Roberto Fernández Retamar
(La Habana, 1930)

Calibán
Apuntes sobre la cultura de nuestra América



EL PORVENIR EMPEZADO

         La pretensión de englobarnos en el “mundo libre” —nombre regocija­do que se dan hoy a sí mismos los países capitalistas, y de paso regalan a sus oprimidas colonias y neocolonias— es la versión moderna de la pretensión decimonónica de las clases criollas explotadoras de someter­nos a la supuesta “civilización”; y esta última pretensión, a su vez, re­toma los propósitos de los conquistadores europeos. En todos estos casos, con ligeras variantes, es claro que la América latina no existe sino, a lo más, como una resistencia que es menester vencer para im­plantar sobre ella la verdadera cultura, la de “los pueblos modernos que se gratifican a ellos mismos con el epíteto de civilizados”, en frase de Pareto[71] que tanto recuerda la que en 1883 escribiera Martí sobre la “civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo”.
         Frente a esta pretensión de los conquistadores, de los oligarcas crio­llos, del imperialismo y sus amanuenses, ha ido forjándose nuestra ge­nuina cultura —tomando este término en su amplia aceptación histórica y antropológica— la cultura gestada por el pueblo mestizo, esos descen­dientes de indios, de negros y de europeos que supieron capitanear Bolívar y Artigas; la cultura de las clases explotadas, la pequeña burgue­sía radical de José Martí, el campesinado pobre de Emiliano Zapata, la clase obrera de Luis Emilio Recabarren y Jesús Menéndez; la cultura de “las masas hambrientas de indios, de campesinos sin tierra, de obreros explotados” de que habla la Segunda declaración de La Habana (1962), “de los intelectuales honestos y brillantes que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América latina”, la cultura de ese pueblo que ahora integra “una familia de doscientos millones de hermanos” y “ha dicho: ¡Basta!, y ha echado a andar.”
         Esa cultura, como toda cultura viva, y más en sus albores, está en marcha; esa cultura tiene desde luego rasgos propios, aunque haya na­cido —al igual que toda cultura, y esta vez de modo especialmente pla­netario— de una síntesis, y no se limita de ninguna manera a repetir los rasgos de los elementos que la compusieron. Esto es algo que ha sabido señalar, pese a que sus ojos estuvieran alguna vez en Europa más de lo que hubiéramos querido, el mexicano Alfonso Reyes. Al hablar él y otro latinoamericano de la nuestra como una cultura de síntesis:

ni él ni yo (dice) fuimos interpretados por los colegas de Europa, quienes creyeron que nos referíamos al resumen o compendio ele­mental de las conquistas europeas. Según esta interpretación ligera, la síntesis sería un nuevo punto terminal. Y no: la síntesis es aquí un nuevo punto de partida, una estructura entre los elementos anterio­res y dispersos, que —como toda estructura— es trascendente y contiene en sí novedades. H3O no es sólo una junta de hidrógeno y oxígeno, sino que —además— es agua.[72]

