Carlos Martínez Moreno
(Colonia del Sacramento, Uruguay, 1917 - México, D.F., 1986)

La pareja del Museo del Prado (1961)
Cordelia
(Montevideo: Alfa, 1961)



I

      Los museos —pensaba Ellis— podrían también calificarse según otra escala. Uffizi sería entonces el más frío, l’Accademia de Venezia el mejor iluminado, el Prado el de calefacción más acogedora, Louvre el de los porteros más doctos.
       La mejor zona del Prado, si había de pensarse en su tibieza, era la dedicada a Ribera, a sus grandes óleos atormentados y prepotentes. Pero Ribera no le interesaba.
       Había vuelto allí muchas veces, atraído por El Greco, por Velázquez, por los Brueghel, por el Bosco. Pero desde hacía un par de semanas estaba volviendo únicamente por Goya, para recorrer sus dibujos, para detenerse ante las Majas o para abominar del tiempo que el viejo genial y durable había perdido en su juventud, pintando a la familia de Carlos IV, cuya mediocridad irredimible había fijado para la Historia.
       Y en definitiva, tras el cacharrero y la gallina ciega, o la sombrilla o el columpio o los zancos, volvía siempre a aquellas dos salas contiguas, que albergaban los murales de la Quinta del Sordo y las escenas de la resistencia de Madrid.
       Su estampa era ya familiar a los porteros, a los vendedores de postales, a los mismos copistas, que acaso lo consideraban uno de los suyos.
       —Copiar a Goya es mucho más difícil que copiar al Greco —le habían confiado cuando les declaró que era simplemente un aficionado. “O mejor aún, un deslumbrado”.
       —Cuando llegué aquí por primera vez —porque vengo de América Española— me traía sobre todo la ansiedad de ver al Greco. Y por cierto que me considero pagado con creces. Pero no fue una revelación sino una reválida, al fin de cuentas. Y como llegué al Greco después de haber pasado por el Tintoretto y por Jacobo Bassano, casi puedo decirles que he logrado saber de dónde viene, cómo se hizo el milagro. Goya, en cambio, ha crecido obsesivamente sobre lo que creía de él, antes de verlo. Después de haberlo conocido, creo que sé de donde vienen muchos otros, desde Manet y Daumier hasta los surrealistas.
       —Pero ha existido Rembrandt —dijo un copista pálido, que acababa de abrir su frugal merienda de media tarde, lo único que (a juzgar por su flacura amarillosa) comería en toda la jornada.
       —Ha existido Rembrandt, por supuesto —concedió Ellis. Lo he visto en el Museo Real de Amsterdam. Y hasta diría que ése es el otro.
       —No puede hablarse del otro en la pintura —le amonestó una señora que copiaba a Murillo, agotando su senil escrúpulo de perfección en un racimo de uvas. La historia del arte es demasiado larga para simplificarla así.
       —Tiene razón —transigió otra vez Ellis. Hablo de mis deslumbramientos personales y nada más.
       Los conocía por sus caras apergaminadas, por su tez que parecía una absurda tierra, cocida a una luz artificial, a la llama de la pintura cuya lumbre reproducían apagándola o alterándola sutilmente, del modo en que la mediocridad traslada al genio y se concilia con él. Los conocía y le parecían una especie patética, una raza de desposeídos y de fracasados.
       Pensaba ahora en aquella vieja a quien había visto pasarse tardes enteras tratando de copiar, en Pitti, la Magdalena del Tiziano; si se la espiaba por un rato, se acababa por verla sacar del bolsillo una mortecina naranja que pelaba y comía, echando cáscaras y hollejos dentro de un pequeño morral; miraba entonces su obra, dando un paso atrás, y podía saberse —por su gesto— que había llegado a alguna de las cimas diarias de su desaliento.
       Aquí mismo, en el Prado, había escuchado sus conversaciones envidiosas, el regusto ácido con que hablaban del contemporáneo que estaba exponiendo o que acababa de obtener —por míticas influencias—una medalla de oro en el extranjero o el gran premio nacional.
       Los copistas. También —concluía con simetría poco ilustre— la vida los precisa en los museos. Caras apagadas, huecos oscuros de bocas que han sorbido toda la vida el aceite de óleos ajenos, ojos cansados de envilecer la luz de los originales. Y la vida también son ellos, reclamando el honor de que alguien los invente o los copie; con sus dedos delgados de yemas fláccidas, con sus pómulos terrosos y hundidos, con sus odios bizcos.
