Ricardo Piglia
(Adrogué, Buenos Aires, 1941 - Buenos Aires, 2017)


El joyero
Originalmente publicado en La invasión (Barcelona, Anagrama, 2006)
Antología personal (2014)

1


      Su hija Mimi se había trepado a la ventana que daba a la calle y el Chino le sonrió para que no se asustara. La nena se tenía del postigo y miraba el vacío.
       —Mimi —le habló despacio el Chino—. Vení con papá.
       —Papi se fue —dijo la nena y se dejó caer.
       Entonces lo despertó la claridad de la mañana. Había soñado que Mimi se hundía en un pozo blanco y ahora vio el mismo brillo sucio reflejado en el aire del cuarto. Vivía solo y estaba obsesionado con su hija. Tenía prohibido verla. Su exmujer, Blanca, se había apoyado en los antecedentes penales del Chino y lo había acusado de irresponsabilidad moral.
       A los veinte años, en la milicia, mientras estaba de guardia, durante unas maniobras con armas de guerra, el Chino había sufrido un accidente (una mujer había sufrido un accidente por culpa del Chino); le formaron una corte marcial y pasó cinco años encerrado en una prisión militar cerca de Batán. Era un pobre conscripto, pero lo trataron como a un asesino y lo convirtieron en un paria.
       El juez miró su expediente y resolvió el juicio en diez minutos. Tenía derecho a llamar por teléfono a la casa de su exmujer cada dos días y hablar con Mimi durante quince minutos. Su exmujer lo trataba como si estuviera desequilibrado. (Y estaba desequilibrado). Blanca pensaba que el Chino quería secuestrar a su hija.
       El sueño lo perturbó y al levantarse de la cama quiso saber de su hija. Tengo que llamarla, pensó. Era supersticioso y veía señales en todos lados. Sabía que el azar puede cambiar la vida en un instante. Ese sueño quería decir que su hija estaba en peligro.
       El Chino se acercó medio dormido al botiquín y buscó una anfetamina. Abrió el frasco, hizo correr la píldora hacia la palma de la mano y la tomó en seco. En dos minutos, cuando la droga empezara a actuar, sería otro, más lúcido, más rápido. Se le borrarían los malos augurios, los pensamientos mismos se borrarían. Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento. Andar sin pensamiento. Imposible. La frase de ese tango le sonó como una ilusión inútil.
       Fue hasta la ventana y la abrió. Su pieza daba a la curva del Pasaje de la Piedad y desde ahí veía el costado de la Iglesia sobre la calle Bartolomé Mitre. Pasaba días y días sin salir, como un convaleciente, recuperando la confianza. Tenía treinta años y era flaco y duro, con aire de boxeador. Difícil esconder esa cara; la piel oscura, el pelo lacio y negro. A los dos años le habían empezado a decir el Chino; cuando se reía los ojitos se le volvían dos ranuras invisibles.
       Vivía y trabajaba en un cuarto dividido con una cortina, donde estaba la cama, una cocina y el banco de trabajo. Todo estaba en su lugar, y era muy cuidadoso en mantener la pieza limpia y arreglada. Cuanto más chico es el lugar donde uno vive, más tiempo lleva mantenerlo ordenado.
       Se sentó frente al tablero apoyado contra la pared, en un costado de la pieza, y la pastilla lo ayudó a concentrarse. Trabajaba en un anillo de doble engarce, con una montura en ocho, una pieza rarísima que se había dejado de fabricar hacía años. Se lo habían encargado en el taller de Sosa por recomendación de Pura, que desde la cárcel seguía manejando el negocio de las piezas únicas de la calle Libertad. Hacían anillos antiguos que se vendían en Norteamérica y en Venezuela. Era imposible tallar esos modelos con las máquinas actuales, era preciso usar tornos y esmeriles primitivos porque la piel de la pieza era tan fina que se rompía con solo mirarla.
       El Chino había laminado el metal hasta convertirlo en una hoja transparente, luego tejió un tul para sostener el engarce y empezó a facetar el diamante. Trabajaba la piedra sobre una tulipa de acero con un esmeril de dos milímetros. Se ajustó el cono de porcelana de la lupa en el ojo izquierdo y prendió la luz fija. Un rayo blanco iluminaba un punto preciso de la piedra sin provocar reflejos. Parecía un minero trabajando en la galería subterránea de un universo en miniatura. Tallar es algo que se hace casi sin ver, guiándose por el instinto, buscando la rosa microscópica en el borde de la piedra, el pulso liviano y suave. De vez en cuando levantaba la cara y miraba el diagrama del anillo dibujado con compás sobre un papel canson. Después bajaba la vista y volvía a tallar el diamante dejando que el filo helado de la sierra recorriera los bordes invisibles. Con la alcucita pico de loro humedecía el surco con una llovizna de aceite de oliva mezclado con polvo de diamante.
       El trabajo lo absorbía pero una parte de sus pensamientos andaban por otro lado. Esa era su maldición. No podía dejar de pensar. Por eso le gustaba ir a pescar. Pescar y pensar era lo mismo para él. Se quedaba horas en la escollera, de cara al mar, sintiendo el sedal tenso en la yema de los dedos, inmóvil, afirmado en el piso, con la caña apoyada en la axila, mientras la cabeza era un torbellino de imágenes y de voces. «Pongo la TV en el canal chino», decía el Chino cuando estaba de buen humor. Eran siluetas sueltas, palabras que volvían como si fueran recuerdos. Ahora pensaba que estaba pensando mientras pescaba y se veía de perfil al final de la escollera larga, en las rías de la laguna de Mar Chiquita, con el reel quieto y la boya roja flotando en el agua. Veía lo que veía adentro de su cabeza, mientras pescaba, una tarde de verano, ¿de qué año?, en su tele personal, el canal chino, las imágenes brutales, las voces que se reían de él, pero a la vez estaba concentrado en el brillo azul del esmeril que entraba como un fuego en la luz transparente del diamante.
