Roberto
Fernández Retamar
(La Habana, 1930)
Calibán
Apuntes sobre la cultura
de nuestra América
DEL MUNDO LIBRE
Pero la parte de mundo libre que le
toca a la América latina tiene hoy figuras mucho más memorables: pienso
en Jorge Luis Borges, por ejemplo, cuyo nombre parece asociado a ese
adjetivo; pienso en el Borges que hace poco tiempo dedicara su traducción
—presumiblemente buena— de las Hojas de hierba de Walt Whitman,
al presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon. Es verdad que este
hombre escribió en 1926:
A
los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se
sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en
Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano
y lo ajeno: ellos son los gringos de veras, autorícelo o no su
sangre, y con ellos no habla mi pluma;[59]
es
verdad también que allí aparece presentado Sarmiento como un “norteamericanizado
indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo”;[60] pero sobre
todo es verdad que ese Borges no es el que ha pasado a la historia:
este memorioso decidió olvidar aquel librito de juventud, escrito a pocos
años de haber sido uno de los integrantes “de la secta, de la
equivocación ultraísta”. También para él fueron una equivocación
aquel libro, aquellas ideas. Patéticamente fiel a su clase,[61] iba a ser
otro el Borges que se conocería, que se difundiría, que sabría de la
gloria oficial y de los casi incontables premios, algunos de los cuales,
de puro desconocidos, más bien parecen premiados por él. El Borges sobre
el cual se habla y al que vamos a dedicar unas líneas, es el que hace eco
al grotesco “pertenecemos al Imperio Romano” de Sarmiento, con esta
declaración no de 1926, sino de 1955: “Creo que nuestra tradición es
Europea”.[62]
Podría parecer
extraño que la filiación ideológica de aquel activo y rugiente pionero
venga a ostentarla hoy un hombre sentado, un escritor como Borges,
representante arquetípico de una cultura libresca que en apariencia poco
tiene que ver con la constante vitalidad de Sarmiento. Pero esta
extrañeza sólo probaría lo acostumbrados que estamos a considerar las
producciones supraestructurales de nuestro continente, cuando no del
mundo, al margen de las concretas realidades estructurales que le dan
sentido. Prescindiendo de ellas, ¿quién reconocería como descendientes
de los pensadores enérgicos y audaces de la burguesía en ascenso a 1as
ruinas exangües que son los intelectuales burgueses de nuestros días?
Basta con ver a nuestros escritores, a nuestros pensadores, en relación
con las clases concretas a cuya visión del mundo dan voz, para que
podamos ubicarlos con justicia, trazar su verdadera filiación. El
diálogo a que asistimos entre Sarmiento y Martí era sobre todo un
enfrentamiento clasista.
Independientemente
de su origen, Sarmiento es el implacable ideólogo de una burguesía
argentina que intenta trasladar los esquemas de burguesías
metropolitanas, concretamente la norteamericana, a su país. Para ello
necesita imponerse, como toda burguesía, sobre las clases populares,
necesita explotarlas en su trabajo y despreciarlas en su espíritu. La
forma como se desarrolla una clase burguesa a expensas de la
bestialización de las clases populares está inolvidablemente mostrada en
páginas terribles de El Capital, tomándose el ejemplo de
Inglaterra. “La América europea”, cuyo capitalismo lograría
expandirse fabulosamente sin las trabas de la sociedad feudal, añadió a
la hazaña inglesa nuevos círculos infernales: la esclavitud del negro y
el exterminio del indio inconquistable. Eran éstos los modelos que
Sarmiento tenía ante la vista y se propuso seguir con fidelidad. Quizás
sea él el más consecuente, el más activo de los ideólogos burgueses en
nuestro continente durante el siglo XIX.
Martí, por su
parte, es el consciente vocero de las clases explotadas. “Con los
oprimidos había que hacer causa común”, nos dejó dicho, “para
afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de los opresores”.