       Pero ahora que Ellis y los copistas se conocían, y que ellos le habían explicado cuánto más difícil era copiar a Goya que copiar al Greco, él venía tan sólo a detenerse un instante delante de las Majas, un rato ante las Aguafuertes y los dibujos, y el resto de la tarde ante el rasguño de sangre que escribe el cuchillo en el voluptuoso caballo gris del mameluco muerto y desmontado, o ante la carnicerí de los fusilamientos (los ya ajusticiados, el cobrizo de los brazos abiertos y la camisa a acribillar, el esquemático e inarticulado pelotón, el farol en el suelo, los justiciables que esconden el rostro antes de enfrentar la muerte); y una y otra vez venía a concluir su ensimismado paseo ante los murales de la Quinta.
       Nevaba en la tarde opaca, bajo la palidez casi blanca del cielo de Madrid. Pero Saturno devoraba a sus hijos y la niña enfrentaba a las brujas en el Sabbat y el guitarrero encabezaba la Romería de San Isidro en medio de un aire tibio, confortable, que hacía aún más incongruente la ferocidad hostil, agria y desapacible del viejo genial.
       Y ese día los había visto también a ellos dos en el salón del primer piso, abstraídos ante la maja desnuda. Y volvía a encontrárselos ahora en aquel su tabernáculo del Prado, en su santuario de la media tarde.
       Eran indefiniblemente jóvenes, sin posibilidad previsible de envejecimiento; dos adolescentes rubios y candorosamente equívocos; mirándolos muy bien, en la indistinción que sin duda los había acercado uno al otro, podía conjeturarse su sexo. Porque, vestidos a la manera de la Rive Gauche, con chaquetas amplias, pantalones estrechísimos y mocasines, tocados por peinados ambiguos que les caían sobre los hombros, tenían una condición seráfica, desprolija y asexuada, que detenía toda maledicencia. Parecían anteriores a cualquier posible idea de depravación, ajenos a todo prejuicio de hombría y de femineidad. Paseaban lentamente de una maja a la otra, las manos entrelazadas y con un aire como distante y extralúcido. Eran los dos muy parecidos, en una semejanza fundamental de sus osaturas, en una aproximación racial que se afinaba en los mismos pómulos altos, en la desnudez ascética de los rasgos, en una igual pureza azul y acuosa de los ojos.
       Muy rubios, casi albinos, el hombre parecía apenas más maduro que la chica; pero era tan imberbe como ella, tan descuidado y suave como ella en el andar; y hasta su melena era —de las dos— la que caía con una inocencia más vegetal y más grácil. Indudablemente —pensaba Ellis—no son españoles. Pero ¿qué son?
       Se les había acercado para escucharlos hablar, para inferir el origen por el idioma. Porque tampoco tenían el sello simplista del turismo internacional, el aire apátrida de quien mañana no estará aquí ni la soberbia desdeñosa de quien ha sido forzado a dejar la máquina fotográfica en la ropería y sólo piensa en la operación de rescatarla. Ellis podía reprocharse su curiosidad, pero —en aquel universo de copistas, pueblo y extranjeros— los presentía como seres inclasificables, de una categoría aún no bien establecida. De todos modos, no habían hablado; y él había tenido que renunciar, dejándolos y olvidándolos.
       Pero ahora volvían. Habían venido a acampar en la sala de los murales. Ella se había quitado aquella suerte de jubón o chaqueta de alamares que la envolviera y descubría un pantalón estrecho y raído, un rompevientos oscuro y húmedo, de inmencionable vejez, el pecho liso y las caderas angostas.
       Se habían apoderado —negligentemente pero sin réplica de la larga banqueta central desde la que se podía abarcar toda la sala. Sentados en un extremo de la banqueta, uno hacia cada lado, sus espaldas se tocaban. Seguían sin hablarse; pero ahora reforzaban esa distancia interior (o esa suma proximidad, que desistía de gestos y palabras) con la mutua ajenidad que trasmitía su actitud.
       Ellis estaba ya en guardia contra su vieja manía de inventarles biografías a los rostros, un deporte con el que él y sus amigos solían entretenerse imaginativamente cuando el único espectáculo era el discurrir humano en la plaza, visto desde los ventanales del Tupí, allá en su ciudad lejana.
       Pero a pesar de tal prevención, no podía dejar de imaginarse que fueran pintores y hubieran hecho un largo viaje para cumplir con esa devoción que en la gente del oficio, más que en los simples aficionados, despierta Goya. El Sabbat, la Romería de San Isidro y la Visión fantástica, con sus grotescos seres de pesadilla, henchidos y deshechos e inflados de viento, a punto de disolverse en el aire y planeando por encima de la tierra que rencorosamente los acecha con caballadas y fusiles, eran una excusa bastante para quedarse toda una tarde junto a aquellos dos seres transparentes y misteriosos. Sobre el fondo siniestro de aquelarre o sobre la más ligera y funambulesca profusión de tañedores y cantantes, o descansando en la almohada del risco inamistoso hacia eI que ya iban aquellas otras cabezas despeinadas, los dos adolescentes rubios desafinaban con Goya, con su acendrada intención de tinieblas y sobresalto. Y Ellis podía mirarlos al pasar de una figuración a otra, concebirlos como hechos de una sustancia más trivial o más inocente, excavados de una cantera menos profunda que la que daba sus criaturas al maestro.
