Carlos Martínez Moreno
(Santiago, Chile, 1924 - Santiago, Chile, 1996)

Con las primeras luces (1964)
(Barcelona: Editorial Seix Barrial, 1966, 196 págs)


Il faisait cette horrible lumière qui
précède de peu le lever du soleil.

                  SAMUEL BECKETT

Yo nací (perdonadme)
en la edad de la pérgola y el tenis.

                  GIL DE BIEDMA


      ...Ahora sí que me jodí del todo. La lanza de la verja, la ingle, la punta de fierro. Yo antes podía. Las copas, la edad, también la noche. Yo antes podía. A los diez, a los quince, a los veinte. Si a los veinte ya no lo hacía es por el absurdo, por eI absurdo de que un hombre entre al jardín de la casa en que ha vivido como un ladrón, saltando la verja, salga de la quinta en que nació como un ladrón, pasando por encima de las lanzas en fila. No por miedo a ensartarme, porque las pasaba con sobra. Duele, tal vez no sea gran cosa pero duele. Yo antes podía, claro que sí. También podía contra el dolor y contra las copas, todo con otra fe, con otra fuerza. La estupidez fue olvidarse de los cuarenta y cinco años y de la noche y de las copas. De los cuarenta y cinco años, de las copas y de la noche, en este orden. O no, la verdadera estupidez fue entregarse antes, en el banco, fondearse allí, quedarse dormido. Y también Roberto. Bob que seguramente ahora duerme, puesto que no ha sentido las trompadas en la puerta. Si pudiera patear con ganas en este cuadro de roble de abajo, tal vez hacerlo saltar, si está tan podrido como se siente a las manos de despintado y descascarado. Pero no, la ingle no me deja, no puedo. El lanzazo en la ingle, como en las viejas patriadas. Ah sí, podés sufrirlo, podés desangrarte y morir aunque no sea el lanzazo heroico de las tacuaras del 97 o del 4. Podés morir aunque no sea más que el lanzazo de un mamado que se queda preso en un jardín por haberse echado a dormir la mona en un banco, y quiere salir cuando ya todos se han ido y encuentra el portón con candado y quiere saltar y se ensarta. No es una historia para contarla en verso, no, no te gastes. Ahora duele más, a veces como agujitas, como relámpagos y de nuevo como un trueno sordo, duele como un dolor de tripas, qué joder, ese mismo dolor ya enterrado de la vieja operación de apendicitis purulenta, puntas de gangrena (podía mirar el frasquito y el tortuoso gusano blanco que había sido una víscera), un dolor sin pira (la vieja palabra infantil), como un dolor de hacerse encima sin hacerse, un dolor que desalienta, que sube de las tripas como un gran desaliento invasor, eso es, como pidiendo dejarlo todo, como pidiendo que le dejen todo. La ingle izquierda. Podría patear la puerta con la pierna derecha aunque sea zurdo, zurdo cerrado decían en las canchitas. Pero no. Seguramente sentiría como otro lancetazo, ahora sí insoportable, este desgarrón, este mordisco y algo como un resto cosido de tela ardida se soltaría del todo y adiós mi plata. Sangra. Sangra si paso los dedos, gotea enfundada entre la ropa, gotea debajo del pantalón, retenida entre eI calzoncillo y la redondez final y blanda hacia los pelos del vientre. Sangra igual si no le paso los dedos, sangra también todo el tiempo, no depende de mí ni de mis dedos, no hay modo de enjugarlo y va a sangrar toda la noche. Debería levantarme ahora, si pudiera, debería levantarme e ir a golpearle las ventanas del cuarto. Bob también duerme, duerme otra borrachera como la mía, como la que yo dormí antes en el banco, mientras él seguramente aún tocaba el piano, rígido y como prendido en lo alto, duro como un poseso, pálido, borracho, sin darse cuenta de que a su alrededor y detrás de él los otros degenerados se reían o roncaban o se aliviaban el vientre. Después seguramente dejó de tocar, se levantó, creyó que me había ido y despidió imperiosamente a los demás, fue hasta la verja y pasó la cadena y cerró el candado, el candado con esa cadena tan cortita que no dejaba espacio para separar las hojas del portón y deslizarse perfilando el cuerpo. Y entonces, cretino de mí, quise saltar, porque sé dónde está la línea de florones que corre a media altura a lo largo de toda la verja, la línea de rosetones en que podía hacerse estribo; y ahora también los florones están herrumbrados y un pie los achata y ceden y entonces el salto, voleando todo el cuerpo, tenía que ser eso que fue, una locura, un error de medida por años y por centímetros, un cálculo mal hecho y era fatal, fatal es la palabra, fatal es claro, tenía que ensartarme. Debería ponerme de pie ahora si pudiera, pero no sé, tal vez no puedo, tal vez esta joda inútil de ir gateando por el pórtico de columnas y golpear sólo la puerta de entrada o las ventanas angostitas del recibidor me ha estado desgastando y la sangre pesa ya mucho más, como si me apretara y me empujara hacia adentro, entre el borde final de la barriga y el calzoncillo, y me clavara al piso cuando seguramente lo que está haciendo es dejarme, dejándose chorrear hacia abajo, como la gota de resfrío balanceándose en la punta de la nariz en mi cara de chico, así gotea... o son las ganas de orinar, ¿también eso?... así gotea, así llora, así filtra y me desinfla, filtra y desinfla y desagota lo de adentro mientras va secándose en la ropa, agarrotándose y empuja; podría mear acostado, ya lo sé, abrir y mear acostado, pero saldría sangre al mismo tiempo, una viborita de sangre sobre las baldosas de damero, un garabato, una firmita en el pórtico de columnas, una rúbrica garrapateada en el atrio de la infancia y listo, y si uno muere, perdón, y si uno muere un poco más de sangre. Es el dolor de las tripas, como un dolor de barriga después de los atracones, un ronroneo doloroso de las tripas a causa de los primeros higos verdes; puedo ubicar la higuera en medio de la noche, como todo, como sé de qué modo remata en su capitel esta columna en que me agarro en busca de avanzar, de arrastrarme un poco y ver si ya ha cedido el sueño espeso de Bob, pero la higuera y la cima de esta columna y de las otras que siguen a la derecha y a la izquierda, son tres en total, ésta es la del medio, están adentro de la noche, penetradas de la noche y de la humedad y del sueño de la noche como lo estaba la lanza de la verja —son más de tres, deben ser quince o veinte lanzas las que quedan, y antes seguían y daban