Carlos Martínez Moreno
(Colonia del Sacramento, Uruguay, 1917 - México, D.F., 1986)

Biografía (1971)
De vida o muerte
(Buenos Aires: Siglo XXI Argentina Editores, 1971, 152 págs)



      Querido Manfredo, te lo dice Elena, Elena la mujer tu viuda, llorándote sobre este montón de escenas que ahora, como tú, han muerto.
       Manfredo se asoma a da borda del yate. Su rostro aparece curtido por el sol, se adivina el reflejo del agua que se mece debajo, el yate está 'fondeado en una calma chicha de altamar o en una rada, Manfredo inclina su cuerpo para que el rostro recoja ese cabrillea de agua quieta y, en la realidad, para que sus antebrazos reposen en la baranda de madera lustrada (se ven las vetas en increíble detalle, es roble con guarniciones y remaches de bronce) y una de las manos, adelantándose en un aire también amortecido y hacia el centro de da atención del lector, alce un cigarrillo recién encendido. Un cigarrillo Gentilhombre, se lee la marca con sorprendente claridad, sube en el aire perezoso la perezosa estela de humo. Julio decía siempre: “Vos tenés ese tipo delicado pero viril, que da tanto en la publicidad” y acomodaba el ángulo del Gentilhombre en su mano. A veces Julio se imaginaba un palco de teatro en la mesa que hacía jugar como borde para la flexión del cuerpo, el cigarrillo siempre hacia adelante. Otras veces se imaginaba el balcón del palco de socios en Maroñas, con una esquina de hiedra amortiguando las formas vivas de la cabeza, ora la horda del yate: “Falta el reflejo del agua, un juego de luces que dé los relieves y el movimiento desde abajo, se hace con una candileja y un ventilador y unas tiritas de papel”. El rostro es atrayente —Elena do sabe— atrayente dentro de cierta carnal y sustancial vulgaridad, que sirve muy bien para que el común de la gente se sienta representada en ese tipo módicamente ideal del “buen mozo”, boca fina, bigotes recortados y patillas que comienzan a encanecer, cabellos todavía negros, labios entreabiertos, buenos dientes, cintura delgada, nada de desafiante inteligencia o de agresiva personalidad en la mirada. “Si a vos te queda bien un traje, todos los gordos se imaginan, con tu cara de bueno, que a ellos también va a quedarles precioso”, decía Julio. Pero, por el momento, sólo el rubro Gentilhombre y las ceremonias de displicencia, de concentración mental, de galantería amatoria que pueden improvisarse con unas manos sensibles y un cigarrillo largo, de doce :centímetros. “Las manos así”, decía Julio, “hacia afuera de la barda”. “Las manos fuera de borda, como los motores Johnson”.
       Vivir no fue tan fácil, sabe Elena. Manfredo no quiso estudiar, era el inagotable reproche materno mientras la madre vivió, ni siquiera logró ingresar a un banco. Sus progresos de empleado municipal fueron muy lentos: tal vez no era demasiado trabajador y seguramente no era nada adulón. No, no era nada adulón, y ese es el único romanticismo del recuerdo, tres esta vida conyugal que finó. Nos casamos casi unos niños y casi en seguida vinieron los nuestros. Acaso alguna vez hayas ;tenido ganas de salir en un yate, de tenderte en cubierta :al sol, fumando un cigarrillo o sosteniendo el vaso de un trago, y no pudiste hacerlo. No tenías yate ni amigos de yate- Y ella recuerda en cambio la cara gastada, el gesto agrio y semidormido por las mañanas, la cara sin afeitar y el pelo cayendo sobre la taza de café con leche en el horario de verano.