       Y ahora había visto en la cara de la mujer una crispación, primero rubicunda (un dolor que todavía no negaba la salud) y después pálida; y pasada la crispación, lágrimas. El hombre tenía que saber (Ellis había sorprendido un temblor apenas convulso, trasmitido de espalda a espalda) que ella estaba llorando. Porque hacía unos desvanecidos intentos por ocuparse de la pintura que tenía ante sus ojos —aquel Saturno lleno de la facundia de la destrucción, de una torva vitalidad devoradora y nihilista, en cuyo gesto cabían credos y días que Goya parecía haber profetizado— pero no alcanzaba a interesarse en ella, y aún se diría que no llegaba a verla.
       Despojado también a medias de sus ropas, flaco y ceñido a las que le quedaban, como si le hubiera llovido encima, él parecía acaso más irreal que la mujer, más atenido a lo que ni el tiempo ni la muerte lograrían quitarle.
       Ella se había ido adormeciendo lentamente; su quedo llanto se había ido convirtiendo en sueño; en una zona indiscernible de debilidad y de renunciamiento, una lágrima se oreaba bajo sus párpados caídos.
       El hombre parecía saber que ese sueño duraría poco; pero que, en tanto durara, sería imperturbable. Miró entonces a Ellis, como si recién lo advirtiera, y dejó resbalar la mirada hacia el atado de cigarrillos que el otro estaba hurgando.
       Ellis golpeó con un dedo el fondo del atado, y saltaron dos cigarrillos. Adelantó el manojo hacia el desconocido, y el hombre se sirvió sin timidez. La misma decisión ávida con que avanzaron sus dedos, refería concisamente una historia de privaciones, un largo desacostumbramiento a cualquier forma de auto-satisfacción.
       —María Frugalis —dijo, refiriéndose a la mujer. Así la llamaban nuestros amigos de París. Pero también podrían haberme llamado Jean Frugalis. A juzgar por lo que gastamos en placeres...
       Hablaba un español correcto y átono, aprendido en algún colegio nórdico.
       —En París —dijo— a las chicas se les crea el problema de subsistir día por día. Por eso las muchachas rubias almuerzan con los horribles senegaleses. Una vez leí en Arts una nota sobre esas mujeres, casi niñas, que libran la batalla de cada día a costa de un cariño inconsecuente: La prostitution des vierges affamées.
       —María Frugalis, o el pez por la boca muere —dijo Ellis. Pero el hombre no entendió el posible sarcasmo.
       —Hemos pasado miserias que se pensaron alegres en nombre del Arte. Porque éramos estudiantes de Beaux-Arts, dibujantes de Montsouris o de la Butte Chaumont, de cualquier rincón sentimental y nuestro. Cuando nos fuimos a vivir en un pequeño departamento, Rue Jacob, comíamos gracias a los montones de acuarelas de Plaza Furstenberg y del Sena que yo vendía a mil francos. Teníamos una sola pieza, con la hornalla y su enorme tubería para darnos calor. Fue entonces cuando María quiso tener un niño, alucinada por aquella vecina demente a quien le había matado el suyo un carro alemán, durante la Ocupación, y prefería creer que su muchacho había sido un mártir del nazismo. Pero el niño no habría cabido en Rue Jacob. Y fue él quien nos sacó de París, donde tampoco cabía.
       Hubo usa durante la cual el hombre miró ponderativamente el cigarrillo que estaba consumiendo.
       —Philip Morris —dijo. Abandonamos París, diciéndonos que queríamos ver a Goya. Y Goya era Madrid.
       —Goya era la espuela —propuso Ellís—. ¿Cuál era el caballo?
       El hombre prefirió responder al pie de la letra:
       —Un amigo nos prestó esa moto que está ahí abajo. Creo que el niño debe habérsele desprendido con los sacudones. Pero no importa. Ahora puede saber que tendrá otro cuando quiera. De todos modos, aquí está Goya.
       Ellis empezó a sentirse dominado por una sensación flotante de inverosimilitud. El hombre parecía monologar sin considerarlo mucho, y todo lo que decía renegaba de la cordura, hasta por la elocución discontinua con que era formulado.
       —María Faber, nativa de Lennep, ha llegado hasta Goya. Ahora está obligada a decir que podría morirse.
       —Pero usted no la dejará pensarlo —balbuceó Ellis, que ignoraba cómo deberían rellenarse aquellos silencios, y qué esperaba el hombre de él cuando los creaba abruptamente, y se ponía a mirarlo a la cara.
