Roberto Fernández Retamar
(La Habana, 1930)

Calibán
Apuntes sobre la cultura de nuestra América



DEL MUNDO LIBRE

         Pero la parte de mundo libre que le toca a la América latina tiene hoy figuras mucho más memorables: pienso en Jorge Luis Borges, por ejemplo, cuyo nombre parece asociado a ese adjetivo; pienso en el Borges que hace poco tiempo dedicara su traducción —presumiblemente buena— de las Hojas de hierba de Walt Whitman, al presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon. Es verdad que este hombre escribió en 1926:

         A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma;[59]

es verdad también que allí aparece presentado Sarmiento como un “norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo”;[60] pero sobre todo es verdad que ese Borges no es el que ha pasado a la historia: este memorioso decidió olvidar aquel librito de juventud, escrito a pocos años de haber sido uno de los integrantes “de la secta, de la equivocación ultraísta”. También para él fueron una equi­vocación aquel libro, aquellas ideas. Patéticamente fiel a su clase,[61] iba a ser otro el Borges que se conocería, que se difundiría, que sabría de la gloria oficial y de los casi incontables premios, algunos de los cuales, de puro desconocidos, más bien parecen premiados por él. El Borges sobre el cual se habla y al que vamos a dedicar unas líneas, es el que hace eco al grotesco “pertenecemos al Imperio Romano” de Sarmiento, con esta declaración no de 1926, sino de 1955: “Creo que nuestra tradición es Europea”.[62]
         Podría parecer extraño que la filiación ideológica de aquel activo y rugiente pionero venga a ostentarla hoy un hombre sentado, un escritor como Borges, representante arquetípico de una cultura libresca que en apariencia poco tiene que ver con la constante vitalidad de Sarmiento. Pero esta extrañeza sólo probaría lo acostumbrados que estamos a con­siderar las producciones supraestructurales de nuestro continente, cuan­do no del mundo, al margen de las concretas realidades estructurales que le dan sentido. Prescindiendo de ellas, ¿quién reconocería como descendientes de los pensadores enérgicos y audaces de la burguesía en ascenso a 1as ruinas exangües que son los intelectuales burgueses de nuestros días? Basta con ver a nuestros escritores, a nuestros pensado­res, en relación con las clases concretas a cuya visión del mundo dan voz, para que podamos ubicarlos con justicia, trazar su verdadera filia­ción. El diálogo a que asistimos entre Sarmiento y Martí era sobre todo un enfrentamiento clasista.
         Independientemente de su origen, Sarmiento es el implacable ideó­logo de una burguesía argentina que intenta trasladar los esquemas de burguesías metropolitanas, concretamente la norteamericana, a su país. Para ello necesita imponerse, como toda burguesía, sobre las clases populares, necesita explotarlas en su trabajo y despreciarlas en su espí­ritu. La forma como se desarrolla una clase burguesa a expensas de la bestialización de las clases populares está inolvidablemente mostrada en páginas terribles de El Capital, tomándose el ejemplo de Inglaterra. “La América europea”, cuyo capitalismo lograría expandirse fabulosamente sin las trabas de la sociedad feudal, añadió a la hazaña inglesa nuevos círculos infernales: la esclavitud del negro y el exterminio del indio in­conquistable. Eran éstos los modelos que Sarmiento tenía ante la vista y se propuso seguir con fidelidad. Quizás sea él el más consecuente, el más activo de los ideólogos burgueses en nuestro continente durante el siglo XIX.
         Martí, por su parte, es el consciente vocero de las clases explotadas. “Con los oprimidos había que hacer causa común”, nos dejó dicho, “para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de los opreso­res”. Y como a partir de la Conquista indios y negros habían sido rele­gados a la base de la pirámide, hacer causa común con los oprimidos venía a coincidir en gran medida con hacer causa común con los indios y los negros, que es lo que hace Martí. Esos indios y esos negros se ha­bían venido mezclando entre sí y con algunos blancos, dando lugar al mestizaje que está en la raíz de nuestra América, donde también según Martí “el mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico”. Sarmiento es un feroz racista porque es un ideólogo de las clases explotadoras donde campea “el criollo exótico”; Martí es radicalmente antirracista porque es portavoz de las clases explotadas, donde se están fundiendo las tres razas. Sarmiento se opone a lo americano esencial para implantar aquí, a sangre y fuego, como pretendieron los conquistadores, fórmulas forá­neas; M artí defiende lo autóctono, lo verdaderamente americano. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que rechazara torpemente cuanto de positivo le ofrecieran otras realidades: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo”, dijo, “pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. También Sarmiento pretendió injertar en nuestras repúblicas el mundo, pero descuajando el tronco de nuestras repúblicas. Por eso, si a Martí lo continúan Mella y Vallejo, Fidel y el Che y la nueva cultura revo­lucionaria latinoamericana, a Sarmiento, a pesar de su complejidad, finalmente lo heredan los representantes de la viceburguesía argentina, derrotada por añadidura. Pues aquel sueño de desarrollo burgués que concibió Sarmiento, ni siquiera era realizable: no había desarrollo para una eventual burguesía argentina. La América latina había llegado tarde a esa fiesta. Como escribió Mariátegui:

         La época de la libre concurrencia en la economía capitalista, ha terminado en todos los campos y todos los aspectos. Estamos en la época de los monopolios, vale decir, de los imperios. Los países lati­noamericanos llegan con retardo a la competencia capitalista. Los primeros puestos están definitivamente asignados. El destino de es­tos países, dentro del orden capitalista, es el de simples colonias.[63]

         Integrados a lo que luego se llamaría, con involuntario humorismo, el “mundo libre”, nuestros países estrenarían una nueva manera de no ser independientes, a pesar de contar con escudos, himnos, banderas y presidentes: el neocolonialismo. La burguesía a la que Sarmiento había trazado tan amenas perspectivas, no pasaba de ser simple viceburguesía, modesto socio local de la explotación imperial —la inglesa primero, la norteamericana después—.
         Es a esta luz que se ve con más claridad el vínculo entre Sarmiento, cuyo nombre está enlazado a vastos proyectos pedagógicos, a espacios inmensos, a vías férreas, a barcos, y Borges, cuya mención evoca espe jos que repiten la misma desdichada imagen, laberintos sin solución, una triste biblioteca a oscuras. Por lo demás, si se le reconoce americanidad a Sarmiento —lo que es evidente, y no significa que represente el polo positivo de esa americanidad—, nunca he podido entender por qué se le niega a Borges: Borges es un típico escritor colonial, representante entre nosotros de una clase ya sin fuerzas, cuyo acto de escritura —como él sabe bien, pues es de una endiablada inteligencia— se parece más a un acto de lectura. Borges no es un escritor europeo: no hay ningún escri­tor europeo como Borges; pero hay muchos escritores europeos, desde Islandia hasta el expresionismo alemán, que Borges ha leído, barajado, confrontado. Los escritores europeos pertenecen a tradiciones muy concretas y provincianas, llegándose al caso de un Péguy, quien se jac­taba de no haber leído más que autores franceses. Fuera de algunos profesores de filosofia que reciben un salario por ello, no hay más que un tipo de hombre que conozca de veras, en su conjunto, la literatura europea: el colonial. Sólo en caso de demencia puede un escritor argen­tino culto jactarse de no haber leído más que autores argentinos —o escritores de lengua española—. Y Borges no es un demente. Es por el contrario un hombre muy lúcido, un hombre que ejemplifica la idea martiana de que la inteligencia es sólo una parte del hombre, y no la mejor.
         La escritura de Borges sale directamente de su lectura, en un pecu­liar proceso de fagocitosis que indica con claridad que es un colonial y que representa a una clase que se extingue. Para él, la creación cultural por excelencia es una biblioteca; o mejor un museo, que es el sitio don­de se reúnen las creaciones que no son de allí: museo de horrores, de monstruos, de excelencias, de citas o de artes folklóricas (las argentinas, vistas con ojo museal), la obra de Borges, escrita en un español que es dificil leer sin admiración, es uno de los escándalos americanos de estos años.
