Carlos Martínez Moreno
(Santiago, Chile, 1924 - Santiago, Chile, 1996)

La otra mitad (1966)
(Mexico: Joaquin Mortiz, 1966, 344 págs)


     Che cosa vuol dire che tra uomo e donna ci può essere qualcosa di piû importante dell’ amore? Vuot dire che é possibile vedere un’ altra persona come si vede se stesso: consentirgli tutti i gesti e i movimenti che si consentono a se stesso, godere che li faccia come si gode a farli noi, non sentirsi privati di cosa che faccia con altri come noi non ci sentiamo privali di cosa che facciamo con altri — vuol dire amare questo nostro prossimo come noi stesso. Quest’ amore si chiama carità. Ma se l’ altra persona scompare? Possiamo amare noi stesso sparito? Bisognerebbe credere che nessuno scompare mai. Che non c’è la morte.
     Morirà e tu sarai solo come un cane. C’è un rimedio?
     Va bene. Ma come tu puoi accettare la morte per te, perchè vuoi negare all’altro di accetarla per sé. È ancora carità. Puoi arrivare al nulla, non al risentimento. Non all’ odio. Ricorda sempre che nulla ti è dovuto. Che cosa meriti infatti? Quanta sei nato, ti era forse dovuta la vita?

                    CESARE PAVESE, Il mestiere di vivere

... le moi n’est qu’un objet probable, et celui qui dit je n’en saisit que des profils; autrui peut en avoir une vision plus nette ou plus juste. Encore une fois, cet exposé ne se présente aucunement comme une explication. Et même, si je l’ai entrepris, c’est en grande partie parce que je sais qu’on ne peut jamais se connaître, mais seulement se raconter.
                    SIMONE DE BEAUVOIR, La force de l’âge

El mundo, sin embargo, nunca es una mitad, la mitad que nosotros quisiéramos.
                    CARLOS FUENTES, La región más transparente


I

      —Por favor, dígame exactamente cómo los encontró.
       Estábamos ambos de pie, en el patio dominado por el pilón octogonal de las lavanderas, por la escalera de hierro con sus plataformas de rellano y sus empinados tramos de escalones, llenos de herrumbre y de remaches. Más cerca, detrás de la cabeza de la mujer, veía jaulas con canarios que a esa hora sólo piaban desafinadamente, tiestos de flores suspendidos de alambres a los arcos de bovedilla en los corredores; y puertas, puertas y gente borrosamente Iocalizable en las lindes de mi campo visual, como en una toma floue del cine, cuando director y fotógrafo quieren que el espectador sólo se ocupe de cuanto ocurre en primer plano y los fantasmas que paradojalmente lo distraen transcurren en una niebla de espacio lechoso.
       En ese primer plano estaba la mujer, frotándose en el delantal las manos rojizas e hinchadas de lejía. Era sábado de mañana, pero el hecho que yo venía a averiguar la había dejado sin empleo; y dedicaba ahora sus jornadas a remendar la ropa del marido y de los hijos, a coser y a lavar. Así me lo dijo.
       Yo me había presentado como Mario Possenti, periodista, mezclando lo verdadero del nombre a lo mentido del oficio, para tener la impresión (no sé por qué, extrañamente tranquilizadora) de que no engaño a las gentes del todo.
       Aun declarada mi identidad, me sentía seguro: no figuraba en el estilo de Cora haber hecho ninguna confidencia a su mujer de servicio, por más que la tratara con bondad y hasta con afecto. “Era muy buena”, evocaba la mujer con una conmoción en la que ambiguamente debería sentir el reflejo de los días últimos, de su posición testimonial de importancia. Yo venía a renovársela. Como redactor de una revista semanal, quería escribir del hecho con menos frivolidad que mis colegas de los diarios —le dije—. Por eso mismo, aspiraba a que ella me relatara minuciosamente cómo habla encontrado, la mañana del martes, los cuerpos de Cora Sáez y de su marido Carlos Espiga, al llegar a la casa “para cumplir sus quehaceres de limpiadora”, según decían las crónicas policiales que yo había leído y tenía, recortadas, en los bolsillos, para releerías en el ómnibus y por la calle.
       —Bueno —dijo (y ustedes habrán observado cómo la gente de poca elocuencia empieza a hablar partiendo siempre de una palabra recapitulatoria; yo, como profesor de Letras, vivo corrigiéndolo en mis discípulos) —. Yo llegué, como siempre, a las nueve de la mañana y entré directamente a la cocina.
       —¿Tenía la llave del apartamento?
       —Sí y no. Siempre dejaban una debajo del contador del agua, que está en un huequito junto a la puerta. O la saco yo o la usa alguno de ellos.
       Movió la cabeza conmiserativamente y añadió: —Bueno, la usaban.