       —El hambre, la lluvia, el viento y ser mediocre. ¡Cuatro desgracias! —y volvió a mirar al robusto extranjero que perdía pie a su lado. Ellis empezó a sentir afrentosamente la perversidad de estos silencios, la complacencia morbosa con que el extraño conversador quería ponerlos de su cargo, desasosegándolo si duraban.
       —Óigame bien: María Faber es la causa de mi fracaso artístico, y tendría que matarla. Pero la quiero. Me ha obligado a pintar indignidades, a hacer los paisajes más convencionales para seguir viviendo. Docenas, centenas de cuadritos. ¡Para eso creyeron un día en mi y me becaron a París! Para que la encontrara y me depravara con ella. ¡Para eso!
       Ellis notó su turbación y pensó que era verdadera, a pesar del fondo histriónico de esta pobre naturaleza de artista.
       Ahora se había apoderado descaradamente del paquete de cigarillos que Ellis había dejado en la banqueta, y fumaba sin convidar al dueño.
       —Nuestro talento era una mentira, como este Goya sin sentido del humor, demasiado grosero, demasiado explícito. Nuestro talento como pareja no existía. Lo hemos dado todo por la santidad de una idea creadora que no brota en nosotros. Pero María se mataría si ahora le dijera que es mejor que ella tome por su lado y yo por el mío.
       —¿No dijo que la quiere?
       —Puedo vivir perfectamente sin la compañía de la mujer a quien quiero —dijo. Podría recordarla, pintarla, pensarla con otro.
       —Pensarla con hijos...
       —Eso es: pensarla con hijos. Es una idea menos horrible que la de tenerlos un día. Pero tendremos que decir que los queremos, como hemos querido ver a Goya: es una experiencia íntima a prueba de desánimo. Una trampa religiosa, o algo así.
       —¿Está seguro de que tendrá algo que decir, una vez solo?
       Ahora fue el hombre quien se sintió tocado a fondo y casi saltó.
       —Usted razona con una cabeza de mujer. Eso es lo que dice ella, eso es lo que ella quiere hacerme creer. Si algún día veo que tampoco solo voy a ningún lado, me meto en un baño y me abro las venas. Como Domínguez, que debe haber sido compatriota suyo.
       —Casi —dijo Ellis.
       —Lo importante es que ahora me dejen. Quiero evocar las mismas cosas que ahora me obligan a vivir. Y cuando se lo digo a María, ella me dice que soy un esnob, que ésa es una idea de esnob. Y hasta me ha propuesto que me haga copista. ¡Antes muerto!
       —El gran pintor acaba por decir dónde está, así lo hayan echado al fondo de un pozo —contestó Ellis agresivamente, tomando partido por María, por el sentido práctico de una vida mediana y noble que empezaba a descubrir en sus rasgos dormidos. ¡Ella tiene razón! Sepa vivir primero.
       —¿Usted es hombre de negocios?, dijo el desconocido.
       —Soy escritor, contra lo que usted cree —mintió Ellis, y recogió la mueca de incredulidad en el rostro del desconocido. Pero de pronto pensó en un poema casi olvidado de su juventud, que cuajaba en un endecasílabo perfecto. Era una extensa abominación de Diógenes Hequet, que había empezado por ser temprano discípulo de Sisley y había acabado, allá en su país, por ser el precursor de los pintores oficiales de los Ministerios. El poema exaltaba esos comienzos auténticos y terminaba con aquellas once sílabas desnudas y candentes: “Después, para comer, pintó batallas”.
       —Hágase pintor oficial. Goya pintó a Carlos IV y a su familia, a Fernando VII y a su mujer. Y después pintó los murales de la Quinta.
       —Yo soy débil —gimoteó el hombre, y su melena andrógina cayó sobre el hombro que estaba junto a Ellis, subrayando la verdad de lo que decía. Compáreme con Rimbaud, no con este monstruo.
       María dio en este momento una cabezada y volvió a la vigilia. Él se dio vuelta, lánguidamente, y le ofreció cigarrillos.
       —Ilse, le dijo. El señor es un amigo. Un gran pintor laureado en Venezia.
       Ellis pensó que iba a perder pie otra vez, pero quiso llegar al final del asunto sin descubrir el juego hacia la mujer. Se limitó a saludarla ceremoniosamente, con una inclinación de cabeza.
       —¿Se llama?, preguntó Ilse.
       —Domínguez. También Domínguez —dijo el hombre.
       —Hermann —dijo ella, siempre con su aire de pálido aplomo. Debe ser tarde. No te olvides del chico. ¡Vámonos!
       Él le palmeó el hombro, tranquilizándola; y volvió a mirar a Ellis.
       —¿Comprende ahora? —le dijo.



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