         A diferencia de otros importantes escritores latinoamericanos, Bor­ges no pretende ser un hombre de izquierda. Por el contrario: su posi­ción en este orden lo lleva a firmar en favor de los invasores de Girón, a pedir la pena de muerte para Debray o a dedicar un libro a Nixon. Mu­chos admiradores suyos, que deploran (o dicen deplorar) actos así, sostienen que hay una dicotomía en su vida, la cual le permite, por una parte, escribir textos levemente inmorales, y por otra firmar declaracio­nes políticas más que malignas, pueriles. Puede ser. También es posible que no haya tal dicotomía, y que debamos acostumbrarnos a restituirle su unidad al autor de El jardin de senderos que se bifurcan. Con ello no se propone que encontremos faltas de ortografia o de sintaxis en sus pulcras páginas, sino que las leamos como lo que después de todo son: el testamento atormentado de una clase sin salida, que se empequeñece hasta decir por boca de un hombre: “el mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”. Es singular que la escritura/lectura de Borges conozca un destino particularmente favorable en la Europa capitalista, en el momento en que esa misma Europa inicia su condición colonial ante “el desafio ame­ricano”. En el libro de este título, con desembozado cinismo, exclama Jean-Jacques Servan-Schreiber: “Ahora bien, Europa no es Argelia ni el Senegal”.[64] Es decir: ¡los Estados Unidos no le pueden hacer a Europa lo que Europa le hizo a Argelia y a Senegal! Hay malas noticias para Europa. Parece que después de todo, sí, sí se lo pueden hacer, se lo vienen haciendo hace algún tiempo. Y si ello ocurre en el terreno económico —con complejas derivaciones políticas—, su superestructura cultural está revelando claros síntomas coloniales.
         Bien podría ser uno de ellos el auge de la escritura/lectura de Borges.
         Pero, naturalmente, la herencia de Borges, en quien ya vimos que se desangraba la de Sarmiento, hay que buscarla sobre todo en la América latina, donde implicará descender aún más en el ímpetu y en la calidad. Como éste no es un panorama, sino un simple ensayo sobre la cultura latinoamericana, voy a ceñirme a un caso, que me doy cuenta de que es muy menor, pero que es un síntoma a pesar de todo válido: voy a co­mentar un pequeño libro crítico de Carlos Fuentes: La nueva novela hispanoamericana (México, 1969).
         Vocero de la misma clase que Borges, Fuentes tuvo, como él, velei­dades izquierdistas en la juventud. A El tamaño de mi esperanza (1926), de Borges, corresponde La muerte de Artemio Cruz (1962), de Fuentes. Y seguir juzgando a Fuentes por este libro, sin duda una buena novela nuestra, sería tan insensato como seguir juzgando a Borges por aquel libro. Sólo que Borges, más consecuente —y más valioso en todo: Borges es un escritor verdaderamente importante, aunque discrepemos tanto con él—, decidió asumir plenamente su condición de hombre de derecha, mientras que Fuentes actúa como tal y pretende conservar, a ratos, un vocabulario de izquierda donde no falta por supuesto la men­ción de Marx.
         En La muerte de Artemio Cruz, un secretario integrado plenamente al sistema, sintetiza su biografia en este diálogo:

          —Es usted muy joven. ¿Qué edad tiene?
         —Veintisiete años.
         —¿Cuándo se recibió?
         —Hace tres años. Pero...
         —¿ Pero qué?
         —Que es muy distinta la teoría de la práctica.
         —Y eso le da risa. ¿Qué cosa le enseñaron?
         —Mucho marxismo. Hasta hice la tesis sobre la plusvalía.
         —Ha de ser una buena disciplina, Padilla.
         —Pero la práctica es muy distinta.
         —¿Usted es eso, marxista?
         —Bueno, todos mis amigos lo eran. Ha de ser cosa de la edad.[65]

