Roberto Fernández Retamar
(La Habana, 1930)

FERNÁNDEZ RETAMAR: POESÍA DESDE EL CRÁTER
Mario Benedetti
Letras del continente mestizo
(Arca, 1972, pp. 202-213)



         Si aun en los mercados mejor organizados y más aptos para el consumo del producto literario, la poesía es un género de escasos lectores, en América Latina suele ser, además, un género de circulación poco menos que clandestina. Salvadas las excepciones de un Pablo Neruda, un Nicolás Guillén o un Octavio Paz (para nombrar tres poetas vivos), es improbable que un libro de poemas se reedite. Hoy en día, ya es bastante, difícil encontrar en Santiago un ejemplar de Cancionero sin nombre, de Nicanor Parra; o en México, uno de Horal, de Jaime Sabines; o en Buenos Aires, uno de Violín y otras cuestiones, de Juan Gelman. Pero juntarse con cualquiera de esos títulos en otro país que no sea el del poeta respectivo, es algo sencillamente imposible. Ello impide, no sólo al lector, sino también al crítico, llegar a calibrar por sí mismos la obra total de un determinado autor. Si bien ello se remedia a veces con las antologías, lo cierto es que la estatura humana de un poeta no sólo se forma con sus momentos cumbres, sino también con sus desfallecimientos, sus vacilaciones, sus corazonadas, sus fracasos. Como lector, siempre me ha apasionado buscar el verdadero rostro del escritor, y éste sólo es reconocible en las obras completas, no en las antologías, que por lo general son una serie de instantáneas selectas, y en consecuencia proporcionan un enfoque algo rígido o artificial de aquel rostro verdadero. (¿Qué antología podría dar la calidad humana que trasmiten las Poesías completas de Antonio Machado?).
          Por eso me parece que la reciente aparición de Poesía reunida (que incluye ocho libros, escritos entre 1948 y 1965), del cubano Roberto Fernández Retamar, tiene sobre todo el valor de proporcionarnos la imagen integra del poeta. Por supuesto que las trescientas y tantas páginas del volumen incluyen poemas menores, temas desperdiciados, callejones sin salida, pero ellos también se inscriben en la trayectoria total, y, en el peor de los casos, cumplen una función de contraste o de relieve. En unas palabras liminares, el autor habla de “la verdad de experiencia, el latido humano, que son lo único que desde el principio quise dar”. Pues bien, esa verdad de experiencia, ese latido humano, están pre­sentes en el libro de la primera a la última página.
         Roberto Fernández Retamar nació en La Habana, en 1930, y hoy integra (con Pablo Armando Fernández, Fayad Jamis y Heberto Padilla) el cuarteto de poetas más creadores de su generación. Profesor, traductor, poeta, crítico, ensayista, Fernández Retamar es una de las personalidades más dinámicas e irradiantes de la Cuba revolucionaria, y bajo su dirección la revista Casa de las Américas se ha convertido en la mejor publicación periódica que producen las letras de habla hispana. A diferencia de tantos escritores latinoamericanos, mili­tantes de izquierda, que se imponen un. mensaje político (seguramente compartible) y avanzan con él sin im­portarles que su ruta no pase por el arte, Fernández Retamar, que muchas veces se introduce en el coto político, es consciente de que, para asumir tan arduo com­promiso, debe partir de una previa validez poética. En la segunda mitad del volumen, que es donde mejor se reconoce esa actitud, figuran poemas como El otro, Con las mismas manos, y sobre todo ese notable Usted tenía razón, Tallet: somos hombres de transición, tres demostraciones de que la lección de Vallejo y de Neruda (ambos han escrito poemas políticos que valen como poesía y como política) no ha sido desperdiciada.
         Fernández Retamar es uno de esos hombres de transición que se levantan “entre una clase a la que no pertenecimos, porque no podíamos ir a sus colegios ni llegamos a creer en sus dioses” ”y otra clase en la cual pedimos un lugar, pero no tenemos del todo sus memorias ni tenemos del todo las mismas humillaciones”; “entre creer un montón de cosas, de la tierra, del cielo y del infierno, / y no creer absolutamente nada, ni siquiera que el incrédulo exista de veras”. Aunque sólo en el penúltimo poema del libro, Fernández Re­tamar encuentra el más certero modo poético de ex. presar su actitud, es indudable que mucho del atractivo de esta Poesía reunida viene de la franqueza, a la vez humilde y orgullosa, a la vez convicta y desconcertada, con que el poeta asume, en nombre de una insegura promoción, de una clase alarmada, su inconfortable función transitiva, su condición de inestable, casi im­provisado puente entre dos épocas pugnantes, hostiles.
         Aunque en la obra de Fernández Retamar hay sólo dos poemas que llevan el título Arte poética, en rea. lidad son varias las artes poéticas distribuidas a lo largo y a lo ancho de su itinerario creador. En algunas de esas aproximaciones a la razón de su trabajo, Fernández Retamar ironiza a expensas de sí mismo. Por ejemplo, en Explicación:

