Ricardo Piglia
(Adrogué, Buenos Aires, 1941 - Buenos Aires, 2017)


Un pez en el hielo
Originalmente publicado en La invasión (Barcelona, Anagrama, 2006)
Antología personal (2014)

1


      Emilio Renzi estaba en la terraza de un bar en la plaza Carlo Felice, frente a la estación de Turín, a la mañana temprano, cuando la vio. No podía ser. Inés estaba ahí, en una mesa cercana, con el tipo de pelo blanco. Con el canalla de pelo blanco que la había traído a Europa. Llevaba el vestido azul que Emilio le había regalado y sonreía, hermosísima, en la claridad del verano.
       Ella lo descubrió a su vez, incrédula y un poco irritada, como si pensara que Emilio la estaba siguiendo. Y la estaba siguiendo, claro, con la imaginación, desde la tarde en que Inés lo dejó y se fue para siempre aunque él le había dicho «quedate, casémonos».
       Habían pasado varios meses y ahora Emilio estaba en Italia con una beca para estudiar la obra de Pavese. Había buscado un pretexto para escapar de Buenos Aires, para dejar de pensar en ella y poder olvidarla, y sin embargo, ahora la tenía enfrente, sentada bajo la sombra de las sombrillas de colores. Lo que tememos más secretamente siempre ocurre. ¿Qué hacía ella en Turín?
       Como si le leyera el pensamiento, la muchacha le hizo un gesto de pregunta y después se levantó y fue para el bar, y antes de entrar en el salón se dio vuelta para mirarlo y movió la cara con una expresión de fastidio que le conocía bien.
       Emilio la siguió y entró en el local. No la vio. Los baños estaban abajo, junto a los teléfonos. Había una escalera y después un pasillo que se perdía en la oscuridad. Tampoco estaba ahí. Salió del salón y volvió al calor sofocante de la calle. Todo parecía un sueño. Ni ella ni el hombre de pelo blanco estaban en el bar. Se habían ido precipitadamente, tal vez pensaron que él podía crearle problemas. ¿Le habría dicho ella la verdad al hombre de pelo blanco? Ese que está en el costado es Emilio y me viene siguiendo desde Buenos Aires…
       La mesa vacía, el dinero apoyado en un platito de metal. Dos cervezas. Ella no tomaba cerveza cuando vivía con él. Y menos a la mañana. En el piso había un boleto de tren. Ferrovia Nazionale. Roma-Turín. ¿Habían venido en tren? ¿Por qué entonces había un solo pasaje?
       Sabía lo que estaba pasando pero no lograba calmarse. Encontraba conocidos por todos lados. Al llegar a Italia había visto de pronto a Roberto Rossi, un amigo de La Plata, en una calle de Roma. Era increíble que estuviera en Italia y lo fue a saludar, feliz de verlo. Rossi iba conversando animadamente con un señor mayor. Emilio se adelantó, pero no era él. Gran confusión, explicaciones, rápidas disculpas.
       Dos días después, en el tren que lo trajo a Turín, vio a otro amigo que salía del vagón comedor, era Mario. Emilio se levantó sonriendo y Mario pasó por el pasillo como si él fuera invisible. Empezó a creer que teníamos un doble en el otro continente, el mundo era un espejo, y todo estaba duplicado pero fuera de lugar.
       Una mujer igual a Inés con el hombre de pelo blanco era demasiada coincidencia. Los dos dobles iguales en el otro lado del mundo. No podía ser, desvariaba. Atacado por un impulso mimético, veía todo repetido, construía réplicas. Hacía días que no hablaba con nadie. Quizás era eso. O quizás tenía razón y pronto iba a encontrar a alguien que era él mismo (pelo crespo, anteojos, cara de sonámbulo) y entonces… ya sabía lo que les pasaba a los que encontraban a su doppelgaenger.
       Volvió a sentarse a la mesa. Buscó su cuaderno de tapas negras. Tenía que olvidar y concentrarse en su trabajo.
       Enfrente estaba el hotel Roma, en ese lugar hacía justo veinte años se había matado Cesare Pavese. Abrió el mapa del Piamonte y volvió a ubicar Santo Stefano Belbo, el pueblo estaba a unos noventa kilómetros, en la región de las Langhe. Belbo era el nombre del río que atravesaba el pueblo. Pavese había nacido ahí en 1908, se mató a los cuarenta y dos años. Emilio hizo cuentas. «Me quedan quince años… no, quince no, dieciséis», calculó. «Muchísimo tiempo». Empezó a tomar notas. Estaba trabajando sobre el Diario de Pavese.
