Cruz de las Cruces recibía como los heraldos de la mayor festividad del año. Entre las agujas de una puerta tranquera, desembocó el convite seguido de multitud de chicos de todas edades, desde el mayorcito con honda de pita en la mano u otro instrumento de tortura, hasta el Uoronzuelo, desde las muchachonas con las cabezas arrebiatadas de listones, igual que váquiras de feria, hasta las señoras congojosas, en años de pelo color de espina y arrugas de tierra seca.
       En la cofradía de gran patio barrido y oloroso a tierra mojada, el agua y la tierra en medio del olor de la tarde, se repartían bajo jocotales cargados de jocotes verdes como hojas, ya amarillando algunos, y aguacatales de triste aspecto somnolente, mesas con vasos de horchata ya servida, suave olor de chufa, agua de canela que parecía afinar los vasos de herradura, adelgazándose hasta hacer pensar en caballitos retintos, y fresco de súchiles, agridulce, picantón. Y al pie de los vasos de horchata, agua de canela y súchiles, los panes rellenos con frijoles negros y queso espolvoreado, otros con encurtidos y lechuga, otros con sardinas, y las enchiladas bajo tormentas de moscas que espantaba con parsimonia la vendedora zamba, ojerosa, de cara acachimbada.
       En otras mesas —la cofradía era un mercado religioso bajo el vuelo de los clarineros alegres— se ventilaban otras aguas refrescantes: el chan de semillitas negras asentadas en el fondo del vaso que al servirlo revolvía la vendedora, una joven ella parecida a la María Tecún, semillitas que girando, girando iban hasta el garguero, como en una prueba astronómica de la formación de los mundos; los rosicleres de color de banderas, dulces, mielosos; y el agua de chilacayote, fresco con barbas de sargazos y pepitas negras, negras.
       Por allá, en el fondo, se botaba con sólo un agua la gran enramada del altar, alta por delante, baja por detrás, como formando resplandor, toda vestida por dentro y por fuera de pino, ciprés, chucas, hojas de pacaya, festones de pashte, parásitas con flores de forma pajarera, y frutas a madurar. La Santa Cruz, patrona de la cofradía, alzaba pie de un anda con nagüilla de cortina roja. Frente a ella, en candeleras y en el suelo de ladrillo —era la única cofradía que tenía altar con suelo de ladrillo—, ceras amarillas, adornadas con papel de china morado y retazos de oro pegados con engrudos de algodón, y ceras de todos tamaños, hasta las humildes candelas de sebo, enanitas y no por eso menos llameantes. Fuera de este círculo celestial de candelas, una fogata de lengüitas de serafines y culebritas de humo, el altar propiamente dicho, consistente en una larga mesa cubierta con un mantel almidonado. En este altar los cofrades y peregrinos depositaban flores, frutas, gallinas, animales del monte, palomas, elotes, ejotes, frutas y otros presentes. Al centro de este altar, había una bandeja para las limosnas, bandeja que se repetía en una mesa colocada a la derecha, entre garrafas de aguardiente cuelludas y panzonas, con nances amarillos, cortezas de limón, cerezas y otras frutas de sabores en el cristalino mundo en que el licor parecía dormir como un lagarto transparente, con risa de muerto, fija.
       La marimba esperaba las seis de la tarde. Goyo Yic, que miraba todo con ojos tristones de tacuatzín, se acomidió a soplar el fuego preparado para la quema de bombas y cohetes al pie de un aguacatal raizudo y altísimo. Los tizones mudaban la piel de fuego al soplarlos Goyo Yic con su sombrero. El fuego le recordaba a María Tecún. El calor del fuego entre tetuntes. Si jugaba el sombrero rápidamente sobre las llamas, cada tizón era un vivo cascabel, si haraganeaba el sombrero, se vestían los leños ardiendo de escama de ceniza, escama menos pesada que el aire, porque al resoplar con diligencia, nuevamente, volaba dejando en el amazorcado braserío del fogón, miembros de árboles amputados, sangrantes.
       —Fue ruin la María Tecún…
       Había dejado de soplar el fuego y le sacaron de su pensamiento los encargados de quemar los cohetes y las bombas voladoras. Fueron asomando sin sombrero, los pies lavados, las ropas nuevas, camisas a colores, pañuelos de sedalina en los cuellos y las insignias de la cofradía, consistentes, según los cargos de mayordomos o guardias, en cruces más o menos grandes sobre rosetas de listón morado y blanco.
       Anunció la hora un presentimiento de pájaros que volaron de los árboles cercanos, al asomar al patio la cuadrilla de los que, llegado el convite, iban a soltar los cohetes, relinchos de caballitos enloquecidos, al sonar las campanas de las vísperas.
       El repique no se hizo esperar. Se alzó en el inmenso y dulce silencio amonestador de la tarde que volcaba sobre las montañas profundos rosas y llameantes nubes rojas.
       Y al repique, salieron disparados de las manos morenas de los que soltaban los cohetes, uno, otro, otro, otro, otro y otro cohete partiendo la pureza del aire con su quisquilloso respirar de nariz tapada, para estallar en lo alto, otros sobre las casas y otros, los que no agarraban viaje, entre los cercos y el suelo. Las bombas voladoras eran colocadas, mientras tanto, por muchachones que hacían sus primeros tanes en los morteros, y otros, más adiestrados, tan pronto como el proyectil caía en el mortero dejando fuera la punta de la mecha como la cola de una rata, aproximaban el tizón y… pon… pon… pon… estallidos violentos, terráqueos, seguidos de roncas detonaciones en medio de la celeste inmensidad ya con estrellas.
       La noche sumergió a Santa Cruz de las Cruces en sus aguas de lago oscuro, hasta la altura de los cerros circundantes, ensoguillados de fogatas. Goyo Yic, helado como tacuatzín, seguía sopla que sopla el fuego con su pobre sombrero de petate viejo, por hacer algo, pues ya la quema había pasado y los tizotes habían servido.
       Del alboroto de las seis de la tarde sólo quedaba la marimba querendona y apaleada, molida a palos como los árboles cuando los apalean para botar las frutas, los animales perjuiciosos cuando los apalean para que aprendan a eso, a no hacer perjuicio y a no ser haraganes, las mujeres cuando las apalean para que no se juyan, los hombres cuando los apalean las autoridades para quitarles lo de hombre que llevan dentro. Él ya no llevaba dentro nada de hombre. Se había vuelto tacuatzín, tacuatzina porque llevaba a sus hijos metidos en el bolsón del alma. Lo mineó la María Tecún. Y para siempre. Y para peor el herbolario, que le sacó los ojos y le puso ojos de tacuatzín.