Y como a partir de la Conquista indios y negros habían sido relegados a
la base de la pirámide, hacer causa común con los oprimidos venía a
coincidir en gran medida con hacer causa común con los indios y los
negros, que es lo que hace Martí. Esos indios y esos negros se habían
venido mezclando entre sí y con algunos blancos, dando lugar al mestizaje
que está en la raíz de nuestra América, donde también según Martí
“el mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico”. Sarmiento es
un feroz racista porque es un ideólogo de las clases explotadoras donde
campea “el criollo exótico”; Martí es radicalmente antirracista
porque es portavoz de las clases explotadas, donde se están fundiendo las
tres razas. Sarmiento se opone a lo americano esencial para implantar
aquí, a sangre y fuego, como pretendieron los conquistadores, fórmulas
foráneas; M artí defiende lo autóctono, lo verdaderamente americano.
Lo cual, por supuesto, no quiere decir que rechazara torpemente cuanto de
positivo le ofrecieran otras realidades: “Injértese en nuestras
repúblicas el mundo”, dijo, “pero el tronco ha de ser el de nuestras
repúblicas”. También Sarmiento pretendió injertar en nuestras
repúblicas el mundo, pero descuajando el tronco de nuestras repúblicas.
Por eso, si a Martí lo continúan Mella y Vallejo, Fidel y el Che
y la nueva cultura revolucionaria latinoamericana, a Sarmiento, a pesar
de su complejidad, finalmente lo heredan los representantes de la
viceburguesía argentina, derrotada por añadidura. Pues aquel sueño de
desarrollo burgués que concibió Sarmiento, ni siquiera era realizable:
no había desarrollo para una eventual burguesía argentina. La América
latina había llegado tarde a esa fiesta. Como escribió Mariátegui:
La
época de la libre concurrencia en la economía capitalista, ha terminado
en todos los campos y todos los aspectos. Estamos en la época de los
monopolios, vale decir, de los imperios. Los países latinoamericanos
llegan con retardo a la competencia capitalista. Los primeros puestos
están definitivamente asignados. El destino de estos países, dentro
del orden capitalista, es el de simples colonias.[63]
Integrados
a lo que luego se llamaría, con involuntario humorismo, el “mundo libre”,
nuestros países estrenarían una nueva manera de no ser independientes, a
pesar de contar con escudos, himnos, banderas y presidentes: el
neocolonialismo. La burguesía a la que Sarmiento había trazado tan
amenas perspectivas, no pasaba de ser simple viceburguesía, modesto socio
local de la explotación imperial —la inglesa primero, la norteamericana
después—.
Es a esta luz que se
ve con más claridad el vínculo entre Sarmiento, cuyo nombre está
enlazado a vastos proyectos pedagógicos, a espacios inmensos, a vías
férreas, a barcos, y Borges, cuya mención evoca espe jos que repiten la
misma desdichada imagen, laberintos sin solución, una triste biblioteca a
oscuras. Por lo demás, si se le reconoce americanidad a Sarmiento
—lo que es evidente, y no significa que represente el polo positivo de
esa americanidad—, nunca he podido entender por qué se le niega a
Borges: Borges es un típico escritor colonial, representante entre
nosotros de una clase ya sin fuerzas, cuyo acto de escritura —como él
sabe bien, pues es de una endiablada inteligencia— se parece más a un
acto de lectura. Borges no es un escritor europeo: no hay ningún
escritor europeo como Borges; pero hay muchos escritores
europeos, desde Islandia hasta el expresionismo alemán, que Borges ha leído,
barajado, confrontado. Los escritores europeos pertenecen a tradiciones
muy concretas y provincianas, llegándose al caso de un Péguy, quien se
jactaba de no haber leído más que autores franceses. Fuera de algunos
profesores de filosofia que reciben un salario por ello, no hay más que
un tipo de hombre que conozca de veras, en su conjunto, la literatura
europea: el colonial. Sólo en caso de demencia puede un escritor
argentino culto jactarse de no haber leído más que autores argentinos
—o escritores de lengua española—. Y Borges no es un demente. Es por
el contrario un hombre muy lúcido, un hombre que ejemplifica la idea
martiana de que la inteligencia es sólo una parte del hombre, y no la
mejor.
