Miguel Ángel Asturias
(Ciudad de Guatemala, 1899 - Madrid, 1974)

Viernes de Dolores (1972)
(Buenos Aires: Losada, 1972, 314 págs.)


I

      El muro del cementerio. Cal y llanto. Cal y llanto. Fuera la ciudad. Dentro las tumbas. Cal y llanto. Cal y llanto. Fuera las calles del suburbio. Dentro las cruces, la grama, el crucigrama que llenan nombres, apellidos, fechas. Vertical y horizontalmente, números y letras. Si se borrara, si desapareciera el muro del cementerio, pero no, allí estará siempre, siempre. Cal y llanto. Cal y llanto. Si se borrara, si desapareciera el muro del cementerio, pero no, allí estará siempre, siempre. Cal y llanto. Cal y llanto. Fuera, los pasos, las voces, la vida. Dentro, el silencio sin silencio, la tierra con historia, los pinos verticales, el gorigori del viento en los cipreses, los sauces despeinados, los álamos temblones, el damero de calles y avenidas entre nombres, apellidos, fechas. Números y letras grabados en el bronce y el mármol para la eterna brevedad del tiempo. Y más lejos, rodeada de barrancos, la isla de los pobres, cubierta de cruces blancas como hechas de palitos de fósforos.
       Si se borrara, si desapareciera el muro del cementerio, como se borra y desaparece la noche con el alba, cuando levanta los dedos del teclado esférico en que ha ejecutado, no a cuatro manos, sino a millones de manos, otro movimiento del eterno desaparecer. Si se borrara, si desapareciera esta última frontera sin aduanas, pero no, allí estará siempre, muro que uñé tantas cosas separando tanto, siempre, alto, plomizo, interminable, a perderse de vista entre las cocheras del servicio fúnebre y el hospital de enfermos contagiosos, momias de algodón y vendas que se retuercen, los ojos de fuera como desatornillados al oír los telonazos de las descargas de fusilamiento, sin importarles sus lepras, sus pústulas, sus llagas, la carne viva, la carcoma terebrante de sus huesos. Si se borrara, si desapareciera este paredón de ejecuciones capitales, pero no, allí estará siempre, siempre, muro que une tantas cosas separando tanto, alto, plomizo, interminable, cortado por las columnas y el arco de la puerta principal, y dos pequeñas puertas, laterales, sin más adorno que una cruz y dos enormes farolas de electricidad de arco, carbones que riegan luz de luto.
       Por la puerta principal entran los que ya no regresan. Se abren de par en par las gigantescas rejas, pasa el entierro y se oye un golpe de campana rota, seguido de la voz de Tenazón, el guardián del cementerio que repite, cada vez que recibe un nuevo huésped: “¡Más combustible… adelante… aquí la muerte es natural como la vida…!” Y por las puertas laterales, entran y salen las visitas. Entran. Salen. Entran. Salen. Entrada por salida. Calzados y descalzos, bien y mal vestidos, de luto riguroso algunos, otros con aguaceros en los ojos y otros abrazados a ramos de azucenas, embuditos blancos de pasta de hostia. Como si lo fueran. Todas estas flores mortuorias parecen de pasta de hostia, perfumada y penetrante la de los nardos, de párpado sobre párpado la de las rosas, de orejitas de nieve la de los jazmines, de pluma blanca la de los claveles, espumilla alfeñicada la de los crisantemos, porcelana la de las orquídeas. Abrazar, abarcar en las flores al ser idolatrado. Sus edades fragantes. Su recuerdo. Su vida. Dalias, lilas, gladiolos, diamelas, hortensias, magnolias, acantos, violetas, margaritas, no-me-olvides.
       Pero no sólo flores acarrean estas filas de hormigas negras que entran y salen del cementerio, también llevan cristos, cruces, retratos, lápidas, agua bendita, floreros, coronas de ciprés, de papel, de hojalata, gente que al salir del cementerio, no se vuelve igual de entre los muertos, parece desorientada, sin saber qué hacer, sin rumbo, sin saber si marcharse a la ciudad en seguida —tranvías, carruajes, automóviles de alquiler—, o quedarse por allí, donde al sólo cruzar la calle espaciosa y arbolada, empieza el suburbio de casas apeñuscadas bajo las polvaredas que levantan los ventarrones que barren aquellos campos solos. Algunos atraviesan la gran avenida, maquinalmente, tristes, mestizos hechos de soledad cansada. La cruzan para alejarse lo antes posible de la necrópolis solemne, suntuosa, funeral, y se pierden por el barrio de calles de tierra, cercas de alambre como frenos de hilos de púas para el viento y los caballos viejos, esqueletones sin dueño, somnolentes e inmóviles de día, y de noche deambulando, sedientos, en busca de charcos de agua con estrellas. Casuchas de desecho. Paredes de adobe. Barracas de madera. Y en la parte comercial, calles empedradas, jardines y casas de altas cornisas. Marmolerías, floristerías, farmacia, peluquería, ventas de cal y materiales de construcción. Risas. Voces. Ladrar de perros. Lloro de rorros. Ruido de trastos y parloteo argumentoso en las cocinas de las casas pobres. Ecos de fonógrafo, lección de piano y exclamaciones de jugadores de naipes, en las salidas de la gente acomodada. Chirriar de camas, a toda hora del día y de la noche, en los cuartos de las “nenas”, para el boticario, ménades para el raparrabias. Siempre juntos, inseparables, y jamás de acuerdo. Aquél con su eterno porfiar sobre lo mucho que se ganaría, ya no digamos en higiene, en dinero, si los prójimos, en lugar de hacer sus aguas menores y mayores en los basureros, dispusieran de lugares en que se aprovecharan convenientemente las substancias del desbeber y el descomer.
       El raparrabias, apodado así porque a todo el que pela le da rabia su máquina cero a cero filo, o al que rasura, su navaja de afeitar casi peine, o al que peina, su peine casi navaja, el raparrabias acepta lo del excremento es money, pero le duele el que su madre, la madre naturaleza, figure con sus tres reinos en la porquería.
       —¡El amoníaco! —grita el farmacópola—, el ammoniacus, sin ir muy lejos!
       Y qué lejos podía ir, si lo tenía en las narices, en las paredes, al lado de la puerta, donde estaban pintados San Rafael Arcángel y Tobías, su dulce acompañante.
       —¿Por qué… por qué han de venir a mearse aquí, a la entrada de la farmacia? —desesperaba el boticario.
       El raparrabias sabía por qué.
       Las imágenes del Santo Arcángel y su compañero, en lugar del trágico pescado, traían una Sirena ojizarca, pelirroja, coluda, con tres senos en lugar de dos.
       —¡Tritética —explicaba, arguyente, el farmaceuta—, porque borrada la amorosa yunta, se quita a la imagen lo pagano, sexual y erótico, y se permite que brille lo alimenticio, cristiano y dietético!
       Meadas de protesta, largas, cortas, antiblasfematorias y antimasónicas. Aguas e hisopos no muy santos conjuraban las desgracias y malogros que amenazaban al barrio con semejante deshonestidad. ¿Por qué no le pintó al Hombre de la Emulsión, horriblemente feo, tipo del criminal nato para los niños que tienen que tragarse aquel betún con tufo de bacalao, en lugar del pescado que lleva a la espalda, la Sirena con tres tetas? No. Debía ser al Arcángel. Descreído. Descreidote. De un lado de la puerta de la farmacia, San Rafael con la Sirena tritética, y del otro lado, el Hombre de la Emulsión.
       —Barrio de todos y de nadie —decía el raparrabias, mientras el boticario vociferaba contra la frescura del guardián del cementerio que hacía suelta de globos, en medio de las tumbas, el día de su santo, el día de San Tenazón, santo que con una gran tenaza saca carbones del infierno y los apaga a soplidos.
       —¿Carbones o cabrones? —indagaba el raparrabias.
       —No sé lo que saca, pero el día de San Tenazón, por ser el santo patrono de ese podrido cenaoscuranas, los globos suben del cementerio a pasearse por el cielo como si fueran tumbas.
       Barrio de todos y de nadie. Chiquillos descalzos tras una pelota de trapo. Gallos de pelea. Atados. Hermosos. Picotean el sol que gotea maíces de oro en la penumbra de los patios o clarinean — ¡kikiri-kiero! ¡kikiri-kiero!…— soñando, gallo de pelea no prueba gallina, con gallinas blancas y gordas, como cantantes de ópera.
       Palos. Golpes. Gritos. Lo sabe todo el barrio. Ese hombre. Y ella que se deja pegar. La plancha. El traje. Revivir la tela vieja, imposible, ni con plancha de sastre. El pantalón. El quiebre. El doblez. Como se llame a eso. Trapo húmedo. La plancha. Los golpes. El trapo humeante con tufo de sinapismo. Ese hombre. Y ella que lo aguanta. Ya fuera yo…
       —¡Cállese, india desgraciada, habla porque tiene ese su marido panadero, sin sangre en las venas de tanto dormir de día y velar de noche!
       —¡Y usted, cómase una carretada, antes que la pique la casampulga!
       —¡Cómo no, chon, ya yo comiéndomela a usted! ¿Por qué se deja pegar?
       —Porque me gusta…
       —¡Vaya gusto, andar hedionda a árnica!
       —¡Peor sería a permanganato!
       —Eso cree usted…
       —¿Creo?… Huelo…
       —Me voy a levantar la ropa, oye, para que me huela mejor…
       —¡Mejores propuestas me han hecho, prefiero la muerte, como dijo el loro!
       —¡Entonces, cállese!
       —¡La lengua es mía!
       —¡Lo único que tiene!
       —¡Algo es algo!
       —¡No la amuelen, ustedes, palabra una, palabra la otra… vean qué bien se me pegó el vastaguito de las “Tres camisitas de Cristo” que me regalaron… da unas flores preciosas, con tres camisitas, una de oro, otra celeste y otra de un lila pálido divino!
       —¡Saca la lengua, te digo! ¡Sácala… lo que está este patojo es indigesto!
       —Yo tengo ipecacuana, si quiere…
       —Le recibo el favor para no caer con ese asaltante de la botica. Se indigestan de hambre.