Siempre quise escribir un poema
Tan breve
Como aquel de Machado:
“Hoy es siempre todavía”;
O incluso
Como aquel de Ungaretti:
M’illumino
d’immenso”;
Pero ya ven:
Me pierdo en explicaciones.

         Hay otro poema de la misma época, En el fondo de ese ponto de tinta, donde el arte poética se transforma en tierna y burlona clase práctica, al enumerar todas las posibilidades literarias (“hay el final de un ensayo / sobre crítica y revolución”), nostálgicas (“Y la ternura que quise decir y no encontré, una tarde, hace casi veinte años, en Santa Fe”) o meramente ruti­narias (“Hay muchas veces el absurdo garabato de mi firma”) que aguardan en el fondo del pomo de tinta, pero el final es un pedido de disculpas al lector, un, guiño cómplice: “Y hay también, estoy seguro de eso / una manera de mejor terminar este poema”. Pero es precisamente en el poema titulado Arte poética donde Fernández Retamar maneja mejor el lado humorístico de los estados de ánimo, la inoportunidad de estar en vena.
          Sin embargo, el lector tiene la impresión de que no es en esos chispazos donde el poeta realmente se confiesa. El humor es allí una socapa, una tregua de la permanente indagación. La verdadera cuenta hay que sacarla en los enfoques serios, decididos, como el que consta en Por otro rey:

Largos, infinitos poemas vienen: yo los rechazo;
Vuelven como en oleadas insistentes, en paños,
En aguas vastas y golpeantes: yo los empujo
Contra su propio fragor, yo los hundo
Unos en otros; regresan otra vez, van a los ojos,
Van al rostro, buscan la boca, el cuerpo:
Yo los resisto, los alejo, vuelven, siempre vuelven.
Multitud espesa de letras
Está ya en marcha, y es inútil el rechazo.

         Esto es poco menos que una mecánica de los procederes poéticos. Ese empujar los poemas contra su pro. pio fragor, ese hundirlos unos en otros, explica en cierto modo la recurrencia de temas, la iteración de algunos tópicos que vuelven con rasgos adicionales, con defor. maciones, o complementos, o apéndices, o culminaciones, que les dan un rostro y un sentido diversos, pero que no tienen por qué estorbar al anterior. Más bien lo enriquecen, le otorgan una dimensión nueva. La tesis es que todos los poemas son uno solo, o, tal como se expresa en El poema de hoy,

El solo poema que una mano
Traza sin cansarse y alegre
Sobre un papel que vuela vasto,
Y en donde pone cielos,
Astros, ígneas llamadas
Que a la tarde regresarán
A conversar con nosotros.

         Sin embargo, donde el poeta aprehende mejor el secreto de su propia creación, es en dos tentativas (Uno escribe un poema; La poesía, la piadosa) por cierto muy dispares, tanto en su contexto como en sus propósitos. Una refiere la conmoción relevadora de un instante, el mero enfrentamiento con “un árbol solo con flor rosada”; el poeta se limita a registrar como im­posibles, la solitaria perfección del árbol y su propia, aislada alegría. Entonces, / uno escribe un poema”. O sea que el poema asciende directamente, sin intermediarios, de una experiencia vital; es un lazo insospechado, una hipóstasis provisional. La segunda tentativa supone a la poesía como apegada torpemente á las cosas “para que se le queden a su lado":

Hijos que van creciendo y que una noche
Salen cantando, aullando salen, salen
Hacia las imperiosas servidumbres.
Y tras ellos va, fiel, la poesía,
La piadosa, la lenta, recreando
Sus rasgos, su manera de ser ciertos
En aquella mañana de aquel día.