       ¡Fiesta de Santa Cruz de las Cruces! Por la señal de tus fuegos que llaman el agua que los pitos llevan en sus ojos escrutadores. Por el campesino que en tu día se destierra del suelo y se encarama a tus brazos de mástil, con las velas ensangrentadas, a llamar a Dios. Por los que frente a tus chozas, en tus calles, con basuras, palos secos y ramas verdes prenden sus fogarones para soñar que tienen a sus pies una estrella colorada. Las llamas de los cirios cuerpones se baten a duelo de lenguazos de oro frente a ti que eres el duelo de la vida, formada por los destinos que se cruzaron, el de Dios y el del hombre, entre enemigos a muerte, negaciones, tempestades y desgarrado llanto de madre. ¡Santa Cruz de las Cruces, que venga el agua pronto, que pronto pasen los azacuanes trazando en el cielo su gran cruz de sombra y ala! ¡Las manos le comen de dicha, Santa Cruz de las Cruces, al que te venera en tu día, en tu hora, en tu instante! Los venados, allá donde no ven, pero están, apuntan con sus orejitas para tu fiesta de cazadores que te traen las primeras presas. Los árboles saben que sus frutos más ricos son para adornar esta fecha en que cumple años la agonía del mundo, y empujan su savia más dulce con nuditos de voluntad de madera para que sean miel oprimida en la cascara, y las avispas de shute negro que al picar dan calentura, se tornan esposas milagreras. ¡Santa Cruz de las Cruces, casada en artículo de muerte con Jesús, tu fiesta es el riesgo del hombre que se arranca de la mala vida y se abraza contigo, cuerpo a cuerpo, no sabiendo si te abraza o te lucha, para quedar después sólo mudada y sombrero de esqueleto, para susto de las palomas maiceras!
       Noche entamalada con las hojas verdes de las montañas que formaban envoltorio al pueblo de Santa Cruz de las Cruces. Frente a la Santa Cruz, en la enramada del altar, bailaban los cofrades al compás de la marimba, todos con el corazón como después de un susto. Y para que el corazón les volviera a su punto, se acercaban a la mesa del trago y vaciaban en pequeñas copas el contenido de las garrafas, aguardiente que cambiaban por limosnas. Gululululuc, el trago por el gaznate, y chilín, el níquel, la moneda de níquel en el platillo de la limosna, y la reverencia a la Santa Cruz.
       Medianoche. En el patio de la cofradía y en los alrededores, escuchábase el pataleo de las bestias adormecidas bajo el sereno, veíanse los fuegos de los condumios, los hachones de ocote de las ventas de frescos, panes y batido, y grupos de gentes, familias y conocidos, que andaban de paseo sin ruido, los pies descalzos y la risa de tan vieja ya cicatrizada en sus caras de fantasmas entrapajados.
       Goyo Yic, después de tomar café, le dio manita a una mujer para que apeara un canasto de verduras y animalero, chumpipes y gallinas, que traía en la cabeza. La cargadora se le quedó mirando agradecida, las tostadas pepitas de los ojos en la cara pálida del jadeo, el cabello ruin por el yagual, y entre resuello, soltó un Dios se lo pague, en voz tan apagada que Goyo Yic apenas si percibió el acento. Con su ayuda, la cargadora arrastró el canasto hasta las colinas. Yic con su mano chocó la de ella. Había hablado. Había oído. Se le descompuso el cuerpo. Pero otro Dios se lo pague, acabó con el embrujo. No. No era la María Tecún. Pero qué voz tan parecida. Refregó la espalda en un horcón, mientras la mujer se perdía en la noche. Todavía la oyó mear. Pero por allí qué iba a conocer a su mujer si todas mean igual. El resplandor de los fuegos le doraba el pelo al Goyo Yic, la cara enjuta, cobriza, desaparentada de en lo que andaba. En la oscuridad, aire vestido de telaraña, los vaqueros humaban. Estornudos de mecheros de piedra de rayo y eslabón bravo y brasas de cigarros de tuza o puros trenzados. Humó y se emborrachó con ellos, el Goyo Yic. Le brindaron un trago de una botella, y se la pescueceó entera. Casi. Un culito dejó.
       —Y vos, ¿qué te propones olvidar que te bebés el aguardiente así? —le preguntó un vaquero cara de caite viejo.
       —Es que la tristeza lo vuelve a uno algo tacuatzín… —fue su respuesta, pero ya estaba el aguardiente jugándole en la sangre, en los ojos, en los gestos, en los ademanes.
       —Éste ya no se para —dijo otro vaquero.
       —Lo susodicho —dijo otro.
       Pero el Goyo Yic se paró y estuvo bailando y anduvo toda la noche no sabe dónde, hasta la mañana siguiente en que fue a caer de boca a la iglesia, de donde lo sacaron a botar al atrio.
       La sequía lo hizo pararse. Había anochecido. Un día entero estuvo botado en el atrio, ratos oyendo mujeres que pasaban hablando, ratos sin darse cuenta de nada. Se paró como pudo. Le temblaron las canillas. Derecho a la pila de la plaza a beber agua hedionda a caca de jaula. Cuesta volver en sí.
       —Entonce —se acercó a hablarle un hombre de campo más alto que él—, entonce nos vemos hoy, yo ya arreglé el trato, la mita de las monedas usté y la mita yo, y de la ganancia vamos mita y mita; pero hay que salir temprano para que nos abunde el tiempo.
       Goyo Yic se buscó el pañuelo con los güegüechitos de monedas, pero no lo tenía y… entonces y entonces…
       —No se busque más, yo se lo guardé y aquí lo tiene. Entonce nos vamos. Más para el camino tomamos café, si le parece.
       El hombre empezó a caminar y detrás, como un baldado, fue Goyo Yic, igual que un tacuatzín detrás de un prójimo desconocido.
       El café le asentó el estómago. Entonces se fijó, entonces, que el hombre amigo llevaba un garrafón a la espalda. Al mediodía se bajaron a beber agua, por una veredita, a una quebrada. Allí, al volver al camino real, le dijo el amigo:
       —Entonce ahora lo carga usté…
       Goyo Yic se echó el garrafón a la espalda y siguió caminando. Hasta entonces, cargando el garrafón vacío recordó el trato, lo pactado con aquel camarada. Le comía la lengua por preguntarle cómo se llamaba y le preguntó.
       —Domingo Revolorio. Entonce ya no se acuerda de todo lo que hablamos. Cuando usté me tenía abrazado y me decía que sí, que sí, que sí, que yo daba la mita del pisto y usté la otra mita, que mercábamos el aguardiente y regresábamos a Santa Cruz de las Cruces a venderlo. El negocio es negocio redondo, si cumplimos nuestra palabra de no obsequiar a ninguno una copa, sea quien sea, sea el más amigo, sea un pariente suyo, sea un pariente mío. Regalado, nada. El que quiera, compra. Pisto en mano, trago en copa. Ni nosotros mismos podemos tomar sin pagar. Si usté quiere tomarse un su traguito, me lo paga; si yo quiero, se lo pago, y no es cuestión de que seamos uno en el negocio.
       Mediaban las cuatro de la tarde y Domingo Revolorio, conforme el trato de dividirse gastos, trabajo y ganancias, tomó el garrafón hasta llegar a un poblado en que se destilaban, sabiduría antigua, en ollas de barro, muy buenos aguardientes.