La escritura de
Borges sale directamente de su lectura, en un peculiar proceso de
fagocitosis que indica con claridad que es un colonial y que representa a
una clase que se extingue. Para él, la creación cultural por excelencia
es una biblioteca; o mejor un museo, que es el sitio donde se reúnen
las creaciones que no son de allí: museo de horrores, de monstruos, de
excelencias, de citas o de artes folklóricas (las argentinas, vistas con
ojo museal), la obra de Borges, escrita en un español que es dificil leer
sin admiración, es uno de los escándalos americanos de estos años.
A diferencia de
otros importantes escritores latinoamericanos, Borges no pretende ser un
hombre de izquierda. Por el contrario: su posición en este orden lo
lleva a firmar en favor de los invasores de Girón, a pedir la pena de
muerte para Debray o a dedicar un libro a Nixon. Muchos admiradores
suyos, que deploran (o dicen deplorar) actos así, sostienen que hay una
dicotomía en su vida, la cual le permite, por una parte, escribir textos
levemente inmorales, y por otra firmar declaraciones políticas más que
malignas, pueriles. Puede ser. También es posible que no haya tal
dicotomía, y que debamos acostumbrarnos a restituirle su unidad al autor
de El jardin de senderos que se bifurcan. Con ello no se propone
que encontremos faltas de ortografia o de sintaxis en sus pulcras
páginas, sino que las leamos como lo que después de todo son: el
testamento atormentado de una clase sin salida, que se empequeñece hasta
decir por boca de un hombre: “el mundo, desgraciadamente, es real; yo,
desgraciadamente, soy Borges”. Es singular que la escritura/lectura de
Borges conozca un destino particularmente favorable en la Europa
capitalista, en el momento en que esa misma Europa inicia su condición
colonial ante “el desafio americano”. En el libro de este título,
con desembozado cinismo, exclama Jean-Jacques Servan-Schreiber: “Ahora
bien, Europa no es Argelia ni el Senegal”.[64] Es decir: ¡los Estados
Unidos no le pueden hacer a Europa lo que Europa le hizo a Argelia y a
Senegal! Hay malas noticias para Europa. Parece que después de todo, sí,
sí se lo pueden hacer, se lo vienen haciendo hace algún tiempo. Y si
ello ocurre en el terreno económico —con complejas derivaciones
políticas—, su superestructura cultural está revelando claros
síntomas coloniales.
Bien podría ser uno
de ellos el auge de la escritura/lectura de Borges.
Pero, naturalmente,
la herencia de Borges, en quien ya vimos que se desangraba la de
Sarmiento, hay que buscarla sobre todo en la América latina, donde
implicará descender aún más en el ímpetu y en la calidad. Como éste
no es un panorama, sino un simple ensayo sobre la cultura latinoamericana,
voy a ceñirme a un caso, que me doy cuenta de que es muy menor, pero que
es un síntoma a pesar de todo válido: voy a comentar un pequeño libro
crítico de Carlos Fuentes: La nueva novela hispanoamericana
(México, 1969).
Vocero de la misma
clase que Borges, Fuentes tuvo, como él, veleidades izquierdistas en la
juventud. A El tamaño de mi esperanza (1926), de Borges,
corresponde La muerte de Artemio Cruz (1962), de Fuentes. Y seguir
juzgando a Fuentes por este libro, sin duda una buena novela nuestra,
sería tan insensato como seguir juzgando a Borges por aquel libro. Sólo
que Borges, más consecuente —y más valioso en todo: Borges es un
escritor verdaderamente importante, aunque discrepemos tanto con él—,
decidió asumir plenamente su condición de hombre de derecha, mientras
que Fuentes actúa como tal y pretende conservar, a ratos, un vocabulario
de izquierda donde no falta por supuesto la mención de Marx.
En La muerte de
Artemio Cruz, un secretario integrado plenamente al sistema, sintetiza
su biografia en este diálogo:
—Es usted muy joven. ¿Qué edad tiene?
—Veintisiete
años.
—¿Cuándo se
recibió?
—Hace tres años.
