I
ENRIQUILLO Y EL PROBLEMA DE LA CRÍTICA

      Para juzgar a Enriquillo con un mínimo de objevidad, es necesario superar la furia iconoclasta que a veces nos embarga y termina sofocando cualquier asomo de luci dez crítica. A decir verdad, y aunque duela confesarlo, Enriquillo es la primera novela importante aparecida en el país, y quizás la única digna de considerarse tal, al menos como novela; es decir,en cuanto obra literaria, artística. Ahora bien, Enriquillo no es la gran obra maestra que se nos ha hecho creer en la escuela y fuera de ella, a pesar de que constituye por su estilo un monumento literario de primer orden. Enriquillo es sencillamente una buena novela. Mucho le falta para ser perfecta. Es una obra desigual, abultada, arcaizante, aunque no carece de respiro y tiene mucha fuerza a ratos. La grandeza y la importancia de Enriquillo dependen en gran parte de la mediocridad del género novela cultivado en Santo Domingo. Enriquillo es grande e importante “por comparación”. Aparte de Enriquillo, es probable que a ninguna novela dominicana pueda aplicársele una etiqueta más apropiada que la de “interesante”. Casi toda la producción novelística dominicana reviste un valor mayormente documental, o por lo menos muy inferior a su posible valor artístico. Se comprenderá, por lo tanto, que precisamente el valor relativo de nuestra mejor obra novelística, arroja un balance desalentador respecto al género novela, lo cual pesa negativamente sobre la literatura dominicana. Si Enriquillo perteneciera a la literatura española o francesa, probablemente seria tomado en cuenta un poco como dato curioso, casi de naturaleza arqueológica, y no disfrutaría seguramente de tanta estima por parte de la crítica oficial. Sin embargo, por esa misma razón, al momento de emitir un juicio de valor debemos recordar siempre que Enriquillo fue escrito en Santo Domingo y por lo tanto debemos también -o sobre todo- juzgar su importancia en relación a lo que se ha hecho en Santo Domingo y no por su valor absoluto (el cual no deja de ser apreciable en términos generales). Es más, incluso asombra la aparición de una obra como esa en aquel tiempo (1882) y en un país sin tradición literaria. Téngase presente que la primera novela latinoamericana, El Periquillo Sarmiento de José Joaquín Fernández de Lizardi, data apenas del año 1816, y la primera novela dominicana, El Montero, de Pedro Francisco Bonó, fue publicada en 1851. En rigor, puede decirse que Galván partió prácticamente de cero al escribir su obra. Más que precursor literario, puede considerarse como el “inventor” de nuestra novela. En la época de Galván, las novelas dominicanas no pasaban de ser folletines de cien páginas o menos, escritas en el peor de los modos posibles. El Enriquillo de Galván, en cambio, es una mole poderosa de cuatrocientas ochenta y tantas páginas; es una construcción intelectual lúcida, brillante a veces, inteligentísima. Adviértase precisamente el volumen y el respiro, la amenidad del relato, la magnitud de la empresa, la liquidez de aquella prosa ágil y sinuosa que emana como un flujo constante, sin perder intensidad, y que parece capaz de expresarlo todo, el pensainiento más enmarañado, con una claridad sorprendente. A pesar de la exagerada dosis de sentimentalismo y lloriqueísmo, propios de los autores románticos, hay una gran lección de arte poética en muchas páginas ele Enriquillo. Galván sabe penetrar e insinuarse en el ánimo de sus personajes, y por esa razón la obra no carece de capilaridad y profundidad sicológicas. Galván es un narrador de raza que ha sabido pintar con los colores más intensos de su paleta un cuadro vivo de la frenética actividad de la colonia y las intrigas cortesanas. Enriquillo, desde cualquier punto de vista, es un recuento histórico titánico. No cabe duda que la obra requería fuerzas intelectuales superiores, y bien puede decirse que Galván cumplió su cometido. Galván es uno de los pocos novelistas dominicanos perfectamente dueño de su estilo y de su técnica narrativa.
      Además, hay un detalle que no debemos pasar por alto: Enriquillo es una obra que se lee con avidez, como demuestran las últimas reimpresiones de la Editora Taller. Es un libro popular que circula de mano en mano, y no solamente en círculos de intelectuales. No es una pieza de museo, petrificada como tantas obras clásicas, sino un libro que se actualiza con el pasar de los años (y ya veremos por qué); un libro que se disfruta y se recomienda con sinceridad. Enriquillo es, en definitiva, una obra viva que pudo haber sido la gran epopeya nacional (y en cierto modo lo es, pero al revés).
      Ahora bien, lo penoso del caso es que Enriquillo es una obra reaccionaria y negativa como pocas, y mal podríamos alegrarnos con motivo de sus éxitos.
      No basta, sin embargo señalar estos hechos para descalificar y tratar de demoler el edificio Enriquillo. Un juicio peyorativo en este sentido equivaldría a obviar el pro blema, escondiendo la cabeza como el avestruz para no ver los peligros en acecho ni las cosas desagradables. En primer lugar, no es posible librarse de la obra de Galván emitiendo un simple juicio negativo, ni descalificándola por reaccionaria, con lo cual se simplificaría demasiado el trabajo de la crítica. El problema no estriba en que Enriquillo es una novela reaccionaria, negativa; el problema es que Enriquillo es una buena novela reaccionaria que se ha conquistado la atención de un cierto público, bastante numeroso por cierto. Esa es la diferencia de Enriquillo con otras novelas dominicanas.
      Hace algunos años, en los Estados Unidos y en Italia se quiso poner en ridículo a los sociólogos que prestaban excesivo interés a la ideología de los comics o tiras cómicas, aplicando un instrumental teórico aparentemente digno de mejor causa. La respuesta contundente de los sociólogos fue que los comics alcanzaban una tirada que en ocasiones superaba a los cien millones de ejemplares en la sola patria de Washington y de los escándalos a la Watergate, y por lo tanto merecían toda la atención del mundo. He aquí un argumento que viene al caso: ¿Por qué se lee Enriquillo?.
      Seguramente es un error pensar que Enriquillo es la niña mimada de la clase dominante sólo por sus cosas negativas. Hay que meterse en la cabeza que Enriquillo no se lee por el simple motivo de ser reaccionaria, sino también —o sobre todo— por sus cosas positivas. En cuatro palabras: por sus méritos literarios. Está demostrado que no basta escribir una novela reaccionaria para que la clase dominante la haga suya con tanto entusiasmo y alboroto. La Sangre, de Tulio Manuel Cestero, es posiblemente la novela más insidiosa y truculenta que se ha escrito en el país, y sin embargo no goza como Enriquillo de tan grande favor por parte del público y de la clase dirigente, ni recoge tanta cosecha de aplausos en nuestras historias literarias.
      No es correcto —a nuestro juicio— combatir la ideología de Enriquillo (y de la novela dominicana en general) utilizando clichés y frases cohetes fabricadas especialmente para la ocasión. Es probable que con el tiempo Enriquillo dejará de leerse un día con tanto entusiasmo y sincera devoción, y quizás termine convirtiéndose —como hemos sugerido— en un mero dato curioso, testimonio providencial de los orígenes de nuestra narrativa; e incluso es posible que a la larga se limite a desempeñar funciones de hito para medir en el tiempo la distancia que nos separa de un cierto modo de hacer literatura y de percibir la realidad, permitiéndonos apreciar en el futuro la madurez del género novela y sus previsibles puntos de avance. Si avanzamos.
      En resumen, el problema es el siguiente: hasta que no se escriban en la República Dominicana obras superiores al Enriquillo de Galván, tendremos que seguir remontán donos a ella como modelo. Cuando esto no suceda, probablemente habremos superado en el país la prehistoria del género novela. Por el momento —y con el permiso de tantos megalómanos recalcitrantes—, Enriquillo es lo mejor que se ha hecho en este sentido. Las cosas cambiarán cuando nuestra novela haya alcanzado una altura superior o comparable a la de nuestra poesía. Esto es, cuando puedan contarse con los dedos de la mano novelistas del tamaño de nuestros mejores poetas.
      Por lo demás, debiera resultar claro que es necesario combatir la ideología en otra forma, sin limitarse a la diatriba gratuita. Una actitud semejante equivale en el fondo a una confesión de impotencia. Si queremos decir algo nuevo de Enriquillo, es esencial proponer una clave de lectura crítica de la obra para alertar y proteger a los lectores desprevenidos de los infinitos peligros que se celan detrás de cualquier lectura inocente. Es necesario, entonces, desmontar el mecanismo ideológico del libro y mostrarlo pieza por pieza, explicando cómo funciona, con el fin de sugerir un modo más correcto e inteligente de participar en la lectura. Este enfoque puede ser válido sobre todo en la medida en que viene asimilado como regla de lectura y contribuye a modelar un tipo de lector que realiza una lectura activa de las obras que le caen entre manos: analizando, sopesando, considerando atentamente toda la información que recibe. Un análisis crítico que tienda a lograr estos fines, seguramente dará mejores resultados que aquel tipo de análisis que pretende liquidar a priori la obra, disparando ráfagas de frases lapidarias a mansalva.
      A nuestro juicio, no es posible extender un certificado (le defunción a una obra tan viva como Enriquillo; y en cualquier caso, tampoco sería necesario. Por el contrario, es sumamente útil recomendar esta obra a todas aquella personas que deseen entrenarse intelectualmente participando en esa carrera de obstáculos ideológicos en que se sumerge el lector leyendo Enriquillo (si realiza, precisamente, una lectura inteligente). No es un descubrimiento nuevo que toda literatura reaccionaria reproduce los valores de la clase dominante y del sistema. Ahora bien, el crítico que se limite a señalar estos datos cuando intente hacer un análisis de una obra, no agotará nunca la posible riqueza de la obra en sí, ni obtendrá ningún resultado positivo, ni podrá realizar análisis crítico de algún tipo. Al recoger únicamente los aspectos ilustrativos de una obra, el crítico se orienta hacia el más vulgar sociologismo. Un juicio crítico digno de tal nombre no puede tener como base un simple análisis de contenido que no contemple una cierta globalidad de aspectos. Es necesario, en cualquier caso, reunir todos los elementos que componen el ámbito artístico de la obra; estudiar atentamente (como han sugerido los críticos más lúcidos), “las relaciones dinámicas y complejas entre obra de arte y realidad”, las relaciones entre forma y contenido, las relaciones entre la “subjetividad creativa” y la “objetividad social”, etc. La visión de conjunto que así se obtiene permite superar precisamente los límites y peligros de las tendencias o corrientes sociologistas, sicologistas, formalistas, estructuralistas, etc., pero sin excluir en ningún caso el aporte indiscutible de cada una de ellas.
      Es posible que trabajando en este sentido se contribuya a la formación de un nuevo tipo de lector con una mentalidad diferente respecto a la literatura y la cultura en general. Y es aquí donde la crítica puede jugar un papel importante. No olvidemos que lo que llamamos arte y literatura no son simples entelequias abstractas y sublimes, sino fenómenos reales y complejos que tocan muy de cerca nuestra cotidiana realidad. Nuestro país es un país oprimido y —como se ha sugerido— uno de los vehículos de opresión es la cultura dominante que reproduce sin cesar los valores del sistema. Es evidente, por lo tanto, que la lucha en este frente debe ser orientada a favor de una nueva cultura, ya que —como decía Gramsci— luchando por transformar la cultura se contribuye a transformar las estructuras sociales que son su fundamento.