       Un guacal de agua hirviendo y polvo de chile, fue todo lo que tomaron de alimento. Lo primero, por lo tanto, al llegar, era comer. Tortillas, queso, frijoles, café. Y un par de tragos. Se entraron por una caballeriza a un mesón oloroso a sancocho. Tras el olor se entraron. Domingo Revolorio arregló con la patrona y allí comieron y durmieron, después de dar una vuelta por el pueblo. Sólo cuando oía hablar mujeres, se acordaba Goyo Yic que andaba buscando a la María Tecún. Últimamente ya no pensaba mucho en ella. Pensaba, sí, pero no como antes, y no porque estuviera conforme, sino porque… no pensaba. ¡Ay, alma de tacuatzín! ¡Ay, ojos de tacuatzín! Era cobarde. El hombre es cobarde. Ahora, cuando pensaba en ella, al oír hablar mujeres, ya no le daba como antes un vuelco el corazón, y se entretenía en pensarla con un hombre rico, con muchas fuerzas, con mucha puntería… ¿Para qué la iba a buscar él que si recobró los ojos, se le metió en el alma un tacuatzín? Los años, la pena que no ahorca con lazo, pero ahorca, los malos climas en que había estado durmiendo a la quien vive, en sus vueltas de achimero, registrando todos los pueblos y aldeas de la costa, y el paño de hígado en la cara de tanto beber aguardiente para alegrarse un poco el gusto amargo de la mujer ausente, lo fueron apocando y apocando, hasta darle la condición de uno que no era ninguno. Materialmente era alguien, pero moralmente no era nadie. Haría las cosas porque tenía que hacerlas, no como antes, con el gusto de hacerlas para algo y fue peor cuando perdió la esperanza de encontrar a la mujer y a sus hijos. Hay tristezas que abrigan. La de Goyo Yic era tristeza de intemperie. Recogió las piernas, se encogió y se durmió hasta el día siguiente, antes que cantaran los gallos.
       —Madrugó, compadre… —le saludó Domingo Revolorio y le pidió los realitos que le tocaba poner en el negocio del garrafón de aguardiente.
       Le llamaba compadre. Se llamaban compadres. Así empezaron a decirse y así se dijeron siempre. Compadres. Sólo que había que saber quién de los dos era el tata de la criatura y quién el padrino, y si la criatura era el garrafón.
       —Po-aquí en debo tener más si no alcanza con eso, compadre Mingo —dijo Tatacuatzín rascándose las cejas—; cuente, por vida suyita, hay que ganar tiempo para que no nos agarre la fuerza del sol en el camino; ya yo le di todo lo que tenía en efectivo.
       —Y está cabal, compadre Goyo; lléveselo usté; son ochenta y seis pesos, según mis cálculos, lo del garrafoncito de veinte botellas; bueno hubiera estado traerse uno más grande.
       En la posada, los arrieros arreglaban sus cargas, unos se movían a dar agua a las bestias y otros las aparejaban. Sobre los aparejos echarían la carga; harina en saquitos blancos y azúcar en costales de brin extranjero.
       Goyo Yic llevaba el dinero, y el compadre Mingo iba detrás diciendo entre otras cosas:
       —Pusimos mitá y mitá; el garrafón ya lleno lo vamos a ir cargando, ratos usté y ratos yo, y de lo que ganemos, mitadita para cada uno; en todo, la tajada por mita, en las monedas del costo, en el trabajo pa llevarlo y en la ganancia. Dios nos favorezca.
       —Por supuesto… Por supuesto… Por supuesto… —repetía Goyo Yic en los cabes que el compadre Mingo le dejaba para que él también opinara—. Y lo mejor, la condición: no regalar ni un trago, ni nosotros, los condueños podemos disponer de una copa, sin previo pago.
       —Sólo ansina resultan buenos estos negocios; yo tuve cantina y me la bebí; la segunda me la bebieron los amigos; dos cantinas tuve y me quedó experiencia.
       —Como pa que no le quedara, compadre Mingo. Lo magnífico es que vamos a llegar a Santa Cruz ya cuando estén escasos de guaro. Negocio redondo es en puras monedas, ni regalado ni al fiado.
       —Sobre mil doscientos pesos le vamos a sacar a los ochenta y seis que nos cuesta el garrafón.
       —Previsto…
       —Y así tendrá usté para más amores. Su gusto es amar, compadre Goyo, y amar con pisto es mejor que amar pobre. El amor no se lleva con la pobreza, aunque digan lo contrario. El amor es lujo y la pobreza, qué lujo tiene. Amor de pobre es sufrimiento, amor de rico es gusto.
       —Y en qué ha visto, compadre, que yo sea enamorado.
       —En que se para y se queda oyendo a toda mujer que habla. Aunque no sea con usté, usté se para y la oye.
       —Ya le conté que ando buscando una mujer que sólo conozco de oído. Nunca la vide. Sólo la oí hablar y así tal vez la identifico. Tal quien la voy a encontrar un día, porque la esperanza no se muere en el corazón del hombre ni aunque la maten.
       —Y si no la encuentra, compadre Goyo, la olvida, la cambia por otra mejor. Porque si da con ella y ella está voluntariosa con otro, lo chiva.
       —Ni lo hable, compadre. Purititamente con otro, no me importaría; pero si agarró mal camino y es mal ejempío de los hijos, Dios guarde. No se deletrea todo lo que siento en el cuerpo: ratos la cosquilla de querer saber de ellos, de quererse empinar sobre todo lo que los oculta, para ver cómo están; ratos ahogo que no se va si uno no anda, como si andando, como si paseándose, acortara uno la distancia que lo separa de ellos. Pero ha pasado tanto tiempo, que ahora ya no siento nada. Antes, compadre, la buscaba para encontrarla; ahora para no encontrarla.
       Mingo Revolorio, bajo de cuerpo, de pelo negro aplumado, cejijunto, tez bastante clara, representaba menos edad de la que tenía. Si reía parecía tocar un instrumento de banda, si callaba se borraba. Para hablar hacía siempre el gesto de arremangarse las mangas.
       Varias veces hizo el movimiento de subirse la mangas de la chaqueta, pero no dijo nada, apenas entre los dos labios apuntaba un número y otro número, contando las botellas de aguardiente que iban llenando el garrafón, una por una, mientras el compadre Goyo Yic, pagaba el valor del aguardiente y compraba la guía para poder circular por los caminos con libertad. Por todo pagó ochenta pesos.
       —Compadre Mingo —corrió a decirle—, estuvo mejor la cosa, porque nos sobraron seis pesos. Cobraron sólo ochenta pesos, con guía y todo. Sobraron seis pesos.
       —Bien, compadrito, muy bien, porque amina no regresamos sin nada en la bolsa. Siempre es bueno llevar algunos pesos para el camino.
       —Son seis pesos.
       —Guárdeselos usté, compadre; después, al llegar, haremos cuentas, que al cabo cuarenta y tres habíamos puesto cada uno, pero como sobraron esos seis pesos, sólo pusimos cuarenta, y de allí son tres de cada uno.
       —Si quiere le doy sus tres.