toda la vuelta— la verja, la antigua verja en otra antigua noche, el dolor de las tripas y el gotear pausado de sangre, de sangre o de jugo de tripas, jugo de tripas como decía Tío Jaime para negarse a comer las achuras sin dejar de ser tan hombre como el que más; yo tampoco, yo tampoco quiero ser menos hombre que nadie por más que tenga miedo, miedo de levantarme, miedo al tirón, un miedo viejo de convalesciente de apendicitis purulenta con puntas de gangrena, la memoria de un miedo en el vientre, miedo de desatar con más fuerza este goteo hasta convertirlo en un chorro, hasta hacerlo volverse hemorragia (aunque tal vez la hemorragia interna ya está trabajando, la procesión va por dentro como dicen); porque gota a gota, quieto en el piso tal vez aguante hasta que Bob se despierte, y en cambio si me levanto y saltan afuera las tripas ya no, ya no podré esperar, no podré caminar, un niño andando leguas con las tripas afuera, sujetándose las tripas con un brazo y cargando a la hermanita con el otro es Dionisio, Dionisio-el-héroe-del-Arroyo-de-Oro, pero no puedo ser yo, yo que no soy héroe, yo que no soy niño, yo con mis cuarenta y cinco años, yo con mi peludo a cuestas, yo con la barriga saliéndose por la rotura del pantalón, yo con un ojal en la ingle, convergiendo hacia la bragueta, yo lleno de alcohol y manando un hilito de sangre que me abandona y me desmonta en la noche, mientras golpeo y le grito, creo que le grito porque me oigo gritando pero uno se oye antes que nada por dentro y si algo anda mal dentro de uno —dolor de cabeza, tripas de afuera, lo que sea— se oye seguramente con más fuerza, con un eco exaltado y desesperado, con un horrible eco desesperado y entonces uno cree que ha gritado y tal vez sólo está gimiendo, sólo está murmurando, la boca contra el suelo. Creo que le grito pero Bob no oye nada —lo llamo Bob como en la infancia, hace años que no, ahora se llama Roberto o, envejecido, solterón y débil para los ojos de los crápulas, Robertito— Bob está ahí pero no oye nada, sé cómo termina esta columna pero no puedo erguirme hasta verla, ni siquiera lo bastante para acariciarla con las manos, erguirme y encender un fósforo para verla, como sé dónde está la higuera que conozco desde siempre pero no puedo marchar hasta ella y tocarla, todas las cosas que duran en la noche y se soportan y soportan el tiempo y la noche están cada vez más lejos de mí, se corren a un costado, están como yéndose, lo cerca y lo posible es sólo este goteo de la sangre y acaso mojar el dedo en ella, embadurnarme el dedo y acercarlo a la cara para saber si todo pasará o si uno va muriéndose y está ya oliendo a muerte, más y más a medida que el desaliento crece, a medida que sube de las vísceras, que gana todo eI vientre, Casi no es un dolor, es más bien un ardor, un ardor seco y caliente por debajo de la maceración de la carne, un aliento seco y caliente en un pedazo de cuerpo que se impregna y se empapa y se vence, un ardor seco y afiebrado en un pedazo de cuerpo que uno siente como desprendido y ajeno pero también como enemigo, que uno siente como un trozo de entretela que cada vez se embebe más, alimentado desde adentro para morir, que cada vez se sumerge más en un fondo que lo hace más pesado. ¡Roberto, Roberto!, la salvación sería que me oyera y viniese hasta mí y me alzara y me mirase a la cara y me tendiera en su cama y llamara a alguien, a un médico, a más gente. Pero no me oye, no escucha el grito ni los puños golpeando en el viejo cuadro de roble del panel de abajo de la puerta que da al pórtico de columnas, no oye porque está solo y hundido también, pero hundido en su cama, hundido en su sueño de borracho, chupado hasta la hez por ese sueño como yo por este hisopo vivo que se hincha con mi sangre, o tal vez no está solo, pero no, estaba borracho, estaba muy borracho para no estar ahora solo, recuerdo que lo vi y lo pensé cuando yo no estaba lastimado todavía y a pesar de la tranca podía tener fe en lo que estaba viendo, tenerla entonces y aún tenerla ahora, tener fe en que era así como lo vi, sólo fe en eso. Sí, únicamente estando muy borracho pudo haberse olvidado de mí, de mí su primo-hermano-como-hermano, olvidado de no haberme visto ir, olvidado de que me fui a vomitar y no volví, olvidado de que salí al jardín cuando ninguno de los otros se había ido, olvidado de todo, transformado en un piano mecánico que toca, «sobre recuerdos de infancia y un poco de buen gusto», como le gusta decir, titubeando cada vez que lo dice, como si improvisara la frase y el pensamiento, transformado en un piano mecánico que toca, para oídos que no lo merecen, nocturnos de Chopin, Funerales de Liszt o hasta un tango, anoche sí hasta un tango. No, ahora ya no puedo erguirme ni tomarme de la columna, si lo hago va a crujir y rompérseme algo a la altura de la ingle, encima de estos pelos duros de sangre de la ingle, encima de esta trompa tinta en sangre en que se alargan y estremecen unas ganas oscuras de orinar, unas ganas suicidas como de orinar para romper la costra, para cuartear esa película de sangre sobre la piel y dejar correr la vida en el chorro, si uno se tienta y afloja y se orina, bastaría con aflojar y dejarse ir; y además, aquello ocurriría como en un sótano entre las ropas, porque no puedo alzarme, porque no puedo ponerme de costado, porque no puedo acomodar el cuerpo al hecho mismo de desabrocharme, de desprenderme y quedar libre, si este ardor y estas tentaciones de aflojar cerrando los ojos trepan desde un fondo ciego del cuerpo, desde unas ganas ancestrales de morir hoy, de morir siempre. Y creo, sí, creo que podría morirme hoy mismo si esto sigue y creo que voy a morirme hoy mismo si esto sigue, morirme a los cuarenta y cinco años arañando la puerta principal en la casa de mis abuelos y mis bisabuelos, morirme a los cuarenta y cinco años si esto sigue, ahora que Bob nos proclama día a día Familia de Longevos, para poner lejos de nosotros y sobre todo para rechazar de él, para aventar de si toda idea de la vejez y de la muerte. Pero si la vejez ya no estuviera de algún modo en mí habría podido dominar mejor el cuerpo y no ensartarme, medir la distancia y no meterme una lanza de verja en la ingle izquierda, habría estado libre del riesgo de morir tan sólo porque tenga estos años