       Ahora fui yo quien, por impaciencia ante la larga meditación en que parecía estar pronta a sumergirse la mujer, empleé la palabrita:
       —Bueno, ¿y?
       —Entré y me puse a lavar los platos que la señora había dejado amontonados en la pileta, como siempre. En el comedor, sobre la mesa, había una botella de vino, vacía, y una bandeja de cartón con restos de masitas. Puse la botella en el patiecito, en un rincón, donde las dejaban; y eché la bandeja con las migas en el quemador de basura.
       Se demoraba con intención, para darse importancia. Resolví dejarla y, efectivamente, dijo:
       —Bueno, pero todo esto ya se lo conté a otros periodistas. ¿Usted no leyó mi declaración en los diarios?
       Contesté que sí, y ella ensayó, con las manos escamosas y encarnadas, un gesto vago que postulaba su cansancio y no alcanzaba a disimular su orgullo.
       —En eso llamó el teléfono. (Esto no figuraba en los diarios, donde habían simplificado los prolegómenos del hallazgo.) Atendí. Preguntaban por la señora. Sabía que estaban en el dormitorio, porque la puerta había quedado entornada y porque habla visto el sombrero del señor en la percha, al entrar. Golpeé despacito en la puerta., para despertarlos. Como no me contestaban, empujé un poquito la hoja y los vi.
       —Los vio —dije tontamente—, pero, ¿desde el principio notó lo que había pasado?
       —La luz estaba prendida. Y los vi muertos y tendidos en la cama —repuso la mujer, con un retintín hostil—. ¿Cómo quiere que no me diese cuenta?
       El resto, contado sobre el fondo arrebatador de los pájaros que comenzaban a entibiarse en sus jaulas, al sol de media mañana, era muy simple.
       —No me fijé en nada más y corrí a llamar a la Policía. De tan atolondrada me olvidé del teléfono que había allí. Pero lo que pasa, ¿sabe?, es que una —cuando se ve metida en un lío como ése— sólo piensa en correr a llamar más gente.
       —¿Qué gente?
       —El almacenero —aclaró con un tono ominoso, que mezclaba un reproche a sí misma y una condenación para el tipo—. Dijo que no podía dejar solo el negocio, pero que llamaría desde allí a la comisaría. Entonces yo me volví; fíjese que habla dejado la puerta del apartamento entornada, nada más.
       —¿No tenía la llave?
       —Claro que la tenía, estaba sobre el mármol de la cocina. Pero tampoco se me ocurrió llevarla.
       Hubo un pequeño silencio, durante el cual los dos pensamos en la situación absurda de los esposos muertos en aquella casa a la que cualquier persona, cualquier vendedor de agujas para Primus podría haber entrado en el intervalo.
       —Volví y los miré mejor, sin animarme a tocarlos. Se veía que estaban muertos de horas antes. La señora casi sin sangre, el señor muy ensangrentado. Pero era ella la que me daba más lástima. Yo trabajaba en la casa desde hacía poco; pero le había tomado mucho cariño a la señora. Me puse a llorar, al verla allí tendida.
       Ante el recuerdo le chispearon los ojos, y volvió a decir “Era muy buena”, corno si el techito de estas tres palabras fuese su zona de resguardo sentimental en toda esta historia.
       —¿No había alguna carta sobre la cómoda?
       —No, de eso estoy segura; me fijé bien. Porque en seguida se me ocurrió, no sé por qué, que el señor había matado a la señora y se había matado él después. Si hubieran estado de acuerdo, habrían dejado alguna carta para el Juez o eI Comisario, como dicen que se deja en esos casos.
       —¿Ningún otro papel? —me sorprendí preguntando, y me arrepentí instantáneamente de la pregunta.
       —Ninguna —respondió lentamente, con un dejo de desconfianza, como si yo tuviera otros ramales de información acerca del asunto sobre el que estaba interrogándola. —¿Y el teléfono? —dije para sacarla de aquel bache de recelo—. ¿Habían quedado esperando?
       —Mire, me olvidé del teléfono basta después que se fue la Policía. Entonces hice un repaso de lo que había en el comedor y vi el tubo descolgado. Me acerqué y oí, pero daba la señal de libre, La persona que llamó se había cansado de esperar, claro. Y después que cortó, no podía volver a llamar. Porque la línea, desde afuera, quedaba ocupada.
       Se acreditaba con orgullo estas fáciles perspicacias. Intelectualmente, estaba volviendo a colgar el auricular cuando yo —en otra de mis estúpidas rachas rememorativas— le pregunté:
       —EI teléfono, ¿ya estaba bien, entonces?