       —Muy cierto. Es la peor indigestión. El alimento cae de repente, cuando se consigue, a los estomaguitos vacíos. Porque el estómago se acostumbra a estar sin nada. Y estos pobres, pues, así creen, con los estomaguitos vacíos.
       —No se zurce así…
       —Me va a enseñar doña sábelo-todo…
       —Malagradecida, le voy a traer mi dedal.
       —Sí, porque lo que es el mío se lo tragó mi marido. Regresó del circo reimpresionado por el Tragaldabas, el hombre que se traga cosas y, juguetón como es, haciendo, haciendo que se tragaba mi dedal… pun… se lo tragó…
       —Y ayer como que no entró…
       —¿Quién?
       —Su marido.
       —A las tres de la mañana. El trabajo, le queda sumamente lejos.
       —Tipógrafo es lo que es él.
       —Linotipista…
       —Ganan mucho…
       —Pero dejan la salud, los ácidos de la máquina los tisiquea, y vivir hasta aquí. No se hallan piezas…
       —Piezas así como ésta, no, con derecho a patiecito donde tender la ropa, excusado y pileta para lavar. Aquí a la vuelta, no sé si supo, alquilaban una casita algo barata.
       —¿En la vecindad de una cantina?
       —Pared de por medio…
       —Pues ni regalada. Ni que el dueño le pagara a uno por vivir en ella, los borrachos no dejan paz.
       —Tampoco se puede vivir en la vecindad de la floristería…
       —No me diga…
       —Toda la noche se oye como que se tiraran cosas…
       —¿El don Ramirito y su mujer?
       —¡Qué va… los espíritus!
       —Verdad, pues, que el don Ramirito es Aoristo y medio espiritista…
       —¿Medio?… en lo que está usted, espiritista y medio, querrá usted decir. Calientan una mesa, una mesita de tres patas, sin clavos ni tornillos, y luego le hacen preguntas. La mesa espiritada, magnetizada, les contesta con traquidos y golpecitos, Y hasta ahí muy bien, pero luego la mesa se les va de las manos, como con ataque epiléptico y más pronto cuantitas cosas hay en la casa empiezan a golpearse unas con otras, y ése es el gran ruido que se oye todas las noches.
       —Pero lo peor de lo peor sigue siendo la vecindad de las cantinas. Tingas, risotadas, llantos de borrachos. ¿Dónde me deja usted el escándalo corrido en la fonda “Los Angelitos”? Sodoma y Gomorra, como dice mi madrina. ¿Sabe usted lo que hacen?
       —Lo sé, lo sé, lo que hacen y lo que no hacen. Van al inodoro que es de todo lujo, pero sólo tiene media puerta, escondiéndose tras máscaras que el dueño les alquila, y los que están en la cantina se divierten haciendo apuestas de adivinar quién es el que está zurrando. Apuestan dinero, tragos, cigarros, objetos de valor.
       —Mañas de velorio…
       —Pero quién reclama.
       Barrio de todos y de nadie. Que el sol seque lluvias, que la lluvia moje soles, el barrio siempre igual. Basureros. Un almanaque viejo hojeado por el viento. Ni en la basura pierde sus ínfulas el tiempo. Marca días antiguos, fechas. Un portón, un jardincillo y una casa de pino coloradioso. En la puerta, el nombre del que la habita, pintado en un cartón: Roque Feler. Algún chusco escribió abajo: “Cualquier parecido con la realidad es puramente casual”. Y a partir de la casa de Roque Feler García, alineadas frente a la gran puerta del cementerio, cantinas, bares, fondines, cervecerías y otros lugares de la Mala Providencia que también consuela, empezando por la cantina “El Ultimo Adiós”, donde el uso es, según el sapo la pedrada, según el zapote el zapuyulo, según el aguacate la pepita, según el pesar el lenitivo.
       Copa sencilla por el amigo, doble por la esposa o los hermanos, triple por los padres o los hijos, y a cada lenitivo sencillo, doble o triple…
       —Sírvamelo sencillito…
       —¡A mí me lo dobla!
       —¡Que se lo doble su má…quina!
       —Y a mí, uno de esos triples… quién dijo miedo… el que en la cruz gritó: “Tata, Tata, ¿por qué me habís abandonado?…”
       Y a cada lenitivo seguían las boquitas: los “cantimpaces” de frijoles negros refritos, el caviar del trópico, los “responsitos” de hígado picado con cebolla de tallo verde, los “requienes” de caldillo de cangrejo tan espeso que era como comer pedacitos de esponja viva.
       Paredaña con “El Ultimo Adiós”, cantina situada en la intersección de la calle ancha, arbolada, rumorosa de viento y hojas, que corre al pie del interminable muro cementerial, y la calzada de los entierros, vía láctea de cemento blanco que desciende de la ciudad en blanda hamaca para después de la hondonada subir más blanca hasta la puerta principal de la necrópolis; paredaña con “El Ultimo Adiós”, frente al cementerio, la cantina “La Flor de Un Día”, antro lleno de borrachos y moscas, con la siguiente advertencia pintada en la pared a guisa de reclamo:
       “Para fondear, mejor aquí que enfrente…”
       —Y qué… y qué… y qué… —discutía un hombre enlutado, gatatumba va gatatumba viene, pero no eran reverencias, sino que se iba de bruces contra Sepolcri, un genovés propietario de la marmolería más importante de por allí—, qué es… qué es el mármol veteado… qué son en el mármol esas manchas que lo hacen tan hermoso?… ¡El vómito de los siglos!
       El italiano lo levantó casi en peso de uno de los sepulcros que exhibía en su negocio, como las colchonerías exhiben los colchones y las mueblerías, las camas.
       —¡No, seor, no vengo a fondear, sino a que me muera! —entró aquél gritando a “La Flor de Un Día”, delirante, vestido de luto riguroso, que apenas se tenía en pie frente al rótulo “Para fondear… mejor aquí que enfrente…”—, si cree que por ese su letrero voy a fondear aquí, está equi… equi…
       —Equis está haciendo el amigo… —le contestó el que atendía la cantina.
       —¡Me agarró el luto parrandero, qué culpa tengo yo! ¡Me agarró el luto de la Mujer X… mi mujercita se volvió en México, la Mujer X… la parranda más negra… pobrecita, viva me quiso mucho y muerta ya no me quiere, ya no le gusto, y lo peor es qué ¿qué le va uno a explicar en su descargo a una piedra, a una lápida, a una cruz, a la tiniebla, al vacío…? —tras una pausa limpióse la boca salivosa con la manga del saco y añadió, después de observar atentamente los botoncitos de la bocamanga—, lo que escrito está, escrito se queda… fondear aquí, no… ¡nunca!… aquí vengo a que me mueran…!
       —Pues si es para eso —pacientó el cantinero, tomando de un plato un rabanito pelado—, allí enfrente, donde los muertos le hacen el favor. Pregunte por el guardián del cementerio, un verdugo, un tal Tenazón… Vaya, pase, atraviese la calle, pues allí no sólo lo mueren, sino que lo entierran…
       —¡No fondeo, vaya… aquí yo no fondeo… —monólogo de briago, la cabeza colgada sobre el pecho, el pelo en la frente—, tampoco enfrente… —reaccionó, alzando la cabeza, una fúnebre sonrisa entre los dientes—, enfrente, en el cementerio, por baboso! ¡Ni en tan… poco… ni en Tampico… y lo que ahora me está haciendo falta es otro elíxir!
       Y acercándose al cantinero le gritó:
       —¡Otro elíxir!
       Y encarándosele, al ver que cariparejo, aquél ni siquiera se movía:
       —¡Me resobra, oye?… me resobra!
       —¡Pues si yo le resobro, usted me revienta!
       —¡Pues si yo le reviento, usted me rebalsa!
       —¡Pues si yo le rebalso, usted me repugna!
       —¡Pues si yo le repugno, usted me rebuzna!
       Si la mujer del cantinero volvía de la cocina con una jícara humeante en la mano, cambiando de dedos, como si tocara un instrumento, como se quemaba, no interviene tan a tiempo, aquél deshace al borrachín. Se metió entre los dos, ágil, mimbreante, como era, y alcanzó a gritar:
       —¡Cuidado te ensuciás las manos con esa porquería! Se agarran a decirse letanías y acaban pelándose los dientes y medio matándose. ¡Bebé unos traguitos de macho y no le hagás caso!
       Jamás de los jamases vio a su hombre tan fuera de sí, como en aquel momento. La gente y los animales, Dios guarde, tienen sus horas, y cuando el hígado empieza a patear y la procesión va por dentro, preocupaciones de pagarés vencidos, inconvenientes con la policía de ornato por ese maldito letrero “¡Para fondear… mejor aquí que enfrente!” Y la responsabilidad por los objetos que les dejaban en empeño, que les vendían por nada, o los iban a cambiar por tragos; una mosca que pase, se disgusta, y contimás si le dicen a uno en su propia cara, gratuitamente, que es un burro, que rebuzna.
       —¡Bebéte unos dos traguitos de macho… —repitió ella, al ver que su hombre se medio calmaba, e insistiendo en un tono aún más cariñoso—, recibíle el favor a tu Cobriza, no seás así!
       Sin aceptar ni rechazar la jícara de macho, bebida de harina de maíz, cacao y azúcar que aquélla le ofrecía, rica como el más rico chocolate cuando se toma que fuego es y humo despide, con la ventaja de ser más digestivo, el cantinero paseó los ojos furibundos por una runfla de borrachos inofensivos que siempre estaban en la cantina y revienta si no les grita:
       —¿Qué chin… ches hacen ustedes? ¡Si no hay voluntarios para sacar de aquí, como se merece, al desgraciado ese, voy a ir yo… quiero que me diga en la calle, quién de los dos es el que rebuzna!
       La fila de borrachos del plantel, sentados en un poyo, unos en camisa, los cuellos abiertos, las mangas recogidas, otros en camiseta, sin nada que recogerse, y otros en chaleco, el chaleco sobre el pellejo, paralizados, mineralizados casi por el aguardiente que ingerían, más piedra lumbre que aguardiente, despertaron del sueño despierto, sueño de antesala, en que esperaban no se sabía qué.
       Al oírse llamar voluntarios, alzaron las cabezas, entreabriendo los párpados sobre los nuégados blancos de las córneas, sin encontrarse las pupilas.