II
LA HISTORIA DE ENRIQUILLO CONTADA POR GALVÁN

       En rigor, Enriquillo no es principalmente la historia de Enriquillo. El libro se inicia con un vago recuento de la heroica matanza de Jaragua (1503), a la cual sirve de contrapunto la emocionada descripción romántica del paisaje. En los primeros capítulos, el joven cacique aparece en primer plano, desorientado y confuso a raíz de los hechos de sangre en que pereciera casi toda su familia y gran parte de su pueblo. Luego el personaje se convierte en un pálido fantasma, opacado por figuras de mayor relieve como el despiadado Nicolás de Ovando (que en aquella época estaba construyendo su famoso Hostal) e incluso los Virreyes católicos, Don Diego Colón y su feliz consorte Doña María de Toledo, etc. La primera y segunda partes del libro (260 páginas) están dedicadas fundamentalmente a Diego Velázquez y sus amores infelices con la bella María de Cuéllar. También surge poderosa la figura del inverosímil Padre las Casas, verdadero hilo conductor de la obra (con lo cual se da el caso simpático y curioso de un cronista convertido en personaje de su propia crónica por obra y gracia de un novelista que, supuestamente, ha querido interpretarlo con fidelidad). Durante largo trecho, Enriquillo se mueve un poco por debajo de la narración, entre bambalinas, de la parte anterior del escenario y sólo al final de la novela cobra fuerzas y proporciones heroicas (pero en un modo casi clandestino, porque Galván en ningún momento desea presentárnoslo en este sentido como modelo a seguir).
      Cuando los autores de la matanza de Jaragua se reparten el botín, Enriquillo queda en calidad de protegido de Diego Velázquez y más adelante pasa a ser propiedad, en calidad de encomendado, del magnánimo Francisco de Valenzuela. Sus protectores, en primer lugar, lo bautizan y le dan su hermoso nombre cristiano (Enrique) en sustitución de su supuesto nombre taíno (Guarocuya).
      Dada su alta alcurnia, se lo mantiene en una relativa condición de privilegio, mientras los demás indígenas son brutalmente esclavizados, destinados a los más duros traba jos, a la extinción, a la muerte. Enriquillo parece aceptar esta situación de buen grado, o por lo menos con disimulada y cristiana resignación, si no con indiferencia. Por eso no lo veremos deplorar muchas veces la fatalidad de su suerte, hasta cuando la suerte se le pone color de hormiga y le toca sufrir en carne propia. Una vez terminada su educación, Enriquillo se mueve, se viste y se comporta en el estilo más puro, más cristiano y más castizo, como un perfecto gentleman español. En ningún momento se dice o se sugiere en la novela que Enriquillo se dirige a uno de los suyos en otra lengua que no sea castellano. Todos los personajes indígenas de Galván emplean al hablar un lenguaraje ruidoso y enciclopédico, y además es notorio que prefieren llamarse entre ellos por sus nombres cristianos.
      La tutela bienhechora de Don Francisco de Valenzuela, garantiza al joven cacique una existencia holgada y apacible. Este disfruta de buen trato y estimación por parte de sus superiores, así como de abundante tiempo libre para cultivar el espíritu. Su vida transcurre, en resumen, sin grandes sobresaltos. Pero la intuición de nuevas fatalidades se hace patente en su ánimo y se manifiesta a través de su comportamiento grave y solemne, típico del hombre que se mantiene alerta, esperando siempre una zancadilla del destino (y aquí Galván luce brillante al sugerir la presencia de esta situación, dentro del personaje, mediante la simple descripción de su carácter). Los protectores de Enriquillo le han asignado por esposa a su prima Mencía, una hermosa y casta mestiza, nieta como él de Anacaona y heredera de cuantiosos bienes que administra con provecho el pérfido Mojica. Las intrigas de este personaje le malogran en una ocasión el matrimonio al cacique; y cuando por fin, un año después, verá realizado su sueño de oro, nuevas maquinaciones y azares le harán la vida imposible. Los presagios de mal augurio se adensan en su horizonte inmediato como nubarrones de tormenta. Al regresar de su viaje de bodas, Enriquillo encuentra moribundo a su idolatrado protector Don Francisco de Valenzuela, “benéfico y poderoso colono” (pág. 351). Cuando éste muere, poco después, Enriquillo y Mencía se instalan cómodamente en los alrededores del “lindo pueblo de San Juan” (pág. 350), quedando el primero en una ambigua situación jurídica como administrador y gobernador de sus propios indios, los cuales eran “formalmente libres de hecho y de derecho” (pág. 383) de acuerdo con las innovaciones o reformas introducidas en 1514 por los padres Gerónimos en el régimen de las encomiendas. (En lecho de muerte, y en vía excepcional, el piadoso Valenzuela había dado cumplimiento a estas ordenanzas). De esta suerte, “los indios de Enrique formaban una especie de población o caserío aislado, en una graciosa llanura, llamada La Higuera, detrás de espeso bosque, y a orillas de un lindo arroyuelo. Tenían su policía especial con cabos o mayordomos que mantenían un orden perfecto, sin violencia ni malos tratamientos de ninguna especie: había un gran campo de labor, donde trabajaban en común durante algunas horas del día, en provecho del amo y del cacique; y cada padre de familia, reputándose como tal el adulto que era solo o no dependía de otro, tenía su área de terreno que cultivaba para su exclusivo y particular provecho” (pág. 354). Galván describe todo aquello “como un patriarcado que traducía a la práctica algunas de las más bellas enseñanzas de la Biblia” (pág. 354). Es interesante hacer notar que este perfecto modelo de división social corresponde a la idea del Padre las Casas sobre la colonización correcta, en sentido capitalista, que Galván hace suya epidérmicamente, ilustrándola con fervor y lujo de detalles. Galván explica también en otro lugar que el Padre las Casas “quería combinar la verdadera utilidad del estado con las más humanharias nociones de derecho natural y político, tratando de hacer prácticas sus teorías sobre la mejor manera de fundar establecimientos europeos para regir y civilizar a los indios; teorías que hoy merecer: el aplauso de los hombres buenos y de los sabios, por la grande analogía que guardan con los principios más acreditados de la ciencia económica; pero en aquel siglo y entre la gente que manejaba y aprovechaba las riquezas de Nuevo Mundo parecían utopías ridículas y monstruosas” (pág. 341).
      Como era previsible, la situación se deteriora y no tarda en precipitar. Cinco meses después del matrimonio de Enriquillo se revocan, mediante subterfugios ilegalistas, las disposiciones testamentarias del santo Valenzuela en favor de sus indios, los cuales son reducidos de nueva cuenta a la servidumbre sin tapujes. A Enriquillo lo despojan más adelante de la administración de los bienes de Mencía y reducen su grado de cacique al de un simple mayoral, entre cuyas funciones se cuenta la de perseguir, capturar y entregar a los indios fugitivos o alzados. Además, en varias ocasiones va a dar con sus huesos a la cárcel por supuestas fallas e incumplimiento de sus funciones de supervisor. Mientras tanto, el malvadísimo hijo de Valenzuela le insidia la mujer y trata de inducirla con presiones a divorciarse. Por último, durante una expedición premonitoria de Enriquillo a las montañas del Bahoruco, Valenzuela intenta violarla, saliendo por cierto muy mal parado del lance. Enriquillo se indigna al saber la noticia; pero no pierde la compostura ni sus buenos modales y sale a buscar Justicia ante las autori-dades de San Juan de la Maguana, que satisfacen sus demandas metiéndolo en chirola. Terco y obtuso, aferrado a sus principios legalistas y virtudes cristianas (asimilados hasta la coronilla por ósmosis absoluta), una vez libre se marcha a pie a la ciudad capital donde recurre a sus amigos de la corte. Allí encuentra jueces impotentes y autoridades decaídas que también sufren humillaciones, y que nada pueden darle si no consejos y una especie de carta de recomendación, apelando a los buenos sentimientos de sus verdugos para que le hicieran justicia. A su regreso a la Maguana, después de un mes de ausencia, el cacique cumple otra pena detentiva de rigor. En la cárcel, junto con todos los medios legales a su alcance, agota concienzudamente la enorme copa de su paciencia.
      Finalmente., y al cabo de un magistral suspenso creado en maravillosos capítulos de antología, a la altura de la página 423 y en el año de gracia cíe 1519, por estrictos motivos personales Enriquillo coge la loma y se levanta en armas, abandonando parcialmente las mejores enseñanzas cristianas de sumisión y resignación a cualquier costo, pero sin perder en ningún momento las buenas costumbres europeas que le inculcaron sus educadores para que fungiera como personaje ejemplarizante. Los capítulos relativos a la lucha y la vida de los indios en las montañas son como apresurados y convencionales y se destaca relativamente poco el motivo ideal que anima a los alzados. Galván describe con mayor atención el romance de Mencía y Enriquillo, que se desarrolla felizmente a pesar de las privaciones materiales y los peligros cotidianos que deben ser afrontados. También se detiene Galván a considerar y condenar los atropellos que cometen ciertos indios extremistas como Tamayo, en sus frecuentes “saltos de tigre” contra los pobladores europeos. Enriquillo, en cambio, es un personaje superior, un ser magnánimo y, sobre todo, razonable. Es, en el fondo, una oveja descarriada por la fuerza de las circunstancias, hasta cuando viene felizmente recuperado, al cabo de 13 años de lucha victoriosa en la Sierra de Bahoruco, y sin motivo aparente se deja mansamente (supuestamente) embotellar en la reservación de Boyá. El Narrador nos ofrece en las últimas líneas una visión idílica de la vida de los aborígenes en esa reservación, y enriquece notablemente nuestra bibliografía de lugares comunes, aportando con erudicción y desenfado una serie de datos que corresponden a otros tantos falsos históricos.
      Se ha dicho y repetido muchas veces que al escribir su obra, Galván reproduce fielmente la crónica del Padre las Casas, sin apartarse un milímetro de la supuesta verdad histórica (y en esto alguien ha visto un freno a la imaginación del narrador). En realidad, es más correcto decir que Galván reproduce fielmente la historia con el propósito de falsearla.
      Los manuales de historia literaria, por otra parte, dan por descontado que Galván es un cantor de la raza indígena y suponen de alguna manera que su Enriquillo es una apasionada defensa de nuestros aborígenes, así como una “vibrante protesta”, a la par que denuncia, contra los malvados que los oprimieron y finalmente los extinguieron. Esto no deja de ser cierto, en parte, si se observa únicamente la extrema superficie de la obra. Pero en el fondo las cosas están de otra manera. En rigor, Enriquillo es una especie de canto a las glorias de la hispanidad y de la conquista. Sólo superficialmente es la historia de Enriquillo. Pero la misma historia de Enriquillo es otra cosa. Vale decir: la historia de un proceso de aculturación interrumpido y malogrado por falta de tacto (cosa que Galván deplora en el alma sinceramente).
      Si dejamos a un lado la llistoria con mayúscula y observamos los hechos en detalle, con una lente apropiada para obtener mayor profundidad de campo, descubriremos enseguida las falacias que oculta nuestra máxima novela en sus implicaciones ideológicas relativas a esa peligrosa arma de doble filo que constituye el “culto indigenista” en Santo Domingo (con su idealización de la raza desaparecida en función de la negación de la raza actual). La literatura es “bella” porque habla con sus silencios, y una de las tareas interesantes del crítico es hacer que la obra hable, incluso contra sí misma. En este sentido, la obra de Galván es sumamente elocuente. Galván no se propuso en ningún momento escribir la epopeya de los indígenas de nuestra isla, y mucho menos condenar a fondo la obra de conquista y colonización llevada a cabo por los súbditos del cristianísimo rey Fernando. La cosa es tan notoria que incluso un crítico tan superficial y poco incisivo como Anderson Imbert se percata de la situación al reseñar el Enriquillo en su famoso y manoseado inventario de la literatura hispanoamericana. Sin embargo, no es necesario recurrir al apoyo de indicaciones bibliográficas para confirmar esta tesis. Es el mismo Galván quien aporta el argumento más contundente en este sentido cuando suplica y advierte al lector, en una de las prólijas notas de su libro, que no lo crea atacado “de la manía INDIOFILA”. Galván aclara en la nota que no pasará “nunca los límites de la justa compasión a una raza tan completamente extirpada por la cruel política de los colonos europeos, que apenas hay rastros de ella entre los moradores actuales de la isla” (pág. 482). Como puede verse, no tiene cabida en el pensamiento de Galván el sentimiento épico de admiración por la lucha de los aborígenes. Se trata, simplemente, de la expresión de un sentimiento paternalista de “justa compasión”, expresado por un espíritu cristiano, noblemente compungido en sede literaria por la suerte de esos hombres inferiores que merecían ser educados pero nunca maltratados, aprovechados y no exterminados (incluso por aquello de la escasez de mano de obra, que luego se presenta como problema).
      A pesar de haber explicado con lujo de detalles los motivos y razones ideales de Enriquillo, cuando éste se subleva y coge el monte Galván traiciona un poco sus senti mientos y se deja sorprender observándolo con el mismo sentimiento de derrota de un ama de casa que extrae del horno un pastel arruinado por exceso de calor. El dolor de Galván es ver destruida parcialmente esa obra maestra de aculturación que representa Enriquillo, construida con tanta paciencia. Galván parece sugerir que era necesario seguir haciendo las cosas como al principio: aplastando con la simple fuerza bruta a los indios de rango inferior, pero respetando y mimando en lo posible a sus caciques y líderes naturales domesticados. Sólo así podía tener éxito el proceso de aculturación, que terminaría convirtiendo a todos los indígenas en cipayos.
      Resulta claro, por lo tanto, que Galván no ha querido cantar la epopeya de una raza, sino advertir a la clase dominante sobre los peligros que comporta el exceso de abusos contra los vasallos en determinadas circunstancias (y adviértase que se trata cíe una actitud clásica de ciertos autores seudo-sociales, como el famoso Steimbeck de “Viñas de Ira”). Galván se limita a lanzar en este sentido un grito de alerta y previene a las autoridades competentes, sugiriéndoles inteligentemente no convertir por falta de tacto a un esclavo sumiso en un rebelde.
      Dicho de otra manera, la obra de Galván tiene carácter admonitorio. Es por eso que en la “Reseña Retrospectiva” de su libro podernos leer que “las conclusiones que en el ENRIQUILLO se deducen de yerros pasados” deben ser tomadas “como admoniciones de yerros análogos”...(pág. 11). De aquí se desprende que el propósito fundamental de Galván es advertir precisamente a las clases dominantes de no perseverar en el abuso, no cargar dema-siado la mano, no exagerar los malos tratos. De otra manera, existe la posibilidad terrorífica de que los humildes se, unan y combatan. Así resulta claro que Galván se plantea el problema indigenista al revés. Su supuesto discurso indigenista es de carácter defensivo y paternalista. Su concepción jerárquica del mundo no le permite pensar u obrar de otra manera. Galván no es escritor que dice cosas contrarias al sistema, sino que se ofrece de mediador al sistema, poniendo en juego su propia inteligencia para remediar o paliar eventuales problemas. Galván se limita a deplorar genéricamente la violencia dañina de los hombres, sin condenar el sistema que le da origen. Señala los males, sin indicar sus causas profundas. He aquí sus límites.