          Esa lenta, piadosa, relevadora poesía, asume dis­tintas y sucesivas maneras en los dieciocho años de pro­ducción que abarca este volumen recopilador. Desde el comienzo hay ironía y efectistas contrastes verbales. El primer poema incluido (Le digo a mi corazón) empieza así:

¿Acaso crees, corazón,
Que la rosa es el abogado de la espina,
Y que un plantel de excusas se acumula en sus pétalos,
Y una lluvia parada de voces es su tallo?

         Pero también hay un excesivo dejarse ir hasta sa­lirse del sentido, hasta estirar (en algunos casos, con desmesura) la metáfora. El entusiasmó retórico (reco­nocible sobre todo en Dulce y compacta tierra, isla), 206 el alarde meramente experimental (por ejemplo, el cul­ tivo de la décima en encasílabos), no se prolongan más allá del desorden juvenil; ineluso podría decirse que el poeta los usa como ocasiones de replegarse y tomar impulso. No obstante, desde los inicios, y sin que ello sea en ese entonces un rasgo determinante, la imagen da repetidas veces en el blanco: “Todos los dedos de que me descuelgo, / todos los ayes tristes de que salgo, / todas las claras letras donde vivo”. Luego, a medida que se interne en su tiempo, el poeta irá perfeccionando su siempre bien orquestada imaginería. No sólo los estados de ánimo se vuelven imágenes (“pero se cae una risa, un miedo, / una sorpresa, caen, se agigantan / como vasos de plata en la noche”), sino que las cosas, al ser convertidas en imágenes, al ser prestigiadas y sensibilizadas por la mirada del hombre, también esplenden en estados de ánimo y hasta adquieren un di­namismo potencial que es muy característico de este poeta

Las fornidas ceibas siempre me ha parecido
Que soportaban con magnífica mansedumbre nuestro cielo:
Son poderosas cariátides de severo y puro rostro
Que adelantan una pierna y se detienen y confían.

         La humanización de las cosas y de la naturaleza, es, en esta poesía, una forma casi militante de asumir la realidad, ese “vivo río de todo”, que preocupa, con mueve, mortifica y complace a Fernández Retamar. Aun en los casos de más recóndita indagación, la realidad está presente como el diapasón que da el tono para el acorde subjetivo, interior. El autor adquiere su rí­gurosa vigencia cuando se vuelca en los demás; esta poesía de brazos abiertos se corresponde fielmente con el cálido ser humano que es Fernández Retamar, y está bien que así sea. Los amigos lo llaman como temas; son, en verdad, temas. La presente recopilación rebosa de lo que el autor, en una nota explicativa, llama poe­sía de circunstancias, y que incorpora a su mundo el detalle, la anécdota, lá alegoría de la amistad. Sin em­bargo, no es poesía “de ocasión”, en el mal sentido de la palabra. El poeta se dirige a sus amigos como si hablara con una parte de sí mismo: sin énfasis, con recuerdos, con confianza. Algunos de los mejores momentos de esta lectura completa, están, curiosamente, en esos poemas con nombre y apellido. El mejor me parece el dedicado a Ezequiel Martínez Estrada, con motivo de su muerte. Entremezclada con el afecto y el respeto que le inspira el singular escritor argentino (que vivió en Cuba en la etapa posterior al triunfo de la Revolución), hay una severa interrogación del poeta a sus propios temores, a sus propias esperanzas, a sus propios fantasmas:

Si el Universo fuera limitado en sus combinaciones,
Cabría alguna esperanza. Pero no hay ninguna.
Por eso le digo esta especie de adiós,
Asegurándole que en el río de mis azares,
Y en los de muchos como yo,
Hay uno que fue usted,
Y que esa es la única inmortalidad posible:
Que ya yo no pueda ser como era
Antes de haberlo conocido y querido mucho.
Todo no es más que un soplo:
Usted, yo, el universo, pero
Puesto que ha habido gente como usted,
Es probable, bastante probable,
Que todo esto tenga algún sentido.
Por lo pronto, ya sé: no bajar la cabeza.
Gracias, y adiós.