       La Cobriza, siempre colocada estratégicamente entre su marido y el luctuoso e imprudente borrachín, se desentendió de aquél, para increpar a éste:
       —¡Infeliz, sólo para eso se quedan viudos… para chupar!
       —¡No sólo para eso, madama, sino para echar punta… y si se le ofrece, ya sabe… es rerrico!
       —¡Atreviiii…! —esta vez fue el marido el que contuvo el brazo de su consorte, con-suerte la llamaba él, Cobriza color de culebra de agua, lustrosa, ondulante, vivaz…
       Cuando aquélla terminó la palabra “atreviiii… dote”, ya el cantinero le habla pescado el brazo, que si no, le baña la cara al borracho con el líquido quemante de la jícara; si casi, casi…
       —¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo!… —gritaba la mujer a los borrachos de turno que despertaban de su ausencia.
       —¡Ni pura revanada… no me sacan de aquí! ¡No me voy de “El Ultimo Adiós” sin beberme el último… Por eso se llama así… El postrimero, mero, mero…
       Uno de los borrachos, pequeñito y pestañudo, como poney, ni camisa, ni camiseta, sólo el chaleco, se levantó, era del mismo alto sentado que parado, movió los labios y formó estas palabras:
       —Le significo, caballero, que aquí no es “El Ultimo Adiós”, sino “La Flor de Un Día”…
       —Pues si no es, no es… me voy… ¡muchas gracia, oye!… me voy a quitármela a otra parte… a quitármela, ¿eh?… ¡Un momento, seores del jurado —los borrachos inmóviles, sentados en fila, se le quedaron viendo con ineptas caras de jurados—, un momento… ¿quién me calumnia… quién me injuria… quién me ofende… quién dice que me la estoy poniendo?… ¡Me la coloqué, parranda de luto riguroso, por mi mujercita que se volvió en México la Mujer X, pero ahora, seores del jurado, me la estoy quitando, que no es lo mismo, lo mismísimo mismo!
       Salió más de allá que de acá, las paredes se le acercaban, se le alejaban, y colóse en el bar “Los Siete Mares”, lo mas elegantito de por el barrio, el sol caliente bañaba los muros de espejo, el mostrador de alabastro, estilo cementerial, las botellas espejantes en las estanterías barnizadas de negro. Al sólo cruzar la puerta pidió que le sirvieran un “pésame con sonrisa de marqués”, colocando un puño de billetes arrugados sobre el mostrador, para que vieran que tenía con qué pagar aquel néctar.
       —Más qué aguardiente, fuego… —dijo el que le sirvió, un hombre con un costurón en la mejilla, cicatriz de un machetazo.
       Fuego del infierno, sólo eso podía ser aquel líquido glacial, dorado, convertido en incendio al apurarlo, y fue tal la quemadura, galillo, lengua y encías en una sola abrasadora llama, que el luctuoso cliente encogió los labios y medio mostró la dentadura con rígida sonrisa de marqués.
       Perlas gordas le bañaron la frente. No le pasaba el ardor, por más que con la mano se abanicaba la boca abierta para darse aire.
       —Me voy… —dijo, por fin, cuando pudo hablar—, está muy triste el marqués. ¡Soy joven, soy guapo, soy viudo, y puedo echar punta! ¡Me canso ganzo!
       Echó a andar fuera de “Los Siete Mares”, la sensación de ir nadando, y se detuvo en la cervecería “Las Movidas de Cupido”. Un chipotazo en la jerigonza (nada le quedaba en la boca del otro ardor, del ardor del “pésame con sonrisa de marqués”), epilogó un rápido intento de manoseo bajo las faldas, por poco le rompe el calzoncito, a una de las meseras, a la “Pichona” Benavides. Sin esperar, para luego aruños, qué deliciosa pielcita de muslo tibio, velludito, a que aquélla le asegundara el bofetón, salió cariacon—bebido, no cariacontecido, tan mal acontecer llevaba en la cara y tal cantidad de bebida entre pecho y espalda.
       Hipante y julepe, al salir le puso el pie a una chucha jiotosa que dormía junto a la puerta del fondín. El animal, tras tirarle la tarascada instintiva, huyó con la pata herida, desatornillando alaridos interminables.
       —¡Me recontraganzo… soy guapo, soy libre, soy joven, soy viudo y echo punta!
       El relajo, en la fonda “Los Angelitos”. Allí sí que sí. Como no se debe llorar a los tiernos, se les mojan las alas de lágrimas y no llegan al cielo, padres, parientes, compadres y amigos, seguían el velorio en la fonda “Los Angelitos”, después del entierro, y bebían y bailoteaban, mas era zangoloteo, al compás de la música valseada que molía un fonógrafo de entraña negra y trompetón de pico de ave marina. Fingiéndose alegres, bailaban los pobres padres, más parecían picados por la tarántula, mientras el pedacito de su carne que acababan de sepultar se hacía nada. Bailaban los padrinos, pies de paso doble a sus cuarenta otoños, y las madrinas de ojos de candelas chorreadas de tanto retener el llanto, entre ahogos y suspiros. Y mientras unos levantaban polvo bailando, otros ingerían un guaro mieloso llamado “cordial”, después de Dios, el licor es lo único que templa y alivia el cuerpo destemplado por el pesar, y no pocos, aprovechando que en “Los Angelitos” había “water-clossed”, alquilaban la máscara para el rito que allí resultaba casi macabro, porque no era “clossed”, sólo “water”. La taza blanca y la tabla como salvavidas negro para traseros de personas de luto. Cuanta delicadeza, pero también cuánta osadía comercial. Sin puerta, ni siquiera una cortina para ocultar al oficiante, aquel inodoro, por mucho que se viera aparte, a un ladito del despacho de bebidas, más que esconder, descubría lo que allí pasaba, incitando las miradas de los que entraban a “Los Angelitos” a beber o platicar el trago, y la curiosidad militar y eclesiástica de curas y militares que desde la calle, a sabiendas del secreto, se detenían a fisguear.
       Al que venía del entierro que no aguantaba más (no se alivió en el cementerio acuclillado, por ser de mal agüero hacer del cuerpo donde los muertos salen de noche a hacer del ánima), poco o nada le importaba sentarse a poner su telegrama doble urgente a la vista de todos. ¡Qué podía importarle la falta de caridad de prójimos tan poco cristianos! Miraditas, risas, cuchicheos. Qué podía importarle, si en aquellos instantes no era persona, sino intestino, sieso, nalgas y un pañuelo en la mano para enjugarse el sudor agónico. Pero a los demás sí les importaba, pues qué habían de hacer que no se viera en un inodoro descubierto, más aquellos a quienes tenían recetado ponerse como arañas, o los que se trepaban en la tabla para ir al pulso, temerosos de sangrizas y bestizuelas de pubis, o los que se tronaban los dedos, se tiraban del pelo, se mordían la lengua, sin conseguir o consiguiendo, pues ésa era la otra dilucidación. A los más sí les importaba, pues qué le quedaba al que sin apuro inmediato presentía la llamada de larga distancia; qué al que le venía el antojo de sólo ver taza tan blanca y tabla tan negra y bien lustrada, marco de luto para el retrato ovalado de sus posaderas que lucían, como cachetes aplastados o como dos enormes senos de matrona con un relicario al centro; qué al que se le amontonaban y se le iban las ganas, sin saber, por mucho que calculara, si alcanzaría a llegar a casa o tendría que responder allí al llamado de amor indio. A todos éstos, qué les quedaba: ¿zurarse andando para que se los comieran las moscas?, ¿pasarse de finústicos e ir con lo que no era música de viento a otra parte? ¿A dónde por aquellos andurriales? En los demás expendios de licor, los excusados tenían mucha puerta, y trancas, y pasadores por dentro, seguridad de cajas fuertes, pero eran pozos ciegos inmundos, con el tablero asqueroso inclinado de atrás para adelante, repisa en la que el cliente quedaba como loro en tabla, sin tener de donde agarrarse, medio expulsado del agujero redondo, los pies sirviéndole de rozadera, los hombros pegados a paredes mantecosas de humo de candelas y astilla de ocote, paredes convertidas en pizarras de locos sexuales sueltos, delirantes, que dibujaban, más allá del amor carnal, en el reino del amor óseo, esqueletos y esqueletas poseyéndose: besos, no de labios, sino de engranajes blancos, dientes contra dientes, dedos de manos radiografiadas en busca de senos y pezones en los vacíos intercostales, piernas entrelazadas como compases, y sobre estas figuras acopladas, esqueléticas, rodillas y codos de varillas de paraguas, la artillería gruesa: calaveras de frasco de veneno, falos en lugar de tibias, y un miembro viril que recorría las paredes, desplegando en su avanzar irrefrenable, su nombre “el filarmónico”, escrito con letra de carta, y sexos de mujeres pintados del suelo al techo volando como mariposas, entre cortinas de telarañas, en las que no era raro contemplar arácnidos miríficos sobre insectos vivos en un acto más sexual, el de comérselos, caminitos de hormigas en comercio de pajas, lagartijas fugaces, gusanos negros, negrísimos, otros verdeazules, lechosos, y nubes de masconcitos con alas, las moscas bravas, al picotazo eléctrico seguía la manotada inútil, y de mosquitas pegajosas que se volvían parte del pelo, del pellejo, del sudor tras las orejas y la nuca, como fideítos de mugre viva, sin faltar el alacrán de turno, belleza zodiacal que se deslizaba por los tablones del piso mojado que alfombraban chencas de cigarrillos, cabos de puros, palitos de fósforos quemados, salivazos y rompidos pedazos de periódicos con lamparones o bajorrelieves de materias fecales. El problema no era fácil, si no se aceptaba el inodoro descubierto de “Los Angelitos” y menos para el sexo débil, el de la meada fuerte. Y por eso, para atraer a las damas, cubrir apariencias, ahorrar rubores, animar indecisos, consolar al afligido de corazón y tripas, dar libertad de gestos y esguinces al forzado, evitar a la clientela fina el paralizante y supersticioso miedo a las letrinas cerradas y sobretodititotodo, como explicaba en una sola palabra, resumen de razones, el dueño: proporcionar una entradita al negocio, no sólo el comer se paga aquí conmigo, el descomer también, dado que los que en aquel fondín iban al “water”, se alquilaban una máscara en la caja, que ya con máscara, todo a sus anchas, líquidos, vientos, sólidos, tempestades…
       Un cuento de hadas después de cada entierro, tal parecía, un cuento para niños representado por deudos llorosos, aquel alternarse de diablos, reyes, ángeles, payasos, perros, toros, gatos, monos, osos, en el “water” de “Los Angelitos”, mientras el fonógrafo, trompetón de pico de ave marina, no cesaba de tocar “Píntame Angelitos Negros”.