       —No, compadre Goyo, llévelo todo junto. Y compramos buen aguardiente, lo mejorcito que hay, sabor cacao, y tiene su colorcito a coñac fino, lo que hace más fácil el expendio, porque dicen que además de alegrar, alimenta. Se pudo haber comprado aguardiente de cabeza de carnero, que es más alimento, casi reconstituyente, pero cuestaba, sin duda, unos pesos más, y siendo asi no nos traía cuenta.
       Mingo Revolorio metió el garrafón en una red y se lo echó a la espalda, para agarrar cuanto antes la retopada del camino. Las primeras anilinas del día simulaban mercados de frutas —naranjas, limones, sandías, pitahayas, granadas, limas, toronjas, cerezas, acerolas, nances, pepinos, guanábanas, zapotes—, frutas que poco a poco dejaban de ser frutas sobre los cerros violáceos y se volvían flores de variadísimos colores y formas —claveles, geranios, rosas, dalias, camelias, orquídeas, hortensias—, flores que al salir el sol apelmazaban sus colores hasta formar el verde clorofila de las serranías, convirtiéndose en hojas.
       —No me negará, compadre, que hace frío… —exclamó Goyo Yic, al pasar entre dos paredes de cerro, trepando, bajando, saltando, afinándose para caber en el camino, lo que llamaban Cerro Partido.
       —Sí, compadre, hace frío; pero andando se quita.
       Goyo Yic miró el garrafón a la espalda de su compadre con la sed que el frío caliente del paludismo pone en las pupilas, y repitió:
       —Mucho frío, compadre, mucho frío…
       —Ándele que así se calienta y no se aflija por eso, que ya va a salir el sol.
       —Vea, compadre Mingo, que tal vez nos caería bien un trago, que aunque nunca cae mal, ahora nos caería mejor, a mí por lo menos.
       —Al estómago nos caería, compadre; pero no tenemos pa pagarlo y mejor sigamos. El pacto es pacto no es juguete, dimos palabra de hombre que de este garrafón no daríamos a nadie, ni a nosotros mismos, una copa sin el correspondiente pago.
       —Quiere decir que a usté también le apetece.
       —Por supuesto, pero no se puede, porque, además de la palabra, compadre Goyo, debemos pensar que son nuestros intereses los que peligran si empezamos a tomar gratis. Trago usté y trago yo, nos acabamos el garrafón y llegamos sin nada a Santa Cruz. Lo que yo puse era todo mi capital, usté también puso todo su capital, si usté se chupa un trago sin pagármelo y yo hago lo mismo, nos quedamos en la calle.
       El camino sombreado por árboles corpulentos, grandazos, de ramas que se extendían superpuestas como capas de sopa de tamal verde, entre pozas de agua nacida de las peñas espejeantes por el agua y las arenas a la salida del sol, aumentó en Goyo Yic, Tatacuatzín, la gana de beber aguardiente, sin duda porque aquella humedad rumorosa y aquel calorcito de nuca que traía el sol al salir, le recordaba a la María Tecún, cuando, después de bañarse en el río, regresaba al rancho. Mujer sufrida. Cerró los ojos para apartarse, momentáneamente aunque fuera, del mundo visible, y paladear su felicidad de ciego.
       —¡Compadre! —no se aguantó más—, ¡compadre Mingo, yo le compro el trago! —traía en la bolsa, por todo traer, los seis pesos que le quedaron al pagar el garrafón, las veinte botellas, y la guía.
       —Si es pagado, no hay inconveniente.
       —Y anticipado para que no desconfie.
       —No le permito, compadre, que me llame desconfiado con usté que es mi socio en este negocio. Lo que pasa es que gratis yo no podía darle el trago. Era pasar sobre el convenio.
       Y así hablando se detuvo Revolorio, bien negras sus cejas juntas, pobladas, sobre su tez blanca, la voz como ahorcada, como engolada, debido a la carga.
       Se detuvo, puso en firme el garrafón, echándose de espaldas sobre un bordo del camino, hasta que el garrafón tocó el bordo; lo soltó, ayudado por el compadre Goyo, que estaba que se le quemaba la mil por beberse el trago, y después de sacudirse las manos que también había apoyado a la peña, le vació a su compadre lo que hacía seis pesos de guaro, en un guacalito de fondo negro.
       Goyo Yic, Tatacuatzín, pagó a su compadre Mingo los seis pesos y apuró el guacalito a grandes sorbos, paladeándose al final y dando su aprobación de catador, igual que un pájaro que abre y cierra el pico después de haber bebido agua. Luego, tomó el garrafón para echárselo a la espalda. El compadre Revolorio ya había cargado, y ahora le tocaba a él.
       Pie tras pie, trepó Tatacuatzín media legua, jadeando un poco, tronando las arenas del camino bajo sus caites de hombre que a su peso aumentaba el de la preciosa carga. Muy atrás seguía Domingo Revolorio, como cansado. De pronto, apretó el paso para alcanzarlo, igual que si le apremiara una necesidad urgente.
       —Compadre… —le dijo, con la mano en el pecho, no se le notaba lo pálido, porque era blanco—, me estoy alcanzando, ya no respiro…
       —¡Trago quería usté, compadre!
       —¡Me muero!
       —¡Un trago!
       —Déme unos golpecitos en la espalda y déme el trago… Goyo Yic, Tatacuatzín, le golpeó la espalda.
       —Y el trago, compadre —reclamó Revolorio.
       —¿Tiene para pagarlo, compadre?
       —¡Sí, compadre, los seis pesos!
       —Ansina sí baila mija, porque de regalado no podía darle el trago ni que se estuviera muriendo.
       El guacalito lleno de aguardiente sabor de cacao en manos de Revolorio y los seis pesos en manos de Tatacuatzín. Aquél lo saboreó. Untaba las encías con su cerca de azúcar, sin ser dulce, y suavidad de pétalo de rosa con puyón de espina.
       Mediodía. El sudor bajaba por la frente de Goyo Yic, que siguió con la dichosura, la preciosura, la lindura, del aguardiente a cuestas, en vista de que Mingo Revolorio estaba algo doliente. De encuentro y pasada un patacho de muías: una, dos, tres, veinte muías cargadas de cajas de maicena, jaulas con trastos de peltre entre paja blanca y barrilitos de vino. Los compadres se acuñaron a la peña mientras pasaban las muías al trote, levantando nubes de polvo, cuidadas por los arrieros a pie y seguidas por los fleteros que iban a caballo.
       —No siga, compadre Goyo —dijo Revolorio, sacudiéndose la tierra de la cara, parpadeó para ver claro, y con medias escupidas para no tragar tierra—, que ahora a mí me toca cargar un poco el garrafón, ya usté sacó más de la tarea.
       Goyo Yic, Tatacuatzín, que había hecho casi dos horas de macho de carga atendiendo a que su compadre no podía mucho por estar enfermo de angina de pecho, se detuvo al solo despegar de la peña en que se recostaron a ver pasar el patacho.
       —Si no le hace mal, si no le afecta, compadre…
       Tatacuatzín no estaba muy convencido de la enfermedad de Revolorio. Se hizo el enfermo para beberse el trago. Casual que sólo de regreso le iba a afligir el corazón. ¿Por qué cuando venían no lo sintió?