         El diálogo expresa con bastante claridad la situación de una zona de la intelligentsia mexicana que, aunque comparte la ubicación y la con­ducta clasista del equipo de Borges, difiere de éste, por razones locales, en aspectos accesorios. Pienso, concretamente, en la llamada maffia mexicana, una de cuyas mas conspicuas figuras es Carlos Fuentes. Este equipo expresó cálidamente su simpatía por la Revolución cubana hasta que, en 1961, la Revolución proclamó y demostró ser marxista-leninista, es decir, una revolución que tiene al frente la alianza obrero-campesina. A partir de ese momento, la maffia le espació de modo creciente su apoyo, hasta que en estos meses, aprovechando la alharaca desatada en torno al mes de prisión de un escritor cubano, rompió estrepitosamente con Cuba.
         Es aleccionadora esta simetría: en 1961, en el momento de Playa Gi­rón, el único conjunto de escritores latinoamericanos que expresó en un manifiesto su deseo de que Cuba fuera derrotada por los mercenarios al servicio del imperialismo fue el grupo de escritores argentinos centrados en torno a Borges;[66] diez años después, en 1971, el único equipo nacio­nal de escritores del continente en romper con Cuba aprovechando un visible pretexto y calumniando la conducta de la Revolución, ha sido la maffia mexicana. Es un simple relevo dentro de una actitud equivalente.
         A esa luz se entiende mejor el intento del librito de Fuentes sobre la nueva novela hispanoamericana. El desarrollo de esa nueva novela es uno de los rasgos sobresalientes de la literatura de estos últimos años, y su difusión más allá de nuestras fronteras es en gran medida consecuen­cia de la atención mundial que nuestro continente merece desde el triunfo de la Revolución cubana, en 1959.[67]
         Lógicamente, esa nueva novela ha merecido variadas interpretacio­nes, numerosos estudios. El de Carlos Fuentes, pese a su brevedad (no llega a cien páginas), es toda una toma de posición ante la literatura y ante la política, que sintetiza con claridad una hábil posición de derecha en nuestros países.
         Fuentes pone rápidamente las cartas sobre la mesa: en el primer ca­pítulo, que se llama ejemplarmente “civilización y barbarie”, hace suya de entrada, como era de esperarse, la tesis de Sarmiento: en el siglo XIX, “sólo un drama puede desarrollarse en este medio: el que Sar­miento definió en el subtítulo de Facundo: Civilización y Barbarie”. Este drama es el conflicto “de los primeros cien años de la novela y de la sociedad latinoamericanas” (p. 10). La narrativa correspondiente a ese conflicto presenta cuatro factores: “una naturaleza esencialmente extra­ña” ( ¿a quién?) que “era el verdadero personaje latinoamericano”; el dictador a la escala nacional o regional; la masa explotada, y “un cuarto factor, el escritor, que invariablemente toma partido por la civilización y contra la barbarie” (p. 11-2, subrayado por R. F. R.), hecho que im­plica, según Fuentes, “defender a los Explotados”, etc., y que Sarmiento hizo ver en qué consistía de veras. Esa polaridad decimonónica, sin embargo, no se mantendrá igual, según él, en el siglo siguiente; “En el siglo XX, el mismo intelectual deberá luchar dentro de una sociedad mucho más compleja interna e internacionalmente”, complejidad debida a que el imperialismo penetrará en estos países mientras, algún tiempo después, se producirá “la revuelta y el ascenso (...) del mundo subin­dustrializado”. Fuentes olvida considerar, dentro de los factores interna­cionales que en el siglo XX habrá que tomar en cuenta, el socialismo. Pero desliza esta fórmula oportuna: “Se inicia el tránsito del simplismo épico a la complejidad dialéctica” (p. 13). “Simplismo épico” era la lucha durante el siglo XIX entre civilización y barbarie, en la que, según Fuentes, “el escritor” (quiere decir, el escritor como él) “invariablemente toma partido por la civilización y contra la barbarie”, esto es, se con­vierte en un servidor incondicional de la nueva oligarquía y en un ene­migo cerril de las masas americanas; “la complejidad dialéctica” es la forma que asume esa colaboración en el siglo XX, cuando aquella oli­garquía se ha revelado mera intermediaria de los intereses imperiales, y “el escritor” como Fuentes debe ahora servir a dos amos, lo que, aun tratándose de amos tan bien llevados, desde el Evangelio sabemos que implica cierta “complejidad dialéctica”, sobre todo si se pretende hacer creer que a quien se está sirviendo de veras es a un tercer amo: el pue­blo. Es interesante, aunque con una ligera ausencia, la breve síntesis que ofrece el lúcido Fuentes de un aspecto de la penetración del imperialis­mo en nuestros países:

         Este (dice Fuentes), a fin de intervenir eficazmente en la vida económica de cada país latinoamericano, requiere no sólo una clase intermediaria dirigente, sino toda una serie de servicios en la admi­nistración pública, el comercio, la publicidad, la gerencia de nego­cios, las industrias extractivas y de transformación, la banca, los transportes y aun el espectáculo: Pan y Circo. General Motors en­sambla automóviles, repatria utilidades y patrocina programas de televisión (p. 14).

         Como ejemplo final nos hubiera sido más útil —aunque siempre sea válido el de la General Motors—, el ejemplo de la CIA, la cual organiza la expedición de Playa Girón y paga, a través de transparentes intermedia­rios, a la revista Mundo Nuevo, uno de cuyos principales ideólogos fue precisamente Carlos Fuentes.
         Sentadas estas premisas políticas, Fuentes pasa a postular ciertas premisas literarias, antes de concentrarse en los autores que estudia —Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez, Cortázar y Goytisolo—, y concluye luego con nuevas observaciones políticas. No me interesa detenerme en las críticas en sí, sino simplemente señalar algunos linea­mientos ideológicos, por otra parte muy visibles: este librito parece a veces un verdadero manifiesto ideológico.
         Una apreciación crítica de la literatura requiere partir de un concepto previo de la crítica misma, debe haberse respondido satisfactoriamente la pregunta elemental: ¿qué es la crítica? Me parece aceptable la mo­desta opinión de Krystina Pomorska (en Russian formalist theory and its poetic ambiance, Mouton, 1968), la cual, según Tzvetan Todorov, defiende allí la tesis siguiente:

         todo método crítico es una generalización de la práctica literaria contemporánea. Los métodos críticos de la época del clasicismo fue­ron elaborados en función de las obras literarias clásicas. La crítica de los románticos retoma los principios del propio romanticismo (la psicología, lo irracional, etc.).[68]

