Roberto Fernández Retamar
(La Habana, 1930)

Calibán
Apuntes sobre la cultura de nuestra América



NUESTRO SÍMBOLO

         Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán. Esto es algo que vemos con particular nitidez los mestizos que habita­mos estas mismas islas donde vivió Calibán: Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para poder entenderse con él: ¿qué otra cosa puede hacer Calibán sino utilizar ese mismo idioma —hoy no tiene otro— para maldecirlo, para desear que caiga sobre él la “roja plaga”? No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad. De Túpac Amaru, Tiradentes, Toussaint-Louverture, Simón Bolívar, el cura Hidalgo, José Artigas, Bernardo O’Higgins, Benito Juárez, Antonio Maceo y José Martí, a Emiliano Zapata, Augusto César Sandino, Julio Antonio Mella, Pedro Albizu Campos, Lázaro Cárdenas, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara; del Inca Garcilaso de la Vega, el Aleijadinho, la música popular antillana, José Hernández, Eugenio María de Hostos, Manuel González Prada, Rubén Darío (sí: a pesar de todo), Baldomero Lillo y Horacio Quiroga, al muralismo mexicano, Héctor Villalobos, César Vallejo, José Carlos Mariátegui, Ezequiel Martínez Estrada, Carlos Gardel, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Aimé Césaire, José María Arguedas, Violeta Parra y Frantz Fanon, ¿qué es nuestra historia, qué es nuestra cultura, sino la historia, sino la cultura de Calibán?
         En cuanto a Rodó, si es cierto que equivocó los símbolos, como se ha dicho, no es menos cierto que supo señalar con claridad al enemigo mayor que nuestra cultura tenía en su tiempo —y en el nuestro—, y ello es enormemente más importante. Las limitaciones de Rodó, que no es éste el momento de elucidar, son responsables de lo que no vió o vió desenfocadamente.[30] Pero lo que en su caso es digno de señalar es lo que sí vió, y que sigue conservando cierta dosis de vigencia y aun de virulencia.

         Pese a sus carencias, omisiones e ingenuidades (ha dicho también Benedetti), la visión de Rodó sobre el fenómeno yanqui, rigurosa­mente ubicada en su contexto histórico, fue en su momento la prime­ra plataforma de lanzamiento para otros planteos posteriores, menos ingenuos, mejor informados, más previsores (...) la casi profética sustancia del arielismo rodoniano conserva todavía hoy, cierta parte de su vigencia.[31]

         Estas observaciones están apoyadas por realidades incontrovertibles. Que la visión de Rodó sirvió para planteos posteriores menos ingenuos y más radicales, lo sabemos bien los cubanos con sólo remitimos a la obra de nuestro Julio Antonio Mella, en cuya formación fue decisiva la influencia de Rodó. En un vehemente trabajo de sus veintiún años. “Intelectuales y tartufos” (1924), en que Mella arremete con gran violencia contra falsos valores intelectuales de su tiempo —a los que opondrá los nombres de Unamuno, José Vasconcelos, Ingenieros, Varona—, Mella escribe: “Intelectual es el trabajador del pensamiento. ¡El trabajador!, o sea, el único hombre que a juicio de Rodó merece la vida, (...) aquél que empuña la pluma para combatir las iniquidades, como otros empuñan el arado para fecundar la tierra, o la espada para libertar a los pueblos, o los puñales para ajusticiar a los tiranos”.[32]
         Mella volverá a citar con devoción a Rodó ese año[33] y al siguiente contribuirá a fundar en La Habana el Instituto Politécnico Ariel.[34] Es oportuno recordar que ese mismo año (1925) Mella se encuentra tam­bién entre los fundadores del primer Partido comunista de Cuba. Sin duda el Ariel de Rodó sirvió a este primer marxista-leninista orgánico de Cuba —y uno de los primeros del continente—, como “plataforma de lan­zamiento” para su meteórica carrera revolucionaria.
         Como ejemplos también de la relativa vigencia que aun en nuestros días conserva el planteo anúyanqui de Rodó, están los intentos enemi­gos de desarmar ese planteo. Es singular el caso de Emir Rodríguez Monegal, para quien Ariel, además de “materiales de meditación filosó­fica o sociológica, también contiene páginas de carácter polémico sobre problemas políticos de la hora. Y ha sido precisamente esta condición secundaria pero innegable la que determinó su popularidad inmediata y su difusión”. La esencial postura de Rodó contra la penetración nor­teamericana, aparecería así como un añadido, como un hecho secunda­rio en la obra. Se sabe, sin embargo, que Rodó la concibió a raíz de la intervención norteamericana en Cuba en 1898, como una respuesta al hecho. Rodríguez Monegal comenta:

         La obra así proyectada fue Ariel. En el discurso definitivo sólo se encuentran dos alusiones directas al hecho histórico que fue su primer motor (...) ambas alusiones permiten advertir cómo ha trascen­dido Rodó la circunstancia histórica inicial para plantarse de lleno en el problema esencial: la proclamada decadencia de la raza latina.[35]