       Veía el taller que había abierto en los altos de su casa en Mar del Plata al salir de la cárcel y a Blanca que entraba para cebarle mate, con un batón floreado y descalza, embarazada de Mimi. Sería el verano del ’62. Ella ya estaba enojada con él y la nena todavía no había nacido. El Chino trabajaba todo el tiempo y se pasaba el fin de semana pescando en el refugio de la laguna de Mar Chiquita y Blanca se empezó a quejar de que estaba siempre sola. La llevó dos veces con él a pescar pero fue un desastre porque Blanca se aburría o se ponía a escuchar la radio y mataba el silencio, que era lo que el Chino iba a buscar a la orilla de la laguna. Incluso un día vinieron unos pescadores a quejarse porque Blanca estaba escuchando tangos y tuvieron una discusión. Blanca se fue con la nena dormida a la ruta en medio de la noche y el Chino tuvo que juntar las cosas, apagar el farol y seguirla. Se quedaron en el refugio de la ruta como dos horas hasta que pasó el primer Marplatense de la mañana y pudieron volver. Mimi estaba molesta y lloraba y Blanca estuvo una semana sin hablarle. Fue la última vez que intentó compartir con ella la paz de salir a pescar y quedarse tranquilo pensando cerca del agua.
       El resto del tiempo lo pasaba solo trabajando en el taller que había instalado en una pieza en la parte de arriba de la casa. Era un cuarto de material de dos por dos que estaba sobre la terraza y el Chino se sentía feliz trabajando ahí solo toda la noche. Al principio le daban a fundir las joyas que los desesperados salen a vender en los negocios de la Rambla para seguir jugando en el Casino, pero de a poco lo fueron conociendo y empezó a tener trabajo fino. Hizo varias piezas que se vendieron en la joyería del hotel Hermitage y una vez hizo un anillo con una aguamarina que se había exhibido en la casa Tiffany de Nueva York.
       En la cárcel el Chino había conocido al flaco Pura y ahí aprendió el oficio de joyero. Pura llevaba siete años preso porque había matado a un capitán, una noche, en el casino de oficiales de un destacamento de montaña, en Cobunco, dos días antes de salir de baja, a fines de marzo del ’56. Nunca nadie supo por qué lo había matado y Pura jamás se lo explicó. Fue una suerte, en medio de la desgracia, que al Chino le tocara compartir la celda con el flaco Pura, que era uno de los mejores joyeros de la Argentina y que a los dieciocho años había sido primer oficial en el taller de Ricciardi. En seis meses el Chino aprendió todo lo que había que aprender en el oficio y al año trabajaban los dos a la par. Tenían el banco de trabajo en un galpón al fondo del pabellón especial y nadie los molestaba. Hacían cintillos para las amantes de los coroneles y solitarios para las hijas que festejaban el cumpleaños de quince. Según Pura, ellos dos sostenían la economía de todos los oficiales de artillería de la provincia de Buenos Aires. (Manejaban miles de pesos en oro y en brillantes; no hay lugar más seguro que una cárcel militar). Trabajaban de noche cuando los otros presos dormían. Al Chino le gustaba el aislamiento, el silencio, la llama blanca de la soldadora de acetileno como un punto de luz sobre la piedra pulida. A las seis de la mañana tomaban el mate cocido y se iban a dormir cuando los otros se levantaban. Ahora, al recordar aquellos años de encierro y soledad, trabajando en medio del silencio junto al cuerpo enjuto de Pura, el Chino se sentía perdido y pensaba que solo entonces había vivido en paz.
       Otra cosa que le trajo problemas con Blanca fue que el Chino iba a visitar al flaco Pura al penal de Dolores todos los domingos. Iba solo, y le llevaba dos pollos al espiedo y dos tarros de duraznos en almíbar y dos cartones de cigarrillos importados. Salía a la mañana temprano y volvía tarde en la noche. Tanto lo peleó Blanca que empezó a saltearse un domingo por medio y al final iba una vez por mes. Al fin Pura le dijo que no volviera, que se quedara tranquilo, que tratara de salvar su matrimonio. Le dijo: tenés que tratar de salvarte, y el Chino pensó que le estaba hablando en broma o que lo había entendido mal. Pura para ese entonces estaba muy enfermo, ya no se podía levantar de la cama y lo dejaron entrar a verlo a la enfermería de la cárcel como excepción, porque el Chino había sido «un interno», como le dijo el guardia que lo dejó pasar. Fue la última vez que lo vio. Esa era una imagen que le volvía cuando estaba solo. Pura, desnudo en el catre del hospital, flaco como un faquir, fumando, la yerba que tiraba cuando limpiaba el mate amontonada sobre un diario abajo de la cama. Eran las dos de la tarde de un día de verano y el Chino venía encandilado por el sol de la calle y le costó acostumbrarse a la penumbra de la pieza alumbrada con una bombita de cuarenta watts que colgaba del techo. Dejó el paquete sobre una silla y se sentó en el borde de la cama.
       Y ahí fue donde Pura le regaló las joyas de la virgen y le dijo que tenía que largar todo e irse a Buenos Aires. Como si Pura fuera su padre, que siempre le estaba dando consejos que él no entendía, como si Pura le leyera el pensamiento o pudiera ver las imágenes que se le cruzaban por la cabeza cuando estaba asustado. Blanca ya lo engañaba o el Chino pensaba que Blanca ya lo engañaba y estaban a punto de separarse.
       Pura tenía una bolsita de cuero con la limadura de platino y de oro que había juntado en todos esos años escondida en una figura hueca de la virgen de Luján. La había puesto en una repisa de madera, con una rama de aromo. La virgen pesaba más de dos kilos pero jamás se la revisaron en las requisas. Pura le había enseñado a recoger la ganga de platino y de oro que quedaba al final del trabajo del día. Eran invisibles, aire blanco, minúsculas partículas doradas que se barrían con una escobita y se recogían en el hueco de una cuchara de té. Todos los días, durante años, con la ilusión de poder pagarse una fuga, el flaco Pura había guardado el oro y el platino en la figura de yeso de la virgen de Luján. Pero al final le regaló la virgencita, como le decía, cuando el Chino lo fue a visitar ese domingo a la enfermería.
       El Chino no supo qué decirle y metió a la virgen en una bolsa de cartón. No se despidieron pero estaba claro para los dos que ya no se iban a ver más. Pura pensaba que el Chino se había quedado en Mar del Plata para poder visitarlo en la cárcel.