         Pues bien, al leer la crítica que hace Fuentes de la nueva novela his­panoamericana, nos damos cuenta de que “su método crítico es una generalización de la práctica literaria contemporánea”... de otras litera­turas,no de la literatura hispanoamericana: lo que, por otra parte, casa perfectamente con la ideología enajenada y enajenante de Fuentes.
         Tras el magisterio de hombres como Alejo Carpentier, que en vano han tratado de negar algunos usufructuarios del boom, la empresa aco­metida por la nueva novela hispanoamericana, empresa que puede parecer “superada” o ya realizada por la narrativa de los países capitalistas, como no han dejado de observar ciertos críticos, implica una reinterpretación de nuestra historia. Indiferente a este hecho palmario —que en muchos casos guarda relaciones ostensibles con la nueva perspectiva que la Revolución ha aportado a nuestra América, y que tiene no poca responsabilidad en la difusión de esta narrativa entre quienes desean conocer a ese continente del que tanto se habla—, Fuentes evapora la carnalidad de esa novela, cuya crítica requeriría en primer lugar genera­lizar y enjuiciar esa visión de la historia expresada en ella, y le aplica tranquilamente, como he dicho, esquemas derivados de otras literaturas (de países capitalistas) reducidas hoy en día a especulaciones lingüísticas.
         El extraordinario auge que en los últimos años ha conocido la lin­güística, ha llevado a más de uno a considerar que “el siglo XX, que es el siglo de tantas cosas, parece ser, por encima de todo, el siglo de la lingüística”,[69] aunque para nosotros, entre esas “tantas cosas”, tengan más relieve el establecimiento de gobiernos socialistas y la descoloniza­ción como rasgos salientes de este siglo. Puedo aportar, como modesto ejemplo personal de ese auge, que todavía en 1955, cuando era alumno de lingüística de André Martinet, los temas lingüísticos estaban confi­nados en París a las aulas universitarias; fuera de ellas, hablábamos con nuestros amigos de literatura, de filosofía y de política. Tan sólo unos años después, la lingüística —que en su vertiente estructuralista había napoleonizado otras ciencias sociales, como ha contado Lévi-Strauss— era en París el tema obligado de las conversaciones: literatura, filosofia y política se abordaban entonces en estructuralístas. (Hablo de hace unos años: ahora el estructuralismo parece encontrarse en retirada. Pero en nuestras tierras se insistirá todavía un tiempo con esta ideología.)
         Pues bien: no dudo de que existan razones específicamente científi­cas que hayan abonado en favor de ese auge de la lingüística. Pero sé también que hay razones ideológicas para tal auge más allá de la propia materia. En lo que atañe a los estudios literarios, no es dificil señalar tales razones, y entre ellas la pretendida ahistorización propia de una clase que se extingue: una clase que inició su carrera histórica con uto­pías desafiantes para azuzar al tiempo, y que pretende congelar esa carrera, ahora que le es adversa, con imposibles ucronías. De todas formas, es necesario reconocer la congruencia de esos estudios con las respectivas literaturas coetáneas. En cambio, cuando Fuentes, haciendo caso omiso de la realidad concreta de la narrativa hispanoamericana de estos años, pretende imponerle esquemas provenientes de otras literatu­ras, de otras elaboraciones críticas, añade, en una típica actitud colonial, un segundo grado de ideologización a su crítica. En síntesis, ésta se resume a decirnos que nuestra narrativa actual —como las de los países capitalistas aparentemente coetáneos— es ante todo hazaña del lenguaje. Eso, entre otras cosas, le permite minimizar graciosamente todo lo que en esa narrativa implica concreción histórica precisa. Por otra parte, la manera como Fuentes sienta las bases de su abordaje lingüístico tiene la pedantería y el provincialismo típicos del colonial que quiere hacer ver al metropolitano que él también puede hombrearse con los grandes temas a la moda allá, al mismo tiempo q ue espera deslumbrar a sus compatriotas, en quienes confia encontrar ignorancia aún mayor que la suya: lo que emite son cosas así:

         El cambio engloba las categorías del proceso y el habla, de la diacronía; la estructura, las del sistema y la lengua, de la sincronía. La interacción de todas estas categorías es la palabra, que liga a la diacronía con la sincronía, al habla con la lengua a través del discur­so y al proceso con el sistema a través del evento, así como al evento y al discurso en sí. (p. 33).