Pero...
—¿ Pero qué?
—Que es muy
distinta la teoría de la práctica.
—Y eso le da risa.
¿Qué cosa le enseñaron?
—Mucho marxismo.
Hasta hice la tesis sobre la plusvalía.
—Ha de ser una
buena disciplina, Padilla.
—Pero la práctica
es muy distinta.
—¿Usted es eso,
marxista?
—Bueno, todos mis
amigos lo eran. Ha de ser cosa de la edad.[65]
El
diálogo expresa con bastante claridad la situación de una zona de la intelligentsia
mexicana que, aunque comparte la ubicación y la conducta clasista del
equipo de Borges, difiere de éste, por razones locales, en aspectos
accesorios. Pienso, concretamente, en la llamada maffia mexicana,
una de cuyas mas conspicuas figuras es Carlos Fuentes. Este equipo
expresó cálidamente su simpatía por la Revolución cubana hasta que, en
1961, la Revolución proclamó y demostró ser marxista-leninista, es
decir, una revolución que tiene al frente la alianza obrero-campesina. A
partir de ese momento, la maffia le espació de modo creciente su
apoyo, hasta que en estos meses, aprovechando la alharaca desatada en
torno al mes de prisión de un escritor cubano, rompió estrepitosamente
con Cuba.
Es aleccionadora
esta simetría: en 1961, en el momento de Playa Girón, el único
conjunto de escritores latinoamericanos que expresó en un manifiesto su
deseo de que Cuba fuera derrotada por los mercenarios al servicio del
imperialismo fue el grupo de escritores argentinos centrados en torno a
Borges;[66] diez años después, en 1971, el único equipo nacional de
escritores del continente en romper con Cuba aprovechando un visible
pretexto y calumniando la conducta de la Revolución, ha sido la maffia
mexicana. Es un simple relevo dentro de una actitud equivalente.
A esa luz se
entiende mejor el intento del librito de Fuentes sobre la nueva novela
hispanoamericana. El desarrollo de esa nueva novela es uno de los rasgos
sobresalientes de la literatura de estos últimos años, y su difusión
más allá de nuestras fronteras es en gran medida consecuencia de la
atención mundial que nuestro continente merece desde el triunfo de la
Revolución cubana, en 1959.[67]
Lógicamente, esa
nueva novela ha merecido variadas interpretaciones, numerosos estudios.
El de Carlos Fuentes, pese a su brevedad (no llega a cien páginas), es
toda una toma de posición ante la literatura y ante la política, que
sintetiza con claridad una hábil posición de derecha en nuestros
países.
Fuentes pone
rápidamente las cartas sobre la mesa: en el primer capítulo, que se
llama ejemplarmente “civilización y barbarie”, hace suya de entrada,
como era de esperarse, la tesis de Sarmiento: en el siglo XIX, “sólo un
drama puede desarrollarse en este medio: el que Sarmiento definió en el
subtítulo de Facundo: Civilización y Barbarie”. Este drama es
el conflicto “de los primeros cien años de la novela y de la sociedad
latinoamericanas” (p. 10). La narrativa correspondiente a ese conflicto
presenta cuatro factores: “una naturaleza esencialmente extraña” (
¿a quién?) que “era el verdadero personaje latinoamericano”;
el dictador a la escala nacional o regional; la masa explotada, y “un
cuarto factor, el escritor, que invariablemente toma partido por la
civilización y contra la barbarie” (p. 11-2, subrayado por R. F.