y haya tenido esta borrachera, esta borrachera que también se me fue de golpe por la boca de la herida, que también se desagotó en mí como si se rebajara en un vaso con una fisura, como si se escurriera de mí invisiblemente y sin aliento, sin alzarse ni evaporarse del modo en que sube y se evapora en la calma nocturna del jardín si yo tomado de un árbol la orino y la expulso, como flota en la calma de la noche y se evapora desde un revuelto fondo ácido si echado en un banco y colgando la cabeza la vomito, como se volatiliza y emigra si solamente la eructo y la soplo. ¿Es posible que esto, que esta grieta en las tripas, que este desánimo que sube desde las tripas y va envolviéndome como una enredadera, cada vez más alto y más adentro, tirando hacia abajo, queriendo rodear el pecho desde el sitio de sus vísceras sea la muerte? ¿Es pa sible que vaya a morirme porque Bob esté borracho y no me oiga, esté dormido y no me oiga, porque Bob haya echado el candado mientras yo dormía la mona en el banco, haya echado el candado y haya vuelto y pasado por este mismo pórtico, hace tal vez algo más de una hora —he perdido la noción del tiempo, hace tal vez menos de una hora— haya pasado por aquí, pisado las baldosas negras y también las blancas, cerrado, apagado la lámpara que entrevera la fila de columnas en el techo cuando hay viento? ¿Es posible que tenga que morirme porque él haya cerrado, apagado e ido a dormir sin saber que disponía de ese modo que yo imbécil quisiera saltar con todo apuro, como si el aire entero de la quinta me asfixiara, que yo imbécil haya querido saltar, loco por salir desde que golpeé (entonces pude patear la puerta y no lo hice) desde que golpeé y él no oyó, que yo imbécil haya querido saltar y me haya hincado la verja en la ingle, que yo imbécil no haya podido gritar ni golpear hasta despertarlo, que yo imbécil haya gateado, que yo imbécil me haya encogido, resignándome a morir como una bestia, solo y agujereado en la noche? Pude evitarlo todavía, cuando volví a tientas y a tropezones, agarrándome y ya lastimado, pude evitarlo tomando esa botella de leche que Bob puso —tras haber vuelto de la reja y un segundo antes de apagar la luz del gran farol de cristales— en el escalón del umbral, como en una tarima que domina el pórtico; pude llegar hasta la botella y agarrarla y revolearla y partirla tirándola con todas las fuerzas de la mano derecha contra la puerta, lanzándola y protegiéndome en seguida los ojos contra la lluvia de vidrio pulverizado; y taI vez hubiera hecho un estampido seco y él habría oído, aunque es posible que lo hubiese confundido con un tiro, con un balazo en la noche, ahora que la quinta, ahora que el casco mutilado de la vieja quinta ha venido a quedar en medio de un barrio de merodeadores, de desharrapados y malevos. Y tampoco habría salido, para ligarse una bala perdida, sin comerla ni beberla. Lo conozco muy bien, no habría salido. Ahora, de todos modos, ¿a qué pensarlo? La botella también parece más lejos, como el capitel de la columna, más lejos y apenas es posible ubicarla por un resto de brillo en un resto de luz de la noche. ¿Qué hora será, dónde estarán los otros? Y él mismo, él mismo ¿no saldrá, no saltará de su sueño acordándose súbitamente de mí y estaré salvado, no soñará este sueño en que yo estoy, este sueño que trato de incrustarle pensando en él a todo lo que doy, mientras goteo y me desangro? Y ya acogotado por este sueño, ¿no saltará de la cama y no vendrá hasta la puerta y no prenderá desde adentro la luz del pórtico y me verá caído? Lo otro es nada, las horas de la noche y su viaje, confiar en que el lechero madrugue y llegue hasta la botella y aquí, tendido como otra botella, como otra botella ya sin nada me encuentre. No sé si tendré voz para decirle «Levánteme, ¿no ve que estoy herido?», no sé si podré hacerlo o tal vez no me dé tiempo y retroceda y prefiera suprimir el servicio, saltearse la botella y esquivar el lío si me ve desde lejos tirado aquí, arrollado y quieto como un perro muerto sobre las baldosas. No verá sangre desde tan lejos, eso no, estoy seguro, porque el pantalón todavía no ha empezado a anegarse y el paño chupará un rato largo, no verá sangre pero tal vez tampoco se arrime. O sí, quizá se arrime y me toque con la punta de un pie, ese pie que precisaría pedirle ahora, para patear la puerta; y quizá dé en seguida un paso atrás y salga disparando a avisar y Bob lo sepa cuando la policía le eche la puerta abajo a culatazos (no hay timbre), y lo saque de la borrachera y lo sacuda y le pregunte y acabe de despertarlo y después los diarios digan, como dicen siempre, «Sorprendidos ante el macabro hallazgo», o prefieran empezar por el momento en que llega el lechero a cambiar la botella vacía por otra llena y escriban, para abrir la narración con mayor arte, «Al romper el alba del día de hoy» o mejor todavía, es más poético, «Con las primeras luces del día de hoy» o más cortito (todos lo entienden, es una frase hecha), «Con las primeras luces»...



       El general Escudero mira desde lo alto. Se puede imaginar que mirara así desde su cabalgadura, aunque ahora su cabeza emerja desde un fondo de redondeles apagados, de vagas flores humosas, de ambiguos élitros que representan el trabajo de la edad sobre el óleo y sugieren en mayor medida un empapelado de interiores que un terroso paisaje de batalla.
       Viste su uniforme de gala, ha peinado cuidadosamente la barba de color castaño claro, que cae hacia el centro de la tela, ocultando el broche metálico de la guerrera, el recamado cuello por donde, como una nervadura, corren —interrumpidos por la pelambre, visibles cuando ella se detiene— los laureles de oro.
       Viste su uniforme de gala, el mismo que —con el cribado de la polilla— pende desde una percha (que ha tomado en cuenta, con minucia de reconstrucción histórica, la talla del General, su abroquelado pecho, su armado costillar castrense) en el Salón de Honor del Museo Histórico. A un costado de esa percha, y en un caballete, los copistas del museo han emplazados la réplica de este original en que ahora mira desde la sala principal de la quinta, de este óleo de Gallina o de Manes, cuarteado en las esquinas y surcado, trémulamente surcado por unas venitas oscuras sobre el arrebol rosa de los pómulos.