       Ora era el afligido padre, pálido, inconsolable, con máscara de Mefistófeles soltando cuernos estercóreos.
       Ora la abuela que exoneraba el vientre riéndose con máscara de payaso, cuando bajo el antifaz lloraba la muerte de su nietecito.
       Ora el tío que sentíase celestial en aquella penosa diligencia, escondido tras una máscara de ángel.
       U otro cualquiera de los acompañantes.
       Nadie sabe. La tripa aprieta. El frío del cementerio. La caminata. El lenitivo que hace de bajativo.
       La Profe de kinder, si el fallecidito ya iba a la escuela, aliviándose el apurón con máscara de mono parajismero.
       El padrino, maldita la mano que tuvo, se le murió el ahijado, sudando la gota gorda con máscara de Negro Pansiete. Pero, sanempezar es todo en la vida, y lo que sanempezaba en cuento de hadas, alternarse de animales, seres fantásticos y personajes de la farsa, en él “water” de “Los Angelitos” concluía en juego de prendas, un poco prolongación de los juegos del velorio, la noche anterior. Adivinar la identidad del defecante escondido tras la máscara y exigir prenda al que, tras aportar que adivinaría, después de tres chances, de decir tres nombres, se daba por vencido.
       La prenda conllevaba el pago. El que perdía obsequiaba tragos, cervezas, cigarrillos, si era mujer pagaba con besos y caricias, que daba ella o se dejaba dar, y no pocas veces aparejaba sufrir pellizcos, coscorrones, jalones de oreja o tirones de pelo.
       —¡Adivina, adivinico —y el que servía de preguntón, soltaba con la boca una larga pedorreta—, quién es el Rey que ocupa en este momento el trono de los pedórridos? ¿Es el Rey Cagatintas? ¿Es el Rey Cagaluto? ¿Es el Rey Cagaaceite? ¿Es el Rey Cagachín? ¿Es el Rey Cagarriendo? ¡O es la Reina que está pariendo a Carlos V, porque cuidadete, el Emperador en cuyos dominios no se ponía el sol, nació en un retrete!…
       —¡A la una…
       ¡A la dos…
       ¡A las…
       —Que dé prenda…
       que dé prenda,
       la tercera es la vencida…
       —¡Adivina, adivinica, por virtud del tocotoco, tocotoco (la que debía adivinar defendíase riendo a más y mejor del manolarga que le hacía cosquillas), tocotoco que te toco, que no toco, que me toco, que te toco, que no toco, quién es el Payaso de máscara de enchilada, nariz de remolacha, labios de tomate, mejillas de carne picada, todo espolvoreado de queso?
       Alguien que sabía más de la cuenta, cantaba: “Pagliaci”.
       —¡Caaaa… ga, Payaso!
       Y en el tumulto, todos querían cobrar la prenda de los labios pulposos de la pelirroja de piel alimonada y ojos verdes que no supo decir quién era el Payaso, no faltaron los caídos, los que se fueron de boca, los que clavaron los dientes en el respaldo de una silla, al fin mujer, que se les atravesó, como preguntándoles: “¿Y a mí, por qué no me besan?”, alboroto que terminó con el cambio del Payaso, por un ángel.
       —¡Adivina, adivinico, por tu lengua y con tu lengua, jeridesgonzada lengua, quién es el Gelán de la Gran Cachanca?
       Parientes y amigos del muertito que venían de enterrar revoloteaban alrededor de aquel que tenía que adivinar quién era el Angel de la Gran Chancaca, y no adivinaba y no adivinaba… ¡prenda!… ¡prenda!… o del perspicaz, avisado o maligno que se entremetía y daba en el clavo… de olor, descubriendo quién, escondido tras la máscara angélica, desventaba gases hilarantes, a juzgar por las risotadas de car-car-car… camanes y car-car-car… camales que soplaban al oído de muchachones sudorosos y niñas de pechitos de calcomanía, entre car-car-car… caja… ja, ja, ja, ja, ja…, las letrillas del canónigo… “por zurrar del tren bajé… jé, jé, jé, jé, jé…, el tren se marchó sin mí… jí, jí, jí, jí, jí…, ¡ah!, pero qué bien zurré… jé, jé, jé, jé, jé… já, já, já, já, já… de los gustos sin pecar… jú, jú, jú, jú, jú… y sin dejar a Dios ofendido… jó, jó, jó, jó, jó… el de sentarse a zurrar… já, já, já, já, já… con un cigarro encendido…” jí, jí, jí, jí, jí…
       Otro con otra máscara, descubierto quién era el Angel, corría a ocupar el “water” y proclamaba, al tirar la cadena, como melopea no era poca música, y sentarse en el trono, que él no venía a jugar prendas ni “water-polo”, sino “water-bolo”, choteo al que mezclábanse desconocidos y tunantes de esos que mientras iban y venían en visita de altares, de cantina en fondín, de bar en cervecería, bebistrajeando, comistrajeando, se apuntalaban la borrachera, no se les fuera a caer encima, libando de “piernita metida” en los negocitos que expendían aguardiente para llevar, trampas que figuraban como pacíficas carbonerías, ventas de carbón y leña rajada, palito y cisco, ocote y fósforos, atados de tuza y cañutos de trementina para el reumatis, sopladores de palma, redondos o triangulares para soplar el fuego y esponjuelo para el constipado y la chorreadera de narices. Cuando a los que andaban en tuna no les alcanzaba el pisto para dejar la seña del envase, apuraban el contenido, guaro blanco o ajerezado con anilina sacando la cabeza y medio cuerpo fuera del marco de la puerta del negocio, para cumplir con la ley de ramos estancados que prohibía beber en el interior de estas “carbronerías”, por no tener patente de cantina, y media pierna adentro, algunas veces asida a dos manos por el desconfiado comerciante que sólo así, de “pierna metida”, conseguía que no se volatilizaran sus envases.
       Un leñazo contra un hombre que corría. Al darle el leño en la espalda, lo hizo trastabillar… —soy joven… soy libre… soy guapo… soy viudo… y puedo… correr…, iba diciendo—, corría perseguido por una mujer alta, flaca, sin nada enfrente ni atrás, ni pechos para dar de adelanto, ni nalgas para dar de ribete, una giganta con la cabeza pequeña y nombre de varón: Onofre Bracamarte. Pero era mujer. Sí, como mujer figuró en el parte policial publicado en los periódicos. “Onofre Bracamarte (mujer), capturada por actos inmorales con una mesa de tres patas que ella declaró, en estado de sonambulismo, que no era una mesa, sino su amante de palo potencializado.
       —¡No, no… no me robó nada!… —explicaba la Onofre a los vecinos que por ventanas y puertas salieron a ver qué pasaba, entre perros, palomas, gatos, loros, ardillas; con el ladronicio que hay, hasta de día roban—; no me robó nada, pero llorosa, gimiente, a lo que una está expuesta, con eso que han inventado de beber, el cuerpo fuera y la pierna dentro del negocio, este bandido vino a proponerme que hiciéramos de “piernita metida”…
       —Y de paso que pidiendo gustos… —comentó, festiva, una mujer desde un ventanuco; y como informando a las personas que habían quedado dentro, añadió—: Es el viudo ése que anda suelto… Yo lo machimbraba con esta Onofre que siempre anda medio a medio con los muertos…
       —¿Medio a medio?… —se oyó que decían—, lo que anda es mediu a médium, recibe y trasmite…
       —Trasmite qué… ¿telegramas…, enfermedades?…
       —Lo que puedo asegurarles es que está cifrada… es una mujer cifrada…
       —Fichada…
       —Esa es otra cosa, yo lo que digo es ci-fra-da… y por eso recibe y trasmite mensajes del más allá…
       —Lo que no impide —volvió a hablar la que se asomaba al ventanuco— que venga un largo y le falte al respeto…
       —Toda mujer es de respeto… —sazonó alguien adentro…
       —No todas: hay mujeres de respeto y mujeres de respeuto al placer carnal, y a éstas si se les habla con respeto, se les hace falta al respeuto, y si se les habla con respeuto, se les falta al respeto.
       —Sí, los que andan en chupa, como el hombre ése que diz que es viudo, son más atravesados que el que… —corroboró un remendón que de embelequero se echó a la calle a ver qué pasaba, un zapato en una mano, un martillo en la otra y atrás, “Joachin”, su gato montés; corroboró lo que acababa de afirmar la mengana ésa que tenía una bola del mundo en su casa, una bola del mundo que daba vueltas, con un solo dedo se la hacía girar, obsequio de su señor marido, el profesor de geografía, a falta de una bola del mundo en la panza…
       —Pero viudo más atravesado, ¿dónde…?, ni con candela —gangueó una vieja glotona, asomada a la puerta de su casa con un plato de peltre lleno de arroz blanco y frijoles negros, revueltos; mano y carrillos le faltaban para comer y tragar lo que para cada bocado agarraba con los dedos de la platada de “moros y cristianos”, fríos y mantecosos.
       Y añadió, al hablar llovían en torno suyo arroces y frijoles:
       —¡Hígados de tipo! La Onofrita ésa, no me van a decir que no le quita el hipo a cualquiera…
       —Si no se quería quitar el hipo… —picareó el remendón, el gato montés subido en su hombro, jugaba con unos chicos descalzos, panzones, de paloma al aire, que le ofrecían cáscaras de banano; el remendón medio apagaba un ojo, cuando el humo del puro que fumaba le rozaba el párpado.