R.), hecho que implica, según Fuentes, “defender a los Explotados”,
etc., y que Sarmiento hizo ver en qué consistía de veras. Esa polaridad
decimonónica, sin embargo, no se mantendrá igual, según él, en el
siglo siguiente; “En el siglo XX, el mismo intelectual deberá luchar
dentro de una sociedad mucho más compleja interna e internacionalmente”,
complejidad debida a que el imperialismo penetrará en estos países
mientras, algún tiempo después, se producirá “la revuelta y el
ascenso (...) del mundo subindustrializado”. Fuentes olvida
considerar, dentro de los factores internacionales que en el siglo XX
habrá que tomar en cuenta, el socialismo. Pero desliza esta fórmula
oportuna: “Se inicia el tránsito del simplismo épico a la complejidad
dialéctica” (p. 13). “Simplismo épico” era la lucha durante el
siglo XIX entre civilización y barbarie, en la que, según Fuentes, “el
escritor” (quiere decir, el escritor como él) “invariablemente
toma partido por la civilización y contra la barbarie”, esto es, se
convierte en un servidor incondicional de la nueva oligarquía y en un
enemigo cerril de las masas americanas; “la complejidad dialéctica”
es la forma que asume esa colaboración en el siglo XX, cuando aquella
oligarquía se ha revelado mera intermediaria de los intereses
imperiales, y “el escritor” como Fuentes debe ahora servir a dos amos,
lo que, aun tratándose de amos tan bien llevados, desde el Evangelio
sabemos que implica cierta “complejidad dialéctica”, sobre todo si se
pretende hacer creer que a quien se está sirviendo de veras es a un
tercer amo: el pueblo. Es interesante, aunque con una ligera ausencia,
la breve síntesis que ofrece el lúcido Fuentes de un aspecto de la
penetración del imperialismo en nuestros países:
Este
(dice Fuentes), a fin de intervenir eficazmente en la vida económica de
cada país latinoamericano, requiere no sólo una clase intermediaria
dirigente, sino toda una serie de servicios en la administración
pública, el comercio, la publicidad, la gerencia de negocios, las
industrias extractivas y de transformación, la banca, los transportes y
aun el espectáculo: Pan y Circo. General Motors ensambla automóviles,
repatria utilidades y patrocina programas de televisión (p. 14).
Como
ejemplo final nos hubiera sido más útil —aunque siempre sea válido el
de la General Motors—, el ejemplo de la CIA, la cual organiza la
expedición de Playa Girón y paga, a través de transparentes
intermediarios, a la revista Mundo Nuevo, uno de cuyos
principales ideólogos fue precisamente Carlos Fuentes.
Sentadas estas
premisas políticas, Fuentes pasa a postular ciertas premisas literarias,
antes de concentrarse en los autores que estudia —Vargas Llosa,
Carpentier, García Márquez, Cortázar y Goytisolo—, y concluye luego
con nuevas observaciones políticas. No me interesa detenerme en las
críticas en sí, sino simplemente señalar algunos lineamientos
ideológicos, por otra parte muy visibles: este librito parece a veces un
verdadero manifiesto ideológico.
Una apreciación
crítica de la literatura requiere partir de un concepto previo de la
crítica misma, debe haberse respondido satisfactoriamente la pregunta
elemental: ¿qué es la crítica? Me parece aceptable la modesta
opinión de Krystina Pomorska (en Russian formalist theory and its
poetic ambiance, Mouton, 1968), la cual, según Tzvetan Todorov,
defiende allí la tesis siguiente:
todo
método crítico es una generalización de la práctica literaria
contemporánea. Los métodos críticos de la época del clasicismo
fueron elaborados en función de las obras literarias clásicas. La
crítica de los románticos retoma los principios del propio romanticismo
(la psicología, lo irracional, etc.).[68]
Pues
bien, al leer la crítica que hace Fuentes de la nueva novela
hispanoamericana, nos damos cuenta de que “su método crítico es una
generalización de la práctica literaria contemporánea”... de otras
literaturas,no de la literatura hispanoamericana: lo que, por otra
parte, casa perfectamente con la ideología enajenada y enajenante de
Fuentes.
Tras el magisterio
de hombres como Alejo Carpentier, que en vano han tratado de negar algunos
usufructuarios del boom, la empresa acometida por la nueva novela
hispanoamericana, empresa que puede parecer “superada” o ya realizada
por la narrativa de los países capitalistas, como no han dejado de
observar ciertos críticos, implica una reinterpretación de nuestra
historia. Indiferente a este hecho palmario —que en muchos casos guarda
relaciones ostensibles con la nueva perspectiva que la Revolución ha
aportado a nuestra América, y que tiene no poca responsabilidad en la
difusión de esta narrativa entre quienes desean conocer a ese continente
del que tanto se habla—, Fuentes evapora la carnalidad de esa novela,
cuya crítica requeriría en primer lugar generalizar y enjuiciar esa
visión de la historia expresada en ella, y le aplica tranquilamente, como
he dicho, esquemas derivados de otras literaturas (de países
capitalistas) reducidas hoy en día a especulaciones lingüísticas.