          En los libros anteriores a la Revolución, la poesía de Fernández Retamar trasmite una desalentada necesi­dad de fe; hasta ese advenimiento removedor, el amor es el único sucedáneo. El poeta se lanza al amor con todas sus nociones del mundo, con toda su expectativa vital, con todo su equipaje de palabras. El resultado son algunos poemas tan tersos y tan tiernos como Esta tarde y su lluvia, Palacio cotidiano o Que ya no son palabras. A esa primera instancia del tema, Fernández Retamar concurre con una clara armonía verbal, con una emoción fresca y decidida, con cierta inocente tenacidad destinada a eclipsar de algún modo el sinsentido del contorno con el generoso sentido del amor.
         Entonces llega la Revolución, y el acontecimiento sacude, entre' otras cosas, la vida familiar y hasta la vida interior de cada cubano. Son palabras (ahora en prosa) del propio Fernández Retamar: “Una revolución no es un paseo por un jardín: es un cataclismo, con desgarramientos hasta el fondo. Pero es sobre todo la deslumbrante posibilidad de «cambiar de vida»”[1]. El poeta siente, como todos, la tremenda conmoción y la registra en su poesía, denominándola significativamente Vuelta de la antigua esperanza, y fechando en 1° de enero de 1959 un breve poema, El otro, que es uno de los frutos literarios más nobles, más auténticos, de ese repentino acceso a un destino nacional. En rigor, es la dolorosa conciencia de convertirse en imprevisto bene­ficiario de la tortura ajena, de la agonía ajena, de la muerte ajena. Fernández Retamar transcribe ese sentimiento con ejemplar honestidad, con un lenguaje despojado que reduce la enorme interrogante a sus términos escuetos, perentorios. Creo que vale la pena transcribirlo en su integridad.

Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
¿Sobre qué muerto estoy yo vivo,
Sus huesos quedando en los míos,
Los ojos que le arrancaron, viendo
Por la mirada de mi cara,
Y la mano que no es su mano,
Que no es ya tampoco la mía,
Escribiendo palabras rotas
Donde él no está, en la sobrevida?