       Me miró sin entenderme, y no hubo una respuesta inmediata. Reaccioné al momento, pensé que la limpiadora sólo estaba en la casa desde hacía poco más de un mes y que hacía seis meses que Cora había descuajado el teléfono, la madrugada en que escapamos a Colonia Suiza. Lo había descuajado arrancando los cables por un solo día y Io había hecho arreglar al regreso, pretextando haber caído enredada en él. Era una coartada que ya había prestado su servicio.
       La mujer debió haber pensado algo por su cuenta, porque no quiso que el equívoco muriera en silencio.
       —E1 aparato siempre marchó bien, mientras yo estuve en la casa —dijo con una satisfacción inexplicable, corno si entre sus cometidos figurase el de operadora telefónica.
       —Claro, claro —dije—. No sé por qué pensé...
       Pero sabía. Cora no usaba nunca aquel teléfono para llamarme. Era uno de sus tabúes, aquellos tabúes en los que nos cuidábamos de la invasión de los definas, de las intrusiones ajenas en el mundo que nos habíamos fraguado.
       —¿No supo quién había hecho la llamada?
       —¿Cómo iba a saberlo? —me preguntó a su vez—. Era una mujer, pero no volvió a llamar, por lo menos mientras yo estuve allí. Porque la Policía volvió después y me hizo salir del apartamento.
       Toda esta primera parte del relato sólo difería en detalles de la versión que habían publicado los diarios: era la misma narración ampliada, mejor pautada en el tiempo, más prolija. Pero nada más. Luego, más que en respuesta a mis preguntas en el contenido de algunos silencios, y en las reflexiones que ella hacía para salir de aquellos pozos de aire en que caíamos muellemente los dos, fue apareciendo algo que a los cronistas policiales no les había interesado, algo que acaso no tenían posibilidad de suscitar en la mujer: una imagen más personal de “la señora Cora”, la sumaria evocación de un cariño servil retribuido por una relación humana. Me pareció que había llegado la oportunidad de descargar mis preguntas propias.
       —¿Le parece que dormía cuando la mataron? ¿Tenía los ojos cerrados?
       —¿Cómo voy a saber si dormía? ¡Hágame el favor!...
       Su rebelión, por la que rebotaba una pregunta imposible con otra, era ya más apaciguada, más dulce, hasta se diría que algo cómplice. Sín una palabra, nos habíamos puesto de acuerdo en suprimir la imagen del marido, en referirnos sólo a Cora, No podría decirles por qué lo había admitido la mujer.
       —¿Y los ojos? —insistí.
       —No sé bien. Pero me parece que sí, que estaban cerrados.
       “Si dormía en el momento en que la mataron, como parece haber indicios de que ocurrió, ¿cuál fue su último sueño trunco, el sueño roto o perpetuado por la muerte? ¿Estaría yo en él?”
       Recogí una de las revelaciones que había hecho cuando empezamos a acercarnos a Cora, un pormenor que no veía manera de situar en el cuadro:
       —Usted me ha dicho que habían dejado las dos sortijas en el despojador.
       Dudó un segundo.
       —Ah, sí, los anillos —dijo, corrigiéndome—. Estaban en una fuentecita de plata, encima de la cómoda.
       —¿Sabe usted si la señora se quitaba los anillos para dormir? —y pensé que yo no lo sabía. ¿Habrá gente —me pregunto— que se los quite por la noche, como si fueran dentaduras postizas? ¿O el hecho de habérselos quitado esa noche significa algo?
       —¿Quitado? Nadie se los quitó.
       —Si se los sacó, quiero decir. Si se los sacaba cada noche...
       —No sé. ¿Cómo quiere que sepa?
       —Habiéndose fijado algún día, por la mañana.
       —No, no sé. Nunca me fijé.
       En la realidad, empiezan y acaban así los interrogatorios que rinden tanto en los libros del Séptimo Círculo, esos interrogatorios eslabonados y de hermosa simetría mental que tejen la trama de las novelas policiales.
       —¿No cree que haya habido un hombre en todo esto? —dije, no sé si todavía por una remanencia innoble del viejo afán de asegurarme, o por buscar una veta nueva en la imaginación de la mujer.
       Era —lo advertí en seguida— tina pregunta torpe, que venía a romper el clima de precario entendimiento en que estábamos conversando. Ella reprobó la pregunta y me lo hizo sentir, más que en las palabras en el tono de la respuesta:
       —No sé, señor —dándole al “señor” un énfasis agresivo, como para indicar que esas preguntas no las hacen los verdaderos señores—. No lo creo. La señora era una persona muy seria.
       Compruebo que las precauciones de Cora (ni su casa, ni su teléfono, ni su nombre en telefonadas o en cartas, los tabúes destinados a envolvernos en misterio, a preservarnos de los demás, a prevenir la intrusión de los otros en nuestro mundo y, en definitiva, a hacer un afrodisiaco de la misma clandestinidad) han dado su fruto, esa memoria que guardarán sus amigos y su criada, la imagen que le depara —¡cómo le habría divertido saberlo!— una posteridad honesta, en el orden de lo que la gente entiende por honestidad. Porque en el suyo y en el mío su honestidad resplandece, aunque no tuvo tiempo de llegar a las últimas consecuencias.