El extraordinario
auge que en los últimos años ha conocido la lingüística, ha llevado
a más de uno a considerar que “el siglo XX, que es el siglo de tantas
cosas, parece ser, por encima de todo, el siglo de la lingüística”,[69]
aunque para nosotros, entre esas “tantas cosas”, tengan más relieve
el establecimiento de gobiernos socialistas y la descolonización como
rasgos salientes de este siglo. Puedo aportar, como modesto ejemplo
personal de ese auge, que todavía en 1955, cuando era alumno de
lingüística de André Martinet, los temas lingüísticos estaban
confinados en París a las aulas universitarias; fuera de ellas,
hablábamos con nuestros amigos de literatura, de filosofía y de
política. Tan sólo unos años después, la lingüística —que en su
vertiente estructuralista había napoleonizado otras ciencias sociales,
como ha contado Lévi-Strauss— era en París el tema obligado de las
conversaciones: literatura, filosofia y política se abordaban entonces en
estructuralístas. (Hablo de hace unos años: ahora el estructuralismo
parece encontrarse en retirada. Pero en nuestras tierras se insistirá
todavía un tiempo con esta ideología.)
Pues bien: no dudo
de que existan razones específicamente científicas que hayan abonado
en favor de ese auge de la lingüística. Pero sé también que hay
razones ideológicas para tal auge más allá de la propia materia. En lo
que atañe a los estudios literarios, no es dificil señalar tales
razones, y entre ellas la pretendida ahistorización propia de una clase
que se extingue: una clase que inició su carrera histórica con
utopías desafiantes para azuzar al tiempo, y que pretende congelar esa
carrera, ahora que le es adversa, con imposibles ucronías. De todas
formas, es necesario reconocer la congruencia de esos estudios con las
respectivas literaturas coetáneas. En cambio, cuando Fuentes, haciendo
caso omiso de la realidad concreta de la narrativa hispanoamericana de
estos años, pretende imponerle esquemas provenientes de otras
literaturas, de otras elaboraciones críticas, añade, en una típica
actitud colonial, un segundo grado de ideologización a su crítica. En
síntesis, ésta se resume a decirnos que nuestra narrativa actual —como
las de los países capitalistas aparentemente coetáneos— es ante todo
hazaña del lenguaje. Eso, entre otras cosas, le permite minimizar
graciosamente todo lo que en esa narrativa implica concreción histórica
precisa. Por otra parte, la manera como Fuentes sienta las bases de su
abordaje lingüístico tiene la pedantería y el provincialismo típicos
del colonial que quiere hacer ver al metropolitano que él también puede
hombrearse con los grandes temas a la moda allá, al mismo tiempo q
ue espera deslumbrar a sus compatriotas, en quienes confia encontrar
ignorancia aún mayor que la suya: lo que emite son cosas así:
El
cambio engloba las categorías del proceso y el habla, de la diacronía;
la estructura, las del sistema y la lengua, de la sincronía. La
interacción de todas estas categorías es la palabra, que liga a la
diacronía con la sincronía, al habla con la lengua a través del
discurso y al proceso con el sistema a través del evento, así como al
evento y al discurso en sí. (p. 33).
Estas
banalidades, sin embargo —que cualquier buen manualito de lingüística
hubiera podido aliviar—, no deben provocarnos sólo una sonrisa:
Fuentes está elaborando como puede una consecuente visión de nuestra
literatura, de nuestra cultura; una visión que, significativamente,
coincide en lo esencial con la propuesta por escritores como Emir
Rodríguez Monegal y Severo Sarduy.