         Hecho especialmente visible si se toma en cuenta que esa agua partió no sólo de elementos europeos, que son los que enfatiza Reyes, sino también indígenas y africanos. Aun con sus limitaciones, Reyes es capaz de expresar, al concluir su trabajo: “...y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros”.[73]
          Estas palabras se decían en 1936. Hoy, ese “muy pronto” ha llegado ya. Si hubiera que señalar la fecha que separa la esperanza de Reyes de nuestra certidumbre —con lo dificiles que suelen ser esos señalamientos—, yo indicaría 1959: llegada al poder de la Revolución cubana. Se podrían ir marcando algunas de las fechas que jalonan el advenimiento de esa cultura: las primeras son imprecisas, se refieren a combates de indígenas y revueltas de esclavos negros contra la opresión europea. En 1780, una fecha mayor: sublevación de Túpac Amaru en el Perú; en 1803, inde­pendencia de Haití; en 1810, inicio de los movimientos revolucionarios en varias de las colonias españolas de América, movimientos que van a extenderse hasta bien entrado el siglo; en 1867, victoria de Juárez sobre Maximiliano; en 1895, comienzo de la etapa final de la guerra de Cuba contra España —guerra que Martí previó también como una acción con­tra el naciente imperialismo yanqui—; en 1910, Revolución mexicana; en los años veinte y treinta de este siglo, resistencia en Nicaragua de San­dino y afianzamiento en el continente de la clase obrera como fuerza de vanguardia; en 1938, nacionalización del petróleo mexicano por Cárde­nas; en 1944, llegada al poder de un régimen democrático en Guatema­la, que se radicalizará en el gobierno; en 1946, inicio de la presidencia en la Argentina de Juan Domingo Perón, bajo la cual mostrarán su rostro los “descamisados”; en 1952, revolución boliviana; en 1959, triunfo de la Revolución cubana; en 1961, Girón: primera derrota militar del imperialismo yanqui en América y proclamación del carácter marxista­leninista de nuestra Revolución; en 1967, caída del Che Guevara al frente de un naciente ejército latinoamericano en Bolivia; en 1970, llegada al gobierno, en Chile, del socialista Salvador Allende.
         Fechas así, para una mirada superficial, podría parecer que no tienen relación muy directa con nuestra cultura. Y en realidad es todo lo con­trario: nuestra cultura es —y sólo puede ser— hija de la revolución, de nuestro multisecular rechazo a todos los colonialismos; nuestra cultura, al igual que toda cultura, requiere como primera condición nuestra propia existencia. No puedo eximirme de citar, aunque lo he hecho ya en otras ocasiones, uno de los momentos en que Martí abordó este hecho de manera mas sencilla y luminosa: “No hay letras, que son expresión”, escribió en 1881, “hasta que no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispa­noamérica”. Y más adelante: “Lamentémonos ahora de que la gran obra nos falte, no porque nos falte ella, sino porque ésa es señal de que nos falta aún el pueblo magno de que ha de ser reflejo”.[74] La cultura lati­noamericana, pues, ha sido posible, en primer lugar, por cuantos han hecho, por cuantos están haciendo que exista ese “pueblo magno” que en 1881 Martí llamaba todavía Hispanoamérica, y unos años después preferirá nombrar ya con el término más acertado de “Nuestra Améri­ca”.

         Pero ésta no es, por supuesto, la única cultura forjada aquí. Hay también la cultura de la anti-América: la de los opresores, la de quienes trataron (o tratan) de imponer en estas tierras esquemas metropolitanos, o simplemente, mansamente, reproducen de modo provinciano lo que en otros países puede tener su razón de ser. En la mejor de las posibilidades, se trata, para repetir una cita, de la obra de “quienes han trabajado, en algunos casos patrióticamente, por configurar la vida social toda con arreglo a pautas de otros países altamente desarrollados, cuya forma se debe a un proceso orgánico a lo largo de los siglos”, y que al proceder así, dijo Martínez Estrada, “han traicionado a la causa de la verdadera emancipación de la Amé­rica latina”.[75]

         Todavía es muy visible esa cultura de la anti-América. Todavía en estructuras, en obras, en efemérides se proclama y perpetúa esa otra cultura. Pero no hay duda de que está en agonía, como en agonía está el sistema en que se basa. Nosotros podemos y debemos contribuir a colocar en su verdadero sitio la historia del opresor y la del oprimido. Pero, por supuesto, el triunfo de esta última será sobre todo obra de aquellos para quienes la historia, antes que obra de letras, es obra de hechos. Ellos lograrán el triunfo definitivo de la América verdadera, restable­ciendo su unidad a nuestro inmenso continente, y esta vez a una luz del todo distinta: “Hispanoamérica, Latinoamérica, como se prefiera”, es­cribió Mariátegui, “no encontrará su unidad en el orden burgués. Este orden nos divide, forzosamente, en pequeños nacionalismos. A Norteamérica sajona le toca coronar y cerrar la civilización capitalista. El porvenir de la América latina es socialista”.[76] Ese porvenir, que ya ha em­pezado, acabará por hacer incomprensible la oficiosa pregunta sobre nuestra existencia.

Notas

[71] Vilfredo Pareto: Tratado de sociologia general, v. II, cit. por José Carlos Mariátegui en Ideología y politica, cit., p. 24.

[72] Alfonso Reyes: “Notas sobre la inteligencia americana” en Obras completas, tomo XI, México, 1960, p. 88.

[73] op. cit., p. 90.

[74] José Martí: “Cuaderno de apuntes, 5” (1881), en O. C. XXI, 164.

[75] Ezequiel Martínez Estrada: “El colonialismo como realidad”, cit. en la nota 53.

[76] José Carlos Mariátegui: cit. en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, La Habana, 1961 p. XII.



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