III
LA ESTRUCTURA DEL PERSONAJE

      No es difícil darse cuenta que la admiración de Galván se vierte casi toda sobre los colonizadores y no sobre los colonizados. Auténticos (aunque velados) sentimientos de admiración manifiesta nuestro autor a propósito de feroces exterminadores como Diego Velázquez y Hernán Cortés. Por lo demás, se tiene la impresión de que Galván nutre por Enriquillo el mismo sentimiento de un entrenador por su perro amaestrado que responde automático a todas las señales de obediencia en virtud de sus reflejos condicionados. Ya vimos que el Enriquillo que describe Galván es un perfecto modelo de mansedumbre, un ideal de sumisión. Enriquillo pasa de un amo a otro y soporta su degradación con la amargura resignada de quien ha descubierto en su miseria un bien superior al mal hallado. Después de todo, la cultura hispánica es portadora del cristianismo. Con la espada vino la cruz, y esta última parece compensar todos los horrores de la conquista (aunque en la práctica los españoles se valieron indistintamente de una y otra como armas).
      Desde este punto de vista, es sumamente interesante e ilustrativo el modo en que Galván construye el personaje diseñando su personalidad física y moral con mano firme, en modo de mostrar paso por paso el entero proceso de desarrollo del héroe. Hay que decir que Enriquillo es un perso-naje tallado con cincel y martillo, rígido e inquebrantable. Es tan perfecto como una escultura de Miguel Angel (hasta el punto de que su misma perfección lo hace lucir poco verosímil en ocasiones). A Galván no se le escapa un detalle cuando “reconstruye” en progresión geométrica el desarrollo físico e intelectual de Enriquillo, mostrando in cres-cendo el proceso de sus razonamientos en las diversas materias, con sus ocurrencias estereotipadas y sus múltiples cursilerías (que, sin embargo, no son tales para el el autor).
      Galván describe a Enriquillo tan serio y mesurado, tan perfectamente dueño de sí mismo (un poco a la manera del protagonista de El Padrino), que algunas veces resulta verdaderamente antipático. Enriquillo, por ejemplo, es inalterable: “Estoy tan acostumbrado á reprimir mis deseos, y á mirar frente a frente r mi estado y mi condición, que cuantos enojos y contratiempos puedan sobrevenirme por consecuencia de ellos, ya los tengos previstos, y no me pueden causar la impresión de lo inesperado” (pág. 299). Su “gravedad y compostura características” (pág. 302) lo destacan entre todos los personajes del libro. (A decir verdad hay pocos personajes de carne y hueso en esta obra). En la página 380 Galván esculpe a Enriquillo a tamaño heroico: “De pié, algo adelantada la rodilla derecha, y reposando cl bien formado busto sobre el cuadril izquierdo...” Más adelante, pocas páginas antes del alzamiento, se regodea describiendo su actitud de superhombre: “Una impasibilidad severa, una concentración de espíritu imponente era lo que caracterizaba las facciones y el porte del agraviado cacique” (pág. 414).
      No cabe duda que Galván admira a Enriquillo únicamente en la medida en que éste trata de ser y parecer más español y más castizo, más cristiano, más devoto y más sumiso. El cacique se asimila por entero a la nueva y superior cultura con el deleite de quien abreva en un manantial precioso. Así Enriquillo trasuda hispanidad y cristianidad por todos los poros. Se parece como una gota de agua a sus modelos europeos. En el día de sus bodas (primera y segunda tentativas), Enriquillo “vestía con gracia y sencillez el traje castellano dc la época, en el que ya comenzaba a introducir algunas novedades la moda italiana, sin quitarle su severidad original, que a expensas del gusto artístico volvió a dominar exclusivamente algunos años más tarde. En suma, la manera de vestir, el despejo de su porte y dc sus modales, como la regularidad de las facciones del joven cacique, le daban el aspecto de uno dc tantos hijos de colonos españoles ricos y poderosos en la isla; aunque la ausencia dc vello en su rostro, la tez ligeramente bronceada, y lo sedoso y lacio dc sus cortos cabellos, acusaban los más señalados atributos de la raza antillana. De aquí nacía cierto contraste que tenía el privilegio de atraer la atención general, y que hacía distinguir a Enriquillo entre todos los caciques cristianos de la Española” (pág. 275).
      Al retrato físico de Enriquillo corresponde un retrato sicológico y moral de igual tamaño. Enriquillo es una especie de santo que no conoce odios ni rencores. Es perfecta mente inocuo. “¿Quién consigue de ti que aborrezcas a nadie?”, le reprocha su amigo Tamayo en una ocasión (pág. 365). En otra oportunidad, es el mismo cacique quien habla en primera persona de su capacidad de sumisión y sacrificio, definiéndose explícitamente como un mártir: “—Me verás sufrir, Mencía—, dijo en tono solemne Enriquillo—, y sufrirás conmigo todas la pruebas que un ánimo valeroso y cristiano puede soportar... Hasta que Dios quiera. ¿Estás dispuesta? “(pág. 387).
      En alguna ocasión José Martí comparó con fina ironía al Enriquillo de Galván con Jesús, pero seguramente Enriquillo le aventajaba en cuanto a mansedumbre y buenos modales y, sobre todo, en cuanto a castidad; vale decir, en cuanto a comportamiento social y sexual. Es significativo que las relaciones entre Enriquillo y Mencía tengan lugar dentro del marco de la más estricta castidad y templanza, y basta leer un sabroso pasaje de la página 319 (en el cual Enriquillo responde a las insinuaciones amorosas de Anica con severo lenguaje, “exhortándola a la honestidad y buenas costumbres como pudiera hacerlo el más austero predicador”) para darse cuenta de que el Enriquillo idealizado por Galván probablemente llegó virgen al matrimonio. Su vocación de castidad no admite dudas. Enriquillo es un perfecto auto-reprimido sexual. Se diría que Galván ha colocado un policía en su cabeza para que éste, acostumbrándose a no transgredir el código burgués de comportamiento sexual, se abstenga del mismo modo de infrigir las leyes de comportamiento social que garantizan el orden del sistema. Se pone en evidencia de esta manera el nexo íntimo entre represión sexual y política, ilustrando la función social de la represión sexual en contraposición a la función liberadora del orgasmo (cfr. Wilhen Reich La función social del orgasmo).
      Otro punto de interés lo constituye el agradecimiento irracional que Enriquillo demuestra por sus protectores (Velázquez, los Virreyes, las Casas, Valenzuela padre). A decir verdad, el tema del agradecimiento se convierte en estribillo constante en el libro, un punto fijo de referencia para mostrar la solidez del personaje en relación a sus principios. (Ya se sabe que Enriquillo está sólidamente anclado a sus convicciones, al código de honor y de comportamiento que le ha sido inculcado desde pequeño). Galván insiste en destacar la extrema bondad de ciertos personajes, y en lo mucho que a ellos debe el cacique. Valenzuela y las Casas son para él seres sobrenaturales que le inspiran un sentimiento místico de devoción. Esta se resume siempre en palabras elogiosas que por sí solas son indicativas del grado de enajenación del joven cacique. Lo más importante es que este sentimiento constituye un freno permanente para la acción:”¡ Bondadoso protector; sacerdote santo! —exclamó enternecido Enriquillo—. Tu virtud por sí sola paraliza en mi corazón los impulsos del odio, cuanto quiere sublevarse ante las injusticias que los de tu raza...” (pág. 371). Más significativo o en este sentido es la histérica perorata que Enriquillo endilga a Tamayo cuando éste lo incita a rebelarse en una ocasión: “—¡Déjame en paz, demonio! —replicó en súbito arrebato de cólera Enriquillo; y serenándose inmediatamente añadió: —¿Qué puedo hacer? ¿He de olvidarme de lo que debo al padre protector, al señor Almirante y su familia, al mismo Don Diego Velázquez, mi padrino?” (pág. 389). En otro capítulo, discutiendo como siempre con el lúcido Tamayo, Enriquillo reafirma sus convicciones pacifistas en modo contundente; “jamás daré motivo de arrepentimiento a mis bienhechores, dejándome ir a la violencia, en tanto que haya una esperanza de obtener justicia” (pág. 404). Incluso cuando las circunstancias lo han obligado a coger el monte, Enriquillo no puede librarse de la preocupación ele parecer ingrato a los ojos de sus protectores; y la cosa le duele y le molesta como una piedrecita en el zapato. Al rechazar las dudosas proposiciones de paz que le hace el padre Remigio, en calidad de emisario, siente el deber de pedirle a éste que explique sus “razones al padre las Casas, al señor almirante, a (su) padrino Don Diego Velázquez”. Y enseguida añade: “Aseguradles que no soy ingrato”... (pág. 461).
      En resumen, el agradecimiento de Enriquillo por sus protectores no conoce límites, y llega al colmo en la escena que, describe la captura de su enemigo, el “soberbio tira no Andrés de Valenzuela” (pág. 434). Además de perdonarle la vida y libertarlo (contra los sanos consejos de Tamayo), Enriquillo le regala su hermosa yegua y le da oportunas recomendaciones matrimoniales (cf. pág. 436). Todo esto naturalmente., en nombre de la gratitud que el cacique conserva por la memoria del padre de su verdugo.
      Casi tan fuerte como su sentimiento de gratitud es la resignación que demuestra el cacique, su capacidad de aguante ante las adversidades de la fortuna: “Al inaugu-rar así su vida de sujeción y vasallaje, el magnánimo cacique ahogaba en lo profundo del esforzado pecho la angustia y el dolor que lo desgarraban; y en su rostro grave y varonil solamente se traslucía la serena bondad de aquel noble carácter, incapaz de flaqueza, que sabía medir el tamaño de su infortunio, y entraba en la lucha con él, armado de intrépida resignación” (pág. 390). Enriquillo es lo que el genial caricaturista mejicano Rius suele definir como un “supermacho”. Por eso no sorprende que tanto Enriquillo como Mentía “en medio de su pobreza y abatimiento experimentaron durante algún tiempo aquella serenidad de espíritu que siempre acompaña al que sabe conformarse con cualquier estado a que lo reduzca la suerte, cuando tiene limpia la conciencia, manantial único de la felicidad posible en este mundo” (pág. 398). Después de todo, como dice Enriquillo, no es pertinente lamentarse demasiado ya que “muchos otros hay menos afortunados...” (pág. 355).
      Es evidente que una actitud semejante frente a la vida sólo se explica a la luz del tortuoso proceso “educacional” a que fue sometido el cacique por sus amantes protectores. Se diría que Enriquillo ha sufrido un tremendo lavado de cerebro o por lo menos ha sido castrado mentalmente. Este no reproduce un pensamiento que no sea parte de la ideología del sistema, de ese “falso concepto de la realidad que la clase dominante elabora para su uso y consumo”. Es un títere que puede ser manejado por antojo, hasta un cierto límite. Pero lo importante aquí es hacer notar que estos rasgos característicos de la personalidad del cacique, junto con otros secundarios que nos ocuparán más adelante, ilustran claramente el tipo de buen salvaje que idealizaba nuestro autor. (Sus prédicas de conformismo y sumisión, obediencia etc. denuncian por otra parte, sus intenciones). Y lo demuestra todavía más el hecho de que cuando Enriquillo se decide a emplear el supremo recurso de las armas, pone al cielo por testigo de que sólo a la fuerza de las circunstancias debe atribuirse el hecho (cfr. pág. 417 y siguientes). El astuto Galván se vale de éste y otros trucos para presentar la insurrección del indígena como un hecho providencial, desprovisto de connotaciones sociales, subversivas. Y al eliminar estos datos, Galván elimina la parte nociva del mensaje, el mal ejemplo. El Enriquillo de Galván no se rebela, sino que se entrega, por decirlo así, en brazos de la Justicia Divina. Es lógico pensar que el personaje Enriquillo necesitaba de esta coartada o justificación final para no abandonar el camino real que le había trazado el autor desde el principio. Con este pretexto, ni siquiera puede afirmarse que Enriquillo se tomó en sus manos la justicia. Simplemente, “sucedió lo que Dios quiso”. Los mortales, como es sabido, no deben nunca tomarse este género de iniciativas.