Es revelador que
para Fuentes la tesis del papel preponderante del lenguaje en la nueva
novela hispanoamericana encuentre su fundamentación en la prosa de
Borges, “sin la cual no habría, simplemente, moderna novela
hispanoamericana”, dice Fuentes, ya que “el sentido final” de
aquella prosa “es atestiguar, primero, que Latinoamérica carece de
lenguaje y, por ende, que debe constituirlo”. Esta hazaña singular la
logra Borges, según Fuentes, creando “un nuevo lenguaje
latinoamericano que, por puro contraste, revela la mentira, la sumisión
y la falsedad de lo que tradicionalmente pasaba por ‘lenguaje’ entre
nosotros” (p. 26).
Naturalmente, sobre
tales criterios, la ahistorización de la literatura puede alcanzar
expresiones verdaderamente delirantes. Nos enteramos, por ejemplo, de que La
pornografia, de Witold Gombrowicz,
pudo
haber sido contado por un aborigen de la selva amazónica (...) Ni la
nacionalidad ni la clase social, al cabo, definen la diferencia entre
Gombrowicz y el posible narrador del mismo mito iniciático en una selva
brasileña sino, precisamente, la posibilidad de combinar distintamente el
discurso. Sólo a partir de la universalidad de las estructuras
lingüísticas pueden admitirse, a posteriori, los datos excéntricos de
nacionalidad y clase. (p. 22).
Y,
consecuentemente, se nos dice también que “es más cercano a la verdad
entender, en primera instancia, el conflicto de la literatura
hispanoamericana en relación con ciertas categorías del quehacer
literario” (p. 24, subrayado de R. F. R.), y no en relación con la
historia; aun más:
la vieja
obligación de la denuncia se convierte en una elaboración mucho más
ardua: la elaboración crítica de todo lo no dicho en nuestra larga
historia de mentiras, silencios, retóricas y complicidades académicas.
Inventar un lenguaje es decir todo lo que la historia ha callado.
(p. 30, subrayado de R. F. R.).
De
ese modo, esta interpretación salva la col y la cabra: concebida así, la
literatura no sólo se sustrae a cualquier tarea peleadora (que aquí
queda degradada con un hábil adjetivo: “la vieja obligación de
la denuncia”), sino que esa sustracción, lejos de ser un repliegue,
es “una elaboración mucho más ardua”, ya que va a decir
nada menos que “todo lo que la historia ha callado”. Más
adelante se nos dirá que nuestro verdadero lenguaje está en vías de ser
descubierto y creado, “y en el acto mismo de su descubrimiento y
creación, pone en jaque, revolucionariamente, toda una
estructura económica, política y social, fundada en un lenguaje
verticalmente falso” (p. 94-5, subrayado de R. F. R.).
Esta manera astuta,
aunque a la vez superficial, de proponer las tareas de la derecha con el
lenguaje de la izquierda, nos hace recordar —y es dificil olvidarlo un
solo instante— que Fuentes pertenece a la maffia mexicana, cuyos
rasgos ha pretendido extender más allá de las fronteras de su país.
Por otra parte, que
este planteo es el traslado a cuestiones literarias de una plataforma
política raigalmente reaccionaria, no es una conjetura. Está dicho a lo
largo del librito, y en especial, de modo explícito, en sus páginas
finales: además de los consabidos ataques al socialismo, aparecen allí
observaciones como éstas: “Quizás el triste futuro inmediato de
América latina sea el populismo fascista, la dictadura de estirpe
peronista capaz de realizar algunas reformas a cambio de la supresión
del impulso revolucionario y de la libertad pública” (p. 96). La tesis
de “civilización y barbarie” parece no haberse modificado un ápice.
Y, sin embargo, sí: se ha agravado con la presencia devastadora del
imperialismo en nuestras tierras. Fuentes se hace cargo de esta realidad
con un espantajo: el anuncio de que se abre ante nosotros
una
perspectiva mucho más grave: a medida que se agiganta el foso entre el
desarrollo geométrico del mundo tecnocrático y el desarrollo
aritmético de nuestras sociedades ancilares, Latinoamérica se convierte
en un mundo prescindible (subrayado de R. C. F.) para el
imperialismo. Tradicionalmente, hemos sido países explotados. Pronto,
ni esto seremos (subrayado de R. F. R.): no será necesario
explotarnos, porque la tecnología habrá podido —en gran medida lo
puede ya— sustituir industrialmente nuestros ofrecimientos
monoproductivos (ibíd.)
A
esta luz, y habida cuenta de que para Fuentes la revolución carece de
perspectivas en la América latina —insiste en hablar de la
imposibilidad de una “segunda Cuba” (p. 96), y no puede aceptar las
formas variadas, imprevisibles, que asumirá ese proceso—, casi debemos
sentirnos agradecidos de que la tecnología imperialista no prescinda
de nosotros; de que no se ponga a sustituir industrialmente (como “lo
puede ya”) nuestros pobrecitos productos.
Me he detenido
quizás más de lo necesario en Fuentes, porque es una de las más
destacadas figuras entre los nuevos escritores latinoamericanos que se
han propuesto elaborar, en el orden cultural, una plataforma
contrarrevolucionaria que en apariencia vaya más allá de las burdas
simplificaciones propias del programa Cita con Cuba, de la Voz de
los Estados Unidos de América. Esos escritores contaron va con un órgano
adecuado: la revista Mundo Nuevo, [70] financiada por la CIA, cuyo
basamento ideológico está resumido en el mentado librito de Fuentes de
una manera que difícilmente hubieran podido realizar la pesantez
profesoral de Emir Rodríguez Monegal o el mariposeo neobarthesiano de
Severo Sarduy —los otros dos “críticos” de la revista—. Aquella
publicación, que reunió a esos hombres y además a otros muy similares
a ellos, como Guillermo Cabrera Infante y Juan Goytisolo, va a ser
relevada en estos días por otra que parece que contará esencialmente con
el mismo equipo, más algunos añadidos: la revista Libre. La
fusión de ambos títulos es suficientemente explícita: Mundo Libre.
Notas
[59]
Jorge Luis Borges: El tamaño de mi esperanza, Buenos Aires, 1926,
p. 5.
[60] op. cit., p. 6.
[61] Sobre la evolución ideológica de Borges, en relación con la
actitud de su clase, v.: Eduardo López Morales: “Encuentro con un
destino sudamericano”, en Recopilación de textos sobre los
vanguardismos en la América Latina, prólogo y materiales
seleccionados por Oscar Collazos, La Habana, 1970, y también, un
enfoque marxista de este autor en: Jaime Mejía Duque: “De nuevo Jorge
Luis Borges”, en Literatura y realidad, Medellín, 1969.
[62] Jorge Luis Borges: “El escritor argentino y la tradición”, en Sur,
n° 232, enero-febrero de 1955. p. 7.
[63] José Carlos Mariátegui: “Aniversario y balance”, en Ideología
y politica, Lima, 1969, p. 248.
[64] Jean-Jacques Servan-Schreiber: El desafío americano, La
Habana, 1968, p. 41.
[65] Carlos Fuentes: La muerte de Artemio Cruz, México, 1962, p.
27.
[66] Hoy nadie ha retenido aquel manifiesto: en cambio, sí el artículo
en que Ezequiel Martínez Estrada lo contestó: su “Réplica a una
declaración intemperante”, en En Cuba y al servicio de la
Revolución cubana, La Habana, 1963.
[67] Me he detenido algo más en este punto en el ensayo “Intercomunicación
latinoamericana y nueva literatura” (1969), en volumen colectivo sobre
la actual literatura latinoamericana que la Unesco publicará.
[68] Tzvetan Todorov: “Formalistes et futuristes”, en Tel Quel,
n° 30, otoño de 1968, p. 43.
[69] Carlos-Peregrín Otero: Introducción a la lingüística
transformacional, México, 1970, p. 1.
[70] Sigue teniendo vigencia el análisis que de esta publicación hiciera
Ambrosio Fornet: “New World en español”, en Cara de las
Américas, n° 40, enero-febrero de 1967.
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