       El tiempo no ha tocado en cambio para nada los ojos, no se ha atrevido con el azul de los ojos. Por eso, puede decirse que el General Escudero mira desde lo alto. Cabe imaginar que mirara así desde su cabalgadura. La mirada del óleo es lo real y presente; la posibilidad del recuerdo ecuestre, una simple conjetura.
       Está peinado con evidente pulcritud, pero la trama menuda, a pincel de cerdas finísimas, de esa banda de cabello claro que se vuelca hacia la sien derecha, está en cambio deteriorándose Y como afantasmándose, amalgamándose en una desapacible mancha confusa, dejándose ganar por una impudicia anacrónica de pelo recién mojado y aplastado, apelmazándose. La banda principal de pelo viene desde esa raya tirada a peine que cunde hacia arriba y aclara el hemisferio izquierdo del cráneo; cae como un ala hacia la oreja derecha, traza una onda sobre la frente espaciosa, insinúa en lo alto de la osatura frontal un dibujo noble y clásico, una quebradura tranquila. Desde la raya hacia la oreja izquierda, en cambio (el rostro ha sido ligeramente perfilado por el pintor, para que ese costado prevalezca, pero sin que el óvalo que lo encierra se deprima, sin que la mirada deje de ser franca para tornarse oblicua), el pelo cae profusamente aunque en orden, forma una patilla de nacimiento espeso que va adelgazándose hacia un remate bajo y más fino, a la altura del lóbulo de la oreja. Es todavía densa aI pasar junto al pabellón del oído, lanza al cruzar allí un destello, un relumbre inesperado, una veta de claridad y luego repentinamente se oscurece, adelgaza y claudica, definiendo por su límite el cachete jocundo en que viborean las venitas del tiempo, esa delicada muerte varicosa de los óleos de familia.
       Los ojos están vivos y son azules, de un azul infantil, acuoso, que a ratos parece desleírse hasta el celeste de la guerrera, ganados por un reflejo de ella; o no, mejor y más cierto: como si algo los impregnara súbitamente, una evocación, una banda de niebla o de lágrimas, un enternecimiento. La mirada es la zona indemne de ese rostro, lo que una muerte real no puede haber cerrado.
       La nariz acentúa la actitud de ligero escorzo: sólo la narina izquierda está a la vista. Las comisuras de la boca caen como si las oprimiera el bigote que nace de otro golpe de claridad, encima mismo del centro de los labios. Y de esas puntas discretamente escépticas (la única zona del rostro que descree o que duda) caen los dos afluentes leonados que hacen la espe suca de la barba, los que luego ennegrecen, por una demasía de pasta en el retrato. Un rastrojo inocente, claro y juvenil de pelo parte desde el estrechamiento inferior de los pomulos y afluye a ese centro viril, hirsuto a pesar de la prolijidad del arreglo, en el que ocurre un milagro engañoso, como si todos los rasgos de la cara se apoyasen allí, se entregaran a pesar juntos, gravitaran, se aplomasen en una carnalidad pacífica, en los cuarenta y tantos años de edad que tiene el modelo, en el tiempo que —fuera del cuadro y dentro de él— ha transcurrido desde entonces.
       Cuando la barba se estrecha, el circuito de laureles, como un collar, como un dogal de oro, empieza a existir; y por un efecto curioso de perspectiva, por un error ingenuo de proyección, fruto tal vez del refrescado de ese filete de luz agria, el recamado trepa hacia la nuca, como si subiera desde la nuez a una vértebra más alta, como si quisiera agarrotarlo, supliciarlo de momificación o inmortalidad, de hierático sentido del deber, de austeridad patricia. Podría colgarse a todo el torso desde allí, desde esas ballenas invisibles, desde ese ahorcamiento de seda, si tal torso ya no estuviera envarado en la triple vertical que le hacen la fila de truculentos botones de oro, bajando desde el tórax hacia el vientre, y la armazón irrefutable de las dos charreteras, amonestando primero los ornamentos del cuello, en un tenso discurso horizontal sobre los hombros, descendiendo luego en la acolchada lluvia de alamares y cordones tiesos, que ocupa desde las clavículas hasta el tercio superior de los brazos. Imposible caerse, derivar, oscilar, siquiera moverse desde esa tupida corsetería de la Gloria, desde ese envarillado escenográfico de Patria Vieja, desde esa ortopedia anatómica estilo Imperio.
       El bicornio, retenido por la flexión del brazo izquierdo, asoma su proa desde la sombreada región en que el paño se hace insondable, en el hueco librado aI juego del codo contra el flanco del cuerpo.
       La mano izquierda alumbra más abajo, prorrumpe a descansar sobre el pomo de la espada, señoreando la confluencia del bruñido y las borlas, la desdeñosa pesantez del largo cordón y del nudo de resaltantes hilos (otra vez demasiada pintura, otra vez polvo o roña, deterioro y venganza del tiempo sobre el énfasis del pincel), la vaina de acero que se reclina sobre el color arena del pantalón de gran parada.
       La hebilla que preside el abdomen no marca aún las desventajas de la edad (el General puede montar de un salto, enhorquetarse a un corcel brioso y espolearlo a escape, sin el impedimento precoz de una barriga). Pero importa menos que esa mano lechosa que rinde sus dedos en el pomo de la espada, menos que esa otra mano —marfilina contra la sombra del cortinado— que se distiende flojamente sobre un libro inaveriguable, un libro de cantos carmesíes que flota incendiando un lampo de terciopelo pardo, acaso el extremo de una mesa, acaso un sécretaire, flagrante mueble de ciudad y molicie.