IV
LA FUNCIÓN DEL PERSONAJE

      El alzamiento de Enriquillo se presenta como una especie de “modelo insurreccional” que sólo en esas precisas circunstancias puede justificarse o por lo menos explicarse. No deja de ser significativo el hecho de que Enriquillo haya tomado esta decisión con el ánimo pesaroso del hombre que lamenta sinceramente tener que realizar una transgresión del orden establecido. Por esa razón el alzamiento tiene lugar en una forma tan civilizada y decente (con excepción del episodio en que participa Tamayo), hasta el punto de poderse inscribir dentro de la rutina legalista del régimen colonial: “La fuga a las montañas está decidida; pero se trata de un alzamiento en forma, una redención, mejor dicho. Enriquillo no quiere matanza, ni crímenes; quiere tan sólo, pero quiere firme y ardorosamente, su libertad y la de todos los de su raza” (pág. 421).
      Lo interesante del caso es que el lector siente que Enriquillo, a pesar de haberse marchado con su gente a las montañas del Bahoruco, no está irremediablemente “perdido”. Por el contrario, el cacique permanece fiel a la cultura hispánica y su devoción cristiana, en la cual se revela como un beato sincero. Así veremos que, al tiempo que se organiza militarmente, Enriquillo se ocupa de programar las actividades religiosas, imponiendo determinadas prácticas obligatorias a su gente: “Por la noche, el cacique congregó ante la puerta de su habitación a todos los circunstantes, y rezó el rosario de la Virgen; costumbre que desde entonces quedó rigurosamente establecida, ya que jamás permitió Enriquillo que nadie faltara nunca” (pág. 427). En este mismo orden de ideas, debe destacarse el hecho de que Galván atribuye precisamente a la asimilación de la cultura hispánica, la superior capacidad defensiva y organizativa que demuestran los indígenas en el Bahoruco: “La civilización europea, que había arrebatado aquellos infelices a su nativa inocencia, los devolvía a las selvas con nociones que los hacían aptos para la libertad, por el trabajo y la industria” (pág. 454). “Lo cierto era que Enriquillo, y por reflexión sus indios, habían alcanzado ya la plenitud de civilización indispensable para apreciar las fuerzas de los dominadores europeos, y medir con ellas las suyas, sin la temerosa superstición del salvaje, tan favorable al desenvolvimiento de esa prodigiosa conquista de América, en que entraron de por mitad el valor fabuloso de los vencedores, y la fabulosa timidez de los vencidos” (pág. 456).
      Es claro, sin embargo, que Galván no contempla la fuga de Enriquillo y sus indios como una solución permanente, sino como un mal necesario y temporal, en espera de que se emparejen los entuertos y reveses y pueda triunfar la mano lenta y larga de la justicia con mayúscula. No en vano Galván hace notar de alguna manera la necesidad de que este estado de cosas no dure para siempre. Si Enriquillo hubiese sido un tipo radical dispuesto a luchar y a mantenerse en la sierra hasta las últimas consecuencias, seguramente no habría contado con la simpatía de su autor. Lo esencial, para Galván, es que sus personajes se reintegren al orden establecido, de modo que las cosas vuelvan a ser un poco como antes, una vez que hayan sido eliminados los agentes físicos más aparentes que dieron origen al descontento (mala administración de la justicia, incumplimiento de leyes y reformas, etc.).
      Se ha dicho anteriormente que en los capítulos que describen la vida de los indios insurrectos en la sierra, la prosa de Galván pierde brillo y se hace lenta y pesada. Se nota claramente que Galván narra con desgano en ciertos trechos, y en la página 457 —quizás la más decrépita de todo el libro— escribe párrafos de increíble cursilería. El júbilo de nuestro autor nunca es tan grande como cuando Enriquillo claudica y el omnipresente padre las Casas sube a darle la bienvenida al mundo civilizado. Parecería que el autor se congratula con sus personajes al celebrar este acontecimiento con tanto despliegue de bombos y platillos. Y no es para menos, ya que se trata de la celebración de la fiesta del orden reconstituido. El buen hijo a su casa vuelve, reza el refrán, y el Enriquillo de Galván es precisamente un hijo bueno; y más que bueno, ejemplar. Es un tipo programado como una computadora para que sirva como modelo de buena conducta y comportamiento social, aún en las circunstancias más apretadas y en los peores trances.
      Es evidente que en pocos momentos Galván participa del entusiasmo rebelde de los novelistas del tardo romanticismo. Una vez más queda demostrado que el Enriquillo que Galván elogia y recomienda no es el héroe que se levanta en armas para obtener con violencia la justicia escamoteada. Por el contrario, su ideal es el cacique sumiso y aculturado, devotamente cristianizado, manso y piadoso para con sus enemigos de raza y de clase; agradecido a sus bienhechores y malhechores, profundamente temeroso de aquellas penas del infierno que la Justicia Divina reserva para los transgresores de la Justicia Terrena.
      A decir verdad, Enriquillo es una especie de Tío Tom, con la diferencia de que este último no se rebela nunca. Seguramente Galván tuvo conocimiento de esta famosísima obra de Harriet Beecher Stowe (La Cabaña del Tío Tom), que en la segunda midad del siglo pasado provocó mares de lágrimas, con oleadas de admiración, entusiasmo e indignación (hasta el punto de que el mismo Lincoln atribuyó irónicamente a su autora el haber desatado la pavorosa guerra civil americana).
      A pesar de sus merecidas diferencias, el esquema estructural de ambas obras es prácticamente el mismo. En ambos casos se trata de historias paternalistas—compasivas, camuflajeadas de aparente contenido revolucionario. Los personajes son igualmente mansos y devotos; carecen de una idea general del mundo y sus problemas; ambos eseapan de las respectivas tiranías de sus amos, etc.
      De aquí resulta claro que Enriquillo, como todos los héroes de su tipo, es un personaje construido ad hoc para uso y consumo de una determinada práctica ideológica. Sus funciones precisas, sus deberes y responsabilidades específicos se inscriben dentro del orden establecido. A pesar de estar recubierto por una aureola revolucionaria, sus actuaciones no cuestionan el sistema (aún cuando se rebela). Por el contrario, implican posibilidad de armónica convivencia entre explotados y explotadores, dando pie a la ilusión de que basta corregir los defectos más aparentes del sistema para que todo funcione a la perfección.

V
LA COBERTURA DEL PERSONAJE

      Enriquillo es lo que en sociología de la literatura suele llamarse un personaje “cubierto”, y no es el único del libro. A su izquierda y a su derecha, Galván ha colocado dos antagonistas (Tamayo y Camacho) cuyos vicios y defectos arrojan luz sobre las virtudes de Enriquillo, dando por contraste una imagen superior de éste. En otras palabras, le sirven de cobertura. Tamayo es un rebelde intransigente que mal soporta la presencia de los españoles en su isla, y no ve la hora de combatirlos con las armas en las manos. Camacho, en cambio, es un perfecto lacayo, feliz y contento de su suerte; y no hay razón en el mundo que pueda moverlo a luchar contra sus opresores. En medio de ambos se sitúa Enriquillo, el héroe perfecto.
      Galván contempla con no disimulado horror a Tamayo, porque en éste la voluntad de rebelión se manifiesta como una enfermedad crónica. Tamayo representa el conflicto entre “civilización y barbarie”, según la famosa fórmula popularizada por aquel descarado teórico del racismo que fue Domingo Faustino Sarmiento. La actitud de Tamayo es, a todas luces, injustificable para el sistema. No es dócil ni asimilable, y no demuestra pensar que la conquista de la isla trajo algún beneficio a su raza. En las páginas 402 y 403, Galván lo describe como insensible a la naturaleza (cosa imperdonable en el romanticismo). En resumen, el brioso Tamayo es presentado como una especie de “espíritu malo”, germen dañino que en cualquier momento puede echar a perder la hermosa labor civilizadora llevada a cabo por los mejores españoles; y en no pocas ocasiones provoca enredos que ponen en aprietos al prudente Enriquillo. No en balde se lo define como un tipo que busca siempre la “oportunidad de repartir palos”. Durante la primera fase del alzamiento, incendia la casa de uno de los pobladores europeos (cosa que Enriquillo le reprocha duramente), y en los combates se distingue por su crueldad.
      Como se ha visto, Tamayo no es un buen modelo de cristiano. En ningún momento se muestra dispuesto a ofrecer la otra mejilla. Es, por el contrario, un personaje de gran lucidez: inquieto, rebelde, anticonformista. Cuando. Enriquillo perdona la vida al joven Valenzuela en nombre de los favores que debía al padre de éste, Tamayo reprocha al cacique con férrea lógica:“Eres un mándria, Enriquillo(...) A cada cual lo que merece; Don Francisco en el cielo, y este pícaro que se vaya al infierno” (pág. 431).
      En las montañas, las diferencias de carácter entre Tamayo y Enriquillo no tardan en manifestarse abiertamente y precipitan al poco tiempo la ruptura. Así, el primero se tras lada a otra sierra con sus seguidores, donde se dedica a hacer la guerra como la había aprendido “de los cristianos de España” (pág. 443). A este grupo se suma luego una parvada de negros “cimarrones” que había participado en un levantamiento “en una hacienda del mismo Almirante”, (pág. 459) y que de alguna manera había logrado escapar a la piadosa represión desencadenada por éste personalmente. A partir de entonces, a la cabeza de “su horda sanguinaria” (pág. 459), Tamayo sembró el terror entre los pobladores, extendiendo “sus correrías devastadoras hasta los términos de Azua” (pág. 459). Es evidente que el propósito de Galván, en relación a estos hechos, es demostrar que el mal no es patrimonio exclusivo de la raza de los conquistadores, con lo cual intenta explicar el históri co enfrentamiento entre colonizados y colonizadores en base a un principio dual: lucha del bien y del mal en un contexto abstracto, desprovisto de connotaciones sociales.
      Obsérvese, en cambio, cuán admirable, y cuán amable y precioso —desde su punto de vista— es el cristianísimo y pío Camacho. ¡Qué modelo de virtudes, que alma tan resignada, qué buen animal doméstico! El personaje es risible y caricaturesco, hasta el punto que el lector se pregunta si el preclaro autor no tuvo conciencia de ello. Camacho es el personaje más inverosímil del libro. Encarnación de la pura bondad, como Mojica lo es de la perversidad, transcurre su vida “enseñando a rezar a los niños y fabricando toscas imágenes de arcilla, que él llamaba santos” (pág. 371). Su mansedumbre lo lleva a justificar en cualquier circunstancia los peores abusos y atropellos. Y en ocasiones se muestra adolorido porque teme —¡oh noble criatura! que en el alma de Enriquillo no cabrán “holgadamente (... ) las humillaciones” (pág. 372).
      En la página 388 hay una suculenta conversación entre Camacho, Tamayo y Enriquillo, en la cual se revelan los caracteres de estos personajes con riqueza de connotaciones sicológicas:
      “—¡Cuándo hallará el cacique Enriquillo que la ira cabe en alguna parte! —dijo con acento irónico Tamayo.
      —Dios no permita que llegue el caso; pero quizá te equivoques figurándote que mi paciencia no tiene límites —contestó con calma sombría el cacique.
      —Si no los tuvieras, Enriquillo, —terció Camacho— no serías un triste pecador, sino un santo: ojalá fuera tan grande tu paciencia, para que en ningún caso llegara á faltarte!”
      A la luz de los razonamientos del buen Camacho, se diría que Galván trata de insinuar que Enriquillo no soportó realmente todo lo que debía soportar como buen cristiano. El alzamiento lo convirtió en un héroe para su raza; pero al hacerlo perdió, automáticamente, la oportunidad de convertirse en algo infinitamente más grande y más útil: un santo y un mártir; es decir: el mejor de los héroes posibles. Es claro que Galván no se atreve a decirlo directamente, sino por mediación de tercera persona. De cualquier manera, deja entrever con malicia y con astucia sus intenciones profundas. Desde su punto de vista, lo ideal, para el buen funcionamiento de la colonia habría sido convertir a los indígenas en una perfecta raza de santos—esclavos, dispuestos a cualquier forma de sumisión o vasallaje en aras de una improbable vida eterna, a la cual sólo pueden acceder los oprimidos con un adecuado pasaporte de sacrificios. Galván desliza esta idea en numerosos pasajes de su libro y a través de varios personajes. Así, en la página 61, el benemérito padre las Casas trata de conjurar la desesperación de la hija de Anacaona con estas bellas palabras: “no perdaís, por la desesperación o la inconformidad, el rico galardón que vuestros sufrimientos os dan el derecho de prometeros en un mundo mejor, y esperad tranquilamente a que el Todo—poderoso quiera poner fin a tantas pruebas”.
      Huelga decir que, al darle sentido y significado al dolor humano, Galván asimila en pleno la herencia más reaccionaria del cristianismo, y al mismo tiempo pone en evidencia los vínculos estrechos que median entre religión y opresión.
      Lo interesante del caso es que Galván propone sus ideas con el candor inocente de quien no quiere la cosa, cubriéndose las espaldas en la medida de lo posible, ya que se vale con astucia de diferentes portavoces, entre los cuales hay algunos “insospechables”. Del mismo modo protege a su intachable héroe, asignándole funciones y misiones que no lo comprometen nunca a fondo con los enemigos del sistema ni con aquellos personajes cuya devoción al orden constituido podría inducir a sospechas. Precisamente, haciendo oscilar a Enriquillo entre la pusilanimidad de Camacho y la rebeldía intransigente de Tamayo, Galván lo define o califica implícitamente como “el justo medio”, el término ideal, equidistante de ambos extremos—extremistas.