         Estas banalidades, sin embargo —que cualquier buen manualito de lingüística hubiera podido aliviar—, no deben provocarnos sólo una son­risa: Fuentes está elaborando como puede una consecuente visión de nuestra literatura, de nuestra cultura; una visión que, significativamente, coincide en lo esencial con la propuesta por escritores como Emir Ro­dríguez Monegal y Severo Sarduy.
         Es revelador que para Fuentes la tesis del papel preponderante del lenguaje en la nueva novela hispanoamericana encuentre su funda­mentación en la prosa de Borges, “sin la cual no habría, simplemente, moderna novela hispanoamericana”, dice Fuentes, ya que “el sentido final” de aquella prosa “es atestiguar, primero, que Latinoamérica carece de lenguaje y, por ende, que debe constituirlo”. Esta hazaña singular la logra Borges, según Fuentes, creando “un nuevo lenguaje latinoameri­cano que, por puro contraste, revela la mentira, la sumisión y la falsedad de lo que tradicionalmente pasaba por ‘lenguaje’ entre nosotros” (p. 26).
         Naturalmente, sobre tales criterios, la ahistorización de la literatura puede alcanzar expresiones verdaderamente delirantes. Nos enteramos, por ejemplo, de que La pornografia, de Witold Gombrowicz,

pudo haber sido contado por un aborigen de la selva amazónica (...) Ni la nacionalidad ni la clase social, al cabo, definen la diferencia en­tre Gombrowicz y el posible narrador del mismo mito iniciático en una selva brasileña sino, precisamente, la posibilidad de combinar distintamente el discurso. Sólo a partir de la universalidad de las es­tructuras lingüísticas pueden admitirse, a posteriori, los datos ex­céntricos de nacionalidad y clase. (p. 22).

         Y, consecuentemente, se nos dice también que “es más cercano a la verdad entender, en primera instancia, el conflicto de la literatura hispa­noamericana en relación con ciertas categorías del quehacer literario” (p. 24, subrayado de R. F. R.), y no en relación con la historia; aun más:

la vieja obligación de la denuncia se convierte en una elaboración mucho más ardua: la elaboración crítica de todo lo no dicho en nuestra larga historia de mentiras, silencios, retóricas y complicida­des académicas. Inventar un lenguaje es decir todo lo que la histo­ria ha callado. (p. 30, subrayado de R. F. R.).

         De ese modo, esta interpretación salva la col y la cabra: concebida así, la literatura no sólo se sustrae a cualquier tarea peleadora (que aquí queda degradada con un hábil adjetivo: “la vieja obligación de la denun­cia”), sino que esa sustracción, lejos de ser un repliegue, es “una ela­boración mucho más ardua”, ya que va a decir nada menos que “todo lo que la historia ha callado”. Más adelante se nos dirá que nuestro verdadero lenguaje está en vías de ser descubierto y creado, “y en el acto mismo de su descubrimiento y creación, pone en jaque, revolu­cionariamente, toda una estructura económica, política y social, funda­da en un lenguaje verticalmente falso” (p. 94-5, subrayado de R. F. R.).
         Esta manera astuta, aunque a la vez superficial, de proponer las tareas de la derecha con el lenguaje de la izquierda, nos hace recordar —y es dificil olvidarlo un solo instante— que Fuentes pertenece a la maffia mexicana, cuyos rasgos ha pretendido extender más allá de las fronteras de su país.
         Por otra parte, que este planteo es el traslado a cuestiones literarias de una plataforma política raigalmente reaccionaria, no es una conjetura. Está dicho a lo largo del librito, y en especial, de modo explícito, en sus páginas finales: además de los consabidos ataques al socialismo, apare­cen allí observaciones como éstas: “Quizás el triste futuro inmediato de América latina sea el populismo fascista, la dictadura de estirpe pero­nista capaz de realizar algunas reformas a cambio de la supresión del impulso revolucionario y de la libertad pública” (p. 96). La tesis de “civilización y barbarie” parece no haberse modificado un ápice. Y, sin embargo, sí: se ha agravado con la presencia devastadora del imperia­lismo en nuestras tierras. Fuentes se hace cargo de esta realidad con un espantajo: el anuncio de que se abre ante nosotros

una perspectiva mucho más grave: a medida que se agiganta el foso entre el desarrollo geométrico del mundo tecnocrático y el des­arrollo aritmético de nuestras sociedades ancilares, Latinoamérica se convierte en un mundo prescindible (subrayado de R. C. F.) para el imperialismo. Tradicionalmente, hemos sido países explotados. Pronto, ni esto seremos (subrayado de R. F. R.): no será necesario explotarnos, porque la tecnología habrá podido —en gran medida lo puede ya— sustituir industrialmente nuestros ofrecimientos mono­productivos (ibíd.)