       —Trato es trato y a mí me toca cargar ahora.
       Mingo Revolorio, con los brazos trunquitos que movía a lo muñeco, le quitó la carga entre risas y manoseos.
       —Bueno, compadre, pero allá si le hace mal, y espere tantito, no se apresure, que antes que se eche el garrafón a la espalda, voy a querer mi trago.
       —¿Vendido?
       —Seis pesos que aquí tiene. Toda venta al contado, compadre, porque si no nos ruineamos.
       Revolorio recibió los seis pesos y sirvió bien colmadito el guacal de aguardiente. Brillaba el líquido entredorado bajo el sol radiante. Tatacuatzín se lo sembró de un trago.
       Un chubasco de hojas les cayó encima. Pleiteando estarían águilas o gavilanes en algún palo. Lo cierto es que en la modorra de la siesta, bajo el sol torrencial, casi sin sombra, se escuchaba en lo alto el repique de las alas borrascosas que chocaban bamboleando las ramas, de las que caian hojas y flores. Goyo Yic recogió algunas flores amarillas para adornar la dichosura, la preciosura, la lindura que llevaba a cuestas su compadre Mingo.
       —Trago querrá, compadre, que lo está adornando —se detuvo a decir Revolorio, con la risa en los labios y los cachetes rojos de estar llevando sol, porque el sombrero a esas horas de mediodía no tapa, no sirve.
       —No, compadre, no tengo con qué pagarlo.
       —Pues si quiere le doy prestao los seis pesos.
       —Si es su volunta; al hacer las primeras ventas de ái lo descuenta y se paga. Usté es hombre pacífico, compadre. Vale que vamos a tener a nuestra disposición una bonita ganancia.
       Revolorio le dio los seis pesos a Tatacuatzín, el Goyo Yic, y le colmó el guacalito con el fondo negro. Cuando se llenaba de aguardiente parecía un ojo sin párpado, desnudo, mirándolo todo. Tatacuatzín saboreó el licor, puro cacao, y le devolvió en pago, los seis pesos a Revolorio.
       —Le debo seis pesos, compadre Mingo, y usté anda medio malo, déme a mí el garrafoncito que ya no veo las horas de llegar.
       Siguieron más corriendo que andando. Goyo Yic con el garrafón a cuestas y Revolorio de Cirineo.
       —Quizás no le moleste, compadre, apear un poco y venderme un trago. Me se alcanza el corazón, la palpitación la tengo dispareja.
       —No, compadre, no es molestia, es bien para los dos, porque usté se beneficia tomándose el trago si se siente malo, y los dos ganamos, porque la venta es al contado. Lo malo sería que usté y yo fuéramos trago y trago de puro obsequio.
       El guacalito se llenó burbujeante, bajo los ojos sedientos de los dos compadres. Tatacuatzín recibió de Revolorio los seis pesos, se los guardó y se echó el garrafón a la espalda para salir adelante.
       Andando, andando Tatacuatzín decía:
       —Si el negocio sale del todo bueno, como lo pensamos, y como tiene y tendrá que salir, usté está viendo que hasta nosotros, hasta usté enfermo, hemos tenido que pagar las medidas que nos hemos tomado, porque yo cuando usté se maleó esta mañana bien pude regalarle un trago, una medida. Sin embargo, compadre Mingo, no fue tacañería o mal corazón, fue porque así sentábamos una base de cumplimiento de lo hablado. Le iba diciendo que si el negocio sale bueno, con los reales vamos a ir a buscar a un herbolario que yo conozco, el señor Chigüichón Culebro, el mesmo que me sanó los ojos, para que le haga algo a mi compadre en ese su mal del corazón. Si no se va a cair muerto el rato menos pensado.
       —Ya me han medecinado. Lo que dicen que tengo y yo lo siento es la espuma de corazón.
       —¡La fregada!, ¿y eso qué es?
       —A los que como yo hemos sido bebedores de trago todos los días, nos queda baba de licor en la sangre, y cuando esa baba llega al corazón, mata. No aguanta el corazón la baba del guaro.
       —Pero debe haber remedio…
       —Otro trago…
       —¿Qué le dijiera?
       —Que sí, compadre Mingo, si es su medicina y es al contado.
       —Aquí tiene los seis pesos…
       Goyo Yic recibió el monto y llenó el guacalito de aguardiente, rico cacao líquido.
       —Por aquí es por lo de Suasnávar —informó Revolorio—, quiere decir que ya estamos llegando a Santa Cruz. Adelantito vamos a vistearla dende en la cumbre. Y estos Suasnávar son gente del tiempo del Rey, y por mero aquí, puta que los parió, dejaron un tesoro sepulto. Puro oro en barras y joyas preciosas. Ya lo han buscado. Vinieron hace años unos hombres altos, altos, blancos, blancos, con unos hombres negros, negros, también grandones, y ái fue de echar a retozar las piochas, los azadones, las palas y la denamita. Ya le andaban volando la cresta al cerrito aquel. Vea onde le señalo. Aquel cerrito. Pero no encontraron nada.
       —Y debe ser bastante…
       —Después, se fueron muriendo de lo que vamos a morir usté y yo, compadre Goyo. La mina que encontraron fue la fábrica de aguardiente, y de ái ya no salieron. Primero, recién venidos, comían los blancos separados de los negros, los negros les servían de criados. Más tarde, en borrachera, los blancos les servían a los negros y todos se decían hermanos. Y es que el licor, compadre, traerá males, pero no deja de tener sus bienes: las divisiones de que vos sos mejor, porque éste es prieto, de que aquél es rico y éste un pobrecito, se acaban; todos son iguales ante el guaro, hombres los que son hombres.
       —Compadre Mingo, es otro de seis pesos lo que usté quiere.
       —Bien dicho, pero el pelo es que no tengo dinero. Por un poco me arruino si le pido nado, porque nado no da, ¿verdá, compadre?
       —Pues eso, compadrito, no hay pena. Desde hoy usté me dio prestado a la palabra a mí, y ahora tiempo es que yo le devuelva el favor. Aquí tiene los seis pesos, de las ganancias yo se los desquito.
       —Y más que fuera, porque al llegar y vender nuestro aguardiente, vamos a tener un montón de billetes.
       Se llenó el guacalito y bebió Mingo Revolorio. Al terminar pagó los seis pesos que su compadre le dio prestados para pagar el trago.
       —Y si yo rae quiero tomar uno y yo tengo el pisto, compadre… —dijo Goyo Yic, a quien le despertó la gana el gusto con que Revolorio apuró el guacal.
       —Pues sencillo —contestó Mingo, con su gesto de arremangarse las mangas de la chaqueta—, déme el garrafón a mí, yo le sirvo y usté me paga.
       —Hecho, pues…
       Sirvió Revolorio. Tatacuatzín pagó y bebió a jaloncitos. No era mataburro. Era trago fino.