VI
EL MANIQUEISMO COMO IDEOLOGÍA

      La base ideológica de Enriquillo es la doctrina o filosofía maniqueísta, que reconoce dos grandes y exclusivos principios creadores: uno para el bien y otro para el mal. Esto explica en última instancia el comportamiento y la actitud general de los personajes de la novela frente a la vida. El maniqueísmo, en efecto, constituye la espina dorsal, la filosofía política que sostiene todo el edificio intelectual construido por Galván en torno a la “leyenda” de Enriquillo. Es el andamiaje fundamental teórico, el Deus ex Machina que permite dar una explicación “histórica” racional y total de los problemas y, al mismo tiempo, aportar “soluciones”. En rigor, es una especie de condimento universal con el cual nuestro autor sazona los más diversos platos, tratando de hacernos pasar gato por liebre. Así, armado de su concepción o cosmovisión maniquea, Galván puede hacer abstracción de los profundos problemas sociales que afectan la vida de la colonia y reduce la historia a un simple enfrentamiento entre el bien y el mal; es decir, entre buenos y malos, con el agravante de que estos últimos son mayoría o son más poderosos. Desde este punto de vista, no existen problemas de clase, y ni siquiera parecen existir problemas de fondo entre colonizados y colonizadores, entre explotados y explotadores. Huelga decir que el maniqueísmo sirve de apoyo a una teoría cómoda y simplista que permite explicar y justificar las mayores injusticias sociales sin cuestionar el sistema que las produce. Todos los males son atribuidos a la simple naturaleza del ser humano, a la eterna pugna entre el bien y el mal. Por tanto, sólo a la desigual pelea entre buenos y malos debe acreditarse la facultad de mover el resorte de la historia y producir cambios. El universo de Galván está poblado por fantasmas metafísicos, sin cuerpo y casi sin substancia social. Galván descuida el análisis de la sociedad en que viven sus personajes, esto es, crea una sociedad utópica en la cual la realidad no es dialéctica sino unidimensional, en la cual los conflictos son sólo individuales y no de clase, en la cual no hay algún problema moral o social directamente ligado a la estructura económica. Galván establece una neta división maniquea entre un estrecho grupo de personas que ejercita un autoritarismo absoluto (valiéndose de medios de convencimiento y de constricción que tienen una eficacia espantosa), y la masa de los desheredados oprimidos, compuesta por hombres desprovistos de raciocinio y hasta de instinto, dóciles siervos a quienes la persuación organizada ha negado la capacidad crítica, y el miedo cualquier perspectiva de salvación (cfr. Franco Prono, a propósito de un ensayo aparecido en la revista italiana Cinema Nuovo.
      No es casual que los escritores reaccionarios —al referirse a los problemas de la conquista— pongan siempre el acento en la contraposición de dos mundos: civilización y barbarie. Esta típica fórmula maniquea da lugar a una representación esquemática y aproblemática de la sociedad que viene a constituirse entonces con el choque entre la cultura española y la aborigen. De este modo, una vez decidido que la civilización estaba de la parte de los españoles, hay poco que decir a favor de los aborígenes (representantes de la barbarie), en tanto éstos no se asimilen o se sometan a los primeros. El razonamiento implícito en esta fórmula (A es igual a B, igual a C), permite establecer a priori la identidad entre cultura aborigen, barbarie y presencia del mal. Es por ello que a Galván no se le ocurre sospechar en buena fe que la cultura indígena tenga algún tipo de valor. Es, sencillamente, algo que debe desaparecer, preferiblemente sin dejar huellas, para dar cabida al más perfecto modelo de civilización. ¿Cómo, si no, podría justificarse la obra de conquista? Galván no pone en duda los inmensos beneficios que a la larga recibirán los aborígenes de la cultura española, a pesar de los maltratos a que se ven sometidos. En fin de cuentas, sólo a través de la obra de conquista lograrán éstos superar la barbarie e incorporarse a la civilización. Es cierto que entre los hispanos aparecen malos elementos que hacen pagar a los conquistados una cuota excesiva de sacrificios a cambio del premio que van a recibir, ¿pero qué otra cosa puede hacerse? El mundo es así desde siempre y nadie podrá arreglarlo. El hombre mismo es un lobo para el hombre. Nada sorprendente si en la lucha decisiva entre el bien y el mal, es el mal precisamente que parece tener la ventaja. ¡He aquí un modelo de razonamiento aparentemente impecable! Sólo que desde este punto de vista —como se ha sugerido anteriormente— los grandes problemas históricos se reducen a categorías abstractas, independientes de la realidad concreta, desprovistos de connotaciones económicas y sociales.
      Siguiendo este modelo de razonamiento, Galván divide a los personajes de su libro en dos bandos: santos y pecadores (y lo curioso es que sólo en vía excepcional contempla la posibilidad de medias tintas: casi todos son “muy malos” o “muy buenos”). En un lado figuran las Casas, Camacho, Valenzuela padre, el Virrey(¡?); en el otro encontramos a Mojica, Badillo, Ovando, Valenzuela hijo, etc. Como es natural, esta galería de héroes y antihéroes se presta a elaborar un esquema consecuente de interpretación histórica o, mejor dicho, ahistórica: ¡Cuán diferentes habrían sido las cosas si hubiesen existido en aquella época al menos cien hombres como los del primer grupo! Por ejemplo, cien hombres como el dinámico y bondadoso padre Las Casas. Pero ya se sabe que el “si” condicional es antihistórico. Y entonces sucedió lo que tenía que suceder.
      El lector inteligente comprenderá que Galván se representa el mundo en forma elemental, esquemática. Su visión de conjunto de la historia es precisamente eso: un esquema, un simplismo. Es obvio, sin embargo, que todo esquema tiene sus ventajas, y éste le permite a Galván escamotear datos fundamentales, y manipular en consecuencia la realidad a su antojo.
      Galván explica, a su modo, que la lucha entre buenos y malos se materializó en la (supuesta) formación de dos facciones en la isla: realistas y autonomistas, si así pueden lla marse. Los autonomistas fueron aquellos jueces y funcionarios corruptos que no acataban la voluntad de los Reyes Católicos, y mucho menos la de sus representantes, comenzando por los Virreyes. Fueron ellos los que,, desobedeciendo o interpretando a su antojo las humanísimas reformas de 1914 en favor de los indios, provocaron en fin de cuentas el descontento y la insurrección de Enriquillo, con todas sus gravísimas consecuencias. Fueron sus ambiciones desmedidas y sus actuaciones abusivas la causa única o directa de los sufrimientos que padecieron los indígenas. Es más, el deterioro que provocaron afectó incluso a las autoridades a las cuales, formal y legalmente, debían estar sometidos. Por eso escucharemos al resignado Enriquillo pronunciar con voz compungida estas palabras cristianas: “Nuestros protectores nada pueden; ellos mismos padecen injurias...” (pág. 417). En otras palabras, Galván quiere demostrar con este argumento que la maldad está fuera del poder legítimo. El poder y sus leyes, a su juicio, están al margen de las interpretaciones erróneas o interesadas de los funcionarios encargados del mantenimiento del “orden” y de hacer cumplir esas leyes. ¡Galván pretende ignorar que no hay poder aislado del “mundo”; que no hay funcionario que no cumpla una determinada función de clase; que no hay ley, ni arte, ni filosofía, ni religión que no respondan a una determinada concepción clasista!
      En realidad, Galván no hace más que traducir o aplicar sutilmente su concepción de la historia y de las relaciones sociales al ámbito de la realeza y la justicia, reduciendo ambos términos a principios maniqueos típicos. Es claro que Galván no se permite a sí mismo dudar en ningún momento de la Justicia y de la Realeza con mayúscula (es decir, del poder y del orden establecidos por voluntad divina). Una y otra obedecen o están sometidas al gran principio creador del bien. Las malas interpretaciones son obra de su contrario y no de su esencia, ni de las reales situaciones sociales que se crean. Por eso Galván insiste en culpar a determinados malos funcionarios y nunca al estado de cosas. Imposible exigir a Galván que comprenda que las cosas no podían ser de otra manera, que nunca se ha llevado a cabo una conquista con buenas maneras, que abuso y conquista son la misma cosa porque se originan en los mismos intereses. Para Galván la justicia y la realeza están por encima de los problemas económicos y sociales. Galván idealiza las leyes y los reyes como instrumentos divinos y providenciales al servicio de la “humanidad” en general. A su juicio, el poder tiene siempre la razón. No percibe —o no destaca— su carácter de clase, esencialmente represivo, ni reconoce que los funcionarios públicos son simples servidores del sistema que actúan de acuerdo a las necesidades de las clases dominantes, y no de acuerdo a las necesidades de la “humanidad”.
      Es más, para Galván, el problema de la injusticia es en cierto sentido un simple problema de autoridad. Basta que los reyes, además de justos y sabios, sean potentes, y todo queda arreglado en el mejor de los modos posibles. Así, cuando Carlos V (sucesor de su abuelo Fernando) se decide a hacer valer su autoridad en la remota colonia, las cosas cambian por encanto y mejoran a la carrera. El rey Fernando era relativamente bueno —de acuerdo con los datos que ofrece Galván—, pero desgraciadamente se dejaba llevar de malos consejos y no lograba imponer su autoridad. Entonces los funcionarios se convertían en “pillos autorizados” que cometían “todas sus maldades sin riesgo alguno, y en nombre del Rey y de las leyes”. (pág. 301). En cambio Carlos V no tiene el carácter débil e influenciable de su abuelo: es un rey fuerte y magnánimo que sabe hacer cumplir las leyes en todos sus dominios, sometiendo a sus vasallos por las fuerzas de las armas o por la fuerza de la razón, según sea posible o necesario. Un buen día, su graciosa majestad “se dignó dirigir una bondadosa carta” (pág. 470) al cacique Enriquillo. Este se deja seducir de inmediato por los argumentos y al poco tiempo se decide a deponer las armas, sin que intervengan, en apariencia, razones de mayor peso. En consecuencia, los indígenas sublevados se reintegran al orden y al mismo tiempo parece restablecerse el control de los grupos realistas sobre los desobedientes autonomistas. A partir de ese momento, Enriquillo se pone “en contacto definitivo y regular con las autoridades del bondadoso Monarca que se le mostraba tan clemente y munífico” (pág. 472). Incluso el indómito Tamayo, a instancias de Enriquillo, se somete al orden y recibe “el bautismo de manos del padre las Casas” (pág. 472). Para no dejar cabos sueltos, Galván explica enseguida (en el colmo del cinismo y sin asomo visible de pudor) que este “Esforzado teniente de Enriquillo se había convertido de una vez (a la fe cristiana), cuando vio que los mejores soldados españoles eran humanos y benévolos; y (...) que los potentados cristianos verdaderamente grandes, eran verdaderamente buenos” (pág. 472). Por esta razón “prevaleció entonces verdaderamente en la colonia la sana política del gobierno de España, y las voluntades del gran Carlos V tuvieron cumplido efecto” (pág. 473). De esta suerte, la historia de Enriquillo termina tan felizmente que podría traducirse sin perjuicio al estilo de los cuentos de hadas: había una vez un rey al cual sucedió otro rey más fuerte y sabio que emparejó los entuertos y colorín colorado.
      Lo curioso del caso es que en algunas ocasiones Galván se demuestra tan lúcido y despierto frente a ciertos problemas, que parece capaz de darse una respuesta más ajustada a la circunstancias. Así, en la página 337, dispara una sorprendente parrafada que hace recordar un famoso pasaje de La Ideología Alemana: “La facilidad con que el espíritu de lucro, puesto como base fundamental a la creación de colonias, degenera en desenfrenada codicia, y se engríe convencido de que todos los sentimientos del hombre deben estar subordinados a la sórdida utilidad, es causa de que se difunda en la atmósfera moral de las sociedades así constituidas una especie de niebla mefitica que ofusca la razón, y la convierte en cámara oscura, donde los objetos se reflejan falazmente, en sentido inverso del que realmente tienen: de esta especie de fascinación sólo pueden librarse las conciencias privilegiadas por un temple exquisito, cuya rectitud resiste sin torcerse a todas las aberraciones, a todas las sugerencias del interés o del temor. Rara Avis.”
      La Ideología Alemana fue escrita por Marx y Engels entre 1845 y 1846, y no fue publicada por entero en vida de los autores. La primera edición completa salió en Berlín en 1932 (cfr. La concezione materialistica della storia, pág. 7 y 44). Además es poco probable que Galván tuviera algún tipo de contacto con la obra de Marx y Engels. Lo importante, en verdad, es señalar precisamente el hecho de que ciertos razonamientos de Galván hacen pensar que éste tiene cogidos por el mango todos los elementos necesarios para llegar a una conclusión más apegada a la realidad de los hechos; en otras palabras, para responder en términos concretos, sin rodeos metafísicos. Naturalmente, Galván no lleva nunca sus razonamientos a su extremo lógico. En algunas ocasiones lo escucharemos hablando de “intereses creados” (pág. 337) y presiones sociales deformantes, etc., pero al final cerrará distraídamente el paréntesis de lucidez y llegará a una de sus típicas conclusiones simplistas, coherentes con su visión maniquea.
      Por lo demás, ya lo dice el refrán que no debemos pedir peras al olmo. Para el marxismo no existe el mal y el bien (en sentido maniqueo), sino la dialéctica: hechos concretos dependientes de una determinada realidad económica y social. En cambio, Galván es coherente consigo mismo cuando interpreta la historia en términos maniqueos, deformando la realidad concreta y presentando los problemas sociales como simple resultado de una lucha entre los dos grandes principios creadores: el bien y el mal. A pesar de todo, resulta chocante que precisamente el proclive Galván tuviera la cachaza de erigirse en teórico del bien y del mal. ¡Cuál no habrá sido su sufrimiento al tener que mortificar tan a fondo su propia experiencia! Quizás por está razón es necesario pensar en él con cierto afecto y ternura, pasando un poco por alto su cinismo y hasta sus múltiples bellaquerías en el plano político.