       El General Escudero, militarmente cuadrado en sus cuarenta y tantos años reales, expuesto a la lepra insidiosa de sus casi cien años pictóricos, mira desde Io alto. Ese libro que nace de su mano derecha puede haber sido inventado por el pintor, pero no es un invento gratuito en su vida de oficial del siglo xix. Ese libro y otros libros han estado olvidados sobre una consola o sobre un sofá, interrumpidos por un marcador en cuero repujado o por un cortapapel de Eibar, ligeramente magullados por otras marcas de doblez en triángulo en las esquinas de sus páginas, dormidos en los profundos aposentos coloniales de las Violetas o abiertos a una perplejidad de vasto campo alrededor, a una ceguera de épocas bravías; han estado verticales y en fila en los anaqueles de la quinta montevideana, aquí donde Roberto ahora los mira, aquí donde alguna noche los toma y los baja, los acaricia, estornuda en su polvo, apenas Ios hojea. Porque el general, y antes que el general el coronel y antes que el coronel el comandante se han abastecido de ellos, al punto de escribir desde su tienda de campaña, desde el corazón de la Guerra Grande, para ocupar ese vacío bárbaro, frases que muestran a sus hombres «Dispuestos a morir, como Leonidas en las Termópilas»; al punto de decirlo en esas cartas apergaminadas, con ramales de tinta como dibujos que los años pasan de negro a herrumbre, de negro a bermejo, de negro a orín, decirlo en partes de novedades redactados para el gobierno del Cerrito y para Manuel Oribe, para la quieta flotación de esos legajos que el Museo mineraliza en cajas y mata con tarjetas, con números de orden y letras de índice. También hay alguna carta sentimental que Roberto siente hacérsele harina, alas de mariposa entre las manos, cuando la saca por un momento a la mortal bocanada de luz de los balcones, al crudo sobresalto secular y la sepulta otra vez entre las hojas lapidarias, entre las cubiertas de pergamino de aquel Diario nunca enteramente descifrado, o entre las llaves y bocallaves de plata del álbum familiar, con los esquineros y lomos atornasolados de un marfil que parece trasmutarse a fondos de escamas y luces equívocas, luces de un tiempo muerto, en lo alto del dressoir, contra el rincón más pío y en penumbra de la sala.
       Allí están Ios antiguos daguerrotipos del general y de la bisabuela Felipa, de la tía abuela que (como la tía carnal más cercana a estos días) se llamaba Rosina, de la otra tía —asimismo virgen, asimismo reclusa en esos claustros domésticos, la casa del centro, la quinta de las afueras, la estancia de las Violetas— la tía que en su retiro sigiloso se llamaba Canuta y que en su transfigurada personalidad de poetisa (virginidad también preservada por el cerco del honor de la familia) pretendía llamarse, soñaba con llamarse Amalia.



       Todo lo ha visto en un segundo, todo lo ha sentido Roberto al preguntarse «¿Qué pensaría el bisabuelo de esto?» Está de pie en medio de la sala, justamente en el punto central del dibujo de la alfombra, y la luz de la mañana, filtrada a través de los cortinados, exagera la sucia palidez de su cara, la blancura amarillosa de sus manos cruzadas sobre el pecho de la remera azul.
       —Traten de levantarlo, si no las rueditas lastiman el piso.
       —Ah sí, te parece muy fácil. Vení a ayudar vos, si sos tan forzudo.
       Se ríen: ¡él forzudo! Él con aquel pelo que ha comenzado a teñir en las sienes, él con su flacura acartonada de vieille filie, él con esa agilidad desproporcionada al precario sostén de sus piernas, con la presteza de un bailarín en la barra. Forzudos, precisamente, son ellos: Saquieres, Elermes, Montero, el gordo Narváez. Lo que les falta, en cambio, es levedad, habilidad, discreción.
       —...que las meditas lastiman el piso. ¿Para qué son, entonces? —dice Saquieres—. ¿Para bailar un minué?
       El piano vertical es negro, con el dibujo en dorado de un león rampante en el panel que cubre el cuerpo de las teclas. Tiene, como dos órbitas vacías, el soporte de dos velas, los implorantes candelabros que por tanto tiempo han montado guardia a los flancos de la partitura. Ya nadie los usa; ya nadie —desde los días de Mariucha y el Pianista Virtuoso—abre tampoco un libreto de música en el atril, junto a las fauces del león, «Toca Debussy eón los ojos cerrados, como Cortot», suelen decir de Roberto. Cuando saben que es Debussy, los que saben que es Debussy. Pueden saberlo Saquieres o el gordo Narváez. No El Hermes (Hermes, Elermes), ni Montero (Monterito, El Sombra).
       —Todo por tu manía de que la reunión no sea aquí.
       —Ah, eso no. Es mi condición, mi única condición, ya saben. La galería de losanges, al fondo, cerrando el sitio del antiguo porche trasero hacia las espesuras arbóreas de la quinta, sólo existe desde que el Dr. Escudero la mandó hacer, ganando un ambiente pero empeorando —fue el primer remiendo— el equilibrio, la gracia, el estilo de la casa.
       Fue, en realidad, una mejora para marcar la ruina. Porque acababan de rematar la casa de la calle Veinticinco y la quinta dejó de ser una mansión de veraneo, para pasar a vivienda de todo el año. El porche trasero, con su hilera de balaústres, daba al norte. El doctor hizo talar las araucarias más cercanas, las sustituyó con lo que llamaba el parque inglés: césped y cedros de jardín, en dispar convivencia con los canteros de orillas de cantos rodados, con dibujos de estrellas o guardas, que hay al frente. «Ahora hay sol, un sitio para leer los diarios o para tomar el té de las cinco en invierno». El parque inglés no duró demasiado: cuando sobrevino lo que Saquieres llama la deca, trozos enteros de césped empezaron a amustiarse, a quemarse con las heladas; y no hubo una mano de jardinero que preparase su resurrección. Murió también un cedro calvo, murió un cedro plateado, nadie los repuso. El doctor se seguía extasiando con el otro cedro calvo, con su color herrumbre en los otoños, con su rojez de árbol europeo. Eso y los gallos de riña, que no eran tan europeos. Los gallos de riña y el té de las cinco, dos ritos desparejos. «En casa de los Escudero, el fabricote es toda una ceremonia», contaba el gordo Narváez que había escuchado decir en su infancia. Años después entendió la frase, la festeja al contarla ahora: el fabricote era el five o'clock tea.
       Sí, el doctor Escudero había leído los diarios en aquella galería, había jugado a las cartas con Misia Margarita, la abuela. Pero era la historia que Roberto había visto en su niñez y no era tan intangible, tan sacra como el aura de la sala, poblada de las memorias del general. Podían, pues, sacar el piano vertical a la galería. (El gordo Narváez le llama, no se sabe por qué, «la glorieta»; la glorieta había estado más lejos, entre un círculo de casuarinas, y hoy no es más que un depósito de trastos viejos, de bidones, de carretillas, de armaritos despanzurrados que regurgitan revistas viejas, ejemplares de Caras y Caretas, del Tit-Bits y de Billiken, que al gordo le encanta repasar, casi llorando. ¿Por qué, entonces, le llama glorieta a la galería, siendo el único que se pasa las horas, las tardes de domingo en la verdadera glorieta?)