       Solo quien lleva un diario puede leer el diario que escriben otros. Tachó la última frase y escribió: Solo quien lleva un diario puede entender el diario que llevan otros. Leyó la frase y la tachó otra vez y al lado escribió: Solo quien escribe un diario puede entender el diario que escriben otros. Pavese había escrito uno de los mejores diarios que se había escrito nunca… porque se había matado.
       No conocía ningún novelista que hubiera matado a nadie. Era raro. Un escritor de novelas que se hubiera convertido en un criminal. No había ninguno. ¿No había ninguno? El novelista como asesino. Los suicidas son asesinos tímidos.
       Pensaba en el suicidio de Pavese como en un crimen que era preciso descifrar. Había pistas, indicios, testimonios múltiples. No había un criminal, solo había extraños acontecimientos que esperaban una explicación. Pagaría a un asesino mi peso en oro para que me matara en la noche, había escrito Pavese.
       Miró el hotel, enfrente. Una muchacha se asomó por la ventana del tercer piso y miró indiferente hacia abajo. Era igual a Inés. ¿Era igual a Inés? Todas las mujeres eran iguales entre sí. Las mujeres son el pueblo enemigo, como el pueblo alemán. (Eso era de Pavese). Estaba desesperado. No era la repetición, sino la réplica, lo que dominaba la vida. El predestinado, el que repite. La condena a lo idéntico. Cuando vemos que hacemos siempre lo mismo desde siempre no podemos ya pensar en el pasado sin rencor.
       La pérdida era lo más atroz que le podía pasar a alguien. Ser abandonado, saber que la persona que uno ama está con otro. Oh, tú, ten piedad. Verla con otro. Ese es el estado de ánimo en el que se comenten los delitos.
       Había reconstruido el itinerario final de Pavese. Preparó la valija que usaba para sus viajes breves y solo se llevó con él el manuscrito del Diario y los Diálogos con Leucó, su libro preferido. Abandonó para siempre la casa de la vía Lamarmora donde vivía con su hermana, se despidió con un simple saludo de Ernestina, que lo había criado, bajó la escalera y se fue para tomar el tren en la Porta Nuova, pero en lugar de ir a la estación se dirigió al Albergo Roma.
       Pidió una pieza con teléfono, le dieron la 23 en el segundo piso. Una habitación sencilla, con una cama y una mesa y un sillón rojo. Desde la ventana veía el bar donde ahora estaba sentado Renzi y más atrás la recova y la estación.
       En el hotel, hacia las seis de la tarde Pavese le escribió la última carta a su hermana, que estaba de vacaciones en la playa de Serralunga. Era una carta triste y era un adiós.
       Me he acomodado en un hotel que me cuesta muy poco y duermo perfectamente. Las camisas y los trajes me los limpian en el hotel. No es necesario que regreses el lunes 21. Yo estoy bien, como un pez en el hielo. Dentro del sobre puso cincuenta mil liras.
       Esa misma tarde una amiga de Pavese, Bona, lo encontró por casualidad en la vía Po. Estaban en plena Feria d’agosto, la ciudad vacía, como ahora. Con la mirada ardiente, Pavese caminaba a grandes pasos y parecía afiebrado. Bona tuvo que seguirlo hasta el cercano café Florio. Estaba enamorado de una actriz norteamericana y ella lo había abandonado. No podía dejar de pensar en esa mujer. La veía en todos lados. Pavese le dijo que estaba en Turín de incógnito, que quería descansar, nadie tenía que saber que lo había visto. Estuvo firme y sosegado, implacable y exacto. Fueron luego a cenar a una cervecería a la orilla del Po. Charlaron con serenidad, de cosas sin importancia. De pronto, mirando el agua oscura del río, observó que no le habría gustado ahogarse. «Mejor el veneno», dijo. Se separaron hacia medianoche.