       —Lo sé, lo sé… —siguió la vieja, paladeaba sus “moros y cristianos” o se introducía el índice en la boca para botarse las macitas de arroz y frijoles que se le formaban donde no tenía dientes, y no dijo más por acompañar con los ojos a la cobriza, la propietaria de “La Flor de Un Día”. ¿Sola ella y a esas horas, entre oscuro y claro? Milagro. El hombre, su hombre, no la dejaba ni a sol, ni a sombra. ¿Su marido? Decían. Aunque, quizá sólo era su hombre. Mejor que no fuera su marido, sino su hombre. Lucía más con una hembra tan hembra y tan preciosa. Su cara trigueña con dos ojos dormidos, negros, helados. Sí, mejor que no fuera su marido. El marido es más respeto, pero es menos como macho. En cambio, la que tiene su hombre, lo tiene todo.
       —¿Qué es eso que todo me da vueltas… —se agarró la vieja de la puerta, sentía que todo giraba alrededor suyo, aunque… no… no pudo fijar los ojos… juntar los ojos en las vueltas del chucho… vuelta y vuelta y vuelta antes de echarse a dormir… El perro. Ella. Su cabeza. La puerta. “Moros y cristianos”, frijol y arroz revuelto en el mismo plato. Las primeras estrellas, cuitadas, altísimas, arrocitos en la frijolada negra de la noche que empezaba a caer frente a las carnicerías del cielo. Poniente de carne de res. Ella debía conformarse con los frijoles y los arrocitos. Desde que murió su marido. El luto del frijol negro. Desde que murió su marido no probaba carne. Desalforzó los labios plegados sobre el hueco de su boca. Sonrisa de movimiento con los pocos dientes que le quedaban adelante y que se le movían. ¿Cómo es eso que no probaba carne desde que murió su marido? ¿Y aquel que le decían “Momo”? Carnita de cecina, medio enfermero, medio leproso de allí, de… allí… No se desnudaba cuándo iba a visitarla… se desvendaba… unas vendas largas de momia… pero no tenía llagas ni nada que fuera de dar asco. Ni llagas, ni pústulas. Por el contrario, parecía quemado, hervido en agua de cernada, con la pelleja blancuzca que botaba un polvito de escama de pescado seco… ésa era toda su enfermedad…
       No gritó, porque no gritó. Una mano de esponja helada. En su brazo. En su brazo. Helada. Helada.
       La Bracamarte, señá Onofre, la agarró del brazo. Guantes de dedos de esponja. Lo demás, la sombra. Y le dijo:
       —¿Cleo?
       —Cleotilde Moreno —se identificó la vieja, amedrentada, la respiración en un hilo y frío en las canillas. Por fortuna que de cristianos le quedaba el chucho casi a los pies, y aunque dormía, de una patada lo podía despertar y listos, para que la defendiera.
       —Olvídese de ese nombre. A partir de este momento, Cleopatra del Nilo, y le traigo un mensaje de ultratumtumtumtum…
       —¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! ¡Bah!…—rezongó la vieja.
       —Un mensaje de…
       —Mi marido…
       —No, de “Momo”…
       —¿Murió?
       —No, está en la polvareda de las criaturas del sol…
       —En la polvareda anduvo siempre. Donde se paraba, dejaba un rieguito de polvo blanco. Si lo juntáramos, le decía yo, y lo vendiéramos como talco…
       —“Momo” le manda a decir que no se preocupe por los seres de altededor de usted, están ma-te-rial-men-te terminados, y no son sino jalones en la escala terrestre.
       —¿Qué es eso de jalón? ¡No, señá Onofrita, pobre fui siempre, pero no de jalón! De nueve días bien andados y nueve meses nunca vistos.
       —Calle y escuche el mensaje. ¿No oye las jerarquías?
       —Eso tiene que ver con la Santísima Trinidad y algo las oigo…
       —¿No oye andar a planetas de pie plano en la bóveda en conserva y a estrellas de pies con dedos de oro?
       —¿Y a pie anda “Momo” por allá? ¿No mejoró?
       —Mejor o peor son conceptos que no existen en la polvareda, en el torbellino del sol…
       —No me va a decir que todo es igual por allá, señá —afligió la voz de la vieja al tiempo de rascarse, como si le resmoliera lo que la Bracamarte le había dicho, el cráneo coloradioso bajo su poco pelo cano—, si todo es lo mismo, para qué se muere una… para qué se murió mi marido… para qué se murió “Momo”… El “Momo” soñaba con ir siempre en coche, arrastrado sobre unos resortes de esos que se hunden y se levantan, sin hundirse ni levantarse, y cojines de plumas. Me lo decía a cada rato. En la otra vida no vamos a andar de pie…
       —El ser inmaterial no necesita de carruajes, es un fluido…
       La vieja se soltó de la mano helada de la Bracamarte. Sentía en el brazo, como guante de esponja, sus dedos de muerta.
       —Algo debe haber de todo eso que no sabemos. Casual, vea, señá, que pensando estaba yo en el “Momo”… A propósito de qué… A propósito de qué estaba yo con el pensamiento fijo en su recuerdo… No, no, no me acuerdo; pero el caso es que en ese momentito vino usted, susto el que llevé al sentir su mano helada en el brazo. Creí que era “Momo”, y si no era él en persona, era él en sus labios, en el recado que, Dios se lo pague, usted me trajo. Lo malo es que el fregado ése ya no se acuerda ni cómo me llamo y me confunde con esa tal Cleopatra que salió en las vistas. Todos los de por aquí fueron a verla. Menos yo. Bastante tengo con mis sueños y mis pesadillas para ir al cine a pagar por ver más pesadillas y más sueños…
       Se interrumpió y siguió:
       —¡Ah… ya me acuerdo a propósito de qué estaba yo pensando en el “Momo”… A propósito de mi señor marido legítimo, Eusebio Caravant.es, y en Eusebio a propósito del marido de la .Cobriza, y en la Cobriza, porque pasó frente a mí, cuando estaban en el escándalo del hombre al que usted le tiró el leñazo, pasó destapada, sola y a la carrera…
       Subía de muy abajo la humedad de la tierra mojada por el sereno de la tarde, embriagaba el perfume profundo de árboles de magnolia que olían a canela, y escuchábanse los abanicazos de los chaguaramos, altas palmeras casi secas, en los patios de las casas grandes, soterradas por el polvo de las tolvaneras. El día cerraba su inmenso libro blanco. Angustia vaga, ambulante. Terminar algo que no terminaba, que seguía, a pesar de esa sensación de fin de fiesta. Del envoltorio terrestre de la Bracamarte, cara feróstica de presbítero con los carrillos colgando como candados, salía una figura de mujer alumbrada por dentro, no del todo transparente, esculpida en vidrio nevado. ¿Ya sería tiempo de despertar al perro, lo único cristiano que le quedaba cerca?, se preguntaba aquella que seguía refunfuñando por lo de Cleopatra del Nilo.
       —Hay ángeles con aguaceros dulces en los ojos, detrás de nosotros… —la vieja buscó y no había nada ni atrás ni adelante, pero qué importaba eso con tal que siguiera hablando aquella mujer de nieve y luz eléctrica salida del cascarón horrible de la Bracamarte. Sí, sí, sí, reflexionaba la vieja, a esta, a esta divinidad de criatura fue a la que vio el viudo, que anda engasado delirante, cuando le propuso lo que le propuso, y la carantamaula, tarasca, mi compañera, se lo tomó para ella… ¡Igualada…, teniendo a esa niña del cielo adentro, queriendo ella, ella, desempeñar de joven!
       —Cuando la vida se nos escapa —entreabrió los labios, su hablar era música, la mujer de nieve y luz eléctrica— empezamos a quererla retener con los recuerdos, a ponerle diques de memorias, efemérides, aniversarios, a quererla volver con nosotros hacia atrás; pero es un juego falso: más vale escapar con ella, correr a la par de ella, que cuanto más lejos de nosotros estén el pasado y los recuerdos, mejor… la vida no tiene pasado, la vida no tiene memoria… va… va… va… es un ímpetu… una dicha… una gloria…


II

      A la puerta del cementerio llamaban al guardián, pero qué lejos, qué lejos se oía:
       —¡Tenazón!… ¡Tenazón!…
       Entre el ir y venir de las últimas gentes, trapudas, fantasmales y el desfile de perros largos, largos.
       Sin rebozo ni pañolón, destapada, como estaba, se vino desde su negocio, la Cobriza en busca del guardián. Hablar con él. Ponerlo al corriente de lo que pasaba. Pero debía ser pronto.
       —¡Tenazón!… ¡Tenazón!… ¡Señor Tenazón!…
       Nadie. El eco de su voz, apagado, lejano. Los pájaros nocturnos. Las nubes deslizándose con peso de azogue por el cielo. Y más perros, uno tras otro, uno tras otro, tragando hambre, las lenguas de fuera, los rabos en alto.
       Desesperada, sin saber qué hacer, asomó la cabeza al interior del cementerio por una de las puertas laterales y derecho fueron a dar sus ojos con el mausoleo de doña Agapita de Angulo. Todo esculpido en mármol, se miraba a la señora como si estuviera viva, estaba agónica, de tamaño natural, alzada del lecho por un ángel que con el Índice le señalaba el cielo, y no muy lejos, aunque desde allí donde ella estaba no se alcanzaba a ver bien, la otra sepultura famosa: un militar caído entre cañones y banderas y una mujer furiosa, encamisonada, despeinada, con los ojos redondos, fijos, casi de fuera, y una espada quebrada en el puño, tratando de defenderlo… de quién… allí, de nadie…
       Grupos de sepultureros, viejos, jóvenes, chicos, regresaban a toda prisa con sus utensilios de trabajo, sus carretillas de mano, las chaquetas dobladas en el brazo o echadas sobre los hombros. Atrás venía Tenazón. Paso a paso. Dueño y señor. Ni joven ni viejo, el contraste de su piel fresca, sin arrugas y su cabello cano, amarilloso, color de ajo machacado, le daba y le quitaba edad. Llaves en las manos, un cigarrillo encendido en los labios.
       —¿Qué le parece, Tenazón, el escándalo que se tienen en “Los Angelitos”?
       —Si a eso viene… —cortó el guardián de muy mal modo.
       —No, no… —reaccionó la Cobriza, había empezado mal.
       —Entonces, ¿qué se le ofrecía?