         El hecho de que un servidor del imperialismo como Rodríguez Mo­negal, aquejado de la “nordomanía” que en 1900 denunció Rodó, trate de emascular tan burdamente su obra, solo prueba que, en efecto, ella conserva cierta virulencia en su planteo, aunque hoy lo haríamos a partir de otras perspectivas y con otro instrumental. Un análisis de Ariel —que no es ésta en absoluto la ocasión de hacer— nos llevaría también a desta­car cómo, a pesar de su formación, a pesar de su antijacobinismo, Rodó combate allí el antidemocratismo de Renán y Nietzsche (en quien en­cuentra “un abominable, un reaccionario espíritu”, p. 224), exalta la democracia, los valores morales y la emulación. Pero indudablemente, el resto de la obra ha perdido la actualidad que, en cierta forma, conserva su enfrentamiento gallardo a los Estados Unidos y la defensa de nuestros valores.
         Bien vistas las cosas, es casi seguro que estas líneas de ahora no lle­varían el nombre que tienen de no ser por el libro de Rodó, y prefiero considerarlas también como un homenaje al gran uruguayo, cuyo cente nario se celebra este año. El que el homenaje lo contradiga en no pocos puntos no es raro. Ya había observado Medardo Vitier que “si se produjera una vuelta a Rodó, no creo que sería para adoptar la solución que dio sobre los intereses de la vida del espíritu, sino para reconsiderar el problema”.[36]
         Al proponer a Calibán como nuestro símbolo, me doy cuenta de que tampoco es enteramente nuestro, también es una elaboración extraña, aunque esta vez lo sea a partir de nuestras concretas realidades. Pero, ¿cómo eludir enteramente esta extrañeza? La palabra más venerada en Cuba —mambí— nos fue impuesta peyorativamente por nuestros ene­migos, cuando la guerra de independencia, y todavía no hemos descifrado del todo su sentido. Parece que tiene una evidente raíz africana, e implicaba, en boca de los colonialistas españoles, la idea de que todos los independentistas equivalían a los negros esclavos —emancipados por la propia guerra de independencia—, quienes, por supuesto, constituían el grueso del ejército libertador. Los independentistas, blancos y negros, hicieron suyo con honor lo que el colonialismo quiso que fuera una injuria. Es la dialéctica de Calibán. Nos llaman mambi, nos llaman negro para ofendernos; pero nosotros reclamamos como un timbre de gloria el honor de consideramos descendientes de mambi, descendientes de ne­gro alzado, cimarrón, independentista; y nunca descendientes de esclavista. Sin embargo, Próspero, como bien sabemos, le enseñó el idioma a Calibán, y consecuentemente, le dio nombre. ¿Pero es ese su verdadero nombre? Oigamos este discurso de 1971:

         Todavía, con toda precisión, no tenemos siquiera un nombre, todavía no tenemos un nombre, estamos prácticamente sin bautizar: que si latinoamericanos, que si iberoamericanos, que si indoamericanos. Para los imperialistas no somos más que pueblos despreciados y despreciables. Al menos lo éramos. Desde Girón empezaron a pensar un poco diferente. Desprecio racial. Ser criollo, ser mestizo, ser negro, ser, sencillamente, latinoamericano, es para ellos desprecio.[37]

          Es naturalmente, Fidel Castro, en el décimo aniversario de la victoria de Playa Girón.
         Asumir nuestra condición de Calibán implica repensar nuestra historia ­desde el otro lado, desde el otro protagonista. El otro protagonista de La tempestad (o, como si hubiéramos dicho nosotros, El ciclón) no es por supuesto Ariel, sino Próspero.[38] No hay verdadera polaridad Ariel-Calibán: ambos son siervos en manos de Próspero, el hechicero extranjero. Sólo que Calibán es el rudo e inconquistable dueño de la isla, mientras que Ariel, criatura aérea, aunque hijo también de la isla, es en ella, como vieron Ponce y Césaire, el intelectual.


Notas

[30] “Es abusivo”, ha dicho Benedetti, “confrontar a Rodó con estructuras, planteamientos, ideologías actuales. Su tiempo es otro que el nuestro (...) su verdadero hogar, su verdadera patria temporal, era el siglo XIX”. (op. cit., p. 128).

[31] op. cit., p. 102. Un énfasis aún mayor en la vigencia actual de Rodó se encontrará en el libro de Arturo Ardao Rodó. Su americanismo (Montevideo, 1970), que incluye una excelente antología del autor de Ariel. En cambio, ya en 1928, José Carlos Mariátegui, después de recordar con razón que “a Norte América capitalista, plutocrática, imperialista, sólo es posible oponer eficazmente una América latina o íbera, socialista”, añade: “El mito de Rodó no obra ya —no ha obrado nunca— útil y fecundamen­te sobre las almas.” J. C. M. “Aniversario y balance” (1928), en Ideología y política, Lima, 1969, p. 248.

[32] En Hambres de la Revolución. Julio Antonio Mella. La Habana, 1971, p. 12.

[33] op. cit., p. 15.

[34] V. Erasmo Dumpierre: Mella, La Habana (c. 1965), p. 145, y también José Antonio Portuondo: “Mella y los intelectuales”' (1963). que se reproduce en este número.

[35] Emir Rodríguez Monegal: en Rodó, op. cit., ps. 192-193. El subrayado es mío. R. F. R.

[36] Medardo Vitier: Del ensayo americano, México, 1945, p. 117.

[37] Fidel Castro: Discurso del 19 de abril de 1971.

[38] Jan Kott: op. cit., p. 377.



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