       Luego, presumiblemente, Pavese había rondando la ciudad vacía hasta que al fin había vuelto a subir al hotel tarde en la noche. El recepcionista lo había visto entrar y Pavese le había pedido que no lo molestaran. La luz estuvo encendida toda la noche. A la madrugada del 18 de agosto, escribió la última página de su diario.
       Lo que tememos más secretamente siempre ocurre. Escribo: oh, tú, ten piedad. ¿Y luego? Basta un poco de coraje. Cuanto más determinado y preciso el dolor, más se debate el instinto de vida, y cae la idea del suicidio. Al pensar en ello, parecía fácil. Sin embargo mujeres frágiles lo han hecho. Se requiere humildad, no orgullo. Todo esto da asco.
       Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.

       El Diario terminaba ahí. Todo estaba decidido.
       Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse. Se suicidó recién el sábado 26 de agosto. Renzi estaba conmovido con esos días finales. Pavese solo en la ciudad vacía. Busca la fuerza para matarse. ¿Qué hizo? Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo.
       ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo? Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total.

2


      El tren estaba casi vacío. Renzi se sentó en un costado, junto a la ventanilla, y viajó por el Piamonte mirando el paisaje. Las Langhe de Pavese eran estas. En los poemas parecían más bellas, más exóticas. El diablo en las colinas. Se parecía a Tandil, a las sierras de Tandil donde Emilio había veraneado en la niñez. Así son los paisajes de la literatura, pensó. Ruinas de la infancia. En La luna y las fogatas el protagonista volvía después de años de ausencia y recorría estos mismos pueblos. En los viejos tiempos, decíamos la colina, como quien dice el mar o la selva. No era un lugar como los otros, era una forma de la realidad, un modo de vivir.
       La luz del mediodía le daba a las colinas un aire fantasmal, parecían transparentes de tan claras. Hill like white elephants. Los terrenos cultivados y las casas amarillas entre los árboles y el suave declive de los senderos y los cercos de ligustro estaban ahí desde siempre. Los viñedos eran tan antiguos como el dialecto del Piamonte.
       Un hombre parado al sol en mangas de camisa y con un sombrero negro miró pasar el tren. Era su tío Nazareno. La mirada tranquila, el cigarro Avanti apagado entre los labios, los bigotes amarillos por el tabaco, la piel curtida. Claro que su tío Nazareno había muerto cuando Emilio tenía diez años. (Hacía un rato, antes de subir al tren, había visto desde lejos a Pancho Alfaro, junto a un quisco, en el andén 12).
       Estaba tan solo que todo le parecía familiar. La desesperación amorosa como vocación de similitud. Lo que se ha perdido es único y entonces el mundo se puebla de réplicas. Lo que falta se convierte en una repetición vacía. Por eso los amantes abandonados piensan en el suicidio. El único acto unívoco que puede terminar con la repetición. Oh, tú, ten piedad. Habría que unir la idea fija con la repetición. Pensar siempre en lo mismo es ver todo igual.
       El tren repechaba lento la colina y los valles abajo se iluminaban con el aire claro del verano.
       Renzi abrió su cuaderno de notas. El Diario de Pavese empezaba y terminaba con dos grandes crisis. Las mujeres eran el pretexto.
       La primera, en 1936. Eran los años del fascismo, en Turín las redadas de opositores a Mussolini se multiplicaban. Pavese estaba comprometido con la muchacha de la voz ronca (la donna dalla voce rauca de los poemas), Tina, una militante comunista; ya había sido arrestada y condenada años antes y estaba siendo vigilada. Entonces le pidió a Pavese que diera su dirección para recibir correspondencia clandestina. Pavese aceptó de inmediato. Fue descubierto, su casa allanada, las cartas lo comprometieron pero desde luego Pavese se hizo cargo de todo y jamás nombró a la mujer. Fue encarcelado, sometido a proceso y luego confinado en Brancaleone, en Calabria. Allí empezó a escribir el Diario. Pasó tres años aislado sin poder comunicarse con Tina para no comprometerla. De ella no pudo tener nunca noticias directas. Solo supo que estaba a salvo y eso lo tranquilizaba. Por fin la condena de Pavese fue conmutada y pudo regresar a Turín. Cuando llegó se enteró de que Tina —un mes atrás— se había casado con otro. Cuando un hombre se encuentra en mi estado no le queda sino hacer examen de conciencia. Ahora que he llegado a la plena abyección ¿en qué pienso? Pienso qué hermoso sería que esta abyección fuera también material, que tuviese por ejemplo los zapatos rotos. Escribo Tina, ten piedad ¿y luego?