       Ahora fui yo el que me abismé y la mujer quien miró, abroquelada otra vez en su actitud recelosa.
       —¿Por qué me dijo usted que quiere saber todo esto? —preguntó.
       —Porque tengo que escribir sobre el asunto —le dije. Y como ya no me parecía (y vi que no le parecía) una razón demasiado fuerte, añadí otra—: Además, hay un seguro a cobrar y depende de saber quién de los dos murió primero. Si le documento el caso y le ahorro el pago, el Banco me hará un regalo. Y entonces me acordaré de usted.
       No pareció importarle.
       En ese momento, aparecida seguramente de la calle, cruzó el patio, mirándome, una chica flacucha y desgreñada (las mechas sobre los ojos) con unos cuantos libros bajo el brazo. Pensé que yo le interesaba como objeto de curiosidad, por mi cara de extraño, cuando ella tornó a mirarme (o, mejor dicho, dirigió hacia mí la mata de pelo tras la que aparecían selváticamente los destellos oscuros de sus ojos). Pero al pasar ya junto a mí, articuló con una voz ansiosa, la misma que le llevaría a inquirir por la razón de mi presencia cuando me hubiera ido:
       —Buenos días, profesor.
       Le respondí apenas con una inclinación de cabeza, e instantáneamente la odié.
       —Pero cómo —preguntó la mujer, con un acento de incredulidad que ya pasaba a ser alarma—. ¿Usted es periodista o profesor?
       —Las dos cosas —dije—. Trabajo en un diario y también doy clases.
       No me preguntó “clases de qué”, ni supe cuál de mis dos ocupaciones le provocaba mayor sospecha. Por otra parte, si me lo hubiera preguntado y le hubiese respondido “de Literatura”, dudo de que me hubiera comprendido. En el mundo en que ella vive, la palabra no existe. Pero no quiso extraerme más datos; supongo que pensaba obtenerlos de la muchacha.
       Me despedí de la mujer, apunté su nombre, le dejé —tan inútilmente como el suyo, que me llevaba— el mío, del que ella nunca sabría qué hacer. La estudiante, por lo demás, se lo diría en seguida, se lo escribiría bien. Saludé, me volví cuando ella ya desaparecía tras el pilón y sus piletas de cemento; dando la vuelta al quiosquito almenado y presuntuoso, vi entonces el segundo plano de la escena, bañado en sol: una mujer convirtiendo en otro traje lo que me pareció un disfraz de carnaval (“allí hay una negrada que vive todo el año de las comparsas”, me había dicho Cora), un remendón poniéndole media suela a un zapato despanzurrado. Salí.
       Me puse a caminar hacia el centro, sin fuerzas para imaginarme dónde tomar el ómnibus ni deseo de preguntárselo a la gente con la que me cruzaba. Tampoco tenía ganas de caminar, pero lo hacía porque era la actitud dictada por la inercia, la menos costosa.
       Me sentía perplejo, extrañamente abolido. Nadie me precisa, nadie me presiente. En un mundo en el que Cora ya no existe, yo también estoy dejando capciosamente de existir. Recuerdo cómo me ha mirado el funcionario de la cremación, cómo ha querido ver más allá, a través de mí, como si pasara un hilo por la cabeza de una aguja, el médico; cómo ha evitado mirarme, a la salida, el encargado de la morgue.
       Existo tenuemente, lato apenas y para nadie. De ahora en adelante, mi muerte podrá solamente ser algo más largo que las vacaciones, que la Beca Gallinal o que una licencia. Más largo pero en el mismo estilo. Recuerdo la frase que Galia dice tener preparada de antemano, para su propia necrológica, ésa que quiere grabar un día a fin de que se pase en el cementerio, la necrológica o el discurso que le horroriza pensar que alguien escriba o diga por él: “Deja un vacío difícil de llenar en la Caja Nacional.” Yo ni siquiera dejaré ese vacío. Cobro mis sueldos al día, soy enemigo de las operaciones y del mes adelantado, temeroso de cualquier forma de organización del riesgo. Mi condición de deudor cuajaba frente a un solo ser humano y esa deuda ya ha sido cancelada, ese ser ya no existe. Intuitu personae, como decían mis profesores de Civil. Puedo resbalarme por una pendiente cualquiera, precipitarme por una de esas trampas abiertas en la acera, por una de esas escotillas de las cloacas o del teléfono, de las que los chistes de los diarios abusan tanto como del náufrago y la isla desierta (otra situación cuya lúgubre comicidad empiezo a sentir en carne propia) . Podría precipitarme por uno de esos agujeros. Mis parientes se limitarían a liquidar mis muebles y mis libros. (Mis libros, por lo menos, debería testarlos a favor de Enseñanza Secundaria, para que los muchachos los lean, los humillen y los garabateen.) On lave le trottoir et rien de plus, como en la canción parisiense de los granujas.