       —Yo estoy hecho, Chino —le dijo Pura—. Tratá de irte a Buenos Aires y ponerte por tu cuenta.
       Con lo que sacó vendiendo las limaduras, pudo dejar todo e irse de Mar del Plata cuando se separó de Blanca. En Buenos Aires el oficio era muy diferente, se valoraba el trabajo personal y el Chino enseguida empezó a hacer piezas finas. Un anillo bien hecho podía llevarle meses. En el fondo nunca estaban terminados. Se podía seguir laminando la piedra y puliendo el engarce hasta que el metal y el diamante parecieran formar un solo cuerpo invisible. Desde mayo estaba trabajando en un solitario de platino que le ocupaba todo el tiempo. Era una pieza única, un diamante sudafricano de cuatro puntas montado en un engarce móvil. Cada una de las laderas de la piedra debía ser labrada de acuerdo a una forma específica y por lo tanto tenía que seguir en cada punto microscópico del material un tiempo y un orden determinado para poder llegar sin riesgo a las grietas y a los cierres. Aunque parezca increíble, algunas facetas de la piedra hay que trabajarlas en sentido inverso y con la mano izquierda como si se las tallara en un espejo, y las otras, en cambio, de afuera hacia dentro tratando de que el esmeril siga la veta del diamante. Hacía falta tanta concentración y un pulso tan firme que el Chino solo podía trabajar en ritmos de dos o tres minutos y luego tenía que detenerse y respirar con calma para recuperar el pulso. A pesar de que trabajaba con la mente en blanco, todo el cuerpo suspendido en el punto frágil donde la piedra podía quebrarse y estallar, el Chino no había podido pasar nunca una hora de su vida sin pensar en Blanca. No se la podía sacar de la cabeza. Pensaba en ella todo el tiempo mientras sus ojos tallaban el cristal y también mientras dormía. En ella o en Mimi, como si fueran dos partes de una sola persona. Su hija era su mujer antes de que el Chino la conociera. Pensaba que si Mimi se quedaba con Blanca terminaría por convertirse en Blanca, pero sin rencor, sin que él hiciera lo que había hecho para decepcionarla y perderla. (Esos eran los pensamientos confusos que le aparecían como si una voz le estuviera dictando). El mensaje del sueño era a la vez desesperado y nítido y parecía querer decirle que su mujer estaba en peligro. «No es Mimi», pensó, «ella está en peligro».
       Se levantó y fue hasta el teléfono. Tenía el número de su casa anotado con lápiz en la pared: 34933. Marcó el cero y esperó, cuando apareció la voz de la telefonista de larga distancia, le dio el número de memoria. Después de un momento lo oyó sonar, del otro lado del mundo, y vio el cuarto blanco lleno de luz, con las cortinas transparentes y la mesa de vidrio donde sonaba el teléfono y se imaginó a Blanca que avanzaba por el pasillo hacia él.
       —Hola, Blanca —dijo.
       —Sí, ¿quién es? Hola.
       Se quedó mudo un momento, sorprendido. Colgó sin contestar. Lo había atendido un hombre. Increíble. Blanca podía tener un tipo o varios. Pero no podía concebir que lo hiciera vivir en la casa. Tomó otra anfetamina y llamó otra vez. Lo atendió el tipo. Así que lo insultó con voz fingida y colgó. Volvió a llamar y entonces atendió Blanca. Estaba enfurecida.
       —¿Qué te pasa? ¿Estás loco? —le dijo antes de que él pudiera hablar.
       —Nada, quiero ver a la nena. Quiero que pase una semana conmigo.
       Hubo una pausa.
       —¿De dónde me hablás?
       Por primera vez notó que su mujer estaba asustada. «Piensa que estoy en Mar del Plata», pensó. «Que me le voy a aparecer de golpe y la voy a matar». Ahora él hizo una pausa.
       —¿Quién es el tipo que me atendió?
       Ella se rio, divertida, nerviosa. Él pensó por un momento que habían recuperado la complicidad que los había unido durante años.
       —Hablá con tu abogado —dijo ella. Y le colgó.
       La vio regresar desnuda a la cama y apoyar la rodilla en el colchón mientras el tipo la miraba, tirado boca arriba, fumando. (El tipo tirado boca arriba en la cama no tenía cara). El recuerdo de una tarde que habían pasado en un hotel cerca del Faro y la imagen de Blanca desnuda, que se acercaba sonriendo, le volvía como una alucinación.
       Volvió al banco y trabajó media hora hasta dejar el engarce del anillo casi listo. Se sentía tranquilo y relajado y a la vez volvía a oír la voz del tipo en el teléfono, una voz irónica, satisfecha, que lo alteraba. Le costaba cada vez más someter a su mente. Cada vez necesitaba medidas más radicales antes de poder moverse y animarse a salir. Limpió con mucho cuidado los restos del metal sobre el banco y luego envolvió el anillo en papel de seda y lo escondió en un bolsillo secreto de la campera. Metió un poco de ropa en un bolso y buscó una llave escondida en una bolsita de lona en el fondo de un cajón. En el techo del ropero tenía un revólver envuelto en trapos. Iba a llevarlo, podía hacerle falta. Eran las dos de la tarde. Si todo iba bien podría ver a su hija a la mañana siguiente al salir de la escuela.
       Los talleres de joyería estaban en la calle Libertad. Eran pequeños negocios de compra y venta de oro, que al fondo tenían siempre varios bancos de trabajo. El Chino trabajaba con Sosa, un viejo que había sido amigo de Pura en la época en que los dos trabajaban en Ricciardi. Había un sistema de jerarquías en las casas y todos se conocían y sabían cuáles eran los joyeros de calidad. Como las mejores piezas las vendían afuera, la ilusión del Chino era emigrar. Irse con Blanca y con la nena a vivir a Nueva York, donde Sosa tenía contacto con la colonia de colombianos que manejaban el negocio. Incluso tenía la dirección de un argentino que había puesto una joyería en Brooklyn. El Chino se acordaba de memoria la dirección del argentino: Jefferson Avenue 756a. El local se llamaba El Potosí y el Chino había visto una foto. La joyería estaba en el barrio y tal vez Sosa pudiera escribir una carta y recomendarlo. Tendría que vender la casa de Mar del Plata para pagar los pasajes y por supuesto arreglar sus problemas con Blanca.
       La joyería de Sosa ocupaba la esquina de Libertad y Cangallo y el local era amplio y bien iluminado, con anillos y pulseras en la vidriera. Para entrar, el Chino tuvo que tocar un timbre y hacerse ver por el empleado que controlaba la seguridad. La puerta se abrió con un chillido mecánico y el Chino pasó del otro lado del mostrador. Al fondo estaba la escalera que llevaba al sótano y al taller.
       Sosa trabajaba en un costado, con un aprendiz que le sostenía el metal mientras lo laminaba. Era un viejo de cara flaca y aire distraído. Había sufrido un ataque y había estado a punto de morir. Le temblaban un poco las manos y ahora se encargaba de dirigir el trabajo que hacía el Gorrión, su aprendiz. En un sentido el Gorrión era las manos de Sosa.
       —Traje esto, don Sosa —dijo el Chino y dejo el anillo sobre la mesa—. No está terminado.
       Sosa observó el anillo con aprobación.
       —Sin soldar —afirmó.
       El Chino pensó que era una pregunta.
       —No, lo tallé con sierras de dos milímetros.
       Sosa miró al Gorrión y el chico levantó el anillo y lo puso bajo la luz. Aprobó admirado y miró al viejo. Los dos se entendían como si se leyeran el pensamiento.
       —¿Cuántas usaste? —dijo Sosa.
       —Dos cajas.
       Las sierras eran más finas que un pelo y se partían con solo mirarlas; les echaba aceite con la alcucita para que no se mellara el platino.
       —Ves Gorrión —dijo Sosa—. Acá está el engarce.
       No se veía porque lo había disimulado en la piedra y todo el anillo parecía de una sola pieza.
       —Vea, don Sosa —dijo el Chino—. Necesito plata y el lunes le entrego el trabajo.
       Se estaba hundiendo. El viejo Sosa lo miró. No le gustaban los que pedían adelanto, en realidad no le gustaban los oficiales a los que no les alcanzaba el sueldo. En el oficio había muchas historias de talladores que se habían dejado tentar. Se manejan miles y miles de pesos en joyas y muchos dicen haber conocido el caso de uno que se levantó todos los brillantes que tenía en el taller y cambió de vida.
       —¿Pasa algo, Chino?
       —Tengo que hacerle un regalo a mi mujer porque es el cumpleaños. —Hubo una larga pausa—. Estoy tratando de volver con ella.
       —Nunca llegues a creer ni en lágrimas de mujer ni en la renguera del perro —dijo Sosa y el ayudante sonrió.
       Para cada ocasión tenía una sentencia. Era un hombre que odiaba a las mujeres. Trabajaba para ellas, hacía joyas para las manos y las gargantas de las mujeres, pero eso era todo lo que podía ofrecerles. Las conocía bien, sabía lo que podía gustarles. Estaba acostumbrado a recibirlas en el local y ayudarlas a decidir cómo tenía que ser el cintillo que iban a lucir. Pero ese era todo el trato. Vivía solo en una casa por Villa Crespo, no tenía hijos, no se le conocían parientes ni amigos. A veces, los sábados, iba a un boliche del bajo (al New Texas, al First and Last) y a la madrugada salía con alguna de las coperas y pasaba la noche con ella en un hotel de Leandro Alem. Nunca con la misma, porque no quería encariñarse ni conocerlas. Algo le había pasado hacía años y se tejían muchas historias. Una mujer lo había engañado con el hermano más chico de Sosa. Los encontró en la cama. Eso contaban.
       —¿Cuánto hace que te separaste?
       —Seis meses —dijo el Chino.
       Sosa sostenía el anillo en la palma de la mano. Había un leve temblor que le bajaba desde la cabeza. Varias veces el Chino tuvo ganas de sincerarse con él, pero no se animó. ¿Qué le iba a decir? ¿Mi mujer no me deja ver a mi hija porque piensa que estoy loco?
       —¿Y para qué querés volver si estás bien como estás? ¿O no estás bien como estás?
       —No me deja ver a mi hija —dijo el Chino.
       —Uno conoce a una mujer recién cuando se separa de ella —dijo Sosa—. Te doy quinientos. El lunes a primera hora me entregás el anillo. ¿Qué le falta?
       —Pulir el engarce —dijo el Chino.
       —Vos sos peor que yo.
       —Me gusta el trabajo bien hecho —dijo el Chino.
       Sosa le hizo un vale y en la caja le adelantaron el dinero.

2


      La terminal de ómnibus de Mar del Plata estaba vacía porque era fines de noviembre pero las bombitas de luz de los negocios seguían prendidas como invitando a los clientes a entrar. El Chino anduvo por el hall y vio los viejos locales arruinados donde se ofrecían pulóveres y recuerdos del verano. Enfrente, sobre la recova, había una serie de negocios que estaban abiertos toda la noche. Boliches de compra y venta de oro y relojes y de cachivaches que la gente que había ganado a la ruleta le compraba de regalo a los hijos. Vendió el anillo.
       Se paró frente a la vidriera de una juguetería. La muchacha que atendía el local miraba una revista y lo espiaba por encima de los ojos, sin levantar la cabeza. Parecía contenta y era joven y linda. El Chino se desprendió de la imagen de la chica y de su propia imagen reflejada en el cristal de la vidriera y entró en el negocio.
       Había una muñeca de porcelana en un costado, una bailarina en puntas de pie con un vestido de seda plisado y los brazos en arco sobre la cabeza. La levantó y se acercó al mostrador. Nunca sabía bien qué regalo comprarle a su hija.
       —Francamente, ¿le parece que está bien para una nena de cinco años?
       —Claro, es una caja de música.
       No se había dado cuenta. La chica le activó una llave y la bailarina empezó a girar y se escuchó una musiquita.
       —La llevo —dijo el Chino.
       —Se la envuelvo para regalo —afirmó la chica.
       Le hizo un paquete con papel de seda y se la guardó en una bolsa de cartón que decía «Mar del Plata. La ciudad feliz».
       El Chino salió de la terminal y alquiló una pieza en el primer hotel que encontró del otro lado de la calle. Lo atendió una mujer alta y muy maquillada y casi sin pensarlo el Chino le dio un nombre falso y le dictó su número de documento con la última cifra cambiada. Dijo que se llamaba Arturo Sosa y que vivía en la calle Libertad 456 en Buenos Aires. Iba a quedarse por lo menos todo el fin de semana. El cuarto era amplio con una ventana que daba sobre los andenes y los micros estacionados.
       Dejó la muñeca en la mesa de luz y se tiró en la cama. Era raro estar otra vez en Mar del Plata, donde siempre había vivido. Tenía varios amigos y muchos conocidos pero pensaba cruzar en secreto y ver a Mimi, regalarle la muñeca y después irse. Blanca se iba a dar cuenta de que no podía impedirle ver a su hija. Había conservado la llave de la cocina de la casa y pensó que podía entrar furtivamente por atrás, estar un rato con Mimi y después irse sin que nadie lo notara. Le dieron muchísimas ganas de verla y de oírla hablar. Tenía unas manitas muy chiquitas y le gustaba ponerlas contra la palma de la mano del padre. La mano de la nena entraba como cinco veces en la mano del Chino y eso a Mimi le encantaba. En invierno se sacaba los guantes de lana y ponía la palma tibia en la mano rugosa del Chino. Abrió el bolso y sacó el revólver que había guardado entre la ropa y lo escondió en la bolsa con la muñeca. Se miró en el espejo; con la bolsa en la mano, parecía un hombre pacífico. Tenía que hacer tiempo. Mimi se iba a dormir temprano, pero Blanca nunca se acostaba antes de las dos de la mañana.
       El Chino salió a la calle y caminó algunas cuadras hacia el Torreón. Le gustaba el aire que venía del mar, le secaba la boca, y sentía la sal en la piel. Se paró a mirar las piedras, abajo, y el remolino de las olas. Lo peor de vivir en Buenos Aires era que no podía ir al mar a pescar. No había comparación entre tirar la línea en el río o pararse en la punta de la escollera y quedarse toda la noche sintiendo el chicotazo del mar. Una vez sacó un tiburón de metro y medio casi al borde de la playa, ahí nomás en la Bristol. Los tipos jugaban a la ruleta en el Casino y el tiburón andaba por ahí husmeando en la profundidad con la aleta negra rayando el agua. En el río los peces estaban llenos de barro y en el mar todo es limpio y frío y blanco como si fuera vidrio salado.
       Cerca del Casino vio a los tipos que cruzaban por el Boulevard Marítimo como fantasmas. Todavía era temporada de invierno, se podía jugar hasta las dos de la mañana. Tocó el revólver y pensó lo que siempre pensaba. Qué hubiera sido de su vida si esa tarde, cuando estaba de guardia, no hubiera dejado pasar a la muchacha o si ella hubiera cruzado antes de que empezaran a tirar o si ese día no lo hubieran mandado a hacer guardia en el camino que bordeaba la costa. Su vida sería otra, no estaría ahora parado ahí, como un ladrón, esperando la madrugada para entrar en silencio a su casa y saludar a su hija.
       Vio el cartel de Celusal, al fondo, en la rambla de pescadores sobre la playa. Brillaba en la noche el cartel, con la luz de las ventanitas de los departamentos al fondo, para el lado de Camet. Él vivía en la calle Rioja, cerca de la avenida Independencia, en La Perla. Vivía, es un decir, había vivido, había comprado esa casa con mucho sacrificio y cuando se la imaginaba, la veía nítidamente, con los cuadros en las paredes y los muebles y los pisos encerados y sentía un vacío porque estaba todo menos él. La ausencia era eso. Un lugar que uno conoce y recuerda de memoria, como si fuera una foto, donde uno falta. Sentía que había una relación secreta entre la debilidad de carácter que lo había hecho dejar cruzar a la mujer del Fiat 600 por el camino de la costa y el modo en el que Blanca se había convertido en el centro de su vida. Ella empezó a acusarlo de estar loco, de estar obsesionado y enfermo de celos. En realidad primero hubo un escándalo, porque la vio (o creyó verla) con otro hombre en el hall de un edificio por Playa Grande. Él cruzaba en colectivo por Alberdi y la vio a Blanca que lo besaba y sonreía. El tipo era un viejo, vestido con un sobretodo amarillo. Tal vez veía visiones. Imágenes en el canal chino. Cuando la sorprendió, Blanca se estaba riendo, con esa risa que el Chino le conocía bien. «La risa con la que ella se ríe», pensó, «cuando está alzada».
       Tenía que hacer tiempo por lo menos hasta la dos de la mañana. Cruzó la recova frente a la pileta cubierta y subió otra vez hacia la rambla, y después de pasar el Casino entró en el Montecarlo. El bar era amplio y no cerraba nunca y estaba en la frontera de la ciudad al borde de la Plaza Colón. Era un lugar de paso, con clientes que venían del centro y viajantes que seguían hacia el sur. El dueño era un chileno que lo conocía bien, pero cuando entró el tipo lo miró desde la caja como si fuera invisible. Lo mismo el mozo, un flaco con un defecto en la pierna. Había jugado al fútbol, en la primera de Kimberley, y le partieron la tibia y el peroné y quedó rengo.
       Pensaba en el bar cuando estaba en Buenos Aires y se veía con Blanca después de salir del cine, tomando café con ginebra y hablando con el mozo que tenía la pierna chueca pero ahora que estaba aquí nadie lo conocía. También el bar era un lugar vacío, como si solo existiera en la memoria. «El mundo exterior existe si podemos recordarlo», pensó de golpe sin entender muy bien lo que quería decir. Las evidencias son la única verdad. Había tratado de explicar que la mujer del Fiat 600 le había sonreído y le había pedido por favor que la dejara cruzar porque si no iba a tener que desviarse como cien kilómetros y que él jamás pensó que justo en ese momento iban a empezar a tirar. Hacía tres horas que estaba de guardia ahí sin que pasara nada. Se distrajo, se dejó convencer, la culpa no era suya. Pero la evidencia era otra, la evidencia era el coche con el motor en marcha detenido contra el terraplén y la muchacha con un tiro en la cara. El pasado no se puede cambiar. Era imposible volver atrás y decirle a la mujer que no cruzara, a pesar de que la escena se le repetía y volvía a verla llegar con el auto, en medio del calor de la siesta, por el camino de tierra.
       El tipo de la caja leía Crónica y el Chino se le acercó. El tipo lo miró extrañado durante un momento.
       —Soy Onega —dijo el Chino.
       —Chino —dijo el tipo del bar sorprendido—. ¿Está de vuelta?
       —¿Y los muchachos? —dijo el Chino.
       —Está el doctor —dijo el tipo y señaló a un hombre que leía el diario, al fondo, contra los ventanales—. Luisito viajó a La Plata y Ernesto debe estar al caer. —Sonrió, tranquilo. Le miró la bolsa de papel—. ¿Está de vuelta?
       —Vine a buscar a mi hija —dijo el Chino.
       —¿Ah, tiene una hija? —El mozo le sonrió—. Hoy esto va a ser un desierto. ¿Una ginebra?
       El Chino afirmó y lo vio agacharse y abrir la puerta de la heladera para buscar el hielo. Era una coartada como cualquier otra. Ser conocido por el tipo del bar, ir a la misma hora a la que iba antes, como si todo siguiera igual.
       Una extraña historia ocupaba la primera plana de los diarios: la sirvienta del embajador uruguayo se había ganado la lotería. Pero el billete se lo había robado la señora de la casa. Una amiga de la chica había hecho la denuncia y ahora se había quedado paralítica después de un accidente de tránsito.
       —Le serrucharon la barra de dirección —dijo el barman—. La mafia uruguaya. Hay un tal Planes o Blanes que maneja los casinos de Montevideo. Esta chica es una groupie.
       —Anoche soñé que ganaba un dineral en el Casino… —dijo de pronto un tipo que estaba parado en la barra junto al Chino.
       —Entonces no vaya —dijo el barman—. Es yeta ganar plata en un sueño. Juegue a la quiniela.
       —Jugué al doce y salió el once —dijo el tipo—. Le pegué en el poste.
       —El Casino es el doble cero —dijo el barman—. Los huevos fritos.
       Miró al Chino sonriendo, divertido con el chiste. Y se alejó al otro lado del mostrador. El Chino levantó el vaso de ginebra y miró el salón buscando una mesa. Al fondo, en el ventanal que daba a la playa, vio al médico que venía siempre al bar y pasaba las noches tomando whisky. Cada vez se iba más tarde, vivía en El Paraíso, un hotel sobre la avenida Luro. Lo había visitado varias veces y siempre lo había asombrado la elegancia del tipo, que tenía la pieza llena de discos de música clásica y de libros en francés. Cuando el Chino salió de la cárcel le habían dado el dato del doctor Montes, un médico que ya no ejercía pero podía firmar las recetas para comprar anfetaminas. Necesitaba esas pastillas como el aire. Pero podía dejarlas cuando quisiera, solo tendría que aguantar el bajón de las primeras cuarenta y ocho horas. Se vio tirado en la cama, sin voluntad, pensando en Mimi y en Blanca y en la escena del accidente e hizo un esfuerzo para moverse. Se dio vuelta hacia el médico y lo saludó con el vaso. «Un médico que se emborracha a comienzos de la noche», pensó, «mientras el resto de los muertos se arrastra por la calle».
       Cuando el Chino se le acercó, el doctor Montes se levantó para saludarlo y le sonrió. Montes era capaz de mantener la alegría, un impulso de euforia que llegaba a los demás como una gracia, aunque estuviera desesperado.
       —Vino un yirito, recién, tendría… ¿qué le puedo decir?, catorce años, quince. Se me acerca… —Hizo una pausa—. Se paró ahí, con la sonrisa que les copian a las chicas de las revistas mexicanas. Tendría que haberla visto. Esa piel de las nenas de ahora, brillan como vírgenes, con las minis y las blusas de satén y las tetitas sueltas. Tenía los certificados al día y yo hubiera pagado por estar con ella, me la hubiera llevado a pasar la noche al hotel. Pero ella solo quería que yo la atendiera, casi me dice nono, tenía miedo de estar infectada.
       —¿Y qué tenía?… —El Chino sintió el gusto metálico y helado de la ginebra que le quemaba la garganta.
       —Alucinaba. Es incapaz de saber qué va a pasar con su vida más allá de los cinco minutos siguientes. Tiene una capacidad de concentración de cuatro segundos. Quería que yo la revisara porque no podía dormir.
       El doctor había sido jefe de la sección psiquiátrica del Durán pero en un confuso episodio se enredó con una mujer internada y perdió el trabajo. Ahora vendía recetas de drogas y atendía a los desesperados de la ciudad sentado toda la noche en una mesa del Montecarlo.
       —¿Sigue acá?
       —Alguno se tiene que quedar para escribir los epitafios… En una de esas me voy a Las Flores… Tengo una hermana que arrendó un campito y a lo mejor me instalo en el pueblo.
       —Vea, doctor —dijo el Chino—. Estoy de paso en la ciudad. Vine a Mar del Plata a visitar a mi hija. —Se sorprendió al ver lo que había dicho—. Y voy a necesitar cierta dosis de reserva, tres o cuatro vidrios, cinco a lo más. ¿Cuánta plata hace falta?
       El doctor se tiró atrás en la silla y lo miró con una expresión amistosa. Para el doctor Montes, el Chino era otro desesperado, un tipo que había perdido a su mujer y a su hija y que se arrastraba empujado por la benzedrina.
       —¿Y a dónde piensa irse?
       —Me vuelvo a Buenos Aires. Quiero llevarme a mi hija a vivir un tiempo conmigo.
       De golpe le había dicho la verdad y se sintió aliviado porque él mismo descubrió lo que pensaba.
       —Todo se puede arreglar —dijo el médico.
       —Mi mujer tiene el amparo del juez y no me deja verla. Usted sabe que yo estuve preso. —El médico lo miró con interés—. No fue culpa mía. Fue un accidente.