       Pasado a descansar a la sala, el piano vertical no correspondía al apogeo de la familia, no había animado las veladas de los grandes tiempos. En ese tiempo estaba en la otra ala de la casa, en un rincón del estudio del general, integrando un mobiliario que completaban su viejo escritorio de ébano con patas esculpidas, los sillones de cuero negro capitoneado, la mesita de fumar con su lámina de bronce. En la sala estaba, ése sí, el piano de cola. Pero el piano de cola había sido subastado con la casa de la calle Veinticinco, había sido llevado al centro para sumarlo al sacrificio, cuando las locuras de juventud del Tío Jaime y la crisis del 90 y los gallos del Doctor Lucas Escudero liquidaron la gran fortuna, torpedearon el barco, pegaron el primer tajo lateral al área de la quinta.
       Tío Jaime era hijo de la vejez del general; y por eso había crecido en la debilidad, en la tolerancia, en el consentimiento. El doctor le llevaba más de quince años. Y en sus tiempos de abogado con estudio en la calle Convención, había tratado de encaminarlo en vano.
       —No nací para Febrero Novísimo, no nací para Marcadé ni Ortolán, soy un artista. ¡Qué voy a hacerle!
       Lo decía en broma, sin concederse importancia. Roberto recuerda aún los dientes enormes y amarillos, como de nutria, que Tío Jaime descubría al celebrar su propia frase. Lo ve volverse desde la banqueta cuya altura ajustaba antes de ponerse al teclado, ve su cabeza ya plateada sobre el dibujo trepador del león, que araña tras aquel perfil de precoz senilidad. Imposible precisar cuántos años tendría entonces, «hijo de la vejez». Está envuelto en una bata a listas rojas y negras, levanta la tapa del piano, recorre el teclado con unos dedos delgados y sensitivos. «Corno los míos», piensa ahora el sobrino. El y el primo Eugenio lo admiraban.
       —Tío —le decían— tocá El disparate.
       El tuteo era la forma de confianza extrema, que la liberalidad del tío tronado, calavera y tarambana autorizaba. Nunca pudo saberse cómo concluía El disparate, que era tal vez una invención (letra y música) del Tío Jaime. Corría los dedos en un arpegio burlesco, en una cabriola de sonidos perlados y felices, en la parodia musical de una carcajada. De pronto esa cascada inicial hacía una pausa, daba paso a un acento hipócrita de elegía. El tío ponía (mirándolos, esperando escuchar su risa) los ojos en blanco y asumía su voz de falsete para cantar aquellos versitos, seguramente inventados por él, escandiéndolos sílaba por sílaba:

Ces-ca-tho-li-ques-là
si-mé-lan-co-li-ques-là...

       La abuela había prohibido que cantara aquella letra, que reputaba impía. Tío parecía recordarlo cuando ya había desmenuzado los dos versos iniciales. Fingidamente se reportaba, se daba una palmada en la frente, se arrepentía.
       —Mi cuñada Margarita (o tu abuela Margarita) se aflige, me había olvidado.
       Voluble y divertido, arrancaba del teclado una musiquita marcial o, a veces, una música trivial y machacona de calesita. Y entonces su irreverencia de ateo abordaba el tema de la muerte:

Quand on est mort on est foutu
Et on vous porte au cimetière...

       Roberto no se acordaba de la muerte de Tío Jaime, ni Eugenio tampoco. Seguramente no había sucedido en la quinta, acaso Tío Jaime hubiera muerto en un hospital o en una quinta de salud; ¿no habría sido en el sanatorio de enfermos mentales, que quedaba a cinco o seis cuadras? ¿A quién preguntárselo ahora? Hubo una suerte de elipsis, una deliberada omisión, quizá por móviles de pudor doméstico en aquella muerte; los niños nada supieron del entierro, ni siquiera cuándo, qué mañana o cuál tarde había ocurrido. Tío Jaime desapareció tan súbitamente como los temas de sus canciones; había muerto y lo habían llevado al cementerio, como postulaba su cantito. Tal vez, como a otros difuntos que habían perdido la razón antes de que los hubiera abandonado la vida, lo habían sacado por la puerta cochera del sanatorio de enfermos nerviosos y lo habían llevado a discreto escape, sin mayor pompa.
       Rememora, en cambio, la impresión que le hizo aquel comentario falsamente indulgente de la abuela, en mitad de un té de las cinco en la galería:
       —Pobre Jaime, que Dios lo haya perdonado. Vivió toda la vida dándole la carne al Diablo y Ios huesos a Dios.
       Por años y años lo intrigó la descomposición orgánica de la sentencia, esta dación a partes. ¿Por qué, en todo caso, era la carne preferible a los huesos, por qué lo corruptible valía más que lo incorruptible? «No es eso», le aclaró Eugenio. «Era un criterio de mostrador de carnicería. Los huesos valen menos.»
       —Hay que avisarle a Eugenio —apunta Monterito.
       —No —dice Roberto—, es mejor que no venga. Está tomando mucho últimamente.
       —Hay qué avisarle —confirma Saquieres—. ¿Qué puritanis mo te ha entrado hoy? Que tome lo que quiera, como vos. Y que mañana se mande en ayunas una botella de leche, como vos.
       —Yo tomo a veces, de puro triste —dice Roberto, con un acento ficticio de perdición—. Para ponerme a la altura de ustedes, para olvidarme de ustedes, para no verlos.
       —Para no vernos, tocás Debussy cerrando los ojos.
       —O te acostás cerrando los ojos —dice Elermes, con su escasa posibilidad de ingenio. Y los demás festejan. Roberto hace una flexión cortés y afeminada con las piernas. «¿Y a mí qué?» Acaso va a decirlo pero no lo dice, prefiere el silencio. O, mejor aún, prefiere volver a dar órdenes: es lo que lo sobrepone a los demás.
       —Levántenlo despacito, y yo voy poniéndole los repasadores debajo de las ruedas. Para que no raye el piso.