       ¿Es para esto —pienso, mirando las baldosas que corren perezosamente por debajo de mí—, fue para esto que Cora inventó la broma celeste de llamarme su Planeta Neptuno?


II

       La conocí en la librería de Dina Canavaggia. Evoco ahora su rostro pálido y afilado sobre un fondo de libros, la veo enmarcada en lomos verdes y castaños cuando Dina nos presenta y ella se inclina levemente al tenderme su mano. Se inclina aunque es más baja que yo, más frágil; su mano es también delgada, aguda y blanca.
       Cora y Dina han sido amigas, sin perjuicio de sus zonas de intransigente reserva; acaso porque ambas las tuvieran y ninguna de ellas las entregara, pudieron tener una suerte de camaradería sin arrumacos, una clase de amistad hecha de afinidad anímica, que no es tan corriente entre mujeres. Aunque no sé si en realidad fue la afinidad anímica o más bien una mutua indulgencia que hiciera sus veces, lo que más las ligó. Esa posibilidad de exculpar, de disculpar y de encontrar bien a alguien en lo que sin embargo no pueda dejar de considerarse como sus defectos, es lo que hace la trama de las más durables simpatías entre mujeres. Aquellas aquiescencias que nacen del reconocimiento de una gran virtud dominadora, de un gran mérito, de una resplandeciente belleza, se cansan pronto, acaban por anquilosarse y por ceder a un fondo de animosidad, que se alimenta de la reversión de las mismas antiguas aprobadones. En cambio, cuando las flaquezas están a la vista pero aparecen rodeadas de una personalidad que las hace intransferibles —y, por eso mismo, menos contagiosas, menos proselitistas, menos peligrosas— el mecanismo de la reacción femenina consiste en acercarse, en comprender, en estimar. Así se querían Cora y Dina Canavaggia. Cora opinaba que Dina era un ser poco conciliable con este mundo, pero eso mismo le parecía bien: una dosis de extravagancia que no ofendía era, en su caso, un detalle de originalidad auténtica; e infundía confianza. Dina pensaba que Cora era “demasiado inteligente”, y sentía acaso en la inteligencia una condición más insólita y perturbadora, ligeramente más desapacible de la que Cora hallaba en lo meramente estrambótico de Dina. Pero en alguna zona esas demasías fuera de serie se conjugaban, y ambas criaturas aparecían situadas sobre la misma playa, depositadas allí por una fuerza que las hubiera arrojado juntas. Por eso se querían, por eso solían sentir la necesidad de verse y hablarse.
       Hablé después muchas veces con Cora acerca de Dina Canavaggia y acerca de mi propósito de escribir un día el cuento del week-end de los gatitos, idea que Cora no aprobaba, por más que se trucasen las circunstancias de modo, lugar y tiempo. Hoy que Cora ya no está, sé que jamás escribiré esta historia; y que muy probablemente iré dejando de concurrir a la librería de Dina, donde solía pasar mis horas-puente.
       Dina Canavaggia tiene unos ojos verdes, grandes y rasgados, extremadamente hermosos; unas pestañas enormes les comunican esa vida que a ratos parece desentendida del resto de la cara, una cara a menudo ausente y siempre menos importante que la mirada. Habla suavemente y cuelga sobre sus palabras una sonrisa perpetua, desleída. Al rato, ese aire afelpado parece gatuno. Entonces, el interlocutor comienza a descubrir otros rasgos equívocamente felinos: al hablar ofrece una encía inferior descarnada y una hilera neta de molares chatos, ligeramente volcados hacia adentro.
       Esa mañana acabamos de encontrarnos en el rincón de libros de arte de su librería y acaba de presentarme a Cora. Está narrándole algo y yo accedo por la mitad de la historia; me la recapitula para que pueda entenderla, y Cora gana el tiempo de lo que ya sabe volviéndose hacia un álbum de Utrillo, que ha sacado de la ringlera y se pone a hojear distraídamente.