       —Ya sé, ya me contó…
       —Estaba haciendo la colimba, aquí en Camet, y me mandaron a cuidar un camino de tierra donde nunca pasa nada, me dejaron plantado ahí. Usted sabe cómo son esas cosas. Y de golpe aparece una mujer en un Fiat 600. Me pide paso. Me dice que son doscientos metros, que si no tiene que volver a la ruta, que esto y lo otro. Quise hacerle un favor. Tendría que haberme negado, pero pensé que iba a pasar sin problemas, las maniobras tardan días en ponerse en movimiento, estaban dando vueltas desde la mañana y no habían empezado a tirar. Cómo me iba a imaginar yo que justo en ese momento…
       —Mala suerte —dijo el médico—. Y le tiraron el muerto encima.
       —Claro. Me acusaron de «dolo eventual». No tuve ninguna intención de matarla, pero ella murió por mi culpa. Para peor, un cabo dijo que había visto cómo yo la hacía pasar. Eso me arruinó la vida. El tipo no había visto nada, no había ningún zumbo ahí, si yo estaba solo en medio del campo… A veces pienso que estoy ahí de vuelta y le digo a la mujer que no pase.
       —Mejor no piense en eso.
       —No, ya sé… Cuando estaba con mi hija me había olvidado por completo del accidente, pero ahora que vivo solo me vuelve, a veces, como si lo estuviera viviendo otra vez…
       —Me perdona un momento, tengo que hacer un llamado.
       —No se olvide la receta —dijo el Chino.
       El médico le escribió la receta y se alejó hacia el teléfono. «Y si llama y me denuncia…», pensó el Chino. Esas eran las cosas que se le ocurrían últimamente.
       Buscó al mozo y pagó la cuenta. Antes de salir del bar saludó al médico que siguió hablando en la cabina de teléfono como si no lo hubiera visto. La noche estaba fresca y estrellada y se oía el mar, al fondo, leve y sombrío. Subió por el Boulevard Marítimo hacia el Asilo Unzué, donde la ciudad mantenía el mismo aspecto ruinoso del pasado. Conocía ese trayecto de memoria. Durante cinco años lo había hecho todos los días. Un tiempo igual al tiempo que había pasado en la cárcel. Ahora comenzaba otro período de cinco años en los que ya no iba a estar solo. «Tengo treinta años», pensó, «dentro de cinco años voy a ser un viejo».
       La noche estaba clara y limpia, el murmullo del mar borraba los rumores de la ciudad. Frente a la Perla bajó por Libertad hacia la plaza y llegó al barrio donde había vivido siempre. Un lugar tranquilo, con jardines al frente y casas de piedra. Todo estaba quieto y callado, algunas luces brillaban entre los árboles. La esquina era un terreno baldío y al costado, del otro lado del tejido, estaba su casa. Uno de esos chalets de piedra, con dos ventanas con rejas bajas y techo de tejas.
       Se detuvo y se arrimó a un árbol, la calle estaba desierta y él rondaba como un ladrón frente a su propia casa. Había una luz encendida en el jardín y vio el triciclo de Mimi entre los jazmines. Iba a tener que saltar el cerco de ligustro, había un soporte de ladrillo en un costado y lo podía usar para apoyarse y cruzar por el tejido. Al caer en el jardín, pisó mal y tropezó. La bolsa con la muñeca y el revólver se le soltó de la mano y al caer rebotó contra un cantero y se abrió. Cuando levantó el paquete empezó a sonar la musiquita y vio que se le había despegado la cabeza a la muñeca. El revólver había caído entre las plantas. El Chino se sentó un momento bajo el limonero que él mismo había plantado hacía años y tuvo ganas de llorar. A lo lejos ladró un perro. Nada se movía, las luces de la casa estaban apagadas, salvo la débil luz amarilla de un farol encendido en el porche.
       El Chino se deslizó por la parte oscura hacia los fondos. Se movía por el jardín y por el patio de atrás de la casa, sigiloso en medio de la noche, cada lugar estaba fijo en su recuerdo con la claridad de una obsesión. Tenía que dar vueltas por el lavadero y entrar por la cocina. Había ropa colgada en la soga y un montón de leña amontonada contra la pared del baño. Buscó la llave de la puerta de la cocina y abrió despacio. Una leve claridad bajaba por la ventana e iluminaba con un aura tenue la blancura de la cocina. El Chino se detuvo y miró el hule de la mesa, con la tostadora y la pava con el mate. El pasado estaba cristalizado ahí. Sintió una sensación de alegría, como si todo hubiera sido un sueño y ahora estuviera otra vez donde debía estar. Se quedó un rato inmóvil y por fin se sentó en una silla y se quitó los zapatos. Los guardó en la bolsa con la muñeca y el revólver. Después cruzó la puerta, en medias, hacia la sala. En la cárcel había aprendido a moverse en silencio, casi sin respirar.
       El dormitorio de Blanca tenía la puerta abierta. Eran casi las tres de la mañana. Blanca no se iba a despertar. El dormitorio estaba a la izquierda, cerca del baño. La puerta estaba abierta. Se asomó y la vio. Estaba desnuda, tendida sobre las sábanas, durmiendo con un hombre. El tipo estaba de espaldas, en calzoncillos. Ella le pasaba el brazo sobre el cuerpo. Se quedó un momento inmóvil, la pieza estaba igual, incluso vio su radio-reloj en la mesa de luz. El corazón le latía tan fuerte que pensó que iban a oírlo. Eran las tres y diez. Se acercó a la cama y sintió (o imaginó que sentía) el perfume del cuerpo de Blanca. Estuvo un rato ahí, inmóvil. Se obligó a salir del cuarto y volvió al living.
       Se sentó en un sillón cerca de la ventana que daba a la calle. Iba a esperar hasta las seis para despertar a Mimi. De vez en cuando el faro de un auto iluminaba el jardín. Abrió la bolsa de papel que crujió en el silencio de la noche y empuñó el revólver. «Tal vez ella me vio y sabe que yo estoy aquí y vendrá a buscarme». Veía imágenes confusas de cuerpos ensangrentados y oía débilmente una voz que le hablaba en una jerga incomprensible. Prendió un cigarrillo y fumó en la oscuridad. Todo lo que había vivido estaba frente a él, proyectándose en su cabeza, como en una pantalla. Trataba de no pensar, pero las ideas volvían como un torbellino. Pasaba y repasaba los acontecimientos de su vida, los hechos de los que se avergonzaba y que no podía remediar. Pasó mucho tiempo en una especie de estupor hasta que se obligó a moverse, pero antes se guardó el revólver contra el cinto, en la cintura.