       —¡Vamos! ¡A la una, a las...!



       ...La botella de leché casi contra mis ojos, no había botellas sino tarros, tarros y jarros de latón, la rodilla para apoyar el tarro, el jarro con rayitas que graduaban cuarto litro, medio litro, un litro; el hombre, sus zapatillas, su cinturón de cuero que se abría para dar el vuelto, la faja llena de monedas sonando en la barriga. Aquello debía hacer un peso sobre las ingles, como el que siento ahora. No un peso de plata, mal chiste, no un peso fuerte, como decía el abuelo Lucas cuando hablaba de su tiempo. Un peso de correajes, de hebillas, de revoltijo de monedas, de la misma mano que las buscaba. Tripas podridas. Tripas podridas. Tripas podridas del lechero, podridas de blanco, podridas en plata. Tripas podridas las mías, podridas de sangre. Revolverse el vientre para dar el vuelto. O para que a uno le den el vuelto, el vuelto a la vida, el vuelto a la muerte. Corno que duele. No venía en botellas la leche. La sirvienta llegaba corriendo con la cacerola como si fuera una raqueta, como si fuera una matriz, como si fuera su sexo estirándose hacia el del lechero. Bajaban las cabezas, cuchicheaban, reían. En fija una inmundicia, una zafaduría, más claro echarle agua, era lo que todo el mundo aseguraba que hacían con la leche. Pero tengo idea de que no, de que era más espesa que la de ahora, espesa como una sangre, como esta sangre. Si es espesa goteará más despacio, tanto mejor. Goteará más despacio y Bob podrá despertarse, abrir los ojos, verme en la noche, oírme en la noche. No había botellas de leche, el libro lo habría dicho; el libro de tapas celestes y sus dos indiecitos adolescentes con taparrabos, ¿eran varones, eran niñas?, imposible saberlo si la edad no apuntaba en los pechos, si el taparrabos cubría las vergüenzas, se llamaba «¿Quieres leer?» y decía Dame un vaso de leche, ¿vamos a salir en coche?, pero cuando hablaba de botellas no eran de leche sino de vino, rojas botellas de vino, densas botellas de vino, de vino tinto, grueso como una sangre, rojo oscuro como una sangre, pegajoso como una sangre, Celmira stá en la cocina, dulce de cerezas, semillas de zapallo, sopa de cebada, pero mi lección favorita era aquella otra, Cecilia ven acá, chaleco verde, gato rabón, gente mal educada, cómo la vida brota y vuelve con esas palabras. La paloma voló. El sofá de la sala es de seda, ¿dónde estará ese libro?, sí, le contesto ahora, Te contesto esta noche, le digo que quisiera leerlo, quiero leerlo, leerlo ahora mismo, levantarme con las ropas empapadas de sangre, empapadas de vino, empapadas de leche y ponerme a leerlo, sentarme en el escalón junto a la botella y ponerme a leerlo, o solamente ponerme a mirar sus figuras, aquella niña con cintas en el pelo, aquel chico de gorra de pana, la niña con sus botitas a media pierna, el chico con su pantalón a media asta y su trajecito de pana oscura a media manga, el perro Top con un palo cruzado en la boca, árboles, o un carretel de hilo o una llave o un huevo destripado del que sale, como un pezón oscuro, la yema, o un aljibe de piedra o un quepis abollado, o un general a caballo que no avisaba a los niños que fuera Garibaldi pero tenía la cabeza de Garibaldi, ese hombre es un general, va montado en un caballo blanco, blanco como la leche, blanco como la túnica de la maestra, Niños lean, Veo un ojo del sapo, veo un ala del pato. No, no, ya estamos más adelante, ¿por qué atrasarse tanto, por qué dormirse tanto, por qué dormirse toda la noche, por qué si Bob es capaz de tocar una sonata sin dormirse y sin abrir los ojos, por qué? Sí, también dormíamos durante el verano en la misma pieza y Bob hablaba en sueños, hablaba en sueños sin pensar, yo ahora pienso como un loco en este sueño pero no hablo nada, creo que no hablo, no me oigo al menos, Bob hablaba en sueños y eso me hacía una extraña impresión, como si él se estuviera dando vuelta desde adentro afuera, la misma impresión que a él le haría, que a él le hará verme con las tripas vueltas hacia afuera, o saber que debajo de este barro revolcado de sangre, que debajo de esta porquería de chocolate tengo las tripas vueltas hacia afuera, podría despertarse Bob y venir corriendo, salir Bob del silencio de la casa corriendo, saltar Bob desde el retrato de los dos que está en la sala corriendo, el retrato Bob en que estamos vestidos de marineros, ese retrato odioso que todavía me eriza si me acuerdo de que la tela de la blusa era alpaca blanca, de que la tela del pantalón era alpaca, alpaca inglesa y todo lo que quieras Mamá pero picaba, y yo quería que aquello terminase, quería que aquello terminase y que esto termine, la misma inmovilidad pero sentado en un sillón blanco de varillas de madera, varillas del asiento que se me incrustaban en los muslos como palmetazos de alpaca blanca, varillas del respaldo que me azotaban la espalda y los hombros como latigazos de alpaca blanca, y el aro de la boina en la frente, el aro de la boina en la frente como una corona agobiante, el aro azul que decía por fuera Fusiliers de Marine, yo y Bob decíamos ser en la foto, yo nunca lo había pretendido ni me habían consultado al comprarla, decíamos ser Fusiliers de Marine, y la cinta de la boina marinera caía con su lengüeta sobre mi hombro izquierdo y yo reclinaba la cabeza hacia los rulos resplandecientes de Bob, que escapaban por debajo de su boina Fusiliers de Marine, sus rulos como cañones de confitería, ésas eran sus armas de Fusilier de Marine, sus ojos más absortos que los míos, menos ensimismados que los míos, su cabeza más fuerte sobre el cuello azul de estrellas en las puntas que la mía y mi brazo derecho pasado por detrás del pescuezo de Bob y mi mano oprimiéndole la clavícula derecha, si él me lo hubiera hecho yo me habría puesto a saltar y a gritar, por la picazón de la alpaca, y ahora no viene, yo tu compañero de armas de la infancia, tu fusilero de marina en pareja echando aquí el resto —sí, el resto, tripas, sangre y tal vez, no quiero ni saberlo, no quiero ni decirlo, no quiero ni pensarlo, mieraa— y tú durmiendo, sordo a la foto, sordo al libro de lecturas, Destapa esa