       Su hermosa gata de Angora —está contando Dina—arañó días pasados, en la misma librería, a un chico fastidioso, que le tiraba de la cola. Dina usa las palabras precisas para que el niño parezca odioso y el animal. en cambio, sufrido y noble. Un par de días después, como se iba a descansar a Punta del Este, Dina dejó a la gata y su cría (dos gatitos) en una veterinaria que le recomendaron. Al volver a Montevideo, se halló con dos sorpresas: primero, el padre del chico, un argentino, había hecho la denuncia del arañazo, en el Instituto Antirrábico. Segundo —Dina tiene siempre un orden y un detallismo irritantes para narrar cualquier episodio—, la gata había desaparecido misteriosamente. En la veterinaria, nos explica, se contradijeron acerca de tal desaparición: comenzaron por decirle que la gata había muerto —originariamente le aseguraron que el mismo sábado en que la dejó, luego que el lunes— y había sido entregada al basurero, sin ceremonia y sin autopsia. Después, que habla escapado, y este sesgo de la historia deja una vislumbre de esperanza que es posible indagar sobre los ojos de Dina. A raíz de todo el asunto, agregaron pormenores semifantásticos: que habían despedido a un veterinario y a un cuidador que solían emborracharse juntos por las noches; que temían que si ella insistía ante el Antirrábico, les cerraran el establecimiento, etc. Le miran la cara y la ven incapaz de una extorsión monetaria. Entonces se lo dicen. Dina adora a la gata y sospecha que alguien —alguno de los borrachos, tal vez— la ha robado, regalado o vendido. Por tentación de su hermosura, y así lo comprendería con alguna indulgencia; o con ánimo de lucro, y en ese caso le parecería espantoso.
       Han pasado los días .y del chico vuelto a Buenos Aires nada se sabe; se ignora su dirección, porque el padre se limitó a fijar domicilio en un hotel de Montevideo y allí (Dina ha estado en la gerencia) nada saben de su radicación argentina. En el Antirrábico, por lo demás, tratan de tranquilizarla: hace veinte años que no existen casos de rabia en el país. “Lo que no quiere decir...”, y con esta salvedad la psicosis de ella —esta psicosis que es el resultado de un week-end de descanso, anota con uma sonrisa floja y desabrida, que subyace a la seriedad de los ojos— crece y crece. “La doble pista eran el niño y la gata —me decía Cora meses más tarde, cuando hablábamos del asunto—. Como en los cuentos de niños o como en los sueños, era un chico que a veces se transformaba en animal o un animal que se ponía a ser niño. O temas que se modulaban y entrelazaban, como en Pedro y el Lobo.”
       “Hoy estoy más tranquila que todos estos días pasados” —afirma, volviéndose a Cora. Esa tranquilidad le permite ponerse rememorativa. La gata celaba mucho a la gente que venía a la librería e intentaba acercarse a sus crías: una vez debe haber advertido que un cliente miraba con codicia a uno de los gatitos, y escondió su cría en el fondo remoto de unos estantes del piso alto. Se les oía maullar y se llegaba hasta al lado de ellos, pero no era posible ubicarlos. Hubo que llamar a un carpintero y romper un tramo cerrado de las estanterías, para sacarlos de allí. Era increíble que pudiera haberlos metido en aquel hueco ciego. Otra vez vio que alguien quería alimentarlos; supuso que seria el comienzo de una maniobra para quitárselos, y volvió a secuestrarlos, ahora en un lugar derechamente inaccesible, en la sección Papelería. Cuando todo el mundo los daba por perdidos y tapiados, cuando los empleados de la librería vaticinaban que habría que esperar a que el olor de la putrefacción los delatase (porque ni siquiera se les oía maullar), ella los extrajo misteriosamente, lucientes y gordos, y los depositó con sigilo sobre la mesa del Contador, que era quien menos se ocupaba de ella, quien nunca habla intentado halagarla y quien, quizá por eso mismo, parecía ser la persona que más le gustara.
       ¿Cómo conoce los sentimientos de una gata? Porque está hablando por ella, atribuyéndole afectos y rechazos, hosquedades e indiferencias. Con tal afinidad, sólo puede creer que su animalito está vivo, regalado o vendido, lejos de allí. Cora le ha relatado historias de gatos que, arrojados dentro de un saco de arpillera y desde un puente en la noche, tornan un día a casa de su asesino, exhaustos, famélicos y hasta sarnosos. Ella sabe que su gata volverá un día.
       Cora no me permitía decirlo y no es en su homenaje que me acuerdo de éstas predisposiciones de Dina Canavaggia. Pero la verdad es que no puedo asistir a esta historia sin darme cuenta de lo miméticamente gatuna que es Dina, de la profunda ligazón —se diría que biológica y aun generatriz— que la une a la memoria de su gata y al cuidado de la cría que dejó.
       Al empezarnos el relato, nos ha dicho que una amiga suya, enamorada de los gatitos (recién rescatados de la veterinaria y en horribles condiciones de flacura y descuido), los ha llevado a pasar el próximo week-end —es la expresión que siempre usa Dina— a una quinta de las afueras. Allí se repondrán. Ahora mismo, en este momento en que su palabra los alude y los rodea, uno de los empleados de la librería se acerca y le dice: —Señorita, me olvidaba de avisarle que esta mañana temprano hubo una llamada para usted. Su amiga le pide que vaya a recoger los gatitos, porque han provocado unos celos terribles en el ovejero de la quinta.