       Enfrente estaba la pieza de la hija. Entró y se detuvo, una luz suave llegaba desde el velador cubierto por un pañuelo azul. Mimi dormía y no se movió. La contempló durante un largo rato. Dormía con la cabeza casi afuera de la cama, boca arriba, con una expresión tranquila. Se acercó a la cama. Mimi había acomodado la ropa sobre una silla. Miró los dibujos y las fotos en las paredes. En ese momento la nena se despertó.
       —Mimi —dijo el Chino—. Vení con papá.
       La nena se sentó en la cama y lo abrazó. Como si comprendiera la situación, le habló en un susurro.
       —¿Te vio alguien?
       El Chino sintió una extraña emoción.
       —No. Vestite —le dijo.
       Había tomado la decisión casi sin pensar. La nena empezó a vestirse.
       —Mamá está con el tío Enrique. Pero a mí me gusta más estar con vos.
       La nena le transmitía una alegría y una intimidad que siempre lo calmaba. Ella lo hacía sentirse un hombre como nunca ninguna mujer lo había hecho sentir. Cuando estaba con Mimi se sentía seguro y actuaba con suavidad, sin perder la calma. Jamás estaba perdido estando con su hija. Con el resto del mundo, en cambio, vacilaba inseguro. Salvo cuando estaba trabajando en el taller; si había logrado concentrarse y salir de sí mismo, entonces todo iba bien. Pero con Mimi era mejor porque ella lo aliviaba instantáneamente. Comprendió que había venido para verla pero que ahora había decidido llevarla y pasar con ella dos o tres días como si fuera una visita acordada.
       —Mimi —le dijo arrodillado a la altura de la nena—. Nos vamos a ir dos o tres días y después volvemos.
       La nena lo miró. Pareció que iba a empezar a llorar pero se contuvo.
       —¿Y el jardín? Tengo que darle la tarea a la señorita Julia. Te voy a mostrar —dijo Mimi. Fue hasta la silla donde estaba la bolsita y trajo una figura de plastilina. Parecía un hombre con un sombrero. Había empezado a pintarlo y tenía la mitad del cuerpo color amarillo—. Es un japonés —dijo Mimi—. ¿Puedo llevarlo?
       —Sí, claro —dijo el Chino y terminó de vestirla.
       Para salir tenía que volver a cruzar la sala frente al dormitorio de Blanca. El tipo se llamaba Enrique, no lo conocía, no era ninguno de sus antiguos amigos y eso lo alivió. Prefería no conocerle la cara. Abrió la puerta y salió a la penumbra de la sala. La nena se portaba muy bien, era inteligente y muy tranquila. Cuando estaba por salir a la cocina, Mimi le tiró de la mano. El Chino se agachó a la altura de la nena. Desde ahí veía la puerta entreabierta del dormitorio y la cama con los dos cuerpos desnudos contra la suave claridad de la ventana.
       —Le tengo que decir una cosa a mamá —dijo Mimi muy seria.
       —Sí —dijo el Chino—, le vamos a hablar por teléfono cuando se despierte.
       —Tengo que avisarle que no voy a ir al jardín.
       Parecía que ahora sí iba a empezar a llorar. El Chino la abrazó. Después alzó a la nena y salió con ella hacia el patio por la puerta de la cocina. Había empezado a amanecer.
       Bajaron por San Luis hacia el centro; en la esquina de Independencia iban a tomar el Marplatense. De un modo casi inconsciente, el Chino pensó que iba a pasar más inadvertido si viajaba en colectivo que si tomaban un taxi. A esa hora un hombre con una nena en un taxi es algo que llama la atención pero sentados en un asiento en medio del ómnibus daban la sensación de un padre y una hija que volvían a casa.
       —Marcela Bucci tampoco va a la escuela porque está enferma. Tiene variquela.
       —Será varicela —dijo el Chino.
       —Está toda colorada y nadie la puede tocar. ¿Ya la podemos llamar por teléfono a mami?
       —Dentro de un rato —dijo el Chino.
       La claridad del alba se insinuaba en el mar. No sabía muy bien lo que iba a hacer. Quería llevar a la nena a pescar. Y pensaba que al volver quizá Blanca le sonriera como le sonreía antes y las cosas se arreglaran. De un modo extraño se dio cuenta de que ya no soportaba vivir solo.
       Abrió la bolsa y le dio la muñeca a Mimi. La cabeza colgaba sobre el pecho.
       —Se rompió —dijo Mimi.
       —Después te la arreglo —dijo el Chino—. Hay que pegarle la cabeza con cola. Pero ¿ves?, es una cajita de música.
       La hizo andar y la música sonó débil en la esquina medio vacía. Mimi no le dio mucha importancia y se distrajo enseguida. El Chino volvió a guardar la muñeca rota en la bolsa de papel con el revólver.
       Conocía unas casas que se alquilaban para pescar en una laguna cerca del mar por Santa Clara. La nena se había apoyado sobre el cuerpo del Chino. Él la tenía abrazada y la sentía tibia contra su cuerpo. «Está conmigo», pensó, «todo se va a arreglar».
       —¿Sabés cuánto mido yo?
       —¿Cuánto?
       —Uno y treinta —dijo Mimi, abriendo y cerrando los dedos de la mano derecha como si llevara la cuenta—. En la fila soy la cuarta… ¿Vos cuánto medís?
       —Uno ochenta y ocho —dijo el Chino.
       Mimi se empezó a reír y lo miró. En ese momento el Chino se dio cuenta de que había salido sin traerle ropa. Tampoco sabía muy bien qué darle de comer.
       —Tengo hambre —dijo la nena como si le leyera el pensamiento.
       —Sí —dijo el Chino—, ahora vamos.
       El colectivo apareció al fondo de la calle, contra la luz de la mañana. El Chino estaba ahí, alto y desgarbado, con la nena tomada de la mano.




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