         A esta luz, y habida cuenta de que para Fuentes la revolución carece de perspectivas en la América latina —insiste en hablar de la imposibi­lidad de una “segunda Cuba” (p. 96), y no puede aceptar las formas variadas, imprevisibles, que asumirá ese proceso—, casi debemos sentir­nos agradecidos de que la tecnología imperialista no prescinda de no­sotros; de que no se ponga a sustituir industrialmente (como “lo puede ya”) nuestros pobrecitos productos.
         Me he detenido quizás más de lo necesario en Fuentes, porque es una de las más destacadas figuras entre los nuevos escritores latinoa­mericanos que se han propuesto elaborar, en el orden cultural, una plataforma contrarrevolucionaria que en apariencia vaya más allá de las burdas simplificaciones propias del programa Cita con Cuba, de la Voz de los Estados Unidos de América. Esos escritores contaron va con un órgano adecuado: la revista Mundo Nuevo, [70] financiada por la CIA, cuyo basamento ideológico está resumido en el mentado librito de Fuentes de una manera que difícilmente hubieran podido realizar la pesantez profesoral de Emir Rodríguez Monegal o el mariposeo neobar­thesiano de Severo Sarduy —los otros dos “críticos” de la revista—. Aquella publicación, que reunió a esos hombres y además a otros muy simila­res a ellos, como Guillermo Cabrera Infante y Juan Goytisolo, va a ser relevada en estos días por otra que parece que contará esencialmente con el mismo equipo, más algunos añadidos: la revista Libre. La fusión de ambos títulos es suficientemente explícita: Mundo Libre.


Notas

[59] Jorge Luis Borges: El tamaño de mi esperanza, Buenos Aires, 1926, p. 5.

[60] op. cit., p. 6.

[61] Sobre la evolución ideológica de Borges, en relación con la actitud de su clase, v.: Eduardo López Morales: “Encuentro con un destino sudamericano”, en Recopilación de textos sobre los vanguardismos en la América Latina, prólogo y materiales seleccionados por Oscar Collazos, La Habana, 1970, y tam­bién, un enfoque marxista de este autor en: Jaime Mejía Duque: “De nuevo Jorge Luis Borges”, en Literatura y realidad, Medellín, 1969.

[62] Jorge Luis Borges: “El escritor argentino y la tradición”, en Sur, n° 232, enero-febrero de 1955. p. 7.

[63] José Carlos Mariátegui: “Aniversario y balance”, en Ideología y politica, Lima, 1969, p. 248.

[64] Jean-Jacques Servan-Schreiber: El desafío americano, La Habana, 1968, p. 41.

[65] Carlos Fuentes: La muerte de Artemio Cruz, México, 1962, p. 27.
[66] Hoy nadie ha retenido aquel manifiesto: en cambio, sí el artículo en que Ezequiel Martínez Estrada lo contestó: su “Réplica a una declaración intemperante”, en En Cuba y al servicio de la Revolución cubana, La Habana, 1963.

[67] Me he detenido algo más en este punto en el ensayo “Intercomunicación latinoamericana y nueva literatura” (1969), en volumen colectivo sobre la actual literatura latinoamericana que la Unesco publicará.

[68] Tzvetan Todorov: “Formalistes et futuristes”, en Tel Quel, n° 30, otoño de 1968, p. 43.

[69] Carlos-Peregrín Otero: Introducción a la lingüística transformacional, México, 1970, p. 1.

[70] Sigue teniendo vigencia el análisis que de esta publicación hiciera Ambrosio Fornet: “New World en español”, en Cara de las Américas, n° 40, enero-febrero de 1967.



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