botella, las uvas ya están maduras, las botellas no eran entonces de leche como ésta que has puesto en el umbral, en el umbral donde pensábamos que cada uno tenía un mundo que era suyo, con animales que eran suyos, con autos que eran suyos, con gente que era suya, y todavía no mujeres que fueran suyas, no habíamos podido precisarlas, mujeres eran Mamá y la madre de Bob, que se llamaba Herminia, y mujeres iban a ser pero aún no eran Mariucha y la otra prima, Coco, sobre todo Mariucha, Mariucha que no puede levantarse y venir corriendo, Mariucha cuyo ataúd vi rellenar de bolas de papel de diario, un mundo con jugadores de fútbol que eran nuestros y de boxeadores que eran nuestros pero no eran fantásticos, que sólo se parecían a Dempsey o a Tunney, yo prefería a Dempsey, el Tigre de Manassa, Bob a Tunney porque se llamaba Gene y ese nombre que era el mío le gustaba, porque yo había elegido primero y él se conformaba siempre con su saldo, porque Gene había sido marinero y Bob se sentía feliz de haberlo sido, no odiaba su traje de alpaca como yo al mío, no le había picado, no odiaba el retrato, sonreía a los años al sorprenderme recordando con tanta irritación haber sufrido, no se reiría ahora, sí se sorprendería, la botella de leche de pie en ese umbral donde nosotros nos sentábamos después del almuerzo, donde yo tenía un mundo que se llamaba Sámbara Catonia y él tenía otro mundo parecido, casi igual, que se llamaba Sambaracatoña, y no eran mundos diferentes como Liliput y Brobdignac sino casi iguales y casi iguales también al mundo en que existía ese umbral y en que hoy existe, sobre ese umbral, esta botella de leche. Y ahora, mientras yo me desangro, no estamos sentados en el mismo umbral, ni vestidos de marinero sobre el mismo sofá, ni resoplando pesadillas gemelas en el mismo cuarto de la quinta, ni cabalgando en ramas vecinas de la misma higuera porque sea verano y la sombra del árbol resulte más fresca que la reverberación de la casa contra el umbral siempre en sombras, tallado al sur pero golpeado por el aliento pesado de la casa, por el aliento de la siesta de la casa, que era la siesta de Mamá y de Tía Herminia y de todas las personas de la casa, de todas las personas mayores que se habían ido a reclinar tras haber renunciado a hacernos dormir la siesta, «¿Es que los niños no se cansan nunca?», se decían, «¿Es que los niños no precisan descansar ni siquiera con este bochorno?», se decían, y ahora sí precisarla descansar, descansar junto a Bob, puesto en su cama, y si ya hubiera venido el lechero podría pedirte, Bob, para esta sed abrasadora un trago de leche o si no Bob un casquito de limón como en las siestas de vigilia en que soñábamos con nuestros mundos parecidos, con cualquier forma del dominio o de la victoria, mientras tú Bob, puesto en cuclillas carpinteabas tus zancos, que eran siempre los zancos más altos, empatillando palos de escoba o, ahora pienso que no, se habrían quebrado si hubieran sido palos de escoba, deben haber sido varillas sacadas de la glorieta, por algo fue desintegrándose la glorieta, varillas con clavos herrumbrados y miedo a tétanos que seguramente fuiste arrancando de las paredes de la glorieta, pero ganabas no sólo porque hicieras los zancos más altos sino porque te animabas a subirte a ellos y a mirar desde allí, a mirar desde allí y a correr sin que se te revolviera el estómago, como mi vértigo de siempre, como este vértigo de hoy en mis tripas, y ahora nada, no está, no corre, él duerme, duerme borracho, duerme como para morirse conmigo, como para hablar incoherencias en un sueño que nos lleve, haber vivido juntos, decir «Yo nací aquí» y estar en esto... «Yo nací aquí», antes se nacía en las casas, no como ahora que se nace en los sanatorios, decía Tía Rosina en sus últimos meses, cuando la certeza de morir en la quinta se le borraba de enfrente si pensaba en que éste era antes que nada el sitio en que había nacido, antes se nacía en las casas y no en los sanatorios, decía, es tan espantosamente impersonal... Pero más científico, objetaba Bob para contradecirla. ¿Científico? La tía desechaba el argumento, porque no era posible presumirlas de nada científico cuando todo partía del pecado original, así creía la tía, era virgen, es claro, no valía la pena hablar con ínfulas de algo tan culpable, sólo nacer en las casas, sólo nacer a puertas cerradas debía rescatar, en su concepto, una parte de la indecencia genésica, puertas cerradas, puertas cerradas, gato rabón, gente mal educada, casi suena a verso, puertas cerradas como las galleras del abuelo Lucas y los gallos atados de una pata para no perder fuerzas antes de la pelea, como si alguien me atara ahora de un pie mientras estoy caído, para fondear mi vida, vendrá, saldrá, tendrá su boina en la cabeza pero no dirá Fusiliers de Marine; no dirá nada, ya es viejo, ya se tiñe, no puede llevar una fresca guirnalda de mar sobre esa frente viciosa, vendrá hacia mí con la boina ciega y el gallardete arrancado, ¿dónde habrá ido a parar aquella cinta azul de letras blancas, dónde van a parar las cintas de las coronas que ponen en las estatuas de los próceres?, cintas como largas tripas que chorrean por el suelo, tripas que salen del vientre de las coronas, del vientre de la Historia, del vientre de la Leyenda; vendrá, se acercará con la camisa blanquecina a la primera luz, con la camisa arrugada y agria de haberle dormido borracho encima, borracho adentro, se acercará, alzará una mano para tapar un bostezo, y yo creeré que estoy gritándole ¡Roberto, Roberto! y a lo mejor sólo murmuro roberto-roberto, roberto, con el tono de una palabra corriente y él bajará la cabeza hacia el umbral y verá primero la botella pero en seguida la mancha de sangre, la mancha de vino, la mancha oscura y entonces sí gritará, tendrá todas sus fuerzas de recié despierto, él sí gritará y yo tal vez sonría, no sé si sonreiré salvado o, como en la foto dolorosa de la blusa de alpaca blanca, sonreiré de soledad, congelado, fijo, sin ningún cambio. Sí Bob, te sonreiré Bob, de cualquier modo te diré Bob aunque no diga...



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