       —¡Misericordia de Dios, que todavía hay de esto! —dijo saboreando a jaloncitos aquel licor en olla de barro, secretamente investido de sabor de cacao, nada escandaloso, por el contrario, muy suave, muy suave, pero muy presente—. Y ahora, compadre —siguió diciendo Yic—, si usté quiere tomarse el otro, me da el garrafón a mí, para que yo le voltee el trago en el guacal, y me paga. Ansina no hay trampa. Sirviendo y pagando.
       —¡No me hago rogar, compadre, ni le hago trampas!
       Goyo Yic recibió el garrafón con gran cuidado —si más manos hubiera tenido más manos hubiera puesto en la recibida— y sirvió a Revolorio. Más manos hubiera puesto en la recibida, en la sostenida y en la servida, levantándolo horizontal. Se estaba vaciando a toda prisa.
       Mingo Revolorio aproximó la cara al guacal, el labio inferior salido y los ojos de caballo con sed. Era difícil echárselo en el garguero sin botar una gota. Y ni una gota hubiera botado, pero le habló el compadre, atajándolo:
       —¡No, compadre, antes de tomárselo me paga! ¡Muy compadres seremos, pero en los negocios, no!
       Revolorio estornudó, tosió, parpadeó, palmoteo:
       —¡Causa suya, compadre, por poco me ahogo; se me fue el guaro al pulmón! ¡Desconfiado, mi compadre, aquí tiene sus seis jiotes; pero así me gusta la gente pa los negocios, nada de contiemples con naide!
       —No es desconfianza, es regla que hay que seguir pa que no le hagan a uno de chivo los tamales. Babosos hay que se zampan el trago y no tienen con qué pagarlo. Se pierde el trago, porque uno no se lo va a sacar de la barriga y se pierde el amigo, si es amigo, y se hace un enemigo, si es desconocido. Mándeme preso, dicen, ya cuando tienen el trago entre pecho y espalda. Y qué se remedia con mandarlos presos. ¡Gusto me da ver cómo se saborea, mi compadre Mingo! Y por si acaso yo fuera queriendo otrito, compadrito…
       —Me da el garrafón y se lo vendo.
       En un cambio de manos, Tatacuatzín tomó el guacal y Revolorio el garrafón; para servir ya había que ir inclinándolo más.
       —¡Eche pué, compadre Minguito! En seguidas le pago.
       —Ya vido, compadre Goyo, que yo no soy desconfiado: lo dejo beber su trago y hasta después le cobro, o tal vez es que me paso de vivo. De vivir viviendo se vive vivo, decía mi abuela. Porque si usté no me pagara, qué pena, se lo descontaba de la ganancia que vamos a tener en el negocio, sobre mil doscientos pesos serán más o menos, y me quedo bajo.
       Tatacuatzín tomó, encendida la piel de la cara, relumbrosos los ojos, electrizado el pelo al pasarle el licor por la garganta, que más que licor fue para sus adentros un escalofrío, un espeluzno que le llegó a la punta de los pies que conservaba tamulados, como cuando era ciego y pedía limosna bajo el amate de Pisigüilito. Tomó Tatacuatzín, se sentía parado en un montón de pelo, pagó peso por peso los seis pesos y arrebató a Revolorio el garrafón, galán, galán, con ademanes de pleito.
       —¡Déjeme, compadre Mingo, esta preciosura, esta dichosura, esta lindura, para que yo le sirva otra medidita!
       —La del soldado…
       —No, la del estribo, y aunque sea la del afusilado, compadre Mingo, en siendo trago. ¡Me la paga, eso sí!
       —Y sí, compadre Goyo, se la pago, aquí está su pisto.
       —¡Seis pesos de aguardiente para mi compadre Mingo Revolorio! —el licor burbujeaba en el guacal.
       —Se le forma coronita de espumas, porque es bueno.
       —Ya me veo yo allá en el pueblo haciéndole la bolsa, compadre, vendiendo aquí y allá tragos y más tragos, porque se gana vendiendo al menudeo, más que por botella, y al contado, como aquí nosotros, al contado.
       —Al fregadísimo contado, y como usté, compadre Goyo, es ahora el rico, bébase el último que ya seguimos pal pueblo…
       —¡El antepenúltimo, en todo caso, porque no me estoy muriendo!
       —Pues el antepenúltimo…
       —Sí, déme seis con cuatro…
       —¿Y esos cuatro?
       —Al fiado…
       —¡Regalado se murió y fiado es finado!
       —¡Los seis, qué! Sin escatimárselo ni botarlo al suelo, compadre Mingo, porque el suelo también es bebedor, sólo que no se achispa y cuando se achispa hay terremoto. ¡Bonito su nombre, compadre: Domingo! Y alegre como los días domingos. Nació en día domingo, sin duda, y por eso le pusieron Domingo.
       El garrafón, para servir, hubo que ponerlo boca abajo. Revolorio servía sin ver bien el guacal, mínima mitad de calabaza que tampoco estaba donde Goyo quería ponerla, bajo la boca del garrafón, porque se le jugaba para allá, para acá, para todas partes.
       —¡Destán… teadamente destanteados! —exclamó Goyo Yic, entre palabra y sonrisa que más fue baba en los dientes.
       Escupió, escupió y se limpió con toda la mano toda la boca, por poco se depone la mano, como si se fuera a arrancar los labios, por poco se arranca los labios, los dientes y la cara. Se limpió hasta las orejas.
       —El peor negocio es que caiga al suelo —regañó Revolorio—; componga el guacal.
       —Mejor tal vez echármelo en la boca direuto. ¡Compadre Mingo, hállele el fijo, aquí onde está el guacal, no en el suelo! ¡Voy a creer que es melquerencia la suya o es de castigo… por qué… po, po, porqué… po… porque sí… po… porquesí… porquenó…!
       —Por fin, compadre Goyo…
       La líquida guedeja color de ébano cayó en el guacal, hasta derramarse.
       —¡Está derramando sangre, compadre, porque es ganancia líquida!
       —¡Lo pondremos a ganancias y pérdidas; chúpese los dedos, se me fue la mano y la chorrié de ayote!
       Revolorio enderezó el garrafón con dificultad, mientras Tatacuatzín bebía, se chupaba los dedos, lamía lo de afuera del guacal. Luego se lo pasó para que le sirviera otra medida.
       —¿Vuelta a darle vuelta al garrafón, compadre Mingo?
       —Pre… gunta…
       —Pues si usted manda, obedezco…
       —Lo primero de todo los seis pesos —atajó Revolorio—, recíbalos, porque usté es redesconfiado.
       —Ansina hay que ser en la vida, para no salir mal parado.
       —De vivir viviendo se vive vivo, decía mi abuela Pascuala Revolorio.
       —En la familia de usté todos han tenido nombres alegres, compadre: Domingo, Pascuala…
       —¡Mi madre se llama Dolores!
       —¡Buen nombre para una madre! ¡El haber mentado a su progenitora vale otro trago, yo se lo obsequio, aquí lo pago!
       —Pero yo también quiero obsequiar un trago, compadre, tome los seis pesos otra vez.
       El garrafón, cada vez más exhausto, pasaba de las manos de un compadre a las manos del otro compadre, y los seis pesos —la venta era al riguroso contado— cambiaban también de mano.