         Un elemento que antes había aparecido esporádicamente en la obra de Fernández Retamar, se convierte desde 1959 en un rasgo definidor. Me refiero a la po­sibilidad francamente comunicativa que en sus más re­cientes tramos adquiere esta poesía. No se trata de populismo. César López ha señalado que “la poesía de Retamar en cuanto comunicativa quiere provocar la duda como vehículo o motor del pensamiento”[2]. Yo podría suscribir esa opinión si me dejaran quitar la palabra quiere; creo que esta poesía provoca la duda como vehículo o motor del pensamiento, pero ello me parece más un movimiento natural que una intención deliberada. Quiero decir que la inserción vital del poeta en los contenidos —mejor todavía queen las formas— de la Revolución, hace que su poesía provenga, no de un hombre monolítico sino de un ser complejo; no de un ente empobrecido de fracasos, sino de alguien en. riquecido por una nueva y asequible aptitud para problematizar la realidad. El hecho de que en Cuba se haya comprendido (mucho antes que en la mayor parte de los países socialistas europeos) que las dos vanguardias, la política y la estética, no sólo pueden sino que deben “fertilizarse mutuamente” [3], ha contribuido sin duda a ennoblecer la coyuntura artística en ese ámbito revolucionario, y también a depurar el quehacer poético de Fernández Retamar.
         Vanguardia no es dificultad gratuita, sino sobre todo subversión frente a actitudes y modelos caducos, perimidos. “Lo coloquial —ha escrito el poeta salvadoreño Roque Dalton—, como modo de expresión perfectamente dominado, esto es, trascendentalmente eficaz en la medida en que la sencillez expresa un contenido rico en complejidades, es otra de las conquistas más de todo el proceso de Poesía reunida”[4]. Ese uso de la sencillez es precisamente, en el mejor sentido de la palabra, subversivo. Para hallar un antecedente de esta actitud, habría quizá que retroceder hasta Antonio Ma­chado, cuya sencillez era (cualquiera de sus fidelísimos lectores puede atestiguarlo) un modo peculiar y eficacísimo de meterse en honduras, y de traernos, desde ellas, sus convicciones más lúcidas y conmovedoras. La comunicación, palabra clave de la más reciente poesía de Fernández Retamar, no atañe aquí a llanezas sentimentales, a blandos lugares comunes, a rutinarios co­municados sobre las condiciones climáticas de la propia y zarandeada soledad. La comunicación aquí es abanico de problemas, dignificación del prójimo como interlocutor válido, confrontación revolucionaria de las dis­tintas interpretaciones o formas o actitudes, del ser y el estar revolucionarios.
          En el libro Sí a la Revolución, que reúne buena parte de los poemas escritos por Fernández Retamar como corolario de esa acción catalizadora, figura ade más la serie Un miliciano habla a su miliciana”. Con su nueva fe, con su responsabilidad humana por fin recuperada, el poeta vuelve a tomar el tema del amor, y, como si con ello llevara a cabo una operación lar­gamente codiciada, lo inserta en el contexto revolucio­nario. Son cinco poemas. La antigua armonía, la an­tigua inocencia, el antiguo irrealismo, han cedido paso a una profunda asunción de la realidad, a una) arraigada (aunque recién adquirida) convicción de que el sentido generoso del amor puede en cualquier momento ser barrido por el sinsentido del contorno, si el ser social no toma sus medidas rigurosas, urgentes, implacables. Creo que donde mejor se conjuga el doble sentido de esta poesía tan singular, es en el poema Con las mismas manos, que, al atender a sus dos funciones, convierte a ambas espontáneamente en actos de amor. El poeta lanza una mirada, retrospectiva y madura, a su antigua versión: “¡Qué lejos estábamos de las cosas verdaderas, / amor, qué lejos —como uno de otro!” Las manos actuales se inscriben en una inédita actitud, y a la vez sirven para comunicar la recién adquirida dimensión, el recién adquirido fervor: “No hay momento / en que no piense en ti. / Hoy quizás más, / y mientras ayude a construir esta escuela / con las mis­mas manos de acariciarte”.
         El poeta parece haber necesitado la espléndida sacudida para llevar a cabo otra operación de amor: ver por primera vez La Habana, “única ciudad que me es de veras”, con ojos limpios, esperanzados; verla como el alegre, reconquistado hogar que antes no era, no podía ser. (Me refiero, como es obvio, al poema Adiós a La Habana). Tengo la impresión de que en la obra de Fernández Retamar (como en la de otros poetas cubanos, incluso entre los más jóvenes), la Revolución aceleró una madurez que acaso sólo hubiera llegado con muchos años más de esa incolora frustración que tan bien conocemos en el resto de América Latina. Lo mejor de la producción de Fernández Retamar, no sólo desde un punto de vista comunicativo, sino sobre todo desde un punto de vista artístico, es posterior a 1959. El último centenar de páginas incluye poemas excelentes, de todo tipo: militantes, líricos, humorísticos, nos­tálgicos. Cualquier antología de la poesía latinoameri­cana se enorgullecería de albergar poemas como Felices los normales, Oyendo un disco de Benny Moré, Sonata para pasar esos días y piano, Para el amor, Le pregun­taron por los persas, y por supuesto, los ya citados, In memorian Ezequiel Martínez Estrada y Usted tenía razón, Tallet: somos hombres de transición. La Revo. lución no siempre está presente con todas sus letras; sí está presente en la cosmovisión del poeta; en la preocupación moral con que éste asume ahora su realidad; en la conciencia del doble privilegio que le toca vivir: ser efectivamente un hombre de transición y verlo con los ojos bien abiertos.
          Alguna vez he escrito sobre el estilo joven de la Revolución Cubana[5]. Creo que un claro síntoma de esa incanjeable juventud es su alerta sensibilidad humanística, aun en medio del constante riesgo de agresión, aun con la vida nacional (y la de cada individuo) pendientes de un hilo. El enemigo no deja de recor. darnos que Cuba es el volcán revolucionario de América Latina. A la vista está, sin embargo, que ese vol­cán, al menos, no es sólo fuego y lava; la Poesía reunida de Fernández Retamar es una muestra genuina de la poesía que asciende de su cráter.

(1967).


Notas

[1] Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba, en revista Casa de las Américas, N° 40, La Habana, enero­-febrero 1987.

[2] Atisbos en la poesía de Cuba, en Unión, revista de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, año IV, N° 3, julio-setiembre 1965, La Habana.

[3] Roberto Fernández Retamar, art. cit. en nota 1.

[4] Sobre Poesía Reunida, en revista Casa de las Américas, N° 41, La Habana, marzo-abril 1967.

[5] El estilo joven de una revolución, en Cuadernos 212 de Marcha, N° 3, Montevideo, julio 1967.



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