       Desde este momento, Cora y yo desaparecemos para ella; sólo piensa en sus gatos, en la necesidad de tomar un taxi e ir rápidamente a buscarlos. A medida que el relato ha progresado y la impresión de simbiosis zoológica que suscita en mí se ha hecho más y más intensa, se me ha ocurrido la historia que Cora no quería que escribiese: un relato que apareciera dicho —a lo Garnett— en primera persona por la difunta gata (a lo mejor, con la perspectiva adicional de lo fantástico, al aparecer narrado desde un trasmundo felino) y en el que el animal descrito fuese el ser humano. Más concretamente, el animal afín, el animal simpático Dina Canavaggia, con su aquerenciamiento a otra escala de los valores de la vida, con su cordura tranquilamente surrealista o demencial.
       Ya no lo escribiré. Recuerdo las bromas —menudas, aisladas, ralas— con que Cora y yo nos acercamos por primera vez al borde de una relación humana, al borde de la relación que no sabíamos si existiría algún día entre ella y yo. Cuando Dina mencionó por primera vez el escondite de los gatos tras una valla insuperable, recuerdo que yo dije “las epopeyas del General”; y Dina, con toda candidez, respondió: “No, no las tengo, son obras que no se venden.” En la ocasión del segundo escondite, fue Cora quien intervino con una suposición propia, extraña, maliciosamente alusiva a Dina (así me pareció) : “¿No sería detrás de las obras de Freud?” “No, fue en la papelería”, aclaró Dina, desentendiéndose de la complicidad que Cora buscó casi imperceptiblemente sobre mis ojos; que buscó y halló.
       Cuando Dina se fue en pos del taxi que la llevaría hasta sus gatitos, Cora y yo nos quedamos frente a frente, en el silencioso rincón de la librería y en el remanso de la media mañana.
       No recuerdo muy bien la materia —supongo que trivial o episódica— acerca de la que comenzamos a hablar. Pero sí la impresión que me hizo Cora: una imagen de ambigüedad, de desapego a la realidad por desesperanza; con todos sus trucos, porque sugería una engañosa sequedad. Hoy sé que eran puertas clausuradas por gusto, que el tiempo y el amor fueron haciendo que se abriesen solas.
       Como toda noticia suya, me dijo que en unos meses más viajaría a Europa. Yo había estado y le di, a su pedido, algunas cuantas recomendaciones, el santo y seña que se pasan los turistas culturales. Algo de lo que dijo (no puedo acordarme de las palabras elusivas que lo apuntaban, sin autorizar a que el interlocutor lo entendiese y lo diera por supuesto en la réplica) insinuaba la posibilidad de que el viaje, entonces a unos meses de distancia, fuera cosa así como una remoción, una ordalia, la prueba de algo, la forma de una evasión, la tentativa de renovar credulidades agotadas y muertas, de revivir una función con un estímulo adquirido. “Como un trasplante de córnea”, me dijo meses después, cuando ya no lo precisaba, cuando lo mencionaba históricamente como la razón de que hubiera dicho a Carlos que si y hubiera participado en reservas, visas y pasajes.
       Sé muy bien que ni aquel día ni el siguiente mencionó a Carlos ni a su estado civil, por más que yo hubiera visto en seguida el brillo de la sortija en su mano izquierda. Advertí en ella algo así como el deseo pudibundo (y al mismo tiempo provocativo y proselitista, no sé pm- qué curiosa mezcla de encogimiento y resolución que fue uno de los rasgos que aclaré en Cora, una de las cifras de autenticidad mental y sentimental por las que me enamoré de ella), un deseo ambivalente de mantener su fracaso al margen, sin mombrarlo ni escamotearlo, presente y sin justificar. Aquellas primeras veces ella hacía largos y vagabundos rodeos en la conversación —esa conversación que el progreso de nuestro vínculo tornó precisa y avasalladora, hasta desbordar de sobrentendidos en todos los silencios, en las formas más tenues y accidentales de la comunicación— para omitir cualquier precisión sobre circunstamcias personales de hogar, de ocupación o de familia. Tuve la intrigante impresión de que prefería reducirse a vivir y a proponer el mundo como contemporánea de quien hablara con ella, sin apuntar a un encaje necesariamente propio de su existencia, de la mía. Con el tiempo abusamos, es cierto, de la especificación en contrario, de la relación individuada hasta lo delicuescente, de la sumersión gozosa, de la zambullida total del uno en el otro. Pero eso fue después. Pienso en la Cora de aquellas primeras mañanas en la librería y me comturba su ajenidad, su extrañeza, su casi proclamada hostilidad hacia la que tuve después entre mis brazos, junto a mi almohada y sobre todo —tiempo baldío desde hoy— en mitad de mis sueños. Era una Cora de intensidad desapacible, dirigida hacia nadie, dispuesta a hacer honor al semejante por lo que valieran sus respuestas y a arriesgarle, según fueran ellas, el tono y el sentido de nuevas afirmaciones y de más preguntas.
       Es claro que en ese terreno también —Dios fue sobre nosotros infinito e infinitamente comunicativo— los dos nos encontrarnos luego hasta la saciedad. Pero aquella primera mañana, en sus silencios abruptos y cavilosos, en los que supuse (y no era cierto) que me estuviese estudiando, en sus distracciones (olvidar un cigarillo encendido sobre el borde de un libro, dejar que la boquilla de papel descansara sobre el polvo del estante) , en sus torpezas, sentí el tramo que la separaba del género humano como masa y como medio espiritual de habitación. Al mismo tiempo, físicamente tuve de ella una curiosa imagen, de la que nos reíamos después: la de que ligaba dos mitades de mujer idénticas y superponibles en todo, excepto en la forma de gesticular. Vestía um traje gris de dos piezas y —debajo de la chaqueta— una blusa blanca de hilo; sobre aquellas tonalidades apagadas resplandecían las manos que, con el cigarrillo o sin él, parecían febriles, se animaba una sonrisa cautelosa que se cortaba en el instante de plenitud, alumbraban unos ojos negrísimos que miraban con bondad desanimada e inocente. (Esa inocencia estaba en sus ojos y a veces en toda su persona: los ojos, en todo caso, nunca la perdieron, prefirieron ser buenos aun en la ferocidad, aun en el vórtice.) Pero sus gestos me parecieron, esas primeras veces, absurdamente desacompasados, arrítmicos: su brazo izquierdo y su brazo derecho gesticulaban al mismo tiempo pero no del mismo modo, no con igual cadencia, mo sobre el mismo ángulo. Estaban mal pegados, no obedecían al mismo resorte.
       Prefiero limitar este capítulo a describir la impresión inicial que suscitó en mí, a restaurar esa impresión que ha quedado debajo de otras que el tiempo y la intimidad escribieron, como en un palimpsesto. Si yo hubiera tenido el método y la perseverancia de mis días juveniles, en que llevaba un Diario, y si hubiera sospechado que de la relación con Cora iba a resultar una etapa fundamental de mi vida, creo que habría estampado en ese Diario palabras muy semejantes a las que ahora escribo. Fui sensible, recuerdo, a un don o a una angustia que percibía en ella: la rara necesidad de embellecer, de hacer efectiva cualquier situación accidental, por pueril, por poco prestigiosa que fuese a primera vista. Galia —por esta primicia— la hubiera juzgado una intensa, palabra que él usa para connotar las formas más engorrosas de la cursilería vital, del compromiso molesto con las personas, con los principios, con la conducta y con las cosas. En Cora era un rasgo de hermosa pureza y yo lo fui saqueando y devastando después, por un feroz hedonismo del amor. Quería ser siempre el titular y el objeto de aquel asombro suyo sobre el mundo, de aquella vocación virginal de inaugurarlo cada vez, de aquella probidad de reválida cotidiana que, sin embargo, no la hacia aparecer inútilmente sorpresiva o distinta —mutación que habría detestado—, sino lozanamente aquerenciada a lo que la rodeaba, humildemente hecha a no reconocerse dueña de las formas de su ventura (“...nadie es de nadie”) por transitorias y avaras que en la existencia le hayan sido.
       Creo que conversamos poco más de media hora, a partir del momento en que Dina se fue. Me reprocho haber sido yo quien adujo una ocupación para marcharse. Pero a la mañana siguiente ella volvió y yo volví, y fue la primera vez que el régisseur que dominara nuestras vidas tiró de los hilos. Nos encontramos sin estupefacción y sin novelería. Pero ese día y el otro y el otro estuvimos allí, y muchas veces nos confesamos después la emoción incierta, aventurada —y en ella más conflictual que en mí— con que esperamos cada veinticuatro horas la llegada de esa cita implícita.
       Vinculo el nombre de Dina Canavaggia y su historia del week-end de los gatitos al comienzo de los meses más importantes de mi vida. Debería ir y decírselo, ir y agradecérselo, ir y pedirle que lo recordásemos juntos. Pero en estos últimos días, cuando —por una clase de ritualismo del que Cora abominaría— voy a la librería y, más concretamente, al rincón de los libros de arte, me arreglo para que sea a primera hora de la tarde, cuando me consta que Dina no está en el negocio.
       No sé la causa; le dejo saludos, pero tengo una invencible cobardía de verla.



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