       El tren avanzaba entre los montes. Le interesaba estudiar los modos en que el lenguaje era llevado al límite en las dos grandes crisis de la vida de Pavese. Las notas del diario entre noviembre de 1937 y marzo de 1938, y luego las notas de la primavera y el verano de 1950. Estilísticamente la respuesta era la misma. Estar afuera de la vida. No dejar nada. (Solo un Diario). Pero estar fuera de la vida era estar muerto.
       «En el fondo tú escribes para estar como muerto, para hablar desde afuera del tiempo, para convertirte para todos en un recuerdo». In fondo, tu scrivi per essere come morto. Estar afuera de la vida. Kafka pensaba algo parecido.
       Renzi recordó una cita de Kafka y la buscó en su cuaderno. Aquel que no haya logrado alguna forma de acuerdo con la vida, necesitará de una de sus manos para alejar de sí en lo posible la desesperación que le causa su destino —y no logrará gran cosa con ello— pero con la otra mano podrá anotar lo que vea bajo aquellas ruinas, pues verá otras cosas, más cosas que los demás, ya que estará muerto en vida y será el sobreviviente real.
       Era una nota del Diario del 19 de octubre de 1921. Kafka había sido capaz de escribir desde la tierra de los muertos. Todo estaba en «El cazador Gracchus», el relato más extraordinario de Kafka. Nadie leerá lo que estoy escribiendo, escribe Gracchus, el eterno fantasma que vive entre los hombres. Y ya sabemos que Gracchus es el nombre alemán de Kafka. El muerto vivo. El sobreviviente real.
       Nadie leerá lo que estoy escribiendo. Esa certidumbre era única. Kafka le había ordenado a Dora Diamant que quemara sus manuscritos y tendido en un sofá la había mirado quemarlos. Los cuadernos de sus últimos años. De todo eso solo se había salvado La madriguera, que no tiene final y es el último relato de Kafka.
       El que hace ese gesto extremo, pensó Renzi, no necesita matarse. Hace ese gesto para no matarse. Imposible para Kafka decir basta de palabras, no escribiré más. Decía sigo escribiendo pero destruiré lo que haya escrito y volveré a escribir y nadie me leerá.
       Ahí estaba la carta de Max Brod a Martin Buber. Era del 25 de enero de 1925: «En el último año de su vida [Kafka] le pidió a su amiga Dora Diamant que echara a la estufa unos veinte cuadernos gruesos. Él yacía en la cama y contemplaba cómo se quemaban sus originales». ¿La eligió para eso? ¿Para esa escena? As Kafka lay watching from the bed, Dora lit the match and touched it to the pages, dropping them into the basin as they caught fire. «I respected his wish, and when he lay ill, I burnt things of his before his eyes» (Kafka’s Last Love. The Mystery of Dora Diamant).
       Dora Diamant: la incendiaria, la lectora-incendiaria, la que cumple el deseo de Kafka en su sentido más puro. Unos veinte cuadernos gruesos.
       ¿Y La madriguera? «Las hojas finales fueron quemadas por Dora, que sin embargo logró rescatar parte del manuscrito».
       Renzi estaba releyendo esas viejas notas que ahora le parecían íntimamente ligadas a su hipótesis sobre el final de Pavese. La literatura, las mujeres y la muerte.
       En todo caso Kafka decía que no podía escribir… pero siempre volvía a empezar. En cambio Pavese había ordenado sus papeles, pensaba que en su oficio era un rey. (Kafka, en cambio, se veía a sí mismo como un sirviente). Si Pavese hubiera escrito sobre ese estado se habría salvado… Pero hay que ser Kafka o ser Roberto Arlt. Escritor fracasado. (Un pleonasmo).
       Pavese entonces había sobrevivido varios días. Cuando tendría que haber empezado a escribir, dejó de escribir. Sostenerse en esa zona gris. Un pez en el hielo. Soy un muerto aparente.
       Si pudiera encontrar los rastros de esa semana. Pavese había escrito una carta, sí, un texto único. Y estaban las cenizas de papeles quemados que encontraron en el hotel. ¿Qué serían? Si hubiera seguido ese camino… Estaba esa carta, un texto extraordinario que le escribió a su amigo Davide Lajolo momentos antes de matarse.
       El lunes 28 Lajolo recibe un expreso cuando ya ha aparecido la noticia del suicidio de Pavese en La Stampa. La carta está fechada en Turín, el 25 de agosto.
       En vista que de mis amores se habla desde los Alpes al cabo Passero, solo te diré que como Cortés he quemado las naves. No sé si encontraré el tesoro de Moctezuma, pero sé que en el altiplano de Tenochtitlán se hacen sacrificios humanos. Hace muchos años que no pensaba en estas cosas. Escribía. Ya no escribiré más. Con la misma terquedad, con la misma estoica voluntad de las Langhe, haré mi viaje al reino de los muertos. Como siempre, lo había previsto todo hace cinco años. Cuanto menos hables de este asunto con la «gente», más te lo voy a agradecer. Tú sabes lo que debes hacer. Chau para siempre, tu Cesare.
       Sacrificios humanos. Escribió la carta y luego entró en la tierra de los muertos.
       El domingo 27 de agosto, a las 8:30 de la noche, un camarero preocupado por el cliente que no se ha hecho ver en toda el día golpea dos o tres veces la puerta del cuarto. No recibe respuesta y fuerza la entrada. Cesare Pavese está muerto. Yace vestido, tendido sobre la cama. Se ha quitado únicamente los zapatos. Sobre la cómoda, frascos de somníferos. Había cenizas en la ventana. Unos papeles quemados.
       Se había quitado solo los zapatos.

3


      La estación de Santo Stefano Belbo era triste y tranquila. Estaba igual a como Pavese la había visto de chico. S. Stefano Belbo, leyó Renzi al fondo del andén. Una estación de pueblo. Paseó un poco por el lugar. Entró en un bar oscurecido y fresco y pidió una grapa. Luego volvió a salir al calor de la tarde. Subió por un camino que se perdía entre los álamos. Al fondo, había una casa de alto, con rejas. Esposizione Cesare Pavese. «El poeta Cesare Pavese nació aquí».
       Tocó el timbre y el cuidador tardó en aparecer. No parecía haber muchos visitantes. Algunas salas estaban en reparaciones, había habido una inundación, muchos materiales se habían perdido. Había varias salas con manuscritos y fotos. En uno de los cuartos laterales habían reconstruido el escritorio de Pavese. La mesa de trabajo contra la ventana que daba a las colinas, varios diccionarios, una Remington, una novela de Scott Fitzgerald. (Era Tender Is the Night). Había un par de anteojos de marco negro, un lápiz Faber número 2, una lámpara rota, los restos muertos de una vida.
       En una vitrina estaban los originales del Diario. Eso era lo que había venido a ver. Hojas escritas con su letra microscópica, tarjetas, el revés de páginas traducidas. Textos y fechas, párrafos tachados. Los días acumulados de una vida estaban ahí.
       En una página puesta a modo de portada, Pavese había escrito con lápiz azul: Il Mestiere di Vivere. Diario 1935-1950. Era el mismo tipo de papel que había usado para escribir la última página.
       Primera vez que hago el balance de un año todavía no terminado. En mi oficio soy rey. En diez años lo he hecho todo. ¡Si pienso en las dudas que tenía entonces! Y casi al final de la página, escrita con la misma letra firme y serena, la sentencia. Este es el balance de un año no terminado, que no terminaré.
       Había dejado el Diario perfectamente ordenado, listo para ser publicado. Si lo hubiera quemado no se hubiera matado. (Tal vez).
       En realidad lo había escrito para que ella lo leyera…
       «¿Por qué escribir estas cosas, que ella leerá y acaso la decidan a intervenir, a dar un giro?». Debemos pensar que hasta la última página del Diario debe haber sido escrita bajo la obsesión de que la amada lo leería («que lo sepa, que lo sepa», escribió el 27 de mayo de 1950). Y no puede obviarse la penúltima entrada, del 16 de agosto, que está dirigida a ella: «Querida, acaso tú eres de verdad la mejor, la verdadera. Pero ya no tengo tiempo de decírtelo, de hacértelo saber. Y además, aunque pudiese, queda la prueba, la prueba, el fracaso».
       Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
       Había una serie de libros que reproducían en su forma esa tensión imposible. La tumba sin sosiego de Connolly, El ángel subterráneo de Kerouac. Eran como cartas, notas personales, libros sin forma. Una mujer real está detrás de la escritura. «Si esta muchacha infiel me olvidara, no tendría a nadie para quien escribir», decía Connolly.
       Quienes entendían a las mujeres escribían libros muy elegantes: Flaubert, Henry James. Quienes no las entendían, escribían libros caóticos: Joyce, Malcolm Lowry. Había que hacer una teoría sobre esa relación. Kerouac había escrito su confesión en una noche y Pavese su libro a lo largo de treinta años, pero la cuestión era la misma. Connolly: un verano en Londres. Todo era una cuestión de intensidad. De metamorfosis.
       Los libros escritos por amor a una mujer, durante el amor o después del amor. Se podría hacer una cartografía. Los que no pueden separarse de una mujer (F. Scott Fitzgerald) y escriben sobre ella. Los que se separan de todas las mujeres (Kafka) y no escriben sobre ellas en absoluto. Los que son abandonados (Pavese) y le escriben a ella. Transformaciones de Beatrice.
       Entender a las mujeres. Pavese era incapaz. Pero había sospechado algo. Renzi recordó una observación muy sagaz en el principio mismo de El oficio de vivir y la leyó ahora en el manuscrito, en la vitrina.
       «2/Octubre/1936. Estoy desolado por haber descuidado siempre hasta ahora las formas, las maneras, por no haberme hecho un estilo de comportamiento. ¿Por qué las mujeres en general tienen mejores maneras que los hombres? Porque deben esperarlo todo de su efecto formal, mientras los hombres lo esperan todo del contenido de sus actos. Hay que volverse más mujer».
       Si se hubiera vuelto más mujer se habría salvado. Buscaba la forma en la vida. Así se entiende el título del diario (y su fracaso). Solo había aprendido a escribir.
       —¿Ve esta foto?, esa es Constance Dowling, Connie, la bella, la actriz norteamericana, the last love. Por ella se mató.
       La voz venía de atrás y Renzi se dio vuelta. El hombre que le había hablado miraba intensamente la foto, inclinado, con las manos en la espalda y los anteojos sobre la frente. Parecía miope. Era flaco, con cara seca, vestido con un perramus blanco.
       En la pared se veía el retrato en blanco y negro de una muchacha en una pose muy estudiada y luego una instantánea de Pavese con la misma muchacha, en la terraza de un hotel en la montañas.
       —Morir por una actriz y encima norteamericana —dijo el hombre y sonrió con un gesto de maldad—. Pavese se enamoró perdidamente de Connie. Pasaron unos días en un hotel en los Alpes, de ahí es esta foto. Pero ella se volvió a Los Ángeles y se casó con otro. Murió en un accidente un par de años después, ya ve, si se hubiera quedado con Pavese quizás se hubiera salvado… y él también. Aunque no podía estar con una mujer. ¿Pero matarse por eso? Por ese problemita ridículo… todos tenemos algún problemita ridículo.
       El hombre hablaba un italiano extraño que Renzi comprendía perfectamente. Siempre entendía mejor una lengua extraña cuando la hablaba un extranjero. Parecía polaco, un conde polaco (como todos los polacos en el exilio, según Dostoievski).
       Era polaco, pero no era conde.
       —Solo soy un coleccionista polaco —dijo.
       Había hecho un pequeño descubrimiento y quería integrarlo a la colección de Pavese. Por eso estaba ahí. Iba de museo en museo ofreciendo sus hallazgos. Hacía poco le había vendido la máquina de escribir de Ezra Pound al museo de Rapallo. El año anterior había conseguido el original de la pierna ortopédica que el vendedor de Biblias le robaba a la chica tullida en un cuento de Flannery O’Connor.
       En este caso se trataba de algo muy especial. La presencia espectral de una mujer. El fantasma de la amada infiel. Una película. Black Angel, un film noir (así dijo) en el que aparecía Constance Dowling, joven y bellísima, en un papel breve pero extraordinario. Ella era el Ángel Negro, a beautiful hard-boiled blackmailer —agregó—, la mujer depravada a quien mataban en el filme con una bufanda blanca. Se podría ver eternamente a Connie en toda su juventud y su belleza en ese filme de 1946.
