¿Quién
es Ricardo Piglia?

Ricardo Piglia nació en Adrogué,
provincia de Buenos Aires en 1941. Profesor, narrador, crítico literario,
guionista. Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la
Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Davis.
También dirigió la revista Literatura y Sociedad.
En 1967, su colección de cuentos La
invasión mereció una Mención Especial en el VII Concurso de Casa de
las Américas (el jurado estaba intregrado por Mario Benedetti, Enrique
Lihn, Jesús Díaz y Dalmiro Sáenz). En 1995 elaboró el texto de una
ópera, con música de Gerardo Gandini, basada en su novela La ciudad
ausente (1992). En 1997, recibió el Premio Planeta por su novela Plata
quemada (el jurado estaba integrado por Augusto Roa Bastos, Mario
Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel).
Novela:
Respiración artificial (1980).
Prisión perpetua (nouvelles, 1988).
La ciudad ausente (1992).
Plata quemada (1997).
Blanco nocturno (2010).
Relatos:
La invasión (1967).
Nombre falso (1975).
Ensayos
Crítica y ficción (1986).
La Argentina en pedazos (1993).
Formas breves (1999).
Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000).
Antologías:
Las fieras (Antologia del policial argentino, 1999).
La
Invasión de Ricardo Piglia
La Invasón es una
colección de cuentos a veces dispareja: denuncia a veces al narrador de
primeros cuentos. Ricardo Piglia, en efecto, tenía sólo 26 años cuando
publicó el libro, y los cuentos que lo integran datan de mucho antes.
Pero hay, en la estructura de cada
texto, en la eficia y hasta en el tratamiento temático, y en el lenguaje,
que anuncian el poder para narrar, el oído para el diálogo del entonces
extraordinario joven autor.
El libro está integrado de diez
cuentos, pero no hay en ellos una unidad temática ni estilística o
estructural. Entre los textos, hay contruídos a base de diálogos, en
otros utiliza la ténica periodística, y en tres (“Mi amigo”, “Mata
Hari 55” y “Las actas del juicio”), aplica algunas de las técnicas
formales que pusieron de moda los autores latinoamericanos de la época:
monólogo interior, saltos espacios-temporales.
Pero entre los diez textos del libro,
hay dos donde el narrador es ya realmente el perfecto contador de cuentos:
“Matara Hari 55” y “Las actas del juicio”.
En estos dos textos, Piglia abandona
el tratamiento temático personal: la homosexualidad (“Tarde de amor”
y “La invasión”), de enfrentamientos entre arte, artista y vida
cotidiana (“Una luz que se iba”), historias de infancia (“En el
terraplen”, “La honda”), y registra su soltura expresiva, su rigor
interior, su ritmo lírico.
Ese ritmo lírico, esa fuerza
expresiva, son visibles —también— en los demás textos (aún cuando
parecen no bien terminados), se manifiestan en gran altura en “Mata Hari”:
“Estoy
seguro que él nunca lo dijo: ‘Tenés que acostarte con Ordóñez’.
Quiero decir: nunca se lo dijo así, brutalmente. Fue más bien una
maniobra por control remoto que al final se le escapó de las manos. Una
especie de bumerang: lo tiras como sin ganas y por casualidad para un lado
y si no te agachás te corta la cabeza.
“Vos tendrías que conocerla para
darte cuenta: es del tipo de las trágicas, de las apasionadas. Cuando
elige un papel ya no para; si es posible de mártir o puta o de enfermera
en el Congo. Cualquier cosa, pero con heroísmo, con ráfagas de
ametralladora y heridos tirados por el suelo...”
Y
en “Las actas del juicio”:
“Lo
que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo
quiero contar desde el principio. Para que no se piense que ando
arrepentido de lo que hice. Que una cosa es la tristeza y otra el
arrepentimiento. Y lo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor,
algo que sólo se hace para aliviar. Algo que no le importa a nadie. Ni al
General.
Porque para nosotros estaba muerto
desde antes...”
Aunque,
como indicamos antes, La invasión es, a pesar de todo, un libro
disparejo, la verdad es que el autor posee un lúcido dominio del
diálogo:
“...
Y estoy segura que hubiera terminado todo sino fuera por aquella tarde en
la Facultad cuando él me oreguntó:‘¿Lo conoces?’ ¿A quién?, le
digo yo. ‘A ese que saludaste’. ‘¿A Germán?’ Sí, ¿por?’ ‘¿Sabés
lo que es?’ Y mira se seré estúpida que le contesté: ‘Claro, es
abogado’”.
“Entro con vos, dijo sonriendo, el
pelo chorreado en la cara. ¿Cómo? Y se cruzó los dedos en los labios.
‘Sh, con vos para ver cómo son.’ ‘Estás loca a ver si nos ve
alguien’. ‘No hay nadie, no ves que no hay nadie’”.
O
utilizando aún la narración tradicional, estructurada a base de
diálogos:
“—German...
—repitió, al rato.
“—¿Qué?
“—Vos no me vas a creer...
“—¿Cómo?
“—Digo que no me vas a creer...”
Segunda
parte de un artículo publicado en el periódico La Información,
Santiago, República Dominicana, Jueves 28 de Julio de 1983.
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