* * *

      En el mismo orden de ideas es importante señalar otros aspectos en que la ideología maniquea de Galván se mani—festa, un poco veladamente, dejándonos comprender más a fondo su pensamiento sobre las relaciones humanas y sociales. Se trata, en particular, de su concepto del amor y el matrimonio, la belleza, la castidad, el ideal femenino y otras materias afines. Lo paradójico del caso es que al tocar estos temas, Galván se muestra púdico y discreto como una señorita de provincia. Sin embargo, a pesar de sus efusivas demostraciones de ingenuidad y espiritualidad, a pesar de sublimar las relaciones amorosas de sus personajes, a pesar del voluminoso despliegue de idealismo quijotesco, Galván se rige en esencia por un criterio mercantilista. Es decir, en su escala de valores éticos y morales, el amor y el matrimonio se reducen a un simple tráfico. Galván identifica en el fondo el amor y el cálculo, sin manifestar el menor disgusto ni advertir las profundas contradicciones implícitas en sus discursos.
      Por lo demás, esta visión es coherente con toda la producción romántica novelesca del 1800. No en balde los sociólogos de la literatura han demostrado que los famosos matrimonios de “amor” de las heroínas románticas del siglo pasado son simples relaciones de intercambio. En la mayoría de estas historias de amor, el matrimonio oculta algo menos espiritual de lo que se supone corrientemente. Por lo general se trata de casos en que la mujer dona el sexo a cambio de la seguridad económica que le ofrece el apasionado consorte. Naturalmente, también puede suceder lo contrario, y hay múltiples variantes, pero en el fondo existe casi siempre algún motivo visible de cálculo económico.
      No es casual que Galván defina la pasión de Diego Velázquez por María de Cuéllar como “un negocio” (pág. 123). En virtud de ese negocio —según las palabras del astuto y travieso Mojica— Velázquez debía entrar en “posesión de la criatura más bella y agraciada de toda la colonia”, estableciendo automáticamente una alianza con una familia cuyas riquezas, unidas a las suyas, lo convertirían en “el más poderoso de todos los pobladores de las indias” (pág. 122).
      En los capítulos XXIII—XXIV de la primera parte de la obra, Galván describe los vanos esfuerzos de Diego colón ante el Rey Fernando para que éste le hiciera justicia, reconociéndo le las “dignidades y prerrogativas legítimamente heredadas de su glorioso padre”, entre las cuales se contaban el título de Almirante, así como “los cargos de Virrey y Gobernador de la Isla Española y de las otras tierras del Océano” (pág. 83). A pesar de sus esfuerzos, el joven Diego termina defraudado al ver derrumbarse momentáneamente sus esperanzas. Pero he aquí que un buen día el fogoso mancebo tiene la dicha de ser presentado a la encantadora María de Toledo, hija del Comendador Fernando y sobrina del Duque de Alba, quienes a su vez son parientes próximos del Rey. Entonces Diego se enamora locamente y consagra a la bella “todos los altos pensamientos, los sueños de oro y los castos deseos de su ardiente fantasía”, (pág. 91). El Joven se da tan buenas mañas que en pocos días logra concertar un matrimonio relámpago y la convierte en su esposa. Poco tiempo después, y al cabo de un nuevo regateo apadrinado por sus nuevos parientes, le son concedidos los cargos y títulos a que aspiraba legítimamente, como hijo meritorio del gran descubridor.
      Extrañamente parecido es el caso de Enriquillo, “que aunque estimado y protegido desde la infancia, no dejaba de ser un pobre cacique, perteneciente a la raza infortunada que entre los conquistadores era tratada de un modo peor que los más viles animales” (pág. 279). Sin embargo, ya sabemos que Enriquillo logró entrar al fin y al cabo en posesión de la “incomparable hermosura” de Mencía y “en la posesión y administración directa” de sus bienes (pág. 279).
      De todo lo anterior se deduce que los matrimonios idealizados por nuestro autor merecen un nombre más preciso y vulgar: braguetazos. En todas las relaciones amorosas de los personajes de Enriquillo está presente el motivo del cálculo, del interés económico, así sea en forma secundaria. Otro aspecto importante es que Galván divide los matrimonios en dos clases. Así, en boca de Fernando colón, escucharemos esta precisa definición: “Mira, Diego, Los matrimonios, o vienen de Dios, o vienen del diablo. Los de Dios, se vienen por el camino real, y andan a la luz del día; los de Satanás buscan las veredas y escondrijos, y escogen tiempo y hora, como quien anda en acecho... ”(pág. 92).
      Estas diferentes clases de matrimonios de amor son el amor—pasional y el amor—casto. El primero conduce al desastre, a la frustración, y constituye una fuente del mal (caso de Velázquez y Andrés de Valenzuela). El segundo, por el contrario, llena de regocijo a quienes lo sienten, templa los ánimos, modera la violencia y endulza la vida (caso de Diego Colón y Enriquillo).
      Hay que notar, finalmente, que la palabra castidad es una de las más recurrentes del libro, y al parecer tiene que ver de alguna manera con el comportamiento social de los personajes. Por ejemplo, Mojica y Valenzuela no son castos y, “consecuentemente”, son malos. en cambio Enriquillo y Diego Colón son castos y “por lo tanto” buenos. Elvira Pimentel no es casta y no es buena. María de Toledo y Mencía son castas y buenas, y además llenan todos los requisitos de un ideal femenino sofisticado y etéreo que Galván propone entre líneas. Aparte de la dote, Galván exige a la mujer castidad, sumisión a la voz del amo, belleza. Los personajes ideales femeninos del libro están recortados y clasificados según este molde. Mencía, María de Cuéllar y María de Toledo son sumisas en alto grado: todas obedecen órdenes sin chistar, como corresponde a mujeres—objetos, y además son castas hasta la locura y bellas como soles. A decir verdad, todas las mujeres que desfilan por las páginas de Enriquillo,especialmente las muy buenas, son bellezas angelicales que cortan la respiración. En consecuencia, la corte de la Virreina está compuesta por un “círculo de beldades” (pág. 288). E incluso se estaría tentando de afirmar que también en materia de belleza Galván propone un modelo de apreciación maniqueo, clasificando arbitrariamente a los seres humanos por sus cualidades más exteriores. A la deformidad moral correspondería pues la deformidad física, como es el caso de Mojica. Esto demostraría una vez más que Galván se escuda en todo momento con una ideología totalizante, omnicomprensiva. Por eso su visión del mundo es simétrica y pareja, como la que percibe un caballo de coche a través de sus anteojeras.

VII
IDEOLOGÍA Y CATARSIS

      La obra de Galván concluye, en apariencia, con el triunfo final y definitivo de la justicia y con el reingreso triunfal de los indígenas al seno de la Civilización con mayúscula. Así Galván lleva a cumplimiento la promesa realizada en el epígrafe de la narración: “Demos siquiera en los libros algún lugar a la justicia, ya que por desgracia suele dejársele tan poco en los negocios del mundo” (Quintana). En realidad, el triunfo de la justicia, el final feliz, es un elemento indispensable en este tipo de estructura narrativa al estilo de los cuentos de hadas. Una vez concluida la narración con un final feliz, una vez logrado el triunfo de la justicia (es decir, la reposición del orden social sobre sus bases “eternas”), el autor y los lectores podrán retirarse tranquilos, cerrar los ojos y dormir con la conciencia limpia, pues automáticamente se produce un efecto purificador, catártico. El término catarsis fue usado por Aristóteles a propósito del teatro dramático, y se define corrientemente como “purificación de las pasiones mediante la emoción estética”. Aristóteles consideraba que el drama, “mediante una serie de casos que suscitan piedad y terror, tiene por efecto purificar y liberar el alma de semejantes pasiones”. Esta acción purificadora y pacificadora es precisamente la catarsis, un término que en medicina es equivalente de “purgante”, “expulsión de sustancias nocivas”. Y la catarsis que provoca un libro como Enriquillo es precisamente eso: un lavativo. No en balde Aristóteles le reconoce al teatro “una función eminentemente moral y educativa”. (cfr. Silvio D'Amico, Storia del Teatro e dello Spettacolo, vol. 1, pág. 27). También el Enriquillo de Galván, y todas las obras de su tipo, cumplen esa doble función moral y educativa. De qué tipo de moral y de qué tipo de educación se trata, ya el lector podrá imaginarlo por sí mismo. Por lo menos es justo sospechar que se nos “educa” en los valores e ideas de las clases dominantes.
      Para decirlo con palabras de Walter Benjamín, la catarsis aristotélica “es la descarga de los afectos del público a través de la participación en el conmovente destino del héroe” (cfr. Walter Benjamin, L'Opera d'arte nell’epoca della sua riproducibilitá tecnica, pág. 130). Así el espectador se purifica, se pacifica y se realiza en la representación de la historia a la cual asiste. Sin embargo, para lograr que el efecto de catarsis deseado sea más completo, es necesario que se verifique en cualquier caso el triunfo de la justicia. Galván se da cuenta de que podría ser peligroso el hecho que la justicia no triunfe en una obra, pues dejaría descontento o insatisfecho al lector, e incluso podría sensibilizarlo en contrario, haciéndolo participar de un modo diverso (no catártico) en el conflicto. Podría, por ejemplo, hacerlo razonar seriamente, inducirlo a tomar conciencia de la situación real, a participar precisamente, no como simple espectador que asiste divertido a la representación de una historia, sino como hombre que debe asumir una determinada posición y una determinada responsabilidad respecto a conflictos similares. Es por esa razón que Galván concede a los personajes de su libro la gracia de una justicia que nunca tuvieron, y además la presenta corno una adquisición permanente.
      Hay otro elemento interesante en este mecanismo generador de catarsis (si así podemos llamarle), y es que para lograr que en una obra triunfe en modo verosímil el bien sobre el mal, es necesario “hacer trampas”: esto es, escamotear datos, manipular antojadisamente la historia, recurrir, en definitiva, a un truco. Y el truco de todas las obras reaccionarias, como ha demostrado el renombrado crítico alemán Wilheim Pabst, consiste en presentar la injusticia como excepción y la justicia como regla. Este es el gran truco.
      Cualquier aficionado al cine tendrá presente que en el western clásico triunfa indefectiblemente esta clase de justicia. “Indios” y “vaqueros” se enfrentan con encono, traban duras batallas, y en principio la situación parece favorecer a los primeros (siempre en mayor número contra un grupito de pioneros), hasta que al final se escucha un galopante toque de trompeta que anuncia la “llegada de los nuestros”: aparece la civilización representada por la impecable caballería y los indios se desbandan. Queda triunfante sobre el terreno un hermoso puñado de hombres blancos.
      La regla, como se sabe, es que si un indio mata a un blanco, se produce un tanto a favor de la injusticia y viceversa. Pero si la justicia triunfa como regla en el western es porque la cinematografía norteamericana ha invertido el papel histórico de los bandos en pugna. Los exterminadores son presentados como víctimas de aquellos que, históricamente, fueron exterminados. El western clásico presenta a los indios como crueles salvajes con un sentido deportivo de la guerra, rebeldes sin causa que masacran infelices familias de pioneros por el sólo placer de coleccionar cabelleras. Así la gran cultura de masas norteamericana le ha hecho el gran favor a los indígenas de exterminarlos primero, y luego levantar sobre la memoria de sus muertos un monumento de ignominia universal.
      Otro ejemplo, también tomado del cine, lo encontramos en las películas de tema negro. Shaft, el famoso detective, patea a todos los blancos que se le enfrentan, se acuesta con las mejores hembras, castiga a los malos, sale siempre triunfante y hace en definitiva todo aquello que al negro norteamericano le está prohibido. En consecuencia, el cineasta negro sale de la sala de espectáculos satisfecho y realizado, habiendo purgado sus descontentos sociales a través de la participación ilusoria en las aventuras del héroe triunfante. En un famoso film de Jules Dassim, presentado en el país con el título de No delatarás (Up tight), sucede precisamente lo contrario: El público asiste a la representación de una historia de negros revolucionarios, víctimas de la represión oficial. Aquí la catarsis no se produce porque en ningún momento tiene lugar el triunfo de la justicia ni la obra da pie a fáciles optimismos. El espectador medianamente sensible sale del cine con un sentimiento de rabia, y termina sensibilizándose de alguna manera, pues, como se ha dicho, para que la obra funcione como purgante es necesario incluir entre los ingredientes ideológicos el triunfo de la justicia: presentar la excepción como regla.
      Es en este sentido que juega un papel importante el ingenioso hidalgo don Pedro de Mojica, uno de los personajes más logrados del libro. Ya se ha visto que Galván atri buye a Mojica la mayor responsabilidad de los sufrimientos de Enriquillo y sus indios. En ningún momento nuestro autor parece darse cuenta de que es estúpido atribuir el origen de un conflicto social a la maldad de un hombre o grupo de hombres, y no a las grandes coordenadas históricas, a la situación real que se crea. Pero es claro que esto le permite cumplir a cabalidad sus propósitos de presentar los efectos como causas, eludiendo la raíz del problema. Del mismo modo, la historiografía burguesa se ha empeñado siempre en atribuir la responsabilidad exclusiva de la Segunda Guerra Mundial a la ambición de poder de Adolfo Hitler, y no a la histórica pugna entre naciones imperialistas, que ya desde el siglo pasado había dado lugar a una serie de enfrentamientos (lógica consecuencia del proceso de desarrollo y expansión del capitalismo industrial).
      A la luz de estos razonamientos se comprende perfectamente la función del personaje Mojica en el libro de Galván. Este personaje inventado, que no figura en la Crónicas de las Casas, ha sido justamente definido por Antonio Anderson Imbert como “El mejor estudio de la perversidad en todo el romanticismo hispanoamericano”. Se diría que Galván quiso concentrar en él toda la atención para evitar que el lector se oriente en otro sentido y pueda descubrir por sí mismo la causa real de los problemas que afectaron a gobernantes y gobernados en la primera colonia del nuevo mundo. El maquinoso Mojica, en efecto, es la encarnación metafísica del mal. Galván lo presenta como el principal culpable de los sufrimientos de los indígenas. Es él quien teje la madeja de intrigas que induce al buenazo de Enriquillo a coger el monte y lo convierte, a su pesar, en un rebelde temporal y fortuito. En última instancia, la tesis o hipótesis sugerida entre líneas lo sindicaliza a Mojica como verdadero culpable del desastre, el elemento perturbador por excelencia, la principal fuente del mal. Mojica, como personaje, es un clásico: el rufián clásico. De este modo, Mojica hace las veces de un magneto: atrae el odio y la antipatía del lector sobre su persona, bloqueando cualquier tipo de razonamiento lógico acerca de las causas reales de los problemas. Por esta razón, al suprimir a Mojica en la página 434, queda abierto el camino de la conciliación entre ambos bandos. Para suprimir a Mojica, Galván designa otro personaje singular. Mojica muere brutalmente a manos de Tamayo, ahorcado con una jáquina de caballo. La escena es tan terrible que el lector no puede evitar un asomo de piedad por la víctima, e inconscientemente equipara a la suya la maldad del verdugo. En la novela clásica, esta acción correpondería al héroe máximo, en calidad de justiciero; pero es probable que Galván considerara prudente preservar la “pureza” de Enriquillo para presentarlo como prototipo del ciudadano ejemplar que nunca, y bajo ninguna circunstancia, se toma la justicia en sus manos.
      Otro detalle importante es que al eliminar físicamente al malvado Mojica, Galván mata cómodamente dos pájaros de un solo tiro. A saber: provoca la catarsis del lector, restituyendo su fe en la posibilidad de justicia al cancelar el origen aparente de los males, y de paso confirma la tesis maniquea, según la cual todo se reduce a simple enfrentamiento entre buenos y malos. Con esto se cumple la función primordial de este tipo de novela, tan inocente y desamparada en su superficie, y tan calculada y truculenta en sus implicaciones teóricas.
      La catarsis, pues, es un elemento integral de ideología que no en vano Bertolt Brecht suprimió en sus dramas, tratando de evitar precisamente que el espectador se apaciguara en lugar de indignarse y tomar conciencia de la situación. Pero el astuto Galván no se limita a provocar la catarsis del lector a través de la muerte justiciera de Mojica. En la novela tiene lugar una distribución equitativa de premios y castigos dantescos, que hacen ver al lector cómo en fin de cuentas cada quien recibe su justo merecido. Esto ocurre, casualmente, sin participación del elemento humano: ocurre por interposición de la Justicia Divina, con lo cual queda demostrado que vengarse o buscar justicia en este mundo no es asunto tan importante, ya que para eso existe la Providencia, que actúa por su cuenta en modo infalible. Así los personajes de Galván realizan, según sus méritos, un viaje a los infiernos, al cielo o al purgatorio, cumpliendo un itinerario parecido al del protagonista-autor de la Divina Comedia (aunque desprovisto de las connotaciones políticas subversivas de la obra del genial florentino). Galván sitúa a cada personaje en su lugar, atando con minucia los cabos para mayor satisfación del lector, y se esmera en describir la suerte corrida por cada uno de ellos. Nicolás de Ovando, autor de la matanza de Jaragua, recibe un castigo “ejemplar”, pues termina sus días olvidado en España, “minado por una secreta y cruel pasión de ánimo”, y “como para todos los déspotas que, abusando de una autoridad limitada, han legado cien crímenes á la memoria de la posteridad, los últimos instantes de la existencia transcurrieron entre las angustias de un combate mora¡, librado en los profundos antros de su espíritú” (pág. 188). También Diego Velázquez, a juicio de Galván, pagó de alguna manera sus fechorías, pues “no fue feliz durante los últimos años de su vida” (pág. 462), y al parecer murió amargado y temeroso de las penas del infierno (hasta el punto de que encargó decir mil misas por su alma cuando se encontraba en lecho de muerte). Otros personajes malévolos reciben por castigo, en lugar de la muerte, una gran humillación a su soberbia. Entre ellos se cuenta el joven Andrés de Valenzuela. Este decide rectificar su conducta y hacerse “bueno” después del tremendo susto pasado al caer en manos de Tamayo y Enriquillo. Galván explica que su alma de pecador empedernido había sido devuelta en virtud de ese acontecimiento “á la divina gracia, arrepintiéndose muy sinceramente de sus pecados y mala vida” (pág. 445). Valenzuela queda luego en posesión de los cuantiosos bienes de Mencía, lo que significa que recibió en fin de cuentas un premio no merecido. Sin embargo, y a modo de contrapartida, cómete la torpeza de contraer matrimonio con la “casquivana” Elvira Pimentel, a quien Galván atribuye la capacidad de hacerle pagar en la tierra todos sus pecados (pág. 446). Por otro lado, tenemos razón para sospechar que el buenazo de Don Francisco de Valenzuela se fue directamente al cielo sin escalas, y así también el noble “ángel tutelar de los indios” (pág. 472), Bartolomé de las Casas. Pero quizás el más afortunado de todos es el violento Tamayo, que posiblemente se libró por un pelo de las penas del infierno al convertirse en el momento oportuno al cristianismo (cuando termina la sublevación).
      Como se ha visto, Galván no deja cabo sueltos ni abandona al azar sus convicciones. Por el contrario, todo queda en su sitio, todo tiende por lo menos hacia el orden: un orden universal y metahistórico cuyo perfecto equilibrio presupone la eterna separación y diferencia de clases, la existencia eterna de colonizados y colonizadores, La “natural” diferencia de razas, la incuestionable “superioridad” de pueblos y culturas cuya supuesta misión histórica es someter a otros pueblos y culturas teóricamente inferiores, etc.
      Sin lugar a dudas, este es el modo en que Galván concibe y se representa el mundo. Es cierto, sin embargo, que en algunos momentos da muestras de sospechar o intuir vaga mente que no es el mejor de los mundos posibles; pero indudablemente no se siente a disgusto.


VIII
LA FUNCIÓN DE LA NOVELA

      Ya se dijo al principio de estas notas que en muchas ocasiones, y desde diferentes ángulos críticos, se ha pretendido minimizar la importancia de la obra de Galván, no tanto en su aspecto formal cuanto por su carga o contenido ideológico. En cierto modo, esta corriente de opinión que ha surgido en los últimos tiempos es una reacción natural contra el viejo esquema de valoración de Enriquillo, laudatorio en extremo. Al parecer, todas las tentativas de los iconoclastas a ultranza van dirigidas a demoler desde la base el edificio Enriquillo, sin dejar piedra sobre piedra y sin parar mientes en el hecho que gran parte de su estructura casi centenaria quedará en pie después del bombardeo. Lo peor del caso es que quienes proceden de esta manera se sitúan en una perspectiva falsa: analizan o juzgan la obra de arte por lo que debería ser y no por lo que es. Y el error estriba precisamente en asumir una actitud dogmática frente a la obra en cuestión. Ahora bien, preconceptos y prejuicios nunca han contribuido a dilucidar problemas de estética. Por eso no se insistirá bastante en el hecho de que para comprender y enjuiciar estéticamente una obra de arte es necesario preguntarse cuáles fueron las intenciones y propósitos del autor al momento de escribirla. Concretamente, es necesario determinar en cada caso qué se propuso decir el autor y en que grada o medida logró sus propósitos. Esto, más que nada, nos ayudará a elaborar un patrón de juicio, y sobre esta base mediremos los límites y grandezas de la obra. Lo necesario, entonces, es verificar si se cumplen de alguna manera en sede literaria los propósitos del autor, con lo cual se verifica automáticamente la relación entre forma y contenido, entre el fenómeno artístico y la mecánica social que lo produce. Sólo esto da la medida de la grandeza y de los límites de la obra. Sólo esto nos dice si la obra está lograda estéticamente.
      Resulta inútil, por lo tanto, deplorar que en la novela (le Galván los conflictos sociales tengan carácter personal y no de clase; que la obra (le la colonia sea exaltada como empre sa portadora de beneficios universales; que sea minimizada la presencia y el aporte cultural de los negros, y que los indígenas sean idealizados en el momento histórico en que habían desaparecido étnicamente, etc. Todo esto corresponde a un diseño ideológico preciso, y desde el punto de vista estético no es ni remotamente imputable a error, sino a un propósito definido: al cálculo de un autor que nunca pretendió escribir una novela del proletariado sino una obra para uso y consumo de la burguesía hispanófila, presentando la historia en un modo complaciente y satisfatorio para halagar sus “buenas conciencias”. Esta es, pues, la novela de Galván. Nadie se extrañe de que este autor construya un Enriquillo de tipo particular y personal. El Enriquillo sumiso y devoto que liemos conocido en la obra no es resultado de una falla o debilidad de la arquitectura teórico-literaria: es el producto consecuente de una ideología, (le un modo particular de ver las cosas y el mundo, de la necesidad (le acomodar las circunstancias a determinadas exigencias históricas de la clase dominante. Enriquillo es, pues, un personaje logrado, (le acuerdo a las intenciones de su autor. Así, el hecho de que Galván minimice la presencia cíe los negros, no debe sorprendernos. Esto responde sencillamente al propósito de quien escribe en función antihaitiana (como también se realiza en función antihaitiana el trasnochado culto indigenista sin indios).
      Ciertamente, el contexto de la novela de Galván es antihistórico. Pero lo importarte, en última instancia, no es que el comportamiento de los personajes y la historia narrada correspondan estrictamente a la realidad. Si dentro del contexto general de la obra estos elementos funcionan artísticamente y se integran, entonces no hay objeción posible en sede literaria. Toda obra de arte es una respuesta intelectualmente (y altamente) organizada a los problemas y conflictos históricos de la época. Por eso el análisis literario exige que se establezca una relación entre el ámbito sociocultural y la estructura global de la obra, mas no en sus particulares. ¿Qué serían entonces la literatura fantástica y el realismo mágico'? Seguramente a nadie se le ocurriría cuestionar a García Márquez por el hecho de contar mentiras. ¿Quién ha demostrado que el valor estético de una obra consiste en su apego a la realidad?
      Si un historiador falsea la historia, producirá un libro poco digno de consideración. Si lo hace un novelista, esto no significa nada en términos literarios y artísticos, pues el gran problema del arte no es la verdad, es el verosímil: las cosas deben parecer ciertas en el contexto de la narración, no en el contexto histórico. Supongamos, no obstante, que la novela de Galván fuese una denuncia férrea e incomovible contra todo tipo de explotación; supongamos que indios y negros tuviesen un diverso tratamiento histórico más apegado a la realidad. ¿Qué sucedería? Pues bien, todo esto cambiaría el carácter, no la calidad de la obra. En consecuencia, no debe descalificarse estéticamente la obra de Galván por el hecho de ser muy reaccionaria. Esta es una cualidad artística como otra cualquiera. Pode mos decir “reaccionaria” como decimos verde, azul o amarillo. Pero una obra de arte no deja de ser válida por el hecho de ser reaccionaria, de otra manera quedaría invalidado el quehacer artístico de milenios. Nadie dirá que El Greco fue mal pintor porque era reaccionario. Fue sencillamente un gran pintor reaccionario, embutido hasta la tambora de catolicismo medievalizante. Y Calderón fue, sin duda, un dramaturgo contrarreformista, como lo definiera Benedetto Croce, mas no por eso mal dramaturgo. Lo mismo se diga de novelistas de la talla de Balzac o Dostoievsky.
      Es claro que el crítico tiene derecho a señalar en toda obra los aspectos políticos, ideológicos o morales que a su juicio son positivos o negativos. También tiene derecho a desmontar esta obra pieza por pieza para entender cómo funciona. Puede hacerlo con la frialdad del científico o con el apasionamiento lógico de quien defiende o sustenta determinadas posiciones teóricas políticas, e incluso tiene derecho a indignarse o emocionarse frente a ciertos argumentos: lo inadmisible, por parte del crítico, es pretender restarle méritos a la obra cuando esta no concuerda con su concepción de la vida o con su escala de valores. No siempre es posible, y tampoco sería divertido, leer obras que satisfagan nuestro gusto estético y halaguen al mismo tiempo nuestra sensibilidad política. Toda obra de arte debe, por lo tanto, ser sometida a juicio de acuerdo a sus componentes como tales y no como deberían ser. Ninguna estética aceptable puede estar fundada (como quería Kant y luego cierto marxismo oficialista) sobre bases estrictamente políticas, morales, etc. Un mensaje “correcto” de tipo moral o político no es necesariamente equivalente de calidad estética ni mucho menos. En sede estética, descalificar una obra por reaccionaria significa extrinsecar del ámbito artístico-literario un aspecto que en esencia le corresponde. Lo reaccionario o revolucionario es pues intrínseco a la obra de arte y como tal deber ser juzgado. Es decir, de acuerdo a su realización en el plano artístico, no en un plano separado, extrínseco. Una obra puede ser hermosa y reaccionaria al mismo tiempo, porque la estética no es moral, no es política, o por lo menos no puede estar basada sobre rígidos criterios de orden moral o político exclusivamente. Aceptar una idea semejante equivale a caer en la trampa fácil del maniqueismo.
      En resumen, lo menos que debe decirse es que Enriquillo es una obra lograda, de acuerdo a las intenciones del autor, y como tal debemos tenerla en consideración. Digamos entonces que Enriquillo es una novela de clase, favorita hoy por hoy de la burguesía hispanófila. Y si desde el punto de vista moral es una infamia, desde el punto de vista estético es un logro, un resultado positivo. Paradójicamente, pues, uno de los méritos de Enriquillo es ser reaccionaria: es como tal y en tal sentido que la novela cumple su función. Por su parte, Galván, ha pasado a la historia como el autor de nuestra mejor novela de clase, lo cual constituye su grandeza y su límite. Naturalmente, no es este el tipo de literatura al que aspiramos, pero indudablemente Galván merece ser situado en un puesto de honor como maestro en este género de enseñanzas. De muchas formas y maneras, su obra se nos antoja cual lección de altura. Una lección que debemos aprender.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

      La noche del 7 de junio de 1946, en los salones de actos culturales de la Casa de España, el fogoso historiador ibérico Fray Cipriano de Utrera dictó una conferencia con el título “Enriquillo y Boyá, en la cual impugnaba las crónicas de los dos autores clásicos en la materia: Fray Bartolomé de las Casas y Gonzalo Fernández de Oviedo.
      Lo que Utrera llevó a cabo esa noche fue una sistemática labor de destrucción del mito Enriquillo, con tal riqueza de documentación que bastaba para dejar apabullado al más incrédulo entre los apasionados defensores y admiradores del cacique. La conferencia suscitó una polémica en la que Utrera tuvo como antagonistas al Dr. Alcides García Lluveres y, principalmente, al conocido ideólogo del trujillismo Manuel Arturo Peña Batlle. El primero ripostó con un artículo titulado “Historia de un Nombre” (número 80 de la revista Clío, correspondiente a julio-diciembre de 1947); el segundo reunió sus opiniones en el farraginoso volumen La Rebelión del Bahoruco (1948), en el cual se va un poco por las ramas, enfocando el tema desde un ángulo estrictamente jurídico. Fray Cipriano de Utrera trabajó hasta la hora de su muerte (1958), en una obra demoledora que tenía por objeto la impugnación de los argumentos de sus adversarios y que fue publicada póstuma por la Academia Dominicana de la Historia con el título Polémica de Enriquillo (1973). En esta obra se reproduce asimismo la conferencia del 1946, reforzada con notas y argumentos de primera mano. El infatigable polemista derrama sobre sus adversarios torrentes de fina hiel, apelando a veces directamente al insulto. Los moteja con palabras de tono mayor, y emite juicios lapidarios en que la mordacidad y la ironía campean por sus fueros.
      La conferencia sobre “Enriquillo” y Boyá se orienta en el mismo sentido (agriamente polémico). Utrera define al padre las Casas como un “famoso forjador de ficciones”. Le dice “cuentista”, “teólogo del montón” y otras lindezas. A Fernández de Oviedo lo considera “Un maldiciente empedernido”. A Enriquillo lo tilda de “cornudo” y niega implícitamente que haya sido nunca un rebelde social; niega la veracidad del episodio del indio “perdonavidas”; niega que la capitulación de Enriquillo haya sido sellada por algún tipo de tratado de paz; niega que haya sido “el último cacique de Haití” y que viviera y muriera con sus indios en la reservación de Boyá. Este es precisamente el punto fuerte de la conferencia. Utrera afirma que Enriquillo y sus indios vivieron probablemente en un pueblo fundado en las faldas del Bahoruco. Enriquillo se convertiría entonces en una especie de perro de presa al servicio de los hispanos, ya que había “conseguido, por solicitud tercera vez hecha, el ejercicio defunciones policiales contra negros e indios”. A la hora de su muerte hizo testamento y “mandose a enterrar en una iglesia de Azua”. El resto de sus indios pereció luego en un asalto realizado contra su población por una banda de “negros cimarrones”.
      Por lo que puede verse, es poco o nada lo que Utrera deja en pie de la leyenda de Enriquillo. El inefable capuchino aporta datos con tanta maña y tanta saña que la humanidad del cacique aparece —como dijera Peña Batlle— “muy rebajada y desmirriada”. A decir verdad, Utrera minimiza en extremo o considera de poca monta el papel histórico desempeñado por Enriquillo, y en este sentido su aporte bibliográfico no es del todo convincente. De aquí la necesidad de reajustar históricamente la figura del cacique, ponderar con menos pasión sus virtudes y defectos, valorarlo en su justa dimensión humana con criterios equidistantes del mito y del escarnio. Si Enriquillo no fue el héroe perfecto que idealizaron cronistas y novelistas, tampoco fue un simple canalla, como sugiere Utrera. La figura de Enriquillo tiene a pesar de todo proporciones heróicas. Durante 13 años condujo a su pueblo de victoria en victoria contra fuerzas superiores. El episodio reviste grandeza épica e importancia histórica innegables.
      Los estudios críticos sobre, Galván y su obra son numerosos. Esta figura estimabilísima de la burguesía recibió —como literato–el elogio casi unánime de sus contemporáneos y de las generaciones sucesivas, dentro y fuera del país. La bibliografía reproducida a continuación ha sido tomada principalmente del segundo volumen de la Antología de la Literatura Dominicana, preparada por Pedro René Contín Aybar y otros para el Centenario de la Restauración.

BIBLIOGRAFÍA

Nicolás Heredia, Puntos de Vista, La Habana, 1892.

Rafael A. Deligne, artículos sobre Enriquillo, reproducidos en Letras y Ciencias, 1893.

Manuel de Jesús de Peña y Reynoso, Estudio Crítico de Enriquillo, 1897, 62 páginas.

Miguel Angel Garrido, en Siluetas, 1902.

Listín Diario, diciembre 1910 y enero 1911 (Necrología y artículos de R. Abréu Licairac, D. G. Godoy, M. Ubaldo Gómez y Eulogio Horta). Max Henríquez Ureña, artículo de 1910 reproducido en Clío, enero-marzo 1934.

Manuel A. Machado, artículo en Osiris, 1ro. de enero de 1911.

Américo Lugo, artículo publicado en el Listín Diario, 31 de enero de 1911, y notas inéditas.

Federico Henríquez y Calvajal, en Ateneo, 1911.

Federico García Godoy, “La Literatura Dominicana”, en la Revue Hispanique, 1916.

Alfredo Coester, Historia Literaria de la América Española, pág. 495.

Manuel F. Cestero, “Ensayo sobre Enriquillo”, en Cuba Contemporánea, La Habana, 1917.

Néstor Contín Aybar, en Bahoruco, 9 de mayo de 1931.

Concha Meléndez, cap. VII de La Novela Indianista en Hispano América, Madrid, 1934.

Pedro Henríquez Ureña, artículo en La Nación, de Buenos Aires, 13 de enero de 1935.

Francisco Monteverde, en su Antología de Novelistas Hispanoamericanos, México, 1943.

Abigaíl Mejía, Historia de la Literatura Dominicana, 1947.

Joaquín Balaguer, Historia de la Literatura Dominicana, 1970.

Max Henríquez, Panorama Histórico de la literatura Dominicana, 1970.

Esthervina Matos, Estudios de Literatura Dominicana, 1955.

Enrique Anderson Imbert, “El Telar de una Novela Histórica: Enriquillo”, capítulo de su obra Estudios sobre Escritores de América, 1954.

Rufino Martínez, en su Diccionario Biográfico-Histórico Dominicano, 1971.

Eugenio Polanco y Velázquez, conferencia publicada en “Los Lunes del Listín”, 9 de mayo de 1898.

Leopoldo Montolío, en la Revista Ilustrada, 15 mayo de 1899.


ÍNDICE

I- Enriquillo y el problema de la crítica ................... 7
II- La historia de Enriquillo contada por Galván ............ 15
III- La estructura del personaje........................... 23
IV- La función del personaje ...........................  31
V- La cobertura del personaje ...... . .................... 35
VI- El maniqueísmo como ideología ....................... 39
VII- Ideología y catarsis ................ . . . ............... 51
VIII- La función de la novela .............................. 59
Notas bibliográficas .......... ....................... 65
Bibliografía......................................... 67





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