       —¡Tanto como ofrecérseme con usted, nada… —coqueteó ella, riendo—, espérese tantito a que estire la pata!
       Tenazón mostró los dientes pequeños color de arena en un ensayo de sonrisa seca, antes de hablar:
       —Pero para algo me llamó…
       —Para todo, menos para eso…
       —Menos para que la entierre, para todo… —se le fue acercando—, habría que saber qué es ese todo… ¿se puede saber?
       —Se puede saber, ya lo creo… —contestó la Cobriza en tono natural, mientras aquél se guardaba las llaves para tener libres las dos manos, escupía el cigarrillo apagado, papel, tabaco y ceniza, y la requería en tono pegajoso, de intimidad casera:
       —¿Qué tal… qué tal está…? —en la pregunta sabida de cómo se encontraba, la intención de cómo andaba de carnes, tan manifiesta que la Cobriza casi tuvo la sensación que se preparaba a palparla y hubo de contenerse, agarrarse las manos, morderse la lengua, ir contra su naturaleza, mostrarse dócil, ella que era arisca; sometida, ella que era altanera y media; educada, ella que por linda tenía por modo ser malcriada, y todo para qué, si por más que se devanaba los sesos, se mordía los dedos, cambiaba el pie en que se apoyaba, volvía a ver, no sabía por dónde, empezar, cómo empezar, qué palabras decirle sobre lo que la trajo precipitadamente en su búsqueda… el asunto era tan repeliagudo… y conste que se dejó venir contra la opinión de su marido que como se opuso hasta el último momento, tuvo que salir corriendo, sin rebozo, sin pañolón, sin nada, temerosa de que el tal guardián, verdugo de muertos y vivos, a vivos y muertos los trataba a patadas (nunca falta el “Yo lo vi… yo lo vi pateando un féretro y pateando después al esqueleto…”), fuera a tomar a la tremenda el pedido de la Cobriza y los acusara de cohecho, soborno o corrupción de autoridad, que, para acusar, palabras sobran. La Cobriza se decidió, sin más titubeos:
       —Quiero hablar con usted…
       —Estamos hablando… —la paró y desarmó Tenazón, como si hubiera adivinado lo embarazoso que había sido para ella arrancar aquellas cuatro palabras de sus labios: quiero hablar con usted…
       Y jamás se habría quedado la Cobriza con semejante tapaboca, tan gratuito, tan injusto, si no la llena de pavor un murciélago que giraba alrededor de ellos, atándola a Tenazón con la espiral invisible con que estos ratones de alas malas unen a hombres y mujeres, contra su voluntad.
       Se desentendió de todo, de lo que la había llevado allí, de la grosería de aquel aprovechado, apresurándose a hacer con el índice y el meñique los cuernitos al diablo, mientras arrodillaba los otros dedos en la palama de su mano, y decía:
       —¡Desata lo que ata tu espiral, Angel Laberintoso de las malas alas, ratón llegado de las edades de plata, de la luna, que si no lo desatas tú, lo desato yo con mi saliva que escupo y cuelgo del aire para que te ahorques!
       Una guitarra los inmovilizó. Todo era silencio perforado de astros, de sonidos, de palabras que a favor del viento llegaban a sus oídos, aunque algunas se perdían…
       "… Dicen que… reposan en calma… dicen que en la… ya no hay más allá… …mas si el cuerpo… jamás muere el alma…”
       Ellos ponían las palabras que faltaban: “Dicen que… los muertos reposan en calma… dicen que en… la tumba… ya no hay más allá… mas si el cuerpo… muere, jamás muere el alma…” El treno de la guitarra apoyaba la voz que se dejaba ir… “que es la que te adora con loca pasión…”
       ¡Qué encono amoroso y qué guitarra!, como tocada por el guitarrista ciego de “Las Movidas de Cupido”, Celestino Tomelloso, más conocido por Don Cherter, de la familia de los Tomelloso, músicos y poetas que nunca pasaron de zope a gavilán.
       Los negocios de la mala providencia quedaban tan cerca uno del otro que por allí se oyó, a la puerta de la cantina “La Flor de Un Día”:
       —En estos días como que van a fusilar a alguien… —y en tono familiar—, ¡buenas noches les dé Dios, qué tal están…, se ven tantos policías, y eso por aquí, sólo para el día de Finados, en noviembre, o cuando el supremo gobierno ordena a los cuques fabricar un muerto. ¿Y la Cobriza?, no la veo.
       “Pero doña Cleotil —contestó el dueño de la “Flor de Un Día”, antiguo puja de remates—, andan tan resilencias las ventas con eso de tanta vigilancia por aquí, que, ya ve usted, me entretengo en sacarle música a los vasos, estos limpiadores son muy buenos —el vidrio soltaba sonidos escalofriantes al girar en sus manos—; la Cobriza fue por ahí no más a hacer un mandadito.
       —Tan tarde…
       —Con esto de la civilización, doña Cleotil, no hay tarde ni temprano, al oscurecer se prende la luz eléctrica y sigue el día; ya me contaron que estaba usted en palique con yo sé quién…
       —¡Qué lenguas!
       —Las noticias vuelan…
       —Pobre mujer, me da lástima. Todo el mundo le hace el vacío. Hasta el don Ramirito, el floristero, que era su acólito, resultó trompudo con ella y ahora ya no le habla.
       —Pase adelante, y se bebe una “Anima”…
       —Qué ocurrencia, ponerle así, al anisado…
       —Decía que el don Ramirito —en una bandeja brillaban los vasos que había limpiado—, pero ése es espiritista…
       —¿Y ella qué es?
       —Sí, también, pero como que también es hipnotizadora, y a usted a saber si me la hipnotizó.
       Un ligero temblor de piernas, bajo las naguas, estremeció a la vieja y un suspiro inabarcable, qué pequeño es el pecho cuando suspiramos, alcanzó como lazo, en lo invisible, a “Momo”, su adorado leproso; a Cleopatra del Nilo, su doble, y a esa criatura divina de nieve y luz eléctrica que la Bracamarte escondía en su ser, como el carbón el diamante… ¡ah! si fuera ahora mismo a golpear a la carbonería y gritarle: ¡Mujer de oscuridades, devuélvame el diamante, mío es, porque lo vi y lo oí hablar!
       —Tómese su anís…
       —Me lo tomo, me lo tomo, Dios se lo pague. Primero, la punta de la lengua como los gatos. Sabroso, lo malo es que irrita, y para las que padecemos de inflamación. Qué idea salir la Cobriza a deshoras…
       —Allí no más fue a la puerta del cementerio, a buscar al guardián.
       —Ese es otro. Mucho que dijo que iba a ayudar cuando se presentó el escrito contra las escandaladas de “Los Angelitos”, y no hizo nada.
       —Nadie ayuda en nada por no comprometerse, están en los cargos porque se hacen sapos, y el pícaro ése, menos, como no sea vender por interpósita mano, las armazones de las coronas a las floristerías de por el centro…
       —Se averiguó, por fin…
       —Se le preguntó a una mesa parlante, y contestó, sin titubear. A veces las mesas titubean, dan saltitos, giran para un lado y otro. Pero esta vez se le dijo: si el sujeto que sabemos, vende lo que le hemos preguntado, dé tres golpes… y en el acto, se oyeron los tres golpes…
       —Pero volviendo a lo de “Los Angelitos” —la vieja bajó los párpados bolsudos, al compás del anís que nuevamente vertía en su copa el propietario de “La Flor de Un Día”—, eso de obligar a la pobre gente a hacer sus necesidades en público, es contra natura…
       Le dio la espalda para colocar la botella de anisado en su sitio, no oyó bien, y preguntó:
       —¿Contra qué?
       —Contra natura. Así dice el boticario…
       —Ese sí que habla porque tiene boca. ¿No será contra natura haber pintarrajeado en la pared de su botica, a Tobías, al lado San Rafael, llevando en el brazo una sirena tetuda?
       —¡Ni tanto, ansinita, como limitas, los senos! Lo malo que tiene esa sirena es que parece mujer mala. Pero ésas son imágenes, imaginaciones, como los que lo critican a usted por haber puesto eso de “Para fondear, aquí mejor que enfrente”, y lo de “Los Angelitos”. Lo de “Los Angelitos”, primero es contra Dios,
       —¿Por qué contra Dios?
       —Me extraña que no lo sepa. Dios, en su inmensa sabiduría, puso atrás de la persona aquel lugar…
       —¿Qué lugar?
       —No me haga hablar, ¡malo!, que su anisadito ya se me subió a la cabeza. ¿Y por qué lo puso atrás… je… je… —rió la vieja, agarrada al mostrador balanceándose—, y si lo puso atrás fue porque ese lugar debe mantenerse escandido y usarse en oculto. Pero también es contra natura, como le decía. Los animales, con ser que son irracionales, se esconden para hacer sus necesidades; los gatos le echan tierra encima, con las patitas, cuando acaban, haciéndose los desentendidos, y cómo entonces exigir, sin ir contra la naturaleza, que el cristiano, el bautizado, lo haga como si fuera un acto teatral?
       —O de Circo… —añadió el cantinero.— El otro día fuimos con la Cobriza a reímos un rato con uno que alquiló una máscara de payaso…
       —Pero, del circo se pasa a la aflicción, cuando los dientes alquilan las máscaras afligidas…
       —Sí, verdad… y por eso el bachiller…
       —¿Don Talismeo?
       —Sí, es el único bachiller de verdad que conocemos. Don Talismeo explica que cuando un cliente, enfundado en una de esas máscaras tristes, se sienta en el “water” de “Los Angelitos” con el periódico en la mano, negro sobre blanco, los periódicos son las calaveras de la vida, las letras de los periódicos son como los dientes de las calaveras, exclama, no como dicen que dicen en el teatro, “Te vi o no te vi…”, sino "¿Hago o no hago?” con la segunda letra del abecedario.
       La vieja, molesta por no poder celebrar con el cantinero el chiste del bachiller, qué sabía ella Cleotilde Moreno, analfabeta, de silabarios, encaminóse hacia la puerta rengueando.
       —Agrado quiere grado —dijo al salir—, y no le digo adiós, no me despido, porque voy allí tantito a hacerle encuentro a la Cobriza…
       Pero no fue muy lejos, al pasar por “Las Movidas de Cupido” se detuvo a oír lo que decía el ciego Celestino.