       Dijo que estaba seguro de que Pavese tenía una copia de la película. Y que la miraba, en las tardes de verano, después de que ella lo había abandonado y se había ido a Los Ángeles para casarse con otro.
       La historia estaba basada en una novela de Cornell Woolrich (del gran Cornell Woolrich, dijo). Y la había dirigido Roy William Neill, el mejor director de serie B de Hollywood, un irlandés genial, un gran desconocido. Fue su última película, la estrenó en agosto del ’46 y murió al mes siguiente.
       Le parecía todo significativo y todo le parecía extraordinario, como si estuviera loco.
       El principio del filme estaba centrado en Constance Dowling. Invierno en Nueva York. Un departamento de lujo. La muchacha tiene un litigio con la gobernanta, discuten por una bufanda blanca. Connie se queda sola. Hay una pecera con un pez oscuro que nada, solo, en el agua transparente. Afuera ha dejado de nevar. La muchacha saca la pecera al balcón para que el pez tenga unas horas de luz natural, luego entra en el cuarto pero deja la ventana abierta. Al final de la secuencia, cuando la policía entra en la casa, dos días después, encuentran a Connie estrangulada con la bufanda. La ventana está cerrada, el pez afuera en la pecera congelada. (Un pez inmóvil en un bloque de hielo). Y la muchacha muerta en el piso.
       Pavese tenía la única copia completa de la película, sin los cortes que los distribuidores le habían hecho a la secuencia inicial. La versión comercial tiene 81 minutos —dijo el polaco con aire satisfecho— pero esta copia tiene 85 minutos.
       Una pequeña diferencia. Pero eso es lo que le interesa a los coleccionistas. Las pequeñas diferencias. La desviación en la serie. El objeto único. Por ejemplo, la máquina de escribir de Pound tenía el teclado al revés porque Pound era zurdo. Seguramente esta única copia completa de la película era la de Connie. Y esa era la que él había conseguido.
       —Es mi oficio —dijo—. Encontrar la diferencia.
       Pavese había pasado dos días encerrado en la casa antes de matarse. ¿Miraba el filme? Siguieron charlando un rato, terminaron de recorrer la casa y Renzi decidió irse. Ya era tarde, tenía que volver a Turín. El polaco lo acompañó hasta la puerta.
       —Hay un ómnibus que lo lleva a la estación, pasa cada media hora, en el cruce, ahí. —Señaló un camino cercano.
       Se despidieron. Y el polaco se alejó hacia la casa, levemente inclinado, con las manos en la espalda. Qué extraño. Parecía vivir ahí. Solo, encerrado en la casa vacía. Como si fuera el guardián del museo. Un polaco. ¿Sería posible?
       Renzi salió a la calle y subió el sendero en pendiente hacia la ruta que llevaba al pueblo. Era el fin de la tarde pero el calor no había cedido. Se paró en el cruce de caminos, bajo un árbol, a esperar. Las colinas eran las mismas que Pavese describía en sus libros. Suaves y claras, parecían desplazarse entre las nubes y los viñedos y las viejas casonas de tejas coloradas. Pasaban algunos coches por la carretera con los faros encendidos en el anochecer.
       El día había sido tan intenso y tan raro. Por momentos había conseguido olvidar a Inés. ¿Y el polaco? Un coleccionista. Como yo, pensó. ¿De qué? De réplicas.
       De pronto un auto cruzó frente a él y se detuvo un poco más adelante y retrocedió. Una mujer sacó la cabeza por la ventanilla.
       —¿Qué hacés? Te llevamos.
       Era Inés. Estaba ahí.
       —Así que eras vos, nomás.
       —Te vimos en el bar…
       El hombre de pelo blanco sentado junto a ella fumaba, indiferente. Inés bajó del coche.
       —¿Y qué hacés por acá?
       De pronto Renzi se escuchó decir:
       —Vine para olvidarte.
       —Yo también vine para olvidarte —dijo ella y se empezó a reír—. Seguimos para el norte, si querés ir te llevamos.
       —No —dijo Emilio y él también sonrió.
       Se quedaron un momento callados. Por fin, Inés le rozó apenas la cara con los labios y se alejó. Después se dio vuelta antes de subir al auto y se miraron otra vez. El coche se perdió en una nube de polvo.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar