Roberto
Fernández Retamar
(La Habana, 1930)
Calibán
Apuntes sobre la cultura
de nuestra América
PARA LA HISTORIA DE CALIBÁN
Calibán es un anagrama forjado por
Shakespeare a partir de “caníbal” —expresión que, en el sentido de
antropófago, ya había empleado en otras obras como La tercera, parte
del rey Enrique VI y Otelo—, y este término, a su vez,
proviene de “caribe”. Los caribes, antes de la llegada de los
europeos, a quienes hicieron una resistencia heroica, eran los más
valientes, los más batalladores habitantes de las mismas tierras que
ahora ocupamos nosotros. Su nombre es perpetuado por el Mar Caribe (al que
algunos llaman simpáticamente el Mediterráneo americano; algo así como
si nosotros llamáramos al Mediterráneo el Caribe europeo). Pero ese
nombre, en sí mismo —caribe—, y en su deformación caníbal,
ha quedado perpetuado, a los ojos de los europeos, sobre todo de manera
infamante. Es este término, este sentido el que recoge y elabora
Shakespeare en su complejo símbolo. Por la importancia excepcional que
tiene para nosotros, vale la pena trazar sumariamente su historia.
En el Diario de
navegación de Cristóbal Colón aparecen las primeras menciones
europeas de los hombres que darían material para aquel símbolo. El
domingo 4 de noviembre de 1492, a menos de un mes de haber llegado Colón
al continente que sería llamado América, aparece esta anotación: “Entendió
también que lejos de allí había hombres de un ojo, y otros con
hocicos de perros, que comían a los hombres”;[3] el 23 de noviembre
esta otra: “La cual decían que era muy grande (la isla de Haití), y
que había en ella gente que tenía un ojo en la frente, y otros
que se llamaban caníbales, a quienes mostraban tener gran miedo...” El
11 de diciembre se explica “que caníbal no es otra cosa sino la
gente del gran Can”, lo que da razón de la deformación que sufre el
nombre caribe —también usado por Colón: en la propia carta “fechada
en la carabela, sobre la Isla de Canaria”, el 15 de febrero de 1493, en
que Colón anuncia al mundo su “descubrimiento”, escribe: “Así que
monstruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla (de Quarives),
la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que
tienen en todas las islas por muy feroces, las cuales comen gente humana”.[4]
Esta imagen del caribe/caníbal
contrasta con la otra imagen de hombre americano que Colón ofrece en sus
páginas: la del arauaco de las grandes Antillas —nuestro taíno
en primer lugar—, a quien presenta como pacífico, manso, incluso
temeroso y cobarde. Ambas visiones de aborígenes americanos van a
difundirse vertiginosamente por Europa, y a conocer singulares
desarrollos: el taíno se transformará en el habitante
paradisíaco de un mundo utópico: ya en 1516, Tomás Moro publica su Utopía,
cuyas impresionantes similitudes con la isla de Cuba ha destacado, casi
hasta el delirio, Ezequiel Martínez Estrada.[5] El caribe, por su
parte, dará el caníbal, el antropófago, el hombre bestial situado
irremediablemente al margen de la civilización, y a quien es menester
combatir a sangre y fuego. Ambas visiones están menos alejadas de lo que
pudiera parecer a primera vista, constituyendo simplemente opciones del
arsenal ideológico de la enérgica burguesía naciente. Francisco de
Quevedo traducía “Utopía” como “No hay tal lugar”.
No hay tal hombre,
puede añadirse, a propósito de ambas visiones. La de la criatura
edénica es, para decirlo en un lenguaje más moderno, una hipótesis de
trabajo de la izquierda de la burguesía, que de ese modo ofrece el
modelo ideal de una sociedad perfecta que no conoce las trabas del mundo
feudal contra el cual combate en la realidad esa burguesía. En general,
la visión utópica echa sobre estas tierras los proyectos de reformas
políticas no realizados en los países de origen, y en este sentido no
podría decirse que es una línea extinguida: por el contra-rio,
encuentra peculiares continuadores —aparte de los continuadores
radicales que serán los revolucionarios consecuentes— en los numerosos
consejeros que proponen incansablemente a los países que emergen del
colonialismo mágicas fórmulas metropolitanas para resolver los graves
problemas que el colonialismo nos ha dejado, y que, por supuesto, ellos no
han resuelto en sus propios países. De más está decir la irritación
que produce en estos sostenedores de “no hay tal lugar” la insolencia
de que el lugar exista, y, como es natural, con las virtudes y defectos no
de un proyecto, sino de una genuina realidad.
En cuanto a la
visión del caníbal, ella se corresponde —también en un
lenguaje más de nuestros días— con la derecha de aquella misma
burguesía. Pertenece al arsenal ideológico de los políticos de
acción, los que realizan el trabajo sucio del que van a disfrutar
igualmente, por supuesto, los encantadores soñadores de utopías. Que
los caribes hayan sido tal como los pintó Colón (y tras él, una
inacabable caterva de secuaces), es tan probable como que hubieran
existido los hombres de un ojo y otros con hocico de perro, o los hombres
con cola, o las amazonas, que también menciona en sus páginas, donde la
mitología grecolatina, el bestiario medieval y la novela de caballerías
hacen lo suyo. Se trata de la característica versión degradada que
ofrece el colonizador del hombre al que coloniza. Que nosotros mismos
hayamos creído durante un tiempo en esa versión sólo prueba hasta qué
punto estamos inficionados con la ideología del enemigo. Es
característico que el término caníbal lo hayamos aplicado, por
antonomasia, no al extinguido aborigen de nuestras islas, sino al negro de
África que aparecía en aquellas avergonzantes películas de Tarzán. Y
es que el colonizador es quien nos unifica, quien hace ver nuestras
similitudes profundas más allá de accesorias diferencias.
La versión del
colonizador nos explica que al caribe, debido a su bestialidad sin
remedio, no quedó otra alternativa que exterminarlo. Lo que no nos
explica es por qué, entonces, antes incluso que el caribe, fue igualmente
exterminado el pacífico y dulce arauaco. Simplemente, en un caso como en
otro, se cometió contra ellos uno de los mayores etnocidios que
recuerda la historia. (Innecesario decir que esta línea está aún más
viva que la anterior.) En relación con esto, será siempre necesario
destacar el caso de aquellos hombres que, al margen tanto del utopismo —que
nada tenía que ver con la América concreta— como de la desvergonzada
ideología del pillaje, impugnaron desde su seno la conducta de los
colonialistas, y defendieron apasionada, lúcida, valientemente, a los
aborígenes de carne y hueso: a la cabeza de esos hombres, por supuesto,
la figura magnífica del padre Bartolomé de las Casas, a quien Bolívar
llamó “el apóstol de la América”, y Martí elogió sin reservas.
Esos hombres, por desgracia, no fueron sino excepciones.
Uno de los más
difundidos trabajos europeos en la línea utópica es el ensayo de
Montaigne “De los caníbales”, aparecido en 1580. Allí está la
presentación de aquellas criaturas que “guardan vigorosas y vivas las
propiedades y virtudes naturales, que son las verdaderas y útiles”.[6]
En 1603 aparece
publicada la traducción al inglés de los Ensayos, realizada por
Giovanni Floro. No sólo Floro era amigo personal de Shakespeare, sino que
se conserva el ejemplar de esta traducción que Shakespeare poseyó y
anotó. Este dato no tendría mayor importancia si no fuera porque prueba
sin lugar a dudas que el libro fue una de las fuentes directas de la
última gran obra de Shakespeare, La tempestad (1612). Incluso uno
de los personajes de la comedia, Gonzalo, que encarna al humanista
renacentista, glosa de cerca, en un momento, líneas enteras del Montaigne
de Floro, provenientes precisamente del ensayo “De los caníbales”. Y
es este hecho lo que hace más singular aún la forma como Shakespeare
presenta a su personaje Calibán-canibal. Porque si en Montaigne
—indudable fuente literaria, en este caso, de Shakespeare— “nada hay
de bárbaro ni de salvaje en esas naciones (...) lo que ocurre es que cada
cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”,[7] en
Shakespeare, en cambio, Calibán-canibal es un esclavo salvaje y
deforme para quien son pocas las injurias. Sucede, sencillamente, que
Shakespeare, implacable realista, asume aquí al diseñar a Calibán la
otra opción del naciente mundo burgués. En cuanto a la visión
utópica, ella existe en la obra, sí, pero desvinculada de Calibán: como
se dijo antes, es expresada por el armonioso humanista Gonzalo.
Shakespeare verifica, pues, que ambas maneras de considerar lo
americano, lejos de ser opuestas, eran perfectamente conciliables. Al
hombre concreto, presentarlo como un animal, robarle la tierra,
esclavizarlo para vivir de su trabajo y, llegado el caso, exterminarlo:
esto último, por supuesto, siempre que se contara con quien realizara en
su lugar las duras faenas. En un pasaje revelador, Próspero advierte a su
hija Miranda que no podrían pasarse sin Calibán: “ Nos hace el
fuego, / Sale a buscarnos leña, y nos presta / Servicios útiles”. (We
cannot miss him: he does make our fire / Fetch in our wood, and serves in
offices / that profit us. Acto 1, escena 2). En cuanto a la visión
utópica, ella puede —y debe— prescindir de los hombres de carne y
hueso. Después de todo, no hay tal lugar.
Que La tempestad
alude a América, que su isla es la mistificación de una de nuestras
islas, no ofrece a esta altura duda alguna. Astrana Marín, quien menciona
el “ambiente claramente indiano (americano) de la isla”, recuerda
algunos de los viajes reales, por este continente, que inspiraron a
Shakespeare, e incluso le proporcionaron, con ligeras variantes, los
nombres de no pocos de sus personajes: Miranda, Fernando, Sebastián,
Alonso, Gonzalo, Setebos.[8] Más importante que ello es saber que
Calibán es nuestro caribe.
No nos interesa
seguir todas las lecturas posibles que desde su aparición se hayan hecho
de esta obra notable.[9] Nos bastará con señalar algunas
interpretaciones. La primera de ellas proviene de Ernesto Renán, quien en
1878 publica su drama Caliban, continuación de La tempestad.[
10] En esta obra, Calibán es la encarnación del pueblo, presentado a la
peor luz, sólo que esta vez su conspiración contra Próspero tiene
éxito, y llega al poder, donde seguramente la ineptitud y la corrupción
no le permitirán permanecer. Próspero espera en la sombra su revancha.
Ariel desaparece. Esta lectura debe menos a Shakespeare que a la Comuna de
París, la cual ha tenido lugar sólo siete años antes. Naturalmente,
Renán estuvo entre los escritores de la burguesía francesa que tomaron
partido feroz contra el prodigioso “asalto al cielo”.[11] A partir de
esa hazaña, su antidemocratismo se encrespa aún más:
“En sus Diálogos
filosóficos”, nos dice Lidsky, “piensa que la solución
estaría en la constitución de una élite de seres inteligentes,
que gobiernen y posean solos los secretos de la ciencia”.[12]
Característicamente, el elitismo aristocratizante y prefascista de
Renán, su odio al pueblo de su país, está unido a un odio mayor aún a
los habitantes de las colonias. Es aleccionador oírlo expresarse en este
sentido:
Aspiramos
(dice), no a la igualdad, sino a la dominación. El país de raza
extranjera deberá ser de nuevo un país de siervos, de jornaleros
agrícolas o de trabajadores industriales. No se trata de suprimir las
desigualdades entre los hombres, sino de ampliarlas y hacer de ellas una
ley. [13]
Y
en otra ocasión:
La regeneración de las razas inferiores o bastardas por las razas
superiores está en el orden providencial de la humanidad. El hombre de
pueblo es casi siempre, entre nosotros, un noble desclasado, su pesada
mano está mucho mejor hecha para manejar la espada que el útil servil.
Antes que trabajar, escoge batirse, es decir, que regresa a su estado
primero. Regere imperio populos, he aquí nuestra vocación.
Arrójese esta devorante actividad sobre países que, como China,
solicitan la conquista extranjera. (...) La naturaleza ha hecho una raza
de obreros, es la raza china, de una destreza de mano maravillosa, sin
casi ningún sentimiento de honor; gobiérnesela con justicia, extrayendo
de ella, por el beneficio de un gobierno así, abundantes bienes, y ella
estará satisfecha; una raza de trabajadores de la tierra es el negro
(...); una raza de amos y de soldados, es la raza europea (...) Que
cada uno haga aquello para lo que está preparado, y todo irá bien.[14]
Innecesario
glosar estas líneas, que, como dice con razón Césaire, no pertenecen a
Hitler, sino al humanista francés Ernesto Renán.
Es sorprendente el
primer destino del mito de Calibán en nuestras propias tierras
americanas. Veinte años después de haber publicado Renán su Calibán,
es decir, en 1898, los Estados Unidos intervienen en la guerra de Cuba
contra España por su independencia, y someten a Cuba a su tutelaje,
convirtiéndola, a partir de 1902 (y hasta 1959), en su primera neocolonia,
mientras Puerto Rico y las Filipinas pasaban a ser colonias suyas de tipo
tradicional. El hecho —que había sido previsto por Martí muchos años
antes— conmueve a la intelligentsia hispanoamericana. En otra
parte he recordado que “el noventiocho” no es sólo una fecha
española, que da nombre a un complejo equipo de escritores y pensadores
de aquel país, sino también, y acaso sobre todo, una fecha
hispanoamericana, la cual debía servir para designar a un conjunto no
menos complejo de escritores y pensadores de este lado del Atlántico, a
quienes se suele llamar con el vago nombre de “modernistas”.[15] Es
“el noventiocho” —la visible presencia del imperialismo
norteamericano en la América Latina— lo que, habiendo sido anunciado
por Martí, da razón de la obra ulterior de un Darío o un Rodó.
Un temprano ejemplo
de cómo recibirían el hecho los escritores latinoamericanos del
momento, lo tenemos en un discurso pronunciado por Paul Groussac en Buenos
Aires, el 2 de mayo de 1898:
Desde la Secesión y la brutal invasión del Oeste (dice), se ha
desprendido libremente el espíritu yankee del cuerpo informe y “calibanesco”;
y el viejo mundo ha contemplado con inquietud y terror a la novísima
civilización que pretende suplantar a la nuestra declarada caduca. [16]
El
escritor francoargentino Groussac siente que “nuestra civilización
(entendiendo por tal, visiblemente, a la del “Viejo Mundo”, de la que
nosotros los latinoamericanos vendríamos curiosamente a formar parte)
está amenazada por el yanqui “calibanesco”. Es bastante poco probable
que por esa época escritores argelinos y vietnamitas, pateados por el
colonialismo francés, estuvieran dispuestos a suscribir la primera parte
de tal criterio. Es también francamente extraño ver que el símbolo de
Calibán —donde Renán supo descubrir con acierto al pueblo, si bien
para injuriarlo— sea aplicado a los Estados Unidos. Y, sin embargo, a
pesar de esos desenfoques, característicos por otra parte de la peculiar
situación de la América latina, la reacción de Groussac implicaba un
claro rechazo del peligro yanqui por los escritores latinoamericanos. No
era, por otra parte, la primera vez que en nuestro continente se expresaba
tal rechazo. Aparte de casos hispanoamericanos como el de Bolívar y el de
Martí, entre otros, la literatura brasileña conocía el ejemplo de
Joaquín de Sousa Andrade, o Sousándrade, en cuyo extraño poema O
Guesa Errante el canto X está consagrado a “O inferno de Wall
Street”, una Walpurgisnacht de bolsistas, politicastros y
negociantes corruptos”;[l7] y de José Veríssimo, quien en un tratado
sobre educación nacional, de 1890, al impugnar a los Estados Unidos,
escribió: “Los admiro, pero no los estimo”.
Ignoramos si el
uruguayo José Enrique Rodó —cuya famosa frase sobre los Estados
Unidos: “los admiro, pero no los amo”, coincide literalmente con la
observación de Veríssimo— conocía la obra del pensador brasileño;
pero es seguro que sí conociera el discurso de Groussac, reproducido en
su parte esencial en La Razón, de Montevideo, el 6 de mayo de
1898. Desarrollando la idea allí esbozada, y enriqueciéndola con otras,
Rodó publica en 1900, a sus veintinueve años, una de las obras más
famosas de la literatura hispanoamericana: Ariel. Implícitamente,
la civilización norteamericana es presentada allí como Calibán (apenas
nombrado en la obra), mientras que Ariel vendría a encarnar —o debería
encamar— lo mejor de lo que Rodó no vacila en llamar más de una vez
“nuestra civilización” (ps. 223 y 226), la cual, en sus palabras como
en las de Groussac, no se identifica sólo con “nuestra América latina”
(p. 239), sino con la vieja Romania, cuando no con el Viejo Mundo todo. La
identificación Calibán-Estados Unidos que propuso Groussac y divulgó
Rodó estuvo seguramente desacertada. Abordando el desacierto por un
costado, comentó José Vasconcelos: “Si los yanquis fueran no más
Calibán, no representarían mayor peligro”.[18] Pero esto, desde luego,
tiene escasa importancia al lado del hecho relevante de haber señalado
claramente dicho peligro. Como observó con acierto Benedetti, “quizá
Rodó se haya equivocado cuando tuvo que decir el nombre del peligro, pero
no se equivocó en su reconocimiento de dónde estaba el mismo”.[19]
Algún tiempo
después —y desconociendo seguramente la obra del colonial Rodó, quien
por supuesto sabía de memoria la de Renán—, la tesis del Calibán
de éste es retomada por el escritor Jean Guéhenno, quien publica en
1928, en París, su Calibán habla. Esta vez, sin embargo, la
identificación renaniana Calibán/pueblo está acompañada de una
apreciación positiva de Calibán. Hay que agradecer a este libro de
Guéhenno —y es casi lo único que hay que agradecerle— el haber
ofrecido por primera vez una versión simpática del personaje.[20] Pero
el tema hubiera requerido la mano o la rabia de un Paul Nizan para
lograrse efectivamente.[21]
Mucho más agudas
son las observaciones del argentino Aníbal Ponce en su obra de 1935 Humanismo
burgués y humanismo proletario. El libro —que un estudioso del
pensamiento del Che conjetura que debió haber ejercido influencia sobre
él[22] consagra su tercer capítulo a “Ariel o la agonía de una
obstinada ilusión”. Al comentar La tempestad, dice Ponce: “En
aquellos cuatro seres ya está toda la época: Próspero es el tirano
ilustrado que el Renacimiento ama; Miranda, su linaje; Calibán, las masas
sufridas (Ponce citará luego a Renán, pero no a Guéhenno); Ariel, el
genio del aire, sin ataduras con la vida”.[23] Ponce hace ver el
carácter equívoco con que es presentado Calibán, carácter que revela
“alguna enorme injusticia de parte de un dueño”, y en Ariel ve al
intelectual, atado de modo “menos pesado y rudo que el de Calibán,
pero al servicio también” de Próspero. El análisis que realiza de la
concepción del intelectual (“mezcla de esclavo y mercenario”)
acuñada por el humanismo renacentista, concepción que “enseñó como
nadie a desinteresarse de la acción y a aceptar el orden constituido”,
y es por ello hasta hoy, en los países burgueses, “el ideal educativo
de las clases gobernantes”, constituye uno de los mas agudos ensayos que
en nuestra América se hayan escrito sobre el tema.
Pero ese examen,
aunque hecho por un latinoamericano, se realiza todavía tomando en
consideración exclusivamente al mundo europeo. Para una nueva lectura de La
tempestad —para una nueva consideración del problema—, sería
menester esperar a la emergencia de los países coloniales que tiene lugar
a partir de la Segunda Guerra Mundial, esa brusca presencia que lleva a
los atareados técnicos de las Naciones Unidas a forjar, entre 1944 y
1945, el término zona económicamente subdesarrollada para vestir
con un ropaje verbal simpático (y profundamente confuso) lo que hasta
entonces se había llamado zonas coloniales o zonas atrasadas.[
24]
En acuerdo con esa
emergencia aparece en París, en 1950, el libro de O. Mannoni Psicología
de la colonización. Significativamente, la edición en inglés de
este libro (Nueva York, 1956) se llamará Próspero y Calibán: la
Psicología de la colonización. Para abordar su asunto, Mannoni no ha
encontrado nada mejor que forjar el que llama “complejo de Próspero”,
“definido como el conjunto de disposiciones neuróticas inconscientes
que diseñan a la vez ‘la figura del paternalismo colonial’ y ‘el
retrato del racista cuya hija ha sido objeto de una tentativa de
violación ( imaginaria) por parte de un ser inferior’.”[25] En este
libro, probablemente por primera vez, Calibán queda identificado con el
colonial, pero la peregrina teoría de que éste siente el “complejo de
Próspero”, el cual lo lleva neuróticamente a requerir, incluso a
presentir, y por supuesto a acatar la presencia de
Próspero/colonizador, es rotundamente rechazada por Frantz Fanon en el
cuarto capítulo (“Sobre el pretendido complejo de dependencia del
colonizado”) de su libro de 1952 Piel negra, máscaras blancas.
Aunque sea (al
parecer) el primer escritor de nuestro mundo en asumir nuestra
identificación con Calibán, el escritor de Barbados, George Lamming, no
logra romper el círculo que trazara Mannoni.
Próspero
(dice Lamming) ha dado a Calibán el lenguaje; y con él una historia no
manifiesta de consecuencias, una historia de futuras intenciones. Este don
del lenguaje no quería decir el inglés en particular, sino habla y
concepto como un medio, un método, una necesaria avenida hacia áreas
de sí mismo que no podían ser alcanzadas de otra manera. Es este medio,
hazaña entera de Próspero, lo que hace a Calibán consciente de
posibilidades. Por tanto, todo el futuro de Calibán -pues futuro es el
nombre mismo de las posibilidadesdebe derivar del experimento de
Próspero, lo que es también su riesgo. Dado que no hay punto de
partida extraordinario que explote todas las premisas de Próspero,
Calibán y su futuro pertenecen ahora a Próspero (...) Próspero vive con
la absoluta certeza de que el Lenguaje, que es su don a Calibán, es la
prisión misma en la cual los logros de Calibán serán realizados y
restringidos.[26]
En
la década del sesenta, la nueva lectura de La tempestad acabará
por imponerse. En El mundo vivo de Shakespeare (1964), el inglés
John Wain nos dirá que Calibán
produce
el patetismo de todos los pueblos explotados, lo cual queda expresado
punzantemente al comienzo de una época de colonización europea que
duraría trescientos años. Hasta el más ínfimo salvaje desea que lo
dejen en paz antes de ser “educado” y obligado a trabajar para otro,
y hay una innegable justicia en esta queja de Calibán: “¿Por qué yo
soy el único súbdito que tenéis, que fui rey propio?” Próspero
responde con la inevitable contestación del colono: Calibán ha adquirido
conocimientos e instrucción (aunque recordamos que él ya sabía
construir represas para coger pescado y también extraer chufas del suelo
como si se tratara del campo inglés). Antes de ser utilizado por
Próspero, Calibán no sabía hablar: “Cuando tú, hecho un salvaje,
ignorando tu propia significación, balbucías como un bruto, doté tu
pensamiento de palabras que lo dieran a conocer”. Sin embargo, esta
bondad es recibida con ingratitud: Calibán, a quien se permite vivir en
la gruta de Próspero, ha intentado violar a Miranda; cuando se le
recuerda esto con mucha severidad, dice impenitentemente, con una
especie de babosa risotada: “¡Oh, jo!... ¡Lástima no haberlo
realizado! Tú me lo impediste; de lo contrario, poblara la isla de
Calibanes”. Nuestra época (concluye Wain), que es muy dada a usar la
horrible palabra miscegenation (mezcla de razas), no tendrá
dificultad en comprender este pasaje.[27]
Y
al ir a concluir esa década de los sesenta, en 1969, y de manera harto
significativa, Calibán será asumido con orgullo como nuestro símbolo
por tres escritores antillanos, cada uno de los cuales se expresa en una
de las grandes lenguas coloniales del Caribe. Con independencia uno de
otro, ese año publica el martiniqueño Aimé Césaire su obra de teatro,
en francés. Una tempestad. Adaptación de “La tempestad” de
Shakespeare para un teatro negro, el barbadiense Edward Brathwaite, su
libro de poemas en inglés Islas, entre los cuales hay uno dedicado
a “Calibán”; y el autor de estas líneas, su ensayo en español “Cuba
hasta Fidel”, en que se habla de nuestra identificación con
Calibán.[28] En la obra de Césaire, los personajes son los mismos que
los de Shakespeare, pero Ariel es un esclavo mulato; mientras Calibán es
un esclavo negro, además interviene Eshú, “dios-diablo negro”. No
deja de ser curiosa la observación de Próspero cuando Ariel regresa
lleno de escrúpulos, después de haber desencadenado, siguiendo las
órdenes de aquél, pero contra su propia conciencia, la tempestad con que
se inicia la obra: “¡Vamos!”, le dice Próspero. “¡Tu crisis!
¡Siempre es lo mismo con los intelectuales!” El poema de Brathwaite
llamado “Calibán” está dedicado, significativamente, a Cuba: “En
La Habana, esa mañana (...)/” escribe Brathwaite, “Era el dos de
diciembre de mil novecientos cincuentiséis./ Era el primero de agosto de
mil ochocientos treintiocho./ Era el doce de octubre de mil cuatrocientos
noventidós.//¿Cuántos estampidos, cuántas revoluciones?”[29]
Notas
[3]
Cit., como las otras menciones del Diario que siguen, por Julio C.
Salas: Etnografia americana. Los indios carihes. Estudio cobre el
origen del mito de la antropofagia, Madrid, 1920. En este libro se
plantea “lo irracional de (la) inculpación de que algunas tribus
americanas se alimentaban de carne humana, como en lo antiguo lo
sostuvieron los que estaban interesados en esclavizar (a) los indios y lo
repitieron los cronistas e historiadores, de los cuales muchos fueron
esclavistas...” (p. 211).
[4] La carta de Colón anunciando el descubrimiento del nuevo mundo. 15
de Febrero-14 de marzo 1493, Madrid, 1956, p. 20.
[5] Ezequiel Maninez Estrada: “El Nuevo Mundo, la isla de Utopía y la
isla de Cuba”, en Casa de las Américas, n° 33,
noviembre-diciembre de 1965. (Este número es un Homenaje a Ezequiel
Martínez Estrada).
[6] Miguel de Montaigne: Ensayos, trad. de C. Román y Salamero,
tomo I. Buenos Aires, 1948, p. 248.
[7] Loc. cit.
[8] William Shakespeare: Obras completas, traducción, estudio
preliminar y notas de Astrada Marín, Madrid, 1961. p. 107-8.
9 Así, por ejemplo, Jan Kott nos advierte que hasta el siglo XIX “hubo
varios sabios shakespearólogos que inventaron leer La tempestad
como una biografía en el sentido literal, o como un alegórico drama
político.” (Jan Kott: Apuntes sobre Shakespeare, trad. de J.
Maurizio, Barcelona, 1969, p. 353.)
[10] Ernesi Renan: Caliban, suite de La tempête, Drame
philosophique, París, 1878.
[11] V. Arthur Adamov: La Commune de Paris (8 mars-28 mars 1871),
anthologie, París, 1959; y especialmente Paul Lidsky: Les
écrivains contre la Commune, París, 1970.
[12] Paul Lidskv, op cit., p. 82.