       —Otro trago, seis pesos…
       —Aquí los seis pesos, otro…
       —Ahora, mi turno, seis pesos…
       —El mío no me lo ha dado, ya se lo pagué…
       —Entonce son seis de usté y seis míos…
       Los compadres se miraban y no se creían. Es decir, el compadre Yic miraba al compadre Mingo, sin creer que era él, Yic, el que lo miraba ni creer que era al compadre Mingo al que veía. Si hubieran tenido estudio se lo explicaban, porque al compadre Mingo Revolorio le pasaba igual: miraba a su compadre Yic, lo tentaba, y se preguntaba, oyéndolo hablar, si estaba allí cerca de él, cuando lo miraba lejos, muy lejos, confundido con los rapados montes arenosos en que se asentaba Santa Cruz de las Cruces, montes cubiertos de una vegetación quemada, que en el rescoldo de la tarde tomaba tinte de caldo de fuego tiñendo rígidos espectros de peñas blancas, que ya era la entrada a la población, entre eucaliptos y voces de vecindario.
       Uno por aquí y otro por allá, sin encontrarse más que para el topetón, así iban los compadres, los sombreros metidos hasta las orejas en forma de resplandor, el pelo flequeándoles la cara, sauces llorones que se reían solos, negociantes en aguardiente, sólo que del garrafón ya no quedaba mucho, a juzgar por el poco peso y por el ruido que el líquido hacía en su interior, al bambolearse con el inseguro compadre Revolorio.
       Goyo Yic, Tatacuatzín, se tiró el sombrero hacia la frente, se lo encasquetó en tal forma que le cubrió los ojos —cerca de la punta de la nariz lo llevaba, hasta allí se lo metió para cegarse— y no por eso detuvo el paso de vals titubeado que hacía acompañando al compadre. Al entrar a sus antiguos dominios, tacto y oído, encontró a la María Tecún. ¿Cómo estás vos?, le dijo ella a él, y él le contestó: Yo bien, y vos… ¿Y en qué andas?, preguntó ella a él, y él le contestó: Vendiendo aguardiente, de resultas de un mi conocido que se hizo mi compadre. Ando en el negocio. ¿Vas a ganar bien?, le preguntó ella. Sí, le contestó él, algunos realitos.
       Revolorio lo tiró de la chaqueta y lo echó para atrás por tierra, para luego acercársele, bamboleante el garrafón a su espalda, y sacarle el sombrero.
       —¡No se enloquezca, compadre, hablándole a su mujer, que no es fantasma!.
       —¡Déjeme, mi compadre, me estoy viendo con ella y no le he preguntado por mis hijos!
       —Es de mal agüero hablar así con gente viva cuando no está presente en carne y hueso, porque se le quita la carne y el hueso se le vuelve nada, naiden.
       —Para mí como si estuviera mismamente conmigo. Pero ya que me ninguneó el sueño, véndame otra medida, ahora que lo endividualizo, aquí está usté, éste es usté, y yo soy el mismo que quiere la medidita.
       —Si no estaba dormido, compadre Goyo, pa que diga que le ningunié el sueño. Déjeme de sueños. Hablaba como sonámbulo. Sonámbulo lo puso el guaro…
       Revolorio se fue de boca y el garrafón quedó sembrado, mientras Tatacuatzín, que también cayó, arañaba el suelo, sin poder levantarse.
       —¡Ruindad del guaro cabrón —se quejó Tatacuatzín— que nos tiene aquibotado el negocio!… Ne… godo… ¿qué ne, ne, negocio vamos a poder hacer así? ¿Ricos nos hubiéramos hecho, verdá, compadre Revolorio?… Pero ái está que… ¿qué?… decí… decí… decididamente, qué es lo que está… porque el guaro no está… no está d guaro, pero está el importe y está la ganancia, porque se ha vendido sólo al contado… de seis pesos en seis pesos se ajuntó mucho y mi compadre Mingo lo tiene ái guardado en las bolsas… ái me lo van a contar cuando lo saque, hagamos cuentas y me dé mi parte, por cuanto soy su socio… ¡No, si el negocio no estuvo malo, bueno estuvo, lo malo es que lo malo, y entre lo más malo, lo más malo de lo más malo de lo más malo, de lo malo de lo que no hay más malo de malo, lo peor… es que nos hayamos chupado el garrafón hasta ver a Dios… porque eso sí, ¡adiós negocio!… Revolorio roncaba.
       —¿Dó… dó… dónnn… de está el pisto, compadre? —siguió Tatacuatzín—; la venta jué al contado y debemos tener algo más de lo que pusimos usté y yo, de los o… o… ochenta que pusimos usté y yo. ¡Doscientos pongamos que hay! Entonces la ganancia es de… de… de… ¿de qué es la ganancia, de vil guaro?… Y pongamos que hay más ganancia: trecien… tos, cuatrocientos… quiftentos y seiscientos, se hubieran hacido con el expendio en el pueblo.
       El auxilio municipal les cayó encima, por escandalizar en despoblado, bien que hubo de llamarse a dos guardias de la policía de hacienda, traídos del resguardo, dado el encuentro del garrafón.
       Nueve indios vestidos de blanco formaba el auxilio municipal, todos con machete, aludos sombreros de petate medio viejos y los calzones sostenidos a la cintura con fajas tintas, moradas, azules. Sus manos y sus pies trigueños eran como ajenos a sus cuerpos blancos, en los movimientos que hacían por levantar a los borrachos, y cuando hablaban, sus dientes asomaban como filos de machetes.
       Los del resguardo, dos hombres rechonchos, husmeaban el garrafón oloroso a cacao. Sólo el olor les llegó. Suspiraban, se relamían, se frotaban las manos en el cuerpo, al quedarse con la gana de probarlo.
       Tatacuatzín Goyo Yic —entre paréntesis— decía y no se sabía si decía así o —entre parientes no se cobra el favor con multa, y ya que hacen la cacha de levantarlo a uno, que sea sin maltrato— cabezazo para adelante, cabezazo para atrás, de medio lado a la derecha, de medio lado a la izquierda, para adelante, hasta sembrarse en el pecho el montoncito de pelo de una chiva que se había dejado, y para atrás hasta quedarse tilinte el pellejo del pescuezo, las orejas bañadas en sangre de cristiano, las venas en la frente sobresaltadas.
       Lo arrastraron de los brazos, rotulando el suelo con sus pies rasguñadores y a Revolorio al peso, con el garrafón y los sombreros que eran las sombras blancas de sus cabezas negras.
       Los sacaron a declaración al día siguiente, esposados, custodiados, escoltados, amenazados. En la cárcel no hay malo, todo es peor. Pero el peor de todos los males, en la cárcel, es la goma. Sedientos, temblorosos, asustados, al rato de preguntarles el que se hacía de juez, contestaban, porque de momento no le tomaban asunto a lo que oían, sino hasta después, y contestaban con palabras que les costaba ir juntando. Perdieron la guía. Por ir saca y guarda el dinero de los tragos que se vendían en el camino, se les cayó, y se les cayó. Papelito infeliz, cuadrado, blanquito. Su valor estaba en lo que decía y en los sellos de la Administración de Rentas y del Depósito de Licores, y en las firmas. Humaron cigarrillos de papel que daban humo de papel hecho humo, como la guía, que se les volvió humo. Sin la guía, contrabandistas; con la guía, personas honradas. Con la guía libres, sin la guía, presos y presos por algo que era más grave que despacharse a un prójimo al otro potrero. Por muerte, se sale bajo fianza, por contrabandear, no, y el conque, además, de tener que solventarle al fisco el equivalente de la defraudación, multiplicado por saber cuánto.
       En la cárcel no hay malo, todo es peor. Peor el dolor de estómago, peor la pobreza, peor la tristeza, peor lo peor de lo peor. Carceleros y jueces semejan gente sin juicio, trastornados. El cumplimiento de reglamentos y leyes que nada tienen que ver con la realidad, los convierte en locos, al menos así lo parecen a los ojos de los que no están bajo la influencia extraña de la ley.
       Poco se logró esclarecer con las declaraciones de los que les vendieron la embotellada maldición del guaro. No fueron explícitos, les repitió el juez. Los compadres se quedaron sin entender. Un chaparrón de agua los ensordecía, entre las cuatro paredes del juzgado, y el hambre, porque de todo el día, sólo tenían en la barriga dos chilates. Y qué iban a ser explícitos, pensó cada uno con su cabeza, sin decir palabra, cuando entendieron lo que quería decir explícito, si los que les vendieron las veinte botellas de licor ámbar, oloroso a chocolate, por ser de madrugada estaban medio dormidos, entrapajados, emponchados, como mujeres recién paridas. Tampoco se pudo establecer si el licor que acarreaban los reos era fijamente legal o destilado en alguna fábrica clandestina, lo que agravaba el delito, porque no dejaron ni una gota, se lo bebieron todo, fue encontrado vacío el garrafón. Luego las contradicciones en que incurrieron al querer explicar que el aguardiente había sido vendido al contado, pero no tenían el efectivo; peso sobre peso, por más que sólo les aparecieran seis pesos. Seis pesos, cuando, echadas cuentas, debían tener sobre los mil, por lo menos. Si llevaban veinte botellas en el garrafón y a cada botella se le sacan diez guacalitos de regular tamaño y venían vendiendo el guacalito en seis pesos, por lo menos debían tener mil doscientos pesos. Se les esfumó el dinero y ahora ya podían echar a retozar la esperanza de manos y dedos en sus bolsillos, nerviosamente, salvo que los billetes y las monedas se fueran formando de nuevo, allí donde estuvieron y de donde desaparecieron, por arte de magia.
       Para la autoridad no había misterio. Se lo gastaron —los compadres sabían que no—; o lo perdieron —los compadres dudaban antes de responder—; y si aceptaban haberlo extraviado, era porque se salvaban del delito de contrabando y defraudación al fisco, si al dinero se agregaba la guía, extremo que el juzgado rechazaba de plano, sosteniendo que nunca tuvieron guía; o se lo robaron, mientras estaban fondeados a la orilla del pueblo —les caía remal aquello de fondeados—; o… uno de los dos se lo guardó para no darle cuenta al otro.
       En las bochornosas horas en que los sacaban al juzgado, disimuladamente se pasaban uno al otro la mirada por la cara, lavándose con los ojos; primero, por fuera para luego mirarse fijamente, en gesto de querer penetrar lo que cada cual escondía detrás.
       Se desconfiaban, sin la suficiente franqueza para decírselo, porque ya nada tenían suficiente. La cárcel acaba con todo, pero lo que arranca de cuajo es la suficiencia que hay en el hondón del hombre para enfrentar la vida a lo bueno, a lo libre.
       —¿Qué camino agarraría el pisto, compadre? —rascaba Goyo Yic, con ánimo de gallo que busca pleito.
       —Es lo que yo me pregunto, compadre —respondía Revolorio juntando, como gusanos que se topan, sus cejas pobladas de cejijunto, y arremangándose, añadía—, porque fue bastante lo que perdimos; si hace cuenta…
       —El juez la hizo, compadre.
       —La pérdida es brava y lo peor es que no podemos explicar si lo botamos en el camino, si se nos cayó donde se nos cayó el garrafón, que a saber cuánto de guaro tenía, si nos lo robaron o… en fin, qué se ha de hacer.
       Y entre el «o» y el «en fin», cabía la frase de salvo que usté, compadre, se lo haya embolsado para no darme mi parte y disfrutarlo a solas.
       Se lo dijeron. Tatacuatzín Goyo Yic no pudo más y se quejó de su mal pensamiento con Revolorio y éste le confesó que también a él le alzaba como levadura en caliente la duda de si su compadre… Pero, no podía ser. En las ventas, cada uno guardaba lo que recibía, y por lo mismo ambos tendrían que estar disimulando la mitad de la ganancia, con lo que saldrían parejos.
       El robo. Las ferias atraen gente maleante y la de Santa Cruz de las Cruces era famosa por sus milagros, sus rayos en seco y sus hechos de sangre, fuera de robos y otros delitos. Algún mes del año tenía que ser el bravo y el bravo era éste signado por la cruz del Salvador del mundo, en que la calor se iba y venían las lluvias con su intemperie buena para las siembras, los cielos grises, bajos, y las cuentas con la justicia.
       Todo lo de los compadres iba escrito en muchas hojas de papel y en muchas que seguían escribiendo, nombrándoles a cada poco por sus nombres y cabales apelativos, precedidos de la palabra reo. Era difícil acostumbrarse a ser llamado reo, y nunca estaban prontos a responder cuando les llamaban así: reo, conteste; reo, firme; reo, retírese. Otros reos esperaban con sus custodias, entre bostezadera y ruido de tripas, o jugando tipachas, con tortillitas de cera negra.
       La justicia de Santa Cruz de las Cruces, por la inseguridad de la cárcel, acordó trasladar el saldo de los reos de la feria, a un viejo castillo del tiempo de los españoles, situado en una isla cercana a la costa atlántica y habitada como prisión, y entre éstos, allá fueron los reos Goyo Yic y Domingo Revolorio, sentenciados por contrabando y defraudación al fisco.
       Amarrados de los brazos, a la espalda un atado de ropas en un petate, sábana y poncho, y colgando una jarrilla para hacer café, un tecomate con agua y un guacal, así como algún vidrio con aceite de almendras, salieron los compadres de Santa Cruz de las Cruces, custodiados por una escolta al mando de un capitán.
       Goyo Yic cerró los ojos. Por un instante volvió al mundo de la María Tecún, flor escondida en el fruto, mujer que él llevaba en el alma. Pálido y cejijunto, le seguía Revolorio, ensayando una falsa risa de reo que se llama Domingo, luchando por no hacer el movimiento de subirse las mangas no fuera a creer el jefe que se le quería soltar, y encomendándose a Jesús de la Buena Esperanza, con la rarísima oración de los Doce Manueles.
       Aquel día era sábado.



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