       —Cada guitarra —explicaba éste, al hablar movía los abanicos de sus cejas blancas, casi de pluma, sobre sus ojos sin pupilas—, cada guitarra tiene una madera de hablar una canción, pero si es una tonada la que acompaña, su manera de hablar es el gorgor del llanto. Una tonada, para que ustedes sepan, no es una canción. La canción se canta. La tonada se sangra. El que interpreta una tonada, sangra él y sangran los que le escuchan. Sangran, contienen el resuello en las narices húmedas. Soalzan los párpados lluviosos y oyen, no afuera, sino adentro, el hundirse de todo en un instante. Nada es ya posible. Nada. La canción llena la vida, el alma, los oídos. La tonada, no, es la resaca, la ola que se lleva todo y nos deja vacíos…
       —¡Y por eso se llenan las copas!… —sacudió las ajorcas al tiempo de cantar, la Pichona, decana de las meseras, enredada con un cojo que tenía un puesto de limpiabotas en el Gran Hotel, y siguió—: ¡El vacío lo llenan las copas! ¡Vengan copas que quiero vivir!
       Borrachones, con los vasos en alto, hacían corro a la Pichona los asiduos movicupidenses: cocheros de carruajes fúnebres, enjutos, patilludos, bebedores de cerveza negra para no desuniformarse y devoradores de panes con mortadela, que así la muerte no faltaba ni en sus alimentos.
       Don Chester gritaba:
       —¡Cámbienle de nombre siquiera!
       Pero apenas se escuchaba su voz en medio de los otros clientes que coreaban a la Pichona:
       —¡El vacío lo llenan las copas! ¡Vengan copas… vengan copas que quiero vivir!…
       —¡Y por eso se llenan las copas! ¡Vengan copas, vengan copas, que quiero vivir!
       —¡Cámbiele de nombrecito siquiera! —insistía el ciego—, que aquí no se oiga más pedir mortadela… que se diga vidadela!
       — ¡Y por eso se llenan las copas! ¡Vidadela! ¡Vidadela! …
       Cantando, cantando, la Pichona salía a la puerta del negocio, un brazo en asa a la cintura y el otro suelto, lleno de pulseras tintineantes, y le echaba sus registraditas a la calle ancha, arbolada y solitaria que bordeaba el muro del cementerio, inquieta y cada vez más nerviosa por el sinnúmero de policías uniformados y sin uniforme, chontes y orejas, que ronceaban por todo eso de por allí desde hace días, sin anuncio, bando ni sepancuantos.
       — ¡Y por eso se llenan las copas! ¡Vidadela! ¡Vidadela! …
       Se agregaban al coro los cocheros y palafreneros de los más pomposos carros fúnebres. Cocheros de acaramelados bicornios con plumas negras, rígidos, sin libertad para moverse en sus guerreras tiesas y correajes de charol rebrilloso. Coreaban, cargajeaban (mezcla de gargajeo y carcajada), cargajeaban y apa… pla… pla… pla… pla… plaaaudían…
       En una de las saliditas a la puerta, la Pichona divisó a la Cobriza y al guardián del cementerio, a ese que le decían Tenazón, parados bajo las farolas de la entrada principal y… no pensó en nada al principio, pero después, reflexión hecha, se dijo: la sometidota ésa quién sabe en qué intrigas anda, y se lo habría comunicado al patrón, si éste no está en uno de sus ataques de tos, morado y casi sin sentido y con el único consuelo, eso sí, en medio de un círculo de esputos redondos como monedas, que siendo la pechuguera tan convulsa, no podía ser tísico, que es una tos muy seca, ni del corazón, que es una tos desganadita.
       —¡Vidadela! ¡Vidadela!… —seguían cantando, unidos al coro, a cuáles más destemplados, los sepultureros, de quienes se decía que rezaban al levantarse: “El muerto nuestro de cada día dádnoslo hoy…”, o mejor: “Los muertos nuestros de cada día dádnoslos hoy, Señor…!” Viejos albañiles mostachudos, el decano con los cabellos rizados en canelones, rechoncho e indiferente, como un dios antiguo, otros más jóvenes y hasta aprendices o chuneros, gremio de enterradores visto de menos por cierta alta y funérea, aristocracia. Por los postillones de tan indios casi asiáticos, perniabiertos, jinetes de la muerte, recortados en un gran silencio de sepelio. Por los aurigas que se creían aurigas de constelaciones. Guantes blancos, casacas, futraques y levitas bajo el peso de las charreteras. Cordones, galones y botones dorados. Corbatines negros, impecables cuellos tiesos, cadenas con insignias, sombreros de copa y fustas con escarapelas de plumas.
       “Exequiosos”, no obsequiosos, veían de menos a los sepultureros, cuidándose de guardar las distancias, cuando aquéllos se reunían a la caída de la tarde, después del trabajo, a cervecear en “Las Movidas de Cupido”, sin siquiera cambiarse de ropa, ni lavarse, sucios de la cabeza a los pies de polvo rojizo de ladrillo, gateados de lamparones de cal y en las orejas, clavado, el plin-plin-plan… plin-plin-plan… de sus cucharas de albañil golpeando de plano, de filo, de punta, los ladrillos, ora al aire, el ladrillo sostenido en la mano, un golpe y partido en dos, ora apoyado en el muslo para hacerle chaflán con golpecitos seguidos… plinplinplan… plinplinplan… como campanilla de reloj despertador que suena, suena, resuena, mientras aduras se desliza el féretro hacia adentro de la tumba con ruido arenoso de arrastre sin mulillas. Mas el tintinear de este reloj de ladrillos cesa al aproximarse los chuneros con las bateas de mezcla batuqueada allí cerca, con agua, cal, tierra y arena, oírse el golpe fofo de la argamasa que pegaba sus cachetes a la sepultura ya cerrada y el frote arcilloso del afinador que el maestro de obra pasaba y repasaba con gran estilo, hasta emparejar el muro, prontamente blanqueado para que todo quedara allí como si nada hubiera ocurrido, que, en cuanto a los sepultureros, si te entierran, no me acuerdo.
       El guitarrista, Celestino Tomelloso, recobraba al auditorio:
       —Humanos somos y como humanos —husmeaba a diestra y siniestra para oler si le escuchaban; a su perspicacia de ciego, una persona que escucha huele distinto de aquella que pone oídos sordos a lo que se le dice, advierte, cuenta o chismea—, humanos somos —repitió— y como humanos estamos hechos de alma y… puerco, mal nos pese…
       —¡Cuer… pito, el mío!… —restregó la Pichona, infulosa y provocativa, todas sus cabalidades no muy cabales, en el hombro del ciego, aunque del restregar, al retroceder y gritar todo fue uno—: ¡Ya se repaseó en mí… alfileres, agujas, espinas, qué tiene en las hombreras; me picó!
       —¡Dios castiga… —sentenció el ciego, retrataba la nada con sus ojos sin pupilas—, hay cosas que no se pueden hacer, salvo ustedes que usan sus partes divinas como quien va de vientre!
       —¡Qué mismas… fíjese cómo habla… —protestó la Pichona—, ustedes… ya yo en esas…!
       —¡No se afloje, don Chester! —le gritó un cochero cargado de espaldas, pronto a levantar el vaso de cerveza del mostrador y a cerrar los ojos, cerraba los ojos siempre que bebía cerveza, hasta quedarse con la espuma en los labios.
       —Pues, como les decía —siguió aquél—, estamos formados de alma y cuerpo —en redor suyo tendió la mano buscando dónde estaba la Pichona Benavides— ¡puerquito el de ésta!… y es por eso que hay dos clases de canciones: las que nacen del alma y las que nacen del cuerpo.
       —¿Y la tonada, entonces, de dónde sale? háganos favor… —tartamudeó un sepulturero anaranjado de polvo de ladrillo.
       —¡Echele, don Chester, explíqueselo! ¡No se achique!
       —¡Dele maque, no se quede callado! ¡No se apee, ándele!
       Se alternaron voces y gritos, mientras las meseras servían tragos, cervezas, panes con mortadela, chorizo, sardinas, frijoles con queso, y la Pichona se escurría hasta la puerta a tomarle el pulso a la calle, ya no tanto por los policías, cuanto por ver en qué estaban el guardián y la Cobriza. Por de pronto seguían parados frente a la puerta del cementerio.
       —Si se callan…—retomó la palabra el ciego—, les esclarezco de dónde salen la tonada o las tonadas, porque muchas hay, muchas, muchas tonadas, pero todas tienen un solo origen.
       En el silencio que se hizo para escuchar a Tomelloso, se oía como una inmensa mosca que se golpeaba en paredes, botellas, cuernos de venados que adornaban las estanterías, la tos convulsa del patrón que se ahogaba, apoltronado en la trastienda, en medio de un círculo de esputos redondos como monedas.
       —Pero antes de hablar de la tonada o las tonadas, de dónde salen, qué es lo que en verdad son, quiero que se fijen en lo que les decía de las canciones. Nacen del alma y del cuerpo. Si manan del alma, son mariposas de mil colores que al volar aplauden ellas mismas con sus alitas su existir, y si brotan del cuerpo son como el topeteo de las bajas pasiones que nos desgastan. Las canciones que nacen del alma, nos alzan en vilo. Cuando yo las canto siento que mis pies quedan muy por lo bajo, mientras yo vuelo muy alto, no así las que son hijas de la carne…
       —De la carne puta… —se oyó en el gran silencio mascado de miradas, toses y risitas, la voz doctoral del decano de los sepultureros, reinado como un dios antiguo, con rizos en canelones que le formaban una coronita.
       —¡Putísima! ¡Putísima!… —confirmó Celestino Tomelloso—, y no por eso indigna de mantenerse en un ten con ten con el alma a través de un negrísimo túnel que ustedes no dirán que no conocen…
       Se movieron las cabezas negativamente, pero ninguno contestó.
       —¿Ni de oídas?
       Todos callaron. No conocían ese túnel ni de oídas.
       —Pues sí lo conocen, lo requeteconocen —continuó aquél—, porque lo recorren cuando sueñan, tienen pesadillas o cuando la temperatura ha subido de muchos grados y ven visiones. Es el túnel de los que sueñan, de los locos y los engasados. Y es en ese túnel profundo, cavado en nosotros mismos, donde, al mezclarse alma y cuerpo, carne y espíritu, nace el tono.
       La Pichona, que se había quedado de centinela en la puerta, no les perdía movimiento a la Cobriza y al guardián, seguían parados a la entrada del cementerio, le largó un puntapié a un perro que aullaba allí cerca. Aullaba con tal destiemple, como si nunca hubiera aullado. El aullido desequilibra, destantea, pensó aquélla con sus entenderes, la espalda escamosa de espeluznos de miedo. A mí, según contaba una tía mía, se me fue la sangre de mi primera mensualidad, por haber oído aullar a un chucho.
       Pero al largarle el puntapié al animal que desapareció en la sombra, se le fue el zapato, y tuvo que ir, saltando en un pie, a recogerlo entre las hojas de los árboles.
       La de Dios es gato se armó en los tejados. Hasta el viento parecía que se había vuelto gato en aquella trenza de gatos remolimeantes que a juzgar por los alaridos, mordíanse con furia de fieras, arrancándose pedazos de orejas, colas, narices, cuero con pelo. ¿Pleito o brama? Las dos cosas, pleito y brama, que, con los gatos, como con la gente, el amor es siempre un revuelto de eso que no es pleito, sino brama, y de eso que no es brama, sino pleito.
       Tras este primer asalto, el más feroz, sobrevino una tregua entre los contendientes — ¡contén tus dientes!…— se maullaba uno a otro… ¡contén tus dientes! …—, listos para la segunda arremetida que fue un cuerpo a cuerpo en el que sólo se distinguían los espinazos erizados, los ojos de fuego verde, y los maullidos aterradores… mauuuuuUUUUUU… MMMMMM… miauUUUUUUU… que eran casi palabras endiabladas de felinos… La Pichona, que había recobrado su zapato, se santiguó y andando para atrás, coquetería vieja, después de encender un cigarrillo, volvió al interior de la cantina, en el momento en que Celestino decía:
       —Lo más misterioso de la persona, voy a aclarárselos bien —en los superciliares le temblaban los hilos de sus cejones blancos—, lo más misterioso de la persona es el tono y del tono…
       —Nace la tonada… ji, ji, ji, por poco digo la cervelia, como tenía en este vaso cerveza en la mano —intervino un cochero enano que se mantenía siempre empinadito, como si colgara de una percha.
       —¡No tan fácil! —exclamó Tomelloso.
       —Me va a decir a mí… —atrevió el cochero, menudo, pomposo, con cara de tigrillo. Entre los dientes una cachimba de huesos y un cigarrillo negro.
       —A usted y a todos. Claro que se los voy a explicar. Es algo difícil de entenderlo. La tonada no nace del tono, sino del no-tono. Si me ponen asunto entenderán cómo es la cosa. Cuando, fijarse bien, cuando se interrumpe a través de ese túnel de que les hablaba, el túnel de los sueños, única comunicación entre el alma y el cuerpo, cuando se interrumpe a través de ese túnel la relación existente entre estas dos porciones del ser humano, carne y espíritu…
       —¡Déle betún, don Chester, déle betún! —gritó un borracho, un joven albañil que pegó con la cabeza en la pared, al tiempo de babear palabras y agua amarilla de vómito—: Me siento tan descompuestamente descompuesto…
       —Pero, como pasa siempre, el túnel se rompe por lo más delgado —siguió Celestino, jugar con las palabras era su mero cuatro—, e interrumpida la comunicación, hay que tener en cuenta que carne y alma se hablan a través de distancias infinitas, roto el hilo…
       Ya nadie le escuchaba.
       —Habría querido hacerles ver — ¡qué lic… cencioso, de dónde telescopios, un ciego haciendo ver? (… aunque él tenía su manera de hacer ver… haciendo ver… sos)—, sí, habría querido hacerles versos para que se les quedara que de esa interrupción momentánea —de no ser momentánea, la persona se volvería loca—, de ese desgarramiento entre pedazo de tierra y pedazo de cielo que a la postre somos, de esa falta de tono en el hilo transmisor, brota la tonada, balbuceo que se vierte en canto cuando las lágrimas se cristalizan y vibran como cuerdas de hielo en la laringe del que se ha quedado áfono de gritar sin que le oigan.
       Y la palabra lo dice: “To-nada”. ¡Todo o nada!…, el grito del jugador desesperado, y por eso la tonada sólo se puede acompañar con guitarra, instrumento del instinto y el azar, del ¡Todo o nada!
       Y quizás habría vuelto a hablar de las diferencias entre la tonada y la canción. Insistir ante aquéllos…
       Rechazó la idea. ¿Qué es eso de que cada quien tiene el auditorio que se merece? No era verdad. ¿Merecía él aquel auditorio de grandes sastres del vestido de madera a la medida: carpinteros y ebanistas que pasaban por “Las Movidas de Cupido” a colocarse sus cervecitas entre pecho y espalda, el pelo oloroso a poni, cedro, caoba, olían a árboles y a barniz sus manos… (… su vestido de novia fue de madera blanca, duro como marfil… …el vestido de ceremonia de papá fue de madera pintada de negro… …el vestido de ceremonia de mamá fue de madera sin pintar…); o de esos otros, también grandes artistas de la escena, que por las calles céntricas de la urbe representaban el paseo funeral conduciendo carruajes negros, tirados por caballos negros, gualdrapados de negro, enjaezados de guarniciones principescas, detrás de coche fúnebres desaparecidos bajo las flores de las coronas, o a la zaga de cureñas, ocasión única y heroica para los altos jefes del ejército de estar (siempre después de muertos) junto a un cañón; o de artistas menores, casi de zarzuela, de los entierros de dos o tres carruajitos con gente afligida y afligidos caballos siguiendo coches fúnebres de color café, crema, celeste que en lugar de plumeros llevaban perillas de cama matrimonial? ¿Merecía él, en fin, aquel auditorio de sepultureros hábiles y crueles en la maestría de instalar rápidamente a propietarios e inquilinos en su última morada, porque hay tumbas que se poseen y tumbas que se alquilan, siendo cierto aquello de que el que nació para inquilino ni muerto es propietario…?
       Sí, habría querido hablarles de otras diferencias existentes entre la tonada y la canción. Lo tenía tan rumiado. El gran rumiante, es el pensamiento. En la canción, por ejemplo, el alma enamorada quéjase de desamor, pero por grande que sea el desamor, donde hubo fuego rescoldo queda. O bien, es el cuerpo el que se lamenta, el que se duele de abandono, carne a carne amor se hace, pero por grande que sea la ausencia del ser amado, hay el consuelo de lo que de su presencia física queda en el recuerdo…
       No es así en la tonada, agonía y derrota, en las que al alma y al cuerpo no les queda “nada”.
       Al grito de “¡Todo o nada!”, el eco responde, a la tonada… ¡Nada!… La tonada es el lamento del carnicero perdido en la selva, del ángel perdido en el cielo, del que parte a sabiendas que no llegará a ninguna parte, del que nada contra la vida en busca de la muerte…
       Pero, a quién explicar, si ya nadie le escuchaba.
       Un cabezazo más fuerte en la pared, sonó como cañonazo, y la voz del sepulturero briago:
       —Me siento tan descumpuestamente descompuestito…
       La Pichona se coló por una puerta de la trastienda, al rincón en que el patrón pasaba sus toses, arrellanado en una poltrona, bajo una frazada azul turquí.
       —Sí, sí —acercóse la Pichona a secretearle al oído—, algo pasó, algo pasa o algo va a pasar. Hay en la calle más polis que pepitas.
       El patrón abrió los párpados como dos ojales, intentando sacar a través de ellos, los totones de sus pupilas perdidas en los sacudones de la tos convulsa.
       —Quiero… quiero…
       No dijo qué, el pañuelo sin duda, porque alargó la mano helada, húmeda y tomó al tanteo un pedazo de sábana que le servía para recogerse las flemas, la saliva, los mocos, las lágrimas y los “¡Ay, Dios mío!” “Ay, Dios mío!” que le saltaban de la lengua en medio del toser continuo y el círculo infernal de sus esputos redondos como monedas de un país espumoso.
       Ya nadie escuchaba al ciego Tomelloso, poeta y guitarrista de “Las Movidas de Cupido”, a mucha honra.
       Los cocheros, postillones, palafreneros y maceros de pompas fúnebres, enlatados, como conservas de la muerte, en sus cuellos, pecheras y puños de almidón y pez, charolados, emplumados, espejeantes, brindaban, entre nubes de humo de tabaco, con los sepultureros rojizos de polvo de ladrillo de tumba, marmoleados de cal, con los tipógrafos de esquelas mortuorias, con los carpinteros de ataúdes y con todo aquel que algo representaba en la próspera industria funeraria. Caían de paso a tomarse su traguito, sólo de paso, curas de responso y hoyo, notarios de última voluntad, médicos, de acta de defunción, oradores fúnebres de voz temblona, periodistas de necrologías, y como de los brindis, cada vez más efusivos, todos pasaban a más encendidos transportes amistosos, de “quitá que a mí no me venís vos con indiferencias sociales”, se barnizaban a abrazos y hocicazos (besos con las jetas babosas medio torcidas como se besan los hombres), olvidándose de las diferencias entre paño y dril, casaca y camisa, zapato y caite, tricornio y sombrero, estilicidio que, en esos raptos de simpatía universal, amistad sin límites, fraternidad irresistible y paternidad violenta, les permitía, juntando manos y cachetes, mezclar gota a gota, el sudor de sus alcoholes.
       Celestino Tomelloso husmeó de nuevo y al olor de que nadie le ponía asunto, un auditorio que escucha huele distinto del que se desentiende, apoyó la guitarra en sus rodillas, inclinóse hasta juntar su mejilla a uno de los medios hombros de su instrumento, las guitarras tienen hombros de botella, y comentó, mientras seguían los brindis, abrazos y besos de la funérea aristocracia hedionda a caballeriza y el proletariado sepulcral con olor a tierra de huesos:
       —¡Ya no hubo nada… ya se juntaron el polvo y el estiércol!



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