[13] Cit. por Aimé Césaire en: Discours sur le colonialisme, 3a
ed., París, 1955, p. 13. Es notable esta requisitoria, muchos de cuyos
postulados hago míos. (Trad. parcialmente en Casa de las Américas,
n° 36-37, mayo-agosto de 1966 [Este número está dedicado a Africa et
América.]).
[14] Cit. en op. cit, p. 14-5.
[15] v. R. F. R.: “Modernismo, noventiocho, subdesarrollo”, trabajo
leido en el III° Congreso de la Asociación internacional de hispanistas,
México, agosto de 1968 y recogido en Ensayo de otro Mundo (2a.
ed), Santiago de Chile, 1969.
[16] Cit. en José Enrique Rodó: Obras completas, edición con
introducción, prólogo y notas por Emir Rodríguez Monegal, Madrid, 1957,
p. 193.
[17] v. Jean Franco: The modern culture of Latin America: society and
the artist, Londres, 1967, p. 49.
[18] José Vasconcelos: Indologia, 2a ed., Barcelona, s. f., p.
xxiii.
[19] Mario Benedetti: Genio y figura de José Enrique Rodó, Buenos
Aires, 1966, p. 95.
[20] La visión aguda pero negativa de Jan Kott lo hace irritarse por este
hecho: “Para Renán”, dice, “Calibán personifica al Demos. En su
continuación (...) su Calibán lleva a cabo con éxito un atentado contra
Próspero. Guéhenno escribió una apología de Calibán-Pueblo. Ambas
interpretaciones son triviales. El Calibán shakespeariano tiene más
grandeza.” (op. cit., p. 398.)
[21] La endeblez de Guéhenno para abordar a fondo este tema se pone de
manifiesto en los prefacios en que en las sucesivas ediciones, va
desdiciéndose (2a ed., 1945: 3a ed.. 1962), hasta llegar a su libro de
ensayos Calibán y Próspero (París, 1969), donde, al decir de un
crítico, convertido Guéhenno en “personaje de la sociedad burguesa y
un beneficiario de su cultura”, juzga a Próspero “más
equitativamente que en tiempos de Calibán habla.” (Pierre
Henri Simon en Le Monde, 5 dejulio de 1969.)
[22] Michael Lowy: La pensée de Che Guevara, París, 1970, p. 19.
[23] Aníbal Ponce: Humanismo burgués y humanismo proletario, La
Habana, 1962, p. 83.
[24] J. L. Zimmerman: Paises pobres, países ricos. La brecha que se
ensancha, trad. de G. González Aramburo, México, D. F., 1966, p. 1.
(Hay ed. cubana).
[25] O. Mannoni: Psychologie de la colonisation. París, 1950, p.
71, cit. por Frantz Fanon en: Peau noire, mosquee blancs (2a ed.),
París (c. 1965), p. 106. (Hay ed. cubana).
[26] George Lamming: The pleasures of exile, Londres, 1960, p. 109.
Al comentar estas opiniones de Lamming, el alemán Janheinz Jahn observa
sus limitaciones y propone una identificación Caliban/negritud. (Neoafrican
literature, trad. de O. Coburn y U. Lehrburger, Nueva York, 1968. p.
239-42).
[27] John Wain: El mundo vivo de Shakespeare, trad. de J. Silés.
Madrid, 1967, p. 258-9.
[28] Aimé Césaire: Une Tempéte. Adaptation de “La tempéte” de
Shakespeare pour un theatre négre. Paris, 1969; Edward Brathwaite: Islands,
Londres, 1969. R. F. R.: “Cuba hasta Fidel” (en Bohemia, 19 de
septiembre de 1969).
[29] La nueva lectura de La tempestad ha pasado a ser ya la
habitual en el mundo colonial de nuestros días. No intento, por tanto,
sino mencionar algunos ejemplos. Ya concluidas estas notas, encuentro uno
nuevo en el ensayo de ]ames Nggui (de Kenia) “Africa y la
descolonización cultural”, en El Correo, enero de 1971.
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