       Julio estaba entusiasmado, ofrecía quinientos pesos por pose, ¿cuánto sacaba él?, piensa ahora Elena. Quiní,entos pesos y no era demasiado trabajo, porque todo el estudio, todo el diagrama de las actitudes, la borda del barco o el palco de socios y o el rincón del restaurante corrían por cuenta de Julio. Y Julio lo venía a buscar en su autito y sonreía a Elena —Julio no tenía gracia contagiosa en la sonrisa como Manfredo, incluso tenía unos dientes desparejos y feos y sólo alma propia en la sonrisa, pero no fotogenia, pero no telegenia, pero no irradiación del encanto hacia la multitud consumidora— sonreía para apaciguarla porque sabía que Elena no estaba contenta a pesar de los quinientos, algún día serían mil de cada pose y desconfiaba y sentía celos por 'aquellas escenas en que entraban una rubia platinada o una morocha o una pelirroja de la televisión, y detestaba ese mundo de utilería del que Julio extraía sus maneras y sus camisas y sus corbatas y hasta se diría que su olor- Sonreía a Elena y le prometía copias personales y le decía cosas como “Qué más querés, estar casada con un caballero que fuma en los slides para que todo el mundo fume”... Y ella se acordó de la frase “Estar casada con un caballero” cuando la hermana de Manfredo se acercó a la cabeza yacente y dijo, barbotó a un pañuelo que se llevaba sus lágrimas su baba su llanto. “Era un gentleman”; sí, era un caballero, todos y no sólo Julio y no sólo la hermana de Manfredo podrían reconocerlo y decirlo, ante la cabeza rapada y en lamparones de Manfredo muerto, ante el térmí,no de tanto sufrimiento callado y de tanta morfina, ante la imagen de aquello tan escueto que quedaba en el hueco de la almohada después del cobalto. Sí, era un caballero pero si ella decía “Era un gentleman” era porque había alzado la vista desde aquella cabeza mondada y hundida por el tumor cerebral y la había fijado en la foto que Julio había cortado y ampliado, sólo él, sólo Manfredo sin la mujer de turno, tú en el hipódromo, los largavistas cerca de tus ajes, el estuche de cuero colgando al lado de tu cuerpo, sobre el listado a rayas de un pantalón de fantasía que nunca tuviste, ah, sí, eras un gentleman, frase que tu pobre cabeza semirrapada y dormida a muerto sobre tu almohadita predilecta no habría justificado pero que la foto teatral del “sportman” (pudo decir "era un sportman", le faltó la palabra debajo del pañuelo y los mocos) sí justificaba.
       Julio prometía otras series después del gran triunfo de la del cigarrillo, la serie de la cerveza con gran cuello de espuma, la serie del whisky en las rocas, la serie de los casimires, y había una curiosa escala que iba desde el Gentilhombre hasta Perrods, una escala que Manfredo no alcanzó a recorrer porque empezaron aquellos atroces dolores de cabeza y hubo que correr hacia las radiografías y los análisis y los neurocirujanos del Sindicato y todo se echó a perder. Julio es demasiado buen amigo, pero debe haberlo sentido como una frustración, como un negocio ararruinado,l rostro de Manfredo había pegado, gustaba, encajaba bien, fotografiaba espléndida. mente, elogios que Julio, en los buenos días y sobre cada quinientos pesos que pronto serían mil no regateaba, elogios que habrían tenido una vaga índole homosexual si Julio no los hubiera dicho con un jocundo tono vendedor, que quitaba toda blandura a las palabras más blandas.
       Manfredo sonríe en un jardín, recoge en su sosonrí,sa en su bigote bien cortado toda la prolijidad de un escenario en que el césped ha sido tusado con el mismo cuidarlo que el bigote, recorrido por peluqueros no menos escrupulosos, y hay un juego de mesitas y sillas de jardín, de hierro forjado, y encima de la mesita —hacia allí parece haber mirado Julio más que hacia el rostro de Manfredo— esplende una cajilla del Gentilhombre y Manfredo estira la mano hacia la cajilla y la mujer lánguida y rubia, .uunaaqueta en la mano izquierda (la tipificación de las muchachas de jardín) apoya su mano derecha en el hombro izquierdo de Manfredo, y se adivina que él va a extraer del atado dos cigarrillos, uno para la tenista y otro para él, y encenderá primero el de ella y ella le devolverá él cumplido con un mohín carnoso de sus labios fruncidos, sus hermosos labios donde espejea y hace illaguitosa luz del mediodía (¿una luz natural, una luz de escenario?, no, no, esta foto fue tomada verdaderamente al aire libre, en un jardín que consiguieron los muchachos, siempre hay una pandilla providencial de muchachos detrás de estos pequeños negocios publicitarios). Y Elena sabía que precisaban el sobresueldo de las fotos pero detestaba esas tardes de verano, esas mañanas de sábado, esas noches de entresemana en que Julio venía a buscarlo y no podía eludir equívocas menciones a los muchachos, una invocación tras la que Elena se ponía a pensar en jovenzuelos melenudos, en esos andróginos de voz engolada que “pasan” pantalones y camisas en la televisión y luego se van —¿quién se lo había dicho, acaso el cine?— al night, a buscar mujeres, a drogarse, a emborracharse hasta quedar dormidos sobre las mesas. Pero Manfredo nunca llegaba tarde, aunque volvía con un rostro cansado —el rostro que Julio exigía que hubiese sido rigurosamente afeitado y emparejados los bigotes a tijera (aquí intervenía personalmente Julio) dos horas antes— un rostro cansado y ajado y como envejecido, “terminás de posar y te mamarchitás de golpe, como si te sacaran fuera de Shangri-là”, decía Manfredo. “Te desarmás, no sé, es como una tensión insoportable aunque sólo te hayan obligado a estar sentado un minuto, teniendo un cigarrillo en un ademán elegante, que en seguida se te agarrota”.
       Y más rabia y más encono contra la vida que lbs forzaba a estos pequeños simulacros galantes para redondear unos tristes pesos, sintió ella el día en que Manfredo, sin darle importancia, sin ningún fafastidí,o,omo extrayendo una anécdota del montón (pero había esperado que estuviera Julio, que Julio le tomara la cara con la pinza del índice y el pulgar, para ir abocetando una actitud fefotografiableobre una hojita de cuaderno cuadriculado) dijo con desabrida neutralidad “Ya soy famoso, en el Municipio todos me llaman Gentilhombre”; y contó que una chchiquilí,naiquísima, una funcionaria seguramente. se le había arrimado en eaelscensor y con un mimo de gracia y casi de cariño había dicho, en la momontonera,e gente que viajaba en la caja, “Yo me pongo bajo el ala del Gentilhombre” o “A mí que me proteja el Gentilhombre”; no recordaba la frase exacta pero sí la cómica situación, en medio de la cual la muchacha buscaba un refugio para escapar de tipos que tal vez querían rozarla o fcegotearla y se guarecía no tanto en la hermosa cara sin sorpresa de los cigarrillos sino en las obligaciones de conduela que suponía la condición de Gentilhombre tan publicitada en los diarios, en las revistas, en la TV. “A mi que me ampare el Gentilhombre”, o cosa así.
       Y Elena sintió rabia e impotencia y fastidio, no por el cuerpo frágil de la muchacha que buscaba en la axila del Gentilhombre un hueco protector que ella, Elena, .en su gordura había perdido muchos años atrás, sino porque el Gentilhombre jamás la protegía en la vida real, y estaba ahora mirándola con ojos cansados, esos ojos que Julio no habría fotografiado, y se quejaba de los atrasos en los pagos y de las injusticias del Municipio y echaba groseras sopas de pan en el café con leche, como ningún gentilhombre de jardín o de yate o de castillo se habría animado a echar.
       El cirujano —estas imágenes no las tomaba Julio, estaban patentes en la memoria de Elena— la había hecho pasar a la salita, la había hechd sentar mientras él permanecía de pie; súbitamente su rostro se 'había enternecido (él también debería tener en las retinas las poses del Gentilhombre, pero ahora venía de andar por su cerebro, de tenerlo en sus manos) y con una campechanía que apenas sonaba a simpatía, a compadecimiento o a consuelo, pero era el mejor tono posible para aquella escena imposible, no diagramada en el cuaderno de Julio, había dicho: “Compañera, el caso es muy fiero”. Y luego le había contado lo poco que se había podido hacer y había agregado que habían extirpado algo pero que aquello era una enredadera que abrazaba la masa encefálica, y que no había nada más, salvo evitar el sufrimiento y tener coraje- Y el gentilhombre dormido en la salita de recuperación, cuarto piso, no podría ya amparada, y tampoco era imaginable amparado a él, “pobre muchacho”, dijo el cirujano, pobre muchacho por el que ese hombre proclamaba haber hecho todo lo humanamente factible.
       Que todos supieran que Manfredo, a los cincuenta y tres años, estuviese desahuciado y él no lo supiera o no lo preguntara o no quisiera imaginárselo: Elena sentía el horror de tal situación. Que en el cuarto de al lado se cuchicheara de su muerte y él estuviera echando una mirada sin interés a los diarios, donde seguían apareciendo los inmortales gentilhombres en los parques, los inmortales gentilhombres siempre jóvenes y sonrientes en la playas, los gentilhombres maduros en las boiles, los gentilhombres entusiastas en el Estadio, toda la larga y ritual representación de la vida, de los actos cotidianos, de las fruslerías placenteras o intensas o ensimismabas de la vida; y dejara caer el diario y lo sintiera resbalar de la colcha al suelo, empujado por un leve movimiento de las rodillas, tan luego en el momento en que alguien más, un visitante entre murmullos, un atolondrado com- pañero de oficina que ya no se atreviera a pensar Gentilhombre y dijese Manfredo, abandonara toda esperanza, se conformara con el veredicto; dejara caer la máscara de confianza en la vida e hiciera como si pensase en Manfredo al pensar conmiserativamente en sí mismo. si también él tenía alrededor de cincuenta y tres años. “Quién iba a decirlo, quién iba a decirlo tan joven” o “Quién iba a decirlo, tan bueno” o “tan amigo” o “tan fiel compañero”, la inminencia de la muerte abre las compuertas de la estupidez y la estupidez se vende allí romo gentilhombre, colmo angustia.
       Y ahora estás en el Estadio, rodeado de la multitud! que grita Peñarol o grita Nacional, rodearlo de la muchedumbre pero más nítidos que los demás tú y ella, tú de remera y lentes oscuros —unos lentes oscuros de patillas como espátulas, no los débiles anticuados lentes oscuros que llevaste les últimos días de los rayos Röntgení— ella también de remera y enormes lentes de bobo que le toman el ancho de la cara y salen fuera de la línea del pañuelo que oprime su cabeza, y los demás borrosos, como fijos en un gesto de ansiedad por la suerte del partido que transcurre más abajo, a la vista de todos ellos pero fuera de cuadro, ¿de cuadro Peñarol, de cuadro Nacional?, de cuadro de Julio, Julio seguramente de espaldas al campo de juego, tomando el primer plano de tu rostro, que casí, mastica la punta del cigarrillo, un Gentilhombre enhiesto por la emoción, un Gentilhombre como una raya blanca hacia arriba, hacia el centro del rostro crispado en la jugada, a la espera del comer o en el salto de Spencer. Si se mira más cuidadosamente, los dos, tú y ella, parecen sobreaplicados a la multitud, estampados sobre la multitud más que elegidos entre ella, ¿fue un truco fotográfico o los sacaron realmente en el Estadio?, te olvidaste de preguntarlo Elena, preferiste dirigir tus miradas: a los anteojos redondos y enormes, a aquella refulgencia óptica donde se ven brillos oblongos que no repiten nucas ni trozos de pastalar-e sol y sólo rebotan luz en alar. fiados destellos: desconoces los ojos de esa mujer, no la identificas. Y es inverosímil que aquel cigarrillo terciado en tu boca, como un termómetro en la infancia pero sin el refunfuño y dos pucheros de la boca infantil, Manfredo de ocho arios con escarlatina (elijo este nombre por el sonido, largo sonido liso como Gentilhombre, pero es una peste de todos los niños, y además sé que tú la tuviste), es inverosímil que en la curvatura cilíndrica de aquel cigarrillo se lea todavía Gentilhombre, Julio es verdaderamente un astro, un astro al aire libre o en el laboratorio de montaje, la diferencia no se computa.
       Julio tiene una cara angostita y una nariz enorme, un bigote casi a Io Chaplin o a lo Hitler en un rostro afilado, que fluye hacia adelante, corno la cara de un caballo o mejor de un potrillo vista en uno de esos anteojitos de visión en relieve y unos ojos muy negros debajo de unas cejas truculentas. Y Elena sabe ahora que siempre le ha tenido prevención, a pesar del pregonado cariño, porque lo que en él se ríe estruendosamente es la boca de dientes desparejos, la garganta que hace saltar una nuez gigantesca, como él péndulo mal soterrado de una nariz enorme; y ríe la boca y ríe la garganta v ríe la nuez pero no ríen los ojos, los ojos siguen siendo feroces debajo de las cejas, siguen fotografiando al interlocutor, siguen inconquistables. Por eso Julio no pudo pensar jamás en sí mismo y sí en Manfredo, tu cara tan buena, tu cara para consumidores, esa cara que debe haber estado fotografiando mentalmente desde los días de la escuela, si es que ser fotógrafo es una vocación como la de escribir o mandar, si es que esa vocación puede traerse desde la niñez al resto de la vida. Y Manfredo se queja de que haya que envararse en trajes con demasiado apresto o distenderse falsamente en remeras demasiado chicas, y acaso desde los días de la escuela Julio haya vivido dictando las condiciones y Manfredo cumpliéndolas. Sólo que ahora Julio lo sabe moribundo y levanta la guardia y deja de imponerse, pero al dejar de imponerse, con su risa sólo de boca, deja al mismo tiempo de existir, de estar al lado del enfermo, de tomar aquella cabeza semirrapada y moribunda con la pinza de dos dedos como tomaba antes la cabeza de la cabellera poblada y el rostro de los bigotes tusados al centímetro y hoy tan flojos y desiguales y colgantes en la flaccidez de un rostro que so excava a sí mismo para morir, o bajando con sus guías por las comisuras del rictus y de la enfermedad y de las últimas palabras. Julio te ha abandonado, Julio debe estar corriendo con su Rolliflex detrás de algún otro rostro sano recordado de prisa, de otro rostro que habrá de empezar a manar cigarrillos y sonrisas, la historia de la publicidad es dura, no se puede parar un minuto, hay compromisos de urgencia, siempre urgencia, Julio pregunta por teléfono y la voz de “Vos tenés ese tipo delicado pero viril, que da tanto”, dice ahora simplementenésué vas a hacerle, Elena, no tenés que reprocharte nada, nadie tiene que reprocharse nada”, como si lo principal —ante la muerte de un ser querido— fuera no sentir remordimientos. ¿Y él no los tiene?
       El moribundo sólo ha dejado radiografías de cráneo y el funcionario sólo ha dejado fotos de carnet de salud y de pase libre de Amdcredencialdula de identidad y de Credencial cívica; fotos no sacadas por Julio, fotos sin gracotosuras, inamistosas, ajenas, flotos con encortinado detrás o fotos con tablilla numerada en la crisma. Fotos plastificadas, fotos ahogadas en torpes excesos do luz, por diafragmas demasiado abiertos, fovulgaridad- de inexpresión y de vulgaridad. Sólo quedan, para el recuerdo íntimo, las que Julio compuso, las que abocetó en sus cuadernitos, las que diagramó como escenas de teatro, las que trabajó con amor y sin fatiga, eterno perfeccionista. ¡Oh, tu naturalidad de gentleman, querido Manfredo!, piensa sin sarcasmo Elena.
       Y hay por lo menos un rostro misterioso, Manfredo, el que tienes ahora en ese ángulo de restaurante, semienvuelto en la banda de humo del cigarrillo; es un rostro preocupado, no el plácido rostro de sobremesa de un burgués cualquiera, del burgués apócrifo de rótisserie que te mandan ser; no, nada de eso, es un rostro misterioso, que esta vez, por fin, piensa casi dolorosamente en algo. No se confía a los largavistas, a los brillos del agua, a los lentes de patillas como espátulas. No. El humo envuelve tus rasgos, desdibuja el mentón, fluye hacia la base de tu nariz y trepa hasta la mitad del caballete. Pero los ojos están intactos, mientras la mano acerca un encendedor (¿Dunhill, Ronson?, un trofeo quedó después entre tus manos, como sobrepaga de la mejor foto, un Ronson a gas, de llama regulable, que alzabas orgullosamente a arder con la uña del meñique) y va hacia el cigarrillo, hacia la trompita avanzada de la adolescente que quiere fumar contigo. ¿Por qué has empezado a fumar tú primero, querido Manfredo?, ¡eso no es muy de gentilhombre! Tu mano aproxima el encendedor pero aún no ha saltado la llama y tu gesto está en otro lado, tu rostro más allá de la chica y de su insuficiente compañía para el hombre maduro y cansado que en ese instante seguramente has sido, tu rostro no se deja aprisionar por las volutas del humo ni por un paisaje de conversación muerta y de tazas de café vacías y de servilletas estrujadas y manchadas y puestas a un lado. Aquella vez acaso comieron de verdad y ella te contó su tímida historia precoz de la semiprostitución de los canales, quizá sea la chica que pasa las novedades de Sudamtex o de Ildu. No se sabe si no ha sido una historia inventada previamente por Julio para hacértela contar por ella en medio del almuerzo, entre sus flashes, y hacerte bajar a la cara ese cansancio compasivo de hombre maduro, eso que él quería. Y entonces has estado frente a esa chica (y esa chica, ¿no estuvo por un momento y trajo unas flores para poner al lado de tu cabeza en la almohada? ¿o fue una amiga de Elenita del liceo y todas las chiquilinas me parecen iguales?) has estado frente a esa chica como otras veces frente a mí, sólo que la taza de té es de porcelana Rosenthal y frágil y pequeña y llena de transparencia y no la gorda taza opaca de melamina en el café con leche de las siete para el horario de la mañana, has estado verdaderamente frente a ella como un hombre con todos sus gastados y transidos pensamientos de hombre y eso ha sido lo que Julio ha querido; hay un cenicero de Murano al que ninguno de los dos mira, pero en casa dejabas caer la ceniza del cigarrillo en el platillo de la taza y hay cicatrices de quemaduras en la melamina y ya no te lo reprocho como cuando lo hacías y te quejabas y te distraías de mis quejas domésticas y vivías; y tu cigarrillo de casa no era un Gentilhombre rubio sino un cigarrillo negro, preferiblemente Republicana y también cigarrillos armados por ti hacia fines de mes de los tiempos pobres. La chica frunce el hociquito pero acaba de contarte algo, ¿qué acaba de contarte?, y tú nada, tú te compadeces, porque tú no has tenido jamás necesidad de contar nada a nadie, tú has sido tan sencillo y tan fácil y tu muerte fue tu única cosa complicada y dificil y tu gesto de esa foto del restaurante dice que Manfredo vivía para escuchar a los demás, para atender a los demás y ése solo, ése solo entre las muchas fotos ha sido, amor mío, el gesto que me cuenta, que contará a tus hijos, que dirá a todos tu verdadera biografía.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar